Por Gustavo Matías Terzaga. Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.
En un Estado democrático moldeado durante décadas por lógicas ajenas al interés nacional—y sostenido por un pacto que consolidó limitaciones estructurales como una herencia intocable de la dictadura genocida liberal, y que perdura en marcos normativos, económicos e institucionales, condicionando nuestro desarrollo sin haber sido plenamente revisados— no resulta extraño que el peronismo, con el paso del tiempo, tienda a diluir su identidad histórica para derivar, por un lado, en una versión más conservadora como resabio del ciclo menemista, o, por otro, en una variante progresista que —aunque impulsó políticas importantes de desarrollo industrial, empleo, consumo y recuperación salarial durante su ciclo— terminó muchas limitada por una mirada predominantemente urbana, cultural, moral y académica, concentrada en debates legítimos pero más vinculados a determinados sectores medios que a la complejidad productiva, territorial y social de las grandes mayorías. Ambas expresiones, por distintas tangentes, fueron perdiendo conexión con los núcleos centrales de la tradición peronista clásica y de la concepción estratégica de Perón sobre la comunidad nacional.
La profunda crisis existencial que atraviesa la Argentina —expresada en el deterioro económico, la fragmentación social, la pobreza institucionalizada, la dependencia externa y la pérdida de horizonte productivo— no puede explicarse como resultado de las decisiones de una sola figura en particular; hacerlo implicaría reducir un problema histórico a una lectura superficial. Con mayor rigor, debe inscribirse en un proceso de vaciamiento estructural que el país arrastra desde hace medio siglo, impulsado por un bloque de poder antinacional que logró consolidarse, en buena medida, porque las propias fuerzas del campo nacional no avanzaron sobre las bases que lo sostienen. En ese marco, el estado actual del peronismo —atravesado por derrotas electorales, dispersión interna, pérdida de lenguaje y sintonía popular, y desorientación estratégica— tampoco admite explicaciones centradas exclusivamente en responsabilidades individuales. Sería intelectualmente deshonesto atribuir semejante proceso histórico a una sola persona. Pero sería igualmente deshonesto eximir de toda responsabilidad a quien fue dos veces presidenta de la Nación, principal referencia política del campo nacional durante más de una década y conductora indiscutida de una porción sustancial del peronismo; Cristina.
Cristina como refugio emotivo
La resistencia al desamparo y la función psicológica del líder como refugio emotivo son dos caras de un mismo fenómeno. Cuando un espacio político atraviesa etapas de repliegue, incertidumbre o una notoria pérdida de horizonte estratégico, el liderazgo deja de funcionar únicamente como conducción y pasa a cumplir un papel de contención psicológica y refugio emocional para su propia comunidad de seguidores. Y eso se vuelve todavía más intenso en experiencias políticas que tuvieron una fuerte carga épica, afectiva e identitaria, como ocurrió con el kirchnerismo.
Más allá de la ineludible gravitación histórica, la valoración política a la figura de Cristina y el legítimo amor que despierta en sectores populares, este mecanismo tiene una consecuencia muy concreta; bloquea el diagnóstico racional en los “politizados”. Porque cuestionar su figura no implica solamente revisar una conducción política, sino también quedar expuestos, desprovistos de esa certeza emocional que durante años ordenó su mundo ideológico, dio sentido de pertenencia y funcionó como brújula interior para interpretar la realidad. Sobre todo cuando durante años fueron habituados a sustituir el ejercicio del pensamiento crítico propio por la aceptación casi automática de su palabra y la consigna como criterio último de interpretación política.
Y allí aparece, muchas veces, la dificultad más profunda. La resistencia a la intemperie y el riesgo de tener que volver a pensar el presente y el futuro sin ese punto de referencia que durante años ordenó el horizonte político y afectivo de amplios sectores. Hablamos de una generación que se formó políticamente durante la década kirchnerista, pero también de muchos militantes provenientes de los años setenta y de generaciones intermedias que encontraron en Cristina una referencia central para interpretar la realidad, organizar su acción política y proyectar expectativas de transformación. Precisamente por eso, la discusión sobre la conducción resulta tan sensible; porque no involucra solamente diagnósticos políticos, sino también identidades, pertenencias, afectos y una parte importante de la biografía militante de varias generaciones. Se entiende que revisar críticamente esa referencia no supone únicamente modificar una posición política; implica, muchas veces, atravesar una verdadera crisis personal.
Entonces, surge la tentación de buscar respuestas en cada carta, en cada tuit o en cada intervención pública, como si allí estuvieran contenidas las claves de la etapa que viene. Pero, con frecuencia, esos mensajes terminan girando alrededor de un mismo eje: la reivindicación del ciclo pasado, la confirmación retrospectiva de diagnósticos ya formulados y la permanente demostración de que, en algún momento, ella había advertido lo que iba a ocurrir. Una dinámica que, más que ofrecer una estrategia para salir del laberinto, parece orientada a certificar, una y otra vez, que quien señaló el camino equivocado no fue quien conducía, sino quienes no le hicieron caso o no la escucharon lo suficiente. Una conclusión curiosa, porque termina convirtiendo cada fracaso colectivo en una nueva prueba retrospectiva de infalibilidad personal; una forma elegante de preservar intacta la autoridad simbólica allí donde los resultados políticos invitarían, más bien, a revisar críticamente la calidad de la conducción ejercida.
No merecemos aún todo el odio que nos profesan
Y hay algo que conviene saber; lo único verdaderamente constante en la historia política argentina es que ninguna conducción ni ningún ciclo político permanece indefinidamente, o logra imponerse, si no alteran las estructuras profundas del poder real. Perón fue quien más lejos llegó en ese intento; no por años, sino por profundización. Nacionalizó el Banco Central y los depósitos bancarios, poniendo el crédito y la política monetaria bajo conducción estatal; creó el IAPI para monopolizar el comercio exterior y utilizar la renta agroexportadora como palanca de industrialización; recuperó los ferrocarriles, fortaleció YPF, creó Gas del Estado, Aerolíneas Argentinas, Agua y Energía Eléctrica y la Empresa Nacional de Telecomunicaciones, impulsó SOMISA y el Plan Siderúrgico Nacional, desarrolló una vasta infraestructura energética, vial y habitacional, expandió derechos laborales y sociales, promovió la participación de los trabajadores en la renta nacional y consolidó al movimiento obrero organizado como actor central del poder político. En definitiva, fue capaz de disputar a las viejas oligarquías terratenientes, financieras, comerciales y a los intereses extranjeros posiciones estratégicas que durante décadas habían controlado el destino económico del país. A ello se sumó la Constitución de 1949, que incorporó los derechos sociales, la función social de la propiedad, la intervención estatal en la economía y la soberanía sobre los recursos estratégicos, dotando de rango constitucional a buena parte de las transformaciones impulsadas por el gobierno. Y aun así no logró completar esa tarea. La reacción fue feroz. Bombardearon Plaza de Mayo, derrocaron a su gobierno, proscribieron al movimiento mayoritario del país durante dieciocho años, persiguieron a sus dirigentes, encarcelaron, torturaron, fusilaron y desaparecieron militantes y sindicalistas y desplegaron una vasta operación de disciplinamiento político y cultural. Castigaron la osadía de haber intentado seriamente construir una Argentina más justa, más soberana y más popular que la que las élites portuarias y tradicionales estaban dispuestas a tolerar.
Precisamente por eso, confundir el repliegue táctico de esos poderes con su derrota definitiva constituye una de las ingenuidades más costosas que ha cometido el campo nacional en el último tramo de nuestra historia política. La realidad, como casi siempre, terminó siendo bastante menos optimista que los discursos de época que proclamaban haber ingresado en una fase irreversible de la historia argentina. Alcanzó apenas una alternancia política para comprobar cuán intactos permanecían muchos de los resortes fundamentales del poder. El resultado está a la vista. No hace falta buscarlo en los libros; alcanza con caminar la calle.
Puesto menor.
Por caso, el “Clarín miente” tuvo su utilidad histórica. Sirvió para correr el velo de neutralidad que durante años protegió a los grandes medios, para poner bajo la luz pública el poder político de Magnetto y para que una parte, sólo una parte de la sociedad comenzara a comprender que detrás de ciertas operaciones mediáticas existían intereses concretos y no simples ejercicios de periodismo independiente. Pero aquello, por sí solo, nunca alcanzó. Señalar una estructura de dominación no implica haberla desplazado. Lo verdaderamente notable es que Clarín sobrevivió fortalecido a gobiernos de signos completamente distintos. Durante la dictadura consolidó, junto a La Nación y el Estado, el control de Papel Prensa. Con la recuperación democrática expandió su influencia sobre el sistema de medios. En los noventa acompañó el proceso de concentración económica y terminó convirtiéndose en un conglomerado multimedia de dimensiones inéditas. Durante el kirchnerismo, aun en medio de una confrontación abierta, preservó buena parte de su estructura de poder y creció. Los gobiernos cambiaron; Clarín siguió allí.
Un ejemplo sobre el punto, la Justicia. Después de años de movilización política, foros federales, debates académicos, cadenas nacionales y una épica construida alrededor de la democratización de la palabra, alcanzó la firma de un juez llamado Edmundo Carbone y una cadena de resoluciones judiciales para que los artículos centrales de la Ley de Medios quedaran suspendidos durante años. Una historia bastante ilustrativa sobre la diferencia que existe entre señalar al poder y tener la capacidad efectiva de modificarlo. Por eso no alcanza con democratizar la Justicia. El desafío consiste en que deje de ser permeable a los intereses de las minorías privilegiadas y vuelva a reconocer como horizonte los intereses del pueblo y de la Nación. Y tal vez esa sea la verdadera enseñanza; los problemas de la Argentina no se explican únicamente por quién ocupa circunstancialmente la Casa Rosada, sino por la extraordinaria capacidad de supervivencia y adaptación de ciertos factores permanentes de poder.
Merecer verdaderamente el odio que nos profesan no consiste en acumular discursos encendidos o poner un revólver sobre un escritorio. Consiste en construir una Argentina donde los resortes estratégicos de la economía, el crédito, la energía, el comercio exterior, la información y el desarrollo nacional dejen de estar organizados en función de una minoría privilegiada y pasen a responder a las necesidades de las grandes mayorías. Lo demás —el jetoneo permanente y los editoriales furiosos— muchas veces no pasa de ser una nube de humo que termina funcionando como una forma de compensación simbólica allí donde faltan la decisión política, la acumulación de poder o la capacidad efectiva de avanzar sobre los intereses que verdaderamente organizan la dependencia argentina.
La historia argentina, en ese sentido, es bastante menos misteriosa de lo que solemos creer. Cada retroceso del campo nacional suele comenzar mucho antes de la derrota electoral, en el momento mismo en que se confunde una administración coyuntural con una transformación histórica real. Por eso, sostener la supuesta “irreversibilidad” de un ciclo relativamente virtuoso sin haber erosionado las bases estructurales del bloque antinacional es, cuanto menos, una forma bastante temeraria de autoengaño histórico.
La reacción
Y aquí aparece un dato político revelador; la desproporción entre el odio que recibimos y el daño real que efectivamente llegamos a infligirles confirma, en el fondo, que sigue existiendo algo vivo y peligroso para ellos en la memoria política de nuestro pueblo. No reaccionan solamente frente a lo que el peronismo hizo y los perjudicó, sino frente a lo que alguna vez representó y a la posibilidad latente de que un proyecto nacional vuelva a organizar a las grandes mayorías detrás de una idea de Patria socialmente justa, económicamente soberana y políticamente independiente.
Después de todo, las consecuencias históricas de aquella irrupción popular del 17 de Octubre de 1945 todavía atraviesan la vida política argentina. Porque aquel día no sólo nació un movimiento político; nació también una fractura histórica que las clases dominantes jamás terminaron de perdonar; la decisión de las grandes mayorías de intervenir directamente en el destino de la Nación y disputar espacios de poder que hasta entonces les estaban vedados. Y esa memoria histórica sigue siendo, todavía hoy, el verdadero objeto del odio persistente de las clases dominantes argentinas; las mismas que parecen detestar profundamente al país, a su pueblo, a su cultura y a sus aspiraciones de justicia y dignidad, pero que jamás se resignan a perder el control sobre la riqueza, los recursos y la extraordinaria fecundidad material de esta tierra.
Un peronismo civilizado
Desde 1955, el objetivo persistente de la Argentina oligárquica fue neutralizar al peronismo como experiencia histórica de organización popular y soberanía nacional. Como mencionamos, primero intentó hacerlo mediante la violencia abierta. Pero con el tiempo, las clases dominantes comprendieron algo más eficaz y mucho menos costoso. No era necesario el contrapunto de destruir al peronismo si podían vaciarlo lentamente de contenido histórico, domesticar su dirigencia e integrarlo como una pieza administrable dentro del orden semicolonial argentino. En definitiva, una a una, ¿cuál es el precio de una voluntad floja de papeles? Generalmente no mucho más que viajes en primera, la seguridad familiar y un palco en el Colón. La mafia rara vez empieza por la violencia. Primero intenta comprarte. Si no puede, busca disciplinarte. Y cuando tampoco lo consigue, procura eliminar el problema.
Así comenzó un largo proceso de adaptación y esterilización política mediante el cual una parte significativa del peronismo dejó progresivamente de representar un problema estructural para el establishment y pasó, en cambio, a garantizar estabilidad, previsibilidad y contención social dentro de los márgenes aceptables del sistema demoliberal. Desde Menem en adelante, buena parte de esa transformación consistió precisamente en conservar los símbolos en los despachos y algo de la identidad emocional del peronismo mientras se abandonaba, de hecho, su vocación histórica de transformación nacional.
El punto culminante de esa evolución llegó cuando mencionar a Perón en público dejó de ser un activo político para convertirse, según los focus groups, en un problema de imagen. Por estas latitudes, la señal fue particularmente visible en el provincialismo y en buena parte del municipalismo, donde el peronismo comenzó a desprenderse progresivamente de su lenguaje, de sus símbolos y hasta de su propia tradición. El proceso avanzó a tal punto que hoy resulta cada vez más difícil distinguir —salvo hilando muy fino en los matices— entre una gestión radical de perfil progresista y una gestión justicialista obscenamente moderada. Una curiosa forma de modernización doctrinaria; ocultar al fundador del movimiento para mejorar el rendimiento electoral de sus herederos. A partir de entonces se especializaron en una disciplina muy contemporánea, en una forma de ejercer la política casi irreductible; el surf electoral. Ya no se trata de construir conciencia, organizar voluntades ni modificar correlaciones de fuerza, sino de desplazarse elegantemente sobre cada fluctuación de la opinión pública procurando no contrariar demasiado los datos de la última medición. Si ayer las encuestas indicaban entusiasmo por Milei, aparecen de inmediato en bocas de peronistas los discursos sobre la reducción del Estado, el equilibrio fiscal, la macro y la eficiencia del ajuste. Después de todo, para el surfista profesional no existe convicción mayor más que la de permanecer arriba de la tabla. Un síntoma inequívoco de debilidad de carácter y de escasa confianza en la capacidad transformadora de las propias ideas. Pocas cosas describen mejor la decadencia política que ese reemplazo de la convicción por la especulación demoscópica.
El cordobesismo
En ese sentido, Juan Schiaretti desde Córdoba, expresa quizá una de las formas más acabadas de esa esterilización del peronismo. No aparece como un enemigo frontal del peronismo, sino como su versión completamente adaptada al orden conservador; un peronismo administrativista, gestor, despojado de conflicto histórico, sin horizonte de liberación nacional y cuidadosamente moldeado para resultar previsible y confiable a los principales factores de poder económico de la provincia como la Fundación Mediterránea, los grandes grupos empresarios, los desarrollistas inmobiliarios y el complejo agroexportador. Y si el cordobesismo ha logrado conservar durante tanto tiempo la conducción de la Provincia, conviene no atribuirlo únicamente a sus virtudes electorales o de gestión, que las tiene. También expresa una relación de confianza construida con esos sectores, que encuentran en ese esquema una solvencia política que, a su juicio, difícilmente podría garantizar el radicalismo tradicional cordobés. Vistas las cosas en perspectiva, Cavallo, De la Sota y Schiaretti resultaron bastante más estables que Angeloz y Mestre; porque lograron construir un orden político más compatible con los intereses dominantes de la Córdoba contemporánea y, por eso mismo, mucho más difícil de reemplazar.
Una concepción que acepta como dato inmodificable la estructura de poder económico existente y que, en consecuencia, administra sus efectos antes que discutir sus causas. Allí el desarrollo deja de pensarse desde el trabajo, la industria y el mercado interno para hacerlo desde la confianza de los grandes grupos económicos y la competitividad exportadora. Desde luego, sería mezquino desconocer que el cordobesismo desarrolló una notable capacidad para construir. A veces con una vocación casi faraónica. La proliferación de rutas, autovías, countries y grandes obras de infraestructura modificó efectivamente buena parte de la geografía provincial. La discusión no pasa por negar el hormigón, sino por preguntarse qué modelo de provincia y qué proyecto de país se edifican debajo de él. Lo cierto es que representan un regionalismo demagógico de buenos modales que preserva intactas las causas del estancamiento nacional.
Y así, la vieja aspiración peronista de construir una Nación socialmente justa, económicamente soberana y políticamente independiente va cediendo lugar a una cultura política mucho más modesta para las nuevas generaciones surgidas del aparato; conservar espacios de gestión, garantizar gobernabilidad y evitar que gobiernen otros.
Nada cambiará con un aviso de curva
Pero sería un error creer que esa tarea de domesticación sólo operó sobre las variantes más conservadoras o administrativistas del peronismo. Las usinas ideológicas del bloque antinacional también demostraron una notable capacidad para influir sobre sectores progresistas del propio campo nacional que se encontraban en los espacios de toma de decisión. No necesariamente para convertirlos en adversarios de sus propias convicciones o aliados políticos de sus intereses, al menos no directamente, sino para desplazar gradualmente el eje de sus preocupaciones, alterar el orden de prioridades del peronismo y fragmentar la agenda política común que históricamente había permitido articular a las grandes mayorías populares. Después de todo, en el esquema de alternancia partidaria, la polarización permanente rara vez perjudica a quienes concentran el poder político y su representación; por el contrario, suele favorecer a los extremos para consolidar identidades cerradas bajo una lógica espejada. Y así llegamos a elecciones de tres tercios y de una porción cada vez más significativa de argentinos que directamente dejó de ir a votar. La fragmentación avanzó tanto que ya ni siquiera alcanza para ordenar el desencanto; pero sí el control de una relativa centralidad.
De ese modo, discusiones legítimas en sí mismas comenzaron muchas veces a ocupar el centro de la escena política mientras cuestiones estructurales vinculadas al trabajo, la producción, la soberanía económica o la distribución del ingreso perdían centralidad relativa. El resultado fue una creciente dificultad para construir síntesis amplias. Donde antes existía un lenguaje común capaz de integrar diversos sectores detrás de un proyecto nacional, comenzaron a multiplicarse identidades, sensibilidades y demandas cada vez más segmentadas.
La consecuencia política fue evidente. Un peronismo más fragmentado, más propenso a discutir entre sí las diferencias de sus propias tribus que a concentrar energías en la disputa contra los poderes permanentes de la Argentina y a trabajar sobre la persuasión de las mayorías amplias. Porque debilitar a un movimiento nacional no siempre requiere combatirlo de manera frontal; muchas veces alcanza con convencer a cada una de sus partes de que su causa particular es más importante que el destino común y la amalgama que las unía. Mientras tanto, el adversario histórico agradece la colaboración. De eso hablamos cuando hablamos de la omisión del aviso de curva. Tentarse con el queso y terminar cayendo en la trampa suele resultar mucho más fuerte que cualquier señal de advertencia. Nos referimos a la dificultad para reconocer cuándo se altera la jerarquía de los problemas y cuándo lo accesorio comienza a ocupar el lugar de lo principal. Los desvíos históricos rara vez se anuncian con estridencia; suelen producirse lentamente, mientras una fuerza política se aleja, casi sin advertirlo, de las tareas centrales de la causa nacional.
Por el contrario, cuando una comunidad política acierta en la identificación de sus tareas principales, buena parte de las cuestiones secundarias encuentran resolución por añadidura. El problema comienza cuando se invierte ese orden y lo accesorio pretende organizar aquello que sólo puede ser conducido desde lo esencial.
No deja de ser significativo, en ese sentido, que uno de los debates culturales más intensos y polarizantes de las últimas décadas —el aborto legal— haya adquirido centralidad parlamentaria justamente durante el gobierno de Mauricio Macri, que habilitó su tratamiento legislativo en 2018 aun manifestando públicamente su posición contraria. Entre esas escenas quedó registrada una particularmente simbólica; la de legisladoras del kirchnerismo fundidas en abrazos y lágrimas con Silvia Lospennato durante la histórica sesión por el aborto legal de 2018. La misma Lospennato que, poco tiempo después, sería una de las voces más activas del macrismo y titular de todos los proyectos parlamentarios de avanzar contra los fueros de Cristina Fernández de Kirchner.
A veces la historia tiene estas ironías. Mientras algunos celebraban haber encontrado nuevas comunidades de sentido y afinidades emotivas inesperadas, otros seguían allí, tranquilos, observando desde una posición bastante más cómoda cómo el campo nacional consumía energías en sus propias fragmentaciones, desplazaba el foco sobre sus enemigos históricos y convertía las diferencias internas en el centro de la escena. Así, una parte de ese progresismo —formado muchas veces más por marcos teóricos importados que por la tradición histórica nacional, atravesado por cierta sensibilidad culposa de clase media y conducido por una dirigencia que fueron perdiendo de vista la cuestión nacional— terminó desarrollando una notable capacidad para identificar conflictos en la superficie de la sociedad mientras perdía progresivamente sensibilidad para reconocer los mecanismos profundos de dominación económica, cultural y política que organizan la vida argentina. Una paradoja curiosa. Cuanto más sofisticada se volvía su mirada sobre los síntomas, más dificultades parecía encontrar para identificar las causas.
Sospecho que una parte de la deriva que terminó en esta tragedia a la que asistimos comenzó cuando reemplazamos a Scalabrini Ortiz por los libros de Galeano. Pasamos de estudiar quién controlaba los ferrocarriles, los bancos y el comercio exterior a sentirnos muy conmovidos por las injusticias universales. Muchos empezaron a creer que la política era una extensión de la moral. Que los problemas históricos se resolvían distinguiendo entre buenos y malos, virtuosos y pecadores, conscientes e inconscientes. Como si bastara con ocupar el lugar correcto en cada discusión para que la realidad terminara ordenándose sola.
Continúa en Parte 2

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