La tierra: madre, hermana y bien común
“Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta, y
gobierna y produce diversos frutos con coloridas flores y hierbas”
(San Francisco de Asís, Cántico de las Criaturas).
Como nos recordó recientemente el Papa León en su encíclica Magnifica
Humanitas: “El principio del destino universal de los bienes nos recuerda sobre
todo que los bienes de la tierra —el suelo, el agua, el aire y los recursos
naturales— han sido dados por Dios a toda la familia humana para sostener la
vida de todos, hoy y en las futuras generaciones, y que toda persona tiene un
derecho originario al uso de dichos bienes” (MH 65).
Queremos expresar nuestra profunda preocupación por el proyecto de ley
impulsado por el Poder Ejecutivo Nacional denominado «Ley de Inviolabilidad de
la Propiedad Privada». Creemos que atenta contra la soberanía de nuestra
tierra, de nuestros alimentos, de nuestros bienes comunes y el derecho de
los pueblos de autodeterminarse.
“San Juan Pablo II decía que «Dios ha dado la tierra a todo el género humano
para que ella sustente a todos sus habitantes, sin excluir a nadie ni privilegiar a
ninguno». En consecuencia, «no es conforme con el designio de Dios, usar este
don de modo tal que sus beneficios favorezcan sólo a unos pocos»” (MH 65).
Nuestra preocupación se fundamenta en que este proyecto, entre otras cosas,
deja sin efecto las limitaciones vigentes para la compra de tierra por parte de
extranjeros —personas físicas o empresas— y, en particular, la posibilidad
ilimitada de acceder a aquellas ligadas a reservas de agua y otros bienes
naturales.
También resultan alarmantes los artículos que habilitan la utilización inmediata
de tierras castigadas por incendios, hecho que hasta ahora estaba restringido.
Este proyecto debilita la potestad del Estado, en sus distintos niveles, para
gestionar el uso del territorio, planificar obras públicas y proteger el interés
comunitario, sobre todo a los más vulnerables, frente a intereses privados, tanto
locales como extranjeros.
La tierra no es una mercancía, ni un simple recurso económico. Como nos
recuerda el Papa Francisco en la Encíclica Laudato Si’, la tierra es nuestra
hermana y nuestra madre, porque nos sostiene, nos alimenta y nos cobija.
De ella provienen los alimentos, el agua, las semillas, los paisajes y las múltiples
formas de vida que hacen posible nuestra existencia. Cuidar la tierra es cuidar
la vida.
Para las comunidades rurales, campesinas e indígenas, la tierra es identidad,
cultura, memoria y futuro. En ella se construyen vínculos, saberes, formas de
trabajo y modos de habitar el mundo que se transmiten de generación en
generación.
Frente a las promesas del crecimiento económico financiero, recordemos lo que
nos dice el Papa León respecto del verdadero desarrollo: “El desarrollo es
humano cuando pone en el centro a las personas y no la acumulación de bienes,
y cuando se refiere también a los pueblos, no sólo a los individuos. La justicia
exige el reconocimiento de los derechos sociales y de los derechos de los
pueblos, e incluye la responsabilidad hacia los que vendrán después de
nosotros. Por eso no es humano un desarrollo que aumenta el consumo de
algunos a expensas de costos y heridas en otros, o que relega regiones enteras
a roles subordinados impidiéndoles expresar sus propias potencialidades. El
desarrollo es integral cuando no se reduce al ámbito económico, sino que
promueve la calidad de vida en sus dimensiones espirituales, culturales, morales
y relacionales, en el respeto a la Casa común, a la diversidad de los pueblos y a
sus modos de vivir” (MH 83).
Otro tema central en la Argentina, vinculado con este proyecto de ley, es el tema
de la vivienda. Muchos no poseen vivienda propia y tienen que alquilar. Es
importante favorecer el acceso a la vivienda, como necesidad primaria para
tantas familias, dando un marco jurídico razonable a los alquileres que sea justo
tanto para propietarios como para inquilinos.
Cáritas Nacional, el Área de Ecología Integral de la Comisión Episcopal de
Pastoral Social y la Comisión Episcopal de Pastoral Aborigen, pedimos a quienes
intervengan en el debate de este proyecto, guíen sus opciones por el bien común
y el futuro de las generaciones venideras, más que por intereses particulares,
poniendo en práctica la nobleza de la política como máxima expresión de la
caridad.
Martes, 16 de junio de 2026.

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