Un cristianismo para el desierto occidental 

Por: Marcos Domínguez- @zoncerasabiertas

«Sufrimos cierto exceso de diagnóstico que a veces nos lleva a un pesimismo charlatán(…) A los dirigentes les pido: sean creativos y nunca pierdan el arraigo a lo cercano, porque el padre de la mentira sabe usurpar palabras nobles, promover modas intelectuales y adoptar poses ideológicas. Pero si ustedes construyen sobre bases sólidas, sobre las necesidades reales y la experiencia viva de sus hermanos, seguramente no se van a equivocar. (…) La opción es generar procesos y no ocupar espacios».

Papa Francisco (2015)

Occidente asiste a la relajación, , cuando no a la erosión, de los sustratos cristianos que le dieron origen, y que explican la deriva nihilista de las clases dirigentes, fundamentalmente las norteamericanas. Hoy EEUU es un imperio sin imperio que repite el patrón romano: una élite plutocrática depredadora frente a un modelo de acumulación de capital insostenible por medios económicamente racionales. 

Esta crisis de sentido en Occidente contrastó con la irrupción de una nueva voz en el corazón de la Iglesia católica. Tras la larga tradición de papas europeos, el pontificado de Francisco, un líder del ‘sur global’, reorientó la atención de Roma hacia los «pueblos» y los «humildes», desafiando implícitamente el individualismo y el materialismo de las sociedades post-cristianas.

Pero lo distintivo del presente es el divorcio mismo entra el capitalismo occidental y su ética fundante: el  protestantismo. Esa tradición religiosa que si alguna vez le dio fuerza económica, ahora deja un vacío espiritual que explica gran parte de la turbulencia global. 

Francisco  llevó al Vaticano algo esencialmente latinoamericano: la «teología del pueblo» de Licio Gera, distinta de la más famosa –y ya sepultada– «teología de la liberación».

Los viejos liberales ven populismo en esa mirada de Francisco sobre los pueblos como sujetos históricos, pero ese liberalismo es tan arcaico como el marxismo que condena. Hoy domina un individualismo poscristiano, tecnoliberal y nihilista, que simplemente declara, como Thatcher, que ‘la sociedad no existe’.

En los 12 años y algunas semanas de su pontificado, Francisco concentró sus gestos y mensajes en los humildes: pobres, excluidos, perseguidos, migrantes; los descartados por la sociedad moderna, en quienes veía el rostro de Dios. Aunque esto no es una novedad histórica del cristianismo, la intensidad del enfoque de Francisco generó incomodidad en ciertos sectores del Vaticano. 

Sus aperturas hacia divorciados, gays o creyentes de otros caminos hacia Dios incomodaron especialmente a aquellos que temen el abandono del papel tradicional de la Iglesia como autoridad moral sobre lo correcto e incorrecto a los ojos de Dios. Esta tensión doctrinal tiene matices diferentes según las regiones, con mayor resonancia crítica en las iglesias no occidentales. Sin embargo, nadie se atreverá a cuestionar abiertamente el «pobrismo» de Francisco, que en definitiva fue inaugurado por el mismo Fundador. 

El gran tema es el trabajo

Aunque a menudo se proceda -de modo deliberado o no- a vincular al cristianismo con el «pobrismo» y el consecuente tiro por elevación al peronismo, señalemos que el punto de partida del cristianismo es el pobre, no su glorificación. Una cosa es reconocer en el humilde el rostro concreto de la injusticia; otra muy distinta es naturalizar esa condición como destino manifiesto y romantizable. Si el cristianismo pone en el centro la dignidad inviolable de cada persona, el peronismo traduce esa premisa a la vida histórica de una comunidad organizada: no administrar la pobreza, sino superarla; no hacer del necesitado una identidad permanente, sino elevarlo a la condición de trabajador, que no es solo una categoría económica sino una forma de pertenencia, dignidad y realización humana. Porque ser pobre describe una herida social, una condición producto de la materialidad; ser trabajador nombra una identidad, un lugar en el mundo y una posibilidad de «vivir bien».

En ese punto, la insistencia de Francisco adquiere una claridad poco frecuente en este tiempo. Cuando afirma que “el gran tema es el trabajo”. Dice Francisco, en Fratella Tutti:

«El gran tema es el trabajo. Lo verdaderamente popular —porque promueve el bien del pueblo— es asegurar a todos la posibilidad de hacer brotar las semillas que Dios ha puesto en cada uno, sus capacidades, su iniciativa, sus fuerzas. Esa es la mejor ayuda para un pobre, el mejor camino hacia una existencia digna. Por ello insisto en que «ayudar a los pobres con dinero debe ser siempre una solución provisoria para resolver urgencias. El gran objetivo debería ser siempre permitirles una vida digna a través del trabajo». Por más que cambien los mecanismos de producción, la política no puede renunciar al objetivo de lograr que la organización de una sociedad asegure a cada persona alguna manera de aportar sus capacidades y su esfuerzo. Porque «no existe peor pobreza que aquella que priva del trabajo y de la dignidad del trabajo». En una sociedad realmente desarrollada el trabajo es una dimensión irrenunciable de la vida social, ya que no sólo es un modo de ganarse el pan, sino también un cauce para el crecimiento personal, para establecer relaciones sanas, para expresarse a sí mismo, para compartir dones, para sentirse corresponsable en el perfeccionamiento del mundo, y en definitiva para vivir como pueblo.»

Francisco apela al trabajo no como variable económica sino como condición de existencia: como forma de aportar, de crecer, de vincularse, de ser parte. Por eso advierte que la ayuda material solo puede ser provisoria, y que la verdadera política —si pretende ser popular en serio— debe garantizar que cada persona pueda desplegar sus capacidades y vivir de su propio esfuerzo.

Por la misma senda, Perón enfatiza  la riqueza espiritual del cristianismo, pero señala que le falta una versión política que permita la transformación social efectiva. Dice Perón: 

«La concepción cristiana presenta otra posibilidad, impregnada de una profunda riqueza espiritual, pero sin una versión política suficiente para el ejercicio efectivo del gobierno» – Modelo Argentino para el proyecto Nacional (1974)

El peronismo resulta, en este modo de ver las cosas, una forma político práctica del cristianismo. Un puente entre lo espiritual y lo político. Es por eso que la clave de esta  base doctrinaria y filosófica se ofrece, todavía (por encima de las circunstanciales diferencias y dirigencias) como un fuerza capaz de remendar las heridas. Aquello que el propio Francisco continuó como legado: la cultura del encuentro.

Lo que estamos afirmando, en última instancia, es que la persistencia de este sustrato cristiano—ese rescoldo profundo y casi invisible—será la llama que mantendrá viva la esperanza colectiva, incluso en un tiempo dominado por la desesperanza individualista y las acechanzas aún desconocidas del futuro inmediato.

Este titilar nos sitúa en un cruce de caminos. Porque si bien esta llama de esperanza colectiva se mantiene viva en las bases de Occidente, una nueva realidad emerge en la esfera pública: la desconfianza generalizada y la irrupción del ciudadano/votante como espectador que busca saldar cuentas con una dirigencia percibida como inauténtica. Esta nueva dinámica ha dado origen a un fenómeno que podemos denominar la venganza del espectador.

La  venganza del espectador

Habitamos un tiempo donde la vara quedó tan baja que cualquiera “se le anima” a la política. Se sabe. Cualquier periodista o influencer puede soñar – con algún apego a la realidad – con ocupar un rol de referencia en el desierto de ideas de la actualidad. Es que el fenómeno Milei abrió una tranquera general.

En todos los casos, apareció -y a nivel mundial- una oportunidad simbólica de»ajustar cuentas» con algo que se miraba desde afuera. Pasarle factura a una dirigencia incapaz de comprender nuestros problemas. Muchas iras acumuladas, contenidas demasiado tiempo. De allí que haya madurado una firme desconfianza hacia instancias intermediarias como los partidos políticos, sindicatos, corporaciones diversas y también hacia los medios de comunicación tradicionales, de cuyas ruinas surgieron los formatos de comunicación digital que hoy proliferan por todo el paisaje de redes. ¿Quién quiere ser influencer cuando sea grande?.

Después de todo, si la política profesional era «eso», entonces todos podemos decirle a “los políticos” lo que deben hacer y como hacerlo. El tiempo de los comentaristas, con o sin experiencia. Un ruido blanco donde el silencio no genera buenas métricas. La saturación de la que este mismo artículo participa.

La venganza del espectador prevalece como marca de época. Una época cimentada en un ciudadano/votante consumidor que elige productos políticos según sus preferencias inmediatas.

El abandono progresivo de la construcción política alrededor de grandes relatos colectivos, terminó reduciéndola a un acto de identificación narcisista. El problema radica en que la dirigencia política debe tomar nota de esto para tranformarlo positivamente, no para consolidarlo o contratar consultores que le ayuden a copiar la fórmula. Una dirigencia consultor-dependiente, enamorada de sí misma pero separada peligrosamente de la sociedad.

Después de todo parte importante de la actual corriente antipolítica es una rebelión contra la teatralizacion de la política, y no contra la política en sí.

Autenticidad

Por eso la política en general y el peronismo en particular deberían salir del rincón con argumentos surgidos de la práctica política real. Poner en valor el cara a cara. El encuentro. Lo genuino que se cierne en sus bases, y que se contrapone diametralmente a su superficie. Solo así se recuperará la imaginación política perdida, sobre todo en el peronismo donde buena parte de su dirigencia padece del mismo mal que esas clases medias ilustradas que lo han copado: la inautenticidad.

Una paradoja dolorosa para un movimiento cuyo origen histórico es exactamente lo opuesto: una fuerza nacida del calor popular y las raíces sociales más profundas, surgida para desafiar al statu quo político decadente de su época; hoy tiene el desafío urgente de encontrar nuevos símbolos y nuevas formas para volver a encarnar su razón de ser. Lo que también es, por cierto, una obligación patriótica.

Recuerdo algo que ocurrió en una de esas tantas reuniones a las que uno asiste. Un  dirigente sindical dio detalles de un encuentro con Francisco en el Vaticano. Comentó que, al narrarle  el “trabajo que hacía el sindicato con los más humildes” al Santo Padre, Francisco lo interrumpió para consultarle algo puntual:

“muy bien , muy interesante pero, ¿ustedes los tocan?, literalmente , ¿están en contacto físico?,¿abrazan a los pobres?…”

El silencio de quienes oímos la anécdota cerró el relato.

Al final, quizás la venganza del espectador no sea otra cosa que la respuesta a la soledad masiva frente a la pantallas. Un narcisismo de masas que celebra  su propia clarividencia, mientras profundiza su descenso al egoísmo más autodestructivo.

Nuestra vida espiritual , y también la política, demandan abandonar el confort y volver a tocar el mundo real con nuestras manos. Abrazar, como pedía Francisco, aquello que pretendemos representar.

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