IDENTIDAD CULTURAL LATINOAMERICANA, BASE DE NUESTRA INTEGRACIÓN

Por Julio Fernández Baraibar

Este es el texto de mi ponencia presentada en la Asamblea de la Confederación de Parlamentarios de las Américas, realizada en la Cámara de Diputados de Salta, el 12 de octubre de 2026.

Honorables parlamentarias y parlamentarios presentes, señoras y señores, amigas y amigos:

En primer lugar quiero agradecer al senador mexicano y presidente de COPA, don Miguel Angel Chico Herrera, y a la Licenciada Yizbeleni Gallardo por esta gentil invitación a participar en esta Asamblea Anual de COPA.

Celebro también que en la misma haya un lugar para reflexionar sobre lo que quizás sea la más acuciante y decisiva de las siempre acuciantes y decisivas cuestiones que involucran a nuestro continente: la integración latinoamericana, la unidad política y económica de los pueblos que hablamos las lenguas de Camões y de Cervantes, sin la cual se hace imposible todo encuentro real, equitativo y verdadero con los pueblos que heredaron su lengua de Chaucer y Shakespeare.

Y no puedo dejar de mencionar que agradezco a la casualidad – “la necesidad se abre paso a través de la casualidad”, se afirmó alguna vez en el siglo XIX- de que el día para este encuentro haya sido el 12 de octubre, el día en que, en 1492, por primera vez se obtiene la experiencia del mundo como comunidad universal, el día en que el mundo descubrió un Nuevo Mundo, un mundo completo.

Y este hecho tiene directamente que ver con esta identidad cultural latinoamericana que, con sus riquísimos matices y vertientes, ha conformado una unidad histórica a lo largo de más de cinco siglos.

Tres son, en principio, los elementos que han nutrido y nutren esta cultura latinoamericana.

En primer lugar, por preeminencia histórica, las culturas originarias, las de esas civilizaciones que precedieron a la llegada de los europeos y que encontraron en Rodolfo Kusch -que conoció tanto este Noroeste argentino- un afanoso intento de interpretación y comprensión. Hombres que oponían al “ser”, núcleo central del pensamiento europeo, el “mero estar”. “Vivir, consiste entonces, en mantener el equilibrio entre orden y caos, que son las causas de la transitoriedad de todas las cosas y ese equilibrio está dado por una débil pantalla mágica que se materializa en una simple y resignada sabiduría o en esquemas de tipo mágico”, dice Kusch en su América Profunda.

Ese sustrato teogónico, femenino, resignado y cuestionador radical de la existencia aún vive en los versos de las copleras andinas:

“Canten, canten, compañeros,

de qué me están recelando,

yo no soy más que apariencia,

sombra que anda caminando”.

Sobre ella se impuso la cultura europea hispánica, tanto española como lusitana, en un dramático y sangriento encuentro, en un mestizaje que implicó dominación y saqueo, pero que dejó una prodigiosa y única unidad religiosa y lingüística, donde el conocimiento científico y el afán utópico de los jesuitas, puso gramática y escritura a las lenguas ancestrales, nos llenó de formas mestizas con el milagro del barroco colonial, de los ángeles arcabuceros y de violines indios que interpretaban Las Cuatro Estaciones de Vivaldi en lo profundo de la fronda paraguaya.

Y, quizás sin proponérselo, el afán de Bartolomé de las Casas en proteger a sus feligreses chiapanecos logró que los esclavizados africanos dotaran a nuestro continente de una cultura que fue capaz de ocultar sus viejos “orixás” del amor, de la fertilidad, de la guerra, del trueno, del mar y de los bosques, tras las máscaras de dioses y santos nuevos y extraños, que forma parte constitutiva de la cultura latinoamericana.

En estos momentos, uno de esos pueblos traídos a la fuerza desde África sufre nuevamente el precio de haber sido la única rebelión de esclavos triunfante en la historia de la humanidad. El pueblo de Haití y los latinoamericanos lloramos hoy los más de 900 muertos por la furia de un huracán y la miseria que un injusto sistema imperial ha descargado en la tierra de Petion, nuestro primer Libertador.

Esta cultura transculturada, producto de un secular proceso de mixtura, de fagocitación recíproca, de feroz y salvaje penetración mutua, logró producir ese misterio que, con sorpresa, descubre Simón Bolívar en su Carta de Jamaica: «Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte… No somos indios ni europeos, sino una especie mezcla entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles».

A esa mezcla, no sin una gran dosis de optimismo humanista y algo de determinismo genético, el mexicano José Vasconcelos llamó “la raza cósmica”. Mas cerca de nosotros, el argentino Ramiro Podetti la describe como “la utopía antropológica de síntesis de todas las razas”.

Nacimos, entonces, unidos por el idioma, por el catolicismo de Ignacio de Loyola, por la dominación española, por un sistema colonial que sometía a los hijos de todo el continente. Y unidos y simultáneamente nos lanzamos a la independencia y a la creación de un gran estado continental.

Nuestro himno patriótico, escrito por un político metido a poeta, Vicente López y Planes, declara ante el mundo:

“Se levanta a la faz de la tierra

una nueva y gloriosa Nación”.

El himno venezolano, escrito también por otro político convertido en poeta por su pasión criolla, Vicente Salias, define el espacio de esta vocación nacional:

«Unida con lazos

que el cielo formó,

la América toda

existe en nación».

El norteamericano Waldo Frank, nacido en New Jersey, impactado por esta realidad hispanoamericana y huésped reiterado en Perú, en Santiago, en Río y en Buenos Aires, escribía en 1929: “Hace un siglo, al emprender su marcha las Repúblicas, aunque el camino era oscuro y difícil, nada parecía oponerse al lógico resultado de un nacimiento cultural. Estaban menos divididos que las partes innumerables de la Roma pagana que formaron últimamente la armonía de la Europa católica; estaban mucho menos en desacuerdo que las baronías y los condados de unidades modernas estatales como Francia, España, Alemania, Inglaterra. Y había razones suficientes para creer que el proceso natural de cambios y de conflictos produciría un concierto cultural -fuerte e individual- de la América Hispana”.

El chileno Felipe Herrera, creador del Banco Interamericano de Desarrollo, escribía en la década del 60 del siglo pasado: “Las fuerzas negativas de la geografía, la pobreza, el caudillismo, la estrecha dependencia colonial precedente y el aislamiento en que ella nos mantuvo entre nosotros, impidieron que el ideal de los Libertadores se hiciera realidad, y que la independencia política fuera a la vez el nacimiento y consolidación de una gran asociación de pueblos, porque —al revés que en otras jóvenes nacionalidades en otros escenarios— las fuerzas de la dispersión pudieron más que las de cohesión”.

Como tantas veces nos lo enseñara el gran pensador uruguayo Alberto Methol Ferré, dos eran, entonces, las grandes banderas de nuestros Libertadores: la Independencia y la Unidad nacional a escala continental. De ellas sólo una ha quedado en pie, a veces ajada y en hilachas, a veces altiva y limpia, la de la Independencia.

La realización de esa unidad es, todavía, materia pendiente, una bandera política que arrastra multitudes y un deber patriótico de esta nueva generación de latinoamericanos.

Estamos convencidos, y este es el objeto central de esta charla, de que esta identidad cultural , que es herencia, pero que también es patrimonio actual y en crecimiento, es el cimiento que da solidez y el núcleo operativo que nos impulsa y permite a los latinoamericanos la construcción de la Patria Grande que hoy se nos reclama desde la misma Roma, en la voz de Francisco.

Ante nuestros ojos, la escena mundial nos hace evidente que los viejos estados nacionales han dado paso a grandes formaciones continentales. Ya Friedrich Ratzel había descubierto en el siglo XIX que el escenario internacional estaba marcando la declinación de aquellos pequeños estados continentales surgidos de la Paz de Westfalia y la aparición de formaciones estatales superiores. Estados Unidos, al finalizar la Guerra de Secesión, era ya un pueblo continental y bioceánico. El dilatado territorio bicontinental de Rusia también era, para el el pensador alemán, una prefiguración de los nuevos paradigmas en la política internacional. Hoy, estos dos países, más China, la India y el Sudeste Asiático se han transformado definitivamente en naciones continentales, producto de la integración de amplias zonas geográficas, incluyendo en su seno varias y muy distintas naciones. De todas ellas, posiblemente sólo EE.UU. posea una unidad cultural basada en la expansión e imposición de las trece colonias sobre el vasto territorio, ocupado por pueblos originarios, por españoles, franceses y latinoamericanos. Hoy, en el país de los puritanos del Mayflower, una población superior a la población argentina habla español como lengua materna y tiene profundas vinculaciones culturales con la América Latina al sur del Río Grande.

Nuevamente traemos las palabras de Felipe Herrera. En 1962 decía en Salvador de Bahía: “No es una entidad ficticia la nación latinoamericana. Subyace en la raíz de nuestros Estados modernos, persiste como fuerza vital y realidad profunda. Sobre su singular material indígena, diverso en sus formas y maneras pero similar en su esencia, lleva el sello de tres siglos de dominación ibera. Experiencia, instituciones, cultura e influencias afines la formaron desde México hasta el Estrecho de Magallanes. Así, unitaria en su espíritu y en su fuerza, se levantó para su independencia”.

Señoras y señores:

Esta cultura es algo único en el mundo de hoy. Los parlamentarios mexicanos, para mencionar un solo ejemplo, tomaron a la noche un avión en el aeropuerto Benito Juárez de México, donde se han despedido con un “Buenas noches” de sus amigos o familiares, y ocho o nueve horas después han llegado al Aeropuerto General Pistarini de Ezeiza y los han recibido con un cordial “Buenos Días”, y si hubieran viajado cuatro o cinco horas más, hasta Ushuaia, igual habría sido el saludo de recepción. Comparen ustedes con la cantidad de lenguas que hubieran atravesado si el viaje, de tan solo cinco horas, hubiera sido entre Madrid a Moscú.

Sor Juana Inés de la Cruz, Miguel Angel Asturias, Rómulo Gallegos, Octavio Paz, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Gabriela Mistral, José Rodó, Rachel de Queiroz,Nicolás Guillén, Guimaraes Rosa, Augusto Céspedes, Gabriel García Márquez oAugusto Roa Bastos, para mencionar solo algunos nombres, no son sólo hijos del solar que los vio nacer, sino producto de esta asombrosa cultura continental forjada durante más de quinientos azarosos años.

Todos nuestros músicos, de los más exquisitos a los más simples, desde el abstruso Juan Carlos Paz hasta el melodioso Juan Gabriel, pasando por todos esos maravillosos músicos y cantantes que expresan la sensibilidad de sus paisanos, deben sus armonías, su inspiración y y su tonalidad a estas tres fuentes originarias que se enriquecieron con tanto árabe, polaco, ruso, italiano, español, portugués o alemán que entreveró su sangre y sus sudores en nuestras praderas, selvas y montañas.

¿Y en las artes plásticas? Desde los paisajes pampeanos de Prilidiano Pueyrredón o desde esos legendarios telamones aztecas que fueron Rivera, Orozco y Siqueiros, cuya vinculación a nuestra cultura y a nuestras pasiones civiles no necesitan explicación, hasta el ecuatoriano Guayasamín, el maracucho Gabriel Bracho, el paulista Candido Portinari, el cubano Wilfredo Lam -ese chino hijo de la santería y el cubismo-, Roberto Matta -el chileno sin pasaporte de la dictadura- o el mendocino Carlos Alonso hasta llegar a Tarsila do Amaral en Brasil y a Marcia Schwartz y su implacable galería de personajes urbanos porteños y paisajes fluviales guaraníes, todos ellos son la manifestación más bella y rotunda de esta cultura latinoamericana que nos ha dado una personalidad definitiva en el mundo contemporáneo.

El argentino Jorge Abelardo Ramos, con concisión epigramática y precisión quirúrgica, formuló hace ya más de cincuenta años, refiriéndose a nuestro país: “Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser latinoamericanos. Aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá”.

Aquí se encierra nuestro drama porque no logramos entrar al siglo de la industrialización, de los milagros científicos y tecnológicos, al de la universalización del planeta, con una poderosa organización social que nos permitiera dialogar en pie de igualdad con el resto de las naciones.

Cuando pueblos que hoy son muy poderosos, como EE.UU., Alemania o Italia, lograban su unificación nacional, construyendo el espacio necesario para el pleno desarrollo de sus recursos, de sus capacidades productivas, para la eclosión del espíritu de sus hombres y mujeres, nuestro continente se fragmentaba en débiles, muchas veces escuálidos, pedazos que remedaban simiescamente las instituciones allá forjadas, pero sin la fuerza militar ni el poderío económico que respaldara con fábricas, con siderurgia y con creciente bienestar su presencia en la escena internacional.

Como lo expresara, mucho más bellamente de lo que lo que yo podría hacerlo, Gabriel García Márquez, en su discurso al recibir el Premio Nóbel de Literatura: “Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos -terminaba Gabo-, el nudo de nuestra soledad”.

En este nudo de nuestra soledad se encierra nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá no es otra que el de nuestra integración. Solo en una escala continental, con una sola voz que llegue desde el Río Bravo a la Bahía de Lapataia, estos pueblos nuestros podrán, por fin, ser comprendidos, ser vistos como iguales, tener voz propia y estentórea.

El gran José Martí escribía, poco antes de morir en combate: “Hay que devolver al concierto humano interrumpido la voz de América, que se heló en horas triste en la garganta de Netzahuacóyotl y Chilam; hay que armar los pacíficos ejércitos que paseen una misma bandera desde el Bravo undoso, en cuya margen jinetea el apache indómito, hasta el Arauco cuyas aguas templan la sed de los invictos aborígenes, como si la arrogante América debiera, por sus lados de tierra, tener por límites como símbolo sereno tribus desde hace tres siglos no domadas; y por Oriente y Occidente, mares sólo de Dios y de las aves propias”.

Y no puedo dejar pasar la oportunidad de traer a esta Asamblea la voz del general Juan Domingo Perón, tres veces presidente argentino, profeta y apóstol de nuestra gran nación continental. Tan temprano como en 1951, cuando Europa aún se levantaba de los escombros de la Segunda Guerra Mundial y comenzaba a pensar en la construcción de la Comunidad Europea, el presidente argentino escribía: “Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles. Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres”.

Nuestra unidad cultural es la piedra basal de nuestra integración continental. Podrán ser arduos, escarpados y trabajosos los caminos o los senderos que permitan una plena y autónoma industrialización de nuestras sociedades y pueblos, que es la garantía material del éxito de la misión unificadora. Largas y dificultosas podrán ser las jornadas que permitan a nuestros pueblos gozar de esas tres T que nos propone Francisco en su Reunión con los Movimientos Sociales en Bolivia: Tierra, Trabajo y Techo.

Y mucha paciencia deberemos tener los hijos de Atahualpa, Hidalgo, Cuauhtémoc, Bolívar, San Martín y Güemes en una tarea que ha tenido y tiene grandes avances y profundos retrocesos, generosos amigos y poderosos enemigos.

Pero contamos, como hemos tratado de explicar, con una herramienta espiritual fuerte como la obsidiana y el basalto: una cultura nacional latinoamericana con una irresistible vocación universal. Es este regalo de la historia, este pueblo continental “que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”, como escribiera Rubén Darío, el cimiento granítico que nos ha permitido resistir invasiones y tiranías y que fecunda de vida, pasión y fortaleza a más de 600 millones de latinoamericanos.

Nacimos a la vida independiente con las palabras del Inca Yupanqui, dirigida a los diputados españoles, en las Cortes de Cádiz: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. La admonición ha sobrevivido doscientos años y hoy se dirige a todos las naciones con vocación imperial.

Dos grandes pulmones tiene nuestro continente. Uno de ellos es Estados Unidos, que como nos dijera Darío, “son potentes y grandes. / Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor / que pasa por las vértebras enormes de los Andes”.

El otro es Latinoamérica, cuyos alvéolos no terminan de conformarse en un órgano simétrico, ahogados repetidas veces por el poderoso pulmón del Norte. Solo hay que permitirle que respire profundamente, que tome resuello y se nutra de este aire de orquídeas y tucanes. Quinientos años de alteridad, de ser el otro desconocido y temible, deben dar paso al reconocimiento, al saber qué somos, al conocer en profundidad la naturaleza de nuestro sufrimiento y el origen de nuestra apasionada exigencia de independencia, respeto y dignidad, para que este pecho del mundo pueda tener sus dos buenos y potentes pulmones simétricos.

Para terminar quiero citar a un gran poeta popular de esta tierra, el salteño Jaime Dávalos, que en su Canto a Sudamérica, recoge la secular herencia de nuestro drama y nuestra redención:

«El hambre, la miseria, la injusticia,

la voluntad del pueblo traicionada,

no harán más que aumentar su rebeldía,

no harán más que apurar en sus entrañas

al hijo de la luz que viene a unirnos

en una sola espiga esperanzada;

Porque América!, — tierra del futuro– ,

igual que la mujer, vence de echada».

Muchas gracias.

Salta, 12 de octubre de 2016.

De Dahomey a Messi: el fútbol como puerta de entrada a la historia africana

Por Emmanuel Bonforti

El último partido de Lionel Messi con la Selección Argentina dejó una imagen que excedió largamente al fútbol. Antes del comienzo del encuentro frente a Benín, el capitán del seleccionado africano, Sessi D’Almeida, le entregó al astro argentino dos presentes: una camiseta de su país y una réplica de una escultura que homenajea a las históricas guerreras de Dahomey. El gesto pasó inadvertido, pero detrás de aquella figura femenina se encuentra una historia que permite recorrer buena parte de la experiencia colonial africana.

La escultura remite a las llamadas “Amazonas de Dahomey”, las Agodji, un cuerpo militar femenino de elite del antiguo Reino de Dahomey, ubicado en el territorio del actual Benín. Durante siglos fueron parte de la estructura militar del reino y, a fines del siglo XIX, tuvieron un papel central en la resistencia contra la expansión colonial francesa. 

El regalo de los futbolistas benineses a Messi, entonces, puede leerse como algo más que una cortesía deportiva. Es también una forma de presentar ante millones de argentinos una parte de la historia de un país que muchas veces aparece en el imaginario occidental reducido a una referencia geográfica o a una selección de fútbol. Una manera de mostrar el pasado colonial.

Dahomey y la conquista francesa

Antes de convertirse en colonia francesa, el territorio del actual Benín estaba organizado en torno a distintos reinos y estructuras políticas. Entre ellos se encontraba el Reino de Dahomey, con capital en Abomey, una organización política poderosa que desarrolló relaciones comerciales con las potencias europeas desde el siglo XVII.

La presencia europea en la región estuvo vinculada inicialmente al comercio y, de manera decisiva, a la trata de personas esclavizadas. Franceses, portugueses, británicos y daneses establecieron distintos puntos comerciales sobre la costa. Francia consiguió instalarse en Cotonú y establecer acuerdos de protectorado con autoridades locales durante el siglo XIX. Pero hacia finales de ese siglo el vínculo comercial dio paso directamente a la conquista territorial. 

Las guerras franco-dahomeyanas de 1890-1894 terminaron con la derrota del reino. En 1894 Francia estableció formalmente la colonia de Dahomey y sus dependencias. El rey Béhanzin, una de las principales figuras de la resistencia, fue derrotado y enviado al exilio. El territorio quedaría incorporado al sistema colonial francés hasta alcanzar la independencia en 1960. El saqueo imperial estaba en marcha.

Las llamadas Amazonas de Dahomey ocuparon un lugar destacado en aquella resistencia. Eran una fuerza militar integrada exclusivamente por mujeres y llegaron a constituir entre un cuarto y un tercio de las fuerzas del ejército del reino durante el siglo XIX. Las tropas francesas dejaron registros de la ferocidad con la que combatieron. La resistencia fue, sin embargo, brutalmente reprimida y el cuerpo militar quedó prácticamente diezmado. 

Pero la historia colonial no terminó con la ocupación militar. La conquista también significó la apropiación de objetos, símbolos y bienes culturales. Después de la caída de Dahomey, numerosos objetos pertenecientes a los palacios reales fueron trasladados a Francia. En 2021, más de un siglo después, Francia restituyó 26 piezas al Estado de Benín. Entre ellas había tronos, estatuas, puertas de los palacios reales y objetos ceremoniales. 
En mayo de 2025, además, Benín recuperó de Finlandia el Kataklè, un asiento real que había sido saqueado durante la conquista francesa de 1892. Fue la pieza número 27 recuperada de aquel patrimonio. El imperialismo francés también fue experto en saquear la memoria colectiva de los pueblos africanos.

De Abomey al Monumental

Por eso, aquella pequeña réplica entregada a Messi puede ser leída como un gesto cargado de significado.

El partido que enfrentó a Argentina y Benín fue presentado fundamentalmente como el escenario de despedida de Messi de la Selección. Más de 85.000 personas asistieron al Monumental para despedir al capitán argentino, que cerró su ciclo internacional con una victoria 3-0, un gol y dos asistencias. 

Pero para Benín el partido también representó una oportunidad de visibilidad internacional. Antes del encuentro, su capitán había señalado que el equipo entendía la convocatoria como una posibilidad para que el mundo conociera a sus futbolistas. 

El fútbol produjo así una escena inesperada: una parte de la historia africana ingresó al centro de la escena argentina a través de un acontecimiento deportivo. El objeto entregado a Messi funcionó como una suerte de pequeño puente entre dos historias nacionales.

No es un dato menor. El fútbol es uno de los pocos fenómenos culturales capaces de reunir en un mismo escenario a sociedades que muchas veces conocen muy poco unas de otras. La camiseta, el escudo y los colores nacionales condensan historias políticas, sociales y culturales que exceden ampliamente los noventa minutos de un partido. 

Lo que África nos mostró en el Mundial

La última Copa del Mundo profundizó todavía más esa posibilidad. El Mundial de 2026 tuvo una presencia africana inédita: diez selecciones del continente participaron del torneo, la mayor representación africana en la historia de la competencia. 

Cada aparición de una selección africana en un Mundial puede funcionar, entonces, como una pequeña ventana hacia una realidad mucho más compleja. Detrás de una camiseta hay historias de colonialismo, procesos de independencia, migraciones, desigualdades, conflictos, resistencias y también enormes procesos de construcción nacional.

Conocer a Senegal no significa solamente conocer a su selección. Conocer a Ghana, Marruecos, Nigeria, Sudáfrica o Benín tampoco puede reducirse a sus resultados deportivos. El fútbol permite, al menos, formular preguntas. ¿Por qué hablan francés en determinados países africanos? ¿Por qué sus fronteras tienen determinadas formas? ¿Qué ocurrió con sus reinos antes de la llegada europea? ¿Por qué tantos objetos de sus culturas permanecieron durante décadas en museos europeos? ¿Qué significa hoy recuperar ese patrimonio?

La despedida de Messi frente a Benín produjo, casi accidentalmente, una de esas preguntas.

La imagen del capitán africano entregándole a Messi una réplica de las guerreras de Dahomey puede quedar reducida a una anécdota si se la observa únicamente desde el fútbol. Pero también puede ser tomada como una invitación a mirar más allá del resultado.

Porque detrás de esa escultura están Abomey, Béhanzin, las guerras contra Francia, las mujeres que combatieron contra la conquista, los objetos saqueados y luego restituidos, las discusiones actuales sobre patrimonio y memoria y las nuevas formas en que los pueblos africanos buscan narrarse a sí mismos.

El fútbol, en definitiva, no explica África. Pero puede abrir una puerta para conocerla.

EL PAPA FRANCISCO Y LA ARGENTINA DE LOS POLÍTICOS PROFESIONALES

Por Gustavo Matías Terzaga. Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE, de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

Sería superficial atribuir todo el drama social simplemente a la conducta de la dirigencia o a esa palabra ya gastada que llamamos “grieta”. Debajo de ella existe un conflicto histórico verdadero. La Argentina arrastra, desde mucho antes del peronismo, la tensión entre proyectos de país difícilmente conciliables, porque expresan intereses y concepciones del orden nacional que no pueden convivir sin que alguno termine subordinando aspectos sustantivos del otro; aunque, hay que decirlo, una parte del peronismo contemporáneo fue progresivamente domesticada e incorporada a los límites del orden que históricamente había nacido para disputar.

Lo cierto es que, resolver de una vez nuestra cuestión nacional para levantar las banderas del 17 de octubre, exige, como condición de partida, terminar definitivamente con la capacidad de las élites antinacionales para condicionar el destino de la Nación y subordinarlo a intereses ajenos al pueblo argentino. Una tarea histórica, la de pisarle la cabeza y no la cola a la serpiente, que difícilmente pueda internalizar nuestra política demoliberal.

Bien. Esa contradicción estructural explica una parte sustancial de nuestra inestabilidad en la superficie. Pero la dinámica política, económica, social, institucional de la Argentina no es circular; es tectónica y, por lo tanto, frontal. Presentarla como un eterno retorno de errores equivalentes —como si todos fracasáramos siempre por las mismas razones, como si las crisis económicas fueran para la Argentina naturalmente cíclicas— diluye responsabilidades y oculta los intereses concretos que actúan como epicentro de cada crisis. El plafón para darle marco a ese relato demagógico de que “el problema de la Argentina somos los argentinos” lo da la naturalización de la alternancia política de un estado apenas democrático, pero no soberano.

Sobre ese conflicto real se montó, especialmente durante las últimas décadas, otra cosa; una política profesional que aprendió a vivir de administrarlo sin resolverlo. Después de décadas de gestionar la política como una sucesión interminable de antagonismos —peronismo y radicalismo; kirchnerismo y antikirchnerismo, La Cámpora y el PRO, Macri y Cristina, Cristina y Milei —, lo que quedó abajo, en la vida concreta, fue otra cosa; el tedio diario de vivir para las grandes mayorías. La democracia liberal, reducida al juego partidario de este sistema político y vacía de contenido popular, ha dejado de producir horizonte y esperanza para administrar apenas alternancias republicanas para la política e incertidumbre existencial para el pueblo.

Políticos profesionales del campo popular

No hablaremos de los herederos de la casta Mitrista porque de nada vale llevarles una crítica. A ellos hay que deportarlos con lo puesto en una balsa rumbo a Miami.

En Argentina, la política se ha transformado desde hace décadas en una profesión y, para demasiados, en una profesión muy rentable. Generalmente se estudia abogacía, se ingresa a ella, se hace carrera, se construye una pertenencia, se aprende a obturar y a rosquear, se cambia de espacio o se permanece en el mismo lugar siempre, se dominan las cajas y los vínculos, se ocupa un cargo, se salta al siguiente y se aprende, sobre todo, a sobrevivir dentro del sistema. El valor ha pasado a ser la permanencia; nadie suelta, nadie quiere que venga otro a ocupar su lugar. Lo cierto es que la confrontación dentro de los esquemas políticos pasa a ser parte del negocio. Siempre hace falta un adversario, una amenaza, una nueva batalla que justifique la permanencia de los mismos profesionales administrando nuestras diferencias; operación que solo sirve para definir sus propias siluetas.

La gente trabaja, hace cuentas, llega cansada, posterga un viaje, una salida, un arreglo de la casa; acompaña a sus viejos, corre riesgos, hace cola en el Hospital, trata de ayudar a sus hijos, cena una mandarina y vuelve a empezar al día siguiente. Y mientras tanto, una dirigencia profesionalizada sigue discutiendo el país como si millones de argentinos se levantaran cada mañana pendientes de las prioridades de sus respectivas capillas políticas.

Actualmente, buena parte de la dirigencia y sus voceros del llamado campo popular parece convencida de que el pueblo vive en vilo por saber si es más importante la proscripción de Cristina o que el peronismo gane la elección. Son asuntos políticamente relevantes para quienes participan en mayor o menor medida de la política, desde luego. Pero confundir las preocupaciones de una minoría “politizada” con las urgencias y los deseos de las mayorías populares es una forma grave de ceguera. Y el problema, tal vez, sea justamente ése. Hace demasiado tiempo que una parte de nuestra política, tal vez la más virtuosa hasta hace unos años —paradójicamente, la que más se jacta de nacional y popular, de interpretar las necesidades del pueblo y de hablar en su nombre— dejó de escucharlo y comenzó a escucharse sólo a sí misma. Terminó confundiendo su propia agenda con la agenda mayoritaria hasta llegar a creer que aquello que desvela a quienes habitan sus estructuras, sus internas, sus herencias y sus institutos, necesariamente desvela también al hombre y a la mujer común. Y la verdad es que no.

Hay millones de argentinos que antes que una nueva batalla entre apellidos políticos necesitan que vivir vuelva a ser un poco menos pesado. Tener tiempo, previsibilidad, algún proyecto, una sobremesa tranquila, una escapada, un hijo, una ilusión, dos alegrías seguidas. De ese tamaño es la distancia. Lo cierto es que en Argentina todo se ha politizado, y la porción de cultura política que venía de antaño se ha empobrecido. No es difícil de observar que la formación, la doctrina, la calidad representativa, nuestro lugar en el mundo y la comprensión histórica fueron cediendo ante una política cada vez más líquida, inmediata, efectista, operadora, hiper táctica, internista y superficial. No hay estrategia porque se ha perdido el horizonte histórico.

El caso del Papa Francisco y las alegrías perdidas

Y tal vez por eso tampoco alcanzamos a advertir la dimensión de lo que perdimos colectivamente mientras la grieta nos obliga a decidir, frente a cada cosa, de qué lado debemos pararnos. Una comunidad se construye también en esos momentos excepcionales en que las diferencias retroceden y volvemos a sentir que hay algo que nos pertenece a todos al mismo tiempo. Y nosotros tuvimos una de esas oportunidades extraordinarias.

Un argentino llegó a ser Papa. Jorge Bergoglio, nacido y criado en el barrio de Flores, fue durante doce años Francisco, la figura argentina de mayor dimensión universal de toda nuestra historia. Recorrió el mundo y murió sin volver como Papa a su tierra.

Algún día habrá que pensar ese hecho no solamente desde Francisco, sino desde nosotros mismos. Porque Francisco quedó atrapado en una Argentina que hacía tiempo había decidido que absolutamente todo debía pasar por la aduana de la grieta. Más allá, incluso, de cuál haya sido verdaderamente su identidad política personal, por estos tiempos, caratular al Papa como “peronista”, además de ser una inversión conceptual; fue achicar a Francisco hasta hacerlo caber en las categorías menores de la política argentina. Una figura global quedó sometida a nuestro miserable interrogatorio doméstico. Y en el camino, perdimos el arraigo y la potencia de la universalidad de su figura. La paradoja fue tan dolorosa como elocuente; Francisco encontró en su propia tierra un nivel de rechazo y una erosión de su imagen difíciles de explicar fuera de la lógica espejada de la grieta. Decimos con esto; si en la Argentina existiera una cultura política más madura, o simplemente algo de cultura política, Francisco podría haber sido recibido sin que su visita quedara sometida al tribunal mezquino fabricado por la política profesional. Veamos.

Entre odios y prejuicios

Con una conciencia casi escolar, seguimos dividiendo a nuestros próceres entre buenos y malos, como si décadas de actividad política y dos siglos de historia pudieran caber en dos columnas del pizarrón. Si hacemos eso con los muertos, imaginen lo que somos capaces de hacer con un líder vivo.

Para una parte del conservadurismo argentino, Francisco resultaba sospechoso porque hablaba demasiado de los pobres, del descarte, de la comunidad nacional, de la justicia social, del dios dinero, de la unidad de los pueblos de América Latina, de la recuperación del sentido histórico, de la dignidad del trabajo y de los límites de una economía convertida en un fin en sí mismo para pocas manos. Y como además era argentino, ese lenguaje inevitablemente resonaba con una tradición política que esos sectores históricamente combatieron. Entonces apareció el odio y la simplificación; era peronista, era populista, era zurdo.

En la otra esquina del ring ocurrió otra “incomprensión”. Una parte importante del universo kirchnerista había construido previamente su imagen de Bergoglio desde sus enfrentamientos con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Y cuando llegó a Roma cargó también con una lectura de los años setenta que lo colocaba bajo sospecha por su actuación durante la dictadura. Horacio Verbitsky, escriba del kirchnerismo y operador de Cristina, fue una de las figuras centrales de aquella interpretación. La discusión sobre los sacerdotes jesuitas Yorio y Jalics quedó durante años adherida a Bergoglio. Sin embargo, el propio Francisco Jalics terminó afirmando expresamente que ni él ni Yorio habían sido denunciados por Bergoglio, que su antigua sospecha de haber sido víctimas de una denuncia carecía de fundamento y que era falso atribuir su secuestro a una iniciativa del entonces superior provincial de los jesuitas.

Es decir; unos no podían escuchar a Francisco porque les sonaba demasiado peronista. Otros, mientras militaban la separación de la Iglesia y el Estado, tardaron demasiado en escucharlo porque antes habían decidido que Bergoglio pertenecía al otro lado de su propia frontera ideológica. Es dable destacar aquí, que la partidocracia inepta e hipócrita– de “derechas e izquierdas” –que comprendió perfectamente el significado de su figura y de su obra, por odio gorila o prejuicio anticlerical, íntimamente siempre estuvo en su contra y no lo quiso interpretar. Cada uno tenía su Francisco inaceptable. Pero el problema de cierta progresía argentina es más profundo. Producto de su formación con categorías ajenas que les formó un prisma extranjerizado, su desconfianza hacia todo aquello que nace de nuestras propias tradiciones nacionales le impide reconocer incluso sus expresiones más transformadoras. De allí la contradicción que todavía le resulta difícil asimilar; que dos de las figuras de mayor potencia revolucionaria de nuestra historia política reciente hayan surgido precisamente de dos instituciones que buena parte de ese universo aprendió a mirar únicamente con sospecha; la Iglesia y las Fuerzas Armadas. Francisco y Perón.

Las alegrías que nos faltan

Ahora viene el Papa León a la Argentina y sentimos entusiasmo. Tenemos ganas de ir, de verlo, de participar de ese acontecimiento masivo e histórico para la Argentina. Y es precisamente este entusiasmo el que ilumina, por contraste, la dimensión de aquella ausencia. Imaginen por un instante lo que hubiera significado Francisco en la Argentina. No para el kirchnerismo; no para el antikirchnerismo; incluso, no solamente para los católicos. Para nosotros; para todos juntos. Un argentino convertido en Papa volviendo a su barrio, a su ciudad, a su país. Las rutas llenas, familias viajando desde Córdoba, Mendoza, Salta, la Patagonia. Los viejos esperando verlo, los chicos preguntando cuándo pasa, las campanas, familias enteras en las calles, los preparativos en cada parroquia de barrio, su mensaje directo al pueblo, el amor y la empatía a flor de piel. Millones de argentinos compartiendo durante unos días un suceso histórico para sus corazones.

En fin, sólo queda el suspiro cargado de impotencia. Porque ese tipo de alegrías son, entre tantas, las que se nos vienen escatimando.

La grieta se sentó en la mesa familiar. Nos han dividido profundamente. El político profesional en ambas bandas necesita administrar nuestras diferencias porque de ellas vive. Y cuando esa lógica se vuelve cultural, terminamos nosotros mismos haciendo el trabajo; sospechando del que celebra, midiendo quién capitaliza cada cosa, buscando una operación detrás de cada emoción, vaciando de sentido todo, festejando si uno que no nos votó perdió el laburo. Se nos enseñó a ser pequeños gorilas a cambio de la defensa acérrima de nuestras posiciones, creyendo tener siempre la razón. ¿Qué es eso? Y nunca falta ese sector de la progresía dispuesto a explicarnos que hasta entregarnos a la alegría popular supone hacerle “el juego a la derecha».

La unidad y el elemento tiempo

Francisco, con su visión de hombre formado en el barro y en la paciencia de la oración, nos recuerda que los cambios verdaderos se gestan como procesos colectivos, se encarnan en la lucha, maduran en el tiempo largo de los pueblos y se orientan –ineludiblemente– en el sentido de su historia. Nada que pretenda ser fundacional puede construirse sin esa noción de duración, de paciencia activa, de acumulación estratégica. Los pueblos no conquistan su destino a golpe de instantaneidad, lo hacen cuando una conducción es capaz de organizar el deseo popular y proyectarlo en el horizonte histórico.

Tenemos, salvo excepciones que no quiebran la regla, una dirigencia rosquera que se desespera por el espacio –una banca, un lugar en la lista, una cajuela– pero que ha olvidado que sin tiempo no hay raíz ni tampoco frutos. Francisco nos advierte con una lucidez impiadosa que el vértigo del presente sin proyecto es la forma más eficaz de la impotencia política. El tiempo es superior al espacio, nos enseña. La obsesión por “estar” ha sustituido la vocación de “realizar”; y en ese desplazamiento, la política se ha vuelto un simulacro de poder sin contenido popular.

La unidad nacional no es la negación del conflicto, sino su condición hacia un horizonte superior. La política que no reconoce el conflicto es ingenua o hipócrita, pero la que se regodea en él, la que convierte la fisura social en identidad de los extremos y el antagonismo en una especie de doctrina para detectar enemigos y traidores, termina sirviendo a los intereses del enemigo histórico de los pueblos favoreciendo la fragmentación interna como preludio del sometimiento externo. La unidad no es uniformidad, ni renuncia a la pluralidad, es la síntesis poliédrica superior que organiza las diferencias en función de un proyecto común. Una cosa es la diversidad, indispensable para expresar la riqueza de una comunidad; otra muy distinta es convertirla en un fin en sí mismo, fragmentando hasta el infinito aquello que necesita reconocerse también como parte de un origen común. Muchas identidades en constante pugna por ocupar el centro de la escena política y cultural mientras la cuestión nacional desaparece del horizonte, se llama diversionismo; trae división y fabrica aliados a la contra. Y está muy bien ser distintos, pero dado lo que tenemos enfrente, afuera y adentro, es mucho más importante ser iguales.

La historia argentina es también la historia de esas derrotas que nacieron en el seno mismo de nuestro pueblo. Unidos o dominados, decía el General Perón. La unidad, entonces, es la condición estratégica nodal sin la cual no hay acumulación posible. Claro, dependiendo de qué tipo de acumulación estemos hablando. Para los círculos políticos, la fragmentación es condición necesaria.

Francisco entendía algo elemental que nuestros políticos profesionales parecen haber olvidado; para conducir hay que estar cerca; y para estar cerca no basta con hablar del pueblo; hay que compartir, de algún modo, su suerte. Hoy más que nunca, cuando la política se encierra en despachos, cargos, paneles televisivos e institutos o se disuelve en la fugacidad de las redes sociales, este principio exige volver a pensar desde las bases y el retorno de la cultura del encuentro; en los barrios, las casas sindicales, los comedores, las cooperativas, las parroquias, los clubes, las escuelas y los centros vecinales; allí donde el pueblo vive, trabaja, resiste, circula y sueña; allí donde, en definitiva, se gesta lo nacional.

Francisco lo expresó con una imagen formidable: “pastores con olor a oveja”. Nosotros reclamamos, con el mismo sentido, políticos con barro en los pies.

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El tercer Perón, entre Pigna y Duzdevich: la historia que aprendimos a leer

Por Tomás Trapé

Las declaraciones de Felipe Pigna reabrieron el debate sobre el último Perón, los años 70 y una interpretación histórica que todavía atraviesa al peronismo.

as últimas declaraciones de Felipe Pigna sobre “el tercer Perón” reavivaron un debate que cuestiona, ya no la opinión personal del popular historiador, sino una versión de la historia reciente totalmente asimilada por propios y ajenos. La idea venenosa de que Perón “nos traicionó”. Quienes llegamos a la vida política durante los años del kirchnerismo no dudamos, matices mediante, en reconocernos peronistas. Tal vez haya sido la última gran incorporación masiva a aquella tradición. Para quienes no la habían recibido por sangre, apellido o a través del recuerdo de algún abuelo, el peronismo parecía ofrecer un camino argentino, con toda su excentricidad, su grandeza y también con esos sueños, a veces desmesurados. Con el tiempo, sin embargo, empezó a crecer en nuestra generación cierta sospecha hacia quienes explicaron qué era el peronismo casi siempre en detrimento de la figura del propio Perón y de su legado. La pregunta era sencilla: ¿por qué querríamos ser peronistas “a pesar” de Perón?

En su temprana revisión de los años 70 y de sus fracasos, el relato del establishment progresista que se impuso desde el retorno de la democracia hasta nuestros días convirtió a los jóvenes de la Tendencia en campeones de la democracia y promotores anticipados de los derechos humanos, y al último Perón en la coartada perfecta para explicar el fracaso de aquella generación de jóvenes idealistas que quiso pero no pudo. También ofrecía un punto de convergencia perfecto para gorilas de izquierda y de derecha, porque aquella reconstrucción terminaba dándoles la razón, en retrospectiva, a quienes habían señalado desde el primer día que el hombre que inspiró el 17 de octubre no era otra cosa que un “tirano”, “un dictador” o en el mejor de los casos “un fraude”.

El debate sobre la legitimidad de sostener la lucha armada frente a un gobierno elegido democráticamente por el 62% de los votos, o sobre el asesinato a traición de Rucci apenas días después, quedaba fuera del radar de los historiadores por resultar demasiado inoportuno. Mucho menos se hablaba de la enorme gesta, tantas veces invisibilizada, de la resistencia peronista, encabezada principalmente por los sindicatos durante los 18 años de proscripción, cuando hasta el nombre de Perón estaba prohibido y buena parte de aquella juventud ni siquiera había nacido.

A esta versión de la historia, que compramos cara durante el largo período de la posdictadura, Aldo Duzdevich la llama “el Billiken Montonero”. Sus principales escribas fueron los Bonasso, los Verbitsky y los José Pablo Feinmann, entre otros intelectuales que durante años gozaron de enorme prestigio en el universo cultural y político cercano a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. El propio Duzdevich describe ese relato como una historia de “héroes, víctimas y traidores”, con Perón ocupando casi siempre este último lugar.

Varios años antes de que Juan Manuel Abal Medina publicara Conocer a Perón, ya circulaba entre muchos amigos el PDF de La Lealtad. Los Montoneros que se quedaron con Perón, de Duzdevich, Norberto Raffoul y Rodolfo Beltramini. Ambos libros fueron decisivos para empezar a desconfiar de aquella revista infantil que alternaba entre dos versiones del mismo personaje; la de un Perón deprimido, senil e influenciable -a la que hace referencia Pigna- y la de un Perón decididamente facho, capaz de borrar con el codo lo que había construido con sus propias manos durante treinta largos años justo el día en que “echó” de la Plaza a los jóvenes que lo insultaban.

Siempre se reprocha el eterno retorno a los 70, a esa vieja interna sangrante del peronismo durante los años previos al terrorismo de Estado. Nadie vuelve sobre ella por un afán melancólico, sino reparatorio. Así como reconocemos, equivocados o no, el coraje que tuvo la generación del 70, y así como nunca dejamos de reclamar justicia por los crímenes de la dictadura genocida, marchando cada 24 de marzo desde hace al menos veinte años, también, como herederos de esa tradición, se hace necesario hablar del último Perón.

Juan Domingo Perón junto a José Ignacio Rucci, bajo el histórico paraguas, durante su regreso definitivo a la Argentina en 1973.

Del último Perón que, después de 18 años de proscripción y de un largo y penoso exilio, volvió para ganar la histórica elección de 1973 con casi el 62% de los votos. Del último Perón que se abrazó con su viejo adversario, Ricardo Balbín, que había obtenido el 24%. Del Perón que hizo de la armonización entre el capital y el trabajo la base de un modelo de producción y desarrollo, y que encontró en el Pacto Social entre la CGT y la CGE una de sus principales herramientas. Del Perón que proyectó en el Plan Trienal una Argentina industrial, integrada y con vocación de potencia. Del Perón que buscó recuperar para el Estado resortes centrales de la economía, puso el crédito al servicio de una estrategia de desarrollo y volvió a colocar el comercio exterior dentro de una política nacional. Del Perón que retomó vínculos con Cuba, desafió el aislamiento continental impuesto a la isla y volvió a pensar a la Argentina con una política exterior propia. Del Perón, en definitiva, que regresó, con 77 años, no para administrar la decadencia sino aun con el deseo, acaso desmesurado por su salud, de volver a ordenar el país alrededor de un proyecto nacional.

No conviene olvidar que en su testamento político, el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, publicado en 1972, Perón escribió sobre piedra: “Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, porque siempre, primero, está la patria. Ahora, con el diario del lunes, uno se pregunta ¿Por dónde se corría por izquierda a Perón? ¿Cuál era el programa económico superador de la Tendencia? Y si entre Perón y Balbín reunían el 86% de los votos, ¿Con qué pueblo pensaban hacer la revolución? 

La desperonización democrática

Si la Libertadora del 55 fracasó en su intento de desperonizar al pueblo argentino mediante bombas, fusilamientos y proscripción, el proyecto refundacional del alfonsinismo en los años 80 ‘s a través de la llamada “convergencia democrática”, también se propuso desperonizar culturalmente a la sociedad argentina, disputándole su histórica base social y sus banderas históricas. Sin ir más lejos una de las operaciones intelectuales más exitosas del Grupo Esmeralda, cercano a Alfonsín, fue precisamente correr el eje de la contradicción principal de la política argentina. Ya no se trataba de Liberación o Dependencia, sino de Democracia o Autoritarismo. De esta forma la democracia pasaba a constituirse en el nuevo principio ordenador de la vida política después de la dictadura. Los Bonasso, los Verbitsky, y los José Pablo Feinmann también colaboraron con esa teoría del alfonsinismo para dejar a Perón del lado de los malos, de los autoritarios, de los fachos. En definitiva, como señala Duzdevich en «Lealtad, por derecha y por izquierda«, el objetivo siempre fue deslegitimar al peronismo como movimiento de liberación nacional, y para ello siempre empezaron por operar en la historia.

En su último libro, ‘La agonía del peronismo‘, Jorge Rulli hace un largo descargo contra los “neoperonistas”. Desde aquellos que le disputaron la conducción a Perón en vida hasta quienes, después de la muerte del viejo líder, todavía reclaman para sí una parte de su herencia, desconociendo que, si existe un heredero, es el pueblo argentino. Aunque Rulli murió injustamente marginado del primer plano de la política argentina, durante todos esos años nadie consiguió correrlo por izquierda.

En 2018 escribía: “Entre tantos dispuestos a asumir la herencia vacante como propia, existe una categoría que me irrita particularmente, la de los que pretenden ser peronistas, cultivando un perceptible rechazo a la figura de Perón y, aún peor, una obstinada negación de sus enseñanzas. Tal vez esos rechazos sean memorias de viejas incomprensiones y oscuros rencores de la década de 1970, tal vez sean algo mucho más personal e inconfesable: lo importante es que no son gratuitos, porque nos conducen como pueblo a nuevos atolladeros, tal como este en el que ahora nos encontramos”.

Continúa Rulli: “No es un problema de definiciones o de patrimonios lo que estoy planteando, no es un problema de logos o de banderías; se advierte entre alguna fauna de lo nacional y popular que abundan los guevaristas, los evitistas, los gramscianos, los marxistas-leninistas, los liberales, los nacional-desarrollistas, los mandarines de la sociología, todos parecen tener su propia legitimidad en este circo. Lamentablemente, el problema es que la mayoría de ellos no pareciera tener la menor idea de lo que es el arte de la conducción, y de cómo se genera un proyecto nacional”.

Quizás, después de tantos años, la discusión siga siendo en el fondo mucho más sencilla. A Perón se lo puede discutir, revisar y hasta impugnar en muchos de sus actos, porque ningún liderazgo atraviesa la historia sin errores ni contradicciones. Clausurar esas discusiones sería confundir lealtad con obediencia. Aun así, quienes se sientan herederos de esa tradición deberán dejar de caer en la trampa de explicar al peronismo prescindiendo de Perón. Como si su pensamiento, su obra y su experiencia histórica fueran apenas una incomodidad que hay que sortear para poder reivindicar todo lo demás. Porque si una tradición necesita pedir disculpas permanentemente por quien le dio forma, tal vez el problema no sea Perón, sino los intermediarios a través de los cuales aprendimos a leerlo.

https://www.newsdigitales.com/nota/345320/el-tercer-peron-entre-pigna-y-duzdevich-la-historia-que-aprendimos-a-leer

LOS LÍMITES DEL CORDOBESISMO ANTE LA CUESTIÓN NACIONAL

Por Gustavo Matías Terzaga. Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

Córdoba ya forma parte, por la fuerza de su producción, de un mundo del que la Argentina decidió políticamente mantenerse al margen desde el año 2024. Mientras el gobierno de Javier Milei rechazó la incorporación a los BRICS y reorientó su política exterior hacia un alineamiento preferencial con Estados Unidos e Israel, la economía cordobesa se mueve sobre otro mapa; vehículos y autopartes encuentran en Brasil un mercado fundamental; aceites, granos y alimentos viajan hacia India y China.

Los datos son elocuentes. En 2025 Córdoba exportó cerca de USD 10.910 millones —el 12,5 % del total argentino— y llegó a 136 mercados. Durante los primeros cinco meses de 2026, Brasil, India y China, tres integrantes de los BRICS, fueron sus principales destinos.

Pero los vínculos son diferentes. Con Brasil se expresa principalmente la Córdoba industrial; en 2025, el 64 % de las exportaciones hacia ese país fueron manufacturas industriales, especialmente vehículos, autopartes y motores. India y China, en cambio, concentran sus compras en aceites, soja, maní y derivados. Brasil revela el potencial de una integración regional basada en cadenas industriales compartidas; los gigantes asiáticos, la oportunidad y el desafío de aprovechar su escala para incorporar mayor valor, tecnología, industria y trabajo argentino a nuestras exportaciones.

La paradoja liberal

Mientras el mundo multipolar amplía mercados, socios y alternativas de financiamiento, la política económica nacional debilita capacidades necesarias para aprovecharlos. La apertura importadora presiona sectores estratégicos para Córdoba, como la maquinaria agrícola y su entramado metalmecánico, mientras el ajuste sobre universidades, ciencia e infraestructura erosiona las posibilidades de agregar valor y tecnología.

La paradoja se vuelve nítida cuando el liberalismo económico asumido por Juan Schiaretti y el pragmatismo político que caracteriza a la actual conducción de Martín Llaryora, aun presentándose como defensores de los intereses de Córdoba, claro está; terminan acompañando o facilitando con demasiada frecuencia orientaciones económicas nacionales que debilitan el mercado interno, comprimen salarios y consumo y exponen a la industria y a las pymes que constituyen buena parte de la fortaleza productiva provincial. Lo hicieron durante el gobierno liberal de Mauricio Macri y vuelven a hacerlo, bajo condiciones todavía más severas, frente al programa económico de Javier Milei. 

Y allí aparece una responsabilidad que la dirigencia oficialista de Córdoba no puede eludir. Mientras proclama la defensa de la producción y de los intereses provinciales, brinda sustento político a un Gobierno nacional cuyo programa de ajuste, apertura y vaciamiento no se limita a ordenar las cuentas públicas; avanza sobre capacidades estratégicas que la Argentina tardó generaciones en construir. La caída del consumo y el debilitamiento del mercado interno; el creciente recurso de las familias al endeudamiento y el deterioro de su capacidad de pago; la retracción de sectores sensibles de la actividad económica; la desindustrialización y la pérdida de empleo productivo; el cientificidio, el debilitamiento de las universidades y de los organismos tecnológicos; la paralización de infraestructura y la retracción del Estado en áreas estratégicas no constituyen fenómenos aislados. Son distintas expresiones de un mismo proceso de pérdida de densidad nacional que deteriora la demanda, debilita el entramado productivo, desalienta la inversión y reduce las capacidades científicas, tecnológicas y materiales necesarias para el desarrollo. Y todo ello afecta directamente el interés de una provincia como Córdoba, cuya fortaleza depende precisamente de que existan consumidores, empresas, crédito, conocimiento, infraestructura y un mercado nacional capaz de sostener su producción. 

“Federalismo” de caja y dependencia provincial

Durante décadas una parte importante del debate quedó encerrado en una contabilidad legítima pero insuficiente; cuánto aporta Córdoba, cuánto recauda la Nación y cuánto vuelve. Y no hablamos de una provincia marginal en la generación de riqueza. En 2025 Córdoba explicó el 12,5 % de las exportaciones argentinas; dicho de manera más gráfica, uno de cada ocho dólares que el país obtuvo por sus exportaciones fue generado por la producción cordobesa. La discusión por la coparticipación, las transferencias y los recursos provinciales es necesaria, pero un “federalismo» reducido exclusivamente a esa contabilidad fiscal resulta demasiado pequeño para una provincia con semejante gravitación económica, productiva, universitaria e histórica. El problema se vuelve todavía más profundo cuando la necesidad financiera de las provincias termina condicionando su autonomía política y los gobernadores deben negociar oxígeno fiscal a cambio de acompañamientos circunstanciales. Allí la cuestión federal deja de ser solamente una discusión administrativa sobre coparticipación y comienza a transformarse en una forma áspera de disciplinamiento político.

No es sencilla la tarea de gobernar una provincia a la que el poder central recorta recursos, paraliza obras y obliga permanentemente a administrar todo tipo de urgencias; pero esa dificultad no puede convertirse en justificación para asociarse una y otra vez con un proyecto antinacional que erosiona muchas de las mismas capacidades productivas, sociales y fiscales que luego se pretende defender. Gobernar la escasez puede explicar la negociación; no debería justificar el indisimulable alineamiento. Y sería injusto desconocer que el Gobierno provincial intenta amortiguar algunos de los efectos de la crisis. El programa Córdoba Impulsa procura sostener el consumo y financiar capital de trabajo; las nuevas líneas acordadas con el CFI buscan acercar crédito a las PyMEs; Bancor subsidia financiamiento para maquinaria agrícola y producción, y el Programa Primer Paso vuelve a utilizar recursos públicos para facilitar la incorporación de jóvenes al empleo. Son políticas necesarias y, en algunos casos, valiosas. Pero también revelan la dimensión del problema.

Si la política nacional contrae el mercado interno, deteriora salarios, abre indiscriminadamente las importaciones y debilita industria, ciencia, infraestructura y capacidades estatales, los instrumentos provinciales terminan funcionando fundamentalmente como paliativos frente a un proceso que se decide en otra escala. La misma dirigencia que destina recursos de Córdoba a reparar esos daños presta luego sustento político al programa nacional que contribuye a producirlos. Si Córdoba subsidia crédito, sostiene consumo, financia PyMEs y promueve empleo, es porque su propio gobierno reconoce en los hechos que mercado, financiamiento, producción y trabajo necesitan políticas públicas activas. 

Lo cierto es que una política internacional soberana necesita de un proyecto productivo nacional y ningún proyecto productivo puede sostenerse sin una estrategia internacional que le proporcione mercados, escala, financiamiento, tecnología y capacidad de negociación.

El provincialismo de nicho

A nuestro juicio, el problema comienza cuando la autonomía provincial deja de concebirse como una herramienta para construir la Nación y se convierte, principalmente, en una estrategia de administración y conservación del poder territorial. A esa transformación contribuyó un proceso de larga duración, iniciado con el quiebre del 24 de marzo de 1976 y profundizado por el liberalismo menemista y la arquitectura institucional de los años noventa, incluida la reforma constitucional de 1994. 

La dictadura impuso mediante el terrorismo de Estado una profunda reestructuración económica y social bajo la conducción económica de Martínez de Hoz y Adolfo César Diz — formado este último en la Universidad de Chicago y vinculado a la escuela monetarista de Milton Friedman— quien presidiera el Banco Central durante la Reforma Financiera de 1977, pieza decisiva del nuevo modelo económico. Monetarismo, liberalización financiera y retracción del Estado ¿les suena? Es el propio BCRA el que establece una continuidad histórica entre ambos momentos. Su historia institucional sostiene que en 1992 la Convertibilidad “radicaliza aún más la política de liberalización iniciada en 1976”. Medio siglo después, algunas de aquellas ideas vuelven a resonar, con particular intensidad, en el programa económico de Javier Milei. Apertura financiera y comercial, endeudamiento, disciplinamiento del trabajo y debilitamiento de buena parte de la estructura industrial construida durante las décadas anteriores. El menemismo no inauguró esa matriz; significó, en aspectos decisivos, su continuidad, profundización y consolidación política bajo un régimen democrático. A la retracción económica y desguace del Estado nacional se sumó un desmembramiento jurídico e institucional de competencias, recursos y responsabilidades que reforzó la fragmentación territorial de funciones que hasta entonces habían conservado una dimensión algo más nacional. 

La reforma constitucional de 1994 profundizó la reorganización territorial del poder; aseguró la autonomía municipal, reconoció a las provincias el dominio originario de sus recursos naturales y amplió sus posibilidades de articulación regional e internacional; al mismo tiempo, otorgó autonomía política, legislativa y jurisdiccional a la Ciudad de Buenos Aires, reforzando institucionalmente un territorio que ya concentraba buena parte del poder económico, financiero, mediático y administrativo del país. Sin una política nacional capaz de integrar el conjunto, aquella descentralización terminó alimentando una suerte de balcanización política. Provincias fortalecidas como unidades de administración y negociación de sus propios intereses, mientras las grandes decisiones nacionales continuaron gravitando, paradójicamente, alrededor de Buenos Aires. Se fragmentó la administración del territorio sin federalizar verdaderamente el poder.

Un menemismo residual

No parece casual, entonces, que de aquella matriz haya sobrevivido una forma de provincialismo que puede convivir cómodamente con el liberalismo económico. En ese sentido, el cordobesismo podría pensarse —con todas las diferencias históricas que corresponde reconocer— como una suerte de menemismo residual o aletargado; pragmático en la administración, liberal en buena parte de su concepción económica, celoso del poder territorial y federalista en la negociación con la Nación, pero sin una visión nacional equivalente a la fortaleza de su aparato productivo provincial. Una obviedad difícil de asumir para un peronismo cordobés cuya identidad política fue construida durante décadas más para diferenciar a Córdoba de la Nación que para imaginarla como parte de un proyecto nacional. 

Y así fue que el cordobesismo desarrolló durante años una notable capacidad para autonomizar la política provincial de las grandes disputas nacionales. Esa estrategia tiene una racionalidad evidente; se trata de preservar recursos, conseguir obras, defender la caja, mantener gobernabilidad y evitar que Córdoba quede sometida políticamente al gobierno de turno. Pero esa aparente virtud puede convertirse en su límite. Cuando defender los intereses de Córdoba pasa a significar obtener el mejor resultado posible para Córdoba cualquiera sea la orientación general del país, la pregunta por el proyecto nacional comienza a desaparecer.

La República mediterránea

No queda otra que la disciplina urgente del acuerdismo. Esa concepción insular del federalismo contiene, además, una limitación que el propio cordobesismo encuentra cada vez que intenta proyectar alguna de sus principales figuras a la escala nacional. Es difícil construir una alternativa para gobernar la Argentina cuando durante años se ha construido identidad política presentando a Córdoba casi como una república aparte, virtuosa y agraciada precisamente por diferenciarse del resto del país. Por más que se inviertan millones en cartelería en las principales avenidas de Capital Federal, no se conduce la Nación por extensión de un modelo provincial. Para alcanzar esa escala es necesario integrar realidades, intereses, tradiciones y conflictos que desbordan largamente las fronteras de una provincia. 

Quien aspire a conducir la Argentina debe ofrecerles a los argentinos una idea de Nación, no simplemente invitarlos a parecerse a Córdoba. Allí quizá resida una de las razones de los constantes intentos de proyección nacional del cordobesismo que posee una identidad provincial fuerte, una estructura territorial eficaz y dirigentes con experiencia de gobierno, pero encuentra mayores dificultades para traducir esas fortalezas en una concepción nacional capaz de interpelar al conjunto. Esa lógica insular, además, choca de frente con el persistente centralismo porteño, que también piensa la Argentina desde una parcialidad y pretende convertirla en el todo. Así, provincialismo y centralismo terminan alimentándose mutuamente para su parcelación; uno se repliega sobre Córdoba mientras el otro confunde Buenos Aires con la Nación. 

La estrechez es evidente; cuanto más se construye políticamente a Córdoba como excepción argentina, más difícil resulta presentar luego a sus dirigentes como expresión de una síntesis nacional. Y aquí emerge la clave. El camino inverso parece más fecundo; no imaginar a Córdoba como una pequeña república que negocia con la Argentina, sino como una de las grandes fuerzas interiores llamadas a pensarla, integrarla y conducirla.

El problema entre el original y la copia

Hay, además, una razón de base social que no debería subestimarse. Durante años, el cordobesismo construyó buena parte de su identidad en oposición al kirchnerismo —que contribuyó largamente a esa fractura con sus propios errores— y reunió alrededor suyo un arco heterogéneo de peronistas, radicales, independientes, empresarios, productores agropecuarios con poderosa influencia en localidades del interior provincial, clases medias urbanas y sectores de centro y centroderecha. Macri primero y Milei después penetraron precisamente en ese universo; confrontarlos supone, por lo tanto, disputar una porción significativa de la propia base social y electoral del cordobesismo. 

El problema de un peronismo de tinte conservador es que termina compitiendo, en la psiquis de cierto electorado, en el terreno ideológico de su adversario. Y cuando la elección queda reducida a escoger entre un liberalismo administrado por peronistas y otro asumido sin complejos por liberales puros, suele operar una regla bastante elemental del mercado; entre el original y la copia, el consumidor termina prefiriendo el original. Por eso se desdobla. Eso explica, al menos en parte, una de las grandes paradojas políticas de Córdoba. Mientras el peronismo gobierna la provincia desde hace más de dos décadas, el liberalismo antiperonista nacional encuentra en ella uno de sus territorios electoralmente más fértiles. 

Sucede que la actual es una composición social muy distinta de aquella Córdoba que, en 1973, llevó al gobierno a Ricardo Obregón Cano y al Negro Atilio López, expresión política de una sociedad atravesada por un poderoso movimiento obrero organizado y una juventud universitaria intensamente movilizada, cuya confluencia había alcanzado en el Cordobazo su manifestación histórica más formidable. Entre aquella experiencia y el cordobesismo contemporáneo no cambió solamente el voto; cambió la alianza social sobre la cual el peronismo construyó poder en Córdoba.

El giro histórico

Con el tiempo, aquella Córdoba obrera y estudiantil, que había alimentado un peronismo de vocación transformadora, fue dejando lugar a una identidad provincial más defensiva, administrativista y crecientemente permeable al liberalismo económico. José Manuel De la Sota comprendió tempranamente que para disputar la hegemonía radical debía ampliar la base social y electoral del peronismo cordobés, incorporando sectores empresarios, productivos, cooperativistas, del agro e independientes que también nutrían el predominio político de Angeloz. La incorporación de Domingo Cavallo —principal figura intelectual del IERAL-Fundación Mediterránea, vinculada a empresarios como Piero Astori y Fulvio Pagani — como candidato a diputado nacional del PJ en 1987 fue una expresión temprana de esa estrategia, que luego se profundizaría hasta desembocar en la amplia coalición con la que Unión por Córdoba conquistó la provincia en 1998. 

Comenzaba así a desplazarse el centro de gravedad de aquel peronismo cordobés; sin perder su estructura territorial y electoral, reducía el peso político de su antigua matriz sindical/estudiantil y procuraba integrar a una coalición más amplia sectores empresarios y concepciones económicas provenientes de la Mediterránea. Esa transformación sería uno de los antecedentes de la síntesis política que, años después, permitiría al peronismo recuperar Córdoba y construir una prolongada estabilidad de gobierno hasta nuestros días. 

Más allá del cordobesismo

Córdoba necesita defender sus intereses, naturalmente, pero también comprender que buena parte de esos intereses sólo pueden realizarse plenamente dentro de una Argentina industrializada, productiva, integrada y soberana. Ese debería ser también el horizonte de su dirigencia política; poner la potencia de Córdoba al servicio de la reconstrucción nacional, en lugar de comprometerla tácticamente en acuerdos circunstanciales con proyectos que debilitan el trabajo, la producción y las capacidades soberanas del país que Córdoba necesita para desarrollarse.

Recordemos. En 2024, el Gobernador Llaryora justificó reiteradamente el acompañamiento a la Ley Bases con el argumento de la gobernabilidad y de darle herramientas a Milei. El 27 de mayo fue explícito: “La necesitamos para que el presidente tenga las herramientas para gobernar”. Un mes después, durante el tratamiento definitivo, afirmó: “Le damos gobernabilidad a la Nación pero exigimos lo que nos corresponde”. Pero entre esas herramientas no había solamente instrumentos administrativos o fiscales; la Ley Bases contenía también una reforma laboral de carácter regresivo, que alteró en perjuicio de los trabajadores aspectos relevantes de la relación laboral y redujo mecanismos de protección existentes. Ese acompañamiento formó parte de la “gobernabilidad” que el cordobesismo decidió concederle a Milei. El contraste surgió desde el propio peronismo cordobés; en una lectura inteligente, Natalia de la Sota rechazó esa lógica de acompañamiento y votó en contra de la Ley Bases, demostrando que gobernabilidad y convalidación de políticas antipopulares no eran necesariamente la misma cosa. 

Lo cierto es que el cordobesismo parece haber desarrollado una idea bastante definida de cómo gobernar Córdoba, pero mucho menos definida acerca de qué Argentina necesita Córdoba. Allí reside probablemente su principal limitación histórica y aquello que, entre el juego táctico, la administración de urgencias y un pragmatismo que por momentos se vuelve obsceno, su actual dirigencia todavía no parece haber comprendido. Porque Córdoba no puede proteger indefinidamente su industria si se destruye el mercado interno argentino; no puede sostener su sistema científico si se desfinancia el sistema nacional; no puede resolver por sí sola la infraestructura que conecta su producción con puertos y fronteras; no puede construir aisladamente una política comercial con Brasil, China o India; ni puede proporcionar a sus empresas la escala que sólo pueden ofrecer la Argentina y un proyecto de integración sudamericana. El interés provincial, llevado hasta sus últimas consecuencias, termina necesitando del interés nacional. Gobernar Córdoba exige administrar la provincia; si, pero pensar su futuro exige pensar la Nación. 

Córdoba no es una pequeña república obligada a defenderse de la Argentina, sino una de las grandes fuerzas interiores llamadas a construirla. Y porque, en definitiva, antes que cordobeses que habitamos la Argentina, somos argentinos nacidos en Córdoba. Una distinción elemental que, a juzgar por su práctica política, el cordobesismo todavía no termina de descubrir. 

Entre el Discurso y la Realidad: Profesionalización, Innovación y Alta Dirección Pública en América Latina

Por: Lic y Mag Paula V. Sanz

Todos hemos oído hablar alguna vez de la profesionalización de la Administración Pública; hablan de ella como si fuera toda una novedad, como si nadie hubiera reparado en ello antes, y lo hacen muchas veces mezclando la idea de profesionalización con la de innovación. Esta evocación al término «profesionalización» pareciera ser una constante que se sucede a lo largo de los distintos gobiernos: nadie va a estar en desacuerdo con la necesidad de una administración profesional, pero ¿qué es lo que realmente se esconde detrás de este mensaje?

Instalar de cara a la ciudadanía que la Administración Pública «no es profesional» no es algo inocente; por el contrario, se trata de una falacia deliberada. Por un lado, busca deslegitimar la función pública y con ello restarle apoyo a todo reclamo de los trabajadores públicos, a la vez que sirve para justificar el «advenimiento» de nuevos gestores en desmedro del saber técnico acumulado. Es así que este diagnóstico hecho por la política de turno es utilizado muchas veces como un chivo expiatorio para tapar fallas de conducción o para justificar reestructuraciones organizacionales de conveniencia. En definitiva, repetir que el Estado «no es profesional» solo busca justificar la refundación constante del aparato estatal por parte de cada nueva gestión, invisibilizando la idoneidad existente del capital humano.

En la Administración Pública argentina, la profesionalización del empleado público no es un fin en sí mismo, sino el punto de partida, siendo la base sobre la que se estructuran los escalafones de la Administración Pública Nacional. En este discurso que los gobernantes parecen repetir, suelen omitir que el Estado ya cuenta con un marco de profesionalización garantizado no solo en las normas que regulan al empleo público, sino también en los propios convenios colectivos de trabajo, siendo el compromiso con la profesionalización un interés de todos los trabajadores. La idoneidad, el mérito y la igualdad de oportunidades como requisitos para el ingreso y la promoción en la carrera son los principales principios rectores del modelo argentino. Presentar la profesionalización como una novedad permanente permite a cada nueva gestión posicionarse como la única capaz de «modernizar» o «eficientizar» el aparato estatal, ignorando la memoria técnica y el apego a la norma que sostienen la operatividad diaria del Estado.

Por otro lado, mezclar engañosamente la idea de profesionalización con innovación pareciera ser una estrategia discursiva que busca instalar el precepto de que el Estado no se moderniza porque no es profesional. Sin embargo, profesionalizar significa garantizar la estabilidad, la imparcialidad y la idoneidad de quienes ejecutan las políticas públicas; mientras que innovar implica transformar los procesos para generar nuevo valor público. La profesionalización busca dotar al Estado de certidumbre, apego procedimental, imparcialidad técnica y continuidad institucional, mientras que la innovación busca romper los procedimientos para probar formas alternativas de generar valor público. Con esto no estamos diciendo que innovar sea malo, sino que debe ser un proceso desarrollado de manera tal que la simplificación o innovación no termine por vulnerar los mecanismos de control y la legalidad que debieran ser garantía en la gestión de lo público.

Lo paradójico está en que quienes hablan de profesionalización son los primeros que atentan contra ella siempre que, en cada cambio de gobierno, buscan asegurar en puestos técnicos a personal que responda a la gestión política de turno. En este sentido, la profesionalización de la Alta Dirección Pública (ADP) debiera constituir un pilar estratégico para el fortalecimiento de la capacidad estatal, la gobernanza democrática y el desarrollo de las administraciones. Los directivos públicos de primera línea operan en un espacio de intersección crítica denominado «vaso comunicante» entre la esfera de la decisión política y la burocracia administrativa permanente. La naturaleza estratégica de estos cargos exige equilibrar la legitimidad política del gobierno electo con la idoneidad técnica, la imparcialidad gerencial y la continuidad de las políticas públicas de largo plazo. Es muy difícil que la imparcialidad y la continuidad de las políticas se den cuando los que ocupan roles directivos son elegidos a dedo por la propia administración, en incumplimiento de lo establecido por las normativas, bajo el paraguas de la «excepción» que hace años se convirtió en regla.

Si miramos esta situación al interior de América Latina, el análisis teórico e institucional distingue tres modelos estructurales de organización de la alta dirección pública. Un modelo de carrera cerrada, donde el acceso a la alta dirección representa el peldaño superior de una trayectoria profesional continua dentro del aparato estatal. Este esquema —característico del modelo argentino en términos normativos, pero no prácticos— ofrece alta estabilidad laboral, sentido de pertenencia y cohesión cultural, aunque puede enfrentar limitaciones de rigidez organizacional. Por otro lado, está el modelo de posiciones (o gerencialista), que se asienta sobre la base de esquemas abiertos y descentralizados de reclutamiento para puestos específicos, siendo Chile el principal ejemplo. Este enfoque prioriza la vinculación contractual por objetivos, la flexibilización de remuneraciones y la orientación hacia resultados, estando expuesto a mayores niveles de rotación y vulnerabilidad ante presiones de patronazgo político. Luego están los modelos híbridos o mixtos presentes en países como Colombia, que combinan el ingreso meritocrático abierto mediante concursos públicos para puestos directivos con la preservación de criterios de confianza política regulada para la remoción o asignación estratégica, articulando elementos de ambos sistemas.

En América Latina, durante el período 2021-2026 se consolidó un patrón regional donde conviven reformas avanzadas orientadas al modelo gerencial de posiciones, sistemas tradicionales de carrera profesional y estructuras con persistente discrecionalidad y politización. La urgencia por responder a retos complejos —tales como la transformación digital, la consolidación fiscal, la equidad de género y la demanda de integridad pública— ha impulsado una acelerada modernización de las bases normativas y los instrumentos técnicos para la selección de los cuerpos directivos. Si bien la implementación de concursos públicos para la selección de personal (ADP) varía sustancialmente según las políticas institucionales de cada país de la región, es posible evidenciar una transición progresiva desde esquemas tradicionales de evaluación formal de antecedentes hacia procesos estandarizados, abiertos y orientados a competencias.

La transformación de las demandas sobre el sector público llevó a redefinir el perfil de los líderes estatales. A la exigencia tradicional de idoneidad y conocimientos técnicos se suma la necesidad de competencias blandas, capacidad analítica, planificación estratégica, liderazgo, comunicación y competencias digitales. Esta evolución ha forzado un cambio metodológico en los sistemas de evaluación de los concursos públicos directivos en muchos países de la región, siendo una deuda pendiente en países como la Argentina, donde sus sistemas de concursos están muy lejos de hacer posible una selección real por competencias, estando intrínsecamente ligados a la evaluación de conocimientos legales y/o procedimentales.

La reforma de la Alta Dirección Pública en América Latina atraviesa una etapa de transición crítica. La sola existencia de un marco normativo no genera las condiciones automáticas para una implementación efectiva de la meritocracia si no se reducen los márgenes de arbitrariedad en la remoción de directivos e inestabilidad institucional.

Cabe señalar que las reflexiones presentadas en este trabajo no pretenden constituir un estudio exhaustivo o detallado sobre la materia, sino más bien ofrecer una primera aproximación y una visión general acerca del panorama actual que atraviesa la gestión pública y la Alta Dirección Pública en la región.

Desarrollos de frontera tecnológica en una Comunidad Organizada. Un diálogo tripartito para resguardar un destino humano

Por el Centro de Investigación, Desarrollo e Innovación para el Sector Público (CIDISP)

A finales de julio de 2026, el CEO de una de las compañías pioneras a nivel mundial en cuanto a desarrollos de inteligencia artificial e ingeniería de última generación, Elon Musk, dio una extensa entrevista[1] junto a la británica, editora de The Economist, Zanny Minton Beddoes. En su extensión, la conversación es interesante y es recomendable escucharla. En este escrito, mencionaremos dos aspectos que nos incumben en tanto tenemos en el horizonte poder pensar el desarrollo productivo del país en un contexto democrático.

El primer aspecto que resaltamos refiere al trabajo. Musk indica que el próximo paso inmediato en esta carrera ascendente de la tecnología de IA es desarrollar un hardware que soporte el software, es decir, animar una estructura robótica con inteligencia generada artificialmente. Según el magnate, si bien actualmente los trabajos sustituidos por la implementación de IA en las empresas son los denominados de cuello blanco[2], en un período de diez años, este próximo paso dejaría a la gran mayoría de los trabajos manuales que se realizan en el mundo en la completa obsolescencia. Indica que ocurrirá de la misma manera que los cálculos por computadora dejaron sin trabajo a miles de contadores en el inicio de la informática. Para ilustrar el lugar que ocupa una persona que quiera continuar trabajando en esta sociedad del futuro inmediato, el CEO refiere que quien trabaje sería como quien cultiva tus propios vegetales en casa, It´s a nice touch, but it’s useless[3].

El segundo aspecto en el que queremos detenernos tiene que ver con el control en la implementación de estos desarrollos tecnológicos de punta en las sociedades modernas. La periodista pregunta acertadamente: ¿Quiénes van a tener el control en esta comunidad del futuro? ¿Usted, los gobiernos de los distintos países? Musk responde, siempre con gran amabilidad, que sería muy egocéntrico de su parte pensar que él podría tener el control sobre este proceso, en tanto la inteligencia artificial supera por amplio margen cualquier tipo de pensamiento humano. Los gobiernos, a su vez, son completamente ajenos respecto de lo que estas nuevas tecnologías pueden hacer, cómo pueden hacerlo y aún más lo son sobre cómo moldear su desarrollo en el futuro. Por ende, lo que propone es realizar una especie de consejo con los principales jefes de las compañías más importantes de desarrollos de IA y robóticos, para que puedan discutir respecto de qué nuevos artefactos lanzar en el mercado global y cuáles no, cuáles son las fronteras éticas, los valores que estas maquinarias deben tener para la seguridad del entorno humano, etc.

Estas dos aristas nos parecen de enorme riqueza para poder realizar un análisis, detenernos en algunas preguntas y sostener un pensamiento respecto de qué lugar queremos que ocupe el trabajo y con ello los trabajadores y trabajadoras, en nuestra sociedad y en nuestro entramado productivo económico nacional.

¿Qué es y qué alcance tiene defender el trabajo? Un diálogo Tripartito para un pacto social justo

Un gran presidente y general de la nación indicaba que cuando un diálogo se lleva a cabo siempre una buena resolución implica que ambas partes se llevan un cincuenta y cincuenta. El secreto está en procurar que el cincuenta que a uno le toca avance en la realización de lo más importante. Más allá de la mascarada dialéctica, esta afirmación se mueve alrededor de la concepción de la política como arte de hacer lo posible y nos habla de que hay elementos que deben ponerse en relevancia y preservarse con inteligencia por su jerarquía, por la medida de su valor para que la Patria prospere.

El elemento que indiscutidamente merece ese carácter sagrado, pues a partir de él las grandes mayorías populares defienden todo lo que les representa un valor, a la vez que generan la riqueza de la nación y garantizan la unidad nacional, es el trabajo. Defendemos el trabajo porque queremos que en este país exista una única clase de hombres y mujeres, los que trabajan, y que ellos puedan seguir decidiendo libremente sobre el destino de su comunidad.

Ahora, quienes son dueños de los medios de producción, como el señor Musk, también trabajan. Es otra su experiencia, pero si consideramos que pudo llevar su empresa a la cima del prestigio mundial, también eso es trabajo[4]. Más aún, por lo que expresó en la entrevista, le da a lo que él produce un valor enorme para garantizar un futuro próspero para la humanidad. De hecho, en la misma expresa que la implementación de IA en plataformas robóticas permitirá que la productividad se optimice increíblemente, brindando a todos un futuro «de absoluta abundancia».

En este diálogo entre trabajadores, obviamente con intereses disímiles, capitales de diferente magnitud y diferentes experiencias, hay que tratar de que lo importante se preserve, que se elija un camino que lo ponga al resguardo.

Las cadenas productivas de agregado de valor no pueden cerrarse a la implementación de nuevos medios de producción, más eficientes y económicos, para sostenerse como actividades superavitarias. Ahora, pensar que esa apertura exitosa equivale a la utilización indiscriminada de medios robóticos es una falacia, que si se adopta por verdadera sin miramientos, puede ser un camino sin retorno para el bienestar de las grandes mayorías populares. Por eso, quienes defendemos lo importante, defendemos el diálogo y el consenso para poder pensar un camino que pueda sostener de manera equilibrada ese cincuenta y cincuenta que ambas partes deben llevarse de la puesta en común.

En este diálogo tripartito para poder alcanzar un pacto social en la conformación de la comunidad que queremos, el tercer componente y mediador por excelencia entre ambas ramas, la empleadora y la empleada es el Estado Nacional y los funcionarios que se designen para tal rol. Hay aquí un profundo dilema: ¿Puede mediar justamente si no considera lo importante en su jerarquía?

Un ejemplo nacional en desarrollos de frontera tecnológica: La energía nuclear y la palabra de los trabajadores

En 1987, luego de años de políticas de desguace y destrucción implementadas por los gobiernos militares, la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA)[5], institución del Estado Nacional Argentino pionera a nivel mundial en desarrollo nuclear con fines pacíficos, para comenzar un camino de reconstrucción y renovación del organismo, realizó durante dos meses el Congreso de Objetivos y Políticas Institucionales (COPI). Iniciativa implementada por la célebre científica argentina, presidenta de la CNEA durante la presidencia de Raúl Alfonsín, la Dra. Emma Pérez Ferreira[6] y con la participación activa de todos los trabajadores y trabajadoras del organismo.

Resulta sumamente importante, poder escuchar el lugar que la Dra. Ferreira le otorga a la palabra de los trabajadores en la construcción institucional desde el diálogo abierto y la enorme importancia del consenso. Sobre todo, en una temática como la producción de energía a partir de fisión atómica, que se puede equiparar a los desarrollos tecnológicos de la Inteligencia Artificial en cuanto a su complejidad técnica, su potencial económico y de desarrollo para la humanidad.

En la apertura del congreso la Dra. dice «Mediante un acto como el que vamos a protagonizar, en el que escucharemos y tomaremos en cuenta las opiniones de todos los sectores, estamos cimentando una genuina conducta institucional para nuestra comisión. Por medio de la participación adulta, respetuosa del disenso y libre de prejuicios, lograremos trazar rumbos permanentes y duraderos, al margen de los desvíos que impongan las circunstancias y con su dirección fijada por una amplia base de consenso»[7].

Respecto de la inserción de esta institución de frontera tecnológica en la comunidad, es importante mencionar que la Dra. afirma «…toda la institución, su capacidad técnica, sus laboratorios, obras y experiencias, constituyen un patrimonio que debe ponerse al servicio del país en todos los campos en que sea posible darles una plena utilización». A lo largo del discurso plasmado en el documento, refiere específicamente diversos ítems, como volver a la CNEA un medio eficaz para la modernización de la industria y de la ingeniería nacionales y la producción de energía nucleoeléctrica para el Sistema Nacional Interconectado; así como también la fabricación de elementos combustibles de diversos tipos, manejo de minerales y materiales de base, aplicación de los radioisótopos y radiaciones en salud y en la industria, etc. Siempre considerando, según sostiene, que estos cambios a implementar «…no deben dar por tierra con objetivos trascendentes que se han ido haciendo carne en nosotros y que dan a nuestra tarea un contenido profundamente humanista» y que deben darse en un marco general de «…respeto al medio ambiente y a la calidad de vida de la sociedad, no perdiendo de vista, además, el logro de la plena autonomía tecnológica nacional en el área de su competencia»[8].

Respecto al lugar que se da a la palabra de los trabajadores en el desarrollo de una actividad científico técnica de punta a nivel mundial, refiere la entonces presidenta de la institución, «La tarea que nos espera no es simple y requerirá todo lo que cada uno pueda dar de sí mismo. Estamos transitando un camino erizado de todo tipo de dificultades. Algunos que se sienten con solvencia técnica y moral para opinar, vienen a darnos recetas. Preferimos escuchar la voz de aquellos que viven los problemas y sienten la institución como propia, porque ella es el fruto de sus esfuerzos…»[9].

En el cierre del congreso, enfatiza: «Al hacerme cargo de la conducción de la CNEA recibí el encargo, en conjunto con los miembros del Consejo Consultivo, de hacer un diagnóstico de situación de la misma y de hacer propuestas sobre su futuro. Decidí entonces convocar al personal para este Congreso, a fin de conocer la opinión de quienes trabajan en la Casa sobre estos temas fundamentales. Consideraba que cualquier decisión que la sociedad argentina en su conjunto debiera tomar tenía que contar, en un ejercicio de verdadera democracia participativa, con esta opinión, avalada por el conocimiento, por las vivencias directas y por largas y fecundas experiencias (…). Las conclusiones del congreso que hoy finaliza serán consideradas con la más profunda atención y no les quepan dudas de que serán insoslayables en cuanto son la opinión expresada orgánicamente del personal de la CNEA». En el último párrafo de cierre del congreso elige estas palabras «El acervo más importante de la CNEA es su gente, de cuya capacidad de realización en el pasado tenemos pruebas evidentes. Los quiero alentar hoy a ustedes para que el retorno a laboratorios y oficinas, a plantas y talleres se convierta en una onda que vaya convocando a todos los trabajadores de esta Casa a esta renovación que tanta falta nos está haciendo. La sociedad argentina supone en el personal de la CNEA excelencia, laboriosidad y patriotismo: continuemos movilizados para la transformación que nuestros conciudadanos tienen derecho a esperar de nosotros»[10].

No está de más decir que a partir del éxito de esta iniciativa, atravesando los avatares políticos de los últimos casi 40 años, la CNEA se colocó al frente del estado de arte de gran parte de los desarrollos de tecnología nuclear a nivel mundial. Logrando, con total soberanía tecnológica, el usufructo de la nucleoelectricidad. Convirtiéndose en exportador de reactores de investigación, abastecedor del mercado nacional y regional de radioisótopos para la salud y pionero en el desarrollo de los llamados SMR (reactores modulares), hoy tendencia en el mundo.

Un estado que escucha y defiende lo sagrado para las mayorías. Gobernar es crear trabajo

En el texto anterior, la decisión política institucional de jerarquizar la palabra de los trabajadores y trabajadoras es indiscutible[11], así como los frutos que con orgullo le brindaron a la nación. Siendo el ejemplo de la CNEA particularizado únicamente por su cercanía con la IA en cuanto a la complejidad tecnológica y su capacidad de transformación de nuestras comunidades. Pero que lejos de ser la excepción es la regla, en tanto que nuestro país se distingue mundialmente por la enorme capacidad laboral de sus trabajadores, sobre todo en empleos que requieran alta formación técnica. Eso no ocurre por un azar en nuestra idiosincrasia nacional, tiene que ver con decisiones estratégicas que por su acierto transformaron nuestro país y a su gente.

En esta decisión de la Dra. Pérez Ferreira se pone en relieve algo que muchas veces pasa desapercibido, cuando no es simplemente denostado como una obsecuencia: quien trabaja sabe de lo que hace y su palabra habla desde una verdad cercana y simple, que se piensa y se construye con la experiencia de realización de una obra desde lo real. Siempre puede uno formarse académicamente o especializarse en el estado de arte de la tecnología más reciente, pero el pensamiento que surge del trabajo, le otorga a la palabra humana una jerarquía que no encuentra parangón. A la hora de decidir sobre qué destino queremos para nuestras comunidades, a la hora de resguardar su trabajo, refundar el complejo productivo industrial y volver a encauzar la economía nacional en su conjunto para que todas las ramas de actividad prosperen, esta palabra será fundamental.

En los últimos tiempos, se han padecido en el país políticas de claro corte antipopular, en tanto han destruido el valor del trabajo, así como también el lugar que los trabajadores ocupan en la comunidad y en las decisiones nacionales. La Justicia Social en nuestro país no es solo que el estado se haga presente en tanto garante de ayuda social; la verdadera justicia social consiste en que los trabajadores, su opinión y su palabra, tengan en la sociedad la jerarquía que merecen, en tanto son los únicos generadores de la riqueza nacional.

Es interesante mencionar que en la utopía de Elon Musk, según explicita en la citada entrevista de The Economist, esa sociedad híper-productiva y súper-eficiente sostenida por trabajadores-robots es complementada por una renta universal para todos los humanos, que es financiada por la enorme fortuna que paga en impuestos su compañía. Al menos este señor, logró poner a su empresa de ingeniería robótica al frente del desarrollo mundial de la rama, pero ¿qué enajenado linaje político estamos dando por sentado, cuando esas propuestas de impuestos y renta universal es lo único que emana de pretendidos líderes populares? De esa forma, pensada por el CEO de Tesla, sin duda que el Excel cierra con la gente adentro.

Organizaciones intermedias y Modelo Sindical Argentino. El ascenso de las individualidades conscientes para seguir pensando la humanidad del capitalismo argentino.

Un verdadero líder popular, Juan Domingo Perón, considero que La Comunidad Organizada sólo puede darse mediante «el ascenso de las individualidades conscientes»[12]. La profundidad de ese pensamiento es tal, que da cuenta del problema al que se enfrentan las sociedades modernas frente al extravío técnico y sus verdades metafísicas. Sólo encuentra parangón en algunas encíclicas papales u obras de renombrados filósofos, con la ventaja de poder leerse sin la restricción teológica ni la académica.

Lo que puede escucharse en esa simple semilla para un destino humano comunitario, es que la persona que trabaja dignamente, que puede pensar serenamente lo que le incumbe, en tanto se le presenta en el día a día, y organizar, si lo desea, un destino de movilidad social ascendente para quienes ama. Por la realización de su obra, por la transformación de la realidad que conlleva, tiene una cercanía con la verdad que se encuentra en la actividad que realiza como ningún robot animado o persona ajena a esa realidad puede concebir.

Dice Perón «La virtud socrática era actuante, tan batalladora como había de ser después la cristiana; contemplaba el mundo práctico y lo sabía lleno de tentaciones y dificultades. Virtuoso para Sócrates era el obrero que entiende en su trabajo, por oposición al demagogo o a la masa inconsciente. Virtuoso era el sabedor de que el trabajo jamás deshonra, frente al ocioso o al politiquero»[13]. El diálogo entre quienes comparten esa realidad, esa palabra sobre lo que nos incumbe elevada a la jerarquía que merece dentro de la sociedad, puede llevarnos a pensar, a que se nos hagan presentes caminos hasta el momento impensados. Una multiplicidad de interpretaciones se abre ante nosotros y las encrucijadas que parecen imposibles, se resuelven de manera tal que lo importante siga al resguardo, en camino de prosperar.

El Modelo Sindical Argentino, cuya forma era erigida a partir del régimen de asociaciones profesionales establecido por el Decreto 23.852/45 y posteriormente ratificado por la Ley 12.921, pretendidamente destruido en la última llamada reforma laboral aprobada por el Congreso, garantizaba que sean las organizaciones con mayoría de afiliación en cada una de las ramas de actividad económica quienes sean escuchadas como representantes verdaderos de la realidad que viven los trabajadores en las negociaciones tripartitas. Más allá de la actividad netamente gremial, cada una de estas organizaciones intermedias tenía su lugar institucional de expresión gremial dentro de cada estamento del estado que sea de su incumbencia. Es importante destacar la importancia institucional dada por el gobierno nacional de aquel entonces, a poder escuchar la verdadera palabra de los trabajadores y que ese modelo fue la forma organizativa elegida para lograrlo.

Actualmente, la economía se ha volcado hacia lo financiero al extremo de ser la importación la única política industrial; poniendo nuestro aparato productivo al borde del colapso y con él el trabajo de la mayoría de quienes habitan este suelo. Es importante poder retomar el camino de nuestras tradiciones más exitosas y no será sin dificultades, pues habrá que poder discernir respecto de los más variados cantos de sirena, surgidos del nepotismo, de la obsecuencia, de la palabra experta y también de las mejores intenciones. Quizá comenzó este declive azaroso cuando dejamos de pensar que lo más importante para gobernar es escuchar la palabra que emana desde la realidad que es común para las grandes mayorías populares: el trabajo.

Un pacto social para los desarrollos de frontera tecnológica requería institucionalizar una mesa permanente entre Estado, organizaciones de trabajadores, sector productivo y sistema científico-tecnológico. Su tarea no sería detener la innovación sino gobernarla: anticipar transformaciones ocupacionales, evaluar tecnologías antes de su implementación masiva, acordar mecanismos de capacitación y reconversión, discutir cómo distribuir las ganancias de productividad, preservar capacidades tecnológicas estratégicas y establecer límites cuando la automatización comprometa derechos, autonomía o cohesión social. Pero la reflexión que nos convoca pretende ir más allá de lo particular, pues sin duda sucederán en el futuro encrucijadas hoy impensadas y más difíciles de superar.

Aquí, comenzamos por jerarquizar la importancia de lo que nos es simple y cercano, lo que viene con nosotros, la palabra de los trabajadores. A través de las organizaciones sindicales, queremos que esa palabra sea institucionalizada de manera permanente en los estamentos del gobierno cuyas realizaciones nacionales incumban a las distintas ramas de actividad económica del entramado productivo nacional. Comenzar a transitar la certeza de que el destino de nuestras comunidades democráticas podrá corresponder la dignidad humana, si se erige desde un diálogo constante entre quienes viven las dificultades que hay que superar y distinguen en el trabajo su experiencia más preciada.


Notas

  1. The full-length interview with Elon Musk- The economist (Youtube), disponible en: https://youtu.be/XuoqKYxDHVc?si=eUfXyU_nnfhCHWLX
  2. Un trabajo de Anthropic indica que, nuevas formas de medición, arrojan únicamente pequeñas variaciones respecto de la disminución en la contratación de trabajadores jóvenes que ingresan al mercado laboral en trabajos que implican tareas que pueden desarrollarse con programas de IA que combinan modelos de lenguaje grande con datos del mundo real. Estas mediciones preparan modelos preliminares para detectar futuras grandes variaciones. (Impactos de la IA en el mercado laboral: Una nueva medida y evidencia preliminar. Maxim Massenkoff and P. McCrory 5 de marzo 2026).
  3. «Es un lindo gesto, pero es inservible».
  4. Ya el Consejo Nacional de Previsión Social, en 1944, cuyo objetivo principal era el resguardo de los trabajadores por programas de seguridad social, para poder legislar según la realidad social contaba con dos voces gremiales, la de empleadores y la de empleados.
  5. «Historia de la CNEA», Argentina.gob.ar: https://www.argentina.gob.ar/cnea/historia
  6. Emma V. Perez Ferreira (Buenos Aires, 02-04-1925//Córdoba, 28-06-2005) Argentina, doctora en física, pionera de la informática nacional. Primera presidenta mujer de la CNEA.
  7. Documento del Congreso de Objetivos y Políticas Institucionales.
  8. Ídem
  9. Ídem
  10. Ídem
  11. Firmaron el documento en representación de nuestra UPCN, Ricardo Korob y Zunilda Valenciano
  12. J.D. Perón La Comunidad Organizada, pág 50
  13. J.D. Perón La Comunidad Organizada, pág 50

La timidez socialdemócrata frente al endeudamiento familiar

Mientras la política administra cuotas e intereses, sigue intacta la arquitectura financiera que convirtió a millones de argentinos en deudores.

Por Emmanuel Bonforti

Un diagnóstico que empieza por el final
El debate sobre el endeudamiento familiar discute refinanciaciones, tasas, fondos fiduciarios y condonación de intereses por mora: discute, en definitiva, los síntomas. Ninguna de esas propuestas toca la norma que hizo posible que millones de hogares argentinos terminaran atados a una tarjeta de crédito para llegar a fin de mes, la Ley de Entidades Financieras N° 21.526.

Pocos debates en la Argentina se proponen discutir lo verdaderamente necesario. Esa omisión no es casual, es la forma que toma la derrota cuando todavía no sabe nombrarse. O cuando la socialdemocracia caló hondo en los debates políticos nacionales.

II. Una ley firmada por Videla, redactada por los bancos
El 14 de febrero de 1977, en plena dictadura, Jorge Rafael Videla sancionó y promulgó la Ley N° 21.526, con la firma de José Alfredo Martínez de Hoz. La acompañó una norma hermana, la Ley N° 21.495 de descentralización de los depósitos bancarios, sancionada semanas antes. Entre las dos desarmaron en meses el sistema financiero que el primer peronismo había construido tres décadas atrás. El objetivo: la descentralización; la consecuencia: la jerarquización de la especulación.

Martínez de Hoz no ocultó la ambición del proyecto. Lo describió como un cambio de estructura de las instituciones financieras que iba mucho más allá de lo que la gente veía: cambiarlos a todos, cambiar la mentalidad. Cuando dejó el Ministerio de Economía en 1981, la calificó como el instrumento más revolucionario del gobierno militar. No hablaba de una ley bancaria, hablaba de una reforma del sentido común. Cuando se trata de entrega, los funcionarios que trabajan para la corona son especialistas en librar la batalla cultural.

La Ley N° 21.526 hizo tres cosas que definen todavía hoy el terreno de juego. Liberó las tasas de interés, que hasta entonces fijaba el Estado, y las entregó a la voluntad de cada entidad. Descentralizó los depósitos, que hasta 1977 pertenecían al Banco Central y se distribuían entre bancos públicos y privados según criterios de desarrollo; a partir de ahí, cada banco compite por captar el ahorro que puede prestar. Y mantuvo la garantía estatal de los depósitos mientras privatizaba por completo la decisión sobre a quién prestar y a qué precio. El riesgo se socializó, la ganancia se privatizó. Esa asimetría, no la codicia de tal o cual banquero, es el mecanismo. Estamos ante un caso de intervención estatal bajo el ropaje de la descentralización: el Estado siempre interviene, aunque no lo veamos.

III. Cuarenta y ocho años de vigencia bajo catorce gobiernos
La ley cumplió 48 años en febrero de 2026. Sobrevivió a Alfonsín, a Menem, a De la Rúa, a Duhalde, a los Kirchner, a Macri, a Fernández y a Milei. Quizás alguno de estos podría haber hecho algo más para modificarla, pero aún sigue viva.

Tuvo alrededor de ocho reformas parciales desde su sanción, ninguna sobre sus pilares: la libertad de tasas, la banca privada como eje del sistema y la ausencia de una autoridad que oriente el crédito hacia el desarrollo. Durante el kirchnerismo, con mayorías parlamentarias amplias en 2012 y 2014, hubo proyectos para reemplazarla por una nueva Carta Orgánica del sistema financiero. Quedaron en cajones. La decisión política nunca alcanzó, o nunca se puso a prueba, para tocar el corazón del negocio bancario. Todo quedó bajo el famoso manto de la “correlación de fuerzas” vocablo exquisito de la socialdemocracia para esconder su falta de valentía.

Ese dato desarma cualquier lectura que reduzca el problema a «neoliberalismo versus nacionales». La 21.526 atravesó gobiernos de signos opuestos porque ningún gobierno, incluidos los que se reivindicaron nacionales y populares, decidió que derogarla fuera una prioridad de gestión. Se administró el margen que la ley permite; no se discutió la ley.

IV. El antecedente que la 21.526 vino a borrar
En 1946, el primer gobierno de Perón nacionalizó los depósitos bancarios. El crédito dejó de ser una mercancía que cada banco vendía al mejor postor y pasó a ser un instrumento de política económica: el Banco Central decidía cuánto crédito recibía la industria, cuánto el agro, cuánto el consumo, a qué tasa y con qué plazo. José Ber Gelbard, ya en 1973, intentó profundizar ese esquema y subordinar el conjunto del sistema financiero a objetivos de desarrollo nacional. Seguramente esto, más la ley de entidades profesionales, explica en gran medida el largo invierno que sufre nuestra nacionalidad desde 1976.

La dictadura de 1976 no llegó a destruir ese modelo por casualidad ni como efecto colateral de la represión. Lo destruyó como programa. Ejerció poder. La Ley N° 21.526 fue, junto con el plan de aniquilamiento del movimiento obrero y la apertura comercial indiscriminada, una de las tres patas de la refundación económica que buscaba la dictadura. Las tres siguen, con matices, operativas. Y hoy se profundizan.

V. Lo que la financiarización hizo con la economía real
Sacar al Estado de la orientación del crédito no dejó un vacío neutral, dejó un modelo de acumulación. Sin una banca pública que discipline con líneas de fomento, el crédito argentino se volcó a donde el rendimiento es más alto y más rápido: al consumo, a la timba financiera, a la bicicleta de tasas. La industria que necesita crédito a diez años para comprar una máquina compite en el mismo mercado, con la misma lógica de rentabilidad de corto plazo que un fondo que arbitra tasas en noventa días. Pierde siempre la industria.

Ese mismo vacío regulatorio es el que hoy le permite a las billeteras virtuales operar de facto como un banco (captan ahorro, prestan, cobran intereses) sin las exigencias de capital, encaje y control que la 21.526 impone a un banco tradicional. La ley que la dictadura diseñó para liberar a la banca privada del control estatal terminó habilitando, cuatro décadas después, una nueva capa de intermediación financiera todavía menos regulada, sobre los ingresos de los trabajadores informales. El patrón no cambió,se sofisticó.

VI. Por qué ninguna refinanciación alcanza
Toda propuesta de alivio a las familias endeudadas opera dentro de las reglas que la 21.526 fija: tasas libres, bancos que definen a quién prestan y a qué costo, un Estado que solo puede pedir, subsidiar o compensar en los márgenes.

Refinanciar al 35% anual con el Banco Ciudad, condonar intereses por mora, crear un fondo fiduciario para quienes ganan menos de seis salarios mínimos: cada una de esas medidas alivia un síntoma sin tocar la estructura que lo produce.

Es el mismo círculo para el año que viene. Los salarios seguirán sin alcanzar mientras el crédito siga organizado para maximizar el rendimiento bancario en vez de para sostener el ingreso de los hogares y el desarrollo de la producción. Los refinanciados de 2026 serán, en 2027 o 2028, los nuevos morosos de un sistema que no cambió una sola de sus reglas de origen.

VII. La batalla de todas las batallas
Derogar la Ley de Entidades Financieras y reemplazarla por una que subordine el crédito al desarrollo soberano no es una medida más en un paquete de políticas sociales, es la condición de posibilidad de todas las demás. Sin esa ley nueva, el gravamen a las ganancias extraordinarias de la banca se cobra una vez y el sistema se reacomoda. Sin esa ley nueva, la banca pública que se proponga competir con la privada lo hará con las manos atadas por las mismas reglas de rentabilidad de corto plazo. Sin esa ley nueva, cualquier control de tasas será provisorio, revocable con el próximo cambio de gobierno, porque no estará anclado en una arquitectura legal distinta sino en la voluntad política de turno.

En los países semicoloniales, el que nomina domina. La 21.526 nombró durante 48 años lo que un banco puede hacer con el ahorro de los argentinos. Mientras esa norma exista, la discusión sobre el desendeudamiento familiar seguirá siendo una discusión sobre el margen. La discusión sobre la estructura empieza el día que alguien se anime a poner el número 21.526 en el centro del debate público y a explicar, en el mismo lenguaje sencillo con que hoy se explica una tasa de refinanciación, por qué esa ley de la dictadura sigue redactando las reglas del capitalismo argentino.

Perón derogó en 1946 el modelo de banca privada sin orientación estatal que había regido hasta entonces. La pregunta que la dirigencia actual evita es si está dispuesta a repetir ese gesto o si prefiere seguir administrando, con buenas intenciones y comunicados de prensa, la deuda que la 21.526 produce todos los días.

VIII. La familia como primer anillo de la patria
Para finalizar, hay un problema filosófico antes que un problema técnico. Ninguno de los proyectos que refinancian deudas familiares concibe a la familia como célula política de la Nación. La tratan como unidad de consumo, como titular de una cuenta en la Central de Deudores, como sujeto de asistencia. No la tratan como lo que es en la tradición del pensamiento nacional: la primera comunidad, anterior al mercado y anterior al Estado, donde se organiza el trabajo, se cría a la próxima generación y se sostiene la reproducción material de la Nación.

Esa omisión tiene consecuencias directas sobre el diagnóstico. Si la familia es apenas una unidad de consumo endeudada, el problema se resuelve bajando la tasa. Si la familia es la célula de la patria, el endeudamiento de un hogar es el primer anillo de una cadena que termina en el endeudamiento de la Nación con el FMI: la misma lógica que le vació el bolsillo a la Argentina para pagarle a los acreedores externos es la que le vació el bolsillo a cada hogar para llegar a fin de mes. No son dos endeudamientos paralelos que coinciden por casualidad. Son el mismo fenómeno, visto en dos escalas de una misma comunidad política.

Los proyectos legislativos actuales no ven ese anillo porque parten de una filosofía liberal que no tiene categoría para pensar comunidades intermedias. Ven individuos, ven hogares aislados, ven casos. No ven patria. Y sin esa categoría, ninguna reforma puede plantearse como lo que en verdad es: la reconstrucción de la comunidad organizada, empezando por su célula más pequeña, contra la lógica que la disolvió en deudor individual.

Urquiza: el presidente burgués

Rubén I. Bourlot

Salvado algún detalle podemos afirmar que el único presidente argentino que pertenecía a la burguesía industrial fue Justo José de Urquiza, primer presidente constitucional de la Confederación Argentina (1854-1860). El detalle es que en el siglo XXI también presidió el país Mauricio Macri que provenía de una familia empresarial.

Es interesante analizar la actuación política de Urquiza en el contexto de sus actividades privadas para arrojar un poco más de luz al extenso y complejo proceso histórico que lo tuvo por protagonista.

Urquiza fue militar, político y terrateniente con vastas estancias en Entre Ríos, Corrientes y otras provincias. Pero no se quedó criando vacas. Fue un verdadero capitalista del siglo XIX, un burgués, que apostó a construir un conglomerado de emprendimientos industriales y de servicios en su provincia y otras.

Tuvo que conciliar sus funciones en el estado como gobernador y  presidente con sus negocios privados. Entre otros muchos tuvo saladeros, ingenios azucareros en Tucumán, flota de barcos, fábrica de paños, empresas de mensajerías, explotaciones mineras en Catamarca, yacimientos de cal en Entre Ríos, acciones en empresas ferroviarias, de seguros y en bancos. Solo es una rápida ojeada ya que donde había posibilidades de hacer una inversión estaba puesto el ojo de Urquiza.

Entre Caseros y Pavón

Esta mirada sirve para poner en contexto la actuación política de Urquiza y puede ayudarnos a comprender desde otro costado dos hechos clave de la historia de país: Caseros y Pavón. No hay dudas que ambas batallas protagonizadas por el llamado Organizador fueron puntos de quiebre en la marcha de la historia nacional. Y, como expresamos más arriba, arrojan más luz que las adjetivaciones con las que se suelen caracterizar ambos hechos.

El Pronunciamiento y Caseros, que llevaron a la sanción de la Constitución, fue la culminación de los reclamos para concretar la organización que las provincias se habían propuesto cuando firmaron el Pacto Federal en 1831. A esa altura el régimen político de Confederación mediante el pacto de gobernabilidad con el hegemónico gobernador de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas ya estaba agotado, es cierto. Pero hay que agregar que otra causa gravitante que desató el conflicto fueron las rentas aduaneras en manos del puerto de Buenos Aires, por ende de Rosas. Por ese puerto único pasaba el comercio exterior. Los puertos fluviales estaban cerrados al comercio, no solo para evitar el ingreso de las manufacturas europeas sino para la salida de la producción de las provincias. Todo terminaba entrando y saliendo por el embudo de Buenos Aires. Las exportaciones ganaderas tanto del estanciero Rosas como las de Urquiza y otros productores del Litoral debían pasar y tributar al gobierno de la provincia de Buenos Aires.

Capitalista industrial

Aquí tenemos que abrir un paréntesis. Urquiza no solo comerciaba con cueros y tasajo como lo hacía Rosas. El Urquiza capitalista industrial necesitaba vías alternativas para exportar sus manufacturas, importar materiales para sus instalaciones y comerciar con sus empresas navieras. La apertura de los ríos era fundamental.

La cuestión fue que el Pronunciamiento y Caseros cancelaron el periodo de Rosas pero no atacaron el meollo de la cuestión. Desplazado el Restaurador de la Leyes quedó por sacar del medio a la oligarquía parasitaria del Puerto. Contra eso no pudo Urquiza. No se atrevió, tal vez, a tocar el corazón del poder. Tuvo que aceptar ese triunfo a medias y replegarse a Paraná.

No vamos a avanzar en el análisis sobre lo sucedidos en Pavón. Es un tema pendiente que bien vale interpretar con la misma lógica de Caseros y no quedarnos con la novela de la “traición” y el “pacto masón”.

El triunfo a medias de Caseros postergó por tres décadas la organización definitiva del país. Recién la concluyó en 1880 Julio Argentino Roca que forzó la capitalización de Buenos Aires. Urquiza, militar de muchas batallas, no pudo batir al enemigo y adentrarse al corazón de la ciudad-puerto para echar a los mercaderes que siempre conspiraron en contra de la organización. Lo hizo Roca, también militar pero sin las limitaciones de un burgués como el entrerriano. Esos treinta años de demora no fueron gratuitos.

 Más allá de la historia

No podemos hacer análisis contrafácticos en historia. Nos apartamos un momento de “la ciencia de los seres humanos en el tiempo”, según Marc Bloch, y hacemos un ejercicio especulativo: ¿Qué hubiera pasado si en 1853 se lograba la capitalización de Buenos Aires y la nacionalización de la aduana? ¿Se hubiese puesto en marcha con éxito el magnífico plan económico de Mariano Fragueiro desde el ministerio de Hacienda? Un plan que suponía el desarrollo autónomo con el estado promotor de las industrias, el impulso de la minería, la construcción de ferrocarriles y el establecimiento de la banca estatal para administrar el crédito público, entre otras muchas iniciativas.

Faltaban aun quince años para que los Estados Unidos resolvieran su destino mediante la guerra de Secesión con el triunfo del norte industrialista sobre el sur agroexportador esclavista. La Confederación Argentina lo pudo haber hecho en 1853. Cuando Roca y sus chinos provincianos desalojaron a la oligarquía del puerto era tarde para cambiar el modelo. Urquiza había muerto y la burguesía capitalista orientaba sus inversiones a la producción vacas y trigo para integrarse al mundo como proveedor de materias primas.

El dinero de la política, de eso no se habla

Por Aldo Duzdevich

Este es uno de esos temas que no se debe hablar, salvo para señalar a los de enfrente. Yo estoy acostumbrado ya, a recibir puteadas y perder amigos por tocar temas que incomodan algunos o a muchos. Pero creo que,  los objetivos que perseguimos, de construir una sociedad más humana, más justa, merece que algunos nos metamos a lo bonzo en  debates que son necesarios dar.
 
Hoy nuestra Patria y nuestro Pueblo está asediado por las fuerzas más poderosas que se puedan recordar en los doscientos años de historia.  El desembarco  y ocupación silenciosa de los algoritmos del mal, representa una fuerza invasora muy superior a las invasiones inglesas,  y a las imposiciones  de nuestras peores dictaduras. Porque a diferencia de aquellas épocas, hoy el enemigo no tiene rostro ni bandera, el enemigo ha logrado inocular el virus de la dependencia y sumisión en la mente de nuestros compatriotas como nunca antes. Y vamos camino a consolidar un modelo de sociedad excluyente donde solo un 15 o 20% de la población viva dignamente y el resto como pueda. 
 
A esta ofensiva arrolladora del enemigo,  se le suma las debilidades y el desconcierto de las fuerzas propias. Debilidades en materia dirigencial y desconcierto respecto a proyectos de mediano y largo plazo.
 
En esta nota me voy a referir solamente al primer punto, los flancos débiles de  parte de nuestra dirigencia que nos quitan credibilidad ante la sociedad. Debilidades de la dirigencia política que obviamente incluye a todos los partidos.
 
Voy a  escribir sobre lo que genéricamente se denomina “la casta” , termino que acuño el progresismo de izquierda  español, y que luego fue reciclado por la ultraderecha para cuestionar al estado y a la política. Y, comienzo por asumirme como parte de esa casta,  y de hacerme cargo de las responsabilidades por acción u omisión, respecto todo lo que voy a señalar.
 
Desde 1983 participé activamente en todas las campañas internas y generales en mi provincia Neuquén.  En mi provincia, el PJ siempre fue oposición, por lo tanto nunca accedimos a posiciones de poder dentro del Estado. Eso daría para considerarnos casta de segunda categoría, pero casta al fin. Por lo tanto, voy  hablar de estos temas,  desde el mismo barro al cual no soy ajeno.
 
No me interesa repartir culpas ni encontrar justificaciones. Me interesa si, transmitir experiencia a las nuevas generaciones . No me canso de repetir esa frase de Peron “hay que leer historia para aprender del error ajeno, el error propio llega tarde y cuesta caro”.
 
Los costos que los padres de la democracia no previeron
 
Voy a arrancar con una anécdota que es una pintura descarnada de lo que intentaré explicar.
 
Varios años atrás, un pre-candidato a presidente al que veníamos acompañando, nos convocó de urgencia a una reunión en Buenos Aires. Allí viajamos de diferentes provincias para enterarnos de lo que pasaba. El hombre se paró delante de todos y nos disparó con honestidad brutal: “Miren muchachos, para seguir adelante con mi candidatura a presidente, me hacen falta 15 millones de dólares…yo no los tengo… si alguno aquí los tiene o sabe de donde sacarlos, seguimos…sino, me tengo que bajar” . Todos nos miramos entre viejos fulleros y pensamos ¿ y si este huevón no tenia la guita, para que carajo nos embaló a todos? . Obviamente se bajó.
 
El lector desprevenido se preguntará, ¿quince millones de dólares para una campaña? Pues sí. Sin que nadie se robe nada, ni se lleve un peso para su casa, una campaña electoral a presidente podía salir eso y bastante más. Aclaro que estos números son antes de la ley de las PASO, pero que en provincias donde no existe PASO las campañas de intendentes y gobernador se siguen manejando escalas de valores muy altos.
 
Veamos algunos números de campaña: un spot de 30 segundos en TV abierta horario central puede salir hoy de 100 a 150 mil u$s, una campaña pautaba 10 por día durante 20 días eso eran 20 millones de dólares; la pauta en radio 5 mil u$s por 30 segundos en tres radios 20 días, son 3 millones; la impresión de boletas tiene un costo de 2,5 millones ; las encuestas presenciales nacionales de 50 a 100 mil dólares; la cartelería urbana otros 3 millones; montar escenario audio y luces para un acto entre 500 y 1 millón, transporte de 30 mil personas 500 mil. Y dejo por aquí las cuentas, porque veo que nuestro candidato con 15 millones ya arrancaba perdiendo.
 
Los padres de la democracia moderna imaginaron un sistema de partidos, representación popular, elecciones, división de poderes, pero no tuvieron en cuenta los costos de ese sistema. Y esto no es privativo de Argentina, en los EEUU, en las democracias europeas, en todos lados cada tanto se destapan escándalos de corrupción en el financiamiento de las campañas.
 
¿Entonces la política es solo para los ricos?
 
El discurso predominante dirá: “si queres ser candidato hacela con la tuya”. Pensemos ¿qué individuo normal, tiene semejantes sumas de dinero para gastarlos en una campaña electoral?
 
Bueno, están los Trump de la política que tienen para gastar muchos millones, y si pierden mala suerte, y si ganan los recuperan rápido. Pero, salvo que un millonario tenga vocación de santo, difícilmente vaya a gobernar beneficiando a los que no son de su clase.
 
Y digamos al revés, conseguimos un candidato muy capaz, un estadista con profunda sensibilidad popular que tiene un programa para gobernar para las grandes mayorías. ¿Puede llegar poniendo su sueldo y el de sus amigos, o haciendo rifas y empanadas para pagar la campaña? Está claro que no.
 
El dinero de las campañas
 
Digamos que las fuentes básicas de ingresos son cuatro: los recursos del estado, los fondos reservados, los aportes empresarios y los aportes extra-nacionales de fundaciones o gobiernos.
 
Los recursos del estado en especial los destinados a publicidad y los de ayuda directa, son los más utilizados y digamos los “más lícitos”. La otra caja importante son los fondos reservados de los organismos de inteligencia. Claro que estos recursos los pueden usar quienes están en el gobierno y excluyen a la oposición. Lo único positivo (por poner un adjetivo piadoso) es que no generan compromisos con aportantes privados.
 
En esa línea de recursos menos explícitos están los de las fundaciones y/o directamente gobiernos extranjeros. En los 80/90 estuvieron muy activas dos fundaciones europeas la socialdemócrata y la demócrata cristiana. Ahora, aparece la trama de las ONG con “fines nobles”, entre cuyos principales mecenas están magnates como Soros, pero que financian  campañas sobre temas muy específicos. Lo de gobiernos extranjeros no es tan común, pero históricamente gobiernos de izquierda y derecha han realizado aportes a sus partidos afines.
 
Ahora, sin ninguna duda la base mayor del financiamiento político en nuestro país, son las empresas vinculadas a la obra pública y los servicios públicos. O sea aquellos sectores donde las decisiones de funcionarios del estado los tocan en favor y en contra de forma directa.
 
Algunos de estos grupos empresarios tienen como política, no solo realizar aportes, sino también contratar y mantener en sus nóminas, personas de distintas corrientes políticas, que en algún momento pueden llegar a ser candidatos o funcionarios.
 
Se puede bajar el costo de las campañas
 
Uno de los pasos más importantes en nuestro sistema democrático se dio en 2009, en la presidencia de Cristina Fernandez con la sanción de la Ley 26.571 que modificó el sistema electoral estableciendo las PASO y el sistema de financiamiento electoral.
 
Las PASO, tan denostada con el argumento de los costos para el erario público, es una de la mejores herramientas para transparentar la lucha política y bajar drásticamente el costo de las campañas, y por ende, de la necesidad de recurrir a financiamientos de dudoso y/o oscuro origen.
 
En primer lugar la PASO elimina los costos de las elecciones internas de los partidos, y además al ser obligatorias el mismo día,  disminuye la posibilidad que los oficialismos se metan en las internas opositoras favoreciendo a determinados candidatos. Además da la posibilidad que cualquier ciudadano o agrupación política que cumpla determinados requisitos pueda presentar candidatos sin tener que destinar ingentes recursos económicos.
 
Hay que decirlo también. Como el estado provee recursos – por ejemplo para impresión de boletas- algunos vivos entraron en el negocio de alquilar sellos partidarios con el solo fin de recibir recursos importantes del estado para su bolsillo. Una debilidad del sistema que entiendo hay medidas para subsanarlo.
 
En cuanto al financiamiento, entre las medidas más importantes de la ley está el límite de 35 días  de campaña previos al comicio. Antes las campañas publicitarias arrancaban tres o cuatro meses antes con el enorme costo que eso significaba para todos los partidos. Ahora está penado hacer cualquier tipo de publicidad antes de los 35 días y  se cumple.
 
El Artículo 43 de la ley establece que los espacios de publicidad electoral en radio y televisión serán distribuidos exclusivamente por la Dirección Nacional Electoral entre las agrupaciones que hayan oficializado candidaturas. Los partidos y candidatos no podrán contratar publicidad por cuenta propia, y las emisoras solo podrán difundir los espacios autorizados por el Ministerio del Interior.
Es decir la publicidad de radio y TV es gratuita para todos (de acuerdo a ciertas pautas de distribución)  y no se puede contratar publicidad extra.

Esta norma atacó justamente lo que vimos más arriba, el mayor costo de las campañas electorales, porque otorga publicidad gratuita a todos los candidatos.

En teoría entre los aportes dinerarios que provee el estado y la gratuidad de publicidad en radio y TV cualquier partido político puede presentarse a elecciones sin necesidad de recurrir a financiamientos de otra naturaleza.

Obviamente quedan gastos por fuera de los contemplados en la ley,  que se van a realizar en campaña. Pero, digamos que con esta ley nuestro candidato de los 15 millones capaz con dos o tres competía para presidente.

Ahora bien, esto que es tan claro y barato, para una elección de candidatos nacionales, no rige para gran parte de las provincias y municipios, donde ser candidato a intendente o concejal es mucho más oneroso que ser candidato a presidente.

Pero, como vemos se puede y se debe seguir bajando el costo de las campañas electorales porque en definitiva ni los aportantes, ni los  candidatos, están cómodos con mover semejantes sumas de dinero opaco en elecciones cada dos años. 

De las hipocresías sociales
 
En los años 90 comenzó a instalarse la ola anti-política o anti-políticos. En nuestro país fue pionero un joven conductor televisivo que encarnaba el espíritu progresista y transgresor. La política se fue convirtiendo en mala palabra. Claro que había – y cada vez hay más – políticos que daban pie para ser cuestionados, pero el mal concepto rápidamente se extendió al conjunto.
 
Ese ataque y degradación de la política en general no era inocente. Los grandes centros de poder económico comenzaron a instalar la idea de que los gobiernos deben quedar en manos  de los CEOS puestos por los bancos y empresas, que saben de economía y además no roban porque ya tienen plata.
 
Individuos que jamás gastaron una hora de su tiempo en participar de una vecinal o cooperadora escolar, adoptaron el discurso ultra agresivo para aquellos vecinos suyos, que se proponían algún tipo de compromiso con la actividad social y política.
 
Desde esos años se instaló la idea de que quien llega a ocupar un cargo público debe aceptar, ante todo, “tirar su honra a los perros” y quedar sometido a un escrutinio permanente. A ello se sumó una fuerte hipocresía social: se exige que el político encarne virtudes casi santas que nadie practica, que gane como un jubilado de la mínima y que viva en la mayor pobreza posible.

Los medios masivos de comunicación tuvieron —y  tienen— una gran responsabilidad en estas campañas. Los mismos que cobraban por adelantado y en efectivo, miles de dólares a los candidatos para difundir su publicidad, eran luego los primeros en cuestionar el origen de esos fondos, cuando estos dejaban de fluir.

Ese discurso anti política permitió la aparición de  los outsiders que se presentaban “de afuera de la política” y “no contaminados”. Y, salvo en alguna intendencia de pueblo chico que podía dar resultados;  en la mayoría de los casos, los “no contaminados” venían contaminados de antes o se transformaban en casta rápidamente.
 
Cada tanto en los grupos de wasap militantes, aparecen esas peticiones de firmas para exigir que los diputados y senadores ganen el sueldo de un docente o jubilado. Se olvidan que con ese discurso, llego al poder, un personaje que sorteaba su dieta de diputado todos los meses.
 
Con esto quiero decir claramente, terminemos con la boludez y la hipocresía. Un presidente, ministro, legislador, juez, debe ganar un sueldo digno y acorde a la responsabilidad que asume, aunque ese sueldo esté muy por encima del que reciben el común de los ciudadanos.
 
No todos podemos ser el Pepe Mujica
 
En el Encuentro Mundial de Movimientos Populares el 5 de noviembre de 2016 nuestro Papa Francisco dijo:  “A cualquier persona que tenga demasiado apego por las cosas materiales o por el espejo, a quien le gusta el dinero, los banquetes exuberantes, las mansiones suntuosas, los trajes refinados, los autos de lujo, le aconsejaría que se fije qué está pasando en su corazón (…) Pero, parafraseando al ex Presidente latinoamericano que está por acá, el que tenga afición por todas esas cosas, por favor, no se meta en política, (…) porque va a hacer mucho daño a sí mismo, al prójimo y va a manchar la noble causa que enarbola. ”

Francisco hacía referencia al Pepe Mujica allí presente, quien en su chacrita de Montevideo llevaba la vida de un monje.  Claro que Mujica,  en su militancia anterior, y los doce años encerrado en un pozo, había templado su espíritu con un alto nivel de estoicismo.
 
El desbarranque de algunos dirigentes, se produce, cuando con la excusa de recaudar para las campañas, empiezan a juntar dinero para ellos, y encima hacen exhibición impúdica de sus altos niveles de ingresos non santos.
 
Hay un viejo dicho que la mujer del Cesar no solo debe serlo sino también parecerlo. Claro que vivir como el Pepe Mujica no es para todos. Tampoco es necesario. Pero el lujo, la ostentación de riqueza (aun la que es bien ganada) en dirigentes políticos es absolutamente contraproducente. Creo que no es necesario explicarlo tanto. Y, el enemigo y/o adversario aprendió muy bien a manejar estas herramientas y a sacarlas a la luz en el momento justo. Me van a decir, que hagas lo que hagas igual te van a cuestionar y tratar de ensuciar. Y si, es cierto, pero cuantos menos flancos débiles le demos, más les va a costar.  
 
Vuelvo a citar al Papa Francisco: “Así como la política no es un asunto de los «políticos», la corrupción no es un vicio exclusivo de la política. Hay corrupción en la política, hay corrupción en las empresas, hay corrupción en los medios de comunicación, hay corrupción en las iglesias y también hay corrupción en las organizaciones sociales y los movimientos populares. (…)  Es justo decir que muchas veces se manipulan los casos de corrupción con malas intenciones.”
 
“Pero también es justo aclarar que quienes han optado por una vida de servicio tienen una obligación adicional que se suma a la honestidad con la que cualquier persona debe actuar en la vida. La vara es más alta: hay que vivir la vocación de servir con un fuerte sentido de la austeridad y la humildad.” (…)
 
“ Y practicar la austeridad es, además, predicar con el ejemplo. Les pido que no subestimen el valor del ejemplo porque tiene más fuerza que mil palabras, que mil volantes, que mil likes, que mil retweets, que mil videos de youtube. El ejemplo de una vida austera al servicio del prójimo es la mejor forma de promover el bien común. Les pido a los dirigentes que no se cansen de practicar esa austeridad moral, personal, y les pido a todos que exijan a los dirigentes esa austeridad.”
 
Yo no tengo una décima de la autoridad moral del Papa Francisco y por eso lo cito. Pero quien escribe, como muchísima gente que no lo dice en público, estamos agotados y enojados, de poner la cara en la calle o las redes,  para empujar un proyecto que encarna un candidato, y a la vuelta de la esquina, recibir el cachetazo porque el tipo o uno de su entorno se mando la cagada.
 
Hay una vieja historia de la Resistencia Peronista que me contó Pancho Gaitán. En el 58-59 también hacía falta plata para la lucha de la Resistencia, entonces algunos muchachos iban a conseguirla como sea. Pero había un código, si alguno caía en cana, no decía que era para la Resistencia, si no que se asumían como chorros comunes. No había que manchar la Causa. Y varios quedaron con prontuario de delincuentes cuando en realidad eran militantes políticos.
 
Muchachos y muchachas, la gente no nos banca más. Tratemos, intentemos hacer un enorme esfuerzo para demostrar un poco de humildad y de austeridad, prediquemos con el ejemplo. Y pactemos, que el que se mande la cagada y ponga en riesgo al conjunto, se hace cargo el solito, del pecado y la penitencia.

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