“Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas” (San Francisco de Asís, Cántico de las Criaturas).
Como nos recordó recientemente el Papa León en su encíclica Magnifica Humanitas: “El principio del destino universal de los bienes nos recuerda sobre todo que los bienes de la tierra —el suelo, el agua, el aire y los recursos naturales— han sido dados por Dios a toda la familia humana para sostener la vida de todos, hoy y en las futuras generaciones, y que toda persona tiene un derecho originario al uso de dichos bienes” (MH 65). Queremos expresar nuestra profunda preocupación por el proyecto de ley impulsado por el Poder Ejecutivo Nacional denominado «Ley de Inviolabilidad de la Propiedad Privada». Creemos que atenta contra la soberanía de nuestra tierra, de nuestros alimentos, de nuestros bienes comunes y el derecho de los pueblos de autodeterminarse. “San Juan Pablo II decía que «Dios ha dado la tierra a todo el género humano para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a ninguno». En consecuencia, «no es conforme con el designio de Dios, usar este don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos»” (MH 65). Nuestra preocupación se fundamenta en que este proyecto, entre otras cosas, deja sin efecto las limitaciones vigentes para la compra de tierra por parte de extranjeros —personas físicas o empresas— y, en particular, la posibilidad ilimitada de acceder a aquellas ligadas a reservas de agua y otros bienes naturales.
También resultan alarmantes los artículos que habilitan la utilización inmediata de tierras castigadas por incendios, hecho que hasta ahora estaba restringido. Este proyecto debilita la potestad del Estado, en sus distintos niveles, para gestionar el uso del territorio, planificar obras públicas y proteger el interés comunitario, sobre todo a los más vulnerables, frente a intereses privados, tanto locales como extranjeros. La tierra no es una mercancía, ni un simple recurso económico. Como nos recuerda el Papa Francisco en la Encíclica Laudato Si’, la tierra es nuestra hermana y nuestra madre, porque nos sostiene, nos alimenta y nos cobija. De ella provienen los alimentos, el agua, las semillas, los paisajes y las múltiples formas de vida que hacen posible nuestra existencia. Cuidar la tierra es cuidar la vida. Para las comunidades rurales, campesinas e indígenas, la tierra es identidad, cultura, memoria y futuro. En ella se construyen vínculos, saberes, formas de trabajo y modos de habitar el mundo que se transmiten de generación en generación. Frente a las promesas del crecimiento económico financiero, recordemos lo que nos dice el Papa León respecto del verdadero desarrollo: “El desarrollo es humano cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes, y cuando se refiere también a los pueblos, no sólo a los individuos. La justicia exige el reconocimiento de los derechos sociales y de los derechos de los pueblos, e incluye la responsabilidad hacia los que vendrán después de nosotros. Por eso no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de algunos a expensas de costos y heridas en otros, o que relega regiones enteras a roles subordinados impidiéndoles expresar sus propias potencialidades. El desarrollo es integral cuando no se reduce al ámbito económico, sino que promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a sus modos de vivir” (MH 83). Otro tema central en la Argentina, vinculado con este proyecto de ley, es el tema de la vivienda. Muchos no poseen vivienda propia y tienen que alquilar. Es importante favorecer el acceso a la vivienda, como necesidad primaria para tantas familias, dando un marco jurídico razonable a los alquileres que sea justo tanto para propietarios como para inquilinos. Cáritas Nacional, el Área de Ecología Integral de la Comisión Episcopal de Pastoral Social y la Comisión Episcopal de Pastoral Aborigen, pedimos a quienes intervengan en el debate de este proyecto, guíen sus opciones por el bien común y el futuro de las generaciones venideras, más que por intereses particulares, poniendo en práctica la nobleza de la política como máxima expresión de la caridad.
Por qué Bangladesh eligió la camiseta argentina para vengarse de Inglaterra
Cada cuatro años circula la misma fotografía: un techo de chapa entre Dhaka y Sylhet cubierto por una bandera celeste y blanca cosida a mano, tan grande que desde el aire parece una herida en el cielo. Pero debajo no vive ningún argentino, sino una familia bengalí que jamás pisó Buenos Aires y que seguramente no lo haga nunca, sin embargo, llora y festeja por una camiseta que no es la suya, se abraza por una nación que queda a más de 16.000 km de distancia. El periodismo occidental suele resolver el enigma con la cita: el caso curioso de Bangladesh, dejando traslucir cierta excitación hacia lo exótico. Pero cuando se cruzan los archivos coloniales, los testimonios de hinchas de setenta años y las cifras del comercio bilateral, lo que aparece no es curiosidad: es historia cruzadas y sensibilidades compartidas, sobre todo una forma de venganza contra el fantasma de un imperio.
La herencia colonial
El fútbol no llegó a Bengala de la mano de Maradona sino del Raj británico. Durante el siglo XIX, la administración colonial impuso sobre la región un paquete civilizatorio tradicional: ferrocarriles pensados para sacar materias primas hacia los puertos y no para conectar a la población; tribunales que codificaban el despojo de tierras bajo apariencia legal; escuelas que formaban una clase funcional al imperio; todo un estatuto legal de coloniaje al que se le sumó un objeto particular: una pelota de fútbol.
Antes había llegado un despojo más profundo: el Acuerdo de Asentamiento Permanente de 1793 estableció impuestos fijos y crecientes sobre la tierra bengalí, empobreciendo a generaciones de campesinos y consolidando a una casta de terratenientes leales a Londres. La industria textil del país, que había sido una potencia manufacturera antes de la conquista, fue deliberadamente desmantelada con aranceles y prohibiciones para garantizar el mercado cautivo de las fábricas de Manchester: los tejedores bengalíes, según describieron observadores de la época, vieron sus talleres cerrados y sus manos, literalmente, quedar sin oficio. A Bangladesh le habían cortado las manos.
La factura humana de ese modelo extractivo fue devastadora: la hambruna de 1770 mató a un tercio de la población de Bengala tras años de exacción fiscal británica sin alivio, y la hambruna de 1943, ya en pleno siglo XX, provocó cerca de tres millones de muertes agravadas por decisiones de exportación de granos tomadas en Londres en plena Segunda Guerra Mundial. Es que el sofisticado y elegante imperio alguna vez tendrá que tener un juicio de la humanidad en su conjunto donde se condenen sus crímenes. En paralelo y en otro ámbito, se sumó una segregación cotidiana: clubes deportivos y espacios sociales reservados para británicos, de los que los bengalíes quedaban excluidos incluso en el propio juego que los había colonizado. Un racismo en forma de deporte.
En ese contexto nace la primera gran revancha simbólica, medio siglo antes de que Maradona pisara una cancha: en 1937 el club local Dacca Sporting Association derrotó a un equipo inglés que se encontraba de gira. No hubo cámaras ni redes sociales, pero quedó fijado en la memoria oral bengalí que jugadores descalzos habían vencido a los hombres del imperio en su propio juego. Es la piedra fundacional de todo lo que vendría: la prueba de que el vínculo entre fútbol y resistencia simbólica en Bengala no nació con un argentino, sino que esperaba, paciente, un símbolo capaz de encarnarla a escala masiva.
1986: el milagro de la pantalla a color
Ese símbolo llegó con la televisión. A mediados de los años ochenta, en un país deportivamente enamorado del críquet, se masificó el uso de televisores, y para muchísimos bangladesíes el Mundial de México 1986 fue, literalmente, su primer evento deportivo transmitido en color. Hasta entonces el ídolo continental había sido Pelé, escuchado más que visto, narrado por radio en voces que describían jugadas que el oyente debía imaginar, el astro brasilero era producto de la imaginación: una leyenda alegórica trazada entre sobras. Maradona, en cambio, fue la primera estrella que Bangladesh pudo ver en movimiento, en directo, rodeada de vecinos frente al único televisor del barrio. Pero a esto se le suma un nuevo elemento, un hincha de setenta y dos años lo resumió ante The Daily Star sin metáforas: para él, el paso de lealtad entre Pelé a Maradona no fue una cuestión de gusto futbolístico, sino una revancha simbólica, la de haber derrotado de nuevo a los ingleses, esta vez en una cancha. La televisión a color no solo permitió ver ese gol contra Inglaterra: permitió, por primera vez, convertir la humillación del imperio en una experiencia sensorial compartida por millones de personas al mismo tiempo. Aquel imperio que trataba a los habitantes de las colonias como si fueran animales, literalmente, gracias a la televisión quedaba rendido ante la Argentina una nación que también había sufrido la dominación británica bajo el formato semicolonial. En ese momento, en Bangladesh nació el maradonismo, y con él una lealtad que se transmitiría de padres a hijos con la fuerza de un apellido.
Banderas en cables y vidas en juego
La rivalidad futbolera bangladesí dejó hace tiempo de ser una metáfora inofensiva. En numerosas localidades, comunidades enteras compiten por coser la bandera más larga del país, un certamen extraoficial que moviliza semanas de trabajo comunitario y un orgullo de barrio que no le pide permiso a ninguna federación. Pero esa épica tiene un costado trágico que la prensa internacional rara vez mira de frente: un estudio documentó veintitrés muertes en 2022 por enfrentamientos entre hinchadas rivales durante el Mundial; en 2014 al menos tres personas murieron colgando banderas de cables eléctricos, y en 2018 un niño de doce años murió electrocutado al colocar una bandera en su casa. En 2026, un predicador conservador instó públicamente a reemplazar esas banderas por banderas islámicas, lo que obligó a un operativo policial: prueba de que el fenómeno no es una reliquia nostálgica, sino una tensión social viva que hoy roza los límites de la identidad religiosa y nacional del país. Este tipo de información hay que analizarla en contexto, y tomando como referencia las esquirlas que aún sobrevuelan de la vieja dominación británica.
Toda política es internacional
La última capa de esta historia pertenece a un hecho concreto pero que merece ser destacado. Fue Juan Domingo Perón quien, el 30 de octubre de 1973, habilitó la primera representación diplomática argentina en Bangladesh, embajada que abrió en Dhaka en enero de 1974 y que la última dictadura cerró apenas cuatro años después, dejándola clausurada durante casi medio siglo. El expediente para reabrirla se inició en abril de 2022, antes del Mundial de Qatar, por canales propios de la cancillería; lo que el título mundial agregó fue la visibilidad política para acelerar el trámite. El decreto 67/2023 formalizó la reapertura, con una inauguración protocolar el 27 de febrero de ese año en Dhaka, encabezada por el entonces canciller Santiago Cafiero, quien reconoció sin ambigüedades que fue el apoyo popular bangladesí durante Qatar 2022 el que impulsó la decisión, buscando además mejorar el comercio bilateral.
Ese comercio no es un detalle menor: en 2022 alcanzó los 765 millones de dólares, con exportaciones argentinas por 742,9 millones frente a importaciones bangladesíes de apenas 22,1 millones, un superávit contundente a favor de la Argentina; en 2021 las exportaciones habían tocado un máximo histórico de 876 millones, con un superávit de 862 millones concentrado casi en su totalidad en soja, harina, maíz y trigo. Mientras Bangladesh enviaba al aire caravanas y banderas financiadas, en algún caso extremo, por hinchas que llegaron a vender tierra propia para pagarlas, Argentina enviaba al puerto de Chattogram toneladas de grano: la emoción viajaba en una dirección, la soja en la otra. En ese mismo proceso se discutieron exenciones de visado, cooperación agrícola y diplomática, y un memorando de entendimiento futbolístico entre ambas federaciones; también se mencionó, sin confirmación posterior, una eventual vinculación de Bangladesh con el Mercosur. Lo cual demuestra también la necesidad de establecer una mirada realista acerca de las relaciones internacionales.
La herencia
Queda la generación que no vivió nada de esto en primera persona. Un hincha de diecinueve años lo resumió sin metáforas: empezó a seguir a Argentina en 2014, vio a Messi llegar a una final del Mundial, y eso fue definitivo. En ese testimonio no hay memoria colonial ni Maradona: hay streaming y redes sociales, un ídolo consolidado recién en Qatar 2022. La pregunta que queda planteada no es una curiosidad exótica, sino un interrogante sobre cómo se hereda una lealtad cuando ya no queda memoria directa que la sostenga: ¿sigue siendo revancha postcolonial el fanatismo de un pibe de Dhaka que nunca escuchó hablar del Dacca Sporting Association de 1937, o es ya una identidad nueva que no necesita del imperio británico para justificarse, aunque haya nacido, hace casi un siglo, precisamente para desafiarlo? Quizás la respuesta debe estar en que los procesos de dominación colonial siempre dejan huellas en las subjetividades populares, hermanar sufrimientos ha sido una herramienta de cualquier proceso de cambio colectivo. En el reconocimiento a Bangladesh también se inscribe una afirmación a los pueblos del tercer mundo que heroicamente siguen resistiendo al imperialismo más allá de su ropaje.
La ley de Santoro en CABA refinancia deudas a tasa máxima del treinta y cinco por ciento anual vía Banco Ciudad. Hagman y Zaracho declaran la emergencia crediticia nacional por dos años y proponen un fondo fiduciario público-privado para quienes ganen menos de seis salarios mínimos. Santiago Roberto condona el cien por ciento de intereses por mora. Salvatierra va más lejos e incorpora a los trabajadores informales. En las provincias, Mendoza, Santa Fe, Corrientes y Tucumán tejen un mosaico de parches con vocación de arquitectura social.
Cada propuesta parte de una premisa que opera como axioma no declarado, inconsciente de la derrota: la pauperización masiva es un dato del presente que hay que mitigar, no una consecuencia de un modelo que hay que revertir. Al fragmentar el problema hogar por hogar, deuda por deuda, las iniciativas disuelven la pregunta estructural: ¿por qué se endeudó esa familia? ¿Por qué el salario no alcanza? ¿Quién se queda con la diferencia entre lo que vale el trabajo y lo que cobra el trabajador? Las propuestas tratan al deudor como víctima fragmentada que necesita asistencia técnica, no como sujeto político atrapado en una estructura de saqueo. La posmodernidad atraviesa la economía y dinamita la posibilidad de la construcción de un relato nacional. Nadie puede desendeudar a las familias si primero no desendeuda a la Argentina. La microfísica financiera es hija de la macrofísica del saqueo.
II. LA SEMÁNTICA VACIADA: DE LA SOBERANÍA AL EUFEMISMO
John William Cooke advirtió que en los países semicoloniales la oligarquía le pone hasta las palabras a los diccionarios, el que nomina: domina. ‘Desendeudamiento’ es hoy un caso de laboratorio de esa operación. Durante el kirchnerismo nombró la ruptura de la cadena de dependencia financiera frente al FMI: el pago de la deuda en 2006, las quitas del sesenta y cinco por ciento a los acreedores externos, la recuperación de reservas como instrumento soberano. Era, en sentido estricto, un concepto de liberación nacional.
Hoy la misma palabra designa la posibilidad de refinanciar la deuda con el Banco Ciudad a tasa del treinta y cinco por ciento. El sujeto de la liberación, es decir: la Argentina soberana fue sustituido por el sujeto de la asistencia lo que se nos presenta como el hogar vulnerable. La escala se contrajo de lo nacional a lo familiar y cada vez más individual. El horizonte se redujo de la soberanía a la solvencia. Cuando el debate sobre ‘desendeudamiento’ ya no involucra a los grandes bancos internacionales, al FMI ni a la Ley de Entidades Financieras heredada de la dictadura, sino que se reduce a las tasas del Banco Ciudad y los requisitos de la Central de Deudores, el campo de disputa se desplazó completamente al terreno que el poder financiero eligió. Y en ese terreno, el poder financiero siempre gana.
III. ARITMÉTICA DE LA IMPOTENCIA
Las familias se endeudaron para comer, pagar el alquiler, acceder a medicamentos. Lo hicieron porque el salario no alcanzó. El salario no alcanzó porque fue la variable de ajuste elegida por el modelo. Y ese modelo se sostiene porque la Argentina está sujeta a los compromisos con el FMI y los acreedores externos, que exigen superávit fiscal y desregulación financiera como condiciones innegociables. El sobreendeudamiento de las familias en 2026 es el resultado directo del sobreendeudamiento de la Argentina con los organismos internacionales. La cadena causal es impecable. ¿Cómo puede una refinanciación doméstica por buenos intereses que tenga resolver ese problema de fondo? No puede. Mañana, pasado y el año que viene, los mismos salarios que no alcanzaron volverán a no alcanzar. Los refinanciados de hoy serán los nuevos morosos de 2027. El ciclo se repetirá. Los bancos ganarán. Las familias seguirán endeudadas. La Argentina subsumida a la pobreza
IV. VOLVER A LA NACIÓN, DEROGAR A MARTÍNEZ DE HOZ
El primer gobierno de Perón nacionalizó los depósitos bancarios en 1946 y convirtió el crédito en instrumento de política económica orientado al desarrollo industrial y al salario real. Gelbard intentó ir más lejos: subordinar el sistema financiero al bien común. Esa visión fue barrida el 24 de marzo de 1976 con un programa económico específico: la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz, vigente hasta hoy en sus aspectos fundamentales. Esa ley desreguló tasas, liberó capitales, privó al Estado de su capacidad de orientar el crédito y sentó las bases de la valorización financiera como modelo de acumulación. Es el sistema operativo sobre el que funciona la Argentina financiera de 2026, incluida la arquitectura legal que permite a Mercado Pago operar de facto como banco sin las obligaciones ni las restricciones de la banca tradicional. El verdadero desendeudamiento popular exige: derogar la ley de la dictadura y sancionar una nueva que subordine el crédito al desarrollo soberano; gravar las ganancias extraordinarias de bancos; recuperar el control estatal de las tasas; y construir una banca pública popular que compita con y discipline a la banca privada, no que la complemente en los márgenes donde el mercado no quiere llegar. Proponer el crédito subsidiado sin denunciar la estructura que lo hace necesario no es una política de izquierda. Es filantropía de mercado.
CONCLUSIÓN
La posmodernidad hizo un gran negocio cuando convenció al progresismo de que los grandes relatos habían muerto. El resultado es una izquierda que gestiona la vulnerabilidad con más habilidad que la que tiene para imaginar la emancipación. El debate sobre el ‘desendeudamiento familiar’ es el síntoma más reciente de esa derrota: acepta que el sistema financiero es el horizonte irremovible de la política y juega en el tablero del adversario. La alternativa no es el purismo ideológico ni el rechazo de las medidas paliativas. Es la articulación: batirse por el alivio inmediato y nombrar, en la misma voz, el proyecto histórico que haría ese alivio innecesario. Legislar en el margen y denunciar la estructura que produce el margen. No abandonar el gran relato nacional por las micropolíticas de la emergencia. Mientras Mercado Pago siga capturando el flujo financiero de los trabajadores informales a tasas usurarias y la Ley de Martínez de Hoz siga siendo el sistema operativo de la banca argentina, ningún programa de desendeudamiento familiar tendrá capacidad de resolver lo que se propone atacar. El verdadero desendeudamiento comienza donde estas propuestas terminan: en la decisión política de tocar al poder financiero. Perón lo hizo. La pregunta es si la dirigencia actual está a la altura de ese legado.
El adelanto de datos del nuevo QMonitor de QSocial revela una Argentina con dos bloques ideológicos casi simétricos: un 36 por ciento liberal-conservador y un 34 por ciento progresista-estatista. Entre ambos se extiende una zona gris del 30 por ciento, sin identidad política estable, que combina reclamos de orden y defensa de la propiedad con el rechazo a una parte de la agenda económica y moral de la derecha. El equilibrio fiscal como factor nuevo. El papel de Santilli.
Ganarle a Cabo Verde gracias a Borges, que metió un gol en contra y definió el 3 a 2 de la Argentina, no se le hubiera ocurrido ni a Borges. Pero así es este país. Si la perplejidad forma parte de la identidad argentina, ¿cómo describir a la sociedad de hoy? ¿Qué quiere? ¿O qué no quiere? Y en términos más precisos: ¿qué dice que quiere y qué dice que no quiere?
El país está agrietado, con un foso en el medio, aunque algunas coincidencias logran pasar de un lado a otro. El equilibrio fiscal parece ser una de esas coincidencias. Sin embargo, convive con consensos anteriores sobre la educación, la salud, los servicios públicos, el aborto legal, el matrimonio igualitario y los derechos humanos. La Argentina que hoy tiene de Presidente a Su Excelencia Javier Milei está en plena disputa, y esa contienda se desarrolla, además, sobre una economía que pierde impulso, concentra el crecimiento en pocas actividades y deja en retroceso a la industria, el comercio y la construcción.
Los datos sobre valores y conceptos forman parte de un adelanto del QMonitor de julio de 2026, el estudio mensual sobre clima político, económico y social que realiza la consultora QSocial. La encuesta fue efectuada entre el 5 y el 25 de junio en todo el país, mediante un cuestionario online a personas mayores de 18 años en condiciones de votar. La muestra probabilística y estratificada por regiones fue ajustada por sexo, edad y nivel educativo. Comprendió 1.323 casos efectivos y tiene un margen de error de más o menos 2,7 puntos porcentuales, con un nivel de confianza del 95 por ciento.
Dos bloques y una zona de huérfanos
El estudio revela la existencia de tres porciones. El 36 por ciento pertenece al bloque que QSocial denomina “liberal/conservador pleno”. El 34 por ciento, al “progresista/estatista pleno”. Y el 30 por ciento restante integra un espacio que la investigación llama “mixto/punitivista-propietarista”. Los dos polos principales tienen dimensiones casi idénticas, pero sostienen visiones contrapuestas sobre el mercado, la autoridad, los derechos y el papel del Estado.
El segmento progresista-estatista rechaza al mismo tiempo la liberalización económica completa, el achicamiento estatal, el punitivismo y el conservadurismo moral. El 99 por ciento de sus integrantes desaprueba la gestión de Javier Milei. El 78,6 por ciento votó a Fuerza Patria en las elecciones legislativas nacionales de 2025. El 74,7 por ciento se identifica con el peronismo o el kirchnerismo. El informe lo define como una base electoral estable, con baja volatilidad y una correspondencia casi total entre sus valores, su identidad política y su comportamiento electoral.
En el otro extremo, el bloque liberal-conservador adhiere a la liberalización del mercado, el Estado mínimo, la mano dura y el tradicionalismo moral. Allí, el 87 por ciento aprueba al Gobierno, el 84 por ciento votó a La Libertad Avanza en las legislativas de 2025 y el 91,7 por ciento se identifica con LLA, el PRO o la UCR. También es un electorado consolidado y con poca disposición a cambiar de posición.
La grieta, por lo tanto, no se reduce a una pelea entre dirigentes ni a una preferencia electoral coyuntural. Abarca dos sistemas de valores que funcionan como espejos: de un lado, regulación, redistribución, derechos adquiridos y límites constitucionales a la mano dura. Del otro, primacía del mercado, propiedad, autoridad y orden. Ninguno alcanza por sí solo una mayoría social.
Entre ambos aparece el 30 por ciento mixto, al que QSocial caracteriza como un “segmento huérfano”. Defiende la propiedad privada y reclama orden, pero no acompaña íntegramente la desregulación económica ni la agenda moral conservadora. Reacciona más ante cuestiones concretas —inseguridad, propiedad y bolsillo— que frente a una cosmovisión completa.
El 54 por ciento de ese grupo no se identifica con ningún espacio político. El 37 por ciento dice que votó en blanco, no votó o no recuerda su voto presidencial de 2023, y ese porcentaje sube al 43 por ciento al preguntarle por las legislativas de 2025. Es, además, el único segmento dividido ante Milei: el 47,8 por ciento aprueba su gestión y el 52,2 por ciento la desaprueba. Es decir que el foso también divide a los huérfanos.
El equilibrio fiscal y los límites del giro conservador
Aunque habrá que profundizar el contenido preciso del concepto, un dato del QMonitor aparece ante la pregunta sobre qué medidas deberían continuar independientemente de quién gobierne. El 61 por ciento responde que debe mantenerse un Estado sin déficit fiscal. Sólo el 29 por ciento pide eliminar ese objetivo y el 10 por ciento no toma posición.
El equilibrio fiscal obtuvo así un apoyo muy superior al tamaño del núcleo liberal-conservador. Logró penetrar en una parte de la zona gris e incluso entre personas que no aprueban el conjunto del programa de Milei. Eso no significa que el 61 por ciento esté de acuerdo sobre cómo equilibrar las cuentas, qué impuestos deben cobrarse o qué gastos deben reducirse. Significa que la idea de que el Estado no debe gastar permanentemente por encima de sus recursos se convirtió en un valor social mayoritario. Que el discurso penetró por encima de los votantes de Su Excelencia, porque la cifra del 61 por ciento supera el 56 por ciento de LLA de 2023 y el 40 por ciento que obtuvo en las legislativas nacionales de 2025.
Si esa afirmación se mantiene, y sobre todo si ya forma parte de una convicción mayoritaria, dos conclusiones parecen naturales:
*El o la dirigente que desafíe discursivamente el valor del equilibrio fiscal pagará un costo político y producirá rechazo.
*Surge un desafío a la creatividad política de la oposición y su núcleo, el peronismo en sus distintas variantes. Por ejemplo: la baja de recaudación por achicamiento de la demanda y del consumo, ¿no es una causa de desequilibrio fiscal?
Otros elementos del programa conservador obtienen respaldos más acotados. El 52 por ciento quiere mantener la reducción de planes sociales y el 51 por ciento, el protocolo antipiquetes. La eliminación de subsidios a las tarifas divide casi por mitades: el 50 por ciento desea conservarla y el 44 por ciento eliminarla. La reforma del Estado y la reducción del empleo público muestran otro empate: 48 por ciento a favor de sostenerlas y 47 por ciento partidario de dejarlas atrás.
Pero la mayoría desaparece cuando se avanza sobre lo que el ultraliberalismo denomina “reformas estructurales”. El 48 por ciento quiere eliminar la desregulación económica, frente al 44 por ciento que desea mantenerla. El 50 por ciento rechaza la apertura de importaciones. El 55 por ciento pide eliminar la reforma laboral. Y también una mayoría del 54 por ciento se opone a la continuidad de las privatizaciones. Sólo el 38 por ciento cree que debe mantenerse las ventas de empresas públicas.
Las percepciones sobre el rol del Estado confirman esa combinación. Igual que desde hace unos 15 años en toda Sudamérica, Brasil incluido, el 52 por ciento coincide con que los planes sociales generan dependencia y deberían reducirse. Sin embargo, el 67 por ciento rechaza que el Estado deba achicarse y disponer de menos servicios públicos. El 61 por ciento tampoco acepta que las empresas privadas gestionen mejor esos servicios. Y el 69 por ciento está poco o nada de acuerdo con eliminar subsidios al transporte y la energía si eso provoca un aumento de tarifas.
El ultraliberalismo no ganó
En el terreno económico se repite la mezcla. El 70 por ciento considera que la herencia y la propiedad privada son derechos que el Estado nunca debería tocar. El 62 por ciento coincide con la frase que presenta el impuesto a las ganancias como “un robo del Estado al trabajo de las personas”. Pero sólo el 37 por ciento acepta que el mercado libre, sin intervención estatal, como le gustaría Peter Thiel aunque su concepto no haya sido parte del cuestionario, sea la mejor manera de organizar la economía. El 62 por ciento rechaza esa idea.
No aparece, entonces, una sociedad convertida completamente al ultraliberalismo. Sí es verificable una mayoría que, se verá con qué profundidad, ya incorporó el equilibrio fiscal y la defensa de la propiedad. El grado de dogmatismo todavía es discutible porque se mantienen las expectativas sobre la capacidad estatal para regular, prestar servicios y amortiguar desigualdades.
Los derechos que sobrevivieron
Los cuadros sobre valores sociales que adelanta el QMonitor muestran que el avance conservador también encuentra límites culturales. Sólo el 28 por ciento considera que el aborto legal fue un error y debería revisarse. El 69 por ciento está poco o nada de acuerdo con esa afirmación. La legalización conserva, por lo tanto, un respaldo amplio incluso después de la expansión electoral de fuerzas que cuestionaron esa política.
Algo similar ocurre con el matrimonio igualitario. El 24 por ciento sostiene que el matrimonio debería celebrarse únicamente entre un hombre y una mujer, mientras el 74 por ciento rechaza esa posición y resguarda el cambio legislativo aprobado y promulgado en 2010.
En materia educativa, el 31 por ciento afirma que la educación sexual en las escuelas debería ser decidida por las familias y no por el Estado. El 67 por ciento está poco o nada de acuerdo. Alerta para Clara Muzio, la vicejefa de Gobierno de CABA que quiere liquidar la educación sexual integral.
Aunque la encuesta no pregunta específicamente por la escuela y el hospital públicos, este resultado, junto con las respuestas sobre servicios esenciales, muestra la vigencia de una expectativa histórica acerca de las responsabilidades estatales en educación y salud.
La llamada “ideología de género” produce una respuesta más dividida, aunque tampoco mayoritariamente conservadora. El 40 por ciento se identifica con la frase de que es una corriente importada que no refleja los valores argentinos, frente al 57 por ciento que manifiesta poco o ningún acuerdo.
En cuanto a los derechos humanos, el 50 por ciento considera que la política argentina está demasiado enfocada en el pasado y descuida el presente. El 47 por ciento rechaza esa formulación. El resultado no indica la desaparición de esa tradición política, sino una discusión abierta sobre cómo relacionar la memoria de la dictadura con las vulneraciones actuales. Y, quizás, que no hay por qué abandonar la preocupación por la memoria de la dictadura pero tampoco resignar los derechos sociales de hoy como reivindicación exigible al Estado.
La Argentina está agrietada, pero esa grieta no separa dos paquetes perfectamente cerrados. Hay combinaciones, cruces y contradicciones que se concentran especialmente en la franja intermedia.
Un Banco Central ortodoxo frente a una economía partida
La intención del Gobierno de darle al Banco Central un carácter más ortodoxo se inscribe en esa disputa cultural. La orientación oficial procura concentrar la autoridad monetaria en la estabilidad de precios y en la imposibilidad de financiar el déficit, en contraposición con la Carta Orgánica reformada en 2012, durante el segundo gobierno de CFK y con la presidencia de Mercedes Marcó del Pont en el BCRA.
El artículo 3° vigente establece que el BCRA debe promover, dentro de sus facultades y de las políticas fijadas por el Gobierno nacional, “la estabilidad monetaria, la estabilidad financiera, el empleo y el desarrollo económico con equidad social”. La formulación no excluye la estabilidad: la integra con otros objetivos económicos y sociales.
El intento de Su Excelencia de darle al Banco Central una función más estrictamente monetaria podría sintonizar con el orden fiscal. O tal vez no tanto, porque llevar ese principio al extremo supondría un paso más allá del consenso medido. La encuesta muestra respaldo a la ausencia de déficit, pero no una mayoría equivalente para separar por completo la política monetaria del empleo, la actividad o el desarrollo.
La comparación con la Reserva Federal de Estados Unidos introduce un contraste importante. La Fed fue creada en 1913, pero su mandato moderno fue definido expresamente por la reforma de 1977 de la Federal Reserve Act. Desde entonces debe promover el máximo empleo, la estabilidad de precios y tasas de interés de largo plazo moderadas. En la práctica, los dos primeros objetivos conforman su llamado “doble mandato”.
La discusión argentina no enfrenta, por lo tanto, una concepción local amplia con una supuesta regla internacional que obliga a los bancos centrales a ocuparse exclusivamente de la inflación. Uno de los bancos centrales más influyentes del mundo conserva desde hace casi medio siglo el máximo empleo como objetivo legal.
La cruda realidad cotidiana
El debate se desarrolla, además, mientras Su Excelencia desarma 76 años de historia nuclear argentina y la economía pierde fuerza. El Estimador Mensual de Actividad Económica cayó en abril un 1,5 por ciento frente a marzo. La comparación interanual fue positiva, del 1,6 por ciento, pero el crecimiento acumulado de los primeros cuatro meses quedó en el 2,1 por ciento. El Índice de Producción Industrial registró, a su vez, una baja mensual desestacionalizada del 2,1 por ciento. Guido Aschieri analiza en detalle que así no puede haber crecimiento.
Los salarios tampoco ofrecen una base sólida para reactivar el mercado interno. Entre enero y abril, los ingresos del sector privado aumentaron un 10,1 por ciento y los del sector público un 12,1, mientras el índice de precios acumuló un 12,3 por ciento. Al mismo tiempo, el dólar mayorista se acercó a los 1.490 pesos, las reservas dejaron de crecer durante los últimos meses y el Banco Central debió intervenir en el mercado de futuros para evitar utilizar reservas directamente.
Los despidos agregan otro dato al enfriamiento: hasta 170 desvinculaciones posibles en la CNEA, más de 100 cesantías en la fábrica de baterías Unionbat y 150 despidos anunciados por Techint en Valentín Alsina. La desocupación todavía puede no reflejar completamente el proceso, pero la pérdida de puestos empieza a acompañar la retracción productiva.
La economía también está dividida. En abril, la minería creció un 17,1 por ciento y el agro un 10,9. En cambio, la industria manufacturera cayó un 2,9 por ciento, el comercio un 3,2 y la construcción un 1,8. Los grandes ganadores son actividades exportadoras capaces de generar divisas, pero con menor incidencia directa sobre el empleo urbano y el entramado de pequeñas y medianas empresas.
Por cada diez empleos industriales se generan, según el análisis de Cristian Módolo en esta edición , otros 25 puestos indirectos en el comercio, los servicios y diferentes ramas fabriles. La recuperación no viaja a la misma velocidad por todo el territorio: algunas actividades funcionan como islas productivas, exportan y generan dólares, mientras el resto del tejido económico sigue sin despegar.
Ese telón de fondo es decisivo para interpretar el QMonitor. El equilibrio fiscal puede conservar un apoyo amplio mientras sea asociado con estabilidad. Pero su solidez política dependerá de cómo se distribuyan sus costos. Si el orden de las cuentas públicas se combina con pérdida salarial, empleo precario, cierres de empresas y caída del mercado interno, la zona gris puede modificar su posición.
Santilli, el conservador profesional
La llegada de Diego Santilli a la Jefatura de Gabinete es mucho más que un puente hacia una eventual candidatura a gobernador. Es una pieza del proyecto de consolidar la alianza entre la ultraderecha libertaria y la derecha tradicional, extender el pensamiento conservador y disputar la franja de opinión pública que todavía no fue capturada de manera estable por ninguno de los dos bloques.
Santilli no es un saltimbanqui ideológico. Es un profesional de la política conservadora. Lo fue dentro del peronismo con Miguel Ángel Toma, siguió siéndolo dentro del PRO y ahora cumple el mismo papel como alfil de Karina Milei y de su proyecto para que Su Excelencia sea reelegido.
En los últimos años saltó desde la Ciudad Autónoma de Buenos Aires a la provincia de Buenos Aires. En las elecciones legislativas de 2025 ocupó el segundo lugar de la lista encabezada originalmente por José Luis Espert. La consigna fue sencilla: “Si votás al Pelado, votás al Colorado”. Le salió bien.
Santilli no ocultó nunca que quiere ser gobernador de la provincia de Buenos Aires. Si será o no el candidato libertario en 2027, nadie puede saberlo todavía. Pero su función actual supera la preparación de una candidatura personal. Desde la Jefatura de Gabinete puede aspirar a convertirse en el articulador de una mayoría conservadora que sume a la base consolidada del oficialismo ultraderechista una parte de la zona gris detectada por QSocial.
La principal tarea de Santilli es seguir asfixiando a la provincia de Buenos Aires, haciendo desde la Jefatura de Gabinete lo que ya desplegó desde el Ministerio del Interior. Santilli apoyó o ejecutó el recorte de fondos nacionales destinados a transporte, educación, salud, obra pública y asistencia alimentaria.
La asfixia tiene dos metas que no se contradicen. Por un lado, obligar a Axel Kicillof a concentrarse en pagar sueldos y aguinaldos, atender la emergencia y defenderse de la tormenta, sin margen para pensar a largo plazo. Por otro, encerrarlo en esa defensa y dificultar una proyección nacional. No se trata solamente de una eventual candidatura presidencial de Kicillof, sino de impedir la articulación de un frente político de alcance nacional que represente los intereses y sentimientos de los sectores perjudicados por Milei.
Si Buenos Aires se limita a defenderse, quedará en una posición perdedora. Y si el resto de las provincias considera que su problema es Buenos Aires o Kicillof, y no la política ultraliberal y antilaboral del Gobierno nacional, también saldrá perdiendo.
Karina Milei puso a un profesional a fragmentar el campo nacional. Su desafío consiste en convertir el 36 por ciento liberal-conservador en una mayoría, conquistar parte del 30 por ciento mixto y evitar que la caída económica vuelva a reunir a los sectores sociales afectados por el modelo.
Si Santilli llegara a pensar que es un mago, estará olvidando que tiene una gran contra: Javier Milei. Es decir, la realidad cotidiana. La baja de ingresos, el trabajo precario y la falta de futuro. El punto clave es si las fuerzas opositoras consiguen transformar esa realidad, y también la percepción negativa, en una esperanza distinta de la que el Gobierno intenta sostener con su idea de que estamos mal, pero vamos bien. Si ofrecen una perspectiva nítida. No más radicalizada. Nítida. Concreta. Comprensible. Y nacional.
La representante del organismo afirmó “con liviandad sorprendente que la pobreza había pasado del 50% al 20% durante la gestión de Javier Milei”, y es inexacto, señala el autor. Habló del “éxito” de Bulgaria, su país, a pesar de que “terminó atravesando una profunda crisis demográfica y social con las recetas del Fondo”.
Los últimos datos continúan mostrando una caída del consumo, el congelamiento de los bonos para jubilados y una reducción del salario real que ya no puede ser disimulada.
Aunque cabe suponer que la representante del FMI debería manejar cifras rigurosas, la Sra. Georgieva afirmó con una liviandad sorprendente que la pobreza había pasado del 50% al 20% durante la gestión de Javier Milei, presentándolo como un resultado exitoso que debía celebrarse.
Las cifras conocidas —que pueden ser discutidas por la relatividad de ciertas mediciones— muestran una realidad diferente: hablan de un 41,7% de pobreza al finalizar el gobierno de Alberto Fernández y de aproximadamente un 30% en el último semestre. La distancia entre esos valores y la afirmación realizada por la titular del FMI es demasiado significativa como para ser ignorada.
Además, omitió deliberadamente un aspecto esencial: la inflación no desapareció, sino que previamente pulverizó salarios, jubilaciones y ahorros, como lo muestran las estimaciones conocidas. ¿De qué sirve hablar de una desaceleración inflacionaria si antes millones de argentinos sufrieron una transferencia brutal de ingresos hacia los sectores más concentrados de la economía?
No existe un triunfo económico cuando la estabilidad se obtiene a costa de una caída del consumo, del cierre de empresas, del deterioro del empleo y de un poder adquisitivo que continúa debilitándose.
De las expresiones difundidas por los medios, uno de los aspectos más llamativos fue que Georgieva presentara a Bulgaria como ejemplo, señalando que después de atravesar circunstancias difíciles las cosas pueden cambiar para mejor, y que eso mismo ocurrirá con la Argentina. Lo que no mencionó la Sra. Georgieva es que Bulgaria, después de aplicar durante décadas muchas de las recetas que el FMI promovió en distintos países —privatizaciones indiscriminadas, ajuste permanente y reducción del papel del Estado—, terminó atravesando una profunda crisis demográfica y social.
Su población pasó de alrededor de nueve millones de habitantes a poco más de seis millones. Miles de jóvenes emigraron en busca de oportunidades que su propio país ya no podía ofrecerles, en un proceso de transformación que convirtió a Bulgaria en uno de los países con mayores niveles de pobreza y desigualdad dentro de la Unión Europea.
Si ese es el ejemplo que propone el FMI, resulta legítimo preguntarse cuál es el destino que imaginan para la Argentina: menos Estado, menos industria, menos trabajo y menos argentinos. Para estos organismos internacionales, las personas parecen reducirse muchas veces a cifras dentro de una planilla económica, números que pueden modificarse para que coincidan con los objetivos de los programas diseñados en sus oficinas.
Tampoco fue casual la agenda de Georgieva al decidir compartir una cena con un reducido grupo de los empresarios más poderosos del país: representantes de grandes bancos, del sector energético, financiero, tecnológico y agroexportador. Allí estuvieron ejecutivos de IRSA, Pan American Energy, Mercado Libre, Ualá y AmCham. No hubo una sola pyme, ningún industrial textil, ningún representante del comercio, de las economías regionales ni de los miles de empresarios que todos los días luchan por sobrevivir.
El itinerario de la titular del FMI dejó en evidencia quiénes son los interlocutores privilegiados de un modelo económico que beneficia a una minoría mientras castiga a la producción nacional. Esto no resulta difícil de comprender porque responde a una lógica habitual del organismo: destacar aquellos indicadores que considera favorables, aunque otros datos de la realidad contradigan la imagen de éxito económico que buscan transmitir los funcionarios del Gobierno.
Más de 26.000 empresas dejaron de existir mientras se celebran indicadores financieros que benefician principalmente a determinados sectores. Detrás de cada empresa que cierra hay familias sin trabajo, proveedores que desaparecen y comunidades enteras que pierden oportunidades. Sin embargo, esta dimensión social rara vez aparece en las evaluaciones del FMI, como demuestra su participación histórica en los programas de ajuste aplicados en la Argentina.
Como si las exigencias habituales del organismo no fueran suficientes, Georgieva tuvo además la audacia de sugerir que los argentinos saquen los dólares «del colchón» como un elemento que contribuya al funcionamiento de la economía. Esa expresión constituye, en cierto modo, una confesión involuntaria de las dificultades que enfrenta el propio modelo que vino a respaldar, un modelo que difícilmente hubiera podido sostenerse sin los US$ 20.000 millones acordados con el FMI en 2025 y el swap del Tesoro de los Estados Unidos otorgado meses después.
Si luego de semejante ajuste la principal alternativa consiste en pedirle a la sociedad que utilice sus ahorros, queda en evidencia la ausencia de una estrategia genuina de desarrollo. Ningún país serio construyó crecimiento apelando al dinero que las familias guardan para protegerse de la incertidumbre. Los países crecen mediante inversión, crédito, producción, industria y trabajo.
Sin embargo, para determinados sectores del pensamiento económico, estas cuestiones parecen quedar subordinadas a planes elaborados desde oficinas ubicadas a miles de kilómetros de distancia, alejadas de las realidades sociales que atraviesan los países donde esas políticas se aplican.
El problema es que el FMI continúa observando a la Argentina desde sus planillas de cálculo. Mide variables financieras, pero muchas veces ignora el cierre de fábricas, la caída del consumo, el deterioro de las jubilaciones y el empobrecimiento de amplios sectores de la clase media. Para esa mirada, si determinados números cierran, el modelo funciona, aunque el costo sea el deterioro de la estructura social y productiva.
Después de décadas de intervención del organismo en la economía argentina, nada de esto debería sorprendernos. Durante la década de 1990, cuando J.P. Morgan y el Citibank tuvieron una participación relevante en el diseño del esquema financiero argentino, se impulsaron políticas que incluyeron la venta de empresas públicas, la privatización del sistema previsional, la reforma de la legislación laboral y la reducción del empleo público, bajo el argumento de adecuar al país a las exigencias de los mercados internacionales.
Esto no constituye una apreciación meramente subjetiva. En los archivos de la cartera económica existen documentos y comunicaciones de organismos internacionales como el FMI, el Banco Mundial y el Banco Interamericano de Desarrollo que reflejan las recomendaciones y condiciones planteadas para orientar las reformas implementadas.
El FMI nunca fue un observador neutral, porque interviene desde la posición del principal acreedor financiero de la Argentina. Nuestro país mantiene actualmente una deuda con el organismo que supera los US$ 59.000 millones, una cifra que representa una proporción significativa de la cartera mundial de préstamos del Fondo.
El año próximo la Argentina deberá afrontar pagos por aproximadamente US$ 7.500 millones al FMI y, posteriormente, compromisos anuales de intereses que condicionarán durante años el destino de una parte importante de la riqueza que genera el país.
Por esa razón, no resulta casual que Georgieva haya sido llevada a Vaca Muerta: allí podía observar uno de los sectores estratégicos que el Gobierno presenta como garantía futura para cumplir con los compromisos asumidos.
A pesar de los distintos acuerdos firmados, con las inevitables condicionalidades que los acompañaron, la Argentina continúa recurriendo al FMI como si los antecedentes históricos del organismo carecieran de importancia.
Como ha señalado Noemí Brenta en sus estudios sobre la relación entre nuestro país y el Fondo, la historia de esos vínculos demuestra una sucesión de programas que no sólo tuvieron consecuencias económicas, sino también políticas y sociales.
Sin embargo, pocas veces se cuestiona una estructura institucional que, por sus características, posee prerrogativas e inmunidades excepcionales frente a los Estados miembros. Esto permite que sus decisiones y eventuales responsabilidades no puedan ser examinadas con los mismos mecanismos jurídicos que se aplican a otros actores internacionales.
Las críticas al FMI suelen concentrarse en las consecuencias de sus políticas económicas, especialmente en los efectos de los planes de ajuste y las condicionalidades impuestas. Pero existe mucho menos debate sobre el poder internacional del organismo, su estructura institucional y el marco jurídico que regula su actuación.
Aunque la relación de la Argentina con el FMI comenzó en 1957 y el primer acuerdo stand-by fue firmado en 1958, pareciera que nuestro país no ha aprendido suficientemente de las consecuencias dejadas por los sucesivos programas, sus exigencias y sus condicionalidades.
Hoy, el gabinete económico y el presidente Javier Milei se muestran junto a Kristalina Georgieva para exhibir que todo marcha de acuerdo con el plan, mientras la directora gerente del organismo señala cuál debe ser el camino económico de la Argentina.
Como si no bastara el alineamiento con la política exterior de los Estados Unidos, también pareciera pretenderse que el futuro económico del país quede condicionado por quienes, una y otra vez, promovieron políticas que profundizaron el endeudamiento, la dependencia y la desigualdad.
Por eso resulta llamativo que quienes otorgaron los préstamos sean los mismos que hoy presentan como exitoso un programa cuyos costos recaen sobre la producción, el trabajo y el consumo. Un modelo que destruye empresas, debilita el mercado interno y concentra la riqueza difícilmente pueda ser considerado un éxito por quienes sufren sus consecuencias cotidianas.
Georgieva eligió reunirse con los sectores que resultan favorecidos por este esquema económico; no con quienes producen, invierten y generan empleo en todo el territorio nacional. Eligió escuchar a los bancos y a las grandes corporaciones antes que a las pequeñas y medianas empresas, y celebrar un ajuste que exige sacrificios a millones de argentinos mientras preserva los intereses de una minoría.
En definitiva, el paso de Kristalina Georgieva por la Argentina dejó una imagen que resulta más elocuente que cualquier declaración oficial: el FMI continúa evaluando los programas económicos fundamentalmente por su capacidad para garantizar el pago de la deuda y el cumplimiento de las metas fiscales, aun cuando ello implique deteriorar el aparato productivo, ampliar la desigualdad y limitar las posibilidades de desarrollo.
La historia argentina demuestra que cada vez que el país subordinó sus decisiones económicas a las exigencias del Fondo, el resultado fue un aumento de la dependencia, un mayor endeudamiento y una reducción de los márgenes de soberanía para definir su propio camino.
Tal vez la principal enseñanza pendiente no sea cómo negociar con el FMI, sino cómo construir un proyecto nacional capaz de dejar de necesitar su tutela. Porque una economía no puede considerarse exitosa únicamente porque determinados indicadores financieros mejoren mientras se deterioran las condiciones de vida de la mayoría de la sociedad.
El verdadero desafío para la Argentina no es solamente estabilizar sus cuentas, sino recuperar la capacidad de producir, generar empleo, sostener una industria propia y construir un modelo de desarrollo donde las personas no sean una variable secundaria de las planillas económicas.
El FMI podrá seguir evaluando resultados desde sus oficinas internacionales, pero el juicio definitivo sobre cualquier política económica siempre pertenece a las sociedades que deben vivir con sus consecuencias.
Por Gustavo Matías Terzaga. Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.
La verdadera dimensión política del gesto protagonizado por los jugadores de la Selección Argentina de fútbol al exhibir en EEUU y ante el mundo la bandera de las Islas Malvinas difícilmente sea comprendida, asumida y mucho menos capitalizada por la dirigencia que administró el país durante las últimas décadas de democracia. No parece en condiciones de hacerlo aquella parte que se reivindica heredera de la tradición nacional y popular, pero que redujo demasiadas veces la cuestión soberana a una evocación ritual desprovista de estrategia, ni, desde luego, el sector que convirtió la subordinación geopolítica, económica y cultural de la Argentina en un programa explícito de gobierno.
El acto de los futbolistas al confirmarse el triunfo sobre el equipo inglés, condensó, con una sencillez que la política profesional ya no suele alcanzar, una cuestión histórica todavía abierta; la existencia de una Nación inconclusa que continúa reclamando soberanía sobre una parte ocupada de su territorio y que, al mismo tiempo, sigue sin construir los instrumentos materiales, diplomáticos y culturales necesarios para sostener esa reivindicación como política efectiva de poder. Frente a millones de personas, los jugadores hicieron visible la continuidad de una verdad histórica que sobrevivió a la derrota militar, a la desmalvinización y a décadas de pedagogía colonial. La paradoja hoy es que ese gesto espontáneo expresó, con mayor claridad el lugar de la Argentina en el mundo, que buena parte de quienes tuvieron la responsabilidad institucional de definirlo.
Lo del 15 de julio del 2026 fue un hecho político de alcance internacional. En el escenario de mayor visibilidad del planeta, los representantes de nuestra Selección Nacional firmaron un potente principio de soberanía y convirtieron una victoria deportiva en un mensaje político directo dirigido al mundo; la cuestión Malvinas continúa siendo una causa nacional irrenunciable. Y todo aquel que no lo sabía, ahora lo sabe. Es un avance difícil de medir.
¿Porqué Malvinas?
Hablar de Malvinas no es hablar de una efeméride. No es evocar un episodio cerrado en el pasado ni una herida que se recuerda por compromiso moral o estrictamente oficial cada 2 de abril. Y es que, en la Argentina, ninguna efeméride es un hecho político clausurado. Todas permanecen atravesadas por las tensiones —muchas veces aún vigentes— que les dieron origen. En cada fecha histórica reaparecen, bajo nuevas formas, las visiones revisionistas, las disputas políticas e incluso partidarias que marcaron aquel momento, como expresión de un país que todavía no ha resuelto plenamente su cuestión nacional en términos históricos.
Lo cierto es que Malvinas sigue siendo un punto activo de una misma lucha histórica para nuestro país. Hablar de Malvinas es, en realidad, hablar de la Argentina misma. Es interrogar nuestro sentido histórico, nuestra conciencia política y, sobre todo, nuestro lugar en el mundo. Malvinas no es un hecho aislado, sino una expresión concreta —y persistente— de un problema más profundo; el de la soberanía y la autodeterminación en una Nación que, desde su nacimiento, desde las invasiones inglesas en 1806 y 1807, la ocupación ilegal de nuestras islas en 1833, pasando por la Vuelta de Obligado el 20 de noviembre de 1845, ha debido debatirse entre la afirmación de su propio destino o la subordinación a intereses externos. Pero lo cierto es que desde la primera detonación hasta el último disparo, la Vuelta de Obligado fue el acto fundante, en clave moderna, del proyecto de soberanía nacional, por el cual un pueblo, la criollada, supo erigirse como sujeto de su propia historia
Y si sabemos mirar, en Malvinas está todo. Está la unidad nacional, porque es una de las pocas causas capaces de reunir al conjunto del pueblo argentino por encima de sus diferencias. Está el clamor popular, ese pulso profundo que no se apaga y que irrumpe con fuerza cada vez que la Patria es interpelada en lo esencial, desbordando coyunturas y dirigencias, y reafirmando —sin mediaciones— la conciencia viva de una Nación que no renuncia a sí misma; allí donde el corazón del pueblo funciona como un refugio impenetrable de autoconciencia, capaz de resistir y bloquear cualquier intento de colonización mental. Está la política de defensa, porque las islas revelan con crudeza la necesidad de pensar estratégicamente nuestro territorio, nuestras capacidades y nuestra proyección en el Atlántico Sur. Están las claves de nuestra geopolítica defensiva, porque Malvinas es la puerta de entrada a la Antártida, el control de rutas marítimas vitales y el resguardo de recursos naturales que definen el siglo XXI. Está también nuestra condición bicontinental, pocas veces asumida en toda su dimensión, que nos proyecta no sólo como nación sudamericana sino como actor en el sistema austral. Está la unidad regional, porque sin una América Latina integrada, la defensa de nuestros intereses estratégicos se vuelve frágil frente a las potencias Occidentales. Y Malvinas lo demostró con claridad durante el conflicto de 1982; allí se alcanzaron altos niveles de solidaridad y unidad regional, con países como Perú brindando apoyo concreto, junto a múltiples expresiones de acompañamiento político en la región. Aquella reacción no fue circunstancial, sino la manifestación de una conciencia común frente a una causa que excede a la Argentina y remitió a la persistencia del colonialismo en América Latina. Está, además, nuestra caja y nuestra soberanía marítima, porque en las aguas circundantes se juega el control de riquezas fundamentales —pesca, energía, biodiversidad— que hoy, en gran medida, se nos escapan.
En Malvinas, en definitiva, se sintetiza todo; la dimensión geográfica, comercial, institucional, jurídica, normativa, demográfica, industrial, científica, política, económica, cultural y la voluntad política de existir como comunidad organizada. Por eso, todo proyecto nacional que pretenda jactarse de sí, que aspire a ser algo más que una administración transitoria de la dependencia en clave popular, debe estar necesariamente atravesado por la causa Malvinas. Malvinas no es un capítulo más, sino el punto de partida desde el cual se ordena, o se desordena, toda la política nacional y su programa.
La ceguera política
Sin embargo, y esto es lo penoso, la Argentina carece hoy de una dirigencia capaz de leer esa clase de acontecimientos, como el que ocurrió el 15 de julio, en clave histórica y geopolítica. La cultura política dominante en el campo nacional está atravesada mayoritariamente por las matrices del alfonsinismo y del menemismo. Y desde esas tangentes resulta imposible advertir el enorme valor estratégico de un gesto simbólico cuando éste logra instalar, frente a millones de personas, una reivindicación soberana de alcance universal.
La prueba más elocuente de esa limitación es que ni siquiera doce años de un gobierno que se definió como nacional y popular, como el kirchnerista, asumió plenamente las consecuencias políticas que derivaron de la derrota estratégica de 1982 y de los Acuerdos de Madrid que representan una limitación infinita de la capacidad argentina para articular una estrategia más firme de recuperación de soberanía en el Atlántico Sur. Tampoco se propusieron desmontar los pilares normativos y jurídicos de la dependencia económica construidos durante la última dictadura y consolidados en democracia, entre ellos la vigencia de la Ley de Entidades Financieras, verdadero eje institucional de un modelo orientado a subordinar el crédito y el sistema financiero a intereses ajenos al desarrollo nacional, y que nos ha llevado sin pausa al actual drama nacional, sin que fuesen discutido siquiera.
Esta incomprensión histórica y esa falta de coraje político explica, en buena medida, que hoy sean los mismos intereses que impulsaron el genocidio del gope cívio militar del 24 de marzo de 1976 y los que nos vencieron en Malvinas, los que gobiernan la Argentina vía democrática. La prueba más evidente está a la vista. El presidente Javier Milei fue votado a pesar de haber exhibido una admiración reverencial por Margaret Thatcher, la misma que hundió el Belgrano y ordenó matar a centenares de compatriotas y consolidó la ocupación ilegal británica en nuestro Atlántico Sur.
La brújula siempre es el pueblo
La soberanía también se expresa en la capacidad de un Estado para interpretar los gestos profundos de su pueblo y convertirlos en doctrina, estrategia y política pública. En rumbo, en brújula interior para la orientación de la lucha por una Patria justa y soberana. Es verdaderamente lamentable que un pueblo produzca un acto de afirmación nacional de semejante potencia inserta en un Mundial de Fútbol y su dirigencia política sea incapaz de comprender su significado. Allí se revela una fractura grave que pone de manifiesto una crisis de conciencia histórica que, evidentemente, es disimulada por el ruiderío de las pugnas internas y cupulares.
Ahora bien, si Malvinas es ese punto de partida, nunca tomará verdadero impulso mientras persista el discurso lacrimógeno y minusvalidante de la “guerra sin sentido”. Esa pedagogía de la derrota no es inocente; es heredera del dispositivo desmalvinizador que propone una forma de pensar que funciona como un reflejo condicionado frente a lo nacional. Es, en buena medida, el resultado de una formación cultural que —como advertía Arturo Jauretche— ha sido estructurada para mirar la realidad con categorías ajenas, importadas, incapaces de captar la especificidad histórica de la Nación. Una matriz que se expresa incluso en fórmulas aparentemente compasivas pero profundamente desmoralizadoras, como la reiterada alusión a “los pobres chicos de la guerra”, que, lejos de honrar el sacrificio y el coraje, lo reduce y lo despoja de su dimensión histórica y política.
La inspiración y el porvenir
Una de las grandes tareas pendientes de la Argentina no solamente reside en recuperar instrumentos económicos, militares, productivos, científicos o diplomáticos propios para utilizarlos con inteligencia estratégica, sino también formar una nueva generación de dirigentes que piense el país desde la perspectiva del interés nacional, que comprenda el lugar de la Argentina en el mundo y que desarrolle el coraje político e intelectual para transformar las manifestaciones espontáneas de conciencia popular en decisiones estratégicas de Estado. Dicho de otro modo, forjar una dirigencia que pueda estar a la altura de un pueblo tan maravilloso como el nuestro.
Malvinas no se reduce a un reclamo diplomático ni a un recuerdo emotivo u oficial cada 2 de abril; Malvinas es una definición de presente y de futuro. El día que logremos asumirla en toda su dimensión —sin fragmentaciones, sin prejuicios, sin renuncias— estaremos en condiciones de dar el paso decisivo para dejar de reclamar soberanía para empezar, verdaderamente, a ejercerla.
Hemos heredado de nuestros héroes y Veteranos de Malvinas una espada que no es sólo memoria, sino mandato; en su juramento de dar la vida por la Patria está contenida la inspiración y la exigencia de encontrar la voluntad política necesaria para poner de pie un proyecto verdaderamente soberano.
Por ahora, sólo queda agradecerles a los jugadores de nuestra Selección Nacional. Con un gesto sencillo, espontáneo y profundamente argentino, lograron poner nuevamente a Malvinas en el centro de la escena mundial y, al mismo tiempo, dejar al descubierto muchas de nuestras tensiones históricas. A veces, un grupo de futbolistas consigue recordar con una bandera pintada a mano aquello que la política, durante décadas, no siempre ha sabido convertir en una reflexión colectiva sobre el lugar de la Argentina en el mundo.
A 74 años de su muerte, la relación de Eva Perón con la CGT explica buena parte de lo que el sindicalismo argentino todavía discute sobre sí mismo. El 26 de julio de 1952 no murió una funcionaria ni una primera dama. Murió el nexo que unía a Perón con el movimiento obrero organizado sin intermediarios burocráticos. Norberto Galasso lo plantea con precisión en La compañera Evita: la desaparición física de Eva alteró en parte la arquitectura de poder del gobierno peronista en un momento en que esa estructura de poder ya mostraba tensiones entre el ala sindical, las fuerzas armadas y los sectores más conservadores del propio movimiento. Fermín Chávez, en Eva Perón en la historia, insiste en un punto complementario: Evita no era un apéndice del poder de Perón sino un centro de poder propio, con lógica, agenda y base social diferenciadas.
1952: el año en que el equilibrio se rompió
Para entender lo que significó su muerte hay que entender primero qué garantizaba su presencia. Eva ocupaba un lugar que ningún otro dirigente peronista podía llenar: hablaba con la CGT sin pedir permiso, resolvía conflictos gremiales sin pasar por los ministerios, y sostenía una relación directa con las bases.
Galasso describe el año 1952 como un punto de quiebre en la ecuación de poder del peronismo. Con Eva viva, el ala sindical de la CGT tenía una interlocutora que no negociaba desde la lógica del aparato estatal sino desde la lógica del compromiso con las bases. Sin ella, ese canal se cerró. Perón quedó más expuesto a la negociación con la cúpula militar y con sectores empresariales que veían en Eva un obstáculo para sus propios intereses. El gobierno no colapsó en 1952, pero perdió un instrumento de contención social ante la avanzada de la reacción.
La columna vertebral no era una metáfora
Decir que la CGT era la «columna vertebral» del movimiento peronista se volvió una fórmula repetida hasta el desgaste. Pero en el vínculo con Eva esa expresión tenía un contenido concreto. Chávez documenta cómo Eva construyó con los sindicatos una relación que combinaba afecto genuino y cálculo político: visitaba fábricas, recibía delegaciones obreras en su despacho a cualquier hora, y trataba los reclamos gremiales como asuntos de Estado, no como trámites administrativos.
Esa relación funcionaba en las dos direcciones. Eva necesitaba a la CGT como base de sustentación política frente a los sectores del peronismo que desconfiaban de su protagonismo. La CGT necesitaba a Eva como garantía de que sus demandas llegaban a Perón sin filtros. Ninguna de las dos partes la entendía como un vínculo simbólico. Era, en los términos que usa Chávez, un pacto de representación directa entre el poder político y las bases trabajadoras.
La candidatura de 1951: el punto más alto de esa alianza
El momento que mejor ilustra esa relación orgánica ocurrió en agosto de 1951, en el Cabildo Abierto del Justicialismo. La CGT, no el aparato partidario, impulsó la fórmula Perón-Eva Perón para las elecciones de 1952. Fue un acto sindical el que llevó adelante esa candidatura, con delegaciones obreras llenando la avenida 9 de Julio para reclamar la fórmula completa.
Eva terminó renunciando a la candidatura semanas después, presionada por las fuerzas armadas y por sectores del propio peronismo que no toleraban una vicepresidenta con ese nivel de arraigo popular. Pero el episodio quedó como prueba de algo que ni Galasso ni Chávez discuten: para 1951, el poder sindical organizado ya consideraba a Eva una dirigente propia, no una figura decorativa del gobierno. La renuncia no borró esa relación. La confirmó, porque mostró hasta dónde estaba dispuesta a llegar la CGT para sostenerla y cuánto costó frenarla.
Sindicalización, mujeres trabajadoras y estructura de poder obrero
El aporte de Eva a la organización gremial no se limitó al vínculo personal con los dirigentes de la CGT. Impulsó la sindicalización de sectores que hasta entonces quedaban fuera de la negociación colectiva, particularmente el trabajo doméstico y otros oficios feminizados que el sindicalismo tradicional no priorizaba. La fundación del Partido Peronista Femenino en 1949 tuvo una función política evidente, pero también una función gremial: organizó a mujeres trabajadoras como sujeto político con demandas propias, no como apéndice de las estructuras sindicales masculinas.
Esa doble intervención, sobre el sindicalismo existente y sobre los sectores no organizados, amplió la base social del peronismo obrero. Chávez sostiene que ese proceso no fue espontáneo: Eva lo empujó de manera deliberada, entendiendo que el poder del movimiento dependía de la extensión de la organización gremial, no solo de su profundidad en los gremios ya consolidados.
Qué queda de esa relación hoy
El sindicalismo argentino invoca a Eva Perón con una frecuencia que a veces vacía el gesto de contenido. Pero el núcleo de lo que representó para el movimiento obrero sigue siendo específico y relevante: la idea de que la representación sindical no se agota en la negociación paritaria, sino que incluye una disputa por el lugar del trabajador en la estructura social completa.
Galasso remarca que Eva politizó la cuestión social de un modo que trascendía la mejora salarial puntual. Chávez agrega que su legado no puede leerse como un capítulo cerrado de la historia peronista, porque las tensiones que ella encarnó (la relación entre dirigencia sindical y bases, entre organización gremial y poder político, entre demandas económicas y demandas de dignidad) siguen atravesando al sindicalismo argentino.
Evita: Una ausencia que sigue operando
Setenta y cuatro años después, la muerte de Eva Perón todavía funciona como una clave de lectura para entender los límites y las posibilidades del vínculo entre el movimiento obrero organizado y el poder político. Su figura no interesa al sindicalismo como objeto de nostalgia. Interesa porque planteó, y en buena medida resolvió durante los años que vivió, un problema que el peronismo sindical sigue enfrentando: cómo sostener una representación directa de las bases trabajadoras que no dependa exclusivamente de la buena voluntad de la conducción política de turno.
Ese problema no lo resolvió el peronismo después de 1952. Por eso Eva sigue siendo, para el sindicalismo argentino, menos un símbolo que una pregunta sin cerrar.
* Columnista de Mundo Gremial: «Memoria de Lucha: Archivo Vivo del Sindicalismo Argentino». Docente de la materia Pensamiento Nacional y Latinoamericano, Departamento de Planificación y Políticas de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa)
Lo que empezó como un episodio deportivo escaló en horas a una narrativa internacional de desprestigio contra la Selección, su capitán y el país entero, amplificada por un ecosistema mediático concentrado y con métricas de manual. Para el medio de defensa más leído de Hispanoamérica, este caso no es una anécdota futbolera: es la demostración en tiempo real de cómo funciona la guerra cognitiva — y de cuán expuesta está la Argentina cuando decide rifar los activos que la protegen.
Hace unos años escribí, en un trabajo académico para la Universidad de Santiago de Compostela, que la comunicación se había convertido en el campo de batalla del siglo XXI: que la información se había letalizado, que las guerras modernas se libran tanto en las redes como en el terreno, y que los países periféricos —con instituciones más frágiles y menos capital político para resistir presiones— serían el escenario predilecto de esas operaciones. Puedo sostener que cuando lo escribí pensaba en Ucrania, en Siria, en las primaveras árabes, en las aproximaciones hibridas de las potencias. No pensaba que la demostración más didáctica del fenómeno, aplicada a la Argentina, iba a llegar por el lado de un partido de fútbol. Y sin embargo acá estamos: viendo cómo una jugada, un pasado festejo y una bandera se convirtieron en cuestión de horas en una narrativa internacional coordinada cuyo objetivo excede largamente lo deportivo. El blanco aparente es Lionel Messi. El blanco real parece otro.
Desde este medio, y como reconocimiento al mayor exponente de poder blando que tiene este país, nos proponemos una rápida columna. Pero vayamos a reconstruir el mecanismo de lo que pasó, porque el mecanismo es la noticia. Un episodio de impacto politico, pero menor en un estadio —del tipo que ocurre en cualquier mundial, protagonizado por cualquier selección— es tomado por un puñado de cuentas de altísimo alcance del ecosistema mediático británico. Un conductor televisivo con nueve millones de seguidores transforma la reacción deportiva en agresión nacional e invoca, sin pudor alguno, la guerra de Malvinas: desea que a los argentinos “los derroten tan duramente como nosotros los derrotamos” en 1982. Una cadena deportiva con más de dos millones de seguidores instala en simultáneo la narrativa del castigo: Argentina “arriesga sanciones”, Argentina es favorecida por los árbitros, Argentina es “vergonzosa”. Un tabloide del mismo conglomerado corporativo —porque varias de estas usinas responden al mismo paraguas empresarial— remata con los calificativos morales: shameless, disgraceful. Trece millones de seguidores potenciales entre tres cuentas, mensajes sincronizados en ventana de horas, escalada semántica de lo deportivo a lo nacional y de lo nacional a lo militar. Del otro lado del Atlántico, grandes cabeceras estadounidenses que venían sembrando desde hace meses una smear campaign cuidadosamente armada contra el país y su selección recogen el guante y le dan volumen global. Nada de esto prueba, por sí solo, quién originó la operación. Pero prueba algo más importante: que existió una operación, con actores identificables, frases fabricadas para viralizar y la masa crítica de audiencia necesaria para que los algoritmos hicieran el resto.
OSAVUL
Esto tiene nombre técnico. En la literatura de defensa se llama guerra cognitiva: la disputa por las percepciones, las valoraciones y las emociones de las audiencias como terreno de enfrentamiento en sí mismo. Su materia prima es lo que el clásico Walter Lippmann describió hace un siglo con precisión quirúrgica: cuando la experiencia contradice el estereotipo, el operador mediático no corrige el estereotipo — desacredita al testigo, encuentra el defecto, se arregla para olvidar la contradicción. Argentina, que venia de campeona del mundo, con el futbolista más admirado del planeta como capitán y una hinchada que generó una conexión universal desde el mundial anterior, contradice el estereotipo que ciertos ecosistemas mediáticos necesitan: el del país tramposo… el atorrante, el racista… un villano. Entonces no se discute el estereotipo. Se fabrica el incidente que lo confirme. Y se lo repite —miente, miente, que algo quedará— hasta que la conversación global ya no sea sobre el fútbol argentino sino sobre la vergüenza argentina.
La elección del blanco tampoco es casual, y acá es donde el análisis de defensa tiene algo que decir que el análisis deportivo no alcanza a ver. Messi no es solamente un futbolista: es el principal activo de poder blando que tiene la República Argentina. Para este redactor es asi. Si quieren lo discutimos.
En términos de Joseph Nye —el teórico que definió el soft power como la capacidad de influir por atracción antes que por coerción—, la figura de Messi vale más que embajadas enteras: un ídolo global percibido universalmente como talentoso, humilde y decente, que transfiere la simbología y emotividad de una remera con franjas celestes y blancas. Degradar esa figura —convertir al héroe deportivo en símbolo de trampa y arrogancia— no es un daño deportivo: es un daño estratégico. Es exactamente lo que muchos analistas y academicos en materia de comunicacion describieron como la construcción de la “imagen enemiga”: estereotipar, simplificar y negativizar las características de un actor a través de un mensaje emocional dirigido, para erosionar su legitimidad ante audiencias globales. Se hizo con países enteros antes de cada intervención de las últimas tres décadas. Aplicado a una selección de fútbol, el manual es idéntico; solo cambia la escala.
El país que se construyó siendo lo contrario de lo que ahora le atribuyen
Chris Carlson / Ap Photo/Chris Carlson
Quiero detenerme un poco aca, porque la difamación duele el doble cuando ataca precisamente aquello que mejor define la simbología de un pais. La Argentina que estas usinas presentan como racista, intolerante y vergonzosa es el país que durante un siglo y medio recibió a todos los que quisieron habitar su suelo — gallegos e italianos, sirios y libaneses, judíos de Europa oriental y armenios que escapaban del genocidio, croatas, japoneses, coreanos, bolivianos, paraguayos, venezolanos. Sin guerras religiosas, sin conflictos étnicos, sin guetos impuestos. El famoso crisol de razas fue un hecho: es una rareza histórica mundial que la Argentina construyó y sostuvo mientras buena parte del planeta se mataba por identidades. Ese capital es un componente central del prestigio argentino en el mundo, y eso no debe taparse bajo ningun punto de vista por una campaña bien segmentada, operativizada y ayudada por los infames algoritmos. Que la operación de desprestigio apunte justamente ahí, a pintar de intolerante a un país que ha sido refugio, confirma que el objetivo no es corregir una conducta sino desarmar una identidad.
La pregunta incómoda… ¿por qué la Argentina resulta hoy un blanco tan barato? Y la respuesta tiene dos partes que este medio, precisamente por ser el más leído en materia de defensa en Hispanoamérica, tiene la obligación de plantear. La primera: porque somos comunicacionalmente indefensos. No existe en la estructura del Estado argentino una capacidad seria de monitoreo, atribución y respuesta ante operaciones de información hostiles. Las potencias estructuraron hace años comandos y agencias dedicadas a la guerra informacional; nuestros vecinos discuten doctrinas de ciberdefensa que incluyen la dimensión cognitiva; la Argentina ni siquiera tiene el debate.
La segunda parte es más profunda… porque un país que antagoniza vociferantemente en el concierto internacional, que rompe puentes de equilibrio y cautela construidos durante décadas, que convierte su política exterior en un péndulo de alineamientos absolutos según el humor de cada gestión, se vuelve un blanco legítimo ante las audiencias globales. La guerra cognitiva no crea vulnerabilidades: las explota. Cuando la Argentina se planta en el mundo desde la estridencia y la dicotomía —cualquiera sea el signo ideológico de turno—, le regala a cualquier operador la materia prima del estereotipo: el país gritón, imprevisible, fanático. Nuestra mejor tradición de política exterior fue exactamente la contraria: la del país que hablaba con todos, comerciaba con todos, recibía a todos y era tomado en serio precisamente por eso. El soft power argentino no nació con un mundial: se construyó desde la formación misma de las instituciones de este país, con la educación pública que atrajo a las élites de la región, con los premios Nobel, con la ciencia, con la cultura que se exporta sola y muchisimos etceteras más.
¿Qué hacermos entonces? Primero, llamar a las cosas por su nombre: esto fue una operación de guerra cognitiva de baja intensidad contra un activo estratégico argentino, y merece ser analizada con las categorías de la defensa, no solo las del periodismo deportivo. Segundo, construir la capacidad institucional que no tenemos: la protección de la imagen-país ante operaciones de información hostiles debe formar parte de la agenda de defensa y de política exterior argentina, con doctrina, con estructura y con presupuesto, como ya lo es en medio mundo. Tercero: recuperar la disciplina estratégica de no regalar nuestro estereotipo. Cortemos con que todo lo que hizo la Argentina hasta hace 2 o 3 años fue pésimo.
Mientras seguimos debatiendo, ojalá que la figura que mas poder blando construyó para la Argentina siga jugando. Por aca unas líneas en homenaje.
Esta es una aproximación que pretende indagar acerca del temprano interés sobre la figura de Artigas en la provincia de Entre Ríos y su reivindicación como protagonista imprescindible del proceso emancipador de nuestra América.
Hallamos que a partir de la década de 1930 si inicia el interés en los estudios académicos sobre la figura de Artigas en Entre Ríos. Esta vocación artiguista también se proyecta en las letras y en la visibilización a través de los monumentos públicos. No obstante, no sucede lo mismo con su inclusión en el currículum escolar, carencia que continúa hasta nuestros días.
Un ejemplo de lo dicho es el Seminario de Historia Argentina y Americana, desarrollado durante 1936 en el Instituto Nacional del Profesorado Secundario de Paraná, bajo la dirección del Profesor Dr. José Luis Busaniche, que llevó a cabo un valioso trabajo de rescate del artiguismo en la provincia, que contó con un entusiasta grupo de alumnos, luego caracterizados historiadores y trabajadores de la cultura, entre ellos: Facundo Arce, Manuel Demonte Vitale, Inés Géricke, Nélida Reynoso, Manuel E. Macchi y Víctor M. Badano.
Como producto de ese Seminario vieron a la luz varias publicaciones, como Artigas y el Directorio, de Víctor Badano en la revista Tellvs (Paraná, número 4, 1948), y Artigas heraldo del federalismo rioplatense de Facundo Arce y Manuel Demonte Vitali (Paraná, 1950).
Acerca del impulsor de la iniciativa dice Facundo Arce: “El Dr. José Luis Busaniche, a quien rendimos nuestro fervoroso homenaje de gratitud, cumplió en Paraná, como Profesor de su más alta casa de estudios, una acción proficua, señalando una orientación definida y clara a los que nos conocíamos entre sus discípulos. De sus lecciones quedaron enseñanzas duraderas y no es exagerado decir que, de entonces acá, estimamos de otra manera, como debe ser según la verdadera justicia, la historia nuestra. Este maestro ha sido de los que en hora temprana se dieron a la tarea nada fácil ni cómoda por cierto, de liberar a la historia de las adherencias puestas por la pasión, el interés o simplemente la ignorancia.”
Lamentan los autores que no se haya podido publicar en su momento, en su totalidad, los textos del seminario y que es esta oportunidad no se pudieran reunir los correspondientes a los otros atuores: Gérike, Reynoso y Macchi.
Víctor Badano, por su parte, en 1948 publica su trabajo en la revista Tellvs, una publicación de la Dirección de Cultura de la Provincia. Este se refiere específicamente al Congreso del Arroyo de la China.
También recordemos los trabajos de César B. Pérez Colman que a fines de la década del 40 fue invitado a dictar una conferencia en Montevideo, frustrada por la temprana muerte del historiador entrerriano. Los apuntes de la misma son rescatados y publicados por Oscar Tavani Pérez Colman en 2011. En la misma se refiere la actuación en Entre Ríos del “Protector y Padre de las patrias rioplatenses, y factor predominante de la creación del Estado de Entre Ríos”. Obsérvese el lenguaje utilizado.
En la poesía
Por el costado literario el poeta del Montiel, Delio Panizza, en su extenso poema Artigas publicado en 1950, rescata la gesta del caudillo. Reivindica el congreso de Arroyo de la China de 1815 que convocó a representantes de toda la Liga de los Pueblos Libres. La poesía canta los esfuerzos de Artigas para mantener la unidad: “las busca, las atrae, / las quiere ver al fin confederadas / en un lazo perenne” de federalismo y democracia, escribe Panizza.El libro es publicado, en el centenario de la muerte del caudillo, por la Sociedad Criolla “Doctor Elías Regules” tras su participación en Montevideo de los actos conmemorativos del centenario de la muerte de Artigas, donde leyó el poema.
En la nota al libro, el propio Panizza pretende que su obra sea “mi homenaje al Protector de los Pueblos Libres, al gran calumniado de la Historia de América, al fundador del federalismo argentino…”
A partir de la declaración del Congreso de Oriente, dice Panizza, “…Queda libre la Patria / del porteño falaz y el godo hidalgo; / libre por las cuchillas / puede volar el pabellón creado”.
Don Delio describe la enseña federal como “un himno de llamas dividiendo en diagonal un cielo azul y blanco”. Nuestra bandera, la de la Liga de los Pueblos Libres, grita a los vientos y el poeta talero supo escucharla, al decir del poeta Luis Salvarezza: “Dice Federación esa bandera sesgada por un rayo”.
El poeta oriental Edgardo Ubaldo Genta sostiene “que se trata del más extenso himno que poeta alguno escribiera a la gloria del inmensurable Protector de los Libres, uno de los más originales héroes de América, y, para nosotros el mayor”.
En otro de los tramos del poema, refiriéndose a Purificación, dice del caudillo: “Es ejemplo, sanciona y obedece / su propia ley, es jefe y ciudadano / y la “ciudad” bajo sus ojos crece …”
“Allí edifica su primera capilla / para la devoción de sus legiones … / Y la escuela primera se levanta… / Artigas en dinámico proceso / es juez, legislador, ejecutivo… / todo caído por su propio peso / de su notable cerebro pensativo”
En otro libro de Panizza, Montonera (publicado en 1947), el poema En Unión y Libertad lo dedica a Luis Alberto de Herrera, al ser inaugurado en Concepción del Uruguay – en 1943 – el busto de Artigas, confiado por un grupo de ciudadanos uruguayos a la custodia del Instituto Entrerriano de Estudios Históricos.
El primer monumento
Este busto en Concepción del Uruguay es el primero dedicado a Artigas en el actual territorio argentino, que se inaugura el 25 de febrero de 1943, con una conferencia pronunciada por el historiador uruguayo Felipe Ferreiro. En la placa colocada en el monumento se lee: “Confiado a custodia del Instituto Entrerriano de Estudios Históricos como símbolo de perenne amistad entre orientales y argentinos”.
Y no es casualidad la elección de la ciudad, que fue sede del Congreso de Oriente convocado por Artigas en 1815.
“Aspiramos en un primer momento a realizar – para leer en este acto – un trabajo comprensivo de todo el proceso relatado confusamente hasta ahora – del Congreso Federal que en junio de 1815 se reunió en esta hoy riente y progresista ciudad y entonces pobre villa enlutada y transida por los sufrimientos de la guerra”, manifestó en la oportunidad Ferreiro.
Según lo advierte el licenciado Alberto Umpiérrez, la concreción de ese monumento allí y en esas fechas, está vinculada al reconocimiento que le hiciera el Instituto de Investigaciones Históricas Juan Manuel de Rosas de Buenos Aires al Dr. Luis Alberto de Herrera, en diciembre de 1940, con motivo de haber logrado abortar el proyecto de instalar unas bases aeronavales norteamericanas en la costa uruguaya del Río de la Plata. En ese viaje la delegación argentina aprovechó para realizar homenajes a Artigas y a Oribe en sus respectivos monumentos.Bibliografía Salvarezza, L. A., “Delio Panizza, el poeta del Montiel”, en http://genoma.cfi.org.ar/enciclopedia/Evento?eventoId=9065 (Consultado: 29-9-2018) “El primer monumento a Artigas en Argentina”, en http://genoma.cfi.org.ar/enciclopedia/Evento?eventoId=9065 (Consultado: 29-9-2018) “Seminario de Historia artiguista en Paraná”, en http://genoma.cfi.org.ar/enciclopedia/Evento?eventoId=37786 (Consultado: 29-9-2018) Ferreiro, F., Estudios Históricos e Internacionales, (1989), Edición del Ministerio de Relaciones Exteriores, Montevideo, Publicado en la Revista Por la Patria Nros. 2, 3, 4 y 5 año 1943/1944 – Conferencia dictada en Concepción del Uruguay con motivo de la inauguración del primer Monumento a Artigas en Argentina el 25 de febrero de 1943. https://es.wikisource.org/wiki/Artigas_en_el_nacimiento_de_la_Liga_Federal Arce, F. y Demonte Vitale, M., (1950), Artigas heraldo del federalismo rioplatense, Paraná, Nueva Impresora. Panizza, D. (1950), Artigas, Edición de la Criolla, Montevideo. Badano, V. M., “Artigas y el Directorio”, en Tellvs (10 de mayo de 1948), Dirección de Cultura de Entre Ríos, Paraná. Pérez Colman, C. B. Conferencia inédita, en Tavani Pérez Colman, C. B. (2011), Artigas y Entre Ríos”. 1870. “Biografía del historiador de Entre Ríos. Dos estudios inéditos del Dr.César B.Pérez Colman”
Petrobras retomó la construcción de una planta de fertilizantes nitrogenados en Mato Grosso do Sul. La planta se ubica en el centro-oeste de Brasil, región históricamente abastecida con gas de Bolivia. Cuáles son las obras que hacen falta para garantizar exportaciones de gas de Vaca Muerta al Brasil a través de Bolivia.
Petrobras puso en marcha la finalización de un viejo proyecto de planta de producción de fertilizantes nitrogenados en el estado de Mato Grosso do Sul, en una región del Brasil históricamente abastecida por el gas de Bolivia y que ahora busca otras alternativas de suministro, como el gas de Vaca Muerta. La presidenta de la compañía dijo que estudian duplicar la capacidad en cada una de las cuatro plantas de fertilizantes que tiene en Brasil.
La petrolera controlada por el Estado brasileño anunció el jueves la firma de los contratos con las empresas ganadoras del proceso de licitación para retomar la construcción de la Unidad de Fertilizantes Nitrogenados (UFN-III) en Três Lagoas, durante un acto al que asistió el presidente del Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva. Petrobras detuvo la construcción de la planta en 2014.
El proyecto UFN III consumirá 2,2 millones de metros cúbicos diarios (MMm3/d) de gas natural para producir unas 3600 toneladas de urea y 2200 toneladas de amoníaco por día. Petrobras invertirá 5000 millones de reales (cerca de US$ 1000 millones) en el proyecto, cuya puesta en producción se espera para 2029.
Con el inicio de las operaciones en la planta de Três Lagoas, Petrobras pretende cubrir el 35% de la demanda nacional de fertilizantes nitrogenados. La petrolera ya tiene otras tres plantas en los estados de Bahía, Sergipe y Paraná. Estas plantas tienen un consumo máximo de 3,3 MMm3/d. Sumando a la futura planta en Mato Grosso do Sul, las cuatro plantas a plena capacidad demandarían 5,5 MMm3/d.
La presidenta de Petrobras, Magda Chambriard, destacó que la planta UFN-III es estratégica por su ubicación en el centro de la principal región agroindustrial del Brasil, donde se concentra el 40% de la demanda nacional de urea.
“Esta fábrica abastecerá a los mercados de Mato Grosso, Mato Grosso do Sul, Goiás, Paraná y São Paulo. Con ello, logramos una reducción significativa en los costos logísticos, además de una mayor fiabilidad en el suministro para maíz, caña de azúcar, café, algodón y pastos”, afirmó Chambriard.
Producción de fertilizantes en Brasil con gas de Vaca Muerta
Magda Chambriard, presidenta de Petrobras, acompañada por Lula da Silva.
Según Chambriard, la petrolera brasileña esta estudiando duplicar la capacidad de producción en cada una de las cuatro plantas de fertilizantes, lo que implicaría un consumo diario de por lo menos 10 MMm3/d. El gobierno brasileño mira a la producción doméstica de gas offshore para abastecer a las plantas de fertilizantes existentes sobre la costa de Brasil y sus eventuales ampliaciones.
En cambio, el proyecto UFN-III supone una oportunidad para las operadoras en Vaca Muerta interesadas en exportar gas al Brasil a través del gasoducto Gasbol, como sustituto de la menguante producción boliviana de gas. El Gasbol ingresa de Bolivia a Brasil por Corumbá, en el estado de Mato Grosso do Sul.
Petrobras viene dando señales de interés en el gas argentino. La petrolera obtuvo a fines de 2025 un permiso por dos años para importar hasta 180 millones de metros cúbicos anuales en formato interrumpible desde la Argentina, concedido por la Agencia Nacional del Petróleo, Gas Natural y Biocombustibles (ANP). La prioridad sobre esos volúmenes la tendrán las centrales térmicas y clientes industriales.
Por otro lado, la petrolera aún mantiene una presencia mínima en la Argentina a través de su filial Petrobras Operaciones SA (POSA), que cuenta con una participación en el yacimiento de petróleo y tight gas Río Neuquén, ubicado entre las provincias de Río Negro y Neuquén.
La primera exportación de gas argentino proveniente de la Cuenca Neuquina a Brasil la concretó el año pasado TotalEnergies. La compañía francesa realizó su primer envío de gas natural a través del gasoducto Madrejones de la empresa Refinor, que conecta Salta con Bolivia.
Sin embargo, el desarrollo de más oportunidades comerciales por la ruta boliviana todavía requiere de obras einversiones en el sistema troncal argentino para suministrar más moléculas desde Neuquén a la demanda en el norte del país y a la frontera con Bolivia.
Ruta boliviana: qué obras se necesitan para apuntalar el sistema troncal argentino
Puntualmente, una obra prioritaria es la última relativa al proyecto de Reversión del Gasoducto Norte, que consiste en la adecuación de cuatro plantas compresoras para elevar su capacidad de transporte al noroeste del país a unos 19 millones de metros cúbicos diarios desde los 15 actuales. El gasoducto Norte es operado por Transportadora Gas del Norte (TGN).
La estatal Enarsa adjudicó en 2024 las obras de adecuación de esas estaciones a la constructora Esuco. Las obras tenían que estar listas entre marzo y junio de 2025. Sin embargo, se encuentran virtualmente paralizadas por un conflicto por pagos adeudados que la contratista arrastra con Enarsa desde el año pasado.
La empresa constructora atraviesa una situación financiera delicada. En efecto, a principios de este mes inició un proceso de concurso preventivo para reestructurar deudas con más de 800 acreedores.
Adicionalmente, TGN tiene en carpeta un proyecto para construir un nuevo gasoducto entre Tratayén (Neuquén) y La Carlota (Córdoba) que habilitaría más gaspara potencialmente abastecer la demanda interna del norte y litoral del país y atender oportunidades de exportación.
El CEO de la empresa, Horacio Pizarro, adelantó que buscan tomar una decisión final de inversión (FID) en su nuevo proyecto en la segunda mitad de este año, en la última edición del Midstream & Gas Day de EconoJournal.
La empresa transportista ya está encarando la ingeniería básica del proyecto. En ese sentido, aún resta definir la capacidad final de transporte del gasoducto. “Lo haríamos en 36 pulgadas, dependiendo de la demanda que exista podría ser de menos. La idea es juntar un volumen mínimo para lanzar el proyecto, de entre 13 y 15 MMm3. Después es ampliable, pero necesitamos juntar esa demanda para hacerlo realidad”, explicó Pizarro.