Palantir: una amenaza para la democracia

Asociacion Gremial de Computación

Una empresa de vigilancia que nunca ganó una elección pretende definir quién es una amenaza. Palantir no vende software: vende una cosmovisión. Y el gobierno argentino le está abriendo la puerta con el DNU 941/2025. Soberanía digital o control corporativo.

Palantir emitió un manifiesto haciendo pública su ideología, objetivos y fines políticos. Palantir no es un partido político, ni es un Estado, sino que se trata de una empresa de análisis y procesamiento de datos, vigilancia y ciberespionaje. Se ha especializado en la creación de algoritmos, sistemas de blancos y detección de objetivos para ejércitos y ministerios de defensa, de los cuales es su principal contratista en los países occidentales, sobre todo en los Estados Unidos, donde ostenta contratos con el Pentágono y con ICE, además de sus acuerdos con la OTAN, policías metropolitanas y diversos organismos de inteligencia e involucramiento en gobiernos incluso en materia de salud, como en la NHS británica.

Como corporación privada y, por lo tanto, opaca y sin controles públicos, Palantir ha logrado inmiscuirse de tal modo en distintos gobiernos que se ha convertido virtualmente en un Estado dentro del Estado, incluso en áreas de extrema sensibilidad para la vida de las personas, como su rol en organismos de inteligencia y su manejo de datos en materia de privacidad, integridad humana, seguridad física y de datos de las personas.

Cómplice de crímenes contra la humanidad

Allí donde se ha desempeñado como contratista, Palantir no funge sólo como un mero instrumento tecnológico al cual los Estados consultan, sino que actúa como promotor, ideólogo y autor material de la tecnología necesaria para llevar adelante toda clase de violaciones a los DDHH, al punto de participar, diseñar y defender públicamente crímenes contra la humanidad, atrocidades contra civiles, genocidios, persecución y represión de minorías, como en su participación en ICE, en los EEUU, donde los objetivos eran trabajadores hispanos que viven en EEUU, o su activa participación en el genocidio en Gaza y en la guerra contra Irán. En esos despliegues de su poder, Palantir se ha especializado en:

Vigilancia predictiva: sistemas que analizan patrones para anticipar comportamientos (usados por ICE, policía de Nueva York, fuerzas armadas de EEUU, Israel y Ucrania, entre otras).

Automatización de la decisión: IA que prioriza objetivos, asigna recursos o evalúa riesgos sin intervención humana directa. Un ejemplo concreto de su uso fue durante la guerra de EEUU/Israel contra Irán. La lista de blancos en Irán, entre las cuales estaba la escuela de Minab donde fueron asesinadas 168 niñas, fue confeccionada por Palantir.

Internalización del control: como en el panóptico, la mera existencia de la plataforma modifica conductas, incluso sin activación constante.

Los ideólogos del tecnofascismo

Palantir y, en particular, dos de sus fundadores, Peter Thiel y Alex Karp, no sólo son empresarios, sino que se trata de ideólogos con ideas extravagantes y peligrosas que, en los hechos, actúan como dirigentes y decisores geopolíticos de facto, sin haber sido electos por nadie. No obstante, y a pesar de su inexistente legitimidad social, Alex Karp se ha ufanado de disfrutar de «matar a sus enemigos» y ha declarado que defiende genocidios, mientras que Peter Thiel llama «Anticristo» a todos aquellos que creen que deberían mitigarse los riesgos del uso de IA y llaman a un uso ético y responsable. Frente al planteo de que la gobernanza de la IA es un debate público que debe contar con participación popular, Thiel aboga que sea definida por unos pocos tecnócratas. Según el credo de Thiel, el humanismo como doctrina o la mera moral católica son enemigos declarados.

Palantir Technologies fue fundada en 2003 por un grupo de emprendedores liderado por Peter Thiel (cofundador de PayPal) y Alex Karp (actual CEO), junto con Joe Lonsdale, Stephen Cohen y Nathan Gettings

El llamado a la guerra y el choque de civilizaciones

Thiel cree que la democracia es una ingenuidad, que existe una jerarquía de culturas y que debemos involucrarnos en una nueva carrera armamentística con el fin de librar una guerra mundial en defensa de una difusa idea de «occidente». Esta visión del mundo se basa en la idea de choque de civilizaciones, en la que existe un «ellos» —los supuestos enemigos de la civilización occidental, cuyas culturas el documento considera inferiores— y un «nosotros» que debemos invertir masivamente en armas de IA y software de defensa: convenientemente, el catálogo de productos que ofrece Palantir como solución.

¿Por qué debemos ir a la guerra y no simplemente coexistir? No se explica. Lejos de proponer una arquitectura mundial para la coexistencia y la paz, como ya ocurrió a lo largo de siglos, el documento de Palantir es un llamado a imponer una cultura sobre otra arguyendo una supuesta superioridad. Guerra que, desde ya, no librará Thiel (quien ya se construyó un refugio personal) aunque sí utilizando sus productos.

Rearme de Alemania y Japón: derribar los pilares de la posguerra

Debe destacarse un punto particular de su comunicado. El punto 15 pide explícitamente el rearme de Alemania y Japón y llaman al «fin del pacifismo japonés». Llevar adelante ese punto implicaría deshacer uno de los pilares fundamentales del orden posterior a la Segunda Guerra Mundial. Es decir, una empresa privada, no elegida democráticamente, que solo rinde cuentas a sus accionistas, propone, sin más, subvertir la estructura de seguridad de dos continentes. Un acuerdo que se logró tras una guerra mundial y decenas de millones de muertos para su establecimiento.

¿Por qué proponen esto? Obviamente hay una motivación comercial: una Alemania y un Japón remilitarizados representan enormes mercados nuevos para el software de defensa.

Supremacismo tecnológico y jerarquías cuasi raciales

Por si aún no quedó claro, esas decisiones, afirma Thiel, deben estar enteramente en sus manos. Con ello, Palantir busca construir un poder tecnocrático de hipervigilancia que sólo puede ser calificado como una forma de tecnofascismo donde, además, se establece una jerarquía cuasi racial, donde los blancos anglosajones son superiores a las naciones de otros países, en particular de los «enemigos» de «occidente», cuya caracterización surge, desde ya, de la mente afiebrada de Thiel. Se trata además, paradójicamente, de un supremacismo tecnológico completamente anti-liberal: Si este poder tecnocrático se erige como árbitro último de nuestras sociedades, ¿quién podrá destituirlo una vez que se haya consolidado? ¿Cómo luchar contra una minoría de multimillonarios que controlan armas autónomas, administran y procesan los datos íntimos y privados de todas las personas, gestionan, controlan y dirigen los organismos de inteligencia y el espionaje?

El tecnocesarismo: cuando el poder pasa de los Estados a las plataformas

Al riesgo existente de personajes poderosos con ideas peligrosas se adiciona que son ricos y ya tienen poder dentro de los Estados. Palantir no llama a la puerta de los gobiernos para vender una herramienta. Llega con una cosmovisión completa: así es como funciona el mundo, estos son sus enemigos, esta es la razón por la que no puede permitirse el debate público y este es nuestro contrato.

Este escenario debe leerse en clave de cambio de época. La irrupción de actores como Palantir no responde únicamente a una dinámica de mercado, sino a la consolidación de una nueva arquitectura de poder que se define como tecnocesarismo, ese modelo donde los líderes tecnológicos, los llamados «tecnogarcas», concentran infraestructura crítica, datos y capacidades de inteligencia artificial, y desde allí proyectan influencia política directa sin mediación democrática. En este marco, la soberanía deja de ser exclusivamente territorial para volverse también algorítmica y cognitiva. Cuando un Estado externaliza el procesamiento de sus datos estratégicos o delega capacidades de análisis y decisión en plataformas opacas, no está incorporando tecnología: está resignando poder. Y, como muestran múltiples antecedentes, estas plataformas no son neutrales, sino portadoras de una visión del mundo, de una lógica de intervención y de una agenda que excede ampliamente lo técnico.

Palantir busca construir un poder tecnocrático de hipervigilancia que sólo puede ser calificado como una forma de «tecnofascismo»

La urgencia de la soberanía digital

En este contexto, resulta imprescindible elevar la discusión. No alcanza con evaluar beneficios operativos o promesas de eficiencia. Lo que está en juego es la integridad del proceso democrático y la capacidad de los Estados de gobernarse a sí mismos. La evidencia reciente, desde la manipulación conductual en procesos electorales hasta el uso de inteligencia artificial para vigilancia y predicción social, obliga a abandonar cualquier ingenuidad.

El Consejo Asesor del LITAT viene siguiendo este fenómeno con especial atención, trabajando en una visión que ponga en el centro al ciudadano y advierta sobre los riesgos de avanzar sin marcos claros. Argentina enfrenta una decisión estratégica: o desarrolla capacidades propias en infraestructura digital, gobernanza de datos e inteligencia pública, o se expone a convertirse en un espacio de experimentación de dinámicas globales donde la ciudadanía es tratada como variable de ajuste. La salida no es el rechazo tecnológico, sino la construcción de una soberanía digital activa, con reglas, capacidades y control democrático que aseguren que la tecnología fortalezca, y no debilite, el contrato social.

La nueva opacidad del poder ya no se entreteje en los pasillos del Congreso ni en los despachos del Ejecutivo, sino en los algoritmos.

Seguridad nacional comprometida

Existe, además, un riesgo adicional de soberanía y de seguridad nacional. ¿Qué asegura que Palantir, una empresa norteamericana, avise al Estado argentino sobre acciones de EEUU contra nuestro país? ¿Por qué Palantir informaría sobre acciones de la CIA o la NSA contra nuestro país, por ejemplo, si el fin declarado de Palantir es servir al interés nacional de los EEUU y a su encuadre geopolítico? Un Estado que subcontrata su evaluación de amenazas a una empresa con una agenda ideológica explícita no está recopilando información de inteligencia, sino que, en esencia, se está suscribiendo a su propaganda y es instrumento de sus fines.

La conclusión es obvia. Todos los gobiernos que aún utilizan software de Palantir en sus infraestructuras de inteligencia, seguridad o servicios públicos deben empezar a desinstalarlo de inmediato. Si no quieren verse envueltos en la delirante y profundamente destructiva cruzada de choque de civilizaciones a la que Palantir se ha comprometido abiertamente.

Argentina: el DNU 941/2025 y el ecosistema perfecto para Palantir

Este alarmante escenario global no es una hipótesis lejana para Argentina. En enero de 2026, el gobierno nacional promulgó el Decreto de Necesidad y Urgencia 941/2025, que reforma la Ley de Inteligencia Nacional. Ese decreto crea nuevos organismos como la Agencia Federal de Ciberinteligencia, centraliza el cruce de bases de datos personales entre entes estatales y adopta explícitamente un enfoque de «contrainteligencia preventiva» para anticipar amenazas. En los hechos, el DNU 941/2025 diseña un ecosistema normativo que requiere exactamente lo que Palantir vende: integración masiva de datos, análisis predictivo mediante inteligencia artificial y automatización de la decisión de blancos. Las plataformas Gotham (para defensa e inteligencia) y AIP (capa de IA operativa) encajan en esa arquitectura como una llave en su cerradura.

En resumen, aunque no existe un contrato público formal, el DNU 941/2025 crea un marco normativo y operativo que se alinea de manera casi perfecta con las capacidades y el modelo de negocio de Palantir. Esto, sumado a los vínculos personales entre funcionarios del gobierno argentino (incluyendo reuniones del presidente Milei y su asesor Santiago Caputo con el cofundador Peter Thiel, y la gestión de la entonces ministra Patricia Bullrich para preparar un contrato con la empresa) ha encendido todas las alarmas sobre un posible futuro desembarco de estas tecnologías de vigilancia masiva en el país.

Permitir que Palantir opere sobre los datos de argentinas y argentinos no sería solo una cesión de soberanía tecnológica: sería entregarle a una corporación privada, confesa admiradora del supremacismo y enemiga de la democracia deliberativa, las palancas centrales del control social, la inteligencia estatal y la definición de quién es considerado una amenaza.

Palantir y las elecciones: la amenaza a la integridad electoral

La capacidad de Palantir para procesar datos masivos y predecir comportamientos plantea una amenaza directa a la integridad de los procesos electorales democráticos. La experiencia internacional revela múltiples vectores de riesgo que Argentina debe considerar urgentemente.

El acceso a bases de datos federales y padrones electorales

En Estados Unidos, el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE) obtuvo acceso a datos de la Administración del Seguro Social, el Servicio de Impuestos Internos (IRS), Servicios de Ciudadanía e Inmigración (USCIS) y del Departamento de Salud (HHS), cubriendo información sensible de cientos de millones de ciudadanos. Reportes periodísticos documentan que personal de DOGE firmó acuerdos para compartir estos datos con grupos que trabajaban para revertir resultados electorales. Palantir se consolidó como la plataforma que fusiona estos registros federales con bases comerciales y, en al menos un caso documentado, con padrones electorales.

Esta capacidad de resolución de identidades y análisis de redes permite identificar individuos, mapear sus conexiones y clasificarlos según objetivos investigativos definidos, incluidos objetivos electorales. La construcción de una base de datos maestra que integra información gubernamental, comercial y electoral confiere un poder sin precedentes para el perfilado político de la población.

Un país que no controla sus datos no controla sus elecciones.

Microtargeting: la muerte del debate público

El microtargeting electoral basado en perfiles detallados de votantes representa una amenaza fundamental para la democracia deliberativa. Durante la campaña presidencial estadounidense de 2016, se produjeron entre 50.000 y 60.000 versiones diferentes de anuncios políticos cada día. Esta fragmentación extrema de los mensajes políticos imposibilita el debate público: cuando cada votante recibe mensajes personalizados diseñados para manipular sus preferencias específicas, desaparece la posibilidad de un intercambio público de ideas y argumentos que permita a los ciudadanos tomar decisiones informadas.

Como señaló Ann Ravel, ex miembro de la Comisión Federal Electoral de EEUU: «La forma de tener una democracia robusta es que la gente escuche todas estas ideas, tome decisiones y discuta. Con el microtargeting, eso no está sucediendo». Los mensajes personalizados operan fuera del escrutinio público, permitiendo a las campañas manipular hechos, incrementar la polarización y eludir la rendición de cuentas.

El precedente de Cambridge Analytica y la conexión con Palantir

El escándalo de Cambridge Analytica reveló que un empleado de Palantir trabajó en la extracción de datos personales de más de 50 millones de usuarios de Facebook con fines de manipulación electoral. Aunque Palantir inicialmente alegó que se trataba de una actuación «enteramente personal» de un empleado, el denunciante Christopher Wylie contradijo esta narrativa ante el Parlamento británico, afirmando que «había empleados senior de Palantir que también estaban trabajando en los datos de Facebook».

Este antecedente demuestra la permeabilidad de las barreras entre las capacidades de vigilancia gubernamental que Palantir ofrece al Estado y su uso para fines de manipulación electoral. La alineación política de la dirigencia de Palantir con determinados sectores políticos exacerba este riesgo.

Financiamiento político y captura regulatoria

Peter Thiel y Alex Karp, fundador y CEO de Palantir respectivamente, han realizado donaciones millonarias a comités políticos republicanos. El PAC «Leading The Future», cofundado por Joe Lonsdale (cofundador de Palantir), ha comprometido más de 100 millones de dólares para apoyar candidatos favorables a la industria de IA en las elecciones intermedias de 2026. Thiel donó cientos de miles de dólares a comités alineados con el liderazgo republicano del Congreso, mientras que Karp tiene un historial de donaciones más errático: contribuyó 360.000 dólares al comité de recaudación conjunta de Biden-Harris en 2023, pero un año después aportó 1 millón de dólares a MAGA Inc., el principal super PAC pro-Trump.

Esta influencia financiera directa sobre los legisladores que deben regular la industria de IA y las tecnologías de vigilancia genera un conflicto de interés estructural que amenaza la capacidad del Estado de establecer controles democráticos sobre estas plataformas.

Supresión de votantes mediante intimidación con datos federales

La integración de datos de agencias federales con capacidades de vigilancia crea nuevas formas de supresión electoral. En Estados Unidos, operativos de ICE (Inmigración y Control de Aduanas) cerca de lugares de votación han sido documentados como estrategia de intimidación de votantes. Familias de estatus migratorio mixto enfrentan el temor de que sus datos federales sean utilizados en su contra, lo que suprime efectivamente su participación electoral.

Este patrón puede reproducirse en cualquier país donde Palantir opere: la mera existencia de capacidades de vigilancia masiva vinculadas a enforcement federal genera un efecto paralizante sobre sectores de la población, particularmente aquellos en situación de vulnerabilidad legal o administrativa. No se requiere la ejecución masiva de arrestos; basta la amenaza implícita de que los datos personales pueden ser utilizados de manera punitiva para desincentivar la participación política.

El riesgo para Argentina

En el contexto argentino, el DNU 941/2025 crea el marco legal para que una eventual contratación de Palantir replique estos patrones. La centralización del cruce de bases de datos personales entre entes estatales, combinada con capacidades de análisis predictivo mediante IA, configura precisamente la infraestructura necesaria para:

  • Construir perfiles políticos detallados de la ciudadanía mediante la integración de datos de ANSES, AFIP, RENAPER, sistemas de salud y otras agencias.
  • Implementar microtargeting electoral que fragmente el espacio público y erosione el debate democrático.
  • Ejercer presiones selectivas sobre segmentos de la población mediante el uso estratégico de información sensible.
  • Conferir ventajas electorales estructurales a los sectores políticos alineados con los intereses geopolíticos de Palantir y de Estados Unidos.

La opacidad inherente a una corporación privada que maneja infraestructura crítica del Estado impide el control democrático efectivo de estas prácticas. Una vez que Palantir se inserta en el aparato de inteligencia y seguridad nacional, su remoción se vuelve progresivamente más difícil debido a las dependencias técnicas y operacionales que genera.

La defensa de la integridad electoral requiere rechazar de manera categórica la tercerización de capacidades de inteligencia, análisis de datos y vigilancia ciudadana a corporaciones privadas con agendas políticas explícitas. La soberanía electoral es inseparable de la soberanía digital: un país que no controla sus datos no controla sus elecciones.

Fuentes Seguras. De qué se trata todo esto

Los objetivos. Pueblos. Aliados. Diálogo. La intoxicación. Abra su cerebro: Cono del Silencio. Hungría, Orbán, Putin, Trump y la Unión Europea. Futuro abierto.

Por Gabriel Fernández *

El poder que aquilata una nación para imponer sus objetivos está asentado, desde ya, en su volumen económico y militar. Sin embargo, al observar un cuadro de situación más completo, puede percibirse que los factores enlazados superan holgadamente a esa dupla esencial. La cuestión es cómo aprovecha el conjunto de su potencial con el vigor necesario en el tiempo justo.

Efectuemos una recorrida por los variados protagonistas para desentrañar el sentido de su accionar en la contienda.

LOS OBJETIVOS DE LOS PROTAGONISTAS. Los Estados Unidos necesitan sostener el entramado de la primacía petrolera -reservas, extracción, venta, flujo- con sus originales rasgos monetarios. Esto implica garantizar la compra de energía en dólares, asegurar el traslado de petróleo y gas, y así mantener, de común acuerdo con las monarquías del Golfo Pérsico, el valor del dólar como moneda de intercambio y de reserva. También, resguardar su formidable influencia geopolítica sobre la que considera su región, y sobre Europa y Asia.

Israel pretende construir el Gran Israel en Oriente Medio. Para eso necesita expandirse y absorber territorios y riquezas de la región -Líbano, Gaza, Cisjordania-, desestructurar a su adversario local, Irán, y disciplinar a las monarquías petroleras. Con firme sentido del equilibrio, precisa el respaldo norteamericano, pero no su hegemonía. Quiere guardar para sí, y para las corporaciones que representa, la orientación del proceso.

Irán, por su parte, necesita afirmarse y crecer. Su continuidad como estado nación y como país asociado a los multipolares, es el objetivo básico. En sintonía, diseñar su sociedad según los parámetros que corresponden a su tradición, idiosincrasia e intereses. También, ser el referente de mayor influencia entre los países islámicos, difundiendo el chiísmo sin constituirse en potencia aplastante para sus vecinos sunnitas. Para ello, anhela agudizar su desarrollo industrial y científico técnico, así como su relevancia comercial.

Las Banderas De Estados Unidos De Irán E Israel Se Entrelazan : Un Símbolo De Las Relaciones Geopolíticas Stock de ilustración - Ilustración de indicador, naturalice: 388521181

LOS PUEBLOS Y LOS ALIADOS. Los tres casos incluyen en su potencial una parte decisiva de la opinión pública. La diferencia radica en que el respaldo al gobierno israelita viene decreciendo -muchas personas dudan sobre las características del accionar oficial y tantas otras directamente fugan del explosivo lugar- mientras el apoyo a la administración iraní persiste y se consolida -los pronunciamientos populares resultan masivos y la censura no alcanza a ocultarlos-. Ese factor, en los Estados Unidos, es una complicación para su cúspide política: las calles repudian la represión interna del ICE y, desde el hostigamiento reciente a Gaza, la participación en conflictos externos.

Esta realidad norteña repercute en la nación toda. En la conducción del Estado, en el Partido Republicano, en Make America Great Again (MAGA). Si desde hace mucho que las distancias entre globalistas e industrialistas caracterizan el conflictivo y zigzagueante andar de la gran potencia, en los tiempos cercanos se ha puesto de manifiesto una dualidad que se había mantenido latente: sionistas y anti sionistas. Los quiebres internos están acompasados -y en varias instancias determinados- por el estancamiento económico norteamericano, su irreversible endeudamiento, la ralentización de su avance en las nuevas tecnologías, el extraordinario gasto en Defensa, y la deriva de esos y otros factores en una profunda crisis humanitaria que se amplía de  continuo.

Irán es un Estado cuya cúspide se viene construyendo en relación con la base social y su anclaje en la región que habita. Los Estados Unidos e Israel son estados desterritorializados, con persistente control de las corporaciones financieras y sus empalmes armamentísticos.

Quien logre imponerse en la lucha solo podrá hacerlo combinando fuerzas aéreas con terrestres. Sin este último elemento, resultará muy difícil establecer una victoria en toda la línea. Esto nos lleva hacia el complejo asunto del costo de la guerra. Si por un lado están los difundidos valores de las armas utilizadas y la ostensible ventaja para la nación persa, es imprescindible apuntar que no es lo mismo defender un territorio montañoso conocido mediante fuerzas preparadas que mudar un numerosísimo ejército destinado a concretar una invasión. Quien se anime, deberá contar con cuatro atacantes por cada defensor, según una clásica evaluación técnica.

Ahora bien. El otro punto a considerar en ligazón con todos los explicados hasta aquí, es el del comportamiento de los aliados de cada bando. Con franqueza, lector: mientras los asociados europeos y asiáticos de los Estados Unidos se hacen a un lado y rechazan la convocatoria a forjar una articulación marítima para despejar el Estrecho de Ormuz, los relacionados con Irán, empezando por China y Rusia, respaldan los posicionamientos de su socio en la Organización de Cooperación de Shanghái y el ensamble de países BRICS.

Como si con esto no fuera suficiente, cabe evaluar el silencio activo de las naciones de Asia central, en apariencia desligadas del litigio. Kazajistán, Kirguistán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán, vienen labrando su esforzado desarrollo económico en base a inversiones surgidas de la Federación de Rusia y comercio muy activo con la República Popular China. Para ello necesitan que el alboroto en la vecindad limítrofe se detenga y que tanto Irán como Afganistán e Israel atenúen su conflictividad. De los citados, evalúan que el estado iraní es el más confiable y equilibrado, al tiempo que despliega buenos vínculos con las dos potencias indicadas.

UN DIÁLOGO TRUNCO. Se ha dicho que la mejor manera de prevenir el futuro es creándolo. Bien, como podía preverse, los desacuerdos básicos en las conversaciones entre Irán y los Estados Unidos giraron en derredor a los planteos para que la República Islámica renuncie al control del Estrecho de Ormuz y a sus reservas de uranio enriquecido. Washington exigió que Irán reabra el paso marítimo, por donde circula alrededor del 20 % de todo el petróleo y gas que se comercia en el mundo; Teherán se negó a hacerlo y sostuvo que solo lo concretaría tras un acuerdo de paz definitivo.

Otro factor de discordia fue la exigencia de Trump para que Irán entregue o venda todo su ‘stock’ de uranio enriquecido. Los delegados iraníes ratificaron su derecho a desarrollar un programa nuclear pacífico. Por su parte, estos demandaron la liberación de 27.000 millones de dólares en ingresos persas congelados en Occidente. Fundando el pedido en la necesidad de obtener reparaciones por los daños causados en seis semanas de bombardeos, demandó el desbloqueo de sus ingresos petroleros retenidos en Irak, Luxemburgo, Baréin, Japón, Qatar, Turquía y Alemania para destinarlos a la reconstrucción. Washington rechazó el requerimiento.

Como conclusión del encuentro en IslamabadIrán apuntó que los norteamericanos lanzaron declaraciones falsas y exigencias excesivas.

El portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores iraní, Esmail Baghaei, dijo que durante las negociaciones se discutieron diversos aspectos cruciales, incluidos el Estrecho de Ormuz, la cuestión nuclear, las reparaciones de guerra, el levantamiento de las sanciones y “el fin definitivo de la guerra contra Irán y la región”. Sin embargo, subrayó, por diferencia de posturas, no se pudo alcanzar un acercamiento. “En una serie de cuestiones llegamos a un entendimiento, pero en dos o tres temas importantes, las posturas seguían alejadas y, finalmente, las conversaciones no condujeron a un acuerdo”, reveló.

Es que, a decir verdad, cada tema contiene su propia complejidad. El vicepresidente de los Estados Unidos, J.D. Vance, por su lado, aseguró el domingo que la parte iraní “no aceptó” las condiciones de Washington. Según Vance, negociadores estadounidenses transparentaron sus condiciones: “Hemos dejado muy claro cuáles son nuestras líneas rojas, qué cosas estamos dispuestos a acomodar y qué cosas no”. “Lo hemos dejado tan claro como nos ha sido posible, pero ellos han decidido no aceptar nuestras condiciones”, aseveró.

Estrecho de Ormuz: por qué es clave para el comercio mundial de petróleo - Billiken

LA INTOXICACIÓN VERBAL. Horas después, el presidente Donald Trump indicó que su país bloqueará el bloqueo iraní sobre el vapuleado Estrecho. El anuncio, que preocupó a los expertos por las dificultades ostensibles que implica, fue considerado otra acción vociferante destinada a mostrar que puede golpear más fuerte que la potencia persa. El rubicundo, ya canoso, aseguró que cualquier embarcación que se acerque a su bloqueo naval será “eliminada de inmediato” mediante un método “rápido y brutal”, igual al empleado contra el “narcotráfico en barcos” en el Caribe.

“El bloqueo se aplicará de manera imparcial a los buques de todas las naciones que entren o salgan de los puertos y zonas costeras iraníes, incluidos todos los puertos iraníes en el Golfo Pérsico y el Golfo de Omán. Las fuerzas del Mando Central de los Estados Unidos (CENTCOM) no impedirán la libertad de navegación de los buques que transiten por el Estrecho de Ormuz hacia y desde puertos no iraníes, difundió el área comandada por el Ministerio de Guerra estadounidense.

Trump afirmó que gran parte de la flota iraní ya ha sido destruida, aunque puntualizó que aún quedan pequeñas lanchas de ataque rápido. Según el presidente, estas no fueron consideradas inicialmente una amenaza, pero advirtió que cualquier intento de aproximación recibirá una respuesta sin contemplaciones. Así, el enredo escaló a un nivel de mayor complejidad: varios diplomáticos europeos señalaron a sus colegas norteamericanos que, por un lado, el Estrecho estaba abierto antes de la irrupción invasiva junto a Israel, y por otro, que jamás se encontraron pruebas acerca del vínculo con el narcotráfico de aquellas breves naves caribeñas.

Como no podía ser de otra manera, la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) de Irán hizo saber nuevamente que la República Islámica “tiene plena autoridad sobre la gestión inteligente del estrecho de Ormuz” y que cualquier intento de buques militares por atravesar esa vía marítima será tratado con severidad. Vale apuntar que Irán cuenta con el respaldo de los yemeníes en la zona.

Trump's Staff Picks Show Sway Held by Don Jr., Tucker Carlson - Bloomberg

SHHHH. (CONO DEL SILENCIO) Sin embargo, al convertir la mirada sencilla en una más penetrante, es posible hallar datos de interés en medio de la confusión. La sagaz Fuente en el interior de los Estados Unidos, el antropólogo y politólogo Alexander Coley, deslizó a este periodista que “Trump muchas veces juega el papel del americano malo y tonto a propósito, sabiendo del efecto que eso va a generar. Si Trump es un nacionalista, la verdad es que a él le interesa desacreditar las alianzas convencionales de la pos guerra y generar un ambiente donde los demás países actúen según sus intereses propios y no de acuerdo a su posición de dependencia dentro de un orden mundial caduco que ya no tiene sentido”.

“Su táctica en los negocios como en la política es generar tensión al máximo para que todas las partes abandonen sus pretensiones e identifiquen sus verdaderos intereses. Y muchas veces dice o hace algo que es aparentemente contrario de lo que realmente busca lograr, sabiendo que por el efecto psicológico las otras partes reaccionarán en defensa propia, enfocados ya en lo más esencial”. Añadió que “Para Trump, los verdaderos intereses de los Estados Unidos se encuentran en el hemisferio occidental y más que nada en América del Norte y el espacio geopolítico en su alrededor. De alguna manera buscará deshacerse de las obligaciones estadounidenses en los otros teatros del mundo, o por lo menos minimizar sus compromisos. Me parece que pase lo que pase con los acontecimientos en curso, la lógica sigue siendo la misma y es cuestión de ver cómo va surfeando y reaccionando a los distintos escenarios”.

Como se verá, la observación colisiona con las más habituales y, en cierto punto, fundamenta el comentario de un mes atrás en esta secuencia acerca de Ya no hay locos. Insistió Coley: “No puedo saber si su método tendrá éxito, o hasta donde llegará en alcanzar los objetivos (verdaderos) que tiene planteado. El acuerdo con Rusia todavía es prioritario, pero la resolución del conflicto en Ucrania sigue siendo obstaculizado por los europeos (o los intereses del capital financiero que los maneja).  Posiblemente Trump ve el conflicto en Oriente Medio como otra tuerca que puede apretar y complicar la vida a los europeos”.

Montado sobre los hombros del ex embajador indio y gran analista MK Bhadrakumar, nuestro estudioso precisó que “Por otro lado, Bhadrakumar acaba de publicar su último análisis sobre la reunión en Islamabad y señala que ´Inicialmente se preveía que las negociaciones serían indirectas, pero ahora los dos líderes políticos están dialogando directamente por primera vez desde la Revolución Islámica de 1979. Vance se reunió por separado durante dos horas con el presidente del Parlamento iraní, Mohammad Baqer Qalibaf, y con el ministro de Asuntos Exteriores, Abbas Araqchi´”.

“Si es así -sostuvo Coley– me parece que han fracasado los intentos del lobby Israeli de impedir las negociaciones. Aunque Trump dice que no llegaron a un acuerdo, y que va a imponer un bloqueo (veremos), me parece que la noticia más importante es la que escribió Bhadrakumar – se reunieron ellos mismos por primera vez sin intermediarios. Por eso, pienso que es importante no dejarse llevar por el relato de los medios y algunos que pretenden representar a la opinión de MAGA y sus votantes. Trump tiene voluntad propia, no es un simple títere de Netanyahu o, como dice Carlson, incapaz de tomar sus propias decisiones. Todos estos personajes están operando, y Trump lo sabe. Por eso los mandó todos a la mierda en su posteo el otro día, y ya va a volver a hacer campaña ante el público y retomar el protagonismo”. Atenti con este punto de vista, lector.

MEGA-Preocupación por Europa | Human Rights Watch

HUNGRÍA, LA UNIÓN EUROPEA y SOROS. Como se sabe, el líder opositor Péter Magyar y su partido Tisza vencieron en las elecciones legislativas, superando el borde imprescindible para alcanzar mayoría en el Parlamento. Según los resultados parciales, la oposición obtuvo 137 de los 199 escaños, mientras que el oficialismo quedó por detrás con 55 bancas. De persistir esta tendencia, el nuevo bloque gobernante alcanzaría una hegemonía que le permitiría impulsar reformas estructurales sin necesidad de pactar con otras fuerzas.

El comicio de este domingo marcó el cierre de una etapa política dominada por Viktor Orbán, quien gobernó la nación desde 2010 con mayorías parlamentarias amplias. El resultado es considerado un cambio de signo político, así como la posibilidad de efectuar transformaciones. Con más de dos tercios de los escaños, la corriente liderada por Magyar queda en condiciones de modificar leyes clave y -se supone- promover una nueva Constitución.

Durante la campaña, el dirigente opositor había planteado la necesidad de reconstruir el Estado de Derecho, en contraste con las reformas impulsadas durante los años de gobierno del Fidesz -Unión Cívica- liderado por Orbán. Entre los puntos cuestionados se encuentran normas vinculadas a la libertad de prensa y otros derechos fundamentales, que según la oposición fueron limitados por el oficialismo. Pero, como sabemos, esas son banderas que pueden servir para un barrido y para un fregado. La Unión Europea y sus integrantes las han usado en reiteradas ocasiones para promover un rumbo económico y militar despojados de beneficios para los espacios populares.

Pero ¿qué sucedió? La gestión de Viktor Orbán, además de padecer el desgaste lógico debido a su extensión, fue ahogada económicamente por la UE mediante la retención de 18 mil millones de euros (unos 21 mil millones de dólares) con el argumento de penalizar la presunta ausencia de democracia en su interior. La congelación de esos fondos —equivalente a alrededor del 10 % de la producción nacional del país— agitó el malestar económico húngaro. Orbán, famoso por oponerse a las decisiones de la Comisión que orientan las corporaciones a través de Ursula von der Leyden, ofrecía dos amistades inadecuadas: la del presidente ruso Vladimir Putin y la de su colega estadounidense Donald Trump.

En medio de una rusofobia intensa en el Viejo Continente, la voz del hasta ahora primer ministro ha sonado disonante. Y cuando el gritón transatlántico vituperó a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) al punto de calificarla cual un “Tigre de Papel”, se evaluó en Bruselas que resultaba pertinente aprovechar las dificultades sociales internas para modificar la orientación. El nuevo triunfador, llamado Magyar, como el país, fue colaborador de Orbán hasta un par de años atrás; giró en redondo, modificó su críticas sobre las acciones de Kyev y se convirtió en adalid de la UE en la tierra de Puskas y KubalaUcrania, en coordinación con la fría alemana, extremó su respaldo para el derrumbe de Orbán.

Hubo desencuentros más graves. El financista George Soros, titular de la Open Society Foundations y del Soros Fund Management, impulsó a Orbán pagando sus estudios. Lo orientó conceptualmente en su primer tranco político, para forjarlo como un difusor en el territorio magyar de fundaciones “progresistas” de enorme rentabilidad. Cuando el ahora derrotado primer ministro empezó a cruzar la filosofía de la UE y a llevar adelante políticas evaluadas como “populistas” en su país, movió el avispero en la Eurozona. El financista condenó su ingratitud y se lanzó a una fuerte campaña opositora que se extendió hasta este presente. Desde ya que el espacio mediático liberal, mientras cantaba loas a la “filantropía” de Soros, describía como fascista el proceder del referente político.

Orbán, en 2015, calificó a Soros como un especulador que “arruinó la vida de millones de personas”. ¿Es así? Soros nació como György Schwartz en el seno de una familia judía húngara en 1930; su padre cambió el apellido para que sonara más húngaro. De niño, en la década del 30, vivió en un apartamento en la plaza Kossuth tér de Budapest, frente al edificio del Parlamento, hasta que su familia se vio obligada a separarse y vivir con identidades falsas para escapar del Holocausto. Abandonó Hungría en 1947 para estudiar en Londres y, posteriormente, emigró a los Estados Unidos, donde amasó una fortuna como inversor y gestor de fondos de cobertura. A sus 95 años, es una cúspide indiscutible del gran capital financiero que impuso su modelo desde el Consenso de Washington en adelante.

EL MERCADO MUNDIAL DE VENTA DE ARMAS | saeeg.org

BREAKING NEWS. Es preciso volver al comienzo de este artículo.

Cada protagonista tiene sus intereses, y sus objetivos. Debido a la intoxicación argumental, en gran medida impuesta por el estilo trumpiano, cuesta desentrañar el panorama para adentrarse en los mismos y comprender el porqué de varios movimientos.

Este narrador estima que los roles de la Federación de Rusia y de la República Popular China en este conflictivo planeta, están siendo desvirtuados analíticamente por una simpleza que no alcanza a contener las múltiples variables cruzadas que se desplazan en tantas direcciones.

Para abordar el párrafo inicial, quizás resulte válido reponer una consideración esbozada en estas Fuentes Seguras en la edición de diciembre del año 2023. A ver:

“Poder, territorio, prestigio. Son la tríada considerada clave en la política internacional.

Ahora bien, ¿cómo conseguir esos factores? Quién sabe. Por lo pronto, parece esencial impulsar la autoafirmación. También, delinear objetivos afincados en el interés profundo de la región propia, eliminar anhelos imposibles, conocer la fuerza real con que se cuenta, buscar afines (circunstanciales y hondos); elaborar un concepto que hilvane pasado y futuro, establecer buen vínculo con la sociedad a la que se pertenece y no ofender al resto. Claro: para encarar la relación con el mundo, un país precisa, sobre todo, una economía vigorosa. Todo eso y tanto más es posible si se cuenta con un Estado sólido y a la vez flexible para entablar vínculos con los equivalentes. Ese Estado debe pensar; sobre todo, tiene que saber identificar los rasgos salientes de la era que le toca atravesar. Confundir un período con otro puede ser letal”.

La guerra sigue siendo una extraordinaria vía de ganancias para las mega empresas financieras y armamentísticas. Aunque las mismas se hayan cargado al Occidente productivo en el proceso de desterritorialización aquí explicado, no admiten expirar un último aliento ante el cambio de modelo. Mientras apuestan a la continuidad del agónico esquema presente, colocan con firmeza el pie para tener entreabierta la puerta del futuro. Ese fue el último mensaje en proyección que dejó Henry Kissinger. Digámoslo así: ¿Volkswagen, debido a la retracción alemana, se aviene a fabricar armas? Bueno, en el largo plazo, Lockheed Martin puede asomarse a las nuevas tecnologías. ¿Por qué no?

Y una más: la economía iraní ha ganado volumen durante el año en curso, debido a la continuidad de su despliegue industrial y científico técnico y al acrecentamiento de las compras de combustible por parte de China e India, y naciones del Sudeste asiático. Los multipolares no necesitan la aprobación de Washington para concretar las decisiones económicas adecuadas. Y hasta pro occidentales como Omán, Qatar y Kuwait, están virando hacia Teherán.

Pese a la violencia anti comercial, la Iniciativa de la Franja y la Ruta sigue adelante; hay trabas, pero no una clausura, ni mucho menos. Vincula Asia y Europa con rapidez y eficacia. El Corredor de Transporte Norte Sur conecta a Rusia, a través de Irán, con los puertos del Océano Indico. Las transacciones evidencian una creciente presencia de yuanes, rupias y rublos. Inclusive Arabia Saudi, gran lavadora de dólares, empezó a aceptar otras monedas por su petróleo.

Hay más. Mientras lee este artículo, lector, se lleva adelante la primera reunión en cuatro décadas entre el Líbano e Israel. Cese de los ataques y Hezbollah, los ejes. Las delegaciones están en Washington. Aunque inicialmente no haya acuerdo, el encuentro es importante por sí mismo. Y como elemento de alto rango en la perspectiva de mediano plazo, se suceden los choques entre Trump y el Papa León XIV. Si se repasan las observaciones firmes y bien delineadas del jefe del Vaticano, podrá comprobarse que la lucidez de Jorge Bergoglio dejó un sendero bien delineado, que conduce al futuro.

Unos mates; a releer y a pensar.

Gracias por prestar atención.

  • Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal

LA TRAMPA DE ORMUZ: POR QUÉ LA DEMOLICIÓN DE IRÁN ES EL ANZUELO PARA QUEBRAR A CHINA

Por Ramón Prades

La guerra en Medio Oriente cruzó el punto de no retorno. Esa es una de las pocas certezas. No importará si en los próximos días, semanas o meses hay un alto al fuego. Incluso si los actores en conflicto cumplen parcialmente sus objetivos y se agotan, esta guerra habrá alterado las expectativas y los incentivos futuros de forma permanente, siendo solo una pausa hasta el próximo combate. Es por esto que hoy hay un escenario de guerra definitiva y los actores simplemente ya no tienen estímulos para frenar. Así, la ilusión de que la región pueda volver al statu quo previo al conflicto se desvaneció para las próximas décadas, y con ella la doctrina estratégica diseñada por EE. UU. e Israel que le daba sustento.

Netanyahu sintetizó en un mensaje a la nación el verdadero alcance de esta transformación doctrinaria y el objetivo de esta operación cuando dijo que “tras el desastre del 7 de octubre, decidí liderar un cambio polar, acciones que cambien de forma dramática el equilibrio de fuerzas entre nosotros y nuestros enemigos”. De esta forma, redefinir el tablero de Medio Oriente “requerirá audacia y tomar riesgos calculados”. Sin embargo, este giro monumental no se sustentó puramente en una evaluación objetiva sobre la seguridad existencial del Estado de Israel, sino en la más cruda necesidad de supervivencia política del propio primer ministro. Tras el colapso de inteligencia del 7 de octubre del 2023, arrastrar a la región a una reconfiguración total era su única vía de escape para evitar su propio final político. El que se atreve gana”, resumió en ese mismo mensaje del 7 de marzo de 2026, definiendo quizás no solo la táctica militar de su país, sino su propia historia de vida. Aprovechar el momentum del 7 de octubre para ir por la cabeza del pulpo, disminuidos ya sus tentáculos en Gaza, Líbano, Siria o Yemen, pero también buscando resolver un viejo debate estratégico sobre cómo tratar con Irán.

Históricamente, la “Escuela de la Contención” —cuyos máximos exponentes han sido verdaderos tótems del aparato de seguridad israelí como los exjefes del Mossad Meir Dagan, Tamir Pardo y Efraim Halevy, el exjefe del Shin Bet Yuval Diskin, y exjefes del Estado Mayor de las FDI como Gabi Ashkenazi— abogaba por lidiar con el “diablo conocido”. Esta postura no era un ejercicio de moderación, sino una férrea convicción estratégica que quedó demostrada en la feroz interna entre 2010 y 2012, cuando esta misma cúpula se plantó institucionalmente para frenar la orden directa de Netanyahu de lanzar un ataque masivo y preventivo contra Irán como el actual. La gran pregunta rectora que guiaba a este grupo de inteligencia era simple pero paralizante: “¿Y el día después qué?”. En sintonía con los arquitectos tradicionales de la política exterior en Washington, para este sector era preferible enfrentar la amenaza centralizada de los ayatolás (un Estado disuadible, con infraestructura y fronteras claras) que destruir al Estado y desatar una “sirianización” de Irán, abriendo un agujero negro de caos terrorista con el agravante de tener material nuclear disperso en el terreno. Sin embargo, el ataque de Hamás del 7 de octubre resolvió de manera brutal esta histórica disputa interna. La propia doctrina de la contención fue la gran víctima estratégica de aquella jornada, decantando la balanza de poder hacia el enfoque opuesto y sentando las bases inexorables del resultado que vemos hoy.

 La presencia de Trump en Washington le entregó a Netanyahu la cobertura política absoluta y el cheque en blanco que necesitaba para dejar de gestionar la amenaza y pasar, finalmente, a la demolición. 

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Pero el desastre del 7 de octubre no fue el único catalizador para desatar esta ofensiva final. La decisión de Israel de avanzar ahora responde a la convergencia de una pesadilla táctica insostenible y una ventana de oportunidad geopolítica irrepetible; el salto tecnológico del arsenal misilístico iraní y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Durante la última década, los planificadores militares observaron cómo Irán mutaba su doctrina, sustituyendo su obsoleta fuerza aérea por un potente programa de misiles de combustible sólido y guiado de precisión, pasando de disparar armas al azar a poseer vectores capaces de salir de sus ciudades subterráneas con sembradíos de misiles como espárragos bajo tierra y desvanecerse bajo la montaña en menos de diez minutos. Al exportar masivamente este conocimiento a sus aliados (Hezbolá, los Hutíes y milicias iraquíes, etc.), Teherán logró asfixiar a sus adversarios con un anillo de fuego táctico, como bien explicaba la evolución de los reportes sobre las capacidades militares de Irán. Contener este nivel de precisión y masividad ya era operativamente imposible, y la presencia de Trump en Washington le entregó a Netanyahu la cobertura política absoluta y el cheque en blanco que necesitaba para dejar de gestionar la amenaza y pasar, finalmente, a la demolición.

Al cruzar el actual punto de no retorno, esa prudencia fue definitivamente sepultada por la “Escuela de la Fragmentación“. Impulsada por halcones de Washington y fundamentada teóricamente por académicos de inteligencia israelí como Mordechai Kedar, esta visión sostiene que la única solución permanente es la implosión controlada. El marco teórico de Kedar plantea que gran parte de la arquitectura estatal de Medio Oriente es artificial. Países como Siria, Irak o Libia han demostrado no ser naciones cohesionadas, sino apenas un aglomerado de tribus en conflicto constante condenadas a convertirse en Estados fallidos. Aplicar esta matriz analítica sobre Teherán expone su máxima vulnerabilidad. Su argumento se basa en la demografía pura. Irán no es un bloque persa monolítico, sino un imperio multiétnico donde los persas apenas superan el 50% de la población. El resto del territorio es un polvorín de minorías históricamente oprimidas: azeríes en el noroeste, árabes ahwazíes sentados sobre los mayores yacimientos de petróleo en Juzestán al suroeste, baluches en la frontera con Pakistán y kurdos en el oeste.

Hoy, la meta suprema de Tel Aviv ya no se limita a un cambio de gobierno, o a que el gobierno cambie su relación con Israel, sino a desarticular al Estado mismo. La apuesta es exacerbar las fisuras étnicas para forzar una balcanización definitiva del territorio persa. Bajo esta lógica, la focalización de los bombardeos sobre cuarteles de la Guardia Revolucionaria, comisarías y nudos de seguridad interna obedece a un cálculo: quebrar el espinazo del aparato represivo para que, tal como arengó Netanyahu infinidad de veces, “los iraníes aprovechen esta oportunidad única e irrepetible” de sublevarse. Los engranajes de este plan ya estaban girando antes de las primeras bombas. El pacto sellado el pasado 22 de febrero, donde los principales grupos y milicias kurdo-iraníes definieron una estrategia armada conjunta contra Teherán, es el hito fundacional de esta nueva fase y representa la hoja de ruta para empujar a Irán hacia el abismo de un Estado fallido, devorado por guerras sectarias e incapaz de inyectar un solo dólar más al Eje de la Resistencia. Astillar al imperio hasta convertirlo en un rompecabezas de vecinos frágiles y consumidos por luchas civiles intestinas no es un daño colateral, es la garantía definitiva. Un escenario que neutraliza de raíz, y para siempre, la amenaza de su programa nuclear, sus misiles y sus enjambres de drones, pero abre las puertas a territorio desconocido, haciendo que el mayor peligro del plan sea, precisamente, que tenga éxito.

Si el objetivo de Israel —una respuesta definitiva dictada por un reloj estratégico implacable que el propio ministro de Defensa, Yoav Gallant, resumió recientemente en su manifiesto “Ahora o nunca: cómo terminar el trabajo en Irán”— ya está claro, la pregunta obligada es: ¿qué busca realmente Estados Unidos más allá de escoltar a su aliado histórico? ¿Por qué Washington decidió ir a la guerra? ¿Cuál es su verdadero, esquivo, y poco declarado objetivo?

 El pacto sellado el pasado 22 de febrero, donde los principales grupos y milicias kurdo-iraníes definieron una estrategia armada conjunta contra Teherán, es el hito fundacional de esta nueva fase y representa la hoja de ruta para empujar a Irán hacia el abismo de un Estado fallido. 

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La respuesta exige revisar la herida abierta del pacto nuclear (JCPOA). Antony Blinken explicó recientemente el error fatal que supuso la ruptura de ese acuerdo, definiendo la decisión de Donald Trump como una jugada “terrible” que reemplazó un tratado de contención por la nada absoluta. El contrafáctico de Blinken es letal: de haberse mantenido el JCPOA hasta su expiración, Washington podría haber exigido su extensión. Si Teherán se negaba, la opción militar siempre habría estado sobre la mesa, pero con una ventaja táctica abrumadora: años de inteligencia recolectada gracias a las inspecciones in situ. Al dinamitar el acuerdo, el Pentágono se quedó a oscuras. Es en esta ceguera donde la coreografía geopolítica calca la invasión a Irak en 2003: el aparato militar occidental marchó hacia la demolición de un país sin pruebas irrefutables de que Teherán poseyera un arsenal nuclear operativo pero usando esa misma falta de información autoinfligida como excusa. A su vez, a diferencia de Tel Aviv, para Washington el programa de misiles balísticos y la red de milicias proxy iraníes jamás representaron una amenaza existencial. ¿Entonces? Estados Unidos no cruzó el océano para cazar misiles de alcance medio ni para perseguir el fantasma de una bomba atómica nuevamente, y menos para destruir una armada y una aviación irrelevantes. Esas armas fueron —y serán presentadas como victorias y salida del conflicto si este se empantana— solo el obstáculo táctico a remover para alcanzar su verdadero y único objetivo: el control geográfico absoluto. Estados Unidos fue a la guerra pura y exclusivamente por el Estrecho de Ormuz. Por eso, a Washington le resulta anecdótico el rostro del próximo gobierno en Teherán. No importa si se reemplaza a un ayatolá Jamenei de 86 años por otro Jamenei de 56, si encuentran a una figura pragmática al estilo de Delcy Rodríguez dispuesta a firmar, o si, como ironizó el propio Donald Trump, lo nombran a él mismo Líder Supremo. Para la Casa Blanca, la ideología de quien se siente sobre las ruinas del Estado persa es irrelevante. Como ya advertimos en enero de este año en Panamá Revista al analizar “la geopolítica de los estrechos y el regreso al mundo de McKinley”, Estados Unidos abandonó definitivamente la fantasía de que un mundo que se le parezca es un mundo más seguro.

Sin embargo, al observar los movimientos del Pentágono, surge una contradicción ineludible: si este era el objetivo ¿por qué el despliegue estadounidense de las últimas semanas huele a improvisación reactiva? La respuesta radica en el error de cálculo sobre los tiempos de la balcanización. Washington y Tel Aviv pecaron de un peligroso optimismo táctico: apostaron a que las primeras semanas de bombardeos de saturación sobre la infraestructura de mando quebrarían la moral del gobierno y desatarían una fractura interna casi automática, pero la CIA no funciona tan bien como en las películas. Creyeron que el colapso sería rápido, barato y autoejecutable por las minorías locales. Esta es parte de la lectura de la nueva doctrina imperante en la toma de decisiones ya explicada. Pero el Estado profundo iraní demostró una resiliencia estructural mayor a la presupuestada por esta escuela, aunque advertida por otros. Al fallar esta implosión a control remoto, Estados Unidos se ve ahora arrastrado a una guerra de la que quizás hoy preferiría correrse, pero de la que ya no tiene escapatoria. Retirarse ahora significaría dejar a Irán mucho mejor posicionado de lo que estaba antes de la escalada: controlando y cobrando peaje en el Estrecho de Ormuz, y consolidando a un Estado que, bajo esta presión existencial, inevitablemente mutará de un sistema teocrático a uno de corte netamente pretoriano, entregándole el control total y definitivo del país al Pasdaran (la Guardia Revolucionaria), con enormes incentivos para avanzar en su desarrollo nuclear y militar. La actual readecuación de sus medios militares no es entonces una falta de estrategia, sino su adaptación, que consiste pasar a una fase terrestre obligada, teniendo que enviar sus propias tropas porque el botín ya no se va a asegurar solo. Después de Crimea Putin se pensó que el resto de Ucrania sería solo un bocado, quizás después de Caracas, su amigo Trump haya sentido lo mismo en Teherán. Recalculando.

Para Estados Unidos, alterar drásticamente la distribución de sus medios militares no responde a una simple solidaridad de alianza. Al traslado de urgencia de sus grupos de asalto anfibio —incluyendo al USS Tripoli y al Grupo Boxer— y a los miles de paracaidistas de la Fuerza de Respuesta Inmediata de la 82.ª División Aerotransportada, se acaba de sumar en las últimas horas la confirmación de que el Pentágono evalúa desplegar hasta 10.000 tropas terrestres adicionales con blindados hacia el Golfo Pérsico. Semejante escalada de infantería expone la cruda realidad táctica: a EE. UU. no le sirve únicamente capturar un enclave petrolero vital como la isla de Jarg; necesita imperiosamente tomar y resguardar la franja costera continental. Es aquí donde el plan choca con la geografía. Si someter a Irak —un país tres veces más pequeño, de llanuras abiertas y con unas fuerzas armadas infinitamente menos preparadas— demandó el despliegue de casi 200.000 hombres, dominar la inexpugnable costa montañosa iraní es una pesadilla de otra magnitud. Sin embargo, en el diseño de ese nuevo rompecabezas en el que quedaría convertido un Irán balcanizado, esa costa es exactamente la pieza que Estados Unidos busca guardarse en el bolsillo. Al destruir la infraestructura de denegación de área de Teherán en el litoral, Washington asume el control indiscutido del corredor por donde fluye el 20% del crudo mundial, allanando el camino para crear, en el futuro, una coalición de países aliados del Golfo que administre el estrecho bajo su tutela. Un nuevo Panamá. Este es un mensaje directo a Beijing. Al monopolizar Ormuz, Estados Unidos le demuestra a una China altamente dependiente de la importación energética que posee una correa directamente atada a su cuello económico, capaz de cerrarle el grifo a voluntad.

Sin embargo, al trasladar estas unidades expedicionarias para sostener la guerra en Medio Oriente, Washington evidencia una peligrosa sobreextensión estratégica. Asume un riesgo colosal: aceptar el debilitamiento de la postura disuasoria del INDOPACOM, lo que genera en Asia una ventana táctica que abre de par en par la puerta para que China lance su asalto definitivo sobre Taiwán. Es esta convergencia de fines (la balcanización israelí y el control de Ormuz estadounidense) la que nos devuelve a la gran consecuencia global en el Pacífico: ¿Es esta aparente vulnerabilidad por sobreextensión en Asia un costo ineludible de la ambición en Medio Oriente, o estamos frente a una magistral operación de control reflexivo diseñada para inducir a Beijing al suicidio, empujando a China a iniciar una guerra en Taiwán que la empantane en un desgaste brutal, calcando el fatídico error de cálculo de la “victoria en tres días” que Vladimir Putin imaginó para Ucrania? Ni idea.

 Al monopolizar Ormuz, Estados Unidos le demuestra a una China altamente dependiente de la importación energética que posee una correa directamente atada a su cuello económico, capaz de cerrarle el grifo a voluntad. 

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A través de los ojos del mando chino, la ventana es innegable. La teoría del Peaking Power sugiere que China es hoy más peligrosa que nunca porque percibe que el tiempo corre en su contra ante un colapso demográfico irreversible. Si a esto se le suma el actual “valle de la muerte” logístico del Pentágono —escasez de munición y astilleros colapsados—, la matemática en Beijing parece cerrar. Un informe publicado recientemente por un reconocido portal británico expuso la crudeza de esta sangría: el ritmo vertiginoso al que la Armada de Estados Unidos está quemando sus costosos misiles interceptores en Medio Oriente ha pulverizado por completo su capacidad industrial de reposición. Con la infantería expedicionaria y el escudo antimisiles estadounidense absorbidos por el Golfo Pérsico, el costo de cruzar el Estrecho de Taiwán ha bajado drásticamente. Y acá aparece la gran pregunta sin respuesta, la incertidumbre absoluta que rodea a una guerra por Taiwán que ya se asume tan estructuralmente inevitable como el propio choque entre Israel e Irán: ¿está viendo Xi Jinping la vulnerabilidad real de un imperio sobreextendido, o el espejismo calculado de una trampa letal?

Lo que Estados Unidos dejó atrás en las costas de Japón es la vanguardia de su mayor mutación doctrinal en un siglo: el Force Design 2030. La defensa de la primera cadena de islas quedó a cargo del 12º Regimiento Litoral de Marines (MLR). Operando como un bisturí asimétrico e infiltrados en islotes minúsculos, actúan como sensores adelantados conectados a una matriz de conciencia situacional gestionada por algoritmos de IA militar (Palantir, Anduril). Unidades muy pequeñas que encienden radares por fracciones de segundo, lanzan misiles antibuque NMESIS y se desvanecen. Esta fuerza demuestra la regla de oro de la tiranía de los cuellos de botella: en mares estrechos, el poder naval tradicional, basado en plataformas multimillonarias, es inherentemente vulnerable frente a redes distribuidas de sensores y armas baratas de negación de área, mucho para aprender en Argentina.

Aquí emerge la hipótesis del control reflexivo. Si Washington aplica esta doctrina —inducir al adversario a tomar voluntariamente la decisión deseada—, la narrativa pública sobre su “sobreextensión”, el agotamiento de sus interceptores, y el traslado de flotas a Medio Oriente es una carnada perfecta. La trampa busca empujar a Beijing a aprovechar la aparente distracción precipitándose a la guerra. Al morder el anzuelo, China enviaría a la costosísima Armada del EPL directo hacia el embudo geográfico del Estrecho de Taiwán. Allí, la misma lógica asimétrica que permite ahogar el comercio en el Golfo Pérsico los estaría esperando: enjambres de drones, minas inteligentes y misiles del MLR listos para convertir el canal en un corredor de la muerte y a los buques en ataúdes flotantes.

El objetivo final de esta inducción estratégica, al dejar la ventana abierta en Taiwán, no sería únicamente la destrucción física de la flota china, sino el colapso de su modelo nacional. Si China muerde el anzuelo, le otorga a Occidente la justificación moral y legal inmediata para ejecutar un bloqueo financiero total. De nuevo aparece Ucrania en el horizonte. La desconexión del sistema SWIFT, el embargo de reservas y el colapso de sus exportaciones lograrían en semanas lo que una guerra convencional tardaría años: la neutralización de China como competidor hegemónico.

En conclusión, el asedio en Ormuz es mucho más que una operación para gestionar una guerra irreversible o desarmar a la teocracia iraní. Es la demolición controlada de un país para rediseñar un continente entero y, al mismo tiempo, la pieza central de una partida psicológica a escala planetaria. Si Xi Jinping interpreta este reposicionamiento de fuerzas como el disparo de largada para su reunificación por la fuerza, la historia podría recordar este momento no como el gran triunfo del revisionismo asiático, sino como el instante preciso en el que una superpotencia saltó voluntariamente por la ventana equivocada, desatando la trampa perfecta; o exactamente lo contrario, y ser el paso al frente del cambio de guardia en el mundo. Paradójicamente, Ormuz puede ser la mejor defensa sobre Taiwán o su caída.

Fuentes Seguras. Occidente, cada vez más complicado

Inteligencia iraní. Las preguntas esenciales. Un antes, y un después. Contra casi todos. Europa, Europa. EEUU: Revuelo interior y elecciones. El abismo. Irán, fuerte

Por Gabriel Fernández *

INTELIGENCIA Y CHANTAJES. Entre agosto y septiembre del año pasado, las autoridades iraníes completaron un informe reservado sobre los proyectos militares y nucleares de Israel, su colaboración con países occidentales y el espionaje a organizaciones internacionales. El titular del área de Inteligencia, Esmaeil Jatib, declaró que el conjunto de datos fue recopilado por sus agentes operativos en distintos puntos de Asia occidental; entre otras cosas evidencian «la política de ambigüedad nuclear del régimen” [israelí].

«Se ha descubierto información completa que incluye nombres, detalles, direcciones y relaciones laborales de 189 expertos nucleares y militares del régimen y proyectos relacionados de cada uno” precisó el funcionario. Aquellas revelaciones incluyeron grabaciones realizadas dentro de la instalación nuclear israelí de Dimona, en el sur del país hebreo. Asimismo, la información obtenida incluye detalles precisos de sitios militares sensibles con aplicaciones de doble uso, algunos de los cuales fueron atacados por misiles iraníes durante la ‘guerra de 12 días’ del pasado mes de junio, tras ser entregadas sus coordenadas a las unidades pertinentes.

El jefe de la Inteligencia persa precisó, además, que su país obtuvo documentos que rastrean la influencia que funcionarios israelíes y senadores estadounidenses tienen sobre el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) para obtener información relacionada con el programa nuclear de Irán. Entre los documentos publicados figuran imágenes que, presuntamente, demuestran que Israel incluso espía -y en relación, chantajea- al director del OIEA, Rafael Grossi.

El alto referente de los servicios iraníes subrayó que los documentos fueron obtenidos y transferidos a través de «capas complejas de protección del régimen», gracias al trabajo del Ministerio con funcionarios nucleares, instituciones militares y ciudadanos israelíes, que colaboraron, según el ministro, motivados tanto por intereses materiales como por el «intenso odio hacia el primer ministro corrupto y criminal», en clara referencia a Benjamín Netanyahu.

LOS GRANDES INTERROGANTES. Los Estados Unidos iniciaron con Israel el ataque contra Irán el 7 de marzo del año en curso, en plena negociación sobre el enriquecimiento de uranio y el desarrollo del plan nuclear de la nación medio oriental. Esos encuentros habían resultado satisfactorios, según ambas partes. «En los intercambios admitimos posponer el enriquecimiento de uranio y ratificamos que no tenemos armas nucleares ni pensamos usar la energía nuclear con destino bélico. Igual Estados Unidos e Israel atacaron”, apuntó el gobierno islámico.

Los interrogantes que este periodista evalúa imprescindible formular son ¿Por qué se desató la guerra? ¿Quién está ganando? Y ¿Contra quién es la guerra? Resultaría irresponsable aventurar respuestas, pero el solo planteamiento de esas preguntas permite enfocar con más claridad lo que viene sucediendo. Veamos los trazos iniciales de la fase reciente del litigio: tras el primer intenso bombardeo norteamericano israelí, el cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán informó el lanzamiento de una réplica muy potente con misiles y drones sobre Israel y bases estadounidenses en la región.

Las imágenes que se observaron en Tel Aviv resultaron estremecedoras. Enseguida, 27 bases norteamericanas más el gran complejo industrial de defensa de ese distrito, redondearon un anticipo de la potencialidad iraní. El presidente Donald Trump dijo, «Quieren hablar y yo he aceptado hablar, así que hablaré con ellos”. La frase surgió como una reacción muy acelerada dada la cercanía del puntapié inicial del ataque. Enseguida el Estado de Irán respondió que no tenía intención de hablar. Entonces el presidente norteño, que quedó en falsa escuadra, redobló la apuesta y afirmó «Vamos con todo. No vamos a permitir que Irán haga tal o cual cosa”.

El lector ya puede comprender que ahí emerge, en cierto modo, una clave del asunto. Los datos de especialistas militares acerca de los pertrechos y las municiones empezaron a llegar en modo de análisis periodístico. Fíjese, pues aunque en la prédica general los medios occidentales afirman que los Estados Unidos e Israel están domesticando a Irán, lo cierto es que las existencias de interceptores de misiles norteamericanos y de la potencia ocupante podrían agotarse en cuestión de semanas si Irán logra mantener el ritmo de los ataques.

Pero ¿quién lo informa? Bueno, no se trata de IRNA. Ya es difícil acceder la Agencia estatal Iraní. Antes, inclusive durante el bombardeo, se pudo ingresar de manera plena. Ahora ya no. No, no lo plantearon los iraníes, lo informó Bloomberg, uno de los centros del capitalismo financiero en el orden comunicacional, junto a otros medios como los que analizamos habitualmente en este espacio. Según Bloomberg, la capacidad de los Estados Unidos, Israel y los Estados árabes del Golfo para sostener la defensa frente a la represalia persa, depende del volumen de interceptores disponible. El medio sostuvo que esas reservas ya estaban “peligrosamente bajas después de los intensos combates con la República Islámica el año pasado”.

Sucede que la Guerra de los 12 días dejó un sabor extraño para Occidente. En realidad, el arco de acero que protegía a Israel fue quebrado por la resistencia iraní, que tampoco había iniciado en aquel momento las hostilidades. El 7 de marzo de 2025, Trump envió una carta dirigida al ayatollah Ali Jamenei señalando que los iraníes “son gente maravillosa”.

Antes, tras años de negociaciones bajo un formato 5+1 (Rusia, China, el Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos) durante el gobierno del presidente Barack Obama, se alcanzó un Acuerdo sobre el Programa Nuclear Iraní, suscrito el 14 de julio de 2015, endosado por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (Resolución 2231 del 20 de julio de 2015) y el Congreso estadounidense, que establecía regulaciones al Programa persa sujeto a supervisión y monitoreo internacional, a cambio del levantamiento de sanciones y desbloqueo de recursos congelados.

La concreción de dicho acuerdo marco permitió cierto oxígeno a la economía iraní, que pudo recuperar recursos y activos congelados en el exterior, relanzar y modernizar su industria petroquímica gracias a inversiones de países como China, así como invertir en el sector aeronáutico severamente afectado por las sanciones luego de la Revolución que encabezara el iman Ruhollah Jomeini en 1979. Los Estados Unidos, bajo el primer mandato de Trump, se retiraron unilateralmente del acuerdo en mayo de 2018, y volvieron a imponer sanciones económicas a Irán, aliviadas posteriormente durante el gobierno de Joseph Biden, y ahora reinstauradas con el gobierno de Trump en su segundo mandato.

Pese al retiro de los Estados Unidos del referido acuerdo en 2018, las autoridades de Teherán aseveraron que su país cumplió con las obligaciones según lo establecido por la Organización Internacional de Energía Atómica. Los Estados Unidos, por su parte, manifestaron sus dudas al señalar que Irán continuó desarrollando su industria nuclear y que estaría cerca de conseguir una bomba atómica, así como el desarrollo de la industria de misiles balísticos. Estas acusaciones fueron respaldadas por el gobierno de Tel Aviv, que ve a Teherán como una amenaza permanente.

Es decir, la coalición norteamericano israelí ha quebrado toda legalidad internacional. En línea, lo ha concretado sin que se conozcan los motivos: ¿amenaza nuclear? ¿democracia? ¿derechos humanos? ¿seguridad interior? ¿seguridad de aliados? Toda la diplomacia del planeta sonríe irónicamente -si cabe el gesto en medio del drama- cuando algún funcionario de la dupla criminal esboza cualquiera de esas “razones”. Nadie cree en los argumentos del Norte; ni quienes rechazan su accionar ni aquellos que, tímidamente, se animan a respaldarlo.

LA NUEVA ERA. Con los sucesos recientes, la confrontación internacional parece estar llegando a un punto de no retorno. Este narrador considera que, si los pueblos no destruyen o al menos no limitan el poder del gran capital financiero, con las tecnologías elaboradas en los meses recientes, sus elites decidirán -y actuarán en consecuencia- que el ser humano es un gasto innecesario. Solo quedarán fuera de la ecuación las dirigencias globales, sus fuerzas de seguridad, sus empleados imprescindibles. En concreto, hasta hace un par de años a ese bloque le sobraban 1000 millones de personas. Ahora si se observan las perspectivas productivas, la cifra se aproxima a 7.000. Solo la Asociación de Estados Multipolares puede frenar este proceso.

Es necesario, además de saber qué es lo que está pasando en concreto en el variado frente de batalla, comprender los intereses profundos que llevan a una contienda de esta naturaleza. E insertar algunos planteos más para apuntalar una interpretación certera. Irán no va a capitular. Pero, ¿por qué? Se trata de orgullo, de una filosofía honda y pensada, pero de algo más. Está claro que los Estados Unidos no son confiables, lo cual deriva en que toda aproximación pueda constituirse en un dramático error. En sintonía, que los alrededores permiten diseñar políticas confluyentes -Hezbollah, los agrupamientos armados al interior de Irak, los huttíes- y sobre todo que la República Popular China y la Federación de Rusia necesitan un Irán estable y lo último que anhelan es un gran estado anglosajón con epicentro en Israel dominando la región.

En cuanto al petróleo, aunque resulta pertinente señalar el acierto norteamericano previo -la utilización del fracking- el mismo no logra evitar el descalabro global que produce el cierre del Estrecho de Ormuz. El intento original norteamericano de controlar Yemen, fracasó. Así, esa vía esencial puede ser usufructuada, geopolíticamente, por Irán. Se deduce, razonablemente, que Europa aborda el corto plazo con dificultades irresolubles. Le cortaron el acceso al gas ruso -con aquiescencia de sus “estadistas” a través del quiebre del Nord Stream y le ordenaron “No comerciar con Rusia de ningún modo». Esto llevó a triangulaciones, a ciertas movidas irregulares, pero la complicación de los costos es ostensible.

Todo esto afecta al usuario común directo, pero también a las industrias que ya están golpeadas porque las medidas desplegadas desde el 2022 en adelante a raíz de los sucesos en Ucrania han damnificado los niveles productivos y el ejemplo más claro es Alemania. Entonces ¿contra quién es la guerra? Ya podemos aventurar: contra Irán, contra los países BRICS +, sin dejar de indicar contra la unidad de los pueblos a través de inversiones y comercio, específicamente contra China y, de soslayo, contra las naciones europeas que ya han intentado un acercamiento con la Federación. En tal sentido, no debería olvidarse el inveterado terror histórico del Reino Unido ante la mínima posibilidad de una coalición ruso alemana. Un tema para analizar largo y tendido, ¿no?

Entonces, vale pensar qué sucederá con la vaporosa Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, admitió que los europeos “han sido tomados por sorpresa”. “Ahora, a nivel mundial, responden a los caprichos cotidianos de un presidente estadounidense que está causando una enorme disrupción”, El vocero de la entidad, Julien Barnes-Dacey, añadió: “Están entre la espada y la pared… Por un lado, quieren aferrarse a algún sentido del derecho internacional, o al orden basado en normas, y por otro, intentan desesperadamente ganarse el favor de Trump”. “Mientras Israel y Estados Unidos prosiguen la guerra que iniciaron, los europeos intentan involucrarse sin involucrarse y comprometerse sin comprometerse”, indicó el funcionario en un diálogo periodístico inusualmente sincero con la CNN.

RIESGOS. Ahora bien, si sigue el ataque, además de las señaladas dificultades occidentales, Irán también puede entrar en situación de emergencia. Sin embargo, hay allí un trabajo fuerte en el orden industrial que incluye el Programa Nuclear, para poner en marcha las fábricas. Bajo tierra hay una labor de ingeniería muy sólida que puede llegar a ser trascendente a la hora de afrontar una agresión extensa y compleja. Como se sabe, Israel y los Estados Unidos apuestan a una batalla corta y contundente, pero hay que tener espalda para eso. Algo hay en favor de los agresores: Irán no tiene armas nucleares e Israel tiene armas nucleares. Ahí existe una diferencia a registrar.

Vale precisar que Irán fue atacado por una potencia que, ante la Organización Internacional de Energía Atómica, se negó a mostrar sus arsenales. Por tanto, para buena parte de la comunidad mundial el problema no es Irán; como bien lo señaló China hace pocas horas y como lo plantean varios multipolares, la legalidad le asiste. No hay nada, ni el Congreso norteamericano, ni hablar la ONU, no hay ninguna instancia, ningún factor, ningún elemento que coadyuve a la presunta legalidad del ataque formulado en contra de la nación persa. Pero mientras la irresponsabilidad del gran capital financiero puede llevar a usar armas nucleares en contra de Irán, es muy probable que en la misma dimensión del liderazgo de Ali Jamenei, Irán se cuide porque cuida el futuro, como lo cuida China, como lo cuida Rusia.

Esa falta de contemplaciones hacia el destino del ser humano se percibe en el proceder, y en el decir, del centro occidental. Tantos medios liberales se alegraron del asesinato de Ali Jamenei. Bueno, la conducción que ese guía espiritual llevó adelante como continuador del imán Jomeini, ha dejado una huella muy interesante. Por un lado, una articulación con los sectores políticos internos, la garantía de realización de elecciones, debate, diferenciación respetuosa entre sectores para poder abordar el diálogo y al mismo tiempo firmeza conceptual, pero relacionada con el cuidado. Como ejemplo, Nagorno Karabaj, Turquía, Azerbaiyán, Armenia, el asesinato de Qasem Soleimaní, en la misma dirección el crimen de Hassan Nasrallah. En todas estas provocaciones -y otras- se plantó Jamenei, pero se plantó con una sutileza, con una disección de objetivos muy fina, para evitar que el conflicto se derrame por Asia occidental, porque esa región a futuro puede ser integralmente multipolar.

En este tramo donde las puertas del tiempo se van abriendo, pero no se abren con la rapidez necesaria – todos inciden, todos tienen poder y todos tienen armas-, la situación se complica a la hora de avanzar. Cuando se observa el mapa es posible comprender la trascendencia de mantener acotados los bombardeos y también las acciones defensivas. La defensa de Irán puede ser muy intensa, pero guarda la medida. Se muerde los nudillos antes de ir sobre una zona en la que damnifique futuros aliados. De hecho, fue sobre las bases norteamericanas en los países árabes, evitando involucrar a la población civil. En sentido contrario, tras agitar los derechos de las mujeres, los Estados Unidos e Israel asesinaron 168 pibas en una escuela. Muy edificante. Muy democrático.

Horas atrás, la Asamblea de Expertos de Irán designó a Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo del país, en sustitución de su padre. En un vibrante comunicado, la asamblea declaró que “después de estudios cuidadosos y extensos… en la sesión extraordinaria de hoy, el ayatolá Seyyed Mojtaba Hosseini Jamenei (que Alá lo proteja) es designado y presentado como el tercer líder del sagrado sistema de la República Islámica de Irán, basado en el voto decisivo de los respetados representantes de la Asamblea de Expertos”. Minutos después de su nombramiento, la Guardia Revolucionaria juró lealtad al líder supremo. “El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica está listo para la obediencia total y el autosacrificio en el cumplimiento de los mandatos divinos del Guardián Jurídico de la época, Su Eminencia el Ayatolá Seyyed Mojtaba Jamenei”, informaron los Guardianes.

EL REVUELO INTERIOR. Trump tendrá que ocuparse de algunos asuntos internos y explicar por qué se está gastando lo que no invirtió en producción, en el sostenimiento de bases militares gigantescas en distintos puntos del mundo. Se acercan las elecciones legislativas y sube el desempleo. No hay nuevas industrias ni fábricas repatriadas. Todo envuelto en un alarde recio que insertó al país en conflictos que había prometido eliminar.

Pese a todo, cabe insistir, sería irresponsable afirmar: gana tal, gana cual. La situación está muy enredada y las guerras hay que pelearlas hasta el último minuto. Y un poco más, como se recuerda. Nadie puede afirmar estamos en esta dirección o en la otra. Aunque si se puede afirmar que existe una campaña apreciable de los medios occidentales para demostrar dos cosas. Primero que las naciones del Centro Occidental tienen razón y que van a proclamar los derechos, la democracia o la libertad para el país musulmán. Luego, que el poder norteamericano sigue en condiciones de disciplinar, por lo tanto, hay que disciplinarse de antemano en modo argentino para estar en línea con el desarrollo de los acontecimientos.

Ninguna de las dos cosas es cierta. Esto no quiere decir que el anverso resulte una verdad atronadora. No significa la inexistencia de dificultades para aquellos que asumen la defensa del espacio multipolar. Sin embargo, es preciso saber que la propaganda no informa, las consignas no sirven y solo el análisis y el razonamiento pueden permitirnos acceder a un escenario tan complejo.

TRUMP ACABA DE PERDER LAS ELECCIONES. Este periodista tuvo la posibilidad de leer un material extraordinario, realizado desde el Tábano Economista por el licenciado Alejandro Marcó del Pont. Se trata de “¿Cómo Israel convirtió la promesa de América First en una guerra eterna para Trump?” Tiene un desarrollo corrosivo que nos ayuda a pensar. Por eso se resolvió a entrevistarlo en Radio Gráfica. Aquí se incluye el texto en cuestión y la conversación. Los ejes de la misma no tienen desperdicio.

Cómo Israel convirtió la promesa de ‘America First’ en una guerra eterna para Trump

Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

La influencia extranjera es uno de los enemigos más perniciosos del gobierno republicano (George Washington)

El 28 de febrero de 2026, las explosiones que sacudieron Teherán no solo alcanzaron los enclaves subterráneos del programa nuclear iraní; su onda expansiva viajó miles de kilómetros hasta fragmentar el cemento político sobre el que Donald Trump había construido su segunda presidencia. En una operación de una audacia y un riesgo extremos, la Fuerza Aérea de Estados Unidos, en supuesta coordinación con Israel, lanzó el ataque más contundente contra Irán desde la crisis de los rehenes de 1979.

El objetivo declarado por la Casa Blanca era quirúrgico y clásico: eliminar de una vez por todas la amenaza de las instalaciones nucleares y el arsenal de misiles balísticos de la República Islámica. Pero la magnitud de lo que se vivió en la madrugada —con informes que hablaban no solo de bombas sobre centrifugadoras, sino de un misil que alcanzó el búnker donde se refugiaba el líder supremo, Alí Jamenei— delataba una ambición mucho mayor: la decapitación del régimen y su colapso definitivo.

Sin embargo, la pregunta que flota sobre los escombros de Teherán y sobre los mercados de Nueva York no es tanto si Irán puede reconstruirse, sino si Estados Unidos y su presidente podrán sobrevivir a las consecuencias de su propio éxito militar. La paradoja posee una belleza trágica propia de un drama griego. Donald Trump, el presidente que llegó al poder prometiendo enterrar las «guerras eternas» y poner «América Primero», acaba de abrir la puerta a un conflicto de desgaste en Oriente Próximo que amenaza con devorar su legado, su base electoral y la estabilidad de la economía global. Y todo apunta a que no lo hizo solo, que fue conducido hacia allí, con la precisión de un relojero suizo, por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.

Para entender la magnitud del abismo al que se asoma Trump, hay que abandonar por un momento los mapas de los generales y poner la mirada en las gasolineras de Ohio y Pennsylvania. El corazón del movimiento MAGA late al ritmo del precio del crudo. Su núcleo electoral, la clase trabajadora blanca y la clase media manufactureras, fueron las grandes víctimas de la inflación post-pandemia. Cada dólar que sube el barril es un voto que se aleja de las urnas republicanas. Los analistas de Goldman Sachs y Barclays llevaban semanas advirtiéndolo en sus informes: un conflicto abierto con Irán dispararía el petróleo. El Brent y el WTI, superarían con facilidad la barrera de los 100 dólares, llevando la inflación de vuelta a territorios prohibidos, cerca del 5%. Las hipotecas se encarecerían, el crédito para el pequeño negocio del Medio Oeste se congelaría y el sueño de «America First» se desvanecería en un espejismo de estanflación.

La lógica elemental dictaba que Trump no podía permitirse ese escenario. Su instinto de supervivencia política, que siempre ha sido su principal brújula, debería haberle llevado a contemporizar, a amenazar, quizá a un bombardeo simbólico sobre instalaciones militares abandonadas. Pero no a esto. No a un ataque que, según fuentes de inteligencia, citadas por Reuters y The Straits Times días antes de la operación, fue desaconsejado explícitamente por la CIA. La agencia advertía que un «golpe decapitador» contra Jamenei no provocaría el colapso del régimen, sino su relevo por figuras aún más radicales de la Guardia Revolucionaria (IRGC), dispuestas a una guerra de desgaste infinita. Si la inteligencia americana lo sabía, si los modelos económicos lo predecían, ¿qué nube tóxica nubló el juicio del presidente?

La respuesta, incómoda pero cada vez más aceptada en los círculos analíticos de Washington, tiene dos caras. Una, la más volcánica y pública, es la del propio Netanyahu, un superviviente nato que lleva décadas viendo en Irán una amenaza existencial que debe ser eliminada antes de que sea demasiado tarde. Su lógica era la del «ahora o nunca». Con un presidente americano impredecible y deseoso de demostrar fuerza, y con un análisis equivocado de los ayatolás más débiles por las protestas internas, la ventana de oportunidad se abría de par en par. La otra cara, la más turbia y que circula en los pasillos del poder bajo el sigilo del off the record, tiene nombre y apellido: el lobby israelí y los expedientes Epstein.

Se sabe, y no es un secreto para los servicios de inteligencia, que Jeffrey Epstein no trabajaba solo; su red de influencia y chantaje era una telaraña que conectaba con intereses israelíes, con el Mossad. La teoría que gana adeptos es que el material comprometedor que el Departamento de Justicia estadounidense guarda en sus cajas fuertes sobre figuras clave del establishment no es propiedad exclusiva del gobierno federal. El Mossad, se argumenta, tiene una copia. Y en el momento crucial, cuando la maquinaria bélica dudaba entre la prudencia y la audacia, esa información pudo haber actuado como un sutil, pero eficaz, elemento de coerción. No hace falta un vídeo de Trump en una situación comprometida para doblegar su voluntad; basta con tener la capacidad de filtrar información sobre un colaborador cercano, un familiar o un donante clave para que la geometría de las decisiones empiece a torcerse.

Más allá de la leyenda negra de los videos y las fotos, la influencia del lobby israelí en Washington es una realidad tan tangible como el mármol del Capitolio. Académicos de la talla de John Mearsheimer y Stephen Walt lo documentaron hace años en «The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy». No es una conspiración, es un hecho político: el Comité Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC) y sus satélites financian campañas, moldean discursos y condicionan votaciones en el Congreso con una eficacia aplastante. Ningún político que aspire a mantenerse en el poder quiere enfrentarse a una maquinaria de desprestigio multimillonaria financiada por el lobby. Esa coerción, la financiera y la política, es tan efectiva como cualquier chantaje. Así, cuando el Pentágono y el Departamento de Estado debatían la respuesta a Irán, las opciones que priorizaban la «ventaja militar cualitativa» de Israel pesaban más en la balanza que aquellas que defendían la estabilidad económica doméstica.

Lo que ocurrió sobre el terreno en la madrugada del 28 de febrero revela hasta qué punto las prioridades estaban desalineadas. Si EE.UU. buscaba una operación quirúrgica para degradar la capacidad militar iraní y proteger sus bases en la región, los resultados hablan de otra cosa. Los satélites mostraban impactos en instalaciones navales y lanzaderas de misiles, sí. Pero también llegaban imágenes dantescas desde Minab, donde una escuela elemental cercana a una base militar fue alcanzada, matando a 150 niñas, ataques al Hospitales de Teherán, atestados de víctimas civiles. El sello de un ataque diseñado no para ser corto y ejemplarizante, sino para ser total y, sobre todo, irreversible. Eso no era una advertencia; era una declaración de guerra existencial. Era la firma de Israel, el socio que necesita que el conflicto se convierta en una ciénaga para que Irán no pueda levantar cabeza.

Y en esa ciénaga es donde Trump corre el riesgo de quedar atrapado. Lo que él concibió probablemente como un «show of force» espectacular al estilo Trump —una explosión de grandeza que forzara a Irán a una negociación de rendición— ha sido interpretado por el mundo y por los mercados como la entrada en una trampa de costes infinitos. Irán no colapsó. Su liderazgo ha sido sustituido por líneas duras de la Guardia Revolucionaria que prometen venganza. El Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 25% del petróleo mundial, tiembla ante la posibilidad de un bloqueo total. Y mientras los petroleros empiezan a desviar sus rutas, el rendimiento del bono americano a 10 años se dispara: los inversores exigen más rentabilidad por el riesgo de una inflación que ya no ven transitoria, sino enquistada por la geopolítica.

La lógica de Netanyahu, fría y calculadora, ha funcionado a la perfección. Ha conseguido que el ejército más poderoso de la Tierra participe en la eliminación de su mayor enemigo estratégico sin tener que sacrificar la totalidad de sus reservas. Ha logrado que EE.UU. queme su crédito político y económico en un conflicto que, para Israel, es de vida o muerte. Para Trump, en cambio, el balance es un desastre absoluto. No solo ha roto su promesa fundacional de terminar con las guerras eternas, sino que lo ha hecho en un momento de máxima vulnerabilidad económica para su electorado. La fractura en su base leal, la profundamente antiglobalista que lo subió al poder, puede ser ya imborrable. Le ven como un presidente que fue engañado o chantajeado, o sencillamente traicionó sus principios por presiones externas.

La teoría de la «captura estratégica» que se estudia en las academias militares cobra aquí vida propia. Cuando un aliado menor logra que la potencia mayor ejecute acciones que sirven exclusivamente a sus intereses regionales, incluso a costa del bienestar interno de la potencia, la relación deja de ser una alianza para convertirse en una tutela invertida. Y eso es lo que ha sucedido. Netanyahu ha mirado a Trump a los ojos y le ha convencido de que asesinar a Jamenei era un regalo. Pero ese regalo venía trasmitido con la inflación, la subida de tipos y la certeza de una derrota en las elecciones de medio mandato.

Mientras el humo se disipa sobre Teherán y las primeras represalias iraníes golpean bases americanas en siete países, una pregunta sobrevuela el Despacho Oval: ¿quién gobierna realmente la política de defensa de Estados Unidos? La respuesta, por incómoda que resulte en un país que se precia de su soberanía, parece apuntar hacia Jerusalén. Donald Trump, el negociador que prometía no dejarse engañar, ha caído en la trampa más antigua del tablero de Oriente Próximo: creer que se puede usar la fuerza sin pagar un precio político. Su legado, el de «America First», yace ahora enterrado bajo las ruinas de un bombardeo que no traerá la paz, sino una guerra eterna diseñada en los despachos de Tel Aviv. Y la historia, una vez más, le recordará no como el presidente que acabó con las guerras, sino como aquel al que su aliado más astuto utilizó para empezar la más peligrosa de todas”.

NOTICIAS DE MAÑANA. Los Estados Unidos están denunciando a través de sus medios afines, que China se predispone a respaldar con elementos de seguridad y pertrechos a Irán. También, que Rusia ya está suministrando información para facilitar ataques iraníes en Medio Oriente. En realidad, la información que poseen estas Fuentes es más voluminosa al respecto. Pero estas líneas no son acerca de esos apoyos, sino de la extrañeza que genera su divulgación. Pensemos más allá de las intenciones de demonización.

Si lo que se pretende es evidenciar que China y Rusia son maledicentes y riesgosos … lo que queda en evidencia es que norteamericanos e israelíes están enfrentando demasiados adversarios. De por sí la lucha específica contra Irán les resulta muy difícil; si el adversario se extiende a otras dos potencias -las más importantes que hasta ahora no aparecían públicamente involucradas-, la derrota está asegurada.

¿Para qué le sirve a los Estados Unidos una difusión de esa naturaleza? Lo que podía esperarse era una mascarada destinada a mostrar que los multipolares se dividen y rechazan bancar a Irán. Si los mismos damnificados apuntan lo contrario, los persas emergen muy fortalecidos. Todavía seguimos en sintonía con el interrogante Quién Gana. Tras algunos diálogos con expertos, se pudo detectar -y transmitir en este espacio- que otras preguntas se instalan en el rubro Contra Quién es la Guerra.

Al entender de esta saga, una sólida labor de inteligencia en el área comunicacional, debía asentarse en mostrar el presunto aislamiento iraní en detrimento de una coalición occidental «democrática». No sucede tal cosa.

Preste atención, lector, a la CNN: “Los ataques iniciales de Estados Unidos e Israel —que mataron al líder supremo de Irán, el ayatollah Alí Jamenei, desataron un caos regional. Los gobiernos europeos y de Medio Oriente se enfrentaron a una guerra repentina que no les correspondía y que la mayoría no deseaba. Las autoridades se apresuraron a rescatar a los ciudadanos atrapados en una zona de combate cada vez más amplia. El alza de los precios de la energía azotó azotó las frágiles economías y la agitación política interna se apoderó de la política. En el Golfo, los aliados de Estados Unidos se enfrentaron a bombardeos de drones y misiles que destrozó la opulenta calma de las relucientes ciudades de cristal que surgían del desierto y paralizó la encrucijada de la aviación mundial”.

Y añade, editorialmente, “Es difícil entender por qué los aliados europeos y del Golfo no lo vieron venir. Esta guerra es el epítome de una nueva doctrina de “Estados Unidos primero”, que consiste en desatar el poderío estadounidense para imponer una visión novedosa de sus intereses. Al igual que el derrocamiento del líder venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, refleja la declaración del teniente de Trump, Stephen Miller, el año pasado, de que las “leyes de hierro del mundo” significan que las naciones fuertes pueden gobernar por la fuerza. Es la personificación del temperamento volcánico de Trump, su aceptación de grandes riesgos, su alergia a la estrategia y su fervor por el poder sin límites. El presidente más impredecible de la era moderna ha convertido a la principal superpotencia mundial en su influencia más inquietante”.

Cuesta admitir que las agencias de Inteligencia relacionadas con la Defensa más costosas del planeta puedan cometer tantos desaciertos. De allí que este narrador no modifica los interrogantes bosquejados al comienzo.

Vale seguir proponiendo una mirada larga que evite la utilización de conceptos tales como locos o tontos. Los agresores, con su dañina trayectoria, se han ganado el derecho a ser considerados, al menos, astutos en materia bélica.

Aunque quizás, ya no.

Irán está más fuerte de lo que preveían sus agresores.

Lo que estamos viviendo puede ser un antes, y un después.

* Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Panorama Federal

¿Por qué empezó esta guerra, señor presidente?

Por El Comité Editorial

El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de opinión cuyos puntos de vista se basan en su experiencia, investigación, debates y unos valores muy arraigados. Es independiente de la sala de redacción.

En su campaña presidencial de 2024, Donald Trump prometió a los votantes que pondría fin a las guerras, no que las empezaría. El año pasado, en cambio, ordenó ataques militares en siete países. Su apetito de intervención militar crece a medida que lo alimenta.

Ahora, ha ordenado un nuevo ataque contra la República Islámica de Irán, en cooperación con Israel, y Trump afirmó que sería un ataque mucho más extenso que el bombardeo selectivo a instalaciones nucleares en junio. Sin embargo, inició esta guerra sin explicar al pueblo estadounidense y al mundo por qué lo hacía. Tampoco ha involucrado al Congreso, al que la Constitución otorga la facultad exclusiva de declarar una guerra. En su lugar, publicó un video a las 2:30 a. m., hora del este, del sábado, poco después de que comenzaran los bombardeos, en el que decía que Irán presentaba “amenazas inminentes” y pedía el derrocamiento de su gobierno. Su razonamiento es dudoso, y presentar sus argumentos por video en la madrugada es inaceptable.

Entre sus justificaciones está la eliminación del programa nuclear iraní, que es un objetivo loable. Pero Trump declaró que dicho programa había sido “eliminado” por el ataque en junio, una afirmación desmentida tanto por la inteligencia estadounidense como por este nuevo asalto. Esta contradicción resalta su escaso respeto por su deber de decir la verdad cuando envía a las fuerzas armadas estadounidenses a un combate. También demuestra la poca fe que los ciudadanos estadounidenses deberían tener en sus garantías sobre los objetivos y resultados de su lista de aventuras militares cada vez más larga.

El enfoque de Trump en Irán es imprudente. Sus objetivos están mal definidos. No ha reunido el apoyo internacional y nacional necesarios para maximizar las posibilidades de éxito. Ha hecho caso omiso del derecho nacional e internacional en materia de guerra.

El régimen iraní, para ser claros, no merece ninguna consideración. Desde su revolución hace 47 años, ha generado miseria en su propio pueblo, en sus vecinos y en todo el mundo. Este año ha matado a miles de manifestantes. Encarcela y ejecuta a disidentes políticos. Oprime a las mujeres, a las personas del colectivo LGBTQ y a las minorías religiosas. Sus dirigentes han empobrecido a sus ciudadanos mientras se enriquecen con corrupción. Han proclamado “Muerte a Estados Unidos” desde que llegaron al poder y han asesinado a cientos de miembros del ejército estadounidense en la región, además de financiar el terrorismo que ha derivado en la muerte de civiles en Medio Oriente y en lugares tan alejados de la región como Argentina.

El gobierno de Irán representa una amenaza distinta porque combina esta ideología asesina con ambiciones nucleares. A lo largo de los años, Irán ha desafiado reiteradamente a los inspectores internacionales. Desde el ataque en junio, el gobierno ha dado muestras de reanudar su búsqueda de tecnología de armamento nuclear. Los presidentes estadounidenses de ambos partidos se han comprometido, legítimamente, a impedir que Teherán consiga una bomba.

Reconocemos que el cumplimiento de este compromiso podría justificar una acción militar en algún momento. Por un lado, las implicaciones de permitir que Irán siga el camino de Corea del Norte —y adquiera armas nucleares tras años de sacar provecho a la paciencia internacional— son demasiado grandes. Por otro, los costos de enfrentarse a Irán por su programa nuclear parecen menos imponentes que antes.

Irán, como explicó recientemente David Sanger, periodista del Times, “atraviesa un periodo excepcional de debilidad militar, económica y política”. Desde los atentados del 7 de octubre de 2023, Israel ha reducido las amenazas de Hamás y Hizbulá (dos de los grupos representantes terroristas de Irán), ha atacado directamente a Irán y, con la ayuda de sus aliados, ha repelido en gran medida su respuesta. El nuevo reconocimiento de las limitaciones de Irán contribuyó a dar a los rebeldes de Siria la confianza necesaria para marchar sobre Damasco y derrocar al atroz régimen de Al Asad, aliado de Irán desde hace mucho tiempo. El gobierno de Irán no hizo prácticamente nada para intervenir. Esta historia reciente demuestra que la acción militar, con todas sus terribles consecuencias, puede tener repercusiones positivas.

Un presidente estadounidense responsable podría presentar un argumento plausible para emprender nuevas acciones contra Irán. El eje de este argumento tendría que ser una explicación clara de la estrategia, así como la justificación para atacar ahora, aunque Irán no parezca estar cerca de tener un arma nuclear. Esta estrategia implicaría la promesa de buscar la aprobación del Congreso y de colaborar con los aliados internacionales.

Trump ni siquiera está intentando este enfoque. Está diciendo al pueblo estadounidense y al mundo que espera su confianza ciega. No se ha ganado esa confianza.

En lugar de ello, trata a sus aliados con desdén. Miente constantemente, incluso sobre los resultados del ataque de junio contra Irán. No ha cumplido sus propias promesas de resolver otras crisis en Ucrania, Gaza y Venezuela. Ha despedido a altos mandos militares por no mostrar lealtad a sus caprichos políticos. Cuando sus designados cometen errores escandalosos —como cuando el secretario de Defensa, Pete Hegseth, compartió detalles específicos de un ataque militar contra los hutíes, un grupo respaldado por Irán, en un chat grupal no seguro—, Trump los protege de la rendición de cuentas. Su gobierno parece haber violado el derecho internacional al, entre otras cosas, camuflar un avión militar como avión civil y disparar a dos marineros indefensos que sobrevivieron a un ataque inicial.

Un enfoque responsable implicaría también una conversación detallada con el pueblo estadounidense sobre los riesgos. Irán sigue siendo un país fuertemente militarizado. Es posible que sus misiles de medio alcance no hayan causado mucho daño a Israel el año pasado, pero mantiene muchos misiles de corto alcance que podrían superar cualquier sistema de defensa y golpear en Arabia Saudita, Catar y otros países cercanos. Trump sí lo reconoció en su video de la madrugada, al decir: “Es posible que se pierdan las vidas de valientes héroes estadounidenses y que tengamos bajas”.

Debería haber tenido el valor de decirlo en su discurso del Estado de la Unión del martes, entre otros escenarios. Cuando un presidente pide a los soldados y diplomáticos estadounidenses que arriesguen sus vidas, no debe ser evasivo al respecto.

Al reconocer la irresponsabilidad de Trump, algunos miembros del Congreso han tomado medidas para limitarlo en lo relativo a Irán. En la Cámara de Representantes, los congresistas Ro Khanna, demócrata por California, y Thomas Massie, republicano por Kentucky, han propuesto una resolución destinada a impedir que Trump inicie una guerra sin la aprobación del Congreso. La resolución deja claro que el Congreso no ha autorizado un ataque contra Irán y exige la retirada de los soldados estadounidenses en un plazo de 60 días. El senador Tim Kaine, demócrata por Virginia, y el senador Rand Paul, republicano por Kentucky, están patrocinando una medida similar en el Senado. El inicio de las hostilidades no debe disuadir a los legisladores de aprobar estos proyectos de ley. Una afirmación de autoridad decisiva por parte del Congreso es la mejor manera de limitar al presidente.

El hecho de que Trump no haya articulado una estrategia para este ataque ha generado sorprendentes niveles de incertidumbre al respecto. Ha pedido un cambio de régimen y no ha explicado por qué el mundo debería esperar que esta campaña termine mejor que los intentos de cambio de régimen del siglo XXI en Irak y Afganistán. Esas guerras derrocaron gobiernos, pero, comprensiblemente, desencantaron a la opinión pública estadounidense sobre las operaciones militares de duración indefinida y de interés nacional incierto, y desilusionaron a los soldados que sirvieron lealmente en ellas.

Ahora que ha comenzado la operación militar, deseamos ante todo la seguridad de los soldados estadounidenses encargados de llevarla a cabo y el bienestar de los muchos iraníes inocentes que llevan demasiado tiempo sufriendo bajo su brutal gobierno. Lamentamos que Trump no trate la guerra como el grave asunto que es.

La locura suicida de una guerra con Irán

Por Chris Hedges

El equipo negociador a lo Laurel y Hardy compuesto por Steve Witkoff y Jared Kushner, sumado a la espantosa ignorancia de Trump sobre los asuntos internacionales y su megalomanía, parecen dispuestos a empujar a los Estados Unidos a otra debacle en Oriente Medio, una debacle que el Congreso no ha aprobado y que el público no desea.

¿EE. UU. e Irán están en guerra? - The New York Times
Manifestantes contra ataques estadounidenses contra Irán, frente a la Casa Blanca

Las exigencias impuestas a Irán por la Casa Blanca de Trump no son más aceptables para el régimen de Teherán que las impuestas a Hamás en Gaza en el marco del falso plan de paz de Trump

La exigencia de Trump de que Irán cierre su programa nuclear y renuncie a su capacidad misilística a cambio de no imponer nuevas sanciones es tan descabellada como pedir a Hamás que deponga las armas en Gaza. Pero como hace tiempo que prescindimos de diplomáticos con conocimientos lingüísticos, políticos y culturales, capaces de ponerse en el lugar de sus adversarios, nuestra nueva camarilla de bufones nos está llevando a otra guerra en Oriente Medio. Estados Unidos e Israel creen tontamente que pueden bombardear para decapitar al Gobierno iraní e instalar un régimen clientelista. No se dan cuenta de que este sistema de creencias ajeno a la realidad fracasó ya en Afganistán, Iraq y Libia.

La promesa de no imponer nuevas sanciones no incentivará a Irán a negociar un acuerdo. Irán ya está paralizado por las onerosas sanciones que han destrozado su economía. Esto no servirá para romper el estrangulamiento económico. Irán no renunciará a su programa nuclear, que tiene potencial para ser utilizado con fines bélicos, ni a su programa de misiles balísticos, que Israel ha dicho que atacará en una embestida aérea. El reputado arsenal nuclear de Israel, compuesto por unas 300 ojivas, es un poderoso incentivo para que Irán mantenga la capacidad de construir su propio arsenal nuclear. Irán, al igual que Hamás, nunca se quedará indefenso ante aquellos que buscan su aniquilación.

Un ataque aéreo contra Irán no será como el asalto de 12 días del pasado mes de junio contra las instalaciones nucleares y las instalaciones estatales y de seguridad de Irán. Entonces, Irán calibró su respuesta con ataques simbólicos contra la base aérea de Al Udeid en Qatar, con la esperanza de que no diera lugar a un conflicto más amplio y prolongado. Si se lanza un ataque aéreo, Irán no tendrá nada que perder. Entenderá que apaciguar a sus adversarios es imposible.

Estados Unidos ataca 3 sitios nucleares en Irán | CNN

Irán no es Iraq. Irán no es Afganistán. Irán no es el Líbano. Irán no es Libia. Irán no es Siria. Irán no es Yemen. Irán es el decimoséptimo país más grande del mundo, con una superficie equivalente a la de Europa Occidental. Tiene una población de casi 90 millones de habitantes, diez veces mayor que la de Israel, y sus recursos militares, así como sus alianzas con China y Rusia, lo convierten en un adversario formidable.

A pesar de la relativa debilidad militar de Irán, frente a las fuerzas combinadas de Estados Unidos e Israel, puede infligir mucho daño. Lo hará lo más rápidamente posible. Probablemente morirán cientos de soldados estadounidenses. Irán cerrará sin duda el estrecho de Ormuz, el punto de estrangulamiento petrolero más importante del mundo, por el que pasa el 20% del suministro mundial de petróleo. Esto duplicará o triplicará el precio del petróleo y devastará la economía mundial. Atacará las instalaciones petroleras, así como los barcos y las bases militares estadounidenses en la región.

Las crecientes pérdidas y el enorme aumento de los precios del petróleo proporcionarán el combustible necesario para que Trump y su vil homólogo en Israel desencadenen una guerra regional prolongada.

Este es el precio de estar gobernados por imbéciles. Que Dios nos ayude.

*Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

Fuente: https://estrategia.la/2026/02/28/29664/

Terminó la película que empezó en 1945

Por Julio Fernández Baraibar*.

Mi generación, la generación que nació inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, es decir a partir de 1944/45, nunca vivió una situación internacional como la que hoy se está desplegando ante nuestros ojos.

La Guerra Fría

Es cierto que el período conocido como Guerra Fría, entre las potencias occidentales capitalistas, encabezadas por el nuevo país hegemónico, los EE.UU., atravesó momentos de tensión, de exasperación y de riesgos de enfrentamiento nuclear. Pero, tanto los acuerdos de Yalta y Postdam, como el surgimiento del Movimiento de Países No Alineados, hicieron que esos enfrentamientos se canalizaran en guerras periféricas, que se entremezclaban con las luchas de liberación nacional de las antiguas colonias asiáticas y africanas y en la propia Latinoamérica.  Veamos:

En Asia; la Guerra de Corea (1950-1953), la Guerra de Vietnam (1955-1975), la Guerra Soviético-afgana (1979-1989).

En África; la Crisis del Congo (1960-1965) y la consecuente dictadura de Mobutu (1965-1997); la guerra colonial portuguesa (1961-1974); la guerra civil en Angola; la Guerra del Ogadén, Etiopía (1977-1978); el conflicto del Sáhara Occidental (1975-presente).

La Revolución Cubana (1953-1959) y Crisis de los Misiles (1962); Golpe de Estado en Guatemala (1954) y el estado de guerra civil virtual a consecuencia del mismo (1960-1996); la invasión de República Dominicana (1965); el golpe de estado contra Salvador Allende (1973), en Chile, y la consecuente dictadura; el golpe de estado en la Argentina (1976); la Revolución Sandinista (1979) y la guerra de los Contras; la guerra civil en El Salvador entre el gobierno de derecha, apoyado financiera y militarmente por EE.UU. y la guerrilla del FMLN, apoyada por Cuba y Nicaragua sandinista (1980-1992); la invasión de Granada (1983), todo ello en América Latina.

Las guerras entre Egipto e Israel (1967 y 1973); la guerra Irán-Irak (1980-1988), en Asia Occidental.

En el bloque de países del Pacto de Varsovia se produjeron, en ese mismo período, tres situaciones críticas, que no tuvieron carácter bélico, pero que eran consecuencia de la Guerra Fría: el alzamiento de Hungría, en 1956, el de Checoslovaquia, la llamada Primavera de Praga, en 1968 y la crisis protagonizada por el sindicato Solidaridad en Polonia, en 1980-1982)

Todos estos conflictos, más muchos otros de menor importancia, caracterizaron el largo período de la Guerra Fría, entre 1945 y 1989.

La disolución de la URSS

La caída de la Unión Soviética, en 1989, dio inicio a otro momento de la posguerra, caracterizado por la unipolaridad. Solo una potencia había quedado en pie, EE.UU. y sus socios europeos de la OTAN. El otro polo de poder (la URSS) sufrió una crisis que abatió al régimen instaurado en octubre de 1917, con la consecuente disolución del Pacto de Varsovia y la paulatina desaparición de los gobiernos comunistas en Europa Oriental.

Se inicia ahí un breve momento -veinte años en la historia humana es un parpadeo- en el que el enfrentamiento de los dos grandes polos, que caracterizó a la Guerra Fría, dio lugar a la existencia de un solo poder mundial, los EE.UU. y la OTAN, unificados básicamente sobre la hegemonía del capital financiero en el capitalismo occidental. Ello significó, para los países del oeste de Europa, un paulatino deterioro del “welfare state”, del estado de bienestar que había caracterizado el período de la Guerra Fría. Ya no era necesario convencer a las clases trabajadoras europeas que, en países como Italia, Francia o España, votaban a sus partidos comunistas o alternativas socialdemócratas, que el capitalismo ofrecía mejores condiciones de vida que el comunismo realmente existente.

Pero, más determinante que eso, se inicia un lento proceso de caída de la producción industrial, de relativa desindustrialización y de dependencia del gas y el petróleo rusos. La unidad europea, que Adenauer y De Gaulle pensaban como un poder que equilibrase el desmesurado poder de los EE.UU., se fue convirtiendo, sobre todo a partir de la incorporación de Gran Bretaña en 1973, en un ámbito hegemonizado por el capital financiero y dependiente política y militarmente de Washington. Bruselas se transformó en la capital burocrática de un capitalismo financierizado, correa de transmisión de la política internacional norteamericana.

Este momento tuvo también sus guerras, pero todas ellas periféricas. En general, todas las situaciones bélicas que se dieron en lo que fuera el espacio soviético tenían como causa fundamental, justamente, la disolución del antiguo bloque y el intento de la potencia unipolar de ampliar su influencia y dominio en esas regiones.

Tales fueron, por ejemplo, la Guerra de Nagorno-Karabaj (1988-1994), entre Armenia y Azerbaiyán; la guerra de Transnistria (1992) que condujo a la secesión de facto de la región de Transnistria, apoyada por Rusia; la guerra de Abjasia (1992-1993) y la guerra de Osetia del Sur (1991-1992),en Georgia que llevaron a la secesión de facto, con apoyo ruso, de ambas regiones y que culminó en la Guerra Ruso-Georgiana de 2008; la primera guerra  de Chechenia (1994-1996) y la segunda guerra de Chechenia (1999-2009), en las que Rusia enfrentó los intentos separatistas de Chechenia, sostenidos desde la OTAN.

Un momento central de la etapa fueron las guerras en los Balcanes (derivadas de la desintegración de Yugoslavia): la guerra de Croacia (1991-1995) y la guerra de Bosnia (1992-1995). Esta última significó la primera intervención militar de la OTAN en su historia. Posteriormente, la OTAN intervendría, sin mandato de las ONU, en la Guerra de Kosovo (1998-1999), con la consecuente independencia de facto de Kosovo.

Pero posiblemente hayan sido la llamada Guerra del Golfo(1990-1991) y la guerra de Irak (2003-2011) los dos momentos bélicos más característicos de la breve unipolaridad. Con argumentos absolutamente mentirosos, EE.UU., en ejercicio de su, en ese momento, indiscutido poder mundial derrocó a Saddam Hussein, invadió Afganistán, participó en la destrucción de Siria y, junto con el Reino Unido y Francia, ocupó militarmente Libia y asesinó a su presidente Muamar el Gadafy. La secretaria de Estado, la demócrata Hillary Clinton, festejó risueñamente el asesinato, en una entrevista televisiva. Parafraseando a Julio César, sostuvo: “We came, we saw, he died” (“Vinimos, vencimos, él murió”).

El interregno unipolar

Entre los años 1990 y 2010, para poner una fecha un tanto arbitraria, el mundo fue conducido por una sola potencia.

Durante todos esos años, entre 1945 y hoy, el mundo se ha regido con instituciones universales, creadas por el acuerdo de las potencias vencedoras. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), 1945; Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas de Bretton Woods, en 1944 –y sus instituciones: Fondo Monetario Internacional, en 1945; Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, luego Banco Mundial, en el mismo año; Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), en 1947–;Consejo de Europa, en 1949 y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en 1949.

Todas estas instituciones, empezando por la ONU, estuvieron condicionadas por los intereses norteamericanos y, en menor medida, europeo occidentales. Obviamente, en el período de la unipolaridad yanqui eso se hizo explícito y el organismo no impidió ninguna de las tropelías norteamericanas y de la OTAN sobre el mundo semicolonial o periférico.

Desde la reunión en Bretton Woods el dólar norteamericano se convirtió en el medio de pago en el comercio internacional, reemplazando a la libra esterlina. La decisión del presidente norteamericano Richard Nixon, en 1971, de romper con el patrón oro como respaldo de valor del dólar, dio inicio a una etapa de inestabilidad cambiaria y financiera, pero la Reserva Federal yanqui pudo imprimir dólares sin límite físico y financiar así sus déficits fiscales. Los acuerdos con Arabia Saudita, en 1974, aseguraron que el comercio del petróleo se hiciera en dólares, creando un ciclo de demanda artificial que reforzó su hegemonía.

Los veinte años de unipolaridad generaron un proceso de globalización del capitalismo occidental, caracterizado por una hegemonía sobre el mismo del capital financiero. Ello significó, básicamente, un saqueo sobre los países de América Latina, Asia y África en condiciones de absoluta impunidad

El lento surgimiento de la Multipolaridad

La antigua URSS, convertida en Federación Rusa, se lamía las heridas y lentamente intentaba ponerse nuevamente de pie. En Asia, la China nacida en 1945, a partir del triunfo del Partido Comunista, dirigido por Mao Tse Tung, había ido construyendo las condiciones económicas para un gigantesco despliegue de sus fuerzas productivas.

A partir del segundo quinquenio del nuevo siglo, el escenario comenzó a cambiar. Como escribí en aquellos años:

“El ascenso a la presidencia del ex agente de los servicios de inteligencia soviéticos, Vladimir Putin, y las políticas por él generadas han dado un vuelco de 180 grados a la situación. Se ha restablecido una autoridad gubernamental. Se han comenzado a reconstruir las estructuras estatales capaces de resistir y enfrentar el saqueo a que la nueva burguesía auspiciada por el imperialismo –llamada oligarquía o mafia por los rusos- ha infligido al enorme país continental, se han logrado tasas de crecimiento económico y, nuevamente Rusia se eleva a la categoría de poder estratégico”[1].

Pese al enorme deterioro sufrido durante el trágico decenio 1990-2000, la Federación Rusa logró preservar, en gran parte, la tecnología militar desarrollada durante la carrera armamentística de la Guerra Fría y mantuvo la disciplina del viejo Ejército Rojo, donde posiblemente estén más vivos los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, de la defensa de Stalingrado y del asedio imperialista. Esto último pudo verse en las pantallas de todo el mundo con la celebración de los 80 años de la caída de Berlín y el triunfo del ejército soviético sobre la Alemania Nazi. Por otra parte, el ataque defensivo de Rusia a Ucrania, agotadas todas las instancias diplomáticas para contener la expansión de la OTAN y su amenaza constante sobre Moscú, puso en evidencia que la Federación Rusa había vuelto a ser, política, económica y militarmente, el mismo país que derrotara a Napoleón y a la Wehrmacht de Hitler.

Mientras tanto, en China, la política iniciada por Deng Tsiao Ping a mediados de los ’70, y que ha sido continuada hasta la actualidad, consistía en poner a la vieja China semicolonial y agraria –donde ya no existían las clases terratenientes, ni las burguesías “compradoras” costeras–   en las condiciones productivas de un país capitalista industrial, capaz de generar las condiciones económicas para el ejercicio del socialismo y el control obrero sobre un país rico, pujante y en el que la clase trabajadora urbana, los técnicos, científicos y gerentes reemplazaron a los millones de campesinos pobres y analfabetos de 1949. En cincuenta años, China había logrado transformarse en principal potencia económica, en uno de los centros de desarrollo tecnológico más importante del mundo y en un interlocutor comercial de todos los países.

En el mismo período o quizás menos, a partir de 1989, EE.UU. había experimentado un proceso de desindustrialización y pérdida de pujanza económica, como producto, justamente, de la globalización conducida por el capital financiero, iniciada con la caída de la URSS. La deslocalización de sus grandes fábricas, la pérdida de perspectivas laborales en los estados mediterráneos, un horizonte signado como repositor de Wall Mart, fue convirtiendo a los EE.UU. en un gigante con pies de barro, con una poderosísima oligarquía financiera, cuyos intereses se centraban en Wall Street, Londres y Frankfurt, en la sede del Banco Central Europeo. Esto es lo que explica las dos presidencias de Donald Trump.

Mientras tanto, desde el año 2006 comienza un proceso de acercamiento y diversos acuerdos comerciales internacionales entre Brasil, Rusia, India y China, al que el economista Jim O’Neill, empleado de Goldman Sachs, había llamado con anterioridad “BRIC”, a los que consideraba motores del crecimiento global. Durante estos últimos veinte años, los BRICS, así llamados después de la incorporación de Sudáfrica, se han convertido en el eje de un nuevo reagrupamiento internacional basado, ya no en la bipolaridad o unipolaridad de las etapas anteriores, sino en lo que ha pasado a llamarse multipolaridad. Es decir, un mundo en el que existen múltiples polos de poder, con alianzas flexibles y dinámicas, basadas en el realismo político, donde conviven distintos estados nacionales y, principalmente, diversas civilizaciones.

En este nuevo escenario multipolar los estados nacionales siguen siendo los actores centrales, pero su actuación se construye desde un sustrato civilizacional. La política internacional es interpretada cada vez menos como una competencia entre ideologías universales – tal como caracterizó a la Guerra Fría – y es asumida como una negociación (no sin conflicto) entre proyectos civilizacionales con visiones distintas del orden, la sociedad y el poder. Por esta razón, todas aquellas instituciones, creadas por y para la civilización occidental en su momento de apogeo, hoy ven desafiada su autoridad universal por el surgimiento de otros polos civilizacionales con sus propias visiones de la soberanía y el desarrollo.

En Davos ha muerto el orden de posguerra

Lo que acaba de ocurrir en la reunión anual de Davos ha sido nada menos que la cristalización de las tendencias puestas en movimiento a partir del fin de la Guerra Fría. La globalización del capitalismo financierizado produjo una reacción en su contra en la principal potencia del mundo capitalista y conductora, hasta este momento, de Occidente: en EE.UU. Donald Trump hizo explícita no solo su decisión de abandonar a su suerte a Europa occidental, a Francia, Italia, Alemania, Dinamarca, los países bálticos, Noruega, Suecia y Finlandia, sino que le informa de su aspiración a quedarse con los recursos naturales de una vieja colonia europea. Como ha dicho con precisión Ezequiel Adamovsky:

“Lo que sí aparece como una novedad es la disposición de Trump de hincar el diente sobre los recursos y el territorio de sus aliados europeos. Los líderes del viejo continente contemplan azorados cómo su principal socio anuncia que se quedará con Groenlandia por las buenas o por las malas. Han quedado mudos, sin saber qué decir. Irónicamente, la integridad territorial de los miembros de la OTAN se ve comprometida por primera vez en la historia de la alianza. Y no es por alguna avanzada de esos horribles rusos contra los cuales se estableció, sino por la del principal socio estratégico, el que se suponía que los iba a defender de cualquier amenaza”[2].

Ello significa, más allá del alarde de fuerza y la retórica de jugador “bluffero” de Trump, que el bloque hegemónico capitalista que condujo los destinos del mundo occidental e influyó, por las buenas o por las malas, en el resto del planeta, se ha roto, posiblemente, para siempre o por un largo período. El gobierno de los EE.UU. ha decidido enfrentarse a la globalización que impulsó después de 1989 y retornar a un nacionalismo económico imperialista de viejo estilo, más parecido al de los tiempos de Theodoro Roosevelt que a los de Barack Obama, el presidente negro, nacido en Hawaii, hijo de un kenyano y una antropóloga. Y ante los ojos azorados de las autoridades europeas y el resentimiento de Kaja Kallas, actual canciller de la Unión Europea, Trump se reúne con Putin y declara oficialmente que su política exterior prescinde de Europa y, sobre todo, de los países de Europa Occidental.

El discurso del primer ministro de Canadá –recuérdese que Canadá no tiene presidente, su jefe de estado es el monarca británico– Mark Carney, que despertó tanto interés en el progresismo liberal, se parece notablemente a las confesiones de un arrepentido que no quiere quedar pegado a los delitos del jefe que acaba de traicionarlos:

“Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima”.

Lo sabía, pero nunca lo denunció. Es más, cuando el hoy arrepentido Mark Carney era presidente del Banco de Londres, no vaciló en quedarse con el oro venezolano, sin importarle la asimetría o el derecho internacional.

Estamos, como decía al principio de esto que se ha hecho muy largo, en la única situación de quiebre del escenario mundial que ha visto mi generación ya bastante veterana. El mundo se encuentra como en la década del 40 del siglo pasado buscando un nuevo punto de equilibrio. Por primera vez se produce una ruptura significativa, desde la guerra de Secesión, entre los intereses británicos y los de EE.UU. Trump, apelando a su única superioridad, la militar, tiene un frente interno muy lábil. Sabe que las próximas elecciones no le serán favorables. Da la impresión que con la brutalidad de la policía migratoria estuviese buscando su propio incendio del Reichstag que le permita suspenderlas con el argumento de una situación insurreccional.

El agotamiento político de Europa, la mediocridad de sus dirigentes principales, su propio proceso de desindustrialización le impide encontrar una respuesta superadora al desafío planteado por Trump y la emergencia de la multipolaridad.

América Latina, por otra parte, cuenta con dos pilares fundamentales: la presidenta Claudia Sheinbaum, de México, y el presidente Lula, de Brasil. Venezuela ha logrado, con gran astucia política, generar su propio “acuerdo de Brest-Litovsk”, una dura tregua con la presión insostenible de EE.UU. y fortalecer, en el interín, su situación política interna, a la espera del dinamismo de la situación general. En Colombia, por primera vez en décadas, hay un gobierno que responde a intereses populares profundos y está alejado de la rosca narco y paramilitar que caracterizó a gobiernos anteriores.

Y Argentina, lamentablemente, presenta, por primera vez en ochenta años, un alto grado de irrepresentatividad nacional y popular. El peronismo, nacido justamente en el mundo de la posguerra, da la impresión de no tener claras respuestas a la nueva realidad que ha puesto punto final a los últimos ochenta años de historia. Pero esto habrá que desmenuzarlo día a día.

Julio Fernández Baraibar* Periodista, escritor, guionista y documentalista

Petróleo, fuerza y decadencia: Venezuela en la transición del orden global

Por Gustavo Matías Terzaga*

El tiempo es superior al espacio. Los imperialismos siempre buscan ocupar espacios y la grandeza de los pueblos es iniciar procesos».

Papa Francisco.

Para Donald Trump, la cuenca del Caribe Sur no es un espacio marginal, sino el teatro desde el cual pretende reordenar el poder hemisférico. Su objetivo aparente es convertirla en una plataforma de presión directa sobre Venezuela, Colombia y luego México, afectando decididamente a Brasil como potencia regional y miembro de los BRICS y, por traslación geopolítica, a China y Rusia en la disputa por las posiciones; acumulando sanciones, control marítimo, gestos de intimidación y despliegue militar como instrumentos de coerción política. Nada de ello responde seriamente al combate del narcotráfico ni a la migración irregular: expresa, más bien, la pretensión de disciplinar a actores insumisos y de reconfigurar, por la fuerza, el equilibrio regional bajo los términos de Washington. En el centro de esa estrategia se ubica una ambición desesperada y exclusivamente material: asegurar el control de la mayor reserva de petróleo del mundo, pieza clave para sostener el poder energético, financiero y geopolítico en un contexto de transición del orden global.

Lo cierto es que el reciente bombardeo del 3 de enero ordenado por Trump sobre Caracas, que ha dejado casi una centena de muertos, y el secuestro del presidente Maduro y de su esposa, que constituye un acto de violencia extrema que quiebra abiertamente el orden jurídico internacional, vulnera principios básicos de soberanía estatal y sienta un precedente de excepción permanente, donde la fuerza sustituye al derecho como regla de convivencia entre naciones; no expresan dominio, sino impotencia estratégica. Cuando un poder recurre a la fuerza directa para resolver lo que ya no puede encauzar políticamente, exhibe sus límites antes que su fortaleza. Lejos de consolidar autoridad, este tipo de acciones revelan la crisis de una hegemonía que ya no logra organizar el orden regional sin apelar al shock. A diferencia de la primera administración Trump, la violencia actual sustituye a la política porque el imperio ha perdido margen, tiempo y legitimidad en los últimos años. Se encuentra en una verdadera y profunda crisis interna. En ese sentido, Caracas no es sólo un blanco, sino el escenario donde queda expuesta la fragilidad de un poder que necesita golpear la mesa para seguir siendo escuchado. En política, como en la vida de un hombre, la violencia suele ser el lenguaje de la inseguridad.

Cuando Estados Unidos afirma que el hemisferio americano “le pertenece”, no está proclamando fortaleza sino explicitando un límite. La hegemonía plena no necesita ser enunciada; se ejerce sin proclamaciones. Sólo cuando el dominio global se debilita aparece la necesidad de delimitar un espacio propio, de volver a marcar territorio a los tiros.

El momento unipolar y su desgaste

Hasta aquí, Estados Unidos no había necesitado proclamar ni escenificar tanto su dominio; a diferencia del tono vociferante de Donald Trump, su poder se ejercía sin alardes, porque estaba incorporado al funcionamiento mismo del orden internacional. Este orden internacional surgido en 1945, sostenido por instituciones financieras, alianzas militares, un sistema monetario global más monolítico y una poderosa hegemonía cultural, funcionaba como una estructura planetaria integrada bajo liderazgo estadounidense. El mundo, en términos políticos, económicos y simbólicos, ya estaba incorporado a esa arquitectura. Ese esquema se consolidó y se volvió casi incuestionable tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS.

La unipolaridad permitió a Washington ejercer su poder sin recurrir sistemáticamente a la coerción directa para reclamar un determinado territorio. La adhesión al llamado “orden internacional” se presentaba como natural, inevitable y hasta deseable, y por eso no había necesidad de proclamar dominio alguno; casi todo lo era. Sin embargo, cuando esa hegemonía comenzó a resquebrajarse, la coerción volvió a ocupar el centro de la escena, casi siempre ligada a un mismo núcleo material: el control del petróleo. En las últimas décadas, las guerras, invasiones y ocupaciones impulsadas por Estados Unidos tuvieron como escenarios centrales Irak, Afganistán, Libia, Siria y, previamente, Panamá y Yugoslavia, entre otros. En todos los casos, la intervención fue precedida por relatos legitimadores —armas de destrucción masiva, lucha contra el terrorismo, defensa de la democracia o los derechos humanos— que luego se revelaron falsos o deliberadamente manipulados, mientras los intereses energéticos, estratégicos y geopolíticos quedaban sistemáticamente fuera del discurso público.

Un relato de muy mala calidad

Hoy, esa lógica se repite con Venezuela. En nombre de la libertad, la restauración democrática o el combate contra un supuesto “narco-dictador”, se encubre una continuidad histórica donde la narrativa moral funciona como velo de una estrategia energética y geopolítica persistente. La narrativa que se presenta pretende convencernos de que un Estado asentado sobre la mayor reserva de petróleo del mundo necesita financiarse vendiendo droga. Que el problema no es el control de la energía, sino un presidente convertido, súbitamente, en capo narco. Una hipótesis tan forzada y subestimatoria que sólo funciona cuando se suspende toda lógica y se acepta el libreto de la opinión pública internacional sin hacer muchas preguntas al respecto. A esta altura, esa narrativa sólo puede ser eficaz allí donde se renuncia a pensar. Funciona no por lo que emerge de los hechos, sino por la repetición exponencial y el embrutecimiento deliberado, sobre un público atravesado por el cipayismo, la ignorancia y el aspiracionismo, dispuesto a aceptar como propio un relato que legitima su propia subordinación, siempre que venga envuelto en promesas de pertenencia al poder que lo domina.

Hidrocarburos y desdolarización

El dólar sigue siendo la principal moneda de reserva y de comercio internacional, pero su centralidad ya no es excluyente como en las décadas posteriores a 1945 o al fin de la Guerra Fría. La proliferación de acuerdos bilaterales en monedas locales, la diversificación de reservas por parte de potencias emergentes y el uso del sistema financiero como herramienta de sanción aceleraron la búsqueda de alternativas parciales. El resultado es un proceso de erosión gradual de su hegemonía, donde el dólar continúa siendo dominante, pero cada vez más alternativo y menos incuestionable.

Y aquí está el tema. Este proceso de erosión relativa del dólar está íntimamente ligado al petróleo y al sistema del petrodólar, que fue uno de los pilares centrales de la hegemonía estadounidense desde los años setenta. Durante décadas, la obligación de comerciar hidrocarburos en dólares garantizó una demanda global constante de la moneda y financió el poder financiero de Washington, a pura emisión. Hoy, ese esquema comienza a resquebrajarse seriamente. Varios países del BRICS impulsan ventas de energía en monedas locales, acuerdos bilaterales fuera del dólar y mecanismos de compensación alternativos. En ese marco, Venezuela —con las mayores reservas probadas del mundo— adquiere un valor estratégico decisivo; no sólo por el crudo en sí, sino porque su alineamiento puede acelerar o frenar la desdolarización del mercado energético, donde se juega una parte sustantiva del poder global estadounidense. Este es el interés político concreto, pero que se origina en un déficit, en una debilidad.

Por todo ello, la reactivación explícita de la vieja Doctrina Monroe —rebautizada con cinismo en clave contemporánea al estilo Trump— debe leerse al revés de como suele presentarse. No es una señal de expansión, sino de contracción estratégica. Al reclamar América como hemisferio propio, Estados Unidos reconoce implícitamente que ya no controla el resto del mundo. Asia-Pacífico, Eurasia, Medio Oriente, América del Sur y África dejaron de ser espacios de dominación indiscutida y pasaron a ser escenarios de disputa real con otras potencias.

Este giro tiene implicancias profundas. Se trata de una mutación en la narrativa central de la geopolítica contemporánea. El mundo unipolar —sostenido por la ilusión de un “fin de la historia”— se agotó. La emergencia de China como potencia comercial y militar estructural, la persistencia estratégica de Rusia, la articulación de bloques alternativos y la autonomía creciente de regiones enteras obligaron a Estados Unidos a reordenar prioridades, concentrar recursos y asegurar su retaguardia. Aunque ha llegado decididamente tarde.

Las teorías conspirativas

El poder político del chavismo tenderá más a reconfigurar que a disolverse, desplazándose desde una conducción personalista hacia una estructura más colegiada, defensiva y territorializada. ¿Quién puede saberlo hoy?. Pero las versiones sobre una supuesta “entrega” de Maduro, la pasividad de las FANB como sistema defensivo o la idea de que América del Sur ya estaría definitivamente bajo control estadounidense forman parte de una operación clásica de guerra psicológica. Desde las usinas de las agencias de inteligencia de la CIA, buscan desmoralizar, fragmentar y naturalizar el hecho consumado para matar su análisis y su internalización racional. Son hipótesis funcionales al relato del poder, no análisis serios de la realidad. Reducir lo ocurrido a debilidades internas oculta lo central; la decisión estratégica de apropiarse de recursos críticos. El secuestro de Maduro no responde a conspiraciones, traiciones palaciegas ni a claudicaciones internas imaginarias, sino a una causalidad concreta y material: el petróleo venezolano. Estados Unidos dispone, además, del poder tecnológico, la inteligencia y la capacidad operativa para ejecutar este tipo de extracciones con una precisión quirúrgica insuperable, lo que refuerza que no se trata de improvisación ni de caos, sino de una decisión estratégica cuidadosamente planificada que costó decenas de muertos, hermanos cubanos y venezolanos.

La experiencia con Corina Machado es ilustrativa. Celebrada mientras encajó en una coyuntura útil, rápidamente relegada cuando dejó de servir a los objetivos de Washington. Ese es el patrón histórico del poder estadounidense; promoción instrumental circunstancial y abandono. En esa misma lógica, Milei puede pasar de activo valorizado a figura prescindible, por la naturaleza transaccional de ese vínculo lacayo.

Cálculos distintos para la geopolítica de este siglo

Así las cosas, este movimiento que acaba de ejecutar Donald Trump marca un parteaguas histórico. No es el retorno del siglo XX, sino la confirmación de que el siglo XXI ya está en marcha. Un mundo más conflictivo para los países periféricos, más fragmentado, mucho más impredecible y menos ordenado por un solo centro de poder. En ese escenario, las declaraciones de pertenencia de nuestro hemisferio por parte del magnate corredor inmobiliario, Donald Trump, no anuncian la continuidad histórica de dominio eterno; más bien, anuncian el fin de una época de completa hegemonía. La pregunta que queda abierta no es si Estados Unidos seguirá siendo una potencia —lo seguirá siendo—, sino si podrá volver a ser el organizador exclusivo del sistema político internacional y del modelo económico para Occidente. Todo indica que no. Y cuando una potencia deja de organizar el mundo, empieza, inevitablemente, a defender su perímetro. Ese es el verdadero sentido del “nuestro hemisferio”.

Por cierto, la quietud relativa de China y Rusia no es pasividad ni aceptación vinculada a la repartija del mundo, sino cálculo geopolítico. Las potencias que piensan en términos estratégicos no responden a provocaciones con gestos espectaculares, sino con acumulación de ventajas en el tiempo. Comunicar alarma, condenar y observar es parte de una lógica que evita escalar en el terreno elegido por Estados Unidos y traslada el conflicto a planos donde el costo para Washington es mayor: la economía, la energía, las alianzas y la legitimidad internacional. Quienes esperaban una lluvia de misiles desde Oriente cayendo sobre Nueva York, destruyendo por completo la estatua de la Libertad e incendiando la Quinta Avenida, confundieron estrategia con reacción emocional. En la disputa por el orden mundial, la paciencia y el cálculo suelen ser más letal que el estruendo.

Nosotros

No hay lugar para la desesperación ni para el derrotismo, tampoco para las lecturas conspirativas que paralizan. Este momento exige lucidez política, capacidad de leer el proceso en curso con mesura, sin ingenuidad y sin inmovilidad. Ajustar posiciones, fortalecer la unidad regional y comprender que los pueblos no avanzan en línea recta, sino atravesando conflictos, es parte de la tarea histórica. Lo ocurrido en Venezuela no cierra una etapa; la acelera hasta que llegue un día su clausura. Y puede transformarse —si hay conducción, organización y voluntad política— en un punto de maduración para América del Sur. Esto tampoco lo podemos saber ni mucho menos asumirlo como dado, más bien, hay que trabajarlo. Pero la historia no se define por golpes espectaculares, sino por procesos largos, donde toda dominación que se vuelve explícita comienza, también, a mostrar su fragilidad. Por eso, lejos de debilitarnos, este hecho debe convocarnos a pensar mejor, unirnos más y confiar, sin resignación, en la capacidad de nuestros pueblos para construir su propio camino de emancipación. Tal vez —ojalá— sea el herido pueblo venezolano quien tome la palabra y, en medio de la tormenta, nos entregue más de una señal clara sobre el rumbo, la resistencia y el sentido profundo de lo que está en juego.

* El autor es abogado y pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

Declaración del Comité Nacional BRICS contra la amenaza de una invasión yanqui en Venezuela y la complicidad del gobierno de Javier Milei   

Ante la amenaza de una intervención militar de los EE.UU. en Venezuela y de la posición asumida  por el gobierno argentino, el Comité Nacional BRICS comprometido en que América del Sur siga  siendo una tierra de paz, expresa: 

El CoNaB mantiene, entre sus principios liminares, los mismos que defienden los países BRICS: 

• Soberanía irrestricta de los estados nacionales. 

• No injerencia en los asuntos internos de los estados nacionales. 

• Resolución pacífica delos conflictos entre los Estados. 

• Coexistencia pacífica entre naciones con diferentes sistemas de gobierno. • Solidaridad con los estados nacionales agredidos por intervenciones extranjeras. 

• Integración voluntaria y decidida de los programas de desarrollo económico y social que  propongan los estados nacionales. 

Esta posición del CoNaB es la que nos mueve a expresar nuestro repudio a cualquier intento de  agresión contra la República Bolivariana de Venezuela. 

Entendemos por intento de agresión, además de los ataques militares directos a la soberanía  venezolana, todas las expresiones de violencia y las amenazas mafiosas expresadas en ominosas  presencias bélicas cerca de las fronteras marítimas, aéreas y terrestres de Venezuela, y las que se  registran cotidianamente en el Caribe. 

El CoNaB anhela que hayan pasado para siempre las tenebrosas épocas en las que los procesos de  desarrollo soberano y popular que se producían en nuestros países latinoamericanos eran  descabezados violentamente por la intromisión imperialista. Hoy, nuestros pueblos han edificado  una conciencia solidaria y real que permite la acción conjunta contra esas agresiones. 

El CoNaB, que sostiene la integración de la Argentina al nuevo mundo multipolar, manifiesta su  total solidaridad con el pueblo venezolano en su lucha por mantener su dignidad soberana y  convoca a todas las fuerzas nacionales y populares de nuestra Patria a demostrar su respaldo a la  Patria de Simón Bolívar. 

El actual gobierno de la República Argentina exigió hoy una “acción inmediata” de la Corte Penal 

Internacional en Venezuela y además pidió el arresto de Nicolás Maduro. El presidente venezolano  lidera la lucha de un país sometido a la permanente agresión estadounidense por el solo crimen de  defender su soberanía sobre su patrimonio nacional: las mayores reservas de hidrocarburos del  planeta. 

Con esta inconsulta y hostil actitud, la Argentina de la Doctrina Drago rompe con toda su línea  histórica de respeto a la autodeterminación de los pueblos y la resolución pacífica de las cuestiones  internacionales. De escalarse la aventura a la que el gobierno del presidente Javier Milei, con esta  Doctrina Quiroz, está invitando, Venezuela puede ser víctima de una invasión cuyas consecuencias  afectarán a toda América Latina. 

Por esta razón, el CoNaB repudia la posición asumida por el gobierno nacional y convoca a una  expresa declaración de solidaridad por parte de los partidos políticos y de las organizaciones  sociales argentinas que tienen la unidad latinoamericana entre sus banderas fundantes, así como de  la CELAC, y la definición de una posición conjunta latinoamericana y caribeña ante el Consejo de  Seguridad de la ONU. 

10 de Diciembre de 2025.- 

Por el Comité Nacional BRICS: 

Alberto Blasco, Aldo Amura, Alejandro Tarruella, Alfredo Eric Calcagno, Amílcar Salas Oroño,  Carlos Blasco, Cecilia Conti, Diana Tussie, Eduardo Auzmendi, Eduardo Crespo, Eduardo Vior,  Eduardo Zuaín, Fabián Brown, Florencia Barba, Francisco Cafiero, Gabo Barceló, Gabriel  Fernández, Gabriel Merino, Gabriel Norberto Barceló, Genaro Grasso, Guillermo Caviasca, gustavo Girado, Gustavo Ng, Hernando Kleimans, Hernán Rossi, Horacio Lenz, Hugo Asch, Hugo Barcia,  Jorge Elbaum, Jorge Solmi, Jorge Zacagninni, Juan Francisco Soto, Juan José Martínez, Julio  Fernández Baraibar, Julio Gastaldi, Liliana López Foresi, Lisandro Sabanés, Lía Rodríguez de la  Vega, Lourdes Suazo, Marcelo Brignone, Mariano Mirotti, Mariano Quiroga, Mario Burkun,  Miriam Lewin, Néstor Gorojovsky, Nestor Restivo, Nicolás Juárez Campos, Oscar Rotundo,  Roberto de Luisse, Rubén Zárate, Sabino Vaca Narvaja, Salvador Scarpino, Sebastián Schulz,  Sergio Rossi, Silvia de Kleimans, Telma Luzzani, Víctor Mastrángelo, Víctor Portnoy, Walter  Goobar.

Multipolarismo, narcotráfico y el control en la región sur: ¿y el peronismo qué?

Por Gustavo Matías Terzaga*

Lo sucedido en Brasil el 28 de octubre trasciende el límite de un brutal hecho policial. La masacre en Río De Janeiro de más de un centenar de integrantes del Comando Vermelho, ejecutada por la Policía Militar bajo las órdenes del gobernador bolsonarista Castro y al margen del gobierno federal, constituye un movimiento político efectista de alcance regional que, probablemente, tendrá algún próximo capítulo. Aquello no fue un exceso ni un error operativo, sino un golpe quirúrgico al corazón del poder civil. En un solo acto violento, excesivo aún para la escala de conflictividad social de Brasil, se buscó provocar el debilitamiento del control del Estado federal sobre los gobiernos subnacionales, la erosión de la autoridad y legitimidad del presidente Lula frente al orden público, y la instalación de un escenario de crisis de gobernabilidad funcional a intereses geopolíticos externos.

La doctrina del combate al narcotráfico

La intervención de Estados Unidos en América Latina no es un fenómeno coyuntural, sino una constante estructural de su política hemisférica. Desde la posguerra, cada intento de autonomía regional fue respondido con la misma lógica de desestabilización. Por caso en Brasil, Getulio Vargas fue empujado al suicidio en 1954 tras el cerco de las élites asociadas a Washington, que no toleraban su política nacional e industrialista. En Argentina, un año después, la conjunción de intereses angloamericanos, sectores liberales de la Armada, la oligarquía agroexportadora y la jerarquía eclesiástica derrocó a Perón, inaugurando un ciclo de dependencia y parcelación nacional que aún persiste. Hoy, con fuerzas armadas reconfiguradas en torno a las “nuevas amenazas” —terrorismo y narcotráfico—, esa estrategia se ha actualizado bajo la doctrina del “combate al narcotráfico”, convertida en el nuevo paraguas moral para la opinión pública internacional que justifica la intervención extranjera en la política de Defensa, la militarización de la seguridad interior y la subordinación de las fuerzas armadas locales a la agenda norteamericana.

Lo que importa es la política internacional. Estados Unidos no es una potencia en decadencia, su economía, su aparato militar y su capacidad de imponer reglas globales siguen siendo formidables, pero sí está en retroceso relativo frente a un mundo que ya no le responde en forma exclusiva. Entrado el primer cuarto del siglo XXI, el mundo asiste a una disputa estructural por la hegemonía global. El declive relativo de Estados Unidos y el ascenso sostenido de China, el protagonismo renovado de Rusia y el ascenso de polos regionales como India, Turquía o incluso Brasil en el plano latinoamericano, generan un escenario donde Washington debe competir donde antes mandaba. América Latina es uno de esos espacios; ya no alcanza con el viejo reflejo del “patio trasero”, porque la región diversificó mercados y fuentes de financiamiento durante el período del globalismo. Este esquema expresa una reconfiguración del orden internacional heredado de la posguerra fría. Esta transición, que atraviesa los planos económico, tecnológico y militar, redefine las alianzas y obliga a los países del sur a tomar posición, a desarrollar una estrategia en su política exterior, generalmente orientadas a favor de sus intereses nacionales.

Lo que acontece. El despliegue de buena parte de la flota naval de EEUU en el Caribe Sur, con portaaviones y un submarino frente a las costas de Venezuela, no responde a una amenaza criminal real del país bolivariano sino a una estrategia de presión geopolítica. Bajo el pretexto de “restaurar la democracia” y “garantizar la seguridad”, Washington construye el relato moral que justifica su avanzada militar con el sólo objetivo de derrocar al régimen del “narcodictador” Nicolás Maduro para quedarse con las reservas de su petróleo, la más grande del mundo.

En México, Donald Trump ofreció “cooperación militar” a la presidenta Claudia Sheinbaum para combatir al narcotráfico en su país, y su respuesta —“ningún soldado norteamericano pisará suelo mexicano”— fue una afirmación de soberanía ejemplar que recordó a Washington que no todas las naciones están dispuestas a subordinarse. En Colombia, Gustavo Petro enfrenta la ofensiva de un poder mediático y militar que busca reinstalar la restauración conservadora. En todos los casos, la bandera del narcotráfico es el instrumento discursivo de una estrategia mayor: la contención del avance chino, la apropiación de recursos y la disolución de cualquier eje regional autónomo que una a México, Brasil, Argentina y Venezuela. Como vemos, detrás del ropaje moral de la “guerra contra el narcotráfico”, Estados Unidos libra una guerra geopolítica por el control del hemisferio.

Nuestro país. La dependencia económica argentina es la piedra angular que convierte cualquier financiamiento externo en un arma de control político, diplomático, financiero e institucional. En el tablero hemisférico actual, Javier Milei representa la restauración plena del tutelaje norteamericano sobre la Argentina. Washington y el Fondo Monetario Internacional operan de manera coordinada. El primero define la estrategia geopolítica; el segundo ejecuta el disciplinamiento económico y político interno para la Argentina. La ruptura con los BRICS, la alineación automática con la Casa Blanca e Israel y la adopción del discurso antichino fueron las primeras e inequívocas señales del presidente argentino Javier Milei para garantizar el retorno del país al rol histórico que le asigna el poder del imperialismo finaciero de Occidente: exportador primario, deudor perpetuo y territorio de ensayo de las recetas neoliberales.

Narcos en las listas

Con el debilitamiento de controles institucionales (judiciales, financieros, parlamentarios) y la subordinación política obscena al poder norteamericano, el gobierno Libertario crea un clima donde las acciones delictivas quedan bajo sombras de impunidad y a merced de los carpetazos tácticos. En conjunto, estos elementos permiten ver al régimen de Milei no solo como un gobierno autoritario, tutelado y antipopular, sino como un paso más hacia la consolidación de un Estado capturado por lógicas criminales y redes de poder que se entrelazan con la política formal. José Luis Espert representó, desde su actividad parlamentaria y proselitista, el rostro político de un modelo que combina mano dura sin política social con desregulación económica y vaciamiento del Estado. La agenda libertaria no combate el crimen organizado, lo habilita y lo consume a sabiendas, ya que, al desmantelar las capacidades estatales y criminalizar la pobreza, deja el territorio librado a las redes ilícitas del narco que se expanden allí donde el Estado se retira. Entonces, la combinación de presión externa y dominio interno del crimen organizado terminará por licuar la soberanía, destruir por completo nuestro tejido social y la comunidad nacional.

La fase terminal de la subordinación

La derrota de Malvinas no fue solo un episodio militar, sino el punto de inflexión que marcó el ingreso formal de la Argentina en una democracia tutelada. A partir de 1983 con Alfonsín, el país aceptó un pacto implícito: pluralismo político y libertades formales, pero sin soberanía económica, sin FFAA, sin política de defensa nacional ni control sobre sus recursos y empresas estratégicas. Se mantuvo intacta la arquitectura económica impuesta por Martínez de Hoz —desindustrialización, endeudamiento y primarización productiva—, convertida en dogma por las élites liberales que gobernaron desde entonces, en nombre de la “integración al mundo”. La década del noventa, con el menemismo, consolidó la entrega del patrimonio público a través de las privatizaciones que transformaron al Estado en un mero garante del negocio transnacional. El macrismo retomó esa lógica con mayor voracidad por los negocios, reinstalando el endeudamiento con el FMI y la dependencia del capital especulativo. Hoy, el gobierno de Javier Milei no inaugura una nueva etapa, sino que consuma la secuencia, llevando al extremo la desindustrialización, el cientificidio, la desculturización con el quiebre del valor estratégico de la educación, la extranjerización de la economía, la destrucción por dentro del Estado social y la renuncia abierta a toda idea de soberanía nacional.

Civilización o Barbarie. En la dinámica de una democracia formal dentro de un país periférico y dependiente como la Argentina, la injerencia externa ha dejado de percibirse como una anomalía. Ya no se presenta como un hecho excepcional, sino como un componente estructural del propio sistema político. En ese marco, la intromisión de los Estados Unidos no se limita al plano económico; penetra también en los ámbitos cultural y simbólico, moldeando imaginarios, jerarquías y aspiraciones colectivas. Una parte significativa de la sociedad acepta esa subordinación con naturalidad —y ello revela, en el fondo, el rotundo fracaso con que se ha ejercido la política nacional—, como si someterse al tutelaje extranjero fuese el requisito indispensable para “volver al mundo”. Es el eco persistente de una larga tradición de colonialismo cultural que asocia lo moderno y lo eficiente con la imitación de Occidente. Desde esa mirada, renunciar a la soberanía no se percibe como claudicación, sino como signo “para ponerse al día” con la civilización.

El peronismo

El drama estructural de la Argentina contemporánea es la imposibilidad de reconstruir soberanía sin la arquitectura política, económica y moral que Perón había diseñado. El Estado soberano peronista fue una forma de organización del poder que subordinaba la economía al interés nacional, articulando producción, crédito, industria pesada, defensa, justicia social y soberanía política. El proyecto de Estado soberano que concibió Juan Domingo Perón, entre otras cosas, fue posible porque articuló una alianza sólida entre el pueblo y las Fuerzas Armadas. Una unidad política y estratégica que le dio sustento material y espiritual a la independencia económica y política que impulsó el General. Aquella simbiosis —el obrero y el soldado como expresión de la Nación en armas y en trabajo— fue el núcleo del poder nacional que puso a raya al colonialismo económico. Pero esa alianza fue rota a sangre y fuego en 1955, violentamente combatida y trastocada desde el 24 de marzo de 1976 como venganza al 17 de octubre de 1945, y definitivamente clausurada con la derrota de Malvinas en 1982, donde se selló la subordinación de las Fuerzas Armadas al comando externo y el país perdió su instrumento de soberanía y disolvió la posibilidad de un Estado soberano con poder real para el pueblo. Desde entonces, la Argentina vive bajo una democracia formalista y dependiente, flotando entre la injerencia externa y la fragmentación interna, administrada por élites civiles que aceptaron el mandato externo de gobernar sin tocar la estructura del poder económico.

Para el caso de los gobiernos de raigambre popular, como el Kirchnerismo, gobernar sin derogar la Ley de Entidades Financieras o la Ley de Inversiones Extranjeras es como pretender conducir una locomotora sobre vías puestas por el enemigo. Esas normas, impuestas por la dictadura en 1977, siguen siendo el armazón jurídico del saqueo que garantiza la supremacía del capital financiero sobre la economía real y que subordina al Estado a la lógica del endeudamiento, la fuga y la evasión. Mientras no se desmonte ese corazón normativo y jurídico del orden financiero heredado del terrorismo de Estado, toda política nacional será apenas una administración parcial de la dependencia. A la dictadura militar la sacó el pueblo, en cambio, la administración civil de la dictadura económica permanece intacta.

El dato es elocuente: hasta 1955 la Argentina sostenía con dignidad a la totalidad de su población; hoy, casi la mitad del país vive en condiciones de pobreza y exclusión. Pero ese peronismo, el de las grandes políticas de Estado, ya no existe en su forma original. Es más, ya casi ningún peronista habla del Estado Empresario de Perón.

El kirchnerismo

El período 2003-2013 constituyó, en perspectiva histórica, el esfuerzo más coherente de reconstrucción nacional desde la destrucción del Estado industrial peronista, un intento de rearticular soberanía política, recuperación productiva y distribución, aunque carente de un verdadero programa de liberación nacional que consolidara estructuralmente esa experiencia. Por eso, la matriz de “la década ganada”, fue destruida en apenas seis meses durante el gobierno de Mauricio Macri.

Cristina Fernández de Kirchner, con sus aciertos y errores, fue la figura política más gravitante del siglo XXI junto al flaco Kirchner. Su persecución judicial —condenas sin pruebas, causas fabricadas y proscripción política— expresa la reacción de los poderes fácticos ante ese proyecto de país autónomo. La presión judicial sobre Cristina no es un hecho aislado, sino parte de una estrategia de control político promovida por el bloque oligárquico interno en sintonía con el dispositivo de injerencia externa que busca condicionar los liderazgos autónomos en la región. Pero la proscripción no solo es una operación judicial y política del poder económico real, sino un mecanismo de detención histórica del campo nacional-popular. Al excluirla, no se busca únicamente apartar a una dirigente de peso, sino congelar al peronismo en un tiempo clausurado, el de 2015, impidiendo procesar sus contradicciones y renovar su estrategia. La consecuencia es un campo nacional y popular replegado sobre sí mismo, sin síntesis ni proyección, atrapado entre la nostalgia, la defensa, el internismo y el cerco moral externo. En lugar de avanzar hacia una nueva etapa de conducción y debate, buena parte del peronismo quedó atrapado en la mera reivindicación de su figura.

De hecho, para continuar con la estrategia de inmovilidad, era previsible que la ofensiva judicial continúe con nuevas causas —como la de los cuadernos— destinadas a mantener a Cristina y a todo el campo nacional en una situación de parálisis política. Ese mecanismo de hostigamiento no busca justicia, evidentemente, sino disciplinamiento; mantener al peronismo atrapado en su defensa judicial, impedirle proyectar una estrategia de poder y neutralizar cualquier intento de reconstrucción nacional que desafíe la tutela externa.

El peronismo partido

La interna bonaerense condensa las tensiones más profundas del peronismo nacional. En ese territorio se define el sentido de la conducción política del movimiento para lo sucesivo. El cristinismo, con La Cámpora como guardia pretoriana y Máximo Kirchner como su heredero simbólico, se resiste a aceptar que un liderazgo fuera de su linaje —como el de Axel Kicillof— pueda asumir la representación histórica frente al proyecto liberal-libertario de Milei. Lo que parece una pugna facciosa es, en realidad, una disputa estructural entre dos concepciones de conducción: una, basada en la síntesis política, la articulación territorial, la validación electoral y la legitimidad popular; otra, en la perpetuación del apellido y la conservación del aparato y el relato.

En medio de la presión judicial que vuelve a cercarla públicamente, Cristina percibe en el ascenso político de Axel Kicillof un punto de inflexión que la deja expuesta ante una fractura estratégica inevitable. Su crecimiento no solo amenaza con quitarle centralidad y liderazgo dentro del peronismo, sino que encarna el surgimiento de una conducción nueva, dotada de legitimidad propia y proyección nacional hacia 2027, por fuera del dedo y del apellido. Para La Cámpora, el fenómeno representa un riesgo aún mayor; la posible pérdida de control sobre el aparato político en el AMBA, los espacios de poder y las cajas que garantizan su supervivencia interna. Esa conjunción de factores explica, en buena medida, la ofensiva discursiva y política de algunos de sus dirigentes, incluso de Cristina, contra el gobernador bonaerense. Pero, inevitablemente, el tiempo terminará imponiéndose sobre el espacio. Ningún aparato, relato ni liderazgo puede resistir indefinidamente la fuerza de los procesos históricos. El tiempo —ese que construye conciencia y establece la secuencia política— acabará desplazando a quienes se aferran al control inmediato. Y cuando lo haga, no habrá más lugar para custodios y frenadores, sino para quienes sean capaces de interpretar el porvenir.

Liderar no es conducir

La centralización de las decisiones electorales en torno al “dedo” de Cristina desarticuló la estrategia territorial del peronismo en términos federales, anuló la competencia interna dentro del PJ, complicó la unidad del campo nacional y redujo la selección de candidatos a un ejercicio vertical que debilitó la construcción política y condujo a derrotas previsibles. Por caso, Cristina nunca ofreció una explicación política ante el pueblo sobre el relativo fracaso del gobierno de Alberto Fernández, del cual fue su principal arquitecta y demoledora. Ese silencio irresponsable erosiona su autoridad moral y bloquea la posibilidad de elaborar una autocrítica colectiva que permita al peronismo proyectar una alternativa superadora frente a la mirada del pueblo.

El panorama. La estrategia actual de confrontación interna que impulsa Cristina Fernández de Kirchner dentro del peronismo adquiere una gravedad política mayor. Cristina, por su reconocida lucidez, debería comprender que su disputa con Axel Kicillof ya no pertenece al orden partidario, sino al terreno de la soberanía nacional y la incidencia regional. Reconocer su aporte histórico no significa renunciar a la crítica, sino ejercerla con la responsabilidad de quien entiende que ningún legado justifica el estancamiento de un movimiento llamado a conducir nuevamente el destino nacional.

En un contexto en que el gobierno de Milei consolida la dependencia económica bajo el tutelaje del FMI y en que los Estados Unidos busca disciplinar a la región frente al avance de China y los BRICS para no ceder ningún espacio de privilegio, debilitar al único dirigente con capacidad de gestión, legitimidad electoral y proyección real hacia 2027 equivale a desarmar la única herramienta política capaz de reconstruir un proyecto nacional. Vale decir, la fractura del peronismo es hoy funcional a la continuidad de la dependencia y al avance de las corporaciones financieras y mafiosas sobre el país.

Cristina, aún con prisión domiciliaria, debiera ser hoy una interlocutora regional de primer nivel, capaz de recomponer los lazos políticos entre los gobiernos y movimientos populares de América Latina. Su experiencia, su legitimidad internacional y su comprensión de la arquitectura del poder global la colocan —objetivamente— en una posición única para articular un espacio de diálogo con Lula en Brasil, Petro en Colombia, Sheinbaum en México y otros referentes del campo nacional latinoamericano. Lamentablemente, su intervención se limita hoy al terreno de las redes sociales, a su lógica defensa judicial, a la preservación de la centralidad perdida mediante declaraciones esporádicas, diagnósticos tardíos y advertencias que ya no ordenan, sino que fragmentan.

Si Cristina actuara con la grandeza y la conciencia histórica que su trayectoria y el drama nacional demandan, reconocería en Axel Kicillof la posibilidad de continuidad del proyecto nacional. Pero su falta de humildad y su condicionada situación, la lleva a ver en él una amenaza personal, y en esa ceguera política termina debilitando al peronismo que alguna vez condujo. Lamentablemente, la historia política latinoamericana es pródiga en ejemplos de líderes que confundieron su biografía con la causa del pueblo y terminaron devorando su propio legado.

Es triste, y no es exagerado decirlo, pero la actitud política de Cristina Fernández de Kirchner parece estar cumpliendo —consciente o inconscientemente— un rol funcional a la estrategia geopolítica de Estados Unidos. Al debilitar la unidad del peronismo y erosionar la proyección nacional de Axel Kicillof, la ex presidenta no solo obstaculiza la posibilidad de un proyecto autónomo argentino, sino que también concesiona terreno estratégico al potencial eje Buenos Aires-Brasilia-Ciudad de México en un virtual retorno del peronismo al gobierno en 2027, indispensable para reequilibrar el poder regional frente a la influencia norteamericana. En un contexto de disputa multipolar, la fractura del campo nacional argentino opera como una victoria indirecta de la hegemonía estadounidense, que necesita un peronismo dividido y sin conducción para sostener el experimento liberal y evitar que la Argentina vuelva a integrarse al bloque BRICS.

Si Cristina persiste en la lógica de la tutela interna y al daño extendido por pérdida de centralidad, quedará confinada al panteón de las figuras que fueron grandes, pero que no estuvieron a la altura de su tiempo. Ojalá Kicillof, o cualquier otro cuadro a la altura, asuma la responsabilidad histórica que Cristina elude; la de conducir la reconstrucción del campo nacional sobre nuevas bases. Pero el tiempo apremia; el peronismo no dispone de otra década para resolver sus contradicciones internas. Si no emerge pronto una conducción con visión estratégica, el futuro seguirá siendo escrito por los enemigos de la Argentina.

* Gustavo Matías Terzaga es abogado y presidente de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

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