“Esos burgueses asaz egoístas…”

Por Omar Auton

Se me ocurrió empezar con un verso del himno anarquista “Hijo del Pueblo” porque basta con mencionar la palabra “Burguesía” para que se desaten la polémicas, si la hay o no en Argentina, su origen, historia y actualidad, ¿es lo mismo que la oligarquía?, ¿cuál es su rol en un país semicolonial?, etc., etc. 

   Para ponernos en tema recordemos que más allá de como rotulemos a los sectores dominantes, la Argentina es un país capitalista, está inmersa en un modo de producción que es universal y que constituye la organización de los medios de producción en cada país según las necesidades del modo global, por ende aunque caractericemos a un sector como “no burgués” porque no base la reproducción del capital en la inversión y captura de plusvalía, no significa que no seamos un país capitalista.

   Digo esto porque hemos caracterizado a la clase dominante argentina como oligarquía porque el sector agropecuario que desde la ley de enfiteusis estuvo en manos de un grupo de familias propietarias de las tierras más ricas del planeta (junto con Ucrania), basaron la acumulación de capital en la explotación extensiva de esas tierras, básicamente de la producción ganadera, más allá que más tarde, a través del sistema de arrendamientos apareciera la explotación agrícola, que además, permitía la rotación de tierras y su regeneración productiva. Es decir acumularon su riqueza a través de la apropiación de la “renta diferencial” debida a la feracidad de las tierras y no por reinversión, contratación de mano de obra, incorporación de tecnología, etc., más allá de la incorporación de nuevas razas vacunas para mejorar especies.

  Paralelamente a la conformación de este sector, en Buenos Aires, sede única del puerto por donde ingresaban todas las importaciones y partían todas las exportaciones, aparece una “burguesía comercial”, que nace del contrabando que burlaba el monopolio español, de ahí la verdadera historia de “los túneles de Buenos Aires”, contrabando que incluía la trata de esclavos. Este sector se apropia de la renta aduanera para su provecho, es decir toda la riqueza que se generaba en las Provincias Unidas o antes, el Virreinato del Río de la Plata, quedaba en manos de la denominada “La Pandilla del Barranco” y de ella salen muchos apellidos ilustres.

   Los ganaderos bonaerenses, que con el saladero tenían una actividad más “burguesa”, tuvieron un vínculo de conflicto de intereses, especialmente durante la época de Rosas, por la distribución de esa renta aduanera, pero luego de Caseros se consolida una alianza que tipifica a lo que llamamos Oligarquía, que al igual que hoy día mediante la apertura a las importaciones, especialmente británicas dejaron que se destruyeran las economías provinciales.

   Mientras en Inglaterra con Cromwell a la cabeza, en Francia con la monarquía absoluta,  e inclusive en Estados Unidos en la guerra de secesión, sus nacionalidades nacen y crecen a partir de la eliminación de las clases parasitarias, especialmente agrarias, por parte de burguesías poderosas y decididas que ponen en marcha la producción industrial, el mercantilismo y las primeras etapas del posteriormente llamado “Imperialismo”, a través de sus políticas coloniales. En cambio Argentina nace del fracaso de constituir en una sola nación a Iberoamérica, mientras EE.UU mediante la compra de territorios o su ocupación lisa y llana conformaba un Estado-nación continental y bioceánico, los antiguos dominios españoles se fragmentaban en un rosario de pequeños países monoproductores y semicoloniales, antes de Inglaterra, hoy de EE.UU.

   Argentina no tuvo nunca una burguesía nacional capaz de enfrentar a la oligarquía dominante, derrotarla y reordenar los sectores productivos de manera de conformar un país capitalista autónomo, con una clase dominante que defendiera su espacio “nacional”, esa tarea quedó para que fuera asumida por otra clase, inexistente en el período descripto y que irrumpiera el 17 de octubre de 1945, los trabajadores.

   Dicho esto y comprendiendo el origen bastardo de nuestra clase empresaria, culturalmente oligárquica, aún hoy para ser aceptada en los círculos áulicos hay que ser propietaria de al menos unas 1000 hectáreas, ideológicamente liberal, proclive a someterse al imperialismo de turno, sin conciencia nacional y muy rehacía a competir, podemos encontrar algunas señales para comprender su naturaleza.

   Tuvo su momento de gloria con el primer peronismo, más allá que la Cámara de Comercio y la Bolsa de Comercio se pronunciaran claramente en el “Manifiesto de la industria y el Comercio” en contra de la política laboral de Perón, comunicado al que luego adhiriera la UIA a través de su presidente Raúl Lamuraglia, escribano y empresario textil que luego financiara a la Unión Democrática y que tiene mucho que ver con las ideas que hoy presenta nuestro Golem presidente como “nuevas”, pero vayamos por partes.

La “Belle Epoque” industrial.

Si bien ya por 1930 había establecimientos manufactureros, el sector “industrial” y de servicios era el que estaba vinculado a nuestras exportaciones agropecuarias (frigoríficos, transporte y almacenaje, seguros, etc.) En ese año y hasta 1945 hacen su aparición los centros urbanos de más de 100.000 habitantes (Córdoba, Santa Fe, Rosario, Bahía Blanca) antes solo estaba Buenos Aires, respecto de los establecimientos industriales, hasta 1935 sobre 40.000, 33.800 tenían hasta 10 trabajadores.

   La interrupción del flujo de manufacturas importadas, primero a raíz de la crisis de 1930 y luego por el estallido de la segunda guerra mundial obliga a reemplazarlos por producción local, comienzan a aparecer capitales nacionales, tanto de propietarios agropecuarios como de sectores preexistentes que se amplían, provocando un crecimiento en todas las ramas industriales, 25% en alimentos y bebidas, 210% en textiles, 138% en maquinarias, vehículos y equipos, 4313% en maquinarias y equipos eléctricos, el capital extranjero que en 1930 representaba el 30% del total se había reducido en 1945 al 15%.

   Pero además crece el tamaño de los establecimientos, por ejemplo los de más de 100 trabajadores aumentan entre 1936 y 1946 un 83%, entre 500 y 1000 un 93% y los de más de 1000 trabajadores un 78%.

   Esto se potencia con la llegada del peronismo, sin embargo siempre esta “burguesía nacional” naciente, fue renuente a apoyarlo, incluso durante la gestión de Miguel Miranda, uno de ellos, a cargo de la cartera económica Pese a que aumentaba el mercado interno, las exportaciones, había crédito y consumo, además de políticas de planificación e inversión, y políticas de protección aduanera, la mayor fuerza de los sindicatos, su capacidad de conflicto y reclamo además de las políticas redistribucionistas del gobierno los llevaba a quejarse permanentemente de la presión impositiva, los aumentos salariales, la disciplina laboral, eran burgueses y querían aumentar la plusvalía pero ser protegidos por el Estado, no pagar impuestos y tener crédito barato, nada nuevo bajo el sol.

   El rol del Estado, haciéndose cargo de los trenes, la industria aeronáutica, la energía, la marina mercante, creando los colegios industriales y la universidad tecnológica para generar el personal calificado que necesitaba el nuevo perfil industrial, el uso de los ingresos por exportaciones para multiplicar el crédito, etc., no nace de un criterio “Estatizante” del peronismo, era la debilidad de la burguesía nacional para hacerse cargo de estas tareas, cosa que sí hicieron las burguesías de las potencias industriales. El Estado tenía que hacerse cargo de llevar adelante las tareas que arrancaran a Argentina de su carácter de semicolonia productora de los alimentos que necesitaba Gran Bretaña para abaratar la comida de sus trabajadores, sin tener que aumentar el salario, incrementando así la captura de la plusvalía, además de materias e insumos necesarias para sus industrias a menos costo.

   De ahí que asignarle al peronismo una filosofía “estatista” es una falacia, sin embargo no deja de ser llamativo una historia que vamos a relatar siguiendo a Juan Odisio (“La Argentina que quisieron sus dueños”, Alejandro Bercovich; Edit. Planeta; 2025). En 1909 nace Alberto Francisco Benegas Lynch, del matrimonio de éste con Sofía del Campo (nieta de Robustiano Patrón Costas) nace Alberto Tiburcio Benegas Lynch quién en 1942, gracias a un grupo de Estudios del que formaba parte, conoce el pensamiento austríaco, especialmente a Ludwig Von Mises y Friedrich Hayek, convirtiéndose en su vehemente difusor.

   Para esta finalidad consigue el financiamiento de Raúl Lamuraglia, próspero empresario textil, a quién presentamos antes como financiador de la campaña de la UD contra Perón y luego de todo intento golpista contra Perón, incluido el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955. Producido el golpe Lamuraglia es designado presidente del ¡Banco Industrial! y Benegas Lynch, que formaba parte de la Asociación Patriótica Argentina, presidida por el almirante Isaac Francisco Rojas es nombrado agregado comercial en la embajada argentina en Washington, donde conoce a los integrantes de la asociación libertaria Foundation for Economic Education. Decidido a difundir su “ideario” en Argentina crea en 1958 el Centro de Estudios sobre la Libertad” siendo el su directos y el presidente…¡Raúl Lamuraglia!.

   En 1968 un informe de la embajada de EE.UU reportaba las actividades del Foro para Empresas Libres, señalando que era financiado por “industriales y familias adineradas de Argentina, identificando a la GeneraL Electric como una de las principales aportantes”, un año antes se había conformado la “Acción Coordinadora de Instituciones Empresarias Libres” conformada por la UIA, la Cámara Argentina de Comercio, la Sociedad Rural Argentina y la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.

   El informe citado en el párrafo anterior describía que Benegas Lynch “ siempre aplicaba un “tornasol” a las ideas que se discutían e invariablemente les encontraba tonos “marxistas” sobre todo si trataban temas como: impuestos progresivos, educación pública, legislación social y negociaciones colectivas. El señor Benegas Lynch considera que estos son síntomas de la penetración marxista en la Argentina y esta religiosamente decidido a combatir su propagación”.

   Un dato de color, en ese informe a Benegas Lynch lo presenta como “Descendiente de una acaudalada familia mendocina dedicada a la industria vitivinícola”. Efectivamente el padre, a quién ya mencionamos fue gerente y director por décadas de la bodega familiar Trapiche, pero en 1971 la disolvió “aquejada por graves dificultades financieras” (seguramente debidas a la gestión marxista de los gobiernos de Onganía, Levingston y Lanusse) se vendieron los activos, se demolió la bodega y se lotearon los viñedos.

   Finalmente este Benegas Lynch (padre del actual diputado de la Libertad Avanza por la Pcia. de Buenos Aires), en 1977 a un año de la instauración de la dictadura de Videla-Martínez de Hoz, escribió para La Prensa “ La disyuntiva de nuestro tiempo parece estar planteada entre el capitalismo, liberalismo, sistema social de libertad o como se le quiera llamar al sistema, siempre que sea fiel a los genuinos principios de la libertad por un lado y por otro, enfrentándose a dichos principios, en el polo opuesto, todos los sistemas totalitarios, comunismo, fascismo, nazismo, peronismo, etc, los sistemas intermedios son ilusorios, siempre tienden a desplazarse hacia uno de los términos de la disyuntiva”

   Odisio concluye, y estoy de acuerdo que para los libertarios “Indudablemente el país del Centenario había sido potencia y ejemplo, pero la prosperidad se había minado con la sanción de la Ley Sáenz Peña en 1912 que estableció el voto universal secreto y obligatorio. Esto abrió la puerta para que líderes populistas tomaran el poder, desde Hipólito Yrigoyen en adelante y fueran menoscabando el espacio del libre comercio” tan es así que por ejemplo que cuestionaron y negaron el carácter liberal de gestiones como las de Álvaro Alsogaray y José Alfredo Martínez de Hoz, por “no resultar suficientemente liberales”.

   Esta larga historia debe ser conocida y estudiada para entender porque para Milei, Benegas Lynch es un prohombre y hasta hace publicidad a la ESEADE (Escuela Superior de Economía y administración de Empresas), fundada por Alberto Tiburcio Benegas Lynch (h) en afiches callejeros con la banda y bastón presidencial. Este Benegas Lynch (h) fue miembro de la sociedad Monte Pelerín fundada en 1947 por Hayek y Milton Friedman, si alguien quiere mas detalles en la aplicación de Amazon Prime Video hay un filme que nos cuenta su historia; Benegas Lynch (n) es el que pretende privatizar el océano y asumió en diciembre de 2023 como diputado.

  Algunas sugerencias:

1) Dejemos de hablar de “las novedosas ideas de los libertarios”, o de “la sorpresa que nos produce su agresividad, fanatismo o intolerancia” esto tiene casi un siglo de existencia, ni siquiera hay que estudiar mucho, ¡Busquen en wikipedia!

2) Dejemos de hablar de Milei como un “outsider” o de presentarlo como algo ajeno a la política, eso fué todo un show, sus ideas son añejas, sus sponsors, encabezados por Eurnekian, son los dueños del poder en Argentina y él un golem, diseñado para aprovechar el enojo y la decepción de los argentinos con la democracia formal fracasada.

3) Cuando alguien vincule a Milei y su gobierno con la Revolución Libertadora (Fusiladora) o con la dictadura de Videla-Martínez de Hoz, dejen de repetir “Eso ya pasó”, o “Eso es historia vieja, a quién le interesa”.

4)Terminen de hablar de “la nueva derecha” e insertar a Milei en las expresiones políticas surgidas en Occidente a raíz de la crisis de la globalización, ninguna de ellas (Trump, Orban, Meloni, Orban) aplica el plan ultraliberal y antinacional de Milei, ni siquiera Bolsonaro es comparable.

5) No nos sorprendamos con el rol de la Bolsa de Comercio o la Cámara de Comercio, ni siquiera de la UIA en esto, las primeras expresan la burguesía comercial porteña, madrina de los unitarios, los fusiladores de Dorrego, los que celebraron las invasiones inglesas de 1806 y 1807, etc etc. Y la UIA hace rato que expresa el poder económico más concentrado, ni siquiera sus popes tienen las empresas domiciliadas en Argentina (Clarín en Delaware, Techint en Luxemburgo, y son solo dos ejemplos), desde que Videla intervino y disolvió la CGE los pequeños empresarios argentinos carecen de representación, algo de culpa les cabe en ello.

Digo estas cosas porque los que afirman tales patrañas revelan su absoluta ignorancia acerca de lo que ocurre en el país, la pereza intelectual de dirigentes políticos y los “ólogos” (sociólogos, politólogos, etc) asombra e irrita, en realidad no sorprende, los primeros hace mas de cuarenta años que se han alejado de la vida, experiencias y necesidades de los argentinos, y los segundos escriben pensando más en las academias y think thanks progresistas, en ser aceptados por ellos que usan las categorías globales y por eso uno no encuentra un diagnóstico “situado” sobre nuestra patria, como canta Serrat en “Llanto al mar” “Por inconsciencia, por imprudencia, por ignorancia o por mala leche” son también responsables de la confusión e impotencia de la dirigencia actual.

(Continuará)

Las Camas Arden 2026

Por Christian Adrian Salazar

Año 1987, con mis 16 años amaba como hoy la música, y por supuesto el gusto musical de los 80 y 90 marco mi vida. Hoy mientras escuchaba al Grupo Australiano Midnight Oil, me interesé en adentrarme en que significado tenia la letra de su Hit “bed ar Burning” o como simplemente lo conocí en su época “Las camas arden”. Descubrí que la canción hablaba de devolver las tierras que les habían sido robadas a los indios Pintupi. Hoy con mis 54 años por un instante pude aplicar la letra de esta canción a mi querida Argentina.

Habitamos un país que esta insomne pero no por razones que sean correctas, pasamos mucho de nuestro tiempo discutiendo nombres, slogans, partidos. Nos indignamos a través de las redes, discutiendo si son culpables de nuestra desgracia aquellos que se fueron o los que llegaron después, que si es Peronismo o Anti peronismo, si debemos hablar de un estado fuerte y presente o la solución es un mercado libre de toda regulación estatal, pasamos horas en los portales digitales, consumimos horas y horas de programas de televisión, todo esto transcurre mientras nuestro país cruje y sufre en silencio.

La realidad es que mientras los argentinos, danzamos al son de la polarización partidaria, nuestras camas, las de todas nuestros hermanos y hermanas están ardiendo de desigualdad. La grieta política de la que todos hablan, no es ni mas ni menos una puesta en escena de un gran show que nos distrae. Genera un fuerte ruido que nos aturde y logra que no escuchemos lo que es importante: que la matriz productiva de nuestra riqueza es cada vez más injusta y cada vez está concentrada en unos pocos, en perjuicio de muchos.

Pero para no ser meramente un relato podríamos decir que en nuestro querido país podríamos producir alimento para 400 millones de personas, pero a hoy en la mesa de cada argentino comprar el pan y la leche es cada vez mas difícil, y quienes deciden ese precio son dos o tres empresas que nunca pierden, cualquiera sea el fenómeno económico que nos atraviese, ya se inflación o recesión y cuanta definición se haya creado para explicar los ciclos económicos, ellos nunca pierden.

Nos pasamos el día analizando el comportamiento del dólar, si se tienen la cantidad de esta moneda para afrontar los compromisos que vienen, pero se nos pasa por alto y seguramente la mayoría ignora que esos dólares son el fruto de nuestra riqueza , de la industria, se fugan con una rapidez que resulta imperceptible hacia paraísos fiscales, endeudando cada vez mas a nuestro país, y adivinen quien como siempre paga el festival: Los trabajadores.

Nos entretenemos con una discusión si se debe subsidiar las tarifas de energía, pero al mismo tiempo dejamos pasar que un grupo chico de empresas dolarizan las tarifas, hacen fortunas y de paso no invierten ,¡ espero terminar sin que se me corte la luz.

En esta y otras razones esta el incendio, ese que quema nuestras camas.

Acá no es la cosa de radicales Vs peronistas. De los Cámpora contra los libertarios, esa pelea es la que se ve, como la punta de un iceberg, pero como en toda mole de hielo bajo la superficie hay un gran pedazo de hielo, en nuestro caso la cuestión de fondo, y es la de quien se apropia del esfuerzo colectivo de los argentinos.

Nos dividimos en la discusión y todo parece que gira solo en la corrupción que se le puede achacar a cada sector, de los ineptos y faltos de liderazgos de pueden ser los partidos, pero no es común que la discusión ronde a los grandes grupos económicos, y como decía la canción “bailando mientras la tierra gira” ignoramos que ese grupo de los mas ricos se lleva una porción mas grande, por no decir nos birla obscenamente y cuan teoría del derrame, lo que cae no es riqueza, son migajas, y ahí se da la otra batalla la clases medias y las bajas se enfrentan por ellas, en síntesis la lucha de pobres contra pobres, de laburantes un poco mas beneficiados con los no tan agraciados, pero en síntesis todos son pobres.

Que es necesario que dejemos de mirar la bandera, el color, la facción, o sector político, y adentrémonos en el verdadero problema, bastaría con observar balances o resultados económicos de las empresas que históricamente dominaron nuestro país, por que como dice Midnight Oil “ ha llegado el momento de decir que lo justo es justo” y en la Argentina no se construye Justicia en las urnas, al ganar una elección, la verdadera justicia es lograr que quien gobierne priorice la distribución de la riqueza, esa que dia a dia generamos los argentinos y argentinas “de bien”.

Solo debemos entender que ya no importa quien gobierne la Argentina, quien duerma en la casa Rosada, sino logramos resolver estos problemas, las camas de los argentinos seguirán ardiendo.

El día que Braden perdió con Perón

El 24 de febrero de 1946, la fórmula Perón-Quijano obtuvo el 55% de los votos contra Tamborini-Mosca de la Unión Democrática. El «Braden o Perón» derrotó al slogan «Contra el naziperonismo»

Por Aldo Duzdevich*

Entre 1939 y 1945, el mundo se vio envuelto en la Segunda Guerra Mundial (SGM) . En Argentina, con un alto porcentaje de inmigración europea, la guerra se vivenciaba con intensidad. Las primeras planas de los diarios, estaban ocupadas por grandes fotografías y titulares de la guerra. Y también las simpatías estaban divididas entre aliadófilos y germanófilos.

En 1939 (plena década infame) gobernaba el conservador Marcelino Ortiz con inocultables lazos con el imperio inglés. Su gobierno decidió mantener la neutralidad en la guerra. Neutralidad que obraba en beneficio de Gran Bretaña, que seguía recibiendo por barcos de bandera argentina carnes granos y otras materias primas.

En 1943 el golpe militar del GOU termina con la década infame, y mantiene la neutralidad hasta enero de 1944. EEUU que entra en la guerra en 1942 luego del ataque japones a Pearl Harbor, presiona a toda Latinoamerica a ingresar del bando aliado. La negativa de Argentina, aunque beneficia a Inglaterra (los buques mercantes brasileños eran hundidos por los alemanes) , es tomada por EEUU como un apoyo a las potencias del Eje.

Euforia.

El 8 de mayo de 1945 se rinde Alemania y sus ejércitos cesan la lucha ese día a las 23 hs . Mientras tanto, Japón continua resistiendo los intensos bombardeos norteamericanos en sus grandes ciudades; se rendirá recién el 15 de agosto, luego de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Ese hábito tan argentino de sumarse a la euforia de los ganadores, hizo que muchos partidos políticos, entre ellos los radicales, socialistas y comunistas, reprodujeran la contienda europea en la política local y que muchos soñaran con ver, igual que en la liberación de París, jeeps y tanques americanos desfilando por la avenida de Mayo. Al naciente peronismo le colgaron rápido el rótulo de nazifascismo al que había que derrotar.

Los festejos del 13 y 14 de agosto, de la rendición de Japón, dieron motivo de grandes festejos. Los sectores de oposición al naciente peronismo, convocaron multitudinarias manifestaciones, donde se mezclaban las banderas argentinas con las de EEUU, y de las de Union Soviética, enarboladas por militantes del Partido Comunista. Las manifestaciones terminaron en incidentes violentos, con dos jóvenes muertos y varios heridos.

Las patronales contra Perón

Pero, para las clases acomodadas (parte de ellas de origen alemán) la real preocupación, no eran los nazis, sino las políticas sociales que Perón impulsaba desde la Secretaría de Trabajo y Previsión.

El 8 de octubre de 1944, cuando establece el Estatuto del Peón Rural, la Sociedad Rural indignada, expresa que: “El Estatuto sembrará el germen del desorden social, al inculcar en gente de limitada cultura, aspiraciones irrealizables, las que en muchos casos pretenden colocar al jornalero sobre el mismo patrón”. Incluso el Partido Comunista se sumó a las críticas, pues: “el Estatuto, bajo la apariencia de proteger al peón es, en suma, un estatuto contra los campesinos.”

A su vez, trescientas asociaciones patronales lanzan el Manifiesto de la Industria y el Comercio donde denuncian el ambiente de agitación social y “clima de descontento” que es “instigado desde las esferas oficiales”, generando “reclamos permanentes”. Señalan que dicho clima se ha instaurado desde la creación de la Secretaría de Trabajo, y sostienen que durante 25 años, desde la Semana Trágica de enero de 1919, el país ha vivido dentro de una casi perfecta tranquilidad social.

Perón les contesta. “Parecerían reclamar una nueva Semana Trágica, para asegurarse otros 25 años de tranquilidad. Este gobierno no lo hará. No asegurará ni 25 años, ni 25 días de tranquilidad a los capitalistas siguiendo el ejemplo doloroso de la semana de enero de 1919”.

Elecciones.

El 18 de mayo de 1945, el presidente Edelmiro Farrel anuncia los primeros pasos de normalización institucional para un próximo llamado a elecciones libres.

Perón comienza a organizar, desde cero, un movimiento político que pueda competir con éxito contra la alianza de los partidos tradicionales. Su base principal serán las organizaciones obreras que proceden de diferentes orígenes –comunistas, socialistas, anarquistas– que ahora encuentran en Perón, el hacedor de todos sus viejos reclamos laborales y sociales.

Se suman también sectores de la naciente burguesía industrial, que requieren la protección del Estado para seguir creciendo. Muchos radicales como los nucleados en Forja, socialistas e incluso conservadores. La Iglesia a través del Episcopado se manifiesta a favor de votar al peronismo. Y por supuesto amplios sectores del Ejército, identificados con las políticas nacionales.

Del otro lado y agitando como única propuesta “derrotar al naziperonismo”, se alinean radicales, conservadores, socialistas, comunistas, la Sociedad Rural, las grandes empresas, y la Embajada de Estados Unidos.

Spruille Braden.

El 19 de mayo, desembarca (como en Normandía) el nuevo embajador norteamericano, Spruille Braden, un hombre de negocios vinculado a la minera Braden Cooper Company en Chile, y la petrolera Standard Oil; una especie de Donald Trump del siglo pasado.

Aunque es, sin dudas, del embajador de EEUU mas famoso de la historia argentina, su gestión duro apenas cuatro meses, hasta días después del 17 de octubre.

Braden, quien ya había residido en Argentina de 1935 a 1939, como mediador norteamericano en la guerra entre Bolivia y Paraguay, llego acompañado de su esposa María Humeres Solar y su hija Laura Braden. El 29 de mayo fue agasajado con una cena por la Sociedad Americana del Río de la Plata . Lo acompañaban en la cabecera presidente de la institución Teodoro Post, su vice William Fraser y el secretario Steven Adams.

Según informa el diario La Prensa del día 30-05, Braden en su discurso afirmó : “Es nuestra resolución de no inmiscuirnos en los asuntos interiores o exteriores de las demás repúblicas americanas. Obedeciendo a ese espíritu (…) estoy seguro de que ningún norteamericano ni grupo de norteamericanos se inmiscuirán jamás en la política interior o exterior de la República Argentina.” Sin embargo, luego de las recomendaciones de no inmiscuirse en cuestiones internas, finalizo su discurso, haciendo un llamado al espionaje interno de los allí presentes: “Las actividades subversivas de los sistemas totalitarios, son tan características, que las odiosas palabras quinta columna y nazi han llegado a ser sinónimos. El detalle más insignificante puede tener importancia, y por lo tanto, me permito aconsejaros que agudicéis la vista y el oído, y que todo los sospechoso o extraordinario, informéis a la embajada, la cual, por el procedimiento adecuado le hará saber a las autoridades argentinas o a quienes corresponda.”

Perón que aspiraba a recomponer las deterioradas relaciones con los EEUU, estaba preocupado, por la campaña de la prensa norteamericana y local, que lo asociaban a las políticas del nazi-fascismo. En su rol de Vice-Presidente recibió a Braden, en su despacho.

Según cuenta Perón, el embajador fue a hablar sobre las liquidaciones de las propiedades del Eje, y de las concesiones a empresas aéreas norteamericanas. Y que si él accedía a estas peticiones, Estados Unidos no pondría obstáculos en su camino a la presidencia. Perón contó que lo miró fijo a los ojos, y le dijo que lo entendía, pero que había un solo inconveniente:“En mi país el que hace eso, se lo llama hijo de puta”. Sin mediar palabra, Braden abandonó la oficina y se olvidó el sombrero. El propio Perón se dio cuenta cuando vio a empleados de Casa Rosada, jugando al fútbol con él y se lo envió al día siguiente con un ordenanza.

Braden fue recibido con algarabía por el antiperonismo. Como si fuera un candidato electoral, salió a recorrer el país. En Santa Fe, el 21 de julio, lo recibieron en el Jockey Club y en la Universidad del Litoral con carteles que decían: “Democracia sí, nazis no”.

En el paraninfo de la universidad, colmado de publico, Braden hizo un largo discurso, donde básicamente explicó que la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) seguía vigente, pero ya no con el bick stick (gran garrote) sino con un formato renovado de “buena vecindad” : “EEUU afirma la solidaridad espiritual de las repúblicas americanas frente al desafío fascista, y compromete su resolución de proteger dicha solidaridad, no solo contra agresiones armadas, sino también contra la propaganda subversiva y otros tipos de intervención.”

Es interesante el concepto de protección “no solo contra agresiones armadas, sino también contra la propaganda subversiva y otros tipos de intervención” . Terminada la SGM, los nazis no iban a invadir ningún país americano, pero el peronismo encajaba como el peligro de “la propaganda subversiva y otros tipos de intervención.” . Y, lo de la defensa contra “agresiones armadas” no ya del fascismo, sino del comunismo, será la doctrina que van a emplear en los 60-70.

Cuando regresó de su viaje, una muchedumbre lo aguardaba en Retiro. Según el diario La Prensa, lo recibieron distinguidas personalidades como: Federico y Otto Bemberg, Adolfo Boy, José María Paz Anchorena, Celedonio Pereda, Guillermo Madero, Alberto Jiménez Zapiola, Pedro M Ledesma, entre otros. “Los aplausos prolongados y las expresiones de cordialidad se repitieron incesantemente oyéndose exclamaciones espontáneas tales como ¡Vivan los Estados Unidos! ¡Viva Braden! ¡Libertad! ¡Democracia! y ¡Elecciones!”… culmina su relato La Prensa.

Mas tarde hace declaraciones: “La campaña recientemente promovida en contra de mi país y mi persona, es de creer que ha sido instigada por elementos nazis extranjeros, totalmente ajenos al verdadero y noble sentir el pueblo Argentino”.

El 15 de septiembre en el Museo Social, redobla su apuesta en materia de declaraciones duras: “Me atrevo a decir, que no existe un país en el mundo, en el que los nazis se encuentren en una posición tan fuerte como la que tienen aquí en Argentina. Esta es, vuelvo a repetirlo, una seria amenaza a la seguridad de los países de América. Espero y confío que el pueblo argentino elimine pronto esa amenaza. (…) Estemos alertas para distinguir en todo momento entre el bien y el mal, y dispongámonos a extirpar el mal, donde quiera que se presente”

Su gran baño de multitud lo recibirá el 19 de septiembre en la marcha por la Constitución y la Libertad. Ese día, cerca de 200 mil porteños recorren las calles de Buenos Aires.

Según relata Félix Luna: (los estancieros) “Don Joaquín de Anchorena, y Antonio Santamarina contestaban los aplausos con elegantes galerazos; (los comunistas) Rodolfo Ghioldi, Pedro Chiaranti y Ernesto Giudice, con el puño izquierdo en alto; Alfredo Palacios, con vastos ademanes que no desacomodaban su chambergo”.

La vanguardia intelectual cantaba la Marsellesa en francés, en claro contraste con las marchas de obreros sudorosos donde se podía escuchar el: “¡Yo te daré Patria hermosa una cosa que empieza con P! ¡Perón!”.

Detrás de un gran cartel que reproducía la efigie de Sarmiento, marcharon los jóvenes de la Federación Universitaria Argentina, quienes, entre otras consignas cantaban: “Libros si, Botas no!” , en clara alusión al entonces Coronel Perón. La cual dará origen a la contra-consiga “Alpargatas si, libros no!” cantada por los obreros peronistas que veían a los universitarios claramente del lado de la oligarquía. En Plaza Francia, con el aplauso generalizado, Spruille Braden se sumó a la cabeza de la marcha.

Al día siguiente Braden dirá: “La Marcha de la Constitución y la Libertad, cuyo final presencié personalmente, fue una magnífica manifestación cívica que seguramente causará una gran impresión en mi pueblo.”

Con el impulso de la gran movilización de la clase media porteña, sectores de la Marina y Ejercito, dan un golpe de palacio, el 9 de Octubre, destituyendo a Perón de todos sus cargos y encarcelándolo en Martín García. Pero, el día 17 una gran movilización, esta vez de trabajadores del cordón industrial, restituye en su poder a Perón y lo proyecta como líder y candidato a presidente.

El 21 de octubre el Senado de EEUU, apura el tramite de nombrar a Braden como Encargado de los Asuntos Latinoamericanos, y da por finalizada su gestión como embajador. El senador republicano Robert Lafollette cuestiona el papel de Braden: “Creo que las informaciones de prensa y del mismo Braden sobre la Argentina han carecido mucho de información esencial. Digo esto sin ninguna simpatía por Perón. Fue una gran sorpresa, leer los despachos en el New York Time del 19 y 20 del corriente, que demostraban la influencia de Perón sobre los sindicatos obreros. Este fue el primer indicio que tuve, de que el gobierno de Perón contará con el apoyo de la clase trabajadora argentina.”

El libro Azul

El 12 de febrero, pocos días antes de los comicios, como gran golpe propagandístico, se publica en EEUU el llamado “libro Azul”, donde se exponen los supuestos vínculos del gobierno militar y de Perón con los nazis. Braden lo presenta en Nueva York ante un auditorio de 800 veteranos de guerra.

Allí dice: “Una forma en que el nacionalsocialismo elogia de los labios para afuera a la democracia, es su simulada preocupación por las masas trabajadoras, buscando su apoyo para ruina posterior de ellas, con pan y circo, y organizándolas en sindicatos fiscalizados por el gobierno, que son simples instrumentos de la esclavitud. (…) Estamos decididos a no permitir, que por complacencia nuestra, nazca un nuevo brote del fascismo en este hemisferio, permitirlo sería insensato y quizás suicida.”

El gobierno argentino responde rápidamente con el libro “Azul y Blanco”, elaborado por el entonces Canciller Juan Isaac Cooke (padre de John William Cooke) .

El libro “Azul” que en realidad se llamaba: “Consulta entre las repúblicas americanas sobre la situación argentina”, fue publicado en ingles y nunca traducido al español. Recién en 2021, los investigadores, Rodrigo Mas y Martin Prestía publicaron “Braden o Peron”. Un libro editado por el IFAP y UPCN con prologo de Raanan Rein, que contiene la traducción completa del “Blue Book” y su respuesta en “Azul y Blanco”.

Por supuesto, Perón eligió como adversario electoral al embajador Braden. Y la Unión Democrática lejos de despegarse, agitó el Libro Azul como discurso de campaña. El clima político de la época fue muy tenso, a decir de Félix Luna: “Nunca se odió tanto en el país como en aquel año; nunca los argentinos vivieron de una manera tan físicamente palpable el odio de los unos contra los otros”.

“Sepan quienes voten el 24 por la fórmula del contubernio oligárquico comunista, que con ese acto, entregan sencillamente su voto al señor Braden. La disyuntiva en esta hora trascendental es esta: o Braden o Perón. Por eso glosando la inmortal frase de Roque Peña digo: sepa el pueblo votar.” Juan Domingo Perón 12-02-1945

Las tapas de los diarios

El 24 de febrero de 1946, la formula Perón-Quijano obtuvo 1.527.231 votos (55%) contra 1.207.155 de Tamborini-Mosca de la coalición Unión Democrática. El escrutinio demoró muchos días, durante los cuales cada coalición intentó mostrar que iba ganando.

Y , como pasa actualmente con los medios afines y de oposición, el resultado electoral tuvo disimiles respuestas periodísticas. Mientras el mismo día 25 , La Época (diario pro-peronista) titulaba con exceso de optimismo : “Triunfo Perón en Entre Rios, Santa Fe y Buenos Aires: Calculase que vencerá en proporción de 4 a 1”.

Clarín tituló: “ Respalda el Ejercito la voluntad popular”, e ilustra con una gran foto del candidato de la Union Democrática, Jose P. Tamborini en momento de emitir su voto. Luego, si uno busca las tapas siguientes de Clarín hasta mediados de abril, solo hay títulos de las provincias donde inicialmente gana Tamborini, para luego ir diluyendo los títulos. Si es por Clarín, y nos quedamos sin saber quien gano la elección presidencial.

Años mas tarde Perón reconoció que si Braden no hubiera existido “debí haberlo inventado”, y Braden admitió años después que “el slogan Braden o Peron, fue una brillante maniobra electoral”.

(*) El columinista es autor de Salvados por Francisco y La Lealtad-Los montoneros que se quedaron con Peron.

https://www.lmneuquen.com/pais/el-dia-que-braden-perdio-peron-n998003

La Organización Vence al Tiempo

Por Julio Fernández Baraibar

Leer La Nación, con el método que nos recomendaba Arturo Jauretche, sigue siendo un ejercicio iluminador.

Hoy se discute en el Senado Nacional una nueva Ley Laboral que, con toda seguridad y dadas las alianzas ya establecidas, quitará derechos, cuya conquista ha llevado décadas de lucha, reducirá sus ingresos reales, aumentando la plusvalía relativa, y prolongará la jornada laboral, por consiguiente aumentará la plusvalía absoluta, tendiendo a que el salario, el precio de la venta de la fuerza de trabajo humano al capitalista, se reduzca hasta el límite de su reproducción simple, es decir a lo necesario para poder seguir vendiendo su trabajo.

Uno tiende a suponer que una ley de estas características solo podría recibir elogios del órgano periodístico de la clase dominante argentina, como ha sido y es el diario La Nación.

Sin embargo, en la edición de hoy una  nota firmada por Nicolás Balinotti -el escriba a sueldo dedicado al sindicalismo- formula un duro cuestionamiento al proyecto de ley:

“Entre los cambios más salientes del proyecto que se discute hoy en el Senado surgen algunas concesiones a los reclamos de la CGT: conservar intactos los recursos de las obras sociales sindicales, sostener las cuotas solidarias y mantener a los empleadores como agentes de retención del pago de afiliación sindical. Es decir, la caja no se toca. Tampoco se alteraría el modelo sindical, la viga maestra sobre la que los gremios peronistas construyeron su poder. Si avanza el proyecto, las limitaciones al derecho a huelga y a las asambleas en los lugares de trabajo empujarán a la CGT tener el monopolio de la negociación con el Gobierno y los empresarios, y perderán los gremios más combativos”.

Este párrafo reconoce y explicita que lo que establishment económico argentino buscaba con esta ley no era tan solo reducción salarial y extensión de la jornada laboral. Al parecer, ocupaba un lugar  central en el proyecto el desmantelamiento organizativo y económico del movimiento sindical argentino, una de las últimas conquistas logradas por el peronismo y que han logrado sobrevivir durante estos 80 años, pese a la intención explícita de los gobiernos liberales desde 1955 de lograr su desaparición. Es ese mismo movimiento sindical argentino que ha caracterizado al país, distinguiéndolo del resto del gremialismo de los países de la región. La CGT y los sindicatos obreros argentinos, su fortaleza organizativa y económica, sus obras sociales, sus escuela sindicales y su presencia permanente en la vida política del país constituyen el orgullo de los trabajadores sindicalizados del país.

Por eso es que ese sueño húmedo de destruir al movimiento obrero organizado ha sido, como digo, el objetivo estratégico del liberalismo antiperonista. Y como muy bien advierte el paniaguado Balinotti, ese perjuicio enorme que sufrirá el conjunto de los asalariados argentinos, a partir de este proyecto de ley, será transitorio y efímero si se mantiene la estructura gremial que permita la derogación de toda esta legislación antiobrera, ni bien se modifiquen las condiciones políticas y económicas que permitieron su sanción.
Y entonces, como decía Jauretche, la lectura de La Nación ilumina las negociaciones llevadas a cabo por la dirigencia sindical. En un momento de debilidad, cuando el enemigo de intereses nacionales y de clase se encuentra en mayoría, en un momento de la política internacional donde todos esos intereses están disputando hegemonía y el futuro es por demás incierto, lo central es mantener la estructura que permita futuras luchas, cuando “la tortilla se vuelva”.
Por otro parte, resulta casi enternecedora la preocupación del cagatintas de La Nación por “los gremios más combativos”.

Leer el diario de Mitre permite entender la maniobra del enemigo. Gracias don Arturo por esa enseñanza.

11 de febrero de 2026.

La Cámpora, el kirchnerismo y un balance de época (parte II)

Por Gustavo Matías Terzaga*

Luego de 54% de Cristina en 2011, pensar en voz alta dentro de las organizaciones kirchneristas sobre figuras, tradiciones y problemas estructurales de la Argentina profunda pasó a ser leído como una herejía. Hablar de Julio Argentino Roca, del movimiento obrero como columna vertebral, de la historia militar argentina, de la soberanía nacional y el rol estratégico de las Fuerzas Armadas, de las enseñanzas de Malvinas como causa central, del Día de la Raza y el legado hispánico, de la vigencia intacta de la Ley de Entidades Financieras, del Estado Empresario de Perón, de la explotación de los recursos naturales, de la religiosidad popular, de la cultura criolla y de las tradiciones del pueblo profundo —y, en casos extremos, hasta del propio Juan Domingo Perón (que era hombre y militar) y la doctrina justicialista— fue progresivamente interpretado por los referentes camporistas como un desafío a la “línea” bajada desde el núcleo dirigente y la conducción. Temas típicos de pianta votos, “de facho y conserva”. ¡Si hasta la Marcha peronista fue considerada vetusta!. El resultado fue un empobrecimiento doctrinario deliberado y un desconocimiento de nuestra historia que sacrificó densidad y continuidad histórica en nombre de la comunicación política, moderna, coyuntural y vanguardista.

Lo cierto es que La Cámpora bebió más de una mística contracultural que de una doctrina política surgida de nuestra propia racionalidad histórica como pueblo/nación. Ese imaginario político juvenil se formó menos en la tradición orgánica del peronismo o en el legado de nuestros pensadores nacionales, y más en una épica independiente y autorreferencial, próxima al universo simbólico de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. Una pertenencia cerrada que no consulta ni escucha, con códigos internos, identidad intensa, mística propia, desconfianza hacia afuera, papel picado adentro y una idea de “resistencia” más estética y emocional que estratégica. Cuando una organización juvenil nace para custodiar una herencia y termina viviendo de custodiarla, deja de ser herramienta de transformación para las nuevas generaciones militantes y se convierte en aparato de mera preservación del espacio, impedido, naturalmente, de la posibilidad de construir procesos sociales en los tiempos largos del pueblo.

El problema del sujeto político: “¿Trabajadores, únanse!”

El peronismo clásico edificó su fuerza sobre un dato duro de la realidad. El trabajador organizado no era una identidad cultural ni un segmento etario, ni una temporalidad, sino un sujeto estructural, situado en el corazón de la economía, con capacidad material de presión, con disciplina colectiva, con fuerza de base y con instituciones propias fuera del Estado y del gobierno. No era “pueblo” porque se lo nombrara; era pueblo trabajador porque estaba organizado y porque su lugar en la producción nacional le daba un peso específico y un determinado rol político, incluso en el Congreso, la diplomacia y el comercio exterior. Con Perón, el poder político se sostenía en la organización y en la mediación virtuosa como posibilidad entre los márgenes de los conflictos y los intereses, pero con un sujeto político claro que era la columna vertebral del movimiento nacional.

El kirchnerismo, en cambio, fue desplazando ese centro de gravedad. Su sujeto emblemático pasó a ser la juventud politizada, el estudiante universitario, no como actor complementario en términos de renovación generacional sino como núcleo irradiador de legitimidad, militancia y estética. Esto no significa que el kirchnerismo no haya tenido relación con el mundo del trabajo; la tuvo durante todo su ciclo con un Ministerio y un buen Ministro como Carlos Tomada, y por tramos con fuerza. Pero en términos de imaginario político, de eje vertebrador de toda la política, incluso de épica y de reproducción de cuadros, la figura privilegiada no fue el trabajador organizado sino el joven militante formado en una cultura política universitaria, comunicacional y también estatal.

Los pibes para la Liberación

En el caso de aquella intensidad manifiesta del Patio de Las Palmeras, el derrotero posterior confirma un rasgo estructural de aquella experiencia. Una vez concluido el período de militancia universitaria intensa —cuando la política funcionaba como identidad total y horizonte existencial— la prioridad de muchos de sus integrantes se desplazó hacia el ejercicio de la profesión liberal. La política, que había sido concebida como destino histórico, pasó a ocupar un lugar episódico, nostálgico o testimonial, mientras la inserción individual en el mercado profesional se convirtió en un pasaje natural prioritario. Ese tránsito no debe leerse como una traición personal, sino como síntoma de una concepción política que no logró articular militancia con organización social estable, ni construir un anclaje duradero en el mundo del trabajo y la producción.

Cuando la política se vive como etapa formativa y no como forma permanente de organización colectiva, su final lógico es la retirada hacia la trayectoria individual; y cuando eso ocurre a escala generacional, el resultado no es una generación militante lista para la “liberación nacional”, sino la disolución del sujeto político que se pretendía fundar. Volviendo al sujeto político, y dicho con mayor claridad; la condición estudiantil, aun cuando se prolongue, es transitoria y acotada en el tiempo; la condición de trabajador, en cambio, estructura casi toda una vida. Y allí, se lucha políticamente mientras se trabaja, no sólo cuando sobra el tiempo. Por eso, construir un proyecto político sobre el estudiante implica apoyarse en una etapa; hacerlo sobre el trabajador supone anclarse en una existencia social permanente, en la producción, en la experiencia cotidiana, en la familia y en la base material de la comunidad organizada.

DDHH y grieta

Desde su llegada al gobierno nacional, el kirchnerismo desplegó como bandera principal una política virtuosa en materia de derechos humanos al convertir una demanda histórica en política de Estado, impulsando la anulación de las leyes de impunidad, la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad y la recuperación de la memoria como compromiso institucional. Esa decisión fortaleció el Estado de derecho, restituyó dignidad a las víctimas e intentó consolidar un consenso democrático amplio en torno al terrorismo de Estado como crimen imprescriptible. Una política que nos dignificó como pueblo y que fue referencia a escala mundial. Pero esa política, con el correr del tiempo, también adquirió una arista compleja; tendió a cristalizarse como identidad excluyente, a funcionar como frontera moral interna y a desbordar su función jurídica para convertirse en criterio de alineamiento político ante la sociedad.

Cuando los derechos humanos dejan de ser un consenso democrático transversal y pasan a operar como lenguaje de facción política, corren el riesgo de perder su potencia universal al caer en las categorías menores y mezquinas de nuestra política doméstica actual, y de ser utilizados para clausurar debates estratégicos que exceden —y no niegan— aquella conquista histórica. Tengamos en cuenta que uno de los rasgos más característicos de la ofensiva liberal contemporánea es la utilización demagógica del lenguaje como herramienta de inversión política y moral. A medida que la política se inscribía cada vez más en la lógica binaria de la grieta, dividiendo las tribunas en “ustedes o nosotros”, el adversario encontró terreno fértil para responder con una demonización reactiva y simplificadora, como el número de desaparecidos, o “el curro de los DDHH”. Señalar esto no implica retroceder en esa agenda ni ceder frente al sector reaccionario que pretende resignificarla, “pacificar” o cambiarle el signo, sino advertir que cuando una política justa y potente se enmarca también en una dinámica espejada de confrontación permanente, puede terminar facilitando su propia desnaturalización.

La debilidad política del 24 de Marzo

Con el paso de los años, si bien la alegría y el clima festivo siempre es bienvenido en las calles como catalizador de las heridas populares abiertas, el 24 de marzo dejó de ser solo una jornada de recogimiento, denuncia política y pedagogía histórica para transformarse, en los últimos tramos, en una escenificación atravesada por agendas y estéticas ajenas a la experiencia histórica que se conmemora. Performances provocativas, cuerpos desnudos, consignas superpuestas y una especie de “kermesse militante” convirtieron la marcha en un evento identitario para diluirse en un significante amplio de “violencias” indistintas. Cuando todo entra en “la marcha” de manera abrupta y forzada, aprovechando la dinámica de los “nuevos tiempos», el núcleo político e histórico pierde densidad. Incluso la incorporación de categorías contemporáneas sin respaldo histórico específico (como la idea de desapariciones “trans” durante el genocidio), termina generando confusión, reacción y descreimiento, facilitando y reproduciendo la impugnación negacionista que se pretende combatir. La memoria no se fortalece cuando se expande sin criterio, sino cuando se cuida y profundiza su sentido, se preserva su lenguaje y se mantiene claro qué se recuerda, por qué y contra quién. En síntesis, una conmemoración tan cara a nuestros sentimientos, sin anclaje profundo en la historia y sin contenido nacional no alcanza, por sí sola, para proyectar futuro para nuevas generaciones.

En ese clima, muchos jóvenes antikirchneristas terminaron siendo el producto inverso —pero simétrico— de la misma lógica; formados más en la reacción contra un relato que en la comprensión histórica de fondo, abrazaron el negacionismo no como resultado de un conocimiento crítico del pasado, sino como gesto identitario frente a una memoria que percibieron saturada, ritualizada y políticamente instrumentalizada.

¿No da la impresión de que a Milei muchos de los temas le llegan prácticamente resueltos, listos para ser capitalizados? Como si buena parte del terreno hubiera sido despejado de antemano y solo quedara aprovecharlo. ¿Acaso no estamos sorprendidos del consenso y el apoyo que encuentra en gran parte de la sociedad, pese a herirlos en sus necesidades vitales?. Esa ventaja no nace de su fortaleza, sino de nuestras debilidades discursivas y políticas; del vacío que dejamos en la representación de muchos problemas reales y del lenguaje que abandonamos. Allí se explica, en buena medida, su capacidad para convertir malestares dispersos en apoyos concretos.

Un contenido ausente

Persiste un vacío en el modo en que este período es narrado y comprendido. Hay aspectos que no se nombran con la claridad ni con el énfasis que su incidencia histórica exige: la estructura económica, política y cultural de dependencia que la dictadura vino a consolidar y que, bajo nuevas formas, continúa condicionando la vida nacional incluso en democracia. Nos referimos a los apellidos civiles que la sociedad debería recordar con la misma nitidez con la que recuerda a Videla o a Galtieri, a casi cincuenta años del retorno democrático. Sucede que el sentido común de la democracia argentina fue colonizado y, por ello, nuestra dirigencia política no supo, no quiso o no pudo construir una verdadera democracia para el pueblo. La dictadura fue derrotada políticamente, el pueblo la sacó, pero sus bases económicas y culturales no solo sobrevivieron, sino que fueron asumidas como “normales” por la mayoría del arco político demoliberal. Y allí está, aún vigente e indiscutida, la Ley de Entidades financieras que es el mástil de todo el andamiaje de la dependencia económica para la Argentina.

El constante retorno de los civiles

Suele afirmarse que el gesto de Néstor Kirchner al bajar los cuadros tuvo un enorme valor pedagógico y simbólico para una generación. Y tal vez lo tuvo. Pero una formación política más completa, útil y situada hubiera exigido, además, correr el foco hacia las responsabilidades civiles que hicieron posible el terrorismo de Estado, con mayor vigor, para habilitar otra dimensión política sobre el tema y encontrar elementos que colaboren a la conformación de un diagnóstico histórico y político, lo más racional posible. Aunque algo de eso ocurrió con Magnetto de CLARÍN. En síntesis, la democracia recuperada en 1983 colocó con justicia a los ejecutores del terror en el centro del juicio histórico, y eso fue una gran conquista popular, pero dejó en penumbras a quienes diseñaron y se beneficiaron del proyecto económico que la dictadura vino a imponer. Al narrar aquel período como una anomalía exclusivamente militar, se desatendió la estructura de poder que hizo posible el terrorismo de Estado y que, en buena medida, siguió operando bajo formas democráticas. Esa lectura parcial ayuda a explicar por qué hoy reaparecen, con legitimidad electoral, intereses que ya habían condicionado el destino nacional a sangre y fuego, por caso los vencedores en Malvinas. El propio Javier Milei ha manifestado admiración pública por figuras como Margaret Thatcher, Ronald Reagan o Winston Churchill, íconos colonialistas del poder anglosajón.

Luego nos sorprendemos de que esos civiles promotores y beneficiarios de la dictadura lleguen a la presidencia por el voto popular, o de que otros, desde las sombras, la consideren un “puesto menor».

Si Evita viviera sería Montonera

A lo largo de todo el ciclo kirchnerista se consolidó una idealización superficial de los años setenta convertida en épica militante permanente. Esa lectura no solo deshistorizó en parte una experiencia trágica de un período complejo de nuestra historia política reciente, sino que profundizó un prejuicio antimilitarista heredero directo del dispositivo desmalvinizador de la posguerra. En esa confusión conceptual se instaló una idea tan eficaz como dañina; que la memoria y los derechos humanos eran incompatibles con la defensa nacional, y que reducir las Fuerzas Armadas y la política de defensa equivalía, casi automáticamente, a fortalecer la democracia. Así se consolidó una debilidad estratégica persistente, que atraviesa desde la dirigencia hasta el último militante; la creencia de un país sin hipótesis de conflicto, sin necesidad de formación de cuadros militares nacionales y sin articulación entre defensa, Estado, industria y comunidad, justo cuando el escenario internacional se volvió más inestable, competitivo, incierto y riesgoso. Lo más grave es que de esa pedagogía surgieron generaciones formadas en una premisa falaz; la idea de que la Argentina vive al margen de las tensiones geopolíticas y que la defensa es un residuo del pasado. Educados en esa cultura de la indefensión, terminan asociando democracia con desarme y derechos humanos con negación de la soberanía, reproduciendo sin advertirlo una matriz funcional a los mismos intereses que históricamente condicionaron al país.

Como dice una amigo que milita en HIJOS; “veo un auto con la silueta de Malvinas en la luneta y yo pienso que ahí va un facho de mierda”. Y si. Esa reacción expone el daño cultural de una grieta llevada al extremo, donde símbolos nacionales compartidos dejan de ser patrimonio común y pasan a funcionar como marcas de sospecha ideológica, empobreciendo la política, ocultando nuestro sentido histórico y fracturando el sentido de pertenencia colectiva.

¿No convendría preguntarse si, en la lectura más difundida del kirchnerismo sobre los años setenta, figuras como Isabel Perón y José Ignacio Rucci quedaron ubicadas en un lugar incómodo, lateral o directamente negativo dentro de la propia historia peronista? ¿No fue Isabel presentada casi exclusivamente como antesala del golpe, sin ponderar en su justa medida los méritos y el contexto de crisis institucional que atravesó su gobierno constitucional? ¿Y no quedó Rucci reducido a la imagen de un sindicalista conservador, perdiéndose de vista su papel como articulador clave entre Perón y el movimiento obrero en una Argentina muy distinta a la de 1955?

En esa simplificación, ¿no se recortó selectivamente el pasado en función de una narrativa épica que dejó de lado zonas decisivas para comprender la etapa en toda su complejidad? Por ejemplo, ¿no resulta llamativo que el asesinato de Rucci por parte de Montoneros rara vez haya sido abordado con la claridad histórica que un hecho de esa magnitud exige? Ese silencio —o tratamiento tangencial— ¿no evitó, acaso, enfrentar uno de los episodios que mejor expresan la fractura interna del movimiento y el choque entre la conducción de Perón y la lógica de la violencia política que, poco a poco, pavimentaría el camino hacia el horror posterior?. Solo una mirada integral y honesta sobre nuestra propia historia habilita una maduración política real hacia el futuro.

Una militancia colorida pero prejuiciosa

Lo cierto es que en una franja importante de la militancia kirchnerista se consolidó una pedagogía política que miró con desconfianza —cuando no con abierto rechazo— a componentes centrales de la tradición histórica argentina; el sindicalismo como columna vertebral, las Fuerzas Armadas como parte de la defensa nacional, la religiosidad popular y el lugar del Papa Francisco, la cultura criolla, el legado hispánico y el mestizaje, los símbolos patrios, Malvinas, e incluso figuras decisivas de la construcción estatal y la unidad nacional como Roca. Ese vaciamiento de referencias convivió con la adopción entusiasta de nuevas consignas identitarias —indigenismo, ecologismo, lenguaje inclusivo, masculinidades, aborto, deconstrucciones y agendas culturales globales— que, aun legítimas en su plano, terminaron ocupando el centro del discurso político. El contraste no fue menor; mientras se relativizan elementos que históricamente habían servido para organizar pertenencia nacional, se fortalecen banderas que estructuraban identidad interna, más aptas para la cohesión de grupo que para la construcción de mayorías populares amplias.

En ciertos sectores del progresismo se volvió visible un rechazo casi reflejo hacia todo lo que remita a la tradición militar, al sindicalismo y a la Iglesia, como si esos mundos fueran ajenos —o incluso opuestos— a cualquier proyecto emancipador. Casualmente dos de los mayores cuadros revolucionarios de nuestra historia reciente provienen de esas instituciones. ¿Qué fundamentos estratégicos sostienen la promoción de una separación tajante entre Iglesia y Estado en una sociedad donde la religiosidad popular tiene arraigo histórico y popular, en el momento en que el mundo tiene un Papa argentino? ¿Cómo se articula un discurso antimilitarista con una tradición política en la que su principal conductor proviene de las Fuerzas Armadas? ¿Qué efectos produce la deslegitimación sistemática de la CGT en una nación que cuenta con uno de los movimientos obreros más sólidos del mundo? ¿Y qué implicancias tiene analizar Malvinas únicamente desde la dimensión humanitaria, omitiendo su carácter estructural como causa de soberanía y disputa antiimperialista?

El dilema actual

El orden internacional que se configuró tras 1945 —con Estados nacionales robustos, industrialización como horizonte estratégico, centralidad del trabajo asalariado, sindicatos con gravitación política, fuerzas armadas con hipótesis de conflicto definidas y una política concebida como conducción de comunidades organizadas— fue el suelo histórico sobre el que se pensaron muchos de los proyectos nacionales del siglo XX en nuestra región— está cediendo ante otra arquitectura global, dominada por finanzas desancladas, plataformas tecnológicas, retroceso del mundo del trabajo tradicional, hiperconexiones, fragmentación social y Estados con menor capacidad de decisión. El peronismo nació como respuesta histórica a aquel mundo; organizó a los trabajadores, construyó soberanía económica y pensó la política como dirección estratégica de una nación industrial en ascenso. Cuando de ese suelo histórico ya no queda casi nada, no alcanza con repetir sus fórmulas; hay que comprender qué de ese legado es esencia permanente y qué era circunstancia de aquella época. El desafío no es abandonar al peronismo, sino traducir su núcleo a un escenario donde las condiciones materiales ya no existen del modo aquel, pero donde el drama histórico de nuestra dependencia permanece intacto.

La Argentina no está solo bajo ataque, está bajo ruinas. Y para reconstruirla hace falta algo más que lealtades afectivas, internismo y encapsulamiento ideológico. En lo político y programático, hace falta un proyecto colectivo lo más amplio, serio y contundente posible. Si el campo nacional no reconstruye su inteligencia estratégica, si no rehace su vínculo con los sectores populares, si no abandona su internismo cupular, si no recupera la calle política, si no ordena un programa y no arriba a una nueva síntesis que aprenda de sus límites, la derrota dejará de ser una contingencia para convertirse en nuestro destino. Y la historia, que nunca espera, volverá a pasar por encima de quienes prefirieron la identidad a la conducción del conjunto y la nostalgia a la reconstrucción nacional.

Lo cierto es que nuestros dirigentes han perdido la capacidad de formular respuestas nacionales a los problemas nacionales. En ese vacío se infiltró una guerra cultural importada, pensada para otras sociedades y otros conflictos históricos, que desplaza el centro de la discusión hacia disputas identitarias y morales incapaces de ordenar la vida colectiva. No sorprende que, ante tanto vacío político y cultural, la injerencia de Estados Unidos en la vida argentina no se limite al plano económico, sino que penetre también en el terreno simbólico. Una parte de la sociedad la asume con naturalidad, como si fuera el atajo hacia una supuesta “inclusión en el mundo”, eco de una vieja tradición que asocia lo moderno con la imitación de Occidente, y prueba del rotundo fracaso político de la dirigencia. Por suerte, frente a ello, otro sector reconoce en esa presencia un mecanismo de subordinación que limita la capacidad del país para decidir su propio rumbo. En el fondo, no se enfrentan solo modelos económicos, sino dos imaginarios culturales; el que normaliza la dependencia bajo la apariencia de cosmopolitismo aspiracional y el que entiende la soberanía como núcleo de la identidad nacional.

Mientras la política se enreda en esa escenografía ajena y con categorías políticas que no nos calzan adecuadamente porque no nos pertenecen, queda sin resolver la pregunta verdaderamente decisiva: quién gobierna, con qué autoridad efectiva, bajo qué reglas comunes y al servicio de qué intereses sociales, económicos y soberanos. Una fuerza capaz de superar el rumbo actual del país no se construirá elevando el tono del discurso ni refugiándose en una supuesta superioridad moral, porque el problema que dejó el terreno libre no es cultural sino político, organizativo y estructural, desde el año 1976 hasta nuestros días.

Lo que está ausente son los pilares de autoridad democrática efectiva. Decisiones que se cumplan, instituciones que ordenen las rutinas, las expectativas y un Estado que vuelva a ser reconocido como árbitro legítimo de la vida colectiva. Sin esa arquitectura, la política se reduce a una declaración moral y el conflicto deriva en un espectáculo verdaderamente decadente, con el pueblo como testigo expectante y, a la vez, ausente de su propia escena histórica. Recuperar ese piso —sin violencia, sin arbitrariedad y sin escenificación punitiva— es la condición previa para cualquier proyecto que aspire a gobernar y no sólo a oponerse como límite desde la ética ciudadana minoritaria.

Falsas banderas

Si algo deja al descubierto el recorrido que analizamos es que la crisis del campo nacional es también una crisis de lenguaje, de categorías políticas y de sentido histórico. Tal vez no sea un exceso afirmar que el olvido —o la lectura fragmentaria— de nuestra propia historia sea una de las claves más profundas para entender el drama argentino presente. No se trata de un problema académico ni de una discusión erudita. La incapacidad de producir un instrumento cultural propio, arraigado en la experiencia histórica argentina, compromete directamente la posibilidad misma de una política soberana. Sin una matriz cultural nacional, las concepciones políticas se vuelven algo así como una especie de préstamo, las ideologías se importan sin mediación y la lectura de la realidad social queda filtrada por esquemas ajenos a nuestros procesos concretos.

Cuando un movimiento político abandona esa base, queda expuesto a un riesgo mayor; movilizar al pueblo bajo banderas que no ha creado, con consignas formuladas desde otras realidades y al servicio de intereses que no son los suyos. Esa colonización no siempre opera por la fuerza; muchas veces actúa como terrorismo ideológico blando, imponiendo tabúes, prejuicios, amenazas y censuras; clausurando debates y desarmando la capacidad crítica de una comunidad para pensarse a sí misma, en nombre de “los nuevos tiempos, las nuevas agendas y la lealtad”. El resultado es una impotencia política profunda. Se actúa, se milita, se declama, pero ya no se comprende el terreno sobre el que se pisa. Nuestros dirigentes, del primero al último, salvo alguna excepción que no tuerce la regla, parecen no entender el país en el que viven, no conocen nuestra historia y no tienen formación nacional. ¿Qué se puede esperar de su militancia juvenil?

El problema, entonces, no es la falta de ideas ni la necesidad de “inventar” doctrinas nuevas, sino la pérdida del imperativo de autenticidad. La política nacional no requiere una originalidad forzada, sino apropiación consciente de las categorías existentes, adecuándose a nuestra historia, a nuestra estructura social, a nuestros conflictos reales y a nuestro destino existencial integrado a la Patria Grande. Sin ese trabajo previo —cultural, político e intelectual— cualquier proyecto termina hablando un idioma prestado, y un pueblo que no se reconoce en su propio lenguaje queda condenado a repetir consignas ajenas mientras otros deciden su destino.

*Miembro de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

La Cámpora: apuntes para un balance histórico del ciclo kirchnerista (parte I)

Por Gustavo Matías Terzaga*

La Cámpora no puede ser comprendida como la deriva individual de una generación, sino como la cristalización organizativa juvenil de una etapa determinada del poder político argentino. Nacida en el seno del kirchnerismo y formalizada en 2006 bajo el liderazgo de Máximo Kirchner, La Cámpora expresa una forma específica de concebir la militancia, el Estado y la acumulación de poder en un ciclo que combinó avances reales con límites estructurales profundos.

A los gobiernos kirchneristas los podemos considerar como nacionales, pero no de liberación nacional. Pero fueron, con todos sus límites y contradicciones, los mejores para el pueblo argentino desde la muerte del general Perón. Tal vez por esto mismo, la situación judicial de Cristina en la actualidad, aunque admita más lecturas, difícilmente pueda separarse del ciclo político virtuoso que encabezó, de las decisiones estratégicas que marcaron ese período y que constituye un marco insoslayable para comprender la dimensión histórica de su figura.

Precisamente por eso, su balance crítico desde nuestras filas es ineludible para entender por qué un ciclo que produjo avances reales no logró fijar de manera duradera las bases del poder popular y derivó, en el presente, en una lógica política internista, obturadora y dañina, más preocupada por preservar la centralidad y cerrar filas identitarias que por alentar, con responsabilidad histórica, la recomposición y organización de un proyecto nacional que esté a la altura del drama nacional al que asistimos.

El marco histórico

En 2003, cuando emerge el kirchnerismo, el escenario internacional estaba marcado por la poscrisis del neoliberalismo de los ’90, el desgaste del Consenso de Washington para América Latina y el impacto geopolítico de la guerra de Irak, que comenzaba a erosionar la legitimidad del orden unipolar estadounidense. En América Latina comenzaba un ciclo de gobiernos posneoliberales, el denominado “giro a la izquierda” —Brasil, Venezuela, luego Bolivia y Ecuador— que ampliaron márgenes de autonomía regional.

En el plano doméstico, una sociedad desorganizada en términos clásicos, un movimiento obrero debilitado por décadas de neoliberalismo y un sistema político atravesado por una profunda crisis de representación. Para 2006, Néstor Kirchner ya había logrado reconstruir la autoridad presidencial, ordenar el sistema político tras el colapso de 2001 y desplazar a los viejos mediadores del peronismo territorial (gobernadores, intendentes, aparato duhaldista). El kirchnerismo empezaba a dejar de ser un gobierno de emergencia para convertirse en un proyecto de poder con vocación de continuidad.

Cada una en su tiempo, las organizaciones juveniles

Durante el peronismo en ejercicio del poder (1945–1955), la concepción política fue clara y coherente; el sujeto estratégico eran los trabajadores organizados, y por eso la movilización se canalizó fundamentalmente a través del sindicalismo, no de organizaciones juveniles autónomas. En esa idea, la comunidad se pensaba ordenada por funciones —trabajo, Estado, Fuerzas Armadas, familia, Iglesia— y no por identidades etarias. De allí se desprende una definición central; la juventud no constituía un sujeto político permanente, sino una etapa biológica de formación previa a la representación, integrada orgánicamente al conjunto del movimiento. La militancia juvenil existía, pero se ejercía sin autonomía propia, subordinada a la conducción general, lógicamente. Recién después de 1955, con la proscripción y el peronismo fuera del poder, emergió una politización juvenil autónoma; La JP.               

Entonces, las diferencias de concepción política y de objetivos entre la Juventud Peronista y La Cámpora no son accidentales sino históricas y doctrinarias. La JP nace en la intemperie de la proscripción, se consolida en los sesenta y cobra centralidad, aunque por un breve lapso, con el retorno de Juan Domingo Perón (1972–73). Vale decir, se forma antes del poder y contra el poder, en la resistencia barrial, sindical y universitaria, articulada con el movimiento obrero; por eso su función durante años fue preparar la reconquista del poder popular con el retorno del General y aportar militancia a una estrategia de masas. La Cámpora, en cambio, nace ya en el poder, desde el Estado y bajo tutela presidencial; no se organiza para conquistar lo que falta, digamos, sino para custodiar, apuntalar y administrar lo que ya se tiene, ordenar lealtades y ocupar los espacios de gestión.

Hay similitudes visibles, pero existe una analogía aparentemente superficial entre aquella Juventud Peronista que agitaba el “Luche y vuelve”, por el regreso del General, y La Cámpora concentrada hoy en el “Cristina libre”, que tiene una legitimidad democrática indiscutible. Pero mientras la JP concebía el retorno de Perón como la llave para un proyecto nacional (18 años!), aquí la consigna corre el riesgo de convertirse en un horizonte autosuficiente. Podemos decir que cuando la política tiende a organizarse alrededor de una figura ausente o impedida y no en la elaboración de un programa, la consigna deja de ser instrumento de conducción y pasa a funcionar como sustituto del debate estratégico que el momento histórico exige. La diferencia es que, en aquel entonces, el programa político se encarnaba en la figura misma de Perón.

Categorías políticas distintas para el mismo drama histórico

Durante su exilio en Montevideo, y como una crítica a la colonización pedagógica y cultural en la Argentina, en Los profetas del odio (1957), Jauretche polemiza de manera directa contra la noción liberal del “ciudadano” en abstracto, señalando que ese lenguaje jurídico-moral oculta al pueblo real, históricamente situado, con intereses concretos y conflictos definidos. Para el pensamiento nacional, esa sustitución no es inocente, ya que desarma la conciencia popular y neutraliza la política como lucha por el poder nacional.

En la tradición nacional, entonces, “pueblo” no es una categoría decorativa ni un sujeto meramente jurídico, es más bien, una realidad social organizada. Perón lo formula con fuerza pedagógica en Conducción política (Escuela Superior Peronista 1951 – compiladas y publicadas en 1952) cuando advierte que la política no se construye “con pueblos en abstracto”, y que el problema del mando es, antes que nada, el de organizar la fuerza social real que se quiere conducir. Con el mismo nervio, Arturo Jauretche, al desarmar la “abstracción” liberal, vuelve sobre la trampa de las palabras limpias que esconden intereses concretos. En el Manual de zonceras argentinas (1968) denuncia el refugio en “los derechos del hombre en abstracto” para evitar el conflicto con el hombre real, situado, con necesidades y pertenencias, que es precisamente el que hace al pleito histórico de la nación. Por eso, cuando el planteo político reemplaza al pueblo organizado por el “ciudadano” como figura neutra, no cambia solo el vocabulario; cambia el tipo de poder y de conflicto que se imagina, porque se debilita el eje “organización–conducción–proyecto” y se abre paso una política más apta para la interpelación moral que para la estructuración del cuerpo social.

En el ciclo kirchnerista más tardío se advierte otra opción conceptual verificable en las categorías de lo político, particularmente en esta noción de pueblo. Desde esa tradición conceptual, la denominación “Unidad Ciudadana», por caso, no es un gesto inocente ni meramente táctico, sino la expresión acabada de un corrimiento político más profundo. Al elegir la categoría ciudadano en lugar de pueblo, el kirchnerismo cristaliza una mutación en su forma de interpelación de la realidad nacional. Ya no convoca prioritariamente a un sujeto histórico organizado en torno al trabajo, la producción y la comunidad organizada, sino a un agregado cívico-electoral de individuos portadores de derechos. Esa elección semántica revela —y a la vez consolida— una estrategia que privilegia la ampliación electoral, la apelación moral y la defensa institucional frente a la construcción orgánica del poder popular de base.

Consignas, derechos e izquierdas

Las consignas políticas, cuando nacen como síntesis de una experiencia histórica real, funcionan como estrellas en la noche. No iluminan todo el paisaje, pero orientan el rumbo y permiten distinguir el norte para salir del extravío. Son referencias que condensan una lectura del conflicto histórico y señalan un eje hacia dónde debe dirigirse la acción política.

Algunas consignas emblemáticas del kirchnerismo en las remeras de miles de militantes camporistas, como “la patria es el otro” o “el amor vence al odio”, colocaron el eje de la política en un plano ético-afectivo, donde el conflicto se presenta como una cuestión de sensibilidades y valores compartidos. Ese registro, humanamente potente, tiende sin embargo a aplanar el relieve del enfrentamiento histórico al no precisar con nitidez dónde están los intereses en pugna y quiénes encarnan las posiciones contrapuestas. Por el contrario, expresiones clásicas como “Patria sí, colonia no” o “Liberación o dependencia” ordenan la escena en términos estructurales y verticales; plantean un dilema histórico concreto que no se ha resuelto, identifican al enemigo del pueblo, señalan con claridad la naturaleza del conflicto y orientan la acción política hacia un objetivo definido; la liberación nacional. La diferencia es estratégica entre una política que interpela conciencias y otra que organiza fuerzas para una causa nacional.

En el kirchnerismo —como en buena parte de la política contemporánea— se volvió habitual ordenar el debate en términos de derecha e izquierda, categorías que, aunque útiles en ciertos contextos, resultan insuficientes para describir la tensión profunda entre dos modelos de país que no compiten en un mismo plano, sino que se excluyen mutuamente. Esa discusión, planteada en clave horizontal y de extremo a extremo, tiende a diluir el núcleo del conflicto histórico argentino. Como dijimos, el eje real es vertical: pueblo o antipueblo; nacional o antinacional; oligárquico o popular. Allí no se enfrentan sensibilidades ideológicas, sino dos proyectos existenciales para nuestro país, donde la consolidación hegemónica de uno supone necesariamente la destrucción estructural del otro.

En conjunto, estas opciones conceptuales en el kirchnerismo plantean que la política misma —y la construcción del pueblo— es un acto discursivo, un proceso de articulación de significados que da lugar a identidades colectivas en conflicto. Y no aparece por generación espontánea, sino como el resultado de la incorporación progresiva de matrices propias del progresismo global contemporáneo y del constitucionalismo de derechos, donde la política tiende a pensarse más como interpelación cívico-moral que como organización social/popular. En ese marco, la ampliación de derechos y el reconocimiento institucional —dimensiones valiosas pero parciales— pasaron a ocupar el centro de la práctica política durante la Década K, mientras quedaba en un segundo plano la tarea más ardua y decisiva, la única posible, la construcción material de poder popular, es decir, la estructuración estable de un sujeto colectivo capaz de sostener un proyecto nacional más allá del embate de los medios, la justicia, las operaciones y los ciclos electorales.

El kirchnerismo, poco a poco, fue adoptando una noción de pueblo como identidad construida, móvil y contingente, definida por el discurso y sostenida por antagonismos simbólicos. En esa perspectiva, el pueblo no se organiza, sino que se produce narrativamente.

El Kirchnerismo de Cristina

Tras la muerte de Néstor Kirchner en octubre de 2010, y ya bajo el liderazgo pleno de Cristina, comenzó a advertirse un desplazamiento en la orientación de discursos y prioridades públicas. Sin abandonar políticas de alcance social, la centralidad simbólica de la etapa empezó a gravitar cada vez más en agendas culturales, identitarias y de reconocimiento institucional que encontraron mayor eco en sectores medios urbanos y universitarios.

Pero cuando la política comenzó a expresarse en códigos cada vez más alejados de la experiencia material de las mayorías, poco a poco se produjo un desfase silencioso entre representación y realidad popular que generó un vacío que terminó siendo ocupado por quien supo nombrar, aunque de manera rudimentaria y oportunista, esas mismas angustias. A la vez, se consolidó un relato militante persistente que descansó, en gran medida, en la infantilización del pueblo y en la negación del error propio. Cada derrota electoral fue atribuida al electorado —“desagradecido”, “derechizado”, “confundido”— antes que a una conducción que había perdido sintonía con las mayorías y confundía carencia en el liderazgo con infalibilidad de Cristina. Esa ausencia de autocrítica terminó profundizando la desconexión con la realidad social.

Pero no hubo un súbito giro ideológico de la sociedad ni un acto de desagradecimiento con un gobierno nac & pop que “les dio todo”, la sociedad no “se derechiza”, sino que encontró en otro registro discursivo, aunque sea con un significante futuro vacío, una referencia más cercana a su experiencia concreta. Algo, o mucho de esto viene sucediendo en los últimos diez o quince años. Y cuando la política pierde el idioma de su pueblo, otros lo toman. Recuperarlo es una tarea ineludible. El punto crítico es que, cuando la hegemonía discursiva se convierte en el horizonte principal, el poder empieza a medirse por su capacidad de interpelar —de convocar afectos, indignaciones, fanatismos y adhesiones— más que por su aptitud para organizar al pueblo. De hecho, lo desorganiza.

La Cámpora y su concepción política

En ese recorrido, La Cámpora terminó convirtiéndose en la forma organizativa más coherente con esa deriva. Creció al interior del gobierno y el Estado, aprendiendo antes a ocupar lugares, administrar espacios y tejer lealtades que a organizar socialmente, más allá de su considerable base juvenil, sobre todo, o casi exclusivamente en PBA. Su tránsito de militancia a aparato no fue un desvío, sino la consecuencia lógica de una concepción de la política centrada en la custodia de posiciones estratégicas. De este modo, el Estado pasó a operar como ámbito privilegiado de acumulación política, como territorio de ocupación de espacios, como círculo y red de lealtades, ventanillas de influencia, líneas y programas, como fuente de recursos, como mérito de acceso, como certificación de autoridad y, lastimosamente, la política militante como carrera profesional personal y sustituta de la militancia para la construcción popular real.

Por su composición de clase mayoritariamente urbana y de sectores medios, y por una naturaleza política determinada primigeniamente en la cúspide de la pirámide política, La Cámpora arrastró desde su origen un límite estructural para cumplir el objetivo de organizar, movilizar y articular políticamente a los sectores populares. De allí, tal vez, la lógica inversa y recurrente de “bajar al territorio”. Una práctica que supone intervención episódica y pedagógica desde afuera, más que arraigo orgánico desde adentro. No es lo mismo vivir el territorio —trabajar, producir, habitar, sobrevivir y organizarse allí— que “descender” a él con consignas, programas, dispositivos y buena voluntad. Ese gesto revela el límite político de una militancia formada fuera del mundo sindical y la vida popular. Aunque, hay que decirlo, el despliegue de la militancia camporista de base en el territorio y en diversas circunstancias, ha sido comprometido y muchas veces conmovedor.

Pero la idea de “bajar al territorio” revela con nitidez un límite político, ideológico y cultural, porque supone que el barrio popular es un espacio vacío al que se le instalan agendas definidas desde afuera, más que una comunidad con problemas, complejidades, saberes, creencias y prioridades propias. Esa lógica —típicamente pequeño-burguesa— imagina que la militancia consiste, además de garrafas, jornadas solidarias, bolsones, pensiones y selfies con los dedos en “V”; en llevar mesas y talleres para promover consignas como el aborto, las infancias, el indigenismo, la separación Iglesia-Estado, el ecologismo o el lenguaje inclusivo, sin partir del universo material y complejo del territorio del pueblo llano: seguridad, adicciones, exclusión, escuela, inserción laboral, salud, maternidad, vínculo con el Estado, violencia institucional, familia, religiosidad y vínculos comunitarios. Más allá de la promoción de alguna facilidad y el intento de “empoderar” a alguna gorda con mando y carácter, el único dato concreto allí es que la identidad del militante pesa más que la experiencia vital del vecino. Así, el territorio no se organiza desde adentro; se coloniza simbólicamente por un rato, una vez a la semana. Y cuando la política se reduce a esa escena, pierde arraigo, reemplaza la integración y la construcción de poder popular por la satisfacción moral de haber “estado”.

Políticas de minorías

Bajo el liderazgo de Cristina se hizo más visible una orientación que ya venía insinuándose; las llamadas “políticas de minorías” comenzaron a ocupar un lugar central en el discurso y en la práctica de la militancia kirchnerista. El punto problemático no fue su incorporación como demandas legítimas dentro de un programa nacional, sino el momento en que pasaron a operar como núcleo identitario interno del proyecto político, desplazando otros ejes de organización y conducción. No hay aquí una crítica simplista a derechos o demandas legítimas; el problema es otro. Cuando la política se estructura alrededor de agendas parciales que se expresan y se imponen como marcadores de superioridad moral (esto ocurre cuando no nace desde las bases), el campo popular pierde la capacidad de hablarle al conjunto. Una política nacional amplia y determinada por prioridades organiza lo común; una política capturada por lógicas minoritarias tiende a fragmentar el sujeto, a invertir prioridades, a confundir al enemigo, a reemplazar la comunidad por uno o varios archipiélagos, y a convertir el clima de la disputa social concreto en disputa de identidades.

A lo que vamos, cuando una fuerza popular convierte las políticas de minorías en el eje ordenador de su práctica y de su relato, suele producirse una paradoja política; se gana intensidad discursiva en la cúspide pero se pierde capacidad de ampliación y contención de las bases. No porque las minorías no importan —importan y deben ser protegidas, aunque ni te voten— sino porque, al ubicarlas como centro de la identidad del proyecto, se desplaza el núcleo vertebrador que organiza a un movimiento nacional: trabajo, salario, producción, seguridad social, cultura popular, movimiento obrero, comercio exterior y soberanía nacional.

La política que ocupa el espectro de la comunicación y el sentido pasa a ser un repertorio de signos, banderías, slogans, pañuelos, consignas y sensibilidades que funcionan muy bien como marca de fijación de pertenencia interna, pero mal como herramienta para ordenar la sociedad de manera amplia, heterogénea y eficaz. El peronismo, o esta última versión progresista del peronismo, fue perdiendo plasticidad y comenzó a rigidizarse en marcos ideológicos cada vez más estrechos, desplazándose hacia posiciones identificadas como “de izquierda” en el plano discursivo, pero alejándose al mismo tiempo de su tradición pragmática de conducción y síntesis nacional y popular.

Ese foco genera, además, un mecanismo corrosivo dentro de las propias filas nacionales. Por eso, en no pocas ocasiones, el kirchnerismo terminó —aun sin proponérselo— facilitando el trabajo de sus adversarios, de nuestros enemigos. Multiplicó fracturas internas, erosionó puentes con aliados potenciales para servirlos en bandeja a la contra y, al estrechar su propio campo de pertenencia, dejó servida la tarea a quienes buscaban dividir al movimiento nacional desde afuera. Ese es el resultado paradójico de una política que, en vez de integrar agendas particulares a un proyecto nacional, termina subordinando el proyecto nacional a la administración de agendas particulares.

En un discurso durante la sesión del Senado en 2018, Cristina expresó: “A lo nacional y popular, vamos a tener que incorporarle la agenda feminista —nacional, popular, democrático y feminista”. La observación que aquí se formula no es una objeción al feminismo en sí, sino una señalamiento político. El problema no radica en la legitimidad de esa agenda, en sus importantes avances, ni en la fuerza intrínseca de ese reclamo histórico para las mujeres —nadie con sentido histórico puede oponerse a la igualdad de dignidad entre varones y mujeres, porque esto mismo hace al marco de la justicia social— sino contra un mecanismo político que se volvió frecuente; convertir una discusión estratégica entre compañeros en un juicio moral. Ese mecanismo es eficaz porque se apoya en un núcleo verdadero. Toda gran operación necesita un eje de verdad para sostenerse. El eje, aquí, es la aspiración legítima a la igualdad de género. Pero esa verdad, utilizada como escudo indiscriminado, termina cumpliendo otra función; blinda decisiones políticas concretas de cualquier crítica a la evaluación estratégica. En lugar de discutir si una consigna ordena o desordena, si organiza o fragmenta, si amplía o reduce el sujeto social; se discute quién “es” qué, quién “merece” hablar, quién está del lado correcto de la moral y, así, el lenguaje de emancipación se convierte en herramienta de disciplinamiento interno. No porque la causa sea ilegítima, al contrario, sino porque la verdad que la funda se usa como coartada para no discutir lo decisivo: cómo se construye poder popular real, con qué prioridades y con qué sujeto histórico, para que esa misma política pueda materializarse en el tiempo con más concreción que divisiones.

El tema está en el modo en que su incorporación se realizó, desplazando el eje de la organización popular hacia un terreno identitario clasemediero que, al no articularse con una estrategia nacional integral, terminó debilitando la centralidad del sujeto histórico que el peronismo había sabido construir.

En suma, en un país como el nuestro, cuando el campo nacional renuncia a su lenguaje histórico —productivo, social, cultural, genuino, profundo, patrio, simple, religioso, criollo y nacional— y se refugia en una jerga identitaria abstracta, por más legítimo que sea el planteo, no eleva al pueblo cuál pretensión vanguardista, lo deja políticamente a merced de quien se anima a nombrar sus malestares, aun para explotarlos en su contra.

*El autor es miembro de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

¿Maquiavelo ha muerto?

Por Antonio Montagna

Estaba dispuesto a continuar con mi bitácora de lectura sobre Nietzsche y de repente irrumpió Davos, así que lo aproveché. Estaba leyendo la Segunda Consideración Intempestiva[1] intentando hilvanar algunas cuestiones sobre la deconstrucción y ciertas reivindicaciones identitarias, y me vi obligado a hacer un paréntesis. Así que será para la próxima.

Es muy difícil el debate cuando enfrente hay un discurso críptico que no busca persuadir, como dice Manuel Barrientos: “si no se entiende, es mejor”.

Me voy a centrar en dos frases que pronunció Milei: “…el continente será el faro de luz que vuelva a encender a todo Occidente y que de ese modo saldará su deuda civilizatoria, en gratitud a las raíces de la filosofía griega, el derecho romano y los valores judeocristianos”. Y la otra, que llamativamente me extraña que aún no haya recibido algún comentario de los políticos (el que calla otorga, dice el dicho): “Maquiavelo ha muerto”

En Davos, un hombre creyó estar encendiendo un faro, pero lo que realmente activó fue una trampa mortal de siglo y medio de antigüedad. Cuando Javier Milei invocó las raíces de Grecia y Roma para “salvar” a Occidente, no sabía que estaba ejecutando, paso a paso, la sentencia que Nietzsche redactó en 1873. El mundo aplaudió o abucheó lo que creyeron que era un discurso político; casi nadie notó que Milei acababa de tropezar con el «gran peligro» de una victoria siniestra. Dice que viene a saldar una deuda civilizatoria. Pero, ¿qué sucede cuando el acreedor es un cadáver que exige ser devorado? Él lo llama renacimiento. La filosofía tiene un nombre mucho más oscuro para lo que está ocurriendo realmente.

La “deuda” como parálisis

Tres caminos para el pasado. Nietzsche trazó las rutas en su Segunda Consideración Intempestiva, pero el presidente prefirió hundirse en el barro de la historia anticuaria y el bronce de la monumental. Pura parálisis. Al encadenarse a una «deuda civilizatoria», rinde culto a lo viejo por el mero hecho de serlo, montando un simulacro de mármol para ocultar que la vida ya no habita en esos templos. El ayer se vuelve un ancla. Utiliza la gloria de Grecia y Roma como un disfraz heroico, una máscara de museo que intenta dar sentido a una voluntad que no tiene territorio propio.

Necrópolis de conceptos. Para Nietzsche, esta acumulación de saber muerto es el veneno que detiene la actividad. Milei intenta alimentar al hambriento con conceptos momificados. Frente a este festín de sombras, el presente no exige gratitud. Exige el filo de la historia crítica para llevar el pasado ante un tribunal, juzgar su herencia y romper los eslabones que asfixian la potencia de lo que está naciendo.

¿Un faro de luz?

Luz falsa. El faro de Milei colisiona contra el muro de granito del «Dios ha muerto», ese colapso de los valores absolutos que él intenta resucitar con respiración artificial. Nihilismo reactivo. Es el gesto desesperado de quien busca refugio en las sombras de un ídolo derribado hace siglos, intentando iluminar el abismo con una lámpara que ya no tiene aceite.

Reivindica una tríada de la decadencia. Reivindica a Sócrates, a Roma y a la cultura judeocristiana como si fueran cimientos sanos, ignorando que son la raíz misma de la domesticación del instinto. Con Sócrates murió la vida y nació la razón abstracta. Milei celebra el inicio del fin: el momento exacto en que el hombre occidental empezó a temer a su propia fuerza y buscó consuelo en la geometría de las ideas. El miedo manda.

Su voluntad no es la del soberano que crea sus propios valores. Es la voluntad reactiva del siervo que necesita el permiso del Mercado o la validación de la Fe y la Torá para no caer en el vacío. Necesita ídolos. Necesita un orden natural que lo proteja de la incertidumbre. Al final de la jornada, Milei no es un león; es un servidor de fantasmas.

Maquiavelo respira

«Maquiavelo ha muerto», sentenció. Miente. Lo que Milei intenta sepultar no es al filósofo florentino, sino a la política misma entendida como creación colectiva, como ese espacio de tensión donde los hombres negocian su destino. Al declarar la muerte de Maquiavelo, Milei busca clausurar el debate. Fin de la discusión. Si la política es solo la aplicación de una “verdad” técnica o divina, entonces el consenso sobra, el conflicto es un error y el “otro” es un obstáculo para la luz.

Es la trampa perfecta. Al retirar a Maquiavelo del escenario, Milei pretende que su propia Voluntad de Poder sea invisible. Milei no busca persuadir a un colectivo; busca imponer una naturaleza nueva sobre la vieja, una “segunda naturaleza” que se pretende verdad absoluta para no confesar que es, simplemente, su propio querer.

Táctica sacerdotal. Oculta su voluntad bajo el ropaje de la civilización y los «principios innegociables» para que no veamos al hombre que decide, sino a la “fuerza del cielo” que ejecuta. Bautiza su interés como «Bien» y la negociación política como «corrupción», ejecutando una guerra psicológica donde la singularidad del individuo se diluye en un proceso universal que él dice representar. Pero la política no muere; solo cambia de piel. Maquiavelo respira en el silencio de quien no rinde cuentas, en la astucia de quien usa la fe y la Torá como escudos para que su poder no sea juzgado por los hombres, sino por la Historia.

La máscara es el absoluto. El rostro es el poder. Al negar lo político como construcción común, Milei reclama para sí la soberanía del solitario que, en su ceguera artística, cree estar salvando al mundo mientras solo está satisfaciendo su propio e inconmensurable impulso de dominio.

La historia al servicio de la vida

Basta de servidumbre. Solo cuando el presente deje de pagar tributos a un pasado petrificado podremos reclamar la libertad de actuar sin pedir permiso a los muertos. El «faro» de Davos suena a hueco. Deconstruirlo es golpearlo con el martillo de Nietzsche para revelar el vacío que oculta. El renacimiento que nos prometen es, en realidad, una clausura solemne donde la potencia queda bajo el mármol de verdades que ya no respiran.

La verdadera respuesta soberana no es saldar deudas con cimientos inertes. Debemos recuperar la historia crítica para juzgar este legado y la historia monumental para encontrar modelos que inspiren una grandeza hija de nuestra propia fuerza. El presente no debe ser un siervo del ayer. Negarse a ser el guardián de un mausoleo es el único acto de soberanía para recuperar lo político como creación común. Maquiavelo no ha muerto, pero nuestra capacidad de ser los arquitectos de nuestro propio destino tampoco debería morir bajo su máscara. El futuro le pertenece a quienes se atrevan a crear sin pedirle permiso a los fantasmas de Occidente.

[1] Nietzsche, F. – Obras completas. Volumen I – De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida. España. Editorial Tecnos, 2016

Una victoria perversa: Del triunfalismo militar al despotismo del algoritmo

Por Antonio Montagna

«Una gran victoria es un gran peligro». Con esta sentencia lapidaria, Friedrich Nietzsche abría en 1873 su primera Consideración Intempestiva[1]. El filósofo no celebraba el triunfo prusiano sobre Francia; por el contrario, denunciaba la perversa ilusión de creer que la victoria de los fusiles significaba una victoria de la cultura. Hoy, esa advertencia recobra una actualidad estremecedora. Lo vemos en el reciente tono fanfarrón y presuntuoso en torno a la invasión de Estados Unidos a Venezuela y la detención de Nicolás Maduro. La autosatisfacción exagerada como la de Donald Trump, quien no dudó en catalogar el hecho como un hito militar supremo alardeando de que «mi propia moralidad, mi propia mente. Es lo único que puede detenerme», es la reedición exacta de ese error que Nietzsche señaló hace un siglo y medio: confundir la potencia del acero con la grandeza del espíritu.

La ilusión de la superioridad técnica

Este alarde de fuerza militar no es un florecimiento cultural; es, en palabras de Nietzsche, una «ilusión sumamente nociva”. Es el triunfo de la logística sobre la vida. Cuando un Imperio festeja su capacidad de deponer y capturar mediante la eficiencia técnica de su maquinaria bélica, está oficiando el funeral de la verdadera cultura. Para Nietzsche, la cultura es la «unidad de estilo artístico en todas las manifestaciones de vida de un pueblo». El triunfalismo militar de hoy, al igual que el prusiano de ayer, carece de estilo; es puramente reactivo, mecánico y, sobre todo, arrogante. El festejo de los “bárbaros”.

Esta misma arrogancia es la que hoy visten los magnates tecnológicos de Silicon Valley. Figuras como Elon Musk son los nuevos «Preceptores de Alejandro» que celebran el dominio de la técnica (ya sea en el espacio, en el control de la opinión pública o en el apoyo a intervenciones militares) y el progreso humano. Quizá eso sea el “progreso”, la victoria del Filisteo Digital.

El Filisteo 2.0 y la dictadura del algoritmo

Nietzsche definió al «filisteo de la formación» (Bildungsphilister) como aquel que se cree cultivado por acumular datos, pero carece de profundidad. El filisteo actual es el habitante del scroll infinito, un «animal astuto» que consume fragmentos de quince segundos para anestesiarse contra la incertidumbre. Cree poseer la verdad porque el algoritmo se la entrega digerida, eliminando cualquier resistencia o impulso de búsqueda.

Lo vimos con claridad brutal en los últimos días. Mientras los titulares anunciaban la ‘Resolución Absoluta’, el algoritmo inundaba las redes con videos de supuestos festejos masivos en Caracas. No importaba que muchas de esas imágenes eran antiguas, descontextualizadas o directamente generadas por Inteligencia Artificial. El Filisteo Digital no busca la verdad del hecho histórico, busca la dopamina de la confirmación. Consume la fake news de la liberación con la misma voracidad con la que consume una serie, celebrando una ‘victoria’ que, en el terreno de la realidad, es mucho más sucia, incierta y silenciosa de lo que muestra su pantalla.

Si la metafísica clásica buscaba la verdad como adecuación (adaequatio), el algoritmo es su versión más tiránica. Es una «necrópolis de la intuición» donde no hay misterio, solo optimización. Esta algoritmización de la vida destruye lo auténtico de los pueblos para imponer una «culturalidad» global y vacía. Se puede controlar el flujo de información y dominar naciones enteras con satélites, y sin embargo, seguir siendo un bárbaro.

Del Proletariado al Precariado: El algoritmo como patrón

Esta dictadura técnica ha pasado de las pantallas al corazón del mundo del trabajo. El caso de Mercado Libre, despidiendo trabajadores con la excusa de la “transformación organizacional” bajo la premisa de ser reemplazados por Inteligencia Artificial, es la confirmación de que para el magnate-filisteo el ser humano es solo un «gasto de procesamiento».

“Los modelos de inteligencia artificial aprenden a hacer su trabajo gracias a los trabajadores que están siendo despedidos. Lo alarmante es que esos mismos compañeros son los que le enseñaron al algoritmo a realizar sus tareas”.[2]

Estamos operando un cambio ontológico: el paso del proletariado al precariado. El precariado es el hijo de la velocidad y del «ya y ahora». Es un trabajador fragmentado, sin estabilidad ni identidad, que vive bajo la amenaza constante de un código que decide su destino en un milisegundo. Si el proletario peleaba contra un patrón de carne y hueso, el precariado pelea contra un fantasma digital programado para la eficiencia desalmada. El oficio ha sido reemplazado por la tarea desechable; la dignidad, por la métrica.

Convenios y Soberanía

Frente a esta victoria obscena, la respuesta debe ser política, colectiva e «intempestiva». No se trata de un desprecio ludita por los avances tecnológicos, sino de exigir que estos estén al servicio del sujeto y no al revés. Es urgente que al sentarse en la mesa de una negociación, se acuerde proteger el tiempo humano frente a la dictadura de la inmediatez y recuperar la soberanía sobre el proceso de trabajo.

A nivel individual, nos queda la subversión de la lentitud. Ser «contrarios al tiempo», como pedía el joven Nietzsche. Si el sistema exige rapidez, nuestra libertad es la profundidad; si nos quiere predecibles, nuestra resistencia es la contradicción.

Conclusión: La técnica al servicio del soberano

La «moral» de la que alardean los conquistadores modernos es la moral de la máquina, no la del hombre soberano. Si permitimos que el éxito militar o la eficiencia algorítmica se conviertan en nuestra medida de verdad, habremos consumado la derrota más grave de la historia.

El desafío político es poner el progreso al servicio de subjetividades intuitivas. Que la tecnología sea el soporte de nuestra creatividad y la garantía de nuestro pan, no la herramienta de nuestro reemplazo. Contra la precarización de la vida y el imperio del dato, nos afirmamos con la organización colectiva y la vitalidad del pensamiento. Porque una vida con estilo, autonomía y dignidad es, hoy más que nunca, el único triunfo que merece ser nombrado.

[1] Nietzsche, F. – Obras completas. Volumen I – Consideraciones intempestivas I. España. Editorial Tecnos, 2016

[2] https://www.enfoquesindical.org/articulo/noticias/mercado-libre-despidio-informaticos-y-abre-la-polemica-por-la-ia-reemplazando

Una batalla tras otra

Por Marcos Domínguez*

“En la hora de los depredadores, los borgianos de todo el planeta ofrecen a los conquistadores los territorios que gobiernan como laboratorio, para que desplieguen en ellos su visión del futuro sin que se interpongan leyes o derechos de otros tiempos.”

Giuliano Da Empoli, La hora de los depredadores.

Decadencia occidental

Hay guerra y fuego en todo el mapa al mismo tiempo. Lo que vemos como hechos desperdigados —Irán, Ucrania, Franja de Gaza, Venezuela, nuestra propia Patagonia ardiendo— forma parte de un mismo temblor donde el viejo orden se cuartea, el nuevo no termina de aparecer y, mientras tanto, las potencias juegan la final del siglo XXI usando de tablero a los países periféricos.

Aquello que Gramsci llamaba “interregno” en nuestro terruño se siente doblemente. Nuestra élite, como buena parte de las occidentales, no tiene rumbo y fue colonizada por un nihilismo decadente. Y si, como decía Séneca, no hay viento favorable para quien no sabe adónde va, imaginemos lo que ocurre cuando el viento, como hoy, sopla en contra.

En el gobierno del golem argentino estas tendencias anómicas y decadentes se aceleran al calor de una derrota occidental de largo alcance. El experimento libertario aparece como el producto más acabado de esa decadencia: condensa, de forma extrema, todos los males previos. Es resultado de la crisis y la expresa del modo más legítimo y genuino posible. Lo sugeríamos hace un año, en “Wokismo libertario”, cuando sosteníamos que  el actual gobierno estaba precariamente cohesionado por ser una síntesis de incompatibilidades: un discurso que se proclama enemigo del progresismo pero replica su lógica –porque es su resultante pendular– de victimización, que promete dinamitar el Estado mientras construye una burocracia ideológica,  que denuncia la corrección política solo para imponer la suya, que pretende ser más judaizante que el Estado de Israel, más norteamericanista que EEUU. Todo, cuando nadie había pedido tanto.

Así, “el respeto irrestricto” a la propiedad privada convive con la promesa de un Occidente revitalizado a golpe de algoritmo y blockchain, cuando en realidad atraviesa una eutanasia prolongada. Una ola de decadencia que tiene, entre sus anillos de tradiciones parásitas y putrefacciones varias, la dicotomía maniquea del progresismo vs el anti progresismo, el errante multiculturalismo, la inmigración inevitable o indiscutible; estatismo vs anti estatismo hecho desde el Estado; la violencia intrínseca de EEUU cuyo sistema esta siendo lentamente devorado por la finaciarización extrema de su economía.

Clases medias víctimas y victimarias de la pandemia de inautenticidad mediada -y potenciada- por la digitalización de la vida social. El streaming convertido en deporte de acompañamiento terapéutico revela su excepcional maridaje con la desjerarquización de casi todo. La terminal y fantástica horizontalidad de la palabra como una gran tranquera abierta para que cualquiera, con o sin experiencia, con o sin saberes, con o sin virtud, pueda utilizarla como elemento afrodisíaco para escupir opiniones, monetizar editoriales, y performar análisis cansinos minuto a minuto.

En este marco, Milei, como señalamos desde su llegada al gobierno, condensa un “espíritu de época” que no está marcado por la voluntad de actuar positivamente sobre el curso de las cosas, sino por el resentimiento y la necesidad impulsiva de liberarse de ellas, cueste lo que cueste. Una revancha personal “contra el poder”, reducido al poder público estatal. La política aparece como fiesta colectivista decadente que hay que arruinar aunque no haya otra mejor que la reemplace. Para sopresa de nadie, fue una nueva versión de “la grieta”, barnizada de futurismo, donde la acumulación de rencores amenaza con alcanzar un volumen inusitado sin dirigencias ni diques que puedan contener una crisis que tiene más de implosión que de explosión.

Es en este contexto de decadencia occidental donde la geopolítica se vuelve selvática. Se borran líneas rojas que el “derecho internacional” prometía mantener. Vuelve a ser verosímil el uso de armas nucleares en un planeta donde proliferan los arsenales y escasean las inhibiciones. Si quienes concentran poder real no cruzan ese umbral, quizá después de la fiebre haya reacomodo; si lo cruzan, ni siquiera eso está asegurado en esta guerra mundial en cuotas.

La campaña del desierto

Hace años que se tantea el sur argentino con la paciencia de los viejos imperios. Tenemos incendios reiterados, proyectos inmobiliarios como plaga, inversores que se vuelven socios políticos de todos los oficialismos para sentarse en la cabecera de la mesa, campañas discretas para instalar la idea de que el sur es demasiado grande, caro o inhóspito. Hacer invivible un territorio para despoblarlo y succionar sus recursos estratégicos no tiene nada de original en este lapsus mundial que Da Empoli llama “la hora de los depredadores”.

La paradoja es que la propia existencia del Estado argentino dependió, en buena medida, de ocupar esa Patagonia. El ciclo Roca, con toda su carga simbólica, respondió a una lógica que en Europa nadie subestimaba: si un país no consolida su frontera, otro la consolida por él.

El fantasma balcanizante que se combatió a fines del siglo XIX vuelve hoy bajo formas más discretas: ya no son ejércitos regulares, malones, intereses chilenos o ingleses, sino combinaciones de operaciones inmobiliarias, fondos de inversión, ONG diseñadas en escritorios del Norte y proyectos “eco-friendly” que sueñan con un desierto prolijo, sin obstáculos soberanistas, listo para ser gestionado.

Puertas adentro, mientras el sur se prueba como zona de sacrificio, la Argentina llega a este escenario con los bolsillos agujereados. Arrastramos medio siglo de deuda externa, hija dilecta de la última dictadura y prolijamente “reperfilada” cada tanto. Cada renegociación agrega una dosis de morfina financiera. Mientras el gobierno destruye empresas, puestos de trabajo industrial y capacidad de generar divisas genuinas, una parte negadora del alma del medio pelo sigue soñando con que Vaca Muerta nos resolverá la vida sola, como si se pudiera vivir de rentas en un país que ni siquiera logró industrializar su propio gas. No se trata de ideologismo, pero la supervivencia nacional atada a la timba financiera y al remate de recursos naturales simplemente no es sostenible.

El orden “multilateral” del Occidente liberal nacido de la Segunda Guerra —ese entramado de FMI, Banco Mundial, OMC, Naciones Unidas y el “consenso antifascista” declamado— ya caducó. En aquel viejo orden existía una gramática mínima: las grandes potencias se contenían por miedo al abismo nuclear y las instituciones ofrecían una escenografía aceptable para las buenas intenciones. Hoy esa escenografía se vino abajo. El derecho internacional se volvió un viaje de egresados de burócratas y “pichones de”, un idioma elegante para nombrar lo que, en realidad, decide la fuerza. Las instituciones sobreviven en la medida en que continúan siendo útiles a Washington, Beijing o quien corresponda.

En ese mundo, los únicos países realmente a salvo son los que tienen armas nucleares o, en un segundo escalón, los que construyeron un complejo industrial-militar propio. El resto conserva bandera y asiento en la ONU, pero la soberanía pasa a ser condicional. Ya no alcanza con “tener razón” ni con “cumplir los tratados”. Como recuerda Abel Fernández, la cuestión se vuelve bastante más terrenal: hay que lograr que agredirte sea más caro que dejarte en paz. Y el shopping de armas importadas no resuelve nada si detrás no hay industria y conocimiento propios. La misma Venezuela aprendió a los golpes que las alianzas extra-hemisféricas ayudan, pero no sustituyen la capacidad de defensa propia.

Hasta mediados del siglo XX, la Argentina tuvo las principales industrias de uso dual de Sudamérica: aviones, barcos, radares, metalmecánica pesada. Eso que hoy llamaríamos un complejo industrial-militar. Una secuencia de gobiernos ineptos, cortoplacistas o directamente entreguistas, sumada a la derrota en Malvinas, fue desarmando pieza por pieza esa capacidad. Llegamos a la era de los drones —la guerra relativamente barata, donde un taller mediano puede fabricar artefactos capaces de complicar a cualquier fuerza invasora— sin decidir reconstruir nada en serio.

La vieja idea de Aldo Ferrer de que sin “densidad nacional” no hay defensa posible asoma con estridencia. Densidad nacional es un pueblo que percibe un destino común por encima de sus banderías, y un Estado que administre esa tensión, trace objetivos compartidos y amortigüe posiciones extremas en un proyecto de comunidad posible. Y un país sin densidad es una presa fácil para cualquier depredador global que mire el mapa y vea, donde debería haber una nación, apenas un conjunto de activos en liquidación.

Se trata de una depredación organizada por una oligarquía estadounidense que manda en una economía ficticia, en descomposición, anti productivista y permanece presa en una interminable y tóxica espiral de violencia. Es por eso que en este occidente en decadencia, las élites tecnológicas tipo Musk o Zuckerberg ya no se parecen al tecnócrata de Davos con discurso regulacionista. No sueñan con un mundo ordenado, sino con un mundo disponible. Susceptible de ser depredado en términos, fundamentalmente, energéticos.

“La ausencia de alternativas aclara la mente de forma extraordinaria”, decía Kissinger. Y esta depredación deliberada parece ser la unica alternativa de un occidente carente de toda imaginación para seguir participando de la carrera tecnológica con una China cada vez más adelantada.

Defensa Nacional

En este paisaje, la discusión sobre defensa nacional sale de la vitrina castrense y vuelve al centro. Perón lo explicaba, retomando a Colmar von der Goltz, con la tesis de la Nación en armas; un arco tensado al máximo, donde la punta de la flecha son las Fuerzas Armadas, pero el arco, la cuerda y la fuerza que la tensa es el pueblo entero, sus recursos, su trabajo, sus industrias, sus vías de comunicación. La defensa es, en esta visión, la capacidad real de un país para mantener vivo su territorio, su tejido productivo y su gente frente a un mundo que se está reordenando a los tiros.

Hemos dicho aquí que nuestro actual presidente no ve a la Argentina como un país, sino como “un lugar”. Bajo esa mirada, el territorio se ofrece como nodo experimental para la desregulación total. Si la Argentina es solo un lugar, su integridad territorial deja de ser un problema político y se vuelve un asunto inmobiliario.

Por eso, en la Patagonia, el gobierno montó un dispositivo que es algo más que un paquete de reformas. De un lado, levantó la ley de manejo del fuego y convirtió en política de Estado la idea de que se puede quemar sin límite y, cuando el humo se disipe, reinventar el territorio como negocio. Del otro, desarmó la ley de tierras y volvió a abrir la puerta para que capitales extranjeros compren las hectáreas que quieran, incluso en zonas de frontera. No se trata de un error técnico, sino de la profundización de la extranjerización de lo nuestro.

El gobernador radical de Chubut se apura a aclarar que “no hay que entrar en teorías conspiranoicas sobre especulación inmobiliaria” porque los parques nacionales serían “patrimonio de la humanidad”, como si esa categoría abstracta blindara algo cuando los incendios y las topadoras hacen su trabajo.

De este modo, la hipótesis de que despoblar, entregar la tierra y blindar las fronteras con presencia extranjera es una forma prolija de preparar el escenario para una balcanización futura queda relegada al rincón de las fantasías conspirativas, y nuestro país parece dispuesto a defenderse, llegado el caso, con la espada de cartón del derecho internacional. La realidad es que el bloque occidental en decadencia no se detiene ante constituciones ajenas ni propias. Necesita energía, agua, alimentos, litio, corredores hacia la Antártida. Y la Patagonia condensa todo eso.

Aquí conviene volver a mirar el tablero completo. El mapa del poder global cambió de manera estructural e irreversible: se cerró un largo ciclo de primacía de Occidente y se abrió una etapa de transición, conflicto y disputa. Como señala Gabriel Merino, el exagerado respaldo de Estados Unidos al gobierno de Milei no es un romance ideológico -no por lo menos del lado estadounidense- sino una jugada geopolítica que busca con todas sus fuerzas anclar el hemisferio occidental y bloquear la inserción argentina en un mundo que ya no gira solo alrededor de Washington y Bruselas. La incursión militar en Venezuela, que inauguró un corolario trumpista de la vieja Doctrina Monroe, mostró el nuevo estilo: un imperialismo más territorialista, de saqueo y acumulación por desposesión a la vista de todos. América Latina vuelve a ser espacio clave, no porque el Norte haya descubierto nuestro encanto, sino porque necesita un patio trasero disciplinado en el cual replegarse en medio del barullo multipolar.

Como todo imperio en declive, el Occidente anglosajón se vuelve más agresivo a medida que pierde hegemonía. Las líneas que separaban guerra y paz, derecho y fuerza, seguridad y saqueo, están borroneadas. Traducido al presente argentino: no hay defensa nacional posible si miramos la Patagonia como decorado, el Atlántico Sur como una  lámina escolar y la industria como capricho “estatista” o una «oportunidad estratégica» conducida por China. Pensar en argentino hoy es entender que nadie —ni Milei, ni sus opositores, ni ningún iluminado de ocasión— va a hacer este trabajo por nosotros. El gran desafío de estos años será construir ese «nosotros».

* Licenciado en Sociología de la UBA y docente

VIDA DE COUNTRY, RETÓRICA DE BARRICADA. APUNTES SOBRE LA CASTA MILITANTE DE LA “DÉCADA GANADA”

Por Bruno Carpinetti

Hay contradicciones que la política puede tolerar y otras que la corroen desde adentro. Entre estas últimas, pocas resultan tan devastadoras como la distancia sostenida entre lo que se dice y la forma en que se vive. No se trata de una cuestión moral en sentido estricto, sino de una experiencia sensible: el momento en que el cuerpo del dirigente deja de habitar el mismo mundo que el cuerpo de quienes dice representar.

En la Argentina reciente, esa fisura adquirió una densidad particular durante el ciclo conocido como la “Década Ganada”. Un proyecto que emergió como respuesta a la crisis de representación de 2001 terminó, con el paso del tiempo, por producir una nueva élite estatal, legitimada por un lenguaje nacional-popular, pero crecientemente encapsulada en formas de vida ajenas a la intemperie social que le dio origen.

El problema no fue —como suele simplificarse— la traición de ideales, sino algo más sutil y, por eso mismo, más persistente: la normalización de una disociación.

De la intemperie al despacho

Para una generación que se politizó en la resistencia al neoliberalismo de los años noventa, el estallido de diciembre de 2001 no fue solo un evento histórico: fue una experiencia formativa decisiva. Asambleas barriales, piquetes, horizontalidad, desconfianza radical hacia la política profesional. La militancia, entonces, no prometía carrera ni estabilidad; prometía desgaste, exposición y precariedad compartida.

Néstor Kirchner comprendió que esa energía no podía permanecer en estado salvaje y ofreció una traducción institucional de la rebeldía: el Estado como escenario de la transformación. Miles de militantes cruzaron el umbral de la protesta a la gestión, convencidos de que administrar el Estado era una forma superior de militancia.

Y durante un tiempo, lo fue.

El desplazamiento no se volvió problemático por el ingreso al Estado, sino por lo que ese ingreso fue produciendo en las subjetividades. La militancia dejó de ser una práctica de riesgo y pasó a funcionar, en muchos casos, como una trayectoria laboral. La épica sobrevivió en el discurso; el cuerpo, en cambio, encontró abrigo.

La lealtad como virtud política

Con la reconstrucción de la autoridad presidencial tras la crisis, se consolidó una forma específica de ejercicio del poder. La lealtad, entendida como obediencia irrestricta, se transformó en el principal capital político. No la coincidencia ideológica —que podía admitirse con matices— sino la adhesión acrítica al liderazgo y al relato.

En los organismos públicos, el técnico fue desplazado por el “cuadro político”. La capacidad de gestión cedió terreno frente a la obediencia. Señalar errores, proponer alternativas o simplemente dudar se volvió un gesto sospechoso. Quienes administraban el Estado dejaron de premiar el saber y comenzaron a recompensar la docilidad.

Esta lógica no solo deterioró la eficacia institucional; redefinió el sentido mismo de la militancia. El militante estatal ya no era quien tensionaba el poder desde adentro, sino quien lo reproducía sin fisuras. La crítica dejó de ser una forma de compromiso y pasó a ser una amenaza.

El Estado como ecosistema cerrado

A medida que esta dinámica se consolidaba, se produjo paulatinamente un proceso de endogamia política. Unidades básicas, centros culturales, medios de comunicación afines, organismos públicos se convirtieron en espacios donde la realidad circulaba filtrada, domesticada para no contradecir el relato.

La militancia traslocada a los despachos estatales, seguía “bajando al territorio”, pero ya no para escuchar, sino para explicar. La inflación, la inseguridad o el deterioro de los servicios no eran negados solo por estrategia; eran, en muchos casos, genuinamente ajenos a la experiencia cotidiana de una dirigencia protegida por sus propios privilegios.

Es en ese momento donde aparece y comienza a consolidarse lo que hoy llamamos, con notable precisión sociológica, la nueva “casta”: no solo una acumulación de cargos, sino una forma de vida. Una burbuja material y simbólica que permite sostener un discurso igualitario sin experimentar sus condiciones.

La batalla cultural como sustituto

Frente a las dificultades crecientes de la gestión material, la militancia estatalizada profundizó una estrategia que ya estaba presente: la llamada “batalla cultural”. Derechos humanos, revisionismo histórico, confrontación discursiva con medios de comunicación y poderes fácticos ocuparon el centro de la escena.

No se trata de negar la importancia de esas disputas, sino de observar su función. La batalla cultural operó como un desplazamiento: cuando la economía no respondía, el conflicto se mudaba al plano simbólico. La política se estetizaba.

Para la nueva élite militante, esta estrategia ofrecía una coartada moral perfecta. Era posible habitar barrios cerrados, consumir bienes importados y vacacionar en el exterior sin sentir contradicción alguna, siempre que el discurso permaneciera intacto. La revolución se volvía lingüística; el cuerpo, conservador.

El hartazgo y el péndulo

Toda disociación tiene un límite. Cuando la distancia entre el relato y la experiencia cotidiana se vuelve demasiado grande, el lenguaje pierde eficacia. La sociedad comenzó a percibir que la batalla cultural era un lujo de quienes tenían las necesidades básicas resueltas.

En ese vacío emergió la contraofensiva libertaria. El éxito de Milei no radica solo en sus propuestas económicas disruptivas, sino en haber señalado con crudeza esa incomodidad difusa: la sospecha de que el progresismo estatalizado se había convertido en el nuevo orden a conservar.

El concepto de “casta” funcionó porque nombró una experiencia compartida. No denunció solo corrupción, sino hipocresía. Al invertir la estética de la rebeldía, el libertarismo logró algo impensado años atrás: que la derecha apareciera como ruptura y la izquierda como sistema.

Epílogo provisorio

La tragedia de la militancia estatalizada de la “Década Ganada” no fue haber fracasado en transformar las estructuras económicas, sino en haber naturalizado una disociación que terminó vaciando de sentido su propio lenguaje y minando definitivamente su densidad ética. Cuando el igualitarismo se convierte en retórica y el privilegio en experiencia cotidiana, la consecuencia natural es el descrédito y la política pierde irremediablemente su potencia transformadora.

Salir de este ciclo exige algo más que “nuevas canciones”. Exige volver a alinear discurso, cuerpo y práctica. Restituir la incomodidad como valor político. Recordar, en definitiva, que ninguna épica sobrevive demasiado tiempo cuando se la pronuncia desde un despacho climatizado mientras la intemperie sigue afuera.

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