Entre la parroquia y el sindicato: la Iglesia y los trabajadores argentinos, un siglo de encuentros y disputas

Por Emmanuel Bonforti (*)

Una pregunta que vuelve con cada visita papal

Cada vez que un Papa pisa suelo argentino, algo del pasado se reactiva sin que nadie lo convoque del todo. La confirmación de la llegada de León XIV en noviembre vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que no nació con esta visita ni se agota en ella: ¿qué relación tuvo históricamente la Iglesia Católica con los trabajadores argentinos y sus organizaciones?

LeonXIV-1

La respuesta rápida, la de la efeméride suelta o el titular de ocasión, suele simplificar demasiado. A veces se la imagina como una institución ajena al mundo del trabajo, mirando desde afuera la conflictividad obrera. Otras veces se la retrata como aliada natural del movimiento sindical, sin matices ni fisuras. Ninguna de las dos imágenes resiste el archivo. La verdadera historia es más incómoda y más rica: una Iglesia atravesada por posiciones diversas, a veces enfrentadas entre sí, que en distintos momentos intervino, organizó, disputó y también reprimió, según el sector, la época y el proyecto político en juego. Y un movimiento obrero que tampoco fue un bloque homogéneo frente a esa presencia.

Recorrer esa historia no es un ejercicio de curiosidad religiosa. Es memoria de lucha, porque en esas siete u ocho décadas se juega buena parte de las tensiones, organización, disputa ideológica, formación de dirigentes, control social, elementos que siguen atravesando al sindicalismo argentino.

La cuestión social y la respuesta de Roma

El punto de partida hay que buscarlo en las últimas décadas del siglo XIX, cuando la Argentina agroexportadora se transforma a un ritmo vertiginoso. La inmigración masiva, la expansión del trabajo asalariado y el crecimiento de las ciudades generan una masa obrera nueva, hacinada en conventillos y expuesta a jornadas extenuantes. En ese contexto empieza a hablarse, en Europa y en América Latina, de la «cuestión social»: cómo responder a la pobreza y la conflictividad que trae consigo el capitalismo industrial, sin abrazar las respuestas revolucionarias del socialismo ni el individualismo del liberalismo económico. He aquí el primer punto de este encuentro.

La Iglesia Católica da su respuesta doctrinal en 1891, con la encíclica Rerum Novarum de León XIII, sí justo el antecesor de León XIV. El texto reconoce la legitimidad de las demandas obreras —salario justo, límites a la jornada, derecho de asociación— pero las enmarca en una visión de armonía entre capital y trabajo, alejada tanto de la lucha de clases como del laissez-faire del credo liberal. Es, en ese sentido, una tercera vía: ni revolución ni indiferencia, sino intervención social guiada por la doctrina cristiana. Ese documento se convertirá en la matriz de lo que después se llamará catolicismo social, una corriente que en la Argentina tendrá expresiones concretas y duraderas que impactaron en el Proyecto de Justicia Social iniciado en 1946.

Grote, los Círculos y la disputa por el alma del obrero

La primera de esas expresiones llega apenas un año después. En 1892, el sacerdote alemán Federico Grote funda en Buenos Aires los Círculos de Obreros Católicos, con sede en la Federación de Junín 1063. La historiografía coincide en señalarles una doble función. Por un lado, ofrecían a los trabajadores algo muy concreto: mutuales de socorro, viviendas obreras, bibliotecas, espacios de sociabilidad y formación religiosa. Por otro, respondían a un objetivo explícitamente político: disputarle a los socialistas y a los anarquistas, que por esos años organizaban con fuerza creciente al movimiento obrero porteño, la representación y la lealtad de esa masa de trabajadores, muchos de ellos inmigrantes europeos que llegaban con experiencia sindical y militancia previa.

Labor circulo obreros catolicos

Grote lo llamaba «armonización de clases» algo que aparecerá tiempo más tarde en la filosofía peronista de la comunidad organizada: la idea de que el conflicto obrero-patronal podía resolverse dentro del orden social existente, con la mediación de la Iglesia y sin necesidad de romper con la propiedad privada ni con la autoridad establecida. Es una figura importante, pero conviene no detenerse demasiado en ella: los Círculos no son el final de una historia sino su primera estación. Fueron, además, una experiencia con límites claros: nunca lograron convertirse en la fuerza sindical mayoritaria que sus impulsores imaginaban, y buena parte de la clase obrera organizada siguió construyendo sus propias herramientas gremiales por fuera de la órbita católica.

1919: el catolicismo social ante la Semana Trágica

Casi tres décadas después, ese catolicismo social organizado en torno a los Círculos de Obreros es puesto a prueba por uno de los episodios más violentos de la historia obrera argentina. En enero de 1919, una huelga que había comenzado en los talleres metalúrgicos Vasena su escalada hacia el paro general fue liderada por organizaciones anarquistas y socialistas nucleadas en la FORA, no por el catolicismo social.

vasena semana tragica

Los Círculos de Grote no fueron protagonistas del conflicto ni acompañaron la huelga revolucionaria: su intervención fue posterior y de otro signo. Frente a la ola represiva —que incluyó el accionar parapolicial de la Liga Patriótica y derivó en un pogromo contra la comunidad judía del barrio de Once— el catolicismo social porteño asumió un rol activo en la defensa del orden, presentándose como una «tercera vía» frente a lo que percibía como el doble peligro del momento: el Bolchevismo revolucionario, por un lado, y un liberalismo incapaz de contener el conflicto social, por el otro. Antes que un actor de la protesta obrera, los Círculos actuaron como un actor de contención ideológica, capitalizando el clima de la Semana Trágica para reafirmar su propio proyecto de armonización de clases como alternativa moderada y cristiana a la lucha de clases

Entre los años veinte y los años treinta: reacomodamientos

En las décadas siguientes, el catolicismo argentino no permanece estático. Crecen otras formas de organización laica, la Acción Católica Argentina se funda en 1931, siguiendo el modelo de división por ramas que venía impulsando el Vaticano y se profundiza el debate interno sobre cómo la Iglesia debía relacionarse con el mundo del trabajo. Los Círculos de Obreros, ya desgastados, dejan de ser la herramienta principal. Aparecen intentos, todavía incipientes, de organizar específicamente a los jóvenes trabajadores católicos: hacia 1935 empiezan los primeros ensayos en esa dirección, inspirados en una experiencia que venía creciendo en Europa desde mediados de la década anterior.

accion catolica argentina

La Juventud Obrera Católica: un cambio de escala

Esa experiencia europea tenía nombre y fecha de origen: la Juventud Obrera Católica (JOC), fundada en Bélgica en 1924 por el sacerdote Joseph Cardijn, hijo de un minero, con el objetivo declarado de reconciliar a la Iglesia con la clase obrera industrial. En la Argentina, la JOC se organiza formalmente en 1940, con el respaldo del episcopado y el impulso de sacerdotes como Enrique Rau y Emilio Di Pasquo, además del acompañamiento de laicos como Enrique Shaw.

Lo que distingue a la JOC de la experiencia de los Círculos no es un detalle menor: mientras estos últimos habían intentado nuclear a los trabajadores en organizaciones católicas propias, una suerte de sindicalismo confesional paralelo, la JOC se planteaba otra cosa. No buscaba crear gremios católicos separados, sino formar militantes cristianos capaces de actuar dentro de los sindicatos ya existentes, adoptando un criterio organizativo de clase inédito hasta entonces en el asociacionismo católico argentino: el apostolado se ejercía en el lugar de trabajo, entre pares, y no desde una estructura paralela al movimiento obrero real.

Ese giro no es casual. Para 1940, el sindicalismo argentino ya tenía décadas de desarrollo autónomo, con una CGT fundada en 1930 y tradiciones socialistas, comunistas y sindicalistas revolucionarias fuertemente arraigadas. La apuesta de la JOC era, en el fondo, la actualización de aquella vieja disputa que había motivado a Grote medio siglo antes: influir sobre la clase obrera y disputarle terreno a las corrientes de izquierda, pero ahora desde adentro de sus propias organizaciones, no desde afuera.

Tensiones que no se resolvieron nunca del todo

La JOC tampoco fue una experiencia sin conflictos. Convivió con tensiones dentro del propio mundo católico: entre una jerarquía eclesiástica que la había impulsado como herramienta de contención y militantes jocistas que, con el tiempo, desarrollaron una lectura cada vez más crítica de las desigualdades sociales y más comprometida con las luchas concretas de los trabajadores.

juventud obrera catolica argentina
Enrique Rau y Emilio Di Pasquo

Esas tensiones entre jerarquía, militancia de base y mundo sindical no son un capítulo cerrado en 1940. Son, de hecho, la puerta hacia la década siguiente, cuando la irrupción del peronismo reconfigure por completo el mapa de relaciones entre catolicismo, Estado y movimiento obrero, y hacia experiencias posteriores del catolicismo social y popular argentino que esta serie de notas de «Memoria en lucha» retomará en las próximas entregas.

Una historia larga, no una respuesta cerrada

Visto en conjunto, el recorrido desde Rerum Novarum hasta la Juventud Obrera Católica desmiente cualquier lectura plana. No hubo una sola Iglesia frente al movimiento obrero, sino múltiples posiciones que convivieron, compitieron y a veces se enfrentaron entre sí: la asistencia social y la defensa del orden, la disputa ideológica con la izquierda y el intento de formar militancia propia, la cercanía real con las condiciones de vida obreras y, en momentos clave como 1919, la connivencia con la represión.

Tampoco hubo un movimiento obrero uniforme frente a la Iglesia: sectores que vieron en el catolicismo social un competidor a derrotar, otros que encontraron en sus estructuras un espacio de organización posible, y trabajadores católicos que, con el correr de las décadas, terminaron construyendo sus propias síntesis entre fe y militancia sindical.

Esa es la historia que conviene tener presente cuando la visita de un Papa vuelve a poner en la agenda pública la relación entre la Iglesia y los trabajadores argentinos. No para buscar en el pasado una respuesta cómoda sobre lo que «debería» pasar hoy, sino para entender que ese vínculo tiene en la Argentina una trayectoria mucho más larga, más disputada y más compleja de lo que la coyuntura suele permitir ver.

* Columnista de Mundo Gremial: «Memoria de Lucha: Archivo Vivo del Sindicalismo Argentino». Docente de la materia Pensamiento Nacional y Latinoamericano, Departamento de Planificación y Políticas de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa)

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