Por Gustavo Matías Terzaga. Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.
La capilla doctrinaria; la otra cara del mismo extravío
Desde luego, a todos se nos escapan cosas. Todos cargamos con puntos ciegos, prejuicios, limitaciones, errores de interpretación. La realidad siempre es más compleja que nuestras categorías para comprenderla. Eso es una verdad. Nadie observa la realidad desde una atalaya privilegiada ni posee una comprensión acabada de procesos históricos siempre complejos, contingentes y contradictorios. De ahí lo de portar verdades apenas relativas. Después de todo, si como enseñaba Perón la única verdad es la realidad, el problema no sólo consiste en aferrarse a nuestras certezas sino también en conservar la capacidad de verla cuando deja de parecerse a lo que quisiéramos que fuera. Pero para no naufragar en un océano de relativismos, conviene recordar algo elemental. Las diferencias son inevitables e incluso saludables; toda comunidad política viva las produce. Sin embargo, hay momentos históricos en los que resulta más importante reconocer aquello que nos une que insistir en aquello que nos diferencia. Y para orientarse en esa tensión permanente entre diversidad y unidad existe un criterio ordenador que debería preceder a casi todas las discusiones; el interés nacional. Es allí donde las diferencias encuentran su justa medida y donde lo accesorio vuelve a ocupar el lugar que le corresponde frente a lo esencial.
Pero volvamos al punto que nos interesa para el desarrollo. Las dificultades para comprender la realidad nacional y comerse todas las curvas no es patrimonio exclusivo del progresismo. Si unos tienden a correr detrás de cada novedad cultural producida por la época, otros continúan razonando como si la Argentina, el peronismo, el mundo y el pueblo fueran exactamente los mismos de hace setenta años. Y así como unos depositan su fe en que el amor vencerá al odio, otros parecen confiar en que basta con repetir «Nada sin Perón» para que la realidad, conmovida por la profundidad doctrinaria del enunciado, decida acomodarse por sí sola.
En el otro extremo aparece la capilla doctrinaria. Un universo acotado preocupado más por custodiar la pureza de las fórmulas que por intervenir con algo de eficacia sobre la realidad. Allí abundan quienes distribuyen certificados de ortodoxia desde una cómoda superioridad retrospectiva, como si la política consistiera en identificar desviaciones ajenas y no en construir poder. Y en ese ecosistema sobresale la figura de Guillermo Moreno, cuya trayectoria ofrece una paradoja difícil de ignorar. Después de años denunciando con dureza al progresismo kirchnerista, termina alineado con los mismos sectores que antes cuestionaba, siempre que la coyuntura le permita conservar algo de notoriedad mediática. Una combinación singular de purismo doctrinario y oportunismo político que suele producir mucho ruido y escasos resultados. Y detrás de esa lógica suele aparecer una fauna bastante reconocible. Grandulones de la política que confunden firmeza doctrinaria con sobreactuación. Hablan permanentemente de poder, mientras permanecen cómodamente instalados en la irrelevancia electoral. Una curiosa forma de hacer política; fracasar una y otra vez y considerar cada fracaso una prueba de que tenían razón.
La línea del tiempo y el círculo de la rosca
Es verdad que algo nuevo tiene que brotar. Y puede comenzar con la modestia de una intuición, la soledad de una idea o la pequeñez aparente de un nombre propio que todavía nadie reconoce como parte de algo más grande. Pero nada de eso se convierte en fuerza histórica por generación espontánea. Detrás de cada experiencia política germinal que logra trascender hay años de trabajo, organización, acumulación, errores, aprendizajes, construcción paciente y validación popular. Se trata de interpretar los tiempos largos del pueblo; esos que rara vez coinciden con la ansiedad de los dirigentes, las urgencias de la coyuntura o el calendario electoral. Pero lo cierto es que Perón jamás concibió la política como el refugio de círculos cerrados que se repliegan sobre sí mismos para custodiar una supuesta centralidad. Entendía al movimiento nacional como una fuerza amplia de organización popular, capaz de integrar sectores sociales, culturales y políticos diversos detrás de un objetivo histórico común, bajo su inigualable conducción. Y quizá allí radique una de las tragedias silenciosas de nuestro tiempo; advertir que, desde la muerte del General, el peronismo fue pareciéndose cada vez menos a aquella concepción abierta, profunda y expansiva del poder, para derivar progresivamente —con distintas formas e intensidades— en círculos cada vez más reducidos, nichos encerrados entre el doctrinarismo estéril, la autorreferencialidad y un pragmatismo obsceno que muchas veces reemplaza el proyecto histórico por la mera administración de espacios, cargos, jurisdicciones, cajas y supervivencias internas.
El peronismo no nació como una secta ideológica homogénea, sino como un gran movimiento nacional de masas que poco a poco fue capaz de articular sindicalistas, radicales yrigoyenistas, militares nacionalistas, empresarios nacionales, socialistas populares, conservadores federales y amplios sectores del pueblo argentino bajo una misma idea de nación.
Pretender construir poder únicamente con minorías “puras”, iluminadas o perfectamente alineadas no sólo es políticamente estéril; suele terminar facilitando, en los hechos, el triunfo de las fuerzas históricas que sí entienden cómo disputar y acumular poder real. Y mucho menos en momentos históricos como el actual, donde lo que está en discusión no son matices secundarios, sino cuestiones estructurales como la existencia misma del Estado nacional, la universidad pública, la industria argentina, la ciencia y la tecnología, las paritarias, la soberanía energética, los derechos sociales, nuestro lugar en el mundo y la posibilidad de seguir siendo una comunidad nacional relativamente integrada.
Un lujo de descerebrados
La historia argentina demuestra algo bastante elemental. No hay peor derrota para el campo nacional que perder el país mientras se felicita a sí mismo por haber permanecido “impoluto”. Algo de eso ocurrió durante el gobierno de Alberto Fernández. Porque más allá de sus limitaciones para liderar, una parte del propio campo nacional —incluidos sectores doctrinarios que se asumen custodios de la pureza peronista— terminó dedicando más energía a denunciar sus desviaciones que a sostener políticamente a un gobierno que, aún débil, representaba la única herramienta institucional disponible para impedir el regreso pleno del proyecto antinacional. Y allí se reveló una incomprensión política profunda; creer que debilitar permanentemente al gobierno propio no tendría consecuencias históricas. Una ceguera política que, paradójicamente, termina aproximándose más a la lógica de quienes desean la derrota de los gobiernos nacionales y populares que a la de quienes aspiran a sostenerlos, corregirlos y fortalecerlos para preservar una acumulación histórica común.
Sobre todo tratándose de un gobierno que había llegado al poder con el voto mayoritario del peronismo, luego con el respaldo del movimiento obrero organizado, de los sindicatos, de varios gobernadores, intendentes y amplios sectores del campo nacional que, más allá de sus diferencias internas, habían aceptado y acompañado una decisión que ni siquiera surgió de un acuerdo colectivo previo, sino de una determinación unilateral de Cristina Fernández de Kirchner, quien luego lo destruiría por dentro. Y si aquella decisión terminó siendo respaldada por gran parte del peronismo, no fue por haber participado de su elaboración, sino por comprensión política de la necesidad de construir un suelo común que permitiera impedir la continuidad del macrismo y recuperar el gobierno nacional. Como si erosionar cotidianamente su legitimidad, exponer sus contradicciones o retirarle respaldo en medio de un ataque interno y externo inédito, no fuera a terminar fortaleciendo exactamente a las fuerzas que venían por una revancha mucho más brutal.
El kirchnerismo como tercer movimiento
Recuperar el sentido histórico de nuestras tradiciones políticas implica volver a entender para qué nacieron. El peronismo, el yrigoyenismo, incluso el Roquismo y la generación del ´80; los caudillos y las montoneras, el pensamiento nacional y las distintas expresiones del campo popular no aparecieron como ejercicios intelectuales ni como identidades culturales que se puedan relativizar. Fueron respuestas concretas a problemas concretos de la Argentina. Y mientras esos problemas siguen presentes bajo nuevas formas, romper con esa experiencia acumulada no representa ningún progreso. Representa, más bien, la pérdida de una memoria estratégica construida durante generaciones de lucha política. La historia no se hereda para ser venerada o cercenada, se hereda para ser comprendida. Un pueblo y una dirigencia política que pierde contacto con las razones profundas de sus luchas termina confundiendo la novedad con el progreso y el olvido con la modernización. Y allí comienza, generalmente, el largo camino de regreso hacia los mismos problemas que creyó haber dejado atrás. Porque, más allá de los cambios de época, nuestro país sigue enfrentando desafíos que permanecen notablemente abiertos; la dependencia económica, la concentración de la riqueza, la extranjerización de recursos estratégicos, las desigualdades territoriales, la fragilidad de su estructura productiva, la injerencia externa y la dificultad para consolidar un proyecto de desarrollo soberano y duradero. La cuestión nacional, en definitiva, continúa sin resolverse en términos históricos.
Toda tradición política comienza a extraviarse cuando confunde un capítulo de la historia con la historia misma. Cuando deja de verse como un eslabón de una lucha nacional larga y compleja y empieza a percibirse como su forma definitiva. Allí aparece la tentación de cortar amarras con la propia tradición, como si la historia argentina hubiera comenzado nuevamente en 2003 y todo lo que la precedió no fuera más que una preparación imperfecta para la llegada de una experiencia supuestamente superior.
Lo cierto es que luego de la muerte del flaco Kirchner, comenzó a consolidarse una dinámica de autopercepción cada vez más excepcional del propio liderazgo de Cristina, acompañada por un entorno político y militante que terminó ubicando al ciclo kirchnerista por encima de la tradición histórica del propio peronismo; cuando, en realidad, objetivamente y desde cualquier indicador serio de profundidad histórica, transformación estructural y acumulación de poder nacional, jamás le llegó siquiera al juanete de la experiencia fundacional del peronismo clásico. Sin embargo, no fueron pocos los dirigentes y voceros del último tramo de la “década ganada”, previo a la derrota nacional de 2015 que insinuaron, explícita o implícitamente, que Cristina representaba una etapa “superadora” respecto del propio Perón. Un tercer movimiento y un ciclo político de naturaleza “irreversible”. Basta recordar por esos tiempos aquella comparación pública de Gabriela Cerruti, cuando sostuvo que “Perón era hombre y militar; Cristina, mujer y abogada”, intentando presentar esa diferencia como una suerte de evolución moral e histórica del liderazgo peronista.
El margen para corregir
Volvemos a decirlo. Todo este proceso de distinción no hizo más que debilitar y fragmentar al interior de nuestras propias filas, funcionando muchas veces como una verdadera fábrica productora de aliados directos e indirectos del bloque antinacional, que encontró en divisiones, purismos, trastoques, expulsiones y desencuentros el terreno ideal para su avance. Y resulta difícil no vincular ese resultado con una concepción de la conducción que, durante demasiado tiempo, confundió construcción de mayoría con disciplinamiento y centralidad política con subordinación personal. Porque cuando las derrotas se acumulan como subproducto de esta lógica verticalista rígida y descendiente, suele resultar más cómodo afirmar que la sociedad se derechiza que preguntarse por qué un espacio político dejó progresivamente de abrazarla. Muchas veces, detrás de esa explicación aparentemente sociológica, se esconde una renuncia a revisar los propios errores de conducción. Al fin y al cabo, si el problema es la sociedad, la conducción queda absuelta; pero si el problema es que la conducción perdió capacidad para persuadir, integrar, interpretar y construir mayoría, entonces la discusión cambia de lugar y se vuelve bastante más incómoda. Y esto es lo que no se quiere revisar ni reconocer, bajo la lógica de la infalibilidad de Cristina.
Pero precisamente allí reside también una conclusión esperanzadora. Porque si una parte significativa de nuestros retrocesos no se explica únicamente por la fortaleza del adversario, sino también por errores políticos propios, por desaciertos estratégicos y por conflictos muchas veces autoinfligidos, entonces existe un margen real para corregir el rumbo. Dicho de otro modo; si contribuimos a construir algunas de las condiciones de nuestra derrota, también podemos construir las de una futura recuperación. La historia nacional enseña que ningún proyecto popular se fortalece ocultando sus errores; se fortalece cuando es capaz de reconocerlos, comprenderlos y superarlos para volver a organizar una mayoría alrededor de un horizonte común. Pero lamentablemente atravesamos una etapa marcada por la ceguera política, el internismo permanente y una desmesurada preocupación por el lugar que cada dirigente cree ocupar en la historia.
Solo mis Mariscales
Por eso hacemos un llamado a merecer verdaderamente todo el odio que nos profesan. Porque si vamos a despertar hostilidad, que sea por volver a representar un peligro real para los privilegios que organizan la dependencia argentina, y no por administrar melancólicamente el recuerdo de un tiempo mejor. Tal vez de allí provenga también la necesidad —tan incómoda para algunos— de buscar nuevas melodías. Y resulta llamativo, porque fue la propia Cristina quien alguna vez invocó aquella vieja enseñanza peronista del “bastón de mariscal”, llamando a que surgieran nuevos dirigentes capaces de asumir responsabilidades y conducir nuevas etapas. El problema aparece cuando el bastón de mariscal es convocado en el discurso, pero resistido en la práctica cada vez que alguien intenta efectivamente empuñarlo por fuera de la sucesión familiar. Toda renovación real implica aceptar algo bastante más difícil que pronunciar una consigna; implica resignar centralidad cuando el tiempo histórico comienza a reclamar otros protagonismos. No porque haya que renegar de la historia reciente, sino porque ninguna tradición política permanece viva repitiendo indefinidamente el hit de “la década ganada”. Las grandes causas nacionales siguen siendo las mismas; lo que cambia son las generaciones, los desafíos, los esquemas y los instrumentos para enfrentarlos.
La mal denominada interna peronista —porque, en rigor, se trata de un ataque esencialmente unidireccional aunque se lo intente disimular bajo distintos ropajes discursivos— refiere explícitamente a una disputa por la conducción futura del movimiento. Y en ese sentido existe un dato político difícil de ignorar. Todo el empeño que Cristina pone en desgastar, condicionar o neutralizar a Axel Kicillof parece directamente proporcional a la valoración que tiene de su potencial para convertirse, en el futuro, en presidente de la Nación y conductor de una parte sustancial del peronismo.
Allí aparece, precisamente, una de las tensiones más visibles del presente al interior del campo nacional. Porque toda etapa histórica encuentra resistencias cuando debe ceder lugar a otra, y resulta evidente que una parte importante de las dificultades actuales también se vincula con la resistencia a resignar centralidad política, aun cuando las condiciones que hicieron posible esa centralidad hayan cambiado profundamente. El problema no es Cristina como figura histórica —cuya gravitación resulta innegable—, sino la dificultad para admitir que ningún liderazgo puede sustituir indefinidamente las tareas de renovación, ampliación y construcción estratégica que exige cada nueva etapa. Después de todo, una década que se proclamó ganadora dejó una matriz política, económica y cultural que pudo ser desmantelada en pocos meses por el gobierno que la sucedió. Y si algo de aquella experiencia merece ser revisado con honestidad, más allá de sus importantes avances; es precisamente la fragilidad de una construcción que se pensó irreversible y terminó revelando cuán intactos permanecían los resortes fundamentales del poder que decía haber derrotado.
Nuevas consignas para el mismo drama
El problema nunca fue incorporar nuevas demandas, algo natural e incluso necesario en toda experiencia política que pretenda mantenerse viva y conectada con su tiempo. El problema apareció cuando muchas de esas agendas comenzaron a desplazar o subordinar las prioridades históricas del movimiento nacional, como si la Argentina ya hubiera resuelto su cuestión nacional y pudiera dedicarse, serenamente, a debatir exclusivamente conquistas cada vez más sofisticadas de tercera o cuarta generación. Una curiosa presunción para un país que todavía no terminó de resolver buena parte de los desafíos fundamentales de la primera, como el salario y las proteínas. Y fue precisamente esa alteración en la jerarquía de los problemas, esa progresiva pérdida de sensibilidad frente a las urgencias materiales de las mayorías y esa dificultad para distinguir entre lo principal y lo accesorio, lo que comenzó a incubar silenciosamente la deriva posterior. Las derrotas rara vez aparecen de golpe; suelen gestarse mucho antes, cuando una fuerza política deja de escuchar las preocupaciones centrales de su pueblo, integradas en el marco estructural de sus problemas de raíz. La tragedia que aguardaba a la vuelta de la esquina ya estaba anunciada en esa inversión de prioridades. Así, fueron perdiendo centralidad referencias que habían estructurado identidad y organización popular durante décadas; el sindicalismo como columna vertebral del movimiento nacional, el rol de las Fuerzas Armadas en la defensa soberana, su alianza con el pueblo, la religiosidad popular —incluido el lugar del Papa Francisco—, la cultura criolla, el complejo legado hispánico y el mestizaje, los símbolos patrios y la causa Malvinas. Todo aquello fue configurando una determinada cultura política que fue moldeando una pedagogía política en sectores de la militancia —particularmente del kirchnerismo y la izquierda— que, al mismo tiempo, tendió a mirar con distancia o desconfianza componentes centrales de la tradición histórica argentina.
Ese desplazamiento convivió con la incorporación creciente de nuevas consignas llevadas al extremo diversionista —indigenismo, ambientalismo, lenguaje inclusivo, debates sobre género, aborto, masculinidades, deconstrucciones y diversas agendas modernas— que, más allá de su legitimidad en el plano de derechos de minorías, fueron ocupando un lugar central en el discurso político de los últimos años del kirchnerismo. El contraste no es menor; mientras se relativizaron elementos que históricamente permitieron construir pertenencia nacional y articulación de mayorías, se fortalecieron marcos identitarios más segmentados, eficaces para la cohesión interna de determinados grupos, pero con mayores dificultades para proyectarse como base de sustentación de un proyecto político de carácter nacional. Lo que se vivió, y aún se paga con consecuencias, fue un agudo proceso de irritabilidad y desnacionalización política de amplios sectores de la sociedad.
Y el dato político más inquietante hoy es que millones de argentinos parecen dispuestos a soportar sacrificios, privaciones y deterioro de sus propias condiciones de vida con tal de impedir el retorno del kirchnerismo. Ya sea por convicción, por hastío o por una lectura equivocada de las causas de sus problemas, lo cierto es que esa disposición existe y condiciona toda estrategia política seria. Ignorarla o atribuirla únicamente a la manipulación mediática no resuelve nada; apenas profundiza la incomprensión de una realidad que ya ha demostrado, más de una vez, su capacidad para castigar a quienes se niegan a verla.
Mientras millones de argentinos enfrentan salarios pulverizados, pérdida de trabajo, deterioro de las condiciones de vida y una ofensiva sin precedentes contra derechos y conquistas históricas, una parte importante de la energía política del peronismo kirchnerista continúa consumiéndose en disputas internas, ejercicios de disciplinamiento y operaciones de diferenciación destinadas a preservar centralidades cada vez más difíciles de justificar. La conducción de Cristina dejó de estar al servicio de la construcción de una mayoría nacional para convertirse, demasiadas veces, en un fin en sí mismo. Esa preservación del liderazgo pasó a ser más importante que la suerte del pueblo al que se dice representar y, la lógica de ese tipo de política, dejó hace rato de resolver problemas para empezar a producirlos. A esta altura, resulta difícil no concluir que buena parte de las derrotas acumuladas en los últimos años no fueron obra exclusiva de los adversarios. También fueron el resultado de una conducción que confundió centralidad con programa político, lealtad con subordinación y estrategia con conservación del poder propio. No hay mucho más que agregar.
El problema de estos años no fue solamente económico, discursivo ni electoral. Fue, sobre todo, una progresiva pérdida de espíritu y de sentido histórico. La Argentina que emerge exige otra cosa para evitar traspasar el límite de no retorno por el cual nos deslizamos. Exige, por lo pronto, abandonar definitivamente la lógica del internismo infinito y la extorsión como herramienta de preservación, exige recuperar la dimensión nacional de la política, volver a pensar en términos de producción, trabajo, solidaridad, soberanía y comunidad organizada, y aceptar que ninguna experiencia política —por importante que haya sido— puede reemplazar a la historia larga de un pueblo y su continuidad. Estamos en una profunda encerrona, y el tiempo, como advertía Francisco, siempre termina siendo superior al espacio que transitoriamente se ocupa. Necesitamos volver a pensar la política en términos de tiempo histórico, de unidad nacional, amplitud y realidad concreta. Comprender que ninguna construcción colectiva perdura si pierde de vista su origen, a la totalidad del pueblo y la articulación armónica de sus diferencias.

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