Entre la parroquia y el sindicato: la Iglesia y los trabajadores argentinos, un siglo de encuentros y disputas

Por Emmanuel Bonforti (*)

Una pregunta que vuelve con cada visita papal

Cada vez que un Papa pisa suelo argentino, algo del pasado se reactiva sin que nadie lo convoque del todo. La confirmación de la llegada de León XIV en noviembre vuelve a poner sobre la mesa una pregunta que no nació con esta visita ni se agota en ella: ¿qué relación tuvo históricamente la Iglesia Católica con los trabajadores argentinos y sus organizaciones?

LeonXIV-1

La respuesta rápida, la de la efeméride suelta o el titular de ocasión, suele simplificar demasiado. A veces se la imagina como una institución ajena al mundo del trabajo, mirando desde afuera la conflictividad obrera. Otras veces se la retrata como aliada natural del movimiento sindical, sin matices ni fisuras. Ninguna de las dos imágenes resiste el archivo. La verdadera historia es más incómoda y más rica: una Iglesia atravesada por posiciones diversas, a veces enfrentadas entre sí, que en distintos momentos intervino, organizó, disputó y también reprimió, según el sector, la época y el proyecto político en juego. Y un movimiento obrero que tampoco fue un bloque homogéneo frente a esa presencia.

Recorrer esa historia no es un ejercicio de curiosidad religiosa. Es memoria de lucha, porque en esas siete u ocho décadas se juega buena parte de las tensiones, organización, disputa ideológica, formación de dirigentes, control social, elementos que siguen atravesando al sindicalismo argentino.

La cuestión social y la respuesta de Roma

El punto de partida hay que buscarlo en las últimas décadas del siglo XIX, cuando la Argentina agroexportadora se transforma a un ritmo vertiginoso. La inmigración masiva, la expansión del trabajo asalariado y el crecimiento de las ciudades generan una masa obrera nueva, hacinada en conventillos y expuesta a jornadas extenuantes. En ese contexto empieza a hablarse, en Europa y en América Latina, de la «cuestión social»: cómo responder a la pobreza y la conflictividad que trae consigo el capitalismo industrial, sin abrazar las respuestas revolucionarias del socialismo ni el individualismo del liberalismo económico. He aquí el primer punto de este encuentro.

La Iglesia Católica da su respuesta doctrinal en 1891, con la encíclica Rerum Novarum de León XIII, sí justo el antecesor de León XIV. El texto reconoce la legitimidad de las demandas obreras —salario justo, límites a la jornada, derecho de asociación— pero las enmarca en una visión de armonía entre capital y trabajo, alejada tanto de la lucha de clases como del laissez-faire del credo liberal. Es, en ese sentido, una tercera vía: ni revolución ni indiferencia, sino intervención social guiada por la doctrina cristiana. Ese documento se convertirá en la matriz de lo que después se llamará catolicismo social, una corriente que en la Argentina tendrá expresiones concretas y duraderas que impactaron en el Proyecto de Justicia Social iniciado en 1946.

Grote, los Círculos y la disputa por el alma del obrero

La primera de esas expresiones llega apenas un año después. En 1892, el sacerdote alemán Federico Grote funda en Buenos Aires los Círculos de Obreros Católicos, con sede en la Federación de Junín 1063. La historiografía coincide en señalarles una doble función. Por un lado, ofrecían a los trabajadores algo muy concreto: mutuales de socorro, viviendas obreras, bibliotecas, espacios de sociabilidad y formación religiosa. Por otro, respondían a un objetivo explícitamente político: disputarle a los socialistas y a los anarquistas, que por esos años organizaban con fuerza creciente al movimiento obrero porteño, la representación y la lealtad de esa masa de trabajadores, muchos de ellos inmigrantes europeos que llegaban con experiencia sindical y militancia previa.

Labor circulo obreros catolicos

Grote lo llamaba «armonización de clases» algo que aparecerá tiempo más tarde en la filosofía peronista de la comunidad organizada: la idea de que el conflicto obrero-patronal podía resolverse dentro del orden social existente, con la mediación de la Iglesia y sin necesidad de romper con la propiedad privada ni con la autoridad establecida. Es una figura importante, pero conviene no detenerse demasiado en ella: los Círculos no son el final de una historia sino su primera estación. Fueron, además, una experiencia con límites claros: nunca lograron convertirse en la fuerza sindical mayoritaria que sus impulsores imaginaban, y buena parte de la clase obrera organizada siguió construyendo sus propias herramientas gremiales por fuera de la órbita católica.

1919: el catolicismo social ante la Semana Trágica

Casi tres décadas después, ese catolicismo social organizado en torno a los Círculos de Obreros es puesto a prueba por uno de los episodios más violentos de la historia obrera argentina. En enero de 1919, una huelga que había comenzado en los talleres metalúrgicos Vasena su escalada hacia el paro general fue liderada por organizaciones anarquistas y socialistas nucleadas en la FORA, no por el catolicismo social.

vasena semana tragica

Los Círculos de Grote no fueron protagonistas del conflicto ni acompañaron la huelga revolucionaria: su intervención fue posterior y de otro signo. Frente a la ola represiva —que incluyó el accionar parapolicial de la Liga Patriótica y derivó en un pogromo contra la comunidad judía del barrio de Once— el catolicismo social porteño asumió un rol activo en la defensa del orden, presentándose como una «tercera vía» frente a lo que percibía como el doble peligro del momento: el Bolchevismo revolucionario, por un lado, y un liberalismo incapaz de contener el conflicto social, por el otro. Antes que un actor de la protesta obrera, los Círculos actuaron como un actor de contención ideológica, capitalizando el clima de la Semana Trágica para reafirmar su propio proyecto de armonización de clases como alternativa moderada y cristiana a la lucha de clases

Entre los años veinte y los años treinta: reacomodamientos

En las décadas siguientes, el catolicismo argentino no permanece estático. Crecen otras formas de organización laica, la Acción Católica Argentina se funda en 1931, siguiendo el modelo de división por ramas que venía impulsando el Vaticano y se profundiza el debate interno sobre cómo la Iglesia debía relacionarse con el mundo del trabajo. Los Círculos de Obreros, ya desgastados, dejan de ser la herramienta principal. Aparecen intentos, todavía incipientes, de organizar específicamente a los jóvenes trabajadores católicos: hacia 1935 empiezan los primeros ensayos en esa dirección, inspirados en una experiencia que venía creciendo en Europa desde mediados de la década anterior.

accion catolica argentina

La Juventud Obrera Católica: un cambio de escala

Esa experiencia europea tenía nombre y fecha de origen: la Juventud Obrera Católica (JOC), fundada en Bélgica en 1924 por el sacerdote Joseph Cardijn, hijo de un minero, con el objetivo declarado de reconciliar a la Iglesia con la clase obrera industrial. En la Argentina, la JOC se organiza formalmente en 1940, con el respaldo del episcopado y el impulso de sacerdotes como Enrique Rau y Emilio Di Pasquo, además del acompañamiento de laicos como Enrique Shaw.

Lo que distingue a la JOC de la experiencia de los Círculos no es un detalle menor: mientras estos últimos habían intentado nuclear a los trabajadores en organizaciones católicas propias, una suerte de sindicalismo confesional paralelo, la JOC se planteaba otra cosa. No buscaba crear gremios católicos separados, sino formar militantes cristianos capaces de actuar dentro de los sindicatos ya existentes, adoptando un criterio organizativo de clase inédito hasta entonces en el asociacionismo católico argentino: el apostolado se ejercía en el lugar de trabajo, entre pares, y no desde una estructura paralela al movimiento obrero real.

Ese giro no es casual. Para 1940, el sindicalismo argentino ya tenía décadas de desarrollo autónomo, con una CGT fundada en 1930 y tradiciones socialistas, comunistas y sindicalistas revolucionarias fuertemente arraigadas. La apuesta de la JOC era, en el fondo, la actualización de aquella vieja disputa que había motivado a Grote medio siglo antes: influir sobre la clase obrera y disputarle terreno a las corrientes de izquierda, pero ahora desde adentro de sus propias organizaciones, no desde afuera.

Tensiones que no se resolvieron nunca del todo

La JOC tampoco fue una experiencia sin conflictos. Convivió con tensiones dentro del propio mundo católico: entre una jerarquía eclesiástica que la había impulsado como herramienta de contención y militantes jocistas que, con el tiempo, desarrollaron una lectura cada vez más crítica de las desigualdades sociales y más comprometida con las luchas concretas de los trabajadores.

juventud obrera catolica argentina
Enrique Rau y Emilio Di Pasquo

Esas tensiones entre jerarquía, militancia de base y mundo sindical no son un capítulo cerrado en 1940. Son, de hecho, la puerta hacia la década siguiente, cuando la irrupción del peronismo reconfigure por completo el mapa de relaciones entre catolicismo, Estado y movimiento obrero, y hacia experiencias posteriores del catolicismo social y popular argentino que esta serie de notas de «Memoria en lucha» retomará en las próximas entregas.

Una historia larga, no una respuesta cerrada

Visto en conjunto, el recorrido desde Rerum Novarum hasta la Juventud Obrera Católica desmiente cualquier lectura plana. No hubo una sola Iglesia frente al movimiento obrero, sino múltiples posiciones que convivieron, compitieron y a veces se enfrentaron entre sí: la asistencia social y la defensa del orden, la disputa ideológica con la izquierda y el intento de formar militancia propia, la cercanía real con las condiciones de vida obreras y, en momentos clave como 1919, la connivencia con la represión.

Tampoco hubo un movimiento obrero uniforme frente a la Iglesia: sectores que vieron en el catolicismo social un competidor a derrotar, otros que encontraron en sus estructuras un espacio de organización posible, y trabajadores católicos que, con el correr de las décadas, terminaron construyendo sus propias síntesis entre fe y militancia sindical.

Esa es la historia que conviene tener presente cuando la visita de un Papa vuelve a poner en la agenda pública la relación entre la Iglesia y los trabajadores argentinos. No para buscar en el pasado una respuesta cómoda sobre lo que «debería» pasar hoy, sino para entender que ese vínculo tiene en la Argentina una trayectoria mucho más larga, más disputada y más compleja de lo que la coyuntura suele permitir ver.

* Columnista de Mundo Gremial: «Memoria de Lucha: Archivo Vivo del Sindicalismo Argentino». Docente de la materia Pensamiento Nacional y Latinoamericano, Departamento de Planificación y Políticas de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa)

GACETILLA DE PRENSA

El 4° Abrazo Continental reunió a 150 jóvenes líderes de América Latina en el marco del Festival Internacional de la Juventud 2026

Ekaterimburgo, Rusia – 15 de septiembre de 2026. Con la participación de 150 jóvenes líderes de América Latina, se realizó el 4° Abrazo Continental, un encuentro organizado por el Centro de Integración y Cooperación con Rusia y América Latina (CICRAL) en el Pabellón 2, en el marco de la exposición «Rusia With You», en el marco del Festival Internacional de la Juventud (IFY 2026).

La actividad contó con el acompañamiento de Rossotrudnichestvo, representado por su Subdirector Konstantin Kolpakov; del IFY 2026, con la presencia de Aleksandra Osmolovskaia, Asesora Principal del Departamento de Cooperación Internacional para América Latina; y de María Prokofeva, del Centro de Interacción y Cooperación (CIC).

Durante el encuentro, los participantes trabajaron sobre tres ejes centrales:

· La soberanía como principio fundamental para el desarrollo autónomo de nuestras naciones.

· La unidad del continente frente a los desafíos que se avecinan en un mundo en transformación.

· La responsabilidad generacional de la juventud para estar a la vanguardia y a la altura del futuro que se está construyendo.

El encuentro contó con discursos de referentes de distintos países de la región, quienes compartieron sus miradas y experiencias, y convocaron a las nuevas generaciones a asumir un rol protagónico en la construcción de un mundo multipolar basado en la cooperación, la justicia y la amistad entre los pueblos.

En palabras de Sandra Hoffman, Directora Internacional de CICRAL, “En este mundo multipolar tenemos la oportunidad y el deber de poner a nuestro continente en el lugar que merece, y es nuestra generación quien va a lograrlo”

Sus declaraciones resumen el espíritu de este encuentro y el compromiso de la organización con la juventud de la región.

El primer Abrazo Continental se realizó en Sochi, Rusia, en 2024, en el marco del Festival Mundial de la Juventud (WYF). Desde entonces, se ha convertido en un encuentro clásico y muy esperado por los jóvenes de la región, consolidándose como un espacio de referencia para la integración latinoamericana y la proyección global de sus participantes.

La actividad se desarrolló en un contexto de creciente articulación entre los pueblos de Rusia y América Latina, en el que la diplomacia pública y la participación de las nuevas generaciones ocupan un lugar central. El IFY 2026 se consolidó como un espacio clave para el diálogo internacional y el intercambio de experiencias entre jóvenes de todo el mundo.

Sobre CICRAL

El Centro de Integración y Cooperación con Rusia y América Latina (CICRAL) es una organización no gubernamental creada para impulsar, desde la diplomacia pública, las relaciones entre Rusia y América Latina en todos sus ámbitos: político, económico, académico, cultural y deportivo. Con presencia en 17 países, trabaja con la convicción de que el fortalecimiento de los vínculos entre nuestras regiones requiere la participación activa de los pueblos, sus instituciones y organizaciones.

Contacto de prensa: Axel Oviedo +54 9 11 72398809

CICRAL – Comunicación

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Sitio web: http://www.cicral.com

ENTRE LA ONU Y EL FMI, LA ARGENTINA. 

Por Gustavo Matías Terzaga. Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE, de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

Nuestra interpretación histórica de la transición democrática iniciada en 1983 sostiene que el proceso concentró su mayor esfuerzo en el juzgamiento de los responsables militares del terrorismo de Estado, mientras otorgó un tratamiento muy distinto al papel desempeñado por diversos actores civiles —empresariales, económicos, técnicos y políticos— que participaron en el diseño, la implementación y que resultaron beneficiados por el programa económico de la última dictadura genocida iniciada el 24 de marzo de 1976. Y esta diferencia no constituye un dato menor, sino uno de los rasgos centrales del orden democrático para entender los “porqué” del drama nacional al cual asistimos los argentinos en la actualidad.

La dictadura vino a destruir un país concreto, el país que deseamos y deberíamos vivir, el país de Perón, el de la industria, el trabajo organizado, el de la dignidad y el protagonismo popular. Esa tarea no fue obra de “los milicos” en abstracto —a quienes se les adjudicó casi en soledad una labor que los excedía—, sino de un bloque de poder mucho más amplio y profundo que hoy está más fuerte y vigente que en aquel entonces, claro. La dictadura cívico/militar ejerció una violencia directa, visible y concentrada; recurrió a la represión ilegal, el secuestro, la tortura y la desaparición forzada de personas mediante el aparato coercitivo del Estado para imponer un proyecto económico permanente. La eficacia de la «dictadura económica» es difusa pero acumulativa, por lo que la atribución de responsabilidades resulta más compleja; ya que no se manifiesta en un único acontecimiento sino en procesos prolongados vinculados a una economía para la Argentina que involucra decisiones de múltiples gobiernos, organismos, empresas y actores políticos a lo largo del tiempo, lo que dificulta identificar una única cadena de responsabilidad, pero que arroja a la muerte y a la indignidad a millones de compatriotas. 

Lo cierto es que la recuperación de las instituciones representativas convivió con una continuidad monolítica de la estructura económica heredada del régimen cívico/militar. El avance sobre las responsabilidades penales por las violaciones a los derechos humanos y delitos de lesa humanidad no fue acompañado por una revisión equivalente de los instrumentos económicos que habían definido el rumbo del país entre 1976 y 1983. En ese contexto, no nos cansamos de señalar, como ejemplo, la permanencia inalterada de la Ley de Entidades Financieras de 1977, cuya vigencia hasta nuestros días es el síntoma más elocuente del déficit soberano de la democracia argentina post Malvinas, y de la persistencia de un modelo económico que sigue operando en beneficio de los sectores financieros, especulativos, fugadores, evasores y, claro está, en detrimento del aparato productivo, el trabajo y la soberanía nacional. Y no nos engañemos, ni el propio Kirchnerismo, siendo aquellos los mejores gobiernos que el pueblo se supo dar luego de la muerte del General Perón; revisó las condiciones de completa rendición que implicó el Acuerdo de Madrid firmado por Menem y su canciller Domingo Cavallo en 1990, y que permitieron el avance de las políticas desmalvinizadoras del liberalismo argentino; las de desindustrialización, desmilitarización, cientificidio, deculturación y despoblamiento. 

Y aquí subyace una verdad incómoda. La dictadura militar fue derrotada políticamente, y eso representó un verdadero triunfo popular para la hora; pero no económicamente, por ello, la democracia se instaló sobre el andamiaje económico de la dictadura y, en muchos aspectos, lo terminó legitimando. 

Si la dirigencia del campo nacional no comprende esto, le será imposible construir una democracia para el pueblo. Y si lo comprende pero no asume el compromiso de enfrentar la complejidad estructural que subyace, solo acepta administrar la dependencia en clave nacional y popular. Vale decir, existen problemas urgentes y problemas importantes; cuando dejemos de correr con el balde atrás de la gotera, y veamos dónde y por qué filtra, tal vez los argentinos podamos encontrar soluciones nacionales a los problemas nacionales. 

Las placas tectónicas

Lo cierto es que las consecuencias políticas y materiales que evidenciamos, por caso la institucionalización de la pobreza de casi la mitad de nuestros compatriotas en un país rico, extenso y despoblado; los bajísimos niveles de soberanía efectiva; la brutal injerencia externa; la ausencia de control sobre recursos estratégicos; la fuga de divisas; la devaluación de nuestra moneda; la cada vez más progresiva pérdida de identidad histórica del peronismo; o el hecho de tener un desquiciado adorador de Margareth Thatcher en la presidencia, encuentran su lógico resultado a partir de la naturalización de la supervivencia de la dictadura económica que heredamos casi sin crítica desde mediados de los ´70 para acá. Así, ciertos conflictos políticos contemporáneos no pueden comprenderse únicamente desde la coyuntura y la dialéctica que atrae la alternancia partidaria, sino también a la luz del inmenso vacío estructural y de las continuidades institucionales, políticas, jurídicas, culturales y económicas que atravesaron la transición democrática desde el Alfonsinismo hasta hoy.

La historia argentina es elocuente en este punto; cada vez que el campo nacional y sus conducciones evitaron ir al fondo de las relaciones de poder y se limitaron a administrar coyunturas y a adecuarse con algo de virtuosismo superficial en determinados esquemas políticos temporales, los problemas regresan con mayor intensidad. Por eso, detrás de cada crisis aparentemente circular y de cada reconfiguración política, de cada pequeño avance y cada gran retroceso, detrás de cada sismo político como la proscripción de Cristina, subyace una disputa de alcance mayor; la confrontación entre dos concepciones distintas sobre el papel del Estado, la organización de la economía, el ejercicio de la soberanía, la idea de comunidad nacional y la forma en que la Argentina se vincula con el mundo. No se trata de nombres ni de etapas aisladas, sino de una constante; los límites y la dificultad para disputar y transformar las estructuras que sostienen la dependencia. Cuando esa decisión se posterga, sobreviene el retroceso agudo. En ese sentido, el presente no es una anomalía sino una consecuencia y una enseñanza. Milei no surge de la nada, sino de décadas de intentos inconclusos y de un poder antinacional que nunca fue plenamente desarmado.  

El ataque judicial a Cristina. La interpretación de su defensa

El Kirchnerismo concentra su energía política, por un lado, en la denuncia internacional de la condena penal y la inhabilitación de Cristina Fernández de Kirchner, y por otro, en el ataque unilateral hacia el Gobernador bonaerense Axel Kicillof, en la mal llamada interna en el peronismo del AMBA. Lo cierto es que la expresidenta llevó su caso ante el Comité de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, donde sostiene que su proceso judicial vulneró garantías procesales fundamentales y estuvo atravesado por persecución política y machismo estructural. Su defensa solicitó, entre otras medidas, la suspensión de la inhabilitación que le impide ejercer cargos públicos. Lo cierto aquí, es que Cristina tiene el derecho y el deber de ejercer su defensa con todos los recursos que considere apropiados y que encuentre disponibles cuando las instancias judiciales domésticas fueron agotadas. Al mismo tiempo, los argentinos no podemos naturalizar que la justicia juzgue a una dirigente dos veces por el mismo hecho, sin juez natural, trasladando la competencia, sin pruebas penales objetivas y por un ilícito que no cometió. No lo podemos permitir.

La Carta y su dimensión histórica

Pero veamos un punto importante para el análisis político. La Carta difundida por Cristina señala, entre otras cosas, que su situación se debe a «un machismo estructural que todavía subsiste en sectores del sistema judicial argentino». Y sigue: “Estamos frente a una manifestación del profundo machismo que aún sobrevive en instituciones que deberían garantizar igualdad, imparcialidad y respeto por la dignidad humana” .Si bien es cierto la supervivencia del machismo en la gran mayoría de las instituciones argentinas, sostener que el ataque responde a una lógica de discriminación por razón de género implica dejar en un segundo plano otras dimensiones históricas y estructurales del conflicto que fueron desarrolladas al comienzo de este trabajo, y que explican con mucha más preciión el fenómeno al que asistimos.

Un aspecto llamativo de la carta es el marco interpretativo que Cristina eleige para explicar su situación. En ningún momento la inscribe explícitamente dentro de una continuidad histórica argentina que remita a Yrigoyen, al peronismo histórico, al antiperonismo, a la Revolución Libertadora o a las distintas etapas de confrontación política del siglo XX. Por el contrario, presenta el caso como parte de un fenómeno de alcance internacional. Si miramos bien, su argumentación se organiza alrededor de cuatro ejes: la violación de garantías judiciales y del debido proceso; la politización del sistema de justicia; la proscripción como forma de exclusión política y de afectación del funcionamiento democrático; y la incorporación de una dimensión de género, al sostener que el proceso también expresa formas de machismo estructural. Todo cierto, pero insuficiente. Aunque Cristina afirma que el problema trasciende su situación personal, inmediatamente lo encuadra en el lenguaje del derecho internacional de los derechos humanos y de la democracia constitucional. En ese sentido, el texto privilegia un marco jurídico-institucional e internacional —centrado en el Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos y en la intervención del Comité de Derechos Humanos de la ONU— antes que una interpretación apoyada en las continuidades de la historia política argentina y en la relación a la lógica “pueblo, anti pueblo”; “nacional/antinacional”. No lo hace. 

Aquí conviene advertir, como dato político, que toda la arquitectura institucional del orden internacional surgido tras la Segunda Guerra Mundial fue concebida, en buena medida, por funcionarios y equipos vinculados al Departamento del Tesoro de la administración de Franklin D. Roosevelt en EEUU. De ese proceso nacieron organismos como las Naciones Unidas, el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, destinados a estructurar el nuevo sistema político, financiero y económico de la posguerra. ¿Qué tipo de solución se puede encontrar en esa plataforma?

Las fuerzas antinacionales no reparan en el género

La historia política argentina está atravesada por una práctica sistemática de exclusión de los liderazgos populares mediante mecanismos de fuerza, proscripción, fraude y violencia abierta. Hipólito Yrigoyen fue depuesto por un golpe cívico-militar en 1930 que inauguró la «década infame», donde el voto fue sistemáticamente vulnerado a través del fraude electoral. En 1955, Juan Domingo Perón sufrió un bombardeo criminal sobre Plaza de Mayo que dejó más de 300 civiles muertos. Pero no bastó con el intento de asesinato y el exilio del líder popular. Durante 18 años el peronismo fue formalmente proscripto. No se permitía usar su nombre, sus símbolos, su doctrina, ni participar en las elecciones. Se encarceló, se secuestró, torturó, fusiló y desapareció a militantes, dirigentes políticos y sindicales del peronismo. La proscripción no fue sólo jurídica y política, sino cultural y social. Fue el intento de amputar de raíz cualquier posibilidad de que los sectores populares volvieran a construir mayoría política y tener incidencia en las estructuras, como reacción violenta al 17 de octubre de 1945.

En todos los casos, la clase dominante argentina, con apoyo de sectores civiles, eclesiásticos, partidarios, judiciales, militares, mediáticos y las embajadas, buscó sustraer del juego político a líderes cuya legitimidad nacía del sufragio popular y del vínculo con las mayorías postergadas. En ese marco, la actual persecución a Cristina debe leerse en esta misma línea. De lo que menos se trata es de una causa judicial de tinte machista, sino de una proscripción política —no menos grave por ser encubierta en ropaje jurídico— que busca disciplinar, dividir, paralizar y desarticular al campo nacional y popular, para facilitar, vía democrática, la peor de las condenas de destino para la Argentina.  Y si algo necesita Javier Milei para reelegir, es que el peronismo concurra a las elecciones nacionales de 2027 dividido. 

El efecto paralizante de la proscripción 

Una condena decididamente injusta merece ser cuestionada mediante todos los recursos legales disponibles, si. Pero el problema aparece cuando esa causa cargada de indudable relevancia política, comienza a ocupar el lugar del programa colectivo para gran parte del campo nacional, y que la posibilidad de llegar competitivos a las próximas elecciones nacionales quede supeditado a este cuadro. 

Es evidente que las consignas “Cristina libre” o “Cristina candidata”, convertidas en el último tiempo en eje excluyente de la estrategia que emana desde San José 1111, terminan operando como un límite político para el propio objetivo que proclama. Al subordinar toda la estrategia a una lógica defensiva de imposición y de alineamiento interno en el peronismo, se desatiende una evidencia básica; la vía más eficaz para modificar las condiciones que sostienen su infame e injusta situación penal y civil es construir una victoria política amplia que altere la correlación de fuerzas y el clima institucional. Nada que Cristina no sepa. Pero ese no es el cometido.

Tener la razón nunca alcanza. Si el objetivo es revertir una situación considerada injusta, cuestionar una proscripción o promover una revisión institucional de determinadas decisiones judiciales, ello presupone la existencia de poder político. Y el poder político no surge de la espera de una resolución de la ONU, ni de las decisiones supranacionales, ni de la defensa ejercida por abogados extranjeros; se construye aquí, mediante organización, representación, construcción de mayorías populares, inteligencia estratégica y trabajo político. Pero, por sobre todas las cosas, ganando las elecciones nacionales del 2027.

La proscripción de Cristina no sólo representa un ataque judicial y político dirigido desde los sectores oligárquicos a una dirigente de peso mayoritario en la escena política nacional, sino que, en términos más complejos, interrumpe y congela el desarrollo de la experiencia política del movimiento nacional, del peronismo y de amplias franjas del pueblo argentino. Y Cristina lo sabe, lo interpreta y lo utiliza. En vez de avanzar en una discusión profunda sobre estrategias, liderazgos, reconstrucción del tejido organizativo, representaciones competitivas y nuevos horizontes de sentido para las mayorías; con Cristina, el espacio nacional se ve empujado de nuevo a un escenario de resistencia identitaria y victimización, a una lógica de repliegue, de disciplinamiento, de obturación y de división para asegurar la continuidad de su centralidad política. 

Se interrumpe así la posibilidad de síntesis superadora y maduración, de ensayar nuevas formas de representación popular que surjan no de la negación del pasado reciente, sino de su asimilación crítica. De hecho, para continuar con la estrategia de inmovilidad, es previsible que la ofensiva judicial continúe con nuevas causas —como la de los falsos cuadernos— destinadas a mantener a Cristina y a todo el campo nacional en una situación de parálisis y división política. Pronto lo veremos. 

La lógica del poder y las consecuentes conductas desplegadas, nos muestra que el verdadero problema de Critina es político, no judicial. Y tiene nombre y apellido. En el fondo, cuando una etapa histórica se resiste a reconocer su tiempo y sus límites, sus representantes suelen dedicar más energía a bloquear lo que viene que a trabajar para volver al gobierno, promover la unidad y enfrentar los problemas reales del país con un programa político para salir del laberinto.

Entre el FMI y la ONU, la Argentina

La causa nacional va quedando reducida a una discusión estrecha entre dos formas de subordinación. En esos dos andariveles, transitando una pendiente aguda hacia la disolución nacional, y siendo las elecciones nacionales del 2027 el mojón decisivo que pueda evitar traspasar el límite de no retorno hacia la consolidación de una semicolonia rígida; la política argentina queda atrapada entre quienes subordinan abiertamente el país a los poderes externos y quienes subordinan la unidad y la reconstrucción del campo nacional a la restitución de una conducción sectorial imposibilitada de una candidatura. Por acción u omisión, entre esos dos márgenes desaparece la Argentina. Desaparece Malvinas, el Atlántico Sur, los laburantes, el control del comercio exterior, la industrialización, la soberanía energética, la educación, la salud, los jubilados, la ciencia y la tecnología, el desarrollo productivo, el rol de las FFAA, la integración continental y la recuperación de los instrumentos estratégicos del Estado. De un lado, el FMI convertido en programa de gobierno; del otro, el expediente de Cristina convertido en programa polítco del peronismo a la espera de decisiones de la ONU. Y en el medio, esperando todavía una representación política a su altura, permanece la causa nacional del pueblo argentino. 

Oportunidad para el gas de Vaca Muerta: Petrobras concluirá en Brasil una planta de fertilizantes cercana a la frontera con Bolivia

Por Nicolás Deza

Petrobras retomó la construcción de una planta de fertilizantes nitrogenados en Mato Grosso do Sul. La planta se ubica en el centro-oeste de Brasil, región históricamente abastecida con gas de Bolivia. Cuáles son las obras que hacen falta para garantizar exportaciones de gas de Vaca Muerta al Brasil a través de Bolivia.

Petrobras puso en marcha la finalización de un viejo proyecto de planta de producción de fertilizantes nitrogenados en el estado de Mato Grosso do Sul, en una región del Brasil históricamente abastecida por el gas de Bolivia y que ahora busca otras alternativas de suministro, como el gas de Vaca Muerta. La presidenta de la compañía dijo que estudian duplicar la capacidad en cada una de las cuatro plantas de fertilizantes que tiene en Brasil.

La petrolera controlada por el Estado brasileño anunció el jueves la firma de los contratos con las empresas ganadoras del proceso de licitación para retomar la construcción de la Unidad de Fertilizantes Nitrogenados (UFN-III) en Três Lagoas, durante un acto al que asistió el presidente del Brasil, Luiz Inácio Lula da SilvaPetrobras detuvo la construcción de la planta en 2014.

El proyecto UFN III consumirá 2,2 millones de metros cúbicos diarios (MMm3/d) de gas natural para producir unas 3600 toneladas de urea y 2200 toneladas de amoníaco por día. Petrobras invertirá 5000 millones de reales (cerca de US$ 1000 millones) en el proyecto, cuya puesta en producción se espera para 2029.

Con el inicio de las operaciones en la planta de Três Lagoas, Petrobras pretende cubrir el 35% de la demanda nacional de fertilizantes nitrogenados. La petrolera ya tiene otras tres plantas en los estados de Bahía, Sergipe y Paraná. Estas plantas tienen un consumo máximo de 3,3 MMm3/d. Sumando a la futura planta en Mato Grosso do Sul, las cuatro plantas a plena capacidad demandarían 5,5 MMm3/d.

La presidenta de Petrobras, Magda Chambriard, destacó que la planta UFN-III es estratégica por su ubicación en el centro de la principal región agroindustrial del Brasil, donde se concentra el 40% de la demanda nacional de urea.

“Esta fábrica abastecerá a los mercados de Mato Grosso, Mato Grosso do Sul, Goiás, Paraná y São Paulo. Con ello, logramos una reducción significativa en los costos logísticos, además de una mayor fiabilidad en el suministro para maíz, caña de azúcar, café, algodón y pastos”, afirmó Chambriard.

Producción de fertilizantes en Brasil con gas de Vaca Muerta

Magda Chambriard, presidenta de Petrobras, acompañada por Lula da Silva.

Según Chambriard, la petrolera brasileña esta estudiando duplicar la capacidad de producción en cada una de las cuatro plantas de fertilizantes, lo que implicaría un consumo diario de por lo menos 10 MMm3/d. El gobierno brasileño mira a la producción doméstica de gas offshore para abastecer a las plantas de fertilizantes existentes sobre la costa de Brasil y sus eventuales ampliaciones.

En cambio, el proyecto UFN-III supone una oportunidad para las operadoras en Vaca Muerta interesadas en exportar gas al Brasil a través del gasoducto Gasbol, como sustituto de la menguante producción boliviana de gas. El Gasbol ingresa de Bolivia a Brasil por Corumbá, en el estado de Mato Grosso do Sul.

Petrobras viene dando señales de interés en el gas argentino. La petrolera obtuvo a fines de 2025 un permiso por dos años para importar hasta 180 millones de metros cúbicos anuales en formato interrumpible desde la Argentina, concedido por la Agencia Nacional del Petróleo, Gas Natural y Biocombustibles (ANP). La prioridad sobre esos volúmenes la tendrán las centrales térmicas y clientes industriales.

Por otro lado, la petrolera aún mantiene una presencia mínima en la Argentina a través de su filial Petrobras Operaciones SA (POSA), que cuenta con una participación en el yacimiento de petróleo y tight gas Río Neuquén, ubicado entre las provincias de Río Negro y Neuquén.

La primera exportación de gas argentino proveniente de la Cuenca Neuquina a Brasil la concretó el año pasado TotalEnergies. La compañía francesa realizó su primer envío de gas natural a través del gasoducto Madrejones de la empresa Refinor, que conecta Salta con Bolivia.

Sin embargo, el desarrollo de más oportunidades comerciales por la ruta boliviana todavía requiere de obras e inversiones en el sistema troncal argentino para suministrar más moléculas desde Neuquén a la demanda en el norte del país y a la frontera con Bolivia.

Ruta boliviana: qué obras se necesitan para apuntalar el sistema troncal argentino

Puntualmente, una obra prioritaria es la última relativa al proyecto de Reversión del Gasoducto Norte, que consiste en la adecuación de cuatro plantas compresoras para elevar su capacidad de transporte al noroeste del país a unos 19 millones de metros cúbicos diarios desde los 15 actuales. El gasoducto Norte es operado por Transportadora Gas del Norte (TGN).

La estatal Enarsa adjudicó en 2024 las obras de adecuación de esas estaciones a la constructora Esuco. Las obras tenían que estar listas entre marzo y junio de 2025. Sin embargo, se encuentran virtualmente paralizadas por un conflicto por pagos adeudados que la contratista arrastra con Enarsa desde el año pasado.

La empresa constructora atraviesa una situación financiera delicada. En efecto, a principios de este mes inició un proceso de concurso preventivo para reestructurar deudas con más de 800 acreedores.

Adicionalmente, TGN tiene en carpeta un proyecto para construir un nuevo gasoducto entre Tratayén (Neuquén) y La Carlota (Córdoba) que habilitaría más gas para potencialmente abastecer la demanda interna del norte y litoral del país y atender oportunidades de exportación.

El CEO de la empresa, Horacio Pizarro, adelantó que buscan tomar una decisión final de inversión (FID) en su nuevo proyecto en la segunda mitad de este año, en la última edición del Midstream & Gas Day de EconoJournal.

La empresa transportista ya está encarando la ingeniería básica del proyecto. En ese sentido, aún resta definir la capacidad final de transporte del gasoducto. “Lo haríamos en 36 pulgadas, dependiendo de la demanda que exista podría ser de menos. La idea es juntar un volumen mínimo para lanzar el proyecto, de entre 13 y 15 MMm3. Después es ampliable, pero necesitamos juntar esa demanda para hacerlo realidad”, explicó Pizarro.

Enlace: https://econojournal.com.ar/destacada/petrobras-fertilizantes-planta-bolivia/

Palantir: una amenaza para la democracia

Asociacion Gremial de Computación

Una empresa de vigilancia que nunca ganó una elección pretende definir quién es una amenaza. Palantir no vende software: vende una cosmovisión. Y el gobierno argentino le está abriendo la puerta con el DNU 941/2025. Soberanía digital o control corporativo.

Palantir emitió un manifiesto haciendo pública su ideología, objetivos y fines políticos. Palantir no es un partido político, ni es un Estado, sino que se trata de una empresa de análisis y procesamiento de datos, vigilancia y ciberespionaje. Se ha especializado en la creación de algoritmos, sistemas de blancos y detección de objetivos para ejércitos y ministerios de defensa, de los cuales es su principal contratista en los países occidentales, sobre todo en los Estados Unidos, donde ostenta contratos con el Pentágono y con ICE, además de sus acuerdos con la OTAN, policías metropolitanas y diversos organismos de inteligencia e involucramiento en gobiernos incluso en materia de salud, como en la NHS británica.

Como corporación privada y, por lo tanto, opaca y sin controles públicos, Palantir ha logrado inmiscuirse de tal modo en distintos gobiernos que se ha convertido virtualmente en un Estado dentro del Estado, incluso en áreas de extrema sensibilidad para la vida de las personas, como su rol en organismos de inteligencia y su manejo de datos en materia de privacidad, integridad humana, seguridad física y de datos de las personas.

Cómplice de crímenes contra la humanidad

Allí donde se ha desempeñado como contratista, Palantir no funge sólo como un mero instrumento tecnológico al cual los Estados consultan, sino que actúa como promotor, ideólogo y autor material de la tecnología necesaria para llevar adelante toda clase de violaciones a los DDHH, al punto de participar, diseñar y defender públicamente crímenes contra la humanidad, atrocidades contra civiles, genocidios, persecución y represión de minorías, como en su participación en ICE, en los EEUU, donde los objetivos eran trabajadores hispanos que viven en EEUU, o su activa participación en el genocidio en Gaza y en la guerra contra Irán. En esos despliegues de su poder, Palantir se ha especializado en:

Vigilancia predictiva: sistemas que analizan patrones para anticipar comportamientos (usados por ICE, policía de Nueva York, fuerzas armadas de EEUU, Israel y Ucrania, entre otras).

Automatización de la decisión: IA que prioriza objetivos, asigna recursos o evalúa riesgos sin intervención humana directa. Un ejemplo concreto de su uso fue durante la guerra de EEUU/Israel contra Irán. La lista de blancos en Irán, entre las cuales estaba la escuela de Minab donde fueron asesinadas 168 niñas, fue confeccionada por Palantir.

Internalización del control: como en el panóptico, la mera existencia de la plataforma modifica conductas, incluso sin activación constante.

Los ideólogos del tecnofascismo

Palantir y, en particular, dos de sus fundadores, Peter Thiel y Alex Karp, no sólo son empresarios, sino que se trata de ideólogos con ideas extravagantes y peligrosas que, en los hechos, actúan como dirigentes y decisores geopolíticos de facto, sin haber sido electos por nadie. No obstante, y a pesar de su inexistente legitimidad social, Alex Karp se ha ufanado de disfrutar de «matar a sus enemigos» y ha declarado que defiende genocidios, mientras que Peter Thiel llama «Anticristo» a todos aquellos que creen que deberían mitigarse los riesgos del uso de IA y llaman a un uso ético y responsable. Frente al planteo de que la gobernanza de la IA es un debate público que debe contar con participación popular, Thiel aboga que sea definida por unos pocos tecnócratas. Según el credo de Thiel, el humanismo como doctrina o la mera moral católica son enemigos declarados.

Palantir Technologies fue fundada en 2003 por un grupo de emprendedores liderado por Peter Thiel (cofundador de PayPal) y Alex Karp (actual CEO), junto con Joe Lonsdale, Stephen Cohen y Nathan Gettings

El llamado a la guerra y el choque de civilizaciones

Thiel cree que la democracia es una ingenuidad, que existe una jerarquía de culturas y que debemos involucrarnos en una nueva carrera armamentística con el fin de librar una guerra mundial en defensa de una difusa idea de «occidente». Esta visión del mundo se basa en la idea de choque de civilizaciones, en la que existe un «ellos» —los supuestos enemigos de la civilización occidental, cuyas culturas el documento considera inferiores— y un «nosotros» que debemos invertir masivamente en armas de IA y software de defensa: convenientemente, el catálogo de productos que ofrece Palantir como solución.

¿Por qué debemos ir a la guerra y no simplemente coexistir? No se explica. Lejos de proponer una arquitectura mundial para la coexistencia y la paz, como ya ocurrió a lo largo de siglos, el documento de Palantir es un llamado a imponer una cultura sobre otra arguyendo una supuesta superioridad. Guerra que, desde ya, no librará Thiel (quien ya se construyó un refugio personal) aunque sí utilizando sus productos.

Rearme de Alemania y Japón: derribar los pilares de la posguerra

Debe destacarse un punto particular de su comunicado. El punto 15 pide explícitamente el rearme de Alemania y Japón y llaman al «fin del pacifismo japonés». Llevar adelante ese punto implicaría deshacer uno de los pilares fundamentales del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial. Es decir, una empresa privada, no elegida democráticamente, que solo rinde cuentas a sus accionistas, propone, sin más, subvertir la estructura de seguridad de dos continentes. Un acuerdo que se logró tras una guerra mundial y decenas de millones de muertos para su establecimiento.

¿Por qué proponen esto? Obviamente hay una motivación comercial: una Alemania y un Japón remilitarizados representan enormes mercados nuevos para el software de defensa.

Supremacismo tecnológico y jerarquías cuasi raciales

Por si aún no quedó claro, esas decisiones, afirma Thiel, deben estar enteramente en sus manos. Con ello, Palantir busca construir un poder tecnocrático de hipervigilancia que sólo puede ser calificado como una forma de tecnofascismo donde, además, se establece una jerarquía cuasi racial, donde los blancos anglosajones son superiores a las naciones de otros países, en particular de los «enemigos» de «occidente», cuya caracterización surge, desde ya, de la mente afiebrada de Thiel. Se trata además, paradójicamente, de un supremacismo tecnológico completamente anti-liberal: Si este poder tecnocrático se erige como árbitro último de nuestras sociedades, ¿quién podrá destituirlo una vez que se haya consolidado? ¿Cómo luchar contra una minoría de multimillonarios que controlan armas autónomas, administran y procesan los datos íntimos y privados de todas las personas, gestionan, controlan y dirigen los organismos de inteligencia y el espionaje?

El tecnocesarismo: cuando el poder pasa de los Estados a las plataformas

Al riesgo existente de personajes poderosos con ideas peligrosas se adiciona que son ricos y ya tienen poder dentro de los Estados. Palantir no llama a la puerta de los gobiernos para vender una herramienta. Llega con una cosmovisión completa: así es como funciona el mundo, estos son sus enemigos, esta es la razón por la que no puede permitirse el debate público y este es nuestro contrato.

Este escenario debe leerse en clave de cambio de época. La irrupción de actores como Palantir no responde únicamente a una dinámica de mercado, sino a la consolidación de una nueva arquitectura de poder que se define como tecnocesarismo, ese modelo donde los líderes tecnológicos, los llamados «tecnogarcas», concentran infraestructura crítica, datos y capacidades de inteligencia artificial, y desde allí proyectan influencia política directa sin mediación democrática. En este marco, la soberanía deja de ser exclusivamente territorial para volverse también algorítmica y cognitiva. Cuando un Estado externaliza el procesamiento de sus datos estratégicos o delega capacidades de análisis y decisión en plataformas opacas, no está incorporando tecnología: está resignando poder. Y, como muestran múltiples antecedentes, estas plataformas no son neutrales, sino portadoras de una visión del mundo, de una lógica de intervención y de una agenda que excede ampliamente lo técnico.

Palantir busca construir un poder tecnocrático de hipervigilancia que sólo puede ser calificado como una forma de «tecnofascismo»

La urgencia de la soberanía digital

En este contexto, resulta imprescindible elevar la discusión. No alcanza con evaluar beneficios operativos o promesas de eficiencia. Lo que está en juego es la integridad del proceso democrático y la capacidad de los Estados de gobernarse a sí mismos. La evidencia reciente, desde la manipulación conductual en procesos electorales hasta el uso de inteligencia artificial para vigilancia y predicción social, obliga a abandonar cualquier ingenuidad.

El Consejo Asesor del LITAT viene siguiendo este fenómeno con especial atención, trabajando en una visión que ponga en el centro al ciudadano y advierta sobre los riesgos de avanzar sin marcos claros. Argentina enfrenta una decisión estratégica: o desarrolla capacidades propias en infraestructura digital, gobernanza de datos e inteligencia pública, o se expone a convertirse en un espacio de experimentación de dinámicas globales donde la ciudadanía es tratada como variable de ajuste. La salida no es el rechazo tecnológico, sino la construcción de una soberanía digital activa, con reglas, capacidades y control democrático que aseguren que la tecnología fortalezca, y no debilite, el contrato social.

La nueva opacidad del poder ya no se entreteje en los pasillos del Congreso ni en los despachos del Ejecutivo, sino en los algoritmos.

Seguridad nacional comprometida

Existe, además, un riesgo adicional de soberanía y de seguridad nacional. ¿Qué asegura que Palantir, una empresa norteamericana, avise al Estado argentino sobre acciones de EEUU contra nuestro país? ¿Por qué Palantir informaría sobre acciones de la CIA o la NSA contra nuestro país, por ejemplo, si el fin declarado de Palantir es servir al interés nacional de los EEUU y a su encuadre geopolítico? Un Estado que subcontrata su evaluación de amenazas a una empresa con una agenda ideológica explícita no está recopilando información de inteligencia, sino que, en esencia, se está suscribiendo a su propaganda y es instrumento de sus fines.

La conclusión es obvia. Todos los gobiernos que aún utilizan software de Palantir en sus infraestructuras de inteligencia, seguridad o servicios públicos deben empezar a desinstalarlo de inmediato. Si no quieren verse envueltos en la delirante y profundamente destructiva cruzada de choque de civilizaciones a la que Palantir se ha comprometido abiertamente.

Argentina: el DNU 941/2025 y el ecosistema perfecto para Palantir

Este alarmante escenario global no es una hipótesis lejana para Argentina. En enero de 2026, el gobierno nacional promulgó el Decreto de Necesidad y Urgencia 941/2025, que reforma la Ley de Inteligencia Nacional. Ese decreto crea nuevos organismos como la Agencia Federal de Ciberinteligencia, centraliza el cruce de bases de datos personales entre entes estatales y adopta explícitamente un enfoque de «contrainteligencia preventiva» para anticipar amenazas. En los hechos, el DNU 941/2025 diseña un ecosistema normativo que requiere exactamente lo que Palantir vende: integración masiva de datos, análisis predictivo mediante inteligencia artificial y automatización de la decisión de blancos. Las plataformas Gotham (para defensa e inteligencia) y AIP (capa de IA operativa) encajan en esa arquitectura como una llave en su cerradura.

En resumen, aunque no existe un contrato público formal, el DNU 941/2025 crea un marco normativo y operativo que se alinea de manera casi perfecta con las capacidades y el modelo de negocio de Palantir. Esto, sumado a los vínculos personales entre funcionarios del gobierno argentino (incluyendo reuniones del presidente Milei y su asesor Santiago Caputo con el cofundador Peter Thiel, y la gestión de la entonces ministra Patricia Bullrich para preparar un contrato con la empresa) ha encendido todas las alarmas sobre un posible futuro desembarco de estas tecnologías de vigilancia masiva en el país.

Permitir que Palantir opere sobre los datos de argentinas y argentinos no sería solo una cesión de soberanía tecnológica: sería entregarle a una corporación privada, confesa admiradora del supremacismo y enemiga de la democracia deliberativa, las palancas centrales del control social, la inteligencia estatal y la definición de quién es considerado una amenaza.

Palantir y las elecciones: la amenaza a la integridad electoral

La capacidad de Palantir para procesar datos masivos y predecir comportamientos plantea una amenaza directa a la integridad de los procesos electorales democráticos. La experiencia internacional revela múltiples vectores de riesgo que Argentina debe considerar urgentemente.

El acceso a bases de datos federales y padrones electorales

En Estados Unidos, el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) obtuvo acceso a datos de la Administración del Seguro Social, el Servicio de Impuestos Internos (IRS), Servicios de Ciudadanía e Inmigración (USCIS) y del Departamento de Salud (HHS), cubriendo información sensible de cientos de millones de ciudadanos. Reportes periodísticos documentan que personal de DOGE firmó acuerdos para compartir estos datos con grupos que trabajaban para revertir resultados electorales. Palantir se consolidó como la plataforma que fusiona estos registros federales con bases comerciales y, en al menos un caso documentado, con padrones electorales.

Esta capacidad de resolución de identidades y análisis de redes permite identificar individuos, mapear sus conexiones y clasificarlos según objetivos investigativos definidos, incluidos objetivos electorales. La construcción de una base de datos maestra que integra información gubernamental, comercial y electoral confiere un poder sin precedentes para el perfilado político de la población.

Un país que no controla sus datos no controla sus elecciones.

Microtargeting: la muerte del debate público

El microtargeting electoral basado en perfiles detallados de votantes representa una amenaza fundamental para la democracia deliberativa. Durante la campaña presidencial estadounidense de 2016, se produjeron entre 50.000 y 60.000 versiones diferentes de anuncios políticos cada día. Esta fragmentación extrema de los mensajes políticos imposibilita el debate público: cuando cada votante recibe mensajes personalizados diseñados para manipular sus preferencias específicas, desaparece la posibilidad de un intercambio público de ideas y argumentos que permita a los ciudadanos tomar decisiones informadas.

Como señaló Ann Ravel, ex miembro de la Comisión Federal Electoral de EEUU: «La forma de tener una democracia robusta es que la gente escuche todas estas ideas, tome decisiones y discuta. Con el microtargeting, eso no está sucediendo». Los mensajes personalizados operan fuera del escrutinio público, permitiendo a las campañas manipular hechos, incrementar la polarización y eludir la rendición de cuentas.

El precedente de Cambridge Analytica y la conexión con Palantir

El escándalo de Cambridge Analytica reveló que un empleado de Palantir trabajó en la extracción de datos personales de más de 50 millones de usuarios de Facebook con fines de manipulación electoral. Aunque Palantir inicialmente alegó que se trataba de una actuación «enteramente personal» de un empleado, el denunciante Christopher Wylie contradijo esta narrativa ante el Parlamento británico, afirmando que «había empleados senior de Palantir que también estaban trabajando en los datos de Facebook».

Este antecedente demuestra la permeabilidad de las barreras entre las capacidades de vigilancia gubernamental que Palantir ofrece al Estado y su uso para fines de manipulación electoral. La alineación política de la dirigencia de Palantir con determinados sectores políticos exacerba este riesgo.

Financiamiento político y captura regulatoria

Peter Thiel y Alex Karp, fundador y CEO de Palantir respectivamente, han realizado donaciones millonarias a comités políticos republicanos. El PAC «Leading The Future», cofundado por Joe Lonsdale (cofundador de Palantir), ha comprometido más de 100 millones de dólares para apoyar candidatos favorables a la industria de IA en las elecciones intermedias de 2026. Thiel donó cientos de miles de dólares a comités alineados con el liderazgo republicano del Congreso, mientras que Karp tiene un historial de donaciones más errático: contribuyó 360.000 dólares al comité de recaudación conjunta de Biden-Harris en 2023, pero un año después aportó 1 millón de dólares a MAGA Inc., el principal super PAC pro-Trump.

Esta influencia financiera directa sobre los legisladores que deben regular la industria de IA y las tecnologías de vigilancia genera un conflicto de interés estructural que amenaza la capacidad del Estado de establecer controles democráticos sobre estas plataformas.

Supresión de votantes mediante intimidación con datos federales

La integración de datos de agencias federales con capacidades de vigilancia crea nuevas formas de supresión electoral. En Estados Unidos, operativos de ICE (Inmigración y Control de Aduanas) cerca de lugares de votación han sido documentados como estrategia de intimidación de votantes. Familias de estatus migratorio mixto enfrentan el temor de que sus datos federales sean utilizados en su contra, lo que suprime efectivamente su participación electoral.

Este patrón puede reproducirse en cualquier país donde Palantir opere: la mera existencia de capacidades de vigilancia masiva vinculadas a enforcement federal genera un efecto paralizante sobre sectores de la población, particularmente aquellos en situación de vulnerabilidad legal o administrativa. No se requiere la ejecución masiva de arrestos; basta la amenaza implícita de que los datos personales pueden ser utilizados de manera punitiva para desincentivar la participación política.

El riesgo para Argentina

En el contexto argentino, el DNU 941/2025 crea el marco legal para que una eventual contratación de Palantir replique estos patrones. La centralización del cruce de bases de datos personales entre entes estatales, combinada con capacidades de análisis predictivo mediante IA, configura precisamente la infraestructura necesaria para:

  • Construir perfiles políticos detallados de la ciudadanía mediante la integración de datos de ANSES, AFIP, RENAPER, sistemas de salud y otras agencias.
  • Implementar microtargeting electoral que fragmente el espacio público y erosione el debate democrático.
  • Ejercer presiones selectivas sobre segmentos de la población mediante el uso estratégico de información sensible.
  • Conferir ventajas electorales estructurales a los sectores políticos alineados con los intereses geopolíticos de Palantir y de Estados Unidos.

La opacidad inherente a una corporación privada que maneja infraestructura crítica del Estado impide el control democrático efectivo de estas prácticas. Una vez que Palantir se inserta en el aparato de inteligencia y seguridad nacional, su remoción se vuelve progresivamente más difícil debido a las dependencias técnicas y operacionales que genera.

La defensa de la integridad electoral requiere rechazar de manera categórica la tercerización de capacidades de inteligencia, análisis de datos y vigilancia ciudadana a corporaciones privadas con agendas políticas explícitas. La soberanía electoral es inseparable de la soberanía digital: un país que no controla sus datos no controla sus elecciones.

Fuentes Seguras. De qué se trata todo esto

Los objetivos. Pueblos. Aliados. Diálogo. La intoxicación. Abra su cerebro: Cono del Silencio. Hungría, Orbán, Putin, Trump y la Unión Europea. Futuro abierto.

Por Gabriel Fernández *

El poder que aquilata una nación para imponer sus objetivos está asentado, desde ya, en su volumen económico y militar. Sin embargo, al observar un cuadro de situación más completo, puede percibirse que los factores enlazados superan holgadamente a esa dupla esencial. La cuestión es cómo aprovecha el conjunto de su potencial con el vigor necesario en el tiempo justo.

Efectuemos una recorrida por los variados protagonistas para desentrañar el sentido de su accionar en la contienda.

LOS OBJETIVOS DE LOS PROTAGONISTAS. Los Estados Unidos necesitan sostener el entramado de la primacía petrolera -reservas, extracción, venta, flujo- con sus originales rasgos monetarios. Esto implica garantizar la compra de energía en dólares, asegurar el traslado de petróleo y gas, y así mantener, de común acuerdo con las monarquías del Golfo Pérsico, el valor del dólar como moneda de intercambio y de reserva. También, resguardar su formidable influencia geopolítica sobre la que considera su región, y sobre Europa y Asia.

Israel pretende construir el Gran Israel en Oriente Medio. Para eso necesita expandirse y absorber territorios y riquezas de la región -Líbano, Gaza, Cisjordania-, desestructurar a su adversario local, Irán, y disciplinar a las monarquías petroleras. Con firme sentido del equilibrio, precisa el respaldo norteamericano, pero no su hegemonía. Quiere guardar para sí, y para las corporaciones que representa, la orientación del proceso.

Irán, por su parte, necesita afirmarse y crecer. Su continuidad como estado nación y como país asociado a los multipolares, es el objetivo básico. En sintonía, diseñar su sociedad según los parámetros que corresponden a su tradición, idiosincrasia e intereses. También, ser el referente de mayor influencia entre los países islámicos, difundiendo el chiísmo sin constituirse en potencia aplastante para sus vecinos sunnitas. Para ello, anhela agudizar su desarrollo industrial y científico técnico, así como su relevancia comercial.

Las Banderas De Estados Unidos De Irán E Israel Se Entrelazan : Un Símbolo De Las Relaciones Geopolíticas Stock de ilustración - Ilustración de indicador, naturalice: 388521181

LOS PUEBLOS Y LOS ALIADOS. Los tres casos incluyen en su potencial una parte decisiva de la opinión pública. La diferencia radica en que el respaldo al gobierno israelita viene decreciendo -muchas personas dudan sobre las características del accionar oficial y tantas otras directamente fugan del explosivo lugar- mientras el apoyo a la administración iraní persiste y se consolida -los pronunciamientos populares resultan masivos y la censura no alcanza a ocultarlos-. Ese factor, en los Estados Unidos, es una complicación para su cúspide política: las calles repudian la represión interna del ICE y, desde el hostigamiento reciente a Gaza, la participación en conflictos externos.

Esta realidad norteña repercute en la nación toda. En la conducción del Estado, en el Partido Republicano, en Make America Great Again (MAGA). Si desde hace mucho que las distancias entre globalistas e industrialistas caracterizan el conflictivo y zigzagueante andar de la gran potencia, en los tiempos cercanos se ha puesto de manifiesto una dualidad que se había mantenido latente: sionistas y anti sionistas. Los quiebres internos están acompasados -y en varias instancias determinados- por el estancamiento económico norteamericano, su irreversible endeudamiento, la ralentización de su avance en las nuevas tecnologías, el extraordinario gasto en Defensa, y la deriva de esos y otros factores en una profunda crisis humanitaria que se amplía de  continuo.

Irán es un Estado cuya cúspide se viene construyendo en relación con la base social y su anclaje en la región que habita. Los Estados Unidos e Israel son estados desterritorializados, con persistente control de las corporaciones financieras y sus empalmes armamentísticos.

Quien logre imponerse en la lucha solo podrá hacerlo combinando fuerzas aéreas con terrestres. Sin este último elemento, resultará muy difícil establecer una victoria en toda la línea. Esto nos lleva hacia el complejo asunto del costo de la guerra. Si por un lado están los difundidos valores de las armas utilizadas y la ostensible ventaja para la nación persa, es imprescindible apuntar que no es lo mismo defender un territorio montañoso conocido mediante fuerzas preparadas que mudar un numerosísimo ejército destinado a concretar una invasión. Quien se anime, deberá contar con cuatro atacantes por cada defensor, según una clásica evaluación técnica.

Ahora bien. El otro punto a considerar en ligazón con todos los explicados hasta aquí, es el del comportamiento de los aliados de cada bando. Con franqueza, lector: mientras los asociados europeos y asiáticos de los Estados Unidos se hacen a un lado y rechazan la convocatoria a forjar una articulación marítima para despejar el Estrecho de Ormuz, los relacionados con Irán, empezando por China y Rusia, respaldan los posicionamientos de su socio en la Organización de Cooperación de Shanghái y el ensamble de países BRICS.

Como si con esto no fuera suficiente, cabe evaluar el silencio activo de las naciones de Asia central, en apariencia desligadas del litigio. Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, vienen labrando su esforzado desarrollo económico en base a inversiones surgidas de la Federación de Rusia y comercio muy activo con la República Popular China. Para ello necesitan que el alboroto en la vecindad limítrofe se detenga y que tanto Irán como Afganistán e Israel atenúen su conflictividad. De los citados, evalúan que el estado iraní es el más confiable y equilibrado, al tiempo que despliega buenos vínculos con las dos potencias indicadas.

UN DIÁLOGO TRUNCO. Se ha dicho que la mejor manera de prevenir el futuro es creándolo. Bien, como podía preverse, los desacuerdos básicos en las conversaciones entre Irán y los Estados Unidos giraron en derredor a los planteos para que la República Islámica renuncie al control del Estrecho de Ormuz y a sus reservas de uranio enriquecido. Washington exigió que Irán reabra el paso marítimo, por donde circula alrededor del 20 % de todo el petróleo y gas que se comercia en el mundo; Teherán se negó a hacerlo y sostuvo que solo lo concretaría tras un acuerdo de paz definitivo.

Otro factor de discordia fue la exigencia de Trump para que Irán entregue o venda todo su ‘stock’ de uranio enriquecido. Los delegados iraníes ratificaron su derecho a desarrollar un programa nuclear pacífico. Por su parte, estos demandaron la liberación de 27.000 millones de dólares en ingresos persas congelados en Occidente. Fundando el pedido en la necesidad de obtener reparaciones por los daños causados en seis semanas de bombardeos, demandó el desbloqueo de sus ingresos petroleros retenidos en Irak, Luxemburgo, Baréin, Japón, Qatar, Turquía y Alemania para destinarlos a la reconstrucción. Washington rechazó el requerimiento.

Como conclusión del encuentro en IslamabadIrán apuntó que los norteamericanos lanzaron declaraciones falsas y exigencias excesivas.

El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores iraní, Esmail Baghaei, dijo que durante las negociaciones se discutieron diversos aspectos cruciales, incluidos el Estrecho de Ormuz, la cuestión nuclear, las reparaciones de guerra, el levantamiento de las sanciones y “el fin definitivo de la guerra contra Irán y la región”. Sin embargo, subrayó, por diferencia de posturas, no se pudo alcanzar un acercamiento. “En una serie de cuestiones llegamos a un entendimiento, pero en dos o tres temas importantes, las posturas seguían alejadas y, finalmente, las conversaciones no condujeron a un acuerdo”, reveló.

Es que, a decir verdad, cada tema contiene su propia complejidad. El vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, por su lado, aseguró el domingo que la parte iraní “no aceptó” las condiciones de Washington. Según Vance, negociadores estadounidenses transparentaron sus condiciones: “Hemos dejado muy claro cuáles son nuestras líneas rojas, qué cosas estamos dispuestos a acomodar y qué cosas no”. “Lo hemos dejado tan claro como nos ha sido posible, pero ellos han decidido no aceptar nuestras condiciones”, aseveró.

Estrecho de Ormuz: por qué es clave para el comercio mundial de petróleo - Billiken

LA INTOXICACIÓN VERBAL. Horas después, el presidente Donald Trump indicó que su país bloqueará el bloqueo iraní sobre el vapuleado Estrecho. El anuncio, que preocupó a los expertos por las dificultades ostensibles que implica, fue considerado otra acción vociferante destinada a mostrar que puede golpear más fuerte que la potencia persa. El rubicundo, ya canoso, aseguró que cualquier embarcación que se acerque a su bloqueo naval será “eliminada de inmediato” mediante un método “rápido y brutal”, igual al empleado contra el “narcotráfico en barcos” en el Caribe.

“El bloqueo se aplicará de manera imparcial a los buques de todas las naciones que entren o salgan de los puertos y zonas costeras iraníes, incluidos todos los puertos iraníes en el Golfo Pérsico y el Golfo de Omán. Las fuerzas del Mando Central de los Estados Unidos (CENTCOM) no impedirán la libertad de navegación de los buques que transiten por el Estrecho de Ormuz hacia y desde puertos no iraníes, difundió el área comandada por el Ministerio de Guerra estadounidense.

Trump afirmó que gran parte de la flota iraní ya ha sido destruida, aunque puntualizó que aún quedan pequeñas lanchas de ataque rápido. Según el presidente, estas no fueron consideradas inicialmente una amenaza, pero advirtió que cualquier intento de aproximación recibirá una respuesta sin contemplaciones. Así, el enredo escaló a un nivel de mayor complejidad: varios diplomáticos europeos señalaron a sus colegas norteamericanos que, por un lado, el Estrecho estaba abierto antes de la irrupción invasiva junto a Israel, y por otro, que jamás se encontraron pruebas acerca del vínculo con el narcotráfico de aquellas breves naves caribeñas.

Como no podía ser de otra manera, la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán hizo saber nuevamente que la República Islámica “tiene plena autoridad sobre la gestión inteligente del estrecho de Ormuz” y que cualquier intento de buques militares por atravesar esa vía marítima será tratado con severidad. Vale apuntar que Irán cuenta con el respaldo de los yemeníes en la zona.

Trump's Staff Picks Show Sway Held by Don Jr., Tucker Carlson - Bloomberg

SHHHH. (CONO DEL SILENCIO) Sin embargo, al convertir la mirada sencilla en una más penetrante, es posible hallar datos de interés en medio de la confusión. La sagaz Fuente en el interior de los Estados Unidos, el antropólogo y politólogo Alexander Coley, deslizó a este periodista que “Trump muchas veces juega el papel del americano malo y tonto a propósito, sabiendo del efecto que eso va a generar. Si Trump es un nacionalista, la verdad es que a él le interesa desacreditar las alianzas convencionales de la pos guerra y generar un ambiente donde los demás países actúen según sus intereses propios y no de acuerdo a su posición de dependencia dentro de un orden mundial caduco que ya no tiene sentido”.

“Su táctica en los negocios como en la política es generar tensión al máximo para que todas las partes abandonen sus pretensiones e identifiquen sus verdaderos intereses. Y muchas veces dice o hace algo que es aparentemente contrario de lo que realmente busca lograr, sabiendo que por el efecto psicológico las otras partes reaccionarán en defensa propia, enfocados ya en lo más esencial”. Añadió que “Para Trump, los verdaderos intereses de los Estados Unidos se encuentran en el hemisferio occidental y más que nada en América del Norte y el espacio geopolítico en su alrededor. De alguna manera buscará deshacerse de las obligaciones estadounidenses en los otros teatros del mundo, o por lo menos minimizar sus compromisos. Me parece que pase lo que pase con los acontecimientos en curso, la lógica sigue siendo la misma y es cuestión de ver cómo va surfeando y reaccionando a los distintos escenarios”.

Como se verá, la observación colisiona con las más habituales y, en cierto punto, fundamenta el comentario de un mes atrás en esta secuencia acerca de Ya no hay locos. Insistió Coley: “No puedo saber si su método tendrá éxito, o hasta donde llegará en alcanzar los objetivos (verdaderos) que tiene planteado. El acuerdo con Rusia todavía es prioritario, pero la resolución del conflicto en Ucrania sigue siendo obstaculizado por los europeos (o los intereses del capital financiero que los maneja).  Posiblemente Trump ve el conflicto en Oriente Medio como otra tuerca que puede apretar y complicar la vida a los europeos”.

Montado sobre los hombros del ex embajador indio y gran analista MK Bhadrakumar, nuestro estudioso precisó que “Por otro lado, Bhadrakumar acaba de publicar su último análisis sobre la reunión en Islamabad y señala que ´Inicialmente se preveía que las negociaciones serían indirectas, pero ahora los dos líderes políticos están dialogando directamente por primera vez desde la Revolución Islámica de 1979. Vance se reunió por separado durante dos horas con el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Baqer Qalibaf, y con el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araqchi´”.

“Si es así -sostuvo Coley– me parece que han fracasado los intentos del lobby Israeli de impedir las negociaciones. Aunque Trump dice que no llegaron a un acuerdo, y que va a imponer un bloqueo (veremos), me parece que la noticia más importante es la que escribió Bhadrakumar – se reunieron ellos mismos por primera vez sin intermediarios. Por eso, pienso que es importante no dejarse llevar por el relato de los medios y algunos que pretenden representar a la opinión de MAGA y sus votantes. Trump tiene voluntad propia, no es un simple títere de Netanyahu o, como dice Carlson, incapaz de tomar sus propias decisiones. Todos estos personajes están operando, y Trump lo sabe. Por eso los mandó todos a la mierda en su posteo el otro día, y ya va a volver a hacer campaña ante el público y retomar el protagonismo”. Atenti con este punto de vista, lector.

MEGA-Preocupación por Europa | Human Rights Watch

HUNGRÍA, LA UNIÓN EUROPEA y SOROS. Como se sabe, el líder opositor Péter Magyar y su partido Tisza vencieron en las elecciones legislativas, superando el borde imprescindible para alcanzar mayoría en el Parlamento. Según los resultados parciales, la oposición obtuvo 137 de los 199 escaños, mientras que el oficialismo quedó por detrás con 55 bancas. De persistir esta tendencia, el nuevo bloque gobernante alcanzaría una hegemonía que le permitiría impulsar reformas estructurales sin necesidad de pactar con otras fuerzas.

El comicio de este domingo marcó el cierre de una etapa política dominada por Viktor Orbán, quien gobernó la nación desde 2010 con mayorías parlamentarias amplias. El resultado es considerado un cambio de signo político, así como la posibilidad de efectuar transformaciones. Con más de dos tercios de los escaños, la corriente liderada por Magyar queda en condiciones de modificar leyes clave y -se supone- promover una nueva Constitución.

Durante la campaña, el dirigente opositor había planteado la necesidad de reconstruir el Estado de Derecho, en contraste con las reformas impulsadas durante los años de gobierno del Fidesz -Unión Cívica- liderado por Orbán. Entre los puntos cuestionados se encuentran normas vinculadas a la libertad de prensa y otros derechos fundamentales, que según la oposición fueron limitados por el oficialismo. Pero, como sabemos, esas son banderas que pueden servir para un barrido y para un fregado. La Unión Europea y sus integrantes las han usado en reiteradas ocasiones para promover un rumbo económico y militar despojados de beneficios para los espacios populares.

Pero ¿qué sucedió? La gestión de Viktor Orbán, además de padecer el desgaste lógico debido a su extensión, fue ahogada económicamente por la UE mediante la retención de 18 mil millones de euros (unos 21 mil millones de dólares) con el argumento de penalizar la presunta ausencia de democracia en su interior. La congelación de esos fondos —equivalente a alrededor del 10 % de la producción nacional del país— agitó el malestar económico húngaro. Orbán, famoso por oponerse a las decisiones de la Comisión que orientan las corporaciones a través de Ursula von der Leyden, ofrecía dos amistades inadecuadas: la del presidente ruso Vladimir Putin y la de su colega estadounidense Donald Trump.

En medio de una rusofobia intensa en el Viejo Continente, la voz del hasta ahora primer ministro ha sonado disonante. Y cuando el gritón transatlántico vituperó a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) al punto de calificarla cual un “Tigre de Papel”, se evaluó en Bruselas que resultaba pertinente aprovechar las dificultades sociales internas para modificar la orientación. El nuevo triunfador, llamado Magyar, como el país, fue colaborador de Orbán hasta un par de años atrás; giró en redondo, modificó su críticas sobre las acciones de Kyev y se convirtió en adalid de la UE en la tierra de Puskas y KubalaUcrania, en coordinación con la fría alemana, extremó su respaldo para el derrumbe de Orbán.

Hubo desencuentros más graves. El financista George Soros, titular de la Open Society Foundations y del Soros Fund Management, impulsó a Orbán pagando sus estudios. Lo orientó conceptualmente en su primer tranco político, para forjarlo como un difusor en el territorio magyar de fundaciones “progresistas” de enorme rentabilidad. Cuando el ahora derrotado primer ministro empezó a cruzar la filosofía de la UE y a llevar adelante políticas evaluadas como “populistas” en su país, movió el avispero en la Eurozona. El financista condenó su ingratitud y se lanzó a una fuerte campaña opositora que se extendió hasta este presente. Desde ya que el espacio mediático liberal, mientras cantaba loas a la “filantropía” de Soros, describía como fascista el proceder del referente político.

Orbán, en 2015, calificó a Soros como un especulador que “arruinó la vida de millones de personas”. ¿Es así? Soros nació como György Schwartz en el seno de una familia judía húngara en 1930; su padre cambió el apellido para que sonara más húngaro. De niño, en la década del 30, vivió en un apartamento en la plaza Kossuth tér de Budapest, frente al edificio del Parlamento, hasta que su familia se vio obligada a separarse y vivir con identidades falsas para escapar del Holocausto. Abandonó Hungría en 1947 para estudiar en Londres y, posteriormente, emigró a los Estados Unidos, donde amasó una fortuna como inversor y gestor de fondos de cobertura. A sus 95 años, es una cúspide indiscutible del gran capital financiero que impuso su modelo desde el Consenso de Washington en adelante.

EL MERCADO MUNDIAL DE VENTA DE ARMAS | saeeg.org

BREAKING NEWS. Es preciso volver al comienzo de este artículo.

Cada protagonista tiene sus intereses, y sus objetivos. Debido a la intoxicación argumental, en gran medida impuesta por el estilo trumpiano, cuesta desentrañar el panorama para adentrarse en los mismos y comprender el porqué de varios movimientos.

Este narrador estima que los roles de la Federación de Rusia y de la República Popular China en este conflictivo planeta, están siendo desvirtuados analíticamente por una simpleza que no alcanza a contener las múltiples variables cruzadas que se desplazan en tantas direcciones.

Para abordar el párrafo inicial, quizás resulte válido reponer una consideración esbozada en estas Fuentes Seguras en la edición de diciembre del año 2023. A ver:

“Poder, territorio, prestigio. Son la tríada considerada clave en la política internacional.

Ahora bien, ¿cómo conseguir esos factores? Quién sabe. Por lo pronto, parece esencial impulsar la autoafirmación. También, delinear objetivos afincados en el interés profundo de la región propia, eliminar anhelos imposibles, conocer la fuerza real con que se cuenta, buscar afines (circunstanciales y hondos); elaborar un concepto que hilvane pasado y futuro, establecer buen vínculo con la sociedad a la que se pertenece y no ofender al resto. Claro: para encarar la relación con el mundo, un país precisa, sobre todo, una economía vigorosa. Todo eso y tanto más es posible si se cuenta con un Estado sólido y a la vez flexible para entablar vínculos con los equivalentes. Ese Estado debe pensar; sobre todo, tiene que saber identificar los rasgos salientes de la era que le toca atravesar. Confundir un período con otro puede ser letal”.

La guerra sigue siendo una extraordinaria vía de ganancias para las mega empresas financieras y armamentísticas. Aunque las mismas se hayan cargado al Occidente productivo en el proceso de desterritorialización aquí explicado, no admiten expirar un último aliento ante el cambio de modelo. Mientras apuestan a la continuidad del agónico esquema presente, colocan con firmeza el pie para tener entreabierta la puerta del futuro. Ese fue el último mensaje en proyección que dejó Henry Kissinger. Digámoslo así: ¿Volkswagen, debido a la retracción alemana, se aviene a fabricar armas? Bueno, en el largo plazo, Lockheed Martin puede asomarse a las nuevas tecnologías. ¿Por qué no?

Y una más: la economía iraní ha ganado volumen durante el año en curso, debido a la continuidad de su despliegue industrial y científico técnico y al acrecentamiento de las compras de combustible por parte de China e India, y naciones del Sudeste asiático. Los multipolares no necesitan la aprobación de Washington para concretar las decisiones económicas adecuadas. Y hasta pro occidentales como Omán, Qatar y Kuwait, están virando hacia Teherán.

Pese a la violencia anti comercial, la Iniciativa de la Franja y la Ruta sigue adelante; hay trabas, pero no una clausura, ni mucho menos. Vincula Asia y Europa con rapidez y eficacia. El Corredor de Transporte Norte Sur conecta a Rusia, a través de Irán, con los puertos del Océano Indico. Las transacciones evidencian una creciente presencia de yuanes, rupias y rublos. Inclusive Arabia Saudi, gran lavadora de dólares, empezó a aceptar otras monedas por su petróleo.

Hay más. Mientras lee este artículo, lector, se lleva adelante la primera reunión en cuatro décadas entre el Líbano e Israel. Cese de los ataques y Hezbollah, los ejes. Las delegaciones están en Washington. Aunque inicialmente no haya acuerdo, el encuentro es importante por sí mismo. Y como elemento de alto rango en la perspectiva de mediano plazo, se suceden los choques entre Trump y el Papa León XIV. Si se repasan las observaciones firmes y bien delineadas del jefe del Vaticano, podrá comprobarse que la lucidez de Jorge Bergoglio dejó un sendero bien delineado, que conduce al futuro.

Unos mates; a releer y a pensar.

Gracias por prestar atención.

  • Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal

LA TRAMPA DE ORMUZ: POR QUÉ LA DEMOLICIÓN DE IRÁN ES EL ANZUELO PARA QUEBRAR A CHINA

Por Ramón Prades

La guerra en Medio Oriente cruzó el punto de no retorno. Esa es una de las pocas certezas. No importará si en los próximos días, semanas o meses hay un alto al fuego. Incluso si los actores en conflicto cumplen parcialmente sus objetivos y se agotan, esta guerra habrá alterado las expectativas y los incentivos futuros de forma permanente, siendo solo una pausa hasta el próximo combate. Es por esto que hoy hay un escenario de guerra definitiva y los actores simplemente ya no tienen estímulos para frenar. Así, la ilusión de que la región pueda volver al statu quo previo al conflicto se desvaneció para las próximas décadas, y con ella la doctrina estratégica diseñada por EE. UU. e Israel que le daba sustento.

Netanyahu sintetizó en un mensaje a la nación el verdadero alcance de esta transformación doctrinaria y el objetivo de esta operación cuando dijo que “tras el desastre del 7 de octubre, decidí liderar un cambio polar, acciones que cambien de forma dramática el equilibrio de fuerzas entre nosotros y nuestros enemigos”. De esta forma, redefinir el tablero de Medio Oriente “requerirá audacia y tomar riesgos calculados”. Sin embargo, este giro monumental no se sustentó puramente en una evaluación objetiva sobre la seguridad existencial del Estado de Israel, sino en la más cruda necesidad de supervivencia política del propio primer ministro. Tras el colapso de inteligencia del 7 de octubre del 2023, arrastrar a la región a una reconfiguración total era su única vía de escape para evitar su propio final político. El que se atreve gana”, resumió en ese mismo mensaje del 7 de marzo de 2026, definiendo quizás no solo la táctica militar de su país, sino su propia historia de vida. Aprovechar el momentum del 7 de octubre para ir por la cabeza del pulpo, disminuidos ya sus tentáculos en Gaza, Líbano, Siria o Yemen, pero también buscando resolver un viejo debate estratégico sobre cómo tratar con Irán.

Históricamente, la “Escuela de la Contención” —cuyos máximos exponentes han sido verdaderos tótems del aparato de seguridad israelí como los exjefes del Mossad Meir Dagan, Tamir Pardo y Efraim Halevy, el exjefe del Shin Bet Yuval Diskin, y exjefes del Estado Mayor de las FDI como Gabi Ashkenazi— abogaba por lidiar con el “diablo conocido”. Esta postura no era un ejercicio de moderación, sino una férrea convicción estratégica que quedó demostrada en la feroz interna entre 2010 y 2012, cuando esta misma cúpula se plantó institucionalmente para frenar la orden directa de Netanyahu de lanzar un ataque masivo y preventivo contra Irán como el actual. La gran pregunta rectora que guiaba a este grupo de inteligencia era simple pero paralizante: “¿Y el día después qué?”. En sintonía con los arquitectos tradicionales de la política exterior en Washington, para este sector era preferible enfrentar la amenaza centralizada de los ayatolás (un Estado disuadible, con infraestructura y fronteras claras) que destruir al Estado y desatar una “sirianización” de Irán, abriendo un agujero negro de caos terrorista con el agravante de tener material nuclear disperso en el terreno. Sin embargo, el ataque de Hamás del 7 de octubre resolvió de manera brutal esta histórica disputa interna. La propia doctrina de la contención fue la gran víctima estratégica de aquella jornada, decantando la balanza de poder hacia el enfoque opuesto y sentando las bases inexorables del resultado que vemos hoy.

 La presencia de Trump en Washington le entregó a Netanyahu la cobertura política absoluta y el cheque en blanco que necesitaba para dejar de gestionar la amenaza y pasar, finalmente, a la demolición. 

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Pero el desastre del 7 de octubre no fue el único catalizador para desatar esta ofensiva final. La decisión de Israel de avanzar ahora responde a la convergencia de una pesadilla táctica insostenible y una ventana de oportunidad geopolítica irrepetible; el salto tecnológico del arsenal misilístico iraní y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Durante la última década, los planificadores militares observaron cómo Irán mutaba su doctrina, sustituyendo su obsoleta fuerza aérea por un potente programa de misiles de combustible sólido y guiado de precisión, pasando de disparar armas al azar a poseer vectores capaces de salir de sus ciudades subterráneas con sembradíos de misiles como espárragos bajo tierra y desvanecerse bajo la montaña en menos de diez minutos. Al exportar masivamente este conocimiento a sus aliados (Hezbolá, los Hutíes y milicias iraquíes, etc.), Teherán logró asfixiar a sus adversarios con un anillo de fuego táctico, como bien explicaba la evolución de los reportes sobre las capacidades militares de Irán. Contener este nivel de precisión y masividad ya era operativamente imposible, y la presencia de Trump en Washington le entregó a Netanyahu la cobertura política absoluta y el cheque en blanco que necesitaba para dejar de gestionar la amenaza y pasar, finalmente, a la demolición.

Al cruzar el actual punto de no retorno, esa prudencia fue definitivamente sepultada por la “Escuela de la Fragmentación“. Impulsada por halcones de Washington y fundamentada teóricamente por académicos de inteligencia israelí como Mordechai Kedar, esta visión sostiene que la única solución permanente es la implosión controlada. El marco teórico de Kedar plantea que gran parte de la arquitectura estatal de Medio Oriente es artificial. Países como Siria, Irak o Libia han demostrado no ser naciones cohesionadas, sino apenas un aglomerado de tribus en conflicto constante condenadas a convertirse en Estados fallidos. Aplicar esta matriz analítica sobre Teherán expone su máxima vulnerabilidad. Su argumento se basa en la demografía pura. Irán no es un bloque persa monolítico, sino un imperio multiétnico donde los persas apenas superan el 50% de la población. El resto del territorio es un polvorín de minorías históricamente oprimidas: azeríes en el noroeste, árabes ahwazíes sentados sobre los mayores yacimientos de petróleo en Juzestán al suroeste, baluches en la frontera con Pakistán y kurdos en el oeste.

Hoy, la meta suprema de Tel Aviv ya no se limita a un cambio de gobierno, o a que el gobierno cambie su relación con Israel, sino a desarticular al Estado mismo. La apuesta es exacerbar las fisuras étnicas para forzar una balcanización definitiva del territorio persa. Bajo esta lógica, la focalización de los bombardeos sobre cuarteles de la Guardia Revolucionaria, comisarías y nudos de seguridad interna obedece a un cálculo: quebrar el espinazo del aparato represivo para que, tal como arengó Netanyahu infinidad de veces, “los iraníes aprovechen esta oportunidad única e irrepetible” de sublevarse. Los engranajes de este plan ya estaban girando antes de las primeras bombas. El pacto sellado el pasado 22 de febrero, donde los principales grupos y milicias kurdo-iraníes definieron una estrategia armada conjunta contra Teherán, es el hito fundacional de esta nueva fase y representa la hoja de ruta para empujar a Irán hacia el abismo de un Estado fallido, devorado por guerras sectarias e incapaz de inyectar un solo dólar más al Eje de la Resistencia. Astillar al imperio hasta convertirlo en un rompecabezas de vecinos frágiles y consumidos por luchas civiles intestinas no es un daño colateral, es la garantía definitiva. Un escenario que neutraliza de raíz, y para siempre, la amenaza de su programa nuclear, sus misiles y sus enjambres de drones, pero abre las puertas a territorio desconocido, haciendo que el mayor peligro del plan sea, precisamente, que tenga éxito.

Si el objetivo de Israel —una respuesta definitiva dictada por un reloj estratégico implacable que el propio ministro de Defensa, Yoav Gallant, resumió recientemente en su manifiesto “Ahora o nunca: cómo terminar el trabajo en Irán”— ya está claro, la pregunta obligada es: ¿qué busca realmente Estados Unidos más allá de escoltar a su aliado histórico? ¿Por qué Washington decidió ir a la guerra? ¿Cuál es su verdadero, esquivo, y poco declarado objetivo?

 El pacto sellado el pasado 22 de febrero, donde los principales grupos y milicias kurdo-iraníes definieron una estrategia armada conjunta contra Teherán, es el hito fundacional de esta nueva fase y representa la hoja de ruta para empujar a Irán hacia el abismo de un Estado fallido. 

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La respuesta exige revisar la herida abierta del pacto nuclear (JCPOA). Antony Blinken explicó recientemente el error fatal que supuso la ruptura de ese acuerdo, definiendo la decisión de Donald Trump como una jugada “terrible” que reemplazó un tratado de contención por la nada absoluta. El contrafáctico de Blinken es letal: de haberse mantenido el JCPOA hasta su expiración, Washington podría haber exigido su extensión. Si Teherán se negaba, la opción militar siempre habría estado sobre la mesa, pero con una ventaja táctica abrumadora: años de inteligencia recolectada gracias a las inspecciones in situ. Al dinamitar el acuerdo, el Pentágono se quedó a oscuras. Es en esta ceguera donde la coreografía geopolítica calca la invasión a Irak en 2003: el aparato militar occidental marchó hacia la demolición de un país sin pruebas irrefutables de que Teherán poseyera un arsenal nuclear operativo pero usando esa misma falta de información autoinfligida como excusa. A su vez, a diferencia de Tel Aviv, para Washington el programa de misiles balísticos y la red de milicias proxy iraníes jamás representaron una amenaza existencial. ¿Entonces? Estados Unidos no cruzó el océano para cazar misiles de alcance medio ni para perseguir el fantasma de una bomba atómica nuevamente, y menos para destruir una armada y una aviación irrelevantes. Esas armas fueron —y serán presentadas como victorias y salida del conflicto si este se empantana— solo el obstáculo táctico a remover para alcanzar su verdadero y único objetivo: el control geográfico absoluto. Estados Unidos fue a la guerra pura y exclusivamente por el Estrecho de Ormuz. Por eso, a Washington le resulta anecdótico el rostro del próximo gobierno en Teherán. No importa si se reemplaza a un ayatolá Jamenei de 86 años por otro Jamenei de 56, si encuentran a una figura pragmática al estilo de Delcy Rodríguez dispuesta a firmar, o si, como ironizó el propio Donald Trump, lo nombran a él mismo Líder Supremo. Para la Casa Blanca, la ideología de quien se siente sobre las ruinas del Estado persa es irrelevante. Como ya advertimos en enero de este año en Panamá Revista al analizar “la geopolítica de los estrechos y el regreso al mundo de McKinley”, Estados Unidos abandonó definitivamente la fantasía de que un mundo que se le parezca es un mundo más seguro.

Sin embargo, al observar los movimientos del Pentágono, surge una contradicción ineludible: si este era el objetivo ¿por qué el despliegue estadounidense de las últimas semanas huele a improvisación reactiva? La respuesta radica en el error de cálculo sobre los tiempos de la balcanización. Washington y Tel Aviv pecaron de un peligroso optimismo táctico: apostaron a que las primeras semanas de bombardeos de saturación sobre la infraestructura de mando quebrarían la moral del gobierno y desatarían una fractura interna casi automática, pero la CIA no funciona tan bien como en las películas. Creyeron que el colapso sería rápido, barato y autoejecutable por las minorías locales. Esta es parte de la lectura de la nueva doctrina imperante en la toma de decisiones ya explicada. Pero el Estado profundo iraní demostró una resiliencia estructural mayor a la presupuestada por esta escuela, aunque advertida por otros. Al fallar esta implosión a control remoto, Estados Unidos se ve ahora arrastrado a una guerra de la que quizás hoy preferiría correrse, pero de la que ya no tiene escapatoria. Retirarse ahora significaría dejar a Irán mucho mejor posicionado de lo que estaba antes de la escalada: controlando y cobrando peaje en el Estrecho de Ormuz, y consolidando a un Estado que, bajo esta presión existencial, inevitablemente mutará de un sistema teocrático a uno de corte netamente pretoriano, entregándole el control total y definitivo del país al Pasdaran (la Guardia Revolucionaria), con enormes incentivos para avanzar en su desarrollo nuclear y militar. La actual readecuación de sus medios militares no es entonces una falta de estrategia, sino su adaptación, que consiste pasar a una fase terrestre obligada, teniendo que enviar sus propias tropas porque el botín ya no se va a asegurar solo. Después de Crimea Putin se pensó que el resto de Ucrania sería solo un bocado, quizás después de Caracas, su amigo Trump haya sentido lo mismo en Teherán. Recalculando.

Para Estados Unidos, alterar drásticamente la distribución de sus medios militares no responde a una simple solidaridad de alianza. Al traslado de urgencia de sus grupos de asalto anfibio —incluyendo al USS Tripoli y al Grupo Boxer— y a los miles de paracaidistas de la Fuerza de Respuesta Inmediata de la 82.ª División Aerotransportada, se acaba de sumar en las últimas horas la confirmación de que el Pentágono evalúa desplegar hasta 10.000 tropas terrestres adicionales con blindados hacia el Golfo Pérsico. Semejante escalada de infantería expone la cruda realidad táctica: a EE. UU. no le sirve únicamente capturar un enclave petrolero vital como la isla de Jarg; necesita imperiosamente tomar y resguardar la franja costera continental. Es aquí donde el plan choca con la geografía. Si someter a Irak —un país tres veces más pequeño, de llanuras abiertas y con unas fuerzas armadas infinitamente menos preparadas— demandó el despliegue de casi 200.000 hombres, dominar la inexpugnable costa montañosa iraní es una pesadilla de otra magnitud. Sin embargo, en el diseño de ese nuevo rompecabezas en el que quedaría convertido un Irán balcanizado, esa costa es exactamente la pieza que Estados Unidos busca guardarse en el bolsillo. Al destruir la infraestructura de denegación de área de Teherán en el litoral, Washington asume el control indiscutido del corredor por donde fluye el 20% del crudo mundial, allanando el camino para crear, en el futuro, una coalición de países aliados del Golfo que administre el estrecho bajo su tutela. Un nuevo Panamá. Este es un mensaje directo a Beijing. Al monopolizar Ormuz, Estados Unidos le demuestra a una China altamente dependiente de la importación energética que posee una correa directamente atada a su cuello económico, capaz de cerrarle el grifo a voluntad.

Sin embargo, al trasladar estas unidades expedicionarias para sostener la guerra en Medio Oriente, Washington evidencia una peligrosa sobreextensión estratégica. Asume un riesgo colosal: aceptar el debilitamiento de la postura disuasoria del INDOPACOM, lo que genera en Asia una ventana táctica que abre de par en par la puerta para que China lance su asalto definitivo sobre Taiwán. Es esta convergencia de fines (la balcanización israelí y el control de Ormuz estadounidense) la que nos devuelve a la gran consecuencia global en el Pacífico: ¿Es esta aparente vulnerabilidad por sobreextensión en Asia un costo ineludible de la ambición en Medio Oriente, o estamos frente a una magistral operación de control reflexivo diseñada para inducir a Beijing al suicidio, empujando a China a iniciar una guerra en Taiwán que la empantane en un desgaste brutal, calcando el fatídico error de cálculo de la “victoria en tres días” que Vladimir Putin imaginó para Ucrania? Ni idea.

 Al monopolizar Ormuz, Estados Unidos le demuestra a una China altamente dependiente de la importación energética que posee una correa directamente atada a su cuello económico, capaz de cerrarle el grifo a voluntad. 

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A través de los ojos del mando chino, la ventana es innegable. La teoría del Peaking Power sugiere que China es hoy más peligrosa que nunca porque percibe que el tiempo corre en su contra ante un colapso demográfico irreversible. Si a esto se le suma el actual “valle de la muerte” logístico del Pentágono —escasez de munición y astilleros colapsados—, la matemática en Beijing parece cerrar. Un informe publicado recientemente por un reconocido portal británico expuso la crudeza de esta sangría: el ritmo vertiginoso al que la Armada de Estados Unidos está quemando sus costosos misiles interceptores en Medio Oriente ha pulverizado por completo su capacidad industrial de reposición. Con la infantería expedicionaria y el escudo antimisiles estadounidense absorbidos por el Golfo Pérsico, el costo de cruzar el Estrecho de Taiwán ha bajado drásticamente. Y acá aparece la gran pregunta sin respuesta, la incertidumbre absoluta que rodea a una guerra por Taiwán que ya se asume tan estructuralmente inevitable como el propio choque entre Israel e Irán: ¿está viendo Xi Jinping la vulnerabilidad real de un imperio sobreextendido, o el espejismo calculado de una trampa letal?

Lo que Estados Unidos dejó atrás en las costas de Japón es la vanguardia de su mayor mutación doctrinal en un siglo: el Force Design 2030. La defensa de la primera cadena de islas quedó a cargo del 12º Regimiento Litoral de Marines (MLR). Operando como un bisturí asimétrico e infiltrados en islotes minúsculos, actúan como sensores adelantados conectados a una matriz de conciencia situacional gestionada por algoritmos de IA militar (Palantir, Anduril). Unidades muy pequeñas que encienden radares por fracciones de segundo, lanzan misiles antibuque NMESIS y se desvanecen. Esta fuerza demuestra la regla de oro de la tiranía de los cuellos de botella: en mares estrechos, el poder naval tradicional, basado en plataformas multimillonarias, es inherentemente vulnerable frente a redes distribuidas de sensores y armas baratas de negación de área, mucho para aprender en Argentina.

Aquí emerge la hipótesis del control reflexivo. Si Washington aplica esta doctrina —inducir al adversario a tomar voluntariamente la decisión deseada—, la narrativa pública sobre su “sobreextensión”, el agotamiento de sus interceptores, y el traslado de flotas a Medio Oriente es una carnada perfecta. La trampa busca empujar a Beijing a aprovechar la aparente distracción precipitándose a la guerra. Al morder el anzuelo, China enviaría a la costosísima Armada del EPL directo hacia el embudo geográfico del Estrecho de Taiwán. Allí, la misma lógica asimétrica que permite ahogar el comercio en el Golfo Pérsico los estaría esperando: enjambres de drones, minas inteligentes y misiles del MLR listos para convertir el canal en un corredor de la muerte y a los buques en ataúdes flotantes.

El objetivo final de esta inducción estratégica, al dejar la ventana abierta en Taiwán, no sería únicamente la destrucción física de la flota china, sino el colapso de su modelo nacional. Si China muerde el anzuelo, le otorga a Occidente la justificación moral y legal inmediata para ejecutar un bloqueo financiero total. De nuevo aparece Ucrania en el horizonte. La desconexión del sistema SWIFT, el embargo de reservas y el colapso de sus exportaciones lograrían en semanas lo que una guerra convencional tardaría años: la neutralización de China como competidor hegemónico.

En conclusión, el asedio en Ormuz es mucho más que una operación para gestionar una guerra irreversible o desarmar a la teocracia iraní. Es la demolición controlada de un país para rediseñar un continente entero y, al mismo tiempo, la pieza central de una partida psicológica a escala planetaria. Si Xi Jinping interpreta este reposicionamiento de fuerzas como el disparo de largada para su reunificación por la fuerza, la historia podría recordar este momento no como el gran triunfo del revisionismo asiático, sino como el instante preciso en el que una superpotencia saltó voluntariamente por la ventana equivocada, desatando la trampa perfecta; o exactamente lo contrario, y ser el paso al frente del cambio de guardia en el mundo. Paradójicamente, Ormuz puede ser la mejor defensa sobre Taiwán o su caída.

Fuentes Seguras. Occidente, cada vez más complicado

Inteligencia iraní. Las preguntas esenciales. Un antes, y un después. Contra casi todos. Europa, Europa. EEUU: Revuelo interior y elecciones. El abismo. Irán, fuerte

Por Gabriel Fernández *

INTELIGENCIA Y CHANTAJES. Entre agosto y septiembre del año pasado, las autoridades iraníes completaron un informe reservado sobre los proyectos militares y nucleares de Israel, su colaboración con países occidentales y el espionaje a organizaciones internacionales. El titular del área de Inteligencia, Esmaeil Jatib, declaró que el conjunto de datos fue recopilado por sus agentes operativos en distintos puntos de Asia occidental; entre otras cosas evidencian «la política de ambigüedad nuclear del régimen” [israelí].

«Se ha descubierto información completa que incluye nombres, detalles, direcciones y relaciones laborales de 189 expertos nucleares y militares del régimen y proyectos relacionados de cada uno” precisó el funcionario. Aquellas revelaciones incluyeron grabaciones realizadas dentro de la instalación nuclear israelí de Dimona, en el sur del país hebreo. Asimismo, la información obtenida incluye detalles precisos de sitios militares sensibles con aplicaciones de doble uso, algunos de los cuales fueron atacados por misiles iraníes durante la ‘guerra de 12 días’ del pasado mes de junio, tras ser entregadas sus coordenadas a las unidades pertinentes.

El jefe de la Inteligencia persa precisó, además, que su país obtuvo documentos que rastrean la influencia que funcionarios israelíes y senadores estadounidenses tienen sobre el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) para obtener información relacionada con el programa nuclear de Irán. Entre los documentos publicados figuran imágenes que, presuntamente, demuestran que Israel incluso espía -y en relación, chantajea- al director del OIEA, Rafael Grossi.

El alto referente de los servicios iraníes subrayó que los documentos fueron obtenidos y transferidos a través de «capas complejas de protección del régimen», gracias al trabajo del Ministerio con funcionarios nucleares, instituciones militares y ciudadanos israelíes, que colaboraron, según el ministro, motivados tanto por intereses materiales como por el «intenso odio hacia el primer ministro corrupto y criminal», en clara referencia a Benjamín Netanyahu.

LOS GRANDES INTERROGANTES. Los Estados Unidos iniciaron con Israel el ataque contra Irán el 7 de marzo del año en curso, en plena negociación sobre el enriquecimiento de uranio y el desarrollo del plan nuclear de la nación medio oriental. Esos encuentros habían resultado satisfactorios, según ambas partes. «En los intercambios admitimos posponer el enriquecimiento de uranio y ratificamos que no tenemos armas nucleares ni pensamos usar la energía nuclear con destino bélico. Igual Estados Unidos e Israel atacaron”, apuntó el gobierno islámico.

Los interrogantes que este periodista evalúa imprescindible formular son ¿Por qué se desató la guerra? ¿Quién está ganando? Y ¿Contra quién es la guerra? Resultaría irresponsable aventurar respuestas, pero el solo planteamiento de esas preguntas permite enfocar con más claridad lo que viene sucediendo. Veamos los trazos iniciales de la fase reciente del litigio: tras el primer intenso bombardeo norteamericano israelí, el cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán informó el lanzamiento de una réplica muy potente con misiles y drones sobre Israel y bases estadounidenses en la región.

Las imágenes que se observaron en Tel Aviv resultaron estremecedoras. Enseguida, 27 bases norteamericanas más el gran complejo industrial de defensa de ese distrito, redondearon un anticipo de la potencialidad iraní. El presidente Donald Trump dijo, «Quieren hablar y yo he aceptado hablar, así que hablaré con ellos”. La frase surgió como una reacción muy acelerada dada la cercanía del puntapié inicial del ataque. Enseguida el Estado de Irán respondió que no tenía intención de hablar. Entonces el presidente norteño, que quedó en falsa escuadra, redobló la apuesta y afirmó «Vamos con todo. No vamos a permitir que Irán haga tal o cual cosa”.

El lector ya puede comprender que ahí emerge, en cierto modo, una clave del asunto. Los datos de especialistas militares acerca de los pertrechos y las municiones empezaron a llegar en modo de análisis periodístico. Fíjese, pues aunque en la prédica general los medios occidentales afirman que los Estados Unidos e Israel están domesticando a Irán, lo cierto es que las existencias de interceptores de misiles norteamericanos y de la potencia ocupante podrían agotarse en cuestión de semanas si Irán logra mantener el ritmo de los ataques.

Pero ¿quién lo informa? Bueno, no se trata de IRNA. Ya es difícil acceder la Agencia estatal Iraní. Antes, inclusive durante el bombardeo, se pudo ingresar de manera plena. Ahora ya no. No, no lo plantearon los iraníes, lo informó Bloomberg, uno de los centros del capitalismo financiero en el orden comunicacional, junto a otros medios como los que analizamos habitualmente en este espacio. Según Bloomberg, la capacidad de los Estados Unidos, Israel y los Estados árabes del Golfo para sostener la defensa frente a la represalia persa, depende del volumen de interceptores disponible. El medio sostuvo que esas reservas ya estaban “peligrosamente bajas después de los intensos combates con la República Islámica el año pasado”.

Sucede que la Guerra de los 12 días dejó un sabor extraño para Occidente. En realidad, el arco de acero que protegía a Israel fue quebrado por la resistencia iraní, que tampoco había iniciado en aquel momento las hostilidades. El 7 de marzo de 2025, Trump envió una carta dirigida al ayatollah Ali Jamenei señalando que los iraníes “son gente maravillosa”.

Antes, tras años de negociaciones bajo un formato 5+1 (Rusia, China, el Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos) durante el gobierno del presidente Barack Obama, se alcanzó un Acuerdo sobre el Programa Nuclear Iraní, suscrito el 14 de julio de 2015, endosado por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (Resolución 2231 del 20 de julio de 2015) y el Congreso estadounidense, que establecía regulaciones al Programa persa sujeto a supervisión y monitoreo internacional, a cambio del levantamiento de sanciones y desbloqueo de recursos congelados.

La concreción de dicho acuerdo marco permitió cierto oxígeno a la economía iraní, que pudo recuperar recursos y activos congelados en el exterior, relanzar y modernizar su industria petroquímica gracias a inversiones de países como China, así como invertir en el sector aeronáutico severamente afectado por las sanciones luego de la Revolución que encabezara el iman Ruhollah Jomeini en 1979. Los Estados Unidos, bajo el primer mandato de Trump, se retiraron unilateralmente del acuerdo en mayo de 2018, y volvieron a imponer sanciones económicas a Irán, aliviadas posteriormente durante el gobierno de Joseph Biden, y ahora reinstauradas con el gobierno de Trump en su segundo mandato.

Pese al retiro de los Estados Unidos del referido acuerdo en 2018, las autoridades de Teherán aseveraron que su país cumplió con las obligaciones según lo establecido por la Organización Internacional de Energía Atómica. Los Estados Unidos, por su parte, manifestaron sus dudas al señalar que Irán continuó desarrollando su industria nuclear y que estaría cerca de conseguir una bomba atómica, así como el desarrollo de la industria de misiles balísticos. Estas acusaciones fueron respaldadas por el gobierno de Tel Aviv, que ve a Teherán como una amenaza permanente.

Es decir, la coalición norteamericano israelí ha quebrado toda legalidad internacional. En línea, lo ha concretado sin que se conozcan los motivos: ¿amenaza nuclear? ¿democracia? ¿derechos humanos? ¿seguridad interior? ¿seguridad de aliados? Toda la diplomacia del planeta sonríe irónicamente -si cabe el gesto en medio del drama- cuando algún funcionario de la dupla criminal esboza cualquiera de esas “razones”. Nadie cree en los argumentos del Norte; ni quienes rechazan su accionar ni aquellos que, tímidamente, se animan a respaldarlo.

LA NUEVA ERA. Con los sucesos recientes, la confrontación internacional parece estar llegando a un punto de no retorno. Este narrador considera que, si los pueblos no destruyen o al menos no limitan el poder del gran capital financiero, con las tecnologías elaboradas en los meses recientes, sus elites decidirán -y actuarán en consecuencia- que el ser humano es un gasto innecesario. Solo quedarán fuera de la ecuación las dirigencias globales, sus fuerzas de seguridad, sus empleados imprescindibles. En concreto, hasta hace un par de años a ese bloque le sobraban 1000 millones de personas. Ahora si se observan las perspectivas productivas, la cifra se aproxima a 7.000. Solo la Asociación de Estados Multipolares puede frenar este proceso.

Es necesario, además de saber qué es lo que está pasando en concreto en el variado frente de batalla, comprender los intereses profundos que llevan a una contienda de esta naturaleza. E insertar algunos planteos más para apuntalar una interpretación certera. Irán no va a capitular. Pero, ¿por qué? Se trata de orgullo, de una filosofía honda y pensada, pero de algo más. Está claro que los Estados Unidos no son confiables, lo cual deriva en que toda aproximación pueda constituirse en un dramático error. En sintonía, que los alrededores permiten diseñar políticas confluyentes -Hezbollah, los agrupamientos armados al interior de Irak, los huttíes- y sobre todo que la República Popular China y la Federación de Rusia necesitan un Irán estable y lo último que anhelan es un gran estado anglosajón con epicentro en Israel dominando la región.

En cuanto al petróleo, aunque resulta pertinente señalar el acierto norteamericano previo -la utilización del fracking- el mismo no logra evitar el descalabro global que produce el cierre del Estrecho de Ormuz. El intento original norteamericano de controlar Yemen, fracasó. Así, esa vía esencial puede ser usufructuada, geopolíticamente, por Irán. Se deduce, razonablemente, que Europa aborda el corto plazo con dificultades irresolubles. Le cortaron el acceso al gas ruso -con aquiescencia de sus “estadistas” a través del quiebre del Nord Stream y le ordenaron “No comerciar con Rusia de ningún modo». Esto llevó a triangulaciones, a ciertas movidas irregulares, pero la complicación de los costos es ostensible.

Todo esto afecta al usuario común directo, pero también a las industrias que ya están golpeadas porque las medidas desplegadas desde el 2022 en adelante a raíz de los sucesos en Ucrania han damnificado los niveles productivos y el ejemplo más claro es Alemania. Entonces ¿contra quién es la guerra? Ya podemos aventurar: contra Irán, contra los países BRICS +, sin dejar de indicar contra la unidad de los pueblos a través de inversiones y comercio, específicamente contra China y, de soslayo, contra las naciones europeas que ya han intentado un acercamiento con la Federación. En tal sentido, no debería olvidarse el inveterado terror histórico del Reino Unido ante la mínima posibilidad de una coalición ruso alemana. Un tema para analizar largo y tendido, ¿no?

Entonces, vale pensar qué sucederá con la vaporosa Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, admitió que los europeos “han sido tomados por sorpresa”. “Ahora, a nivel mundial, responden a los caprichos cotidianos de un presidente estadounidense que está causando una enorme disrupción”, El vocero de la entidad, Julien Barnes-Dacey, añadió: “Están entre la espada y la pared… Por un lado, quieren aferrarse a algún sentido del derecho internacional, o al orden basado en normas, y por otro, intentan desesperadamente ganarse el favor de Trump”. “Mientras Israel y Estados Unidos prosiguen la guerra que iniciaron, los europeos intentan involucrarse sin involucrarse y comprometerse sin comprometerse”, indicó el funcionario en un diálogo periodístico inusualmente sincero con la CNN.

RIESGOS. Ahora bien, si sigue el ataque, además de las señaladas dificultades occidentales, Irán también puede entrar en situación de emergencia. Sin embargo, hay allí un trabajo fuerte en el orden industrial que incluye el Programa Nuclear, para poner en marcha las fábricas. Bajo tierra hay una labor de ingeniería muy sólida que puede llegar a ser trascendente a la hora de afrontar una agresión extensa y compleja. Como se sabe, Israel y los Estados Unidos apuestan a una batalla corta y contundente, pero hay que tener espalda para eso. Algo hay en favor de los agresores: Irán no tiene armas nucleares e Israel tiene armas nucleares. Ahí existe una diferencia a registrar.

Vale precisar que Irán fue atacado por una potencia que, ante la Organización Internacional de Energía Atómica, se negó a mostrar sus arsenales. Por tanto, para buena parte de la comunidad mundial el problema no es Irán; como bien lo señaló China hace pocas horas y como lo plantean varios multipolares, la legalidad le asiste. No hay nada, ni el Congreso norteamericano, ni hablar la ONU, no hay ninguna instancia, ningún factor, ningún elemento que coadyuve a la presunta legalidad del ataque formulado en contra de la nación persa. Pero mientras la irresponsabilidad del gran capital financiero puede llevar a usar armas nucleares en contra de Irán, es muy probable que en la misma dimensión del liderazgo de Ali Jamenei, Irán se cuide porque cuida el futuro, como lo cuida China, como lo cuida Rusia.

Esa falta de contemplaciones hacia el destino del ser humano se percibe en el proceder, y en el decir, del centro occidental. Tantos medios liberales se alegraron del asesinato de Ali Jamenei. Bueno, la conducción que ese guía espiritual llevó adelante como continuador del imán Jomeini, ha dejado una huella muy interesante. Por un lado, una articulación con los sectores políticos internos, la garantía de realización de elecciones, debate, diferenciación respetuosa entre sectores para poder abordar el diálogo y al mismo tiempo firmeza conceptual, pero relacionada con el cuidado. Como ejemplo, Nagorno Karabaj, Turquía, Azerbaiyán, Armenia, el asesinato de Qasem Soleimaní, en la misma dirección el crimen de Hassan Nasrallah. En todas estas provocaciones -y otras- se plantó Jamenei, pero se plantó con una sutileza, con una disección de objetivos muy fina, para evitar que el conflicto se derrame por Asia occidental, porque esa región a futuro puede ser integralmente multipolar.

En este tramo donde las puertas del tiempo se van abriendo, pero no se abren con la rapidez necesaria – todos inciden, todos tienen poder y todos tienen armas-, la situación se complica a la hora de avanzar. Cuando se observa el mapa es posible comprender la trascendencia de mantener acotados los bombardeos y también las acciones defensivas. La defensa de Irán puede ser muy intensa, pero guarda la medida. Se muerde los nudillos antes de ir sobre una zona en la que damnifique futuros aliados. De hecho, fue sobre las bases norteamericanas en los países árabes, evitando involucrar a la población civil. En sentido contrario, tras agitar los derechos de las mujeres, los Estados Unidos e Israel asesinaron 168 pibas en una escuela. Muy edificante. Muy democrático.

Horas atrás, la Asamblea de Expertos de Irán designó a Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo del país, en sustitución de su padre. En un vibrante comunicado, la asamblea declaró que “después de estudios cuidadosos y extensos… en la sesión extraordinaria de hoy, el ayatolá Seyyed Mojtaba Hosseini Jamenei (que Alá lo proteja) es designado y presentado como el tercer líder del sagrado sistema de la República Islámica de Irán, basado en el voto decisivo de los respetados representantes de la Asamblea de Expertos”. Minutos después de su nombramiento, la Guardia Revolucionaria juró lealtad al líder supremo. “El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica está listo para la obediencia total y el autosacrificio en el cumplimiento de los mandatos divinos del Guardián Jurídico de la época, Su Eminencia el Ayatolá Seyyed Mojtaba Jamenei”, informaron los Guardianes.

EL REVUELO INTERIOR. Trump tendrá que ocuparse de algunos asuntos internos y explicar por qué se está gastando lo que no invirtió en producción, en el sostenimiento de bases militares gigantescas en distintos puntos del mundo. Se acercan las elecciones legislativas y sube el desempleo. No hay nuevas industrias ni fábricas repatriadas. Todo envuelto en un alarde recio que insertó al país en conflictos que había prometido eliminar.

Pese a todo, cabe insistir, sería irresponsable afirmar: gana tal, gana cual. La situación está muy enredada y las guerras hay que pelearlas hasta el último minuto. Y un poco más, como se recuerda. Nadie puede afirmar estamos en esta dirección o en la otra. Aunque si se puede afirmar que existe una campaña apreciable de los medios occidentales para demostrar dos cosas. Primero que las naciones del Centro Occidental tienen razón y que van a proclamar los derechos, la democracia o la libertad para el país musulmán. Luego, que el poder norteamericano sigue en condiciones de disciplinar, por lo tanto, hay que disciplinarse de antemano en modo argentino para estar en línea con el desarrollo de los acontecimientos.

Ninguna de las dos cosas es cierta. Esto no quiere decir que el anverso resulte una verdad atronadora. No significa la inexistencia de dificultades para aquellos que asumen la defensa del espacio multipolar. Sin embargo, es preciso saber que la propaganda no informa, las consignas no sirven y solo el análisis y el razonamiento pueden permitirnos acceder a un escenario tan complejo.

TRUMP ACABA DE PERDER LAS ELECCIONES. Este periodista tuvo la posibilidad de leer un material extraordinario, realizado desde el Tábano Economista por el licenciado Alejandro Marcó del Pont. Se trata de “¿Cómo Israel convirtió la promesa de América First en una guerra eterna para Trump?” Tiene un desarrollo corrosivo que nos ayuda a pensar. Por eso se resolvió a entrevistarlo en Radio Gráfica. Aquí se incluye el texto en cuestión y la conversación. Los ejes de la misma no tienen desperdicio.

Cómo Israel convirtió la promesa de ‘America First’ en una guerra eterna para Trump

Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

La influencia extranjera es uno de los enemigos más perniciosos del gobierno republicano (George Washington)

El 28 de febrero de 2026, las explosiones que sacudieron Teherán no solo alcanzaron los enclaves subterráneos del programa nuclear iraní; su onda expansiva viajó miles de kilómetros hasta fragmentar el cemento político sobre el que Donald Trump había construido su segunda presidencia. En una operación de una audacia y un riesgo extremos, la Fuerza Aérea de Estados Unidos, en supuesta coordinación con Israel, lanzó el ataque más contundente contra Irán desde la crisis de los rehenes de 1979.

El objetivo declarado por la Casa Blanca era quirúrgico y clásico: eliminar de una vez por todas la amenaza de las instalaciones nucleares y el arsenal de misiles balísticos de la República Islámica. Pero la magnitud de lo que se vivió en la madrugada —con informes que hablaban no solo de bombas sobre centrifugadoras, sino de un misil que alcanzó el búnker donde se refugiaba el líder supremo, Alí Jamenei— delataba una ambición mucho mayor: la decapitación del régimen y su colapso definitivo.

Sin embargo, la pregunta que flota sobre los escombros de Teherán y sobre los mercados de Nueva York no es tanto si Irán puede reconstruirse, sino si Estados Unidos y su presidente podrán sobrevivir a las consecuencias de su propio éxito militar. La paradoja posee una belleza trágica propia de un drama griego. Donald Trump, el presidente que llegó al poder prometiendo enterrar las «guerras eternas» y poner «América Primero», acaba de abrir la puerta a un conflicto de desgaste en Oriente Próximo que amenaza con devorar su legado, su base electoral y la estabilidad de la economía global. Y todo apunta a que no lo hizo solo, que fue conducido hacia allí, con la precisión de un relojero suizo, por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.

Para entender la magnitud del abismo al que se asoma Trump, hay que abandonar por un momento los mapas de los generales y poner la mirada en las gasolineras de Ohio y Pennsylvania. El corazón del movimiento MAGA late al ritmo del precio del crudo. Su núcleo electoral, la clase trabajadora blanca y la clase media manufactureras, fueron las grandes víctimas de la inflación post-pandemia. Cada dólar que sube el barril es un voto que se aleja de las urnas republicanas. Los analistas de Goldman Sachs y Barclays llevaban semanas advirtiéndolo en sus informes: un conflicto abierto con Irán dispararía el petróleo. El Brent y el WTI, superarían con facilidad la barrera de los 100 dólares, llevando la inflación de vuelta a territorios prohibidos, cerca del 5%. Las hipotecas se encarecerían, el crédito para el pequeño negocio del Medio Oeste se congelaría y el sueño de «America First» se desvanecería en un espejismo de estanflación.

La lógica elemental dictaba que Trump no podía permitirse ese escenario. Su instinto de supervivencia política, que siempre ha sido su principal brújula, debería haberle llevado a contemporizar, a amenazar, quizá a un bombardeo simbólico sobre instalaciones militares abandonadas. Pero no a esto. No a un ataque que, según fuentes de inteligencia, citadas por Reuters y The Straits Times días antes de la operación, fue desaconsejado explícitamente por la CIA. La agencia advertía que un «golpe decapitador» contra Jamenei no provocaría el colapso del régimen, sino su relevo por figuras aún más radicales de la Guardia Revolucionaria (IRGC), dispuestas a una guerra de desgaste infinita. Si la inteligencia americana lo sabía, si los modelos económicos lo predecían, ¿qué nube tóxica nubló el juicio del presidente?

La respuesta, incómoda pero cada vez más aceptada en los círculos analíticos de Washington, tiene dos caras. Una, la más volcánica y pública, es la del propio Netanyahu, un superviviente nato que lleva décadas viendo en Irán una amenaza existencial que debe ser eliminada antes de que sea demasiado tarde. Su lógica era la del «ahora o nunca». Con un presidente americano impredecible y deseoso de demostrar fuerza, y con un análisis equivocado de los ayatolás más débiles por las protestas internas, la ventana de oportunidad se abría de par en par. La otra cara, la más turbia y que circula en los pasillos del poder bajo el sigilo del off the record, tiene nombre y apellido: el lobby israelí y los expedientes Epstein.

Se sabe, y no es un secreto para los servicios de inteligencia, que Jeffrey Epstein no trabajaba solo; su red de influencia y chantaje era una telaraña que conectaba con intereses israelíes, con el Mossad. La teoría que gana adeptos es que el material comprometedor que el Departamento de Justicia estadounidense guarda en sus cajas fuertes sobre figuras clave del establishment no es propiedad exclusiva del gobierno federal. El Mossad, se argumenta, tiene una copia. Y en el momento crucial, cuando la maquinaria bélica dudaba entre la prudencia y la audacia, esa información pudo haber actuado como un sutil, pero eficaz, elemento de coerción. No hace falta un vídeo de Trump en una situación comprometida para doblegar su voluntad; basta con tener la capacidad de filtrar información sobre un colaborador cercano, un familiar o un donante clave para que la geometría de las decisiones empiece a torcerse.

Más allá de la leyenda negra de los videos y las fotos, la influencia del lobby israelí en Washington es una realidad tan tangible como el mármol del Capitolio. Académicos de la talla de John Mearsheimer y Stephen Walt lo documentaron hace años en «The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy». No es una conspiración, es un hecho político: el Comité Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC) y sus satélites financian campañas, moldean discursos y condicionan votaciones en el Congreso con una eficacia aplastante. Ningún político que aspire a mantenerse en el poder quiere enfrentarse a una maquinaria de desprestigio multimillonaria financiada por el lobby. Esa coerción, la financiera y la política, es tan efectiva como cualquier chantaje. Así, cuando el Pentágono y el Departamento de Estado debatían la respuesta a Irán, las opciones que priorizaban la «ventaja militar cualitativa» de Israel pesaban más en la balanza que aquellas que defendían la estabilidad económica doméstica.

Lo que ocurrió sobre el terreno en la madrugada del 28 de febrero revela hasta qué punto las prioridades estaban desalineadas. Si EE.UU. buscaba una operación quirúrgica para degradar la capacidad militar iraní y proteger sus bases en la región, los resultados hablan de otra cosa. Los satélites mostraban impactos en instalaciones navales y lanzaderas de misiles, sí. Pero también llegaban imágenes dantescas desde Minab, donde una escuela elemental cercana a una base militar fue alcanzada, matando a 150 niñas, ataques al Hospitales de Teherán, atestados de víctimas civiles. El sello de un ataque diseñado no para ser corto y ejemplarizante, sino para ser total y, sobre todo, irreversible. Eso no era una advertencia; era una declaración de guerra existencial. Era la firma de Israel, el socio que necesita que el conflicto se convierta en una ciénaga para que Irán no pueda levantar cabeza.

Y en esa ciénaga es donde Trump corre el riesgo de quedar atrapado. Lo que él concibió probablemente como un «show of force» espectacular al estilo Trump —una explosión de grandeza que forzara a Irán a una negociación de rendición— ha sido interpretado por el mundo y por los mercados como la entrada en una trampa de costes infinitos. Irán no colapsó. Su liderazgo ha sido sustituido por líneas duras de la Guardia Revolucionaria que prometen venganza. El Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 25% del petróleo mundial, tiembla ante la posibilidad de un bloqueo total. Y mientras los petroleros empiezan a desviar sus rutas, el rendimiento del bono americano a 10 años se dispara: los inversores exigen más rentabilidad por el riesgo de una inflación que ya no ven transitoria, sino enquistada por la geopolítica.

La lógica de Netanyahu, fría y calculadora, ha funcionado a la perfección. Ha conseguido que el ejército más poderoso de la Tierra participe en la eliminación de su mayor enemigo estratégico sin tener que sacrificar la totalidad de sus reservas. Ha logrado que EE.UU. queme su crédito político y económico en un conflicto que, para Israel, es de vida o muerte. Para Trump, en cambio, el balance es un desastre absoluto. No solo ha roto su promesa fundacional de terminar con las guerras eternas, sino que lo ha hecho en un momento de máxima vulnerabilidad económica para su electorado. La fractura en su base leal, la profundamente antiglobalista que lo subió al poder, puede ser ya imborrable. Le ven como un presidente que fue engañado o chantajeado, o sencillamente traicionó sus principios por presiones externas.

La teoría de la «captura estratégica» que se estudia en las academias militares cobra aquí vida propia. Cuando un aliado menor logra que la potencia mayor ejecute acciones que sirven exclusivamente a sus intereses regionales, incluso a costa del bienestar interno de la potencia, la relación deja de ser una alianza para convertirse en una tutela invertida. Y eso es lo que ha sucedido. Netanyahu ha mirado a Trump a los ojos y le ha convencido de que asesinar a Jamenei era un regalo. Pero ese regalo venía trasmitido con la inflación, la subida de tipos y la certeza de una derrota en las elecciones de medio mandato.

Mientras el humo se disipa sobre Teherán y las primeras represalias iraníes golpean bases americanas en siete países, una pregunta sobrevuela el Despacho Oval: ¿quién gobierna realmente la política de defensa de Estados Unidos? La respuesta, por incómoda que resulte en un país que se precia de su soberanía, parece apuntar hacia Jerusalén. Donald Trump, el negociador que prometía no dejarse engañar, ha caído en la trampa más antigua del tablero de Oriente Próximo: creer que se puede usar la fuerza sin pagar un precio político. Su legado, el de «America First», yace ahora enterrado bajo las ruinas de un bombardeo que no traerá la paz, sino una guerra eterna diseñada en los despachos de Tel Aviv. Y la historia, una vez más, le recordará no como el presidente que acabó con las guerras, sino como aquel al que su aliado más astuto utilizó para empezar la más peligrosa de todas”.

NOTICIAS DE MAÑANA. Los Estados Unidos están denunciando a través de sus medios afines, que China se predispone a respaldar con elementos de seguridad y pertrechos a Irán. También, que Rusia ya está suministrando información para facilitar ataques iraníes en Medio Oriente. En realidad, la información que poseen estas Fuentes es más voluminosa al respecto. Pero estas líneas no son acerca de esos apoyos, sino de la extrañeza que genera su divulgación. Pensemos más allá de las intenciones de demonización.

Si lo que se pretende es evidenciar que China y Rusia son maledicentes y riesgosos … lo que queda en evidencia es que norteamericanos e israelíes están enfrentando demasiados adversarios. De por sí la lucha específica contra Irán les resulta muy difícil; si el adversario se extiende a otras dos potencias -las más importantes que hasta ahora no aparecían públicamente involucradas-, la derrota está asegurada.

¿Para qué le sirve a los Estados Unidos una difusión de esa naturaleza? Lo que podía esperarse era una mascarada destinada a mostrar que los multipolares se dividen y rechazan bancar a Irán. Si los mismos damnificados apuntan lo contrario, los persas emergen muy fortalecidos. Todavía seguimos en sintonía con el interrogante Quién Gana. Tras algunos diálogos con expertos, se pudo detectar -y transmitir en este espacio- que otras preguntas se instalan en el rubro Contra Quién es la Guerra.

Al entender de esta saga, una sólida labor de inteligencia en el área comunicacional, debía asentarse en mostrar el presunto aislamiento iraní en detrimento de una coalición occidental «democrática». No sucede tal cosa.

Preste atención, lector, a la CNN: “Los ataques iniciales de Estados Unidos e Israel —que mataron al líder supremo de Irán, el ayatollah Alí Jamenei, desataron un caos regional. Los gobiernos europeos y de Medio Oriente se enfrentaron a una guerra repentina que no les correspondía y que la mayoría no deseaba. Las autoridades se apresuraron a rescatar a los ciudadanos atrapados en una zona de combate cada vez más amplia. El alza de los precios de la energía azotó azotó las frágiles economías y la agitación política interna se apoderó de la política. En el Golfo, los aliados de Estados Unidos se enfrentaron a bombardeos de drones y misiles que destrozó la opulenta calma de las relucientes ciudades de cristal que surgían del desierto y paralizó la encrucijada de la aviación mundial”.

Y añade, editorialmente, “Es difícil entender por qué los aliados europeos y del Golfo no lo vieron venir. Esta guerra es el epítome de una nueva doctrina de “Estados Unidos primero”, que consiste en desatar el poderío estadounidense para imponer una visión novedosa de sus intereses. Al igual que el derrocamiento del líder venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, refleja la declaración del teniente de Trump, Stephen Miller, el año pasado, de que las “leyes de hierro del mundo” significan que las naciones fuertes pueden gobernar por la fuerza. Es la personificación del temperamento volcánico de Trump, su aceptación de grandes riesgos, su alergia a la estrategia y su fervor por el poder sin límites. El presidente más impredecible de la era moderna ha convertido a la principal superpotencia mundial en su influencia más inquietante”.

Cuesta admitir que las agencias de Inteligencia relacionadas con la Defensa más costosas del planeta puedan cometer tantos desaciertos. De allí que este narrador no modifica los interrogantes bosquejados al comienzo.

Vale seguir proponiendo una mirada larga que evite la utilización de conceptos tales como locos o tontos. Los agresores, con su dañina trayectoria, se han ganado el derecho a ser considerados, al menos, astutos en materia bélica.

Aunque quizás, ya no.

Irán está más fuerte de lo que preveían sus agresores.

Lo que estamos viviendo puede ser un antes, y un después.

* Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Panorama Federal

¿Por qué empezó esta guerra, señor presidente?

Por El Comité Editorial

El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de opinión cuyos puntos de vista se basan en su experiencia, investigación, debates y unos valores muy arraigados. Es independiente de la sala de redacción.

En su campaña presidencial de 2024, Donald Trump prometió a los votantes que pondría fin a las guerras, no que las empezaría. El año pasado, en cambio, ordenó ataques militares en siete países. Su apetito de intervención militar crece a medida que lo alimenta.

Ahora, ha ordenado un nuevo ataque contra la República Islámica de Irán, en cooperación con Israel, y Trump afirmó que sería un ataque mucho más extenso que el bombardeo selectivo a instalaciones nucleares en junio. Sin embargo, inició esta guerra sin explicar al pueblo estadounidense y al mundo por qué lo hacía. Tampoco ha involucrado al Congreso, al que la Constitución otorga la facultad exclusiva de declarar una guerra. En su lugar, publicó un video a las 2:30 a. m., hora del este, del sábado, poco después de que comenzaran los bombardeos, en el que decía que Irán presentaba “amenazas inminentes” y pedía el derrocamiento de su gobierno. Su razonamiento es dudoso, y presentar sus argumentos por video en la madrugada es inaceptable.

Entre sus justificaciones está la eliminación del programa nuclear iraní, que es un objetivo loable. Pero Trump declaró que dicho programa había sido “eliminado” por el ataque en junio, una afirmación desmentida tanto por la inteligencia estadounidense como por este nuevo asalto. Esta contradicción resalta su escaso respeto por su deber de decir la verdad cuando envía a las fuerzas armadas estadounidenses a un combate. También demuestra la poca fe que los ciudadanos estadounidenses deberían tener en sus garantías sobre los objetivos y resultados de su lista de aventuras militares cada vez más larga.

El enfoque de Trump en Irán es imprudente. Sus objetivos están mal definidos. No ha reunido el apoyo internacional y nacional necesarios para maximizar las posibilidades de éxito. Ha hecho caso omiso del derecho nacional e internacional en materia de guerra.

El régimen iraní, para ser claros, no merece ninguna consideración. Desde su revolución hace 47 años, ha generado miseria en su propio pueblo, en sus vecinos y en todo el mundo. Este año ha matado a miles de manifestantes. Encarcela y ejecuta a disidentes políticos. Oprime a las mujeres, a las personas del colectivo LGBTQ y a las minorías religiosas. Sus dirigentes han empobrecido a sus ciudadanos mientras se enriquecen con corrupción. Han proclamado “Muerte a Estados Unidos” desde que llegaron al poder y han asesinado a cientos de miembros del ejército estadounidense en la región, además de financiar el terrorismo que ha derivado en la muerte de civiles en Medio Oriente y en lugares tan alejados de la región como Argentina.

El gobierno de Irán representa una amenaza distinta porque combina esta ideología asesina con ambiciones nucleares. A lo largo de los años, Irán ha desafiado reiteradamente a los inspectores internacionales. Desde el ataque en junio, el gobierno ha dado muestras de reanudar su búsqueda de tecnología de armamento nuclear. Los presidentes estadounidenses de ambos partidos se han comprometido, legítimamente, a impedir que Teherán consiga una bomba.

Reconocemos que el cumplimiento de este compromiso podría justificar una acción militar en algún momento. Por un lado, las implicaciones de permitir que Irán siga el camino de Corea del Norte —y adquiera armas nucleares tras años de sacar provecho a la paciencia internacional— son demasiado grandes. Por otro, los costos de enfrentarse a Irán por su programa nuclear parecen menos imponentes que antes.

Irán, como explicó recientemente David Sanger, periodista del Times, “atraviesa un periodo excepcional de debilidad militar, económica y política”. Desde los atentados del 7 de octubre de 2023, Israel ha reducido las amenazas de Hamás y Hizbulá (dos de los grupos representantes terroristas de Irán), ha atacado directamente a Irán y, con la ayuda de sus aliados, ha repelido en gran medida su respuesta. El nuevo reconocimiento de las limitaciones de Irán contribuyó a dar a los rebeldes de Siria la confianza necesaria para marchar sobre Damasco y derrocar al atroz régimen de Al Asad, aliado de Irán desde hace mucho tiempo. El gobierno de Irán no hizo prácticamente nada para intervenir. Esta historia reciente demuestra que la acción militar, con todas sus terribles consecuencias, puede tener repercusiones positivas.

Un presidente estadounidense responsable podría presentar un argumento plausible para emprender nuevas acciones contra Irán. El eje de este argumento tendría que ser una explicación clara de la estrategia, así como la justificación para atacar ahora, aunque Irán no parezca estar cerca de tener un arma nuclear. Esta estrategia implicaría la promesa de buscar la aprobación del Congreso y de colaborar con los aliados internacionales.

Trump ni siquiera está intentando este enfoque. Está diciendo al pueblo estadounidense y al mundo que espera su confianza ciega. No se ha ganado esa confianza.

En lugar de ello, trata a sus aliados con desdén. Miente constantemente, incluso sobre los resultados del ataque de junio contra Irán. No ha cumplido sus propias promesas de resolver otras crisis en Ucrania, Gaza y Venezuela. Ha despedido a altos mandos militares por no mostrar lealtad a sus caprichos políticos. Cuando sus designados cometen errores escandalosos —como cuando el secretario de Defensa, Pete Hegseth, compartió detalles específicos de un ataque militar contra los hutíes, un grupo respaldado por Irán, en un chat grupal no seguro—, Trump los protege de la rendición de cuentas. Su gobierno parece haber violado el derecho internacional al, entre otras cosas, camuflar un avión militar como avión civil y disparar a dos marineros indefensos que sobrevivieron a un ataque inicial.

Un enfoque responsable implicaría también una conversación detallada con el pueblo estadounidense sobre los riesgos. Irán sigue siendo un país fuertemente militarizado. Es posible que sus misiles de medio alcance no hayan causado mucho daño a Israel el año pasado, pero mantiene muchos misiles de corto alcance que podrían superar cualquier sistema de defensa y golpear en Arabia Saudita, Catar y otros países cercanos. Trump sí lo reconoció en su video de la madrugada, al decir: “Es posible que se pierdan las vidas de valientes héroes estadounidenses y que tengamos bajas”.

Debería haber tenido el valor de decirlo en su discurso del Estado de la Unión del martes, entre otros escenarios. Cuando un presidente pide a los soldados y diplomáticos estadounidenses que arriesguen sus vidas, no debe ser evasivo al respecto.

Al reconocer la irresponsabilidad de Trump, algunos miembros del Congreso han tomado medidas para limitarlo en lo relativo a Irán. En la Cámara de Representantes, los congresistas Ro Khanna, demócrata por California, y Thomas Massie, republicano por Kentucky, han propuesto una resolución destinada a impedir que Trump inicie una guerra sin la aprobación del Congreso. La resolución deja claro que el Congreso no ha autorizado un ataque contra Irán y exige la retirada de los soldados estadounidenses en un plazo de 60 días. El senador Tim Kaine, demócrata por Virginia, y el senador Rand Paul, republicano por Kentucky, están patrocinando una medida similar en el Senado. El inicio de las hostilidades no debe disuadir a los legisladores de aprobar estos proyectos de ley. Una afirmación de autoridad decisiva por parte del Congreso es la mejor manera de limitar al presidente.

El hecho de que Trump no haya articulado una estrategia para este ataque ha generado sorprendentes niveles de incertidumbre al respecto. Ha pedido un cambio de régimen y no ha explicado por qué el mundo debería esperar que esta campaña termine mejor que los intentos de cambio de régimen del siglo XXI en Irak y Afganistán. Esas guerras derrocaron gobiernos, pero, comprensiblemente, desencantaron a la opinión pública estadounidense sobre las operaciones militares de duración indefinida y de interés nacional incierto, y desilusionaron a los soldados que sirvieron lealmente en ellas.

Ahora que ha comenzado la operación militar, deseamos ante todo la seguridad de los soldados estadounidenses encargados de llevarla a cabo y el bienestar de los muchos iraníes inocentes que llevan demasiado tiempo sufriendo bajo su brutal gobierno. Lamentamos que Trump no trate la guerra como el grave asunto que es.

La locura suicida de una guerra con Irán

Por Chris Hedges

El equipo negociador a lo Laurel y Hardy compuesto por Steve Witkoff y Jared Kushner, sumado a la espantosa ignorancia de Trump sobre los asuntos internacionales y su megalomanía, parecen dispuestos a empujar a los Estados Unidos a otra debacle en Oriente Medio, una debacle que el Congreso no ha aprobado y que el público no desea.

¿EE. UU. e Irán están en guerra? - The New York Times
Manifestantes contra ataques estadounidenses contra Irán, frente a la Casa Blanca

Las exigencias impuestas a Irán por la Casa Blanca de Trump no son más aceptables para el régimen de Teherán que las impuestas a Hamás en Gaza en el marco del falso plan de paz de Trump

La exigencia de Trump de que Irán cierre su programa nuclear y renuncie a su capacidad misilística a cambio de no imponer nuevas sanciones es tan descabellada como pedir a Hamás que deponga las armas en Gaza. Pero como hace tiempo que prescindimos de diplomáticos con conocimientos lingüísticos, políticos y culturales, capaces de ponerse en el lugar de sus adversarios, nuestra nueva camarilla de bufones nos está llevando a otra guerra en Oriente Medio. Estados Unidos e Israel creen tontamente que pueden bombardear para decapitar al Gobierno iraní e instalar un régimen clientelista. No se dan cuenta de que este sistema de creencias ajeno a la realidad fracasó ya en Afganistán, Iraq y Libia.

La promesa de no imponer nuevas sanciones no incentivará a Irán a negociar un acuerdo. Irán ya está paralizado por las onerosas sanciones que han destrozado su economía. Esto no servirá para romper el estrangulamiento económico. Irán no renunciará a su programa nuclear, que tiene potencial para ser utilizado con fines bélicos, ni a su programa de misiles balísticos, que Israel ha dicho que atacará en una embestida aérea. El reputado arsenal nuclear de Israel, compuesto por unas 300 ojivas, es un poderoso incentivo para que Irán mantenga la capacidad de construir su propio arsenal nuclear. Irán, al igual que Hamás, nunca se quedará indefenso ante aquellos que buscan su aniquilación.

Un ataque aéreo contra Irán no será como el asalto de 12 días del pasado mes de junio contra las instalaciones nucleares y las instalaciones estatales y de seguridad de Irán. Entonces, Irán calibró su respuesta con ataques simbólicos contra la base aérea de Al Udeid en Qatar, con la esperanza de que no diera lugar a un conflicto más amplio y prolongado. Si se lanza un ataque aéreo, Irán no tendrá nada que perder. Entenderá que apaciguar a sus adversarios es imposible.

Estados Unidos ataca 3 sitios nucleares en Irán | CNN

Irán no es Iraq. Irán no es Afganistán. Irán no es el Líbano. Irán no es Libia. Irán no es Siria. Irán no es Yemen. Irán es el decimoséptimo país más grande del mundo, con una superficie equivalente a la de Europa Occidental. Tiene una población de casi 90 millones de habitantes, diez veces mayor que la de Israel, y sus recursos militares, así como sus alianzas con China y Rusia, lo convierten en un adversario formidable.

A pesar de la relativa debilidad militar de Irán, frente a las fuerzas combinadas de Estados Unidos e Israel, puede infligir mucho daño. Lo hará lo más rápidamente posible. Probablemente morirán cientos de soldados estadounidenses. Irán cerrará sin duda el estrecho de Ormuz, el punto de estrangulamiento petrolero más importante del mundo, por el que pasa el 20% del suministro mundial de petróleo. Esto duplicará o triplicará el precio del petróleo y devastará la economía mundial. Atacará las instalaciones petroleras, así como los barcos y las bases militares estadounidenses en la región.

Las crecientes pérdidas y el enorme aumento de los precios del petróleo proporcionarán el combustible necesario para que Trump y su vil homólogo en Israel desencadenen una guerra regional prolongada.

Este es el precio de estar gobernados por imbéciles. Que Dios nos ayude.

*Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

Fuente: https://estrategia.la/2026/02/28/29664/

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