“Esos burgueses asaz egoístas…”

Por Omar Auton

Se me ocurrió empezar con un verso del himno anarquista “Hijo del Pueblo” porque basta con mencionar la palabra “Burguesía” para que se desaten la polémicas, si la hay o no en Argentina, su origen, historia y actualidad, ¿es lo mismo que la oligarquía?, ¿cuál es su rol en un país semicolonial?, etc., etc. 

   Para ponernos en tema recordemos que más allá de como rotulemos a los sectores dominantes, la Argentina es un país capitalista, está inmersa en un modo de producción que es universal y que constituye la organización de los medios de producción en cada país según las necesidades del modo global, por ende aunque caractericemos a un sector como “no burgués” porque no base la reproducción del capital en la inversión y captura de plusvalía, no significa que no seamos un país capitalista.

   Digo esto porque hemos caracterizado a la clase dominante argentina como oligarquía porque el sector agropecuario que desde la ley de enfiteusis estuvo en manos de un grupo de familias propietarias de las tierras más ricas del planeta (junto con Ucrania), basaron la acumulación de capital en la explotación extensiva de esas tierras, básicamente de la producción ganadera, más allá que más tarde, a través del sistema de arrendamientos apareciera la explotación agrícola, que además, permitía la rotación de tierras y su regeneración productiva. Es decir acumularon su riqueza a través de la apropiación de la “renta diferencial” debida a la feracidad de las tierras y no por reinversión, contratación de mano de obra, incorporación de tecnología, etc., más allá de la incorporación de nuevas razas vacunas para mejorar especies.

  Paralelamente a la conformación de este sector, en Buenos Aires, sede única del puerto por donde ingresaban todas las importaciones y partían todas las exportaciones, aparece una “burguesía comercial”, que nace del contrabando que burlaba el monopolio español, de ahí la verdadera historia de “los túneles de Buenos Aires”, contrabando que incluía la trata de esclavos. Este sector se apropia de la renta aduanera para su provecho, es decir toda la riqueza que se generaba en las Provincias Unidas o antes, el Virreinato del Río de la Plata, quedaba en manos de la denominada “La Pandilla del Barranco” y de ella salen muchos apellidos ilustres.

   Los ganaderos bonaerenses, que con el saladero tenían una actividad más “burguesa”, tuvieron un vínculo de conflicto de intereses, especialmente durante la época de Rosas, por la distribución de esa renta aduanera, pero luego de Caseros se consolida una alianza que tipifica a lo que llamamos Oligarquía, que al igual que hoy día mediante la apertura a las importaciones, especialmente británicas dejaron que se destruyeran las economías provinciales.

   Mientras en Inglaterra con Cromwell a la cabeza, en Francia con la monarquía absoluta,  e inclusive en Estados Unidos en la guerra de secesión, sus nacionalidades nacen y crecen a partir de la eliminación de las clases parasitarias, especialmente agrarias, por parte de burguesías poderosas y decididas que ponen en marcha la producción industrial, el mercantilismo y las primeras etapas del posteriormente llamado “Imperialismo”, a través de sus políticas coloniales. En cambio Argentina nace del fracaso de constituir en una sola nación a Iberoamérica, mientras EE.UU mediante la compra de territorios o su ocupación lisa y llana conformaba un Estado-nación continental y bioceánico, los antiguos dominios españoles se fragmentaban en un rosario de pequeños países monoproductores y semicoloniales, antes de Inglaterra, hoy de EE.UU.

   Argentina no tuvo nunca una burguesía nacional capaz de enfrentar a la oligarquía dominante, derrotarla y reordenar los sectores productivos de manera de conformar un país capitalista autónomo, con una clase dominante que defendiera su espacio “nacional”, esa tarea quedó para que fuera asumida por otra clase, inexistente en el período descripto y que irrumpiera el 17 de octubre de 1945, los trabajadores.

   Dicho esto y comprendiendo el origen bastardo de nuestra clase empresaria, culturalmente oligárquica, aún hoy para ser aceptada en los círculos áulicos hay que ser propietaria de al menos unas 1000 hectáreas, ideológicamente liberal, proclive a someterse al imperialismo de turno, sin conciencia nacional y muy rehacía a competir, podemos encontrar algunas señales para comprender su naturaleza.

   Tuvo su momento de gloria con el primer peronismo, más allá que la Cámara de Comercio y la Bolsa de Comercio se pronunciaran claramente en el “Manifiesto de la industria y el Comercio” en contra de la política laboral de Perón, comunicado al que luego adhiriera la UIA a través de su presidente Raúl Lamuraglia, escribano y empresario textil que luego financiara a la Unión Democrática y que tiene mucho que ver con las ideas que hoy presenta nuestro Golem presidente como “nuevas”, pero vayamos por partes.

La “Belle Epoque” industrial.

Si bien ya por 1930 había establecimientos manufactureros, el sector “industrial” y de servicios era el que estaba vinculado a nuestras exportaciones agropecuarias (frigoríficos, transporte y almacenaje, seguros, etc.) En ese año y hasta 1945 hacen su aparición los centros urbanos de más de 100.000 habitantes (Córdoba, Santa Fe, Rosario, Bahía Blanca) antes solo estaba Buenos Aires, respecto de los establecimientos industriales, hasta 1935 sobre 40.000, 33.800 tenían hasta 10 trabajadores.

   La interrupción del flujo de manufacturas importadas, primero a raíz de la crisis de 1930 y luego por el estallido de la segunda guerra mundial obliga a reemplazarlos por producción local, comienzan a aparecer capitales nacionales, tanto de propietarios agropecuarios como de sectores preexistentes que se amplían, provocando un crecimiento en todas las ramas industriales, 25% en alimentos y bebidas, 210% en textiles, 138% en maquinarias, vehículos y equipos, 4313% en maquinarias y equipos eléctricos, el capital extranjero que en 1930 representaba el 30% del total se había reducido en 1945 al 15%.

   Pero además crece el tamaño de los establecimientos, por ejemplo los de más de 100 trabajadores aumentan entre 1936 y 1946 un 83%, entre 500 y 1000 un 93% y los de más de 1000 trabajadores un 78%.

   Esto se potencia con la llegada del peronismo, sin embargo siempre esta “burguesía nacional” naciente, fue renuente a apoyarlo, incluso durante la gestión de Miguel Miranda, uno de ellos, a cargo de la cartera económica Pese a que aumentaba el mercado interno, las exportaciones, había crédito y consumo, además de políticas de planificación e inversión, y políticas de protección aduanera, la mayor fuerza de los sindicatos, su capacidad de conflicto y reclamo además de las políticas redistribucionistas del gobierno los llevaba a quejarse permanentemente de la presión impositiva, los aumentos salariales, la disciplina laboral, eran burgueses y querían aumentar la plusvalía pero ser protegidos por el Estado, no pagar impuestos y tener crédito barato, nada nuevo bajo el sol.

   El rol del Estado, haciéndose cargo de los trenes, la industria aeronáutica, la energía, la marina mercante, creando los colegios industriales y la universidad tecnológica para generar el personal calificado que necesitaba el nuevo perfil industrial, el uso de los ingresos por exportaciones para multiplicar el crédito, etc., no nace de un criterio “Estatizante” del peronismo, era la debilidad de la burguesía nacional para hacerse cargo de estas tareas, cosa que sí hicieron las burguesías de las potencias industriales. El Estado tenía que hacerse cargo de llevar adelante las tareas que arrancaran a Argentina de su carácter de semicolonia productora de los alimentos que necesitaba Gran Bretaña para abaratar la comida de sus trabajadores, sin tener que aumentar el salario, incrementando así la captura de la plusvalía, además de materias e insumos necesarias para sus industrias a menos costo.

   De ahí que asignarle al peronismo una filosofía “estatista” es una falacia, sin embargo no deja de ser llamativo una historia que vamos a relatar siguiendo a Juan Odisio (“La Argentina que quisieron sus dueños”, Alejandro Bercovich; Edit. Planeta; 2025). En 1909 nace Alberto Francisco Benegas Lynch, del matrimonio de éste con Sofía del Campo (nieta de Robustiano Patrón Costas) nace Alberto Tiburcio Benegas Lynch quién en 1942, gracias a un grupo de Estudios del que formaba parte, conoce el pensamiento austríaco, especialmente a Ludwig Von Mises y Friedrich Hayek, convirtiéndose en su vehemente difusor.

   Para esta finalidad consigue el financiamiento de Raúl Lamuraglia, próspero empresario textil, a quién presentamos antes como financiador de la campaña de la UD contra Perón y luego de todo intento golpista contra Perón, incluido el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955. Producido el golpe Lamuraglia es designado presidente del ¡Banco Industrial! y Benegas Lynch, que formaba parte de la Asociación Patriótica Argentina, presidida por el almirante Isaac Francisco Rojas es nombrado agregado comercial en la embajada argentina en Washington, donde conoce a los integrantes de la asociación libertaria Foundation for Economic Education. Decidido a difundir su “ideario” en Argentina crea en 1958 el Centro de Estudios sobre la Libertad” siendo el su directos y el presidente…¡Raúl Lamuraglia!.

   En 1968 un informe de la embajada de EE.UU reportaba las actividades del Foro para Empresas Libres, señalando que era financiado por “industriales y familias adineradas de Argentina, identificando a la GeneraL Electric como una de las principales aportantes”, un año antes se había conformado la “Acción Coordinadora de Instituciones Empresarias Libres” conformada por la UIA, la Cámara Argentina de Comercio, la Sociedad Rural Argentina y la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.

   El informe citado en el párrafo anterior describía que Benegas Lynch “ siempre aplicaba un “tornasol” a las ideas que se discutían e invariablemente les encontraba tonos “marxistas” sobre todo si trataban temas como: impuestos progresivos, educación pública, legislación social y negociaciones colectivas. El señor Benegas Lynch considera que estos son síntomas de la penetración marxista en la Argentina y esta religiosamente decidido a combatir su propagación”.

   Un dato de color, en ese informe a Benegas Lynch lo presenta como “Descendiente de una acaudalada familia mendocina dedicada a la industria vitivinícola”. Efectivamente el padre, a quién ya mencionamos fue gerente y director por décadas de la bodega familiar Trapiche, pero en 1971 la disolvió “aquejada por graves dificultades financieras” (seguramente debidas a la gestión marxista de los gobiernos de Onganía, Levingston y Lanusse) se vendieron los activos, se demolió la bodega y se lotearon los viñedos.

   Finalmente este Benegas Lynch (padre del actual diputado de la Libertad Avanza por la Pcia. de Buenos Aires), en 1977 a un año de la instauración de la dictadura de Videla-Martínez de Hoz, escribió para La Prensa “ La disyuntiva de nuestro tiempo parece estar planteada entre el capitalismo, liberalismo, sistema social de libertad o como se le quiera llamar al sistema, siempre que sea fiel a los genuinos principios de la libertad por un lado y por otro, enfrentándose a dichos principios, en el polo opuesto, todos los sistemas totalitarios, comunismo, fascismo, nazismo, peronismo, etc, los sistemas intermedios son ilusorios, siempre tienden a desplazarse hacia uno de los términos de la disyuntiva”

   Odisio concluye, y estoy de acuerdo que para los libertarios “Indudablemente el país del Centenario había sido potencia y ejemplo, pero la prosperidad se había minado con la sanción de la Ley Sáenz Peña en 1912 que estableció el voto universal secreto y obligatorio. Esto abrió la puerta para que líderes populistas tomaran el poder, desde Hipólito Yrigoyen en adelante y fueran menoscabando el espacio del libre comercio” tan es así que por ejemplo que cuestionaron y negaron el carácter liberal de gestiones como las de Álvaro Alsogaray y José Alfredo Martínez de Hoz, por “no resultar suficientemente liberales”.

   Esta larga historia debe ser conocida y estudiada para entender porque para Milei, Benegas Lynch es un prohombre y hasta hace publicidad a la ESEADE (Escuela Superior de Economía y administración de Empresas), fundada por Alberto Tiburcio Benegas Lynch (h) en afiches callejeros con la banda y bastón presidencial. Este Benegas Lynch (h) fue miembro de la sociedad Monte Pelerín fundada en 1947 por Hayek y Milton Friedman, si alguien quiere mas detalles en la aplicación de Amazon Prime Video hay un filme que nos cuenta su historia; Benegas Lynch (n) es el que pretende privatizar el océano y asumió en diciembre de 2023 como diputado.

  Algunas sugerencias:

1) Dejemos de hablar de “las novedosas ideas de los libertarios”, o de “la sorpresa que nos produce su agresividad, fanatismo o intolerancia” esto tiene casi un siglo de existencia, ni siquiera hay que estudiar mucho, ¡Busquen en wikipedia!

2) Dejemos de hablar de Milei como un “outsider” o de presentarlo como algo ajeno a la política, eso fué todo un show, sus ideas son añejas, sus sponsors, encabezados por Eurnekian, son los dueños del poder en Argentina y él un golem, diseñado para aprovechar el enojo y la decepción de los argentinos con la democracia formal fracasada.

3) Cuando alguien vincule a Milei y su gobierno con la Revolución Libertadora (Fusiladora) o con la dictadura de Videla-Martínez de Hoz, dejen de repetir “Eso ya pasó”, o “Eso es historia vieja, a quién le interesa”.

4)Terminen de hablar de “la nueva derecha” e insertar a Milei en las expresiones políticas surgidas en Occidente a raíz de la crisis de la globalización, ninguna de ellas (Trump, Orban, Meloni, Orban) aplica el plan ultraliberal y antinacional de Milei, ni siquiera Bolsonaro es comparable.

5) No nos sorprendamos con el rol de la Bolsa de Comercio o la Cámara de Comercio, ni siquiera de la UIA en esto, las primeras expresan la burguesía comercial porteña, madrina de los unitarios, los fusiladores de Dorrego, los que celebraron las invasiones inglesas de 1806 y 1807, etc etc. Y la UIA hace rato que expresa el poder económico más concentrado, ni siquiera sus popes tienen las empresas domiciliadas en Argentina (Clarín en Delaware, Techint en Luxemburgo, y son solo dos ejemplos), desde que Videla intervino y disolvió la CGE los pequeños empresarios argentinos carecen de representación, algo de culpa les cabe en ello.

Digo estas cosas porque los que afirman tales patrañas revelan su absoluta ignorancia acerca de lo que ocurre en el país, la pereza intelectual de dirigentes políticos y los “ólogos” (sociólogos, politólogos, etc) asombra e irrita, en realidad no sorprende, los primeros hace mas de cuarenta años que se han alejado de la vida, experiencias y necesidades de los argentinos, y los segundos escriben pensando más en las academias y think thanks progresistas, en ser aceptados por ellos que usan las categorías globales y por eso uno no encuentra un diagnóstico “situado” sobre nuestra patria, como canta Serrat en “Llanto al mar” “Por inconsciencia, por imprudencia, por ignorancia o por mala leche” son también responsables de la confusión e impotencia de la dirigencia actual.

(Continuará)

La locura suicida de una guerra con Irán

Por Chris Hedges

El equipo negociador a lo Laurel y Hardy compuesto por Steve Witkoff y Jared Kushner, sumado a la espantosa ignorancia de Trump sobre los asuntos internacionales y su megalomanía, parecen dispuestos a empujar a los Estados Unidos a otra debacle en Oriente Medio, una debacle que el Congreso no ha aprobado y que el público no desea.

¿EE. UU. e Irán están en guerra? - The New York Times
Manifestantes contra ataques estadounidenses contra Irán, frente a la Casa Blanca

Las exigencias impuestas a Irán por la Casa Blanca de Trump no son más aceptables para el régimen de Teherán que las impuestas a Hamás en Gaza en el marco del falso plan de paz de Trump

La exigencia de Trump de que Irán cierre su programa nuclear y renuncie a su capacidad misilística a cambio de no imponer nuevas sanciones es tan descabellada como pedir a Hamás que deponga las armas en Gaza. Pero como hace tiempo que prescindimos de diplomáticos con conocimientos lingüísticos, políticos y culturales, capaces de ponerse en el lugar de sus adversarios, nuestra nueva camarilla de bufones nos está llevando a otra guerra en Oriente Medio. Estados Unidos e Israel creen tontamente que pueden bombardear para decapitar al Gobierno iraní e instalar un régimen clientelista. No se dan cuenta de que este sistema de creencias ajeno a la realidad fracasó ya en Afganistán, Iraq y Libia.

La promesa de no imponer nuevas sanciones no incentivará a Irán a negociar un acuerdo. Irán ya está paralizado por las onerosas sanciones que han destrozado su economía. Esto no servirá para romper el estrangulamiento económico. Irán no renunciará a su programa nuclear, que tiene potencial para ser utilizado con fines bélicos, ni a su programa de misiles balísticos, que Israel ha dicho que atacará en una embestida aérea. El reputado arsenal nuclear de Israel, compuesto por unas 300 ojivas, es un poderoso incentivo para que Irán mantenga la capacidad de construir su propio arsenal nuclear. Irán, al igual que Hamás, nunca se quedará indefenso ante aquellos que buscan su aniquilación.

Un ataque aéreo contra Irán no será como el asalto de 12 días del pasado mes de junio contra las instalaciones nucleares y las instalaciones estatales y de seguridad de Irán. Entonces, Irán calibró su respuesta con ataques simbólicos contra la base aérea de Al Udeid en Qatar, con la esperanza de que no diera lugar a un conflicto más amplio y prolongado. Si se lanza un ataque aéreo, Irán no tendrá nada que perder. Entenderá que apaciguar a sus adversarios es imposible.

Estados Unidos ataca 3 sitios nucleares en Irán | CNN

Irán no es Iraq. Irán no es Afganistán. Irán no es el Líbano. Irán no es Libia. Irán no es Siria. Irán no es Yemen. Irán es el decimoséptimo país más grande del mundo, con una superficie equivalente a la de Europa Occidental. Tiene una población de casi 90 millones de habitantes, diez veces mayor que la de Israel, y sus recursos militares, así como sus alianzas con China y Rusia, lo convierten en un adversario formidable.

A pesar de la relativa debilidad militar de Irán, frente a las fuerzas combinadas de Estados Unidos e Israel, puede infligir mucho daño. Lo hará lo más rápidamente posible. Probablemente morirán cientos de soldados estadounidenses. Irán cerrará sin duda el estrecho de Ormuz, el punto de estrangulamiento petrolero más importante del mundo, por el que pasa el 20% del suministro mundial de petróleo. Esto duplicará o triplicará el precio del petróleo y devastará la economía mundial. Atacará las instalaciones petroleras, así como los barcos y las bases militares estadounidenses en la región.

Las crecientes pérdidas y el enorme aumento de los precios del petróleo proporcionarán el combustible necesario para que Trump y su vil homólogo en Israel desencadenen una guerra regional prolongada.

Este es el precio de estar gobernados por imbéciles. Que Dios nos ayude.

*Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

Fuente: https://estrategia.la/2026/02/28/29664/

Las Camas Arden 2026

Por Christian Adrian Salazar

Año 1987, con mis 16 años amaba como hoy la música, y por supuesto el gusto musical de los 80 y 90 marco mi vida. Hoy mientras escuchaba al Grupo Australiano Midnight Oil, me interesé en adentrarme en que significado tenia la letra de su Hit “bed ar Burning” o como simplemente lo conocí en su época “Las camas arden”. Descubrí que la canción hablaba de devolver las tierras que les habían sido robadas a los indios Pintupi. Hoy con mis 54 años por un instante pude aplicar la letra de esta canción a mi querida Argentina.

Habitamos un país que esta insomne pero no por razones que sean correctas, pasamos mucho de nuestro tiempo discutiendo nombres, slogans, partidos. Nos indignamos a través de las redes, discutiendo si son culpables de nuestra desgracia aquellos que se fueron o los que llegaron después, que si es Peronismo o Anti peronismo, si debemos hablar de un estado fuerte y presente o la solución es un mercado libre de toda regulación estatal, pasamos horas en los portales digitales, consumimos horas y horas de programas de televisión, todo esto transcurre mientras nuestro país cruje y sufre en silencio.

La realidad es que mientras los argentinos, danzamos al son de la polarización partidaria, nuestras camas, las de todas nuestros hermanos y hermanas están ardiendo de desigualdad. La grieta política de la que todos hablan, no es ni mas ni menos una puesta en escena de un gran show que nos distrae. Genera un fuerte ruido que nos aturde y logra que no escuchemos lo que es importante: que la matriz productiva de nuestra riqueza es cada vez más injusta y cada vez está concentrada en unos pocos, en perjuicio de muchos.

Pero para no ser meramente un relato podríamos decir que en nuestro querido país podríamos producir alimento para 400 millones de personas, pero a hoy en la mesa de cada argentino comprar el pan y la leche es cada vez mas difícil, y quienes deciden ese precio son dos o tres empresas que nunca pierden, cualquiera sea el fenómeno económico que nos atraviese, ya se inflación o recesión y cuanta definición se haya creado para explicar los ciclos económicos, ellos nunca pierden.

Nos pasamos el día analizando el comportamiento del dólar, si se tienen la cantidad de esta moneda para afrontar los compromisos que vienen, pero se nos pasa por alto y seguramente la mayoría ignora que esos dólares son el fruto de nuestra riqueza , de la industria, se fugan con una rapidez que resulta imperceptible hacia paraísos fiscales, endeudando cada vez mas a nuestro país, y adivinen quien como siempre paga el festival: Los trabajadores.

Nos entretenemos con una discusión si se debe subsidiar las tarifas de energía, pero al mismo tiempo dejamos pasar que un grupo chico de empresas dolarizan las tarifas, hacen fortunas y de paso no invierten ,¡ espero terminar sin que se me corte la luz.

En esta y otras razones esta el incendio, ese que quema nuestras camas.

Acá no es la cosa de radicales Vs peronistas. De los Cámpora contra los libertarios, esa pelea es la que se ve, como la punta de un iceberg, pero como en toda mole de hielo bajo la superficie hay un gran pedazo de hielo, en nuestro caso la cuestión de fondo, y es la de quien se apropia del esfuerzo colectivo de los argentinos.

Nos dividimos en la discusión y todo parece que gira solo en la corrupción que se le puede achacar a cada sector, de los ineptos y faltos de liderazgos de pueden ser los partidos, pero no es común que la discusión ronde a los grandes grupos económicos, y como decía la canción “bailando mientras la tierra gira” ignoramos que ese grupo de los mas ricos se lleva una porción mas grande, por no decir nos birla obscenamente y cuan teoría del derrame, lo que cae no es riqueza, son migajas, y ahí se da la otra batalla la clases medias y las bajas se enfrentan por ellas, en síntesis la lucha de pobres contra pobres, de laburantes un poco mas beneficiados con los no tan agraciados, pero en síntesis todos son pobres.

Que es necesario que dejemos de mirar la bandera, el color, la facción, o sector político, y adentrémonos en el verdadero problema, bastaría con observar balances o resultados económicos de las empresas que históricamente dominaron nuestro país, por que como dice Midnight Oil “ ha llegado el momento de decir que lo justo es justo” y en la Argentina no se construye Justicia en las urnas, al ganar una elección, la verdadera justicia es lograr que quien gobierne priorice la distribución de la riqueza, esa que dia a dia generamos los argentinos y argentinas “de bien”.

Solo debemos entender que ya no importa quien gobierne la Argentina, quien duerma en la casa Rosada, sino logramos resolver estos problemas, las camas de los argentinos seguirán ardiendo.

MEJOR HABLAR DE CIERTAS COSAS

 Omar Auton

“Los Sindicatos sólo quieren preservar sus Cajas”

   Cada vez que un gobierno oligárquico alcanza el poder en la Argentina, se lanza a “Modernizar las Relaciones laborales”, “Liberar las fuerzas del mercado” etc, en todos esos intentos el objetivo central es destruir las estructuras sindicales, el primero que sinceró ese sueño húmedo fue el Almirante Rial, en 1955, cuando les explicó a los dirigentes sindicales que “Esta revolución se hizo para que el hijo del barrendero también sea barrendero”, claro, hasta 1976 era impensable que las “ideas” del liberalismo o neoliberalismo pudieran llegar al gobierno por el voto del pueblo, por ende recurrían a las FF.AA para que, golpe destituyente por medio, les entregara la política económica, así fue con José María Guido (1962-1963) que designó a Federico Pinedo, Álvaro Alsogaray y José Alfredo Martínez de Hoz, Onganía con Adalbert Krieger Vasena y Videla con José Alfredo Martínez de Hoz, más allá que algunos gobiernos democráticos hayan incurrido en esos “deslices”, así Frondizi con Alsogaray ( 1959-1961) y Roberto Aleman (1961-1962) y María Estela Martínez de Perón con Celestino Rodrigo y muy especialmente Ricardo Mansueto Zinn.

   Lo cierto es que estos economistas mostraron gran habilidad por ir ocupando espacios en los gobiernos democráticos y llegaron a determinar su rumbo con Menem, De la Rúa, Macri y hoy con nuestro presidente Golem.

   Pero volviendo al tema de “Las Cajas” cada vez que se inicia una ofensiva contra el movimiento sindical y los derechos laborales, los empresarios hablan de “Bajar el costo laboral”, los políticos de adaptarnos a “Los cambios profundos que se dan en todo el mundo respecto de la organización del Trabajo”, los sindicatos se lanzan a enfrentar esas políticas y los medios de comunicación desde la “derecha” (Clarín, La Nación, TN, América TV, La Nación +, etc) atacan al movimiento sindical acusándolo de no representar a nadie, ser dirigentes millonarios, que no entienden los cambios en el mundo y solo defienden sus privilegios y “Sus cajas” y desde la “izquierda”, afirmando que no representan a nadie, son burócratas, traidores y…solo defienden sus privilegios y “Sus Cajas”.

   Esas mentadas “CAJAS” son los aportes sindicales y sus obras sociales, vayamos por parte:

1)El aporte sindical, es la contribución que hacen los trabajadores afiliados a una organización sindical, de un porcentaje de su salario para que cumplan la función para la que han sido creados, impulsar y defender condiciones dignas de trabajo (salario, jornada laboral, descansos vacaciones, ascensos, estabilidad laboral) y en los modelos más modernos como herramienta para participar en el diseño mismo de los sistemas de trabajo, o sea para que respondan a sus intereses y necesidades, lo mismo hace quién se afilia a un club, una biblioteca, una mutual o una asociación ornitológica

   Asumimos que al tratarse de un porcentaje del salario, esa “Caja” es más poderosa cuando más altos son los salarios y su valor decae cuando decae el poder adquisitivo, por ejemplo teniendo en cuenta que el aporte normal es de un 2 o 3% del salario, un trabajador que gane 1.000.000 de pesos aporta entre 20.000 y 30.000$ por mes, un gremio importante de nivel nacional con, digamos 150.000 afiliados, recaudaría entre 3000 y 4000 millones de pesos por mes, con eso abonaría sus sedes sindicales, los salarios de sus trabajadores, los subsidios por nacimiento, matrimonio, fallecimiento, jubilación, planes de vacaciones o directamente hoteles sindicales, kits escolares para los hijos de todos los afiliado/as, fiestas y regalos en el día del niño, colonias infantiles, campings, programas de capacitación y formación laboral, y en muchos casos subsidios para la adquisición de medicamentos, en las 24 provincias de la Argentina, y en las principales ciudades de ellas, no parece que sea una caja muy atractiva o un medio de “enriquecimiento de los dirigentes”. Además, desde hace tiempo se ven obligados a subsidiar a las Obras Sociales para que no vayan a la quiebra.

   No olvidemos que antes del genocidio perpetrado a partir del 24 de marzo de 1976 cuando hablamos de un “Gremio Grande” como eran al Smata o la UOM hablábamos de 250 mil y hasta 500 mil afiliados, que hasta esa fecha infausta, los trabajadores, a partir de sus salarios participaban en un 50% de las ganancias. En los últimos 25 años los sindicatos han visto reducirse la cantidad de afiliados y lo que es peor la cantidad de trabajadores registrados, y digo peor porque no se puede afiliar a lo que no existe.

   Desde 1976 podemos hablar de cuatro momentos de caída de la actividad industrial, de primarización de la economía, de aparición de la informalidad laboral, uno comienza en 1976 y continúa hasta la crisis del 2001, hay un rebote fuerte a partir del 2002 con las reformas de Remes Lenicov y la altísima cotización de los commodities que continúa y fortalece Néstor Kirchner, sin embargo estamos hablando básicamente de actividades que eran preexistentes, que habían cerrado sus puertas, especialmente durante el menemismo y reabrían y/o ampliaban sus plantas ante la caída de las importaciones y la recuperación del mercado interno, esto decae en intensidad a partir del 2008 y se detiene a partir de 2011.

    Entre 2016 y 2025 hay poco que festejar, el macrismo fué un desastre, a Alberto Fernández le tocó el parate de la pandemia y una sequía brutal en 2023 sumado a sus propios horrores políticos y el sabotaje del sector “Cristinista” a partir del 2022, luego con el Golem la noche se hizo más cerrada aún.

   Todo esto debilitó el poder de representación sindical, caída de la creación de empleo, caída del poder adquisitivo del salario (en la mayor parte de estos años la pelea fué por empatar o perder por poco frente a la inflación), crecimiento de la economía informal, que comprende tanto al trabajo dependiente “en negro”, total o parcialmente, como al trabajador “por cuenta propia”, incorporación de tecnologías que reducen la necesidad de trabajadores.

   En esta situación los derechos colectivos, negociación colectiva por actividad, exclusividad del sindicato con personería para la negociación, obligación para el empleador de retener la cuota sindical y depositarla al gremio, exclusividad en la representación de los derechos colectivos (Huelga), son la estructura que sostiene el modelo sindical.

   No casualmente Bolsonaro para destruir la resistencia de las centrales sindicales eliminó la obligación patronal de retención y depósito de la cuota sindical, eso obliga a que cada trabajador tenga que ir todos los meses a pagar la misma al sindicato con lo que se anarquizaría el saber quién pagó o no ese mes porque se olvidó o no pudo y dejó de hacerlo, o a través del débito automático de una tarjeta o un banco lo que implica un costo mayor, por el servicio que no es gratuito.

   Lo mismo ocurre con la negociación colectiva por empresa, la ultraactividad de los convenios colectivos de trabajo al menos en sus cláusulas normativas o el mantenimiento de la cláusula más favorable al trabajador en el caso de conflictos entre normas heterónomas y normas convencionales.

   Defender esta estructura de ninguna manera es defender “Una Caja”, que lo digan los empresarios y sus pasquines es comprensible pero que lo digan los sectores autodenominados “progresistas”, sus medios y periodistas, que hasta una senadora por Mendoza, autodefinida peronista, en su discurso y en aras de afirmar que el gobierno se había arrodillado ante las corporaciones diga “Se arrodilló ante la CGT”, me recuerda aquella frase que “La estupidez cuando sobrepasa un punto deja de ser estupidez y se transforma en traición”

2)Las Obras Sociales.

   El sistema de obras sociales sindicales constituye uno de los orgullos y mejores conquistas del movimiento obrero argentino, tanto así que es reconocido mundialmente, hasta un pensador argentino proveniente del socialismo como Julio Godio lo dice “La negociación colectiva y la obra social son el certificado de mayoría de edad de un sindicato, expresan el poder de los trabajadores organizados para discutir mano a mano con su empleador todas las condiciones de empleo en un caso y en el otro la fortaleza de su organización para asegurar el cuidado de la salud del trabajador a si mismo y a todo su grupo familiar”, luego de 1955 y ante la contrarrevolución de la fusiladora y sus gobiernos títeres que abandonaros las políticas públicas (otra constante de los gobiernos neoliberales), los sindicatos comenzaron a autogenerar mutuales que comenzaron a dar prestaciones de salud, luego se construyeron policlínicos.

  Todo ello nace de una vieja práctica comunitaria, a la llegada de los contingentes inmigratorios, ante la falta de un sistema de salud, también se organizaron en mutuales y cooperativas, así nacen los Hospitales Italiano, Español, Británico, el Centro Gallego, y tantos otros.

   Tengamos en cuenta que, en los años 60, las alternativas eran los hospitales públicos o los “de comunidad” antes citados, o bien ir a un consultorio privado y pagar la atención, los empleadores se limitaban a pagar la remuneración y el trabajador tenía que “arreglarse”, por eso los sindicatos comienzan a armar un sistema nuevo, propio, diferente, que por una parte asegurara al trabajador y su familia una atención médica que el hospital público ya no garantizaba (los recortes presupuestarios en salud y educación ya eran normales en esos años).

   Finalmente en febrero de 1970 se sanciona la ley 18.610 de Obras Sociales Sindicales, que las reconoce y reglamenta, creando al INOS (Instituto Nacional de Obras Sociales) como órgano estatal regulador y estableciendo su financiación a través del aporte de los trabajadores Y DE LOS EMPLEADORES.

   Durante décadas este sistema aseguró la atención médica a los trabajadores de cada actividad y a su familia y combinada con el sindicato incluyó la recreación considerada como parte de la salud.

    El sistema se mantiene con el aporte de un porcentaje de los salarios, un 3% por cada trabajador mas un 1,5% por cada integrante del grupo familiar, y un 6% por parte del empleador.

   En el caso de una familia tipo, con un ingreso de 1.000.000$ mensuales, aportaría 75.000 pesos el trabajador y 60.000 el empleador, con esos 135.000 $ mensuales se tiene que garantizar la cobertura integral esto es primer nivel, alta complejidad, estudios de diagnóstico, trasplantes, la cobertura por discapacidad etc. En todo el país y en las ciudades más importantes de cada provincia.

   Si tenemos en cuenta que desde 2012 las obras sociales debieron incorporar a los monotributistas, mediante el monotributo social, que reciben un Plan Médico Obligatorio (PMO), con un aporte de 8000$ mensuales no parece que la recaudación constituya una caja muy tentadora.

   Si a esto agregamos que los insumos médicos y la aparatología están dolarizadas, ya que son importados en su inmensa mayoría y que además se cubre gran parte del costo de los medicamentos, cualquier persona sensata se preguntaría ¿cómo subsisten? Y la respuesta es que DESDEHACE AÑOS LOS SINDICATOS SUBSIDIAN A LAS OBRAS SOCIALES.

   En resumen ¿Alguien con dos dedos de frente puede creer que en la Argentina de los últimos años, con 165.000$ por mes una organización puede sostener un sistema como el sindical de obras sociales, que cubre a unos 18 millones de argentinos, trabajador y su grupo familiar y a unos 4.500.000 afiliados a los gremios, con las prestaciones citadas para ambos grupos y además transformar a sus dirigentes en “burócratas millonarios”?

   La Revolución Libertadora (1955) intervino a la CGT y a los sindicatos, proscribió, encarceló y asesinó a sus dirigentes.

   El golpe genocida de 1976, eliminó por ley la CGT, intervino todos los gremios y obras sociales, encarceló, proscribió y asesinó a sus dirigentes.

   Alfonsín, su primer acto de gobierno, fué una ley de “Reordenamiento sindical” que pretendía terminar con el modelo sindical argentino.

   Menem desreguló el sistema de Obras Sociales obligándolas a competir entre ellas, cuando su naturaleza es solidaria y no competitiva, pretendió incluir a las prepagas en el sistema, flexibilizó las normas laborales y convencionales, inventó los planes de “Regularización laboral” y terminó con el 21% de desocupación.

   De la Rúa sancionó una reforma laboral mediante el soborno, se la llamó “La Ley Banelco” por los cajeros.

    En el año 1974 el gobierno de Isabel Perón sancionó la Ley 20.744 de Contratos de Trabajo, objeto del odio del poder económico, las clases dominantes y todo el sistema de poder, el autor del anteproyecto Dr. Norberto Centeno, jurista y abogado laboralista pagó con su vida tal atrevimiento en la tristemente célebre “Noche de las Corbatas” y su cuerpo torturado apareció el 11 de julio de 1977.

   Previamente la dictadura genocida, en abril de 1976 había sancionado la ley 21.297 que mutilaba severamente la Ley de Contratos de Trabajo, llamativamente ese texto ordenado por Decreto 390/76 es el que siguió vigente hasta estos días tras casi 42 años de democracia.

   Hoy Milei continúa matando a Centeno y sus compañeros, pero expresa el revanchismo de los sectores dominantes y sus estudios jurídicos, quieren “que el hijo del barrendero también siga siendo barrendero”, es la revancha de Robustiano Patrón Costas que odiaba al peronismo “Porque en esa época los obreros lo miraban a los ojos, ya no le pedían, ahora le exigían”.

   La oligarquía siempre tuvo un plan de dominio de la Argentina de recuperar su carácter de colonia o lotearla, lo intenta desde 1810, saboteó todos los intentos de construir una patria diferente, para ello contó con sus abogados, economistas, periodistas y hoy con el monopolio absoluto del sistema comunicacional.

   Pero también tiene muy claro que la última barrera a su proyecto es el movimiento obrero argentino, por eso lleva 70 años tratando de destruirlo, se sirve de todo,

1)Descalificar a los sindicatos y sus dirigentes, hablar de “Las Cajas Sindicales”, de los privilegios de dirigentes y delegados, de la rigidez de las leyes laborales.

2)Elaborar proyectos de ley para debilitar o destruir a los sindicatos a través de sus estudios y sostenidos por los gobiernos de Alfonsín, Menem, De la Rúa, Macri y Milei.

3) Remitir sus ganancias al exterior, desinvertir, trasladar los domicilios de sus empresas a paraísos fiscales, evadir impuestos, generar un ejército de reserva con los desempleados, los trabajadores “en negro” que debilite la afiliación sindical y los reclamos salariales.

4) Desentenderse del desarrollo industrial de la Argentina, abandonar a las pequeñas y medianas empresas nacionales a su ruina, en los últimos tiempos inclusive a empresas importantes como ahora FATE.

5) Prolongando los conflictos y alentando y exhibiendo en los medios a los “sectores combativos”.

   Pensaba terminar diciendo que todo esto es lógico, es una etapa mas del clásico conflicto entre empresarios y trabajadores por la apropiación de la ganancia, agravado en Argentina por otro actor el imperialismo inglés hasta 1930 y el norteamericano desde entonces, que ahora quieren reperfilar al país como nuevo productor de materias primas, ayer agropecuarias, hoy mineras, energéticas y también intelectuales. Pero no he dicho una palabra del ala izquierda del poder económico y ese imperialismo, me refiero al llamado “sindicalismo combativo” o “de izquierda”, sus partidos políticos, sus medios de comunicación y sus intelectuales, incluso los que permanecen en el peronismo (Al fin hay que buscar un sol que caliente).

    Es que en realidad el comprender que son cipayos, que han sido funcionales a la oligarquía contra Yrigoyen, contra Perón y contra todo intento, aunque sea tibio, de retomar ese rumbo, que todo sindicato que hayan logrado conducir lo han terminado destruyendo, fracturándolo, que al negar la contradicción “Patria o Colonia” son funcionales a la colonia, que sus organizaciones políticas “obreras” nunca vieron un trabajador ya que su fuerza es de sectores medios, estudiantes universitarios crónicos y que cuando tuvieron una organización fuerte, dentro de las organizaciones sociales, bastó que les quitaron el manejo de los planes sociales y los investigaran para que desaparecieran de las calles luego de perturbar a transeúntes y automovilistas durante años en la cuadra de Av 9 de Julio e/ Belgrano y Moreno, creo que es suficiente para tener en claro porqué su motor principal es el odio al peronismo y en particular al sindicalismo, responsable con sus “prebendas” que los trabajadores no les presten un segundo de atención y no comprendan su discurso de “Vanguardia Revolucionaria”.

P.d: Golem: “Ser antropomórfico animado, creado artificialmente a partir de materia inanimada para cumplir órdenes, a menudo peligroso, cobra vida mediante fórmulas mágicas. Proviene del hebreo “golem” o “gelem” que significa “embrionario”o “Incompleto”.

El día que Braden perdió con Perón

El 24 de febrero de 1946, la fórmula Perón-Quijano obtuvo el 55% de los votos contra Tamborini-Mosca de la Unión Democrática. El «Braden o Perón» derrotó al slogan «Contra el naziperonismo»

Por Aldo Duzdevich*

Entre 1939 y 1945, el mundo se vio envuelto en la Segunda Guerra Mundial (SGM) . En Argentina, con un alto porcentaje de inmigración europea, la guerra se vivenciaba con intensidad. Las primeras planas de los diarios, estaban ocupadas por grandes fotografías y titulares de la guerra. Y también las simpatías estaban divididas entre aliadófilos y germanófilos.

En 1939 (plena década infame) gobernaba el conservador Marcelino Ortiz con inocultables lazos con el imperio inglés. Su gobierno decidió mantener la neutralidad en la guerra. Neutralidad que obraba en beneficio de Gran Bretaña, que seguía recibiendo por barcos de bandera argentina carnes granos y otras materias primas.

En 1943 el golpe militar del GOU termina con la década infame, y mantiene la neutralidad hasta enero de 1944. EEUU que entra en la guerra en 1942 luego del ataque japones a Pearl Harbor, presiona a toda Latinoamerica a ingresar del bando aliado. La negativa de Argentina, aunque beneficia a Inglaterra (los buques mercantes brasileños eran hundidos por los alemanes) , es tomada por EEUU como un apoyo a las potencias del Eje.

Euforia.

El 8 de mayo de 1945 se rinde Alemania y sus ejércitos cesan la lucha ese día a las 23 hs . Mientras tanto, Japón continua resistiendo los intensos bombardeos norteamericanos en sus grandes ciudades; se rendirá recién el 15 de agosto, luego de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Ese hábito tan argentino de sumarse a la euforia de los ganadores, hizo que muchos partidos políticos, entre ellos los radicales, socialistas y comunistas, reprodujeran la contienda europea en la política local y que muchos soñaran con ver, igual que en la liberación de París, jeeps y tanques americanos desfilando por la avenida de Mayo. Al naciente peronismo le colgaron rápido el rótulo de nazifascismo al que había que derrotar.

Los festejos del 13 y 14 de agosto, de la rendición de Japón, dieron motivo de grandes festejos. Los sectores de oposición al naciente peronismo, convocaron multitudinarias manifestaciones, donde se mezclaban las banderas argentinas con las de EEUU, y de las de Union Soviética, enarboladas por militantes del Partido Comunista. Las manifestaciones terminaron en incidentes violentos, con dos jóvenes muertos y varios heridos.

Las patronales contra Perón

Pero, para las clases acomodadas (parte de ellas de origen alemán) la real preocupación, no eran los nazis, sino las políticas sociales que Perón impulsaba desde la Secretaría de Trabajo y Previsión.

El 8 de octubre de 1944, cuando establece el Estatuto del Peón Rural, la Sociedad Rural indignada, expresa que: “El Estatuto sembrará el germen del desorden social, al inculcar en gente de limitada cultura, aspiraciones irrealizables, las que en muchos casos pretenden colocar al jornalero sobre el mismo patrón”. Incluso el Partido Comunista se sumó a las críticas, pues: “el Estatuto, bajo la apariencia de proteger al peón es, en suma, un estatuto contra los campesinos.”

A su vez, trescientas asociaciones patronales lanzan el Manifiesto de la Industria y el Comercio donde denuncian el ambiente de agitación social y “clima de descontento” que es “instigado desde las esferas oficiales”, generando “reclamos permanentes”. Señalan que dicho clima se ha instaurado desde la creación de la Secretaría de Trabajo, y sostienen que durante 25 años, desde la Semana Trágica de enero de 1919, el país ha vivido dentro de una casi perfecta tranquilidad social.

Perón les contesta. “Parecerían reclamar una nueva Semana Trágica, para asegurarse otros 25 años de tranquilidad. Este gobierno no lo hará. No asegurará ni 25 años, ni 25 días de tranquilidad a los capitalistas siguiendo el ejemplo doloroso de la semana de enero de 1919”.

Elecciones.

El 18 de mayo de 1945, el presidente Edelmiro Farrel anuncia los primeros pasos de normalización institucional para un próximo llamado a elecciones libres.

Perón comienza a organizar, desde cero, un movimiento político que pueda competir con éxito contra la alianza de los partidos tradicionales. Su base principal serán las organizaciones obreras que proceden de diferentes orígenes –comunistas, socialistas, anarquistas– que ahora encuentran en Perón, el hacedor de todos sus viejos reclamos laborales y sociales.

Se suman también sectores de la naciente burguesía industrial, que requieren la protección del Estado para seguir creciendo. Muchos radicales como los nucleados en Forja, socialistas e incluso conservadores. La Iglesia a través del Episcopado se manifiesta a favor de votar al peronismo. Y por supuesto amplios sectores del Ejército, identificados con las políticas nacionales.

Del otro lado y agitando como única propuesta “derrotar al naziperonismo”, se alinean radicales, conservadores, socialistas, comunistas, la Sociedad Rural, las grandes empresas, y la Embajada de Estados Unidos.

Spruille Braden.

El 19 de mayo, desembarca (como en Normandía) el nuevo embajador norteamericano, Spruille Braden, un hombre de negocios vinculado a la minera Braden Cooper Company en Chile, y la petrolera Standard Oil; una especie de Donald Trump del siglo pasado.

Aunque es, sin dudas, del embajador de EEUU mas famoso de la historia argentina, su gestión duro apenas cuatro meses, hasta días después del 17 de octubre.

Braden, quien ya había residido en Argentina de 1935 a 1939, como mediador norteamericano en la guerra entre Bolivia y Paraguay, llego acompañado de su esposa María Humeres Solar y su hija Laura Braden. El 29 de mayo fue agasajado con una cena por la Sociedad Americana del Río de la Plata . Lo acompañaban en la cabecera presidente de la institución Teodoro Post, su vice William Fraser y el secretario Steven Adams.

Según informa el diario La Prensa del día 30-05, Braden en su discurso afirmó : “Es nuestra resolución de no inmiscuirnos en los asuntos interiores o exteriores de las demás repúblicas americanas. Obedeciendo a ese espíritu (…) estoy seguro de que ningún norteamericano ni grupo de norteamericanos se inmiscuirán jamás en la política interior o exterior de la República Argentina.” Sin embargo, luego de las recomendaciones de no inmiscuirse en cuestiones internas, finalizo su discurso, haciendo un llamado al espionaje interno de los allí presentes: “Las actividades subversivas de los sistemas totalitarios, son tan características, que las odiosas palabras quinta columna y nazi han llegado a ser sinónimos. El detalle más insignificante puede tener importancia, y por lo tanto, me permito aconsejaros que agudicéis la vista y el oído, y que todo los sospechoso o extraordinario, informéis a la embajada, la cual, por el procedimiento adecuado le hará saber a las autoridades argentinas o a quienes corresponda.”

Perón que aspiraba a recomponer las deterioradas relaciones con los EEUU, estaba preocupado, por la campaña de la prensa norteamericana y local, que lo asociaban a las políticas del nazi-fascismo. En su rol de Vice-Presidente recibió a Braden, en su despacho.

Según cuenta Perón, el embajador fue a hablar sobre las liquidaciones de las propiedades del Eje, y de las concesiones a empresas aéreas norteamericanas. Y que si él accedía a estas peticiones, Estados Unidos no pondría obstáculos en su camino a la presidencia. Perón contó que lo miró fijo a los ojos, y le dijo que lo entendía, pero que había un solo inconveniente:“En mi país el que hace eso, se lo llama hijo de puta”. Sin mediar palabra, Braden abandonó la oficina y se olvidó el sombrero. El propio Perón se dio cuenta cuando vio a empleados de Casa Rosada, jugando al fútbol con él y se lo envió al día siguiente con un ordenanza.

Braden fue recibido con algarabía por el antiperonismo. Como si fuera un candidato electoral, salió a recorrer el país. En Santa Fe, el 21 de julio, lo recibieron en el Jockey Club y en la Universidad del Litoral con carteles que decían: “Democracia sí, nazis no”.

En el paraninfo de la universidad, colmado de publico, Braden hizo un largo discurso, donde básicamente explicó que la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) seguía vigente, pero ya no con el bick stick (gran garrote) sino con un formato renovado de “buena vecindad” : “EEUU afirma la solidaridad espiritual de las repúblicas americanas frente al desafío fascista, y compromete su resolución de proteger dicha solidaridad, no solo contra agresiones armadas, sino también contra la propaganda subversiva y otros tipos de intervención.”

Es interesante el concepto de protección “no solo contra agresiones armadas, sino también contra la propaganda subversiva y otros tipos de intervención” . Terminada la SGM, los nazis no iban a invadir ningún país americano, pero el peronismo encajaba como el peligro de “la propaganda subversiva y otros tipos de intervención.” . Y, lo de la defensa contra “agresiones armadas” no ya del fascismo, sino del comunismo, será la doctrina que van a emplear en los 60-70.

Cuando regresó de su viaje, una muchedumbre lo aguardaba en Retiro. Según el diario La Prensa, lo recibieron distinguidas personalidades como: Federico y Otto Bemberg, Adolfo Boy, José María Paz Anchorena, Celedonio Pereda, Guillermo Madero, Alberto Jiménez Zapiola, Pedro M Ledesma, entre otros. “Los aplausos prolongados y las expresiones de cordialidad se repitieron incesantemente oyéndose exclamaciones espontáneas tales como ¡Vivan los Estados Unidos! ¡Viva Braden! ¡Libertad! ¡Democracia! y ¡Elecciones!”… culmina su relato La Prensa.

Mas tarde hace declaraciones: “La campaña recientemente promovida en contra de mi país y mi persona, es de creer que ha sido instigada por elementos nazis extranjeros, totalmente ajenos al verdadero y noble sentir el pueblo Argentino”.

El 15 de septiembre en el Museo Social, redobla su apuesta en materia de declaraciones duras: “Me atrevo a decir, que no existe un país en el mundo, en el que los nazis se encuentren en una posición tan fuerte como la que tienen aquí en Argentina. Esta es, vuelvo a repetirlo, una seria amenaza a la seguridad de los países de América. Espero y confío que el pueblo argentino elimine pronto esa amenaza. (…) Estemos alertas para distinguir en todo momento entre el bien y el mal, y dispongámonos a extirpar el mal, donde quiera que se presente”

Su gran baño de multitud lo recibirá el 19 de septiembre en la marcha por la Constitución y la Libertad. Ese día, cerca de 200 mil porteños recorren las calles de Buenos Aires.

Según relata Félix Luna: (los estancieros) “Don Joaquín de Anchorena, y Antonio Santamarina contestaban los aplausos con elegantes galerazos; (los comunistas) Rodolfo Ghioldi, Pedro Chiaranti y Ernesto Giudice, con el puño izquierdo en alto; Alfredo Palacios, con vastos ademanes que no desacomodaban su chambergo”.

La vanguardia intelectual cantaba la Marsellesa en francés, en claro contraste con las marchas de obreros sudorosos donde se podía escuchar el: “¡Yo te daré Patria hermosa una cosa que empieza con P! ¡Perón!”.

Detrás de un gran cartel que reproducía la efigie de Sarmiento, marcharon los jóvenes de la Federación Universitaria Argentina, quienes, entre otras consignas cantaban: “Libros si, Botas no!” , en clara alusión al entonces Coronel Perón. La cual dará origen a la contra-consiga “Alpargatas si, libros no!” cantada por los obreros peronistas que veían a los universitarios claramente del lado de la oligarquía. En Plaza Francia, con el aplauso generalizado, Spruille Braden se sumó a la cabeza de la marcha.

Al día siguiente Braden dirá: “La Marcha de la Constitución y la Libertad, cuyo final presencié personalmente, fue una magnífica manifestación cívica que seguramente causará una gran impresión en mi pueblo.”

Con el impulso de la gran movilización de la clase media porteña, sectores de la Marina y Ejercito, dan un golpe de palacio, el 9 de Octubre, destituyendo a Perón de todos sus cargos y encarcelándolo en Martín García. Pero, el día 17 una gran movilización, esta vez de trabajadores del cordón industrial, restituye en su poder a Perón y lo proyecta como líder y candidato a presidente.

El 21 de octubre el Senado de EEUU, apura el tramite de nombrar a Braden como Encargado de los Asuntos Latinoamericanos, y da por finalizada su gestión como embajador. El senador republicano Robert Lafollette cuestiona el papel de Braden: “Creo que las informaciones de prensa y del mismo Braden sobre la Argentina han carecido mucho de información esencial. Digo esto sin ninguna simpatía por Perón. Fue una gran sorpresa, leer los despachos en el New York Time del 19 y 20 del corriente, que demostraban la influencia de Perón sobre los sindicatos obreros. Este fue el primer indicio que tuve, de que el gobierno de Perón contará con el apoyo de la clase trabajadora argentina.”

El libro Azul

El 12 de febrero, pocos días antes de los comicios, como gran golpe propagandístico, se publica en EEUU el llamado “libro Azul”, donde se exponen los supuestos vínculos del gobierno militar y de Perón con los nazis. Braden lo presenta en Nueva York ante un auditorio de 800 veteranos de guerra.

Allí dice: “Una forma en que el nacionalsocialismo elogia de los labios para afuera a la democracia, es su simulada preocupación por las masas trabajadoras, buscando su apoyo para ruina posterior de ellas, con pan y circo, y organizándolas en sindicatos fiscalizados por el gobierno, que son simples instrumentos de la esclavitud. (…) Estamos decididos a no permitir, que por complacencia nuestra, nazca un nuevo brote del fascismo en este hemisferio, permitirlo sería insensato y quizás suicida.”

El gobierno argentino responde rápidamente con el libro “Azul y Blanco”, elaborado por el entonces Canciller Juan Isaac Cooke (padre de John William Cooke) .

El libro “Azul” que en realidad se llamaba: “Consulta entre las repúblicas americanas sobre la situación argentina”, fue publicado en ingles y nunca traducido al español. Recién en 2021, los investigadores, Rodrigo Mas y Martin Prestía publicaron “Braden o Peron”. Un libro editado por el IFAP y UPCN con prologo de Raanan Rein, que contiene la traducción completa del “Blue Book” y su respuesta en “Azul y Blanco”.

Por supuesto, Perón eligió como adversario electoral al embajador Braden. Y la Unión Democrática lejos de despegarse, agitó el Libro Azul como discurso de campaña. El clima político de la época fue muy tenso, a decir de Félix Luna: “Nunca se odió tanto en el país como en aquel año; nunca los argentinos vivieron de una manera tan físicamente palpable el odio de los unos contra los otros”.

“Sepan quienes voten el 24 por la fórmula del contubernio oligárquico comunista, que con ese acto, entregan sencillamente su voto al señor Braden. La disyuntiva en esta hora trascendental es esta: o Braden o Perón. Por eso glosando la inmortal frase de Roque Peña digo: sepa el pueblo votar.” Juan Domingo Perón 12-02-1945

Las tapas de los diarios

El 24 de febrero de 1946, la formula Perón-Quijano obtuvo 1.527.231 votos (55%) contra 1.207.155 de Tamborini-Mosca de la coalición Unión Democrática. El escrutinio demoró muchos días, durante los cuales cada coalición intentó mostrar que iba ganando.

Y , como pasa actualmente con los medios afines y de oposición, el resultado electoral tuvo disimiles respuestas periodísticas. Mientras el mismo día 25 , La Época (diario pro-peronista) titulaba con exceso de optimismo : “Triunfo Perón en Entre Rios, Santa Fe y Buenos Aires: Calculase que vencerá en proporción de 4 a 1”.

Clarín tituló: “ Respalda el Ejercito la voluntad popular”, e ilustra con una gran foto del candidato de la Union Democrática, Jose P. Tamborini en momento de emitir su voto. Luego, si uno busca las tapas siguientes de Clarín hasta mediados de abril, solo hay títulos de las provincias donde inicialmente gana Tamborini, para luego ir diluyendo los títulos. Si es por Clarín, y nos quedamos sin saber quien gano la elección presidencial.

Años mas tarde Perón reconoció que si Braden no hubiera existido “debí haberlo inventado”, y Braden admitió años después que “el slogan Braden o Peron, fue una brillante maniobra electoral”.

(*) El columinista es autor de Salvados por Francisco y La Lealtad-Los montoneros que se quedaron con Peron.

https://www.lmneuquen.com/pais/el-dia-que-braden-perdio-peron-n998003

El movimiento obrero: el último dique frente al proyecto liberal

Por Gustavo Matías Terzaga

Uno de los rasgos distintivos de la ofensiva liberal de nuestro tiempo es su capacidad para manipular el lenguaje hasta convertirlo en un instrumento de inversión moral. Bajo consignas como la llamada “industria del juicio”, se intenta instalar la idea de que el empleador es la víctima de un orden jurídico adverso y que el trabajador es el responsable parasitario, ocultando que el vínculo laboral es esencialmente desigual y que el Derecho del Trabajo surgió para limitar ese poder y proteger al trabajador.

El examen del proyecto denominado “Modernización Laboral” no puede agotarse en la fría enumeración de sus institutos ni en la apariencia técnica con la que pretende presentarse ante la opinión pública. Estamos, en rigor, frente a un desplazamiento estructural del estatuto constitucional del trabajo consagrado en el art. 14 bis, es decir, ante un intento de reordenar la relación entre capital y trabajo en favor del primero, alterando uno de los pilares sobre los que se edificó el constitucionalismo social argentino. La acumulación de modificaciones proyectadas —en materia de jornada, horas extraordinarias, régimen indemnizatorio, fondos de cese laboral, vacaciones, salario, período de prueba y negociación colectiva— revela un patrón normativo coherente que no apunta a mejorar la organización productiva, sino a reducir la intensidad protectora del sistema y a trasladar de manera sistemática el riesgo económico desde el empleador hacia el trabajador.

Por eso, cuando una reforma laboral debilita de manera sistemática la protección del trabajo, no está modernizando el derecho ni la estructura jurídica laboral, está alterando las bases constitucionales del orden social. Y esa alteración no puede comprenderse sólo como un episodio legislativo, sino como parte de un proceso histórico más amplio de reconfiguración del poder económico y político en la Argentina. Desde esa perspectiva —y no desde la ingenuidad tecnocrática— debe leerse el debate actual, porque lo que está en discusión no es simplemente un régimen laboral, sino el lugar mismo del trabajo en la comunidad nacional.

La herencia pos Malvinas

Hay derrotas que no se miden únicamente en términos territoriales o militares, sino en el desplazamiento silencioso de un país entero de su propio eje histórico. La derrota en Malvinas fue una de ellas. No sólo significó el cierre de un capítulo militar, sino la apertura de un ciclo político y económico que reorganizó la Argentina sobre nuevas bases; debilitando su autonomía estratégica y habilitando la consolidación de un programa de apertura irrestricta, desindustrialización y subordinación financiera que se convertiría, con los años, en el verdadero consenso del nuevo orden democrático.

No se trató de un simple cambio de rumbo, sino de una mutación profunda del Estado y de la estructura social. La transición democrática no desmontó ese programa de genocidio económico a cuenta gotas; lo administró, lo legitimó y en muchos aspectos lo profundizó mediante reformas estructurales, privatizaciones y reconfiguraciones institucionales que erosionaron sistemáticamente las bases materiales del trabajo organizado y del Estado social. La democracia recuperada convivió así con una economía cada vez menos nacional, una soberanía cada vez más langidecida y con una sociedad progresivamente más fragmentada.

La retracción industrial que atraviesa la Argentina no puede interpretarse como un accidente histórico ni como el simple efecto de ciclos económicos adversos en el marco de la naturalización de la alternancia política, sino como la consecuencia lógica de un patrón de acumulación consolidado a lo largo de décadas que ha subordinado la producción y el trabajo a la primacía de la renta exportadora y la valorización financiera. Lejos de tratarse de una fatalidad o de una supuesta incapacidad estructural, este proceso responde a una decisión política persistente del bloque de poder que administra el excedente generado por las commodities en función de sus propios intereses, configurando un modelo económico cuya única coherencia estratégica —lamentablemente— ha sido la consolidación de un proyecto claramente antinacional.

La estrategia de desarticular al sujeto histórico

El neoliberalismo no es únicamente un modelo económico; es, sobre todo, una estrategia de poder. Su objetivo central ha sido debilitar al sujeto colectivo del trabajo no sólo en la fábrica, sino en la cultura, en la educación, en el sentido común y en la identidad social. La actual ofensiva contra los derechos laborales es también un ataque final al sindicalismo argentino —disfrazada bajo el lenguaje amable de la “modernización”— no es un fenómeno novedoso, sino la culminación normativa y jurídica de una transformación iniciada hace décadas en el plano cultural, económico y organizacional.

Dicho sin rodeos, la reforma laboral en debate no busca mejorar la productividad ni corregir desajustes frente al avance de los tiempos; apunta a quebrar definitivamente al sujeto histórico que, con todas sus contradicciones, fue el principal límite al poder económico en la Argentina. Por eso, la defensa del movimiento obrero organizado no es una consigna nostálgica ni una reivindicación corporativa, es una condición indispensable para cualquier proyecto nacional sustentable con vocación de soberanía y justicia social.

La continuidad histórica de la CGT

En ese escenario, la CGT —aún fragmentada, aun desgastada— sigue encarnando una continuidad histórica que no pudieron destruir ni el globalismo, ni la dictadura genocida, ni Alfonsín, ni el neoliberalismo de los noventa, ni las restauraciones conservadoras posteriores. Ha sido blanco sistemático no sólo del poder económico y de las expresiones partidarias del establishment, sino también de sectores que se autodefinen como populares y que nunca comprendieron que sin organización obrera no existe democracia efectiva para el pueblo.

Un progresismo de matriz cultural, todavía influyente en ciertos espacios, adopta acríticamente el relato de la “burocracia sindical” como explicación totalizante. Esa narrativa funciona como un dispositivo de deslegitimación del único actor colectivo con capacidad real de disputar poder y establecer límites al capital. El problema no consiste en exigirle a la CGT que vuelva a ser lo que fue, sino en reconstruir el sujeto histórico que le dio origen y potencia.

Porque lo que atravesamos no es una crisis más, es la fase final de un modelo de dominación y de demolición nacional que desde el golpe de 1976 avanza sobre los restos de un país que supo tener un movimiento nacional, industrial y soberano; el de Perón y Evita. Aquella irrupción violenta buscó amputar la memoria popular, desarticular la conciencia nacional, eliminar la representación sindical y disolver los vínculos de solidaridad en nuestra sociedad.

La clase trabajadora fue convertida en variable de ajuste mediante represión directa, desaparición de dirigentes y disciplinamiento social, mientras una ofensiva cultural persistente reducía al sindicalismo a una caricatura tóxica. El menemismo, como fase política de profundización del programa de Martínez de Hoz, consolidó la extranjerización y la desindustrialización, pero también licuó desde el propio peronismo al sujeto social que le había dado origen.

Las limitaciones del ciclo K

En los años posteriores a 2003 se intentó recomponer una política nacional, aunque sin alcanzar una verdadera estructura popular organizada. Cristina Fernández de Kirchner se convirtió en figura central de un modelo que, pese a conquistas significativas y disputas con poderes concentrados, operó crecientemente con lógica palaciega. La rosca desplazó a la representación y el verticalismo reemplazó la construcción colectiva.

El movimiento obrero fue utilizado como base electoral, pero relegado como actor político autónomo, y el vínculo comenzó a resquebrajarse definitivamente en 2011, tras la muerte de Néstor Kirchner. Desde entonces, el sindicalismo pasó a ser visto con sospecha —cuando no directamente como un estorbo— en el esquema de poder, en contraste con la tradición histórica en la que Perón sostenía un vínculo cotidiano y orgánico con la central obrera. Esa desconfianza hacia todo poder popular autónomo, que bajo una conducción estratégica puede fortalecer a un gobierno y a un proyecto nacional, terminó erosionando la posibilidad de reconstruir una verdadera columna vertebral durante el kirchnerismo. Lejos de consolidarse, esa base fue progresivamente vaciada, debilitando la capacidad estructural de un proyecto que necesitaba, más que nunca, apoyarse en su sujeto histórico.

El cambio en la estructura del trabajo

Sin embargo, no todo el retroceso sindical se explica por decisiones políticas. El mundo del trabajo se transformó profundamente. La precarización, la tercerización, la automatización y la expansión de nuevas formas laborales desancladas del empleo formal erosionaron la densidad organizativa clásica. Trabajadores de plataformas, monotributistas crónicos y sectores informales crecieron por fuera de los canales tradicionales de representación, reduciendo la base material del sindicalismo.

A esta situación se suma un dato decisivo. Las acciones del sindicalismo carecen de capitalización política real, en gran medida como resultado de una dirigencia política cupular absorbida por la lógica de la rosca y la disputa de centralidades relativas, más preocupada por la administración del poder que por la construcción de una base social organizada. En ese marco, con menos trabajadores formales, menor poder de fuego y un Estado debilitado, se le exige a la CGT una capacidad de acción que sólo podría existir con un movimiento obrero plenamente articulado y respaldado por una conducción estratégica que hoy no aparece o no logra consolidarse. Y sin embargo, aun en su estado de fragmentación y desgaste, la central obrera ha hecho más que buena parte de la oposición política. Ha puesto el cuerpo en los momentos decisivos mientras otros optaban por la especulación, evidenciando que, incluso debilitado, el movimiento obrero sigue siendo el único actor colectivo con capacidad real de expresar resistencia social organizada. En este contexto, si el peronismo aspira a constituirse en una alternativa política hacia 2027, debería comenzar a ofrecer señales concretas de la tantas veces invocada unidad, convocando a los principales actores políticos y sociales en torno a un programa común que no sólo reconozca, sino que acompañe, sostenga y fortalezca la lucha de los trabajadores como eje ordenador de cualquier proyecto nacional con vocación de futuro.

La batalla por venir

Macri, Milei y toda futura restauración conservadora no hacen más que inscribirse en una misma línea histórica; la continuidad del programa inaugurado por Martínez de Hoz y profundizado por el menemismo, cuyo objetivo estratégico ha sido desmontar el principal dique de contención frente al avance antinacional, encarnado en el modelo sindical argentino.

La reconstrucción no vendrá desde los despachos ni desde los laboratorios de opinión, sino desde las organizaciones reales, desde los delegados de base, desde las cooperativas, los barrios y las instituciones comunitarias. Desde ese subsuelo donde todavía late lo nacional. La disputa que se abre no es sólo por salarios, derechos o convenios; es una batalla por la historia, por la dignidad y por el sentido mismo de la nación y su comunidad. Si existe un futuro posible, será con el movimiento obrero como sujeto político central, porque no hay nación sin clase trabajadora organizada, ni peronismo ni movimiento nacional sin su columna vertebral en pie.

* Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE, de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

La Organización Vence al Tiempo

Por Julio Fernández Baraibar

Leer La Nación, con el método que nos recomendaba Arturo Jauretche, sigue siendo un ejercicio iluminador.

Hoy se discute en el Senado Nacional una nueva Ley Laboral que, con toda seguridad y dadas las alianzas ya establecidas, quitará derechos, cuya conquista ha llevado décadas de lucha, reducirá sus ingresos reales, aumentando la plusvalía relativa, y prolongará la jornada laboral, por consiguiente aumentará la plusvalía absoluta, tendiendo a que el salario, el precio de la venta de la fuerza de trabajo humano al capitalista, se reduzca hasta el límite de su reproducción simple, es decir a lo necesario para poder seguir vendiendo su trabajo.

Uno tiende a suponer que una ley de estas características solo podría recibir elogios del órgano periodístico de la clase dominante argentina, como ha sido y es el diario La Nación.

Sin embargo, en la edición de hoy una  nota firmada por Nicolás Balinotti -el escriba a sueldo dedicado al sindicalismo- formula un duro cuestionamiento al proyecto de ley:

“Entre los cambios más salientes del proyecto que se discute hoy en el Senado surgen algunas concesiones a los reclamos de la CGT: conservar intactos los recursos de las obras sociales sindicales, sostener las cuotas solidarias y mantener a los empleadores como agentes de retención del pago de afiliación sindical. Es decir, la caja no se toca. Tampoco se alteraría el modelo sindical, la viga maestra sobre la que los gremios peronistas construyeron su poder. Si avanza el proyecto, las limitaciones al derecho a huelga y a las asambleas en los lugares de trabajo empujarán a la CGT tener el monopolio de la negociación con el Gobierno y los empresarios, y perderán los gremios más combativos”.

Este párrafo reconoce y explicita que lo que establishment económico argentino buscaba con esta ley no era tan solo reducción salarial y extensión de la jornada laboral. Al parecer, ocupaba un lugar  central en el proyecto el desmantelamiento organizativo y económico del movimiento sindical argentino, una de las últimas conquistas logradas por el peronismo y que han logrado sobrevivir durante estos 80 años, pese a la intención explícita de los gobiernos liberales desde 1955 de lograr su desaparición. Es ese mismo movimiento sindical argentino que ha caracterizado al país, distinguiéndolo del resto del gremialismo de los países de la región. La CGT y los sindicatos obreros argentinos, su fortaleza organizativa y económica, sus obras sociales, sus escuela sindicales y su presencia permanente en la vida política del país constituyen el orgullo de los trabajadores sindicalizados del país.

Por eso es que ese sueño húmedo de destruir al movimiento obrero organizado ha sido, como digo, el objetivo estratégico del liberalismo antiperonista. Y como muy bien advierte el paniaguado Balinotti, ese perjuicio enorme que sufrirá el conjunto de los asalariados argentinos, a partir de este proyecto de ley, será transitorio y efímero si se mantiene la estructura gremial que permita la derogación de toda esta legislación antiobrera, ni bien se modifiquen las condiciones políticas y económicas que permitieron su sanción.
Y entonces, como decía Jauretche, la lectura de La Nación ilumina las negociaciones llevadas a cabo por la dirigencia sindical. En un momento de debilidad, cuando el enemigo de intereses nacionales y de clase se encuentra en mayoría, en un momento de la política internacional donde todos esos intereses están disputando hegemonía y el futuro es por demás incierto, lo central es mantener la estructura que permita futuras luchas, cuando “la tortilla se vuelva”.
Por otro parte, resulta casi enternecedora la preocupación del cagatintas de La Nación por “los gremios más combativos”.

Leer el diario de Mitre permite entender la maniobra del enemigo. Gracias don Arturo por esa enseñanza.

11 de febrero de 2026.

La Cámpora, el kirchnerismo y un balance de época (parte II)

Por Gustavo Matías Terzaga*

Luego de 54% de Cristina en 2011, pensar en voz alta dentro de las organizaciones kirchneristas sobre figuras, tradiciones y problemas estructurales de la Argentina profunda pasó a ser leído como una herejía. Hablar de Julio Argentino Roca, del movimiento obrero como columna vertebral, de la historia militar argentina, de la soberanía nacional y el rol estratégico de las Fuerzas Armadas, de las enseñanzas de Malvinas como causa central, del Día de la Raza y el legado hispánico, de la vigencia intacta de la Ley de Entidades Financieras, del Estado Empresario de Perón, de la explotación de los recursos naturales, de la religiosidad popular, de la cultura criolla y de las tradiciones del pueblo profundo —y, en casos extremos, hasta del propio Juan Domingo Perón (que era hombre y militar) y la doctrina justicialista— fue progresivamente interpretado por los referentes camporistas como un desafío a la “línea” bajada desde el núcleo dirigente y la conducción. Temas típicos de pianta votos, “de facho y conserva”. ¡Si hasta la Marcha peronista fue considerada vetusta!. El resultado fue un empobrecimiento doctrinario deliberado y un desconocimiento de nuestra historia que sacrificó densidad y continuidad histórica en nombre de la comunicación política, moderna, coyuntural y vanguardista.

Lo cierto es que La Cámpora bebió más de una mística contracultural que de una doctrina política surgida de nuestra propia racionalidad histórica como pueblo/nación. Ese imaginario político juvenil se formó menos en la tradición orgánica del peronismo o en el legado de nuestros pensadores nacionales, y más en una épica independiente y autorreferencial, próxima al universo simbólico de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. Una pertenencia cerrada que no consulta ni escucha, con códigos internos, identidad intensa, mística propia, desconfianza hacia afuera, papel picado adentro y una idea de “resistencia” más estética y emocional que estratégica. Cuando una organización juvenil nace para custodiar una herencia y termina viviendo de custodiarla, deja de ser herramienta de transformación para las nuevas generaciones militantes y se convierte en aparato de mera preservación del espacio, impedido, naturalmente, de la posibilidad de construir procesos sociales en los tiempos largos del pueblo.

El problema del sujeto político: “¿Trabajadores, únanse!”

El peronismo clásico edificó su fuerza sobre un dato duro de la realidad. El trabajador organizado no era una identidad cultural ni un segmento etario, ni una temporalidad, sino un sujeto estructural, situado en el corazón de la economía, con capacidad material de presión, con disciplina colectiva, con fuerza de base y con instituciones propias fuera del Estado y del gobierno. No era “pueblo” porque se lo nombrara; era pueblo trabajador porque estaba organizado y porque su lugar en la producción nacional le daba un peso específico y un determinado rol político, incluso en el Congreso, la diplomacia y el comercio exterior. Con Perón, el poder político se sostenía en la organización y en la mediación virtuosa como posibilidad entre los márgenes de los conflictos y los intereses, pero con un sujeto político claro que era la columna vertebral del movimiento nacional.

El kirchnerismo, en cambio, fue desplazando ese centro de gravedad. Su sujeto emblemático pasó a ser la juventud politizada, el estudiante universitario, no como actor complementario en términos de renovación generacional sino como núcleo irradiador de legitimidad, militancia y estética. Esto no significa que el kirchnerismo no haya tenido relación con el mundo del trabajo; la tuvo durante todo su ciclo con un Ministerio y un buen Ministro como Carlos Tomada, y por tramos con fuerza. Pero en términos de imaginario político, de eje vertebrador de toda la política, incluso de épica y de reproducción de cuadros, la figura privilegiada no fue el trabajador organizado sino el joven militante formado en una cultura política universitaria, comunicacional y también estatal.

Los pibes para la Liberación

En el caso de aquella intensidad manifiesta del Patio de Las Palmeras, el derrotero posterior confirma un rasgo estructural de aquella experiencia. Una vez concluido el período de militancia universitaria intensa —cuando la política funcionaba como identidad total y horizonte existencial— la prioridad de muchos de sus integrantes se desplazó hacia el ejercicio de la profesión liberal. La política, que había sido concebida como destino histórico, pasó a ocupar un lugar episódico, nostálgico o testimonial, mientras la inserción individual en el mercado profesional se convirtió en un pasaje natural prioritario. Ese tránsito no debe leerse como una traición personal, sino como síntoma de una concepción política que no logró articular militancia con organización social estable, ni construir un anclaje duradero en el mundo del trabajo y la producción.

Cuando la política se vive como etapa formativa y no como forma permanente de organización colectiva, su final lógico es la retirada hacia la trayectoria individual; y cuando eso ocurre a escala generacional, el resultado no es una generación militante lista para la “liberación nacional”, sino la disolución del sujeto político que se pretendía fundar. Volviendo al sujeto político, y dicho con mayor claridad; la condición estudiantil, aun cuando se prolongue, es transitoria y acotada en el tiempo; la condición de trabajador, en cambio, estructura casi toda una vida. Y allí, se lucha políticamente mientras se trabaja, no sólo cuando sobra el tiempo. Por eso, construir un proyecto político sobre el estudiante implica apoyarse en una etapa; hacerlo sobre el trabajador supone anclarse en una existencia social permanente, en la producción, en la experiencia cotidiana, en la familia y en la base material de la comunidad organizada.

DDHH y grieta

Desde su llegada al gobierno nacional, el kirchnerismo desplegó como bandera principal una política virtuosa en materia de derechos humanos al convertir una demanda histórica en política de Estado, impulsando la anulación de las leyes de impunidad, la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad y la recuperación de la memoria como compromiso institucional. Esa decisión fortaleció el Estado de derecho, restituyó dignidad a las víctimas e intentó consolidar un consenso democrático amplio en torno al terrorismo de Estado como crimen imprescriptible. Una política que nos dignificó como pueblo y que fue referencia a escala mundial. Pero esa política, con el correr del tiempo, también adquirió una arista compleja; tendió a cristalizarse como identidad excluyente, a funcionar como frontera moral interna y a desbordar su función jurídica para convertirse en criterio de alineamiento político ante la sociedad.

Cuando los derechos humanos dejan de ser un consenso democrático transversal y pasan a operar como lenguaje de facción política, corren el riesgo de perder su potencia universal al caer en las categorías menores y mezquinas de nuestra política doméstica actual, y de ser utilizados para clausurar debates estratégicos que exceden —y no niegan— aquella conquista histórica. Tengamos en cuenta que uno de los rasgos más característicos de la ofensiva liberal contemporánea es la utilización demagógica del lenguaje como herramienta de inversión política y moral. A medida que la política se inscribía cada vez más en la lógica binaria de la grieta, dividiendo las tribunas en “ustedes o nosotros”, el adversario encontró terreno fértil para responder con una demonización reactiva y simplificadora, como el número de desaparecidos, o “el curro de los DDHH”. Señalar esto no implica retroceder en esa agenda ni ceder frente al sector reaccionario que pretende resignificarla, “pacificar” o cambiarle el signo, sino advertir que cuando una política justa y potente se enmarca también en una dinámica espejada de confrontación permanente, puede terminar facilitando su propia desnaturalización.

La debilidad política del 24 de Marzo

Con el paso de los años, si bien la alegría y el clima festivo siempre es bienvenido en las calles como catalizador de las heridas populares abiertas, el 24 de marzo dejó de ser solo una jornada de recogimiento, denuncia política y pedagogía histórica para transformarse, en los últimos tramos, en una escenificación atravesada por agendas y estéticas ajenas a la experiencia histórica que se conmemora. Performances provocativas, cuerpos desnudos, consignas superpuestas y una especie de “kermesse militante” convirtieron la marcha en un evento identitario para diluirse en un significante amplio de “violencias” indistintas. Cuando todo entra en “la marcha” de manera abrupta y forzada, aprovechando la dinámica de los “nuevos tiempos», el núcleo político e histórico pierde densidad. Incluso la incorporación de categorías contemporáneas sin respaldo histórico específico (como la idea de desapariciones “trans” durante el genocidio), termina generando confusión, reacción y descreimiento, facilitando y reproduciendo la impugnación negacionista que se pretende combatir. La memoria no se fortalece cuando se expande sin criterio, sino cuando se cuida y profundiza su sentido, se preserva su lenguaje y se mantiene claro qué se recuerda, por qué y contra quién. En síntesis, una conmemoración tan cara a nuestros sentimientos, sin anclaje profundo en la historia y sin contenido nacional no alcanza, por sí sola, para proyectar futuro para nuevas generaciones.

En ese clima, muchos jóvenes antikirchneristas terminaron siendo el producto inverso —pero simétrico— de la misma lógica; formados más en la reacción contra un relato que en la comprensión histórica de fondo, abrazaron el negacionismo no como resultado de un conocimiento crítico del pasado, sino como gesto identitario frente a una memoria que percibieron saturada, ritualizada y políticamente instrumentalizada.

¿No da la impresión de que a Milei muchos de los temas le llegan prácticamente resueltos, listos para ser capitalizados? Como si buena parte del terreno hubiera sido despejado de antemano y solo quedara aprovecharlo. ¿Acaso no estamos sorprendidos del consenso y el apoyo que encuentra en gran parte de la sociedad, pese a herirlos en sus necesidades vitales?. Esa ventaja no nace de su fortaleza, sino de nuestras debilidades discursivas y políticas; del vacío que dejamos en la representación de muchos problemas reales y del lenguaje que abandonamos. Allí se explica, en buena medida, su capacidad para convertir malestares dispersos en apoyos concretos.

Un contenido ausente

Persiste un vacío en el modo en que este período es narrado y comprendido. Hay aspectos que no se nombran con la claridad ni con el énfasis que su incidencia histórica exige: la estructura económica, política y cultural de dependencia que la dictadura vino a consolidar y que, bajo nuevas formas, continúa condicionando la vida nacional incluso en democracia. Nos referimos a los apellidos civiles que la sociedad debería recordar con la misma nitidez con la que recuerda a Videla o a Galtieri, a casi cincuenta años del retorno democrático. Sucede que el sentido común de la democracia argentina fue colonizado y, por ello, nuestra dirigencia política no supo, no quiso o no pudo construir una verdadera democracia para el pueblo. La dictadura fue derrotada políticamente, el pueblo la sacó, pero sus bases económicas y culturales no solo sobrevivieron, sino que fueron asumidas como “normales” por la mayoría del arco político demoliberal. Y allí está, aún vigente e indiscutida, la Ley de Entidades financieras que es el mástil de todo el andamiaje de la dependencia económica para la Argentina.

El constante retorno de los civiles

Suele afirmarse que el gesto de Néstor Kirchner al bajar los cuadros tuvo un enorme valor pedagógico y simbólico para una generación. Y tal vez lo tuvo. Pero una formación política más completa, útil y situada hubiera exigido, además, correr el foco hacia las responsabilidades civiles que hicieron posible el terrorismo de Estado, con mayor vigor, para habilitar otra dimensión política sobre el tema y encontrar elementos que colaboren a la conformación de un diagnóstico histórico y político, lo más racional posible. Aunque algo de eso ocurrió con Magnetto de CLARÍN. En síntesis, la democracia recuperada en 1983 colocó con justicia a los ejecutores del terror en el centro del juicio histórico, y eso fue una gran conquista popular, pero dejó en penumbras a quienes diseñaron y se beneficiaron del proyecto económico que la dictadura vino a imponer. Al narrar aquel período como una anomalía exclusivamente militar, se desatendió la estructura de poder que hizo posible el terrorismo de Estado y que, en buena medida, siguió operando bajo formas democráticas. Esa lectura parcial ayuda a explicar por qué hoy reaparecen, con legitimidad electoral, intereses que ya habían condicionado el destino nacional a sangre y fuego, por caso los vencedores en Malvinas. El propio Javier Milei ha manifestado admiración pública por figuras como Margaret Thatcher, Ronald Reagan o Winston Churchill, íconos colonialistas del poder anglosajón.

Luego nos sorprendemos de que esos civiles promotores y beneficiarios de la dictadura lleguen a la presidencia por el voto popular, o de que otros, desde las sombras, la consideren un “puesto menor».

Si Evita viviera sería Montonera

A lo largo de todo el ciclo kirchnerista se consolidó una idealización superficial de los años setenta convertida en épica militante permanente. Esa lectura no solo deshistorizó en parte una experiencia trágica de un período complejo de nuestra historia política reciente, sino que profundizó un prejuicio antimilitarista heredero directo del dispositivo desmalvinizador de la posguerra. En esa confusión conceptual se instaló una idea tan eficaz como dañina; que la memoria y los derechos humanos eran incompatibles con la defensa nacional, y que reducir las Fuerzas Armadas y la política de defensa equivalía, casi automáticamente, a fortalecer la democracia. Así se consolidó una debilidad estratégica persistente, que atraviesa desde la dirigencia hasta el último militante; la creencia de un país sin hipótesis de conflicto, sin necesidad de formación de cuadros militares nacionales y sin articulación entre defensa, Estado, industria y comunidad, justo cuando el escenario internacional se volvió más inestable, competitivo, incierto y riesgoso. Lo más grave es que de esa pedagogía surgieron generaciones formadas en una premisa falaz; la idea de que la Argentina vive al margen de las tensiones geopolíticas y que la defensa es un residuo del pasado. Educados en esa cultura de la indefensión, terminan asociando democracia con desarme y derechos humanos con negación de la soberanía, reproduciendo sin advertirlo una matriz funcional a los mismos intereses que históricamente condicionaron al país.

Como dice una amigo que milita en HIJOS; “veo un auto con la silueta de Malvinas en la luneta y yo pienso que ahí va un facho de mierda”. Y si. Esa reacción expone el daño cultural de una grieta llevada al extremo, donde símbolos nacionales compartidos dejan de ser patrimonio común y pasan a funcionar como marcas de sospecha ideológica, empobreciendo la política, ocultando nuestro sentido histórico y fracturando el sentido de pertenencia colectiva.

¿No convendría preguntarse si, en la lectura más difundida del kirchnerismo sobre los años setenta, figuras como Isabel Perón y José Ignacio Rucci quedaron ubicadas en un lugar incómodo, lateral o directamente negativo dentro de la propia historia peronista? ¿No fue Isabel presentada casi exclusivamente como antesala del golpe, sin ponderar en su justa medida los méritos y el contexto de crisis institucional que atravesó su gobierno constitucional? ¿Y no quedó Rucci reducido a la imagen de un sindicalista conservador, perdiéndose de vista su papel como articulador clave entre Perón y el movimiento obrero en una Argentina muy distinta a la de 1955?

En esa simplificación, ¿no se recortó selectivamente el pasado en función de una narrativa épica que dejó de lado zonas decisivas para comprender la etapa en toda su complejidad? Por ejemplo, ¿no resulta llamativo que el asesinato de Rucci por parte de Montoneros rara vez haya sido abordado con la claridad histórica que un hecho de esa magnitud exige? Ese silencio —o tratamiento tangencial— ¿no evitó, acaso, enfrentar uno de los episodios que mejor expresan la fractura interna del movimiento y el choque entre la conducción de Perón y la lógica de la violencia política que, poco a poco, pavimentaría el camino hacia el horror posterior?. Solo una mirada integral y honesta sobre nuestra propia historia habilita una maduración política real hacia el futuro.

Una militancia colorida pero prejuiciosa

Lo cierto es que en una franja importante de la militancia kirchnerista se consolidó una pedagogía política que miró con desconfianza —cuando no con abierto rechazo— a componentes centrales de la tradición histórica argentina; el sindicalismo como columna vertebral, las Fuerzas Armadas como parte de la defensa nacional, la religiosidad popular y el lugar del Papa Francisco, la cultura criolla, el legado hispánico y el mestizaje, los símbolos patrios, Malvinas, e incluso figuras decisivas de la construcción estatal y la unidad nacional como Roca. Ese vaciamiento de referencias convivió con la adopción entusiasta de nuevas consignas identitarias —indigenismo, ecologismo, lenguaje inclusivo, masculinidades, aborto, deconstrucciones y agendas culturales globales— que, aun legítimas en su plano, terminaron ocupando el centro del discurso político. El contraste no fue menor; mientras se relativizan elementos que históricamente habían servido para organizar pertenencia nacional, se fortalecen banderas que estructuraban identidad interna, más aptas para la cohesión de grupo que para la construcción de mayorías populares amplias.

En ciertos sectores del progresismo se volvió visible un rechazo casi reflejo hacia todo lo que remita a la tradición militar, al sindicalismo y a la Iglesia, como si esos mundos fueran ajenos —o incluso opuestos— a cualquier proyecto emancipador. Casualmente dos de los mayores cuadros revolucionarios de nuestra historia reciente provienen de esas instituciones. ¿Qué fundamentos estratégicos sostienen la promoción de una separación tajante entre Iglesia y Estado en una sociedad donde la religiosidad popular tiene arraigo histórico y popular, en el momento en que el mundo tiene un Papa argentino? ¿Cómo se articula un discurso antimilitarista con una tradición política en la que su principal conductor proviene de las Fuerzas Armadas? ¿Qué efectos produce la deslegitimación sistemática de la CGT en una nación que cuenta con uno de los movimientos obreros más sólidos del mundo? ¿Y qué implicancias tiene analizar Malvinas únicamente desde la dimensión humanitaria, omitiendo su carácter estructural como causa de soberanía y disputa antiimperialista?

El dilema actual

El orden internacional que se configuró tras 1945 —con Estados nacionales robustos, industrialización como horizonte estratégico, centralidad del trabajo asalariado, sindicatos con gravitación política, fuerzas armadas con hipótesis de conflicto definidas y una política concebida como conducción de comunidades organizadas— fue el suelo histórico sobre el que se pensaron muchos de los proyectos nacionales del siglo XX en nuestra región— está cediendo ante otra arquitectura global, dominada por finanzas desancladas, plataformas tecnológicas, retroceso del mundo del trabajo tradicional, hiperconexiones, fragmentación social y Estados con menor capacidad de decisión. El peronismo nació como respuesta histórica a aquel mundo; organizó a los trabajadores, construyó soberanía económica y pensó la política como dirección estratégica de una nación industrial en ascenso. Cuando de ese suelo histórico ya no queda casi nada, no alcanza con repetir sus fórmulas; hay que comprender qué de ese legado es esencia permanente y qué era circunstancia de aquella época. El desafío no es abandonar al peronismo, sino traducir su núcleo a un escenario donde las condiciones materiales ya no existen del modo aquel, pero donde el drama histórico de nuestra dependencia permanece intacto.

La Argentina no está solo bajo ataque, está bajo ruinas. Y para reconstruirla hace falta algo más que lealtades afectivas, internismo y encapsulamiento ideológico. En lo político y programático, hace falta un proyecto colectivo lo más amplio, serio y contundente posible. Si el campo nacional no reconstruye su inteligencia estratégica, si no rehace su vínculo con los sectores populares, si no abandona su internismo cupular, si no recupera la calle política, si no ordena un programa y no arriba a una nueva síntesis que aprenda de sus límites, la derrota dejará de ser una contingencia para convertirse en nuestro destino. Y la historia, que nunca espera, volverá a pasar por encima de quienes prefirieron la identidad a la conducción del conjunto y la nostalgia a la reconstrucción nacional.

Lo cierto es que nuestros dirigentes han perdido la capacidad de formular respuestas nacionales a los problemas nacionales. En ese vacío se infiltró una guerra cultural importada, pensada para otras sociedades y otros conflictos históricos, que desplaza el centro de la discusión hacia disputas identitarias y morales incapaces de ordenar la vida colectiva. No sorprende que, ante tanto vacío político y cultural, la injerencia de Estados Unidos en la vida argentina no se limite al plano económico, sino que penetre también en el terreno simbólico. Una parte de la sociedad la asume con naturalidad, como si fuera el atajo hacia una supuesta “inclusión en el mundo”, eco de una vieja tradición que asocia lo moderno con la imitación de Occidente, y prueba del rotundo fracaso político de la dirigencia. Por suerte, frente a ello, otro sector reconoce en esa presencia un mecanismo de subordinación que limita la capacidad del país para decidir su propio rumbo. En el fondo, no se enfrentan solo modelos económicos, sino dos imaginarios culturales; el que normaliza la dependencia bajo la apariencia de cosmopolitismo aspiracional y el que entiende la soberanía como núcleo de la identidad nacional.

Mientras la política se enreda en esa escenografía ajena y con categorías políticas que no nos calzan adecuadamente porque no nos pertenecen, queda sin resolver la pregunta verdaderamente decisiva: quién gobierna, con qué autoridad efectiva, bajo qué reglas comunes y al servicio de qué intereses sociales, económicos y soberanos. Una fuerza capaz de superar el rumbo actual del país no se construirá elevando el tono del discurso ni refugiándose en una supuesta superioridad moral, porque el problema que dejó el terreno libre no es cultural sino político, organizativo y estructural, desde el año 1976 hasta nuestros días.

Lo que está ausente son los pilares de autoridad democrática efectiva. Decisiones que se cumplan, instituciones que ordenen las rutinas, las expectativas y un Estado que vuelva a ser reconocido como árbitro legítimo de la vida colectiva. Sin esa arquitectura, la política se reduce a una declaración moral y el conflicto deriva en un espectáculo verdaderamente decadente, con el pueblo como testigo expectante y, a la vez, ausente de su propia escena histórica. Recuperar ese piso —sin violencia, sin arbitrariedad y sin escenificación punitiva— es la condición previa para cualquier proyecto que aspire a gobernar y no sólo a oponerse como límite desde la ética ciudadana minoritaria.

Falsas banderas

Si algo deja al descubierto el recorrido que analizamos es que la crisis del campo nacional es también una crisis de lenguaje, de categorías políticas y de sentido histórico. Tal vez no sea un exceso afirmar que el olvido —o la lectura fragmentaria— de nuestra propia historia sea una de las claves más profundas para entender el drama argentino presente. No se trata de un problema académico ni de una discusión erudita. La incapacidad de producir un instrumento cultural propio, arraigado en la experiencia histórica argentina, compromete directamente la posibilidad misma de una política soberana. Sin una matriz cultural nacional, las concepciones políticas se vuelven algo así como una especie de préstamo, las ideologías se importan sin mediación y la lectura de la realidad social queda filtrada por esquemas ajenos a nuestros procesos concretos.

Cuando un movimiento político abandona esa base, queda expuesto a un riesgo mayor; movilizar al pueblo bajo banderas que no ha creado, con consignas formuladas desde otras realidades y al servicio de intereses que no son los suyos. Esa colonización no siempre opera por la fuerza; muchas veces actúa como terrorismo ideológico blando, imponiendo tabúes, prejuicios, amenazas y censuras; clausurando debates y desarmando la capacidad crítica de una comunidad para pensarse a sí misma, en nombre de “los nuevos tiempos, las nuevas agendas y la lealtad”. El resultado es una impotencia política profunda. Se actúa, se milita, se declama, pero ya no se comprende el terreno sobre el que se pisa. Nuestros dirigentes, del primero al último, salvo alguna excepción que no tuerce la regla, parecen no entender el país en el que viven, no conocen nuestra historia y no tienen formación nacional. ¿Qué se puede esperar de su militancia juvenil?

El problema, entonces, no es la falta de ideas ni la necesidad de “inventar” doctrinas nuevas, sino la pérdida del imperativo de autenticidad. La política nacional no requiere una originalidad forzada, sino apropiación consciente de las categorías existentes, adecuándose a nuestra historia, a nuestra estructura social, a nuestros conflictos reales y a nuestro destino existencial integrado a la Patria Grande. Sin ese trabajo previo —cultural, político e intelectual— cualquier proyecto termina hablando un idioma prestado, y un pueblo que no se reconoce en su propio lenguaje queda condenado a repetir consignas ajenas mientras otros deciden su destino.

*Miembro de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

Terminó la película que empezó en 1945

Por Julio Fernández Baraibar*.

Mi generación, la generación que nació inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, es decir a partir de 1944/45, nunca vivió una situación internacional como la que hoy se está desplegando ante nuestros ojos.

La Guerra Fría

Es cierto que el período conocido como Guerra Fría, entre las potencias occidentales capitalistas, encabezadas por el nuevo país hegemónico, los EE.UU., atravesó momentos de tensión, de exasperación y de riesgos de enfrentamiento nuclear. Pero, tanto los acuerdos de Yalta y Postdam, como el surgimiento del Movimiento de Países No Alineados, hicieron que esos enfrentamientos se canalizaran en guerras periféricas, que se entremezclaban con las luchas de liberación nacional de las antiguas colonias asiáticas y africanas y en la propia Latinoamérica.  Veamos:

En Asia; la Guerra de Corea (1950-1953), la Guerra de Vietnam (1955-1975), la Guerra Soviético-afgana (1979-1989).

En África; la Crisis del Congo (1960-1965) y la consecuente dictadura de Mobutu (1965-1997); la guerra colonial portuguesa (1961-1974); la guerra civil en Angola; la Guerra del Ogadén, Etiopía (1977-1978); el conflicto del Sáhara Occidental (1975-presente).

La Revolución Cubana (1953-1959) y Crisis de los Misiles (1962); Golpe de Estado en Guatemala (1954) y el estado de guerra civil virtual a consecuencia del mismo (1960-1996); la invasión de República Dominicana (1965); el golpe de estado contra Salvador Allende (1973), en Chile, y la consecuente dictadura; el golpe de estado en la Argentina (1976); la Revolución Sandinista (1979) y la guerra de los Contras; la guerra civil en El Salvador entre el gobierno de derecha, apoyado financiera y militarmente por EE.UU. y la guerrilla del FMLN, apoyada por Cuba y Nicaragua sandinista (1980-1992); la invasión de Granada (1983), todo ello en América Latina.

Las guerras entre Egipto e Israel (1967 y 1973); la guerra Irán-Irak (1980-1988), en Asia Occidental.

En el bloque de países del Pacto de Varsovia se produjeron, en ese mismo período, tres situaciones críticas, que no tuvieron carácter bélico, pero que eran consecuencia de la Guerra Fría: el alzamiento de Hungría, en 1956, el de Checoslovaquia, la llamada Primavera de Praga, en 1968 y la crisis protagonizada por el sindicato Solidaridad en Polonia, en 1980-1982)

Todos estos conflictos, más muchos otros de menor importancia, caracterizaron el largo período de la Guerra Fría, entre 1945 y 1989.

La disolución de la URSS

La caída de la Unión Soviética, en 1989, dio inicio a otro momento de la posguerra, caracterizado por la unipolaridad. Solo una potencia había quedado en pie, EE.UU. y sus socios europeos de la OTAN. El otro polo de poder (la URSS) sufrió una crisis que abatió al régimen instaurado en octubre de 1917, con la consecuente disolución del Pacto de Varsovia y la paulatina desaparición de los gobiernos comunistas en Europa Oriental.

Se inicia ahí un breve momento -veinte años en la historia humana es un parpadeo- en el que el enfrentamiento de los dos grandes polos, que caracterizó a la Guerra Fría, dio lugar a la existencia de un solo poder mundial, los EE.UU. y la OTAN, unificados básicamente sobre la hegemonía del capital financiero en el capitalismo occidental. Ello significó, para los países del oeste de Europa, un paulatino deterioro del “welfare state”, del estado de bienestar que había caracterizado el período de la Guerra Fría. Ya no era necesario convencer a las clases trabajadoras europeas que, en países como Italia, Francia o España, votaban a sus partidos comunistas o alternativas socialdemócratas, que el capitalismo ofrecía mejores condiciones de vida que el comunismo realmente existente.

Pero, más determinante que eso, se inicia un lento proceso de caída de la producción industrial, de relativa desindustrialización y de dependencia del gas y el petróleo rusos. La unidad europea, que Adenauer y De Gaulle pensaban como un poder que equilibrase el desmesurado poder de los EE.UU., se fue convirtiendo, sobre todo a partir de la incorporación de Gran Bretaña en 1973, en un ámbito hegemonizado por el capital financiero y dependiente política y militarmente de Washington. Bruselas se transformó en la capital burocrática de un capitalismo financierizado, correa de transmisión de la política internacional norteamericana.

Este momento tuvo también sus guerras, pero todas ellas periféricas. En general, todas las situaciones bélicas que se dieron en lo que fuera el espacio soviético tenían como causa fundamental, justamente, la disolución del antiguo bloque y el intento de la potencia unipolar de ampliar su influencia y dominio en esas regiones.

Tales fueron, por ejemplo, la Guerra de Nagorno-Karabaj (1988-1994), entre Armenia y Azerbaiyán; la guerra de Transnistria (1992) que condujo a la secesión de facto de la región de Transnistria, apoyada por Rusia; la guerra de Abjasia (1992-1993) y la guerra de Osetia del Sur (1991-1992),en Georgia que llevaron a la secesión de facto, con apoyo ruso, de ambas regiones y que culminó en la Guerra Ruso-Georgiana de 2008; la primera guerra  de Chechenia (1994-1996) y la segunda guerra de Chechenia (1999-2009), en las que Rusia enfrentó los intentos separatistas de Chechenia, sostenidos desde la OTAN.

Un momento central de la etapa fueron las guerras en los Balcanes (derivadas de la desintegración de Yugoslavia): la guerra de Croacia (1991-1995) y la guerra de Bosnia (1992-1995). Esta última significó la primera intervención militar de la OTAN en su historia. Posteriormente, la OTAN intervendría, sin mandato de las ONU, en la Guerra de Kosovo (1998-1999), con la consecuente independencia de facto de Kosovo.

Pero posiblemente hayan sido la llamada Guerra del Golfo(1990-1991) y la guerra de Irak (2003-2011) los dos momentos bélicos más característicos de la breve unipolaridad. Con argumentos absolutamente mentirosos, EE.UU., en ejercicio de su, en ese momento, indiscutido poder mundial derrocó a Saddam Hussein, invadió Afganistán, participó en la destrucción de Siria y, junto con el Reino Unido y Francia, ocupó militarmente Libia y asesinó a su presidente Muamar el Gadafy. La secretaria de Estado, la demócrata Hillary Clinton, festejó risueñamente el asesinato, en una entrevista televisiva. Parafraseando a Julio César, sostuvo: “We came, we saw, he died” (“Vinimos, vencimos, él murió”).

El interregno unipolar

Entre los años 1990 y 2010, para poner una fecha un tanto arbitraria, el mundo fue conducido por una sola potencia.

Durante todos esos años, entre 1945 y hoy, el mundo se ha regido con instituciones universales, creadas por el acuerdo de las potencias vencedoras. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), 1945; Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas de Bretton Woods, en 1944 –y sus instituciones: Fondo Monetario Internacional, en 1945; Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, luego Banco Mundial, en el mismo año; Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), en 1947–;Consejo de Europa, en 1949 y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en 1949.

Todas estas instituciones, empezando por la ONU, estuvieron condicionadas por los intereses norteamericanos y, en menor medida, europeo occidentales. Obviamente, en el período de la unipolaridad yanqui eso se hizo explícito y el organismo no impidió ninguna de las tropelías norteamericanas y de la OTAN sobre el mundo semicolonial o periférico.

Desde la reunión en Bretton Woods el dólar norteamericano se convirtió en el medio de pago en el comercio internacional, reemplazando a la libra esterlina. La decisión del presidente norteamericano Richard Nixon, en 1971, de romper con el patrón oro como respaldo de valor del dólar, dio inicio a una etapa de inestabilidad cambiaria y financiera, pero la Reserva Federal yanqui pudo imprimir dólares sin límite físico y financiar así sus déficits fiscales. Los acuerdos con Arabia Saudita, en 1974, aseguraron que el comercio del petróleo se hiciera en dólares, creando un ciclo de demanda artificial que reforzó su hegemonía.

Los veinte años de unipolaridad generaron un proceso de globalización del capitalismo occidental, caracterizado por una hegemonía sobre el mismo del capital financiero. Ello significó, básicamente, un saqueo sobre los países de América Latina, Asia y África en condiciones de absoluta impunidad

El lento surgimiento de la Multipolaridad

La antigua URSS, convertida en Federación Rusa, se lamía las heridas y lentamente intentaba ponerse nuevamente de pie. En Asia, la China nacida en 1945, a partir del triunfo del Partido Comunista, dirigido por Mao Tse Tung, había ido construyendo las condiciones económicas para un gigantesco despliegue de sus fuerzas productivas.

A partir del segundo quinquenio del nuevo siglo, el escenario comenzó a cambiar. Como escribí en aquellos años:

“El ascenso a la presidencia del ex agente de los servicios de inteligencia soviéticos, Vladimir Putin, y las políticas por él generadas han dado un vuelco de 180 grados a la situación. Se ha restablecido una autoridad gubernamental. Se han comenzado a reconstruir las estructuras estatales capaces de resistir y enfrentar el saqueo a que la nueva burguesía auspiciada por el imperialismo –llamada oligarquía o mafia por los rusos- ha infligido al enorme país continental, se han logrado tasas de crecimiento económico y, nuevamente Rusia se eleva a la categoría de poder estratégico”[1].

Pese al enorme deterioro sufrido durante el trágico decenio 1990-2000, la Federación Rusa logró preservar, en gran parte, la tecnología militar desarrollada durante la carrera armamentística de la Guerra Fría y mantuvo la disciplina del viejo Ejército Rojo, donde posiblemente estén más vivos los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, de la defensa de Stalingrado y del asedio imperialista. Esto último pudo verse en las pantallas de todo el mundo con la celebración de los 80 años de la caída de Berlín y el triunfo del ejército soviético sobre la Alemania Nazi. Por otra parte, el ataque defensivo de Rusia a Ucrania, agotadas todas las instancias diplomáticas para contener la expansión de la OTAN y su amenaza constante sobre Moscú, puso en evidencia que la Federación Rusa había vuelto a ser, política, económica y militarmente, el mismo país que derrotara a Napoleón y a la Wehrmacht de Hitler.

Mientras tanto, en China, la política iniciada por Deng Tsiao Ping a mediados de los ’70, y que ha sido continuada hasta la actualidad, consistía en poner a la vieja China semicolonial y agraria –donde ya no existían las clases terratenientes, ni las burguesías “compradoras” costeras–   en las condiciones productivas de un país capitalista industrial, capaz de generar las condiciones económicas para el ejercicio del socialismo y el control obrero sobre un país rico, pujante y en el que la clase trabajadora urbana, los técnicos, científicos y gerentes reemplazaron a los millones de campesinos pobres y analfabetos de 1949. En cincuenta años, China había logrado transformarse en principal potencia económica, en uno de los centros de desarrollo tecnológico más importante del mundo y en un interlocutor comercial de todos los países.

En el mismo período o quizás menos, a partir de 1989, EE.UU. había experimentado un proceso de desindustrialización y pérdida de pujanza económica, como producto, justamente, de la globalización conducida por el capital financiero, iniciada con la caída de la URSS. La deslocalización de sus grandes fábricas, la pérdida de perspectivas laborales en los estados mediterráneos, un horizonte signado como repositor de Wall Mart, fue convirtiendo a los EE.UU. en un gigante con pies de barro, con una poderosísima oligarquía financiera, cuyos intereses se centraban en Wall Street, Londres y Frankfurt, en la sede del Banco Central Europeo. Esto es lo que explica las dos presidencias de Donald Trump.

Mientras tanto, desde el año 2006 comienza un proceso de acercamiento y diversos acuerdos comerciales internacionales entre Brasil, Rusia, India y China, al que el economista Jim O’Neill, empleado de Goldman Sachs, había llamado con anterioridad “BRIC”, a los que consideraba motores del crecimiento global. Durante estos últimos veinte años, los BRICS, así llamados después de la incorporación de Sudáfrica, se han convertido en el eje de un nuevo reagrupamiento internacional basado, ya no en la bipolaridad o unipolaridad de las etapas anteriores, sino en lo que ha pasado a llamarse multipolaridad. Es decir, un mundo en el que existen múltiples polos de poder, con alianzas flexibles y dinámicas, basadas en el realismo político, donde conviven distintos estados nacionales y, principalmente, diversas civilizaciones.

En este nuevo escenario multipolar los estados nacionales siguen siendo los actores centrales, pero su actuación se construye desde un sustrato civilizacional. La política internacional es interpretada cada vez menos como una competencia entre ideologías universales – tal como caracterizó a la Guerra Fría – y es asumida como una negociación (no sin conflicto) entre proyectos civilizacionales con visiones distintas del orden, la sociedad y el poder. Por esta razón, todas aquellas instituciones, creadas por y para la civilización occidental en su momento de apogeo, hoy ven desafiada su autoridad universal por el surgimiento de otros polos civilizacionales con sus propias visiones de la soberanía y el desarrollo.

En Davos ha muerto el orden de posguerra

Lo que acaba de ocurrir en la reunión anual de Davos ha sido nada menos que la cristalización de las tendencias puestas en movimiento a partir del fin de la Guerra Fría. La globalización del capitalismo financierizado produjo una reacción en su contra en la principal potencia del mundo capitalista y conductora, hasta este momento, de Occidente: en EE.UU. Donald Trump hizo explícita no solo su decisión de abandonar a su suerte a Europa occidental, a Francia, Italia, Alemania, Dinamarca, los países bálticos, Noruega, Suecia y Finlandia, sino que le informa de su aspiración a quedarse con los recursos naturales de una vieja colonia europea. Como ha dicho con precisión Ezequiel Adamovsky:

“Lo que sí aparece como una novedad es la disposición de Trump de hincar el diente sobre los recursos y el territorio de sus aliados europeos. Los líderes del viejo continente contemplan azorados cómo su principal socio anuncia que se quedará con Groenlandia por las buenas o por las malas. Han quedado mudos, sin saber qué decir. Irónicamente, la integridad territorial de los miembros de la OTAN se ve comprometida por primera vez en la historia de la alianza. Y no es por alguna avanzada de esos horribles rusos contra los cuales se estableció, sino por la del principal socio estratégico, el que se suponía que los iba a defender de cualquier amenaza”[2].

Ello significa, más allá del alarde de fuerza y la retórica de jugador “bluffero” de Trump, que el bloque hegemónico capitalista que condujo los destinos del mundo occidental e influyó, por las buenas o por las malas, en el resto del planeta, se ha roto, posiblemente, para siempre o por un largo período. El gobierno de los EE.UU. ha decidido enfrentarse a la globalización que impulsó después de 1989 y retornar a un nacionalismo económico imperialista de viejo estilo, más parecido al de los tiempos de Theodoro Roosevelt que a los de Barack Obama, el presidente negro, nacido en Hawaii, hijo de un kenyano y una antropóloga. Y ante los ojos azorados de las autoridades europeas y el resentimiento de Kaja Kallas, actual canciller de la Unión Europea, Trump se reúne con Putin y declara oficialmente que su política exterior prescinde de Europa y, sobre todo, de los países de Europa Occidental.

El discurso del primer ministro de Canadá –recuérdese que Canadá no tiene presidente, su jefe de estado es el monarca británico– Mark Carney, que despertó tanto interés en el progresismo liberal, se parece notablemente a las confesiones de un arrepentido que no quiere quedar pegado a los delitos del jefe que acaba de traicionarlos:

“Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima”.

Lo sabía, pero nunca lo denunció. Es más, cuando el hoy arrepentido Mark Carney era presidente del Banco de Londres, no vaciló en quedarse con el oro venezolano, sin importarle la asimetría o el derecho internacional.

Estamos, como decía al principio de esto que se ha hecho muy largo, en la única situación de quiebre del escenario mundial que ha visto mi generación ya bastante veterana. El mundo se encuentra como en la década del 40 del siglo pasado buscando un nuevo punto de equilibrio. Por primera vez se produce una ruptura significativa, desde la guerra de Secesión, entre los intereses británicos y los de EE.UU. Trump, apelando a su única superioridad, la militar, tiene un frente interno muy lábil. Sabe que las próximas elecciones no le serán favorables. Da la impresión que con la brutalidad de la policía migratoria estuviese buscando su propio incendio del Reichstag que le permita suspenderlas con el argumento de una situación insurreccional.

El agotamiento político de Europa, la mediocridad de sus dirigentes principales, su propio proceso de desindustrialización le impide encontrar una respuesta superadora al desafío planteado por Trump y la emergencia de la multipolaridad.

América Latina, por otra parte, cuenta con dos pilares fundamentales: la presidenta Claudia Sheinbaum, de México, y el presidente Lula, de Brasil. Venezuela ha logrado, con gran astucia política, generar su propio “acuerdo de Brest-Litovsk”, una dura tregua con la presión insostenible de EE.UU. y fortalecer, en el interín, su situación política interna, a la espera del dinamismo de la situación general. En Colombia, por primera vez en décadas, hay un gobierno que responde a intereses populares profundos y está alejado de la rosca narco y paramilitar que caracterizó a gobiernos anteriores.

Y Argentina, lamentablemente, presenta, por primera vez en ochenta años, un alto grado de irrepresentatividad nacional y popular. El peronismo, nacido justamente en el mundo de la posguerra, da la impresión de no tener claras respuestas a la nueva realidad que ha puesto punto final a los últimos ochenta años de historia. Pero esto habrá que desmenuzarlo día a día.

Julio Fernández Baraibar* Periodista, escritor, guionista y documentalista

La Cámpora: apuntes para un balance histórico del ciclo kirchnerista (parte I)

Por Gustavo Matías Terzaga*

La Cámpora no puede ser comprendida como la deriva individual de una generación, sino como la cristalización organizativa juvenil de una etapa determinada del poder político argentino. Nacida en el seno del kirchnerismo y formalizada en 2006 bajo el liderazgo de Máximo Kirchner, La Cámpora expresa una forma específica de concebir la militancia, el Estado y la acumulación de poder en un ciclo que combinó avances reales con límites estructurales profundos.

A los gobiernos kirchneristas los podemos considerar como nacionales, pero no de liberación nacional. Pero fueron, con todos sus límites y contradicciones, los mejores para el pueblo argentino desde la muerte del general Perón. Tal vez por esto mismo, la situación judicial de Cristina en la actualidad, aunque admita más lecturas, difícilmente pueda separarse del ciclo político virtuoso que encabezó, de las decisiones estratégicas que marcaron ese período y que constituye un marco insoslayable para comprender la dimensión histórica de su figura.

Precisamente por eso, su balance crítico desde nuestras filas es ineludible para entender por qué un ciclo que produjo avances reales no logró fijar de manera duradera las bases del poder popular y derivó, en el presente, en una lógica política internista, obturadora y dañina, más preocupada por preservar la centralidad y cerrar filas identitarias que por alentar, con responsabilidad histórica, la recomposición y organización de un proyecto nacional que esté a la altura del drama nacional al que asistimos.

El marco histórico

En 2003, cuando emerge el kirchnerismo, el escenario internacional estaba marcado por la poscrisis del neoliberalismo de los ’90, el desgaste del Consenso de Washington para América Latina y el impacto geopolítico de la guerra de Irak, que comenzaba a erosionar la legitimidad del orden unipolar estadounidense. En América Latina comenzaba un ciclo de gobiernos posneoliberales, el denominado “giro a la izquierda” —Brasil, Venezuela, luego Bolivia y Ecuador— que ampliaron márgenes de autonomía regional.

En el plano doméstico, una sociedad desorganizada en términos clásicos, un movimiento obrero debilitado por décadas de neoliberalismo y un sistema político atravesado por una profunda crisis de representación. Para 2006, Néstor Kirchner ya había logrado reconstruir la autoridad presidencial, ordenar el sistema político tras el colapso de 2001 y desplazar a los viejos mediadores del peronismo territorial (gobernadores, intendentes, aparato duhaldista). El kirchnerismo empezaba a dejar de ser un gobierno de emergencia para convertirse en un proyecto de poder con vocación de continuidad.

Cada una en su tiempo, las organizaciones juveniles

Durante el peronismo en ejercicio del poder (1945–1955), la concepción política fue clara y coherente; el sujeto estratégico eran los trabajadores organizados, y por eso la movilización se canalizó fundamentalmente a través del sindicalismo, no de organizaciones juveniles autónomas. En esa idea, la comunidad se pensaba ordenada por funciones —trabajo, Estado, Fuerzas Armadas, familia, Iglesia— y no por identidades etarias. De allí se desprende una definición central; la juventud no constituía un sujeto político permanente, sino una etapa biológica de formación previa a la representación, integrada orgánicamente al conjunto del movimiento. La militancia juvenil existía, pero se ejercía sin autonomía propia, subordinada a la conducción general, lógicamente. Recién después de 1955, con la proscripción y el peronismo fuera del poder, emergió una politización juvenil autónoma; La JP.               

Entonces, las diferencias de concepción política y de objetivos entre la Juventud Peronista y La Cámpora no son accidentales sino históricas y doctrinarias. La JP nace en la intemperie de la proscripción, se consolida en los sesenta y cobra centralidad, aunque por un breve lapso, con el retorno de Juan Domingo Perón (1972–73). Vale decir, se forma antes del poder y contra el poder, en la resistencia barrial, sindical y universitaria, articulada con el movimiento obrero; por eso su función durante años fue preparar la reconquista del poder popular con el retorno del General y aportar militancia a una estrategia de masas. La Cámpora, en cambio, nace ya en el poder, desde el Estado y bajo tutela presidencial; no se organiza para conquistar lo que falta, digamos, sino para custodiar, apuntalar y administrar lo que ya se tiene, ordenar lealtades y ocupar los espacios de gestión.

Hay similitudes visibles, pero existe una analogía aparentemente superficial entre aquella Juventud Peronista que agitaba el “Luche y vuelve”, por el regreso del General, y La Cámpora concentrada hoy en el “Cristina libre”, que tiene una legitimidad democrática indiscutible. Pero mientras la JP concebía el retorno de Perón como la llave para un proyecto nacional (18 años!), aquí la consigna corre el riesgo de convertirse en un horizonte autosuficiente. Podemos decir que cuando la política tiende a organizarse alrededor de una figura ausente o impedida y no en la elaboración de un programa, la consigna deja de ser instrumento de conducción y pasa a funcionar como sustituto del debate estratégico que el momento histórico exige. La diferencia es que, en aquel entonces, el programa político se encarnaba en la figura misma de Perón.

Categorías políticas distintas para el mismo drama histórico

Durante su exilio en Montevideo, y como una crítica a la colonización pedagógica y cultural en la Argentina, en Los profetas del odio (1957), Jauretche polemiza de manera directa contra la noción liberal del “ciudadano” en abstracto, señalando que ese lenguaje jurídico-moral oculta al pueblo real, históricamente situado, con intereses concretos y conflictos definidos. Para el pensamiento nacional, esa sustitución no es inocente, ya que desarma la conciencia popular y neutraliza la política como lucha por el poder nacional.

En la tradición nacional, entonces, “pueblo” no es una categoría decorativa ni un sujeto meramente jurídico, es más bien, una realidad social organizada. Perón lo formula con fuerza pedagógica en Conducción política (Escuela Superior Peronista 1951 – compiladas y publicadas en 1952) cuando advierte que la política no se construye “con pueblos en abstracto”, y que el problema del mando es, antes que nada, el de organizar la fuerza social real que se quiere conducir. Con el mismo nervio, Arturo Jauretche, al desarmar la “abstracción” liberal, vuelve sobre la trampa de las palabras limpias que esconden intereses concretos. En el Manual de zonceras argentinas (1968) denuncia el refugio en “los derechos del hombre en abstracto” para evitar el conflicto con el hombre real, situado, con necesidades y pertenencias, que es precisamente el que hace al pleito histórico de la nación. Por eso, cuando el planteo político reemplaza al pueblo organizado por el “ciudadano” como figura neutra, no cambia solo el vocabulario; cambia el tipo de poder y de conflicto que se imagina, porque se debilita el eje “organización–conducción–proyecto” y se abre paso una política más apta para la interpelación moral que para la estructuración del cuerpo social.

En el ciclo kirchnerista más tardío se advierte otra opción conceptual verificable en las categorías de lo político, particularmente en esta noción de pueblo. Desde esa tradición conceptual, la denominación “Unidad Ciudadana», por caso, no es un gesto inocente ni meramente táctico, sino la expresión acabada de un corrimiento político más profundo. Al elegir la categoría ciudadano en lugar de pueblo, el kirchnerismo cristaliza una mutación en su forma de interpelación de la realidad nacional. Ya no convoca prioritariamente a un sujeto histórico organizado en torno al trabajo, la producción y la comunidad organizada, sino a un agregado cívico-electoral de individuos portadores de derechos. Esa elección semántica revela —y a la vez consolida— una estrategia que privilegia la ampliación electoral, la apelación moral y la defensa institucional frente a la construcción orgánica del poder popular de base.

Consignas, derechos e izquierdas

Las consignas políticas, cuando nacen como síntesis de una experiencia histórica real, funcionan como estrellas en la noche. No iluminan todo el paisaje, pero orientan el rumbo y permiten distinguir el norte para salir del extravío. Son referencias que condensan una lectura del conflicto histórico y señalan un eje hacia dónde debe dirigirse la acción política.

Algunas consignas emblemáticas del kirchnerismo en las remeras de miles de militantes camporistas, como “la patria es el otro” o “el amor vence al odio”, colocaron el eje de la política en un plano ético-afectivo, donde el conflicto se presenta como una cuestión de sensibilidades y valores compartidos. Ese registro, humanamente potente, tiende sin embargo a aplanar el relieve del enfrentamiento histórico al no precisar con nitidez dónde están los intereses en pugna y quiénes encarnan las posiciones contrapuestas. Por el contrario, expresiones clásicas como “Patria sí, colonia no” o “Liberación o dependencia” ordenan la escena en términos estructurales y verticales; plantean un dilema histórico concreto que no se ha resuelto, identifican al enemigo del pueblo, señalan con claridad la naturaleza del conflicto y orientan la acción política hacia un objetivo definido; la liberación nacional. La diferencia es estratégica entre una política que interpela conciencias y otra que organiza fuerzas para una causa nacional.

En el kirchnerismo —como en buena parte de la política contemporánea— se volvió habitual ordenar el debate en términos de derecha e izquierda, categorías que, aunque útiles en ciertos contextos, resultan insuficientes para describir la tensión profunda entre dos modelos de país que no compiten en un mismo plano, sino que se excluyen mutuamente. Esa discusión, planteada en clave horizontal y de extremo a extremo, tiende a diluir el núcleo del conflicto histórico argentino. Como dijimos, el eje real es vertical: pueblo o antipueblo; nacional o antinacional; oligárquico o popular. Allí no se enfrentan sensibilidades ideológicas, sino dos proyectos existenciales para nuestro país, donde la consolidación hegemónica de uno supone necesariamente la destrucción estructural del otro.

En conjunto, estas opciones conceptuales en el kirchnerismo plantean que la política misma —y la construcción del pueblo— es un acto discursivo, un proceso de articulación de significados que da lugar a identidades colectivas en conflicto. Y no aparece por generación espontánea, sino como el resultado de la incorporación progresiva de matrices propias del progresismo global contemporáneo y del constitucionalismo de derechos, donde la política tiende a pensarse más como interpelación cívico-moral que como organización social/popular. En ese marco, la ampliación de derechos y el reconocimiento institucional —dimensiones valiosas pero parciales— pasaron a ocupar el centro de la práctica política durante la Década K, mientras quedaba en un segundo plano la tarea más ardua y decisiva, la única posible, la construcción material de poder popular, es decir, la estructuración estable de un sujeto colectivo capaz de sostener un proyecto nacional más allá del embate de los medios, la justicia, las operaciones y los ciclos electorales.

El kirchnerismo, poco a poco, fue adoptando una noción de pueblo como identidad construida, móvil y contingente, definida por el discurso y sostenida por antagonismos simbólicos. En esa perspectiva, el pueblo no se organiza, sino que se produce narrativamente.

El Kirchnerismo de Cristina

Tras la muerte de Néstor Kirchner en octubre de 2010, y ya bajo el liderazgo pleno de Cristina, comenzó a advertirse un desplazamiento en la orientación de discursos y prioridades públicas. Sin abandonar políticas de alcance social, la centralidad simbólica de la etapa empezó a gravitar cada vez más en agendas culturales, identitarias y de reconocimiento institucional que encontraron mayor eco en sectores medios urbanos y universitarios.

Pero cuando la política comenzó a expresarse en códigos cada vez más alejados de la experiencia material de las mayorías, poco a poco se produjo un desfase silencioso entre representación y realidad popular que generó un vacío que terminó siendo ocupado por quien supo nombrar, aunque de manera rudimentaria y oportunista, esas mismas angustias. A la vez, se consolidó un relato militante persistente que descansó, en gran medida, en la infantilización del pueblo y en la negación del error propio. Cada derrota electoral fue atribuida al electorado —“desagradecido”, “derechizado”, “confundido”— antes que a una conducción que había perdido sintonía con las mayorías y confundía carencia en el liderazgo con infalibilidad de Cristina. Esa ausencia de autocrítica terminó profundizando la desconexión con la realidad social.

Pero no hubo un súbito giro ideológico de la sociedad ni un acto de desagradecimiento con un gobierno nac & pop que “les dio todo”, la sociedad no “se derechiza”, sino que encontró en otro registro discursivo, aunque sea con un significante futuro vacío, una referencia más cercana a su experiencia concreta. Algo, o mucho de esto viene sucediendo en los últimos diez o quince años. Y cuando la política pierde el idioma de su pueblo, otros lo toman. Recuperarlo es una tarea ineludible. El punto crítico es que, cuando la hegemonía discursiva se convierte en el horizonte principal, el poder empieza a medirse por su capacidad de interpelar —de convocar afectos, indignaciones, fanatismos y adhesiones— más que por su aptitud para organizar al pueblo. De hecho, lo desorganiza.

La Cámpora y su concepción política

En ese recorrido, La Cámpora terminó convirtiéndose en la forma organizativa más coherente con esa deriva. Creció al interior del gobierno y el Estado, aprendiendo antes a ocupar lugares, administrar espacios y tejer lealtades que a organizar socialmente, más allá de su considerable base juvenil, sobre todo, o casi exclusivamente en PBA. Su tránsito de militancia a aparato no fue un desvío, sino la consecuencia lógica de una concepción de la política centrada en la custodia de posiciones estratégicas. De este modo, el Estado pasó a operar como ámbito privilegiado de acumulación política, como territorio de ocupación de espacios, como círculo y red de lealtades, ventanillas de influencia, líneas y programas, como fuente de recursos, como mérito de acceso, como certificación de autoridad y, lastimosamente, la política militante como carrera profesional personal y sustituta de la militancia para la construcción popular real.

Por su composición de clase mayoritariamente urbana y de sectores medios, y por una naturaleza política determinada primigeniamente en la cúspide de la pirámide política, La Cámpora arrastró desde su origen un límite estructural para cumplir el objetivo de organizar, movilizar y articular políticamente a los sectores populares. De allí, tal vez, la lógica inversa y recurrente de “bajar al territorio”. Una práctica que supone intervención episódica y pedagógica desde afuera, más que arraigo orgánico desde adentro. No es lo mismo vivir el territorio —trabajar, producir, habitar, sobrevivir y organizarse allí— que “descender” a él con consignas, programas, dispositivos y buena voluntad. Ese gesto revela el límite político de una militancia formada fuera del mundo sindical y la vida popular. Aunque, hay que decirlo, el despliegue de la militancia camporista de base en el territorio y en diversas circunstancias, ha sido comprometido y muchas veces conmovedor.

Pero la idea de “bajar al territorio” revela con nitidez un límite político, ideológico y cultural, porque supone que el barrio popular es un espacio vacío al que se le instalan agendas definidas desde afuera, más que una comunidad con problemas, complejidades, saberes, creencias y prioridades propias. Esa lógica —típicamente pequeño-burguesa— imagina que la militancia consiste, además de garrafas, jornadas solidarias, bolsones, pensiones y selfies con los dedos en “V”; en llevar mesas y talleres para promover consignas como el aborto, las infancias, el indigenismo, la separación Iglesia-Estado, el ecologismo o el lenguaje inclusivo, sin partir del universo material y complejo del territorio del pueblo llano: seguridad, adicciones, exclusión, escuela, inserción laboral, salud, maternidad, vínculo con el Estado, violencia institucional, familia, religiosidad y vínculos comunitarios. Más allá de la promoción de alguna facilidad y el intento de “empoderar” a alguna gorda con mando y carácter, el único dato concreto allí es que la identidad del militante pesa más que la experiencia vital del vecino. Así, el territorio no se organiza desde adentro; se coloniza simbólicamente por un rato, una vez a la semana. Y cuando la política se reduce a esa escena, pierde arraigo, reemplaza la integración y la construcción de poder popular por la satisfacción moral de haber “estado”.

Políticas de minorías

Bajo el liderazgo de Cristina se hizo más visible una orientación que ya venía insinuándose; las llamadas “políticas de minorías” comenzaron a ocupar un lugar central en el discurso y en la práctica de la militancia kirchnerista. El punto problemático no fue su incorporación como demandas legítimas dentro de un programa nacional, sino el momento en que pasaron a operar como núcleo identitario interno del proyecto político, desplazando otros ejes de organización y conducción. No hay aquí una crítica simplista a derechos o demandas legítimas; el problema es otro. Cuando la política se estructura alrededor de agendas parciales que se expresan y se imponen como marcadores de superioridad moral (esto ocurre cuando no nace desde las bases), el campo popular pierde la capacidad de hablarle al conjunto. Una política nacional amplia y determinada por prioridades organiza lo común; una política capturada por lógicas minoritarias tiende a fragmentar el sujeto, a invertir prioridades, a confundir al enemigo, a reemplazar la comunidad por uno o varios archipiélagos, y a convertir el clima de la disputa social concreto en disputa de identidades.

A lo que vamos, cuando una fuerza popular convierte las políticas de minorías en el eje ordenador de su práctica y de su relato, suele producirse una paradoja política; se gana intensidad discursiva en la cúspide pero se pierde capacidad de ampliación y contención de las bases. No porque las minorías no importan —importan y deben ser protegidas, aunque ni te voten— sino porque, al ubicarlas como centro de la identidad del proyecto, se desplaza el núcleo vertebrador que organiza a un movimiento nacional: trabajo, salario, producción, seguridad social, cultura popular, movimiento obrero, comercio exterior y soberanía nacional.

La política que ocupa el espectro de la comunicación y el sentido pasa a ser un repertorio de signos, banderías, slogans, pañuelos, consignas y sensibilidades que funcionan muy bien como marca de fijación de pertenencia interna, pero mal como herramienta para ordenar la sociedad de manera amplia, heterogénea y eficaz. El peronismo, o esta última versión progresista del peronismo, fue perdiendo plasticidad y comenzó a rigidizarse en marcos ideológicos cada vez más estrechos, desplazándose hacia posiciones identificadas como “de izquierda” en el plano discursivo, pero alejándose al mismo tiempo de su tradición pragmática de conducción y síntesis nacional y popular.

Ese foco genera, además, un mecanismo corrosivo dentro de las propias filas nacionales. Por eso, en no pocas ocasiones, el kirchnerismo terminó —aun sin proponérselo— facilitando el trabajo de sus adversarios, de nuestros enemigos. Multiplicó fracturas internas, erosionó puentes con aliados potenciales para servirlos en bandeja a la contra y, al estrechar su propio campo de pertenencia, dejó servida la tarea a quienes buscaban dividir al movimiento nacional desde afuera. Ese es el resultado paradójico de una política que, en vez de integrar agendas particulares a un proyecto nacional, termina subordinando el proyecto nacional a la administración de agendas particulares.

En un discurso durante la sesión del Senado en 2018, Cristina expresó: “A lo nacional y popular, vamos a tener que incorporarle la agenda feminista —nacional, popular, democrático y feminista”. La observación que aquí se formula no es una objeción al feminismo en sí, sino una señalamiento político. El problema no radica en la legitimidad de esa agenda, en sus importantes avances, ni en la fuerza intrínseca de ese reclamo histórico para las mujeres —nadie con sentido histórico puede oponerse a la igualdad de dignidad entre varones y mujeres, porque esto mismo hace al marco de la justicia social— sino contra un mecanismo político que se volvió frecuente; convertir una discusión estratégica entre compañeros en un juicio moral. Ese mecanismo es eficaz porque se apoya en un núcleo verdadero. Toda gran operación necesita un eje de verdad para sostenerse. El eje, aquí, es la aspiración legítima a la igualdad de género. Pero esa verdad, utilizada como escudo indiscriminado, termina cumpliendo otra función; blinda decisiones políticas concretas de cualquier crítica a la evaluación estratégica. En lugar de discutir si una consigna ordena o desordena, si organiza o fragmenta, si amplía o reduce el sujeto social; se discute quién “es” qué, quién “merece” hablar, quién está del lado correcto de la moral y, así, el lenguaje de emancipación se convierte en herramienta de disciplinamiento interno. No porque la causa sea ilegítima, al contrario, sino porque la verdad que la funda se usa como coartada para no discutir lo decisivo: cómo se construye poder popular real, con qué prioridades y con qué sujeto histórico, para que esa misma política pueda materializarse en el tiempo con más concreción que divisiones.

El tema está en el modo en que su incorporación se realizó, desplazando el eje de la organización popular hacia un terreno identitario clasemediero que, al no articularse con una estrategia nacional integral, terminó debilitando la centralidad del sujeto histórico que el peronismo había sabido construir.

En suma, en un país como el nuestro, cuando el campo nacional renuncia a su lenguaje histórico —productivo, social, cultural, genuino, profundo, patrio, simple, religioso, criollo y nacional— y se refugia en una jerga identitaria abstracta, por más legítimo que sea el planteo, no eleva al pueblo cuál pretensión vanguardista, lo deja políticamente a merced de quien se anima a nombrar sus malestares, aun para explotarlos en su contra.

*El autor es miembro de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

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