Una batalla tras otra

Por Marcos Domínguez*

“En la hora de los depredadores, los borgianos de todo el planeta ofrecen a los conquistadores los territorios que gobiernan como laboratorio, para que desplieguen en ellos su visión del futuro sin que se interpongan leyes o derechos de otros tiempos.”

Giuliano Da Empoli, La hora de los depredadores.

Decadencia occidental

Hay guerra y fuego en todo el mapa al mismo tiempo. Lo que vemos como hechos desperdigados —Irán, Ucrania, Franja de Gaza, Venezuela, nuestra propia Patagonia ardiendo— forma parte de un mismo temblor donde el viejo orden se cuartea, el nuevo no termina de aparecer y, mientras tanto, las potencias juegan la final del siglo XXI usando de tablero a los países periféricos.

Aquello que Gramsci llamaba “interregno” en nuestro terruño se siente doblemente. Nuestra élite, como buena parte de las occidentales, no tiene rumbo y fue colonizada por un nihilismo decadente. Y si, como decía Séneca, no hay viento favorable para quien no sabe adónde va, imaginemos lo que ocurre cuando el viento, como hoy, sopla en contra.

En el gobierno del golem argentino estas tendencias anómicas y decadentes se aceleran al calor de una derrota occidental de largo alcance. El experimento libertario aparece como el producto más acabado de esa decadencia: condensa, de forma extrema, todos los males previos. Es resultado de la crisis y la expresa del modo más legítimo y genuino posible. Lo sugeríamos hace un año, en “Wokismo libertario”, cuando sosteníamos que  el actual gobierno estaba precariamente cohesionado por ser una síntesis de incompatibilidades: un discurso que se proclama enemigo del progresismo pero replica su lógica –porque es su resultante pendular– de victimización, que promete dinamitar el Estado mientras construye una burocracia ideológica,  que denuncia la corrección política solo para imponer la suya, que pretende ser más judaizante que el Estado de Israel, más norteamericanista que EEUU. Todo, cuando nadie había pedido tanto.

Así, “el respeto irrestricto” a la propiedad privada convive con la promesa de un Occidente revitalizado a golpe de algoritmo y blockchain, cuando en realidad atraviesa una eutanasia prolongada. Una ola de decadencia que tiene, entre sus anillos de tradiciones parásitas y putrefacciones varias, la dicotomía maniquea del progresismo vs el anti progresismo, el errante multiculturalismo, la inmigración inevitable o indiscutible; estatismo vs anti estatismo hecho desde el Estado; la violencia intrínseca de EEUU cuyo sistema esta siendo lentamente devorado por la finaciarización extrema de su economía.

Clases medias víctimas y victimarias de la pandemia de inautenticidad mediada -y potenciada- por la digitalización de la vida social. El streaming convertido en deporte de acompañamiento terapéutico revela su excepcional maridaje con la desjerarquización de casi todo. La terminal y fantástica horizontalidad de la palabra como una gran tranquera abierta para que cualquiera, con o sin experiencia, con o sin saberes, con o sin virtud, pueda utilizarla como elemento afrodisíaco para escupir opiniones, monetizar editoriales, y performar análisis cansinos minuto a minuto.

En este marco, Milei, como señalamos desde su llegada al gobierno, condensa un “espíritu de época” que no está marcado por la voluntad de actuar positivamente sobre el curso de las cosas, sino por el resentimiento y la necesidad impulsiva de liberarse de ellas, cueste lo que cueste. Una revancha personal “contra el poder”, reducido al poder público estatal. La política aparece como fiesta colectivista decadente que hay que arruinar aunque no haya otra mejor que la reemplace. Para sopresa de nadie, fue una nueva versión de “la grieta”, barnizada de futurismo, donde la acumulación de rencores amenaza con alcanzar un volumen inusitado sin dirigencias ni diques que puedan contener una crisis que tiene más de implosión que de explosión.

Es en este contexto de decadencia occidental donde la geopolítica se vuelve selvática. Se borran líneas rojas que el “derecho internacional” prometía mantener. Vuelve a ser verosímil el uso de armas nucleares en un planeta donde proliferan los arsenales y escasean las inhibiciones. Si quienes concentran poder real no cruzan ese umbral, quizá después de la fiebre haya reacomodo; si lo cruzan, ni siquiera eso está asegurado en esta guerra mundial en cuotas.

La campaña del desierto

Hace años que se tantea el sur argentino con la paciencia de los viejos imperios. Tenemos incendios reiterados, proyectos inmobiliarios como plaga, inversores que se vuelven socios políticos de todos los oficialismos para sentarse en la cabecera de la mesa, campañas discretas para instalar la idea de que el sur es demasiado grande, caro o inhóspito. Hacer invivible un territorio para despoblarlo y succionar sus recursos estratégicos no tiene nada de original en este lapsus mundial que Da Empoli llama “la hora de los depredadores”.

La paradoja es que la propia existencia del Estado argentino dependió, en buena medida, de ocupar esa Patagonia. El ciclo Roca, con toda su carga simbólica, respondió a una lógica que en Europa nadie subestimaba: si un país no consolida su frontera, otro la consolida por él.

El fantasma balcanizante que se combatió a fines del siglo XIX vuelve hoy bajo formas más discretas: ya no son ejércitos regulares, malones, intereses chilenos o ingleses, sino combinaciones de operaciones inmobiliarias, fondos de inversión, ONG diseñadas en escritorios del Norte y proyectos “eco-friendly” que sueñan con un desierto prolijo, sin obstáculos soberanistas, listo para ser gestionado.

Puertas adentro, mientras el sur se prueba como zona de sacrificio, la Argentina llega a este escenario con los bolsillos agujereados. Arrastramos medio siglo de deuda externa, hija dilecta de la última dictadura y prolijamente “reperfilada” cada tanto. Cada renegociación agrega una dosis de morfina financiera. Mientras el gobierno destruye empresas, puestos de trabajo industrial y capacidad de generar divisas genuinas, una parte negadora del alma del medio pelo sigue soñando con que Vaca Muerta nos resolverá la vida sola, como si se pudiera vivir de rentas en un país que ni siquiera logró industrializar su propio gas. No se trata de ideologismo, pero la supervivencia nacional atada a la timba financiera y al remate de recursos naturales simplemente no es sostenible.

El orden “multilateral” del Occidente liberal nacido de la Segunda Guerra —ese entramado de FMI, Banco Mundial, OMC, Naciones Unidas y el “consenso antifascista” declamado— ya caducó. En aquel viejo orden existía una gramática mínima: las grandes potencias se contenían por miedo al abismo nuclear y las instituciones ofrecían una escenografía aceptable para las buenas intenciones. Hoy esa escenografía se vino abajo. El derecho internacional se volvió un viaje de egresados de burócratas y “pichones de”, un idioma elegante para nombrar lo que, en realidad, decide la fuerza. Las instituciones sobreviven en la medida en que continúan siendo útiles a Washington, Beijing o quien corresponda.

En ese mundo, los únicos países realmente a salvo son los que tienen armas nucleares o, en un segundo escalón, los que construyeron un complejo industrial-militar propio. El resto conserva bandera y asiento en la ONU, pero la soberanía pasa a ser condicional. Ya no alcanza con “tener razón” ni con “cumplir los tratados”. Como recuerda Abel Fernández, la cuestión se vuelve bastante más terrenal: hay que lograr que agredirte sea más caro que dejarte en paz. Y el shopping de armas importadas no resuelve nada si detrás no hay industria y conocimiento propios. La misma Venezuela aprendió a los golpes que las alianzas extra-hemisféricas ayudan, pero no sustituyen la capacidad de defensa propia.

Hasta mediados del siglo XX, la Argentina tuvo las principales industrias de uso dual de Sudamérica: aviones, barcos, radares, metalmecánica pesada. Eso que hoy llamaríamos un complejo industrial-militar. Una secuencia de gobiernos ineptos, cortoplacistas o directamente entreguistas, sumada a la derrota en Malvinas, fue desarmando pieza por pieza esa capacidad. Llegamos a la era de los drones —la guerra relativamente barata, donde un taller mediano puede fabricar artefactos capaces de complicar a cualquier fuerza invasora— sin decidir reconstruir nada en serio.

La vieja idea de Aldo Ferrer de que sin “densidad nacional” no hay defensa posible asoma con estridencia. Densidad nacional es un pueblo que percibe un destino común por encima de sus banderías, y un Estado que administre esa tensión, trace objetivos compartidos y amortigüe posiciones extremas en un proyecto de comunidad posible. Y un país sin densidad es una presa fácil para cualquier depredador global que mire el mapa y vea, donde debería haber una nación, apenas un conjunto de activos en liquidación.

Se trata de una depredación organizada por una oligarquía estadounidense que manda en una economía ficticia, en descomposición, anti productivista y permanece presa en una interminable y tóxica espiral de violencia. Es por eso que en este occidente en decadencia, las élites tecnológicas tipo Musk o Zuckerberg ya no se parecen al tecnócrata de Davos con discurso regulacionista. No sueñan con un mundo ordenado, sino con un mundo disponible. Susceptible de ser depredado en términos, fundamentalmente, energéticos.

“La ausencia de alternativas aclara la mente de forma extraordinaria”, decía Kissinger. Y esta depredación deliberada parece ser la unica alternativa de un occidente carente de toda imaginación para seguir participando de la carrera tecnológica con una China cada vez más adelantada.

Defensa Nacional

En este paisaje, la discusión sobre defensa nacional sale de la vitrina castrense y vuelve al centro. Perón lo explicaba, retomando a Colmar von der Goltz, con la tesis de la Nación en armas; un arco tensado al máximo, donde la punta de la flecha son las Fuerzas Armadas, pero el arco, la cuerda y la fuerza que la tensa es el pueblo entero, sus recursos, su trabajo, sus industrias, sus vías de comunicación. La defensa es, en esta visión, la capacidad real de un país para mantener vivo su territorio, su tejido productivo y su gente frente a un mundo que se está reordenando a los tiros.

Hemos dicho aquí que nuestro actual presidente no ve a la Argentina como un país, sino como “un lugar”. Bajo esa mirada, el territorio se ofrece como nodo experimental para la desregulación total. Si la Argentina es solo un lugar, su integridad territorial deja de ser un problema político y se vuelve un asunto inmobiliario.

Por eso, en la Patagonia, el gobierno montó un dispositivo que es algo más que un paquete de reformas. De un lado, levantó la ley de manejo del fuego y convirtió en política de Estado la idea de que se puede quemar sin límite y, cuando el humo se disipe, reinventar el territorio como negocio. Del otro, desarmó la ley de tierras y volvió a abrir la puerta para que capitales extranjeros compren las hectáreas que quieran, incluso en zonas de frontera. No se trata de un error técnico, sino de la profundización de la extranjerización de lo nuestro.

El gobernador radical de Chubut se apura a aclarar que “no hay que entrar en teorías conspiranoicas sobre especulación inmobiliaria” porque los parques nacionales serían “patrimonio de la humanidad”, como si esa categoría abstracta blindara algo cuando los incendios y las topadoras hacen su trabajo.

De este modo, la hipótesis de que despoblar, entregar la tierra y blindar las fronteras con presencia extranjera es una forma prolija de preparar el escenario para una balcanización futura queda relegada al rincón de las fantasías conspirativas, y nuestro país parece dispuesto a defenderse, llegado el caso, con la espada de cartón del derecho internacional. La realidad es que el bloque occidental en decadencia no se detiene ante constituciones ajenas ni propias. Necesita energía, agua, alimentos, litio, corredores hacia la Antártida. Y la Patagonia condensa todo eso.

Aquí conviene volver a mirar el tablero completo. El mapa del poder global cambió de manera estructural e irreversible: se cerró un largo ciclo de primacía de Occidente y se abrió una etapa de transición, conflicto y disputa. Como señala Gabriel Merino, el exagerado respaldo de Estados Unidos al gobierno de Milei no es un romance ideológico -no por lo menos del lado estadounidense- sino una jugada geopolítica que busca con todas sus fuerzas anclar el hemisferio occidental y bloquear la inserción argentina en un mundo que ya no gira solo alrededor de Washington y Bruselas. La incursión militar en Venezuela, que inauguró un corolario trumpista de la vieja Doctrina Monroe, mostró el nuevo estilo: un imperialismo más territorialista, de saqueo y acumulación por desposesión a la vista de todos. América Latina vuelve a ser espacio clave, no porque el Norte haya descubierto nuestro encanto, sino porque necesita un patio trasero disciplinado en el cual replegarse en medio del barullo multipolar.

Como todo imperio en declive, el Occidente anglosajón se vuelve más agresivo a medida que pierde hegemonía. Las líneas que separaban guerra y paz, derecho y fuerza, seguridad y saqueo, están borroneadas. Traducido al presente argentino: no hay defensa nacional posible si miramos la Patagonia como decorado, el Atlántico Sur como una  lámina escolar y la industria como capricho “estatista” o una «oportunidad estratégica» conducida por China. Pensar en argentino hoy es entender que nadie —ni Milei, ni sus opositores, ni ningún iluminado de ocasión— va a hacer este trabajo por nosotros. El gran desafío de estos años será construir ese «nosotros».

* Licenciado en Sociología de la UBA y docente

VIDA DE COUNTRY, RETÓRICA DE BARRICADA. APUNTES SOBRE LA CASTA MILITANTE DE LA “DÉCADA GANADA”

Por Bruno Carpinetti

Hay contradicciones que la política puede tolerar y otras que la corroen desde adentro. Entre estas últimas, pocas resultan tan devastadoras como la distancia sostenida entre lo que se dice y la forma en que se vive. No se trata de una cuestión moral en sentido estricto, sino de una experiencia sensible: el momento en que el cuerpo del dirigente deja de habitar el mismo mundo que el cuerpo de quienes dice representar.

En la Argentina reciente, esa fisura adquirió una densidad particular durante el ciclo conocido como la “Década Ganada”. Un proyecto que emergió como respuesta a la crisis de representación de 2001 terminó, con el paso del tiempo, por producir una nueva élite estatal, legitimada por un lenguaje nacional-popular, pero crecientemente encapsulada en formas de vida ajenas a la intemperie social que le dio origen.

El problema no fue —como suele simplificarse— la traición de ideales, sino algo más sutil y, por eso mismo, más persistente: la normalización de una disociación.

De la intemperie al despacho

Para una generación que se politizó en la resistencia al neoliberalismo de los años noventa, el estallido de diciembre de 2001 no fue solo un evento histórico: fue una experiencia formativa decisiva. Asambleas barriales, piquetes, horizontalidad, desconfianza radical hacia la política profesional. La militancia, entonces, no prometía carrera ni estabilidad; prometía desgaste, exposición y precariedad compartida.

Néstor Kirchner comprendió que esa energía no podía permanecer en estado salvaje y ofreció una traducción institucional de la rebeldía: el Estado como escenario de la transformación. Miles de militantes cruzaron el umbral de la protesta a la gestión, convencidos de que administrar el Estado era una forma superior de militancia.

Y durante un tiempo, lo fue.

El desplazamiento no se volvió problemático por el ingreso al Estado, sino por lo que ese ingreso fue produciendo en las subjetividades. La militancia dejó de ser una práctica de riesgo y pasó a funcionar, en muchos casos, como una trayectoria laboral. La épica sobrevivió en el discurso; el cuerpo, en cambio, encontró abrigo.

La lealtad como virtud política

Con la reconstrucción de la autoridad presidencial tras la crisis, se consolidó una forma específica de ejercicio del poder. La lealtad, entendida como obediencia irrestricta, se transformó en el principal capital político. No la coincidencia ideológica —que podía admitirse con matices— sino la adhesión acrítica al liderazgo y al relato.

En los organismos públicos, el técnico fue desplazado por el “cuadro político”. La capacidad de gestión cedió terreno frente a la obediencia. Señalar errores, proponer alternativas o simplemente dudar se volvió un gesto sospechoso. Quienes administraban el Estado dejaron de premiar el saber y comenzaron a recompensar la docilidad.

Esta lógica no solo deterioró la eficacia institucional; redefinió el sentido mismo de la militancia. El militante estatal ya no era quien tensionaba el poder desde adentro, sino quien lo reproducía sin fisuras. La crítica dejó de ser una forma de compromiso y pasó a ser una amenaza.

El Estado como ecosistema cerrado

A medida que esta dinámica se consolidaba, se produjo paulatinamente un proceso de endogamia política. Unidades básicas, centros culturales, medios de comunicación afines, organismos públicos se convirtieron en espacios donde la realidad circulaba filtrada, domesticada para no contradecir el relato.

La militancia traslocada a los despachos estatales, seguía “bajando al territorio”, pero ya no para escuchar, sino para explicar. La inflación, la inseguridad o el deterioro de los servicios no eran negados solo por estrategia; eran, en muchos casos, genuinamente ajenos a la experiencia cotidiana de una dirigencia protegida por sus propios privilegios.

Es en ese momento donde aparece y comienza a consolidarse lo que hoy llamamos, con notable precisión sociológica, la nueva “casta”: no solo una acumulación de cargos, sino una forma de vida. Una burbuja material y simbólica que permite sostener un discurso igualitario sin experimentar sus condiciones.

La batalla cultural como sustituto

Frente a las dificultades crecientes de la gestión material, la militancia estatalizada profundizó una estrategia que ya estaba presente: la llamada “batalla cultural”. Derechos humanos, revisionismo histórico, confrontación discursiva con medios de comunicación y poderes fácticos ocuparon el centro de la escena.

No se trata de negar la importancia de esas disputas, sino de observar su función. La batalla cultural operó como un desplazamiento: cuando la economía no respondía, el conflicto se mudaba al plano simbólico. La política se estetizaba.

Para la nueva élite militante, esta estrategia ofrecía una coartada moral perfecta. Era posible habitar barrios cerrados, consumir bienes importados y vacacionar en el exterior sin sentir contradicción alguna, siempre que el discurso permaneciera intacto. La revolución se volvía lingüística; el cuerpo, conservador.

El hartazgo y el péndulo

Toda disociación tiene un límite. Cuando la distancia entre el relato y la experiencia cotidiana se vuelve demasiado grande, el lenguaje pierde eficacia. La sociedad comenzó a percibir que la batalla cultural era un lujo de quienes tenían las necesidades básicas resueltas.

En ese vacío emergió la contraofensiva libertaria. El éxito de Milei no radica solo en sus propuestas económicas disruptivas, sino en haber señalado con crudeza esa incomodidad difusa: la sospecha de que el progresismo estatalizado se había convertido en el nuevo orden a conservar.

El concepto de “casta” funcionó porque nombró una experiencia compartida. No denunció solo corrupción, sino hipocresía. Al invertir la estética de la rebeldía, el libertarismo logró algo impensado años atrás: que la derecha apareciera como ruptura y la izquierda como sistema.

Epílogo provisorio

La tragedia de la militancia estatalizada de la “Década Ganada” no fue haber fracasado en transformar las estructuras económicas, sino en haber naturalizado una disociación que terminó vaciando de sentido su propio lenguaje y minando definitivamente su densidad ética. Cuando el igualitarismo se convierte en retórica y el privilegio en experiencia cotidiana, la consecuencia natural es el descrédito y la política pierde irremediablemente su potencia transformadora.

Salir de este ciclo exige algo más que “nuevas canciones”. Exige volver a alinear discurso, cuerpo y práctica. Restituir la incomodidad como valor político. Recordar, en definitiva, que ninguna épica sobrevive demasiado tiempo cuando se la pronuncia desde un despacho climatizado mientras la intemperie sigue afuera.

“Unitarismo y Federalismo” o las “Falsas Antinomias”

Por Omar Auton

Los intelectuales y dirigentes argentinos llevan décadas afirmando que para alcanzar la unidad nacional y llevar el país adelante hay que dejar atrás las discusiones del pasado o “Superar las falsas antinomias”, he aquí, creo, otro de los nudos gordianos a cortar, de las tareas pendientes del peronismo si quiere recuperar su identidad y ser LA alternativa política para construir un futuro mejor. Si una definición clara y tercerista en materia de política exterior debe nacer del análisis detenido, situado y permanente de este mundo vertiginoso y cambiante, la propuesta de un sistema educativo diferente, elaborado y pensado para nuestra realidad y necesidades, que ponga la calidad de la formación e instrucción así como su universalidad en términos de accesibilidad y capacidad de aportar a la integración social, el Federalismo debe ser dotado de sentido en términos de equidad y conjugar las necesidades generales y locales, respetar nuestra historia e identidades parciales, superando el carácter “defensivo” que asumió en nuestros territorios a partir de la balcanización de la América hispánica.

   Ahora bien, si la cuestión sigue generando acalorados debates, que van desde la descarada insistencia de la oligarquía conservadora gobernante en sacrificar la economía y el derecho al futuro de las provincias en el lecho de Procusto del ajuste financiero y la dependencia, hasta las pretensiones separatistas de energúmenos como el gobernador Cornejo, que anclado en la imperdonable cláusula de la Constitución de 1994 cediendo la propiedad de los recursos naturales a las provincias y dejando al alcance de la codicia transnacional el acceso a todos los recursos, exhibió su pretensión de “independizar Mendoza” de la Argentina,  tiene que ser porque lejos de ser una “falsa antinomia” sigue expresando una cuestión nacional irresuelta, que también se origina en la balcanización del siglo XIX y llega a los propios países emergentes, cuyo origen fallido contamina todas las discusiones.

   Escuchaba hace poco a algunos jóvenes, bienintencionados, malvineros, hablar que Argentina nace con las invasiones Inglesas, lo cual es un disparate, bueno sería que leyeran, al menos, el acta de nuestra independencia en 1816, en cuya “Declaración”, dice “ Nos, los representantes de las Provincias en Sud América…” y participan de ella José Mariano Serrano y Mariano Sánchez de Loria por la provincia de Charcas, Pedro Ignacio Rivera por Mizque o José Andrés Pacheco Melo por Chichas, que el mismísimo preámbulo de la de 1853, habla de la “Confederación Argentina”, que su idolatrada Juan Manuel de Rosas jamás reconoció la independencia de Bolivia, que Artigas jamás habló de la independencia del Uruguay, y el término de “Orientales”, deriva de que eran los pueblos que habitaban al este del río, pero como parte de la confederación, continuidad del antiguo Virreinato.

   Esta larga explicación deviene que el concepto de “Unitario” identifica a quiénes impusieron el dominio de la Aduana de Buenos Aires a todos los pueblos del interior, apropiándose durante décadas de la riqueza del trabajo de todas las provincias y por ende decidiendo el modelo de organización política (Constituciones de 1819 y 1826), tanto así que la silla del despacho presidencial aún hoy es denominada “Sillón de Rivadavia”, cuando el tal personaje jamás fue un presidente constitucional de los argentinos ya que fue elegido por los porteños, en base a una constitución porteña y con el rechazo de todo el resto de la Confederación.

   A partir de allí el concepto de “Federal” pasó a identificar a varias corrientes y expresar distintos sentidos en diferentes épocas.

   Un gran argentino, un auténtico patriota, y por ello negado y ocultado por la historia Argentina, Alfredo Terzaga, a quién recién ahora se está reconociendo como intelectual y la vasta obra realizada, incluso como profesor de Historia del Arte, nació en Río Cuarto en 1920, cuando, al decir de otro gran argentino Enrique Lacolla, era “una ciudad donde aún estaba fresca la memoria de la frontera”, en una semblanza escrita por Roberto Ferrero, otro patriota y pensador, en la revista “Política”, al cumplirse el centenario del nacimiento, define este tema de las “falsas antinomias” sosteniendo que Terzaga definía, tres sectores en disputa y no dos “ era una relación triangular, con vértices que jugaban alternativamente según lo permitieras la correlación de fuerzas o las circunstancias del momento: Buenos Aires, Litoral fluvial e Interior…Al puerto único correspondía un fuerte comercio local y extranjero y una gran provincia ganadera que producía para la exportación; en el Interior existía una industria artesanal y un comercio que miraba hacia las tierras de la vieja unidad americana; el Litoral por su parte combinaba ambos modos económicos, tenía industrias que quería proteger y poseía puertos que deseaba habilitar y utilizar sin restricciones pero cuya llave estaba en la boca del estuario, es decir Buenos Aires… el juego de estas tres unidades geo-históricas, sus alianzas y sus enfrentamientos es la clave que alumbra el período que va desde Mayo a la federalización de Buenos Aires en 1880”.

   Dejemos aclarado, siempre siguiendo a Terzaga, que el federalismo tuvo un momento “ofensivo” durante las guerras de la independencia, la pretensión de San Martín y Bolívar de sostener los límites del dominio hispánico como territorios de la Confederación Americana, implicaba reconocer las particularidades que unían y separaban estos pueblos, compartían una historia común desde los incas, anterior a la conquista, luego de ella el mestizaje que hace nacer al “criollo”, una lengua común, una religión común, hasta en los sincretismos con los viejos cultos prehispánicos, el derecho indiano como legislación y también diferencias, el federalismo respetaba la vieja división política de virreinatos y capitanías generales, donde las homogeneidades eran mayores que las diferencias y respetaba las identidades raciales emergentes del encuentro de pueblos originarios-esclavos-conquistadores.

   El fracaso del sueño de construir los “Estados Unidos de Sudamérica” ante la cariocinesis producida por la intromisión política y económica británica y el naciente influjo de Estados Unidos, más las oligarquías locales vinculadas a esos intereses, que obligaron a San Martín a regresar a Mendoza y embarcarse para Europa, protegido por Estanislao López, ante el intento porteño de juzgarlo por traición, al haberse negado a traer su ejército para combatir a Artigas en lugar de cruzar los Andes y libertar a Chile y Perú, traicionaron a Bolívar y lo combatieron hasta su muerte o derrotaron a O´Higgins en Chile. Terzaga dice que estos patriotas tenían una visión “Telescópica “del federalismo americano, pero los pueblos comienzan a retroceder, despojados del poder y se abroquelas en un federalismo “microscópico”, defensivo, encarnado en los Artigas (de todas maneras el más grande de éstos) Ferré, Ibarra, Facundo y explica magistralmente nuestro autor “Mas la relación que existe entre una etapa y la otra, es la misma que se da en la guerra o en la lucha por la personalidad cultural, la que se da cuando un pueblo pasa de las ofensiva a la defensiva” y resalto esa frase por la actualidad de la misma.

   En resumen cuando hablamos del “Federalismo Argentino” estamos hablando de una etapa “microscópica” y defensiva, que se agrava porque además contiene intereses muy diferentes según sus sectores “ Buenos Aires es el concepto que cubre la alianza entre la burguesía mercantil porteña, la oligarquía terrateniente de la provincia y los sectores populares de la ciudad y la campaña, a los que se sumaban el interior unos pocos comerciantes consignatarios de casas mayoristas porteñas y algunos intelectuales deslumbrados por las luces del liberalismo, “El Litoral” designa el vasto frente de gauchos libres, pequeños propietarios rurales, burguesía de las ciudades fluviales y su artesanado, milicias criollas y funcionarios locales dirigido a través de los caudillos, por los estancieros santafesinos y entrerrianos, estrangulados en el fondo de los ríos clausurados por Rivadavia, Rosas o Mitre; “El Interior, finalmente, era la designación de todo ese mundo de artesanos y de industrias domésticas arruinadas por el librecambio, de pastores y de agricultores criollos, de “pardos” y castas de las orillas urbanas y de terratenientes de estancias semiáridas y vacunos guampudos, orientado por clérigos, doctores sin clientela y comerciantes ligados al antiguo y perdido circuito mercantil del Alto Perú y Chile”

   Esta definición no niega ni oculta diferencias internas, Rosas representa un sector capitalista, el del ganado y el saladero, tiene apoyo popular de los peones y los zambos y morenos, y claras diferencias con la burguesía portuaria, los desprecia, pero como ellos y pese a la Ley de Aduanas, valiosa por cierto, y la patriótica defensa ante los bloqueos anglofranceses, retiene el manejo exclusivo de la Aduana en manos de Buenos Aires, de donde provenían el 90% de los fondos del presupuesto de la gobernación, eso explica, esto no lo dice Terzaga sino el firmante, que un conocido traidor y agente inglés como Manuel García haya sido ministro de Rivadavia y de Rosas y que connotados rosistas como Vélez Sarsfield, los Anchorena, Elizalde, el general Pacheco o Lorenzo Torres se pasaran al bando mitrista. Tampoco que los hombres del litoral hayan pendulado entre el enfrentamiento y la claudicación frente a Buenos Aires, eso explica la traición de Urquiza en Pavón y el silencio ante los reclamos del “Interior” para detener el genocidio de los generales uruguayos al servicio de Mitre (Sandes, Paunero) al criollaje que ya en los extremos de lo “defensivo” acompañaban a Peñaloza o Varela frente a la masacre de Paraguay o Paisandú.

   La no comprensión de esta historia, abreviada en exceso por cierto, hace que la intelectualidad de izquierda o progresista no comprenda el contenido del roquismo, como expresión de esa aristocracia provinciana supérstite, de la generación intelectual de Paraná, del primer esbozo de un Ejército Nacional, nacido de la Guerra del Paraguay, que derrota a Arredondo en Santa Rosa, lleva adelante la recuperación de los territorios patagónicos en manos araucanas y federaliza Buenos Aires y su aduana, liquidando un conflicto de 70 años, derrotando a Mitre y Tejedor. Esa federalización iba a exhibir la génesis de un futuro drama nacional, al momento de votar en el congreso por la cesión del territorio de la ciudad de buenos Aires, federalizándolo como Capital Federal, un diputado, hijo de un conocido mazorquero lo que lo llevó a cambiar su apellido paterno de Alén a Alem, Leandro N. Alem vota en contra y acompañará a Bartolomé Mitre en la revolución del 90, otro diputado, sobrino del anterior vota a favor de la federalización y se niega a participar en el 90, su nombre Hipólito Yrigoyen, despuntaban las dos grandes corrientes dentro de la naciente Unión Cívica Radical, la popular y nacional de Don Hipólito y la mitrista y oligárquica que encabezaría Alvear.

   El roquismo agotó su proyecto en pocos años, su líder y creador terminó abrazándose con Mitre, fue el canto del cisne del “Federalismo del Interior”, Julio A. Roca al final de su vida mandó a sus partidarios a acompañar a Yrigoyen, un hombre del autonomismo, Roque Sáenz Peña, promueve la ley que llevará a la presidencia a Yrigoyen, con el voto universal (No incluía a la mujer) por primera vez.

   De ahí en más, el federalismo se fue desdibujando, quedó resumido a partidos provinciales, generalmente conservadores o expresión de minorías oligárquicas locales, los gobiernos populares de Yrigoyen y Perón tuvieron que recurrir continuamente a intervenciones a las provincias, paradojalmente esas medidas tenían un carácter nacional, ya que a diferencia del siglo anterior, eran tomadas por gobiernos que pretendían consolidar un Estado Nacional, una organización del país que respondiera a las necesidades del país y del conjunto del pueblo y el “federalismo” era la expresión de los intereses de sectores económicos que pretendían sostener privilegios y ventajas de minorías, así sirvieron de base a la conformación de fuerzas políticas que acompañaron a las dictaduras luego de 1955 y de 1966, de ahí surgieron las estructuras que permitieron llevar a las elecciones diferentes intentos de continuismo.

   El peronismo osciló entre la cooptación y el enfrentamiento, un Bloquista de San Juan fue dos veces embajador en la URSS designado por Perón y candidato a gobernador en 1962, las elecciones anuladas por Frondizi ante las victorias del peronismo, luego acompañó a Ezequiel Martínez en 1973, candidato de Lanusse y con la dictadura instaurada en 1976, nuevamente embajador en la URSS, la familia Sapag en Neuquén o Silvestre Begnis en Santa Fe son ejemplo de esa relación.

   En los últimos años esas fuerzas provinciales fueron desapareciendo, la crisis y el intenso proceso de implosión del radicalismo fue haciendo aparecer fuerzas que se abroquelaron en sus provincias y/o municipios dedicadas a mantener una política clientelar de cargos legislativos, nacionales, provinciales o municipales, empleos y contratos a partir de esos cargos, han conformado frentes diversos, incluso dentro de las mismas provincias y su política es una estrategia de subsistencia, vendiendo los votos en los tratamientos legislativos a cambio de concesiones mayores o menores, a veces en sus distritos y a veces personales o familiares, han perdido toda ambición de sostener un proyecto nacional, porque abandonaron esa idea desde la muerte de Yrigoyen. El fracaso del gobierno de Alfonsín los llevó a abjurar en muchos casos hasta de las siglas partidarias.

   El peronismo, a partir de 1983, se convirtió en una confederación de caudillos provinciales y dentro de la provincias de jefes comunales, la hegemonía de la provincia de Buenos Aires con Duhalde y el rechazo por desconfianza o desprecio del kirchnerismo, especialmente luego de la muerte de Néstor Kirchner, fue asumiendo una endogamia absoluta del Área Metropolitana de Buenos Aires, su lenguaje, sus ejes discursivos y su visión quedaron impregnados casi en su totalidad de las problemática de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y del conurbano que la rodea.

   Esto provocó la aparición de modelos provinciales (como el “cordobesismo”) que en sus comienzos intentó transitar entre el antikirchnerismo de los sectores rurales, especialmente luego del conflicto surgido a partir de las retenciones a las exportaciones de soja en el año 2008 y el tradicional antiperonismo de las clases medias urbanas, por un lado y la política de zapa que desde la Casa Rosada se aplicó con los gobernadores que no eran incondicionales, que iba desde usar los fondos del Estado y sus organismos (especialmente el PAMI y el Anses) para armar o apoyar grupos disidentes u opositores, hasta abandonarlos a su suerte como ocurrió durante la rebelión policial de Córdoba de 2013 con negocios saqueados y dos muertos.

   Finalmente, este es otro tema que necesitamos aclarar y definir, es insostenible el monopolio ideológico e instrumental porteño-AMBA y al mismo tiempo no se puede tolerar que gobernadores que se dicen peronistas a cambio de los famosos Aportes Tesoro Nacional, apoyen con el voto de sus senadores y diputados la entrega del patrimonio nacional y de los derechos del pueblo argentino. Cierto es que la absoluta ausencias de una conducción del peronismo a nivel nacional que pueda ordenar y conducir una oposición creíble y que contenga las necesidades y demandas de todos es, especialmente, responsable de este “sálvese quien pueda”, no pueden criticar a Milei o a Macri por usar estas metodologías parta obtener las votaciones porque fue lo mismo que hicieron Menem, Néstor Kirchner, Cristina Kirchner y el dúo Fernández-Fernández, esta corruptela no es valiosa o no según quién la usa.

 El peronismo debe recuperar su carácter de Nacional por contener las aspiraciones de todo el país desde La Quiaca hasta la Antártida, Federal, por asumir las diferencias regionales, provinciales y hasta culturales de este territorio, Popular por aquello que el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés, el del pueblo y Latinoamericano en el sentido de asumirse como continuidad de las luchas para construir una Patria Grande y como la expresión más fuerte y superviviente de ellas en América del Sur.

   Si lo hace habrá un futuro y será peronista de lo contrario deberá asumir la responsabilidad de haber abandonado su historia, su doctrina, sus banderas y a nuestro pueblo

VENEZUELA, LA PSIQUIS ASPIRACIONAL DE LA CLASE MEDIA Y MILEI COMO PRODUCTO DEL ROTUNDO FRACASO DE NUESTRA DIRIGENCIA POLÍTICA

Por Gustavo Matías Terzaga

Lo que hoy se invoca sobre Venezuela en nombre de la “restauración democrática” y la “libertad” para justificar el bombardeo a una nación soberana, replica, casi mecánicamente, una misma matriz de injerencia naturalizada. La intervención externa ya no se presenta como una violación del principio de soberanía, sino como una corrección necesaria, un acto pedagógico ejercido desde el centro sobre la periferia, un tutelaje moral que aporta tranquilidad y ubicación en el mundo. Bajo ese relato, bombardear, secuestrar dirigentes o tutelar procesos políticos deja de ser un atropello y pasa a leerse como un servicio civilizatorio.

La opinión pública internacional y medios locales. La operación no es sólo militar o diplomática, es previamente cultural y simbólica. Seguido a una fuerte demonización a cualquier lider o expresión popular, se construye la idea de que la democracia válida es la que cuenta con el aval de Washington, y que cualquier forma de autonomía política es, por definición, atraso, desviación, aislamiento o barbarie. Así, una buena parte de la sociedad argentina puede llegar a aceptar la subordinación como un mal necesario, convencida de que someterse al tutelaje externo es el precio para “volver al mundo”, salir del atraso populista o, en el caso del país bolivariano, de las garras de un narcodictador.

En ese sentido, la mirada de lo que sucede en Venezuela no es una excepción, sino la expresión más cruda de un patrón histórico: la asociación trastocada entre libertad y dependencia, entre sacrificio y renacimiento, entre modernidad y renuncia a la soberanía. Cuando esa lógica contraria al interés nacional y popular se impone, la claudicación deja de percibirse como tal y se convierte en virtud. Y ahí ya no fracasa sólo un gobierno, fracasa la política nacional como proyecto de autodeterminación. Es la antesala de de la entrega, la renuncia y la naturalización de la conciencia del esclavo en nombre de la integración al mundo.

El fracaso de la dirigencia política argentina consiste en haber naturalizado distintas capas de la dependencia; por cipayismo crónico, por prejuicio, genuflexión, falta de formación nacional, ceguera o cobardía, renunció a pensar la soberanía como un valor estratégico y aceptó la injerencia externa como condición de gobernabilidad, creyendo que a la Patria se la defiende con la pluma y la palabra o con un grissín. Y no hablamos de las elites o de gobiernos liberales puestos por el poder económico; nos referimos a gobiernos de reigambre popular.

La sociedad estaba lista para la Libertad. Y hay que decirlo, evidentemente Milei, producto de lo anteriormente mencionado, leyó con precisión dos planos a la vez: en lo social, captó el hartazgo, la despolitización y la disposición a aceptar dependencia a cambio de orden; en lo geopolítico, entendió la restauración del poder estadounidense en el hemisferio y apostó a un alineamiento pleno como estrategia funcional a ese escenario.

Genealogía de Mauricio Macri. El mundo PRO, una experiencia fallida

Por Mario Casalla

BUENOS AIRES (especial para Punto Uno). Un dato objetivo y compartido es que, a la fecha, el partido de gobierno (La Libertad Avanza) ha fagocito al PRO subsu-miéndolo en su propia práctica política. Expresamente no utilizamos la palabra “fin” o “muerte” del PRO porque en la singular vida política argentina los fenóme-nos partidarios nunca mueren del todo, sino más bien se acumulan como capas de cebolla. Tanto es así que en la Justicia Electoral de nuestro país hay 47 parti-dos de orden nacional y más de 700 de orden distrital reconocidos, convirtiéndola en el país sudamericano con más partidos políticos, aunque muchos de ellos no pasan de ser un sello que se prestan o alquila cuando llegan las elecciones. De allí que los saltos y cambios de casaca suelen ser también cosa bastante común. Desde su nacimiento, en el turbulento contexto de 2001-2002, Propuesta Republi-cana (PRO), el partido fundado por Mauricio Macri, empresario y ex-presidente del Club Atlético Boca Juniors, resistió la tentación de diluirse en los partidos tradicio-nales y se convirtió en un espacio de renovación de la centroderecha argentina. En él convivían políticos de larga data con nuevos ingresantes a la actividad, rela-cionados con el mundo empresario y de las ONG y los “think tanks” liberales. El emprendedurismo y el voluntariado eran los valores partidarios dominantes, a lo que sumaban un discurso “postideológico”, una estética festiva y un liderazgo pro-pio de un “team leader” empresarial. El alma mater del PRO es Mauricio Macri, se crió entre esos dos y sin él ese Mundo PRO sería, en lo político, muy poco sus-tentable. Quienes lo tratan más en intimidad dicen que suele repetir esta frase pa-ra explicar su destino: “Creo que la mejor definición de mí mismo me la dio Grego-rio Chodos, que es como un padre para mí. El me dijo: Mauricio en la vida están los que eligen tener y los que eligen ser. Vos elegiste ser. Y yo siento eso. Que yo tenía todo ya. Así que elegí ser”. 

UN PADRE Y VARIOS TUTORES

De Franco -su padre biólogo- pueden decirse muchas cosas, menos que haya descuidado la educación de quien imaginaba como su heredero. Quiso que Mauri-cio fuera al exclusivo Colegio Cardenal Newman, así como él revalidó su título del Liceo Italiano, en el Colegio Nacional de Buenos Aires (a su manera también, ex-clusivo), dos años después de haber llegado de Italia como inmigrante. Y también bregó Franco porque Mauricio cursara la carrera de Ingeniería, la misma que él había iniciado sin concluir, porque rápidamente fundó su primera empresa, Urbana S.A. Años después cuando Mauricio le llevó su flamante título de Ingeniero (UCA) hizo lo mismo que Giorgio (el abuelo presidencial) había hecho con él: lo ingresó en el mundo laboral. Claro que su abuelo Giorgio fue mucho más duro con Franco, que éste con Mauricio. Según cuenta en su autobiografía (“Macri por Macri”, 1997), a los tres días de haber desembarcado, lo mando en colectivo a trabajar en la construcción del Barrio Ciudad Evita que recién comenzaba. Franco fue mucho más amable con Mauricio: terminado los estudios universitarios lo llevo a SOCMA como analista junior de una de las empresas del grupo (SIDECO Americana). Allí aprendió las dos cosas que le faltaban: la práctica empresarial concreta y el mun-do de la política. Ambos, claro, inextirpablemente unidos.

EL OTRO PADRE 

Por aquellos años había en SOCMA cuatro gerentes de mucha confianza, a quie-nes Franco Macri consultaba en materia de política y gobierno: Carlos Grosso, Jorge Haieck, Ricardo Zinn y el ya citado Gregorio Chodos. Todos venían o repre-sentaban distintas líneas y tradiciones políticas y todos estaban en SOCMA (y se irían del grupo) por diferentes motivos y maneras. Franco los respetaba y acercó a Mauricio a ellos para que fueran –en el día a día empresario- educando políti-camente al delfín. Grosso y Haieck eran peronistas y un puente con el “peronismo renovador”, que surgía como alternativa al gobierno de Alfonsín que ya empezaba a tener problemas; Ricardo Zinn fue su introductor en lo más duro del liberalismo económico y un puente de plata con los gobiernos militares, mientras que Grego-rio Chodos representaba allí al desarrollismo y era amigo personal tanto de la fa-milia Macri como del ex presidente Arturo Frondizi. Chodos invitaba frecuentemen-te a Frondizi a cenar con Mauricio y allí las charlas no eran tanto de ideología desarrollista, como de las implicancias de ejercer el poder real desde el máximo cargo del Poder Ejecutivo. Frondizi un conversador agradable y fascinante (doy fe), era además un especialista en saltear obstáculos, recibir golpes y salir a flote, además de una inteligencia evidente y una auténtica vocación de estadista (lo re-conocían propios y adversarios). Cuando el joven Mauricio pronunció el discurso de asunción presidencial, nótese que el único nombre propio que citó fue el de Arturo Frondizi. Además había pedido -para ir luego a la Casa Rosada- el mismo Cadillac negro descapotado que utilizaron Perón y Frondizi (y que él no utilizó “por razones de seguridad”) y no mucho tiempo antes, ya como líder del PRO, decla-raba: “Puedo armar el mejor equipo político de gobierno, desde Frondizi para acá”. Evidentemente su “ideal de presidente” es Arturo Frondizi y su Ministro de Interior es un Frigerio. Pero claro Mauricio no es Arturo, ni Rogelio (nieto) es su abuelo, pero ese “ideal de yo” (contra el que se medirá día a día, en su fuero íntimo) sí lo son. El ideal de Frondizi vino mixturado, tal cual ocurrió en los ‘60: el otro lado de Frondizi fue Alvaro Alsogaray, a quien el desarrollista hizo su ministro de Econo-mía (algo inexplicable desde el punto de vista ideológico). En aquellos años el abuelo de Rogelio, dejó el gobierno de su entrañable amigo Arturo; hoy, al revés, su nieto Rogelio integró el gobierno de Mauricio, así como ahora gobernador de Entre Ríos, dio el salto a LLA sin problema alguno. Es que en su eclecticismo pragmático, Franco también arrimó a Zinn al elenco de tutores de Mauricio y por eso el joven que cenaba cada tanto con Arturo Frondizi, recibía clases pagas de Economía del mismísimo Ingeniero Alvaro Alsogaray. Aquí Zinn fue completado en la gestión por su tío materno, Jorge Blanco Villegas, quien contrató al Ingeniero para tales menesteres a través del Instituto de Economía Social de Mercado. Al-varo no perdió la oportunidad y a las pocas clases le acercó una ficha: por un tiempo Mauricio Macri estuvo afiliado a la UCEDE. Claro que don Alvaro no sabía que fichaba a otro Presidente (de los varios que fichó) y Mauricio ni soñaba con hablar en el mismo recinto que habló Frondizi, ni bailar al son de Gilda en el balcón al que asomó Perón el 17 de octubre del ’45. No duraron mucho esas mieles y el gobierno de Macri terminó en medio de una crisis política y económica de primer nivel. Debió recurrir al FMI y obtuvo un préstamo acordado en 2018 que fue el más grande de la historia argentina, inicialmente de US$ 50.000 millones y luego ampliado, en un intento por estabilizar la crisis económica y la fuga de capitales, pero fracasó en sus objetivos, se renegoció y gran parte del dinero se usó para pagar deuda preexistente y financiar fuga, generando fuertes críticas y denuncias de irregularidades por parte de la oposición y auditorías, según diversos medios y la Auditoría General de la Nación. Esa deuda externa es la que todavía estamos pagando. El ministro de Economía fue el mismo que tiene Milei (Luis “Toto” Capu-to) y el presidente del Banco Central era Federico Sturzenegger, el mismo que Milei tiene como ministro de Desregulación y Transformación del Estado. No sin razón se sostiene que el plan de gobierno de Macri es estructuralmente el mismo que Milei ejecuta ahora a una incomparable velocidad. Tampoco se ve que esto termine bien. Usted verá, amigo lector.

Los Caminos de la vida

Omar Auton

“Salgan al sol, revienten/Salgan al 

Soool/Salgan al sol, idiotas” 

(“Salgan al sol” Billy Bond)

   Para gran parte del pensamiento “políticamente correcto” la realidad insiste en mostrarse esquiva con sus análisis, sus predicciones, sus conclusiones, y me refiero a los más sinceros, o sea a los que cuando sus manuales no aciertan para comprender la realidad prefieren aferrarse a sus manuales.

   Lejos estoy de plantear un ataque a algún intelectual o pensador, más allá de lo acertado o no, a mi criterio, de sus análisis o afirmaciones, lo que creo que tenemos que pensar si no es momento, de una vez por todas, de tratar de conocer, estudiar y pensar como conoce, estudia y piensa nuestro pueblo, no en términos únicos sino precisamente rescatando las diferencias, las experiencias, la riqueza profunda de una identidad que es pluricultural en términos de mestizaje, que se fue edificando con los aportes locales y de las corrientes migratorias y que fue construyendo a nivel individual, comunitario, local pero también a nivel nacional.

   Recientemente científicas del Conicet hallaron un gen, al que llamaron “gen argentino”, (para disgusto de los mediocres que siguen repitiendo que “Los argentinos descendemos de los barcos”), en estudios realizados en la zona centro del país, que luego fue derivando, a partir de otros de origen amazónico, altiplánico, cordillerano, otros biotipos y éstos se encontraron con el europeo, el africano, continuando un desarrollo del que somos consecuencias.

   Si compartimos el concepto de comunidad como más amplio, profundo y preciso que el utilitarismo de “sociedad”, si aceptamos que los grupos humanos tienen como argamasa no sólo los intereses de cada individuo, sino lazos comunes que provienen de una historia compartida que genera pertenencias, valores, formas de organización, sueños y hasta concepciones de trascendencia que definen a una comunidad, se trata de reconocer como esos factores han aparecido caracterizando momentos de nuestra historia, como fueron evolucionando, que cosas lo potenciaron y cuáles lo afectaron. Este ejercicio nos va a dar los marcos teóricos y de campo para insertar la actualidad en los procesos y a partir de allí elaborar la necesaria «Actualización doctrinaria” que la realidad nos reclama.

   El “salir al sol” del tema de Billy Bond y La Pesada del Rock, en los años 70 hacía referencia a eso, a romper las formas de la mediocridad, de la frialdad de los laboratorios y bibliotecas, que, además, presentaban el problema que no contenían los aportes intelectuales de pensadores e incluso teóricos locales y latinoamericano que cuestionaban al “establishment” del pensamiento colonial, se producía en esos años un movimiento de revisión de nuestra historia, pero también de nuestra cultura, que empezaba a ser entendida como “Casa del hombre” y no limitada a las expresiones artísticas o educativas que en general eran aplicaciones mecánicas de categorías que eran válidas en los centros metropolitanos, ya que habían nacido de su historia, sus valores y experiencias pero no a los territorios de ultramar. Ese fenómeno tiñó gran parte de nuestra propia visión durante siglos y nos impidió formar una clase dirigente (que no es lo mismo que una “clase dominante”).

   Tomemos un tema puntual, la Educación, allá por septiembre de 2022, un grupo de docentes reunidos en la ReNaCe, Red Nacional por la Calidad Educativa, presentaban un proyecto de DNU, en cuyos “Vistos” transcribían “Los alumnos plantean con desesperación: En la Educación falla todo, falla el alumno, el docente, la familia, el Estado. Falla aquel alumno que se mentaliza que no puede, falla el docente al hacerle creer que eso es cierto, falla aquella familia que no da el apoyo a sus hijos ni exige una mejor educación, fallan los adultos que no se hacen responsables de sus menores, falla la educación que nos miente, porque nos aprueba, porque nos da títulos en sistemas en los cuales los contenidos son escasos o nulos falla el Estado por permitir que todo esto pase, por premiar con becas a alumnos que no se esfuerzan y no a los que se esmeran o se destacan en la escuela. Somos una generación a la que nos hicieron creer que somos unos inútiles, que no podemos o que solamente podemos si los docentes nos dan un trabajo fácil. Estamos convencidos que no hay retorno, que somos jóvenes capaces, con sueños y metas, pero con pocas oportunidades. Los docentes sienten hastío al ver como se desprestigia su labor profesional y su autoridad pedagógica debido a que, por decretos o directivas ministeriales, se ven forzados a:

Aprobar alumnos que no han logrado los aprendizajes que se avalan con su título

Promocionar estudiantes con un sinnúmero de materias desaprobadas e incluso sin haber asistido a clases

Graduar a alumnos que no saben leer ni escribir

Recortar contenidos hasta niveles irrisorios

Eliminar o desactivar sanciones disciplinarias y reclaman:

Instar a toda la comunidad unirse en la lucha por reencauzar el rumbo de nuestra educación y

Convocar a todos los actores de la política para trazar una estrategia de corto, mediano y largo plazo que nos lleve a estar orgullosos de la calidad educativa argentina”.

   Para la misma época, Romina de Luca, Doctora en Historia, docente de la UBA y directora del grupo de investigación Historia de la Educación Argentina y autora de “Brutos y Baratos” un estudio sobre la educación argentina entre 1955 y 2001, afirmaba “Lejos de privatizarse, (En 2020 la gestión estatal era de un 73% y la privada de un 27%) el sistema educativo se estatiza, pero, esa estatización se acompaña de una mayor degradación” señalando así lo que para ella es la verdadera causa de la crisis: la constante pérdida de la calidad de la enseñanza, afirmando, sin pelos en la lengua que la verdadera causa de la crisis en la educación es “La degradación causada, entre otras cosas por la “circulación rápida” de los alumnos por el sistema, facilitando al extremo el pase de un grado a otro, y por el vaciamiento de contenidos.

   Afirma además que “La inclusión educativa kirchnerista fué fallida en el sentido de que los alumnos pueden transitar por el sistema sin adquirir conocimientos sólidos... el macrismo conservó todos los mecanismos inclusivos del kirchnerismo que fueron convirtiendo la escuela en una “caja vacía”…Se arraiga la idea que los estudiantes deben transitar en forma ascendente por la escuela como si estuvieran en una escalera mecánica, sin importar si los conocimientos acompañan ese proceso…Las medidas post pandemia acentuaron esa tendencia al extremo, pase automático de 2020 a 2021, suspensión de exámenes y notas numéricas, evaluación por áreas y un verdadero Viva la pepa de materias adeudadas de un año al otro”

Me he detenido en estas largas transcripciones porque coincido con ellas que el gravísimo problema de la educación argentina no es responsabilidad de “buenos” o “malos” docentes, profesionales mejores y peores los hay en todas las actividades y eso no provoca una crisis de las dimensiones de la educativa, sino que es el sistema mismo, sus currículas y metodologías, sus programas de estudios descentralizados hasta a nivel escuela para favorecer su “integración al contexto”, la falta de formación de los docentes y de la cantidad de éstos para afrontar una enseñanza casi personalizada ante la fragmentación social y familiar que lleva a que cada chico “sea un mundo diferente”, la inexistencia de gabinetes de apoyo psicológico y psiquiátrico, trabajadores sociales, etc, la desarticulación con sistemas como el de salud, el abandono de la organización por disciplinas para reemplazarlo por el “abordaje por problemas”, hoy solo importa que el chico “esté en la escuela” más allá de la adquisición de contenidos.

   Ni siquiera podemos acusar de esto a los organismos internacionales, la Unesco o el Banco Mundial, ya que la Argentina es tomada como modelo en la aplicación de estos nuevos sistemas ya que viene desde los años 60, mucho antes de su generalización global, mientras tanto en el año 2020 se sabía que uno de cada cuatro estudiantes primarios terminaban su ciclo primario con conocimientos básicos o por debajo del básico en lengua y matemáticas y en el nivel secundario, que se supone es obligatorio, de cada 10 que arrancan, cuatro se pierden en el camino, y de los seis que llegan al final solo egresan efectivamente 4 o 5 de los cuales un 36 % solo alcanza rendimientos básicos en lengua y un 72% en matemáticas.

   Como “mal de muchos, consuelo de tontos” seguramente muchos saldrán a teorizar sobre lo estratégico de “retener el chico en el sistema” aunque no aprenda nada o que “si lo hacés repetir se va de la escuela”, cuando no la más vergonzosa “Acá al menos comen”, desnaturalizando la crisis o lo que es mucho peor aún, naturalizando y siendo funcionales a la construcción de una sociedad de exclusión, donde las familias adineradas o que puedan hacerlo en base a sacrificios busquen para sus hijos las escuelas donde todavía puedan aprender y tener una formación y adquisición de conocimientos, no hablo de educación porque creo que eso es función de la familia, mientras el resto seguirá engrosando los niveles de desocupación, hoy del 30% en menores de 25 años, de informalidad o lisa y llanamente de exclusión.

   Cierto es que este drama no es solo nuestro, España vive algo parecido, por ello el subir reels que exhiben la estupidez e ignorancia de sus adolescentes, es un deporte nacional, Gregorio Luri, Licenciado en Pedagogía, Doctor en Filosofía y sobre todo maestro, ha escrito un libro que es un llamado de atención para todos, “La Escuela no es un Parque de Diversiones, Una defensa del conocimiento poderoso”, donde resume su tesis en una frase “Si la escuela está en crisis no es porque sea una institución anticuada, sino porque ha olvidado su noble función: la de reducir en el mínimo tiempo posible y al mayor número de alumnos, la distancia entre la ignorancia y el conocimiento”.

   Sin embargo, estoy convencido que nada de lo hasta aquí expuesto puede sorprender a nadie, al menos no a cualquier padre o madre preocupado por el futuro de sus hijos y atento a su devenir en la escuela, pregunte usted, lector, a cualquiera cuál cree que es el estado de la educación en la Argentina y el 90% dirá “un desastre, ya no sé qué hacer o a que escuela mandarlo”, en un lenguaje más común o más formado todos sentimos que nuestros hijos y nietos no están teniendo una educación satisfactoria o adecuada, ¿Por qué el tema no está en ningún debate político?, ¿Porqué si en todo el mundo hace una década que se habla del efecto pernicioso de las pantallas en los niños y adolescentes, hasta tal punto que el mismísimo Mark Zuckerberg afirmó que el no permitiría que un hijo suyo usara smartphones antes de los 16 años, que pediatras y psiquiatras vienen hablando sobre la demora en el desarrollo del cerebro frontal, cuando hoy se habla del aumento exponencial de los problemas de violencia, irritabilidad y agresividad en niños y adolescentes y la escasez de psiquiatras especializados en niños, no hay un solo debate serio, en universidades nacionales, con participación de dirigentes políticos, a ver si aprenden algo, sobre este tema?

   Hace pocos días una docente, en nuestro streaming “El Bar del Encuentro” nos decía que ellos tienen que trabajar con los chicos, hacer tareas administrativas, si llaman a los padres por posibles problemas dn los chicos y éstos, salvo que se enojen y agredan al docente, piden un turno en el hospital tienen de tres a cuatro meses de demora y hasta seis ante un brote de agresividad. Si se hacen reformas en el sistema jamás son consultados y los sindicatos del sector no salen del debate salarial o por el estatuto y las licencias, nunca han planteado un un debate profundo sobre el sistema educativo, mientras tanto los funcionarios “expertos” llevan décadas discutiendo entre “Escuela inclusiva vs Calidad escolar”, me hacen acordar en la década del 90 (no sé si aún continúa), los psiquiatras y psicólogos debatían en congresos y simposios sobre reclusión o tratamiento ambulatorio de las enfermedades mentales, otro concepto “cancelado” ya que hoy no hay “enfermedades” sino “trastornos” o “Conductas diferentes”, mientras la comunidad reclamaba que la cortaran con ponencias y “papers” y definieran si había que había que poner los recursos en incrementar la cantidad de camas en internación o abrir casas de medio camino para externar pacientes.

   La misma docente me decía que hoy cuando un chico habla diferente antes de pensar si presenta problemas fonoaudiológicos tienen que ver como hablan los padres, no es que el chico tenga un trastorno sino que se crió oyendo hablar a sus padres en un idioma que no es el castellano común, ni que hablar con los doblajes de películas, series y dibujos animados en “español neutro” o “español centroamericano”, (las apps dan estas opciones) con lo cual los chicos tampoco hablan igual que sus padres o sus docentes.

   En escuelas de CABA comienza a notarse la caída de la natalidad en las inscripciones para el primer grado, ante ese fenómeno ¿cuál es la respuesta del gobierno?, acaso aprovechar para redistribuir espacios y avanzar con la doble escolaridad, como establece la legislación, NO!!, es cerrar aulas o en el actual proyecto de los canallas de este gobierno dejar de lado la obligatoriedad de la educación para que “Cada padre instruya a sus hijos en lo que quiera y como quiera”, una cosa es “Educar” que tiene que ver con aprender a vivir en sociedad, internalizar hábitos de convivencia, valores como el respeto o la solidaridad, eso es responsabilidad de la familia, otra, muy diferente es impartir conocimientos o como dice Luri, en la frase citada “Reducir la distancia entre la ignorancia y el conocimiento”.

   Claro está que todo eso viene abonado por teorías y literatura que aportan a toda teoría en boga, pero a la angustia de los padres al ver que sus hijos pasan de grado y no aprenden nada o egresan sin saber leer o interpretar un texto, que se enteran ahora que el haber permitido que sus hijos usaran pantallas desde recién nacidos las provoca trastornos de maduración mental o de conducta ¿quién le da respuestas?, ¿Quién sale a hablar con los docentes para enterarse de lo que pasa en las aulas, con el pluriempleo, con modelos curriculares que han fracasado?

   Por todo eso lo de “salgan al sol”, una deriva poética de “salgan a la calle”, va dirigido a una dirigencia política a la que se le puede aplicar toda la letra de esa canción y muchos epítetos mas, hablen con los padres, con los docentes, con los inspectores y auxiliares docentes, dejen de ocultar hipócritamente los resultados de las pruebas escolares y exhibir logros de alumnos en certámenes internacionales como si eso fuera el resultado del modelo educativo argentino, claro que hay escuelas donde los alumnos reciben buena instrucción, que hay docentes que se desloman para que aprendan contenidos, que hay chicos cuyos padres pueden acompañar y trabajar con sus hijos en esos contenidos, pero no es la mayoría, al contrario, muchos padres tienen doble empleo para poder parar la olla, los docentes están superados, porque también necesitan el doble o triple empleo y además porque tienen que lidiar con las consecuencias de hogares en crisis o destruidos, la fragmentación y violencia creciente de una sociedad injusta, las adicciones (incluidas las ludopatías dentro del aula) y todos los demás problemas ya consignados.

   Hace 40, en 1985 años se instauró en la UBA el Ciclo Básico Común, el CBC, supuestamente para “equilibrar las asimetrías que existían en los conocimientos que tenían los egresados de las escuelas secundarias del AMBA, se suponía que debería ser una solución temporal, que se iba a trabajar en nivelar las asimetrías, hoy no sólo se mantiene el sistema sino que en otras universidades se elimina el examen de ingreso porque ya era imposible bajar mas aún el nivel de exigencia, pasaron 40 años desde que se detectó el problema y no sólo no se hizo nada para mejorarlo sino que empeoró.

   En un capítulo anterior hablé de la política internacional, de lo que ocurre en el mundo, un mundo que cambia vertiginosamente sin que nadie nos cuente o explique lo que está pasando, ni los medios de comunicación ni la dirigencia, aunque muchas consecuencias del reordenamiento del poder mundial ya están manifestándose a nuestro alrededor, mas aún con un gobierno de traidores, ignorantes y psicóticos que nos involucra en conflictos ajenos o claudica nuestra soberanía de formas que San Martín, Belgrano, Yrigoyen y hasta Roca deben estar retorciéndose en sus tumbas.

   Hoy vemos como nos hundimos en una crisis educativa que tiene responsables, una dirigencia que sabe que estamos condenando generaciones enteras a la ignorancia y la exclusión y no les importa o lucra con ello e intelectuales muy satisfechos con sus publicaciones y teorizaciones pero sin el coraje necesario para llamar a las cosas por su nombre y denunciar con un lenguaje claro e inteligible esta tragedia.

   Lejos estoy de agotar el rosario de calamidades que una dirigencia fracasada y obsoleta han dejado ingresar en nuestra patria y agobian a nuestro pueblo, hay mucho mas por decir y será dicho, ojalá pronto el pueblo argentino agote su paciencia  y “Haga tronar el escarmiento”.

La herencia de un gobierno fallido (2019 – 2023), el rol de Cristina y el peronismo fracturado

Por Gustavo Matías Terzaga*

Reconocer el aporte histórico de Cristina no implica suspender la crítica política; al contrario, exige ejercerla con la madurez de entender que ningún legado, por importante que sea, puede convertirse en excusa para inmovilizar a un movimiento que tiene la responsabilidad histórica de volver a conducir el destino nacional.

Sostener y fortalecer la gestión de Alberto Fernández no era un acto de disciplina menor, era la condición estratégica indispensable para llegar competitivos a una reelección y evitar el retroceso histórico que hoy padecemos. Es raro estar aclarando esto, pero en cualquier proyecto nacional, la estabilidad del gobierno en ejercicio es la plataforma desde la cual se construye continuidad política para plantear el cúmulo de batallas que restan por dar. Minar desde dentro a ese gobierno —debilitar su autoridad, exponer públicamente sus contradicciones, erosionar su legitimidad— sólo podía conducir a lo que finalmente ocurrió; entregar el rumbo del país a una fuerza cuyo proyecto de demolición no registra antecedentes en nuestra historia democrática. Algo similar ya había ocurrido en 2015, cuando Cristina habilitó —y en algunos casos promovió explícitamente— una campaña de erosión hacia Daniel Scioli, el propio candidato presidencial del espacio peronista. El ninguneo bajo el lema “El candidato es el proyecto”. En lugar de fortalecerlo para enfrentar una elección extremadamente competitiva, se lo sometió a una desconfianza sistemática, a señales ambiguas desde la conducción y a un trato político que lo debilitó ante la sociedad, en plena campaña electoral.

En Cristina, a esta altura y a la luz de los hechos, se vuelve evidente una lógica peligrosa: la preferencia por perder antes que aceptar una conducción que no controle plenamente.

En ese sentido, la famosa predicción de Cristina sobre una “elección de tres tercios” para el 2023 no fue una intuición brillante ni una lectura visionaria, fue simplemente la constatación del daño ya provocado. Era, más que un pronóstico político, un inventario de las fracturas internas que ella misma había contribuido a abrir. Aunque Cristina no es la única responsable; en alguna medida, todos lo somos. Gobernadores, intendentes, diputados, senadores, dirigentes nacionales y provinciales que miraron para otro lado, que no intervinieron a tiempo o que eligieron preservar sus pequeñas parcelas antes que ordenar el conjunto. Pero en la figura de CFK, por su gravitación, se identifica el drama político que importa la ausencia de conducción nacional.

Un diseño político condenado a la fragilidad

Poner un presidente con acuerdo tácito del establishment tiene consecuencias previsibles. El gobierno 2019–2023 nació débil porque fue diseñado desde esa lógica. Cristina eligió a Alberto Fernández con un criterio exclusivamente personal, sin integrar a los actores centrales del peronismo en la decisión ni construir una base política sólida para sostenerlo. Ese origen, sostenido más en un cálculo defensivo que en una estrategia de poder político y popular, determinó un gobierno que dependía más del equilibrio interno que de un proyecto claro, y esa fragilidad terminó marcando todo su recorrido. El mérito de esa jugada fue la eficacia para impedir la reelección de Macri, pero desde el primer día operó una lógica invertida; el poder formal del gobierno estaba en la Casa Rosada, pero la voz del poder real residía en el Instituto Patria. A esa anomalía se le sumó la intervención permanente de Cristina —silencio durante la Pandemia cuando Alberto contaba con acompañamiento, apoyos selectivos, críticas públicas, presiones internas, renuncias inducidas, cambios repentinos de gabinete—, un doble comando que vació de autoridad al Presidente que ella misma había ungido y que terminó generando la sensación de que el gobierno no resolvía nada, no administraba sus tensiones ni su propio elenco. Y no se trata de salvar la figura de Alberto Fernández, que tal vez nunca estuvo plenamente preparado para la investidura presidencial, sino de entender que su fragilidad individual no explica por sí sola el colapso. Sólo alguien dispuesto a renunciar al análisis político puede sostener que la crisis del peronismo y la llegada de Milei se explican por la tesis simplista de que “Alberto no le hacía caso a Cristina”.

Sin embargo, sumado a ese marco defectuoso, el gobierno debió navegar condiciones extraordinarias: una pandemia que obligó a paralizar la economía mundial, una sequía histórica que devoró miles de millones de dólares de las arcas del Estado y una guerra en Ucrania que disparó los precios internacionales de energía y alimentos.

Estas son variables indispensables a la hora de evaluar con honestidad el gobierno de Alberto Fernández; sin integrarlas al análisis —la fragilidad de origen, el doble comando, la interna permanente, las operaciones internas, los factores externos, la falta de autocrítica y la distorsión deliberada del relato— cualquier juicio queda incompleto y, peor aún, funcional a las simplificaciones que hoy impiden comprender el verdadero proceso político que atraviesa el peronismo.

Virtudes que merecían ser defendidas

Las dificultades y la fragilidad de origen no impidió que el gobierno desarrollara políticas públicas de enorme valor para los sectores populares, políticas que jamás fueron defendidas ni por el propio oficialismo ni por la militancia K que eligió repetir el libreto que se bajó de debilidad y desobediencia. Pero aun en medio de una pandemia histórica, el gobierno sostuvo los pilares sociales y productivos del país con una coherencia pocas veces reconocida. Y a los hechos nos remitimos: Sostuvo la AUH y el Progresar, ampliando derechos para jóvenes y sectores vulnerables; defendió la política exterior bajo la mejor tradición tercerista peronista, alineada con la integración regional y la autonomía estratégica; fortaleció la política de Defensa, aumentó el financiamiento de las Fuerzas Armadas, reactivó proyectos estratégicos y recuperó capacidades materiales (el FONDEF es uno de los hitos más valorados por los especialistas); implementó el ATP, los REPRO y el IFE, que evitaron el cierre masivo de empresas y protegieron cientos de miles de empleos; no vació la universidad pública ni los hospitales, sostuvo programas de discapacidad y mantuvo el sistema científico-tecnológico vivo; gestionó la pandemia con resultados reconocidos internacionalmente y llevó adelante una campaña de vacunación monumental, que evocó la escuela sanitarista de Ramón Carrillo; impulsó obra pública en todo el país, con kilómetros de autovías, rutas, viviendas e infraestructura social; mantuvo las paritarias a los laburantes y devolvió capacidad de compra a millones de argentinos, además de políticas de consumo como compras sin IVA para los sectores populares. Por eso, fue intelectualmente deshonesto y políticamente suicida instalar el falso relato de que el gobierno de Alberto Fernández había generado “la peor crisis económica de la historia” sólo para desmarcarse y preservar capital político propio. Esa maniobra no sólo distorsionó la realidad, también señaló al electorado la supuesta “necesidad de un cambio” y le entregó en bandeja a Milei el argumento de la “pesada herencia”.

El anuncio de Alberto Fernández sobre el ingreso de la Argentina a los BRICS representó uno de los hechos políticos más relevantes de la etapa, porque implicó acceder a un bloque que reúne a economías emergentes clave, abrir la puerta a nuevas fuentes de financiamiento e inversión, diversificar alianzas estratégicas y reducir la dependencia del dólar en el comercio exterior. Para un país asfixiado por la restricción externa y el creciente proceso inflacionario, significaba ampliar márgenes de autonomía y proyectarse en un mundo multipolar que ya es una realidad. Fue, en síntesis, una decisión de Estado de enorme valor estratégico, que colocaba a la Argentina en un tablero global donde podía negociar con mayor dignidad y con más herramientas que las ofrecidas por el esquema tradicional dominado por Estados Unidos y el FMI. Cristina no sumó palabra alguna al respecto.

Contrafáctico, pero mejor que Macri y Milei

Así como el “problema” de Daniel Scioli, si hubiese llegado a la Presidencia en 2015, habría sido encarar una etapa de redistribución del ingreso, propio de un desarrollista clásico en aquel esquema; si el próximo presidente era Sergio Massa en 2023, la Argentina tenía una posibilidad concreta de iniciar un ciclo de crecimiento sostenido. La política energética que se venía consolidando —con Vaca Muerta en expansión, el Gasoducto Néstor Kirchner aumentando la capacidad de transporte, mayor producción de gas nacional, sustitución de importaciones y la perspectiva de exportaciones crecientes— constituía una base excepcional para mejorar la balanza comercial, fortalecer las reservas y estabilizar la macroeconomía. Con ese piso, un gobierno del mismo signo político hubiera contado con una plataforma real para ordenar la economía y encarar un sendero de desarrollo. En ese contexto, la Argentina estaba efectivamente lista para crecer.

Estas virtudes y esa potencialidad fueron ocultadas detrás de un discurso interno que insistió hasta el cansancio en que el gobierno era “el peor de la historia”, narrativa que terminó siendo funcional a la oposición, devastadora y desmoralizante para la identidad del propio peronismo. El gobierno de Alberto Fernández debería ser recordado —objetivamente— como una etapa que, aun con sus limitaciones, ofreció condiciones materiales muy superiores a las que hoy padecemos. Sin embargo, lo que quedó instalado en la psiquis colectiva es la idea delirante de que fue “el peor gobierno de la historia democrática”. Esa distorsión terminó neutralizando cualquier lectura equilibrada de aquel período.

FMI, Guzmán, Ginés y Verbitsky

La dirigencia kirchnerista reclamaba, sin una estrategia consistente detrás, que el Presidente desconociera la deuda con el FMI, que la declarara ilegítima o que adoptara decisiones incompatibles con la estabilidad macroeconómica. Al mismo tiempo, exigía cambios de gabinete a su conveniencia, como si el Ejecutivo fuera una pieza más dentro de una interna política en disputa. Uno de los episodios más ilustrativos fue el continuo desgaste y la salida forzada de Martín Guzmán, un ministro de Economía razonable para la etapa, que estaba llevando adelante negociaciones complejas, pero que fue empujado a renunciar por el fuego amigo antes de poder consolidar una política económica coherente.

Lo más llamativo es que nunca se ofreció una explicación seria sobre las implicancias reales de desconocer la deuda; qué significaba entrar en un default automático, cómo se sostendría el crédito internacional, qué costos tendría para la economía argentina y sobre todo para los sectores populares. Mientras tanto, quienes reclamaban demagógicamente una especie de “justicia poética” frente a la deuda con el FMI omitían un dato elemental: Ese endeudamiento lo contrajo un gobierno democrático, el de Macri, y sin resistencia parlamentaria efectiva del peronismo. Y conviene recordar un detalle que suele barrerse bajo la alfombra; cuando se discutían estos temas, la presidencia de la bancada del peronismo en Diputados en 2018 era de Agustin Rossi y en 2019 estaba en manos de Máximo Kirchner por el Frente de Todos.

A ese cuadro se sumó la reacción moralista y políticamente torpe frente al episodio del llamado “vacunatorio VIP”, una infame y canalla operación que llevó la firma de Horacio Verbitsky, histórico vocero del kirchnerismo. Ese movimiento, lejos de resolverse con prudencia política, derivó en un gesto tan apresurado como injusto, como fue la expulsión de Ginés González García, uno de los ministros de Salud más experimentados y decisivos del país, al cual todos deberíamos recordar con agradecimiento, ya que la gran mayoría de las víctimas del Covid 18 fallecieron en una cama de hospital. Ginés fue el arquitecto central de la estrategia sanitaria demonizada que evitó el colapso hospitalario durante la pandemia, convalidando un episodio desmedido que la oposición explotó sin esfuerzo. Otra vez, fuego amigo.

Así las cosas, el kirchnerismo sostiene aún hoy, con un extraño pudor retroactivo, que el gobierno de 2019–2023 “no era kirchnerista”. Pero claro que lo era. Fue kirchnerista en su origen —porque la fórmula fue decidida por Cristina y no por una mesa política—, kirchnerista en su arquitectura de poder —porque los principales resortes de presión, decisión y veto operaron desde ese espacio—, kirchnerista por sus funcionarios y Ministros, y kirchnerista por su destino —porque todo fracaso recae, inevitablemente, sobre la jefatura que había diseñado el experimento, aunque esto esté hábilmente disimulado bajo la perversa lógica de la “infalibilidad de la líder”.

La Patria es el otro, la culpa también

Sin exageraciones, la falta de una explicación seria y honesta sobre ese período es una vacío político encapsulado de proporciones históricas que aún cuesta dimensionar. No hubo una sola exposición clara ante el pueblo, una sola línea que dijera: “esto lo hicimos mal”; ni una admisión del costo de dinamitar desde dentro a un gobierno que necesitaba cohesión para atravesar una crisis global y doméstica simultánea. La sociedad no puede reponer la confianza en un espacio que no le rinde cuentas, que no le habla de lo que pasó, que rehúye a cualquier responsabilidad, que no explica porqué su salario se deterioró y prefiere construir un culpable único para seguir indemne. Esa operación, la de convertir a Alberto en el depositario exclusivo de todos los errores, dificulta cualquier posibilidad de reconstruir una alternativa nacional en nombre del peronismo.

La sociedad, como cualquier colectivo político o cualquier individuo, necesita comprender para volver a confiar. Y esa confianza no se reconstruye con negaciones, silencios y señalamientos. Se reconstruye únicamente cuando una dirigencia madura se planta ante el pueblo y dice: “esto falló, esto fue responsabilidad nuestra, aprendimos y por eso proponemos algo mejor”. El kirchnerismo eligió el camino contrario, el de no explicar, no asumir, no esclarecer. Y esa elección política —no el error táctico de un día, sino una conducta persistente— es lo que hoy se paga con una pérdida profunda de credibilidad, de representatividad y de capacidad para liderar una alternativa nacional.

Parálisis y fracturas

Cristina, con sus aciertos y errores fue, junto al Flaco Kirchner, la figura política más gravitante del siglo XXI argentino, y sus gobiernos, los mejores que el pueblo supo darse después de los de Perón. Su infame proscripción, no sólo encarna una ofensiva judicial y política del bloque de poder económico real que ha quebrado el pacto democrático en Argentina; también actúa, en los hechos, y como efecto secundario, como un mecanismo de congelamiento del proceso histórico del campo nacional-popular. No se trata solo de excluir a una dirigente de peso; se busca anclar al peronismo en un tiempo clausurado sin saldar sus contradicciones, sin actualizar sus representaciones, sin reconfigurar su estrategia. En lugar de propiciar una discusión fecunda sobre liderazgos, organización y rumbo, el movimiento es arrastrado hacia un estado defensivo, identitario, que inhibe la síntesis y la renovación. El resultado es una política paralizada, atrapada entre la nostalgia y el cerco moral externo, incapaz de asumir críticamente su propio ciclo para proyectar una nueva mayoría histórica.

En ese sentido, la discusión principal no es “Cristina libre o nada sin Cristina”, aunque en el campo popular todos deseemos que cese su persecución y recupere plenamente sus derechos civiles y su libertad. El verdadero debate es otro: cómo reconstruir una política de mayorías capaz de devolver al bando nacional al gobierno y conducir los destinos del país antes de que nuestra comunidad sea destruida por completo. La libertad de Cristina es un reclamo justo, pero no puede eclipsar la tarea estratégica; reorganizar al campo nacional y popular, superar las fracturas, ampliar sus bases, recuperar representación social y ofrecer un horizonte de estabilidad y desarrollo que convoque a las mayorías. Porque si el campo nacional no reconstruye su inteligencia estratégica, si no rehace su vínculo con los sectores populares, si no recupera la calle política, si no ordena un programa y una nueva síntesis que aprenda de sus límites, la proscripción será apenas la excusa perfecta para ocultar las propias debilidades.

La interna

En la interna bonaerense a cielo abierto se juega un dilema central: la resistencia de Cristina, con La Cámpora como guardia pretoriana y Máximo como albacea político, a reconocer que Axel Kicillof, o cualquier otro dirigente fuera del linaje, pueda ejercer la legitimidad histórica de enfrentar al proyecto liberal-libertario de Milei. Esa es la médula del conflicto. Como si fuera poco, a todo esto debe sumarse el vaciamiento deliberado de recursos del gobierno nacional hacia la provincia de Buenos Aires, una maniobra que intenta empujar al territorio más populoso del país a un desborde social con el objetivo de desgastar la gestión para quedarse con ese bastión, históricamente peronista. En ese sentido, el cálculo mezquino de Cristina no sólo agrava la fragilidad del propio gobierno de Kicillof, también compromete la estabilidad de millones de bonaerenses y profundiza la fractura dentro del peronismo, mostrando hasta qué punto la manía por no perder centralidad prevalece por sobre la responsabilidad institucional.

Y hay algo que no cierra. Cristina acompañó con su bendición a Scioli, a Alberto y a Massa. A todos les confió la representación nacional. Pero con Axel, que ganó dos veces en la provincia más difícil del país, y que resiste sin recursos el ajuste salvaje de Milei, que afecta a 17 millones de personas, le hace la vida imposible y lo pretende destruir.

En síntesis, es evidente que el emerger de Axel Kicillov representa un inconveniente político y simbólico para Cristina, porque significa quedar expuesta por el quiebre estratégico que implica el surgimiento de una conducción nueva, legítima y con proyección nacional hacia 2027, por fuera del apellido y el dedo. Para La Cámpora igual, porque supone la inminente pérdida de las cajas, del relato que los contiene y el control del aparato en el AMBA. Cristina nunca toleró la autonomía crítica y real de ningún espacio que no fuera al pie, que no pudiera controlar enteramente, que no fuera estrictamente obsecuente. Prefiere cuadros que acaten, que esperen la señal, que no alteren su movida. Y en ese sentido Kicillof no rompió, no traicionó, no se fue; simplemente, dejó de pedir permiso porque ya cuenta con legitimación popular. Y eso, en la lógica del verticalismo hereditario, es imperdonable.

Finalizando, el Papa Francisco lo expresó con precisión: “el tiempo es superior al espacio”. Pero para La Cámpora y Cristina, la política parece haberse reducido a la ocupación del espacio antes que a la construcción de procesos. Desde hace más de una década, su práctica se volvió una maquinaria de armado de listas, rosca interminable, obstrucción sistemática, desgaste y deslealtades a los mejores compañeros. Por sus graves errores en la conducción y porque el enemigo juega, Cristina no tiene hoy un proyecto nacional para el país; es evidente que su práctica política se ha concentrado en custodiar la simbología de “la década ganada” y preservar lo que le queda de poder en el AMBA, convertido en su último bastión de influencia. Aferrados al aparato y al relato como si fuera un botín, incapaces de soltarlo, quedan confinados a administrar pequeños territorios de poder sin horizonte estratégico. Con esa lógica, el daño es inevitable, porque quien sólo pelea por espacios chicos renuncia, por definición, a construir procesos en los tiempos largos del pueblo.

* El autor es Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

El Corazón de la Política: Por qué el Estado necesita el Agón

Por Antonio Montagna

En nuestro presente político, oscilante entre la parálisis del consenso y la violencia de la polarización, la política misma parece haber muerto. Huimos de la lucha por verla solo como una fuerza destructiva. Tememos la grandeza por considerarla una amenaza a la igualdad. Al hacerlo, hemos olvidado la lección fundamental que Friedrich Nietzsche extrajo del genio helénico: que un Estado saludable no solo tolera la lucha, sino que la necesita para sobrevivir.

La pregunta que el heleno se hacía no era cómo eliminar la lucha, sino: ”¿Qué pretende una vida de lucha y victoria?”.(1)


La Doble Cara de la Lucha

Nietzsche, siguiendo a Hesíodo, nos enseña que los griegos no veían una, sino dos diosas de la discordia, dos Eris. Una era la «mala», la hija de la Noche, la fuerza de la aniquilación y la «disputa maliciosa» que ningún mortal puede soportar. La otra era la «buena» Eris, la fuerza constructiva puesta por Zeus «en las raíces de la tierra».

Esta «buena» Eris es el espíritu de la rivalidad y la competencia. Es la fuerza que genera excelencia, el «impulso terrible y justificado» que «impulsa incluso al hombre torpe al trabajo». Los griegos entendieron que la envidia y la discordia eran inevitables. Su genio consistió en no reprimirlas —como hace la moral moderna—, sino en crear un mecanismo para canalizarlas.

“Una favorece la guerra perversa y la disputa ¡la diosa cruel!. Ningún  mortal puede soportarla, sino que bajo el yugo de la necesidad se le rinde culto, sin embargo, a la gravosa Eris según el decreto de los inmortales. Ésta , como es la más vieja, engendró a la n egra noche; la otra, sin embargo, ha sido puesta por Zeus, que gobierna en las alturas, en las raíces de la tierra y entre los hombres, como una diosa mucho mejor.” (2)

Ese mecanismo fue el certamen (Agón).


El Agón como Tecnología Política

El Agón no era solo una competencia deportiva. Era el principio que impregnaba toda la vida griega, y fundamentalmente, su política.

  • En la Política, los debates en la asamblea (Ekklesía) eran un agón de oratoria.
  • En el Teatro, los grandes dramaturgos competían por un premio.
  • En la Filosofía, los diálogos mismos eran una contienda intelectual.

El Agón era la tecnología cultural que permitía canalizar las energías destructivas de la Eris «mala» hacia la creatividad y la superación. Si no hay certamen, la lucha no desaparece; simplemente degenera en su forma más perniciosa: la búsqueda de la aniquilación del rival.

“…y por otro lado alababa como buena a una segunda Eris, que bajo la forma de celo, rencor y envidia incitaba a los hombres a la acción, pero no ya a una lucha de aniquilamiento, sino al acto del certamen.”(3)


La Paradoja del Ostracismo: El Límite de la Grandeza

Aquí yace la lección política más profunda para nuestro presente. El Agón griego ponía un límite a la ambición desmesurada. ¿Por qué? Porque para que haya certamen, debe haber rivales.

El sistema griego temía al «mejor» en el sentido del «único», del «sin rival», porque sin rivales, el agón muere, y así se pone en riesgo la salud del Estado griego.

La práctica del ostracismo es la prueba de esto. Como lo expresaron los Efesios al desterrar a Hermodoro: «Entre nosotros nadie debe ser el mejor; pero si lo es alguno, que lo sea en otro sitio y entre otros» .(4)

Esto no era la envidia mezquina del «topo ciego». Era un estimulante para el juego agonístico. Era la sabiduría política de un pueblo que entendía que el dominio exclusivo de uno solo conduce a la hybris (soberbia) , un acto que atrae la envidia destructiva de los dioses y que lleva al tirano a sucumbir, arrastrando a la ciudad entera consigo.


Conclusión: La Política como Lucha al Servicio de la Ciudad

La pedagogía griega era agonal: «Todo talento debe desarrollarse luchando». Pero esta lucha no era la del  individualismo liberal; no era el egoísmo de los «ermitaños del dinero» que Nietzsche tanto despreciaba.

El fin de la educación agonal era el «bienestar de la colectividad». El desarrollo del individuo estaba puesto al servicio de Atenas. En una inversión total de nuestros valores modernos, «el egoísmo era un instrumento para la salud de la ciudad» , y «la fama solo se concebía como fama de la ciudad, no de la persona».

“Sin embargo, para los antiguos la meta de la educación agonal era el bienestar de la colectividad, de la sociedad estatal. Cada ateniense, por ejemplo, debía desarrollar agonísticamente su personalidad en la medida en que pudiese ser para Atenas de la máxima utilidad y la perjudicase lo menos posible.”(5)

Hoy, el hombre moderno, perdido en la «infinitud», ha olvidado cómo luchar noblemente. Al no haber con quién debatir o competir, «el egoísmo no tiene un límite» y la política degenera en una «lucha muy desigual que aniquila toda libertad y el bien común».

La lección de «El certamen de Homero» es una advertencia final: un Estado que reprime la «buena Eris» en nombre de una falsa paz, solo obtiene la «mala Eris» de la aniquilación. Una Política saludable se fomenta con la asamblea (Ekklesía) que invita al debate (Isegoría). Sin un Agón vigoroso, no hay excelencia. Y sin excelencia la política muere.

Referencias:

  1. Nietzsche, F. – Obras completas. Volumen I – Cinco prólogos para cinco libros no escritos. El certamen de Homero. España. Editorial Tecnos, 2016, p 565
  2. Nietzsche,  El certamen de Homero, p 566
  3. Nietzsche, El certamen de Homero, p 566
  4. Nietzsche, El certamen de Homero, p 567
  5. Nietzsche, El certamen de Homero, p 568

¿CÓMO PIENSAN LOS NORTEAMERICANOS?

Por Mario Casalla

BUENOS AIRES (Especial para Punto Uno). Desde su asunción como presidente
Javier Milei viajó doce veces a los EEUU (en contraposición, sólo estuvo en 11
provincias argentinas y con estadías mucho más breves). Agréguese a esto la
injerencia directa que EEUU país tiene sobre nuestra economía, el interés sobre
nuestros recursos naturales y la solicitud de construir una base militar en nuestra
provincia de Tierra del Fuego, Malvinas e islas del Atlántico Sur, como justificativos
más que válidos de la pregunta que da título a esta nota. Hablamos de aportarle a
usted, amigo lector, algunos elementos básicos para comprender cómo piensa un
norteamericano medio y cuáles son las ideas y valores básicos que siempre pondrá en
juego (sea demócrata o republicano, varón o mujer, nativo o por adopción). Por cierto,
hablamos del norteamericano promedio y no de todos, selección imprescindible
cuando de establecer una “matriz de pensamiento” se trata. Y esa matriz es importante
en cuanto nos permitirá comprender mejor a quién tenemos delante, qué podemos
esperar de él e incluso hasta cómo negociar mejor. Por cierto que hablar inglés, no es
lo único que cuenta. Sepamos de entrada que la cultura y la política anglosajona son
bien diferente de la hispanoamericana y que los valores básicos que la animan son
otros. Por cierto que un diálogo entre ambas es posible y de hecho ocurre pero no se
confunda, no somos ni estamos en el mundo de la misma manera y nuestras ideas y
valores son diferentes a las de un estadounidense. Y no haré aquí de exprofeso juicios
de valor, sino el intento de describir cómo piensan. Me concentraré para ello sólo en
tres puntos claves: la noción de Libertad, la certeza de tener un Destino Manifiesto y
una particular idea de la Riqueza.


SINGULAR IDEA DE LA LIBERTAD.
Igual que nosotros, los norteamericanos comenzaron por ser colonias de una metrópoli
(Inglaterra en su caso) e igual que nosotros bregaron por liberarse del yugo
metropolitano. Pero las causas y aspiraciones de su reclamo fueron muy diferentes del
nuestro. En su imaginario cultural más profundo está la idea del Peregrino que deja su
tierra natal, en busca de una libertad religiosa que en Inglaterra le era negada: en el
buque Mayflower viajaban esos peregrinos de una Nueva Jerusalén. No venían en
principio a propagar la fe sino a practicarla, tal y como creían que debía ser practicada.
Otro tanto ocurría con la disensión política, en ese caso se ponía mar de por medio y
las aguas heladas permitían iniciar una nueva vida. El viaje era una promesa de
libertad personal, para actuar y comerciar como no le era posible en la metrópoli: no
había en la América sajona, nada estable ni parecido al Tribunal de la Santa
Inquisición de la América ibérica. Aquí esos peregrinos encontraron un nuevo hogar
que se dispusieron a arreglar y a acomodar a su gusto. Venían para quedarse y con el
afán de superar algún día a la propia Londres en grandeza y beneficios comerciales.
De allí que el proceso de su Independencia (no hablaron nunca de Revolución) se
origine exclusivamente en motivos económicos (la creciente e injusta carga impositiva)
y no en la separación abrupta de su rey. Vinieron a América para seguir siendo
ingleses y para poder ejercer el comercio en libertad. Más aún en su Declaración de
Independencia se trata a los ingleses como “hermanos” y la fundamentan en que no
son oídos por el Parlamento metropolitano. Esa idea de Libertad prima en todos sus
textos patrios por sobre la de Justicia. La Justicia se dará por añadidura, si se tiene
Libertad y la posibilidad de ejercerla en plenitud. Para un norteamericano tipo la
expresión “justicia social”, será siempre motivo de sospecha o tiranía. Tanto en lo
comercial como en lo político lo que prima es el Individuo y su libre competencia en el mercado, sin mayores injerencias de un Estado único y fuerte. De aquí que cada
colonia se hizo un estado libre y el principal problema a resolver fue la “unión” de lo
diverso y no la unidad de un poder central. La solución se refleja en su nombre propio:
“Estados Unidos de Norteamérica”, al cabo de una cruenta guerra civil. Y lo lograron,
con esa autoridad y como buenos hijos ya crecidos, han reemplazado a su Madre
Patria (Inglaterra) en el gobierno de los mares, así como codearon fácilmente a
España y Portugal de la América del Sur. El otro gentilicio con que se reconocen
(americanos, sin más) es también resultado de una apropiación lingüística: los demás
serán hispanos o latinos y a ellos les ofrecerá su gentil protección (panamericanismo),
o el Big stick (Gran Garrote) en caso de no aceptar esa “protección”.


LA TESIS DEL “DESTINO MANIFIESTO”
Es así que desde la proclamación de su Independencia, los Estados Unidos se
sintieron siempre custodios y guardianes de la libertad. Por cierto que con razón o
muchas veces sin ella ya que, una vez pasada la euforia y la pureza inicial de la
Independencia, no vaciló en atropellar otras libertades cuando el “interés nacional
americano” estuviese, según su criterio, en peligro. América latina aprenderá dura y
rápidamente esta lección desde 1847, año en que invadieron México y ocuparon el
norte de ese país (Texas, Nueva México, California, etc) anexándolo al suyo.
Previamente, en 1823, el presidente James Monroe había proclamado la Doctrina que
lleva su nombre, lanzando aquello de “América para los americanos”, es decir para
los norteamericanos; doctrina en la que se apoyará su Secretario de Estado (John
Quincy Adams) para dar a conocer otro clásico de la política continental
norteamericana: la tesis del “Destino Manifiesto” de los Estados Unidos, invocada
también como justificativo de su expansión territorial. Así, libertad e interés nacional,
quedarán férreamente igualados en el imaginario político norteamericano desde su
misma creación, considerando a la vecina América Latina como lugar natural de
cumplimiento de ese “destino manifiesto” y de su cruzada en pro de la libertad y la
democracia. Desde aquel ya lejano 1847, las invasiones territoriales norteamericanas
al sur del río Bravo se sucederán casi ininterrumpidamente durante los siglos XIX y XX
siempre con el objetivo de “proteger la vida y bienes de ciudadanos norteamericanos”,
o de rescatar a los locales de alguna supuesta tiranía.


LA RIQUEZA, VALOR CENTRAL
El tercer valor fundamental del ideario norteamericano, es la noción de Riqueza. Esta
acompaña y corola la idea de Libertad y de Destino Manifiesto y les da su costado más
“espiritual”. El filósofo John Locke es el padre del liberalismo moderno y en él se
inspiró la Declaración de Independencia y el primer texto constitucional de los
flamantes Estados Unidos. Locke era un decidido opositor al poder omnímodo del rey
o del estado, por el contrario su obligación principal es resguardar al individuo, darle
seguridad y garantizar el carácter inviolable de la propiedad. En la tradición sajona
libertad, propiedad y justicia son valores y conceptos que marchan siempre juntos. Y
por cierto esos tres valores laicos, se potenciarán notoriamente al conjugarse con la
ética protestante, en la cual la posesión de riqueza y propiedades es un síntoma de la
“elección divina”. Max Weber vio y explicó con claridad esa singular amalgama político-religiosa
en su clásica obra “La ética protestante y el espíritu el capitalismo” (1904). Allí, para
ilustrar esa vinculación, cita dos trabajos de Benjamín Franklin -uno de aquellos
Padres Fundadores- sus “Advertencias necesarias a los que quieren ser ricos” y sus
”Consejos a un joven comerciante”. En ellos Franklin reflexiona sobre los principios necesarios para el desarrollo del capitalismo y -buscando extraer de allí una suerte de
filosofía de vida- le dice a su joven oyente: “Piensa que el tiempo es dinero. El que
puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y dedica a pasar la mitad del
día, o a holgazanear en su cuarto, aun cuando sólo dedique seis peniques para sus
diversiones, no ha de contar esto solo, sino que en realidad ha gastado, o más bien
derrochado, cinco chelines más”. Queda acuñada para siempre una divisa fundamental del capitalismo: “Time es money”. Y tan religiosa es esta divisa, que el dólar norteamericano lleva grabado a fuego “In God we trust” (En Dios creemos). La riqueza es sagrada y de los ricos será sin dudas el reino de los cielos. Imagínese
Usted amigo lector, qué puede pensar un norteamericano medio sobre algo como una
“opción preferencial por los pobres”, o sobre la primacía del bien común por sobre el interés individual, o sobre el reparto equitativo de los bienes. Cosa de locos o de comunistas, sin dudarlo. Estos valores, aún más potenciados, pasan hoy a la cabeza Donald Trump y de allí rebotan directamente a la cabeza de Javier Milei.

LAS EMPRESAS AGROPECUARIAS QUE NECESITA LA ARGENTINA

Texto para el II Congreso del Pensamiento Nacional Latinoamericano que se realiza en la Universidad Nacional de la Plata y en la Universidad Tecnológica Nacional de la Plata el 29, 30 y 31 de mayo de 2025.

Por Aurelio Argañaraz

El trabajo parte de un caso de “economía circular”, registrado el 31 de julio de 2021, en Agrovoz[1]. Allí, el periodista Favio Ré entrevista a un miembro de una empresa agropecuaria localizada en Serrano, al sudeste de Córdoba y nos anoticia sobre los trabajos de esta firma, cuya excepcionalidad merece una atención particular. Se trata del establecimiento de la familia Longo. En 5000 hectáreas, propias y arrendadas, los Longo siembran principalmente soja y maíz, sin el fin de venderlos, como es usual. Los granos alimentan un feedlot apto para engordar 5000 vacunos y una granja porcina de 1200 madres, que planean ampliar. De modo que, además de usar su cosecha para alimento, deben comprar la producción de otros campos, para agregarles valor. Y esa compra debía incrementarse, según sus planes, tras duplicar las madres de la granja, un momento en el cual tendrían que nutrir a 30.000 cerdos, en permanente rotación. La sustentabilidad del emprendimiento, nos informa Ré, incluye la utilización de los efluentes del feedlot para fertilizar el suelo, dato que contraría nuestra práctica de depender de la compra de fertilizantes, que son producidos por empresas extranjeras y se cotizan en dólares. A eso se añade la incorporación de un biodigestor que produce biogás con los desechos porcinos. Dicho combustible tiene como destino movilizar una turbina que genera energía eléctrica, mientras al final los residuos van también a la fertilización. Por último, el objetivo final es producir biodiesel, a ser consumido por la maquinaria agrícola y una flota de ocho camiones con los que transportan diariamente granos, alimentos y animales. No por capricho el ciclo completo lleva el nombre de economía circular, ya que se busca suprimir lo que serían habitualmente considerados “restos”, devolviendo al suelo con el producto expulsado por la digestión animal las nutrientes que pierde en el proceso de explotación.

Para completar el cuadro antes reseñado, es necesario decir que, mientras explotar una dimensión semejante en la mera producción de granos sólo requiere el concurso de tres o cuatro maquinistas algunos días al año, el establecimiento de los Longo contrata alrededor de 100 trabajadores estables y que, en la entrevista con Ré, Juan Manuel Longo nos cuenta lo siguiente: “Andamos con la lengua afuera, por que hacemos todos los procesos nosotros. Y para las inversiones, deberíamos tener un banco propio. Pero bueno, reinvertimos, no sacamos el dinero afuera del país (el subrayado es de nuestra autoría)”.

El ejemplo expuesto, aunque no lo explicite el periódico AgroVoz, nos da una noción de lo que podría lograr el mentado “campo”, en el país. Un avance posible, subrayamos, ya que exige un manejo hoy inexistente en virtualmente todas las empresas agrarias, como veremos enseguida. Pero que, si se generalizara lo que llamaremos en honor a la firma “el modelo Longo”, permitiría triplicar el valor de la producción y obviamente las exportaciones, resolviendo definitivamente un problema crónico de la economía argentina, la restricción externa, esa que nos condena al estancamiento general. Esa parálisis del crecimiento nacional es lamentada unánimemente, pero se ignora por lo general cuáles sus raíces en la historia y la sociología del mundo rural, aunque se trata de un impedimento que nos cierra el camino, desde hace décadas, al anhelo de ingresar al envidiable club del mundo avanzado, en volumen de producción y renta per cápita. Ese es el enigma que intentaremos descifrar.

La Argentina logró valiosos avances en manejo del ciclo de siembra y cosecha en las últimas décadas, es verdad. La mejora en semillas y las nuevas tecnologías mejoraron notoriamente el rendimiento por hectárea en el litoral fértil y permitieron además ampliar el área explotable a regiones ajenas al núcleo pampeano. El incremento de la producción, enorme, se mide en millones de toneladas de granos. Es un nuevo piso histórico del PBI rural, tan significativo para el presente y el futuro del país, que toda observación crítica al “modelo”, para ser atendible, debería eludir cualquier tentación de insinuar el regreso al paradigma anterior, que podría representar la pérdida de más de la mitad de la producción actual y un insoportable déficit del comercio exterior, ruinoso para el país. Pero tan certera como esa conclusión, es que el avance de las últimas décadas en volúmenes de cosecha y en los ingresos del sector no logró alterar la ética rentística que domina al agro, desde los años del modelo agroexportador clásico, cuando la Argentina del Centenario se envanecía de ser “el granero del mundo”. La continuidad del atraso se manifiesta en la excepcionalidad de los productores que encaran la economía circular, un modo óptimo de añadir valor. Sus escasísimos adeptos, pese a la promesa de un incremento fenomenal de las ganancias que garantiza esa opción, no tiene por tanto base en las tasas de utilidad respectiva de cada una de las elecciones posibles, sino que se explica por razones sociales. Esta aserción, para evitar el riesgo de que pudiera juzgarse como expresión de un apriorismo ideológico vacío, exige el apoyo de una argumentación consistente, que intentamos a continuación.

En primer término, diremos que no existe una resistencia genérica a la innovación tecnológica, como suele ocurrir en las sociedades primitivas aferradas a la tradición y renuentes a lo nuevo. Si así fuese, si la conducta usual de rechazar la opción de agregar valor al grano naciera de una suerte de barbarie cultural, no se hubiesen admitido la siembra directa, los fertilizantes y fitosanitarios, que casi todos los productores incorporaron rápidamente. Adoptar esos avances, ese es el secreto, a nuestro juicio, no exigía alterar un modo de vida cuasi rentístico –admitido por el carácter ocasional del esfuerzo que impone un ciclo que concluye al vender el grano al acopiador– para asumir el propio del empresario industrialque trabaja todos los días. El “modelo Longo” –su vocero lo expresa– supone abandonar los hábitos parasitarios, ese gasto de energías más limitado y sencillo, como es usual en nuestros “hombres de campo”, distantes del modelo de la burguesía industrial que impulsó el nacimiento del capitalismo moderno. En consecuencia, como ya pasó en el modelo clásico agroexportador, la incorporación del avance tecnológico global, con aportes locales como la siembra directa, apunta sólo a incrementar la rentarechazando emplear el trabajo humano como fuente de riqueza, según el modelo burgués usual. Aquí, contrariamente a lo que ocurre en los países avanzados, con una elevada productividad rural, se apuesta sólo a que “produzca” la tierra y se rechaza asumir “el trajín empresario”, rechazado como un modo de “complicarse la vida”, contra la chance de disfrutar de un ingreso fácil. De allí la abulia ante otros logros científico-tecnológicos, que “el modelo Longo” suma a su hacer, como la producción industrial de diversas carnes, combustibles, electricidad y fertilizantes, según hemos visto, donde además de incrementar la cuantía y diversidad del producto, se busca y se logra reducir costos.

Ahora bien, como revelaba ya el análisis del modelo agrario tradicional del país, con eje en el núcleo del litoral pampeano, el parasitismo rural fue responsable del atraso global del país, por el derroche resultante de consumir la renta agraria, que era excepcional por la mayor fertilidad relativa del suelo pampeano. Sin reinvertirla y obtener, con un mayor empleo de fuerza de trabajo, la productividad que exhibían otros países, como Australia, Canadá y Nueva Zelandia, era imposible emular a dichos países, que con ese manejo triplicaban la cantidad de vacas por hectárea y desarrollaban toda la cadena de producción, sin ceder al capital extranjero (los frigoríficos, ingleses y norteamericanos) lo mejor del negocio, industrializar la carne, para consumo local y para exportarla a Europa, como era nuestro caso. En la Argentina, el terrateniente ausente era la norma, pero aún el arrendatario, una víctima del primero, compartía con su opresor el modelo del “granero”, con la afición al librecambio y el status semicolonial que resultaba de la subordinación al imperialismo británico. Este modo de producción, con la ética correspondiente, que cabe caracterizar como capitalista, pero no burguesa, por su rechazo a impulsar la productividad del trabajo, admitía sólo la modernización necesaria para adecuarse al mercado inglés, instrumentando sólo la fertilidad natural del área pampeana. Persiste, actualmente, como conducta habitual en nuestros productores, sea cual sea la escala de su negocio.

Nuestra producción de soja y maíz, los principales granos, se exportan sin elaborar o con el mínimo procesamiento que implica transformados en harina o aceites, lejos de la consigna de una empresa afín al “modelo Longo”, llamado Las Chilcas[2], de que “al grano hay que sacarlo caminando en cuatro patas”, afirmación que omite explicitar que el establecimiento emprende además una producción de biogás, biodiesel, fertilizantes y electricidad, vendiendo energía a la capital del Departamento de Río Seco.

El modelo contrario, que los entendidos llaman “economía lineal”, por oposición a la circular, es por mucho el prevaleciente y contrasta con lo que hacen otros países, en particular el club de los países avanzados, como España o Dinamarca. Los españoles nutren con producción vegetal a 34 millones de porcinos; Dinamarca, con un territorio menor a la de nuestra provincia de Jujuy, cuenta con un plantel de 13 millones de cerdos, para una población humana 6 millones. La Argentina, en tanto, pese al crecimiento de las últimas décadas, apenas roza esta última cifra. No es extraño, en dicho marco, que Dinamarca sea un gran exportador en ese rubro y que, siendo un país donde el productor agrario es un empresario, como su par urbano, tenga un PBI per cápita de 66.420 euros, mientras nuestro país sólo alcanza la quinta parte, 12.829 de dicha moneda[3]. Y no cabe, para eludir la crítica, recordar que Argentina dio preferencia a las carnes vacunas, ya que en este renglón padecemos un estancamiento virtual del plantel, desde los lejanos años en que un vocero del sector se ufanaba de censar “cuatro vacas por cada argentino”.

¿Cuál es la razón de semejante falencia, en un país cuya clase dominante tradicional se asentaba en la explotación agrícola-ganadera? La respuesta, mal que le pese al sector, es el destino que dan los ruralistas a la renta agraria, que, por el contrario de lo que apunta el vocero de los Longo, eluden la opción de su reinversión productiva y, en el mejor de los casos, destinan las ganancias a comprar inmuebles en centros urbanos o vehículos improductivos y, si tienen un mayor grado de sofisticación social, a la fuga de divisas, los negocios especulativos y el consumo suntuario.

Esa es, desdichadamente, la realidad dominante en el agro argentino. Anticipábamos lo excepcional del “modelo Longo”: información oficiosa de técnicos del INTA, señala que en el país, dentro de un total de 300.000 productores agrarios, que explotan una superficie cercana a las 33 millones de hectáreas con soja, maíz, sorgo y trigo, hay apenas 6 emprendimientos de economía circular. Una de ellas, la antes nombrada Las Chilcas –importa consignarlo, como prueba de que es posible este tipo de emprendimientos fuera del núcleo de máxima fertilidad–, está situada en una zona marginal a la pampa húmeda, próxima a Villa María de Río Seco, en el norte cordobés; población de la cual se provee de residuos y, como señalamos, vende energía eléctrica. Las Chilcas, que también lleva a cabo el ciclo completo enumerado anteriormente, explota allí 11.000 hectáreas. Un dato sugerente, como en la empresa de Serrano, que importa registrar en los exámenes sociológicos de la economía agraria: la propiedad extensa, en estos ejemplos, no está acompañada por la tendencia al usufructo improductivo de renta, una conducta que en ciertos casos siguen algunos pequeños terratenientes, que arriendan su propiedad, sin explotarla. No es este un dato menor y reclama un examen que nos explique el origen del viraje político de la Federación Agraria, en las últimas décadas.

El rol no fiscal de las retenciones a la exportación de granos

Si el “modelo Longo” fuese lo habitual, la rebaja o eliminación de las retenciones a la exportación (de granos) dejaría de ser una demanda rural[4]. Para agregar valor a los granos, las retenciones son, por el contrario, un estímulo, al favorecer la competitividad del industrial agrario radicado en el país, respecto al extranjero. Por esta razón, cabe decir que, con las normas mercantilistas aplicadas para impulsar el desarrollo inglés, el país prohibiría la exportación de commodities, para alentar la tarea de llegar a ser un “supermercado” global, no un “granero”. Sin llegar tan lejos, es necesario al menos situar cuál es nuestra conveniencia, apoyando a los actores que multiplican el valor de la producción agrícola.

Dinamarca es importador de granos, que salen del país transformados en carne, productos lácteos, o procesados ya para el consumo humano. Francia, por su parte, es el sexto exportador de productos agrarios del mundo, tras EEUU, Países Bajos, Alemania, Brasil y China. China, el principal destino de nuestra soja, alimenta cerdos con el grano argentino, por nuestra renuncia a producirlos aquí, pese al empeño puesto por el gigante asiático de crear en la Argentina gigantescas granjas porcinas, que transformarían soja y maíz en carnes y expandirían el modelo de economía circular. Los franceses, en cambio, contabilizan ventas que en sus tres cuartas partes son productos agrarios ya procesados. Consecuentemente, su industria agrícola es el mayor demandante de mano de obra industrial, con una suma de 400 mil empleados y la mayor producción mundial de vinos, un producto agrícola que añade valor al cultivo de uvas. Hemos citado a España, como productor de cerdos. Pero cabe añadir que en gran medida los españoles valorizan más la carne como jamón, algo que implica multiplicar el valor original del cerdo. Pero algo similar hace Vietnam, país emergente que usa los granos que le vende Argentina para alimentar sus ganados y aves de corral. Entretanto, nosotros, bajo el poder de la elite interesada en sostener la dependencia semicolonial, apenas procuramos ampliar la venta de productos primarios, con minería y extracción de petróleo y gas, sin alterar el modelo impuesto bajo el dominio inglés en el siglo XIX –el peronismo clásico intentó cambiarlo, pero no fue capaz de consumar el propósito– de la Argentina exportadora de carnes, granos y lana sucia[5].

Empresarios y rentistas en el agro argentino

Necesitamos empresarios, no rentistas. La primera tarea del Estado argentino debiera ser estimular, contra viento y marea, el modelo industrial agrícola-ganadero que da lugar a esta reflexión. Toda la experiencia histórica indica, contra ese objetivo, que modificar una conducta social ya transformada en hábito, aunque se muestre como aliciente un firme incremento de la obtención de ganancias, es algo que exige una lucha durísima, para no fracasar. Obviamente, es imposible siquiera planteárselo con un Estado débil; dotado de poder, con firme apoyo de las mayorías, debe además ser conducido con claridad y firmeza, durante un ciclo de acción prolongada. La magnitud del problema se advierte al recordar que el núcleo oligárquico de la provincia de Buenos Aires, la clase dominante tradicional del país, ha impuesto su ideología y aun su modelo de clase parasitaria a todo el sector, explotando, como fundamento natural, la fertilidad  excepcional del suelo pampeano, que durante décadas dotó de competitividad a la explotación agraria, con escasa inversión en mejoras y sin exigirle apostar a la productividad del trabajo, dada la posesión del humus pampeano. La burguesía agraria, hasta la llegada del peronismo representada ante todo por los arrendatarios, de origen inmigratorio, cuyo trabajo esforzado no arrojó como fruto el desplazamiento del eje hacia otro modelo, los viejos y nuevos dueños de las tierras explotables (que se han extendido, con los avances tecnológicos de las últimas décadas) no exhibe diferencias con la ética rentística de los antiguos enfiteutas, aunque en lugar de Europa prefiera a Miami como meca turística y exhibición de status. Con el ausentismo que distinguió al clásico terrateniente pampeano, aun en el caso de los que no optaron por arrendar el campo y disfrutar de la molicie en un centro urbano, nuestro “productor”, por regla general, no vive en el campo.

En ese marco, la acción estatal es imprescindible para lograr la expansión del “modelo Longo”, que incremente la producción y el empleo en el agro. No hay un solo camino, para lograrlo. Cabe pensar, por ejemplo, en iniciativas semejantes al proyecto chino de crear 20 mega-granjas porcinas, que fue desechado por una mezcla de indolencia gubernamental y de ineptitud para enfrentar los prejuicios esgrimidos por grupos ambientalistas, curiosamente confluentes con la resistencia más sorda de los sectores asociados a la exportación de commodities, que resisten la opción de industrializar lo rural.  Esa opción estaría disponible, si se superan aquellas insólitas objeciones, que lo frenaron, contra las opiniones favorables de los técnicos del INTA. Si ese género de proyectos estuviese protagonizado, como es el caso de los 6 establecimientos que fueron aludidos, por empresarios argentinos, cabe pensar en los estímulos diversos que se han usado para alentar desarrollos prioritarios para el país.       Finalmente –aunque debamos enfrentar la histeria libreempresista– nada impediría que el Estado nacional obre como empresario, con esa perspectiva.  El centro operativo de una empresa que elige la “economía circular” –el grano puede comprarse, tal como lo hace una empresa avícola– requiere sólo una extensión mínima de tierras fiscales, a las que pueden añadirse otras, adquiridas cerca de las urbes, con la seguridad de recuperar rápidamente la inversión. Y el Estado cuenta, de antemano, con la enorme experiencia técnica y administrativa del personal del INTA, a quienes se entregaría la gestión de estas nuevas empresas públicas.

Finalmente, cabe añadir que el mantenimiento de las retenciones a las exportaciones de granos es, por todo lo antedicho, una prioridad económica, antes que un mero recurso tributario. El proyecto de hacer del país –demagógicamente enunciado por el gobierno de Mauricio Macri, sin establecer una sola medida que lo apuntalara el gobierno de Mauricio Macri– “el supermercado del mundo” empieza por desalentar toda exportación de “lana sucia” y darnos la oportunidad de vender textiles, como sugería en su época Carlos Pellegrini, un exponente de la Generación del 80, tan exaltada como mal entendida, hoy.

Córdoba, 29 de abril de 2025

[1] La Voz del Interior (1 de diciembre de 2021). Con los granos y la carne, los Longo le dan rosca a la economía circular. https://www.lavoz.com.ar/agro/actualidad/con-los-granos-y-la-carne-los-longo-le-dan-rosca-a-la-economia-circular/

[2] Un titular de la empresa Las Chilcas, que también practica la economía circular, brinda la información que se utiliza aquí. Entrevistado por Nicolás Razzetti, responde al periódico Bichos del Campo. La entrevista se puede consultar en ese medio, publicada el 9 de agosto de 2022. El título, Al grano hay que sacarlo en cuatro patas, omite anticipar la amplia explotación de todos los recursos. Ver: https://bichosdecampo.com/al-grano-hay-que-sacarlo-en-cuatro-patas-resume-mario-aguilar-benitez-sobre-el-milagro-circular-de-las-chilcas-donde-se-aprovechan-todos-los-residuos-de-ese-proceso/

[3] Estadísticas publicadas para 2024 por Expansión/Datosmacro.com (Consultado 25 de abril de 2025).  PIB – Producto Interior Brutohttps://datosmacro.expansion.com/pib/

[4] No es el tema del presente trabajo examinar las correlaciones entre los datos estructurales y las posiciones de los ruralista en temas puntuales y en la política nacional. Pero, cabe decir que debería estudiarse el caso de Córdoba, una provincia que se distingue por su primarización acusada, también caracterizado por su fervoroso rechazo a la vigencia de las retenciones y a toda iniciativa que apunte la necesidad de industrializar la ruralidad. Ver:  La Voz del Interior (06.06.2021). Granos: agregado de valor, el vaso medio vacío del agro en Córdoba.

[5] Durante la crisis de los productores ovinos, en la década del 70 del siglo XIX, cuando los ganaderos apoyaban circunstancialmente el planteo proteccionista, Carlos Pellegrini denunció el absurdo de exportar lana sucia a Gran Bretaña, sin procesamiento alguno, para comprarles a los ingleses la producción fabril elaborada con esa   materia prima. Con las obvias variantes, exportar otros productos del suelo, sin agregar valor, no altera aquel modelo de bajísima productividad general. Giberti, Horacio, Historia Económica de la ganadería argentina, Solar/Hachette, 3ra Edición.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑