El lenguaje y las redes

Por Antonio Montagna

En esta bitácora de un viaje sin destino me encontré, en las obras completas de Nietzsche que editó Tecnos, con un escrito breve que se llama “Sobre el origen del lenguaje”.[1] Son apuntes de clase, los que abren sus lecciones de gramática latina en Basilea, en 1869 y 1870. Ahí ya está en germen buena parte de lo que después va a desarrollar en “Sobre verdad y mentira en sentido extramoral”, aunque eso lo dejo para otro día.

Nietzsche arranca diciendo que:

“el lenguaje no es la obra consciente de alguien ni la de una colectividad”. Y sigue: “todo pensar consciente es posible solo con la ayuda del lenguaje (…) los más profundos conocimientos filosóficos se hallan dispuestos en el lenguaje (…) basta pensar en sujeto y objeto: el concepto de juicio está abstraído de la proposición gramatical; de los conceptos de sujeto y predicado vienen las categorías de sustancia y accidente (…) el desarrollo del pensamiento consciente es perjudicial para el lenguaje (…) un alto desarrollo cultural no puede preservar de la decadencia ni siquiera lo que se ha heredado de forma acabada (…) el lenguaje es demasiado complicado para ser elaborado por un solo individuo y demasiado unitario para ser elaborado por la comunidad, todo un organismo”.

Lo paso en limpio. Nadie hizo el lenguaje. No hubo un genio que lo inventara, tampoco un grupo de iluminados que se juntara a fijar las reglas. Me parece una tesis muy fuerte.

Pensamos dentro de un lenguaje que ya estaba ahí. La conciencia vino después. Si para pensar necesitamos el lenguaje, no se entiende muy bien cómo lo hubiéramos inventado pensando. Hasta las ideas filosóficas más grandes estaban de algún modo guardadas en la manera de hablar antes de que a alguien se le ocurriera pensarlas.

El ejemplo que da es el de sujeto y predicado, y conviene poner una lupa ahí. Decimos “la rosa es roja”. De ahí sacamos el juicio, eso de “S es P”, y del sujeto y el predicado salen la sustancia, la cosa que permanece, y el accidente, que sería la cualidad que cambia. De la gramática pasamos a la lógica y de la lógica a la metafísica casi sin darnos cuenta.

Así terminamos creyendo que el mundo está hecho de cosas que tienen propiedades. Años después Nietzsche lo va a decir con el rayo: decimos “el rayo brilla” como si hubiera un rayo por un lado y su brillar por otro, cuando lo que vemos es una sola cosa que la frase parte en dos.

Hay otra parte del texto que me gusta subrayar. Si el lenguaje fuera obra de la conciencia, cuanto más se desarrollara la conciencia mejor tendría que ser el lenguaje, y pasa al revés. Nietzsche compara el francés con el latín del que viene (“ya no hay declinación, ni neutro, ni pasivo…”) y dice que ni siquiera una cultura muy desarrollada puede “preservar de la decadencia” lo que recibió terminado. El lenguaje se gasta de tanto usarlo. Por eso lo piensa como un organismo, algo con una unidad interna que ninguna voluntad diseñó y que viene del instinto.

Mientras leía esto, algo me decía que había un punto de contacto con las redes sociales. Hay algo ahí, en lo que dice Nietzsche, que me ayuda a ver que no existe un canal neutro por donde circula lo que pensamos. A las redes las solemos tratar como un medio para comunicarnos, y me parece que además son un lenguaje con su propia gramática. Si la pareja sujeto y predicado nos dejó una metafísica de sustancias y accidentes, la gramática de las redes nos está dejando una ontología política.

El lenguaje de las redes tampoco lo hizo alguien en particular. Emerge de lo que hacen millones de usuarios y de algoritmos que ordenan lo que vemos. Pero ahí aparece una diferencia con Nietzsche, porque este lenguaje tiene diseñadores, que son las plataformas. Lo que él llamaba organismo se vuelve una cosa mezclada, que se presenta como espontánea y está en parte fabricada. Y el “nadie lo hizo” les viene muy bien a las plataformas, que repiten que ellas solo reflejan lo que hacen los usuarios.

Decía que no podemos pensar sin lenguaje. De ahí sale algo que Nietzsche no dijo pero que su texto deja abierto: si alguien pudiera meter mano en el lenguaje, terminaría moldeando lo que se puede pensar. Para él eso era imposible, nadie hace el lenguaje a voluntad. Yo hoy no estoy tan seguro.

Creo que la famosa “batalla cultural” que la ultraderecha libra en todo el mundo pasa por acá. Entendieron que para incidir en cómo piensa la gente hay que “adueñarse” del lenguaje y “acomodarlo” a su favor. En la Argentina, un estudio sobre lo que publicaron en X cuatro figuras de la comunicación del gobierno de Milei encontró eso mismo: el conflicto puesto como valor central y un uso predominante de funciones confrontativas y emotivas.[2]

Vuelvo a lo de la ontología política. La forma que más circula hoy en las redes es “ellos son tal cosa”, zurdos, casta, y su contracara, “nosotros somos tal otra”, argentinos de bien. No lo digo yo solo. Un estudio mostró que cada término que alude al grupo político rival aumenta un 67 % la probabilidad de que una publicación se comparta, y que es lo que mejor predice cuánto se va a difundir.[3] La gente comparte más lo que le pega al otro, el algoritmo premia lo que se comparte y lo empuja todavía más, y la rueda sigue girando.

Esa gramática arma un mundo de “sustancias” políticas con atributos fijos. Al que piensa distinto se lo reduce a una esencia y pasa a ser un “zurdo” o alguien de “la casta”. Un trabajo sobre los 426 tweets de campaña de Milei en 2023 describe una antinomia moral entre pueblo y élite, con una polarización llevada al máximo y sostenida en consignas.[4]

Acá piso un poco el freno, porque es fácil endilgarle todo a uno solo. La hostilidad funciona para todos, y la ventaja que le da a una publicación hablar contra el rival no depende de la orientación política.[5] Un informe de la consultora Ad Hoc sobre la conversación digital en la Argentina dice que en todos los espacios políticos hay figuras que promueven el discurso agresivo.[6]

El algoritmo tampoco es neutral. En un experimento con casi dos millones de cuentas, el de Twitter amplificó más a la derecha tradicional que a la izquierda en seis de siete países, aunque a los extremos no los amplificó más que a los moderados.[7] La cancha está inclinada, sí, pero con eso solo no alcanza para explicar a la ultraderecha.

Lo que la distingue, me parece, es que hizo de la agresión un método. El mismo informe de Ad Hoc ubicó a Milei como el usuario no troll que más insultos publicó en X, 1589 agravios entre enero de 2023 y junio de 2025, y Silvio Waisbord lo describe como un “troll influencer”, una figura propia de la cultura digital.[8] Detrás hay una organización, una estructura que redistribuye mensajes en coordinación con la cuenta presidencial, persigue enemigos y los escracha “a modo de jauría”.

Si lo pienso desde Nietzsche, me animo a decir que la ultraderecha encontró una gramática que ya andaba dando vueltas por las plataformas y la usa de manera más consciente y sistemática que nadie, hasta convertir el “organismo” en un instrumento.

Pero ojo, que las plataformas no explican todo. El avance de la ultraderecha tiene causas políticas, económicas y sociales que no son tema de estas líneas. Y prefiero hablar de un uso instrumental del lenguaje antes que de una decadencia del idioma, que sería otra discusión.

Lo que rescato de esta lectura de Nietzsche es una herramienta para sospechar de la gramática que piensa por nosotros. Decimos “el rayo brilla” y creemos que hay un rayo detrás del brillo, decimos “los zurdos” o “la casta” y creemos que detrás de la etiqueta hay una esencia. Supongo que esa sospecha también vale para lo que escribo yo.


[1]Nietzsche, F. Obras completas, vol. II. “Sobre el origen del lenguaje” (1869-1870). Madrid, Tecnos, 2018, pp. 819-821.

[2]Revista Internacional de Ciencias Sociales y Humanidades (RICSH), análisis de 508 publicaciones durante el primer año de gobierno: https://www.ricsh.org.mx/index.php/RICSH/article/view/393

[3]Rathje, S., Van Bavel, J. J. y van der Linden, S. (2021). “Out-group animosity drives engagement on social media”. PNAS, 118(26). https://neuroscience.cam.ac.uk/publications/outgroup-animosity-drives-engagement-on-social-media/

[4]Pérez-Díaz y Arroyas, Universidad de Murcia: https://portalinvestigacion.um.es/documentos/682383fe2879483fcf440bae

[5]Rathje, Van Bavel y van der Linden, op. cit.

[6]https://www.lanacion.com.ar/politica/la-provocacion-permanente-un-estudio-identifico-a-javier-milei-como-el-usuario-no-troll-que-mas-nid29072025/

[7]https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/34934011/

[8]https://keyt.com/latino/cnn-spanish/2024/03/02/la-metodologia-del-presidente-troll-asi-actua-javier-milei-en-las-redes-sociales/

¿Hemos leído Magnifica Humanitas? (Parte I)

Por Francisco «Patico» Correa

Quiero comenzar este artículo expresando una profunda preocupación que me surge cada vez que escucho charlas, entrevistas o conferencias en las que se aborda la encíclica Magnífica Humanitas. Con frecuencia, aparecen expresiones como: «Más allá de lo religioso, esta encíclica…» o «Más allá de la creencia o no en Dios, este documento…». “Esta encíclica habla de la IA…” (1)

Quienes recurren a estas fórmulas suelen concluir destacando la extraordinaria importancia de la encíclica y sus valiosos aportes para reflexionar sobre uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo: la inteligencia artificial. Sin embargo, hay algo en ese modo de presentar el documento que me genera una inquietud profunda: ¿es posible comprender verdaderamente el aporte de una encíclica si, desde el comienzo, intentamos separar sus ideas de Dios, de la Fe, lo Espiritual, lo Religioso y la concepción del ser humano desde las cuales fueron formuladas?

Mi planteo parte, precisamente, de una perspectiva inversa. Este es el punto de partida de esta segunda nota, que me gustaría poner en debate: ¿y si el problema fuera, justamente, intentar comprender Magnífica Humanitas dejando en un segundo plano aquello que constituye su fundamento? Considero que una lectura fragmentada o salteada de la encíclica no sólo puede conducirnos a interpretaciones equivocadas, sino también a construir miradas superficiales que, aun reconociendo la importancia de sus aportes, terminan eludiendo la cuestión de fondo que el documento nos propone abordar.

Por eso, la invitación es a detenernos en una lectura integral, que nos permita comprender no sólo qué dice la encíclica sobre la inteligencia artificial, sino también desde qué concepción del ser humano, de su dignidad y de su trascendencia lo plantea. Porque quizás sea precisamente allí donde se encuentre la clave para comprender el alcance y la profundidad de su mensaje.

En el primer artículo abordamos esta cuestión a partir de una idea central: La presencia de Dios aparece como fundamento de una construcción verdaderamente humana. No como una evasión del mundo ni como un simple «ir al más allá», sino como aquello que otorga dirección, finalidad y trascendencia a la acción colectiva de construir y reconstruir. Sin un horizonte trascendente, la comunidad corre el riesgo de quedar atrapada en la fragmentación de intereses y en la dificultad de compartir un destino común.

En este sentido, la encíclica afirma:

«Y, en esta obra compartida, los cristianos encuentran su propia forma de construir: orientar la acción hacia Dios, para que, bajo su luz, el pluralismo no se disperse en el desorden, sino que, en la práctica de la sinodalidad, se convierta en el espacio en el que la humanidad recupere sus cimientos sólidos y su fin último» (10 M.H).

Aquí aparece una idea central: Dios como totalidad de sentido. La referencia a Dios no supone negar la pluralidad humana ni eliminar las diferencias. Por el contrario, propone un fundamento desde el cual esa pluralidad puede encontrar un principio de unidad y un horizonte de comunión. Sin una referencia que trascienda los intereses particulares, el pluralismo corre el riesgo de convertirse en una mera coexistencia de diferencias, expuesta a la dispersión y al conflicto. Desde la perspectiva cristiana, Dios ofrece un horizonte común que permite orientar esas diferencias hacia un bien compartido y construir comunidad.

La convivencia humana necesita algo más que la suma de voluntades individuales: necesita un sentido, una finalidad y un horizonte que nos permita reconocernos como parte de una misma comunidad. ¿será esto lo que nos está contando abordar? ¿Es aquí donde aparece la incomodidad de Dios? Porque incorporar a Dios en la reflexión no significa recurrir a un «más allá de lo religioso», sino reconocer un fundamento sin el cual el debate no podría desarrollarse de la misma manera. Significa admitir que la pregunta por Dios introduce una cuestión de fondo: ¿desde qué fundamento pensamos al ser humano, qué sentido le damos a su existencia y hacia qué horizonte orientamos nuestra construcción comunitaria?

En este sentido la frase que puede sintetizar el planteo introductorio es comprender la profundidad de este pasaje de la encíclica:

“La imitación artificial de una relación de cuidado o de acompañamiento puede ser peligrosa cuando se introduce en un contexto empobrecido de relaciones y afectos reales. En ese caso, el riesgo no reside tanto en que una persona crea que está hablando con otra, sino en que pierda el deseo mismo de buscar verdaderamente al otro”.(100 M.H)

¿Desde dónde se sostiene ese deseo de buscar al otro? ¿Cuál es el fundamento que nos impulsa a reconocerlo, a encontrarnos con él y a construir vínculos reales? Ese fundamento se encuentra en Dios como fundamento, y es precisamente en el planteo introductorio de la encíclica donde encontramos las claves que dan unidad y sentido a los capítulos 3, 4 y 5. Allí se encuentra el anclaje desde el cual comprender la dignidad humana, el reconocimiento del otro y la posibilidad de construir una fraternidad verdadera.

Sin embargo, algunos pretenden negar ese fundamento o dejarlo de lado, como si fuera posible sostener una comprensión integral de la persona y de sus vínculos prescindiendo de él. Pero cuando se pierde ese anclaje, las interpretaciones corren el riesgo de vaciarse de sentido, fragmentarse y perder aquello que les da unidad. Es allí donde el diábolo —término asociado etimológicamente con la idea de división— mete la cola: separa lo que debería permanecer unido, fragmenta lo que está llamado a integrarse y debilita los vínculos que hacen posible el encuentro con el otro.

La discusión sobre el fundamento (Dios) es el anclaje desde el cual podemos comprender que todos somos iguales, no porque seamos idénticos, sino porque somos hijos de un mismo Padre. Es en esa filiación común donde encuentra su fundamento nuestra igualdad. Reconocer al otro como hermano implica comprender que su dignidad no depende de su utilidad, de su condición social ni de lo que pueda ofrecernos. Su valor es intrínseco, anterior a cualquier intercambio y no sujeto a ninguna condición. Quizás sea precisamente ese fundamento trascendente el que nos permita sostener el deseo de buscar verdaderamente al otro: no como una función que satisface una necesidad, ni como una presencia que puede ser artificialmente imitada, sino como alguien con quien compartimos una misma dignidad y ante quien somos responsables.

En este sentido, la pregunta por el cuidado y por el acompañamiento nos conduce a una pregunta más profunda: ¿qué fundamento sostiene nuestra disposición a encontrarnos con el otro y a reconocerlo como alguien irreemplazable? Desde la fe cristiana, ese fundamento es Dios, que nos reconoce como hijos de un mismo Padre y nos convoca a vivir esa igualdad en el amor, el cuidado y la fraternidad.

Luego del planteo introductorio, me interesa desarrollar cuatro ejes fundamentales para comprender el abordaje desde el cual debemos leer e interpretar la encíclica Magnifica Humanitas. Estos ejes buscan recuperar la integralidad del documento y poner de relieve los fundamentos antropológicos, culturales, espirituales y comunitarios que orientan su reflexión sobre la inteligencia artificial. El propósito es evitar una lectura reducida a los aspectos instrumentales de la tecnología y reconocer el horizonte de sentido desde el cual la encíclica nos invita a pensar qué ser humano queremos custodiar, qué comunidad queremos construir y hacia qué destino deseamos orientar nuestro desarrollo. (2)

El límite: los muros de Nehemías como punto de anclaje constitutivo para construir una salida, los puentes de Francisco

El transhumanismo y el posthumanismo comprenden en su interior una pluralidad de corrientes y sensibilidades, y resulta difícil hacer una descripción unívoca de ellas. Pueden ser comparadas con un archipiélago de islas conceptuales diferentes, pero unidas por el mismo mar de presupuestos: la centralidad de la técnica y el sueño de superar los límites de la condición humana. En general, el transhumanismo imagina una potenciación del ser humano por medio de las tecnologías —biomedicina, ingeniería del cuerpo, dispositivos, algoritmos—, con la aspiración de incrementar el rendimiento y las capacidades. El posthumanismo, sobre todo en sus versiones más radicales, va más allá: critica el antropocentrismo y plantea una forma de hibridación entre el ser humano, la máquina y el ambiente, hasta imaginar que atravesará el umbral en el que la humanidad se superará a sí misma, entrando en una nueva etapa evolutiva (MH.116).

La referencia bíblica a Nehemías que aparece en la última encíclica de León XIV puede generar cierta confusión. La reconstrucción de Jerusalén y el levantamiento de sus muros parecen, a primera vista, entrar en contradicción con la imagen de los puentes que Francisco utilizó reiteradamente para expresar la necesidad del encuentro, el diálogo y la apertura al otro. ¿Cómo pensar los muros y los puentes? ¿Cómo conciliar la necesidad de reconstruir los límites que hacen posible una comunidad con la exigencia de abrirnos a los demás? ¿No existe una contradicción entre levantar muros y construir puentes?

Para comprender esta relación, es necesario situar la referencia a Nehemías en el marco de un diagnóstico que León XIV retoma en continuidad con Francisco: el peligro de un universalismo abstracto, de un progresismo sin sujeto, de una apertura que, al pretender incluirlo todo, termina desconociendo las identidades, las historias y las tradiciones concretas que hacen posible la existencia de una comunidad.

En Fratelli tutti, Francisco advierte:

«Hay una falsa apertura a lo universal, que procede de la superficialidad vacía de quien no es capaz de penetrar hasta el fondo en su patria, o de quien sobrelleva un resentimiento no resuelto hacia su pueblo. En todo caso, “siempre hay que ampliar la mirada para reconocer un bien mayor que nos beneficiará a todos. Pero hay que hacerlo sin evadirse, sin desarraigos. Es necesario hundir las raíces en la tierra fértil y en la historia del propio lugar, que es un don de Dios. Se trabaja en lo pequeño, en lo cercano, pero con una perspectiva más amplia”» (145 FT).

La advertencia es fundamental: no toda apertura es, por sí misma, una apertura verdadera. Existe una universalidad que no nace del encuentro entre pueblos, comunidades e identidades concretas, sino de la pretensión de disolver sus particularidades en una totalidad abstracta. Es un universalismo que, paradójicamente, promete incluir a todos, pero corre el riesgo de dejar a las personas sin el suelo desde el cual reconocerse, construir vínculos y participar de una historia compartida.

En este sentido, la reconstrucción de los muros de Jerusalén adquiere una significación particular. El muro representa un límite que plantea una pregunta constitutiva: ¿desde dónde partimos?, ¿quiénes somos?, ¿Cuál es nuestra historia?, ¿qué tradición nos sostiene y qué comunidad queremos reconstruir? Antes de pensar cómo salir al encuentro del otro, necesitamos reconocer el lugar desde el cual ese encuentro puede producirse. No se trata de encerrarnos en nosotros mismos, sino de comprender que no hay encuentro posible sin sujetos concretos, del mismo modo que no hay diálogo entre comunidades si previamente se han borrado las diferencias que las constituyen.

Durante las últimas décadas, determinadas expresiones del universalismo global han tendido a presentar las identidades particulares, las tradiciones y los arraigos como obstáculos que deben superarse. Bajo la promesa de una vida sin límites, deseos sin límites y cuerpos sin límites, se ha extendido una concepción del progreso que identifica la emancipación con la superación permanente de toda condición, de toda pertenencia y de toda frontera. El problema aparece cuando esa promesa de libertad deja de reconocer aquello que nos constituye y termina produciendo un vacío: una distancia cada vez mayor entre las dimensiones materiales y espirituales de la existencia, entre la capacidad técnica de transformar la vida y la posibilidad de encontrarle un sentido.

Sin embargo, reconocer la necesidad de los límites no significa idealizar los muros ni convertirlos en instrumentos de exclusión. Francisco también advierte sobre el riesgo contrario: «Hay narcisismos localistas que no son un sano amor al propio pueblo y a su cultura. Esconden un espíritu cerrado que, por cierta inseguridad y temor al otro, prefiere crear murallas defensivas para preservarse a sí mismo».(146 FT)

La tensión entre ambos planteos permite comprender que el problema no reside en la existencia del límite, sino en el sentido que le otorgamos. Un límite puede ser una condición para el reconocimiento de la propia identidad y, al mismo tiempo, puede transformarse en una barrera defensiva que impida el encuentro. El arraigo puede ofrecernos un punto de apoyo para abrirnos al mundo, pero también puede degradarse en una identidad cerrada, incapaz de reconocer la dignidad de quien es diferente.

Por eso, los muros de Nehemías y los puentes de Francisco no tienen por qué ser imágenes contradictorias. El muro puede representar la reconstrucción de las condiciones materiales, históricas, culturales y espirituales que permiten volver a habitar una comunidad; el puente, la posibilidad de salir de ella al encuentro de los demás. No se construyen puentes sólidos desde la negación del suelo que nos sostiene. Pero tampoco alcanza con reconstruir ese suelo si lo convertimos en una frontera infranqueable. El desafío consiste en recuperar el arraigo sin caer en el encierro, y construir una universalidad que no exija renunciar a las identidades concretas para poder participar de un destino común.

Quizás sea necesario, entonces, recuperar el límite como punto de apoyo para reconocer al otro, encontrarnos con él y construir comunidad. El problema no es tener límites, sino convertirlos en fronteras infranqueables; tampoco consiste en negar la posibilidad de superarlos, sino en distinguir entre aquellos límites que oprimen y aquellos que hacen posible nuestra existencia como personas y como comunidad.

En este punto, la crítica al transhumanismo y al posthumanismo adquiere una dimensión que excede la discusión sobre el desarrollo tecnológico. Lo que está en juego es una determinada concepción del ser humano. El paradigma tecnológico dominante promete superar permanentemente los límites de la condición humana: inteligencia sin límites, vida sin límites, deseo sin límites, ganancia sin límites. Esa es, al mismo tiempo, su promesa y su veneno: la posibilidad de ampliar indefinidamente nuestras capacidades, pero también el riesgo de interpretar todo aquello que no puede ser optimizado como una deficiencia que debe corregirse o eliminarse.

Frente a esa lógica, el límite no debe entenderse simplemente como una restricción conservadora que nos oprime. Puede ser, por el contrario, aquello que nos constituye como seres humanos. El límite biológico nos recuerda nuestra condición corporal y vulnerable; el límite moral nos enfrenta con la responsabilidad por nuestros actos y con la necesidad de reconocer al otro; el límite comunitario nos sitúa en una historia y en una trama de relaciones que no hemos creado individualmente; el límite espiritual nos abre a la pregunta por el sentido y por aquello que trasciende nuestra propia existencia. No somos únicamente capacidades que pueden incrementarse ni funciones que pueden optimizarse: somos personas situadas, vinculadas con los demás y abiertas a una búsqueda de sentido que no se agota en lo material.

La referencia a Nehemías permite, además, recuperar una dimensión comunitaria de la reconstrucción. La encíclica propone el camino de Nehemías y pone de relieve el valor del trabajo compartido para hacer de la ciudad un lugar seguro para quienes regresan del exilio. Nehemías no construye una torre para escapar de la tierra ni busca superar la condición humana mediante una obra que lo eleve por encima de los demás. Reconstruye las murallas para volver a “habitar-estar” en la ciudad. La tarea se distribuye entre las familias, cada una responsable de una parte del muro (concepción de la construcción). La reconstrucción no es la obra de un individuo aislado ni el resultado de una voluntad que pretende imponerse sobre los límites de la realidad: es una tarea compartida, arraigada en un territorio y orientada a recuperar las condiciones de vida de una comunidad.

Esta imagen permite pensar una alternativa frente a la promesa de un progreso ilimitado que prescinde de las condiciones concretas de la existencia. Reconstruir no significa volver atrás ni negar toda transformación; significa recuperar las bases desde las cuales una comunidad puede proyectarse hacia el futuro. El límite, en este sentido, no clausura necesariamente las posibilidades: puede ofrecer el punto de apoyo para construirlas. La identidad no tiene por qué ser una prisión, así como la apertura no tiene por qué significar desarraigo.

Quizás el problema de una globalización sin arraigo sea, precisamente, que tiende a concebir la existencia como un flujo permanente: circulación sin pertenencia, transformación sin continuidad, hibridación sin referencias compartidas, individuos desvinculados de su tierra, de su historia y de un horizonte común de sentido. Cuando todo puede ser modificado, reemplazado o superado, también corre el riesgo de debilitarse aquello que permite a las personas reconocerse como parte de una comunidad y asumir responsabilidades por su destino.

La cuestión, por lo tanto, no es elegir entre los muros y los puentes, entre el arraigo y la apertura, entre la identidad y la universalidad. Se trata de recuperar una relación fecunda entre ellos. Necesitamos muros que hagan posible habitar y reconstruir, pero no murallas que nos impiden encontrarnos; raíces que nos sostengan, pero no que nos inmovilicen; puentes que nos permitan salir al encuentro de los demás, pero que no se construyan sobre la negación de nuestra propia historia. Porque si todo es infinito, nada encuentra necesariamente su forma; y sin forma, sin pertenencias y sin un horizonte compartido, se vuelve difícil construir una comunidad. Reconocer el límite puede ser, entonces, el primer paso para recuperar aquello que nos constituye y, desde allí, construir una salida. Los muros de Nehemías pueden ser el punto de anclaje; los puentes de Francisco, el camino hacia el otro en la construcción de una comunidad con y de sentido.


* Licenciado en Sociología. Docente en la UNLP, Facultad de Artes y Psicología. Militante sindical (UPCN).

Título: El presente artículo es la continuidad de: Magnífica Humanitas y los “nuevos asuntos” – AGN Prensa

(1) Todas las citas fueron extraídas de la encíclica: Carta Encíclica de Su Santidad León XIV Magnifica Humanitas (15 de mayo de 2026)

(2) Por eso, también la IA debe entenderse no como un apéndice temático, o como una emergencia que hay que gestionar, sino como una transformación que interpela desde dentro las categorías de la Doctrina social y exige un mayor desarrollo de la misma, en fidelidad al Evangelio.(17 MH)

BALCANIZACIÓN Y FEDERALISMO. DE LA UNIDAD NACIONAL AL PROVINCIALISMO SIN PATRIA

Por Gustavo Matías Terzaga. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Córdoba.

Asistimos a un progresivo vaciamiento del sentido histórico del federalismo, tal como lo concibe nuestra formación nacional. Aquel federalismo que, bajo la conducción de José Gervasio Artigas, aspiraba a construir una gran unidad política de pueblos libres, con provincias autónomas pero unidas, sufrió un golpe decisivo en 1820. La derrota frente a los portugueses en Tacuarembó y el posterior enfrentamiento con Francisco Ramírez, su antiguo aliado entrerriano, precipitaron el derrumbe del proyecto político encabezado por Artigas y su exilio en Paraguay.

Sin embargo, la aspiración de organizar una Nación sobre bases federales no desapareció con la derrota del caudillo oriental. Persistió, con distintas expresiones y no pocas contradicciones, en figuras como Juan Bautista Bustos, quien desde Córdoba impulsó la organización constitucional de su provincia y promovió la reunión de un Congreso General para organizar el país; Pedro Ferré, quien desde Corrientes defendió la protección de las economías regionales y cuestionó el monopolio porteño de las rentas aduaneras; y el Brigadier Estanislao López, quien desde Santa Fe desempeñó un papel decisivo en los pactos interprovinciales que sentaron las bases políticas e institucionales de la futura organización federal argentina.

Para aquellos caudillos, más allá de sus diferencias y enfrentamientos, la defensa de la autonomía provincial no significaba renunciar a la construcción de una Nación común. Por el contrario, aspiraban a una organización nacional que reconociera los derechos y la participación de las provincias, en lugar de imponerles un poder central que decidiera por ellas.

Y allí reside una diferencia histórica fundamental. Aquel federalismo buscaba construir la unidad nacional sobre la autonomía de las provincias, frente a un centralismo porteño que pretendía subordinarlas. No aspiraba a perpetuar la fragmentación del país, sino a superarla mediante una organización política común. Hoy, en cambio, asistimos a la degradación de aquel proyecto histórico en un federalismo meramente defensivo, donde cada gobernador se limita a resguardar los intereses inmediatos de su provincia, negociar recursos en la Casa Rosada, intercambiar apoyos políticos por concesiones presupuestarias y levantar sus propias barreras frente al poder central, sin la más mínima idea de Nación que dé sentido al conjunto. En el último tramo de nuestra historia política, en ausencia de un proyecto nacional capaz de integrar el territorio, la economía y los intereses del conjunto, la autonomía provincial perdió progresivamente su sentido histórico hasta quedar reducida a una estrategia de extorsión y supervivencia política. Aquello que históricamente contribuyó a construir la unidad de la patria se convirtió, por falta de un horizonte nacional compartido, en un factor de su propia fragmentación.

Juan Bautista Bustos, un legado a contramano

Si la dirigencia partidaria cordobesa tuviera incorporada la verdadera dimensión geográfica y geopolítica de la Argentina bicontinental, acaso tendría la audacia de proclamar que Córdoba es el cerebro del país, pero difícilmente insistiría en llamarla su corazón.

El llamado cordobesismo, más allá de sus reconocibles méritos en materia de gestión y obra pública, y de haber constituido un dique político frente a los intentos del liberalismo nacional, en alianza con sectores del radicalismo provincial, de trasladar a Córdoba sus experimentos de ajuste y desmantelamiento del Estado, constituye una expresión particularmente reveladora de esta degradación histórica del federalismo.

Allí donde los viejos caudillos provinciales encontraban en la autonomía el punto de partida para disputar la organización de la Nación, el provincialismo contemporáneo, en cambio, parece haber convertido a Córdoba en el punto de llegada de sus ambiciones políticas. La provincia deja de pensarse como protagonista de una tarea nacional todavía inconclusa y pasa a concebirse como un fin en sí misma. Así, la defensa de sus recursos, la negociación de sus intereses y la conservación del poder provincial terminan desplazando aquella vocación histórica de proyectarse más allá de sus fronteras para contribuir a la organización y transformación de la Argentina.

De este modo, el cordobesismo no supera al centralismo porteño, sino que constituye su reverso provinciano. La contradicción de este federalismo sin destino nacional es que termina confundiendo la defensa de Córdoba con la renuncia a transformar la Argentina y, con ello, limita la posibilidad de proyectar toda la potencia política, económica y social de la provincia hacia la construcción de un proyecto nacional. Más aún, esa posición meramente defensiva termina imponiéndole a Córdoba un desgaste permanente, obligándola a disputar por separado recursos y condiciones de desarrollo que encontrarían una solución más sólida y duradera en el marco de una política nacional de integración. Así, en su afán de preservar los intereses provinciales, termina perdiendo de vista que la mejor manera de fortalecer a Córdoba es contribuir a construir una Argentina capaz de potenciarla.

Hay aquí una enseñanza de Perón que conserva toda su vigencia. En 1974 advertía que a niveles nacionales, nadie puede realizarse en un país que no se realiza. De la misma manera, a nivel continental, ningún país podrá realizarse en un continente que no se realice.  Esa misma lógica vale para una comunidad y también para nuestras provincias.

Esa comprensión de que el destino de una provincia está ligado al destino de la Nación no era, por cierto, ajena a nuestra propia tradición histórica. Mucho antes de Perón, ya estaba presente en la concepción federal de Juan Bautista Bustos. Ya en 1820, el brigadier impulsó desde Córdoba la reunión de representantes de las provincias para avanzar hacia una organización política común. Su preocupación no se agotaba en el gobierno ni en los intereses de Córdoba; comprendía que el destino de la provincia estaba ligado a la organización del conjunto del país.

Esta paradoja tiene una fuerza histórica muy singular. La autovía que une Córdoba con Río Cuarto lleva el nombre de “Gobernador Juan Bautista Bustos”, precisamente uno de los hombres que comprendió que la autonomía de Córdoba no tenía sentido histórico si no contribuía a la organización de la Nación. El cordobesismo reivindica su nombre en una obra que integra el territorio provincial, mientras que a su horizonte político hay que interpretarlo como el repliegue de aquella ambición nacional sobre los límites de la propia provincia. Bustos aspiraba a organizar la patria desde Córdoba; el provincialismo contemporáneo se conforma con administrar Córdoba dentro de una patria completamente desarticulada.

Esa lógica insular, además, choca de frente con el persistente centralismo porteño, que también piensa la Argentina desde una parcialidad y pretende convertirla en el todo. Así, provincialismo y centralismo terminan alimentándose mutuamente para su parcelación; uno se repliega sobre Córdoba mientras el otro confunde Buenos Aires con la Nación.

La balcanización silenciosa

En medio de la artillería de medidas antipopulares de los últimos gobiernos liberales, mientras buena parte de la dirigencia nacional y popular permanece enredada en sus capillas, internas y disputas de poder, estamos perdiendo de vista un peligro profundo, cuyas consecuencias pueden ser irreversibles; el avance silencioso de las condiciones económicas, políticas y culturales para la balcanización de nuestra patria. En la Argentina, la balcanización no supone necesariamente la aparición inmediata de nuevas fronteras internas, sino un proceso de desintegración económica, territorial y cultural, que comienza cuando las provincias dejan de reconocerse como partes de un destino nacional común, cuando sus recursos se subordinan a intereses externos y cuando la competencia regional reemplaza a la solidaridad federal. El peligro es que, mucho antes de dividirse en los mapas, la patria termine desmembrándose en la conciencia de los argentinos nacidos en cada provincia.

No hablamos de una división territorial inmediata, ni de un proyecto separatista formalmente establecido. Hablamos de algo peligroso y sutil; de un proceso histórico por el cual una nación va perdiendo los vínculos económicos, geográficos y espirituales que la mantienen unida, hasta que su propia fragmentación comienza a parecer natural, inevitable y, finalmente, conveniente.

Pero esta degradación del federalismo no se agota en las disputas por recursos o en el repliegue de cada provincia sobre sus propios intereses. Llevada al extremo, puede poner en cuestión la propia unidad nacional. Un antecedente revelador fue el de Alfredo Cornejo, quien en junio de 2020, siendo diputado nacional y exgobernador de Mendoza, planteó la posibilidad de que su provincia se convirtiera en un país independiente, aunque reconoció su inviabilidad constitucional. Aquella declaración, que alimentó el llamado Mendoexit, puede parecer una extravagancia, pero revela algo más inquietante; que la idea de fraccionar la Argentina en pequeñas repúblicas independientes haya comenzado a encontrar lugar en el discurso de dirigentes nacionales.

Provincia, Nación y liberalismo

El gobierno de Javier Milei, como antes el de Mauricio Macri, profundiza un proceso de fragmentación y enajenación del patrimonio nacional cuyos antecedentes se remontan a las rupturas históricas de 1955 y 1976, y que adquirió una nueva dimensión con el liberalismo menemista de los años noventa. Lo verdaderamente contradictorio es el papel del cordobesismo frente a ese proceso. Juan Schiaretti celebró la llegada de Macri al poder, cultivó una estrecha relación política con su gobierno y acompañó desde el Congreso muchas de sus iniciativas en el período 2015/2019. Con Martín Llaryora, frente al actual gobierno de Milei, persiste una contradicción semejante; se invoca la defensa de Córdoba para disputar recursos, mientras se apela a la gobernabilidad para justificar acuerdos con el poder central.

A las privatizaciones y al desmantelamiento de instrumentos estratégicos del Estado se sumó la reforma constitucional de 1994 durante el menemismo, que reconoció a las provincias el dominio originario de sus recursos naturales. Sin una política nacional que integrara esas riquezas en un proyecto común de desarrollo, se fortaleció una lógica de intereses y negocios provinciales, mientras se destruía la capacidad de la Nación para poner esos recursos al servicio del conjunto de los argentinos.

La concepción liberal del bloque antinacional mitrista no reconoce en la Argentina una comunidad histórica con un destino propio, sino un territorio disponible para los intereses del mercado mundial. Su horizonte no es la integración de la patria, el desarrollo de sus fuerzas productivas ni la conquista de su independencia económica, sino la subordinación de sus recursos, sus regiones y su trabajo a las necesidades del capital financiero internacional.

El caso de Córdoba, lastimosamente en nombre del Peronismo, resulta especialmente ilustrativo. Córdoba debe defender sus intereses, naturalmente, pero sin perder de vista que buena parte de ellos sólo pueden realizarse plenamente en una Argentina industrializada, productiva, integrada y soberana. Ese debería ser también el horizonte de su dirigencia política; poner la enorme capacidad económica, productiva y política de Córdoba al servicio de un proyecto nacional, en lugar de comprometerla en acuerdos circunstanciales que, bajo el argumento de la gobernabilidad, terminan respaldando políticas que debilitan el trabajo, la industria y la soberanía del país del que depende, en definitiva, el propio desarrollo de la provincia.

La colonización mental de nuestra dirigencia

Buena parte de nuestra dirigencia nacional y popular abandonó la formación de una conciencia nacional arraigada en la historia, la geografía, la geopolítica y las condiciones materiales de la Argentina. La política de construcción nacional y de inteligencia estratégica fue desplazada por el internismo, el tacticismo electoral, el reparto de posiciones y un pragmatismo que convirtió la conservación del poder en su propia finalidad. Desde la Nación hasta los municipios, la política de círculo fue sustituyendo a la estrategia de largo plazo. Ya nadie piensa en el país a 20, 40 o 50 años, ni incorpora la geopolítica como disciplina fundamental para comprender nuestros propios procesos políticos y el lugar de la Argentina en el mundo. Y en ese ejercicio de pequeñas ambiciones, nuestra dirigencia fue perdiendo no solamente la capacidad de interpretar el país, sino también la de reconocer su propia ignorancia. Aunque el pueblo conserva, muchas veces con mayor profundidad que sus representantes, una conciencia nacional elemental y poderosa que no necesita tratados de geopolítica para afirmar en clave soberana que las Malvinas son argentinas.

Pero la soberanía no se ejerce con declaraciones patrióticas. Requiere Fuerzas Armadas nacionales, profesionales, democráticas y equipadas; una política de defensa sostenida; industria militar, naval y aeronáutica; ferrocarriles, cielos, espacio, puertos, comunicaciones e infraestructura para integrar nuestra inmensa geografía. Exige conocer, vigilar y defender el Atlántico Sur, desarrollar nuestra presencia antártica y comprender culturalmente la dimensión marítima y bicontinental de la Argentina. Sucede que la cultura mitrista nos enseñó a reconocernos en las penas y las vaquitas de la pampa exportadora, mientras relegaba de nuestra conciencia nacional la inmensidad del mar y la cordillera. Lo cierto es que no hay soberanía efectiva sobre aquello que una nación no conoce, no comunica, no produce ni tiene capacidad de defender. Sin embargo, estas cuestiones apenas aparecen en la agenda pública cuando tragedias como la del ARA San Juan nos recuerdan la magnitud de lo que hemos descuidado.

A este abandono contribuyó también un prejuicio antimilitarista, particularmente arraigado en ciertos sectores del progresismo académico, militante y gubernamental, que puede reconocerse como una herencia del dispositivo cultural de desmalvinización desplegado desde 1982. Bajo la legítima condena a la dictadura, terminó instalándose una mirada que confunde integralmente y sin distinción a las Fuerzas Armadas con el terrorismo de Estado y que, al reducir Malvinas a la aventura de Galtieri y a nuestros combatientes a la condición de “los chicos de la guerra”, desdibuja su carácter de causa histórica de la Nación. Una mirada que, además de empobrecer nuestra comprensión del pasado, erosiona la autoestima nacional y nos priva de reconocer en nuestra propia historia los ejemplos de heroísmo, liderazgo y coraje que también la constituyen.

La Argentina no termina en la cordillera ni en las costas de Buenos Aires. Es una Nación marítima, bicontinental, cuya integración territorial y demográfica sigue siendo una tarea histórica inconclusa. Malvinas compromete nuestra presencia en el Atlántico Sur, nuestra plataforma continental, nuestros recursos y nuestra proyección antártica. No puede quedar reducida a una conmemoración culposa del 2 de abril. Y cabe preguntarse cuánto de todo esto forma parte de la preparación de nuestros cuadros políticos, de los dirigentes cuyos nombres conocemos y, fundamentalmente, de las nuevas generaciones de cuadros que necesitamos formar e incorporar a la vida nacional.

Una política pequeña para una gran Nación

No alcanza con denunciar las medidas antipopulares ni con hacer el inventario cotidiano de nuestras desgracias. La Argentina necesita recuperar el entusiasmo de una conciencia nacional a la altura de su geografía, de su pueblo y de su historia. Una cultura malvinera, antártica, marítima, fluvial, andina, federal y bicontinental, que se exprese en industria, ciencia, defensa, infraestructura, producción, educación e integración territorial. En definitiva, volver a concebir la política como instrumento de construcción de la Nación y no como un oficio para conquistar y conservar el poder, ni mucho menos como un negocio personal cada vez más rentable. Porque la balcanización no comienza cuando se trazan nuevas fronteras internas, sino cuando se pierde la conciencia de las existentes y del destino histórico que las reúne. Una provincia que se piensa al margen de las demás, una dirigencia que desconoce la dimensión de su propio país y una política que sustituye el proyecto nacional por la administración de intereses particulares van preparando, acaso sin advertirlo, las condiciones de una patria débil y fragmentada. Y si en los próximos diez o veinte años continuamos por ese camino, el peligro no será solamente una Argentina más pobre, desigual y dependiente, sino una nación cuya eventual desintegración haya dejado de parecer inconcebible.

La Nación que debemos volver a pensar

Cuánta falta hace, en estos tiempos de estrechez política y extravío nacional, recuperar aquella concepción de conjunto que, desde la empresa emancipadora de San Martín y las luchas de los caudillos federales por la organización nacional, atravesó buena parte de nuestra historia y encontró una expresión decisiva en Julio Argentino Roca y los hombres más representativos de la Generación del 80. No se trataba de proyectos idénticos ni de una continuidad sin conflictos, pero en todos ellos, desde perspectivas y circunstancias diferentes, estaba presente una preocupación que hoy parece haberse debilitado; la construcción de la Nación.

Con todas sus contradicciones y los límites históricos de su obra, la dirigencia de 1880 comprendía que la Argentina era una Nación por organizar, no una simple reunión de provincias ni una prolongación territorial de Buenos Aires. Había que resolver la cuestión de la Capital, federalizar Buenos Aires, dar forma definitiva al Estado nacional, consolidar un Ejército nacional, comunicar las regiones, organizar los territorios nacionales, establecer instituciones comunes y convertir una vasta geografía en un espacio político efectivamente integrado. En Roca existía, además, una extraordinaria concepción política del espacio. Comprendía que la frontera interior no era simplemente una línea que debía defenderse, sino un problema territorial cuya resolución modificaría la posición geopolítica de la Argentina. Su mirada trascendía los límites de las provincias y vinculaba la ocupación y organización del territorio con las comunicaciones, la producción, la defensa y las relaciones con los países vecinos. Había que afirmar la soberanía en la Patagonia, proyectar la presencia argentina hacia el Atlántico Sur y la Antártida, desarrollar una diplomacia capaz de resolver las controversias limítrofes y defender los intereses nacionales. En aquella concepción, la geografía no era un escenario pasivo de la política, sino una de las grandes condiciones materiales sobre las que debía construirse el destino de la Nación.

Aquellos hombres, con todos sus desaciertos, pensaban en la Nación que debían construir. Buena parte de nuestros dirigentes, en cambio, parece haber reducido sus ambiciones a conservar la porción de poder y el minuto político que le ha tocado administrar. Casi un siglo y medio después, seguimos discutiendo el centralismo porteño, las deformaciones del federalismo y la integración efectiva de nuestro territorio, cuando la propia geografía nacional nos exige elevar la mirada hacia una Argentina mucho más extensa y compleja; marítima, austral, antártica, sudamericana y bicontinental. La generación que debía completar aquella obra histórica corre el riesgo de no comprender siquiera la dimensión del país que ha recibido en herencia.

La historia argentina nos enseña que la unidad nacional no fue un regalo de la geografía, sino una conquista política, atravesada por luchas, sacrificios y profundas controversias. Sería una amarga ironía que, después de dos siglos de esfuerzos por construirla, termináramos resignándola no por la fuerza irresistible de un enemigo exterior, sino por la pequeñez de una dirigencia que, de tanto disputar el espacio y el poder, perdió de vista la Patria y su horizonte histórico.

Lo ganó la calle

Lula logró lo que nadie había conseguido en la historia brasileña: ganar un balotaje después de haber perdido la primera vuelta. No es una anécdota estadística. Es la prueba de que las campañas no se ganan solo en los tableros de los consultores, y de que un pueblo que decide salir a defender lo suyo es capaz de torcer un pronóstico que parecía escrito en piedra. La relevancia geopolítica que tiene el triunfo del PT, en especial, para nuestro país.

Por Víctor Sudamérica

Hay noches de la historia de las contiendas electorales que son imborrables. Esta es una de ellas. Brasil acaba de decirle que no a la restauración de la desigualdad y del odio y Lula será presidente por cuarta vez.

Cuando escribimos esta nota y con el escrutinio casi completo, el Tribunal Superior Electoral lo muestra en torno al 51,7% contra el 48,2% de Flávio Bolsonaro: más de 64 millones de votos contra casi 60 millones. Una ventaja de unos cuatro millones de votos y medio, que no es un paseo pero es una definición. Y lo que pasó entre la primera y la segunda vuelta merece una reflexión, porque trae una enseñanza para todo el continente.

Una remontada que no figuraba en el manual

El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con el 47% de los votos válidos, frente al 45% de Lula, y superó el techo que le asignaban las encuestas. Los analistas de la prensa tradicional ya redactaban el epitafio: nunca, desde el regreso de la democracia, un candidato que ganó la primera vuelta había perdido el balotaje, además de repetir el apotegma: “ganan las oposiciones”. La campaña del PT, dicho por el propio Lula, había sido la más desorganizada de las que le tocó encabezar. El gobierno cargaba con el desgaste de quien gobierna, con el precio de los alimentos en la mesa de la gente y con la maquinaria mediática repitiendo la palabra «corrupción» como un mantra.

Así y todo Lula logró lo que nadie había conseguido en la historia brasileña: ganar un balotaje después de haber perdido la primera vuelta. No es una anécdota estadística. Es la prueba de que las campañas no se ganan solo en los tableros de los consultores, y de que un pueblo que decide salir a defender lo suyo es capaz de torcer un pronóstico que parecía escrito en piedra.

La calle el reservorio de la dignidad

La clave de esta remontada tiene nombre y apellido colectivo: movilización popular. Tras el golpe de la primera vuelta, una parte mayoritaria del pueblo brasilero entendió que no alcanzaba con administrar encuestas ni con ganar la pelea de los algoritmos.

El domingo 11 de octubre, la avenida Paulista, el corazón financiero de San Pablo, se llenó de banderas rojas en el acto más multitudinario de toda la campaña, según las crónicas de ese día. Una semana antes del balotaje, Caetano Veloso y decenas de artistas encabezaron una movilización en Copacabana. Semanas antes, en Brasilia, miles habían marchado encabezados por Janja. Esa suma de calles, de carreteras, de plazas y de barrios fue la verdadera maquinaria electoral: la que no se compra, no se tercieriza y no se mide en impresiones de pantalla.

El PT y Lula ganaron las calles.

Vale destacar también que la derecha también salió a la calle: Flávio llenó la Paulista el 18 de octubre, sumó al gobernador Tarcísio de Freitas y al alcalde Ricardo Nunes, y plantó su discurso en dos clavos que duelen, el precio de la comida y el hartazgo con el PT. Lo cual no significa que el bolsonarismo sea un fantasma de las redes. Es una fuerza social real, con arraigo, con pastores, con alcaldes, con billetera. Por eso mismo la victoria de hoy vale doble: se ganó en el terreno donde el adversario también juega, el terreno de la presencia física, del cuerpo a cuerpo, del boca a boca en el barrio.

La lección es vieja y siempre nueva: el marketing político digital puede construir un candidato, pero no puede fabricar una mística. Los algoritmos amplifican lo que ya existe; no organizan una columna de cien mil personas. Y el cerco mediático, ese que durante semanas dio por muerto al presidente, se astilla cuando la gente decide hablar por sí misma. La calle sigue siendo el medio de comunicación más antiguo y más difícil de censurar. La sensibilidad popular se impuso, los sectores populares organizaron desde abajo una campaña más allá del comando de campaña del PT.

Lula, cuerpo a cuerpo

El viejo obrero metalúrgico a punto de cumplir 81 años, con todo el derecho a administrar su figura desde el despacho hizo lo contrario: admitió el error, dio un golpe de timón y se puso al frente de la campaña con el cuerpo. Recorrió, caminó, subió a los palcos, se mezcló, se abrazó a su pueblo. Cambió el eje del debate para que la segunda vuelta no fuera un plebiscito sobre el costo de vida sino una elección entre dos proyectos de país, el de la continuidad con inclusión y el de la restauración del pasado oscuro que él mismo señaló. Desde lo discursivo fue impecable, identificar las consecuencias sobre lo que implicaba el proyecto de Bolsonaro su vinculación con el presidente argentino y la metáfora del ajuste y la crueldad funcionó de manera clara para la mayoría de la población argentina.

Lula leyó el momento, reconoció que la primera vuelta fue un llamado de atención, y convirtió la derrota parcial en energía de reorganización. Un dirigente que camina la calle le habla distinto al pueblo que un dirigente que le habla por cadena. La gente percibe la diferencia. La gente siempre la percibe, la comunión entre Lula y su pueblo fue fundamental.

Un mojón para Nuestra América

Mientras tanto para América Latina este triunfo es un enorme alivio y golpe geopolítico. Brasil no era para los Estados Unidos un país más, representa la mitad de Suramérica, es el gigante que sostiene el Mercosur y el eje necesario de cualquier proyecto de integración. Con Bolsonaro hijo en el Planalto, la región habría quedado atrapada en un cerco de gobiernos alineados con el nuevo orden trumpista, empeñados en rifar soberanía a cambio de una foto.  Milei mismo se encargó de sostener la candidatura de Bolsonario ofreciendo improperios para Lula llamándolo «presidiario»: la ultraderecha regional ya había elegido su candidato y puesto su bandera en esta elección. El resultado es sin duda un golpe para los planes de Trump y de su lacayo argentino.

Hoy el Brasil de Lula seguirá formando parte BRICS, de la defensa de la Amazonia, de la política exterior propia y del multilateralismo frente al matonaje de las potencias. Sostiene la posibilidad de una América Latina que se piense a sí misma, que negocie en bloque y que no entregue sus recursos estratégicos. Para quienes venimos de la tradición del pensamiento nacional y popular, esto no es una nota de color: es la continuidad de la Patria Grande, la de Bolívar, Perón y Getúlio, la que se hace con unidad o no se hace.

Milei, el otro gran perderdor de la elección.

El regreso de las multitudes

Pero sería un error leer esto solo como un hecho brasileño. Podríamos vincular lo que ocurrió en Brasil como la expresión local de un fenómeno global: el regreso de las movilizaciones masivas como herramienta central de la política, en un tiempo en que la intermediación posmoderna se agotó. Los partidos de siempre, los medios de siempre, las consultoras, los gurúes del twitter y las encuestadoras de siempre se mostraron incapaces de leer el malestar o de canalizarlo. Frente a ese vacío, la gente vuelve a usar su herramienta primaria: juntarse, marchar, ocupar el espacio público y Lula viejo lobo mar conoce de la vieja política, de esa que le cambió la vida a más de 160 millones de brasileros.

Las movilizaciones fueron multitudinarias.

Lo vemos en Estados Unidos, donde el movimiento No Kings reunió a unos siete millones de personas en octubre de 2025, según sus organizadores, y volvió a convocar a más de tres mil concentraciones en marzo de este año. Lo vemos en Europa, donde el deterioro del nivel de vida alimentó en lo que va de 2026 olas de huelgas y marchas en Francia, Italia, Portugal, España y Bélgica, con una participación muy fuerte de la generación más joven. En Milán, por ejemplo, las protestas arrancaron este mismo mes contra la crisis económica, la carestía del combustible y la carga fiscal. Cambian las banderas, cambian los idiomas, pero el diagnóstico de fondo se parece: la gente siente que la mesa está servida para unos pocos y que a ella le tocan las migajas y los sermones. Es que hay un fantasma que recorre la vieja Europa hija del Plan Marshall que hoy empieza a resquebrajarse en la concepción atlantista de la OTAN.

Trump, la ultraderecha y el hartazgo

Y acá aparece el otro dato del termómetro social: el desgaste de las figuras que prometieron romper el sistema y terminaron administrándolo en favor de los de siempre. Donald Trump, el gran faro de la ultraderecha mundial y uno de los grandes perdedores de este domingo, ronda el 40% de aprobación y llegó a marzo con una desaprobación del 59%, la más alta de sus dos mandatos, según una encuesta de Fox News, arrastrando una guerra en Irán que nadie votó y operativos migratorios que indignan a medio país. La promesa de la motosierra y del «hacer grande» a la nación se parece cada vez más a una factura que pagan los de abajo. La derecha totalitaria tiene pie de barros y es cuestión de tiempo.

La ultraderecha mientras vendía rebeldía y entregaba ajuste y América Latina fue la gran estafa virreinal, se encargó de degradar la palabra libertad y entregó a la mayoría del pueblo trabajador a la represión, vendió recursos naturales y entregó alineamiento. Ese es su talón de Aquiles, y Brasil lo está empezando a mostrar.

No hay que confundirse: el 48% que votó a Flávio Bolsonaro es un bloque duro, con anclaje cultural y religioso, que no va a desaparecer porque Lula haya ganado. Pero una cosa es un electorado y otra, una hegemonía. Y la hegemonía de la ultraderecha, que parecía arrolladora hace dos años, hoy muestra grietas. Lula tendrá que gobernar en la calle, como lo fue su campaña, es que la composición misma del congreso brasilero lo indica, si ingresa en un proceso de burocratización el legislativo irá por el obrero metalúrgico, pero esto será cuestión de otro análisis.

La enseñanza para todos nosotros, los que militamos del lado de los pueblos, es simple y brutal. No se gana mirando el celular. Se gana organizando barrio por barrio, sindicato por sindicato, escuela por escuela, con la base sobre la estructura. Se gana con humildad para reconocer los errores y con audacia para volver a la plaza. Se gana, como dijo alguna vez el General, cuando se entiende que la única verdad es la realidad, y que la realidad se cambia con el pueblo adentro.

El 5 de enero, Lula asumirá su cuarta presidencia.

Hoy Brasil nos regala unas horas de alegría, y la alegría también es una trinchera. Mañana habrá que volver a organizarse. Porque la calle es la calle, y mientras haya calle, hay futuro. Que viva el pueblo brasilero y la sapiencia del viejo conducto, Lula.

METHOL FERRE Y LA UNIDAD LATINOAMERICANA

Por Mario Casalla

BUENOS AIRES (especial para Punto). En momentos como este, de gran confusión y reacomodamientos del poder regional y mundial, vale la pena volver la mirada hacia algunos pensadores políticos, que pueden servir de referencia en la imperiosa tarea de la integración nacional y regional. En este caso no hay que ir demasiado lejos, basta cruzar a la otra orilla del Rio de la Plata y hay allí un grupo muy interesante de uruguayos que ayudan a pensar en esa dirección. A modo de ejemplo selecciono tres: Alberto Methol Ferré, Washington Reyes Abadie y Vivian Trías, por cierto, hay otros, pero estos son más que suficientes. Esta vez nos detendremos en el primero, Alberto Methol Ferré, de sólidos vínculos con Argentina y América Latina. Alguna vez me permití llamarlo el “uruguayo ejemplar” por la forma integral y creativa en que comprendía la historia de su país y desde allí la de América Latina en su conjunto, con ese pensar situado clave para pensar los fenómenos históricos, político y sociales.

*UNA CENA EN PARAGUAY*

Methol Ferré nació en Montevideo el 31 de marzo de 1929 y falleció allí mismo el 15 de noviembre de 2009, hace apenas 17 años.  Pero prefiero ahora recordar nuestro último encuentro en vida. Lo traté durante muchos años y por última vez fue en Asunción del Paraguay, pocas semanas antes de su muerte. Participábamos allí con Alberto de un seminario internacional sobre educación, organizado por un conjunto de gremios docentes latinoamericanos nucleados en la Federación Latinoamericana de Trabajadores de la Educación y la Cultura (FLATEC). Ambos hablamos en sendos plenarios y yo además escuche una magnífica exposición suya sobre la situación política latinoamericana. Como siempre nos deslumbró con su sabiduría y solvencia intelectual, a lo cual se agregaba una pasión que no es común en la esfera de los denominados “especialistas”. Es que Methol era –en el sentido más profundo de ambos términos- un intelectual y un ideólogo, es decir alguien que piensa los problemas con visión y proyección política, tanto como predica ideas en las que cree profundamente y apuesta a ellas con su vida y con su ejemplo. Ese pensamiento político hecho credo se sintetizaba en Methol con dos palabras, tan sencillas como difíciles: integración latinoamericana. O si prefieren, Patria Grande, o Unión Sudamericana. Denominaciones todas ellas que, curiosamente, mencionan tanto una falta como una procedencia. Hacia ella trabajosamente tendemos y de su resquebrajamiento procedemos. De ese todo mayor surgieron, entre miopías locales y fuertes condicionamientos exteriores. estas débiles realidades nacionales. Poco antes de regresar a nuestras respectivas “provincias” (Montevideo y Buenos Aires) tuvimos una entretenidísima cena en Asunción en casa de quien entonces era el embajador argentino en Paraguay (Rafael “Balito” Romá) y varios dirigentes sindicales docentes también fuertemente comprometidos con ese ideal concreto de la unidad latinoamericana. Y a pesar de esas coincidencias básicas (o acaso por eso mismo) polemizamos bastante acerca de medios, caminos y oportunidades para alcanzar esa soñada unidad regional. Es que en una mesa donde estaba Methol, la buena conversación era un arte hecho de réplicas, propuestas y búsquedas consensuadas. Methol era, como dije, el “uruguayo ejemplar”, es decir un artiguista que conocía muy bien su papel de puente entre dos potencias subregionales, condenadas a entenderse para el bien común de la región (Brasil y Argentina); a diferencia de aquellos otros que jugaron -en cambio- a la función de “algodón entre dos cristales”, pretensión inglesa para la naciente República Oriental del Uruguay en el siglo XIX. Alberto, “blanco” y nacional de toda la vida y creador en sus inicios del actual Frente Amplio (en épocas de Liber Seregni) sabía que si Uruguay tenía un destino propio era zafando de ese lugar inglés (o portugués) y adoptando en cambio el programa del federalismo regional artiguista, aggiornado a la naturaleza de estos tiempos, Por eso era una figura “molesta” en el propio Uruguay, ya que les recordaba permanentemente a sus compatriotas ese otro camino posible, más allá de la utopía de ser una “suiza rioplatense”, o del sueño “colorado” de la república neutral, laica y casi perfecta, con secreto bancario y Punta del Este incluida. Sabía muy bien Methol que la grandeza y el real poderío uruguayo estaba en ese papel de “puente” a favor de la unidad regional y no en esos menesteres secundarios como ayudante de campo del imperialismo de turno. Por eso fue amigo de argentinos y de brasileros; pero también fue crítico incondicional cuando esas dirigencias se apartaban de la gran obligación política: entenderse e impulsar a la región por el camino regio de la integración y liberación nacional. La revista “Nexo” -que fundara y dirigiera con Washington Reyes Abadie- llevó ese nombre precisamente porque asumió esa gran tarea “uruguaya”: predicar la integración. 

*DE ESTE LADO DEL PLATA*

Tampoco en la Argentina, donde se lo invitó reiteradamente y su palabra era muy valorada, fue sabor grato a todos los paladares porque también aquí predicó incansablemente esos mismos ideales. A las izquierdas no les gustaba demasiado que Methol fuera un hijo intelectual de Rodó y Vasconcelos y a las derechas que fuese hermano intelectual de Abelardo Ramos. Claro, Methol iba más allá de las derechas y de las izquierdas, porque Methol se autodenominaba “pochista”, en tanto hijo intelectual de Perón, a quien, en su estilo coloquial, cargado de cariño y admiración, gustaba llamar “el Pocho”. “¿Qué clase de pochistas son ustedes- gritaba Methol con esa voz de trueno que tenía cuando se enojaba, interpelando al pejotismo, que se han olvidado lo fundamental del pensamiento del Pocho?” Todavía recuerdo el fuego de sus ojos y su voz de trueno cuando denunciaba el abandono, por parte de la mayoría de la dirigencia peronista, del pensamiento estratégico de Perón. Methol estaba entrañablemente unido al peronismo. Y claro, eso no es nunca perdonable del todo en la Argentina, ni en el río de la Plata. Era también Methol un pensador cristiano un Teólogo la Liberación, de frecuente trato con Jorge Mario Bergoglio SJ, luego el Papa Francisco. Cesanteado de su cargo público en el Uruguay por la dictadura de los ’70, asumió como asesor del CELAM y fue, desde allí, uno de los inspiradores y redactores del histórico “Documento de Puebla”. Años antes había polemizado con Gustavo Gutiérrez sobre Teología de la Liberación, aunque después admitió sin cortapisas que la derrota de esa línea teológica latinoamericana sirvió para que los sectores más reaccionarios de la ortodoxia terminaran minimizando, o directamente archivando, esa “opción preferencial por lo pobres” con la cual él acordaba en lo sustancial. En fin, otra polémica que tengo abierta para seguir conversando donde esté. Allí hay que seguirla, porque estoy seguro que Tucho todavía tiene con qué provocarme al respecto. También seguiremos discutiendo –seguramente- sobre su singular interpretación sobre la unidad de las coronas española y portuguesa para la posterior unión iberoamericana, sobre el Peronismo y sus destinos posibles y sobre cuántos tópicos quiera él traer a la mesa. Pero debo desde ya prevenirme: en el Cielo o dónde esté Tucho correrá también con ventaja, porque los Ángeles seguramente estarán de su lado. Y no es poca cosa tratándose de un uruguayo de ley.

Firmenich acusa a Cristina de lopezreguista e isabelista

Por Aldo Duzdevich

En el reciente libro de Mario Firmenich “Orígenes” (un bodrio pesado que no recomiendo gastar plata en comprar) en su pagina 357 dice textualmente : “La vieja militante de la JP Lealtad (lealtad a Isabel y López Rega) , a partir de la muerte de Perón, nunca creyó en el peronismo revolucionario. ¿Qué festejaba bailando presa en su balcón tras la última derrota electoral frente a Milei?

Quienes me suelen leer, saben que yo pertenecí a la JP Lealtad (una ruptura de Montoneros de inicios de 1974) y que escribí el único libro sobre el tema “La Lealtad. Los montoneros que se quedaron con Peron”, donde dedico algunos párrafos a la pertenencia de Nestor y Cristina al sector de la JP Lealtad (como bien afirma Firmenich) .

Admito que esta acusación a Cristina Fernandez de Kirchner, me resulto muy llamativa por quien la emite y la destinataria. Desde hace muchos años mis amigos de la Lealtad y quien escribe recibimos a diario casi, esa misma frase descalificativa y cancelatoria, “isabelistas -lopezreguistas” generalmente emitida por simpatizantes del kirchnerismo duro y de la izquierda.

Que dice Firmenich en su libro

Yo no tuve mas remedio que comprarlo, así que para evitarles el gasto les transcribo los párrafos referidos a Nestor y Cristina. :

“Los triunfos de Néstor y Cristina kirchner fueron la esperanza de la generación setentista al poder. Sus gestiones trajeron mejoras parciales transitorias que el neoliberalismo revirtió con facilidad. Hubo una tendencia decadente en los mandatos kirchneristas. El segundo mandato de Cristina fue claramente un estancamiento respecto del inicio con Néstor kirchner . La decadencia adquirió ribetes catastróficos con la engañosa fórmula pseudo peronista Alberto Fernández Cristina Fernández de Kirchner”

“La responsable de las derrotas de 2015 y 2023 es sin duda Cristina Fernández de Kirchner. Ella impuso antidemocráticamente a los candidatos disfrazados de peronistas impidiendo la democracia interna. Todos los que teníamos dos dedos de frente y memoria política sabíamos que eran candidatos perdedores.”

“Hace años que la realidad nos grita que debemos asumir la advertencia profética de Evita : El peronismo será revolucionario o no será nada.”

“La vieja militante de la JP Lealtad  (lealtad a Isabel y López Rega a partir de la muerte de Perón), nunca creyó en el peronismo revolucionario. ¿Qué festejaba bailando presa en su balcón tras la última derrota electoral frente a Milei ?”

¿Néstor y Cristina integraron JP Lealtad?

Bueno, para ahorrarles el gasto de comprar mi libro (que esta agotado) voy a transcribir parte de la explicación que publique en 2015.

Néstor Kirchner llegó a la Ciudad de La Plata en abril de 1969 para estudiar derecho en la universidad. Allí se acercó a la Federación Universitaria de la Revolución Nacional, un espacio con anclaje universitario.

Por aquellos años,  Cristina Kirchner, oriunda de La Plata, cursaba la carrera de Derecho en la UNLP. Se había insertado en la militancia a través del FAEP (Federación de Agrupaciones Eva Perón), poco tiempo antes de que se produjera la fusión con la FURN.

La unión entre FAEP y FURN para constituir la JUP, resultó el fin de una histórica rivalidad entre ambas agrupaciones peronistas en el ámbito universitario. La FURN había sido la primera agrupación peronista de la universidad y el FAEP era un desprendimiento suyo.

En 1973 Nestor y Cristina eran militantes de la JUP, que dependia de FAR y Montoneros, pero nunca estuvieron formalmente “encuadrados” en la Organización. Su espacio de pertenencia territorial era la JP La Plata que dirigía el entonces Diputado Provincial Carlos Negri.

La fusion de FAR con Montoneros generó conflictos. La llegada de nuevos cuadros con tradiciones provenientes del marxismo encontró rispidez entre los viejos compañeros del peronismo local. Carlos Negri  lo recuerda asi: “Lo que debería haber sido una fusión de la JP La Plata con la “Orga” se fue convirtiendo en absorción. Desde un principio uno veía que no pensábamos lo mismo, aunque en esa etapa, en los hechos, estábamos en lo mismo. Muchos de ellos, manifestaban una resistencia notoria al liderazgo de Perón. Suponían que Perón estaba terminado o que lo podrían usar. Esto era explícito en las conversaciones.  Esta política de la “Orga”,  tuvo como efecto ralear a muchos cuadros de vieja militancia. Mi situación en los montos era difícil: me ascendían, me sacaban, me ascendían, me sacaban, era una calesita. Pero, claro, me necesitaban.”

“Cuando se produce el asesinato de Rucci, quedo sumido en la perplejidad; muchos supusimos que era la CIA, o el ERP usado por la CIA.  […] Alli tomé la decisión de irme a la mierda y no solo.

Me dedique a instrumentar la separación y a agrupar gente. El crecimiento fue veloz. En dos meses, en marzo, ya debíamos ser 40 ó 50. Allí nos vinculamos con Patricio Jeanmaire de Baradero -un gran cuadro intelectual y político- ; con el cura Galli de Pergamino; con el Negro Eduardo Moreno ; con Horacio González. También andaba con ellos: Quique Padilla”.

“Nuestro grupo creció mucho, sin nombre. En esa etapa de absorción continua y dinámica de compañeros, a nuestro criterio, ponerle un nombre era cerrar la puerta. En el grupo estaba Néstor Kirchner, Lupín, que nunca había ingresado a la “Orga”, y venía con su novia Cristina (por esa época se casaron)”.

Aunque el grupo de Negri no adopto el nombre de JP Lealtad, conceptualmente, tanto Néstor como Cristina se inscriben en el universo de ideas y el espíritu de la fractura. Cristina, por caso, hizo pública en reiteradas ocasiones su opción por Perón en el marco de la ruptura con Montoneros.

En el marco del ciclo documental Presidentes de Latinoamérica, Daniel Filmus entrevistó a  Cristina Fernández y le preguntó acerca de su juventud militante en La Plata.

“Filmus: Y después (del 20 de junio de 1973) vino toda la etapa de la militancia universitaria en La Plata, un momento de mucha efervescencia …”

Cristina: “Eso ya venía de antes. Y después vino efervescencia y diferencias. Sí, efervescencia y diferencias. Nunca estuve de acuerdo con desconocer a Perón como el liderazgo natural del proceso de cambio  en la Argentina. Nestor tampoco estuvo de acuerdo con eso. Fue una diferencia muy fuerte y definitiva porque era incomprensible que se desconociera el proceso histórico que Perón y el Peronismo y el pueblo habían desarrollado.”

“Y yo creo que hubo mucho también de incomprensión de la etapa histórica que se vivía y lo que se necesitaba en ese momento.  Si uno ve, por ejemplo el plan económico de Gelbard, hoy sería casi un plan revolucionario.  Sin embargo fue visto en aquel momento como una cosa burguesa, horrible, una traición… cosas incomprensibles. Pero claro, es imposible analizar las cosas por afuera de la perspectiva histórica.”

“Pero  hubo mucha gente que, como yo, tuvo diferencias y se fue.  No compartió esa radicalización del proceso que finalmente culminó en el golpe del 24 de marzo.  No es que la radicalización haya provocado el golpe. El golpe ya estaba decidido.  Lo que en todo caso fue funcional para la explicación y  para la captación de muchos sectores medios que querían que se acabara la violencia de cualquier modo”.

Entrevistada por Hernan Brienza el 14 de Septiembre del 2013, Cristina, vuelve a referirse a esa etapa: “Mi relación con Perón fue de reconocimiento absoluto de liderazgo. Esta fue la gran diferencia que tuvimos dentro de los propios sectores juveniles, discutir el liderazgo de Perón era discutir precisamente la dirección y las posibilidades de éxito de un proceso como el que se había iniciado con el retorno de Perón a la Argentina. Esta fue una gran discusión y  también asumir una realidad: las juventudes que militábamos y que entrábamos en barrios, en universidades, en fábricas, lo hacíamos en nombre del peronismo, porque había una memoria histórica del pueblo respecto de Perón y del peronismo, remarcado por sus abuelos, por sus padres; intentando demonizarlo desde todos lados, prohibiendo que se dijera Perón, diciendo que Perón había sido esto o aquello, desde las chicas de la UES pasando por las joyas de Eva Perón, por las cuentas en Suiza, cualquier similitud con la actualidad es pura coincidencia.”

El testimonio de Negri es también confirmado por el propio Mario Eduardo Firmenich, en un reportaje del diario La Nacion en marzo de 2005, el “Pepe” respondía:

Firmenich:“- La acusación de montonero al presidente Kirchner hay que decirlo con claridad: fue simplemente un militante de la Juventud Universitaria Peronista de La Plata y se fue, rompiendo por derecha con nosotros en el 74, porque optó por [el grupo] Lealtad a Perón y nosotros planteábamos la crítica a Perón por Isabel y López Rega. De modo que en ningún sentido este es un gobierno montonero y por otra parte el proyecto en curso ni siquiera es setentista, como se dice, es más ochentista, que setentista.”

Para el 1 de mayo de 1974, Néstor Kirchner ya no formaba parte de la Tendencia y concurrió a la plaza con otros compañeros platenses, entre ellos: Carlos Negri, el Cuto Moreno,  el Pata Jauregui Lorda, los hermanos Marcelo y Hernan Fuentes, y “Cacho” Caballero, entre otros. Desde la galería del Cabildo contemplaron con preocupación el discurso y la retirada de muchos de sus ex compañeros de la Plaza.

En el libro de Sandra Russo, Cristina relata una discusión con su hermana Gisele, que en junio del 75 habia concurrido a una marcha de la CGT, el dia que echaron a Lopez Rega.

CFK : “Ese domingo estábamos de asado en casa (…) cuando llego Gisele de la marcha. Yo revisando unas carpetas encontré un “Evita Montonera”. La llame a los gritos. “¿En que andas vos?”, la increpaba yo. Nosotros éramos muy críticos, y no era ningún secreto. Nestor andaba a los gritos por los pasillos de la facultad. Nos oponíamos a lo que estaba claro que se venia. Que era la militarización de la política. Solo podía tener sentido durante la proscripción, en dictadura, pero en democracia no. Con un gobierno electo, aunque no nos gustara, no. Y además nosotros, los de la juventud, entrábamos a los barrios y la gente nos recibía porque éramos peronistas. Vos podías pelearte con Peron, pero ¿con el peronismo de la gente que haces? Eso no se quería discutir. Ese domingo con Gisele nos gritamos de todo, y yo termine diciéndole: “Te van a matar, tarada”. La agarramos con Nestor y la convencimos. Le salvamos la vida—afirma con la cabeza, los ojos se posan en el vacío—Le salvamos la vida. Estoy segura. Le salvamos la vida.”

El relato histórico que nos contaron

La decisión política de Nestor y Cristina fue darle el aparato cultural del estado a el sector del progresismo que había tenido paso por alguna organización armada sea Montoneros o ERP y/o sectores llegados del PC y otras izquierdas.

Añadido a toda la política de DDHH, y el vinculo estrecho con los diferentes organismos, se fue construyendo un relato que evito cualquier tipo de critica a las organizaciones armadas setentistas, so pena de ser cancelado con el titulo “defensor de la teoría de los dos demonios” .

Ese relato reprodujo el discurso del “tercer Peron malo”, que “se alió con la burocracia sindical”, que “expulso a los jóvenes de la plaza”, que “creo la Triple A” y  “sabiendo que se moría nos dejo a propósito a Isabel y Lopez Rega” .  Luego siguiendo el concepto binario del relato, quienes no estaban con la guerrilla, entonces estaban “con Isabel y Lopez Rega” y “avalaban el accionar de la Triple A” .

Bueno, no voy abundar en lo que yo llamo “el Billiken montonero” , que repite la Academia, y los divulgadores históricos como Felipe Pigna, porque son temas que ya explaye en mis libros y en mas de 150 notas de prensa.

Para los cultores del “Billiken montonero”, quienes desde el peronismo cuestionamos ese relato, y/o estuvimos en posiciones distintas, sufrimos ya desde el 74, a la fecha, la acusación de “lopezreguistas e isabelistas” .  Hoy el principal responsable material e intelectual de la confrontación con Peron y el resto del peronismo, le disparo la misma acusación a Cristina Fernandez de Kirchner.

Buena oportunidad para que los seguidores de Cristina, que en su mayoría han sido creyentes y difusores de ese relato, intenten conocer  las otras partes de la historia. Nunca es malo cambiar de opinión, lo poco inteligente es encerrarse y persistir en el error.

La Gran Marcha….Hacia dónde?…

Vengo de la marcha universitaria. En realidad, más que una marcha, vengo de una concentración frente al Congreso Nacional (otra más!…).

Por Adrián «Peje» Nordvind

Y si bien la convocatoria partió centralmente de las autoridades de la llamada comunidad universitaria, la concentración contó no sólo con los gremios docentes y no docentes sino también con el aporte de muchos gremios de la  CGT, de CTA mas agrupaciones y partidos políticos que acudieron para exigir el cumplimiento de la ley de financiamiento universitario y para poner sobre la mesa una carta más fuerte: completar la derogación del DNU 70/23, núcleo conceptual y alma del programa de la Antipatria.

Bien, la Ley de financiamiento sigue sin cumplirse, aún estando agotadas las instancias judiciales correspondientes, caso inédito en lo que va del trayecto democrático iniciado en 1983.

A su vez, tampoco se logró el Quórum necesario para la derogación del infame decreto.

Entonces: lo de hoy fue una derrota popular?…

Rotundamente NO.

De ninguna manera.

Nos toca atravesar una época donde la maniquea forma binaria de pensar en términos de blanco o negro, de suma o resta, de todo o nada, se revela por lo menos inadecuada. Y en materia de análisis político, claramente errada e insuficiente.

Claro que hubiera sido maravilloso ver cómo el Congreso le aplicaba un tiro de gracia al dislate jurídico que constituye un insulto a la fe democrática y al propio fundamento del Congreso mismo.

De igual forma, no resulta agradable ver como el financiamiento universitario, debatido y consensuado formal y legalmente, es reemplazado por multas específicas por no cumplir efectivamente con el imperio de la Ley, a instancias de un Poder Judicial que asiste impotente al incumplimiento desembozado del Poder Ejecutivo.

Y entonces?…

Entonces se trata de mirar la película y no la foto.

Se hace necesario comprender esta convocatoria desde la noción de proceso, de una secuencia de acciones que no arrancaron precisamente hoy y que seguramente proseguirán en busca de acelerar el estado de descomposición que presenta el oficialismo.

Este proceso, que para no ser original, podríamos denominar de recomposición del campo popular, requiere para su evaluación acertada dos cuestiones fundamentales a la hora de medir cuál es su eficacia y potencialidad:

1- La constitución del sujeto político que provoque un cambio en la dinámica institucional de la Nación.

2- La capacidad de construcción ya no de una alternativa meramente gubernamental respecto del oficialismo, sino de un programa superador que parta de la impugnación absoluta de las bases conceptuales y las premisas con las cuales la Antipatria ocupó un lugar al cual sólo pudo acceder merced a la inconsecuencia, la mezquindad y el abandono de sus mejores banderas por parte de una dirigencia que no digiere su propia incapacidad y falta de patriotismo.

Si ponemos un ojo sobre el sujeto político, yendo al caso de la concentración de hoy, se pudo apreciar que en buena hora, no sólo los universitarios se movilizaron en forma masiva. Numerosos estudiantes secundarios participaron con un entusiasmo quizás mayor que el de sus mayores y futuros profesores.

También fueron de la partida los trabajadores organizados en sus sindicatos y centrales sindicales quienes cabe señalar que cumpliendo con su papel histórico, vienen siendo eje de  convocatorias que han ido más allá de su interés sectorial prácticamente desde los primeros días de desarrollo del experimento libertario, muchas veces ninguneados y  no siempre acompañados por otros sectores, no así en la ocasión que nos ocupa hoy.

Y si pusiéramos el otro ojo sobre la cuestión del sujeto político, algunas lecturas de los últimos y recientes acontecimientos ponen en evidencia las concepciones con las cuales se pretende  intervenir y resolver esta encrucijada:

De un lado, los que eligen seguir los tiempos legislativos, poniendo en el centro de la táctica el trapicheo de votos, quórum y negociación entre los bloques, sub bloques y mono bloques, en este plano la movilización popular se concibe exclusivamente como un factor de presión, pero subordinado a los tiempos que marquen los profesionales de la política.

Por el otro lado, ya se dejan escuchar aquellos que postulan una perspectiva insurreccional, donde por el contrario, la movilización callejera es el único camino a seguir a despecho de los costos humanos que suponen la irrupción popular en los espacios donde se cree que se deciden los destinos de la política. Claro, este romántico trayecto está pensado desde una perspectiva donde la construcción de mediaciones políticas, de organización popular, de ámbitos de discusión intersectorial, son vistos como lujos o veleidades de burócratas.

Estas miradas no pueden ignorar el segundo punto que planteamos: la construcción de un programa político que sea mucho más que un conjunto de medidas de gobierno. Un programa de identificación de los auténticos intereses nacionales, que contemple al poder no como un objeto de administración, sino como una continua creación a través del Pueblo en función de los valores que nos representan y con un sistema democrático que vaya más allá de la representación liberal, con participación de la comunidad organizada como sustento y fin a la vez.

Por eso, la concentración de hoy, si bien no pasará a la historia como un triunfo popular, no puede dejar de ser apreciada como un momento muy importante en esa construcción que deseamos y anhelamos. Porque la salvaje represión desatada contra sus participantes confirma el diagnóstico de un gobierno debilitado, sin plan alternativo, que carece de credibilidad y que está pasando del desprecio institucional como medio de diferenciarse de la famosa casta, a protagonizar cotidianamente el ridículo como modo de gobierno.

Hace bastante tiempo que todas las movilizaciones populares parecen más dirigidas a ser escuchadas por el campo político propio que a conseguir torcer el brazo del oficialismo.

Quizás escuchar ese reclamo, y hacerse cargo de las responsabilidades que eso significa, pueda reparar en parte el daño ocasionado por tanta impericia, que abrió el paso para la llegada de la antipatria.

Lo de hoy, 15 de octubre, seguramente no ha tenido ni tendrá la trascendencia ni el brillo histórico de aquél 17 del mismo mes, pero no ha dejado de ser otro ladrillo en la pared al pie de la cual en algún momento más temprano que tarde más de uno deberá pararse para enfrentar un pelotón de argentinos bien nacidos que exigirán justicia frente a tanto dolor, a tanto atropello, a tanta afrenta al honor nacional.

A no dejarnos amargar con los devotos de las eternas derrotas ni con los hábiles mercaderes de la política profesional.

Vengo de la marcha universitaria recordando al autor de “ El hombre que está solo y espera”. Y me lo imagino al inmenso Raúl Scalabrini Ortiz diciéndonos:

“Creer!! He ahí toda la magia de la vida”.

En torno a la marcha universitaria

Por Grupo Ofensiva Nacional Democrática


Todo sistema puede brindar respuestas imprevistas
Ante la realización de la marcha universitaria del jueves 15 de octubre,
consideramos que es dable formular algunas reflexiones en el contexto de la actual
crisis, no solo educacional sino socio-económica que golpea a la Nación Argentina.
Universidades, modelos neoliberales y geopolítica
Las problemáticas universitarias no están presentándose como un fenómeno
aislado y solo argentino. Están golpeando en distintos lugares del mundo. Conflictos
como los de Francia, España, Bélgica y Albania demuestran una crisis no solo del
ámbito universitario, sino de los sistemas educativos, económicos y políticos en su
conjunto, particularmente en desmedro de las mayorías populares.
Todo esto no puede desvincularse del agotamiento que están evidenciando los
modelos que reflejan la globalización económica neoliberal impuestos a partir de
Thatcher y Reagan. Modelos hegemónicos regresivos que recurren cada vez más
a elementos funcionales a la destrucción de lazos sociales. Llevan adelante
estrategias de disgregación de cualquier tipo de comunitarismo, entendido aquí
como alternativa necesaria de respuesta, resistencia y transformación, ante dicha
globalización económica neoliberal.
Partiendo de paradigmas liberales-libertarios individualistas, excluyentes, egoístas
y deshumanizadores; esos modelos avanzan con un dispositivo estructurado para
la desconfiguración de los seres humanos como tales, orientándose a la
aniquilación de cualquier capacidad de respuesta y al avasallamiento de derechos
que hacen a la dignidad humana. Su propósito no es sino la salvaguarda de una
excluyente articulación de intereses económicos concentrados, de la mano con una
lógica geopolítica desbocada.
Así las cosas, era casi imposible que la universidad pública y gratuita argentina
escapara a los ataques de este proyecto que podría sintetizarse como anti y
posthumanista.
Desindustrialización, crisis universitaria y respuestas imprevistas
El proceso de desindustrialización que enmarca el modelo neoliberal-libertario
vigente en Argentina (vgr: libertario); con sus respectivas particularidades, también
se viene dando en otras latitudes. La globalización económica neoliberal, buscando
maximizar ganancias (en especial a través de mano de obra barata), hizo que
numerosas empresas, no solo de Europa sino también de los Estados Unidos,
trasladaran su producción al sudeste asiático.
Paradójicamente, contribuyendo a que China consolidara la industrialización que no
había podido afianzar en los primeros 30 años desde la fundación de la República
Popular. Y más allá de observaciones o debates; a partir de un sistema de
colaboración pública-privada y/o de un control de lo público sobre el accionar de lo
privado, alcanzó un crecimiento económico que le permitió sacar de la pobreza
alrededor de 800 millones de personas; el mayor caso en la historia de la
humanidad. Así las cosas, es apreciable que los sistemas neoliberales, al igual que
otros sistemas, pueden generar respuestas imprevistas.
Entonces nos preguntamos si lo que pareciera querer emerger en el movimiento
universitario, tal vez por causales, amén del desfinanciamiento, no siempre
destacadas (como los -si bien diferentes en sus alcances-, verificables modelos de
desindustrialización en Occidente), puede llegar a ser parte de esas respuestas.
Algunas transformaciones comienzan a surgir donde menos se las percibe o espera.
Inclusive, con una remarcada situación de pasividad y aletargamiento entre los
universitarios en Argentina. Sin perjuicio de lo anterior, podrían encontrarse
condiciones movilizadoras, ante fenómenos como la destrucción de horizontes, la
pérdida de futuro y comunidad de destino. En síntesis, la dilución de un proyecto de
vida integrado comunitariamente.
Así las cosas, y más allá de las caracterizaciones que se formulan respecto de la
configuración de nuevas subjetividades; muchos de las y los estudiantes parecerían
comenzar a hacerse preguntas como: ¿qué voy a hacer con mi vida personal? ¿voy
a poder terminar mi carrera universitaria? ¿si logro terminarla voy a tener trabajo?
¿voy a poder trabajar en aquello para lo que estudié? ¿mi destino será un trabajo
de poco valor y baja remuneración? ¿los saberes y calificación adquirida van a
contar?
Faltan respuestas. Surgen respuestas. Inclusive con dramáticas implosiones. Hay
pérdida de expectativas, manipulación y condicionamientos (entre otras cosas,
desocupación, apuestas, consumos y endeudamientos). Hay angustia por una
incertidumbre, construida y provocada por este mismo sistema; por una actualidad
con más parches que alternativas superadoras para una transformación efectiva de
la situación que padecemos. Las respuestas más dramáticas se reflejan en el
incremento de los suicidios, en los jóvenes, en particular.
Más allá de lo anterior, muchos de ellos comienzan a explicitar que no querrían
meramente resignarse. Porque aspiran a tener un futuro para ellos, porque quieren
un futuro, junto a sus compañeros de estudio, de trabajo y de Patria: una comunidad
de destino.
Se da entonces una potencialidad para explicitar carencias y necesidades de
certidumbre. Quieren realizarse, y saben que no van a poder hacerlo solos, y menos
en una comunidad que tampoco se realiza. Quizás comienzan a percibir que el único
héroe válido es el héroe colectivo, y que el individualismo aniquila no solo a los
otros.
Enfrentar la injusticia, defender sus derechos y contribuir a un proyecto que los
integre, tal vez esté menos distante. Los jóvenes estudiantes, los jóvenes
trabajadores, empiezan a pensar en otro destino; por constatar que en esta lógica
de exclusión un futuro digno se hace cada vez más imposible. Internalizan que son
los que más tienen para perder. Se están dando cuenta. Quizás están pensando
formas de transformación; probablemente, de lucha.
Sujetos históricos e industrialización con justicia social
Desde los sectores postergados es desde donde mayoritariamente se avivan las
llamas de las transformaciones, las esperanzas que encaminan un proyecto
colectivo.
Sin desmedro de nada ni de nadie, hay que articular una transformación. Para ello,
hace falta un modelo de desarrollo integral. Desde el Grupo OND, lo concebimos
como de industrialización con justicia social. Imperiosamente necesaria frente a la
primarización, el extrativisno y la financierización especulativa, que nos agreden
como pueblo-Nación. Un modelo para un desarrollo humano integral que reemplace
una cada vez más limitada y desdibujada idea de inclusión.
Un modelo donde, la justicia social, en un marco de industrialización, recupere el
protagonismo y la centralidad. Por encima del egoísmo, la maldad y la servidumbre
a intereses concentrados y tecnofeudales; sostenidos, tanto en nuestra patria como
en otras patrias, por sus cipayos-vasallos.
Lo ocurrido en el mundial de fútbol en torno a la reivindicación de que “Las Malvinas
son argentinas” nos ayudó a recordar que no es imposible sentirse parte de un
pueblo-Nación, una Patria. Muestra que el desafío es no rendirse, es resistir, es
continuar. Es concretar un proyecto de Nación, donde, entre otras cosas, desde el
movimiento universitario se converja recíprocamente con movimientos como el
sindical, el cooperativo, entre otros.
Es también con y desde el movimiento universitario, para una comunidad de destino.
Es con y desde el pueblo para un proyecto de Nación.

Fuentes Seguras. El perdurable espíritu de Anchorage

Por Gabriel Fernández *

Los Estados Unidos y la Federación de Rusia vuelven a sorprender. El vínculo se intensifica y se plasma en decisiones que cambian previsiones y prefiguran riesgos pero también acuerdos profundos. Dijo Bhadrakumar: “Bravo, Putin”. ¿Y el Sur?

A lo largo de las jornadas recientes se sucedieron acontecimientos que, además de resultar inusuales, explican por qué desde estas líneas se evaluó apresurada la eliminación del Espíritu de Anchorage como un factor importante de la realidad. También, contribuyeron a entender que los trazos demasiado firmes no sirven para caracterizar este complicadísimo panorama mundial.

El fin de semana pasado, ante el recrudecimiento del conflicto entre los yemeníes de Ansrallah y la monarquía de Arabia Saudita, se conoció un pedido de intervención formulado por el príncipe y primer ministro Mohamed bin Salmán a la Casa Blanca. Para sorpresa de varios analistas, el presidente Donald Trump respondió que su gobierno está dialogando con los llamados hutíes y que los mismos han desistido de atacar sus tropas e instalaciones.

Está claro que esos modestos y bravos luchadores no adoptaron ese comportamiento a través de una ruptura con la República Islámica de Irán. A decir verdad, siguen adelante articulando sus avances con la consolidación de la nación persa. En sintonía, ahondaron su hilván con el Eje de la Resistencia, cuya celebración de la retirada estadounidense de Irak los involucra y, aunque desconfían con fundamento del repliegue invasor sobre Jordania, se sienten portadores de espaldas anchas y musculatura bien templada.

En otro plano, el anuncio de Trump de un acuerdo con Vladimir Putin para importar diésel ruso generó un maelstrom político económico en los Estados Unidos, tanto dentro del Partido Demócrata como en el seno del Republicano. En pocas horas se desató una gran polémica acerca de las consecuencias económicas, políticas y diplomáticas de la decisión, en un contexto marcado por las elecciones de medio término, la guerra entre Rusia y Ucrania y el conflicto en Asia occidental, estrechos incluidos.

El analista internacional Norman Powell puntualizó sin anestesia “Esto ha causado un terremoto político. La ex presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi cuando Trump estaba en su primer mandato, dijo que con Trump todos los caminos conducían a Putin y parece que esta impresión vuelve a resonar después de los anuncios sorpresivo para importar diésel de Rusia a los Estados Unidos como un intento para bajar el precio de ese combustible que le está influyendo en las elecciones de medio término, porque está afectando al transporte y la industria agrícola del país”.

El acuerdo provocó cuestionamientos en todo el arco político, en especial debido al beneficio económico para Rusia en medio del litigioso panorama global: Tanto demócratas como republicanos criticaron con severidad el pacto de Trump con Putin porque, claro, dicen que esto ayuda a Rusia en su lucha contra Ucrania. Además, viola leyes de los Estados Unidos que fueron aprobadas en el año 2022, por las cuales ambas cámaras del Congreso aprobaron que no se debía comprar combustible a Rusia para no favorecerlo financieramente.

Mientras esas algaradas resonaban en el Capitolio y las oficinas empresariales, el presidente Trump afirmó estar adoptando medidas para reducir los elevados precios del combustible, que pueden dinamitar las posibilidades de sus correligionarios republicanos en las elecciones de mitad de legislatura del 3 de noviembre. “Tomé la decisión correcta para el pueblo estadounidense: ¡SIEMPRE, ESTADOS UNIDOS PRIMERO”, indicó en una publicación en las redes sociales. Las mayúsculas le pertenecen.

En vínculo conceptual con las objeciones internas, el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenszky, afirmó con astucia en Fox News que “todo el mundo entiende que ‌los precios del diésel no dependen de nuestros ataques contra las refinerías rusas. Todo el mundo entiende que dependen del bloqueo (…) del estrecho de Ormuz”. Lo cierto es que los precios internacionales retrocedieron este martes. Y no son pocos los países que expresaron a Trump, por lo bajo, su satisfacción por la medida.

El impulso de los factores analizados hasta aquí permite a este narrador afrontar otro enlace significativo. Al tiempo que la polémica se hacía más intensa, la Federación de Rusia atacaba, ayer, con misiles balísticos la infraestructura energética de Kiev. La acción en sí misma fue considerada parte del combate que llevan adelante las dos formaciones, pero un elemento corrosivo surgió cuando Zelensky denunció que los Estados Unidos no advirtieron sobre el ataque.

En concreto, el mandatario acusado de inclinaciones nazis por parte de la nación rusa, aseveró que “En relación con este ataque, lamentablemente, no hubo advertencia de nuestros socios. Los datos de inteligencia sobre el lanzamiento de misiles balísticos rusos ayudan a salvar vidas”. En la Casa Blanca no quisieron precisar si los Estados Unidos han cesado de transmitir información de inteligencia a Ucrania, y prometieron aclarar la cuestión más adelante, según informó la nueva portavoz, Katie Zakaria. Cabe recordar que Trump dijo el sábado que era hora de que Ucrania consiguiera un nuevo presidente, y sugirió que Zelensky no ha hecho lo suficiente para poner fin a la guerra.

Aquella reunión entre Putin y Trump en Anchorage, Alaska, el 15 de agosto de 2025, parece haber sido más trascendente de lo que se informó. Es pertinente subrayar que el mandatario estadounidense cooperó con esa difuminación al lanzar, desde entonces y hasta el momento en que se redactan estas líneas, los más variados anuncios -muchos contradictorios, otros disparatados- sobre una cantidad de asuntos inconmensurable.

Al decir del ex embajador y analista internacional M. K. Bhadrakumar “Donald Trump está al tanto de la situación y accede a la insistencia de Rusia en una arquitectura de Seguridad Integral para Europa que pondría fin a la tarea pendiente de desmantelar la Guerra Fría en el marco de un tratado. Esto podría haberse hecho ya en diciembre de 2021y haber evitado muchas pérdidas de vidas y una destrucción terrible cuando Rusia lo propuso por formalmente por escrito a Washington y Bruselas, que lo rechazaron rotundamente, dejando al Kremlin sin otra alternativa que ordenar la Operación Militar Especial a finales de febrero de 2022”.

Evidenciando un optimismo más intenso que el que detenta este narrador, pero portando un conocimiento superior que amerita respeto, el experto puntualizó que “Ahora, con un ánimo más sobrio, viendo el hecho consumado de una inevitable victoria rusa, Occidente está cediendo al antiguo deseo del Kremlin de lo que Gorbachov llamó un hogar común europeo que se extendiera desde Vancouver hasta Vladivostok”. Esto denota -ahí si quien redacta coincide a pleno- “tiempos verdaderamente históricos para la comunidad mundial y el sistema internacional”.

En un desacostumbrado torrente de emoción, Bhadrakumar expresó “Bravo, Putin, por tu monumental paciencia combinada con realismo y pura determinación, además de tu sabiduría y habilidad política para evaluar a Trump como alguien con quien Rusia puede negociar”. El indio -suena mejor hindú, pero bueno- sabe de lo que habla y no derrama caracterizaciones sin fundamento.

Ante semejante reapertura de los portales del futuro, desde estas Fuentes se requirió la mirada profunda del politólogo y antropólogo Alexander J. Coley; desde las tierras norteñas, contribuyó informando que en breve se iniciará la construcción de un túnel submarino que conectará Chukotka, Rusia, con Alaska, Estados Unidos, como parte de “un ambicioso proyecto de infraestructura entre ambas naciones. El diseño estará a cargo de Rusia. El túnel pasará por el estrecho de Bering, bajo las islas Diomede. Se estima que la construcción se concretará a lo largo de la próxima década”. La fuente de Alex posee volumen: se trata del asesor de Putin en su vínculo con los norteamericanos, Kirill Dmitriev.

Quizás valga decir que aquella venta de Alaska acordada entre Rusia y los Estados Unidos el 18 de octubre de 1867 salió entre bien y muy bien. Pero esa observación no será planteada aquí pues ¿quién puede diseñar una estrategia de tal proyección? Lo que sí resulta inevitable es reflexionar que una acción mancomunada de esa naturaleza contiene un largavistas que bien puede abarcar más de un siglo y medio hacia adelante, impulsado por la misma cantidad de años que se contabilizan al atisbar el pasado.

Las islas Diomede son la frontera más breve entre Alaska y Rusia, con 3,8 km de distancia y un salto de día entre ambas orillas.

La presencia de las naciones multipolares constituye el elemento que opera como sustrato del rumbo de los acontecimientos.

Empero, este panorama no debería contener falsas expectativas. Es probable que las potencias alcancen acercamientos valiosos, pero también que sus zonas de influencia se sostengan sin demasiadas variantes. Los Estados Unidos intentarán extraer de América latina aquellos recursos que necesitan y la Federación de Rusia, así como la República Popular China, evitarán intervenir; no irán más allá de las declaraciones.

Sucede que entre la Organización de Cooperación de Shanghái y los BRICS +, ya brindaron el ejemplo a seguir. Ese sendero no implica adentrarse en litigios lejanos sino en promover asociaciones regionales asentadas en la producción y el desarrollo. Ese andar puede constituir la modalidad adecuada para establecer un diseño planetario más equilibrado.

Lo que no elaboremos desde acá, no llegará del exterior. Pueden surgir inversiones, comercio, intercambio científico y técnico. Más aún. Pero el crecimiento asentado en la unidad sub continental solo alcanzará despliegue desde un Nosotros articulado en este Sur.

Unos mates, lector, y a pensar. Lo apuntado es importante.

IDENTIDAD CULTURAL LATINOAMERICANA, BASE DE NUESTRA INTEGRACIÓN

Por Julio Fernández Baraibar

Este es el texto de mi ponencia presentada en la Asamblea de la Confederación de Parlamentarios de las Américas, realizada en la Cámara de Diputados de Salta, el 12 de octubre de 2026.

Honorables parlamentarias y parlamentarios presentes, señoras y señores, amigas y amigos:

En primer lugar quiero agradecer al senador mexicano y presidente de COPA, don Miguel Angel Chico Herrera, y a la Licenciada Yizbeleni Gallardo por esta gentil invitación a participar en esta Asamblea Anual de COPA.

Celebro también que en la misma haya un lugar para reflexionar sobre lo que quizás sea la más acuciante y decisiva de las siempre acuciantes y decisivas cuestiones que involucran a nuestro continente: la integración latinoamericana, la unidad política y económica de los pueblos que hablamos las lenguas de Camões y de Cervantes, sin la cual se hace imposible todo encuentro real, equitativo y verdadero con los pueblos que heredaron su lengua de Chaucer y Shakespeare.

Y no puedo dejar de mencionar que agradezco a la casualidad – “la necesidad se abre paso a través de la casualidad”, se afirmó alguna vez en el siglo XIX- de que el día para este encuentro haya sido el 12 de octubre, el día en que, en 1492, por primera vez se obtiene la experiencia del mundo como comunidad universal, el día en que el mundo descubrió un Nuevo Mundo, un mundo completo.

Y este hecho tiene directamente que ver con esta identidad cultural latinoamericana que, con sus riquísimos matices y vertientes, ha conformado una unidad histórica a lo largo de más de cinco siglos.

Tres son, en principio, los elementos que han nutrido y nutren esta cultura latinoamericana.

En primer lugar, por preeminencia histórica, las culturas originarias, las de esas civilizaciones que precedieron a la llegada de los europeos y que encontraron en Rodolfo Kusch -que conoció tanto este Noroeste argentino- un afanoso intento de interpretación y comprensión. Hombres que oponían al “ser”, núcleo central del pensamiento europeo, el “mero estar”. “Vivir, consiste entonces, en mantener el equilibrio entre orden y caos, que son las causas de la transitoriedad de todas las cosas y ese equilibrio está dado por una débil pantalla mágica que se materializa en una simple y resignada sabiduría o en esquemas de tipo mágico”, dice Kusch en su América Profunda.

Ese sustrato teogónico, femenino, resignado y cuestionador radical de la existencia aún vive en los versos de las copleras andinas:

“Canten, canten, compañeros,

de qué me están recelando,

yo no soy más que apariencia,

sombra que anda caminando”.

Sobre ella se impuso la cultura europea hispánica, tanto española como lusitana, en un dramático y sangriento encuentro, en un mestizaje que implicó dominación y saqueo, pero que dejó una prodigiosa y única unidad religiosa y lingüística, donde el conocimiento científico y el afán utópico de los jesuitas, puso gramática y escritura a las lenguas ancestrales, nos llenó de formas mestizas con el milagro del barroco colonial, de los ángeles arcabuceros y de violines indios que interpretaban Las Cuatro Estaciones de Vivaldi en lo profundo de la fronda paraguaya.

Y, quizás sin proponérselo, el afán de Bartolomé de las Casas en proteger a sus feligreses chiapanecos logró que los esclavizados africanos dotaran a nuestro continente de una cultura que fue capaz de ocultar sus viejos “orixás” del amor, de la fertilidad, de la guerra, del trueno, del mar y de los bosques, tras las máscaras de dioses y santos nuevos y extraños, que forma parte constitutiva de la cultura latinoamericana.

En estos momentos, uno de esos pueblos traídos a la fuerza desde África sufre nuevamente el precio de haber sido la única rebelión de esclavos triunfante en la historia de la humanidad. El pueblo de Haití y los latinoamericanos lloramos hoy los más de 900 muertos por la furia de un huracán y la miseria que un injusto sistema imperial ha descargado en la tierra de Petion, nuestro primer Libertador.

Esta cultura transculturada, producto de un secular proceso de mixtura, de fagocitación recíproca, de feroz y salvaje penetración mutua, logró producir ese misterio que, con sorpresa, descubre Simón Bolívar en su Carta de Jamaica: «Nosotros somos un pequeño género humano; poseemos un mundo aparte… No somos indios ni europeos, sino una especie mezcla entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles».

A esa mezcla, no sin una gran dosis de optimismo humanista y algo de determinismo genético, el mexicano José Vasconcelos llamó “la raza cósmica”. Mas cerca de nosotros, el argentino Ramiro Podetti la describe como “la utopía antropológica de síntesis de todas las razas”.

Nacimos, entonces, unidos por el idioma, por el catolicismo de Ignacio de Loyola, por la dominación española, por un sistema colonial que sometía a los hijos de todo el continente. Y unidos y simultáneamente nos lanzamos a la independencia y a la creación de un gran estado continental.

Nuestro himno patriótico, escrito por un político metido a poeta, Vicente López y Planes, declara ante el mundo:

“Se levanta a la faz de la tierra

una nueva y gloriosa Nación”.

El himno venezolano, escrito también por otro político convertido en poeta por su pasión criolla, Vicente Salias, define el espacio de esta vocación nacional:

«Unida con lazos

que el cielo formó,

la América toda

existe en nación».

El norteamericano Waldo Frank, nacido en New Jersey, impactado por esta realidad hispanoamericana y huésped reiterado en Perú, en Santiago, en Río y en Buenos Aires, escribía en 1929: “Hace un siglo, al emprender su marcha las Repúblicas, aunque el camino era oscuro y difícil, nada parecía oponerse al lógico resultado de un nacimiento cultural. Estaban menos divididos que las partes innumerables de la Roma pagana que formaron últimamente la armonía de la Europa católica; estaban mucho menos en desacuerdo que las baronías y los condados de unidades modernas estatales como Francia, España, Alemania, Inglaterra. Y había razones suficientes para creer que el proceso natural de cambios y de conflictos produciría un concierto cultural -fuerte e individual- de la América Hispana”.

El chileno Felipe Herrera, creador del Banco Interamericano de Desarrollo, escribía en la década del 60 del siglo pasado: “Las fuerzas negativas de la geografía, la pobreza, el caudillismo, la estrecha dependencia colonial precedente y el aislamiento en que ella nos mantuvo entre nosotros, impidieron que el ideal de los Libertadores se hiciera realidad, y que la independencia política fuera a la vez el nacimiento y consolidación de una gran asociación de pueblos, porque —al revés que en otras jóvenes nacionalidades en otros escenarios— las fuerzas de la dispersión pudieron más que las de cohesión”.

Como tantas veces nos lo enseñara el gran pensador uruguayo Alberto Methol Ferré, dos eran, entonces, las grandes banderas de nuestros Libertadores: la Independencia y la Unidad nacional a escala continental. De ellas sólo una ha quedado en pie, a veces ajada y en hilachas, a veces altiva y limpia, la de la Independencia.

La realización de esa unidad es, todavía, materia pendiente, una bandera política que arrastra multitudes y un deber patriótico de esta nueva generación de latinoamericanos.

Estamos convencidos, y este es el objeto central de esta charla, de que esta identidad cultural , que es herencia, pero que también es patrimonio actual y en crecimiento, es el cimiento que da solidez y el núcleo operativo que nos impulsa y permite a los latinoamericanos la construcción de la Patria Grande que hoy se nos reclama desde la misma Roma, en la voz de Francisco.

Ante nuestros ojos, la escena mundial nos hace evidente que los viejos estados nacionales han dado paso a grandes formaciones continentales. Ya Friedrich Ratzel había descubierto en el siglo XIX que el escenario internacional estaba marcando la declinación de aquellos pequeños estados continentales surgidos de la Paz de Westfalia y la aparición de formaciones estatales superiores. Estados Unidos, al finalizar la Guerra de Secesión, era ya un pueblo continental y bioceánico. El dilatado territorio bicontinental de Rusia también era, para el el pensador alemán, una prefiguración de los nuevos paradigmas en la política internacional. Hoy, estos dos países, más China, la India y el Sudeste Asiático se han transformado definitivamente en naciones continentales, producto de la integración de amplias zonas geográficas, incluyendo en su seno varias y muy distintas naciones. De todas ellas, posiblemente sólo EE.UU. posea una unidad cultural basada en la expansión e imposición de las trece colonias sobre el vasto territorio, ocupado por pueblos originarios, por españoles, franceses y latinoamericanos. Hoy, en el país de los puritanos del Mayflower, una población superior a la población argentina habla español como lengua materna y tiene profundas vinculaciones culturales con la América Latina al sur del Río Grande.

Nuevamente traemos las palabras de Felipe Herrera. En 1962 decía en Salvador de Bahía: “No es una entidad ficticia la nación latinoamericana. Subyace en la raíz de nuestros Estados modernos, persiste como fuerza vital y realidad profunda. Sobre su singular material indígena, diverso en sus formas y maneras pero similar en su esencia, lleva el sello de tres siglos de dominación ibera. Experiencia, instituciones, cultura e influencias afines la formaron desde México hasta el Estrecho de Magallanes. Así, unitaria en su espíritu y en su fuerza, se levantó para su independencia”.

Señoras y señores:

Esta cultura es algo único en el mundo de hoy. Los parlamentarios mexicanos, para mencionar un solo ejemplo, tomaron a la noche un avión en el aeropuerto Benito Juárez de México, donde se han despedido con un “Buenas noches” de sus amigos o familiares, y ocho o nueve horas después han llegado al Aeropuerto General Pistarini de Ezeiza y los han recibido con un cordial “Buenos Días”, y si hubieran viajado cuatro o cinco horas más, hasta Ushuaia, igual habría sido el saludo de recepción. Comparen ustedes con la cantidad de lenguas que hubieran atravesado si el viaje, de tan solo cinco horas, hubiera sido entre Madrid a Moscú.

Sor Juana Inés de la Cruz, Miguel Angel Asturias, Rómulo Gallegos, Octavio Paz, Pablo Neruda, Jorge Luis Borges, Gabriela Mistral, José Rodó, Rachel de Queiroz,Nicolás Guillén, Guimaraes Rosa, Augusto Céspedes, Gabriel García Márquez oAugusto Roa Bastos, para mencionar solo algunos nombres, no son sólo hijos del solar que los vio nacer, sino producto de esta asombrosa cultura continental forjada durante más de quinientos azarosos años.

Todos nuestros músicos, de los más exquisitos a los más simples, desde el abstruso Juan Carlos Paz hasta el melodioso Juan Gabriel, pasando por todos esos maravillosos músicos y cantantes que expresan la sensibilidad de sus paisanos, deben sus armonías, su inspiración y y su tonalidad a estas tres fuentes originarias que se enriquecieron con tanto árabe, polaco, ruso, italiano, español, portugués o alemán que entreveró su sangre y sus sudores en nuestras praderas, selvas y montañas.

¿Y en las artes plásticas? Desde los paisajes pampeanos de Prilidiano Pueyrredón o desde esos legendarios telamones aztecas que fueron Rivera, Orozco y Siqueiros, cuya vinculación a nuestra cultura y a nuestras pasiones civiles no necesitan explicación, hasta el ecuatoriano Guayasamín, el maracucho Gabriel Bracho, el paulista Candido Portinari, el cubano Wilfredo Lam -ese chino hijo de la santería y el cubismo-, Roberto Matta -el chileno sin pasaporte de la dictadura- o el mendocino Carlos Alonso hasta llegar a Tarsila do Amaral en Brasil y a Marcia Schwartz y su implacable galería de personajes urbanos porteños y paisajes fluviales guaraníes, todos ellos son la manifestación más bella y rotunda de esta cultura latinoamericana que nos ha dado una personalidad definitiva en el mundo contemporáneo.

El argentino Jorge Abelardo Ramos, con concisión epigramática y precisión quirúrgica, formuló hace ya más de cincuenta años, refiriéndose a nuestro país: “Somos un país porque no pudimos integrar una nación y fuimos argentinos porque fracasamos en ser latinoamericanos. Aquí se encierra todo nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá”.

Aquí se encierra nuestro drama porque no logramos entrar al siglo de la industrialización, de los milagros científicos y tecnológicos, al de la universalización del planeta, con una poderosa organización social que nos permitiera dialogar en pie de igualdad con el resto de las naciones.

Cuando pueblos que hoy son muy poderosos, como EE.UU., Alemania o Italia, lograban su unificación nacional, construyendo el espacio necesario para el pleno desarrollo de sus recursos, de sus capacidades productivas, para la eclosión del espíritu de sus hombres y mujeres, nuestro continente se fragmentaba en débiles, muchas veces escuálidos, pedazos que remedaban simiescamente las instituciones allá forjadas, pero sin la fuerza militar ni el poderío económico que respaldara con fábricas, con siderurgia y con creciente bienestar su presencia en la escena internacional.

Como lo expresara, mucho más bellamente de lo que lo que yo podría hacerlo, Gabriel García Márquez, en su discurso al recibir el Premio Nóbel de Literatura: “Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos -terminaba Gabo-, el nudo de nuestra soledad”.

En este nudo de nuestra soledad se encierra nuestro drama y la clave de la revolución que vendrá no es otra que el de nuestra integración. Solo en una escala continental, con una sola voz que llegue desde el Río Bravo a la Bahía de Lapataia, estos pueblos nuestros podrán, por fin, ser comprendidos, ser vistos como iguales, tener voz propia y estentórea.

El gran José Martí escribía, poco antes de morir en combate: “Hay que devolver al concierto humano interrumpido la voz de América, que se heló en horas triste en la garganta de Netzahuacóyotl y Chilam; hay que armar los pacíficos ejércitos que paseen una misma bandera desde el Bravo undoso, en cuya margen jinetea el apache indómito, hasta el Arauco cuyas aguas templan la sed de los invictos aborígenes, como si la arrogante América debiera, por sus lados de tierra, tener por límites como símbolo sereno tribus desde hace tres siglos no domadas; y por Oriente y Occidente, mares sólo de Dios y de las aves propias”.

Y no puedo dejar pasar la oportunidad de traer a esta Asamblea la voz del general Juan Domingo Perón, tres veces presidente argentino, profeta y apóstol de nuestra gran nación continental. Tan temprano como en 1951, cuando Europa aún se levantaba de los escombros de la Segunda Guerra Mundial y comenzaba a pensar en la construcción de la Comunidad Europea, el presidente argentino escribía: “Unidos seremos inconquistables; separados, indefendibles. Si no estamos a la altura de nuestra misión, hombres y pueblos sufriremos el destino de los mediocres”.

Nuestra unidad cultural es la piedra basal de nuestra integración continental. Podrán ser arduos, escarpados y trabajosos los caminos o los senderos que permitan una plena y autónoma industrialización de nuestras sociedades y pueblos, que es la garantía material del éxito de la misión unificadora. Largas y dificultosas podrán ser las jornadas que permitan a nuestros pueblos gozar de esas tres T que nos propone Francisco en su Reunión con los Movimientos Sociales en Bolivia: Tierra, Trabajo y Techo.

Y mucha paciencia deberemos tener los hijos de Atahualpa, Hidalgo, Cuauhtémoc, Bolívar, San Martín y Güemes en una tarea que ha tenido y tiene grandes avances y profundos retrocesos, generosos amigos y poderosos enemigos.

Pero contamos, como hemos tratado de explicar, con una herramienta espiritual fuerte como la obsidiana y el basalto: una cultura nacional latinoamericana con una irresistible vocación universal. Es este regalo de la historia, este pueblo continental “que aún reza a Jesucristo y aún habla en español”, como escribiera Rubén Darío, el cimiento granítico que nos ha permitido resistir invasiones y tiranías y que fecunda de vida, pasión y fortaleza a más de 600 millones de latinoamericanos.

Nacimos a la vida independiente con las palabras del Inca Yupanqui, dirigida a los diputados españoles, en las Cortes de Cádiz: “Un pueblo que oprime a otro no puede ser libre”. La admonición ha sobrevivido doscientos años y hoy se dirige a todos las naciones con vocación imperial.

Dos grandes pulmones tiene nuestro continente. Uno de ellos es Estados Unidos, que como nos dijera Darío, “son potentes y grandes. / Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor / que pasa por las vértebras enormes de los Andes”.

El otro es Latinoamérica, cuyos alvéolos no terminan de conformarse en un órgano simétrico, ahogados repetidas veces por el poderoso pulmón del Norte. Solo hay que permitirle que respire profundamente, que tome resuello y se nutra de este aire de orquídeas y tucanes. Quinientos años de alteridad, de ser el otro desconocido y temible, deben dar paso al reconocimiento, al saber qué somos, al conocer en profundidad la naturaleza de nuestro sufrimiento y el origen de nuestra apasionada exigencia de independencia, respeto y dignidad, para que este pecho del mundo pueda tener sus dos buenos y potentes pulmones simétricos.

Para terminar quiero citar a un gran poeta popular de esta tierra, el salteño Jaime Dávalos, que en su Canto a Sudamérica, recoge la secular herencia de nuestro drama y nuestra redención:

«El hambre, la miseria, la injusticia,

la voluntad del pueblo traicionada,

no harán más que aumentar su rebeldía,

no harán más que apurar en sus entrañas

al hijo de la luz que viene a unirnos

en una sola espiga esperanzada;

Porque América!, — tierra del futuro– ,

igual que la mujer, vence de echada».

Muchas gracias.

Salta, 12 de octubre de 2016.

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