¿Maquiavelo ha muerto?

Por Antonio Montagna

Estaba dispuesto a continuar con mi bitácora de lectura sobre Nietzsche y de repente irrumpió Davos, así que lo aproveché. Estaba leyendo la Segunda Consideración Intempestiva[1] intentando hilvanar algunas cuestiones sobre la deconstrucción y ciertas reivindicaciones identitarias, y me vi obligado a hacer un paréntesis. Así que será para la próxima.

Es muy difícil el debate cuando enfrente hay un discurso críptico que no busca persuadir, como dice Manuel Barrientos: “si no se entiende, es mejor”.

Me voy a centrar en dos frases que pronunció Milei: “…el continente será el faro de luz que vuelva a encender a todo Occidente y que de ese modo saldará su deuda civilizatoria, en gratitud a las raíces de la filosofía griega, el derecho romano y los valores judeocristianos”. Y la otra, que llamativamente me extraña que aún no haya recibido algún comentario de los políticos (el que calla otorga, dice el dicho): “Maquiavelo ha muerto”

En Davos, un hombre creyó estar encendiendo un faro, pero lo que realmente activó fue una trampa mortal de siglo y medio de antigüedad. Cuando Javier Milei invocó las raíces de Grecia y Roma para “salvar” a Occidente, no sabía que estaba ejecutando, paso a paso, la sentencia que Nietzsche redactó en 1873. El mundo aplaudió o abucheó lo que creyeron que era un discurso político; casi nadie notó que Milei acababa de tropezar con el «gran peligro» de una victoria siniestra. Dice que viene a saldar una deuda civilizatoria. Pero, ¿qué sucede cuando el acreedor es un cadáver que exige ser devorado? Él lo llama renacimiento. La filosofía tiene un nombre mucho más oscuro para lo que está ocurriendo realmente.

La “deuda” como parálisis

Tres caminos para el pasado. Nietzsche trazó las rutas en su Segunda Consideración Intempestiva, pero el presidente prefirió hundirse en el barro de la historia anticuaria y el bronce de la monumental. Pura parálisis. Al encadenarse a una «deuda civilizatoria», rinde culto a lo viejo por el mero hecho de serlo, montando un simulacro de mármol para ocultar que la vida ya no habita en esos templos. El ayer se vuelve un ancla. Utiliza la gloria de Grecia y Roma como un disfraz heroico, una máscara de museo que intenta dar sentido a una voluntad que no tiene territorio propio.

Necrópolis de conceptos. Para Nietzsche, esta acumulación de saber muerto es el veneno que detiene la actividad. Milei intenta alimentar al hambriento con conceptos momificados. Frente a este festín de sombras, el presente no exige gratitud. Exige el filo de la historia crítica para llevar el pasado ante un tribunal, juzgar su herencia y romper los eslabones que asfixian la potencia de lo que está naciendo.

¿Un faro de luz?

Luz falsa. El faro de Milei colisiona contra el muro de granito del «Dios ha muerto», ese colapso de los valores absolutos que él intenta resucitar con respiración artificial. Nihilismo reactivo. Es el gesto desesperado de quien busca refugio en las sombras de un ídolo derribado hace siglos, intentando iluminar el abismo con una lámpara que ya no tiene aceite.

Reivindica una tríada de la decadencia. Reivindica a Sócrates, a Roma y a la cultura judeocristiana como si fueran cimientos sanos, ignorando que son la raíz misma de la domesticación del instinto. Con Sócrates murió la vida y nació la razón abstracta. Milei celebra el inicio del fin: el momento exacto en que el hombre occidental empezó a temer a su propia fuerza y buscó consuelo en la geometría de las ideas. El miedo manda.

Su voluntad no es la del soberano que crea sus propios valores. Es la voluntad reactiva del siervo que necesita el permiso del Mercado o la validación de la Fe y la Torá para no caer en el vacío. Necesita ídolos. Necesita un orden natural que lo proteja de la incertidumbre. Al final de la jornada, Milei no es un león; es un servidor de fantasmas.

Maquiavelo respira

«Maquiavelo ha muerto», sentenció. Miente. Lo que Milei intenta sepultar no es al filósofo florentino, sino a la política misma entendida como creación colectiva, como ese espacio de tensión donde los hombres negocian su destino. Al declarar la muerte de Maquiavelo, Milei busca clausurar el debate. Fin de la discusión. Si la política es solo la aplicación de una “verdad” técnica o divina, entonces el consenso sobra, el conflicto es un error y el “otro” es un obstáculo para la luz.

Es la trampa perfecta. Al retirar a Maquiavelo del escenario, Milei pretende que su propia Voluntad de Poder sea invisible. Milei no busca persuadir a un colectivo; busca imponer una naturaleza nueva sobre la vieja, una “segunda naturaleza” que se pretende verdad absoluta para no confesar que es, simplemente, su propio querer.

Táctica sacerdotal. Oculta su voluntad bajo el ropaje de la civilización y los «principios innegociables» para que no veamos al hombre que decide, sino a la “fuerza del cielo” que ejecuta. Bautiza su interés como «Bien» y la negociación política como «corrupción», ejecutando una guerra psicológica donde la singularidad del individuo se diluye en un proceso universal que él dice representar. Pero la política no muere; solo cambia de piel. Maquiavelo respira en el silencio de quien no rinde cuentas, en la astucia de quien usa la fe y la Torá como escudos para que su poder no sea juzgado por los hombres, sino por la Historia.

La máscara es el absoluto. El rostro es el poder. Al negar lo político como construcción común, Milei reclama para sí la soberanía del solitario que, en su ceguera artística, cree estar salvando al mundo mientras solo está satisfaciendo su propio e inconmensurable impulso de dominio.

La historia al servicio de la vida

Basta de servidumbre. Solo cuando el presente deje de pagar tributos a un pasado petrificado podremos reclamar la libertad de actuar sin pedir permiso a los muertos. El «faro» de Davos suena a hueco. Deconstruirlo es golpearlo con el martillo de Nietzsche para revelar el vacío que oculta. El renacimiento que nos prometen es, en realidad, una clausura solemne donde la potencia queda bajo el mármol de verdades que ya no respiran.

La verdadera respuesta soberana no es saldar deudas con cimientos inertes. Debemos recuperar la historia crítica para juzgar este legado y la historia monumental para encontrar modelos que inspiren una grandeza hija de nuestra propia fuerza. El presente no debe ser un siervo del ayer. Negarse a ser el guardián de un mausoleo es el único acto de soberanía para recuperar lo político como creación común. Maquiavelo no ha muerto, pero nuestra capacidad de ser los arquitectos de nuestro propio destino tampoco debería morir bajo su máscara. El futuro le pertenece a quienes se atrevan a crear sin pedirle permiso a los fantasmas de Occidente.

[1] Nietzsche, F. – Obras completas. Volumen I – De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida. España. Editorial Tecnos, 2016

Una victoria perversa: Del triunfalismo militar al despotismo del algoritmo

Por Antonio Montagna

«Una gran victoria es un gran peligro». Con esta sentencia lapidaria, Friedrich Nietzsche abría en 1873 su primera Consideración Intempestiva[1]. El filósofo no celebraba el triunfo prusiano sobre Francia; por el contrario, denunciaba la perversa ilusión de creer que la victoria de los fusiles significaba una victoria de la cultura. Hoy, esa advertencia recobra una actualidad estremecedora. Lo vemos en el reciente tono fanfarrón y presuntuoso en torno a la invasión de Estados Unidos a Venezuela y la detención de Nicolás Maduro. La autosatisfacción exagerada como la de Donald Trump, quien no dudó en catalogar el hecho como un hito militar supremo alardeando de que «mi propia moralidad, mi propia mente. Es lo único que puede detenerme», es la reedición exacta de ese error que Nietzsche señaló hace un siglo y medio: confundir la potencia del acero con la grandeza del espíritu.

La ilusión de la superioridad técnica

Este alarde de fuerza militar no es un florecimiento cultural; es, en palabras de Nietzsche, una «ilusión sumamente nociva”. Es el triunfo de la logística sobre la vida. Cuando un Imperio festeja su capacidad de deponer y capturar mediante la eficiencia técnica de su maquinaria bélica, está oficiando el funeral de la verdadera cultura. Para Nietzsche, la cultura es la «unidad de estilo artístico en todas las manifestaciones de vida de un pueblo». El triunfalismo militar de hoy, al igual que el prusiano de ayer, carece de estilo; es puramente reactivo, mecánico y, sobre todo, arrogante. El festejo de los “bárbaros”.

Esta misma arrogancia es la que hoy visten los magnates tecnológicos de Silicon Valley. Figuras como Elon Musk son los nuevos «Preceptores de Alejandro» que celebran el dominio de la técnica (ya sea en el espacio, en el control de la opinión pública o en el apoyo a intervenciones militares) y el progreso humano. Quizá eso sea el “progreso”, la victoria del Filisteo Digital.

El Filisteo 2.0 y la dictadura del algoritmo

Nietzsche definió al «filisteo de la formación» (Bildungsphilister) como aquel que se cree cultivado por acumular datos, pero carece de profundidad. El filisteo actual es el habitante del scroll infinito, un «animal astuto» que consume fragmentos de quince segundos para anestesiarse contra la incertidumbre. Cree poseer la verdad porque el algoritmo se la entrega digerida, eliminando cualquier resistencia o impulso de búsqueda.

Lo vimos con claridad brutal en los últimos días. Mientras los titulares anunciaban la ‘Resolución Absoluta’, el algoritmo inundaba las redes con videos de supuestos festejos masivos en Caracas. No importaba que muchas de esas imágenes eran antiguas, descontextualizadas o directamente generadas por Inteligencia Artificial. El Filisteo Digital no busca la verdad del hecho histórico, busca la dopamina de la confirmación. Consume la fake news de la liberación con la misma voracidad con la que consume una serie, celebrando una ‘victoria’ que, en el terreno de la realidad, es mucho más sucia, incierta y silenciosa de lo que muestra su pantalla.

Si la metafísica clásica buscaba la verdad como adecuación (adaequatio), el algoritmo es su versión más tiránica. Es una «necrópolis de la intuición» donde no hay misterio, solo optimización. Esta algoritmización de la vida destruye lo auténtico de los pueblos para imponer una «culturalidad» global y vacía. Se puede controlar el flujo de información y dominar naciones enteras con satélites, y sin embargo, seguir siendo un bárbaro.

Del Proletariado al Precariado: El algoritmo como patrón

Esta dictadura técnica ha pasado de las pantallas al corazón del mundo del trabajo. El caso de Mercado Libre, despidiendo trabajadores con la excusa de la “transformación organizacional” bajo la premisa de ser reemplazados por Inteligencia Artificial, es la confirmación de que para el magnate-filisteo el ser humano es solo un «gasto de procesamiento».

“Los modelos de inteligencia artificial aprenden a hacer su trabajo gracias a los trabajadores que están siendo despedidos. Lo alarmante es que esos mismos compañeros son los que le enseñaron al algoritmo a realizar sus tareas”.[2]

Estamos operando un cambio ontológico: el paso del proletariado al precariado. El precariado es el hijo de la velocidad y del «ya y ahora». Es un trabajador fragmentado, sin estabilidad ni identidad, que vive bajo la amenaza constante de un código que decide su destino en un milisegundo. Si el proletario peleaba contra un patrón de carne y hueso, el precariado pelea contra un fantasma digital programado para la eficiencia desalmada. El oficio ha sido reemplazado por la tarea desechable; la dignidad, por la métrica.

Convenios y Soberanía

Frente a esta victoria obscena, la respuesta debe ser política, colectiva e «intempestiva». No se trata de un desprecio ludita por los avances tecnológicos, sino de exigir que estos estén al servicio del sujeto y no al revés. Es urgente que al sentarse en la mesa de una negociación, se acuerde proteger el tiempo humano frente a la dictadura de la inmediatez y recuperar la soberanía sobre el proceso de trabajo.

A nivel individual, nos queda la subversión de la lentitud. Ser «contrarios al tiempo», como pedía el joven Nietzsche. Si el sistema exige rapidez, nuestra libertad es la profundidad; si nos quiere predecibles, nuestra resistencia es la contradicción.

Conclusión: La técnica al servicio del soberano

La «moral» de la que alardean los conquistadores modernos es la moral de la máquina, no la del hombre soberano. Si permitimos que el éxito militar o la eficiencia algorítmica se conviertan en nuestra medida de verdad, habremos consumado la derrota más grave de la historia.

El desafío político es poner el progreso al servicio de subjetividades intuitivas. Que la tecnología sea el soporte de nuestra creatividad y la garantía de nuestro pan, no la herramienta de nuestro reemplazo. Contra la precarización de la vida y el imperio del dato, nos afirmamos con la organización colectiva y la vitalidad del pensamiento. Porque una vida con estilo, autonomía y dignidad es, hoy más que nunca, el único triunfo que merece ser nombrado.

[1] Nietzsche, F. – Obras completas. Volumen I – Consideraciones intempestivas I. España. Editorial Tecnos, 2016

[2] https://www.enfoquesindical.org/articulo/noticias/mercado-libre-despidio-informaticos-y-abre-la-polemica-por-la-ia-reemplazando

Una batalla tras otra

Por Marcos Domínguez*

“En la hora de los depredadores, los borgianos de todo el planeta ofrecen a los conquistadores los territorios que gobiernan como laboratorio, para que desplieguen en ellos su visión del futuro sin que se interpongan leyes o derechos de otros tiempos.”

Giuliano Da Empoli, La hora de los depredadores.

Decadencia occidental

Hay guerra y fuego en todo el mapa al mismo tiempo. Lo que vemos como hechos desperdigados —Irán, Ucrania, Franja de Gaza, Venezuela, nuestra propia Patagonia ardiendo— forma parte de un mismo temblor donde el viejo orden se cuartea, el nuevo no termina de aparecer y, mientras tanto, las potencias juegan la final del siglo XXI usando de tablero a los países periféricos.

Aquello que Gramsci llamaba “interregno” en nuestro terruño se siente doblemente. Nuestra élite, como buena parte de las occidentales, no tiene rumbo y fue colonizada por un nihilismo decadente. Y si, como decía Séneca, no hay viento favorable para quien no sabe adónde va, imaginemos lo que ocurre cuando el viento, como hoy, sopla en contra.

En el gobierno del golem argentino estas tendencias anómicas y decadentes se aceleran al calor de una derrota occidental de largo alcance. El experimento libertario aparece como el producto más acabado de esa decadencia: condensa, de forma extrema, todos los males previos. Es resultado de la crisis y la expresa del modo más legítimo y genuino posible. Lo sugeríamos hace un año, en “Wokismo libertario”, cuando sosteníamos que  el actual gobierno estaba precariamente cohesionado por ser una síntesis de incompatibilidades: un discurso que se proclama enemigo del progresismo pero replica su lógica –porque es su resultante pendular– de victimización, que promete dinamitar el Estado mientras construye una burocracia ideológica,  que denuncia la corrección política solo para imponer la suya, que pretende ser más judaizante que el Estado de Israel, más norteamericanista que EEUU. Todo, cuando nadie había pedido tanto.

Así, “el respeto irrestricto” a la propiedad privada convive con la promesa de un Occidente revitalizado a golpe de algoritmo y blockchain, cuando en realidad atraviesa una eutanasia prolongada. Una ola de decadencia que tiene, entre sus anillos de tradiciones parásitas y putrefacciones varias, la dicotomía maniquea del progresismo vs el anti progresismo, el errante multiculturalismo, la inmigración inevitable o indiscutible; estatismo vs anti estatismo hecho desde el Estado; la violencia intrínseca de EEUU cuyo sistema esta siendo lentamente devorado por la finaciarización extrema de su economía.

Clases medias víctimas y victimarias de la pandemia de inautenticidad mediada -y potenciada- por la digitalización de la vida social. El streaming convertido en deporte de acompañamiento terapéutico revela su excepcional maridaje con la desjerarquización de casi todo. La terminal y fantástica horizontalidad de la palabra como una gran tranquera abierta para que cualquiera, con o sin experiencia, con o sin saberes, con o sin virtud, pueda utilizarla como elemento afrodisíaco para escupir opiniones, monetizar editoriales, y performar análisis cansinos minuto a minuto.

En este marco, Milei, como señalamos desde su llegada al gobierno, condensa un “espíritu de época” que no está marcado por la voluntad de actuar positivamente sobre el curso de las cosas, sino por el resentimiento y la necesidad impulsiva de liberarse de ellas, cueste lo que cueste. Una revancha personal “contra el poder”, reducido al poder público estatal. La política aparece como fiesta colectivista decadente que hay que arruinar aunque no haya otra mejor que la reemplace. Para sopresa de nadie, fue una nueva versión de “la grieta”, barnizada de futurismo, donde la acumulación de rencores amenaza con alcanzar un volumen inusitado sin dirigencias ni diques que puedan contener una crisis que tiene más de implosión que de explosión.

Es en este contexto de decadencia occidental donde la geopolítica se vuelve selvática. Se borran líneas rojas que el “derecho internacional” prometía mantener. Vuelve a ser verosímil el uso de armas nucleares en un planeta donde proliferan los arsenales y escasean las inhibiciones. Si quienes concentran poder real no cruzan ese umbral, quizá después de la fiebre haya reacomodo; si lo cruzan, ni siquiera eso está asegurado en esta guerra mundial en cuotas.

La campaña del desierto

Hace años que se tantea el sur argentino con la paciencia de los viejos imperios. Tenemos incendios reiterados, proyectos inmobiliarios como plaga, inversores que se vuelven socios políticos de todos los oficialismos para sentarse en la cabecera de la mesa, campañas discretas para instalar la idea de que el sur es demasiado grande, caro o inhóspito. Hacer invivible un territorio para despoblarlo y succionar sus recursos estratégicos no tiene nada de original en este lapsus mundial que Da Empoli llama “la hora de los depredadores”.

La paradoja es que la propia existencia del Estado argentino dependió, en buena medida, de ocupar esa Patagonia. El ciclo Roca, con toda su carga simbólica, respondió a una lógica que en Europa nadie subestimaba: si un país no consolida su frontera, otro la consolida por él.

El fantasma balcanizante que se combatió a fines del siglo XIX vuelve hoy bajo formas más discretas: ya no son ejércitos regulares, malones, intereses chilenos o ingleses, sino combinaciones de operaciones inmobiliarias, fondos de inversión, ONG diseñadas en escritorios del Norte y proyectos “eco-friendly” que sueñan con un desierto prolijo, sin obstáculos soberanistas, listo para ser gestionado.

Puertas adentro, mientras el sur se prueba como zona de sacrificio, la Argentina llega a este escenario con los bolsillos agujereados. Arrastramos medio siglo de deuda externa, hija dilecta de la última dictadura y prolijamente “reperfilada” cada tanto. Cada renegociación agrega una dosis de morfina financiera. Mientras el gobierno destruye empresas, puestos de trabajo industrial y capacidad de generar divisas genuinas, una parte negadora del alma del medio pelo sigue soñando con que Vaca Muerta nos resolverá la vida sola, como si se pudiera vivir de rentas en un país que ni siquiera logró industrializar su propio gas. No se trata de ideologismo, pero la supervivencia nacional atada a la timba financiera y al remate de recursos naturales simplemente no es sostenible.

El orden “multilateral” del Occidente liberal nacido de la Segunda Guerra —ese entramado de FMI, Banco Mundial, OMC, Naciones Unidas y el “consenso antifascista” declamado— ya caducó. En aquel viejo orden existía una gramática mínima: las grandes potencias se contenían por miedo al abismo nuclear y las instituciones ofrecían una escenografía aceptable para las buenas intenciones. Hoy esa escenografía se vino abajo. El derecho internacional se volvió un viaje de egresados de burócratas y “pichones de”, un idioma elegante para nombrar lo que, en realidad, decide la fuerza. Las instituciones sobreviven en la medida en que continúan siendo útiles a Washington, Beijing o quien corresponda.

En ese mundo, los únicos países realmente a salvo son los que tienen armas nucleares o, en un segundo escalón, los que construyeron un complejo industrial-militar propio. El resto conserva bandera y asiento en la ONU, pero la soberanía pasa a ser condicional. Ya no alcanza con “tener razón” ni con “cumplir los tratados”. Como recuerda Abel Fernández, la cuestión se vuelve bastante más terrenal: hay que lograr que agredirte sea más caro que dejarte en paz. Y el shopping de armas importadas no resuelve nada si detrás no hay industria y conocimiento propios. La misma Venezuela aprendió a los golpes que las alianzas extra-hemisféricas ayudan, pero no sustituyen la capacidad de defensa propia.

Hasta mediados del siglo XX, la Argentina tuvo las principales industrias de uso dual de Sudamérica: aviones, barcos, radares, metalmecánica pesada. Eso que hoy llamaríamos un complejo industrial-militar. Una secuencia de gobiernos ineptos, cortoplacistas o directamente entreguistas, sumada a la derrota en Malvinas, fue desarmando pieza por pieza esa capacidad. Llegamos a la era de los drones —la guerra relativamente barata, donde un taller mediano puede fabricar artefactos capaces de complicar a cualquier fuerza invasora— sin decidir reconstruir nada en serio.

La vieja idea de Aldo Ferrer de que sin “densidad nacional” no hay defensa posible asoma con estridencia. Densidad nacional es un pueblo que percibe un destino común por encima de sus banderías, y un Estado que administre esa tensión, trace objetivos compartidos y amortigüe posiciones extremas en un proyecto de comunidad posible. Y un país sin densidad es una presa fácil para cualquier depredador global que mire el mapa y vea, donde debería haber una nación, apenas un conjunto de activos en liquidación.

Se trata de una depredación organizada por una oligarquía estadounidense que manda en una economía ficticia, en descomposición, anti productivista y permanece presa en una interminable y tóxica espiral de violencia. Es por eso que en este occidente en decadencia, las élites tecnológicas tipo Musk o Zuckerberg ya no se parecen al tecnócrata de Davos con discurso regulacionista. No sueñan con un mundo ordenado, sino con un mundo disponible. Susceptible de ser depredado en términos, fundamentalmente, energéticos.

“La ausencia de alternativas aclara la mente de forma extraordinaria”, decía Kissinger. Y esta depredación deliberada parece ser la unica alternativa de un occidente carente de toda imaginación para seguir participando de la carrera tecnológica con una China cada vez más adelantada.

Defensa Nacional

En este paisaje, la discusión sobre defensa nacional sale de la vitrina castrense y vuelve al centro. Perón lo explicaba, retomando a Colmar von der Goltz, con la tesis de la Nación en armas; un arco tensado al máximo, donde la punta de la flecha son las Fuerzas Armadas, pero el arco, la cuerda y la fuerza que la tensa es el pueblo entero, sus recursos, su trabajo, sus industrias, sus vías de comunicación. La defensa es, en esta visión, la capacidad real de un país para mantener vivo su territorio, su tejido productivo y su gente frente a un mundo que se está reordenando a los tiros.

Hemos dicho aquí que nuestro actual presidente no ve a la Argentina como un país, sino como “un lugar”. Bajo esa mirada, el territorio se ofrece como nodo experimental para la desregulación total. Si la Argentina es solo un lugar, su integridad territorial deja de ser un problema político y se vuelve un asunto inmobiliario.

Por eso, en la Patagonia, el gobierno montó un dispositivo que es algo más que un paquete de reformas. De un lado, levantó la ley de manejo del fuego y convirtió en política de Estado la idea de que se puede quemar sin límite y, cuando el humo se disipe, reinventar el territorio como negocio. Del otro, desarmó la ley de tierras y volvió a abrir la puerta para que capitales extranjeros compren las hectáreas que quieran, incluso en zonas de frontera. No se trata de un error técnico, sino de la profundización de la extranjerización de lo nuestro.

El gobernador radical de Chubut se apura a aclarar que “no hay que entrar en teorías conspiranoicas sobre especulación inmobiliaria” porque los parques nacionales serían “patrimonio de la humanidad”, como si esa categoría abstracta blindara algo cuando los incendios y las topadoras hacen su trabajo.

De este modo, la hipótesis de que despoblar, entregar la tierra y blindar las fronteras con presencia extranjera es una forma prolija de preparar el escenario para una balcanización futura queda relegada al rincón de las fantasías conspirativas, y nuestro país parece dispuesto a defenderse, llegado el caso, con la espada de cartón del derecho internacional. La realidad es que el bloque occidental en decadencia no se detiene ante constituciones ajenas ni propias. Necesita energía, agua, alimentos, litio, corredores hacia la Antártida. Y la Patagonia condensa todo eso.

Aquí conviene volver a mirar el tablero completo. El mapa del poder global cambió de manera estructural e irreversible: se cerró un largo ciclo de primacía de Occidente y se abrió una etapa de transición, conflicto y disputa. Como señala Gabriel Merino, el exagerado respaldo de Estados Unidos al gobierno de Milei no es un romance ideológico -no por lo menos del lado estadounidense- sino una jugada geopolítica que busca con todas sus fuerzas anclar el hemisferio occidental y bloquear la inserción argentina en un mundo que ya no gira solo alrededor de Washington y Bruselas. La incursión militar en Venezuela, que inauguró un corolario trumpista de la vieja Doctrina Monroe, mostró el nuevo estilo: un imperialismo más territorialista, de saqueo y acumulación por desposesión a la vista de todos. América Latina vuelve a ser espacio clave, no porque el Norte haya descubierto nuestro encanto, sino porque necesita un patio trasero disciplinado en el cual replegarse en medio del barullo multipolar.

Como todo imperio en declive, el Occidente anglosajón se vuelve más agresivo a medida que pierde hegemonía. Las líneas que separaban guerra y paz, derecho y fuerza, seguridad y saqueo, están borroneadas. Traducido al presente argentino: no hay defensa nacional posible si miramos la Patagonia como decorado, el Atlántico Sur como una  lámina escolar y la industria como capricho “estatista” o una «oportunidad estratégica» conducida por China. Pensar en argentino hoy es entender que nadie —ni Milei, ni sus opositores, ni ningún iluminado de ocasión— va a hacer este trabajo por nosotros. El gran desafío de estos años será construir ese «nosotros».

* Licenciado en Sociología de la UBA y docente

Consideraciones sobre la angustia, la rabia y la potencia

Por Antonio Montagna

En la Argentina actual, donde el Estado mínimo se ha convertido en la “tabla de salvación” de la “gente de bien” después de años de desilusión y fracaso, y las planillas de cálculo dictan sentencias de exclusión; en esta Argentina donde la justicia social se ha convertido en una aberración según el ideario gobernante, las cifras de despidos en el sector público (más de 60.000 bajas desde que asumió el gobierno) y la informalidad creciente no son meros datos macroeconómicos. Son grietas en la biografía de miles. Cuando la “motosierra” corta no solo un contrato, sino un modo de vida, la política tradicional enmudece. Comprender qué sucede cuando nos quedamos a la intemperie, y cómo es posible responder cuando el 50% de la economía es informal no es tarea fácil, a veces nos invade una angustia paralizante que debilita nuestras fuerzas vitales. Pero detenerse y bajar los brazos es renunciar al futuro, y a eso jamás hay que renunciar. La vida es lucha, y un alto en el camino solo se permite si es para tomar envión, sino es caer derrotado.

I -La ruptura del mundo: El diagnóstico de Heidegger

Pensemos en Marcelo (52 años), un profesional que ha trabajado veinte años en el Ministerio de Desarrollo Social. Su identidad estaba fusionada con su función: él era el Estado presente. Su tarea contribuía a mejorar la calidad de vida en barrios populares. Pero tras la llegada de la administración Milei, su área fue degradada y su contrato rescindido.

Marcelo no solo pierde un sueldo. Martin Heidegger, en su obra cumbre Ser y Tiempo (Sein und Zeit ), nos permite ver la profundidad de su herida.

El ser humano, o Dasein, vive inmerso en una “totalidad de útiles”.

“Nosotros llamaremos al ente que comparece en la ocupación el útil [Zeug]…Es necesario determinar el modo de ser de los útiles, y esto habrá de hacerse tomando como hilo conductor la previa delimitación de lo que hace del útil un útil, de su “pragmaticidad” [Zeughaftigkeit]…Un útil no “es”, en rigor, jamás. Al ser del útil le pertenece siempre y cada vez un todo de útiles [Zeugganzes], en el que el útil puede ser el útil que él es.”[1]

Heidegger nos explica que nuestra relación con el mundo es de “estar a la mano”. Es decir, cuando las cosas funcionan tan bien se vuelven invisibles y se convierten en parte de nosotros. “Estar a la mano” significa que el objeto no nos estorba. No está “ahí enfrente” como un obstáculo, sino que fluye con nosotros. Es útil, dócil y silencioso. Somos uno con la herramienta.

Vivimos la mayor parte de nuestra vida en este estado. Confiamos en el mundo. El suelo nos sostiene (y no lo miramos), la silla nos aguanta (y no la revisamos antes de sentarnos), el aire entra en los pulmones.

El mundo, cuando funciona, es transparente. Las cosas están “a la mano” porque están listas para ser usadas sin que tengamos que pensar en ellas.

“El modo de ser del útil en que éste se manifiesta desde él mismo, lo llamamos el estar a la mano [Zuhandenheit]. Sólo porque el útil tiene este “ser-en-si” y no se limita a encontrarse ahí delante, es disponible y “manejable”, en el más amplio sentido”.[2]

El expediente, el escritorio, la computadora, el teléfono que utilizaba para llamar al referente de un barrio y la credencial no eran objetos: eran la red de significados que sostenía la realidad de Marcelo. Al ser despedido, esa red se rompe. El edificio del ministerio deja de ser un “lugar de trabajo” y se vuelve una masa de hormigón hostil, presente ante los ojos pero cerrada a su existencia.

Peor aún, Marcelo sufre la crisis del “Uno” (Das Man), ese guion invisible que todos seguimos sin darnos cuenta para sentirnos seguros. Es esa voz anónima que dicta “lo que se hace”, “lo que se dice” y “lo que se piensa”: uno se viste así, uno saluda así, y fundamentalmente, “uno trabaja”. Mientras “formamos parte”, vivimos tranquilos y nos dejamos llevar por la corriente de la normalidad.

“Gozamos y nos divertimos como se goza; leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y se juzga; pero también nos apartamos del ‘montón’ como se debe hacer; encontramos ‘irritante’ lo que se debe encontrar irritante. El ‘uno’, que no es nadie determinado y que son todos (pero no como suma de ellos), prescribe el modo de ser de la cotidianidad”.[3]

Pero resulta que Marcelo ya no “forma parte” y el discurso social dominante ahora lo etiqueta como un “gasto” que se ahorra en el Estado para que se viva mejor. Ahora es la “casta” que se pagaba con los impuestos. El “Uno”, que antes validaba su labor, ahora lo señala y lo acusa. Esto precipita a Marcelo en la “Angustia”.

Pero esta Angustia no es Miedo, sensaciones que parecen iguales pero que son opuestas.

El Miedo siempre tiene cara y apellido. Marcelo tiene miedo de que llegue la factura de luz y no poder pagarla. Tiene miedo de que sus hijos le pidan zapatillas nuevas. El miedo es concreto: es como ver un perro rabioso enfrente; sabes que tenés que escapar.

Pero la Angustia es otra cosa. Es lo que siente Marcelo un lunes temprano tomando unos mates con la casa en silencio. No hay facturas sobre la mesa, no hay nadie gritando. Todo está tranquilo. Y sin embargo, siente que el suelo desaparece bajo sus pies.

La Angustia es esa sensación repentina de extrañeza total. Marcelo mira su cocina donde habitualmente desayuna y le parece un decorado de cine ajeno. Mira sus manos y no sabe bien para qué sirven ahora que no tiene que sacar su credencial ni escribir informes. No está angustiado por “algo” (como el dinero); está angustiado por la nada.

Es la sensación de vértigo absoluto de quien se da cuenta de que el guion de su vida se borró. El mundo sigue ahí, los árboles siguen ahí, pero han perdido el sentido. Ya nada le indica qué hacer. Esa niebla que hace que todo dé lo mismo, ese silencio ensordecedor que te grita “¿y ahora quién eres?”, eso es la Angustia.

“En la angustia uno se siente “desazonado”…La familiaridad cotidiana se derrumba. El Dasein queda aislado, pero aislado en cuanto estar-en-el-mundo. El estar-en cobra “modo” existencial del no-estar-en-casa [Un-zuhause]. Es lo que se quiere decir al hablar de “desazón” [Unheimlichkeit]”.[4]

Literalmente, Unheimlich significa terrible, pero etimológicamente quiere decir: “que no tiene hogar”. Lo terrible de la angustia de Marcelo es que está fuera de todo lugar, no tiene morada, no tiene donde estar. Para el despedido, el país mismo se vuelve un lugar extraño. La desocupación aquí es la experiencia radical de la nada: el Estado se retira, y el Dasein queda suspendido en el vacío.

II. La provocación nietzscheana: El fin de la domesticación

Sin embargo, si somos capaces de sostener la mirada en ese abismo sin pestañear, aparece una segunda lectura, menos lúgubre y mucho más provocadora. Justo allí, en esa inactividad que angustia a Marcelo, Friedrich Nietzsche vería una oportunidad feroz.

En su obra Aurora[5], Nietzsche lanza una sospecha incómoda contra los “apologistas del trabajo”. El filósofo define al trabajo incesante y rutinario como “la mejor policía”. Su función oculta, dice, es mantener a la gente con el “collar puesto”, consumiendo toda su energía nerviosa en la fatiga diaria para que no les quede fuerza ni tiempo para pensar, para soñar o para preocuparse por sí mismo.

Bajo esta luz, la angustia de Marcelo adquiere otro matiz. Ese “vértigo” que siente no es solo por la falta de dinero; es el síndrome de abstinencia de quien ha dejado de estar vigilado. El sistema de “policía social” que lo mantenía dócil y cansado —demasiado agotado para cuestionar su vida— ha desaparecido de golpe. Las cadenas invisibles de la fatiga se han roto. Lo que Marcelo experimenta como una caída es, en la brutal óptica nietzscheana, el despertar de una libertad peligrosa: la de un animal al que, repentinamente, le han abierto la jaula.

Es aquí donde los caminos se bifurcan y el desamparo puede ser un combustible. Pensemos en Sofía (30 años), ex contratada de una secretaría desguazada. Al recibir la noticia, no se hunde en la cama; siente que la sangre le hierve. En lugar de depresión, lo que la inunda es una rabia lúcida. Sin saberlo, Sofía está protagonizando en tiempo real lo que Nietzsche narró como “De las tres transformaciones” en la Primera Parte de Así habló Zaratustra[6].

Hasta ayer, Sofía era el Camello. Soportaba la carga: la incertidumbre de un contrato que demoraba en firmarse, la farsa de un SEP para garantizar su saber, la burocracia kafkiana y el pesado “Tú debes” institucional, arrodillada ante la promesa de una estabilidad que nunca llegó. Pero el despido brutal funciona como un reactivo químico. Es el momento de la metamorfosis en León. El León es el espíritu que conquista su libertad, el que se atreve a rugir un “Yo quiero” frente al gran dragón de los valores establecidos. Sofía ya no pide permiso; la expulsión del sistema la ha liberado de la obediencia debida.

Sin embargo, quedarse en la furia del León no basta (la pura queja política es estéril). El desafío final de Sofía es avanzar hacia el Niño: “inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí misma”. Su tarea no es añorar el puesto perdido, sino inventar un juego nuevo donde ella ponga las reglas. Su apuesta es a crear.

Esto exige una disposición anímica radical que Nietzsche llama Amor Fati (Amor del destino), concepto central de La Gaya Ciencia[7]. No se trata de la resignación pasiva del estoico (”soporto el ajuste porque no queda otra”), sino de una aceptación activa y voraz. Es mirar el caos de la economía y decir: “Así lo quise”. Es utilizar la energía del derrumbe no para reconstruir las ruinas, sino para esculpir una vida nueva bajo la consigna de: “¡vivir peligrosamente! ¡Construid vuestras ciudades sobre el Vesubio! ¡Enviad vuestros navíos hacia mares no explorados! ¡Vivid en guerra con vuestros pares y con vosotros mismos! ¡Sed bandidos y conquistadores mientras no podáis ser dominadores y poseedores, hombres del conocimiento!…”[8]

III. El límite de la individualidad

La metamorfosis existencial, esta “libertad peligrosa” del León que se libera del Camello, es la verdadera potencia que nace de la ruina. Pero el pensador siempre debe preguntar: ¿dónde ocurre este devenir? Este cambio de piel no sucede en la calma de un monasterio, sino en la intemperie económica, donde la única red de contención ha sido cortada.

Aquí radica un problema insalvable en la receta nietzscheana tradicional si se aplica ingenuamente. Sofía no vive en la montaña de Zaratustra, sino en un conurbano donde la política institucional agoniza y la precariedad es la norma. La libertad que descubre el despedido, cuando no está sostenida por una comunidad, es simplemente abandono estatal.

Pedirle a un desocupado que se “reinvente” individualmente en un mercado devastado es, a menudo, una crueldad neoliberal disfrazada de filosofía. El “Nihilismo Activo” individual es imposible si el tejido social está roto. La individualidad radical, en la Argentina de la crisis, no es el Übermensch (superhombre) nietzscheano; es solo una presa fácil en el desierto.

Es justo ante este muro de realidad donde la filosofía del “salto solitario” muestra su fractura. Para no caer en la hipocresía de exigir heroísmo a quien no tiene para comer, debemos realizar un repliegue táctico en estas líneas. Debemos volver a Heidegger, pero no al que nos dejó angustiados como aquél “que no tiene hogar”, sino a uno que a menudo olvidamos leer y que tiene la clave política para este momento.

IV. Conclusión: Politizar la intemperie

En el mismo Capítulo IV de Ser y Tiempo, específicamente en el §26[9], Heidegger desmantela la ilusión del “salvarse solo”. Nos dice que el Dasein no es un sujeto aislado que después decide juntarse con otros. Por el contrario, nuestra estructura fundamental es el Mitsein (coestar). Antes de decir “Yo”, ya estamos diciendo “Nosotros”. No existimos solos; existimos con otros, para otros o contra otros, pero nunca sin ellos.

Si la “política” de arriba (la institucional) ha muerto y el “mercado” (la salida individual) nos expulsa, lo único que queda en pie es este coestar originario. La verdadera reconversión en tiempos de intemperie no es técnica ni económica, es vincular. Cuando Sofía descubre que su rugido de león solitario se pierde en el ruido del conurbano, comprende que la única forma de que ese rugido se escuche es volviéndolo un grito colectivo.

En tiempos de derrumbe y fragmentación, la salida no es volverse un emprendedor de sí mismo (el León solitario), sino construir una comunidad de destino.

Pero antes de llegar al final, debemos detenernos en una palabra que suele causar confusión: el Cuidado (o la Cura, que en alemán Heidegger llama Sorge).[10]

Para el lector desprevenido, ‘Cuidado’ suena a enfermería, a una madre protegiendo a su hijo o a un médico atendiendo un paciente. En Heidegger, el concepto es mucho más áspero y radical.

Imaginemos una piedra en el camino. La piedra simplemente ‘está’. No le preocupa si va a llover, no tiene planes para mañana, no tiene miedo de romperse. La piedra carece de mundo. Ahora pensemos en Marcelo o Sofía. Ellos no pueden simplemente ‘estar’. Tienen que pagar el alquiler, tienen que decidir qué comer, tienen que anticipar el futuro.

El Cuidado es el nombre que Heidegger le da a esa inquietud estructural. Significa que la vida humana es una carga que hay que sostener todo el tiempo. Vivir es tener que ocuparse de la propia vida, porque la vida no se hace sola. Siempre estamos ‘pre-ocupados’, lanzados hacia adelante, tratando de asegurar nuestra existencia.

La nota del traductor del texto que estamos trabajando en estos párrafos dice así: “El cuidado debe ser entendido en este contexto en el sentido del conjunto de disposiciones que constituyen el existir humano: un cierto mirar hacia delante, un atenerse a la situación en que ya se está, un habérselas con los entes en medio de los cuales uno se encuentra. En efecto, cuando se hace algo con “cuidado” se está vuelto hacia lo que viene en el futuro inmediato, hacia lo que hay que hacer; pero, a la vez, se está arraigado en la concretísima situación en la que ya nos movemos en cada caso. Además, en estas dos disposiciones se está en contacto con las cosas en medio de las cuales nos encontramos.”[11]

El drama del desocupado es que esa maquinaria del Cuidado —ese motor interno que nos obliga a hacer cosas— sigue funcionando a toda velocidad, pero se le ha quitado el engranaje. Marcelo sigue teniendo la necesidad ontológica de ‘ocuparse’ (de proyectarse al futuro), pero el mercado le ha quitado la herramienta (el trabajo) para hacerlo. Su motor gira en el vacío, y eso es lo que quema.

Por eso, si ese motor del Cuidado no puede empujar el carro del empleo formal, debemos conectarlo urgentemente a otro vehículo —el colectivo— para que no reviente el motor.

Si el Cuidado ya no puede aplicarse al trabajo asalariado, debe desplazarse hacia el Mitsein (coestar): el cuidado mutuo en la red barrial, en la economía popular, en la cooperativa, en la olla común.

El nihilismo activo hoy es mirar la precariedad a la cara y decir: “Este desierto es nuestro. No vamos a perecer en él solos, vamos a organizarlo juntos”. La reconversión también es existencial: es entender que la seguridad del siglo XX ha muerto, y que la única forma de habitar el peligro sin ser devorados es transformando la angustia solitaria en potencia colectiva.

[1] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 90

[2] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 91

[3] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 146

[4] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 207

[5] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen III – Aurora. Libro III §173.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.580

[6] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen IV – Aurora. Así habló Zaratustra.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.83-84

[7] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen III – La gaya ciencia.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.829

[8] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen III – La gaya ciencia.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.832

[9] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 139

[10] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 209-214

[11] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 479

VIDA DE COUNTRY, RETÓRICA DE BARRICADA. APUNTES SOBRE LA CASTA MILITANTE DE LA “DÉCADA GANADA”

Por Bruno Carpinetti

Hay contradicciones que la política puede tolerar y otras que la corroen desde adentro. Entre estas últimas, pocas resultan tan devastadoras como la distancia sostenida entre lo que se dice y la forma en que se vive. No se trata de una cuestión moral en sentido estricto, sino de una experiencia sensible: el momento en que el cuerpo del dirigente deja de habitar el mismo mundo que el cuerpo de quienes dice representar.

En la Argentina reciente, esa fisura adquirió una densidad particular durante el ciclo conocido como la “Década Ganada”. Un proyecto que emergió como respuesta a la crisis de representación de 2001 terminó, con el paso del tiempo, por producir una nueva élite estatal, legitimada por un lenguaje nacional-popular, pero crecientemente encapsulada en formas de vida ajenas a la intemperie social que le dio origen.

El problema no fue —como suele simplificarse— la traición de ideales, sino algo más sutil y, por eso mismo, más persistente: la normalización de una disociación.

De la intemperie al despacho

Para una generación que se politizó en la resistencia al neoliberalismo de los años noventa, el estallido de diciembre de 2001 no fue solo un evento histórico: fue una experiencia formativa decisiva. Asambleas barriales, piquetes, horizontalidad, desconfianza radical hacia la política profesional. La militancia, entonces, no prometía carrera ni estabilidad; prometía desgaste, exposición y precariedad compartida.

Néstor Kirchner comprendió que esa energía no podía permanecer en estado salvaje y ofreció una traducción institucional de la rebeldía: el Estado como escenario de la transformación. Miles de militantes cruzaron el umbral de la protesta a la gestión, convencidos de que administrar el Estado era una forma superior de militancia.

Y durante un tiempo, lo fue.

El desplazamiento no se volvió problemático por el ingreso al Estado, sino por lo que ese ingreso fue produciendo en las subjetividades. La militancia dejó de ser una práctica de riesgo y pasó a funcionar, en muchos casos, como una trayectoria laboral. La épica sobrevivió en el discurso; el cuerpo, en cambio, encontró abrigo.

La lealtad como virtud política

Con la reconstrucción de la autoridad presidencial tras la crisis, se consolidó una forma específica de ejercicio del poder. La lealtad, entendida como obediencia irrestricta, se transformó en el principal capital político. No la coincidencia ideológica —que podía admitirse con matices— sino la adhesión acrítica al liderazgo y al relato.

En los organismos públicos, el técnico fue desplazado por el “cuadro político”. La capacidad de gestión cedió terreno frente a la obediencia. Señalar errores, proponer alternativas o simplemente dudar se volvió un gesto sospechoso. Quienes administraban el Estado dejaron de premiar el saber y comenzaron a recompensar la docilidad.

Esta lógica no solo deterioró la eficacia institucional; redefinió el sentido mismo de la militancia. El militante estatal ya no era quien tensionaba el poder desde adentro, sino quien lo reproducía sin fisuras. La crítica dejó de ser una forma de compromiso y pasó a ser una amenaza.

El Estado como ecosistema cerrado

A medida que esta dinámica se consolidaba, se produjo paulatinamente un proceso de endogamia política. Unidades básicas, centros culturales, medios de comunicación afines, organismos públicos se convirtieron en espacios donde la realidad circulaba filtrada, domesticada para no contradecir el relato.

La militancia traslocada a los despachos estatales, seguía “bajando al territorio”, pero ya no para escuchar, sino para explicar. La inflación, la inseguridad o el deterioro de los servicios no eran negados solo por estrategia; eran, en muchos casos, genuinamente ajenos a la experiencia cotidiana de una dirigencia protegida por sus propios privilegios.

Es en ese momento donde aparece y comienza a consolidarse lo que hoy llamamos, con notable precisión sociológica, la nueva “casta”: no solo una acumulación de cargos, sino una forma de vida. Una burbuja material y simbólica que permite sostener un discurso igualitario sin experimentar sus condiciones.

La batalla cultural como sustituto

Frente a las dificultades crecientes de la gestión material, la militancia estatalizada profundizó una estrategia que ya estaba presente: la llamada “batalla cultural”. Derechos humanos, revisionismo histórico, confrontación discursiva con medios de comunicación y poderes fácticos ocuparon el centro de la escena.

No se trata de negar la importancia de esas disputas, sino de observar su función. La batalla cultural operó como un desplazamiento: cuando la economía no respondía, el conflicto se mudaba al plano simbólico. La política se estetizaba.

Para la nueva élite militante, esta estrategia ofrecía una coartada moral perfecta. Era posible habitar barrios cerrados, consumir bienes importados y vacacionar en el exterior sin sentir contradicción alguna, siempre que el discurso permaneciera intacto. La revolución se volvía lingüística; el cuerpo, conservador.

El hartazgo y el péndulo

Toda disociación tiene un límite. Cuando la distancia entre el relato y la experiencia cotidiana se vuelve demasiado grande, el lenguaje pierde eficacia. La sociedad comenzó a percibir que la batalla cultural era un lujo de quienes tenían las necesidades básicas resueltas.

En ese vacío emergió la contraofensiva libertaria. El éxito de Milei no radica solo en sus propuestas económicas disruptivas, sino en haber señalado con crudeza esa incomodidad difusa: la sospecha de que el progresismo estatalizado se había convertido en el nuevo orden a conservar.

El concepto de “casta” funcionó porque nombró una experiencia compartida. No denunció solo corrupción, sino hipocresía. Al invertir la estética de la rebeldía, el libertarismo logró algo impensado años atrás: que la derecha apareciera como ruptura y la izquierda como sistema.

Epílogo provisorio

La tragedia de la militancia estatalizada de la “Década Ganada” no fue haber fracasado en transformar las estructuras económicas, sino en haber naturalizado una disociación que terminó vaciando de sentido su propio lenguaje y minando definitivamente su densidad ética. Cuando el igualitarismo se convierte en retórica y el privilegio en experiencia cotidiana, la consecuencia natural es el descrédito y la política pierde irremediablemente su potencia transformadora.

Salir de este ciclo exige algo más que “nuevas canciones”. Exige volver a alinear discurso, cuerpo y práctica. Restituir la incomodidad como valor político. Recordar, en definitiva, que ninguna épica sobrevive demasiado tiempo cuando se la pronuncia desde un despacho climatizado mientras la intemperie sigue afuera.

Petróleo, fuerza y decadencia: Venezuela en la transición del orden global

Por Gustavo Matías Terzaga*

El tiempo es superior al espacio. Los imperialismos siempre buscan ocupar espacios y la grandeza de los pueblos es iniciar procesos».

Papa Francisco.

Para Donald Trump, la cuenca del Caribe Sur no es un espacio marginal, sino el teatro desde el cual pretende reordenar el poder hemisférico. Su objetivo aparente es convertirla en una plataforma de presión directa sobre Venezuela, Colombia y luego México, afectando decididamente a Brasil como potencia regional y miembro de los BRICS y, por traslación geopolítica, a China y Rusia en la disputa por las posiciones; acumulando sanciones, control marítimo, gestos de intimidación y despliegue militar como instrumentos de coerción política. Nada de ello responde seriamente al combate del narcotráfico ni a la migración irregular: expresa, más bien, la pretensión de disciplinar a actores insumisos y de reconfigurar, por la fuerza, el equilibrio regional bajo los términos de Washington. En el centro de esa estrategia se ubica una ambición desesperada y exclusivamente material: asegurar el control de la mayor reserva de petróleo del mundo, pieza clave para sostener el poder energético, financiero y geopolítico en un contexto de transición del orden global.

Lo cierto es que el reciente bombardeo del 3 de enero ordenado por Trump sobre Caracas, que ha dejado casi una centena de muertos, y el secuestro del presidente Maduro y de su esposa, que constituye un acto de violencia extrema que quiebra abiertamente el orden jurídico internacional, vulnera principios básicos de soberanía estatal y sienta un precedente de excepción permanente, donde la fuerza sustituye al derecho como regla de convivencia entre naciones; no expresan dominio, sino impotencia estratégica. Cuando un poder recurre a la fuerza directa para resolver lo que ya no puede encauzar políticamente, exhibe sus límites antes que su fortaleza. Lejos de consolidar autoridad, este tipo de acciones revelan la crisis de una hegemonía que ya no logra organizar el orden regional sin apelar al shock. A diferencia de la primera administración Trump, la violencia actual sustituye a la política porque el imperio ha perdido margen, tiempo y legitimidad en los últimos años. Se encuentra en una verdadera y profunda crisis interna. En ese sentido, Caracas no es sólo un blanco, sino el escenario donde queda expuesta la fragilidad de un poder que necesita golpear la mesa para seguir siendo escuchado. En política, como en la vida de un hombre, la violencia suele ser el lenguaje de la inseguridad.

Cuando Estados Unidos afirma que el hemisferio americano “le pertenece”, no está proclamando fortaleza sino explicitando un límite. La hegemonía plena no necesita ser enunciada; se ejerce sin proclamaciones. Sólo cuando el dominio global se debilita aparece la necesidad de delimitar un espacio propio, de volver a marcar territorio a los tiros.

El momento unipolar y su desgaste

Hasta aquí, Estados Unidos no había necesitado proclamar ni escenificar tanto su dominio; a diferencia del tono vociferante de Donald Trump, su poder se ejercía sin alardes, porque estaba incorporado al funcionamiento mismo del orden internacional. Este orden internacional surgido en 1945, sostenido por instituciones financieras, alianzas militares, un sistema monetario global más monolítico y una poderosa hegemonía cultural, funcionaba como una estructura planetaria integrada bajo liderazgo estadounidense. El mundo, en términos políticos, económicos y simbólicos, ya estaba incorporado a esa arquitectura. Ese esquema se consolidó y se volvió casi incuestionable tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS.

La unipolaridad permitió a Washington ejercer su poder sin recurrir sistemáticamente a la coerción directa para reclamar un determinado territorio. La adhesión al llamado “orden internacional” se presentaba como natural, inevitable y hasta deseable, y por eso no había necesidad de proclamar dominio alguno; casi todo lo era. Sin embargo, cuando esa hegemonía comenzó a resquebrajarse, la coerción volvió a ocupar el centro de la escena, casi siempre ligada a un mismo núcleo material: el control del petróleo. En las últimas décadas, las guerras, invasiones y ocupaciones impulsadas por Estados Unidos tuvieron como escenarios centrales Irak, Afganistán, Libia, Siria y, previamente, Panamá y Yugoslavia, entre otros. En todos los casos, la intervención fue precedida por relatos legitimadores —armas de destrucción masiva, lucha contra el terrorismo, defensa de la democracia o los derechos humanos— que luego se revelaron falsos o deliberadamente manipulados, mientras los intereses energéticos, estratégicos y geopolíticos quedaban sistemáticamente fuera del discurso público.

Un relato de muy mala calidad

Hoy, esa lógica se repite con Venezuela. En nombre de la libertad, la restauración democrática o el combate contra un supuesto “narco-dictador”, se encubre una continuidad histórica donde la narrativa moral funciona como velo de una estrategia energética y geopolítica persistente. La narrativa que se presenta pretende convencernos de que un Estado asentado sobre la mayor reserva de petróleo del mundo necesita financiarse vendiendo droga. Que el problema no es el control de la energía, sino un presidente convertido, súbitamente, en capo narco. Una hipótesis tan forzada y subestimatoria que sólo funciona cuando se suspende toda lógica y se acepta el libreto de la opinión pública internacional sin hacer muchas preguntas al respecto. A esta altura, esa narrativa sólo puede ser eficaz allí donde se renuncia a pensar. Funciona no por lo que emerge de los hechos, sino por la repetición exponencial y el embrutecimiento deliberado, sobre un público atravesado por el cipayismo, la ignorancia y el aspiracionismo, dispuesto a aceptar como propio un relato que legitima su propia subordinación, siempre que venga envuelto en promesas de pertenencia al poder que lo domina.

Hidrocarburos y desdolarización

El dólar sigue siendo la principal moneda de reserva y de comercio internacional, pero su centralidad ya no es excluyente como en las décadas posteriores a 1945 o al fin de la Guerra Fría. La proliferación de acuerdos bilaterales en monedas locales, la diversificación de reservas por parte de potencias emergentes y el uso del sistema financiero como herramienta de sanción aceleraron la búsqueda de alternativas parciales. El resultado es un proceso de erosión gradual de su hegemonía, donde el dólar continúa siendo dominante, pero cada vez más alternativo y menos incuestionable.

Y aquí está el tema. Este proceso de erosión relativa del dólar está íntimamente ligado al petróleo y al sistema del petrodólar, que fue uno de los pilares centrales de la hegemonía estadounidense desde los años setenta. Durante décadas, la obligación de comerciar hidrocarburos en dólares garantizó una demanda global constante de la moneda y financió el poder financiero de Washington, a pura emisión. Hoy, ese esquema comienza a resquebrajarse seriamente. Varios países del BRICS impulsan ventas de energía en monedas locales, acuerdos bilaterales fuera del dólar y mecanismos de compensación alternativos. En ese marco, Venezuela —con las mayores reservas probadas del mundo— adquiere un valor estratégico decisivo; no sólo por el crudo en sí, sino porque su alineamiento puede acelerar o frenar la desdolarización del mercado energético, donde se juega una parte sustantiva del poder global estadounidense. Este es el interés político concreto, pero que se origina en un déficit, en una debilidad.

Por todo ello, la reactivación explícita de la vieja Doctrina Monroe —rebautizada con cinismo en clave contemporánea al estilo Trump— debe leerse al revés de como suele presentarse. No es una señal de expansión, sino de contracción estratégica. Al reclamar América como hemisferio propio, Estados Unidos reconoce implícitamente que ya no controla el resto del mundo. Asia-Pacífico, Eurasia, Medio Oriente, América del Sur y África dejaron de ser espacios de dominación indiscutida y pasaron a ser escenarios de disputa real con otras potencias.

Este giro tiene implicancias profundas. Se trata de una mutación en la narrativa central de la geopolítica contemporánea. El mundo unipolar —sostenido por la ilusión de un “fin de la historia”— se agotó. La emergencia de China como potencia comercial y militar estructural, la persistencia estratégica de Rusia, la articulación de bloques alternativos y la autonomía creciente de regiones enteras obligaron a Estados Unidos a reordenar prioridades, concentrar recursos y asegurar su retaguardia. Aunque ha llegado decididamente tarde.

Las teorías conspirativas

El poder político del chavismo tenderá más a reconfigurar que a disolverse, desplazándose desde una conducción personalista hacia una estructura más colegiada, defensiva y territorializada. ¿Quién puede saberlo hoy?. Pero las versiones sobre una supuesta “entrega” de Maduro, la pasividad de las FANB como sistema defensivo o la idea de que América del Sur ya estaría definitivamente bajo control estadounidense forman parte de una operación clásica de guerra psicológica. Desde las usinas de las agencias de inteligencia de la CIA, buscan desmoralizar, fragmentar y naturalizar el hecho consumado para matar su análisis y su internalización racional. Son hipótesis funcionales al relato del poder, no análisis serios de la realidad. Reducir lo ocurrido a debilidades internas oculta lo central; la decisión estratégica de apropiarse de recursos críticos. El secuestro de Maduro no responde a conspiraciones, traiciones palaciegas ni a claudicaciones internas imaginarias, sino a una causalidad concreta y material: el petróleo venezolano. Estados Unidos dispone, además, del poder tecnológico, la inteligencia y la capacidad operativa para ejecutar este tipo de extracciones con una precisión quirúrgica insuperable, lo que refuerza que no se trata de improvisación ni de caos, sino de una decisión estratégica cuidadosamente planificada que costó decenas de muertos, hermanos cubanos y venezolanos.

La experiencia con Corina Machado es ilustrativa. Celebrada mientras encajó en una coyuntura útil, rápidamente relegada cuando dejó de servir a los objetivos de Washington. Ese es el patrón histórico del poder estadounidense; promoción instrumental circunstancial y abandono. En esa misma lógica, Milei puede pasar de activo valorizado a figura prescindible, por la naturaleza transaccional de ese vínculo lacayo.

Cálculos distintos para la geopolítica de este siglo

Así las cosas, este movimiento que acaba de ejecutar Donald Trump marca un parteaguas histórico. No es el retorno del siglo XX, sino la confirmación de que el siglo XXI ya está en marcha. Un mundo más conflictivo para los países periféricos, más fragmentado, mucho más impredecible y menos ordenado por un solo centro de poder. En ese escenario, las declaraciones de pertenencia de nuestro hemisferio por parte del magnate corredor inmobiliario, Donald Trump, no anuncian la continuidad histórica de dominio eterno; más bien, anuncian el fin de una época de completa hegemonía. La pregunta que queda abierta no es si Estados Unidos seguirá siendo una potencia —lo seguirá siendo—, sino si podrá volver a ser el organizador exclusivo del sistema político internacional y del modelo económico para Occidente. Todo indica que no. Y cuando una potencia deja de organizar el mundo, empieza, inevitablemente, a defender su perímetro. Ese es el verdadero sentido del “nuestro hemisferio”.

Por cierto, la quietud relativa de China y Rusia no es pasividad ni aceptación vinculada a la repartija del mundo, sino cálculo geopolítico. Las potencias que piensan en términos estratégicos no responden a provocaciones con gestos espectaculares, sino con acumulación de ventajas en el tiempo. Comunicar alarma, condenar y observar es parte de una lógica que evita escalar en el terreno elegido por Estados Unidos y traslada el conflicto a planos donde el costo para Washington es mayor: la economía, la energía, las alianzas y la legitimidad internacional. Quienes esperaban una lluvia de misiles desde Oriente cayendo sobre Nueva York, destruyendo por completo la estatua de la Libertad e incendiando la Quinta Avenida, confundieron estrategia con reacción emocional. En la disputa por el orden mundial, la paciencia y el cálculo suelen ser más letal que el estruendo.

Nosotros

No hay lugar para la desesperación ni para el derrotismo, tampoco para las lecturas conspirativas que paralizan. Este momento exige lucidez política, capacidad de leer el proceso en curso con mesura, sin ingenuidad y sin inmovilidad. Ajustar posiciones, fortalecer la unidad regional y comprender que los pueblos no avanzan en línea recta, sino atravesando conflictos, es parte de la tarea histórica. Lo ocurrido en Venezuela no cierra una etapa; la acelera hasta que llegue un día su clausura. Y puede transformarse —si hay conducción, organización y voluntad política— en un punto de maduración para América del Sur. Esto tampoco lo podemos saber ni mucho menos asumirlo como dado, más bien, hay que trabajarlo. Pero la historia no se define por golpes espectaculares, sino por procesos largos, donde toda dominación que se vuelve explícita comienza, también, a mostrar su fragilidad. Por eso, lejos de debilitarnos, este hecho debe convocarnos a pensar mejor, unirnos más y confiar, sin resignación, en la capacidad de nuestros pueblos para construir su propio camino de emancipación. Tal vez —ojalá— sea el herido pueblo venezolano quien tome la palabra y, en medio de la tormenta, nos entregue más de una señal clara sobre el rumbo, la resistencia y el sentido profundo de lo que está en juego.

* El autor es abogado y pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

Sur o no Sur, es la cuestión

Por Alejandro Slokar*

El presente de nuestra latitud se dibuja desde un pergamino de potencias, despojo y represión. Dos grandes mareas —la revolución mercantil del siglo XVI y la industrial del XVIII— nos legaron el mapa jerárquico del mundo. Desde entonces, el colonialismo y su recomposición neocolonial operaron con el método más antiguo: expulsión, trabajo forzado, disciplinamiento de cuerpos y territorios. De esa matriz provino una expropiación eco-biopolítica que convirtió al Sur en zona de sacrificio: patio trasero, cantera, sumidero. Hoy esa gramática se actualiza con disfraz reluciente: un tardocolonialismo 4.0, transhumanista y algorítmico, que encubre la vieja coacción con nueva pulcritud técnica y reinstala, en versión “smart”, la tríada depredación, degradación y violencia.

Ante semejante evidencia, el léxico convencional de los Derechos Humanos —abstracto, universalista, casi de laboratorio— hace tiempo acusa su fatiga: promete más de lo que cumple y enuncia sin transformar. Si la realidad es concreta, la teoría que pretenda interpelarla debe abandonar la torre de cristal y descender al terreno. Ello reclama un gesto epistémico subversivo: reponer la mirada desde el margen situado, desde las propias heridas. No es el Norte el hacedor autorizado de las definiciones; su todavía centralidad geopolítica no legitima el monopolio semántico. Peor, si los criterios de medición quedan capturados por élites tecno-financieras. Las devastaciones estructurales —guerras asimétricas, expoliación económica, miseria programada— se volverán sombras que el sistema nunca pasa a registrar.

De contrario, la política de los vulnerados exige un cosmopolitismo de abajo: no el universalismo vacío del mármol, sino el que emerge de la multitud que resiste. Llamemos a las cosas por su nombre: mercado sin límites, fetichismo tecnocrático, colonialismo reciclado, patriarcado persistente. El idioma tradicional y desecado de los Derechos Humanos —monocultural, individualista— tiende a imaginar una “naturaleza humana” separada del mundo que la sostiene. Ese espejismo lava las manos del sistema que lo produce. La reconstrucción demanda un plural de mundos: la diversidad epistémica como principio de realidad. La memoria de las indignidades no es nostalgia: es prueba de cargo. Sin ella, la teoría se vuelve retórica vacía.

Y cambiar el ángulo importa tanto como cambiar el contenido. Si invertimos la cámara, la historia de los Derechos Humanos no empieza en las iluminaciones norcéntricas, sino en las sombras que las rodean: masacres fundacionales, economías del látigo, soberanías hipotecadas. El crimen de los poderosos no es una anomalía sino una constante que elabora sus propios dispositivos de invisibilización. Allí se prueba que la barbarie no acompaña a la civilización como accidente: la constituye. Y la consustancial herramienta del poder punitivo, como siempre nos enseñó Zaffaroni, conserva la tentación estructural del exterminio. Racismo, clasismo y sexismo no son manchas sobre una tela blanca, sino los hilos con que se tejió la trama. Y, sin embargo, el Norte persiste en leer al mundo como espejo que le devuelve su rostro, de modo que todo lo demás aparece siempre como borrador o un derivado.

Desde este confín no sólo es posible sino urgente ensayar la dislocación necesaria: producir una contraimagen de los Derechos Humanos con materiales de nuestra experiencia, de modo de impedir el “epistemicidio”. Hay que volver contables las lesiones: mortalidad infantil, expectativa de vida, aire y agua respirables, alimento suficiente, acceso real a salud y recreación, empleo digno. No son consignas, son pericias de verificación para un derecho que pretenda eficacia.

La tarea es doble: recuperar la vocación emancipatoria del lenguaje de derechos y, a la vez, reconocer las micro-tácticas de supervivencia que ya operan, invisibles al ojo unipolar. Cinco siglos de colonización —y un tecnoceno que convierte al planeta en probeta psiquiátrica— obligan a actualizar el mapa fundacional y a dibujar uno propio, con brújula situada. La nueva narrativa jurídica que rescate lo humano y lo viviente no es un lujo de cátedra: es un programa de emergencia. Si queremos que el derecho sea algo más que mera geometría del poder, habrá que devolverle espesor histórico y vocación de inmediato remedio. Sólo entonces dejará de ser promesa y la palabra “humano” volverá a tener entidad.

*Juez y profesor titular UBA/UNLP

“Unitarismo y Federalismo” o las “Falsas Antinomias”

Por Omar Auton

Los intelectuales y dirigentes argentinos llevan décadas afirmando que para alcanzar la unidad nacional y llevar el país adelante hay que dejar atrás las discusiones del pasado o “Superar las falsas antinomias”, he aquí, creo, otro de los nudos gordianos a cortar, de las tareas pendientes del peronismo si quiere recuperar su identidad y ser LA alternativa política para construir un futuro mejor. Si una definición clara y tercerista en materia de política exterior debe nacer del análisis detenido, situado y permanente de este mundo vertiginoso y cambiante, la propuesta de un sistema educativo diferente, elaborado y pensado para nuestra realidad y necesidades, que ponga la calidad de la formación e instrucción así como su universalidad en términos de accesibilidad y capacidad de aportar a la integración social, el Federalismo debe ser dotado de sentido en términos de equidad y conjugar las necesidades generales y locales, respetar nuestra historia e identidades parciales, superando el carácter “defensivo” que asumió en nuestros territorios a partir de la balcanización de la América hispánica.

   Ahora bien, si la cuestión sigue generando acalorados debates, que van desde la descarada insistencia de la oligarquía conservadora gobernante en sacrificar la economía y el derecho al futuro de las provincias en el lecho de Procusto del ajuste financiero y la dependencia, hasta las pretensiones separatistas de energúmenos como el gobernador Cornejo, que anclado en la imperdonable cláusula de la Constitución de 1994 cediendo la propiedad de los recursos naturales a las provincias y dejando al alcance de la codicia transnacional el acceso a todos los recursos, exhibió su pretensión de “independizar Mendoza” de la Argentina,  tiene que ser porque lejos de ser una “falsa antinomia” sigue expresando una cuestión nacional irresuelta, que también se origina en la balcanización del siglo XIX y llega a los propios países emergentes, cuyo origen fallido contamina todas las discusiones.

   Escuchaba hace poco a algunos jóvenes, bienintencionados, malvineros, hablar que Argentina nace con las invasiones Inglesas, lo cual es un disparate, bueno sería que leyeran, al menos, el acta de nuestra independencia en 1816, en cuya “Declaración”, dice “ Nos, los representantes de las Provincias en Sud América…” y participan de ella José Mariano Serrano y Mariano Sánchez de Loria por la provincia de Charcas, Pedro Ignacio Rivera por Mizque o José Andrés Pacheco Melo por Chichas, que el mismísimo preámbulo de la de 1853, habla de la “Confederación Argentina”, que su idolatrada Juan Manuel de Rosas jamás reconoció la independencia de Bolivia, que Artigas jamás habló de la independencia del Uruguay, y el término de “Orientales”, deriva de que eran los pueblos que habitaban al este del río, pero como parte de la confederación, continuidad del antiguo Virreinato.

   Esta larga explicación deviene que el concepto de “Unitario” identifica a quiénes impusieron el dominio de la Aduana de Buenos Aires a todos los pueblos del interior, apropiándose durante décadas de la riqueza del trabajo de todas las provincias y por ende decidiendo el modelo de organización política (Constituciones de 1819 y 1826), tanto así que la silla del despacho presidencial aún hoy es denominada “Sillón de Rivadavia”, cuando el tal personaje jamás fue un presidente constitucional de los argentinos ya que fue elegido por los porteños, en base a una constitución porteña y con el rechazo de todo el resto de la Confederación.

   A partir de allí el concepto de “Federal” pasó a identificar a varias corrientes y expresar distintos sentidos en diferentes épocas.

   Un gran argentino, un auténtico patriota, y por ello negado y ocultado por la historia Argentina, Alfredo Terzaga, a quién recién ahora se está reconociendo como intelectual y la vasta obra realizada, incluso como profesor de Historia del Arte, nació en Río Cuarto en 1920, cuando, al decir de otro gran argentino Enrique Lacolla, era “una ciudad donde aún estaba fresca la memoria de la frontera”, en una semblanza escrita por Roberto Ferrero, otro patriota y pensador, en la revista “Política”, al cumplirse el centenario del nacimiento, define este tema de las “falsas antinomias” sosteniendo que Terzaga definía, tres sectores en disputa y no dos “ era una relación triangular, con vértices que jugaban alternativamente según lo permitieras la correlación de fuerzas o las circunstancias del momento: Buenos Aires, Litoral fluvial e Interior…Al puerto único correspondía un fuerte comercio local y extranjero y una gran provincia ganadera que producía para la exportación; en el Interior existía una industria artesanal y un comercio que miraba hacia las tierras de la vieja unidad americana; el Litoral por su parte combinaba ambos modos económicos, tenía industrias que quería proteger y poseía puertos que deseaba habilitar y utilizar sin restricciones pero cuya llave estaba en la boca del estuario, es decir Buenos Aires… el juego de estas tres unidades geo-históricas, sus alianzas y sus enfrentamientos es la clave que alumbra el período que va desde Mayo a la federalización de Buenos Aires en 1880”.

   Dejemos aclarado, siempre siguiendo a Terzaga, que el federalismo tuvo un momento “ofensivo” durante las guerras de la independencia, la pretensión de San Martín y Bolívar de sostener los límites del dominio hispánico como territorios de la Confederación Americana, implicaba reconocer las particularidades que unían y separaban estos pueblos, compartían una historia común desde los incas, anterior a la conquista, luego de ella el mestizaje que hace nacer al “criollo”, una lengua común, una religión común, hasta en los sincretismos con los viejos cultos prehispánicos, el derecho indiano como legislación y también diferencias, el federalismo respetaba la vieja división política de virreinatos y capitanías generales, donde las homogeneidades eran mayores que las diferencias y respetaba las identidades raciales emergentes del encuentro de pueblos originarios-esclavos-conquistadores.

   El fracaso del sueño de construir los “Estados Unidos de Sudamérica” ante la cariocinesis producida por la intromisión política y económica británica y el naciente influjo de Estados Unidos, más las oligarquías locales vinculadas a esos intereses, que obligaron a San Martín a regresar a Mendoza y embarcarse para Europa, protegido por Estanislao López, ante el intento porteño de juzgarlo por traición, al haberse negado a traer su ejército para combatir a Artigas en lugar de cruzar los Andes y libertar a Chile y Perú, traicionaron a Bolívar y lo combatieron hasta su muerte o derrotaron a O´Higgins en Chile. Terzaga dice que estos patriotas tenían una visión “Telescópica “del federalismo americano, pero los pueblos comienzan a retroceder, despojados del poder y se abroquelas en un federalismo “microscópico”, defensivo, encarnado en los Artigas (de todas maneras el más grande de éstos) Ferré, Ibarra, Facundo y explica magistralmente nuestro autor “Mas la relación que existe entre una etapa y la otra, es la misma que se da en la guerra o en la lucha por la personalidad cultural, la que se da cuando un pueblo pasa de las ofensiva a la defensiva” y resalto esa frase por la actualidad de la misma.

   En resumen cuando hablamos del “Federalismo Argentino” estamos hablando de una etapa “microscópica” y defensiva, que se agrava porque además contiene intereses muy diferentes según sus sectores “ Buenos Aires es el concepto que cubre la alianza entre la burguesía mercantil porteña, la oligarquía terrateniente de la provincia y los sectores populares de la ciudad y la campaña, a los que se sumaban el interior unos pocos comerciantes consignatarios de casas mayoristas porteñas y algunos intelectuales deslumbrados por las luces del liberalismo, “El Litoral” designa el vasto frente de gauchos libres, pequeños propietarios rurales, burguesía de las ciudades fluviales y su artesanado, milicias criollas y funcionarios locales dirigido a través de los caudillos, por los estancieros santafesinos y entrerrianos, estrangulados en el fondo de los ríos clausurados por Rivadavia, Rosas o Mitre; “El Interior, finalmente, era la designación de todo ese mundo de artesanos y de industrias domésticas arruinadas por el librecambio, de pastores y de agricultores criollos, de “pardos” y castas de las orillas urbanas y de terratenientes de estancias semiáridas y vacunos guampudos, orientado por clérigos, doctores sin clientela y comerciantes ligados al antiguo y perdido circuito mercantil del Alto Perú y Chile”

   Esta definición no niega ni oculta diferencias internas, Rosas representa un sector capitalista, el del ganado y el saladero, tiene apoyo popular de los peones y los zambos y morenos, y claras diferencias con la burguesía portuaria, los desprecia, pero como ellos y pese a la Ley de Aduanas, valiosa por cierto, y la patriótica defensa ante los bloqueos anglofranceses, retiene el manejo exclusivo de la Aduana en manos de Buenos Aires, de donde provenían el 90% de los fondos del presupuesto de la gobernación, eso explica, esto no lo dice Terzaga sino el firmante, que un conocido traidor y agente inglés como Manuel García haya sido ministro de Rivadavia y de Rosas y que connotados rosistas como Vélez Sarsfield, los Anchorena, Elizalde, el general Pacheco o Lorenzo Torres se pasaran al bando mitrista. Tampoco que los hombres del litoral hayan pendulado entre el enfrentamiento y la claudicación frente a Buenos Aires, eso explica la traición de Urquiza en Pavón y el silencio ante los reclamos del “Interior” para detener el genocidio de los generales uruguayos al servicio de Mitre (Sandes, Paunero) al criollaje que ya en los extremos de lo “defensivo” acompañaban a Peñaloza o Varela frente a la masacre de Paraguay o Paisandú.

   La no comprensión de esta historia, abreviada en exceso por cierto, hace que la intelectualidad de izquierda o progresista no comprenda el contenido del roquismo, como expresión de esa aristocracia provinciana supérstite, de la generación intelectual de Paraná, del primer esbozo de un Ejército Nacional, nacido de la Guerra del Paraguay, que derrota a Arredondo en Santa Rosa, lleva adelante la recuperación de los territorios patagónicos en manos araucanas y federaliza Buenos Aires y su aduana, liquidando un conflicto de 70 años, derrotando a Mitre y Tejedor. Esa federalización iba a exhibir la génesis de un futuro drama nacional, al momento de votar en el congreso por la cesión del territorio de la ciudad de buenos Aires, federalizándolo como Capital Federal, un diputado, hijo de un conocido mazorquero lo que lo llevó a cambiar su apellido paterno de Alén a Alem, Leandro N. Alem vota en contra y acompañará a Bartolomé Mitre en la revolución del 90, otro diputado, sobrino del anterior vota a favor de la federalización y se niega a participar en el 90, su nombre Hipólito Yrigoyen, despuntaban las dos grandes corrientes dentro de la naciente Unión Cívica Radical, la popular y nacional de Don Hipólito y la mitrista y oligárquica que encabezaría Alvear.

   El roquismo agotó su proyecto en pocos años, su líder y creador terminó abrazándose con Mitre, fue el canto del cisne del “Federalismo del Interior”, Julio A. Roca al final de su vida mandó a sus partidarios a acompañar a Yrigoyen, un hombre del autonomismo, Roque Sáenz Peña, promueve la ley que llevará a la presidencia a Yrigoyen, con el voto universal (No incluía a la mujer) por primera vez.

   De ahí en más, el federalismo se fue desdibujando, quedó resumido a partidos provinciales, generalmente conservadores o expresión de minorías oligárquicas locales, los gobiernos populares de Yrigoyen y Perón tuvieron que recurrir continuamente a intervenciones a las provincias, paradojalmente esas medidas tenían un carácter nacional, ya que a diferencia del siglo anterior, eran tomadas por gobiernos que pretendían consolidar un Estado Nacional, una organización del país que respondiera a las necesidades del país y del conjunto del pueblo y el “federalismo” era la expresión de los intereses de sectores económicos que pretendían sostener privilegios y ventajas de minorías, así sirvieron de base a la conformación de fuerzas políticas que acompañaron a las dictaduras luego de 1955 y de 1966, de ahí surgieron las estructuras que permitieron llevar a las elecciones diferentes intentos de continuismo.

   El peronismo osciló entre la cooptación y el enfrentamiento, un Bloquista de San Juan fue dos veces embajador en la URSS designado por Perón y candidato a gobernador en 1962, las elecciones anuladas por Frondizi ante las victorias del peronismo, luego acompañó a Ezequiel Martínez en 1973, candidato de Lanusse y con la dictadura instaurada en 1976, nuevamente embajador en la URSS, la familia Sapag en Neuquén o Silvestre Begnis en Santa Fe son ejemplo de esa relación.

   En los últimos años esas fuerzas provinciales fueron desapareciendo, la crisis y el intenso proceso de implosión del radicalismo fue haciendo aparecer fuerzas que se abroquelaron en sus provincias y/o municipios dedicadas a mantener una política clientelar de cargos legislativos, nacionales, provinciales o municipales, empleos y contratos a partir de esos cargos, han conformado frentes diversos, incluso dentro de las mismas provincias y su política es una estrategia de subsistencia, vendiendo los votos en los tratamientos legislativos a cambio de concesiones mayores o menores, a veces en sus distritos y a veces personales o familiares, han perdido toda ambición de sostener un proyecto nacional, porque abandonaron esa idea desde la muerte de Yrigoyen. El fracaso del gobierno de Alfonsín los llevó a abjurar en muchos casos hasta de las siglas partidarias.

   El peronismo, a partir de 1983, se convirtió en una confederación de caudillos provinciales y dentro de la provincias de jefes comunales, la hegemonía de la provincia de Buenos Aires con Duhalde y el rechazo por desconfianza o desprecio del kirchnerismo, especialmente luego de la muerte de Néstor Kirchner, fue asumiendo una endogamia absoluta del Área Metropolitana de Buenos Aires, su lenguaje, sus ejes discursivos y su visión quedaron impregnados casi en su totalidad de las problemática de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y del conurbano que la rodea.

   Esto provocó la aparición de modelos provinciales (como el “cordobesismo”) que en sus comienzos intentó transitar entre el antikirchnerismo de los sectores rurales, especialmente luego del conflicto surgido a partir de las retenciones a las exportaciones de soja en el año 2008 y el tradicional antiperonismo de las clases medias urbanas, por un lado y la política de zapa que desde la Casa Rosada se aplicó con los gobernadores que no eran incondicionales, que iba desde usar los fondos del Estado y sus organismos (especialmente el PAMI y el Anses) para armar o apoyar grupos disidentes u opositores, hasta abandonarlos a su suerte como ocurrió durante la rebelión policial de Córdoba de 2013 con negocios saqueados y dos muertos.

   Finalmente, este es otro tema que necesitamos aclarar y definir, es insostenible el monopolio ideológico e instrumental porteño-AMBA y al mismo tiempo no se puede tolerar que gobernadores que se dicen peronistas a cambio de los famosos Aportes Tesoro Nacional, apoyen con el voto de sus senadores y diputados la entrega del patrimonio nacional y de los derechos del pueblo argentino. Cierto es que la absoluta ausencias de una conducción del peronismo a nivel nacional que pueda ordenar y conducir una oposición creíble y que contenga las necesidades y demandas de todos es, especialmente, responsable de este “sálvese quien pueda”, no pueden criticar a Milei o a Macri por usar estas metodologías parta obtener las votaciones porque fue lo mismo que hicieron Menem, Néstor Kirchner, Cristina Kirchner y el dúo Fernández-Fernández, esta corruptela no es valiosa o no según quién la usa.

 El peronismo debe recuperar su carácter de Nacional por contener las aspiraciones de todo el país desde La Quiaca hasta la Antártida, Federal, por asumir las diferencias regionales, provinciales y hasta culturales de este territorio, Popular por aquello que el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés, el del pueblo y Latinoamericano en el sentido de asumirse como continuidad de las luchas para construir una Patria Grande y como la expresión más fuerte y superviviente de ellas en América del Sur.

   Si lo hace habrá un futuro y será peronista de lo contrario deberá asumir la responsabilidad de haber abandonado su historia, su doctrina, sus banderas y a nuestro pueblo

VENEZUELA, LA PSIQUIS ASPIRACIONAL DE LA CLASE MEDIA Y MILEI COMO PRODUCTO DEL ROTUNDO FRACASO DE NUESTRA DIRIGENCIA POLÍTICA

Por Gustavo Matías Terzaga

Lo que hoy se invoca sobre Venezuela en nombre de la “restauración democrática” y la “libertad” para justificar el bombardeo a una nación soberana, replica, casi mecánicamente, una misma matriz de injerencia naturalizada. La intervención externa ya no se presenta como una violación del principio de soberanía, sino como una corrección necesaria, un acto pedagógico ejercido desde el centro sobre la periferia, un tutelaje moral que aporta tranquilidad y ubicación en el mundo. Bajo ese relato, bombardear, secuestrar dirigentes o tutelar procesos políticos deja de ser un atropello y pasa a leerse como un servicio civilizatorio.

La opinión pública internacional y medios locales. La operación no es sólo militar o diplomática, es previamente cultural y simbólica. Seguido a una fuerte demonización a cualquier lider o expresión popular, se construye la idea de que la democracia válida es la que cuenta con el aval de Washington, y que cualquier forma de autonomía política es, por definición, atraso, desviación, aislamiento o barbarie. Así, una buena parte de la sociedad argentina puede llegar a aceptar la subordinación como un mal necesario, convencida de que someterse al tutelaje externo es el precio para “volver al mundo”, salir del atraso populista o, en el caso del país bolivariano, de las garras de un narcodictador.

En ese sentido, la mirada de lo que sucede en Venezuela no es una excepción, sino la expresión más cruda de un patrón histórico: la asociación trastocada entre libertad y dependencia, entre sacrificio y renacimiento, entre modernidad y renuncia a la soberanía. Cuando esa lógica contraria al interés nacional y popular se impone, la claudicación deja de percibirse como tal y se convierte en virtud. Y ahí ya no fracasa sólo un gobierno, fracasa la política nacional como proyecto de autodeterminación. Es la antesala de de la entrega, la renuncia y la naturalización de la conciencia del esclavo en nombre de la integración al mundo.

El fracaso de la dirigencia política argentina consiste en haber naturalizado distintas capas de la dependencia; por cipayismo crónico, por prejuicio, genuflexión, falta de formación nacional, ceguera o cobardía, renunció a pensar la soberanía como un valor estratégico y aceptó la injerencia externa como condición de gobernabilidad, creyendo que a la Patria se la defiende con la pluma y la palabra o con un grissín. Y no hablamos de las elites o de gobiernos liberales puestos por el poder económico; nos referimos a gobiernos de reigambre popular.

La sociedad estaba lista para la Libertad. Y hay que decirlo, evidentemente Milei, producto de lo anteriormente mencionado, leyó con precisión dos planos a la vez: en lo social, captó el hartazgo, la despolitización y la disposición a aceptar dependencia a cambio de orden; en lo geopolítico, entendió la restauración del poder estadounidense en el hemisferio y apostó a un alineamiento pleno como estrategia funcional a ese escenario.

RESPETAR LA CONSTITUCIÓN

Por el Colegio Púbico de la Abogacía de la Capital Federal

El mundo del trabajo actual requiere marcos normativos que brinden certidumbre y previsibilidad, así como la adecuación a los profundos cambios tecnológicos de sociedad en que vivimos. El propósito del gobierno expresado en la nota de elevación del proyecto de reforma laboral, es el de modernizar la legislación del trabajo, mejorar la competitividad y fortalecer la seguridad jurídica entre trabajadores/as y empleadores/as.

Empero, resulta necesario advertir que cualquier proceso de actualización normativa en materia laboral debe encuadrarse estrictamente dentro de los límites del bloque de constitucionalidad federal y de los compromisos internacionales asumidos por la República Argentina en materia de derechos de los/as trabajadores/as.

Resulta inconstitucional equiparar la capacidad de negociación de trabajadores/as y empleadores/as, desconociendo la desigualdad estructural de la relación laboral y la función tuitiva del Derecho del Trabajo. Así, la sustitución de la negociación colectiva por acuerdos de voluntad individual o el intento de asimilar el contrato de trabajo a un contrato de derecho privado común, importa un desconocimiento de la protección constitucional vigente.

Es preciso que la reforma propuesta no vacíe de contenido el rol compensador del Derecho del Trabajo, ni debilite sus principios. Una reforma de carácter regresivo que soslaye estas asimetrías, desmerezca el rol de la negociación colectiva y prescinda del diálogo social tripartito, lejos de promover el empleo decente, fomentará la judicialización y aumentará la inseguridad jurídica, desalentando el anclaje de inversiones y perjudicando a la actividad productiva.

Cabe señalar asimismo que es deber institucional de los tribunales inferiores seguir lo resuelto por la Corte Suprema de Justicia de la Nación, pero ello no puede imponerse por vía legal en materia laboral, pues afecta la independencia judicial. En otro orden de ideas, es deber de este Colegio señalar que no puede menoscabarse la tarea de los/as abogados/as mediante la imposición de riesgos derivados de su actuación profesional o bien reduciendo injustificadamente sus honorarios.  

Existe un reclamo ciudadano por una reforma laboral que elimine trabas para el desarrollo productivo y que actualice una legislación pretérita frente a los requerimientos de la sociedad actual; pero el Colegio Público de la Abogacía entiende que los/as señores/as legisladores/as deben ejercer su responsabilidad con apego estricto a los principios constitucionales, entendiendo que solo el respeto a la dignidad del trabajo humano permitirá construir una reforma moderna y sostenible.

Enlace: https://www.cpacf.org.ar/noticia/6632/respetar-la-constitucion

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