De Dahomey a Messi: el fútbol como puerta de entrada a la historia africana

Por Emmanuel Bonforti

El último partido de Lionel Messi con la Selección Argentina dejó una imagen que excedió largamente al fútbol. Antes del comienzo del encuentro frente a Benín, el capitán del seleccionado africano, Sessi D’Almeida, le entregó al astro argentino dos presentes: una camiseta de su país y una réplica de una escultura que homenajea a las históricas guerreras de Dahomey. El gesto pasó inadvertido, pero detrás de aquella figura femenina se encuentra una historia que permite recorrer buena parte de la experiencia colonial africana.

La escultura remite a las llamadas “Amazonas de Dahomey”, las Agodji, un cuerpo militar femenino de elite del antiguo Reino de Dahomey, ubicado en el territorio del actual Benín. Durante siglos fueron parte de la estructura militar del reino y, a fines del siglo XIX, tuvieron un papel central en la resistencia contra la expansión colonial francesa. 

El regalo de los futbolistas benineses a Messi, entonces, puede leerse como algo más que una cortesía deportiva. Es también una forma de presentar ante millones de argentinos una parte de la historia de un país que muchas veces aparece en el imaginario occidental reducido a una referencia geográfica o a una selección de fútbol. Una manera de mostrar el pasado colonial.

Dahomey y la conquista francesa

Antes de convertirse en colonia francesa, el territorio del actual Benín estaba organizado en torno a distintos reinos y estructuras políticas. Entre ellos se encontraba el Reino de Dahomey, con capital en Abomey, una organización política poderosa que desarrolló relaciones comerciales con las potencias europeas desde el siglo XVII.

La presencia europea en la región estuvo vinculada inicialmente al comercio y, de manera decisiva, a la trata de personas esclavizadas. Franceses, portugueses, británicos y daneses establecieron distintos puntos comerciales sobre la costa. Francia consiguió instalarse en Cotonú y establecer acuerdos de protectorado con autoridades locales durante el siglo XIX. Pero hacia finales de ese siglo el vínculo comercial dio paso directamente a la conquista territorial. 

Las guerras franco-dahomeyanas de 1890-1894 terminaron con la derrota del reino. En 1894 Francia estableció formalmente la colonia de Dahomey y sus dependencias. El rey Béhanzin, una de las principales figuras de la resistencia, fue derrotado y enviado al exilio. El territorio quedaría incorporado al sistema colonial francés hasta alcanzar la independencia en 1960. El saqueo imperial estaba en marcha.

Las llamadas Amazonas de Dahomey ocuparon un lugar destacado en aquella resistencia. Eran una fuerza militar integrada exclusivamente por mujeres y llegaron a constituir entre un cuarto y un tercio de las fuerzas del ejército del reino durante el siglo XIX. Las tropas francesas dejaron registros de la ferocidad con la que combatieron. La resistencia fue, sin embargo, brutalmente reprimida y el cuerpo militar quedó prácticamente diezmado. 

Pero la historia colonial no terminó con la ocupación militar. La conquista también significó la apropiación de objetos, símbolos y bienes culturales. Después de la caída de Dahomey, numerosos objetos pertenecientes a los palacios reales fueron trasladados a Francia. En 2021, más de un siglo después, Francia restituyó 26 piezas al Estado de Benín. Entre ellas había tronos, estatuas, puertas de los palacios reales y objetos ceremoniales. 
En mayo de 2025, además, Benín recuperó de Finlandia el Kataklè, un asiento real que había sido saqueado durante la conquista francesa de 1892. Fue la pieza número 27 recuperada de aquel patrimonio. El imperialismo francés también fue experto en saquear la memoria colectiva de los pueblos africanos.

De Abomey al Monumental

Por eso, aquella pequeña réplica entregada a Messi puede ser leída como un gesto cargado de significado.

El partido que enfrentó a Argentina y Benín fue presentado fundamentalmente como el escenario de despedida de Messi de la Selección. Más de 85.000 personas asistieron al Monumental para despedir al capitán argentino, que cerró su ciclo internacional con una victoria 3-0, un gol y dos asistencias. 

Pero para Benín el partido también representó una oportunidad de visibilidad internacional. Antes del encuentro, su capitán había señalado que el equipo entendía la convocatoria como una posibilidad para que el mundo conociera a sus futbolistas. 

El fútbol produjo así una escena inesperada: una parte de la historia africana ingresó al centro de la escena argentina a través de un acontecimiento deportivo. El objeto entregado a Messi funcionó como una suerte de pequeño puente entre dos historias nacionales.

No es un dato menor. El fútbol es uno de los pocos fenómenos culturales capaces de reunir en un mismo escenario a sociedades que muchas veces conocen muy poco unas de otras. La camiseta, el escudo y los colores nacionales condensan historias políticas, sociales y culturales que exceden ampliamente los noventa minutos de un partido. 

Lo que África nos mostró en el Mundial

La última Copa del Mundo profundizó todavía más esa posibilidad. El Mundial de 2026 tuvo una presencia africana inédita: diez selecciones del continente participaron del torneo, la mayor representación africana en la historia de la competencia. 

Cada aparición de una selección africana en un Mundial puede funcionar, entonces, como una pequeña ventana hacia una realidad mucho más compleja. Detrás de una camiseta hay historias de colonialismo, procesos de independencia, migraciones, desigualdades, conflictos, resistencias y también enormes procesos de construcción nacional.

Conocer a Senegal no significa solamente conocer a su selección. Conocer a Ghana, Marruecos, Nigeria, Sudáfrica o Benín tampoco puede reducirse a sus resultados deportivos. El fútbol permite, al menos, formular preguntas. ¿Por qué hablan francés en determinados países africanos? ¿Por qué sus fronteras tienen determinadas formas? ¿Qué ocurrió con sus reinos antes de la llegada europea? ¿Por qué tantos objetos de sus culturas permanecieron durante décadas en museos europeos? ¿Qué significa hoy recuperar ese patrimonio?

La despedida de Messi frente a Benín produjo, casi accidentalmente, una de esas preguntas.

La imagen del capitán africano entregándole a Messi una réplica de las guerreras de Dahomey puede quedar reducida a una anécdota si se la observa únicamente desde el fútbol. Pero también puede ser tomada como una invitación a mirar más allá del resultado.

Porque detrás de esa escultura están Abomey, Béhanzin, las guerras contra Francia, las mujeres que combatieron contra la conquista, los objetos saqueados y luego restituidos, las discusiones actuales sobre patrimonio y memoria y las nuevas formas en que los pueblos africanos buscan narrarse a sí mismos.

El fútbol, en definitiva, no explica África. Pero puede abrir una puerta para conocerla.

EL PAPA FRANCISCO Y LA ARGENTINA DE LOS POLÍTICOS PROFESIONALES

Por Gustavo Matías Terzaga. Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE, de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

Sería superficial atribuir todo el drama social simplemente a la conducta de la dirigencia o a esa palabra ya gastada que llamamos “grieta”. Debajo de ella existe un conflicto histórico verdadero. La Argentina arrastra, desde mucho antes del peronismo, la tensión entre proyectos de país difícilmente conciliables, porque expresan intereses y concepciones del orden nacional que no pueden convivir sin que alguno termine subordinando aspectos sustantivos del otro; aunque, hay que decirlo, una parte del peronismo contemporáneo fue progresivamente domesticada e incorporada a los límites del orden que históricamente había nacido para disputar.

Lo cierto es que, resolver de una vez nuestra cuestión nacional para levantar las banderas del 17 de octubre, exige, como condición de partida, terminar definitivamente con la capacidad de las élites antinacionales para condicionar el destino de la Nación y subordinarlo a intereses ajenos al pueblo argentino. Una tarea histórica, la de pisarle la cabeza y no la cola a la serpiente, que difícilmente pueda internalizar nuestra política demoliberal.

Bien. Esa contradicción estructural explica una parte sustancial de nuestra inestabilidad en la superficie. Pero la dinámica política, económica, social, institucional de la Argentina no es circular; es tectónica y, por lo tanto, frontal. Presentarla como un eterno retorno de errores equivalentes —como si todos fracasáramos siempre por las mismas razones, como si las crisis económicas fueran para la Argentina naturalmente cíclicas— diluye responsabilidades y oculta los intereses concretos que actúan como epicentro de cada crisis. El plafón para darle marco a ese relato demagógico de que “el problema de la Argentina somos los argentinos” lo da la naturalización de la alternancia política de un estado apenas democrático, pero no soberano.

Sobre ese conflicto real se montó, especialmente durante las últimas décadas, otra cosa; una política profesional que aprendió a vivir de administrarlo sin resolverlo. Después de décadas de gestionar la política como una sucesión interminable de antagonismos —peronismo y radicalismo; kirchnerismo y antikirchnerismo, La Cámpora y el PRO, Macri y Cristina, Cristina y Milei —, lo que quedó abajo, en la vida concreta, fue otra cosa; el tedio diario de vivir para las grandes mayorías. La democracia liberal, reducida al juego partidario de este sistema político y vacía de contenido popular, ha dejado de producir horizonte y esperanza para administrar apenas alternancias republicanas para la política e incertidumbre existencial para el pueblo.

Políticos profesionales del campo popular

No hablaremos de los herederos de la casta Mitrista porque de nada vale llevarles una crítica. A ellos hay que deportarlos con lo puesto en una balsa rumbo a Miami.

En Argentina, la política se ha transformado desde hace décadas en una profesión y, para demasiados, en una profesión muy rentable. Generalmente se estudia abogacía, se ingresa a ella, se hace carrera, se construye una pertenencia, se aprende a obturar y a rosquear, se cambia de espacio o se permanece en el mismo lugar siempre, se dominan las cajas y los vínculos, se ocupa un cargo, se salta al siguiente y se aprende, sobre todo, a sobrevivir dentro del sistema. El valor ha pasado a ser la permanencia; nadie suelta, nadie quiere que venga otro a ocupar su lugar. Lo cierto es que la confrontación dentro de los esquemas políticos pasa a ser parte del negocio. Siempre hace falta un adversario, una amenaza, una nueva batalla que justifique la permanencia de los mismos profesionales administrando nuestras diferencias; operación que solo sirve para definir sus propias siluetas.

La gente trabaja, hace cuentas, llega cansada, posterga un viaje, una salida, un arreglo de la casa; acompaña a sus viejos, corre riesgos, hace cola en el Hospital, trata de ayudar a sus hijos, cena una mandarina y vuelve a empezar al día siguiente. Y mientras tanto, una dirigencia profesionalizada sigue discutiendo el país como si millones de argentinos se levantaran cada mañana pendientes de las prioridades de sus respectivas capillas políticas.

Actualmente, buena parte de la dirigencia y sus voceros del llamado campo popular parece convencida de que el pueblo vive en vilo por saber si es más importante la proscripción de Cristina o que el peronismo gane la elección. Son asuntos políticamente relevantes para quienes participan en mayor o menor medida de la política, desde luego. Pero confundir las preocupaciones de una minoría “politizada” con las urgencias y los deseos de las mayorías populares es una forma grave de ceguera. Y el problema, tal vez, sea justamente ése. Hace demasiado tiempo que una parte de nuestra política, tal vez la más virtuosa hasta hace unos años —paradójicamente, la que más se jacta de nacional y popular, de interpretar las necesidades del pueblo y de hablar en su nombre— dejó de escucharlo y comenzó a escucharse sólo a sí misma. Terminó confundiendo su propia agenda con la agenda mayoritaria hasta llegar a creer que aquello que desvela a quienes habitan sus estructuras, sus internas, sus herencias y sus institutos, necesariamente desvela también al hombre y a la mujer común. Y la verdad es que no.

Hay millones de argentinos que antes que una nueva batalla entre apellidos políticos necesitan que vivir vuelva a ser un poco menos pesado. Tener tiempo, previsibilidad, algún proyecto, una sobremesa tranquila, una escapada, un hijo, una ilusión, dos alegrías seguidas. De ese tamaño es la distancia. Lo cierto es que en Argentina todo se ha politizado, y la porción de cultura política que venía de antaño se ha empobrecido. No es difícil de observar que la formación, la doctrina, la calidad representativa, nuestro lugar en el mundo y la comprensión histórica fueron cediendo ante una política cada vez más líquida, inmediata, efectista, operadora, hiper táctica, internista y superficial. No hay estrategia porque se ha perdido el horizonte histórico.

El caso del Papa Francisco y las alegrías perdidas

Y tal vez por eso tampoco alcanzamos a advertir la dimensión de lo que perdimos colectivamente mientras la grieta nos obliga a decidir, frente a cada cosa, de qué lado debemos pararnos. Una comunidad se construye también en esos momentos excepcionales en que las diferencias retroceden y volvemos a sentir que hay algo que nos pertenece a todos al mismo tiempo. Y nosotros tuvimos una de esas oportunidades extraordinarias.

Un argentino llegó a ser Papa. Jorge Bergoglio, nacido y criado en el barrio de Flores, fue durante doce años Francisco, la figura argentina de mayor dimensión universal de toda nuestra historia. Recorrió el mundo y murió sin volver como Papa a su tierra.

Algún día habrá que pensar ese hecho no solamente desde Francisco, sino desde nosotros mismos. Porque Francisco quedó atrapado en una Argentina que hacía tiempo había decidido que absolutamente todo debía pasar por la aduana de la grieta. Más allá, incluso, de cuál haya sido verdaderamente su identidad política personal, por estos tiempos, caratular al Papa como “peronista”, además de ser una inversión conceptual; fue achicar a Francisco hasta hacerlo caber en las categorías menores de la política argentina. Una figura global quedó sometida a nuestro miserable interrogatorio doméstico. Y en el camino, perdimos el arraigo y la potencia de la universalidad de su figura. La paradoja fue tan dolorosa como elocuente; Francisco encontró en su propia tierra un nivel de rechazo y una erosión de su imagen difíciles de explicar fuera de la lógica espejada de la grieta. Decimos con esto; si en la Argentina existiera una cultura política más madura, o simplemente algo de cultura política, Francisco podría haber sido recibido sin que su visita quedara sometida al tribunal mezquino fabricado por la política profesional. Veamos.

Entre odios y prejuicios

Con una conciencia casi escolar, seguimos dividiendo a nuestros próceres entre buenos y malos, como si décadas de actividad política y dos siglos de historia pudieran caber en dos columnas del pizarrón. Si hacemos eso con los muertos, imaginen lo que somos capaces de hacer con un líder vivo.

Para una parte del conservadurismo argentino, Francisco resultaba sospechoso porque hablaba demasiado de los pobres, del descarte, de la comunidad nacional, de la justicia social, del dios dinero, de la unidad de los pueblos de América Latina, de la recuperación del sentido histórico, de la dignidad del trabajo y de los límites de una economía convertida en un fin en sí mismo para pocas manos. Y como además era argentino, ese lenguaje inevitablemente resonaba con una tradición política que esos sectores históricamente combatieron. Entonces apareció el odio y la simplificación; era peronista, era populista, era zurdo.

En la otra esquina del ring ocurrió otra “incomprensión”. Una parte importante del universo kirchnerista había construido previamente su imagen de Bergoglio desde sus enfrentamientos con los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. Y cuando llegó a Roma cargó también con una lectura de los años setenta que lo colocaba bajo sospecha por su actuación durante la dictadura. Horacio Verbitsky, escriba del kirchnerismo y operador de Cristina, fue una de las figuras centrales de aquella interpretación. La discusión sobre los sacerdotes jesuitas Yorio y Jalics quedó durante años adherida a Bergoglio. Sin embargo, el propio Francisco Jalics terminó afirmando expresamente que ni él ni Yorio habían sido denunciados por Bergoglio, que su antigua sospecha de haber sido víctimas de una denuncia carecía de fundamento y que era falso atribuir su secuestro a una iniciativa del entonces superior provincial de los jesuitas.

Es decir; unos no podían escuchar a Francisco porque les sonaba demasiado peronista. Otros, mientras militaban la separación de la Iglesia y el Estado, tardaron demasiado en escucharlo porque antes habían decidido que Bergoglio pertenecía al otro lado de su propia frontera ideológica. Es dable destacar aquí, que la partidocracia inepta e hipócrita– de “derechas e izquierdas” –que comprendió perfectamente el significado de su figura y de su obra, por odio gorila o prejuicio anticlerical, íntimamente siempre estuvo en su contra y no lo quiso interpretar. Cada uno tenía su Francisco inaceptable. Pero el problema de cierta progresía argentina es más profundo. Producto de su formación con categorías ajenas que les formó un prisma extranjerizado, su desconfianza hacia todo aquello que nace de nuestras propias tradiciones nacionales le impide reconocer incluso sus expresiones más transformadoras. De allí la contradicción que todavía le resulta difícil asimilar; que dos de las figuras de mayor potencia revolucionaria de nuestra historia política reciente hayan surgido precisamente de dos instituciones que buena parte de ese universo aprendió a mirar únicamente con sospecha; la Iglesia y las Fuerzas Armadas. Francisco y Perón.

Las alegrías que nos faltan

Ahora viene el Papa León a la Argentina y sentimos entusiasmo. Tenemos ganas de ir, de verlo, de participar de ese acontecimiento masivo e histórico para la Argentina. Y es precisamente este entusiasmo el que ilumina, por contraste, la dimensión de aquella ausencia. Imaginen por un instante lo que hubiera significado Francisco en la Argentina. No para el kirchnerismo; no para el antikirchnerismo; incluso, no solamente para los católicos. Para nosotros; para todos juntos. Un argentino convertido en Papa volviendo a su barrio, a su ciudad, a su país. Las rutas llenas, familias viajando desde Córdoba, Mendoza, Salta, la Patagonia. Los viejos esperando verlo, los chicos preguntando cuándo pasa, las campanas, familias enteras en las calles, los preparativos en cada parroquia de barrio, su mensaje directo al pueblo, el amor y la empatía a flor de piel. Millones de argentinos compartiendo durante unos días un suceso histórico para sus corazones.

En fin, sólo queda el suspiro cargado de impotencia. Porque ese tipo de alegrías son, entre tantas, las que se nos vienen escatimando.

La grieta se sentó en la mesa familiar. Nos han dividido profundamente. El político profesional en ambas bandas necesita administrar nuestras diferencias porque de ellas vive. Y cuando esa lógica se vuelve cultural, terminamos nosotros mismos haciendo el trabajo; sospechando del que celebra, midiendo quién capitaliza cada cosa, buscando una operación detrás de cada emoción, vaciando de sentido todo, festejando si uno que no nos votó perdió el laburo. Se nos enseñó a ser pequeños gorilas a cambio de la defensa acérrima de nuestras posiciones, creyendo tener siempre la razón. ¿Qué es eso? Y nunca falta ese sector de la progresía dispuesto a explicarnos que hasta entregarnos a la alegría popular supone hacerle “el juego a la derecha».

La unidad y el elemento tiempo

Francisco, con su visión de hombre formado en el barro y en la paciencia de la oración, nos recuerda que los cambios verdaderos se gestan como procesos colectivos, se encarnan en la lucha, maduran en el tiempo largo de los pueblos y se orientan –ineludiblemente– en el sentido de su historia. Nada que pretenda ser fundacional puede construirse sin esa noción de duración, de paciencia activa, de acumulación estratégica. Los pueblos no conquistan su destino a golpe de instantaneidad, lo hacen cuando una conducción es capaz de organizar el deseo popular y proyectarlo en el horizonte histórico.

Tenemos, salvo excepciones que no quiebran la regla, una dirigencia rosquera que se desespera por el espacio –una banca, un lugar en la lista, una cajuela– pero que ha olvidado que sin tiempo no hay raíz ni tampoco frutos. Francisco nos advierte con una lucidez impiadosa que el vértigo del presente sin proyecto es la forma más eficaz de la impotencia política. El tiempo es superior al espacio, nos enseña. La obsesión por “estar” ha sustituido la vocación de “realizar”; y en ese desplazamiento, la política se ha vuelto un simulacro de poder sin contenido popular.

La unidad nacional no es la negación del conflicto, sino su condición hacia un horizonte superior. La política que no reconoce el conflicto es ingenua o hipócrita, pero la que se regodea en él, la que convierte la fisura social en identidad de los extremos y el antagonismo en una especie de doctrina para detectar enemigos y traidores, termina sirviendo a los intereses del enemigo histórico de los pueblos favoreciendo la fragmentación interna como preludio del sometimiento externo. La unidad no es uniformidad, ni renuncia a la pluralidad, es la síntesis poliédrica superior que organiza las diferencias en función de un proyecto común. Una cosa es la diversidad, indispensable para expresar la riqueza de una comunidad; otra muy distinta es convertirla en un fin en sí mismo, fragmentando hasta el infinito aquello que necesita reconocerse también como parte de un origen común. Muchas identidades en constante pugna por ocupar el centro de la escena política y cultural mientras la cuestión nacional desaparece del horizonte, se llama diversionismo; trae división y fabrica aliados a la contra. Y está muy bien ser distintos, pero dado lo que tenemos enfrente, afuera y adentro, es mucho más importante ser iguales.

La historia argentina es también la historia de esas derrotas que nacieron en el seno mismo de nuestro pueblo. Unidos o dominados, decía el General Perón. La unidad, entonces, es la condición estratégica nodal sin la cual no hay acumulación posible. Claro, dependiendo de qué tipo de acumulación estemos hablando. Para los círculos políticos, la fragmentación es condición necesaria.

Francisco entendía algo elemental que nuestros políticos profesionales parecen haber olvidado; para conducir hay que estar cerca; y para estar cerca no basta con hablar del pueblo; hay que compartir, de algún modo, su suerte. Hoy más que nunca, cuando la política se encierra en despachos, cargos, paneles televisivos e institutos o se disuelve en la fugacidad de las redes sociales, este principio exige volver a pensar desde las bases y el retorno de la cultura del encuentro; en los barrios, las casas sindicales, los comedores, las cooperativas, las parroquias, los clubes, las escuelas y los centros vecinales; allí donde el pueblo vive, trabaja, resiste, circula y sueña; allí donde, en definitiva, se gesta lo nacional.

Francisco lo expresó con una imagen formidable: “pastores con olor a oveja”. Nosotros reclamamos, con el mismo sentido, políticos con barro en los pies.

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Los Cóndores de Malvinas

Por Aldo Duzdevich

A las 6,05 AM del 28 de septiembre de 1966, dos jóvenes ingresan a la cabina del DC-4 de Aerolíneas Argentinas. Sonriendo le dicen al piloto “cambiamos de rumbo, vamos a Malvinas”. El comandante Ernesto Fernández García, sonríe también creyendo que es una broma.  Los jóvenes exhiben sus armas y repiten “no tanta risa, esto es en serio”. El piloto aduce no conocer la ruta. “Rumbo uno cero cinco” replica el de lentes y le entrega las cartas de navegación.  El comandante obedece la orden y enfila rumbo a Malvinas con 42 pasajeros a bordo. Estaba en marcha el “Operativo Cóndor”.

El vuelo 648 de Aerolíneas había despegado a las 0,45 hs de Aeroparque Jorge Newbery hacia Rio Gallegos. Mezclados entre los pasajeros lo abordaron 18 miembros del comando fuertemente armados. Hoy resulta extraño que alguien pueda subir al avión con un arma. Pero,  este era el primer secuestro aéreo en Argentina.  Unos años después se tornará casi una moda secuestrar un avión para dirigirse a Cuba.

Los integrantes del Comando Condor pertenecían a una escisión de Tacuara, llamada MNA Movimiento Nueva Argentina. Los dirigía  Dardo Cabo, de 25 años, periodista hijo de Armando Cabo dirigente de la Unión Obrera Metalúrgica, Lo secundaba Alejandro Giovenco, de 21 años,  apodado el Chicato a causa del grueso aumento de sus lentes. La periodista y dramaturga María Cristina Verrier, de 27 años, era la tercera al mando del grupo. Su padre, César Verrier, había sido juez de la Suprema Corte de Justicia.

Los otros integrantes eran: Ricardo Ahe, de 20 años de edad, empleado; Norberto Karasiewicz, 20 años, metalúrgico; Andres Castillo, 23 años, bancario ; Aldo Omar Ramírez, 18 años, estudiante; Juan Carlos Bovo, 21 años, metalúrgico; Pedro Tursi, 29 años, empleado; Ramón Sánchez, 20 años, obrero; Juan Carlos Rodríguez, 31 años, empleado; Luis Caprara, 20 años, estudiante; Edelmiro Jesús Ramón Navarro, 27 años, empleado; Fernando José Aguirre, 20 años, empleado; Fernando Lisardo, 20 años, empleado; Pedro Bernardini, 28 años, metalúrgico; Edgardo Salcedo, 24 años, estudiante; y Víctor Chazarreta, 32 años, metalúrgico. La edad promedio del grupo era de 22 años. Todos eran peronistas.

Para garantizar la buena difusión del hecho  subió al avión con nombre falso Héctor Ricardo Garcia director del diario Crónica y la revista Así, quien viajando con los comandos se garantizaba la primicia. García alegará ante la justicia que fue convocado a viajar por Dardo Cabo un día antes, quien le anticipó un episodio importante pero sin decir de que se trataba. Según la investigación de Roberto Bardini, “los periodistas Americo Rial , Emilio Abras y el mismo Dardo Cabo todos militantes del Movimiento Nueva Argentina (MNA), trabajaban en Crónica. y convencieron mucho antes del operativo a Héctor Ricardo García,  de viajar en el DC-4 de Aerolíneas Argentinas.”

A las 9 hs el avión realizó tres pasadas rasantes sobre Puerto Stanley, rebautizada por los comandos “Puerto Rivero” (en homenaje a la gesta del gaucho Rivero), buscando donde aterrizar. Las islas no tenían aeródromo y lo mas parecido era una pista de carreras cuadreras de tierra, donde finalmente bajo el avión. Ya en tierra los comandos bajaron del avión e izaron siete banderas argentinas en distintos puntos cercanos. Luego tomaron posiciones de defensa alrededor de la aeronave, mientras se acercaban con mezcla de sorpresa y curiosidad habitantes de la isla. Entre ellos un joven jefe de policía al mando de seis efectivos que fue tomado como rehén.

Cabo y Verrier se dirigieron a la casa del gobernador interino, ante quien se presentaron anunciando : “como argentinos, hemos venido a esta tierra para quedarnos, ya que la consideramos nuestra”. Un isleño de origen chileno traducía las palabras que el gobernador no terminaba de entender. Recuperado de su sorpresa les ordenó “fuera de aquí, Vds no están en su casa”.

En la improvisada pista, ya varios jeeps Land Rover habían sido estacionados bloqueando el movimiento del avión, y casi un centenar de civiles voluntarios bien armados, rodeaban a prudente distancia todo el escenario. Los comandos hicieron bajar a los pasajeros del avión, entre quienes se encontraba el Gobernador de Tierra del Fuego e Islas Malvinas,almirante Jose Maria Guzman. Los pasajeros fueron alojados por los kelpers, mientras en comando seguía en el avión.

A treinta y seis horas del arribo, la posición del comando era muy débil, carecían de alimentos y abrigo y estaban rodeados por una fuerza numerosa, ahora reforzada por una docena de militares británicos. El sacerdote católico Rodolfo Roel, los convenció de dejar el avión y trasladarse e su iglesia . Los comandos se formaron frente a una de las banderas izada en un mástil de hierro, cantaron el himno nacional, rezaron un padre nuestro, le entregaron las armas al piloto del avión y recuperando las banderas se retiraron hacia la iglesia. No hubo acto de rendición. La misión estaba cumplida. Allí permanecieron hasta la llegada del buque Bahía Buen Suceso enviado por el gobierno argentino para evacuarlos hacia Ushuaia.

En 1982, el Bahía Buen Suceso prestó servicio como barco logístico durante la guerra de Malvinas. Los ingleses lo atacaron en Bahía Zorro donde quedó varado. Al terminar la guerra fue remolcado a aguas más profundas donde fue hundido por un submarino británico.

En septiembre de 1966 gobernaba el dictador Juan Carlos Onganía. Los cóndores eligieron la fecha porque en esos días se encontraba de visita en nuestro país nada menos que el príncipe Felipe de Edimburgo consorte de la Reina Isabel II. 

En Ushuaia fueron juzgados y encarcelados. La mayoría solo por nueve meses. Pero Dardo Cabo, Alejando Giovenco y Juan Carlos Rodriguez por tener antecedentes purgaron tres años de cárcel.

 El derrotero de los cóndores de Malvinas

Dardo Cabo, fue el jefe del operativo. Su padre Armando Cabo era hombre de la resistencia y dirigente metalúrgico cercano a Augusto Vandor. Dardo a mediados del 61, es uno de los fundadores del Movimiento Nueva Argentina (MNA) . También fue “preso Conintes” durante el gobierno de Arturo Frondizi. Tras purgar tres años de cárcel por el Operativo Cóndor , al salir se integra a la organización Descamisados que van a confluir con Montoneros a fines de 1972. En 1973 Montoneros lo nombra director de su revista El Descamisado. El 17 de abril de 1975, es detenido, en Morón, junto a Juan Carlos Dante Gullo, y Emiliano Costa mientras esperaban un pago del rescate de los Born. En la noche del 5 de enero de 1977 fue sacado de la cárcel (U-9 La Plata) junto Roberto “Palometa” Pirles, y fusilado en un supuesto “intento de fuga”.

Alejandro Giovenco, “Trágico fin de un hombre de acción” así titulo el diario Noticias (de Montoneros) la muerte de Giovenco el 19 de febrero de 1974. En la madrugada del día anterior en la esquina de Corrientes y Uruguay le estalló una bomba que llevaba en su portafolios y le arrancó un brazo. Pudo llegar hasta la sede de la UOM donde murió desangrado. El diario dice que el 2 de enero había sido atacado a balazos frente a su domicilio, omite decir que el atentado fue de la organización Montoneros, que en esa época no firmaba sus operaciones. Giovenco se inició en la militancia en el Partido de la Revolución Libertadora, su padre era un ferviente antiperonista. Con el tiempo se acercó al nacionalismo e ingresó al MNA. En una crónica del Descamisado, Dardo Cabo dice de su antiguo camarada: “Alejandro Giovenco se mato sin poder ser peronista”. (…) Giovenco era una mezcla de católico liberal de derecha y nacionalista de élite. (…) Ya en el Movimiento Nueva Argentina, manifiesta un vehemente y exagerado deseo de limpiar su pasado con una acción heroica para el peronismo: así promete matar al almirante Rojas. (…) Cuando sale en libertad, Giovenco se enrola en las filas del vandorismo, junto con varios miembros de la operación Cóndor. Actúan de guardaespaldas de Lorenzo Miguel y luego de Paladino.(…) Su práctica política demuestra una concepción coherente: el acto personal, “heroico”, la actitud individual y el valor personal. Nunca se lo vio recorriendo las bases peronistas, su manejo era totalmente superestructural. Enemigo de Vandor, termina siendo guardaespaldas de Lorenzo Miguel y viviendo de la UOM (…)Así fue la vida de Giovenco. No se dio cuenta, pero nunca dejó de ser lo que el padre le enseñó; cruzado de una causa sin legiones, murió por su propia mano. Su violencia nunca pudo encontrar ese acto heroico de estar junto a las masas que lo convirtieran definitivamente en peronista.”

Edgardo de Jesús Salcedo, en 1969 participó de una pequeña organización guerrillera “Cabecitas Negras” que intentó establecer un foco rural en el Abra de Santa Laura y fueron detenidos. Mas tarde se sumo a Montoneros. Era dirigente de la JTP de Telefonicos. El 12 de Julio de 1976 Edgardo Salcedo y su esposa Esperanza María Cacabelos, encerrados en su departamento resisten durante seis horas de fuerte tiroteo el asedio de un grupo operativo de la ESMA. Mueren en el enfrentamiento, en el que también caen un oficial de la Policía Federal y al Capitán de Corbeta Olegario Salvio Menéndez. Su hijo Gerardo (de dos años) es protegido por sus progenitores en el baño, en la bañadera, tapado con un colchón y resulta ileso.

Aldo Omar Ramirez, con 18 años participo del comando Cóndor. Se integro a la Juventud Peronista. En 1975 era miembro de la JTP (Juventud Trabajadora Peronista) de los Astilleros Astarsa cuando fue secuestrado por la Triple A y liberado por presión del los obreros del establecimiento. Siguió militando en Montoneros y paso a la clandestinidad. Fue secuestrado y desaparecido el 1º de septiembre de 1977.

Juan Carlos “el gallego” Rodriguez, y Pedro Tursi fueron miembros de la custodia de Lorenzo Miguel. Tursi era uno de los acompañantes del Giovenco en el momento que le exploto la bomba. El gallego Rodriguez, que era el jefe de la custodia de Lorenzo Miguel, a mediados del 75 es asesinado por el grupo del CNU de La Plata

Pedro Bernardini , según cuenta en una nota su nieta María Agustina Banchiero : “A partir del Operativo Cóndor las veces -que fueron muchas- que mi abuelo fue secuestrado durante la dictadura militar o llevado preso por su militancia en la FAP los años previos al 76, los militares le mostraban cierto respeto y con un guiño reconocían el Operativo. Incluso cuando estuvo secuestrado durante dos años en la ESMA, mientras lo torturaban, le preguntaban cómo había sido cagarles por unos días las Malvinas a los ingleses.”

Norberto Karasiewicz y Edelmiro Navarro siguieron su militancia en el CdO (Comando de Organización) que dirigía Brito Lima. Los militantes del CdO estaban entre los custodios del palco cuando se produjeron los graves enfrentamientos de Ezeiza el 20 de junio de 1973.

Jorge Alberto Money y Miguel Angel Castrofini eran dos militantes del MNA que no participaron del Operativo Cóndor. Pero fueron quienes, desde un Citroen destartalado, ametrallaron el frente de la embajada británica, cuando estaba en ella el Duque Felipe de Edimburgo en la noche del 29 de septiembre. Money era periodista trabajó en el diario “El Día” de La Plata; en el diario peronista “Mayoría” y finalmente como redactor en “La Opinión”. Se acercó politicamente a Montoneros. Fue asesinado por la Triple A en los bosques de Ezeiza previo rapto, el 18 de mayo de 1975. Castrofini se convirtió en militante del CNU (Concentracion Nacionalista Universitaria) el 8 de marzo de 1974 un comando del ERP22 de Agosto, lo asesinó de 16 balazos cuando salía de su casa en compañía de su esposa.

Esta es la historia de los años setenta, que hay que contar en toda su dimensión; aunque hoy, todavía sea políticamente incorrecto. El camino de la violencia, que en la historia algunas veces fue justificada y necesaria, es un camino oscuro, sinuoso, complejo y casi sin retornos. Ninguna bala lleva inscripta la palabra justicia.

El tercer Perón, entre Pigna y Duzdevich: la historia que aprendimos a leer

Por Tomás Trapé

Las declaraciones de Felipe Pigna reabrieron el debate sobre el último Perón, los años 70 y una interpretación histórica que todavía atraviesa al peronismo.

as últimas declaraciones de Felipe Pigna sobre “el tercer Perón” reavivaron un debate que cuestiona, ya no la opinión personal del popular historiador, sino una versión de la historia reciente totalmente asimilada por propios y ajenos. La idea venenosa de que Perón “nos traicionó”. Quienes llegamos a la vida política durante los años del kirchnerismo no dudamos, matices mediante, en reconocernos peronistas. Tal vez haya sido la última gran incorporación masiva a aquella tradición. Para quienes no la habían recibido por sangre, apellido o a través del recuerdo de algún abuelo, el peronismo parecía ofrecer un camino argentino, con toda su excentricidad, su grandeza y también con esos sueños, a veces desmesurados. Con el tiempo, sin embargo, empezó a crecer en nuestra generación cierta sospecha hacia quienes explicaron qué era el peronismo casi siempre en detrimento de la figura del propio Perón y de su legado. La pregunta era sencilla: ¿por qué querríamos ser peronistas “a pesar” de Perón?

En su temprana revisión de los años 70 y de sus fracasos, el relato del establishment progresista que se impuso desde el retorno de la democracia hasta nuestros días convirtió a los jóvenes de la Tendencia en campeones de la democracia y promotores anticipados de los derechos humanos, y al último Perón en la coartada perfecta para explicar el fracaso de aquella generación de jóvenes idealistas que quiso pero no pudo. También ofrecía un punto de convergencia perfecto para gorilas de izquierda y de derecha, porque aquella reconstrucción terminaba dándoles la razón, en retrospectiva, a quienes habían señalado desde el primer día que el hombre que inspiró el 17 de octubre no era otra cosa que un “tirano”, “un dictador” o en el mejor de los casos “un fraude”.

El debate sobre la legitimidad de sostener la lucha armada frente a un gobierno elegido democráticamente por el 62% de los votos, o sobre el asesinato a traición de Rucci apenas días después, quedaba fuera del radar de los historiadores por resultar demasiado inoportuno. Mucho menos se hablaba de la enorme gesta, tantas veces invisibilizada, de la resistencia peronista, encabezada principalmente por los sindicatos durante los 18 años de proscripción, cuando hasta el nombre de Perón estaba prohibido y buena parte de aquella juventud ni siquiera había nacido.

A esta versión de la historia, que compramos cara durante el largo período de la posdictadura, Aldo Duzdevich la llama “el Billiken Montonero”. Sus principales escribas fueron los Bonasso, los Verbitsky y los José Pablo Feinmann, entre otros intelectuales que durante años gozaron de enorme prestigio en el universo cultural y político cercano a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. El propio Duzdevich describe ese relato como una historia de “héroes, víctimas y traidores”, con Perón ocupando casi siempre este último lugar.

Varios años antes de que Juan Manuel Abal Medina publicara Conocer a Perón, ya circulaba entre muchos amigos el PDF de La Lealtad. Los Montoneros que se quedaron con Perón, de Duzdevich, Norberto Raffoul y Rodolfo Beltramini. Ambos libros fueron decisivos para empezar a desconfiar de aquella revista infantil que alternaba entre dos versiones del mismo personaje; la de un Perón deprimido, senil e influenciable -a la que hace referencia Pigna- y la de un Perón decididamente facho, capaz de borrar con el codo lo que había construido con sus propias manos durante treinta largos años justo el día en que “echó” de la Plaza a los jóvenes que lo insultaban.

Siempre se reprocha el eterno retorno a los 70, a esa vieja interna sangrante del peronismo durante los años previos al terrorismo de Estado. Nadie vuelve sobre ella por un afán melancólico, sino reparatorio. Así como reconocemos, equivocados o no, el coraje que tuvo la generación del 70, y así como nunca dejamos de reclamar justicia por los crímenes de la dictadura genocida, marchando cada 24 de marzo desde hace al menos veinte años, también, como herederos de esa tradición, se hace necesario hablar del último Perón.

Juan Domingo Perón junto a José Ignacio Rucci, bajo el histórico paraguas, durante su regreso definitivo a la Argentina en 1973.

Del último Perón que, después de 18 años de proscripción y de un largo y penoso exilio, volvió para ganar la histórica elección de 1973 con casi el 62% de los votos. Del último Perón que se abrazó con su viejo adversario, Ricardo Balbín, que había obtenido el 24%. Del Perón que hizo de la armonización entre el capital y el trabajo la base de un modelo de producción y desarrollo, y que encontró en el Pacto Social entre la CGT y la CGE una de sus principales herramientas. Del Perón que proyectó en el Plan Trienal una Argentina industrial, integrada y con vocación de potencia. Del Perón que buscó recuperar para el Estado resortes centrales de la economía, puso el crédito al servicio de una estrategia de desarrollo y volvió a colocar el comercio exterior dentro de una política nacional. Del Perón que retomó vínculos con Cuba, desafió el aislamiento continental impuesto a la isla y volvió a pensar a la Argentina con una política exterior propia. Del Perón, en definitiva, que regresó, con 77 años, no para administrar la decadencia sino aun con el deseo, acaso desmesurado por su salud, de volver a ordenar el país alrededor de un proyecto nacional.

No conviene olvidar que en su testamento político, el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, publicado en 1972, Perón escribió sobre piedra: “Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, porque siempre, primero, está la patria. Ahora, con el diario del lunes, uno se pregunta ¿Por dónde se corría por izquierda a Perón? ¿Cuál era el programa económico superador de la Tendencia? Y si entre Perón y Balbín reunían el 86% de los votos, ¿Con qué pueblo pensaban hacer la revolución? 

La desperonización democrática

Si la Libertadora del 55 fracasó en su intento de desperonizar al pueblo argentino mediante bombas, fusilamientos y proscripción, el proyecto refundacional del alfonsinismo en los años 80 ‘s a través de la llamada “convergencia democrática”, también se propuso desperonizar culturalmente a la sociedad argentina, disputándole su histórica base social y sus banderas históricas. Sin ir más lejos una de las operaciones intelectuales más exitosas del Grupo Esmeralda, cercano a Alfonsín, fue precisamente correr el eje de la contradicción principal de la política argentina. Ya no se trataba de Liberación o Dependencia, sino de Democracia o Autoritarismo. De esta forma la democracia pasaba a constituirse en el nuevo principio ordenador de la vida política después de la dictadura. Los Bonasso, los Verbitsky, y los José Pablo Feinmann también colaboraron con esa teoría del alfonsinismo para dejar a Perón del lado de los malos, de los autoritarios, de los fachos. En definitiva, como señala Duzdevich en «Lealtad, por derecha y por izquierda«, el objetivo siempre fue deslegitimar al peronismo como movimiento de liberación nacional, y para ello siempre empezaron por operar en la historia.

En su último libro, ‘La agonía del peronismo‘, Jorge Rulli hace un largo descargo contra los “neoperonistas”. Desde aquellos que le disputaron la conducción a Perón en vida hasta quienes, después de la muerte del viejo líder, todavía reclaman para sí una parte de su herencia, desconociendo que, si existe un heredero, es el pueblo argentino. Aunque Rulli murió injustamente marginado del primer plano de la política argentina, durante todos esos años nadie consiguió correrlo por izquierda.

En 2018 escribía: “Entre tantos dispuestos a asumir la herencia vacante como propia, existe una categoría que me irrita particularmente, la de los que pretenden ser peronistas, cultivando un perceptible rechazo a la figura de Perón y, aún peor, una obstinada negación de sus enseñanzas. Tal vez esos rechazos sean memorias de viejas incomprensiones y oscuros rencores de la década de 1970, tal vez sean algo mucho más personal e inconfesable: lo importante es que no son gratuitos, porque nos conducen como pueblo a nuevos atolladeros, tal como este en el que ahora nos encontramos”.

Continúa Rulli: “No es un problema de definiciones o de patrimonios lo que estoy planteando, no es un problema de logos o de banderías; se advierte entre alguna fauna de lo nacional y popular que abundan los guevaristas, los evitistas, los gramscianos, los marxistas-leninistas, los liberales, los nacional-desarrollistas, los mandarines de la sociología, todos parecen tener su propia legitimidad en este circo. Lamentablemente, el problema es que la mayoría de ellos no pareciera tener la menor idea de lo que es el arte de la conducción, y de cómo se genera un proyecto nacional”.

Quizás, después de tantos años, la discusión siga siendo en el fondo mucho más sencilla. A Perón se lo puede discutir, revisar y hasta impugnar en muchos de sus actos, porque ningún liderazgo atraviesa la historia sin errores ni contradicciones. Clausurar esas discusiones sería confundir lealtad con obediencia. Aun así, quienes se sientan herederos de esa tradición deberán dejar de caer en la trampa de explicar al peronismo prescindiendo de Perón. Como si su pensamiento, su obra y su experiencia histórica fueran apenas una incomodidad que hay que sortear para poder reivindicar todo lo demás. Porque si una tradición necesita pedir disculpas permanentemente por quien le dio forma, tal vez el problema no sea Perón, sino los intermediarios a través de los cuales aprendimos a leerlo.

https://www.newsdigitales.com/nota/345320/el-tercer-peron-entre-pigna-y-duzdevich-la-historia-que-aprendimos-a-leer

La autoría del crimen de Rucci por Montoneros. Informe final

Por Aldo Duzdevich

El mediodía del 25 de septiembre de 1973, dos días después  de que Peron obtuviera su tercera presidencia con el voto del 62% de los argentinos, al salir de su domicilio de Avellaneda  2953, el Secretario General de la CGT,  Jose Ignacio Rucci fué recibido con una lluvia de balas que terminó con su vida.

En La Lealtad. Los montoneros que se quedaron con Perón, publicado en 2015, dediqué quince páginas a reunir testimonios sobre la llamada «ejecución» de José Ignacio Rucci. Antes y después de ese libro, numerosas obras y declaraciones adjudicaron el crimen a Montoneros. Sin embargo, 53 años más tarde, todavía hay quienes intentan diluir esa responsabilidad. Por eso, aun a riesgo de de ser reiterativo , voy a transcribir algunos testimonios que muestran que el asesinato fue una decisión orgánica de Montoneros, llevada a cabo por un comando de la propia organización.

 En el momento no hubo un comunicado publico de Montoneros reivindicando la operación, como normalmente  hacía cualquier organización revolucionaria. Recién, dos años después, y ya fallecido Peron, Montoneros en su órgano de prensa oficial el Evita Montonera, N.º 5 de fecha junio-julio de 1975, asumió públicamente el “ajusticiamiento” de José Ignacio Rucci.

 El articulo de cuatro páginas lleva por título “A dos años de la matanza de Ezeiza” Ni olvido ni perdón”  en el cual se relatan los hechos de Ezeiza. Y en un recuadro al final de la nota, titulado “Justicia Popular” dice: “La masacre del 20 de junio puso de manifiesto la fractura que desde ese día iría profundizándose en el Movimiento Peronista. Esa misma noche Rucci  justificó la matanza ante las cámaras de televisión, mientras los medios de difusión controlados por López Rega y el vandorismo intentaban ocultar la absoluta hegemonía de nuestras fuerzas en el acto.”

 “La Juventud Peronista denunció esa misma semana desde El Descamisado a los autores de la traición, con un amplio testimonio fotográfico que no dejaba lugar a dudas.”

“La sangre de los compañeros peronistas caídos el 20 de junio, de Antonio Quispe, Beto Simona, Jose Luis Nell y tantos otros que cayeron ese día, no fue ni será olvidada por Montoneros.”

A continuación en mayúscula y  negrita  se enumeran los nombres  de dieciséis “ajusticiados” con la aclaración de que  organización los mató. Y el primero de ellos es el de José Rucci.

“—Jose Rucci, ajusticiado por Montoneros el 25-09-73

—Jorge Patricio Gallardo, del C.de O. ajusticiado por el ERP22

—Bondarchuk, del C. de O. ajusticiado por el ERP22

—“Bocha” Venturino, del C de O. herido gravemente por Montoneros

—FELIX NAVAZZO, instructor militar de CNU, ajusticiado por Montoneros el 1-7-74

—MARTIN SALAS, de la CNU, ajusticiado por Montoneros el 5-8-74.

—ALEJANDRO GIOVENCO, herido gravemente por Montoneros y muerto por una bomba que llevaba en su portafolios.

—VICTOR SANCHEZ,  jefe del C d O del Chaco, ajusticiado por Montoneros el 13-9-74 junto al matón CARLOS ALBERTO SAUCEDO.

—JUAN CARLOS MARIANI, de la JSP, ajusticiado por Montoneros el 23-10-74

—ISSAC  YORKIS, de la JPRA, ajusticiado por Montoneros el 30-10-74

—RUBEN DOMINICO, concejal del C. de O. ajusticiado por Montoneros en diciembre de 1974.

—ARMANDO CANZIANI, vandorista del Ministerio de Trabajo, ajusticiado por el ERP22 el 28-1-75.

—VILLAFAÑE, matón de la UOM ajusticiado por Montoneros en Marzo de 1975.

—CASTROFONI, de la CNU, ajusticiado por el ERP22.”

Este documento que puede ser consultado en “Eltopoblindado.com” y en otros archivos históricos,  cierra la discusión respecto la autoría de la ejecución de Rucci, y los defensores de la historia montonera  deberían releer su “Órgano Oficial”.

Alguno dirá que el Evita Montonera también fue escrito por la CIA para  engañar a los historiadores, pero bueno…Si es así, los equivocados somos unos cuantos y paso a transcribir algunos de los testimonios dados  por reconocidos ex-militantes. Para no extenderme, el origen de las citas van al final del texto.

Comienzo por uno de los textos mas recientes el libro Conocer a Peron (2022) Juan Manuel Abal Medina  narra: “Perón me había insistido en que buscara a Galimberti y ayudara a parar la locura de las amenazas a Rucci (…). El «Rucci, traidor, a vos te va a pasar lo que le pasó a Vandor» era inadmisible para el General. Era una instigación a matar. Él se preguntaba: «¿Traidor a qué? ¿Quiénes son ellos para decirlo?».(…)”

“Fui a Gaspar Campos, (…) Perón. Tenía los ojos nublados. Lo primero que dijo fue: «Me mataron a mí… Peor: mataron a mi hijo». Y agregó: «Son unos criminales, unos criminales…». «Sí, mi general. Eso son», le respondí. Y él me preguntó: «Usted ¿piensa lo mismo que yo?». (…) Se recompuso y me dijo que había información confusa, pero que llegaban señales de que habían sido Montoneros «nuevos». Y agregó: «Supongo que se refieren a los que se les sumaron, los de Quieto…». (…)”

“El asesinato de Rucci fue para mí un punto de no retorno en mi relación con Montoneros. La falsedad histórica de atribuirse un protagonismo excluyente en el «Luche y Vuelve», como la tontería de pretender compartir la conducción con el General, eran hechos corregibles. Lo mismo los balbuceos marxistas del documento que me había pasado Perón, que si bien me alejaba de sus autores entendía que eran consecuencia del proceso de unidad con las FAR, y que esa inclinación podía revertirse. El asesinato de Rucci, en cambio, no tenía para mí regreso posible.(…)”

“Sobre Perón, el asesinato tuvo un efecto demoledor, y no dudo en afirmar que colaboró con el deterioro de su salud. (…) El General quería mucho a Rucci. Pero, además, Rucci había sido inflexible en su verticalidad y clave para garantizar su regreso.”

“El miércoles 26, el General me citó .  Habló de José Rucci. Dijo cosas muy lindas (…) Me confió, por segunda vez, que «ese 17 de noviembre, cuando los vi a ustedes dos y nos abrazamos, fue el día más feliz de mi vida».”

“Le pregunté si no deseaba descansar, (…)  me dijo: «El cuerpo ahora lo tengo bien, lo que tengo mal es el alma». Era evidente que el asesinato de Rucci le había hecho mucho daño, y sentí que  el General estaba muy solo, que su tristeza tenía un componente quizá ya demasiado largo de soledad.”(1)

 María Elpidia Martínez Agüero esposa de Firmenich dijo en 2002 : “Fue una operación que no se debió haber hecho, más allá de que era un burócrata que negociaba. A partir de ese error original, la línea política de Montoneros se desbarrancó. Desde la operación a Rucci yo sentía que había alguna pifiada nuestra, que teníamos que modificar la estrategia, pero la dinámica eran tan rápida que la vorágine no te dejaba pensar”. (2)

El ex montonero y escritor Miguel Bonasso:“El Pepe Firmenich, de manera fría y seca, nos confirma oficialmente que Rucci fue ejecutado por la Organización. Lo explica en términos estratégicos: la lucha contra el vandorismo…y su responsabilidad en la masacre de Ezeiza(..). No estoy de acuerdo y lo digo(…) Firmenich da largas explicaciones e incluso sugiere que el capo de la UOM, Lorenzo Miguel, le dio luz verde al atentado. (…) Al otro día fuimos a cenar con Lino Roque, que me contó con pelos y señales el atentado contra Rucci. (3)

El poeta y ex montonero Juan Gelman : “Lo de Rucci no se hizo para despertar la conciencia de la clase obrera; se hizo en la concepción de tirarle un cadáver a Peron sobre la mesa para que equilibrase su juego político entre la derecha y la izquierda. Cuando se produce lo de Rucci en septiembre de 1973 y lo de Mor Roig después, hay gente de distinta procedencia que no esta de acuerdo. Como conclusión, lo de Rucci iba a cercenar el apoyo de la clase obrera y lo de Mor Roig los apoyos de la clase media” (4)

Ex Secretario de DDHH Dr. Eduardo Luis Duhalde “No tengo dudas de que a Rucci lo mataron los Montoneros y FAR, que acababan de fusionarse. Lo hicieron con un  propósito múltiple: en su delirio habían acuñado la teoría de que había que negociar con Peron, “apretándolo con un muerto sobre la mesa”. Al mismo tiempo buscaban congraciarse con Lorenzo Miguel (…) y ajustar cuentas con Rucci. (…) Ni el secretario de la UOM vio con simpatia este crimen, ni a Peron lo “apretaron” sino que se  enfureció realmente”  (5)

Carlos Mugica :“¿Quien mato a Rucci? Los Montoneros. No es lo que yo opino. Lo se. Los montoneros me lo hicieron saber directamente. Le quitaron la alegría tremenda de experimentar a Peron dos días después de ser elegido Presidente…Le castraron la alegría y eso es imperdonable. No importa la autocrítica…¡la cagada que hicieron !Un error tremendo de la burocracia montonera la nueva burocracia.” (6)

Horacio Verbitsky en el libro Vida de Perro : “Tomemos el ejemplo de Claudia, hija de Rucci. Montoneros mató a su padre cuando ella tenía 9 años: es una víctima. Si bien detesto sus posiciones políticas, en todo caso podemos discutir quién era José  Ignacio Rucci, pero a las víctimas les tengo mucho respeto”. (7)

Pilar Calveiro “De hecho, ya en septiembre de 1973, incluso antes de la asunción de Perón, había asesinado al secretario general de la CGT, José Rucci, en un operativo armado cuya autoría no reconoció públicamente. Era, sin embargo, un recordatorio anónimo del poder de la violencia, una forma de acelerar la resolución de la «contradicción ideológica» que Firmenich reconocía tener con Perón.” (8)

Ernesto Jauretche : “Los compañeros entraron a la casa de al lado como una empresa de pintura. Cuando Rucci salió rodeado de la custodia, estaba completamente a tiro, porque le estaban apuntando de arriba…y además le tiraron una granada” (9)

El ex jefe del PRT-ERP Enrique Gorriaran Merlo: “La lucha interna entre la izquierda y la derecha peronista se dirimía a tiros. En cambio, nosotros, en todo lo que se refería a dirigentes sindicales o políticos, tendíamos a dirimirlo de otra manera… Igual los Montoneros, poco antes de que asumiera Perón mataron a Rucci, aunque no se hacían cargo y quedaba la duda. En ese caso tuvimos que sacar un comunicado diciendo que no habíamos sido nosotros; por supuesto que no decíamos quien había sido.” (10)

El ex “oficial montonero” y escritor Juan Gasparini: “los siete miembros del equipo operativo dirigido por Horacio Antonio Arrue, “Pablo Cristiano” lo acribillaron a perdigones. A dos días del abrumador triunfo electoral de Peron (…) si bien no hubo firma publica para la militancia fue un secreto a gritos que la “Traviata” era la primer opereta de la flamante “OPM”. (…)  Firmenich confesará ante Jorge Asis en Brasil: “Nosotros no matamos a Rucci. El error nuestro fue político, no haberlo desmentido en su oportunidad” . Gasparini reflexiona: “No, pero si. La equivocación no fue la ejecución, sino el olvido de impugnarla. Si no se la negó fue para capitalizarla entre bambalinas y porque a Perón no debían quedarle duda de quienes “le habían tirado el fiambre”, usando la expresión que volveremos a escuchar en la boca de Firmenich. Más aún: este hecho acercaría nuevamente a la organización Montoneros  con el  ERP, por encima de las diferencias de identidad política”. (11)

Ex “oficial montonero” y escritor Carlos Flaskamp: “La idea del comando fuera de control debe ser descartada, porque todas las estructuras estaban bajo control en esta etapa, y también porque sería ilógica, ya que la acción contra Rucci contó con el respaldo orgánico de la conducción y los ámbitos inferiores(…)En la conducta de Roberto Perdía, quien se autotitula “jefe montonero” y efectivamente lo era en ese momento y también después, hay una evidente intención de embuste cuando un cuarto de siglo más tarde, en su historia lavada de los montoneros, todavía pretende no saber nada del asunto. Lo sabia hasta el último miembro pleno de la organización y tanto más Perdía, que integraba su núcleo nacional de conducción.” (12)

Ex “oficial montonero” y escritor Jose Amorin:  “En realidad, el asesinato de Rucci constituyo la forma de zanjar de una vez por todas las discusiones entre Movimientistas y Militaristas. En ese momento en la Conducción Nacional eran ocho. De ellos cuatro (Firmenich, Hobert, Perdia y Yager)  provenían de Montoneros. Tres (Quieto, Roque, y Osatinsky) de FAR y Horacio Mendizabal de Descamisados.”  (13)

Ricardo Grassi  el entonces director del Descamisado en su libro del mismo nombre : “Fue al atardecer cuando,  Firmenich llegó a la revista. (…) le fue suficiente decir “fuimos nosotros” para sumirnos en el silencio.(…) Montoneros no firmaría la acción .(…) No alcanzaron las dos horas que Firmenich se quedó en el Desca para explicar lo inexplicable ante treinta personas azoradas. Dijo que había que defender el espacio conquistado en la lucha contra la dictadura  (…) . Subrayó la necesidad de oponerse al Pacto Social, del que Rucci era la pata sindical. (…) Poco menos de un año después, Firmenich explicaría: “Creímos que tirándole al viejo un fiambre sobre la mesa íbamos a poder negociar en mejores condiciones, y la historia nos demostró que no era así. Fue una decisión política equivocada”. (14)

El ex militante montonero Enrique Gil Ibarra en su libro  Paredón y después : “Pese a que la organización Montoneros jamás reconoció ser autora del hecho, la mayor parte de los integrantes de la organización lo asumieron como propio -se la llamó «Operación Traviata» por lo de los «23 agujeritos»-. Años más tarde, informalmente, compañeros de la conducción reconocieron que le «habían tirado un muerto a Perón, para condicionarlo y demostrarle poder».”

Ex militante montonero y escritor Horacio Gonzalez : “Yo personalmente imagine que había una autoría de esa índole y por eso mismo junto a muchas otras personas decidimos dar un paso al costado al poco tiempo de la organización. Rucci es una criatura de él, no era una criatura del peronismo, era un hombre de la extrema fidelidad a Perón (…) Entonces, creo que Perón valoraba mucho a Rucci, era el secretario General de la CGT y además era el líder de la UOM. Montoneros sabía que si tocaba a Rucci de esa manera -aunque la Historia nunca es fácil de predecir- iba a estar en el límite, y que Perón iba a aceptar esta fuerza antagónica e iba a aceptarlo en conciencia histórica de un modo dialéctico, con negatividad.”

Ex jefe militar de Taco Ralo FAP Néstor Verdinelli : “Montoneros siguió empecinado en dar la lucha en ese terreno superestructural. Esa estrategia culminó con el asesinato de Rucci. Que fue hecho para presionarlo a Perón, para obligarlo a negociar. Error capital, cometido tanto por incapacidad de análisis como por desconocimiento elemental de Perón y su psicología.  Rucci era un incondicional de Perón y en su historia no hay nada que justifique matarlo.  Allí sellamos la separación de las fuerzas populares y las organizaciones armadas. Después sería sólo un proceso inevitable el ir siendo masacrados a manos de los criminales más crueles de nuestra historia”.

Ex militante montonero Jorge Rachid : “Cuando lo matan a Rucci,  estábamos con Greco en la JTP y nos vamos a verlo al Canca en la calle Chile. Empezamos a redactar un comunicado de repudio acusando a la CIA y  a los servicios cuando llega un compañero “comandante” que nos dice: “¡Paren, boludos, qué están haciendo, si lo hicimos nosotros (…) Para nosotros fue como un mazazo por dos cosas. Primero  porque nosotros -pese a estar en JTP- no le teníamos animadversión. Más enemigo nos parecía Lorenzo Miguel porque, en términos de poder político era más fuerte que Rucci, que era el delegado de Perón. Matarlo a Rucci era matarlo a Perón porque Rucci no tenía otro poder que no fuese Perón. Pero, Lorenzo Miguel -que era el jefe del aparato, de las 62, de la UOM, el gremio más poderoso del sindicalismo- estaba hablando con la conducción de la “Orga”(17)

Hernan Patiño Mayer cuenta que al día siguiente tenían una reunión con el jefe montonero Horacio Mendizabal: “Antes de bajar a buscarlo habíamos estado un rato frente al televisor mirándolo a Perón en el entierro de Rucci en Chacarita y haciendo nuestras especulaciones. En ningún momento se nos ocurrió la posibilidad de que algún peronista pudiera haber cometido tamaña barbaridad. “Bajamos Pedro y yo para ir a buscarlo a Mendizábal. Y en el ascensor le dije: “¡qué hijos de puta los del ERP 22 que lo hicieron boleta a Rucci!”. Mendizábal nos miró, casi diría como si fuéramos –tal vez lo éramos- unos pelotudos y nos dijo “fuimos nosotros”. (17)

 El  militante de la Resistencia Peronista Pancho Gaitan:“Los combativos en el movimiento obrero argentino teníamos una presencia interesante”.“Sin embargo éramos parte del movimiento obrero argentino en su globalidad, éramos parte de sus contradicciones e incluso con el propio Rucci nosotros teníamos contradicciones. Pero de ninguna manera este hecho o las diferencias podían confundirnos en plantear que su asesinato fuera un hecho revolucionario que sirviera a los intereses del peronismo; al contrario, nosotros creemos que fue un hecho contrarrevolucionario, creemos que fue un vil asesinato y creemos que atentó contra Perón, contra la conducción de Perón y contra el conjunto del movimiento obrero” (17)

Ex militante de FAP y Montoneros Marcela Durrieu :“La muerte de Rucci fue una provocación abierta. Hasta entonces, salvo excepciones como la muerte de Aramburu, la violencia era contra el enemigo externo y contra objetivos simbólicos. Las organizaciones peronistas no asesinaban personas, y menos civiles, cualquiera fuera su condición política o moral. Los muertos eran en enfrentamientos y, aún así, se consideraban un error en la planificación militar”. El “relato” de Ezeiza fue la excusa para matar personas “en defensa propia”. Fue una buena ocasión para declararse víctimas del peronismo y en definitiva de Perón.” (17)

Ex militante de las FAP y del MVP  Vidal Gimenez: “Otra muestra de cinismo político fue la táctica de “Operaciones Negras”  dentro de la cual acomodaron el asesinato de Rucci. Cuando nos enteramos por los medios todos pensábamos que había sido la CIA. Dejamos de ser la organización polìtico militar revolucionaria para convertirnos en una mafia manejada por padrinos: la ética y la moral revolucionaria se iban transformando en el más vulgar maquiavelismo, con el único objetivo de competir con Perón por el liderazgo del Movimiento Peronista con métodos de chantajes constantes, mentiras y violencias.” (17)

Arturo Armada: “Fue clave, el acontecimiento  que todo disidente recuerda y menciona como detonante de la disidencia, lo inaceptable, lo insoportable. Que a dos días del triunfo de Perón en las elecciones presidenciales, con el 62% de los votos, se matara a el  hombre  confianza de Perón, su hombre en el sindicalismo, en la C.G.T., nos gustara o no. Rucci no nos gustaba, pero matarlo era imbancable.” (17)

Miguel Saiegh “La presencia de Rucci en la C.G.T era decisiva para sostener el Pacto Social de  Gelbard, porque había que generar una instancia de contención que era la CGT. Más allá de que quizás se exageró con los precios controlados o congelados;  el acuerdo tripartito estaba; con tropiezos pero funcionaba. Por izquierda y por derecha se empieza a torpedear el proyecto de Perón. La muerte de Rucci, a los pocos días de Perón Presidente, es un hecho  gravísimo. No es sólo el daño que le hacen a Perón amputándole uno de sus brazos, es que ese  brazo le ayudaba a sostener todo un andamiaje tanto político como económico-social” (17)

Bueno, podría seguir varias paginas mas de testimonios; rescaté solo una parte de los registrados en “La Lealtad” poniendo aquellos cuyos nombres han tenido mayor protagonismo publico y pueden ser reconocidos fácilmente. Los demás testimonios han ido apareciendo en libros mas recientes.

Como habrán leído nadie, ni siquiera los militantes montoneros muy reconocidos, mencionan a la CIA, el Mossad, la Triple A, o el ERP como posibles autores del hecho.

No me gusta hacer historia contrafáctica, pero si Montoneros no hubiese dado este paso de “tirarle  un  cadáver  sobre la mesa” para romper con Perón, con el Movimiento Obrero y con el resto del peronismo, muy probablemente la historia hubiese sido otra.

Perón le había dado a la Tendencia Revolucionaria un enorme espacio de participación y poder en siete provincias : Buenos Aires, Córdoba, Salta, Mendoza, Santa Cruz, San Luis y Formosa. El Ministerio del Interior, el Ministerio de Educación, y las universidades nacionales eran manejadas por cuadros afines a Montoneros. Ademas el 25% de loa cargos electivos, en concejales, y legisladores provinciales y nacionales.

A toda costa el General intentaba minimizar las diferencias, hacer caso omiso a los cánticos  de “Conduccion  Montoneros y Peron”  (en se orden), a las criticas al Pacto Social y su plan de gobierno.

El 6 de Septiembre Peron, había estado reunido dos horas a solas con Quieto y Firmenich, y dos días después en una reunión que ellos convocaron, con todos los grupos de juventud. Pero para esa fecha, el equipo operativo que seguía a Rucci, ya había detectado su domicilio, y esperaba el momento para su asesinato.

Entre otros efectos, la muerte de Rucci, fue sin dudas un fuerte golpe a la menguada salud del General.

No se puede hacer historia contrafactica. Pero a 53 años vista, el asesinato de Rucci, fue la declaración de guerra de Montoneros a Peron. Y sin  dudas  un parte aguas en la ya convulsionada y violenta etapa 73-76 que va a descarrilar definitivamente con la muerte del General el 1 de julio de 1974.

(1) Juan Manuel Abal Medina, Conocer a Peron, Planeta 2022, Buenos Aires, p 332/333

2)  Felipe Celesia y Pablo Waisberg, Firmenich, Punto de Lectura,Buenos Aires, 2010, p 162 181

 3)Miguel Bonasso, Diario de un clandestino, Buenos Aires, Planeta, 2000, p. 141-42

4)Roberto Mero, Conversaciones con Juan Gelman- Contraderrota, Bueno Aires, Contrapunto, 1987, p. 101

5) Dr. Eduardo Luis Duhalde ex Secretario de DDHH. Nota publicada en la revista Todo es Historia Nº314, de Septiembre de 1993 (Pag.20) declaracion  al historiador Santiago Senen Gonzalez.

6) Audio de charla en Chivilcoy noviembre de 1973.  https://www.youtube.com/watch?v=Ve6v3aemnuY

7) Horacio Verbitsky, Diego Sztulwark, Vida de Perro, Siglo XXI, Buenos Aires 2018, p 124

8) Pilar Calveiro, Política y/o violencia, Norma, Buenos Aires, 2005  p. 46.

9)Relato de Ernesto Jauretche, presentado como “ex Montonero” en la película El Golpe, una producción para TV de Anima Films y The History Chanel Latinoamerica, dirigida por Matias Geilburt, con la locución de Gastón Pauls

10) Enrique Gorriaran Merlo, Memorias de Enrique Gorriaran Merlo, Buenos Aires,  Planeta,2003,  p. 207

11) Juan Gasparini, Montoneros Final de Cuentas, Buenos Aires, Punto Sur, 1988  , p. 70

 12) Carlos Flaskamp, Organizaciones Político Militares, Buenos Aires, Nuevos Tiempos, 2007, p. 122

 13) Jose Amorin, Montoneros la buena historia, Buenos Aires,  Catálogos, 2005,  p. 253

14) Grassi Ricardo, El Descamisado, Buenos Aires, Sudamericana, 2015,   P 211

15) Enrique Gil Ibarra, Paredón y después, Ayesha libros, Buenos Aires, 2001 p. 71.

 16 ) Horacio Gonzalez Director de la Biblioteca Nacional 12-12-2006. La politica online.com

17 ) Testimonios dados para el libro “La lealtad-los montoneros que se quedaron con peron”

LOS LÍMITES DEL CORDOBESISMO ANTE LA CUESTIÓN NACIONAL

Por Gustavo Matías Terzaga. Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

Córdoba ya forma parte, por la fuerza de su producción, de un mundo del que la Argentina decidió políticamente mantenerse al margen desde el año 2024. Mientras el gobierno de Javier Milei rechazó la incorporación a los BRICS y reorientó su política exterior hacia un alineamiento preferencial con Estados Unidos e Israel, la economía cordobesa se mueve sobre otro mapa; vehículos y autopartes encuentran en Brasil un mercado fundamental; aceites, granos y alimentos viajan hacia India y China.

Los datos son elocuentes. En 2025 Córdoba exportó cerca de USD 10.910 millones —el 12,5 % del total argentino— y llegó a 136 mercados. Durante los primeros cinco meses de 2026, Brasil, India y China, tres integrantes de los BRICS, fueron sus principales destinos.

Pero los vínculos son diferentes. Con Brasil se expresa principalmente la Córdoba industrial; en 2025, el 64 % de las exportaciones hacia ese país fueron manufacturas industriales, especialmente vehículos, autopartes y motores. India y China, en cambio, concentran sus compras en aceites, soja, maní y derivados. Brasil revela el potencial de una integración regional basada en cadenas industriales compartidas; los gigantes asiáticos, la oportunidad y el desafío de aprovechar su escala para incorporar mayor valor, tecnología, industria y trabajo argentino a nuestras exportaciones.

La paradoja liberal

Mientras el mundo multipolar amplía mercados, socios y alternativas de financiamiento, la política económica nacional debilita capacidades necesarias para aprovecharlos. La apertura importadora presiona sectores estratégicos para Córdoba, como la maquinaria agrícola y su entramado metalmecánico, mientras el ajuste sobre universidades, ciencia e infraestructura erosiona las posibilidades de agregar valor y tecnología.

La paradoja se vuelve nítida cuando el liberalismo económico asumido por Juan Schiaretti y el pragmatismo político que caracteriza a la actual conducción de Martín Llaryora, aun presentándose como defensores de los intereses de Córdoba, claro está; terminan acompañando o facilitando con demasiada frecuencia orientaciones económicas nacionales que debilitan el mercado interno, comprimen salarios y consumo y exponen a la industria y a las pymes que constituyen buena parte de la fortaleza productiva provincial. Lo hicieron durante el gobierno liberal de Mauricio Macri y vuelven a hacerlo, bajo condiciones todavía más severas, frente al programa económico de Javier Milei. 

Y allí aparece una responsabilidad que la dirigencia oficialista de Córdoba no puede eludir. Mientras proclama la defensa de la producción y de los intereses provinciales, brinda sustento político a un Gobierno nacional cuyo programa de ajuste, apertura y vaciamiento no se limita a ordenar las cuentas públicas; avanza sobre capacidades estratégicas que la Argentina tardó generaciones en construir. La caída del consumo y el debilitamiento del mercado interno; el creciente recurso de las familias al endeudamiento y el deterioro de su capacidad de pago; la retracción de sectores sensibles de la actividad económica; la desindustrialización y la pérdida de empleo productivo; el cientificidio, el debilitamiento de las universidades y de los organismos tecnológicos; la paralización de infraestructura y la retracción del Estado en áreas estratégicas no constituyen fenómenos aislados. Son distintas expresiones de un mismo proceso de pérdida de densidad nacional que deteriora la demanda, debilita el entramado productivo, desalienta la inversión y reduce las capacidades científicas, tecnológicas y materiales necesarias para el desarrollo. Y todo ello afecta directamente el interés de una provincia como Córdoba, cuya fortaleza depende precisamente de que existan consumidores, empresas, crédito, conocimiento, infraestructura y un mercado nacional capaz de sostener su producción. 

“Federalismo” de caja y dependencia provincial

Durante décadas una parte importante del debate quedó encerrado en una contabilidad legítima pero insuficiente; cuánto aporta Córdoba, cuánto recauda la Nación y cuánto vuelve. Y no hablamos de una provincia marginal en la generación de riqueza. En 2025 Córdoba explicó el 12,5 % de las exportaciones argentinas; dicho de manera más gráfica, uno de cada ocho dólares que el país obtuvo por sus exportaciones fue generado por la producción cordobesa. La discusión por la coparticipación, las transferencias y los recursos provinciales es necesaria, pero un “federalismo» reducido exclusivamente a esa contabilidad fiscal resulta demasiado pequeño para una provincia con semejante gravitación económica, productiva, universitaria e histórica. El problema se vuelve todavía más profundo cuando la necesidad financiera de las provincias termina condicionando su autonomía política y los gobernadores deben negociar oxígeno fiscal a cambio de acompañamientos circunstanciales. Allí la cuestión federal deja de ser solamente una discusión administrativa sobre coparticipación y comienza a transformarse en una forma áspera de disciplinamiento político.

No es sencilla la tarea de gobernar una provincia a la que el poder central recorta recursos, paraliza obras y obliga permanentemente a administrar todo tipo de urgencias; pero esa dificultad no puede convertirse en justificación para asociarse una y otra vez con un proyecto antinacional que erosiona muchas de las mismas capacidades productivas, sociales y fiscales que luego se pretende defender. Gobernar la escasez puede explicar la negociación; no debería justificar el indisimulable alineamiento. Y sería injusto desconocer que el Gobierno provincial intenta amortiguar algunos de los efectos de la crisis. El programa Córdoba Impulsa procura sostener el consumo y financiar capital de trabajo; las nuevas líneas acordadas con el CFI buscan acercar crédito a las PyMEs; Bancor subsidia financiamiento para maquinaria agrícola y producción, y el Programa Primer Paso vuelve a utilizar recursos públicos para facilitar la incorporación de jóvenes al empleo. Son políticas necesarias y, en algunos casos, valiosas. Pero también revelan la dimensión del problema.

Si la política nacional contrae el mercado interno, deteriora salarios, abre indiscriminadamente las importaciones y debilita industria, ciencia, infraestructura y capacidades estatales, los instrumentos provinciales terminan funcionando fundamentalmente como paliativos frente a un proceso que se decide en otra escala. La misma dirigencia que destina recursos de Córdoba a reparar esos daños presta luego sustento político al programa nacional que contribuye a producirlos. Si Córdoba subsidia crédito, sostiene consumo, financia PyMEs y promueve empleo, es porque su propio gobierno reconoce en los hechos que mercado, financiamiento, producción y trabajo necesitan políticas públicas activas. 

Lo cierto es que una política internacional soberana necesita de un proyecto productivo nacional y ningún proyecto productivo puede sostenerse sin una estrategia internacional que le proporcione mercados, escala, financiamiento, tecnología y capacidad de negociación.

El provincialismo de nicho

A nuestro juicio, el problema comienza cuando la autonomía provincial deja de concebirse como una herramienta para construir la Nación y se convierte, principalmente, en una estrategia de administración y conservación del poder territorial. A esa transformación contribuyó un proceso de larga duración, iniciado con el quiebre del 24 de marzo de 1976 y profundizado por el liberalismo menemista y la arquitectura institucional de los años noventa, incluida la reforma constitucional de 1994. 

La dictadura impuso mediante el terrorismo de Estado una profunda reestructuración económica y social bajo la conducción económica de Martínez de Hoz y Adolfo César Diz — formado este último en la Universidad de Chicago y vinculado a la escuela monetarista de Milton Friedman— quien presidiera el Banco Central durante la Reforma Financiera de 1977, pieza decisiva del nuevo modelo económico. Monetarismo, liberalización financiera y retracción del Estado ¿les suena? Es el propio BCRA el que establece una continuidad histórica entre ambos momentos. Su historia institucional sostiene que en 1992 la Convertibilidad “radicaliza aún más la política de liberalización iniciada en 1976”. Medio siglo después, algunas de aquellas ideas vuelven a resonar, con particular intensidad, en el programa económico de Javier Milei. Apertura financiera y comercial, endeudamiento, disciplinamiento del trabajo y debilitamiento de buena parte de la estructura industrial construida durante las décadas anteriores. El menemismo no inauguró esa matriz; significó, en aspectos decisivos, su continuidad, profundización y consolidación política bajo un régimen democrático. A la retracción económica y desguace del Estado nacional se sumó un desmembramiento jurídico e institucional de competencias, recursos y responsabilidades que reforzó la fragmentación territorial de funciones que hasta entonces habían conservado una dimensión algo más nacional. 

La reforma constitucional de 1994 profundizó la reorganización territorial del poder; aseguró la autonomía municipal, reconoció a las provincias el dominio originario de sus recursos naturales y amplió sus posibilidades de articulación regional e internacional; al mismo tiempo, otorgó autonomía política, legislativa y jurisdiccional a la Ciudad de Buenos Aires, reforzando institucionalmente un territorio que ya concentraba buena parte del poder económico, financiero, mediático y administrativo del país. Sin una política nacional capaz de integrar el conjunto, aquella descentralización terminó alimentando una suerte de balcanización política. Provincias fortalecidas como unidades de administración y negociación de sus propios intereses, mientras las grandes decisiones nacionales continuaron gravitando, paradójicamente, alrededor de Buenos Aires. Se fragmentó la administración del territorio sin federalizar verdaderamente el poder.

Un menemismo residual

No parece casual, entonces, que de aquella matriz haya sobrevivido una forma de provincialismo que puede convivir cómodamente con el liberalismo económico. En ese sentido, el cordobesismo podría pensarse —con todas las diferencias históricas que corresponde reconocer— como una suerte de menemismo residual o aletargado; pragmático en la administración, liberal en buena parte de su concepción económica, celoso del poder territorial y federalista en la negociación con la Nación, pero sin una visión nacional equivalente a la fortaleza de su aparato productivo provincial. Una obviedad difícil de asumir para un peronismo cordobés cuya identidad política fue construida durante décadas más para diferenciar a Córdoba de la Nación que para imaginarla como parte de un proyecto nacional. 

Y así fue que el cordobesismo desarrolló durante años una notable capacidad para autonomizar la política provincial de las grandes disputas nacionales. Esa estrategia tiene una racionalidad evidente; se trata de preservar recursos, conseguir obras, defender la caja, mantener gobernabilidad y evitar que Córdoba quede sometida políticamente al gobierno de turno. Pero esa aparente virtud puede convertirse en su límite. Cuando defender los intereses de Córdoba pasa a significar obtener el mejor resultado posible para Córdoba cualquiera sea la orientación general del país, la pregunta por el proyecto nacional comienza a desaparecer.

La República mediterránea

No queda otra que la disciplina urgente del acuerdismo. Esa concepción insular del federalismo contiene, además, una limitación que el propio cordobesismo encuentra cada vez que intenta proyectar alguna de sus principales figuras a la escala nacional. Es difícil construir una alternativa para gobernar la Argentina cuando durante años se ha construido identidad política presentando a Córdoba casi como una república aparte, virtuosa y agraciada precisamente por diferenciarse del resto del país. Por más que se inviertan millones en cartelería en las principales avenidas de Capital Federal, no se conduce la Nación por extensión de un modelo provincial. Para alcanzar esa escala es necesario integrar realidades, intereses, tradiciones y conflictos que desbordan largamente las fronteras de una provincia. 

Quien aspire a conducir la Argentina debe ofrecerles a los argentinos una idea de Nación, no simplemente invitarlos a parecerse a Córdoba. Allí quizá resida una de las razones de los constantes intentos de proyección nacional del cordobesismo que posee una identidad provincial fuerte, una estructura territorial eficaz y dirigentes con experiencia de gobierno, pero encuentra mayores dificultades para traducir esas fortalezas en una concepción nacional capaz de interpelar al conjunto. Esa lógica insular, además, choca de frente con el persistente centralismo porteño, que también piensa la Argentina desde una parcialidad y pretende convertirla en el todo. Así, provincialismo y centralismo terminan alimentándose mutuamente para su parcelación; uno se repliega sobre Córdoba mientras el otro confunde Buenos Aires con la Nación. 

La estrechez es evidente; cuanto más se construye políticamente a Córdoba como excepción argentina, más difícil resulta presentar luego a sus dirigentes como expresión de una síntesis nacional. Y aquí emerge la clave. El camino inverso parece más fecundo; no imaginar a Córdoba como una pequeña república que negocia con la Argentina, sino como una de las grandes fuerzas interiores llamadas a pensarla, integrarla y conducirla.

El problema entre el original y la copia

Hay, además, una razón de base social que no debería subestimarse. Durante años, el cordobesismo construyó buena parte de su identidad en oposición al kirchnerismo —que contribuyó largamente a esa fractura con sus propios errores— y reunió alrededor suyo un arco heterogéneo de peronistas, radicales, independientes, empresarios, productores agropecuarios con poderosa influencia en localidades del interior provincial, clases medias urbanas y sectores de centro y centroderecha. Macri primero y Milei después penetraron precisamente en ese universo; confrontarlos supone, por lo tanto, disputar una porción significativa de la propia base social y electoral del cordobesismo. 

El problema de un peronismo de tinte conservador es que termina compitiendo, en la psiquis de cierto electorado, en el terreno ideológico de su adversario. Y cuando la elección queda reducida a escoger entre un liberalismo administrado por peronistas y otro asumido sin complejos por liberales puros, suele operar una regla bastante elemental del mercado; entre el original y la copia, el consumidor termina prefiriendo el original. Por eso se desdobla. Eso explica, al menos en parte, una de las grandes paradojas políticas de Córdoba. Mientras el peronismo gobierna la provincia desde hace más de dos décadas, el liberalismo antiperonista nacional encuentra en ella uno de sus territorios electoralmente más fértiles. 

Sucede que la actual es una composición social muy distinta de aquella Córdoba que, en 1973, llevó al gobierno a Ricardo Obregón Cano y al Negro Atilio López, expresión política de una sociedad atravesada por un poderoso movimiento obrero organizado y una juventud universitaria intensamente movilizada, cuya confluencia había alcanzado en el Cordobazo su manifestación histórica más formidable. Entre aquella experiencia y el cordobesismo contemporáneo no cambió solamente el voto; cambió la alianza social sobre la cual el peronismo construyó poder en Córdoba.

El giro histórico

Con el tiempo, aquella Córdoba obrera y estudiantil, que había alimentado un peronismo de vocación transformadora, fue dejando lugar a una identidad provincial más defensiva, administrativista y crecientemente permeable al liberalismo económico. José Manuel De la Sota comprendió tempranamente que para disputar la hegemonía radical debía ampliar la base social y electoral del peronismo cordobés, incorporando sectores empresarios, productivos, cooperativistas, del agro e independientes que también nutrían el predominio político de Angeloz. La incorporación de Domingo Cavallo —principal figura intelectual del IERAL-Fundación Mediterránea, vinculada a empresarios como Piero Astori y Fulvio Pagani — como candidato a diputado nacional del PJ en 1987 fue una expresión temprana de esa estrategia, que luego se profundizaría hasta desembocar en la amplia coalición con la que Unión por Córdoba conquistó la provincia en 1998. 

Comenzaba así a desplazarse el centro de gravedad de aquel peronismo cordobés; sin perder su estructura territorial y electoral, reducía el peso político de su antigua matriz sindical/estudiantil y procuraba integrar a una coalición más amplia sectores empresarios y concepciones económicas provenientes de la Mediterránea. Esa transformación sería uno de los antecedentes de la síntesis política que, años después, permitiría al peronismo recuperar Córdoba y construir una prolongada estabilidad de gobierno hasta nuestros días. 

Más allá del cordobesismo

Córdoba necesita defender sus intereses, naturalmente, pero también comprender que buena parte de esos intereses sólo pueden realizarse plenamente dentro de una Argentina industrializada, productiva, integrada y soberana. Ese debería ser también el horizonte de su dirigencia política; poner la potencia de Córdoba al servicio de la reconstrucción nacional, en lugar de comprometerla tácticamente en acuerdos circunstanciales con proyectos que debilitan el trabajo, la producción y las capacidades soberanas del país que Córdoba necesita para desarrollarse.

Recordemos. En 2024, el Gobernador Llaryora justificó reiteradamente el acompañamiento a la Ley Bases con el argumento de la gobernabilidad y de darle herramientas a Milei. El 27 de mayo fue explícito: “La necesitamos para que el presidente tenga las herramientas para gobernar”. Un mes después, durante el tratamiento definitivo, afirmó: “Le damos gobernabilidad a la Nación pero exigimos lo que nos corresponde”. Pero entre esas herramientas no había solamente instrumentos administrativos o fiscales; la Ley Bases contenía también una reforma laboral de carácter regresivo, que alteró en perjuicio de los trabajadores aspectos relevantes de la relación laboral y redujo mecanismos de protección existentes. Ese acompañamiento formó parte de la “gobernabilidad” que el cordobesismo decidió concederle a Milei. El contraste surgió desde el propio peronismo cordobés; en una lectura inteligente, Natalia de la Sota rechazó esa lógica de acompañamiento y votó en contra de la Ley Bases, demostrando que gobernabilidad y convalidación de políticas antipopulares no eran necesariamente la misma cosa. 

Lo cierto es que el cordobesismo parece haber desarrollado una idea bastante definida de cómo gobernar Córdoba, pero mucho menos definida acerca de qué Argentina necesita Córdoba. Allí reside probablemente su principal limitación histórica y aquello que, entre el juego táctico, la administración de urgencias y un pragmatismo que por momentos se vuelve obsceno, su actual dirigencia todavía no parece haber comprendido. Porque Córdoba no puede proteger indefinidamente su industria si se destruye el mercado interno argentino; no puede sostener su sistema científico si se desfinancia el sistema nacional; no puede resolver por sí sola la infraestructura que conecta su producción con puertos y fronteras; no puede construir aisladamente una política comercial con Brasil, China o India; ni puede proporcionar a sus empresas la escala que sólo pueden ofrecer la Argentina y un proyecto de integración sudamericana. El interés provincial, llevado hasta sus últimas consecuencias, termina necesitando del interés nacional. Gobernar Córdoba exige administrar la provincia; si, pero pensar su futuro exige pensar la Nación. 

Córdoba no es una pequeña república obligada a defenderse de la Argentina, sino una de las grandes fuerzas interiores llamadas a construirla. Y porque, en definitiva, antes que cordobeses que habitamos la Argentina, somos argentinos nacidos en Córdoba. Una distinción elemental que, a juzgar por su práctica política, el cordobesismo todavía no termina de descubrir. 

Entre el Discurso y la Realidad: Profesionalización, Innovación y Alta Dirección Pública en América Latina

Por: Lic y Mag Paula V. Sanz

Todos hemos oído hablar alguna vez de la profesionalización de la Administración Pública; hablan de ella como si fuera toda una novedad, como si nadie hubiera reparado en ello antes, y lo hacen muchas veces mezclando la idea de profesionalización con la de innovación. Esta evocación al término «profesionalización» pareciera ser una constante que se sucede a lo largo de los distintos gobiernos: nadie va a estar en desacuerdo con la necesidad de una administración profesional, pero ¿qué es lo que realmente se esconde detrás de este mensaje?

Instalar de cara a la ciudadanía que la Administración Pública «no es profesional» no es algo inocente; por el contrario, se trata de una falacia deliberada. Por un lado, busca deslegitimar la función pública y con ello restarle apoyo a todo reclamo de los trabajadores públicos, a la vez que sirve para justificar el «advenimiento» de nuevos gestores en desmedro del saber técnico acumulado. Es así que este diagnóstico hecho por la política de turno es utilizado muchas veces como un chivo expiatorio para tapar fallas de conducción o para justificar reestructuraciones organizacionales de conveniencia. En definitiva, repetir que el Estado «no es profesional» solo busca justificar la refundación constante del aparato estatal por parte de cada nueva gestión, invisibilizando la idoneidad existente del capital humano.

En la Administración Pública argentina, la profesionalización del empleado público no es un fin en sí mismo, sino el punto de partida, siendo la base sobre la que se estructuran los escalafones de la Administración Pública Nacional. En este discurso que los gobernantes parecen repetir, suelen omitir que el Estado ya cuenta con un marco de profesionalización garantizado no solo en las normas que regulan al empleo público, sino también en los propios convenios colectivos de trabajo, siendo el compromiso con la profesionalización un interés de todos los trabajadores. La idoneidad, el mérito y la igualdad de oportunidades como requisitos para el ingreso y la promoción en la carrera son los principales principios rectores del modelo argentino. Presentar la profesionalización como una novedad permanente permite a cada nueva gestión posicionarse como la única capaz de «modernizar» o «eficientizar» el aparato estatal, ignorando la memoria técnica y el apego a la norma que sostienen la operatividad diaria del Estado.

Por otro lado, mezclar engañosamente la idea de profesionalización con innovación pareciera ser una estrategia discursiva que busca instalar el precepto de que el Estado no se moderniza porque no es profesional. Sin embargo, profesionalizar significa garantizar la estabilidad, la imparcialidad y la idoneidad de quienes ejecutan las políticas públicas; mientras que innovar implica transformar los procesos para generar nuevo valor público. La profesionalización busca dotar al Estado de certidumbre, apego procedimental, imparcialidad técnica y continuidad institucional, mientras que la innovación busca romper los procedimientos para probar formas alternativas de generar valor público. Con esto no estamos diciendo que innovar sea malo, sino que debe ser un proceso desarrollado de manera tal que la simplificación o innovación no termine por vulnerar los mecanismos de control y la legalidad que debieran ser garantía en la gestión de lo público.

Lo paradójico está en que quienes hablan de profesionalización son los primeros que atentan contra ella siempre que, en cada cambio de gobierno, buscan asegurar en puestos técnicos a personal que responda a la gestión política de turno. En este sentido, la profesionalización de la Alta Dirección Pública (ADP) debiera constituir un pilar estratégico para el fortalecimiento de la capacidad estatal, la gobernanza democrática y el desarrollo de las administraciones. Los directivos públicos de primera línea operan en un espacio de intersección crítica denominado «vaso comunicante» entre la esfera de la decisión política y la burocracia administrativa permanente. La naturaleza estratégica de estos cargos exige equilibrar la legitimidad política del gobierno electo con la idoneidad técnica, la imparcialidad gerencial y la continuidad de las políticas públicas de largo plazo. Es muy difícil que la imparcialidad y la continuidad de las políticas se den cuando los que ocupan roles directivos son elegidos a dedo por la propia administración, en incumplimiento de lo establecido por las normativas, bajo el paraguas de la «excepción» que hace años se convirtió en regla.

Si miramos esta situación al interior de América Latina, el análisis teórico e institucional distingue tres modelos estructurales de organización de la alta dirección pública. Un modelo de carrera cerrada, donde el acceso a la alta dirección representa el peldaño superior de una trayectoria profesional continua dentro del aparato estatal. Este esquema —característico del modelo argentino en términos normativos, pero no prácticos— ofrece alta estabilidad laboral, sentido de pertenencia y cohesión cultural, aunque puede enfrentar limitaciones de rigidez organizacional. Por otro lado, está el modelo de posiciones (o gerencialista), que se asienta sobre la base de esquemas abiertos y descentralizados de reclutamiento para puestos específicos, siendo Chile el principal ejemplo. Este enfoque prioriza la vinculación contractual por objetivos, la flexibilización de remuneraciones y la orientación hacia resultados, estando expuesto a mayores niveles de rotación y vulnerabilidad ante presiones de patronazgo político. Luego están los modelos híbridos o mixtos presentes en países como Colombia, que combinan el ingreso meritocrático abierto mediante concursos públicos para puestos directivos con la preservación de criterios de confianza política regulada para la remoción o asignación estratégica, articulando elementos de ambos sistemas.

En América Latina, durante el período 2021-2026 se consolidó un patrón regional donde conviven reformas avanzadas orientadas al modelo gerencial de posiciones, sistemas tradicionales de carrera profesional y estructuras con persistente discrecionalidad y politización. La urgencia por responder a retos complejos —tales como la transformación digital, la consolidación fiscal, la equidad de género y la demanda de integridad pública— ha impulsado una acelerada modernización de las bases normativas y los instrumentos técnicos para la selección de los cuerpos directivos. Si bien la implementación de concursos públicos para la selección de personal (ADP) varía sustancialmente según las políticas institucionales de cada país de la región, es posible evidenciar una transición progresiva desde esquemas tradicionales de evaluación formal de antecedentes hacia procesos estandarizados, abiertos y orientados a competencias.

La transformación de las demandas sobre el sector público llevó a redefinir el perfil de los líderes estatales. A la exigencia tradicional de idoneidad y conocimientos técnicos se suma la necesidad de competencias blandas, capacidad analítica, planificación estratégica, liderazgo, comunicación y competencias digitales. Esta evolución ha forzado un cambio metodológico en los sistemas de evaluación de los concursos públicos directivos en muchos países de la región, siendo una deuda pendiente en países como la Argentina, donde sus sistemas de concursos están muy lejos de hacer posible una selección real por competencias, estando intrínsecamente ligados a la evaluación de conocimientos legales y/o procedimentales.

La reforma de la Alta Dirección Pública en América Latina atraviesa una etapa de transición crítica. La sola existencia de un marco normativo no genera las condiciones automáticas para una implementación efectiva de la meritocracia si no se reducen los márgenes de arbitrariedad en la remoción de directivos e inestabilidad institucional.

Cabe señalar que las reflexiones presentadas en este trabajo no pretenden constituir un estudio exhaustivo o detallado sobre la materia, sino más bien ofrecer una primera aproximación y una visión general acerca del panorama actual que atraviesa la gestión pública y la Alta Dirección Pública en la región.

Entre la parroquia y el sindicato: la Iglesia y los trabajadores argentinos, un siglo de encuentros y disputas

Por Emmanuel Bonforti (*)

Una pregunta que vuelve con cada visita papal

Cada vez que un Papa pisa suelo argentino, algo del pasado se reactiva sin que nadie lo convoque del todo. La confirmación de la llegada de León XIV en noviembre vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que no nació con esta visita ni se agota en ella: ¿qué relación tuvo históricamente la Iglesia Católica con los trabajadores argentinos y sus organizaciones?

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La respuesta rápida, la de la efeméride suelta o el titular de ocasión, suele simplificar demasiado. A veces se la imagina como una institución ajena al mundo del trabajo, mirando desde afuera la conflictividad obrera. Otras veces se la retrata como aliada natural del movimiento sindical, sin matices ni fisuras. Ninguna de las dos imágenes resiste el archivo. La verdadera historia es más incómoda y más rica: una Iglesia atravesada por posiciones diversas, a veces enfrentadas entre sí, que en distintos momentos intervino, organizó, disputó y también reprimió, según el sector, la época y el proyecto político en juego. Y un movimiento obrero que tampoco fue un bloque homogéneo frente a esa presencia.

Recorrer esa historia no es un ejercicio de curiosidad religiosa. Es memoria de lucha, porque en esas siete u ocho décadas se juega buena parte de las tensiones, organización, disputa ideológica, formación de dirigentes, control social, elementos que siguen atravesando al sindicalismo argentino.

La cuestión social y la respuesta de Roma

El punto de partida hay que buscarlo en las últimas décadas del siglo XIX, cuando la Argentina agroexportadora se transforma a un ritmo vertiginoso. La inmigración masiva, la expansión del trabajo asalariado y el crecimiento de las ciudades generan una masa obrera nueva, hacinada en conventillos y expuesta a jornadas extenuantes. En ese contexto empieza a hablarse, en Europa y en América Latina, de la «cuestión social»: cómo responder a la pobreza y la conflictividad que trae consigo el capitalismo industrial, sin abrazar las respuestas revolucionarias del socialismo ni el individualismo del liberalismo económico. He aquí el primer punto de este encuentro.

La Iglesia Católica da su respuesta doctrinal en 1891, con la encíclica Rerum Novarum de León XIII, sí justo el antecesor de León XIV. El texto reconoce la legitimidad de las demandas obreras —salario justo, límites a la jornada, derecho de asociación— pero las enmarca en una visión de armonía entre capital y trabajo, alejada tanto de la lucha de clases como del laissez-faire del credo liberal. Es, en ese sentido, una tercera vía: ni revolución ni indiferencia, sino intervención social guiada por la doctrina cristiana. Ese documento se convertirá en la matriz de lo que después se llamará catolicismo social, una corriente que en la Argentina tendrá expresiones concretas y duraderas que impactaron en el Proyecto de Justicia Social iniciado en 1946.

Grote, los Círculos y la disputa por el alma del obrero

La primera de esas expresiones llega apenas un año después. En 1892, el sacerdote alemán Federico Grote funda en Buenos Aires los Círculos de Obreros Católicos, con sede en la Federación de Junín 1063. La historiografía coincide en señalarles una doble función. Por un lado, ofrecían a los trabajadores algo muy concreto: mutuales de socorro, viviendas obreras, bibliotecas, espacios de sociabilidad y formación religiosa. Por otro, respondían a un objetivo explícitamente político: disputarle a los socialistas y a los anarquistas, que por esos años organizaban con fuerza creciente al movimiento obrero porteño, la representación y la lealtad de esa masa de trabajadores, muchos de ellos inmigrantes europeos que llegaban con experiencia sindical y militancia previa.

Labor circulo obreros catolicos

Grote lo llamaba «armonización de clases» algo que aparecerá tiempo más tarde en la filosofía peronista de la comunidad organizada: la idea de que el conflicto obrero-patronal podía resolverse dentro del orden social existente, con la mediación de la Iglesia y sin necesidad de romper con la propiedad privada ni con la autoridad establecida. Es una figura importante, pero conviene no detenerse demasiado en ella: los Círculos no son el final de una historia sino su primera estación. Fueron, además, una experiencia con límites claros: nunca lograron convertirse en la fuerza sindical mayoritaria que sus impulsores imaginaban, y buena parte de la clase obrera organizada siguió construyendo sus propias herramientas gremiales por fuera de la órbita católica.

1919: el catolicismo social ante la Semana Trágica

Casi tres décadas después, ese catolicismo social organizado en torno a los Círculos de Obreros es puesto a prueba por uno de los episodios más violentos de la historia obrera argentina. En enero de 1919, una huelga que había comenzado en los talleres metalúrgicos Vasena su escalada hacia el paro general fue liderada por organizaciones anarquistas y socialistas nucleadas en la FORA, no por el catolicismo social.

vasena semana tragica

Los Círculos de Grote no fueron protagonistas del conflicto ni acompañaron la huelga revolucionaria: su intervención fue posterior y de otro signo. Frente a la ola represiva —que incluyó el accionar parapolicial de la Liga Patriótica y derivó en un pogromo contra la comunidad judía del barrio de Once— el catolicismo social porteño asumió un rol activo en la defensa del orden, presentándose como una «tercera vía» frente a lo que percibía como el doble peligro del momento: el Bolchevismo revolucionario, por un lado, y un liberalismo incapaz de contener el conflicto social, por el otro. Antes que un actor de la protesta obrera, los Círculos actuaron como un actor de contención ideológica, capitalizando el clima de la Semana Trágica para reafirmar su propio proyecto de armonización de clases como alternativa moderada y cristiana a la lucha de clases

Entre los años veinte y los años treinta: reacomodamientos

En las décadas siguientes, el catolicismo argentino no permanece estático. Crecen otras formas de organización laica, la Acción Católica Argentina se funda en 1931, siguiendo el modelo de división por ramas que venía impulsando el Vaticano y se profundiza el debate interno sobre cómo la Iglesia debía relacionarse con el mundo del trabajo. Los Círculos de Obreros, ya desgastados, dejan de ser la herramienta principal. Aparecen intentos, todavía incipientes, de organizar específicamente a los jóvenes trabajadores católicos: hacia 1935 empiezan los primeros ensayos en esa dirección, inspirados en una experiencia que venía creciendo en Europa desde mediados de la década anterior.

accion catolica argentina

La Juventud Obrera Católica: un cambio de escala

Esa experiencia europea tenía nombre y fecha de origen: la Juventud Obrera Católica (JOC), fundada en Bélgica en 1924 por el sacerdote Joseph Cardijn, hijo de un minero, con el objetivo declarado de reconciliar a la Iglesia con la clase obrera industrial. En la Argentina, la JOC se organiza formalmente en 1940, con el respaldo del episcopado y el impulso de sacerdotes como Enrique Rau y Emilio Di Pasquo, además del acompañamiento de laicos como Enrique Shaw.

Lo que distingue a la JOC de la experiencia de los Círculos no es un detalle menor: mientras estos últimos habían intentado nuclear a los trabajadores en organizaciones católicas propias, una suerte de sindicalismo confesional paralelo, la JOC se planteaba otra cosa. No buscaba crear gremios católicos separados, sino formar militantes cristianos capaces de actuar dentro de los sindicatos ya existentes, adoptando un criterio organizativo de clase inédito hasta entonces en el asociacionismo católico argentino: el apostolado se ejercía en el lugar de trabajo, entre pares, y no desde una estructura paralela al movimiento obrero real.

Ese giro no es casual. Para 1940, el sindicalismo argentino ya tenía décadas de desarrollo autónomo, con una CGT fundada en 1930 y tradiciones socialistas, comunistas y sindicalistas revolucionarias fuertemente arraigadas. La apuesta de la JOC era, en el fondo, la actualización de aquella vieja disputa que había motivado a Grote medio siglo antes: influir sobre la clase obrera y disputarle terreno a las corrientes de izquierda, pero ahora desde adentro de sus propias organizaciones, no desde afuera.

Tensiones que no se resolvieron nunca del todo

La JOC tampoco fue una experiencia sin conflictos. Convivió con tensiones dentro del propio mundo católico: entre una jerarquía eclesiástica que la había impulsado como herramienta de contención y militantes jocistas que, con el tiempo, desarrollaron una lectura cada vez más crítica de las desigualdades sociales y más comprometida con las luchas concretas de los trabajadores.

juventud obrera catolica argentina
Enrique Rau y Emilio Di Pasquo

Esas tensiones entre jerarquía, militancia de base y mundo sindical no son un capítulo cerrado en 1940. Son, de hecho, la puerta hacia la década siguiente, cuando la irrupción del peronismo reconfigure por completo el mapa de relaciones entre catolicismo, Estado y movimiento obrero, y hacia experiencias posteriores del catolicismo social y popular argentino que esta serie de notas de «Memoria en lucha» retomará en las próximas entregas.

Una historia larga, no una respuesta cerrada

Visto en conjunto, el recorrido desde Rerum Novarum hasta la Juventud Obrera Católica desmiente cualquier lectura plana. No hubo una sola Iglesia frente al movimiento obrero, sino múltiples posiciones que convivieron, compitieron y a veces se enfrentaron entre sí: la asistencia social y la defensa del orden, la disputa ideológica con la izquierda y el intento de formar militancia propia, la cercanía real con las condiciones de vida obreras y, en momentos clave como 1919, la connivencia con la represión.

Tampoco hubo un movimiento obrero uniforme frente a la Iglesia: sectores que vieron en el catolicismo social un competidor a derrotar, otros que encontraron en sus estructuras un espacio de organización posible, y trabajadores católicos que, con el correr de las décadas, terminaron construyendo sus propias síntesis entre fe y militancia sindical.

Esa es la historia que conviene tener presente cuando la visita de un Papa vuelve a poner en la agenda pública la relación entre la Iglesia y los trabajadores argentinos. No para buscar en el pasado una respuesta cómoda sobre lo que «debería» pasar hoy, sino para entender que ese vínculo tiene en la Argentina una trayectoria mucho más larga, más disputada y más compleja de lo que la coyuntura suele permitir ver.

* Columnista de Mundo Gremial: «Memoria de Lucha: Archivo Vivo del Sindicalismo Argentino». Docente de la materia Pensamiento Nacional y Latinoamericano, Departamento de Planificación y Políticas de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa)

GACETILLA DE PRENSA

El 4° Abrazo Continental reunió a 150 jóvenes líderes de América Latina en el marco del Festival Internacional de la Juventud 2026

Ekaterimburgo, Rusia – 15 de septiembre de 2026. Con la participación de 150 jóvenes líderes de América Latina, se realizó el 4° Abrazo Continental, un encuentro organizado por el Centro de Integración y Cooperación con Rusia y América Latina (CICRAL) en el Pabellón 2, en el marco de la exposición «Rusia With You», en el marco del Festival Internacional de la Juventud (IFY 2026).

La actividad contó con el acompañamiento de Rossotrudnichestvo, representado por su Subdirector Konstantin Kolpakov; del IFY 2026, con la presencia de Aleksandra Osmolovskaia, Asesora Principal del Departamento de Cooperación Internacional para América Latina; y de María Prokofeva, del Centro de Interacción y Cooperación (CIC).

Durante el encuentro, los participantes trabajaron sobre tres ejes centrales:

· La soberanía como principio fundamental para el desarrollo autónomo de nuestras naciones.

· La unidad del continente frente a los desafíos que se avecinan en un mundo en transformación.

· La responsabilidad generacional de la juventud para estar a la vanguardia y a la altura del futuro que se está construyendo.

El encuentro contó con discursos de referentes de distintos países de la región, quienes compartieron sus miradas y experiencias, y convocaron a las nuevas generaciones a asumir un rol protagónico en la construcción de un mundo multipolar basado en la cooperación, la justicia y la amistad entre los pueblos.

En palabras de Sandra Hoffman, Directora Internacional de CICRAL, “En este mundo multipolar tenemos la oportunidad y el deber de poner a nuestro continente en el lugar que merece, y es nuestra generación quien va a lograrlo”

Sus declaraciones resumen el espíritu de este encuentro y el compromiso de la organización con la juventud de la región.

El primer Abrazo Continental se realizó en Sochi, Rusia, en 2024, en el marco del Festival Mundial de la Juventud (WYF). Desde entonces, se ha convertido en un encuentro clásico y muy esperado por los jóvenes de la región, consolidándose como un espacio de referencia para la integración latinoamericana y la proyección global de sus participantes.

La actividad se desarrolló en un contexto de creciente articulación entre los pueblos de Rusia y América Latina, en el que la diplomacia pública y la participación de las nuevas generaciones ocupan un lugar central. El IFY 2026 se consolidó como un espacio clave para el diálogo internacional y el intercambio de experiencias entre jóvenes de todo el mundo.

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Sobre CICRAL

El Centro de Integración y Cooperación con Rusia y América Latina (CICRAL) es una organización no gubernamental creada para impulsar, desde la diplomacia pública, las relaciones entre Rusia y América Latina en todos sus ámbitos: político, económico, académico, cultural y deportivo. Con presencia en 17 países, trabaja con la convicción de que el fortalecimiento de los vínculos entre nuestras regiones requiere la participación activa de los pueblos, sus instituciones y organizaciones.

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Contacto de prensa: Axel Oviedo +54 9 11 72398809

CICRAL – Comunicación

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Sitio web: http://www.cicral.com

A 71 años del golpe contra Peron  que abrió dieciocho años de proscripción

Por Aldo Duzdevich*

El 16 de septiembre de 1955 un sector de las Fuerzas Armadas se sublevó contra el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón. La Marina amenazó con bombardear las destilerías de La Plata y Dock Sud y atacar nuevamente a la población civil. En Córdoba, tropas rebeldes, comandos civiles armados y fuerzas leales combatían en las calles. Perón tenía fuerzas suficientes para continuar la lucha, pero decidió detenerla para evitar una guerra civil. Tres meses antes, el país había conocido hasta dónde podían llegar los golpistas: el 16 de junio aviones navales habían arrojado catorce toneladas de bombas sobre Buenos Aires y asesinado a más de trescientas personas.

La autodenominada Revolución Libertadora no fue un hecho inesperado. Fue el resultado de una conspiración política, eclesiástica, civil y militar que se preparó durante meses y tuvo antecedentes de violencia desde 1953. Derrocó a un presidente elegido en 1951 con el 63,5 por ciento de los votos, disolvió el Congreso, intervino las provincias y los sindicatos, prohibió el peronismo y persiguió a sus militantes. Con el golpe comenzó una proscripción que duraría dieciocho años y condicionaría la vida política argentina durante décadas.

Una alianza que terminó en enfrentamiento

La Iglesia católica en 1946  había acompañado el ascenso de Peron al poder . Existía un amplio campo de coincidencias. El peronismo se inspiraba en la Doctrina Social de la Iglesia y proponía una tercera posición frente al individualismo capitalista y el colectivismo comunista. En diciembre de 1945, una carta pastoral del Episcopado desaconsejó votar a los partidos que sostenían la separación entre la Iglesia y el Estado, una definición que favoreció a Perón frente a la Unión Democrática.

El gobierno cumplió además una antigua aspiración eclesiástica. En 1947, la ley 12.978 estableció la enseñanza católica en las escuelas públicas, con instrucción moral para los alumnos cuyos padres profesaran otra religión. Evita apoyó públicamente la medida y mantuvo una relación cercana con el sacerdote jesuita Hernán Benítez, que la acompañó hasta su muerte.

Sin embargo, desde 1952 la relación comenzó a resquebrajarse. Hubo causas políticas, sociales y religiosas. Sectores conservadores de la Iglesia miraban con rechazo la movilidad social que había producido el peronismo. La revista católica Criterio llegó a describir a las masas peronistas como “gentuza” y “hato animal”, y sostuvo que la dignificación popular no dependía de tener lavarropas, cocina a gas o acceso al cine. El recelo también creció frente a la devoción popular por Evita, la expansión de la Unión de Estudiantes Secundarios y la disputa por la organización de trabajadores y jóvenes. En 1954 la Iglesia respaldó la formación del Partido Demócrata Cristiano, que Perón interpretó como un instrumento político opositor.

El gobierno respondió con dureza. En noviembre de 1954 Perón acusó públicamente a sacerdotes y organizaciones católicas de conspirar. Luego se suprimió la enseñanza religiosa, se eliminaron subsidios a instituciones confesionales, se redujeron feriados religiosos y se clausuró el diario católico El Pueblo. A ello se sumaron las leyes de divorcio vincular y de profilaxis social. El conflicto, que podía haberse contenido, se convirtió en una confrontación abierta.

Esa nueva situacion permitió reunir bajo una misma bandera a sectores que tenían poco en común: conservadores, radicales, socialistas, comunistas, nacionalistas y grupos católicos. Félix Lafiandra hijo, protagonista y recopilador de los panfletos opositores, reconocería después que los católicos comprendieron que la campaña religiosa podía generar un descontento amplio y resolvieron emprender “una lucha a muerte contra la tiranía”. Según su propia descripción, consiguieron que la oposición pasara de una actitud estática a una “oposición dinámica” y crearon el clima que condujo al derrocamiento.

Los comandos civiles y la preparación de la violencia

La violencia antiperonista no comenzó en 1955. El 15 de abril de 1953 estallaron dos bombas durante una concentración sindical en Plaza de Mayo. Murieron seis personas y noventa resultaron heridas, algunas mutiladas. Los artefactos habían sido colocados por un grupo de jóvenes opositores vinculados al ambiente universitario. Meses después, otro núcleo preparó la llamada Operación Bebé: un atentado para matar a Perón mediante un vehículo cargado con explosivos.

En ese ambiente nacieron los comandos civiles. Fueron organizaciones clandestinas con estructura celular, responsables de grupo, nombres falsos, sistemas de citas e imprentas ocultas. Sus integrantes recibían instrucción en armas, explosivos, sabotaje y corte de comunicaciones. Provenían principalmente de familias de clase media y alta, colegios católicos y universidades. Los apadrinaban oficiales antiperonistas que les suministraban armas y entrenamiento, mientras sectores del poder económico colaboraban con su financiamiento.

Se veían a sí mismos como los maquis de la resistencia francesa contra el nazismo. La comparación no era casual. Desde 1945 buena parte de los estudiantes, intelectuales y profesionales había interpretado al peronismo como una prolongación local del fascismo europeo. En nombre de una imaginaria liberación de París en Buenos Aires, aceptaron combatir a un gobierno constitucional y eligieron como aliados a los sectores que querían restaurar el país anterior a 1943.

El conflicto con la Iglesia multiplicó su capacidad de movilización. Los grupos católicos organizaron redes para imprimir y distribuir miles de volantes, custodiar templos, intervenir en manifestaciones y enviar propaganda a los militares. Uno de sus organizadores fue el hermano marista Septimio Walsh,  recordado por sus camaradas  como “el rey del mimeógrafo clandestino”.

Los panfletos comenzaron como una prensa opositora frente al control gubernamental de los medios. Es necesario decirlo: la política de acallar voces críticas no fue inteligente. Años después Perón resumiría aquella paradoja: “Con toda la prensa en contra ganamos, y con toda la prensa a favor nos derrocaron”. Pero esos escritos pronto dejaron de ser simples instrumentos de denuncia y se convirtieron en manuales de acción violenta.

En marzo de 1955 ya llamaban a reunir armas, formar grupos por manzana y preparar fuego cruzado. Un texto ordenaba: “Defender casa por casa, calle por calle, templo por templo. Tirar sin asco a matar”. El periódico clandestino Verdad enseñaba incluso a fabricar bombas molotov. Otros volantes estaban dirigidos especialmente a oficiales y soldados para convencerlos de rebelarse.

El 16 de junio y las bombas sobre Buenos Aires

El mediodía del 16 de junio de 1955, Radio Mitre fue ocupada por comandos civiles y difundió una proclama escrita de antemano: “El tirano ha muerto. Nuestra patria desde hoy es libre. Dios sea loado”. Perón no había muerto. Quienes morían eran empleados, estudiantes, pasajeros de colectivos y transeúntes sorprendidos por las bombas en pleno centro de Buenos Aires.

El ataque comenzó a las 12.40. Veintiocho aviones de la Aviación Naval descargaron alrededor de catorce toneladas de explosivos sobre la Casa Rosada, Plaza de Mayo y distintos puntos de la ciudad. Una bomba cayó sobre un trolebús y mató a decenas de pasajeros. También fueron atacados el Departamento de Policía, la CGT y la residencia presidencial, ubicada donde hoy se levanta la Biblioteca Nacional. Los pilotos ametrallaron desde el aire a civiles que circulaban por las calles o se acercaban al centro.

El objetivo declarado era matar a Perón y a todo su gabinete. Pero para asesinar al Presidente no era necesario bombardear una ciudad abierta. La verdadera intención era producir un hecho espectacular que destruyera la voluntad de resistencia de millones de trabajadores. Los comandos civiles pintaban una V con una cruz y la consigna Cristo Vence. La utilización de ese símbolo mostraba cuánto se había mezclado la disputa religiosa con la conspiración militar.

El Archivo Nacional de la Memoria identificó 308 muertos y advirtió que debía agregarse un número incierto de cuerpos imposibles de reconocer por las mutilaciones y la carbonización. Hubo además centenares de heridos. Entre los participantes del levantamiento aparecen nombres que reaparecerían en otros golpes y en la dictadura iniciada en 1976: Emilio Massera, Guillermo Suárez Mason, Osvaldo Cacciatore y Oscar Montes, entre muchos otros.

Esa noche fueron incendiados la Curia y varios templos del centro porteño. Nada justifica la profanación y quema de iglesias. También es necesario recordar que Perón había pedido por radio que los trabajadores volvieran a sus casas y no respondieran a la provocación. Sin embargo, el relato posterior consiguió invertir el orden de los acontecimientos. Durante décadas se habló mucho más de “la quema de las iglesias” que del bombardeo que había dejado más de trescientas víctimas unas horas antes.

Los panfletos opositores llegaron a responsabilizar a Perón y a la CGT por la matanza. Sostuvieron que el gobierno debía haber evacuado la ciudad, aunque la Marina no había enviado ningún ultimátum ni advertido que bombardearía. La acusación ocultaba el dato esencial: quienes arrojaron bombas de cien kilos y dispararon contra civiles fueron aviadores argentinos. Después del fracaso huyeron a Uruguay, donde fueron recibidos y asistidos como héroes.

Perón habló esa misma tarde y pidió serenidad: “Para no ser nosotros criminales como ellos, les pido que estén tranquilos, que cada uno vaya a su casa. La lucha debe ser entre soldados y no quiero que muera un solo hombre más del pueblo”. Esa frase explica buena parte de su conducta durante los noventa días siguientes.

Entre la conciliación y la amenaza

El bombardeo afectó profundamente a Perón. El general Franklin Lucero recordó que al día siguiente el Presidente planteó por primera vez su intención de alejarse del poder. Durante los meses siguientes osciló entre el llamado al diálogo, la decepción ante las conspiraciones militares y los discursos duros destinados a contener a una base popular que reclamaba una respuesta más firme.

El 30 de junio renovó gran parte del gabinete y desplazó a funcionarios identificados con la confrontación. Luego anunció una tregua política y ofreció acceso a la radio a dirigentes opositores. Arturo Frondizi utilizó ese espacio para pronunciar un discurso severo contra el gobierno. Perón buscaba descomprimir el conflicto; los conspiradores interpretaron cada concesión como una señal de debilidad.

El 31 de agosto, ante una multitud reunida en Plaza de Mayo, abandonó el tono conciliador y pronunció su frase más desafortunada: “A una acción violenta le contestaremos con otra más violenta. Y cuando uno de los nuestros caiga, caerán cinco de ellos”. La amenaza fue utilizada durante décadas como prueba de una supuesta decisión represiva. Sin embargo, la concentración terminó en calma y en los días posteriores no se registró ningun acto violento por parte de  militantes peronistas.

La CGT ofreció trabajadores como reservistas del Ejército. No proponía crear una fuerza paralela, sino convocar a quienes habían cumplido el servicio militar y legalmente integraban la reserva. Lucero agradeció el ofrecimiento, pero el Poder Ejecutivo nunca lo hizo efectivo. A esa altura, el sostén principal del gobierno seguía siendo la clase trabajadora organizada y una parte del Ejército. La Marina, sectores de la Aeronáutica, oficiales del Ejército, la oposición política, grupos católicos y los comandos civiles ya estaban comprometidos con el golpe.

Córdoba y la guerra civil que no fue

La sublevación comenzó el 16 de septiembre. En Córdoba, el general Eduardo Lonardi encontró apoyo en grupos civiles armados. Entre 1.500 y 3.000 jóvenes participaron en acciones contra las fuerzas leales y la policía. Muchos habían sido formados en colegios y asociaciones católicas. El sacerdote Quinto Cargnelutti fue uno de sus referentes; testimonios de la época lo ubican distribuyendo armas en la iglesia del Pilar.

Los comandos ocuparon posiciones, actuaron como francotiradores y colaboraron con las unidades rebeldes. Llevaban brazaletes blancos y armas de todo tipo. Sus protagonistas se pensaban como una “juventud blanca” que salvaba a la sociedad de la decadencia. Detrás de esa imagen heroica también había un profundo desprecio social, era una guerra contra “los negros peronistas” y algunos se jactaron de “ver su sangre correr por las veredas de Córdoba.”

Las tropas leales comandadas por el general Iñíguez avanzaron sobre la ciudad. El 18 de septiembre habían tomado la estación ferroviaria y Alta Córdoba y se preparaban para atacar el centro de la ciudad . Disponían de fuerzas suficientes para derrotar la sublevación, pero el combate urbano podía convertir Córdoba en un río de sangre y causar la muerte de centenares de civiles mal armados, la mayoria de ellos estudiantes secundarios y universitarios.

Al mismo tiempo, la Marina bombardeó Mar del Plata y amenazó atacar la destilería de La Plata, Dock Sud y sectores de Buenos Aires. Los jefes leales informaron a Perón que la situación militar aún era favorable. El Presidente recordó el horror de la Guerra Civil Española que costo un millon de muertos y sostuvo que no aceptaría la destrucción de ciudades y la muerte de miles de argentinos para defender su cargo. Aplicó su  doctrina: primero la Patria, después el Movimiento y por último los hombres.

Ordenó detener la lucha y regresar a los cuarteles. El 19 de septiembre le dijo a su ayudante, el mayor Máximo Cialceta: “Entre el tiempo y la sangre, prefiero el tiempo. Si hemos sido malos no volveremos, pero si hemos sido buenos vamos a volver”. No fue una rendición personal ante una derrota militar , sino la decisión de evitar una guerra civil cuyo desenlace nadie podía prever.

Sus enemigos lo acusaron de cobardía. Meses después, Perón le respondió a Pedro Eugenio Aramburu desde el exilio: “Para usted, hacer matar a los demás en defensa de la propia persona y de las propias ambiciones es una acción distinguida de valor. Para mí, el valor no consiste, ni consistirá nunca, en hacer matar a los otros”. (…) Si tiene dudas sobre mi valor personal, que no consiste como usted supone en hacer que se maten los demás, el País tiene muchas fronteras; lo esperaré en cualquiera de ellas para que me demuestre que usted es más valiente que yo. Lleve sus armas, porque el valor a que me refiero, sólo se demuestra frente a otro hombre y no utilizando las armas de la Patria para hacer asesinar asus hermanos. Y sepa para siempre que el valor se demuestra personalmente y que, por ser una virtud, no puede delegarse. Hágalo, sólo así me podría probar que no es la gallina que siempre conocí.

La historia demostraría que los vencedores no tuvieron la misma consideración por la sangre ajena.

La libertad de los vencedores

El golpe se presentó como una cruzada destinada a restaurar la República. Sus primeras medidas mostraron otro propósito. El gobierno constitucional fue reemplazado por una dictadura; el Congreso y las legislaturas fueron disueltos; las provincias, universidades y sindicatos quedaron intervenidos. Miles de funcionarios y docentes fueron cesanteados. Se persiguió, encarceló y torturó a militantes y dirigentes sindicales.

El decreto 4161 de 1956 prohibió mencionar a Perón y Evita, exhibir sus imágenes, cantar la marcha peronista o utilizar los símbolos del movimiento. El cadáver de Eva Perón fue secuestrado y ocultado. En junio de 1956, el levantamiento encabezado por el general Juan José Valle fue reprimido con fusilamientos militares y ejecuciones clandestinas de civiles. La mal llamada Libertadora inauguró así un sistema político que pretendía construir una democracia sin la fuerza electoral mayoritaria.

También modificó el rumbo económico. La Argentina ingresó al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial, se devaluó la moneda, se deterioraron los salarios y se desmontaron instrumentos del Estado creados para orientar el comercio y la producción. La frase atribuida al contralmirante Arturo Rial frente a dirigentes municipales resume el espíritu social de muchos vencedores: “La Revolución Libertadora se hizo para que en este bendito país el hijo del barrendero muera barrendero”.

No todos los opositores de 1955 mantuvieron luego las mismas posiciones. Muchos jóvenes católicos, radicales, socialistas y universitarios que participaron en la agitación antiperonista terminaron acercándose al peronismo o enfrentando las dictaduras posteriores. Algunos sufrieron en sus propias familias el terrorismo de Estado. Ese recorrido obliga a evitar explicaciones fáciles: la historia está hecha por hombres y mujeres que cambian, revisan sus ideas y también padecen las consecuencias de los mecanismos que ayudaron a poner en marcha.

El golpe de 1955 no resolvió la grieta argentina. La agravó. Al proscribir al peronismo cerró la vía electoral para millones de ciudadanos y alimentó dieciocho años de resistencia, conspiraciones militares y creciente violencia política. Quienes dijeron venir a restaurar la democracia inauguraron una época en la que las Fuerzas Armadas se atribuyeron el derecho de decidir qué gobiernos y qué ciudadanos podían participar de ella.

Perón eligió el tiempo antes que la sangre. Dieciocho años después regresó al país y volvió a ser elegido presidente. Buscó entonces cerrar la vieja fractura y se reconcilió con adversarios como Arturo Frondizi, Oscar Alende, Vicente Solano Lima y Ricardo Balbín.

 La lección de 1955 sigue siendo incómoda y necesaria: ninguna diferencia política justifica bombardear al propio pueblo, derrocar un gobierno elegido ni excluir de la vida pública a una mayoría. Cuando una parte de la sociedad pretende borrar a la otra, la libertad que proclama termina convertida en proscripción y violencia.

*Autor de La Lealtad Los montoneros que se quedaron con Perón y Salvados por Francisco

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