Reflexiones sobre la «Independencia» en tiempos de humillación y vasallaje

Por Daniel L. Vaschetto

Lito Nebbia nos dice que «si la historia la escriben los que ganan, eso quiere decir que hay otra historia, la verdadera historia, quien quiera oír que oiga..»

Lo primero entonces es que no existen «hechos» puros, existen los hechos interpretados en ciertas tramas conceptuales, categoriales, desde ciertos «trasfondos» ideológicos. 

También se «narran» los hechos en función de los intereses o proyectos de los múltiples actores involucrados.

La historia oficial Mitrista impuso el relato que resultaba funcional a los intereses de la Oligarquía porteña, subordinada al proyecto de la División internacional del imperio Británico. En esa versión el 9 de julio de 1816 es una fecha fundacional de la República Argentina. Y asi lo seguimos conmemorando. Pero hay varias cuestiones que ese relato no considera, o distorsiona, por lo que haremos una breve reflexión en clave de IDENTIDAD y TRADICIÓN. 

La lucha por la independencia no ocurre si antes no se constituye un cuerpo de experiencias, creencias y valores comunes que permiten delimitar un NOSOTROS y un ELLOS. ¿Y cuál era la identidad naciente en 1816? ¿Acaso se proclamó la independencia de Argentina respecto de España? Claro que NO. 

La ARGENTINIDAD no existía en el imaginario de los congresistas, el texto definitivo declara la independencia de «las provincias unidas de SUDAMÉRICA». El Gral SAN MARTÍN -uno de los que más empujó para que eso ocurra- decia: «yo soy un hombre del partido AMERICANO». 

El proyecto del Libertador, también el de Bolívar, no era la creación de veinte republiquetas subordinadas al orden NEOCOLONIAL diseñado por Gran Bretaña, sino una gran Nación o una Confederación de repúblicas respetando los límites administrativos de la época colonial. El desmembramiento y la fragmentación fue el proyecto de los mercaderes de los puertos, interesados en el LIBRECOMERCIO más que en la independencia. 

Entonces, en 1816 se libran varios conflictos simultáneos. El de quienes como San Martin o Belgrano quieren la independencia, enfrentado al de quienes buscan un heredero de alguna dinastía para coronarlo/a ( Carlos M. de Alvear y la princesa Carlota). Al mismo tiempo la camarilla porteña con ideas UNITARIAS enfrentada al Protector de los Pueblos Libres, José Gervasio ARTIGAS, liderando la banda oriental y las pcias Litorales. Quienes el 29 de junio de 1815 en el Congreso de Oriente en Arroyo de la China declararon la independencia. Ya en las «Instrucciones» a los diputados artiguistas a la Asamblea de 1813 se proponia la declaración de la independencia de España y de todo otro poder extranjero. La opción por el sistema republicano de gobierno y la igualdad de las pcias. Estos diputados fueron rechazados por sostener que la capital no podía ser la ciudad de Buenos Aires. 

Además podemos ver un conflicto sobre el MODELO de SOCIEDAD que se quería constituír, mientras el Artiguismo postulaba un modelo donde se representaran de forma IGUALITARIA todos los componentes del cuerpo social, incluídos los GAUCHOS e INDÍGENAS, la élite criolla porteña deseaba una «ciudadania» restringida a la clase propietaria. Lo manifiesta Mitre cuando juzga a los participantes del Congreso de Oriente como «hombres de dudosa honorabilidad». O cuando Tomás de Anchorena llama «cuicos» (monos) a los diputados del Alto Perú. 

En sintesis, en este complejo escenario ya vemos plantearse dos Proyectos antagónicos, que originaron dos TRADICIONES POLITICAS e ideológicas, que perduran hasta el presente. Por un lado el de una ÉLITE criolla racista, antidemocrática, que carece de una idea de NACIÓN SOBERANA y privilegia sus negocios particulares, y por el otro el Proyecto de construír una gran Nación que incluya a las mayorías populares mestizas, de criollos, indígenas y afrodescendientes. 

Ése proyecto de los Libertadores, de Artigas, y de las provincias interiores aún está inconcluso.

Puntos para pensar la reconstrucción

Por JUVENTUDES ARGENTINAS

“Cada generación recibe como herencia la tarea de dar forma a su propio tiempo: hacer madurar la historia como un lugar donde se proteja la dignidad de cada persona, se promueva la justicia y se haga posible la fraternidad […] No temamos ensuciarnos las manos en la obra de nuestro tiempo«

Carta Encíclica de Su Santidad León XIV Magnífica Humanitas 

Este documento surge por la voluntad de distintas organizaciones políticas de ponerle palabras a una noción de destino común que venimos forjando hace tiempo. 

Ante un movimiento nacional fracturado que no da respuestas a la crisis material y espiritual de nuestra Patria, nos proponemos plantear algunos puntos de acuerdos que puedan servir como premisa para ampliar el campo político. 

Lejos de significar premisas cerradas, presentamos una humilde propuesta, abierta, que sirva como base para encontrarnos y discutir acciones que puedan llevar a la Argentina al destino que merecemos: un modelo político que ponga la felicidad del pueblo en el centro, garantizando la realización individual y colectiva del conjunto de la sociedad. 

«Hoy, reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de voces y visiones que a veces recuerda la dispersión de las lenguas, existe, sin embargo, una posibilidad luminosa: la de edificar juntos, transformando la diversidad en un recurso y haciendo de la escucha y del diálogo el terreno común en el cual hacer crecer la justicia y la fraternidad»  

POLÍTICA INTERNACIONAL 

  1. En la transición mundial actual, donde cada vez se asientan más las bases de un nuevo orden mundial multipolar, la Tercera Posición se encuentra más vigente que nunca como única posibilidad para una política exterior soberana que garantice una Argentina grande y justa. 

2. Garantizar un Estado de escala continental a través de la integración de los distintos países de la región. En abierta tensión con la política balcanizadora del Imperio Británico en nuestro continente, Argentina siempre fue impulsora de la unidad continental. 

San Martín y Belgrano en los albores de las independencias; Felipe Varela, a través de la Unión Americana de fines del siglo XIX; Luis María Drago, creador de la Doctrina Drago en 1902; y Juan Domingo Perón, quien rechazó el ingreso de Argentina a la OEA y propuesto los “Estados Unidos de América del Sur» y la creación del ABC; son ejemplos de nuestra bagaje histórica. 

3. Plantear una inserción inteligente al mundo, construyendo alianzas estratégicas entre los gobiernos y los pueblos a través del encuentro de intereses comunes y permanentes. Nosotros debemos integrarnos al mundo y no el mundo incorporarnos a nosotros. La política internacional argentina no puede rebajarse solo a buscar las migajas de la división internacional del trabajo que nos imponen las potencias.

4. Identificamos en el BRICS+, por un lado, el intento de una arquitectura multipolar de relaciones interestatales desde el Sur Global al cual la Argentina debe integrarse lo más pronto posible; y, por el otro, existen grandes oportunidades históricas para asentar definitivamente, en un acuerdo político más amplio que el MERCOSUR, una estructura político- económica y de defensa con Chile, Brasil, Uruguay y demás naciones vecinas con las que compartimos intereses en la Cuenca del Plata, el Atlántico Sur y la proyección antártica. 

5. Repensar el Servicio Exterior de la Nación, con el objetivo de construir una diplomacia al servicio del interés nacional y que pueda representar fielmente la posición argentina ante organismos internacionales y/o terceros Estados ante la creciente demanda mundial de nuestros recursos. 

EL ROL DE LA POLÍTICA Y DEL PERONISMO 

  1. El Estado debe ser un motor de la democracia social y participativa y de la Comunidad Organizada. Las naciones no las liberan los funcionarios brillantes, sino los pueblos conscientes y organizados. 

2. Las organizaciones libres del pueblo son la base de la Comunidad Organizada. Su fortalecimiento combate la «insectificación» del ser humano que ya advertía nuestro Movimiento a mediados del Siglo XX y que se ha visto profundizada en la Posmodernidad. El Estado no debe entrometerse en sus funciones sino ser un agente subsidiario para su sostenimiento. 

3. El sujeto político no es el funcionario de Estado ni su beneficiario el trabajador-consumidor. El sujeto de nuestra política es el trabajador, y el fin el ser humano, que «debe ser dignificado y puesto en camino de obtener su bienestar, debe ser calificado y reconocido en sus esencias». 

4. En este sentido, entendemos al trabajo en su concepción amplia y no reduciéndolo solo al trabajo como generador de ganancia. Es trabajo todo aquel que sirve para reproducir la vida y transformar la realidad circundante, como el trabajo comunitario, las tareas de cuidado, la protección del ambiente, el cuidado de la salud colectiva, etc. 

5. «Ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo; y ninguna es tán débil como para no poder ofrecer su contribución». Por esto, no reconocemos sujetos activos y sujetos pasivos en la política, sino que es propio de la dignidad humana corresponderle una obligación a cada derecho. 

6. Identificar cuales son las modalidades de la Guerra Mundial Híbrida que se despliegan hacia el interior de nuestro territorio con el objetivo de combatirlas. Los programas de ajuste, la represión, la Guerra Cognitiva o el intento de disciplinamiento del Movimiento Nacional a través de la «guerra judicial» son formas variadas en los que esta guerra mundial en cuotas se expresa en nuestra Patria y debemos combatirlas. La ilegal persecución judicial contra dirigentes del campo nacional intenta ser una herramienta de disciplinamiento y división del Movimiento. 

FEDERALISMO 

  1. No puede existir proyecto nacional sin federalismo real. Entendemos por federalismo el integrar todas las potencialidades y problemáticas nacionales en un mismo proyecto nacional. El federalismo no implica en modo alguno la eliminación del Estado Nacional o de un Estado Central. No plantea una fragmentación. Por el contrario, plantea es establecer bases para un desarrollo equitativo en el territorio. 

2. La acción de gobierno debe contemplar la diversidad de idiosincracia, clima y geografía de cada lugar habida cuenta de que la Argentina es el octavo país de mayor extensión territorial del mundo. 

3. Tanto la imposición del centralismo porteño en el proceso de toma de decisiones como las medidas balcanizadoras que han funcionado de falsos alicientes -como la provincialización de los recursos naturales-, atentan contra cualquier posibilidad de discutir seriamente un proyecto Nacional y Federal. Continuar sin resolver la cuestión distributiva entre las provincias (postergada para siempre bajo la norma de aplicación imposible de la Reforma Constitucional de 1994) hará emerger con más fuerza planteos tributarios locales y eventual fragmentación del territorio. 

SEGUNDA PARTE 

ACCIÓN DE GOBIERNO 

SOBERANÍA TERRITORIAL 

  1. Es necesario decir, en primer lugar, que la Argentina es víctima de una ocupación ilegal y colonial por parte del Reino Unido. El ejercicio de la soberanía nacional, en sentido amplio, será imposible de llevar adelante si persiste la ocupación del 25% de nuestro territorio bicontinental. 

2. No puede existir un gobierno libre y soberano cuando la soberanía -y, por lo tanto, la existencia del Estado- se ve ofuscada y constantemente amenazada en su centro geopolítico Un gobierno realmente nacionalista y popular debe pensar el conjunto de sus políticas en esa clave. 

3. Esto no solo vale para la ocupación británica en las Malvinas e Islas del Atlántico Sur: los enclaves «privados» en manos de actores extranjeros en posiciones geopolíticas claves de nuestra Patria, como el Río Paraná, Tolhuin o el Lago Escondido, por solo nombrar tres ejemplos, deben ser desarticulados como primera acción de gobierno.

ECONOMÍA 

  1. El Estado debe jugar un papel absolutamente preponderante en cuanto al control de los resortes estratégicos y totalmente subsidiario en el desarrollo de la libre empresa. Esto ya se encuentra establecido en la Constitución Nacional de 1949: «toda actividad económica se organizará conforme a la libre iniciativa privada, siempre que no tenga por fin ostensible o encubierto dominar los mercados nacionales, eliminar la competencia o aumentar usurariamente los beneficios». 

2. Son resortes estratégicos aquellos necesarios para el desarrollo de una Nación y que no pueden regirse bajo la lógica de la ganancia privada. Solo por dar unos ejemplos, son estratégicos los minerales, las finanzas, los hidrocarburos, el acero, el comercio exterior, el aluminio, las comunicaciones, los servicios públicos, la logística y la vivienda, entre otros. 

PRODUCCIÓN 

  1. Lejos de lo que plantean los discursos liberales, es justamente esta forma de pensar la economía la que ha garantizado siempre en la Argentina la verdadera libre iniciativa privada, en una economía estable y justa, lejos de los intereses usureros de los monopolios privados. El Estado no debe intervenir en todo ni entrar en contradicción antagónica con el mercado. Debe estar en lo menos, aunque lo más importante: los resortes estratégicos de la economía y donde el mercado no llega ni resuelve por si solo.

2. Los trabajadores argentinos, verdaderos generadores de la riqueza nacional, somos quienes debemos discutir qué hacer con nuestro destino común. Debe garantizarse una participación activa de todos los trabajadores (formales, informales y desocupados) en la discusión del modelo de país. 

3. Para eso, es necesario, fomentar la construcción de nuevas herramientas que permitan una representación real del conjunto de los trabajadores tanto en la discusión política como en la representación institucional. 

4. La producción es un pilar fundamental del modelo de desarrollo nacional. Debe concebirse, por lo tanto, con una visión de conjunto que promueva el verdadero federalismo, pensando en el crecimiento de PyMes y economías regionales para el desarrollo de un entramado productivo con enfoque en el fortalecimiento de una economía verdaderamente nacional. Al mismo tiempo, es necesario articular dicho plan con la necesidad de atender la redistribución de los ingresos, el desendeudamiento y la inversión en los sectores estratégicos para el desarrollo del proyecto nacional. 

RECURSOS NATURALES 

  1. Ya la avanzada Constitución Nacional de 1949, derogada de facto y desconocida por los constituyentes justicialistas de 1994, proponía en su artículo 40 una fórmula que sigue teniendo vigencia: Los minerales, las caídas de agua, los yacimientos de petróleo, de carbón y de gas, y las demás fuentes naturales de energía, con excepción de los vegetales, son propiedad imprescriptibles e inalienables de la Nación, con la correspondiente participación en su producto que se convendrá con las provincias.

LOGÍSTICA

  1. La logística es una herramienta central de soberanía, integración territorial y desarrollo económico. Pensar un modelo nacional en términos logísticos, implica contar con un sistema de transporte multimodal en manos del Estado, que articule de manera eficiente las vías fluviales, ferroviarias, rutas y puertos, reduciendo costos y fortaleciendo la producción nacional. 

2. La recuperación de la Vía Troncal Navegable, mal llamada Hidrovía, como eje estratégico del comercio interior y exterior resulta fundamental para asegurar el control de la principal arteria económica del país, ya que por allí transita un gran porcentaje de la proteína vegetal que consume el mundo). Al igual que ocurre con el Misisipi en EEUU o el Yangtze en China, el Estado debe controlar la principal vía de comercio, tratándose de un asunto de seguridad nacional. 

3. Lo mismo ocurre con la construcción del Canal de Magdalena, fundamental para garantizar una salida directa al Océano Atlántico, impedida desde hace dos siglos por la separación de la Banda Oriental del Uruguay fomentada por el Imperio Británico. Impera recuperar la conexión de la Argentina fluvial con la Argentina Marítima, otorgándole al agua y en definitiva al Mar Argentino y al Atlántico Sur el lugar primordial que les corresponde. 

4. En este sentido, fomentar el pensamiento nacional situado desde y para una Nación marítima. Recuperar la Marina Mercante, los astilleros, la pesca nacional, la Dirección Nacional de Vías Navegables, los puertos privados, entre otras aristas. No hay forma de tener un comercio exterior argentino con todo esto en manos privadas-extranjeras. 

5. Del mismo modo, la reconstrucción y expansión de la red ferroviaria permitiría conectar regiones productivas e integrar provincias alejadas a los grandes centros de consumo y exportación, a través del abaratamiento de costos y la desconcentración del transporte de cargas dependiente del camión que hoy significa un 95% de nuestra logística interna. Una logística moderna, planificada y orientada al interés nacional no solo incrementa la eficiencia económica, sino que también fortalece la presencia efectiva del Estado sobre el territorio y amplía los márgenes de autonomía estratégica de la Nación. 

DEFENSA 

  1. La defensa nacional debe recuperar su carácter estratégico como garantía de soberanía, integridad territorial y proyección de poder en un escenario internacional cada vez más complejo. En 1983, la Argentina destinaba el 3,81 % de su PBI a esta área; hoy, 43 años después, estamos en un piso histórico: 0,5%. Esta no es una mera reducción presupuestaria, sino una política de Estado sostenida durante cuatro décadas de desinversión sistemática en defensa, que debemos romper de manera frontal y urgente. 

2. Resulta un despropósito que el octavo país más grande del mundo, poseedor de activos geopolíticos de enorme valor -Atlántico Sur, proyección hacia la Antártida y vastos recursos naturales-, destine una fracción ínfima de su riqueza a protegerse. Por eso proponemos cuadruplicar el porcentaje actual hasta el 2% del PBI como primer paso inmediato en un lapso no mayor a 5 años, entendiendo que se trata de una inversión y no de un gasto. 

3. La cuestión Malvinas sigue siendo una causa permanente de la Nación, pero debe ser abordada desde una Defensa revisionista. Esto implica dejar atrás el enfoque meramente diplomático y contemplativo, para orientar todos los medios materiales, la infraestructura, los recursos humanos, la inteligencia, la logística, el adiestramiento, la doctrina y la organización de las Fuerzas Armadas en función de la principal amenaza a nuestra seguridad: la presencia militar británica en las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sandwich del Sur. No se trata de revanchismo, sino de una lectura realista del poder: sin capacidad de disuasión, no hay negociación posible. 

4. En este marco revisionista, resulta indispensable impulsar un programa sostenido de reequipamiento y modernización de las Fuerzas Armadas, priorizando la recuperación de capacidades operativas, logísticas y tecnológicas. Eso incluye, necesariamente: 

Recuperar las capacidades submarinas y los medios aeronavales, fortaleciendo la flota de mar en general. 

Fortalecer la presencia militar y científica en el Atlántico Sur mediante el desarrollo de capacidades de defensa de costas, antiacceso, denegación de área (A2/AD) y control del mar. 

Recuperar el FONDEF (Fondo Nacional de la Defensa) como herramienta de financiamiento específico y no negociable.

5. Al mismo tiempo, la industria de la defensa debe convertirse en un motor de desarrollo científico e industrial. Para eso, proponemos la recuperación de las empresas estratégicas para la Defensa Nacional: FADEA, Tandanor, Fabricaciones Militares, IMPSA, Astilleros Río Santiago, INVAP y Arsat. No como museos empresariales, sino como núcleos dinámicos de producción nacional de sistemas, vehículos, radares, buques, aeronaves y tecnologías de uso dual. Allí están como estandartes el Pulqui II, el Pucará, el TAM, el FAL y tantos otros implementos bélicos fabricados en el país. 

6. Asimismo, es necesario dar una discusión seria sobre el subrégimen de promoción industrial de Tierra del Fuego AiAS, teniendo como marco teórico los intereses geopolíticos nacionales -no la mera rentabilidad contable—. Una base logística y productiva en el extremo sur es tan estratégica como un destructor. 

7. Finalmente, una defensa revisionista exige capacitar a las Fuerzas Armadas en asuntos de geopolítica situada: no doctrinas importadas ni manuales genéricos, sino análisis concreto de nuestros propios intereses en el Atlántico Sur, la Antártida y el conflicto de poder global. 

EDUCACIÓN, CIENCIA Y TECNOLOGÍA, CULTURA Y COMUNICACIÓN

  1. La educación, la cultura y la comunicación deben ser lugares de reproducción del ser nacional. La única base posible para edificar la Argentina que soñamos es formar argentinos y argentinas en el reconocimiento y la correcta valoración de nuestra historia y nuestras tradiciones 

2. La diversidad argentina, lejos de ser un problema, es una virtud. Para que nos fortalezca, la cultura nacional debe funcionar como un lugar de encuentro común. Debemos combatir las posturas liberales que tienden a la fragmentación social, y construir un verdadero pueblo que defienda sus intereses tanto desde la práctica como desde la consciencia. 

3. La educación es un asunto estratégico. El Estado debe construir una educación en el marco de las necesidades nacionales, lo que exige una intervención inmediata en todos los niveles del sistema educativo -que, desde hace décadas, ha sido cooptado directa e indirectamente por potencias extranjeras-, para reelaborar sus planes de estudio. 

4. Al mismo tiempo, bregamos por un control absoluto del financiamiento externo por parte de las Fundaciones, limitando fuertemente el diseño de políticas públicas estatales y la integración a la gestión de gobierno por parte de cuadros burocráticos que se encuentran financiados por enemigos de la Nación Argentina.

5. En los marcos de la Guerra Mundial Híbrida en la que nos encontramos, una de las armas fundamentales de nuestros adversarios es la guerra cognitiva a través de plataformas digitales. En pos del cuidado de la producción de subjetividad, es necesario un control y regulación de las plataformas digitales para evitar la fragmentación social y la vulnerabilidad del conjunto del pueblo argentino. 

6. Pensar la producción de Ciencia y Tecnología como parte de un modelo estratégico de desarrollo ordenado con el proyecto nacional. Debemos pensar, desde la lógica local, el enclave de desarrollo tecnológico-productivo para el desarrollo económico social de las provincias en general y el desarrollo territorial en particular con foco en el ser humano.  

AMBIENTE Y DESARROLLO 
1. Los recursos naturales son una componente esencial del patrimonio nacional. Los sistemas hídricos, los suelos, las fuentes de energía y la biodiversidad, constituyen la base material, indispensable en el proceso de evolución productiva del país. Su valor excede su dimensión económica, por tanto, el aprovechamiento los mismos debe orientarse al desarrollo integral de la República y al fortalecimiento de la soberanía nacional 

2. Dado que la cultura de cada comunidad se estructura en su relación directa con el entorno, se debe asumir la responsabilidad de proteger este vínculo como un componente inseparable del desarrollo. La afectación territorial debida a proyectos de gran impacto debe entenderse como una inversión de la riqueza ecosistémica para el futuro del país. Esto exige una distribución justa y proporcional de sus beneficios y cargas ambientales. 

CONCLUSIÓN 

Insistimos, esto es una base, abierta, programática, a discutir, criticar constructivamente y complementar con aportes de patriotas (en lo que respecta a salud, educación, justicia, ambiente, cultura, comunicaciones, entre otras importantes áreas) a lo largo y ancho del país. Una embrionaria y humilde respuesta a nuestro tiempo, sobre el cuál estamos decididos a ser protagonistas. Hacemos un llamado a las y los argentinos a tomar en sus propias manos el destino de nuestra gloriosa Nación. A organizarse bajo la bandera del Movimiento Nacional por el que bregamos. Existiremos mientras demos pelea. Desde nuestra tradición histórica de lucha y como mandato generacional: vamos por una nueva independencia.

Rosario, Santa Fe

20 de junio de 2026

Nadie se salva solo (nueva temporada)

Rodrigo Rodríguez Tornquist *

En 1995, una ola de calor devastó la ciudad de Chicago y provocó la muerte de 739 personas. Años más tarde, el sociólogo Eric Klinenberg reconstruyó aquel episodio en su libro “Ola de calor: Autopsia social de un desastre”. Estudió las causas por las que hubo mayores decesos en algunas zonas que otras, con similares condiciones socioeconómicas. Su conclusión fue incómoda ya que demostró que las víctimas no murieron únicamente por las altas temperaturas, sino por una combinación de vulnerabilidad social, aislamiento y fallas institucionales.

El calor fue el detonante. Pero el desastre fue político y social.

Tres décadas después, esa lectura conserva vigencia frente al cambio climático. Klinenberg identificó que las zonas con menores decesos fueron las que tenían mejor calidad de “infraestructura social”. No se trata solo de hospitales, redes eléctricas o sistemas de alerta temprana, sino de algo más intangible y decisivo, como los espacios públicos vivos, las redes comunitarias sólidas, los vínculos de cuidado y los Estados responsables, capaces de identificar y proteger a quienes están más expuestos.

En un mundo donde las olas de calor, las inundaciones y otros eventos extremos serán cada vez más frecuentes e intensos, el principal factor de riesgo no es solo climático. Es también la soledad, la desigualdad, la debilidad estatal y la fragilidad de los lazos sociales. Allí donde esos vínculos se debilitan, el clima se vuelve más letal.

Europa lo está comprobando en tiempo real. Las olas de calor de este año ya dejaron un saldo preliminar de alrededor de 1.800 muertes, incluso antes del inicio pleno del verano. Y los pronósticos advierten la posibilidad de nuevos eventos aún más severos en las próximas semanas. Quedó claro que el continente no está preparado para enfrentar fenómenos de esta magnitud.

La adaptación al cambio climático dejó de ser una agenda de largo plazo para convertirse en un imperativo inmediato. Y empieza a emerger, además, la cada vez más potente idea de que la regeneración de la naturaleza no solo es deseable, sino una de las estrategias más efectivas y de mayor retorno para reducir riesgos. En este escenario, la cooperación entre países, ciudades y sectores se vuelve la herramienta más decisiva para proteger vidas.

En América Latina, y particularmente en la Argentina, el panorama no es más alentador. Distintas agencias meteorológicas internacionales advierten que el fenómeno de El Niño iniciado en 2026 podría alcanzar una intensidad excepcional, comparable únicamente con el episodio de 1877-1878, uno de los más extremos de la historia registrada. Aquel evento dejó impactos devastadores a escala global. Hoy, el riesgo es similar en magnitud, pero amplificado por un planeta más caliente y urbanizado.

Se anticipan olas de calor prolongadas, tormentas intensas y períodos de sequía que pondrán bajo presión a ciudades, sistemas productivos e infraestructuras críticas. Pero, nuevamente, la clave no está solo en la fuerza del fenómeno, sino en el grado de preparación social e institucional para enfrentarlo.

La evidencia es contundente con respecto a que ningún actor (ni el Estado, ni el sector privado, ni la ciencia, ni las comunidades) puede responder en soledad a desafíos de esta escala. La resiliencia no es un atributo individual, sino una construcción colectiva. Donde existe coordinación, confianza y organización, las pérdidas humanas y económicas se reducen de manera significativa.

En última instancia, la diferencia entre un evento extremo y una tragedia depende de cómo estamos organizados como sociedad y las capacidades del Estado de responder.

El Papa Francisco lo expresó con claridad en Laudato Si’: “Hace falta volver a sentir que nos necesitamos unos a otros, que tenemos una responsabilidad por los demás y por el mundo”.

Tal vez esa sea la verdadera lección de este tiempo. En un planeta más inestable, más caliente y más incierto, la única estrategia verdaderamente realista es la organización colectiva.

En otras palabras, una vez más, conviene recordar que nadie se salva solo.

* Exsecretario de Cambio Climático, Desarrollo Sostenible e Innovación. Docente Unsam.

Enlace: https://www.perfil.com/noticias/columnistas/nadie-se-salva-solo-nueva-temporada-por-rodrigo-rodriguez-tornquist.phtml

¿El peronismo va a seguir con el relato histórico de la Izquierda Diario?

Por Aldo Duzdevich*

A priori la respuesta sería claramente no. Pero, hay quienes opinan lo contrario sin explicitarlo, y hasta hoy son mayoría.

 Lo que hoy identificamos genéricamente como peronismo está integrado mayoritariamente por adherentes y militantes que se auto perciben kirchneristas o cristinistas, y un porcentaje menor, que se define como peronistas referenciados en Perón y su doctrina, generalmente gente de más de 60 años . Y si, hay un fenómeno nuevo de jóvenes sub-30 que también buscan referenciarse en el peronismo originario.

El kirchnerismo- cristinismo en los niveles intelectuales y militantes se nutrió de la militancia setentista que se había  alejado en la etapa menemista. Allí confluyeron ex militantes o simpatizantes montoneros, del PRT-ERP, del PC y otras corrientes vinculadas a la izquierda y a la militancia en los organismos de DDHH.

 Naturalmente estas militancias trajeron consigo su bagaje histórico político e ideológico. Y sin hacer una declaración explícita fueron conformando un relato histórico e ideológico con raíces en su pasado militante, e incorporando nuevas corrientes de pensamiento como las de Laclau y Chantal Mouffe.

 Lo que se inició como la búsqueda de Memoria, Verdad y Justicia terminó derivando, en amplios sectores, en una reivindicación cada vez menos crítica de las organizaciones armadas de los setenta.

 Una buena síntesis de estas ideas fuerza es el documento leído en el acto de conmemoración de los 50 años del golpe. Documento que contó con el aval de las actuales autoridades del Partido Justicialista que fue parte de los convocantes al acto.

Documento leído el 24 de marzo del 2026

 Algunos de sus párrafos dicen :  “Reivindicamos todas sus luchas que formaron parte de la militancia como herramienta de transformación de la realidad en organizaciones del Peronismo Revolucionario, como Montoneros, la FAP, o el movimiento de Sacerdotes por el Tercer Mundo; la tradición guevarista del PRT-ERP; la trotskista como la del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) o las tradiciones anarquistas, socialistas y comunistas: Partido Comunista, Vanguardia Comunista y Partido Comunista Revolucionario, por nombrar sólo a algunas de las más de cientos de organizaciones y espacios de participación política, sindical, estudiantil y social, luchando por una sociedad sin opresión ni explotación. Venimos de esas tradiciones y nos sirven como experiencias para fortalecer y recrear la lucha popular contra el gobierno fascista de Milei y Villarruel.”

 “La dictadura genocida tuvo como antesala el gobierno de Isabel Perón, con López Rega y la Triple A, la CNU y demás bandas fascistas; el ensayo de genocidio del Operativo Independencia, mientras avanzaba el Plan Cóndor en los países de la región.”

“Incluso en la guerra de Malvinas los militares cometieron delitos de lesa humanidad contra los conscriptos que sí enfrentaron al enemigo inglés apoyado por EEUU.”

“A 50 años del golpe, reclamamos la urgente apertura y entrega de todos los archivos de todas las áreas del Estado desde 1974 a 1983 para avanzar con las investigaciones de los responsables de estos crímenes.”

“¡Libertad a Milagro Sala, Facundo Jones Huala, Milton Tolomeo, Daniel Vera y a todas las presas y los presos políticos, exigimos el cierre de todas las causas.”

“La prisión y proscripción de Cristina Fernández de Kirchner, ex presidenta de la Nación, en un proceso denunciado por absolutas irregularidades, durante el cual se atentó contra su vida, merece nuestra preocupación y repudio. ¡Libertad a Cristina Fernández!”

¿Cual es la opinión del peronismo- kirchnerismo-cristinismo ?

Parto de la base que todas las opiniones son respetables, y no tengo interés en debatir con la Izquierda Diario y demás redactores del texto, porque sé y entiendo, que hace muchos años sostienen lo mismo.

Si me interesa debatir con los dirigentes del espacio peronismo-kirchnerismo-cristinismo en el cual participo, sobre si esta visión de la historia seguirá siendo la misma o no.

Arranquemos por describir que, ERP  y Montoneros coincidieron en la búsqueda de la toma del poder por  la violencia,  para imponer un socialismo a la cubana. Que su periodo de mayor actividad guerrillera fue justamente en el gobierno constitucional peronista del 25 de mayo de 1973 al 24 de marzo de 1976.

Quienes nos definimos peronistas deberíamos responder, algunas preguntas:

¿Compartimos la decisión del PRT-ERP y Montoneros de enfrentar militarmente al gobierno constitucional peronista? . ¿Consideramos legítimo el asesinato de José Ignacio Rucci? ¿Aceptamos la interpretación de que Perón fue creador o protector de la Triple A? ¿Creemos que el gobierno de Isabel Perón fue simplemente la antesala de la dictadura? ¿Coincidimos con la tesis de que el terrorismo de Estado comenzó en 1973 con Perón en vida?

Deberíamos decir si aceptamos que “el peronismo no tiene ideología” y que hay que llenarlo de contenido socialista o post marxista.

Obviamente no estoy de acuerdo con ninguno de esos conceptos, y me gustaría poder hablarlo con quienes se auto-perciben dirigentes de nuestro espacio, sobre los graves errores históricos que ese relato ha establecido.

Las limitaciones del relato vigente

Más allá de las diferencias interpretativas, el problema político de este relato es que dificulta la construcción de una mayoría nacional.

En primer lugar este relato parte de la base de considerar a Perón como un líder populista que no solo puso freno a la “ansiada revolución socialista” sino que además termino sus días abrazado a la “derecha fascista”. Por lo tanto cuando desde la derecha libertaria se nos acuse de lo mismo habrá que aceptarlo y mudar del nombre peronista, hacia otro nombre que nos desvincule del apellido Perón.

El relato es básicamente anti-militar porque sigue considerando a las Fuerzas Armadas actuales como herederas de las del proceso, y además reniega su gesta nacional de la segunda mitad del siglo XX, la guerra de Malvinas.

El relato es anti-empresa, porque su ideología de base es el socialismo cubano, y además la guerrilla a partir del 75 se dedicó a ejecutar directivos de esas mismas empresas, que hoy están produciendo en Argentina.

El relato es anti-sindical porque heredó los mismos conceptos de calificar como “enemigos de la revolución” a las dirigencias sindicales.

El relato es anti-Iglesia Católica porque se califica al proceso como cívico-militar-eclesial agitando un discurso acusatorio, que incluso llego a cuestionar la actuación de Jorge Bergoglio durante la dictadura.  

El relato es anti-unidad nacional porque descarta a todos los sectores políticos y sociales que no se alineen con su discurso. Quedan afuera, peronistas originarios, dirigentes políticos de centro, clases medias del interior, comerciantes, chacareros, empresarios, sindicalistas, religiosos, miembros de las fuerzas de seguridad, militares, etc etc .

El relato es limitado en materia de relaciones internacionales hace eje en vínculos ideológicos, en lugar de priorizar los intereses nacionales como fue la política de tercera posición.

¿Con la Bregman o con un frente más amplio?

Si la idea es ir en un frente con la Bregman del FIT, aclaro que no habría que tocarle ni una coma al relato. Es lo que FIT y demás sectores de izquierda pregonan desde hace años y que muchos nuestros han copiado sin querer o queriendo.

Pero, si aspiramos a mantener vivo al peronismo, recuperando nuestras viejas banderas de independencia económica, soberanía política y justicia social, actualizadas en el Modelo Argentino para un Proyecto Nacional de Perón y el las encíclicas de nuestro Papa Francisco, es necesario revisar ese relato histórico que se ha convertido en hegemónico en sectores del ambiente académico, periodístico y militante de nuestro espacio.

¿Puede el peronismo asumir como propia una interpretación histórica que cuestiona a Perón, a los sindicatos, al empresariado, a la Iglesia, a las Fuerzas Armadas y a buena parte de su propia tradición?»

Esta discusión debería interesar especialmente a quienes aspiran a conducir el peronismo en los próximos años: Axel Kicillof, Máximo Kirchner, Sergio Massa, Sergio Uñac, Juan Grabois y otros dirigentes de relevancia nacional. Si queremos seguir llamándonos peronistas, hay que revisar ese relato que destruye a Perón y su doctrina.

Si creen que podemos ser como el mileismo o el macrismo, un movimiento sin historia, sin un pasado que nos condicione, también pueden intentarlo, pero se están equivocando.

Para los jóvenes que si les interesa mantener vivo el peronismo

La discusión sobre la historia no es una cuestión académica. Toda identidad política se construye sobre una interpretación de su pasado.

Dice el gran historiador inglés Peter Burke : “Los historiadores traducen el pasado y lo traen a su propio tiempo. Su trabajo es hacer inteligible el pasado a sus contemporáneos. Por eso mismo, en cada generación hay que escribir la Historia, no sólo porque surgen nuevos descubrimientos, sino porque los lectores son diferentes, con distintos supuestos, y necesitan que se les expliquen las cosas sobre el pasado de otra manera, bajo otros parámetros. La Historia es emocionante porque implica intentar imaginarse a uno mismo en otra época, en otra cultura, para luego volver y explicar cómo eran las cosas antes y por qué la gente asumía como natural algo que para una generación posterior supone precisamente todo lo contrario.”

Nuestro Papa Francisco dijo:“Me atrevo a sugerir lo siguiente: en un joven, una utopía crece bien si está acompañada de memoria y de discernimiento.  La utopía mira al futuro, la memoria mira al pasado, y el presente se discierne. El joven tiene que recibir la memoria y plantar, arraigar su utopía en esa memoria. Discernir en el presente su utopía, los signos de los tiempos, y ahí sí la utopía va adelante pero muy arraigada en la memoria, en la historia que ha recibido.”

 “Muchas veces han oído decir que ustedes son el futuro, en este caso el futuro de la Patria, el futuro está en las manos de ustedes, es verdad, porque nosotros nos quedamos, y ustedes siguen; pero cuidado, un futuro sólido, un futuro fecundo, un futuro que tenga raíces, algunos sueñan con un futuro utópico…”no, la historia ya pasó, no, lo de antes…no, ahora empieza…”, ahora no empieza nada, ¡te la vendieron! Bernárdez, nuestro poeta, termina un verso diciendo: “lo que el árbol tiene de florido viene de lo que tiene de soterrado”, volvé a las raíces, y armá tu futuro desde las raíces, de donde te viene la savia, no renegués de la historia de tu Patria, no renegués la historia de tu familia, no niegues a tus abuelos, buscá las raíces, busca la historia, y desde allí, construí el futuro.”

*Aldo Duzdevich es autor de “Salvados por Francisco” y “La Lealtad-Los montoneros que se quedaron con Perón”

NO MERECEMOS AÚN TODO EL ODIO QUE NOS PROFESAN (Parte 2)

Por Gustavo Matías Terzaga. Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

La capilla doctrinaria; la otra cara del mismo extravío 

Desde luego, a todos se nos escapan cosas. Todos cargamos con puntos ciegos, prejuicios, limitaciones, errores de interpretación. La realidad siempre es más compleja que nuestras categorías para comprenderla. Eso es una verdad. Nadie observa la realidad desde una atalaya privilegiada ni posee una comprensión acabada de procesos históricos siempre complejos, contingentes y contradictorios. De ahí lo de portar verdades apenas relativas. Después de todo, si como enseñaba Perón la única verdad es la realidad, el problema no sólo consiste en aferrarse a nuestras certezas sino también en conservar la capacidad de verla cuando deja de parecerse a lo que quisiéramos que fuera. Pero para no naufragar en un océano de relativismos, conviene recordar algo elemental. Las diferencias son inevitables e incluso saludables; toda comunidad política viva las produce. Sin embargo, hay momentos históricos en los que resulta más importante reconocer aquello que nos une que insistir en aquello que nos diferencia. Y para orientarse en esa tensión permanente entre diversidad y unidad existe un criterio ordenador que debería preceder a casi todas las discusiones; el interés nacional. Es allí donde las diferencias encuentran su justa medida y donde lo accesorio vuelve a ocupar el lugar que le corresponde frente a lo esencial. 

Pero volvamos al punto que nos interesa para el desarrollo. Las dificultades para comprender la realidad nacional y comerse todas las curvas no es patrimonio exclusivo del progresismo. Si unos tienden a correr detrás de cada novedad cultural producida por la época, otros continúan razonando como si la Argentina, el peronismo, el mundo y el pueblo fueran exactamente los mismos de hace setenta años. Y así como unos depositan su fe en que el amor vencerá al odio, otros parecen confiar en que basta con repetir «Nada sin Perón» para que la realidad, conmovida por la profundidad doctrinaria del enunciado, decida acomodarse por sí sola. 

En el otro extremo aparece la capilla doctrinaria. Un universo acotado preocupado más por custodiar la pureza de las fórmulas que por intervenir con algo de eficacia sobre la realidad. Allí abundan quienes distribuyen certificados de ortodoxia desde una cómoda superioridad retrospectiva, como si la política consistiera en identificar desviaciones ajenas y no en construir poder. Y en ese ecosistema sobresale la figura de Guillermo Moreno, cuya trayectoria ofrece una paradoja difícil de ignorar. Después de años denunciando con dureza al progresismo kirchnerista, termina alineado con los mismos sectores que antes cuestionaba, siempre que la coyuntura le permita conservar algo de notoriedad mediática. Una combinación singular de purismo doctrinario y oportunismo político que suele producir mucho ruido y escasos resultados. Y detrás de esa lógica suele aparecer una fauna bastante reconocible. Grandulones de la política que confunden firmeza doctrinaria con sobreactuación. Hablan permanentemente de poder, mientras permanecen cómodamente instalados en la irrelevancia electoral. Una curiosa forma de hacer política; fracasar una y otra vez y considerar cada fracaso una prueba de que tenían razón. 

La línea del tiempo y el círculo de la rosca

Es verdad que algo nuevo tiene que brotar. Y puede comenzar con la modestia de una intuición, la soledad de una idea o la pequeñez aparente de un nombre propio que todavía nadie reconoce como parte de algo más grande. Pero nada de eso se convierte en fuerza histórica por generación espontánea. Detrás de cada experiencia política germinal que logra trascender hay años de trabajo, organización, acumulación, errores, aprendizajes, construcción paciente y validación popular. Se trata de interpretar los tiempos largos del pueblo; esos que rara vez coinciden con la ansiedad de los dirigentes, las urgencias de la coyuntura o el calendario electoral. Pero lo cierto es que Perón jamás concibió la política como el refugio de círculos cerrados que se repliegan sobre sí mismos para custodiar una supuesta centralidad. Entendía al movimiento nacional como una fuerza amplia de organización popular, capaz de integrar sectores sociales, culturales y políticos diversos detrás de un objetivo histórico común, bajo su inigualable conducción. Y quizá allí radique una de las tragedias silenciosas de nuestro tiempo; advertir que, desde la muerte del General, el peronismo fue pareciéndose cada vez menos a aquella concepción abierta, profunda y expansiva del poder, para derivar progresivamente —con distintas formas e intensidades— en círculos cada vez más reducidos, nichos encerrados entre el doctrinarismo estéril, la autorreferencialidad y un pragmatismo obsceno que muchas veces reemplaza el proyecto histórico por la mera administración de espacios, cargos, jurisdicciones, cajas y supervivencias internas. 

El peronismo no nació como una secta ideológica homogénea, sino como un gran movimiento nacional de masas que poco a poco fue capaz de articular sindicalistas, radicales yrigoyenistas, militares nacionalistas, empresarios nacionales, socialistas populares, conservadores federales y amplios sectores del pueblo argentino bajo una misma idea de nación.

Pretender construir poder únicamente con minorías “puras”, iluminadas o perfectamente alineadas no sólo es políticamente estéril; suele terminar facilitando, en los hechos, el triunfo de las fuerzas históricas que sí entienden cómo disputar y acumular poder real. Y mucho menos en momentos históricos como el actual, donde lo que está en discusión no son matices secundarios, sino cuestiones estructurales como la existencia misma del Estado nacional, la universidad pública, la industria argentina, la ciencia y la tecnología, las paritarias, la soberanía energética, los derechos sociales, nuestro lugar en el mundo y la posibilidad de seguir siendo una comunidad nacional relativamente integrada.

Un lujo de descerebrados

La historia argentina demuestra algo bastante elemental. No hay peor derrota para el campo nacional que perder el país mientras se felicita a sí mismo por haber permanecido “impoluto”. Algo de eso ocurrió durante el gobierno de Alberto Fernández. Porque más allá de sus limitaciones para liderar, una parte del propio campo nacional —incluidos sectores doctrinarios que se asumen custodios de la pureza peronista— terminó dedicando más energía a denunciar sus desviaciones que a sostener políticamente a un gobierno que, aún débil, representaba la única herramienta institucional disponible para impedir el regreso pleno del proyecto antinacional. Y allí se reveló una incomprensión política profunda; creer que debilitar permanentemente al gobierno propio no tendría consecuencias históricas. Una ceguera política que, paradójicamente, termina aproximándose más a la lógica de quienes desean la derrota de los gobiernos nacionales y populares que a la de quienes aspiran a sostenerlos, corregirlos y fortalecerlos para preservar una acumulación histórica común. 

Sobre todo tratándose de un gobierno que había llegado al poder con el voto mayoritario del peronismo, luego con el respaldo del movimiento obrero organizado, de los sindicatos, de varios gobernadores, intendentes y amplios sectores del campo nacional que, más allá de sus diferencias internas, habían aceptado y acompañado una decisión que ni siquiera surgió de un acuerdo colectivo previo, sino de una determinación unilateral de Cristina Fernández de Kirchner, quien luego lo destruiría por dentro. Y si aquella decisión terminó siendo respaldada por gran parte del peronismo, no fue por haber participado de su elaboración, sino por comprensión política de la necesidad de construir un suelo común que permitiera impedir la continuidad del macrismo y recuperar el gobierno nacional. Como si erosionar cotidianamente su legitimidad, exponer sus contradicciones o retirarle respaldo en medio de un ataque interno y externo inédito, no fuera a terminar fortaleciendo exactamente a las fuerzas que venían por una revancha mucho más brutal.

El kirchnerismo como tercer movimiento 

Recuperar el sentido histórico de nuestras tradiciones políticas implica volver a entender para qué nacieron. El peronismo, el yrigoyenismo, incluso el Roquismo y la generación del ´80; los caudillos y las montoneras, el pensamiento nacional y las distintas expresiones del campo popular no aparecieron como ejercicios intelectuales ni como identidades culturales que se puedan relativizar. Fueron respuestas concretas a problemas concretos de la Argentina. Y mientras esos problemas siguen presentes bajo nuevas formas, romper con esa experiencia acumulada no representa ningún progreso. Representa, más bien, la pérdida de una memoria estratégica construida durante generaciones de lucha política. La historia no se hereda para ser venerada o cercenada, se hereda para ser comprendida. Un pueblo y una dirigencia política que pierde contacto con las razones profundas de sus luchas termina confundiendo la novedad con el progreso y el olvido con la modernización. Y allí comienza, generalmente, el largo camino de regreso hacia los mismos problemas que creyó haber dejado atrás. Porque, más allá de los cambios de época, nuestro país sigue enfrentando desafíos que permanecen notablemente abiertos; la dependencia económica, la concentración de la riqueza, la extranjerización de recursos estratégicos, las desigualdades territoriales, la fragilidad de su estructura productiva, la injerencia externa y la dificultad para consolidar un proyecto de desarrollo soberano y duradero. La cuestión nacional, en definitiva, continúa sin resolverse en términos históricos. 

Toda tradición política comienza a extraviarse cuando confunde un capítulo de la historia con la historia misma. Cuando deja de verse como un eslabón de una lucha nacional larga y compleja y empieza a percibirse como su forma definitiva. Allí aparece la tentación de cortar amarras con la propia tradición, como si la historia argentina hubiera comenzado nuevamente en 2003 y todo lo que la precedió no fuera más que una preparación imperfecta para la llegada de una experiencia supuestamente superior. 

Lo cierto es que luego de la muerte del flaco Kirchner, comenzó a consolidarse una dinámica de autopercepción cada vez más excepcional del propio liderazgo de Cristina, acompañada por un entorno político y militante que terminó ubicando al ciclo kirchnerista por encima de la tradición histórica del propio peronismo; cuando, en realidad, objetivamente y desde cualquier indicador serio de profundidad histórica, transformación estructural y acumulación de poder nacional, jamás le llegó siquiera al juanete de la experiencia fundacional del peronismo clásico. Sin embargo, no fueron pocos los dirigentes y voceros del último tramo de la “década ganada”, previo a la derrota nacional de 2015 que insinuaron, explícita o implícitamente, que Cristina representaba una etapa “superadora” respecto del propio Perón. Un tercer movimiento y un ciclo político de naturaleza “irreversible”. Basta recordar por esos tiempos aquella comparación pública de Gabriela Cerruti, cuando sostuvo que “Perón era hombre y militar; Cristina, mujer y abogada”, intentando presentar esa diferencia como una suerte de evolución moral e histórica del liderazgo peronista.

El margen para corregir

Volvemos a decirlo. Todo este proceso de distinción no hizo más que debilitar y fragmentar al interior de nuestras propias filas, funcionando muchas veces como una verdadera fábrica productora de aliados directos e indirectos del bloque antinacional, que encontró en divisiones, purismos, trastoques, expulsiones y desencuentros el terreno ideal para su avance. Y resulta difícil no vincular ese resultado con una concepción de la conducción que, durante demasiado tiempo, confundió construcción de mayoría con disciplinamiento y centralidad política con subordinación personal. Porque cuando las derrotas se acumulan como subproducto de esta lógica verticalista rígida y descendiente, suele resultar más cómodo afirmar que la sociedad se derechiza que preguntarse por qué un espacio político dejó progresivamente de abrazarla. Muchas veces, detrás de esa explicación aparentemente sociológica, se esconde una renuncia a revisar los propios errores de conducción. Al fin y al cabo, si el problema es la sociedad, la conducción queda absuelta; pero si el problema es que la conducción perdió capacidad para persuadir, integrar, interpretar y construir mayoría, entonces la discusión cambia de lugar y se vuelve bastante más incómoda. Y esto es lo que no se quiere revisar ni reconocer, bajo la lógica de la infalibilidad de Cristina.

Pero precisamente allí reside también una conclusión esperanzadora. Porque si una parte significativa de nuestros retrocesos no se explica únicamente por la fortaleza del adversario, sino también por errores políticos propios, por desaciertos estratégicos y por conflictos muchas veces autoinfligidos, entonces existe un margen real para corregir el rumbo. Dicho de otro modo; si contribuimos a construir algunas de las condiciones de nuestra derrota, también podemos construir las de una futura recuperación. La historia nacional enseña que ningún proyecto popular se fortalece ocultando sus errores; se fortalece cuando es capaz de reconocerlos, comprenderlos y superarlos para volver a organizar una mayoría alrededor de un horizonte común. Pero lamentablemente atravesamos una etapa marcada por la ceguera política, el internismo permanente y una desmesurada preocupación por el lugar que cada dirigente cree ocupar en la historia.

Solo mis Mariscales

Por eso hacemos un llamado a merecer verdaderamente todo el odio que nos profesan. Porque si vamos a despertar hostilidad, que sea por volver a representar un peligro real para los privilegios que organizan la dependencia argentina, y no por administrar melancólicamente el recuerdo de un tiempo mejor. Tal vez de allí provenga también la necesidad —tan incómoda para algunos— de buscar nuevas melodías. Y resulta llamativo, porque fue la propia Cristina quien alguna vez invocó aquella vieja enseñanza peronista del “bastón de mariscal”, llamando a que surgieran nuevos dirigentes capaces de asumir responsabilidades y conducir nuevas etapas. El problema aparece cuando el bastón de mariscal es convocado en el discurso, pero resistido en la práctica cada vez que alguien intenta efectivamente empuñarlo por fuera de la sucesión familiar. Toda renovación real implica aceptar algo bastante más difícil que pronunciar una consigna; implica resignar centralidad cuando el tiempo histórico comienza a reclamar otros protagonismos. No porque haya que renegar de la historia reciente, sino porque ninguna tradición política permanece viva repitiendo indefinidamente el hit de “la década ganada”. Las grandes causas nacionales siguen siendo las mismas; lo que cambia son las generaciones, los desafíos, los esquemas  y los instrumentos para enfrentarlos.

La mal denominada interna peronista —porque, en rigor, se trata de un ataque esencialmente unidireccional aunque se lo intente disimular bajo distintos ropajes discursivos— refiere explícitamente a una disputa por la conducción futura del movimiento. Y en ese sentido existe un dato político difícil de ignorar. Todo el empeño que Cristina pone en desgastar, condicionar o neutralizar a Axel Kicillof parece directamente proporcional a la valoración que tiene de su potencial para convertirse, en el futuro, en presidente de la Nación y conductor de una parte sustancial del peronismo. 

Allí aparece, precisamente, una de las tensiones más visibles del presente al interior del campo nacional. Porque toda etapa histórica encuentra resistencias cuando debe ceder lugar a otra, y resulta evidente que una parte importante de las dificultades actuales también se vincula con la resistencia a resignar centralidad política, aun cuando las condiciones que hicieron posible esa centralidad hayan cambiado profundamente. El problema no es Cristina como figura histórica —cuya gravitación resulta innegable—, sino la dificultad para admitir que ningún liderazgo puede sustituir indefinidamente las tareas de renovación, ampliación y construcción estratégica que exige cada nueva etapa. Después de todo, una década que se proclamó ganadora dejó una matriz política, económica y cultural que pudo ser desmantelada en pocos meses por el gobierno que la sucedió. Y si algo de aquella experiencia merece ser revisado con honestidad, más allá de sus importantes avances; es precisamente la fragilidad de una construcción que se pensó irreversible y terminó revelando cuán intactos permanecían los resortes fundamentales del poder que decía haber derrotado. 

Nuevas consignas para el mismo drama

El problema nunca fue incorporar nuevas demandas, algo natural e incluso necesario en toda experiencia política que pretenda mantenerse viva y conectada con su tiempo. El problema apareció cuando muchas de esas agendas comenzaron a desplazar o subordinar las prioridades históricas del movimiento nacional, como si la Argentina ya hubiera resuelto su cuestión nacional y pudiera dedicarse, serenamente, a debatir exclusivamente conquistas cada vez más sofisticadas de tercera o cuarta generación. Una curiosa presunción para un país que todavía no terminó de resolver buena parte de los desafíos fundamentales de la primera, como el salario y las proteínas. Y fue precisamente esa alteración en la jerarquía de los problemas, esa progresiva pérdida de sensibilidad frente a las urgencias materiales de las mayorías y esa dificultad para distinguir entre lo principal y lo accesorio, lo que comenzó a incubar silenciosamente la deriva posterior. Las derrotas rara vez aparecen de golpe; suelen gestarse mucho antes, cuando una fuerza política deja de escuchar las preocupaciones centrales de su pueblo, integradas en el marco estructural de sus problemas de raíz. La tragedia que aguardaba a la vuelta de la esquina ya estaba anunciada en esa inversión de prioridades. Así, fueron perdiendo centralidad referencias que habían estructurado identidad y organización popular durante décadas; el sindicalismo como columna vertebral del movimiento nacional, el rol de las Fuerzas Armadas en la defensa soberana, su alianza con el pueblo, la religiosidad popular —incluido el lugar del Papa Francisco—, la cultura criolla, el complejo legado hispánico y el mestizaje, los símbolos patrios y la causa Malvinas.  Todo aquello fue configurando una determinada cultura política que fue moldeando una pedagogía política en sectores de la militancia —particularmente del kirchnerismo y la izquierda— que, al mismo tiempo, tendió a mirar con distancia o desconfianza componentes centrales de la tradición histórica argentina. 

Ese desplazamiento convivió con la incorporación creciente de nuevas consignas llevadas al extremo diversionista —indigenismo, ambientalismo, lenguaje inclusivo, debates sobre género, aborto, masculinidades, deconstrucciones y diversas agendas modernas— que, más allá de su legitimidad en el plano de derechos de minorías, fueron ocupando un lugar central en el discurso político de los últimos años del kirchnerismo. El contraste no es menor; mientras se relativizaron elementos que históricamente permitieron construir pertenencia nacional y articulación de mayorías, se fortalecieron marcos identitarios más segmentados, eficaces para la cohesión interna de determinados grupos, pero con mayores dificultades para proyectarse como base de sustentación de un proyecto político de carácter nacional. Lo que se vivió, y aún se paga con consecuencias, fue un agudo proceso de irritabilidad y desnacionalización política de amplios sectores de la sociedad.

Y el dato político más inquietante hoy es que millones de argentinos parecen dispuestos a soportar sacrificios, privaciones y deterioro de sus propias condiciones de vida con tal de impedir el retorno del kirchnerismo. Ya sea por convicción, por hastío o por una lectura equivocada de las causas de sus problemas, lo cierto es que esa disposición existe y condiciona toda estrategia política seria. Ignorarla o atribuirla únicamente a la manipulación mediática no resuelve nada; apenas profundiza la incomprensión de una realidad que ya ha demostrado, más de una vez, su capacidad para castigar a quienes se niegan a verla. 

Mientras millones de argentinos enfrentan salarios pulverizados, pérdida de trabajo, deterioro de las condiciones de vida y una ofensiva sin precedentes contra derechos y conquistas históricas, una parte importante de la energía política del peronismo kirchnerista continúa consumiéndose en disputas internas, ejercicios de disciplinamiento y operaciones de diferenciación destinadas a preservar centralidades cada vez más difíciles de justificar. La conducción de Cristina dejó de estar al servicio de la construcción de una mayoría nacional para convertirse, demasiadas veces, en un fin en sí mismo. Esa preservación del liderazgo pasó a ser más importante que la suerte del pueblo al que se dice representar y, la lógica de ese tipo de política, dejó hace rato de resolver problemas para empezar a producirlos. A esta altura, resulta difícil no concluir que buena parte de las derrotas acumuladas en los últimos años no fueron obra exclusiva de los adversarios. También fueron el resultado de una conducción que confundió centralidad con programa político, lealtad con subordinación y estrategia con conservación del poder propio. No hay mucho más que agregar.

El problema de estos años no fue solamente económico, discursivo ni electoral. Fue, sobre todo, una progresiva pérdida de espíritu y de sentido histórico. La Argentina que emerge exige otra cosa para evitar traspasar el límite de no retorno por el cual nos deslizamos. Exige, por lo pronto, abandonar definitivamente la lógica del internismo infinito y la extorsión como herramienta de preservación, exige recuperar la dimensión nacional de la política, volver a pensar en términos de producción, trabajo, solidaridad, soberanía y comunidad organizada, y aceptar que ninguna experiencia política —por importante que haya sido— puede reemplazar a la historia larga de un pueblo y su continuidad. Estamos en una profunda encerrona, y el tiempo, como advertía Francisco, siempre termina siendo superior al espacio que transitoriamente se ocupa. Necesitamos volver a pensar la política en términos de tiempo histórico, de unidad nacional, amplitud y realidad concreta. Comprender que ninguna construcción colectiva perdura si pierde de vista su origen, a la totalidad del pueblo y la articulación armónica de sus diferencias.

Cartas desde el barro: Ramos, Terzaga y la fragua de la Izquierda Nacional

Por Emanuel Bonforti

La necesidad de diálogo el hombre es un animal social me impulsa a escribirte estas líneas ahora y en este momento (son algo así como las 2 de la madrugada), bajo el acicate de la sublevación de ánimo que me ha producido la lectura de un libraco recién terminado: DE MITRE A ROCA, de Milcíades Peña…»

Alfredo Terzaga 1969

Hay libros que se leen y libros que se escuchan. Cartas Políticas (1948-1974), de Jorge Abelardo Ramos y Alfredo Terzaga, editado por Ediciones del Corredor Austral, pertenece a la segunda categoría. No es un tratado, no es una reseña ordenada por capítulos temáticos, no tiene la pulcritud de la teoría ya hecha. Es, directamente, el ruido de fondo de una época: el tecleo de las máquinas de escribir, las imprentas que se demoran, los exilios que se organizan en una semana, las cartas que cruzan el país de Córdoba a Buenos Aires y de ahí a Roma, a Lima, a Montevideo. Treinta años de la Argentina y de América Latina contados desde el lugar menos solemne posible: el de dos militantes que se escriben porque necesitan pensar en voz alta, porque no tienen otro lugar donde hacerlo.

Leer estas cartas hoy, en pleno 2026, con la motosierra liberal pasando por arriba de cualquier intento de pensamiento nacional, no es un ejercicio de arqueología. Es entrar a un taller que todavía tiene las herramientas calientes.

Un mapa coral, no una capilla

Lo primero que tira por la borda este epistolario es la fantasía de la Izquierda Nacional como secta iluminada, como dos tipos solos contra el mundo elaborando dogma en una buhardilla. Nada de eso. Lo que aparece es una red, un mapa coral de tensiones, alianzas, polémicas y resquemores donde cada figura se define en fricción con las otras.

Con Milcíades Peña la relación es de polémica dura, casi ortopédica. Peña representaba esa lectura más ortodoxa, más apegada a una grilla marxista clásica que, para Ramos y Terzaga, terminaba chocando contra la espesura real de la historia argentina. No es la pelea boba del purismo contra el revisionismo: es una discusión sobre qué clase de marxismo le sirve a un país semicolonial y cuál termina siendo, paradójicamente, otra forma de colonialismo intelectual.

Con Juan José Hernández Arregui el cruce es de otro signo: ahí lo que se discute es la cultura nacional, el lugar de los intelectuales, qué significa pensar “lo nacional” sin caer en el costumbrismo de cabotaje ni en el cosmopolitismo que mira para Europa esperando el veredicto. Hernández Arregui aporta una dimensión que en Ramos y Terzaga está siempre presente pero que con él se vuelve explícita: la disputa cultural como batalla política, sin medias tintas.

Y después está Jauretche. Ahí la cosa se pone interesante porque no hay coincidencia total ni hay ruptura: hay alianza táctica con fricciones de carne y hueso. Ramos lo reconoce como aliado en el campo nacional, lo defiende cuando lo atacan desde afuera y nota, con ironía, que esos ataques “feroces y groseros” terminan favoreciendo a Jauretche, diferenciándolo del nacionalismo de derecha. Pero al mismo tiempo no se guarda la lengua: habla de cierta “fruición” en el roce, de que a Jauretche “le gusta el dinero”, de que tal vez no era lo suficientemente revolucionario. Es la dinámica típica de cualquier espacio político real: se compañerea y se discute, a veces en el mismo párrafo. Nada de cofradía sin grietas. La Izquierda Nacional no nace en una asamblea armoniosa, nace en este barro de afectos, recelos y proyectos compartidos. Y las cartas dan cuenta un poco de esto.

El peronismo: el hueso más difícil de roer

Si hay un nudo que atraviesa toda la correspondencia, es el peronismo. Y ahí Ramos y Terzaga muestran una lucidez que en su momento los dejaba bastante solos.

Mientras gran parte de la izquierda argentina seguía mirando para Europa, repitiendo el librito y clasificando al peronismo como una variante criolla del fascismo, el mismo error de óptica que después repetirían con cada movimiento nacional-popular del continente, en estas cartas aparece otra lectura, más temprana y más arriesgada: el peronismo como movimiento nacional. No como un capricho de líder carismático ni como una desviación bonapartista que había que “superar” desde afuera, sino como la forma concreta que tomó en la Argentina la irrupción de la clase trabajadora en la escena política.

Pero el libro no permite el atajo de la épica sin contradicción. Ahí está la Carta 3, de 1951, escrita por Ramos desde Roma: cuenta cómo su libro América Latina: Un país, publicado en 1949, fue confiscado por una comisión parlamentaria “macartista” presidida nada menos que por un senador peronista, José Luis Visca. El “maldito libro”, como quedó apodado después en la propia correspondencia. Ramos termina exiliado, primero rumbo a Montevideo o Lima según las versiones —Galasso dice una cosa, Ribadero otra—, y vuelve a la Argentina protegido por Ignacio Cornejo en Córdoba.
Ahí está la paradoja en estado puro: el mismo movimiento que ellos caracterizaban como la expresión política de la Revolución Nacional desde 1945 tenía un aparato burocrático capaz de perseguir a sus propios aliados de izquierda. No es una nota al pie incómoda que se tapa. Es parte constitutiva del análisis. La Izquierda Nacional defiende estratégicamente al peronismo, y después del golpe del 55 y durante toda la Resistencia esa defensa se vuelve todavía más nítida, casi visceral, al mismo tiempo que denuncia sin asco la “indigencia ideológica” del movimiento y la “podredumbre burocrática” de sus mandos intermedios, esa incapacidad de las bases para moverse sin la conducción directa del líder. Apoyo estratégico y distancia crítica, en la misma persona, en la misma carta muchas veces. Eso es pensar en caliente, no hacer catecismo.

Cuba, el foco guerrillero y la pregunta por quién hace la revolución

Avanza la década del sesenta y el continente entero arde con la Revolución Cubana. Acá el epistolario da un salto de tono: ya no se trata solo de descifrar la Argentina, sino de tomar posición en el debate estratégico más caliente de la izquierda latinoamericana.

La Carta 66, de octubre de 1967, es una bisagra. Ramos está terminando de pulir un capítulo que se titula, sin vueltas, “Debray, la guerrilla y la mitología del castrismo”, que va a integrar su Historia de la Nación Latinoamericana. Y ahí mete el bisturí donde más duele: no contra la Revolución Cubana, cuya importancia histórica nadie discute, sino contra la traducción teórica que hace Régis Debray de esa experiencia.

Para Ramos y Terzaga, convertir la Sierra Maestra en receta universal es el peor de los mecanicismos: tomar una experiencia históricamente situadísima y querer estamparla, calco y copia, sobre realidades nacionales completamente distintas. El foco guerrillero como vanguardia aislada, autosuficiente, que “enciende” a las masas desde afuera, significa para los autores una fantasía de laboratorio que termina siendo, otra vez, un izquierdismo abstracto. La revolución no la hace un puñado de iluminados en la selva. La hacen la clase trabajadora y las grandes mayorías nacionales organizadas, o no la hace nadie. Es la misma matriz que aplican al peronismo: sin movimiento de masas no hay proceso transformador que se sostenga.

Roca, Rosas y la historia como campo de batalla

Hacia el final del libro, las cartas 69 a 71 escritas entre 1968 y 1969 abren otro frente, no menos filoso: la disputa por la figura de Julio Argentino Roca, motivada por la lectura de los trabajos de Milcíades Peña.

Acá Ramos y Terzaga hacen un ejercicio que todavía hoy cuesta encontrar: ni demonizar a Roca desde el progresismo de salón ni mitificarlo desde el nacionalismo de café. La Carta 69, “La vida privada de Roca”, entra incluso en lo íntimo —sus hijas, sus amoríos— no por chusmerío, sino para reconstruir el clima de época de la oligarquía gobernante, ponerle cuerpo a una clase social.

Y la operación de fondo es de manual: leer el roquismo desde el materialismo histórico, como la etapa en la que el Estado nacional se consolida y, a diferencia del centralismo mitrista, parte de la renta agraria empieza a circular hacia las provincias y no se queda toda en el puerto de Buenos Aires. Eso no significa absolver a la Generación del 80: el libro no esquiva sus límites estructurales, la subordinación al mercado mundial dominado por Gran Bretaña, el modelo agroexportador como techo de un proyecto que nunca completó la tarea nacional. Pero entender esos límites exige primero entender qué construyó esa generación, y eso es exactamente lo que el “izquierdismo vacío” que es la etiqueta que le ponen a Peña y a Luis Franco en la Carta 71, “De Mitre a Roca”no logra hacer. Mitre y Roca no son lo mismo, y confundirlos en el mismo paquete de “oligarcas malos” es, para Ramos y Terzaga, no entender nada de cómo se construyó este país.

La trinchera cotidiana: plata que no llega, imprentas que se atrasan y un tal Laclau

Todo esto, la polémica con Peña, la discusión sobre Cuba, la lectura de Roca, no se escribe en un escritorio con calefacción y sueldo fijo. Se escribe en el apuro. Las cartas están llenas de lo que cualquier militante reconoce al toque: la imprenta que no entrega, la revista que no sale en fecha, la plata que no alcanza para el próximo número, el favor que hay que pedirle a tal o tal para bancar la tirada.

Y está la cuestión de los seudónimos, que no es folclore: es supervivencia. Ramos firma como Lucía Tristán y bajo ese nombre sale Irigoyen y la Intransigencia, aunque una nota aclaratoria revela que el contenido en realidad lo había escrito Jorge Enea Spilimbergo, lo cual da una idea de cómo funcionaba ese taller colectivo— y también como Bordaberry, para el prólogo de Roca y su época en 1962. Terzaga, por su lado, es Manuel Cruz Tamayo su alter ego más recurrente, el que firma “Rosismo y mitrismo: la vuelta al redil” en 1971 y propone para Lucha Obrera el seudónimo Cordubensis, bien cordobés, bien de trinchera provinciana. Esquivar la censura, proteger al grupo, multiplicar las firmas para que un proyecto chiquito parezca una redacción entera. Esa es la cocina real del pensamiento nacional: no se financia con becas, se sostiene a pulmón, no son periodistas anfibióticos.

Y en esa cocina aparece, a mediados de los sesenta, un Ernesto Laclau todavía lejos de los seminarios europeos que lo harían famoso después. Acá es un joven dirigente del Partido Socialista de la Izquierda Nacional, director del semanario Lucha Obrera, que se sube a un micro y se va de gira por Tucumán y Salta a fundar centros del PSIN, a sumar a viejos cuadros del laborismo. Ramos lo llama, sin vueltas, “nuestro director Laclau”: el tipo que coordina agendas, que redacta el editorial clave antes de las elecciones de marzo del 65, que le manda a Ramos los reportes sobre cómo viene la mano del peronismo en Córdoba. Y Córdoba, en estas cartas, no es un dato geográfico cualquiera: es la trinchera de Terzaga, la provincia que Ramos mira desde Buenos Aires como un sismógrafo, la misma que pocos años después va a estallar en el Cordobazo. El lector tiene la rara sensación de estar leyendo, sin que los protagonistas lo sepan todavía, el prólogo de algo que va a cambiar el país. La geografía es un elemento epistolar más y Córdoba es la trinchera de Terzaga.

Por qué esto importa ahora

Volver a este epistolario en 2026 no es nostalgia de archivo. Es otra cosa: es ir a buscar una caja de herramientas que en su momento se construyó a los ponchazos, con poca plata y mucha lectura, para entender un país semicolonial atravesado por la dependencia, el peronismo, la cuestión nacional y el lugar de las masas. Esas preguntas no se resolvieron. Están, de nuevo, sobre la mesa, con la diferencia de que hoy buena parte del repertorio intelectual dominante ni siquiera se hace esas preguntas: directamente las da por superadas, archivadas, viejas.

Ramos y Terzaga no tenían certezas blindadas. Tenían polémicas, dudas, plata que no llegaba y una intuición que no abandonaron nunca: que sin pensamiento nacional no hay proyecto nacional posible. Y que, sin proyecto nacional, a los pueblos de América Latina no les queda margen para nada que no sea administrar su propia subordinación. Esa intuición, hoy, sigue siendo la pregunta central. Y este libro, con todo su barro, su urgencia y sus seudónimos, sigue siendo una de las mejores cajas de herramientas para responderla.

En épocas de debates ausentes donde todos juegan al error del contrario, Ramos y Terzaga recargaron el fúsil de la escritora, inventaron y erraron, pero lo intentaron como nacionales.

¿Rendición peronista?

Sectores del peronismo creen que no se debe confrontar con el poder económico y buscan maniobrar en los márgenes del modelo mileísta.

Por Ricardo Aronskind*

(para La Tecl@ Eñe)

Hay una catarata de declaraciones favorables al modelo de Milei en las filas del peronismo.

Provienen de los más diversos espacios a lo largo y ancho del país. Desde gobernadores, exministros y candidatos, dirigentes territoriales y aspirantes a serlo.

En vez de plantarse frente a un gobierno que es el más cipayo en la historia nacional, el más anti obrero y anti clase media, el más anti industrial, anti ciencia nacional, anti Estado protector, y el más destructor de la salud y la educación públicas, el más indiferente al porvenir de las futuras generaciones, el más favorable a la extranjerización y desintegración territorial del país, hay una fracción importante del peronismo a la  que se le ocurre presentarse como la continuidad “mejorada” del desastre mileísta.

No importa la definición que se tenga del peronismo, no hay forma de hacerla coincidir con la actual experiencia ultraderechista.

Se puede adoptar la definición del peronismo que se desee: que fue un nacionalismo popular, un social cristianismo local, un keynesianismo sudamericano, un movimiento de liberación nacional, una variante criolla de la socialdemocracia, un populismo tercerista, un desarrollismo distribucionista, o incluso, un “freno burgués a la lucha de clases” (mejorando las condiciones de vida de los trabajadores) Ninguna de esas definiciones puede amoldarse a la actual experiencia de demolición nacional que encarna el gobierno mileísta con sus grandes apoyos del capital concentrado local y de los Estados Unidos.

Sin embargo, la evidencia de estos días muestra que sí, que hay muchas coincidencias entre sectores que se consideran peronistas, con las prácticas y la prédica liberal autoritaria.

¿Qué quiere decir que desde el peronismo se pueda valorar positivamente partes importantes de este experimento destructor?

Pareciera que desde sectores dirigenciales del peronismo no se ve al actual gobierno como un evento desastroso para el pueblo y la Nación argentina.

Lo que lleva a otra pregunta: ¿qué está pasando dentro de vasto espacio peronista para que se pueda tener una mirada concesiva, y hasta comprensiva con este gobierno, que es la continuidad de la última dictadura militar, del menemismo extranjerizador y del macrismo?

¿Será una concesión a lo que una parte “de la gente” cree, para atraerlos?

¿Será un acomodamiento a lo que dicen las encuestas, porque “hay que sumar” como sea?

¿O tendrá que ver con una lectura – “pragmática” o vencida – de lo que los poderes fácticos quieren que sea el peronismo, para que no exista más una oposición con peso político y convocatoria electoral, a sus planes de negocios en Argentina?

Ejemplos sobran

Juan Manuel Olmos, dirigente peronista de la Ciudad de Buenos Aires, sostuvo en un reportaje que “cuando ganamos (los peronistas) los activos se van a pique y cuando perdemos rebotan hasta la estratósfera. ¿No vamos a tomar nota de eso? Eso quiere decir que tenemos un problema de confianza. En cuestiones económicas. En cuestiones de “brecha”, “cepo”, de tipo de cambio, de riesgo país, de déficit.” En otro párrafo señaló: “Hay que primero ordenar lo que está desordenado y el peronismo tiene que ser también sinónimo de ese orden. Nosotros no trabajamos para los mercados. Ahora ¿ignorarlos? (…) Nosotros no somos los que le damos garantías a los mercados, pero sí tenemos que dar garantías de estabilidad. Porque la gente también sufre cuando no hay estabilidad”.

Hablar de los mercados en abstracto, y no de los poderes económicos reales, es prestarse a enmascarar la realidad. Asumir que sería el peronismo el que desordena la economía, y que los experimentos derechistas son los que la ordenan, es una tontería que no pasa por la prueba de la historia económica nacional. Olvidarse de que la “brecha” y el “cepo” tuvieron que ver con la enorme deuda externa contraída por la dictadura, reforzada por la práctica de la fuga de capitales de los grupos económicos locales, es tapar las responsabilidades históricas y asumir como propios los desastres causados por las experiencias neoliberales, entre ellas, por supuesto, la del peronismo menemista.

Olmos se calza el traje del “peronista responsable que da garantías” dentro de un peronismo que es irresponsable (según la visión de sus enemigos), un peronismo “loco” que no es capaz de darle tranquilidad a los “mercados” a los cuales se les atribuye racionalidad. En realidad, parte del estado de postración argentina es precisamente por el tipo de negocios rentísticos y financieros que se les ocurren a los “mercados”, que fracasan incluso con sus propios gobiernos. Pero acá tenemos un peronismo que acepta e introyecta la versión falsa de la historia proporcionada por sus enemigos.

Mientras tanto, el vicepresidente segundo del Partido Justicialista de la Ciudad de Buenos Aires, Jorge Meneses, durante un acto público le exigió a Milei “que sea responsable. Que tenga autocrítica. Que se fije lo que le pasa a nuestro pueblo, lo que les pasa a nuestros viejos, a nuestros jóvenes, y que empiece a gobernar para los intereses de todos los argentinos”.

Meneses no puede estar hablando en serio.

¿Le está pidiendo responsabilidad, o autocrítica, a Milei? ¿Le pide a Milei, y su gobierno criminal, que atienda lo que le pasa a nuestro pueblo, a nuestros viejos? ¿Cree que este gobierno vendido a Estados Unidos puede gobernar para los intereses de todos los argentinos?

Como dirigente peronista, ¿cree que ese es el nivel político de las bases peronistas? ¿Los sectores populares estarían esperando una rectificación de Milei, porque Milei es bueno, pero está equivocado? ¿Puede un dirigente político popular seguir otorgándole el beneficio de la duda a Milei, y a su gobierno, que es un modelo de manual de neoliberalismo extremista argentino?

Si piensa que Milei es nefasto, ¿por qué no lo dice y se lo dice a las bases? En el fondo, con esas apelaciones sin sentido le sigue dando tiempo al gobierno, genera una confusión sobre lo que significa y significará un régimen de estas características, y continúa eludiendo la definición indispensable: este es un gobierno declaradamente enemigo del pueblo, de la justicia social, de las mayorías, de la gente de trabajo. Pero no: habría que seguir viendo si se rectifica, si se arrepiente, si se sensibiliza…

En el programa de Pedro Rosemblat, le preguntaron a Aníbal Fernández si “algo tiene que quedarse” de la gestión de Milei. El exministro contestó: ¿Querés saber (si yo fuera presidente) si dejo algo de lo que hizo Milei? Todo. No toco nada”. “Lo miro y lo saco, si es lo que corresponde. Lo miro y lo consolido, lo modifico, lo mejoro, lo que sea”.

Aníbal Fernández no es nuevo en la política. Además, lee y piensa. Pero en vez de decir que, en principio, rechazaría y derogaría todo lo que hace este gobierno porque la política mileísta es un conjunto coherente que apunta a la destrucción de la Argentina como sociedad y como estado nacional, parte de lo contrario: dejar todo, e ir viendo.

Dejar, por ejemplo, la Ley Bases, redactada por las grandes corporaciones para quedarse con las riquezas de la sociedad y los bienes del Estado. Dejar el RIGI, para que las multinacionales exploten los recursos naturales sin dejar un centavo en nuestro país. Dejar la disolución de los organismos científicos y tecnológicos, que nos permiten avizorar un futuro menos subdesarrollado y dependiente. Dejar la timba financiera institucionalizada y el endeudamiento masivo de las familias. Dejar la legislación esclavista contra los trabajadores. Dejar la destrucción de los glaciares, de los bosques y de los humedales. Dejar la desprotección peligrosísima en materia de Salud a la gran mayoría de la población. Dejar el afano por parte de lúmpenes, ignorantes y chorros en todas las áreas del Estado. Dejar el poder judicial al servicio de los poderes fácticos…

Esa respuesta de Fernández podría darla cualquier conservador argentino, de esos que fingen estar afligidos por los modales y los improperios del presidente, pero que avalan su acción de gobierno. Fernández prefiere algo tan confuso como decir que sacaría, consolidaría o mejoraría las diversas medidas de Milei, como si hubiera “de todo un poco”.

Y no hay “de todo un poco”: Hay desastre, exclusión y entrega. Se prefiere alimentar la confusión, en vez de asumir lo que corresponde frente a este desastre: la confrontación.

Según el diario La Nación, los gobernadores Alberto Weretilneck (Río Negro) y Raúl Jalil (Catamarca) “expusieron hoy en el 43° del Congreso del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas (IAEF) y respaldaron el rumbo económico del gobierno de Javier Milei. Aseguraron que no se puede volver a discutir el equilibrio fiscal y celebraron las políticas de atracción de inversiones extranjeras para el desarrollo de economías regionales”.

Jalil, gobernador peronista de Catamarca, dijo que “casi todas las provincias tienen superávit fiscal” y todos los mandatarios provinciales deben trabajar para seguir bajando impuestos y volverse más competitivos. Además, celebró el interés de los Estados Unidos para invertir en la Argentina tras el acercamiento de Javier Milei con el gobierno de Donald Trump.

El periodista Sebastián Lacunza informó que les preguntaron a Weretilnek y Jalil “qué de lo que hace Milei debería quedar para siempre”. Weretilnek dijo: “Lo primero. La política exterior y el alineamiento con Estados Unidos». Y Jalil agregó: «Coincido».

En lo del alineamiento con Estados Unidos, el “doctrinario” Guillermo Moreno también coincide. Parece que la política de amedrentamiento norteamericana en su “hemisferio Occidental” está haciendo estragos entre los partidarios históricos de la tercera posición. Ahora están en la “Primera Posición”.

No les importa si a la Argentina le sirve el alineamiento, o si la desintegra. Se acabó la mirada nacional, y sólo restan los negocitos particulares de fracciones lúmpenes de la burguesía local.

Osvaldo Jaldo y Raúl Jalil.

El curro del “equilibrio fiscal”

Muchos de los que están opinando se remiten a un tema central, que es el del equilibrio fiscal, y es un punto muy importante de la agenda de política económica, que debe ser aclarado ya que de tanto machacar con eso mucha gente – especialmente “dirigentes” – lo empieza a repetir, aunque no entienda lo que está en juego.

Básicamente el equilibrio fiscal significa que a las arcas del Estado entran $100 y salen $100. O entran $200 y salen $200. No se gasta más de lo que entra. Pero este razonamiento, aparentemente tan claro, tan prolijo, encierra una trampa fundamental tendida por los grandes capitales y los sectores más ricos de la Argentina.

El proyecto de Milei, como el de Macri en su momento, como el de Menem también, como Videla en la dictadura, es que los más ricos paguen poquísimos impuestos para que las empresas puedan tener super ganancias a costa de no aportar nada, vía impuestos, a la sociedad. Pero no sólo eso: Al entrar en una dinámica de achicamiento permanente del gasto público, van erosionando las bases de un país vivible, empobreciendo a las instituciones públicas y a la población en general. Cada vez peor, cada vez más atrasado.

Entonces, todos estos gobiernos neoliberales reducen los impuestos a los ricos y luego empiezan a lavarle el cerebro a la gente – a través de sus “expertos” y de sus medios de comunicación – con el “equilibrio fiscal”.

Es decir que, como recaudan poco – por decisión política basada en una preferencia de clase – … ¡tienen que gastar poco!

Y, ¿en qué se les ocurre ahorrar? En todo lo que tenga que ver con el gasto en los sectores medios y bajos: salud, educación, jubilaciones, obra pública, protección social.

En síntesis: En boca de la derecha argentina el equilibrio fiscal es simplemente una trampa cazabobos para encubrir la transferencia de riqueza, a través del Estado, desde las capas populares y medias a los sectores de altos ingresos y al capital concentrado local y extranjero.

Ese es el sentido que tiene, en la práctica, la defensa del supuesto equilibrio fiscal mileísta: Le están pidiendo a toda la clase política, sin distinciones, que respete la política de redistribución social regresiva, de depredación humana de este experimento, sin osar aumentar un peso el gasto público para revertir la situación.

Está archi demostrado que el Estado Argentino puede recaudar mucho más dinero que en la actualidad combatiendo la evasión y elusión impositiva, las maniobras con el comercio exterior y otras prácticas delictivas habituales que siempre están impunes, además de mejorar el sistema impositivo para que sea más equitativo y justo.

Esa es la forma en que el Estado podrá cumplir sus funciones sociales y económicas irremplazables sin tener que sacrificar a nadie ni incurrir en desbordes fiscales irresponsables.

Final

La catarata de declaraciones de convergencia con la obra de gobierno del mileísmo no puede ser ignorada y merece un debate profundo, porque está reflejando una degradación extrema de gente que pretende ser considerada “dirigencia nacional y popular”.

Encubren bajo consignas de “recuperar los sectores medios” o “darle voz al peronismo del interior”, lo que no es otra cosa que adherir a una línea política que converge con lo que se requiere para armar un modelo bipartidista neoliberal.

De alguna forma se asemeja a lo ocurrido con Alberto Fernández, cuando en pleno desbarajuste de la política timbera de Macri, salió a salvarle la vida con aquella famosa declaración: “El dólar a 60 pesos está bien”, otra forma -reiterada durante todo su gobierno – de darle “confianza a los mercados”. Ya ahí el Frente de Todos, antes de ganar las elecciones, empezó reduciendo sus posibilidades de servir a las mayorías.

No es sólo que en una parte del peronismo – no sabemos de qué dimensión – no hay voluntad de ganarles a quienes dañan al Pueblo.

No es sólo que no hay voluntad de confrontar y por lo tanto de modificar nada.

Ahora creen que no se debe confrontar con los poderosos, y lo que hay que hacer es tratar de maniobrar en los márgenes del modelo mileísta.

La noticia, por si no se enteraron, es que ya hay una persona elegida para eso: Patricia Bullrich.

Lunes, 8 de junio de 2026.

*Economista y magister en Relaciones Internacionales, investigador docente en la Universidad Nacional de General Sarmiento.

NO ME OLVIDES

Por Federico Berardi

Hay una flor pequeña, azul, de nombre simple, que se convirtió en el símbolo más elocuente de la resistencia peronista. Fue un ramito prendido en la solapa, discreto como un susurro, firme como una convicción. Una imagen vale más que mil palabras.

Tras el golpe de 1955, el decreto 4161 prohibió pronunciar el nombre de Perón, el de Eva, el de Justicialismo. Los que infringieran la norma se arriesgaban a seis meses de cárcel o más. El régimen creía que borrando los nombres borraba las ideas o el sentimiento. Subestimó al pueblo. 

A lo grotesco de la fuerza, disfrazada con nombre de libertadora, se le respondió con la creatividad, pícara y sutil, de la sabiduría popular. Al terror de las bombas, los peronistas proscriptos respondieron con flores. Con el “no me olvides” en el pecho caminaron por las calles, se reconocieron entre sí, sostuvieron algo que ningún decreto podía tocar: la identidad. 

Dicen así fragmentos del poema que Arturo Jauretche:

¡No me olvides, no me olvides,
no me olvides!
Canta el pueblo de Perón.

No me olvides sobre el pecho,
no me olvides pegadito al corazón.

Volverán los no me olvides
cada año a florecer.

Con la flor de no me olvides
no olvidando esperaré.

No me olvides, no me olvides
No me olvides.
Es la flor del que se fue.

No me olvides, no me olvides,
No me olvides
¡¡Volveremos otra vez!!

Resistir

La resistencia peronista nació del subsuelo. De las fábricas, de los barrios, de los hogares, de la cuadra. No fue algo propiamente de universitarios, de intelectuales ni de vanguardias. Una unidad ciudadana, pero que brotó desde abajo. Casi improvisadamente, sin jefaturas, sin una organización única. Algo en el orden del instinto de supervivencia, construida por reflejo de vida, por defensa de lo propio. Fue “pre-militante” para pensarlo en categorías actuales, algo bien de pueblo al que le tocaban su dignidad cotidiana.

Luego adquirió volumen, organicidad, comandos, planes de tomas de fábricas o el plan “Luche y Vuelve”. Se hizo época con sus emblemas y sus figuras. Como lo simbolizan los héroes “anónimos”, muchos de ellos asesinados los días 10, 11 y 12 de junio de 1956 en las localidades de Avellaneda, La Plata, Campo de Mayo, San Martín (en los basurales de José León Suarez que Rodolfo Walsh eternizó con su obra “Operación Masacre”) y en la Capital Federal (actual plaza Las Heras, donde fusilaron al General Juan José Valle).

Decía José María Rosa, gran historiador revisionista y participante de la resistencia: “Lo grueso y principal no es la conspiración de unos militares patriotas que se propusieron, con la participación de civiles, echar abajo el gobierno de Aramburu y Rojas: conspiraciones y revoluciones semejantes las hay por docenas en nuestra historia.

Lo grueso y principal es lo que se llamó Ley Marcial, y su aplicación a los vencidos en la jornada del 9 de junio. ¿De dónde sacaron los “libertadores”, que estaban en el gobierno, que existía algo que llamaron Ley Marcial y les permitía disponer de la vida de los vencidos?… De ninguna manera es un derecho de muerte sobre los vencidos. Eso no es Ley Marcial: eso es la Ley de la Jungla, el derecho de las fieras.

¿Por qué la aplicaron? La respuesta es una sola: porque se necesitaba cometer actos de terrorismo a fin de acallar la enorme mayoría del país que repudiaba al gobierno de 1956”.

A 70 años de aquella masacre está pronto a iniciarse el juicio por la verdad en el juzgado federal número 2 de San Martín y que tiene como querellantes a familiares de aquellas víctimas y a Juan Carlos Livagra, “el fusilado que vive”, quien logró escapar ese día junto a un puñado de compañeros.

La flor de no me olvides, como toda planta, tiene raíces. Igualmente hubo raíces en el peronismo, fusilarlo fue darle más vida, querer cortarlo, fue como una poda que le hizo dar frutos nuevos. El corazón tiene razones que la razón no entiende. Y la razón fue que hubo una sencilla pero arraigada y contundente convicción: resistir hasta que vuelva quien había construido dignidad para el pueblo argentino.

Soneto 

En 2018 el Papa Francisco presentó su encíclica “Chirstus Vivit” dedicada a la juventud. Entre las menciones de jóvenes como San Sebastián del siglo III, pasando por nuestro patagónico Ceferino Namuncurá hasta llegar al último santito italiano Carlo Acutis, dejaba una enseñanza sobre esto de las raíces y la memoria. El soneto de Bernardez, poeta católico argentino del grupo Martín Fierro, que concluye así: 

Porque después de todo he comprendido

que lo que el árbol tiene de florido

vive de lo que tiene sepultado.

Raíces y Frutos. Memoria y futuro. Florecer es posible porque hay algo que no se ve que está sepultado. Son las raíces que entregan los nutrientes. 

El ejercicio de la memoria es una condición fundamental en la vida de las personas y los pueblos. La memoria que es fuente de vida, no la que te quieren hacer creer que es como un ropero viejo con olor a humedad y naftalina. La memoria que alimenta es la que funciona como reservorio vivo. La que da herramientas para interpretar el presente, la que genera pensamiento antes que consuelo. La que permite conectar con la llama de la tradición. Pero también la memoria es un ir atrás para encontrar fuerzas y poder caminar hacia adelante. El espejo retrovisor cumple su función solamente si sabemos hacia dónde vamos

Las raíces de la memoria sin proyecto de futuro son una melancolía por lo que pasó, es un laberinto donde nos trenzamos en discusiones contrafácticas y en las que para colmo aún nadie se hace responsable de los platos rotos. A la resistencia, la memoria, la raíz, si no se le pone horizonte es pura reactividad, son consignas que, además, ya se vaciaron. El desafío de fondo es conectar memoria con futuro, donde la esperanza es la que amalgama. Y si en nuestro pueblo no hay esperanza de que algo (distinto) va a florecer, no se convoca por más que lo que gobierna sea horripilante.

¿A qué volver? 

Son 70 años de la resistencia. El peronismo llega a este tiempo con cicatrices propias de la última etapa. Un triple achicamiento: territorial, electoral y conceptual. En el correr de los últimos años se perdieron territorios, se perdieron votos y se perdieron ideas programáticas. 

Detrás de esos tres achicamientos hay uno más profundo, que queda fuera de los mapas y de las encuestas: el achicamiento espiritual. Cuando se achica el espíritu, se achica la convocatoria. Cuando se empequeñece la propuesta, el pueblo busca otra cosa donde anclar sus esperanzas, aunque esa otra cosa le cueste caro.

Y está costando muy caro, no digo nada nuevo para quien habita la Argentina. Y por si acaso la pinta de cuerpo entero la última carta del Indio Solari, a quien Dios le abrió paso a la eternidad y tal vez con la sabiduría premonitoria de quien presiente su destino quiso dejar grabado un mensaje más sobre millones de corazones, con esa simbología tan popular y tan única de su pluma punzante.

Pero mientras se resiste para afuera, tarde o temprano se abre una hendija para el examen de conciencia sobre lo propio, como si hubiera una resistencia para adentro. Por eso conviene asumir que hubo y hay resistencia interna. Si interpretamos, la sociedad que no come vidrio, exige que hay reconocer la herida antes de pretender curarla. 

Y acá viene un posible interrogante para el presente, en tono pragmático (porque el tiempo se acorta) y proactivo (porque lo arreglamos nosotros o no lo arregla nadie) para reconocer y curar la herida. Para engrandecer esos achicamientos. ¿A qué volver?

La canción del gran Eduardo Falú se llama “¿A qué volver?”. A través de una zamba, la letra habla de un hombre que vuelve a su pago y encuentra cambiadas las imágenes de la casa, del árbol, el puente, el perro y el río. Es el reflejo de tristeza y resignación de volver a un lugar que ha perdido su esencia original, sus raíces. Como le puede al peronista que está distraído y no toma nota.

En 2019 decíamos volver mejores. Efectivamente volvimos, pero al final del camino “trajimos” a Milei. Entonces no volvimos mejores, sino peores. Y si repasamos las ya comentadas internas a cielo abierto, la falta de coordinación gubernamental, las operaciones leoninas del doble agente canino, las no renuncias, la conducción política que no se pudo, no se supo, o no se quiso. Se deshilachaban las flores en la solapa de la militancia. Y sobre todo en la sociedad se generó hartazgo y agotamiento.

No nos entra un quilombo más decía nuestro candidato. Otro mientras seguía siendo ungido públicamente como el candidato que se hubiese deseado. Y uno más se arrebataba ese lugar de candidato en una primaria (y una interna) que no le sirvió al peronismo ni al país.  

Cambió la etapa y cambió acertadamente la fórmula: mejorar para volver. El acento está puesto en el mejorar antes que en el volver. En este caso el orden de los factores sí altera el producto. Ese mejorar estará más cerca de lograrse si tiene horizonte y camino, lo estratégico y lo táctico.

El horizonte, lo estratégico, es la felicidad del pueblo y la grandeza de la Patria, como condición sin qua non para empezar a hablar. Y el camino, es la discusión y la representación. Discusión doctrinaria de un programa federal para el siglo XXI. Representación de quienes tengan apoyo real y votos, que se trasladen en una forma de participación política fraterna, que abrace, que no sea sectaria y no busque homogeneizar.  

Hidalguía 

Existía una condición de caballeros en la edad media que no tenían título de nobleza. Eran de un escalafón más bajo, pero se les reconocía grandeza de espíritu y comportamiento recto. Eran los hidalgos. 

Carlos “El Indio” Solari usa la expresión hidalguía como un adjetivo calificativo para describir el valor de resistir: “en la resistencia está todo el hidalgo valor de la vida”. Sin serlo yo, dejo mis condolencias a todo el pueblo ricotero y tomo esta frase con la que termina la canción “Encuentro con un ángel amateur” porque hay una enseñanza profunda ahí.

En el cómo se resiste y en el para qué se resiste, está la clave para comprender los resultados. La resistencia, vivida a fondo, es didáctica, enseña. La resistencia hace escuela, como en cualquier otro orden de la vida cuando hay sacrificio. Por eso no hay que reincidir en una resistencia que se suele confundir con intensidad militante y con resistir con aguante. El microclima que se confirma a sí mismo, donde todos piensan igual, donde cuesta el ámbito de la autocrítica para mejorar y donde no hay maestras, comerciantes, dueños de pymes, ni ciudadanos de a pie. En esa resistencia, cuando se enuncia el “volveremos otra vez”, se asocia a volver al Estado, a manejar fierros, espacios institucionales, viajes, gente, a bancar orgas de arriba para abajo, operativos para el territorio, sillón, lapicera y pulsera.

Si miramos la resistencia original con una actitud interpretativa, el foco estaba más asociado a un estado de cosas, a una atmósfera social y cultural, antes que al aparato del Estado al que había que volver. Era un estado de cosas a restaurar, que hacían a la cotidianeidad de la gente que podía vivir, trabajar, producir y proyectar.

La hidalguía de la resistencia peronista de hace 70 años se convirtió en fe popular que como todo lo relativo a la fe se transmite de manera viva. Se contagia por osmosis. Para transmitir y contagiar, el gesto vale más que mil palabras. Esa testimonialidad es clave en el mundo liquido peronista de hoy.

Un compañero sintetizó en la sobremesa de hace algunas noches algo en lo que nadie de los presentes se había detenido: “Acá todos hablaron de lo que hacen, no de lo que piensan. Hay testimonio”. La frase vale por su peso. Porque el testimonio es la única moneda que resulta imposible de falsificar. Resistir en un tiempo de orfandad, de escepticismo generalizado y de falsificación del pasado reciente, hace que el testimonio tenga un valor inconmensurable.

La credibilidad entre la vida y las palabras constituye un hecho real, objetivo, palpable, mensurable. Es una verdad en tiempos de posverdad. En la antigua filosofía griega, la verdad junto a la bondad y la belleza eran valores trascendentales.

El peronismo, cuando es fiel a sí mismo, se mide por su potencia de encarnar lo que le fue dado desde el comienzo: la esperanza de construir felicidad para el Pueblo y grandeza para la Nación. Eso es lo que la verdad y la belleza de la flor de no me olvides llevaba en el pecho. Esa esperanza, antes que nostalgia.

Y ningún peronista de ley sabe lo que es renunciar a la esperanza.

Enlace: https://panamarevista.com/no-me-olvides

TOMA DE UN BUQUE CON UNA CARGA DE CABALLERIA

Por Mario Casalla

BUENOS AIRES (Especial para Punto Uno) Este mes de junio el día 17 descripto como del “Paso a la inmortalidad del General Güemes”, me trae recuerdos inmemorables. Por ejemplo, aquella primera noche de los fogones Velando a las Estrellas, muy conmovedora, por cierto. Corría el año 1972 y acababa de llegar a Salta en compañía de mi colega y amigo Rodolfo Kusch y ver aquello en vivo y en directo, recorrerlos, fue para mí muy emocionante. Acaso por eso en este miércoles bien güemesiano se me impuso escribir sobre el General Gaucho. Soy consciente también que escribir de historia entre salteños es un atrevimiento y un despropósito, hay allí excelentes historiadores profesionales. Tal por caso del Profesor Luis Oscar Colmenares, discípulo y corresponsal de Arnold Toynbee (a quien tuve el gusto de conocer y tratar en vida en la flamante UNSA). Pero no soy historiador profesional sino filósofo y el tema es –nada más ni nada menos- que el General Martín Miguel de Güemes. Es que no hay un sólo Güemes, sino que se trata de un héroe con múltiples facetas y -si bien todos lo veneran cada 17 de junio- las causas y consecuencias de esa veneración son bien distintas y saltan rápidamente a la vista y a la discusión, porque en temas de historia y de política también son casi todos los salteños muy dados al debate. Mucho más en estos tormentosos y singulares tiempos que corren. Pero Güemes no llegó al grado de General de golpe, sino que comenzó su carrera militar como Subteniente y aquí en Buenos Aires, don-de escribo ahora estas líneas amigo lector

*Antecedentes de un curioso episodio*

El primero que la contó masivamente en Buenos Aires fue el periodista e investigador Pastor Obligado, en su artículo “Güemes en Buenos Aires”, publicado por el vespertino “La Razón” el 12 de agosto de 1920 (precisamente el día en que Buenos Aires celebra su Reconquista de manos inglesas, en 1806). Al parecer el autor le envió una copia a Benita Campos, de Salta, quien lo reprodujo en el número 57 de la revista “Güemes” que ella misma dirigía (el 20 de febrero de 1921). El artículo de Pastor agregaba el nombre propio del protagonista de tan insólita historia: había sido el joven subteniente Martín Miguel de Güemes, a la sazón ayudante de Liniers, héroe de aquella Reconquista de la ciudad. Porque el relato original del hecho fue escrito por un capitán inglés hecho prisionero, Alejandro Gillespie, en sus memorias “Gleanings and remarks” publicadas en Londres en 1818. Lo que el capitán inglés no mencionó fue el nombre del joven Güemes como autor de aquella rara hazaña: ¡un buque de guerra de Su Majestad, tomado por una carga de caballería que se lo llevó por delante y obtuvo como trofeo su bandera de guerra! Un caso único en la historia naval. Ese buque era el mercante “Justina” que -rearmado por los ingleses con 26 cañones y tripulado por expertos oficiales y cien marineros de la escuadra- tuvo la mala suerte de quedar varado en la costa del Río de la Plata, frente mismo a lo que es hoy en Buenos Aires la estación Retiro. El mismo capitán inglés reconoce la importancia del Justina al rememorar: “El día de nuestra rendición peleó bien y con sus cañones impidió todos los movimientos de los españoles no solamente por la playa, sino en las diferentes calles que ocupaban, también expuestas a su fuego”. Y remata diciendo: “Este barco ofrece un fenómeno en los acontecimientos militares, el haber sido abordado y tomado por caballería, al terminar el 12 de agosto (de 1806), a causa de una bajante súbita del río”.

*Güemes, al galope porteño*

Al parecer el que se dio cuenta de lo que pasaba -mirando con su catalejo- fue el propio Liniers. El Justina estaba allí varado -roto su palo mayor por un cañonazo la noche anterior- como una presa a pedir de boca. Le devolvió entonces el catalejo a su joven ayudante, Martín Güemes, diciéndole: “Usted que anda siempre bien montado, galope por la orilla de la Alameda que ha de encontrar a Pueyrredón y comuníquele orden de avanzar soldados de caballería por la playa” Y por supuesto, el “bien montado”, partió como rayo hasta donde estaban los hombres de Pueyrredón; gauchos que tampoco se hicieron esperar y en minutos cargaron contra el barco. Al galope tendido -dice Pastor- “Con el agua al encuentro de sus caballos, rompían el fuego las tercerolas, cuando asomó el jefe (inglés), haciendo señas con un pañuelo blanco desde el alcázar de popa, rindiéndose”. Y no era precisamente bisoña la tripulación inglesa del Justina. Eran hombres estacionados en la isla de Santa Elena, fogueados y victoriosos en la lucha contra la marina de Napoleón que -al pasar por allí el almirante Pophan rumbo a Buenos Aires- se sumaron a la escuadra británica y fueron luego destinados al Justina. Pero los gauchos porteños de Pueyrredón, encabezados por el joven salteño Güemes, se hicieron aquella tarde con el triunfo. Paradoja de la historia, la carga de caballería fue cerca de los terrenos que ocupa hoy la llamada “Torre de los Ingleses” frente a la actual Plaza San Martín (réplica exacta de la de Londres, regalada por esa colectividad en 1910 a nuestra ciudad, que por dos veces invadieron y en ambas acabaron derrotados). Así que, si en su próxima visita a Buenos Aires pasea por la zona, o va a los restaurantes de moda en Puerto Madero, eche una mirada hacia el río y deje volar su imaginación. Cosa que Borges, vecino muy próximo, hacía también con frecuente y poética constancia. O bien puede llegarse hasta el templo de Santo Domingo (en Avenida Belgrano y Defensa, muy cerca de la Plaza de Mayo) donde encontrará las dos banderas del Regimiento 71 de Highlanders (que intervino en la primera invasión inglesa) y dos estandartes de la Marina Real Británica capturadas al invasor y ofrendadas por Liniers a la virgen del Rosario. Una de ellas -conocida como bandera del Retiro- es la que se tomó en el Justina rendido ante la carga de Güemes y sus gauchos porteños. Para más datos y detalles del caso, amigo lector, le revelo mi fuente histórica: la inapreciable colección “Güemes documentado” del Dr. Luis Güemes, completada por su hijo Francisco (tomo I, Depalma, Buenos Aires, 1979, págs. 71 a 81). O si va a Salta, tome contacto con alguno de los muy buenos historiadores que conocen estos hechos al detalle y podrán ampliarlos con toda propiedad. Porque como le dije, los salteños en temas de historia, política y música son tan versados como polémicos.

Magnífica Humanitas y los “nuevos asuntos”

Por Francisco “Patico” Correa1 

“La imitación artificial de la relación de cuidado o de acompañamiento puede ser peligrosa cuando se introduce en un contexto pobre de relaciones y de afectos reales; entonces el riesgo no es tanto que una persona crea que está hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar realmente al otro” (100)2 

Luego de una lectura completa —que recomiendo realizar— de la encíclica Magnifica Humanitas de León XIV, quisiera compartir una reflexión que busca abrir el debate frente a ciertas lecturas apresuradas que, en torno a la problemática de la inteligencia artificial, terminan reproduciendo miradas meramente instrumentales sin dar cuenta del sentido profundo del contenido del texto. 

La encíclica comienza por el principio de todo: la pregunta por Dios. Y allí aparece uno de los temas más complejos de abordar —o, en muchos casos, directamente negado— en los debates contemporáneos sobre la tecnología. ¿Cuál es el lugar de Dios en esta discusión? ¿Por qué casi nadie habla de ello? ¿por qué hablar de dios? 

La introducción de la encíclica de León XIV coloca una cuestión decisiva para nuestro tiempo: no hay reconstrucción humana posible si se pierde el horizonte del sentido. El problema de nuestra época no es solamente económico, político o tecnológico; es, fundamentalmente, espiritual. Cuando el hombre deja de preguntarse por Dios, deja también de preguntarse por el sentido último de su existencia, de su comunidad y de su historia. 

La presencia de Dios aparece entonces como fundamento de una construcción verdaderamente humana. No como una evasión del mundo o un simple “ir al más allá”, sino como aquello que otorga dirección, finalidad y trascendencia a la acción colectiva de construir y reconstruir. Sin trascendencia, la comunidad queda atrapada en la fragmentación de intereses y en la incapacidad de compartir un destino común. Por eso la encíclica afirma: 

“Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último”. 

Aquí aparece una idea central: Dios como totalidad de sentido. La referencia a Dios no elimina la pluralidad humana; por el contrario, le permite encontrar un principio de unidad, un horizonte de comunión. Sin un horizonte trascendente, el pluralismo puede degradarse en dispersión y conflicto. Con Dios como fundamento, la diversidad puede convertirse en comunidad —“común-unidad”— porque existe un bien superior que ordena las diferencias hacia un destino compartido. 

En este marco, la encíclica propone que la reconstrucción social comienza por reconstruir la relación del hombre con Dios. Por eso sostiene: 

“Edificar una ciudad centrada en el bien común exige, ante todo, edificar sobre la roca de la relación con Dios. Significa reconocer que la verdad de su amor nos llama a una vida «en abundancia» (Jn 10,10) y a la comunión con Él”. 

La “ciudad” no es solamente una organización material; es una comunidad moral y espiritual. Una comunidad no se sostiene únicamente por leyes o instituciones, sino también por una concepción compartida acerca de qué vale la pena vivir, construir y defender. Allí, la presencia de Dios se vuelve decisiva porque introduce la idea de propósito. 

La ausencia de Dios, entonces, no sólo empobrece la fe individual: también limita la capacidad política y cultural de imaginar un proyecto histórico común. El abordaje de los problemas humanos sin trascendencia “castra” la posibilidad de pensar el plano más profundo de toda reconstrucción: el del sentido. Se puede administrar una crisis sin Dios; lo que no se puede es construir una civilización capaz de sostener esperanza, fraternidad y esfuerzo colectivo. 

Lo central de la encíclica muestra que Dios se encarna en la historia concreta de un pueblo que construye desde valores éticos capaces de orientar la vida común: “la dignidad de la persona, el destino universal de los bienes, la opción por los pobres, el cuidado de la Casa común y la paz”. No se trata de espiritualidades abstractas, sino de una fe y una esperanza que organizan la vida social y le dan dirección histórica a un proyecto de comunidad. 

La trascendencia, entonces, no aparta al hombre de la realidad: le permite habitarla con sentido. Porque cuando un pueblo pierde el vínculo con Dios, corre

también el riesgo de perder la memoria de quién es, para qué lucha y hacia dónde camina. 

¿Será esto lo que quizás no podemos discutir en esta coyuntura? ¿Será por esto que creemos que la encíclica habla de la IA? 

El día en que perdamos el miedo a discutir el sentido (¿Dios?) podremos abordar los problemas de una manera más humana. 

La doctrina social de la Iglesia ante la idolatría contemporánea 

La doctrina social de la Iglesia adquiere una nueva actualidad frente a las transformaciones contemporáneas del poder económico global. En 1931, Quadragesimo Anno, publicada por Pío XI en el contexto de la crisis económica mundial y al cumplirse cuarenta años de Rerum Novarum, planteaba una crítica simultánea a dos proyectos políticos que conciben dos formas de ejercer el poder: por un lado, la concentración económica producida por el liberalismo sin límites (EEUU); por otro, las experiencias colectivistas que anulan la libertad y absorbía la vida social dentro del aparato estatal (URSS). 

La encíclica advertía que: 

“No se limita a retomar la ‘cuestión obrera’, sino que amplía su mirada a la configuración general del orden económico y político. Denuncia la concentración del poder económico en manos de unos pocos; critica tanto la competencia sin límites como aquellos proyectos colectivistas que anulan la libertad y la responsabilidad de las personas”. De este modo, la doctrina social clásica identificaba dos formas diferenciadas de dominación: la concentración económica y la concentración política-estatal. 

En la realidad contemporánea el problema adquiere una nueva complejidad. Las nuevas formas de dominación por parte de los sectores concentrados de la economía que toma forma de poder económico (político y cultural) transnacional ya no reproducen solamente la lógica del liberalismo clásico, sino que incorporan mecanismos de control y subordinación que absorben dimensiones propias de los totalitarismos modernos. El nuevo poder global no se limita al dominio económico, sino que avanza sobre las subjetividades, las prácticas sociales, el consumo, la información y las formas de vida. Se configura así una forma de dominación totalizante, desde sus instrumentos (las plataformas) que ejerce control sobre las mentes, los cuerpos y la vida cotidiana, limitando las posibilidades reales de desarrollo de las libertades humanas. En este sentido la encíclica Magnífica Humanitas de León XIV denuncia que hoy en nuevo enemigo ha consolidado la capacidad de subsumir las dos lógicas interiores y ejercer una dominación a escala global, y de subordinación de los Estados, pero con un fuerte control y dominación de las subjetividades.

Al mismo tiempo, este poder no elimina definitivamente al Estado, sino que lo subordina y lo incorpora como instrumento de apoyo en los procesos de dominación La concentración financiera global condiciona gobiernos, orienta políticas públicas y debilita la autonomía de las democracias, produciendo una articulación entre poder económico y estructuras estatales (y paraestatales) que supera la vieja oposición entre mercado y Estado. Mientras los totalitarismos clásicos pretendían controlar a la sociedad desde el aparato estatal, el nuevo totalitarismo financiero controla simultáneamente al mercado, al Estado y a la subjetividad social: 

En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsan y orientan la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común.(5) 

En este contexto, las intuiciones fundamentales de la doctrina social mantienen plena vigencia. Tal como afirma el Magisterio reciente: 

“Para nuestra época siguen siendo particularmente actuales al menos tres intuiciones de su enseñanza social: la conciencia de que las injusticias no se refieren sólo a los comportamientos individuales, sino también a las estructuras económicas e institucionales; el valor del principio de subsidiariedad, que invita a fortalecer el tejido asociativo y comunitario, evitando nuevas concentraciones de poder; y el vínculo entre la dignidad del trabajo, la justa remuneración y la posibilidad real para las familias de llevar una vida humana digna” (31)

De esta manera, el punto de anclaje de la encíclica (la doctrina social de la Iglesia) aparece hoy no sólo como una crítica ética frente a las injusticias económicas, sino también como una defensa de la persona humana, de las comunidades y de los organizaciones intermedias, frente a una nueva concentración global del poder que tiende a subordinar simultáneamente la Economía, el Estado y la vida social. La complejidad del proceso de dominación que plantea “el nuevo Dios Dinero”, requiere de un planteo profundamente integral que invierta los puntos de apoyo estructurales desde donde se sostiene el modelo de sociedad que plantea el capitalismo moderno. 

Para comprender entonces, el planteo profundo de la nueva encíclica, no resulta suficiente abordarlo en términos de lo que la inteligencia artificial genera o deja de generar. La cuestión central radica en preguntarse desde qué proyecto ético, moral, ecológico y, en definitiva, cultural se configura la relación entre los seres humanos, sus vínculos sociales, la naturaleza y el desarrollo técnico-tecnológico. El desafío no es la tecnología en sí misma, sino el horizonte de sentido que orienta su utilización. En este marco, la encíclica propone pensar una

ecología integral y un desarrollo humano integral, capaces de poner a la persona, la comunidad y el cuidado de la casa común en el centro de toda innovación: 

Por eso, la primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna (9) 

Los “nuevos asuntos” y las concepciones para abordarlos 

El planteo ético integral desarrollado por la nueva encíclica requiere una visión capaz de articular de manera coherente los desafíos de nuestro tiempo, especialmente aquellos vinculados a la relación entre los seres humanos, la naturaleza y la tecnología. El objetivo no es simplemente promover la innovación técnica, sino orientarla al servicio de un desarrollo humano integral, donde la persona, la comunidad y el cuidado de la “casa Común” ocupen un lugar central: 

Pienso que actualmente, para custodiar a la persona humana en el tiempo de la IA, debemos volver a reflexionar sobre el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social (46) 

El abordaje de la problemática de la inteligencia artificial suele presentarse como una discusión limitada a la relación entre medios y fines, reduciendo el debate a una dimensión meramente instrumental y dejando de lado el carácter estructural del problema. Se nos hace cotidiano escuchar la frase, que la tecnología (hablando de las plataformas, redes sociales, la IA etc) es un medio, que según como se la utilice es el impacto que puede tener. Sin embargo, ninguna tecnología puede ser pensada por fuera de la cultura que la produce, orienta y le da sentido. Por esto mismo, constituye una forma de dominación presentar a “las tecnologías” como herramientas neutrales y universales, escindidas de los proyectos culturales, políticos y económicos que las sustentan. La referencia directa a Tecnología con Progreso, a tecnología con las tecnologías que se desarrollaron en éste contexto histórico, esconde una visión absolutamente ideológica, que niega al ser humano como ordenador de la vida en comunidad. 

Toda reflexión sobre las tecnologías debería conducirnos, en primer lugar, a interrogarnos acerca de la cultura que las sostiene: qué concepción de ser humano promueve, qué tipo de vínculos sociales favorece, qué relación establece entre las personas y la naturaleza, y qué modelo de desarrollo impulsa. En definitiva, la cuestión central consiste en preguntarse qué concepción de ecología integral —en el sentido amplio propuesto por Francisco— orienta el despliegue tecnológico y organiza la vida social.

El aspecto más desafiante de la encíclica radica en que nos obliga a interrogarnos, en primer lugar, el fundamento ontológico de la persona humana. La discusión se sitúa así en torno al concepto de dignidad humana, entendida como una dimensión constitutiva e inherente al ser humano en cuanto tal, y no como una cualidad adquirida o dependiente de sus capacidades, funciones o rendimientos. Desde esta perspectiva, abordar la problemática de la inteligencia artificial sin discutir previamente esta cuestión fundamental, implica quedar atrapados en un marco conceptual cerrado, incapaz de ofrecer respuestas adecuadas a los desafíos éticos, sociales y culturales que plantea el desarrollo tecnológico contemporáneo. 

Es importante vigilar para que este crecimiento en la conciencia de la dignidad humana no sea ofuscado bajo la presión de nuevas ideologías o de determinados intereses de gran poder en el mundo de hoy. Entre estas ideologías considero particularmente insidiosa la que sugiere que toda persona deba ganarse o justificar su propio valor, hasta el punto de atribuir mayor valía a quienes son más eficientes y productivos (51).Es la dignidad que pertenece a todo ser humano simplemente por el hecho de existir, de haber sido querido, creado y amado por Dios (52); 

La referencia a la dignidad humana constituye el principio articulador del bien común, concepto que la doctrina social de la Iglesia ha desarrollado como fundamento de una vida social orientada por un horizonte de trascendencia y un sentido compartido. Desde esta perspectiva, la relación entre los seres humanos, la comunidad y la naturaleza debe orientar y dar sentido al desarrollo tecnológico, subordinando las tecnologías a la realización efectiva del bien común. 

Por ello, ninguna tecnología puede considerarse verdaderamente humana si contribuye a la división entre las personas, a la fragmentación de las comunidades o al aislamiento de los individuos. Cuando la técnica deja de estar al servicio de la dignidad humana y de la construcción de vínculos sociales, corre el riesgo de transformarse en una instancia autónoma que pretende determinar por sí misma los fines de la existencia. En ese momento, el artefacto tecnológico deja de ser un instrumento y comienza a ocupar el lugar de un nuevo ídolo, capaz de disputar el sentido último de la vida humana y de la organización de la sociedad: 

“ todo artefacto técnico lleva consigo decisiones y prioridades: lo que mide, lo que ignora, lo que optimiza y el modo en que clasifica personas y situaciones. Si un sistema se concibe o emplea tratando algunas vidas como menos dignas, o las excluye sin posibilidad de apelación, no es un simple instrumento que “hay que usar correctamente”; introduce ya un criterio que contradice la dignidad inalienable de la persona. Por eso, el discernimiento ético no se puede limitar a preguntarse si usamos un determinado sistema para un fin bueno o malo, sino que debe interrogarse también sobre el modo en el que está diseñado y qué idea de persona y de sociedad queda inscrita en los datos y en los modelos que lo guía”

El discernimiento ético que nos incorpora en bien común como valor, requiere de la naturaleza como sustento indispensable para la vida humana y como base sobre la cual puede construirse una verdadera ecología integral. La ecología integral propuesta por Francisco y retomada por la nueva encíclica remite precisamente al vínculo armónico, interdependiente y necesario entre los seres humanos, las comunidades y la creación. No se trata únicamente de una preocupación ambiental, sino de una comprensión integral de la realidad que reconoce la estrecha relación entre las dimensiones sociales, económicas, culturales, políticas y ecológicas de la existencia humana. 

Desde esta perspectiva, el ecosistema debe ser entendido como el entramado de relaciones humanas y naturales que se desarrollan en un tiempo y un espacio históricos determinados. Cuando este conjunto de relaciones se orienta hacia un destino común, adquiere la forma de una comunidad en sentido pleno, capaz de integrar los diversos aspectos de la vida colectiva dentro de un horizonte compartido de significado y trascendencia. Es precisamente este equilibrio entre persona, comunidad y naturaleza el que otorga sentido a la existencia humana y hace posible un desarrollo verdaderamente integral -humanidad integral 

Por ello, la reflexión sobre la ecología integral conduce necesariamente a problematizar el principio del destino universal de los bienes a los cual se agrega (de manera contundente en la encíclica) que entre los bienes que están destinados universalmente a todos, también deben incluirse las nuevas formas de propiedad: patentes, algoritmos, plataformas digitales, infraestructuras tecnológicas,entre otras. Este nombramiento da cuenta de la necesidad de discutir las nuevas tecnologías en un marco de referencia distinto, que reconfigure el sentido de los avances tecnológicos y eche por tierra el planteo de las visiones transhumanistas 

Si el destino universal de los bienes constituye una herencia común destinada al conjunto de la humanidad, entonces la organización económica, la apropiación de los recursos y el desarrollo tecnológico no pueden desvincularse de su responsabilidad respecto del bien común, de la justicia social y de las generaciones futuras: 

Existe un derecho a la propiedad privada que tiene su sentido y su función propia, pero siempre subordinado al destino universal de los bienes. Según san Juan Pablo II, dicha subordinación es la regla de oro del comportamiento social y el «primer principio de todo el ordenamiento ético-social». [88] La tradición de la Iglesia ha visto en la propiedad un medio para custodiar y administrar los bienes de manera que puedan servir mejor al bien común (66) 

Por último, resulta central hacer referencia al concepto que da sustento al planteo de la encíclica respecto de cómo abordar los problemas contemporáneos en las escalas local, nacional y universal. En este sentido, la encíclica recupera el principio de subsidiariedad para repensar las relaciones de poder en un contexto

donde los actores con mayor capacidad de incidencia ya no se limitan al ámbito del Estado-nación. En efecto, frente a problemáticas cuya dimensión excede las fronteras estatales, emergen nuevos proyectos con capacidad de condicionar la vida social, económica y política a escala global y por lo tanto local: 

“Aquí el nivel superior no es el Estado, sino todo gran actor económico y tecnológico que ejerce un poder fáctico sobre las condiciones de la vida común. El nivel que absorbe competencias, datos y capacidad decisional está constituido por empresas y plataformas, que definen condiciones de acceso, reglas de visibilidad, formas de relación e incluso oportunidades económicas”. 

Este diagnóstico requiere otorgar centralidad al principio de subsidiariedad, en tanto constituye una herramienta fundamental para fortalecer las organizaciones intermedias capaces de proyectar iniciativas surgidas en el ámbito local sin perder la proximidad con las necesidades concretas de las comunidades. Al mismo tiempo, este principio demanda una articulación con una estatalidad fuerte, capaz de coordinar esfuerzos y preservar su capacidad de acción frente a actores y dinámicas que excedan las escalas nacionales. De este modo, la subsidiariedad no implica el debilitamiento del Estado, sino la construcción de una ingeniería institucional en la que las organizaciones sociales, las comunidades locales, -las organizaciones libres del pueblo-, puedan actuar de manera complementaria para afrontar desafíos que, por su escala y complejidad, superan las capacidades de cada actor considerado de forma aislada y particular: 

La subsidiariedad requiere que dichos procesos no se impongan desde lo alto de modo opaco y unilateral, sino que estén orientados al bien común mediante la transparencia, la responsabilidad y formas reales de participación (71). 

Desarmar la inteligencia artificial como propuesta política 

Por último, una vez explicitado el recorrido conceptual y metodológico para abordar la problemática de la inteligencia artificial, resulta necesario profundizar en una de las propuestas más disruptivas y radicales planteadas por la encíclica Magnífica Humanitas: la necesidad de “desarmar” la inteligencia artificial. 

Lejos de constituir una postura ludista o un rechazo indiscriminado al desarrollo tecnológico, el planteo de León XIV apunta a poner en evidencia las lógicas de poder que subyacen a estas nuevas tecnologías. En este sentido, la inteligencia artificial no puede ser comprendida únicamente como una herramienta neutral, sino como un dispositivo que, en determinadas condiciones, puede convertirse en un instrumento de dominación política, económica y cultural sobre la propia humanidad.

El desarme propuesto implica, por lo tanto, una tarea crítica orientada a desnaturalizar las formas en que estas tecnologías son diseñadas, implementadas y utilizadas. Sin este ejercicio de cuestionamiento y regulación, la inteligencia artificial corre el riesgo de profundizar las desigualdades existentes, consolidando modelos sociales basados en el individualismo extremo, la concentración del poder y la mercantilización de la vida humana. 

Desde la perspectiva cristiana, la búsqueda de un equilibrio entre la dimensión material y espiritual de la existencia se ve amenazada por la expansión de visiones transhumanistas y posthumanistas. Estas corrientes filosóficas colocan a la técnica en el centro de la experiencia humana y promueven la aspiración de superar los límites propios de la condición humana mediante la intervención tecnológica. Frente a ello, la encíclica propone recuperar una concepción integral de la persona, en la que el desarrollo científico y tecnológico permanezca subordinado al bien común, la dignidad humana y la realización plena de la comunidad. 

Quisiera, por último, usar una palabra muy importante para mí: “desarmar”. Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar. Desarmar no significa renunciar a la tecnología, sino impedir el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable, restableciendo en ella la pluralidad de las culturas humanas y de las formas de vida. La tarea, hoy, no es sólo ética o técnica; es ecológica en el sentido más radical, porque interpela una nueva dimensión de nuestra Casa común. La IA es ya un ambiente en el que estamos inmersos y un poder que debemos afrontar. Por eso, no basta regular; es necesario desarmarla y hacerla acogedora (110). 

Reflexión final 

Para finalizar, resulta necesario aclarar que la referencia a Dios como fuente de sentido y trascendencia, así como los principios del bien común, la solidaridad, la subsidiariedad y el destino universal de los bienes, constituyen valores fundamentales de la humanidad que trascienden las distintas tradiciones religiosas. Se trata de principios éticos y culturales que han contribuido históricamente a orientar la convivencia humana y la construcción de sociedades más justas. 

Lo que está en juego en esta coyuntura histórica no es únicamente el desarrollo de una nueva tecnología, sino el destino mismo de nuestra humanidad. Si no nos animamos a dar las discusiones profundas que exige la construcción de una Magnífica Humanitas, corremos el riesgo de quedar atrapados en la ilusión de que el progreso puede medirse exclusivamente por la sofisticación de los medios técnicos que somos capaces de crear.

Sin embargo, la verdadera calidad de una civilización no se mide por el poder de sus herramientas, sino por la capacidad de cuidado que sabe ofrecer; por su disposición a reconocer en el otro un rostro y una dignidad irreductible, y no simplemente una función, un dato o un recurso. La fortaleza de una comunidad humana se expresa en la capacidad de sus miembros para cuidarse mutuamente, compartir responsabilidades y construir vínculos de fraternidad. 

El cuidado, en este sentido, no constituye una actitud espontánea ni un atributo automático de nuestra condición. Es una capacidad profundamente humana que se aprende, se cultiva y se perfecciona a través de la experiencia, la educación y la vida en comunidad. Quizás el mayor desafío de nuestro tiempo consista precisamente en preservar y fortalecer esa capacidad frente a un mundo cada vez más atravesado por la lógica de la eficiencia, la aceleración y la automatización. 

La construcción de una Magnífica Humanitas exige, entonces, que el desarrollo científico y tecnológico permanezca subordinado a una pregunta más profunda: qué tipo de humanidad queremos ser y qué mundo deseamos dejarle a las generaciones futuras. 


1-Francisco Correa. Licenciado en Sociología. Docente en la UNLP, Facultad de Artes y Psicología. Trabajador de la secretaría de Niñez Adolescencia y Familia, (ex Ministerio de Desarrollo Social). Militante Gremial de UPCN.

2 Todas las citas fueron extraídas de la enciclica: 

https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/encyclicals/documents/20260515-magnifica-humanitas.html

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