Por Emmanuel Bonforti (*)
A 74 años de su muerte, la relación de Eva Perón con la CGT explica buena parte de lo que el sindicalismo argentino todavía discute sobre sí mismo. El 26 de julio de 1952 no murió una funcionaria ni una primera dama. Murió el nexo que unía a Perón con el movimiento obrero organizado sin intermediarios burocráticos. Norberto Galasso lo plantea con precisión en La compañera Evita: la desaparición física de Eva alteró en parte la arquitectura de poder del gobierno peronista en un momento en que esa estructura de poder ya mostraba tensiones entre el ala sindical, las fuerzas armadas y los sectores más conservadores del propio movimiento. Fermín Chávez, en Eva Perón en la historia, insiste en un punto complementario: Evita no era un apéndice del poder de Perón sino un centro de poder propio, con lógica, agenda y base social diferenciadas.

1952: el año en que el equilibrio se rompió
Para entender lo que significó su muerte hay que entender primero qué garantizaba su presencia. Eva ocupaba un lugar que ningún otro dirigente peronista podía llenar: hablaba con la CGT sin pedir permiso, resolvía conflictos gremiales sin pasar por los ministerios, y sostenía una relación directa con las bases.

Galasso describe el año 1952 como un punto de quiebre en la ecuación de poder del peronismo. Con Eva viva, el ala sindical de la CGT tenía una interlocutora que no negociaba desde la lógica del aparato estatal sino desde la lógica del compromiso con las bases. Sin ella, ese canal se cerró. Perón quedó más expuesto a la negociación con la cúpula militar y con sectores empresariales que veían en Eva un obstáculo para sus propios intereses. El gobierno no colapsó en 1952, pero perdió un instrumento de contención social ante la avanzada de la reacción.
La columna vertebral no era una metáfora
Decir que la CGT era la «columna vertebral» del movimiento peronista se volvió una fórmula repetida hasta el desgaste. Pero en el vínculo con Eva esa expresión tenía un contenido concreto. Chávez documenta cómo Eva construyó con los sindicatos una relación que combinaba afecto genuino y cálculo político: visitaba fábricas, recibía delegaciones obreras en su despacho a cualquier hora, y trataba los reclamos gremiales como asuntos de Estado, no como trámites administrativos.

Esa relación funcionaba en las dos direcciones. Eva necesitaba a la CGT como base de sustentación política frente a los sectores del peronismo que desconfiaban de su protagonismo. La CGT necesitaba a Eva como garantía de que sus demandas llegaban a Perón sin filtros. Ninguna de las dos partes la entendía como un vínculo simbólico. Era, en los términos que usa Chávez, un pacto de representación directa entre el poder político y las bases trabajadoras.
La candidatura de 1951: el punto más alto de esa alianza
El momento que mejor ilustra esa relación orgánica ocurrió en agosto de 1951, en el Cabildo Abierto del Justicialismo. La CGT, no el aparato partidario, impulsó la fórmula Perón-Eva Perón para las elecciones de 1952. Fue un acto sindical el que llevó adelante esa candidatura, con delegaciones obreras llenando la avenida 9 de Julio para reclamar la fórmula completa.

Eva terminó renunciando a la candidatura semanas después, presionada por las fuerzas armadas y por sectores del propio peronismo que no toleraban una vicepresidenta con ese nivel de arraigo popular. Pero el episodio quedó como prueba de algo que ni Galasso ni Chávez discuten: para 1951, el poder sindical organizado ya consideraba a Eva una dirigente propia, no una figura decorativa del gobierno. La renuncia no borró esa relación. La confirmó, porque mostró hasta dónde estaba dispuesta a llegar la CGT para sostenerla y cuánto costó frenarla.
Sindicalización, mujeres trabajadoras y estructura de poder obrero
El aporte de Eva a la organización gremial no se limitó al vínculo personal con los dirigentes de la CGT. Impulsó la sindicalización de sectores que hasta entonces quedaban fuera de la negociación colectiva, particularmente el trabajo doméstico y otros oficios feminizados que el sindicalismo tradicional no priorizaba. La fundación del Partido Peronista Femenino en 1949 tuvo una función política evidente, pero también una función gremial: organizó a mujeres trabajadoras como sujeto político con demandas propias, no como apéndice de las estructuras sindicales masculinas.

Esa doble intervención, sobre el sindicalismo existente y sobre los sectores no organizados, amplió la base social del peronismo obrero. Chávez sostiene que ese proceso no fue espontáneo: Eva lo empujó de manera deliberada, entendiendo que el poder del movimiento dependía de la extensión de la organización gremial, no solo de su profundidad en los gremios ya consolidados.
Qué queda de esa relación hoy
El sindicalismo argentino invoca a Eva Perón con una frecuencia que a veces vacía el gesto de contenido. Pero el núcleo de lo que representó para el movimiento obrero sigue siendo específico y relevante: la idea de que la representación sindical no se agota en la negociación paritaria, sino que incluye una disputa por el lugar del trabajador en la estructura social completa.

Galasso remarca que Eva politizó la cuestión social de un modo que trascendía la mejora salarial puntual. Chávez agrega que su legado no puede leerse como un capítulo cerrado de la historia peronista, porque las tensiones que ella encarnó (la relación entre dirigencia sindical y bases, entre organización gremial y poder político, entre demandas económicas y demandas de dignidad) siguen atravesando al sindicalismo argentino.
Evita: Una ausencia que sigue operando
Setenta y cuatro años después, la muerte de Eva Perón todavía funciona como una clave de lectura para entender los límites y las posibilidades del vínculo entre el movimiento obrero organizado y el poder político. Su figura no interesa al sindicalismo como objeto de nostalgia. Interesa porque planteó, y en buena medida resolvió durante los años que vivió, un problema que el peronismo sindical sigue enfrentando: cómo sostener una representación directa de las bases trabajadoras que no dependa exclusivamente de la buena voluntad de la conducción política de turno.

Ese problema no lo resolvió el peronismo después de 1952. Por eso Eva sigue siendo, para el sindicalismo argentino, menos un símbolo que una pregunta sin cerrar.
* Columnista de Mundo Gremial: «Memoria de Lucha: Archivo Vivo del Sindicalismo Argentino». Docente de la materia Pensamiento Nacional y Latinoamericano, Departamento de Planificación y Políticas de la Universidad Nacional de Lanús (UNLa)

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