Por Federico Berardi
Hay una flor pequeña, azul, de nombre simple, que se convirtió en el símbolo más elocuente de la resistencia peronista. Fue un ramito prendido en la solapa, discreto como un susurro, firme como una convicción. Una imagen vale más que mil palabras.
Tras el golpe de 1955, el decreto 4161 prohibió pronunciar el nombre de Perón, el de Eva, el de Justicialismo. Los que infringieran la norma se arriesgaban a seis meses de cárcel o más. El régimen creía que borrando los nombres borraba las ideas o el sentimiento. Subestimó al pueblo.
A lo grotesco de la fuerza, disfrazada con nombre de libertadora, se le respondió con la creatividad, pícara y sutil, de la sabiduría popular. Al terror de las bombas, los peronistas proscriptos respondieron con flores. Con el “no me olvides” en el pecho caminaron por las calles, se reconocieron entre sí, sostuvieron algo que ningún decreto podía tocar: la identidad.
Dicen así fragmentos del poema que Arturo Jauretche:
¡No me olvides, no me olvides,
no me olvides!
Canta el pueblo de Perón.
No me olvides sobre el pecho,
no me olvides pegadito al corazón.
Volverán los no me olvides
cada año a florecer.
Con la flor de no me olvides
no olvidando esperaré.
No me olvides, no me olvides
No me olvides.
Es la flor del que se fue.
No me olvides, no me olvides,
No me olvides
¡¡Volveremos otra vez!!

Resistir
La resistencia peronista nació del subsuelo. De las fábricas, de los barrios, de los hogares, de la cuadra. No fue algo propiamente de universitarios, de intelectuales ni de vanguardias. Una unidad ciudadana, pero que brotó desde abajo. Casi improvisadamente, sin jefaturas, sin una organización única. Algo en el orden del instinto de supervivencia, construida por reflejo de vida, por defensa de lo propio. Fue “pre-militante” para pensarlo en categorías actuales, algo bien de pueblo al que le tocaban su dignidad cotidiana.
Luego adquirió volumen, organicidad, comandos, planes de tomas de fábricas o el plan “Luche y Vuelve”. Se hizo época con sus emblemas y sus figuras. Como lo simbolizan los héroes “anónimos”, muchos de ellos asesinados los días 10, 11 y 12 de junio de 1956 en las localidades de Avellaneda, La Plata, Campo de Mayo, San Martín (en los basurales de José León Suarez que Rodolfo Walsh eternizó con su obra “Operación Masacre”) y en la Capital Federal (actual plaza Las Heras, donde fusilaron al General Juan José Valle).
Decía José María Rosa, gran historiador revisionista y participante de la resistencia: “Lo grueso y principal no es la conspiración de unos militares patriotas que se propusieron, con la participación de civiles, echar abajo el gobierno de Aramburu y Rojas: conspiraciones y revoluciones semejantes las hay por docenas en nuestra historia.
Lo grueso y principal es lo que se llamó Ley Marcial, y su aplicación a los vencidos en la jornada del 9 de junio. ¿De dónde sacaron los “libertadores”, que estaban en el gobierno, que existía algo que llamaron Ley Marcial y les permitía disponer de la vida de los vencidos?… De ninguna manera es un derecho de muerte sobre los vencidos. Eso no es Ley Marcial: eso es la Ley de la Jungla, el derecho de las fieras.
¿Por qué la aplicaron? La respuesta es una sola: porque se necesitaba cometer actos de terrorismo a fin de acallar la enorme mayoría del país que repudiaba al gobierno de 1956”.
A 70 años de aquella masacre está pronto a iniciarse el juicio por la verdad en el juzgado federal número 2 de San Martín y que tiene como querellantes a familiares de aquellas víctimas y a Juan Carlos Livagra, “el fusilado que vive”, quien logró escapar ese día junto a un puñado de compañeros.
La flor de no me olvides, como toda planta, tiene raíces. Igualmente hubo raíces en el peronismo, fusilarlo fue darle más vida, querer cortarlo, fue como una poda que le hizo dar frutos nuevos. El corazón tiene razones que la razón no entiende. Y la razón fue que hubo una sencilla pero arraigada y contundente convicción: resistir hasta que vuelva quien había construido dignidad para el pueblo argentino.
Soneto
En 2018 el Papa Francisco presentó su encíclica “Chirstus Vivit” dedicada a la juventud. Entre las menciones de jóvenes como San Sebastián del siglo III, pasando por nuestro patagónico Ceferino Namuncurá hasta llegar al último santito italiano Carlo Acutis, dejaba una enseñanza sobre esto de las raíces y la memoria. El soneto de Bernardez, poeta católico argentino del grupo Martín Fierro, que concluye así:
Porque después de todo he comprendido
que lo que el árbol tiene de florido
vive de lo que tiene sepultado.
Raíces y Frutos. Memoria y futuro. Florecer es posible porque hay algo que no se ve que está sepultado. Son las raíces que entregan los nutrientes.
El ejercicio de la memoria es una condición fundamental en la vida de las personas y los pueblos. La memoria que es fuente de vida, no la que te quieren hacer creer que es como un ropero viejo con olor a humedad y naftalina. La memoria que alimenta es la que funciona como reservorio vivo. La que da herramientas para interpretar el presente, la que genera pensamiento antes que consuelo. La que permite conectar con la llama de la tradición. Pero también la memoria es un ir atrás para encontrar fuerzas y poder caminar hacia adelante. El espejo retrovisor cumple su función solamente si sabemos hacia dónde vamos
Las raíces de la memoria sin proyecto de futuro son una melancolía por lo que pasó, es un laberinto donde nos trenzamos en discusiones contrafácticas y en las que para colmo aún nadie se hace responsable de los platos rotos. A la resistencia, la memoria, la raíz, si no se le pone horizonte es pura reactividad, son consignas que, además, ya se vaciaron. El desafío de fondo es conectar memoria con futuro, donde la esperanza es la que amalgama. Y si en nuestro pueblo no hay esperanza de que algo (distinto) va a florecer, no se convoca por más que lo que gobierna sea horripilante.

¿A qué volver?
Son 70 años de la resistencia. El peronismo llega a este tiempo con cicatrices propias de la última etapa. Un triple achicamiento: territorial, electoral y conceptual. En el correr de los últimos años se perdieron territorios, se perdieron votos y se perdieron ideas programáticas.
Detrás de esos tres achicamientos hay uno más profundo, que queda fuera de los mapas y de las encuestas: el achicamiento espiritual. Cuando se achica el espíritu, se achica la convocatoria. Cuando se empequeñece la propuesta, el pueblo busca otra cosa donde anclar sus esperanzas, aunque esa otra cosa le cueste caro.
Y está costando muy caro, no digo nada nuevo para quien habita la Argentina. Y por si acaso la pinta de cuerpo entero la última carta del Indio Solari, a quien Dios le abrió paso a la eternidad y tal vez con la sabiduría premonitoria de quien presiente su destino quiso dejar grabado un mensaje más sobre millones de corazones, con esa simbología tan popular y tan única de su pluma punzante.
Pero mientras se resiste para afuera, tarde o temprano se abre una hendija para el examen de conciencia sobre lo propio, como si hubiera una resistencia para adentro. Por eso conviene asumir que hubo y hay resistencia interna. Si interpretamos, la sociedad que no come vidrio, exige que hay reconocer la herida antes de pretender curarla.
Y acá viene un posible interrogante para el presente, en tono pragmático (porque el tiempo se acorta) y proactivo (porque lo arreglamos nosotros o no lo arregla nadie) para reconocer y curar la herida. Para engrandecer esos achicamientos. ¿A qué volver?
La canción del gran Eduardo Falú se llama “¿A qué volver?”. A través de una zamba, la letra habla de un hombre que vuelve a su pago y encuentra cambiadas las imágenes de la casa, del árbol, el puente, el perro y el río. Es el reflejo de tristeza y resignación de volver a un lugar que ha perdido su esencia original, sus raíces. Como le puede al peronista que está distraído y no toma nota.
En 2019 decíamos volver mejores. Efectivamente volvimos, pero al final del camino “trajimos” a Milei. Entonces no volvimos mejores, sino peores. Y si repasamos las ya comentadas internas a cielo abierto, la falta de coordinación gubernamental, las operaciones leoninas del doble agente canino, las no renuncias, la conducción política que no se pudo, no se supo, o no se quiso. Se deshilachaban las flores en la solapa de la militancia. Y sobre todo en la sociedad se generó hartazgo y agotamiento.
No nos entra un quilombo más decía nuestro candidato. Otro mientras seguía siendo ungido públicamente como el candidato que se hubiese deseado. Y uno más se arrebataba ese lugar de candidato en una primaria (y una interna) que no le sirvió al peronismo ni al país.
Cambió la etapa y cambió acertadamente la fórmula: mejorar para volver. El acento está puesto en el mejorar antes que en el volver. En este caso el orden de los factores sí altera el producto. Ese mejorar estará más cerca de lograrse si tiene horizonte y camino, lo estratégico y lo táctico.
El horizonte, lo estratégico, es la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria, como condición sin qua non para empezar a hablar. Y el camino, es la discusión y la representación. Discusión doctrinaria de un programa federal para el siglo XXI. Representación de quienes tengan apoyo real y votos, que se trasladen en una forma de participación política fraterna, que abrace, que no sea sectaria y no busque homogeneizar.

Hidalguía
Existía una condición de caballeros en la edad media que no tenían título de nobleza. Eran de un escalafón más bajo, pero se les reconocía grandeza de espíritu y comportamiento recto. Eran los hidalgos.
Carlos “El Indio” Solari usa la expresión hidalguía como un adjetivo calificativo para describir el valor de resistir: “en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida”. Sin serlo yo, dejo mis condolencias a todo el pueblo ricotero y tomo esta frase con la que termina la canción “Encuentro con un ángel amateur” porque hay una enseñanza profunda ahí.
En el cómo se resiste y en el para qué se resiste, está la clave para comprender los resultados. La resistencia, vivida a fondo, es didáctica, enseña. La resistencia hace escuela, como en cualquier otro orden de la vida cuando hay sacrificio. Por eso no hay que reincidir en una resistencia que se suele confundir con intensidad militante y con resistir con aguante. El microclima que se confirma a sí mismo, donde todos piensan igual, donde cuesta el ámbito de la autocrítica para mejorar y donde no hay maestras, comerciantes, dueños de pymes, ni ciudadanos de a pie. En esa resistencia, cuando se enuncia el “volveremos otra vez”, se asocia a volver al Estado, a manejar fierros, espacios institucionales, viajes, gente, a bancar orgas de arriba para abajo, operativos para el territorio, sillón, lapicera y pulsera.
Si miramos la resistencia original con una actitud interpretativa, el foco estaba más asociado a un estado de cosas, a una atmósfera social y cultural, antes que al aparato del Estado al que había que volver. Era un estado de cosas a restaurar, que hacían a la cotidianeidad de la gente que podía vivir, trabajar, producir y proyectar.
La hidalguía de la resistencia peronista de hace 70 años se convirtió en fe popular que como todo lo relativo a la fe se transmite de manera viva. Se contagia por osmosis. Para transmitir y contagiar, el gesto vale más que mil palabras. Esa testimonialidad es clave en el mundo liquido peronista de hoy.
Un compañero sintetizó en la sobremesa de hace algunas noches algo en lo que nadie de los presentes se había detenido: “Acá todos hablaron de lo que hacen, no de lo que piensan. Hay testimonio”. La frase vale por su peso. Porque el testimonio es la única moneda que resulta imposible de falsificar. Resistir en un tiempo de orfandad, de escepticismo generalizado y de falsificación del pasado reciente, hace que el testimonio tenga un valor inconmensurable.
La credibilidad entre la vida y las palabras constituye un hecho real, objetivo, palpable, mensurable. Es una verdad en tiempos de posverdad. En la antigua filosofía griega, la verdad junto a la bondad y la belleza eran valores trascendentales.
El peronismo, cuando es fiel a sí mismo, se mide por su potencia de encarnar lo que le fue dado desde el comienzo: la esperanza de construir felicidad para el Pueblo y grandeza para la Nación. Eso es lo que la verdad y la belleza de la flor de no me olvides llevaba en el pecho. Esa esperanza, antes que nostalgia.
Y ningún peronista de ley sabe lo que es renunciar a la esperanza.

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