Lula logró lo que nadie había conseguido en la historia brasileña: ganar un balotaje después de haber perdido la primera vuelta. No es una anécdota estadística. Es la prueba de que las campañas no se ganan solo en los tableros de los consultores, y de que un pueblo que decide salir a defender lo suyo es capaz de torcer un pronóstico que parecía escrito en piedra. La relevancia geopolítica que tiene el triunfo del PT, en especial, para nuestro país.
Por Víctor Sudamérica
Hay noches de la historia de las contiendas electorales que son imborrables. Esta es una de ellas. Brasil acaba de decirle que no a la restauración de la desigualdad y del odio y Lula será presidente por cuarta vez.
Cuando escribimos esta nota y con el escrutinio casi completo, el Tribunal Superior Electoral lo muestra en torno al 51,7% contra el 48,2% de Flávio Bolsonaro: más de 64 millones de votos contra casi 60 millones. Una ventaja de unos cuatro millones de votos y medio, que no es un paseo pero es una definición. Y lo que pasó entre la primera y la segunda vuelta merece una reflexión, porque trae una enseñanza para todo el continente.
Una remontada que no figuraba en el manual
El 4 de octubre, Flávio Bolsonaro ganó la primera vuelta con el 47% de los votos válidos, frente al 45% de Lula, y superó el techo que le asignaban las encuestas. Los analistas de la prensa tradicional ya redactaban el epitafio: nunca, desde el regreso de la democracia, un candidato que ganó la primera vuelta había perdido el balotaje, además de repetir el apotegma: “ganan las oposiciones”. La campaña del PT, dicho por el propio Lula, había sido la más desorganizada de las que le tocó encabezar. El gobierno cargaba con el desgaste de quien gobierna, con el precio de los alimentos en la mesa de la gente y con la maquinaria mediática repitiendo la palabra «corrupción» como un mantra.
Así y todo Lula logró lo que nadie había conseguido en la historia brasileña: ganar un balotaje después de haber perdido la primera vuelta. No es una anécdota estadística. Es la prueba de que las campañas no se ganan solo en los tableros de los consultores, y de que un pueblo que decide salir a defender lo suyo es capaz de torcer un pronóstico que parecía escrito en piedra.
La calle el reservorio de la dignidad
La clave de esta remontada tiene nombre y apellido colectivo: movilización popular. Tras el golpe de la primera vuelta, una parte mayoritaria del pueblo brasilero entendió que no alcanzaba con administrar encuestas ni con ganar la pelea de los algoritmos.
El domingo 11 de octubre, la avenida Paulista, el corazón financiero de San Pablo, se llenó de banderas rojas en el acto más multitudinario de toda la campaña, según las crónicas de ese día. Una semana antes del balotaje, Caetano Veloso y decenas de artistas encabezaron una movilización en Copacabana. Semanas antes, en Brasilia, miles habían marchado encabezados por Janja. Esa suma de calles, de carreteras, de plazas y de barrios fue la verdadera maquinaria electoral: la que no se compra, no se tercieriza y no se mide en impresiones de pantalla.

El PT y Lula ganaron las calles.
Vale destacar también que la derecha también salió a la calle: Flávio llenó la Paulista el 18 de octubre, sumó al gobernador Tarcísio de Freitas y al alcalde Ricardo Nunes, y plantó su discurso en dos clavos que duelen, el precio de la comida y el hartazgo con el PT. Lo cual no significa que el bolsonarismo sea un fantasma de las redes. Es una fuerza social real, con arraigo, con pastores, con alcaldes, con billetera. Por eso mismo la victoria de hoy vale doble: se ganó en el terreno donde el adversario también juega, el terreno de la presencia física, del cuerpo a cuerpo, del boca a boca en el barrio.
La lección es vieja y siempre nueva: el marketing político digital puede construir un candidato, pero no puede fabricar una mística. Los algoritmos amplifican lo que ya existe; no organizan una columna de cien mil personas. Y el cerco mediático, ese que durante semanas dio por muerto al presidente, se astilla cuando la gente decide hablar por sí misma. La calle sigue siendo el medio de comunicación más antiguo y más difícil de censurar. La sensibilidad popular se impuso, los sectores populares organizaron desde abajo una campaña más allá del comando de campaña del PT.
Lula, cuerpo a cuerpo
El viejo obrero metalúrgico a punto de cumplir 81 años, con todo el derecho a administrar su figura desde el despacho hizo lo contrario: admitió el error, dio un golpe de timón y se puso al frente de la campaña con el cuerpo. Recorrió, caminó, subió a los palcos, se mezcló, se abrazó a su pueblo. Cambió el eje del debate para que la segunda vuelta no fuera un plebiscito sobre el costo de vida sino una elección entre dos proyectos de país, el de la continuidad con inclusión y el de la restauración del pasado oscuro que él mismo señaló. Desde lo discursivo fue impecable, identificar las consecuencias sobre lo que implicaba el proyecto de Bolsonaro su vinculación con el presidente argentino y la metáfora del ajuste y la crueldad funcionó de manera clara para la mayoría de la población argentina.
Lula leyó el momento, reconoció que la primera vuelta fue un llamado de atención, y convirtió la derrota parcial en energía de reorganización. Un dirigente que camina la calle le habla distinto al pueblo que un dirigente que le habla por cadena. La gente percibe la diferencia. La gente siempre la percibe, la comunión entre Lula y su pueblo fue fundamental.
Un mojón para Nuestra América
Mientras tanto para América Latina este triunfo es un enorme alivio y golpe geopolítico. Brasil no era para los Estados Unidos un país más, representa la mitad de Suramérica, es el gigante que sostiene el Mercosur y el eje necesario de cualquier proyecto de integración. Con Bolsonaro hijo en el Planalto, la región habría quedado atrapada en un cerco de gobiernos alineados con el nuevo orden trumpista, empeñados en rifar soberanía a cambio de una foto. Milei mismo se encargó de sostener la candidatura de Bolsonario ofreciendo improperios para Lula llamándolo «presidiario»: la ultraderecha regional ya había elegido su candidato y puesto su bandera en esta elección. El resultado es sin duda un golpe para los planes de Trump y de su lacayo argentino.
Hoy el Brasil de Lula seguirá formando parte BRICS, de la defensa de la Amazonia, de la política exterior propia y del multilateralismo frente al matonaje de las potencias. Sostiene la posibilidad de una América Latina que se piense a sí misma, que negocie en bloque y que no entregue sus recursos estratégicos. Para quienes venimos de la tradición del pensamiento nacional y popular, esto no es una nota de color: es la continuidad de la Patria Grande, la de Bolívar, Perón y Getúlio, la que se hace con unidad o no se hace.
Milei, el otro gran perderdor de la elección.
El regreso de las multitudes
Pero sería un error leer esto solo como un hecho brasileño. Podríamos vincular lo que ocurrió en Brasil como la expresión local de un fenómeno global: el regreso de las movilizaciones masivas como herramienta central de la política, en un tiempo en que la intermediación posmoderna se agotó. Los partidos de siempre, los medios de siempre, las consultoras, los gurúes del twitter y las encuestadoras de siempre se mostraron incapaces de leer el malestar o de canalizarlo. Frente a ese vacío, la gente vuelve a usar su herramienta primaria: juntarse, marchar, ocupar el espacio público y Lula viejo lobo mar conoce de la vieja política, de esa que le cambió la vida a más de 160 millones de brasileros.

Las movilizaciones fueron multitudinarias.
Lo vemos en Estados Unidos, donde el movimiento No Kings reunió a unos siete millones de personas en octubre de 2025, según sus organizadores, y volvió a convocar a más de tres mil concentraciones en marzo de este año. Lo vemos en Europa, donde el deterioro del nivel de vida alimentó en lo que va de 2026 olas de huelgas y marchas en Francia, Italia, Portugal, España y Bélgica, con una participación muy fuerte de la generación más joven. En Milán, por ejemplo, las protestas arrancaron este mismo mes contra la crisis económica, la carestía del combustible y la carga fiscal. Cambian las banderas, cambian los idiomas, pero el diagnóstico de fondo se parece: la gente siente que la mesa está servida para unos pocos y que a ella le tocan las migajas y los sermones. Es que hay un fantasma que recorre la vieja Europa hija del Plan Marshall que hoy empieza a resquebrajarse en la concepción atlantista de la OTAN.
Trump, la ultraderecha y el hartazgo
Y acá aparece el otro dato del termómetro social: el desgaste de las figuras que prometieron romper el sistema y terminaron administrándolo en favor de los de siempre. Donald Trump, el gran faro de la ultraderecha mundial y uno de los grandes perdedores de este domingo, ronda el 40% de aprobación y llegó a marzo con una desaprobación del 59%, la más alta de sus dos mandatos, según una encuesta de Fox News, arrastrando una guerra en Irán que nadie votó y operativos migratorios que indignan a medio país. La promesa de la motosierra y del «hacer grande» a la nación se parece cada vez más a una factura que pagan los de abajo. La derecha totalitaria tiene pie de barros y es cuestión de tiempo.
La ultraderecha mientras vendía rebeldía y entregaba ajuste y América Latina fue la gran estafa virreinal, se encargó de degradar la palabra libertad y entregó a la mayoría del pueblo trabajador a la represión, vendió recursos naturales y entregó alineamiento. Ese es su talón de Aquiles, y Brasil lo está empezando a mostrar.
No hay que confundirse: el 48% que votó a Flávio Bolsonaro es un bloque duro, con anclaje cultural y religioso, que no va a desaparecer porque Lula haya ganado. Pero una cosa es un electorado y otra, una hegemonía. Y la hegemonía de la ultraderecha, que parecía arrolladora hace dos años, hoy muestra grietas. Lula tendrá que gobernar en la calle, como lo fue su campaña, es que la composición misma del congreso brasilero lo indica, si ingresa en un proceso de burocratización el legislativo irá por el obrero metalúrgico, pero esto será cuestión de otro análisis.
La enseñanza para todos nosotros, los que militamos del lado de los pueblos, es simple y brutal. No se gana mirando el celular. Se gana organizando barrio por barrio, sindicato por sindicato, escuela por escuela, con la base sobre la estructura. Se gana con humildad para reconocer los errores y con audacia para volver a la plaza. Se gana, como dijo alguna vez el General, cuando se entiende que la única verdad es la realidad, y que la realidad se cambia con el pueblo adentro.
El 5 de enero, Lula asumirá su cuarta presidencia.
Hoy Brasil nos regala unas horas de alegría, y la alegría también es una trinchera. Mañana habrá que volver a organizarse. Porque la calle es la calle, y mientras haya calle, hay futuro. Que viva el pueblo brasilero y la sapiencia del viejo conducto, Lula.

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