La herencia de un gobierno fallido (2019 – 2023), el rol de Cristina y el peronismo fracturado

Por Gustavo Matías Terzaga*

Reconocer el aporte histórico de Cristina no implica suspender la crítica política; al contrario, exige ejercerla con la madurez de entender que ningún legado, por importante que sea, puede convertirse en excusa para inmovilizar a un movimiento que tiene la responsabilidad histórica de volver a conducir el destino nacional.

Sostener y fortalecer la gestión de Alberto Fernández no era un acto de disciplina menor, era la condición estratégica indispensable para llegar competitivos a una reelección y evitar el retroceso histórico que hoy padecemos. Es raro estar aclarando esto, pero en cualquier proyecto nacional, la estabilidad del gobierno en ejercicio es la plataforma desde la cual se construye continuidad política para plantear el cúmulo de batallas que restan por dar. Minar desde dentro a ese gobierno —debilitar su autoridad, exponer públicamente sus contradicciones, erosionar su legitimidad— sólo podía conducir a lo que finalmente ocurrió; entregar el rumbo del país a una fuerza cuyo proyecto de demolición no registra antecedentes en nuestra historia democrática. Algo similar ya había ocurrido en 2015, cuando Cristina habilitó —y en algunos casos promovió explícitamente— una campaña de erosión hacia Daniel Scioli, el propio candidato presidencial del espacio peronista. El ninguneo bajo el lema “El candidato es el proyecto”. En lugar de fortalecerlo para enfrentar una elección extremadamente competitiva, se lo sometió a una desconfianza sistemática, a señales ambiguas desde la conducción y a un trato político que lo debilitó ante la sociedad, en plena campaña electoral.

En Cristina, a esta altura y a la luz de los hechos, se vuelve evidente una lógica peligrosa: la preferencia por perder antes que aceptar una conducción que no controle plenamente.

En ese sentido, la famosa predicción de Cristina sobre una “elección de tres tercios” para el 2023 no fue una intuición brillante ni una lectura visionaria, fue simplemente la constatación del daño ya provocado. Era, más que un pronóstico político, un inventario de las fracturas internas que ella misma había contribuido a abrir. Aunque Cristina no es la única responsable; en alguna medida, todos lo somos. Gobernadores, intendentes, diputados, senadores, dirigentes nacionales y provinciales que miraron para otro lado, que no intervinieron a tiempo o que eligieron preservar sus pequeñas parcelas antes que ordenar el conjunto. Pero en la figura de CFK, por su gravitación, se identifica el drama político que importa la ausencia de conducción nacional.

Un diseño político condenado a la fragilidad

Poner un presidente con acuerdo tácito del establishment tiene consecuencias previsibles. El gobierno 2019–2023 nació débil porque fue diseñado desde esa lógica. Cristina eligió a Alberto Fernández con un criterio exclusivamente personal, sin integrar a los actores centrales del peronismo en la decisión ni construir una base política sólida para sostenerlo. Ese origen, sostenido más en un cálculo defensivo que en una estrategia de poder político y popular, determinó un gobierno que dependía más del equilibrio interno que de un proyecto claro, y esa fragilidad terminó marcando todo su recorrido. El mérito de esa jugada fue la eficacia para impedir la reelección de Macri, pero desde el primer día operó una lógica invertida; el poder formal del gobierno estaba en la Casa Rosada, pero la voz del poder real residía en el Instituto Patria. A esa anomalía se le sumó la intervención permanente de Cristina —silencio durante la Pandemia cuando Alberto contaba con acompañamiento, apoyos selectivos, críticas públicas, presiones internas, renuncias inducidas, cambios repentinos de gabinete—, un doble comando que vació de autoridad al Presidente que ella misma había ungido y que terminó generando la sensación de que el gobierno no resolvía nada, no administraba sus tensiones ni su propio elenco. Y no se trata de salvar la figura de Alberto Fernández, que tal vez nunca estuvo plenamente preparado para la investidura presidencial, sino de entender que su fragilidad individual no explica por sí sola el colapso. Sólo alguien dispuesto a renunciar al análisis político puede sostener que la crisis del peronismo y la llegada de Milei se explican por la tesis simplista de que “Alberto no le hacía caso a Cristina”.

Sin embargo, sumado a ese marco defectuoso, el gobierno debió navegar condiciones extraordinarias: una pandemia que obligó a paralizar la economía mundial, una sequía histórica que devoró miles de millones de dólares de las arcas del Estado y una guerra en Ucrania que disparó los precios internacionales de energía y alimentos.

Estas son variables indispensables a la hora de evaluar con honestidad el gobierno de Alberto Fernández; sin integrarlas al análisis —la fragilidad de origen, el doble comando, la interna permanente, las operaciones internas, los factores externos, la falta de autocrítica y la distorsión deliberada del relato— cualquier juicio queda incompleto y, peor aún, funcional a las simplificaciones que hoy impiden comprender el verdadero proceso político que atraviesa el peronismo.

Virtudes que merecían ser defendidas

Las dificultades y la fragilidad de origen no impidió que el gobierno desarrollara políticas públicas de enorme valor para los sectores populares, políticas que jamás fueron defendidas ni por el propio oficialismo ni por la militancia K que eligió repetir el libreto que se bajó de debilidad y desobediencia. Pero aun en medio de una pandemia histórica, el gobierno sostuvo los pilares sociales y productivos del país con una coherencia pocas veces reconocida. Y a los hechos nos remitimos: Sostuvo la AUH y el Progresar, ampliando derechos para jóvenes y sectores vulnerables; defendió la política exterior bajo la mejor tradición tercerista peronista, alineada con la integración regional y la autonomía estratégica; fortaleció la política de Defensa, aumentó el financiamiento de las Fuerzas Armadas, reactivó proyectos estratégicos y recuperó capacidades materiales (el FONDEF es uno de los hitos más valorados por los especialistas); implementó el ATP, los REPRO y el IFE, que evitaron el cierre masivo de empresas y protegieron cientos de miles de empleos; no vació la universidad pública ni los hospitales, sostuvo programas de discapacidad y mantuvo el sistema científico-tecnológico vivo; gestionó la pandemia con resultados reconocidos internacionalmente y llevó adelante una campaña de vacunación monumental, que evocó la escuela sanitarista de Ramón Carrillo; impulsó obra pública en todo el país, con kilómetros de autovías, rutas, viviendas e infraestructura social; mantuvo las paritarias a los laburantes y devolvió capacidad de compra a millones de argentinos, además de políticas de consumo como compras sin IVA para los sectores populares. Por eso, fue intelectualmente deshonesto y políticamente suicida instalar el falso relato de que el gobierno de Alberto Fernández había generado “la peor crisis económica de la historia” sólo para desmarcarse y preservar capital político propio. Esa maniobra no sólo distorsionó la realidad, también señaló al electorado la supuesta “necesidad de un cambio” y le entregó en bandeja a Milei el argumento de la “pesada herencia”.

El anuncio de Alberto Fernández sobre el ingreso de la Argentina a los BRICS representó uno de los hechos políticos más relevantes de la etapa, porque implicó acceder a un bloque que reúne a economías emergentes clave, abrir la puerta a nuevas fuentes de financiamiento e inversión, diversificar alianzas estratégicas y reducir la dependencia del dólar en el comercio exterior. Para un país asfixiado por la restricción externa y el creciente proceso inflacionario, significaba ampliar márgenes de autonomía y proyectarse en un mundo multipolar que ya es una realidad. Fue, en síntesis, una decisión de Estado de enorme valor estratégico, que colocaba a la Argentina en un tablero global donde podía negociar con mayor dignidad y con más herramientas que las ofrecidas por el esquema tradicional dominado por Estados Unidos y el FMI. Cristina no sumó palabra alguna al respecto.

Contrafáctico, pero mejor que Macri y Milei

Así como el “problema” de Daniel Scioli, si hubiese llegado a la Presidencia en 2015, habría sido encarar una etapa de redistribución del ingreso, propio de un desarrollista clásico en aquel esquema; si el próximo presidente era Sergio Massa en 2023, la Argentina tenía una posibilidad concreta de iniciar un ciclo de crecimiento sostenido. La política energética que se venía consolidando —con Vaca Muerta en expansión, el Gasoducto Néstor Kirchner aumentando la capacidad de transporte, mayor producción de gas nacional, sustitución de importaciones y la perspectiva de exportaciones crecientes— constituía una base excepcional para mejorar la balanza comercial, fortalecer las reservas y estabilizar la macroeconomía. Con ese piso, un gobierno del mismo signo político hubiera contado con una plataforma real para ordenar la economía y encarar un sendero de desarrollo. En ese contexto, la Argentina estaba efectivamente lista para crecer.

Estas virtudes y esa potencialidad fueron ocultadas detrás de un discurso interno que insistió hasta el cansancio en que el gobierno era “el peor de la historia”, narrativa que terminó siendo funcional a la oposición, devastadora y desmoralizante para la identidad del propio peronismo. El gobierno de Alberto Fernández debería ser recordado —objetivamente— como una etapa que, aun con sus limitaciones, ofreció condiciones materiales muy superiores a las que hoy padecemos. Sin embargo, lo que quedó instalado en la psiquis colectiva es la idea delirante de que fue “el peor gobierno de la historia democrática”. Esa distorsión terminó neutralizando cualquier lectura equilibrada de aquel período.

FMI, Guzmán, Ginés y Verbitsky

La dirigencia kirchnerista reclamaba, sin una estrategia consistente detrás, que el Presidente desconociera la deuda con el FMI, que la declarara ilegítima o que adoptara decisiones incompatibles con la estabilidad macroeconómica. Al mismo tiempo, exigía cambios de gabinete a su conveniencia, como si el Ejecutivo fuera una pieza más dentro de una interna política en disputa. Uno de los episodios más ilustrativos fue el continuo desgaste y la salida forzada de Martín Guzmán, un ministro de Economía razonable para la etapa, que estaba llevando adelante negociaciones complejas, pero que fue empujado a renunciar por el fuego amigo antes de poder consolidar una política económica coherente.

Lo más llamativo es que nunca se ofreció una explicación seria sobre las implicancias reales de desconocer la deuda; qué significaba entrar en un default automático, cómo se sostendría el crédito internacional, qué costos tendría para la economía argentina y sobre todo para los sectores populares. Mientras tanto, quienes reclamaban demagógicamente una especie de “justicia poética” frente a la deuda con el FMI omitían un dato elemental: Ese endeudamiento lo contrajo un gobierno democrático, el de Macri, y sin resistencia parlamentaria efectiva del peronismo. Y conviene recordar un detalle que suele barrerse bajo la alfombra; cuando se discutían estos temas, la presidencia de la bancada del peronismo en Diputados en 2018 era de Agustin Rossi y en 2019 estaba en manos de Máximo Kirchner por el Frente de Todos.

A ese cuadro se sumó la reacción moralista y políticamente torpe frente al episodio del llamado “vacunatorio VIP”, una infame y canalla operación que llevó la firma de Horacio Verbitsky, histórico vocero del kirchnerismo. Ese movimiento, lejos de resolverse con prudencia política, derivó en un gesto tan apresurado como injusto, como fue la expulsión de Ginés González García, uno de los ministros de Salud más experimentados y decisivos del país, al cual todos deberíamos recordar con agradecimiento, ya que la gran mayoría de las víctimas del Covid 18 fallecieron en una cama de hospital. Ginés fue el arquitecto central de la estrategia sanitaria demonizada que evitó el colapso hospitalario durante la pandemia, convalidando un episodio desmedido que la oposición explotó sin esfuerzo. Otra vez, fuego amigo.

Así las cosas, el kirchnerismo sostiene aún hoy, con un extraño pudor retroactivo, que el gobierno de 2019–2023 “no era kirchnerista”. Pero claro que lo era. Fue kirchnerista en su origen —porque la fórmula fue decidida por Cristina y no por una mesa política—, kirchnerista en su arquitectura de poder —porque los principales resortes de presión, decisión y veto operaron desde ese espacio—, kirchnerista por sus funcionarios y Ministros, y kirchnerista por su destino —porque todo fracaso recae, inevitablemente, sobre la jefatura que había diseñado el experimento, aunque esto esté hábilmente disimulado bajo la perversa lógica de la “infalibilidad de la líder”.

La Patria es el otro, la culpa también

Sin exageraciones, la falta de una explicación seria y honesta sobre ese período es una vacío político encapsulado de proporciones históricas que aún cuesta dimensionar. No hubo una sola exposición clara ante el pueblo, una sola línea que dijera: “esto lo hicimos mal”; ni una admisión del costo de dinamitar desde dentro a un gobierno que necesitaba cohesión para atravesar una crisis global y doméstica simultánea. La sociedad no puede reponer la confianza en un espacio que no le rinde cuentas, que no le habla de lo que pasó, que rehúye a cualquier responsabilidad, que no explica porqué su salario se deterioró y prefiere construir un culpable único para seguir indemne. Esa operación, la de convertir a Alberto en el depositario exclusivo de todos los errores, dificulta cualquier posibilidad de reconstruir una alternativa nacional en nombre del peronismo.

La sociedad, como cualquier colectivo político o cualquier individuo, necesita comprender para volver a confiar. Y esa confianza no se reconstruye con negaciones, silencios y señalamientos. Se reconstruye únicamente cuando una dirigencia madura se planta ante el pueblo y dice: “esto falló, esto fue responsabilidad nuestra, aprendimos y por eso proponemos algo mejor”. El kirchnerismo eligió el camino contrario, el de no explicar, no asumir, no esclarecer. Y esa elección política —no el error táctico de un día, sino una conducta persistente— es lo que hoy se paga con una pérdida profunda de credibilidad, de representatividad y de capacidad para liderar una alternativa nacional.

Parálisis y fracturas

Cristina, con sus aciertos y errores fue, junto al Flaco Kirchner, la figura política más gravitante del siglo XXI argentino, y sus gobiernos, los mejores que el pueblo supo darse después de los de Perón. Su infame proscripción, no sólo encarna una ofensiva judicial y política del bloque de poder económico real que ha quebrado el pacto democrático en Argentina; también actúa, en los hechos, y como efecto secundario, como un mecanismo de congelamiento del proceso histórico del campo nacional-popular. No se trata solo de excluir a una dirigente de peso; se busca anclar al peronismo en un tiempo clausurado sin saldar sus contradicciones, sin actualizar sus representaciones, sin reconfigurar su estrategia. En lugar de propiciar una discusión fecunda sobre liderazgos, organización y rumbo, el movimiento es arrastrado hacia un estado defensivo, identitario, que inhibe la síntesis y la renovación. El resultado es una política paralizada, atrapada entre la nostalgia y el cerco moral externo, incapaz de asumir críticamente su propio ciclo para proyectar una nueva mayoría histórica.

En ese sentido, la discusión principal no es “Cristina libre o nada sin Cristina”, aunque en el campo popular todos deseemos que cese su persecución y recupere plenamente sus derechos civiles y su libertad. El verdadero debate es otro: cómo reconstruir una política de mayorías capaz de devolver al bando nacional al gobierno y conducir los destinos del país antes de que nuestra comunidad sea destruida por completo. La libertad de Cristina es un reclamo justo, pero no puede eclipsar la tarea estratégica; reorganizar al campo nacional y popular, superar las fracturas, ampliar sus bases, recuperar representación social y ofrecer un horizonte de estabilidad y desarrollo que convoque a las mayorías. Porque si el campo nacional no reconstruye su inteligencia estratégica, si no rehace su vínculo con los sectores populares, si no recupera la calle política, si no ordena un programa y una nueva síntesis que aprenda de sus límites, la proscripción será apenas la excusa perfecta para ocultar las propias debilidades.

La interna

En la interna bonaerense a cielo abierto se juega un dilema central: la resistencia de Cristina, con La Cámpora como guardia pretoriana y Máximo como albacea político, a reconocer que Axel Kicillof, o cualquier otro dirigente fuera del linaje, pueda ejercer la legitimidad histórica de enfrentar al proyecto liberal-libertario de Milei. Esa es la médula del conflicto. Como si fuera poco, a todo esto debe sumarse el vaciamiento deliberado de recursos del gobierno nacional hacia la provincia de Buenos Aires, una maniobra que intenta empujar al territorio más populoso del país a un desborde social con el objetivo de desgastar la gestión para quedarse con ese bastión, históricamente peronista. En ese sentido, el cálculo mezquino de Cristina no sólo agrava la fragilidad del propio gobierno de Kicillof, también compromete la estabilidad de millones de bonaerenses y profundiza la fractura dentro del peronismo, mostrando hasta qué punto la manía por no perder centralidad prevalece por sobre la responsabilidad institucional.

Y hay algo que no cierra. Cristina acompañó con su bendición a Scioli, a Alberto y a Massa. A todos les confió la representación nacional. Pero con Axel, que ganó dos veces en la provincia más difícil del país, y que resiste sin recursos el ajuste salvaje de Milei, que afecta a 17 millones de personas, le hace la vida imposible y lo pretende destruir.

En síntesis, es evidente que el emerger de Axel Kicillov representa un inconveniente político y simbólico para Cristina, porque significa quedar expuesta por el quiebre estratégico que implica el surgimiento de una conducción nueva, legítima y con proyección nacional hacia 2027, por fuera del apellido y el dedo. Para La Cámpora igual, porque supone la inminente pérdida de las cajas, del relato que los contiene y el control del aparato en el AMBA. Cristina nunca toleró la autonomía crítica y real de ningún espacio que no fuera al pie, que no pudiera controlar enteramente, que no fuera estrictamente obsecuente. Prefiere cuadros que acaten, que esperen la señal, que no alteren su movida. Y en ese sentido Kicillof no rompió, no traicionó, no se fue; simplemente, dejó de pedir permiso porque ya cuenta con legitimación popular. Y eso, en la lógica del verticalismo hereditario, es imperdonable.

Finalizando, el Papa Francisco lo expresó con precisión: “el tiempo es superior al espacio”. Pero para La Cámpora y Cristina, la política parece haberse reducido a la ocupación del espacio antes que a la construcción de procesos. Desde hace más de una década, su práctica se volvió una maquinaria de armado de listas, rosca interminable, obstrucción sistemática, desgaste y deslealtades a los mejores compañeros. Por sus graves errores en la conducción y porque el enemigo juega, Cristina no tiene hoy un proyecto nacional para el país; es evidente que su práctica política se ha concentrado en custodiar la simbología de “la década ganada” y preservar lo que le queda de poder en el AMBA, convertido en su último bastión de influencia. Aferrados al aparato y al relato como si fuera un botín, incapaces de soltarlo, quedan confinados a administrar pequeños territorios de poder sin horizonte estratégico. Con esa lógica, el daño es inevitable, porque quien sólo pelea por espacios chicos renuncia, por definición, a construir procesos en los tiempos largos del pueblo.

* El autor es Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

El Corazón de la Política: Por qué el Estado necesita el Agón

Por Antonio Montagna

En nuestro presente político, oscilante entre la parálisis del consenso y la violencia de la polarización, la política misma parece haber muerto. Huimos de la lucha por verla solo como una fuerza destructiva. Tememos la grandeza por considerarla una amenaza a la igualdad. Al hacerlo, hemos olvidado la lección fundamental que Friedrich Nietzsche extrajo del genio helénico: que un Estado saludable no solo tolera la lucha, sino que la necesita para sobrevivir.

La pregunta que el heleno se hacía no era cómo eliminar la lucha, sino: ”¿Qué pretende una vida de lucha y victoria?”.(1)


La Doble Cara de la Lucha

Nietzsche, siguiendo a Hesíodo, nos enseña que los griegos no veían una, sino dos diosas de la discordia, dos Eris. Una era la «mala», la hija de la Noche, la fuerza de la aniquilación y la «disputa maliciosa» que ningún mortal puede soportar. La otra era la «buena» Eris, la fuerza constructiva puesta por Zeus «en las raíces de la tierra».

Esta «buena» Eris es el espíritu de la rivalidad y la competencia. Es la fuerza que genera excelencia, el «impulso terrible y justificado» que «impulsa incluso al hombre torpe al trabajo». Los griegos entendieron que la envidia y la discordia eran inevitables. Su genio consistió en no reprimirlas —como hace la moral moderna—, sino en crear un mecanismo para canalizarlas.

“Una favorece la guerra perversa y la disputa ¡la diosa cruel!. Ningún  mortal puede soportarla, sino que bajo el yugo de la necesidad se le rinde culto, sin embargo, a la gravosa Eris según el decreto de los inmortales. Ésta , como es la más vieja, engendró a la n egra noche; la otra, sin embargo, ha sido puesta por Zeus, que gobierna en las alturas, en las raíces de la tierra y entre los hombres, como una diosa mucho mejor.” (2)

Ese mecanismo fue el certamen (Agón).


El Agón como Tecnología Política

El Agón no era solo una competencia deportiva. Era el principio que impregnaba toda la vida griega, y fundamentalmente, su política.

  • En la Política, los debates en la asamblea (Ekklesía) eran un agón de oratoria.
  • En el Teatro, los grandes dramaturgos competían por un premio.
  • En la Filosofía, los diálogos mismos eran una contienda intelectual.

El Agón era la tecnología cultural que permitía canalizar las energías destructivas de la Eris «mala» hacia la creatividad y la superación. Si no hay certamen, la lucha no desaparece; simplemente degenera en su forma más perniciosa: la búsqueda de la aniquilación del rival.

“…y por otro lado alababa como buena a una segunda Eris, que bajo la forma de celo, rencor y envidia incitaba a los hombres a la acción, pero no ya a una lucha de aniquilamiento, sino al acto del certamen.”(3)


La Paradoja del Ostracismo: El Límite de la Grandeza

Aquí yace la lección política más profunda para nuestro presente. El Agón griego ponía un límite a la ambición desmesurada. ¿Por qué? Porque para que haya certamen, debe haber rivales.

El sistema griego temía al «mejor» en el sentido del «único», del «sin rival», porque sin rivales, el agón muere, y así se pone en riesgo la salud del Estado griego.

La práctica del ostracismo es la prueba de esto. Como lo expresaron los Efesios al desterrar a Hermodoro: «Entre nosotros nadie debe ser el mejor; pero si lo es alguno, que lo sea en otro sitio y entre otros» .(4)

Esto no era la envidia mezquina del «topo ciego». Era un estimulante para el juego agonístico. Era la sabiduría política de un pueblo que entendía que el dominio exclusivo de uno solo conduce a la hybris (soberbia) , un acto que atrae la envidia destructiva de los dioses y que lleva al tirano a sucumbir, arrastrando a la ciudad entera consigo.


Conclusión: La Política como Lucha al Servicio de la Ciudad

La pedagogía griega era agonal: «Todo talento debe desarrollarse luchando». Pero esta lucha no era la del  individualismo liberal; no era el egoísmo de los «ermitaños del dinero» que Nietzsche tanto despreciaba.

El fin de la educación agonal era el «bienestar de la colectividad». El desarrollo del individuo estaba puesto al servicio de Atenas. En una inversión total de nuestros valores modernos, «el egoísmo era un instrumento para la salud de la ciudad» , y «la fama solo se concebía como fama de la ciudad, no de la persona».

“Sin embargo, para los antiguos la meta de la educación agonal era el bienestar de la colectividad, de la sociedad estatal. Cada ateniense, por ejemplo, debía desarrollar agonísticamente su personalidad en la medida en que pudiese ser para Atenas de la máxima utilidad y la perjudicase lo menos posible.”(5)

Hoy, el hombre moderno, perdido en la «infinitud», ha olvidado cómo luchar noblemente. Al no haber con quién debatir o competir, «el egoísmo no tiene un límite» y la política degenera en una «lucha muy desigual que aniquila toda libertad y el bien común».

La lección de «El certamen de Homero» es una advertencia final: un Estado que reprime la «buena Eris» en nombre de una falsa paz, solo obtiene la «mala Eris» de la aniquilación. Una Política saludable se fomenta con la asamblea (Ekklesía) que invita al debate (Isegoría). Sin un Agón vigoroso, no hay excelencia. Y sin excelencia la política muere.

Referencias:

  1. Nietzsche, F. – Obras completas. Volumen I – Cinco prólogos para cinco libros no escritos. El certamen de Homero. España. Editorial Tecnos, 2016, p 565
  2. Nietzsche,  El certamen de Homero, p 566
  3. Nietzsche, El certamen de Homero, p 566
  4. Nietzsche, El certamen de Homero, p 567
  5. Nietzsche, El certamen de Homero, p 568

¿CÓMO PIENSAN LOS NORTEAMERICANOS?

Por Mario Casalla

BUENOS AIRES (Especial para Punto Uno). Desde su asunción como presidente
Javier Milei viajó doce veces a los EEUU (en contraposición, sólo estuvo en 11
provincias argentinas y con estadías mucho más breves). Agréguese a esto la
injerencia directa que EEUU país tiene sobre nuestra economía, el interés sobre
nuestros recursos naturales y la solicitud de construir una base militar en nuestra
provincia de Tierra del Fuego, Malvinas e islas del Atlántico Sur, como justificativos
más que válidos de la pregunta que da título a esta nota. Hablamos de aportarle a
usted, amigo lector, algunos elementos básicos para comprender cómo piensa un
norteamericano medio y cuáles son las ideas y valores básicos que siempre pondrá en
juego (sea demócrata o republicano, varón o mujer, nativo o por adopción). Por cierto,
hablamos del norteamericano promedio y no de todos, selección imprescindible
cuando de establecer una “matriz de pensamiento” se trata. Y esa matriz es importante
en cuanto nos permitirá comprender mejor a quién tenemos delante, qué podemos
esperar de él e incluso hasta cómo negociar mejor. Por cierto que hablar inglés, no es
lo único que cuenta. Sepamos de entrada que la cultura y la política anglosajona son
bien diferente de la hispanoamericana y que los valores básicos que la animan son
otros. Por cierto que un diálogo entre ambas es posible y de hecho ocurre pero no se
confunda, no somos ni estamos en el mundo de la misma manera y nuestras ideas y
valores son diferentes a las de un estadounidense. Y no haré aquí de exprofeso juicios
de valor, sino el intento de describir cómo piensan. Me concentraré para ello sólo en
tres puntos claves: la noción de Libertad, la certeza de tener un Destino Manifiesto y
una particular idea de la Riqueza.


SINGULAR IDEA DE LA LIBERTAD.
Igual que nosotros, los norteamericanos comenzaron por ser colonias de una metrópoli
(Inglaterra en su caso) e igual que nosotros bregaron por liberarse del yugo
metropolitano. Pero las causas y aspiraciones de su reclamo fueron muy diferentes del
nuestro. En su imaginario cultural más profundo está la idea del Peregrino que deja su
tierra natal, en busca de una libertad religiosa que en Inglaterra le era negada: en el
buque Mayflower viajaban esos peregrinos de una Nueva Jerusalén. No venían en
principio a propagar la fe sino a practicarla, tal y como creían que debía ser practicada.
Otro tanto ocurría con la disensión política, en ese caso se ponía mar de por medio y
las aguas heladas permitían iniciar una nueva vida. El viaje era una promesa de
libertad personal, para actuar y comerciar como no le era posible en la metrópoli: no
había en la América sajona, nada estable ni parecido al Tribunal de la Santa
Inquisición de la América ibérica. Aquí esos peregrinos encontraron un nuevo hogar
que se dispusieron a arreglar y a acomodar a su gusto. Venían para quedarse y con el
afán de superar algún día a la propia Londres en grandeza y beneficios comerciales.
De allí que el proceso de su Independencia (no hablaron nunca de Revolución) se
origine exclusivamente en motivos económicos (la creciente e injusta carga impositiva)
y no en la separación abrupta de su rey. Vinieron a América para seguir siendo
ingleses y para poder ejercer el comercio en libertad. Más aún en su Declaración de
Independencia se trata a los ingleses como “hermanos” y la fundamentan en que no
son oídos por el Parlamento metropolitano. Esa idea de Libertad prima en todos sus
textos patrios por sobre la de Justicia. La Justicia se dará por añadidura, si se tiene
Libertad y la posibilidad de ejercerla en plenitud. Para un norteamericano tipo la
expresión “justicia social”, será siempre motivo de sospecha o tiranía. Tanto en lo
comercial como en lo político lo que prima es el Individuo y su libre competencia en el mercado, sin mayores injerencias de un Estado único y fuerte. De aquí que cada
colonia se hizo un estado libre y el principal problema a resolver fue la “unión” de lo
diverso y no la unidad de un poder central. La solución se refleja en su nombre propio:
“Estados Unidos de Norteamérica”, al cabo de una cruenta guerra civil. Y lo lograron,
con esa autoridad y como buenos hijos ya crecidos, han reemplazado a su Madre
Patria (Inglaterra) en el gobierno de los mares, así como codearon fácilmente a
España y Portugal de la América del Sur. El otro gentilicio con que se reconocen
(americanos, sin más) es también resultado de una apropiación lingüística: los demás
serán hispanos o latinos y a ellos les ofrecerá su gentil protección (panamericanismo),
o el Big stick (Gran Garrote) en caso de no aceptar esa “protección”.


LA TESIS DEL “DESTINO MANIFIESTO”
Es así que desde la proclamación de su Independencia, los Estados Unidos se
sintieron siempre custodios y guardianes de la libertad. Por cierto que con razón o
muchas veces sin ella ya que, una vez pasada la euforia y la pureza inicial de la
Independencia, no vaciló en atropellar otras libertades cuando el “interés nacional
americano” estuviese, según su criterio, en peligro. América latina aprenderá dura y
rápidamente esta lección desde 1847, año en que invadieron México y ocuparon el
norte de ese país (Texas, Nueva México, California, etc) anexándolo al suyo.
Previamente, en 1823, el presidente James Monroe había proclamado la Doctrina que
lleva su nombre, lanzando aquello de “América para los americanos”, es decir para
los norteamericanos; doctrina en la que se apoyará su Secretario de Estado (John
Quincy Adams) para dar a conocer otro clásico de la política continental
norteamericana: la tesis del “Destino Manifiesto” de los Estados Unidos, invocada
también como justificativo de su expansión territorial. Así, libertad e interés nacional,
quedarán férreamente igualados en el imaginario político norteamericano desde su
misma creación, considerando a la vecina América Latina como lugar natural de
cumplimiento de ese “destino manifiesto” y de su cruzada en pro de la libertad y la
democracia. Desde aquel ya lejano 1847, las invasiones territoriales norteamericanas
al sur del río Bravo se sucederán casi ininterrumpidamente durante los siglos XIX y XX
siempre con el objetivo de “proteger la vida y bienes de ciudadanos norteamericanos”,
o de rescatar a los locales de alguna supuesta tiranía.


LA RIQUEZA, VALOR CENTRAL
El tercer valor fundamental del ideario norteamericano, es la noción de Riqueza. Esta
acompaña y corola la idea de Libertad y de Destino Manifiesto y les da su costado más
“espiritual”. El filósofo John Locke es el padre del liberalismo moderno y en él se
inspiró la Declaración de Independencia y el primer texto constitucional de los
flamantes Estados Unidos. Locke era un decidido opositor al poder omnímodo del rey
o del estado, por el contrario su obligación principal es resguardar al individuo, darle
seguridad y garantizar el carácter inviolable de la propiedad. En la tradición sajona
libertad, propiedad y justicia son valores y conceptos que marchan siempre juntos. Y
por cierto esos tres valores laicos, se potenciarán notoriamente al conjugarse con la
ética protestante, en la cual la posesión de riqueza y propiedades es un síntoma de la
“elección divina”. Max Weber vio y explicó con claridad esa singular amalgama político-religiosa
en su clásica obra “La ética protestante y el espíritu el capitalismo” (1904). Allí, para
ilustrar esa vinculación, cita dos trabajos de Benjamín Franklin -uno de aquellos
Padres Fundadores- sus “Advertencias necesarias a los que quieren ser ricos” y sus
”Consejos a un joven comerciante”. En ellos Franklin reflexiona sobre los principios necesarios para el desarrollo del capitalismo y -buscando extraer de allí una suerte de
filosofía de vida- le dice a su joven oyente: “Piensa que el tiempo es dinero. El que
puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y dedica a pasar la mitad del
día, o a holgazanear en su cuarto, aun cuando sólo dedique seis peniques para sus
diversiones, no ha de contar esto solo, sino que en realidad ha gastado, o más bien
derrochado, cinco chelines más”. Queda acuñada para siempre una divisa fundamental del capitalismo: “Time es money”. Y tan religiosa es esta divisa, que el dólar norteamericano lleva grabado a fuego “In God we trust” (En Dios creemos). La riqueza es sagrada y de los ricos será sin dudas el reino de los cielos. Imagínese
Usted amigo lector, qué puede pensar un norteamericano medio sobre algo como una
“opción preferencial por los pobres”, o sobre la primacía del bien común por sobre el interés individual, o sobre el reparto equitativo de los bienes. Cosa de locos o de comunistas, sin dudarlo. Estos valores, aún más potenciados, pasan hoy a la cabeza Donald Trump y de allí rebotan directamente a la cabeza de Javier Milei.

LAS EMPRESAS AGROPECUARIAS QUE NECESITA LA ARGENTINA

Texto para el II Congreso del Pensamiento Nacional Latinoamericano que se realiza en la Universidad Nacional de la Plata y en la Universidad Tecnológica Nacional de la Plata el 29, 30 y 31 de mayo de 2025.

Por Aurelio Argañaraz

El trabajo parte de un caso de “economía circular”, registrado el 31 de julio de 2021, en Agrovoz[1]. Allí, el periodista Favio Ré entrevista a un miembro de una empresa agropecuaria localizada en Serrano, al sudeste de Córdoba y nos anoticia sobre los trabajos de esta firma, cuya excepcionalidad merece una atención particular. Se trata del establecimiento de la familia Longo. En 5000 hectáreas, propias y arrendadas, los Longo siembran principalmente soja y maíz, sin el fin de venderlos, como es usual. Los granos alimentan un feedlot apto para engordar 5000 vacunos y una granja porcina de 1200 madres, que planean ampliar. De modo que, además de usar su cosecha para alimento, deben comprar la producción de otros campos, para agregarles valor. Y esa compra debía incrementarse, según sus planes, tras duplicar las madres de la granja, un momento en el cual tendrían que nutrir a 30.000 cerdos, en permanente rotación. La sustentabilidad del emprendimiento, nos informa Ré, incluye la utilización de los efluentes del feedlot para fertilizar el suelo, dato que contraría nuestra práctica de depender de la compra de fertilizantes, que son producidos por empresas extranjeras y se cotizan en dólares. A eso se añade la incorporación de un biodigestor que produce biogás con los desechos porcinos. Dicho combustible tiene como destino movilizar una turbina que genera energía eléctrica, mientras al final los residuos van también a la fertilización. Por último, el objetivo final es producir biodiesel, a ser consumido por la maquinaria agrícola y una flota de ocho camiones con los que transportan diariamente granos, alimentos y animales. No por capricho el ciclo completo lleva el nombre de economía circular, ya que se busca suprimir lo que serían habitualmente considerados “restos”, devolviendo al suelo con el producto expulsado por la digestión animal las nutrientes que pierde en el proceso de explotación.

Para completar el cuadro antes reseñado, es necesario decir que, mientras explotar una dimensión semejante en la mera producción de granos sólo requiere el concurso de tres o cuatro maquinistas algunos días al año, el establecimiento de los Longo contrata alrededor de 100 trabajadores estables y que, en la entrevista con Ré, Juan Manuel Longo nos cuenta lo siguiente: “Andamos con la lengua afuera, por que hacemos todos los procesos nosotros. Y para las inversiones, deberíamos tener un banco propio. Pero bueno, reinvertimos, no sacamos el dinero afuera del país (el subrayado es de nuestra autoría)”.

El ejemplo expuesto, aunque no lo explicite el periódico AgroVoz, nos da una noción de lo que podría lograr el mentado “campo”, en el país. Un avance posible, subrayamos, ya que exige un manejo hoy inexistente en virtualmente todas las empresas agrarias, como veremos enseguida. Pero que, si se generalizara lo que llamaremos en honor a la firma “el modelo Longo”, permitiría triplicar el valor de la producción y obviamente las exportaciones, resolviendo definitivamente un problema crónico de la economía argentina, la restricción externa, esa que nos condena al estancamiento general. Esa parálisis del crecimiento nacional es lamentada unánimemente, pero se ignora por lo general cuáles sus raíces en la historia y la sociología del mundo rural, aunque se trata de un impedimento que nos cierra el camino, desde hace décadas, al anhelo de ingresar al envidiable club del mundo avanzado, en volumen de producción y renta per cápita. Ese es el enigma que intentaremos descifrar.

La Argentina logró valiosos avances en manejo del ciclo de siembra y cosecha en las últimas décadas, es verdad. La mejora en semillas y las nuevas tecnologías mejoraron notoriamente el rendimiento por hectárea en el litoral fértil y permitieron además ampliar el área explotable a regiones ajenas al núcleo pampeano. El incremento de la producción, enorme, se mide en millones de toneladas de granos. Es un nuevo piso histórico del PBI rural, tan significativo para el presente y el futuro del país, que toda observación crítica al “modelo”, para ser atendible, debería eludir cualquier tentación de insinuar el regreso al paradigma anterior, que podría representar la pérdida de más de la mitad de la producción actual y un insoportable déficit del comercio exterior, ruinoso para el país. Pero tan certera como esa conclusión, es que el avance de las últimas décadas en volúmenes de cosecha y en los ingresos del sector no logró alterar la ética rentística que domina al agro, desde los años del modelo agroexportador clásico, cuando la Argentina del Centenario se envanecía de ser “el granero del mundo”. La continuidad del atraso se manifiesta en la excepcionalidad de los productores que encaran la economía circular, un modo óptimo de añadir valor. Sus escasísimos adeptos, pese a la promesa de un incremento fenomenal de las ganancias que garantiza esa opción, no tiene por tanto base en las tasas de utilidad respectiva de cada una de las elecciones posibles, sino que se explica por razones sociales. Esta aserción, para evitar el riesgo de que pudiera juzgarse como expresión de un apriorismo ideológico vacío, exige el apoyo de una argumentación consistente, que intentamos a continuación.

En primer término, diremos que no existe una resistencia genérica a la innovación tecnológica, como suele ocurrir en las sociedades primitivas aferradas a la tradición y renuentes a lo nuevo. Si así fuese, si la conducta usual de rechazar la opción de agregar valor al grano naciera de una suerte de barbarie cultural, no se hubiesen admitido la siembra directa, los fertilizantes y fitosanitarios, que casi todos los productores incorporaron rápidamente. Adoptar esos avances, ese es el secreto, a nuestro juicio, no exigía alterar un modo de vida cuasi rentístico –admitido por el carácter ocasional del esfuerzo que impone un ciclo que concluye al vender el grano al acopiador– para asumir el propio del empresario industrialque trabaja todos los días. El “modelo Longo” –su vocero lo expresa– supone abandonar los hábitos parasitarios, ese gasto de energías más limitado y sencillo, como es usual en nuestros “hombres de campo”, distantes del modelo de la burguesía industrial que impulsó el nacimiento del capitalismo moderno. En consecuencia, como ya pasó en el modelo clásico agroexportador, la incorporación del avance tecnológico global, con aportes locales como la siembra directa, apunta sólo a incrementar la rentarechazando emplear el trabajo humano como fuente de riqueza, según el modelo burgués usual. Aquí, contrariamente a lo que ocurre en los países avanzados, con una elevada productividad rural, se apuesta sólo a que “produzca” la tierra y se rechaza asumir “el trajín empresario”, rechazado como un modo de “complicarse la vida”, contra la chance de disfrutar de un ingreso fácil. De allí la abulia ante otros logros científico-tecnológicos, que “el modelo Longo” suma a su hacer, como la producción industrial de diversas carnes, combustibles, electricidad y fertilizantes, según hemos visto, donde además de incrementar la cuantía y diversidad del producto, se busca y se logra reducir costos.

Ahora bien, como revelaba ya el análisis del modelo agrario tradicional del país, con eje en el núcleo del litoral pampeano, el parasitismo rural fue responsable del atraso global del país, por el derroche resultante de consumir la renta agraria, que era excepcional por la mayor fertilidad relativa del suelo pampeano. Sin reinvertirla y obtener, con un mayor empleo de fuerza de trabajo, la productividad que exhibían otros países, como Australia, Canadá y Nueva Zelandia, era imposible emular a dichos países, que con ese manejo triplicaban la cantidad de vacas por hectárea y desarrollaban toda la cadena de producción, sin ceder al capital extranjero (los frigoríficos, ingleses y norteamericanos) lo mejor del negocio, industrializar la carne, para consumo local y para exportarla a Europa, como era nuestro caso. En la Argentina, el terrateniente ausente era la norma, pero aún el arrendatario, una víctima del primero, compartía con su opresor el modelo del “granero”, con la afición al librecambio y el status semicolonial que resultaba de la subordinación al imperialismo británico. Este modo de producción, con la ética correspondiente, que cabe caracterizar como capitalista, pero no burguesa, por su rechazo a impulsar la productividad del trabajo, admitía sólo la modernización necesaria para adecuarse al mercado inglés, instrumentando sólo la fertilidad natural del área pampeana. Persiste, actualmente, como conducta habitual en nuestros productores, sea cual sea la escala de su negocio.

Nuestra producción de soja y maíz, los principales granos, se exportan sin elaborar o con el mínimo procesamiento que implica transformados en harina o aceites, lejos de la consigna de una empresa afín al “modelo Longo”, llamado Las Chilcas[2], de que “al grano hay que sacarlo caminando en cuatro patas”, afirmación que omite explicitar que el establecimiento emprende además una producción de biogás, biodiesel, fertilizantes y electricidad, vendiendo energía a la capital del Departamento de Río Seco.

El modelo contrario, que los entendidos llaman “economía lineal”, por oposición a la circular, es por mucho el prevaleciente y contrasta con lo que hacen otros países, en particular el club de los países avanzados, como España o Dinamarca. Los españoles nutren con producción vegetal a 34 millones de porcinos; Dinamarca, con un territorio menor a la de nuestra provincia de Jujuy, cuenta con un plantel de 13 millones de cerdos, para una población humana 6 millones. La Argentina, en tanto, pese al crecimiento de las últimas décadas, apenas roza esta última cifra. No es extraño, en dicho marco, que Dinamarca sea un gran exportador en ese rubro y que, siendo un país donde el productor agrario es un empresario, como su par urbano, tenga un PBI per cápita de 66.420 euros, mientras nuestro país sólo alcanza la quinta parte, 12.829 de dicha moneda[3]. Y no cabe, para eludir la crítica, recordar que Argentina dio preferencia a las carnes vacunas, ya que en este renglón padecemos un estancamiento virtual del plantel, desde los lejanos años en que un vocero del sector se ufanaba de censar “cuatro vacas por cada argentino”.

¿Cuál es la razón de semejante falencia, en un país cuya clase dominante tradicional se asentaba en la explotación agrícola-ganadera? La respuesta, mal que le pese al sector, es el destino que dan los ruralistas a la renta agraria, que, por el contrario de lo que apunta el vocero de los Longo, eluden la opción de su reinversión productiva y, en el mejor de los casos, destinan las ganancias a comprar inmuebles en centros urbanos o vehículos improductivos y, si tienen un mayor grado de sofisticación social, a la fuga de divisas, los negocios especulativos y el consumo suntuario.

Esa es, desdichadamente, la realidad dominante en el agro argentino. Anticipábamos lo excepcional del “modelo Longo”: información oficiosa de técnicos del INTA, señala que en el país, dentro de un total de 300.000 productores agrarios, que explotan una superficie cercana a las 33 millones de hectáreas con soja, maíz, sorgo y trigo, hay apenas 6 emprendimientos de economía circular. Una de ellas, la antes nombrada Las Chilcas –importa consignarlo, como prueba de que es posible este tipo de emprendimientos fuera del núcleo de máxima fertilidad–, está situada en una zona marginal a la pampa húmeda, próxima a Villa María de Río Seco, en el norte cordobés; población de la cual se provee de residuos y, como señalamos, vende energía eléctrica. Las Chilcas, que también lleva a cabo el ciclo completo enumerado anteriormente, explota allí 11.000 hectáreas. Un dato sugerente, como en la empresa de Serrano, que importa registrar en los exámenes sociológicos de la economía agraria: la propiedad extensa, en estos ejemplos, no está acompañada por la tendencia al usufructo improductivo de renta, una conducta que en ciertos casos siguen algunos pequeños terratenientes, que arriendan su propiedad, sin explotarla. No es este un dato menor y reclama un examen que nos explique el origen del viraje político de la Federación Agraria, en las últimas décadas.

El rol no fiscal de las retenciones a la exportación de granos

Si el “modelo Longo” fuese lo habitual, la rebaja o eliminación de las retenciones a la exportación (de granos) dejaría de ser una demanda rural[4]. Para agregar valor a los granos, las retenciones son, por el contrario, un estímulo, al favorecer la competitividad del industrial agrario radicado en el país, respecto al extranjero. Por esta razón, cabe decir que, con las normas mercantilistas aplicadas para impulsar el desarrollo inglés, el país prohibiría la exportación de commodities, para alentar la tarea de llegar a ser un “supermercado” global, no un “granero”. Sin llegar tan lejos, es necesario al menos situar cuál es nuestra conveniencia, apoyando a los actores que multiplican el valor de la producción agrícola.

Dinamarca es importador de granos, que salen del país transformados en carne, productos lácteos, o procesados ya para el consumo humano. Francia, por su parte, es el sexto exportador de productos agrarios del mundo, tras EEUU, Países Bajos, Alemania, Brasil y China. China, el principal destino de nuestra soja, alimenta cerdos con el grano argentino, por nuestra renuncia a producirlos aquí, pese al empeño puesto por el gigante asiático de crear en la Argentina gigantescas granjas porcinas, que transformarían soja y maíz en carnes y expandirían el modelo de economía circular. Los franceses, en cambio, contabilizan ventas que en sus tres cuartas partes son productos agrarios ya procesados. Consecuentemente, su industria agrícola es el mayor demandante de mano de obra industrial, con una suma de 400 mil empleados y la mayor producción mundial de vinos, un producto agrícola que añade valor al cultivo de uvas. Hemos citado a España, como productor de cerdos. Pero cabe añadir que en gran medida los españoles valorizan más la carne como jamón, algo que implica multiplicar el valor original del cerdo. Pero algo similar hace Vietnam, país emergente que usa los granos que le vende Argentina para alimentar sus ganados y aves de corral. Entretanto, nosotros, bajo el poder de la elite interesada en sostener la dependencia semicolonial, apenas procuramos ampliar la venta de productos primarios, con minería y extracción de petróleo y gas, sin alterar el modelo impuesto bajo el dominio inglés en el siglo XIX –el peronismo clásico intentó cambiarlo, pero no fue capaz de consumar el propósito– de la Argentina exportadora de carnes, granos y lana sucia[5].

Empresarios y rentistas en el agro argentino

Necesitamos empresarios, no rentistas. La primera tarea del Estado argentino debiera ser estimular, contra viento y marea, el modelo industrial agrícola-ganadero que da lugar a esta reflexión. Toda la experiencia histórica indica, contra ese objetivo, que modificar una conducta social ya transformada en hábito, aunque se muestre como aliciente un firme incremento de la obtención de ganancias, es algo que exige una lucha durísima, para no fracasar. Obviamente, es imposible siquiera planteárselo con un Estado débil; dotado de poder, con firme apoyo de las mayorías, debe además ser conducido con claridad y firmeza, durante un ciclo de acción prolongada. La magnitud del problema se advierte al recordar que el núcleo oligárquico de la provincia de Buenos Aires, la clase dominante tradicional del país, ha impuesto su ideología y aun su modelo de clase parasitaria a todo el sector, explotando, como fundamento natural, la fertilidad  excepcional del suelo pampeano, que durante décadas dotó de competitividad a la explotación agraria, con escasa inversión en mejoras y sin exigirle apostar a la productividad del trabajo, dada la posesión del humus pampeano. La burguesía agraria, hasta la llegada del peronismo representada ante todo por los arrendatarios, de origen inmigratorio, cuyo trabajo esforzado no arrojó como fruto el desplazamiento del eje hacia otro modelo, los viejos y nuevos dueños de las tierras explotables (que se han extendido, con los avances tecnológicos de las últimas décadas) no exhibe diferencias con la ética rentística de los antiguos enfiteutas, aunque en lugar de Europa prefiera a Miami como meca turística y exhibición de status. Con el ausentismo que distinguió al clásico terrateniente pampeano, aun en el caso de los que no optaron por arrendar el campo y disfrutar de la molicie en un centro urbano, nuestro “productor”, por regla general, no vive en el campo.

En ese marco, la acción estatal es imprescindible para lograr la expansión del “modelo Longo”, que incremente la producción y el empleo en el agro. No hay un solo camino, para lograrlo. Cabe pensar, por ejemplo, en iniciativas semejantes al proyecto chino de crear 20 mega-granjas porcinas, que fue desechado por una mezcla de indolencia gubernamental y de ineptitud para enfrentar los prejuicios esgrimidos por grupos ambientalistas, curiosamente confluentes con la resistencia más sorda de los sectores asociados a la exportación de commodities, que resisten la opción de industrializar lo rural.  Esa opción estaría disponible, si se superan aquellas insólitas objeciones, que lo frenaron, contra las opiniones favorables de los técnicos del INTA. Si ese género de proyectos estuviese protagonizado, como es el caso de los 6 establecimientos que fueron aludidos, por empresarios argentinos, cabe pensar en los estímulos diversos que se han usado para alentar desarrollos prioritarios para el país.       Finalmente –aunque debamos enfrentar la histeria libreempresista– nada impediría que el Estado nacional obre como empresario, con esa perspectiva.  El centro operativo de una empresa que elige la “economía circular” –el grano puede comprarse, tal como lo hace una empresa avícola– requiere sólo una extensión mínima de tierras fiscales, a las que pueden añadirse otras, adquiridas cerca de las urbes, con la seguridad de recuperar rápidamente la inversión. Y el Estado cuenta, de antemano, con la enorme experiencia técnica y administrativa del personal del INTA, a quienes se entregaría la gestión de estas nuevas empresas públicas.

Finalmente, cabe añadir que el mantenimiento de las retenciones a las exportaciones de granos es, por todo lo antedicho, una prioridad económica, antes que un mero recurso tributario. El proyecto de hacer del país –demagógicamente enunciado por el gobierno de Mauricio Macri, sin establecer una sola medida que lo apuntalara el gobierno de Mauricio Macri– “el supermercado del mundo” empieza por desalentar toda exportación de “lana sucia” y darnos la oportunidad de vender textiles, como sugería en su época Carlos Pellegrini, un exponente de la Generación del 80, tan exaltada como mal entendida, hoy.

Córdoba, 29 de abril de 2025

[1] La Voz del Interior (1 de diciembre de 2021). Con los granos y la carne, los Longo le dan rosca a la economía circular. https://www.lavoz.com.ar/agro/actualidad/con-los-granos-y-la-carne-los-longo-le-dan-rosca-a-la-economia-circular/

[2] Un titular de la empresa Las Chilcas, que también practica la economía circular, brinda la información que se utiliza aquí. Entrevistado por Nicolás Razzetti, responde al periódico Bichos del Campo. La entrevista se puede consultar en ese medio, publicada el 9 de agosto de 2022. El título, Al grano hay que sacarlo en cuatro patas, omite anticipar la amplia explotación de todos los recursos. Ver: https://bichosdecampo.com/al-grano-hay-que-sacarlo-en-cuatro-patas-resume-mario-aguilar-benitez-sobre-el-milagro-circular-de-las-chilcas-donde-se-aprovechan-todos-los-residuos-de-ese-proceso/

[3] Estadísticas publicadas para 2024 por Expansión/Datosmacro.com (Consultado 25 de abril de 2025).  PIB – Producto Interior Brutohttps://datosmacro.expansion.com/pib/

[4] No es el tema del presente trabajo examinar las correlaciones entre los datos estructurales y las posiciones de los ruralista en temas puntuales y en la política nacional. Pero, cabe decir que debería estudiarse el caso de Córdoba, una provincia que se distingue por su primarización acusada, también caracterizado por su fervoroso rechazo a la vigencia de las retenciones y a toda iniciativa que apunte la necesidad de industrializar la ruralidad. Ver:  La Voz del Interior (06.06.2021). Granos: agregado de valor, el vaso medio vacío del agro en Córdoba.

[5] Durante la crisis de los productores ovinos, en la década del 70 del siglo XIX, cuando los ganaderos apoyaban circunstancialmente el planteo proteccionista, Carlos Pellegrini denunció el absurdo de exportar lana sucia a Gran Bretaña, sin procesamiento alguno, para comprarles a los ingleses la producción fabril elaborada con esa   materia prima. Con las obvias variantes, exportar otros productos del suelo, sin agregar valor, no altera aquel modelo de bajísima productividad general. Giberti, Horacio, Historia Económica de la ganadería argentina, Solar/Hachette, 3ra Edición.

Superar el repliegue popular con un sólido y posible programa de futuro

Por Julio Fernández Baraibar

28/10/2025

Por supuesto que toda situación tiene múltiples causas. Pero en mi opinión, en el resultado de ayer ganó, básicamente, el miedo al día posterior a las elecciones. El chantaje financiero de Trump, Bessent y JP Morgan funcionó. Una mayoría del electorado temió un desastre con el dólar a 2000 pesos y un descontrol en la remarcación de precios.

Después, creo, vienen otras causas: la debilidad de nuestra campaña, nuestros enfrentamientos intestinos sin resolver, la ausencia de una clara respuesta programática a la Argentina real 2025, entre otras.
Las conversaciones de los días miércoles, jueves, viernes y sábado, entre quienes seguimos la política desde el peronismo, eran alrededor del desbarajuste macro y microeconómico que se produciría de ganar Fuerza Patria y perder el gobierno. Y no teníamos una respuesta a lo que podríamos hacer.

El electorado, mayoritariamente, entendió lo mismo y votó para evitar ese desbarajuste, que produciría una vorágine de precios.

Haber desdoblado la elección fue un éxito, además de una necesaria respuesta política al intento de dejar al gobernador de la provincia sin apoyo legislativo. Ello permitió la consolidación de Kicillof en la provincia y dejó expuesta la endeblez de la conducción nacional del PJ.

El gobierno ganó a gatas las elecciones. Pero sigue con el mismo problema: su plan económico es un fracaso, si es siquiera un plan. Nosotros tenemos que presentar claramente un programa superador que no está en el pasado. Desarmar la hegemonía del capital financiero -impuesta sin modificaciones en el país desde los tiempos de Martínez de Hoz y hoy fortalecido por una de las bandas del capital financiero yanqui- debe ser uno de los principales objetivos políticos, se lo presente como se lo presente.

Delimitarnos claramente de la inflación a la cual, con razón o sin ella, hemos quedado pegados. Plantear un nuevo programa que amplíe y diversifique nuestras exportaciones, explicar la necesidad de la incorporación a los BRICS, convencer de que podemos poner nuevamente en movimiento el aparato productivo sin inflación, por lo menos con la misma inflación que la que tenemos.

Cuando digo a la Argentina real 2025 me refiero a las importantes transformaciones que ha sufrido la clase trabajadora -que debe volver a liderar una política de alianzas con los sectores medios urbanos y rurales-, con la aparición de la informalidad, del trabajo en apps, lo que ha modificado al movimiento obrero que conoció históricamente el peronismo. Todo el sistema laboral e impositivo debe ser objeto de una reforma, no a favor del capital como pretende Milei, sino a favor del pueblo, de los trabajadores. Pero eso necesita ser planteado y discutido.

Igualmente, tenemos que discutir cómo hacemos con el permanente chantaje de los sectores exportadores que nos genera una sed de dólares que obligan a maniobras como el cepo y esas cosas. Tenemos que dejar claro, como te dije, que a nosotros tampoco nos gusta la inflación, que nos comprometemos a luchar contra ella y garantizar, no obstante, un mayor desarrollo productivo e industrial.

E imperioso formular nuevas políticas industriales que pongan en movimiento el capital invertido e inmovilizado por las políticas neoliberales financieras, pero que además se despliegue sobre el conjunto del país, con un carácter federal. Tenemos que dar respuesta a la puesta en marcha de nuestros codiciados recursos naturales, poniendo el énfasis en las posibilidades de su industrialización, evitando caer nuevamente en la mera exportación de materias primas. Para ello es nuestro deber, en el futuro más inmediato, restituir la vigencia de un fuerte y sólido estado productivista en condiciones de asociarse con el capital privado en la industrialización de nuestros recursos, así como estado nacional y popular de inversión social, dirigida a solventar el ejercicio de la justicia social, es decir en educación, sanidad, vivienda, previsión social, etc. como línea conductora de los presupuestos nacionales.

Esas son algunas de las cosas que tendremos que discutir de aquí al 27, si queremos ser una alternativa creíble para la mayoría. Es ofreciendo un futuro posible y al alcance de las manos como el movimiento nacional, en alianza con todas las fuerzas dispuestas a asumir este ideario, podrá superar este momento de repliegue popular y de nostalgia por el pasado.

https://fernandezbaraibar.blogspot.com/2025/10/superar-el-repliegue-popular-con-un.html?m=1

17 puntos para la discusión en el movimiento nacional

Por Santiago Liaudat

  1. Antes que acusar, cada uno debe revisar su práctica y evaluar si hizo lo suficiente para evitar este resultado electoral. La autocrítica es el punto de partida para la crítica. Como nos enseñó Francisco, todos tenemos una cuota de responsabilidad. Así que, ¡cuidado con los francotiradores que, desde posición a cubierto, tiran a matar! Frente a esa cultura de la agresión gratuita y el internismo irresponsable, hay que levantar la voz compañera, escuchar la palabra constructiva de quienes procuran caminos de solución.
  2. Hay que tener en claro que no enfrentamos sólo a La Libertad Avanza, al PRO y a los grupos económicos concentrados de la Argentina, sino al poder angloestadounidense. Estamos en una batalla contra actores e intereses que exceden por mucho a los actores locales. Nunca en la historia nacional se había visto tal grado de injerencias: desde el apoyo del FMI y el Tesoro norteamericano para sostener el esquema cambiario y financiero del gobierno, hasta las sucesivas muestras de respaldo político de Trump y el impresionante desembarco del JP Morgan a pocos días de las elecciones.
  3. En estos días aparecerán valiosos diagnósticos sobre las causas del apoyo al oficialismo a pesar del deterioro económico y los escándalos de corrupción. Aquí quiero plantear sólo un principio interpretativo: pensar desde dentro del pueblo y con amor al pueblo. Con eso invito a rechazar los análisis que “ven la cosa de afuera”, habitualmente en tono condenatorio y desde una posición de superioridad moral e intelectual. Incluso, llega a escucharse quien dice que “le da asco el país” o que se siente ajeno en su tierra. Nada bueno puede construirse desde esa mirada.   
  4. La aplicación de ese principio tiene como primera consecuencia no ver sólo la negatividad (falta de conciencia nacional, alienación, gorilismo, despolitización, descomposición social, individualización), sino sobre todo la positividad detrás del voto libertario. Para eso hay que sacarse las anteojeras ideológicas, los prejuicios endogámicos y ejercitar la escucha. ¿Qué elementos de verdad hay en ese voto? ¿Qué valores positivos moviliza? En particular, en sectores de jóvenes y trabajadores, que históricamente fueron parte de las bases del movimiento nacional.
  5. En ese sentido, quiero destacar tres. Primero, “encontrar un sentido al sacrificio”. Cuando uno ve el mensaje gubernamental, ese fue el mensaje. Y a estas alturas tenemos que reconocer que esta gente no improvisa en comunicación. Evidentemente, fue una línea estudiada, con anclaje en la realidad social. El valor positivo es la abnegación detrás de una causa mayor; lo que, además, enlaza fuertemente con dos tradiciones presentes en el pueblo argentino: la visión judeocristiana y la cultura del esfuerzo.
  6. Segundo, el miedo a la debacle del día después. Paradójicamente, ver al gobierno tan debilitado, terminó siendo un factor que asustó a una parte de la población, sobre todo, pobre, que temió una crisis económica si el gobierno perdía. Acá el valor positivo es la estabilidad y el orden, aunque precarios, deseables ante la posibilidad de un descalabro generalizado.
  7. Tercero, el proyecto de país, el discurso de esperanza, los deseos de cambio y los sueños de una Argentina grande. Todavía anidan en una parte importante de quienes lo apoyaron hace dos años la fe en que el camino es el correcto, que hay que dar tiempo al presidente. Y tener presente que la figura de Milei surge como figura mesiánica en el contexto de una degradación institucional, económica y social prolongada y de un hartazgo social con la política que no pudo revertir esos procesos. 
  8. ¿Implican estos elementos de positividad que nuestros compatriotas apoyan la narcopolítica, la criptoestafa o las coimas de la ANDIS? Por supuesto que no. Supone únicamente que en la ecuación que esos votantes hicieron pesan más aún aquellos aspectos positivos que las manchas que el gobierno va sumando. 
  9. Esa pus de la corrupción, los negociados y el deterioro económico y social terminarán más temprano por infestar el humor social y se abrirán condiciones para la alternancia política. Por lo que la tarea principal en el tiempo que se abre es la construcción de la alternativa. 
  10. ¿Esto implica que la resistencia pierde valor? Por el contrario. Es ella la que genera las relaciones de fuerzas favorables al surgimiento de un proyecto político nacional popular. En tres aspectos: uno, al obstaculizar las iniciativas del oficialismo que atenten contra la soberanía nacional y la calidad de vida; dos, al mostrar de cara a la sociedad la existencia de valores, prácticas y discursos opuestos a los libertarios y anclados en la solidaridad y la dignidad; tres, al construirse como factor de poder capaz mediante la movilización y la lucha de incidir en la agenda pública.
  11. ¿Por qué entonces la construcción del proyecto político es la tarea principal? Porque  parte esencial del triunfo libertario se debe a la incapacidad propia de ofrecer un proyecto deseable. Y de mantenerse ese cuadro nada indica que en la sucesión presidencial en dos años, sino antes, sea mejor. En otras palabras, la deslegitimación del gobierno no se traslada automáticamente en votos a la principal oposición. Una parte de la sociedad queda, directamente, desencantada. Otra prefiere seguir apostando al oficialismo pese a todo, ya que nos identifica con un mal mayor. El triunfo del gobierno es político, antes que económico. 
  12. La construcción de un proyecto alternativo implica ser capaces de presentar un proyecto de país con propuestas atractivas para los distintos sectores sociales que concebimos como parte del frente nacional. No alcanza con dar cuenta de las cualidades de un candidato (por ej., “honesto y capaz”), con resignificaciones abstractas a valores (“libertad es llegar a fin de mes”) o con criticar lo malo del gobierno. Precisamos de ideas claras, con un lenguaje potente y novedoso, y transmitidas con convicción, sencillez y admiración y cariño por el pueblo argentino. La credibilidad se construye, además, desmarcandose fuertemente de todo aquello con que lograron identificarnos (estatismo burocrático, clientelismo, corrupción, vagancia, atraso). Para eso hay que ser concisos y mostrar con hechos y propuestas que queremos un Estado eficiente, que la ayuda social no debe ser instrumento clientelar, que no toleramos la corrupción y que somos el verdadero proyecto del trabajo, la producción y la innovación. 
  13. La inflación crónica, la caída del poder adquisitivo, la pobreza creciente y la falta de empleo formal generaron un clima de frustración transversal. Para amplios sectores —sobre todo jóvenes y trabajadores informales—, el discurso liberal de Milei (“achicar el Estado”, “terminar con el gasto político”, “dolarizar”) apareció como una ruptura radical con un modelo que perciben agotado. ¿Qué propone el proyecto nacional en frente a esos problemas estructurales? En vez de negar los síntomas del descontento, tenemos que ser capaces de transmitir en lemas breves y precisos cuál es nuestra política económica frente a esas cuestiones centrales. 
  14. Hay que renovar liderazgos, discursos y lógicas. La inercia política, la repetición de fórmulas viejas y, sobre todo, la pretensión de combatir la “antipolítica” con roscas de palacio, peleas en redes sociales, internismo a cielo abierto, son lamentables. Si no entusiasman ni a los propios compañeros y compañeras, ¿cómo pretenden reconectar con la juventud y las clases trabajadoras precarizadas? El envejecimiento del peronismo es consecuencia del faccionalismo, la politiquería y el monólogo solipsista. 
  15. La propuesta no puede ser nostálgica ni meramente reactiva: debe ser una nueva síntesis que vuelva a enamorar a la sociedad argentina. La única persona que reúne objetivamente las condiciones para encabezar el proyecto nacional en esta etapa es Axel Kicillof; quien además, como se vio en territorio bonaerense, tiene características que lo hacen una figura capaz de trascender la polarización ideológica de nuestra sociedad. Su nombre está asociado a valores positivos como: gestión eficiente, capacidad técnica y de trabajo, carácter constructivo, transparencia y austeridad. Como puntos a trabajar en su perfil: por un lado, poner corazón a las palabras, la sangre en las ideas; eso habilita una conexión emocional que un discurso meramente racional no logra. Por otro lado, ser, hablar y parecer conductor político, no sólo como gestor, funcionario o gobernante; en la tradición argentina y, en especial en momentos de incertidumbre, se buscan figuras fuertes.
  16. ¿Y Cristina? Está presa y, como muestran distintos sondeos, la mayoría de la Argentina piensa que está bien. Por supuesto, está detenida —y antes intentaron asesinarla— por sus aciertos, no por sus errores. Lo que implica que su situación es injusta y es un ataque contra el conjunto del movimiento. Por lo tanto, es correcto reclamar por su libertad. Y es una deuda de gratitud que debemos a quién, junto a Néstor, lideró los avances más importantes desde Perón. Pero, dadas las circunstancias, es indudable que no puede ejercer la conducción del movimiento en esa condición. ¿O alguien piensa que podemos reconectar con la sociedad detrás del nombre de quien gran parte de la Argentina —incluyendo sectores del propio peronismo— ve cómo condenada por justa causa? Las comparaciones con Perón en el exilio son, por lo menos, apresuradas: el arraigo de las mayorías sociales a su figura no decayó en ningún momento. Ciertamente, ella es parte esencial de las grandes discusiones y decisiones que requiere el peronismo. Pero hay que partir de la realidad tal como ésta se plantea, no de los deseos o posiciones subjetivas de cada quien.
  17. En síntesis, para ser alternativa en dos años, el peronismo bajo la conducción de Axel tiene que i) volver a plantear las políticas en términos de estrategia y relaciones de fuerzas, enfocando en nuestros puntos débiles (juventud, provincias, precarizados), ii) formar cuadros con sentido patriótico, sensibilidad social y capacidad técnica, iii) trabajar por la unidad del movimiento nacional y tender puentes hacia distintos sectores sociales, económicos, políticos y religiosos, iv) articular con las organizaciones populares y de trabajadores en un esquema que implique su compromiso y protagonismo; v) construir un programa de gobierno con propuestas claras y viables, vi) encarnar un proyecto nacional que encarne valores deseables en el imaginario social.

https://www.agenciapacourondo.com.ar/debates-urgentes/17-puntos-para-la-discusion-en-el-movimiento-nacional

🔍 Si querés profundizar en qué implica pensar el proyecto nacional, podés escuchar los episodios #152-155 y #161-171 del podcast Ideas en Jaque. Más del autor en: https://linktr.ee/santiago.liaudat 

CON LOS PERONISTAS, SE ACABABA “LA LECHE DE LA CLEMENCIA”

Por Mario Casalla

BUENOS AIRES (Especial para “Punto Uno”).

Cuando esta columna esté en sus manos amigo lector, faltarán exactamente cinco días para que tengan lugar las elecciones parlamentarias de legisladores nacionales. La polarización principal está dada, almomento, entre las listas de “Fuerza Patria” y “La Libertad Avanza” con las diversas colaterales que las circundan. En medio de una crisis económica inocultable, el actual oficialismo optó para resolverla recurrir al gobierno de los EEUU, embretando así al país en una posición que afecta gravemente nuestra soberanía nacional. El sincretismo Trump/Milei dio por resultado la injerencia directa de los norteamericanos en el gobierno de nuestro país, lo cual sorprendió a propios y extraños. Por esto me parece oportuno recurrir un poco a nuestra propia historia. Permítaseme recordar una fecha –también de octubre- en que el gobierno de facto surgido de la Revolución Cívico-Militar de septiembre de 1955, creó una curiosa _“Junta Consultiva Nacional_ ”.

Más precisamente fue el 28 de octubre de 1955 cuando, por decreto del gobierno de facto autodenominado “Revolución Libertadora”, se crea la Junta Consultiva Nacional como organismo asesor del entonces presidente, general Eduardo Lonardi. Fue puesta bajo la conducción del vicepresidente, almirante Isaac Francisco Rojas e inició sus sesiones el 10 de noviembre. Duró hasta el 1° de mayo de 1958, en que Arturo Frondizi asume la presidencia de la Nación. Estaba integrada por todos los partidos políticos, menos el peronismo y el comunismo. 

 *ADIOS A LOS TIBIOS* 

El acto del inicio de sesiones de la flamante Junta Consultiva fue impresionan-te. Un salón del Congreso Nacional abarrotado por más de trescientos invita-dos especiales, el célebre óleo de la Asamblea General Constituyente de 1853 presidiendo la ceremonia y la pequeña pero célebre figura del almirante Isaac Francisco Rojas quien, en uniforme de gala, monitoreaba para que todo saliese con la perfección y limpieza de una cubierta de buque recién baldeada. Es que era el héroe de las jornadas” heroicas” de septiembre, el que se había jugado a fondo contra el llamado Tirano Depuesto. Rojas como jefe de la flota de mar amenazó con bombardear los depósitos de gas y de petróleo costeros a la altura de Mar del Plata si hacía falta para que Perón renunciase; al que no le tembló la mano para mandar la Aviación Naval a bombardear la plaza de Mayo y matarlo si fuera posible. En fin el campeón visible del antiperonismo, ya enfrentado al “tibio” General Lonardi y a un Ejército en el que el peronismo seguía teniendo leales. Por suerte para él, el día anterior (9 de septiembre de 1955) el apriete al presidente había dado resultado y el general Arturo Osorio Arana –otro duro de ley- asumía el Ministerio de Ejército en reemplazo de Justo León Bengoa. Así el ala “gorila” del Ejército empezaba a triunfar sobre los denominados “nacionalistas” y el propio general Lonardi sería relevado del poder tres días más tarde para instalar allí a otro duro: el general Pedro E. Aramburu, al que tampoco le temblaría la mano para fusilar militares y civiles peronistas en el alzamiento del 9 de junio de 1956. Veintisiete fusilados por derecha en el patio de la Penitenciaria Nacional y en la Unidad Regional Lanús (entre ellos sus camaradas de armas Valle y Cogorno) y otro montón de civiles por izquierda en los basurales de José L. Suárez. Fusilamientos que esa Junta Consultiva Nacional convalidaría también sin chistar. Es que se había acabado la _“leche de la clemencia”_ y llegaba la hora de darles su merecido. El “espíritu de Mayo” que ya había triunfado sobre Rosas, volvía ahora para imponerse sobre Perón. Por eso la repetición por parte del general Lonardi de la consigna “Ni vencedores ni vencidos”, aquella con la que Urquiza entró a Buenos Aires les sonó tan mal como en su momento lo fue para Mitre o Sarmiento. ¡Habría vencedores, vencidos y escarmiento, a no dudarlo!

 *EL COMPONENTE CIVIL* 

Para eso estaban allí reunidos todos los partidos políticos que no habían colaborado con la Tiranía y bien pronto se enteraría el resto del pueblo que escuchaba la sesión por radio. Con la solemnidad del caso, fueron entrando al Congreso Nacional una a una las delegaciones de los seis partidos políticos que integrarían la flamante Junta Consultiva Nacional. Vale la pena recordar sus nombres. Por la Unión Cívica Radical pasaron a la mesa central, Oscar Alende, Juan Gauna, Oscar López Serrot y Miguel Ángel Zavala Ortiz (este último copiloto en uno de los aviones que bombardeó la Plaza de Mayo y posteriormente canciller en el gobierno del Dr Arturo Illia). Por el Partido Socialista se sentaron Alicia Moreau de Justo, Ramón Muñiz, Nicolás Repetto y Américo Ghioldi (a quién Perón desde su exilio llamaría bautizaría “Norteamérico” Ghioldi, el mismo que más tarde fuera embajador de la dictadura militar del ‘76). El Partido Demócrata Nacional (el viejo e histórico partido conservador) integró su delegación con José Aguirre Cámara, Rodolfo Coromina Segura, Adolfo Mugica y Reinaldo Pastor. Al flamante Partido Demócrata Cristiano se le asignaron dos representantes: Rodolfo Martínez y Manuel Ordóñez (reconociendo así su activa participación en los “comandos civiles” y la excomunión de Perón por parte de la Iglesia Católica). El Partido Demócrata Progresista también tuvo cuatro representantes: Juan José Díaz Arana, Luciano Molinas, Julio Argentino Noble y Horacio Thedy. Y la pequeña Unión Federal (nacionalista) sumó otro par: Enrique Arrioti y Horacio Storni. Realmente era un prejuicio inexplicable haber dejado afuera al Partido Comunista: su prédica antiperonista había sido tan valiente como la que más, por eso dicen que el enojo de don Vittorio Codovilla fue notorio. Además, habían caminado juntos en la coqueta plaza San Martín (durante la Marcha por la Libertad y la Democracia) y en 1945 habían aportado al acto del Luna Park (donde se proclamó la fórmula Tamborini-Mosca que competiría con la de Perón-Quijano) el retrato de Stalin, que acompaño desde el palco al de Roosevelt y Churchill. La exclusión del peronismo era acaso la única justificable, porque contra ellos era la cosa y sin medias tintas.

 *AL PERONISMO, NI JUSTICIA* 

La edición del diario socialista “La Epoca” del mismo día en que asumió la Junta Consultiva, lo decía bien clarito: “Vamos a hacer la Revolución Libertadora desde el gobierno, con el gobierno, sin el gobierno o contra el gobierno” (Luis Pandra). Y ya se sabe que quería decir para toda esa buena gente “hacer la revolución libertadora”: derrocar a Lonardi y sus tibios (tres días después); al mes siguiente, intervenir la CGT, derogar la legislación obrera y disolver el Partido Peronista; aprobar la derogación de la Constitución Nacional de 1949 por un simple decreto del Poder Ejecutivo (27 de abril de 1956); aprobar los fusilamientos de peronistas sin juicio previo, en la asonada del 9 de junio de 1956; intervenir las universidades nacionales y expulsar en masa a los profesores “adictos al régimen depuesto” (con el aplauso juvenil y democrático de la FUA y la FUBA, conducida por los mismos partidos que integraban la Junta Consultiva Nacional y repitiendo así el gesto que ya habían tenido en 1930, con la caída de Hipólito Yrigoyen). En fin, que los muchachos “consultivos” no se privaron de casi nada. ¿O acaso, no se había acabado la leche de la clemencia?

 *LOS CONSULTIVOS SALTEÑOS.* 

En Salta el gobierno nacional designa Interventor Federal al coronel Julio R. Lobo y éste confía la Secretaría General de la Gobernación a Holver Martínez Borelli y la Intendencia de la Capital a Carlos Saravia Cornejo. Seguidamente y siguiendo el ejemplo del gobierno nacional, el Cnl Lobo designa su propia Juan Consultiva, En representación del Radicalismo salteño asumen como Consultivos: Miguel Ramos, José María Saravia, Danilo Bonari y Bernardino Biella. El Partido Demócrata estará representado por Martín Orozco, Ernesto Teodoro Becker, Raúl Fiore Moulés y Ricardo Figueroa Linares; la Democracia Cristiana aportará a Agustín Pérez Alsina y Ramón Jorge. Sin embargo, el pueblo llano no se amilanaría fácilmente: en las elecciones de convencionales constituyentes para reformar otra vez la Constitución Nacional (28 de julio de 1957), el voto en blanco superó a todos los partidos políticos. Cuando se terminaron de contar, aparecieron 2.115.861 razones para seguir inquietos. Es que a pesar de haber instalado la asignatura “Educación Democrática” en las escuelas y ya depuesto el Tirano, las cabecitas negras se resistían a pensar en eso blanco. Porque como años más tarde escribiera don Leopoldo Marechal: “a veces las deposiciones no pasan del significado médico-fisiológico que tiene esa palabra”.

https://diariopuntouno.ar/dp1_21/index.php/opinion/6863-con-los-peronistas-se-acababa-la-leche-de-la-clemencia

Espectros de Perón

Por Juan Di Loreto*

1

Perón es sobre todo un fantasma para el peronismo. Un asedio de la memoria de los que hacen política. Es un fantasma para su propio nombre. Lo invoco para invocarme a mí mismo. Invocar, traer a la boca a Perón, al fantasma, al que administraba el movimiento que no tenía nombre al principio, como todo, porque las cosas nacen sin nombre, pero después viven de ese nombre.

Los nombres propios son un tema que el propio Perón pudo zanjar en vida. No había nombre para el movimiento cuando nació… trabajador, heterogéneo, socialista y sindicalista, un Frente Nacional… Justicialismo… Que sea Peronismo.

Cicatrizó las diferencias con un nombre, su nombre y es por eso, que es el nombre que se invoca, porque ya no está, para cicatrizar, para demarcar, para construir un firewall de qué es y qué no es un peronista.

 << “Perón es nada”, nos han dicho desde las interpretaciones de estos años. “Es populismo que articula demandas”, según la lectura de Laclau. El peronismo es un vacío, un significante, una cadena significante. Tanto creímos esa lectura que comenzamos a vivir un peronismo de giro lingüístico, casi posmoderno >> 

2

Juan Domingo Perón, nombre y pragmática. Es que, a diferencia de muchos políticos hoy, puede articular una convicción, unas ideas y una pragmática. Esto en las palabras de Perón sería lo siguiente: “Una doctrina sin teoría resulta incompleta; pero una doctrina y una teoría sin las formas para realizarlas, resultan inútiles”.

Vivimos tiempos de impotencia, se sabe, como tantos otros. Con políticos que son muy buenos en las prácticas de la política, pero cuyo proyecto es un borrador de un borrador de un borrador. O con ideas tan generales que resultan meros deseos al aire. Perón permite asomarnos a la cadena lógica de la política, pero también a la resolución de problemas. Dice Perón: “De manera que uno no ha cumplido el ciclo real e integral hasta que no haya conformado e inculcado una doctrina, hasta que no haya enseñado una teoría y hasta que no haya establecido las formas de cumplir una y otra”.

Los políticos se han olvidado de Perón porque se han olvidado de conducir y se han concentrado en el mandar. Conducir un movimiento es confundido con pegar cuatro gritos y tener una férrea convicción de qué hacer. No es tan fácil. El conductor es más un persuasor, un seductor, que con lo que tiene saca lo mejor de cada uno.

Porque la acción la corporiza un convencido por aquel conductor. Perón mismo pasó del orden de la guerra a la persuasión de la política. Como dice Horacio González: “la persuasión es una orden, pero una orden silenciada”. De allí que el peronismo y Perón perduró, porque reflexionó sobre “la orden”.

<< Invocar, traer a la boca a Perón, al fantasma, al que administraba el movimiento que no tenía nombre al principio, como todo, porque las cosas nacen sin nombre, pero después viven de ese nombre >>

Porque las órdenes tienen efectos sociales. Implican en el peronismo, un movimiento, una cadena, en fin, implica, como el mismo peronismo, un drama profundo. Perón y el peronismo implican un drama porque se vincula a una disputa, sin la disputa, sin la lucha social el peronismo no se explica. Es también, una pregunta dramática, sí, porque la respuesta es aceite entre agua, se dibuja, no puede dejarte indiferente, se nota, como el aceite te contamina las manos.

3

“Perón es nada”, nos han dicho desde las interpretaciones de estos años. “Es populismo que articula demandas”, según la lectura de Ernesto Laclau. El peronismo es un vacío, es un significante, una cadena significante. Tanto creímos esa lectura que comenzamos a vivir un peronismo de giro lingüístico, casi posmoderno. Un peronismo de papel, un tigre herbívoro encerrado en el anillo conocido como Área Metropolitana de Buenos Aires.

Tanto se invocó al peronismo que fue una forma de darle certificado de olvido. El de estos años ha sido un olvido de la doctrina y por tanto del lenguaje peronista. Como decía Althusser: no se comienza por creer, sino por persignarse. Con el peronismo pasa lo mismo. Si olvidamos sus formas, y su forma es un lenguaje de la acción, también olvidaremos su contenido.

“El lenguaje es la casa del Ser”, decía Heidegger. Dejar de lado el lenguaje peronista también un poco es dejar que sus ideas pierdan sentido. Si perdés el lenguaje, en un momento no le hablás a nadie. O peor: nadie te entiende.  

Invocar a Perón es invocar la crisis del peronismo del presente. Como decía Derrida a propósito de los espectros: “La conjuración es angustia desde el momento en que reclama la muerte para inventar lo vivo y hacer que viva lo nuevo, para hacer que venga a la presencia lo que todavía no ha estado ahí…”.

<< Los políticos se han olvidado de Perón porque se han olvidado de conducir y se han concentrado en el mandar >>

4

El problema de ser gobierno por muchos años es que te volvés perezoso. El poder da cierta sabiduría, una experiencia, pero le quita agilidad. Siendo un poco aristotélicos, le quita potencia. Volver a Perón en este momento es recuperar un poco de la fuerza que entrega el ser emergente. Volver a las palabras viejas del peronismo, esas palabras llenas de materialidad le pueden dar al peronismo la fuerza de la que carece hoy día. El peronismo no tiene que ser tribu, tiene que ser movimiento vivo

La deconstrucción de estos años fue una de la identidad peronista. El movimiento se salió de su propio centro hasta convertirse en un pastiche posmoderno sin trabajadores. Perdió la materia, lo duro, la producción, la relación fundamental de los hombres que es el trabajo por el consumo. El peronismo dominante de estos años nos entregó al imperio de lo efímero. Tal vez por eso un gobierno como el libertario parece borrar con el codo lo que el kirchnerismo escribió con la mano.

Más allá de los nombres, hay cierta necesidad de recuperar un peronismo que no sea progresista. Pero no porque el progresismo esté mal, si algo en política puede estarlo, o puede estarlo del todo, sino porque en estos años el core del peronismo se deshizo y se llenó de valores importantes, sí, pero no que hacían al peronismo. El peronismo siempre sumó, pero desde sí mismo, no desde otros.

Volver a Perón, a su nombre, es volver a delimitar el campo, a aclarar las ideas, a poner los puntos sobre las íes. Porque ya fue tarde, tardísimo, ya se perdió, se vino la noche. Ahora, es tiempo de la emergencia, de sumar y seguir para adelante, como lo que brota y no puede detenerse.

*Escritor y dibujante en la Revista Panamá.

Publicado originalmente en: https://panamarevista.com/espectros-de-peron/

La política de Córdoba ante el ocaso de tres impotencias (mileismo, schiarettismo y kirchnerismo)

Por Gustavo Terzaga*

Dentro del engranaje de la democracia liberal, ninguna instancia revela con tanta nitidez las verdades de una época como una elección. Durante meses pueden sostenerse discursos, encuestas o relatos demagógicos, pero cuando llega la noche del domingo electoral, sólo queda el veredicto de las urnas. El voto confirma o despoja a cada fuerza de su retórica y la enfrenta a su verdadera dimensión.

Milei perdió el invicto. El amplio triunfo del peronismo bonaerense el pasado 7 de septiembre de la mano de su gobernador Axel Kicillof, no sólo trastocó el tablero político a escala nacional, sino que dejó al desnudo la fragilidad estructural del gobierno nacional y derrumbó el mito cuidadosamente construido de un ajuste ejemplar, aceptado a conciencia por las propias víctimas. Falso. Esa ilusión, sostenida por la prédica de la austeridad redentora para salvar al país de las garras del peronismo y llevarlo a potencia mundial en 30 o 40 años, se desmoronó junto con la experiencia política libertaria, que en vez de orden y crecimiento produjo pura desolación: salarios pulverizados, jubilaciones reducidas a la miseria, consumo detenido, miles de pymes cerrando, obra pública paralizada, desguace del Estado social, entrega de recursos y empresas estratégicas, pobreza y desempleo en expansión. A la crisis social se agrega una política deshumanizada que privó de insumos al Garrahan, castigó con palos y gases a jubilados y privó de recursos a las familias con discapacidad. La corrosión moral completó el cuadro. Los escándalos de corrupción demolieron el discurso de la “anticasta”, revelando al mileísmo como una reedición grotesca del viejo régimen que pretendía destruir. Desde entonces, al gobierno sólo le quedó la opción de tercerizar su economía, su política, su agenda y su campaña a Washington. Prueba de que está agotado.

La deriva de la política liberal se comprende mejor desde la geopolítica

El anuncio del Tesoro norteamericano es un auxilio financiero pero también un gesto político de administración de expectativas como señal de “confianza” para ayudar al gobierno de Milei en el tramo previo a las elecciones, pero supeditado a un resultado positivo. Vale decir, Milei depende de EEUU y su ayuda depende del Peronismo. En otras palabras, o gana o muere. El anuncio de Donald Trump, al condicionar abiertamente el auxilio financiero de Estados Unidos a un triunfo electoral del oficialismo argentino, desató una reacción inmediata y nerviosa en los mercados. La declaración, que desnuda el carácter político —y no económico— del supuesto “rescate”, dejó en evidencia hasta qué punto la estabilidad del gobierno de Milei depende más de la voluntad de Washington que de la solidez de su propio programa.

Estados Unidos y su poder económico, militar y financiero sigue siendo inmenso, pero atraviesa un retroceso relativo frente a un orden internacional que ya no le obedece en exclusiva. Brasil, Rusia, India, Turquía y sobre todo China, disputan espacios que antes eran monopolio de Washington, y América Latina es uno de esos tableros donde la Casa Blanca intenta recomponer su influencia directa. Aunque la verbalización diplomática tenga ese descaro, la vieja idea del “patio trasero” ya no alcanza, los países de la región en la etapa globalista diversificaron socios, mercados y fuentes de crédito.

Javier Milei encarna esa función con celo humillante y servil. La decisión de Milei de retirar a la Argentina de los BRICS fue su primer gesto de alineamiento total con Estados Unidos e Israel, a la vez que un movimiento geopolíticamente imperdonable, que aisló al país del bloque emergente más dinámico del mundo. Su gobierno, prueba del desvarío estratégico en materia de política exterior, combina subordinación política a Washington y dependencia económica con China que invierte en áreas estratégicas de la Argentina, un doble vínculo que Estados Unidos busca romper imponiendo condiciones severas a cambio del salvataje: instalación de una base militar en Ushuaia, cesión de sectores estratégicos como el nuclear, prioridad a corporaciones estadounidenses en licitaciones y recursos naturales, y un régimen de patentes hecho a su medida. En esa operación, Milei no actúa como socio, sino como ejecutor local de un diseño externo, sostenido artificialmente por el financiamiento y la presión diplomática de una potencia que ya no domina sin resistencias, pero aún conserva la capacidad de dictar condiciones. El objetivo es doble, consolidar un enclave seguro de influencia norteamericana en la región y, al mismo tiempo, impedir el retorno del peronismo en 2027, bloqueando la posibilidad de que la Argentina vuelva a ensayar un proyecto de desarrollo autónomo y de integración soberana con América Latina.

El reciclaje del poder económico en clave agroexportadora

En la superficie, la de octubre es una elección parlamentaria de medio término; en la profundidad, se dirime algo mucho más decisivo. No se trata sólo de renovar bancas, sino de comenzar a delinear el mapa del poder hacia el 2027. La maniobra del establishment contempla la posibilidad de que esa cita electoral se convierta en un plebiscito encubierto sobre la continuidad del gobierno, una suerte de ensayo general de sucesión anticipada.

Desde 1955, la obsesión constante de la Argentina oligárquica ha sido borrar al peronismo de la historia nacional. Lo intentó con bombas, proscripciones, censura, carpetazos, tortura, desaparición y fusilamientos, sin lograrlo. Con el tiempo esa usina comprendió que no hacía falta aniquilarlo, sino domesticarlo, integrarlo al engranaje dócil de la democracia semicolonial, vaciarlo de contenido transformador y convertirlo en una pieza funcional del sistema demoliberal. Así, una parte del peronismo, desde Menem hasta nuestros días, dejó de ser un peligro para el establishment y pasó a ser una garantía de su continuidad. En ese sentido, Juan Schiaretti encarna con precisión quirúrgica esa operación histórica de esterilización del peronismo. No es su negador, sino su domesticador interno. Representa la versión “civilizada” del movimiento nacional, despojada por completo de su filo transformador y adaptada al molde de una república semicolonial que exige previsibilidad para los mercados antes que justicia social para su gente.

Revestido de compostura institucional y apelaciones a la “moderación”, de esa operación surge el llamado “Frente Provincias Unidas», presentado como una alternativa de renovación “razonable” al cráter que va dejando el experimento libertario. Su base social es la misma de siempre, los grandes intereses de los polos agroexportadores del Litoral y de Córdoba, articulados en torno a una visión extractivista de la economía y un federalismo de conveniencia armónica que nunca trasciende el perímetro de los intereses del puerto. En esa lógica, aunque se llenen la boca con “la producción”, toda política industrial aparece como herejía y toda distribución de la riqueza como afrenta. Esto no es una conjetura ni una adivinación, la conducta legislativa de sus referentes, como antecedente inmediato, los delata. Todos ellos votaron la Ley Bases, las facultades delegadas, el paquete fiscal regresivo, el restablecimiento del impuesto a las ganancias sobre los asalariados y guardaron silencio cómplice ante el acuerdo con el FMI. Especulando con la herida, le dieron la navaja al mono.

Su programa es la continuidad del que aplicaron Martínez de Hoz, Menem, Macri y ahora Milei. Una sostenida transferencia de riqueza desde el esfuerzo del trabajo hacia los núcleos más concentrados del capital financiero, la burguesía parasitaria y el complejo agroexportador. Bajo el ropaje de la moderación, se disimula un mismo esquema regresivo, el que invoca la necesidad de “superar la grieta” para imponer un consenso conservador. Nada hay de novedoso en ese elenco. Representan un regionalismo demagógico de buenos modales que preserva intactas las causas del estancamiento nacional.

El escenario político cordobés

En las elecciones legislativas nacionales del 26 de octubre, Córdoba renovará nueve bancas en la Cámara de Diputados de la Nación, parte del recambio de 127 escaños que integran el cuerpo de 257. Si bien no se eligen senadores, el comicio adquiere una dimensión política significativa; definirá el equilibrio de fuerzas en el Congreso y pondrá a prueba el liderazgo de las principales corrientes provinciales, con efectos directos y disímiles sobre la gobernabilidad y el rumbo político del país. En disputa estarán tres bancas de la UCR, tres de Encuentro Federal, dos del PRO y una de Unión por la Patria, lo que convierte a esta elección en un capítulo atractivo del mapa político nacional y del futuro inmediato de la política cordobesa.

Natalia De la Sota, al frente del nuevo espacio Defendamos Córdoba, busca renovar su mandato como diputada nacional, cargo que ejerce desde el año 2021. Con trayectoria en el Concejo Deliberante y la Legislatura provincial, enfrenta su tercera elección consecutiva en un contexto redefinido, donde su figura irrumpe por fuera de los dos polos que dominaron la escena peronista en las últimas décadas: el cordobesismo, agotándose en su pragmatismo funcional a los gobiernos liberales y opositor a los nacionales, y el kirchnerismo local, estancado en su verticalismo sectario y su desconexión con la realidad provincial.

De la Sota se ubica así como una tercera vía dentro del peronismo cordobés, disputando votos a ambos espacios, canalizando los márgenes de desencanto con la vieja estructura schiarettista y, a la vez, atrayendo a sectores progresistas decepcionados con la repetición infructuosa del espacio kirchnerista.

Más allá de adhesiones, expectativas o legítimas reservas, su candidatura introduce una novedad política porque rompe con dos deformaciones que empobrecieron al campo nacional en Córdoba. El kirchnerismo terminó convertido en una estructura cerrada sobre sí misma; allí, la devoción a Cristina reemplazó la práctica política. Su relato militante, más allá del “Nada sin Cristina”, se construyó sobre la infantilización del pueblo y la negación del error propio: cada derrota fue culpa del electorado —“globoludos”, “desagradecidos”, “derechizados”, “genios del voto”, “libertos”—, nunca de una conducción que perdió contacto con las mayorías y confunde liderazgo con infalibilidad. Esa falta de autocrítica y su desconexión con la realidad social provincial explican buena parte de su declive. Por otro lado, el cordobesismo donde, a grandes rasgos, su signo de identidad es ser representante político de los intereses de la Fundación Mediterránea, socio complaciente de Macri y Milei en Buenos Aires y opositor de utilería en su provincia.

En ese doble resquebrajamiento, la apuesta de De la Sota combina dos gestos; frenar en el Congreso la maquinaria del ajuste y la entrega de Milei, y abrir en Córdoba el debate que el peronismo evitó por años: cómo recuperar su vocación de mayoría y volver a hablarle al pueblo con la lengua de sus causas históricas. Se verá.

Números e hipótesis

Más allá de los sondeos —que muestran un tablero competitivo entre Schiaretti y el libertario Roca, con De la Sota en un tercer puesto—, si el resultado de octubre arroja una diferencia estrecha entre Schiaretti y Natalia (menos de diez puntos), el impacto puede que exceda la distribución de bancas. Un resultado relativamente parejo desbarataría la narrativa de hegemonía que el cordobesismo necesita para proyectarse como punta de garante de gobernabilidad ante los mercados, el establishment, los gobernadores aliados y Washington.

Schiaretti quedaría debilitado para presentarse como referente “moderado” a nivel nacional, y con ello también se resentiría la proyección presidencial de Llaryora hacia 2027, que depende del mito de una Córdoba inequívoca, ordenada y previsible.

Por el contrario, Natalia, aun sin imponerse, emergería como expresión de un peronismo alternativo sin aparato pero con gente, capaz de disputar representación real. La sangría en las bases del cordobesismo sería inevitable; una elección pareja achicaría la estatura política de Schiaretti en el ocaso de su carrera y abriría un nuevo mapa provincial.

En Córdoba, más allá de lo que el aparato tiene para dar, militar a Schiaretti es una tarea decididamente aburrida. En contraste, Natalia se apartó de inmediato de quienes acompañaron la Ley Bases y las principales iniciativas regresivas del mileísmo. Fue una de las pocas dirigentes que denunció, sin ambigüedades, el carácter antisocial, antinacional y antiproductivo del programa económico del gobierno. Hoy, a su lado, se agrupan trabajadores, docentes, universitarios, investigadores, personal de la salud y del ámbito de la discapacidad, conformando un espacio amplio que expresa el descontento social con lucidez y dignidad. Natalia acertó en su lectura política y en su construcción territorial, sumando a su lista dirigentes gremiales y sociales que encarnan la resistencia concreta al ajuste de Milei.

Un último dato del recorrido de su campaña. La presencia de Natalia De la Sota en la sede de la UOM Río Cuarto, respaldada por todo el secretariado y con la secretaria general de ATSA como tercera candidata en su lista, trasciende el gesto simbólico; es una definición política. El gremialismo pesado de Córdoba, Río Cuarto y Villa María decidió tomar posición, alineándose abiertamente contra Schiaretti y La Libertad Avanza. Allí donde el cordobesismo pretendía sostener su hegemonía con un doble discurso como única opción, el movimiento obrero organizado marca territorio y advierte que, en medio de la devastación social, no habrá espacio para el ajuste inhumano ni para quienes lo avalaron desde Buenos Aires.

Epílogo

La figura de Natalia De la Sota irrumpe en un escenario de agotamiento político múltiple; el de un cordobesismo que, desde los tiempos de Macri hasta Milei, fue sostén dócil de cada retroceso nacional; el de un kirchnerismo replegado sobre su propio ombligo, incapaz de mirar más allá de su círculo; y el de un gobierno nacional que se desmorona bajo el peso de un experimento sin alma. En medio de este cuadro general, su aparición adquiere el valor de un síntoma; el intento, aún incipiente, de reconstruir sentido político en una provincia que parece haberlo extraviado.

Integrar nuevamente al peronismo cordobés al proyecto nacional es una cuestión de construcción y destino político. Esa integración, además, permitiría cerrar una herida estratégica, la de evitar que el “peronismo” cordobesista siga funcionando como bisagra electoral del liberalismo. Cada vez que Córdoba se desentiende del proyecto nacional, esos diez puntos decisivos que restan terminan definiendo elecciones en favor de gobiernos antinacionales. Como vemos, integrar al peronismo cordobés al movimiento nacional no es sólo una cuestión de unidad, sino de supervivencia histórica. Significa devolverle a Córdoba su lugar en la arquitectura del movimiento, romper con el aislamiento funcional y reconectar con la causa histórica que dio origen al justicialismo. Sin esa integración real —no formal ni declamativa—, nuestra Provincia seguirá siendo una república sin Nación. Se verá; pero hoy, por todo lo mencionado, bien vale darle oxígeno a esa posibilidad.

Pero ese desafío excede a una dirigente; es, más bien, la tarea de una generación que deberá volver a pensar la Nación desde su pueblo, sin tutelas ni dogmas, con la certeza de que no hay destino provincial posible en un país fragmentado. Porque, en última instancia, defender Córdoba sólo tiene sentido si se inscribe en la empresa mayor de reconstruir la Argentina.

*Por Gustavo Matías Terzaga. Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

La era de la boludez

Por Mariano Valdéz*

Individuos perdidos en una nebulosa de ego que considera que su lucha es más importante, relevante y urgente que todas las luchas.

10 de diciembre 2023. Alberto Fernández le entrega la banda y el bastón presidenciales a Javier Milei, Cristina le habla al oído. Una imagen que quedará grabada en la memoria de todos.

Para algunos, una especie de estampita en forma de esperanza, cristalizada en una idea que han sabido tener, o tienen, de un destino de país con el que sueñan.

Para otros, la simbolización de la penuria, que deja conocer el destino triste hacia el que se conduce la Patria. Algo así como saber que el titanic va en línea recta hacia un iceberg.

Para algunos otros, nosotros, la representación gráfica de hacia dónde han conducido al país los arquitectos de una lógica política que dejó de hablarle a su principal parte interesada: el pueblo.

Lejos de ser un hecho aislado, la llegada de Javier Milei al poder no fue más que la continuación de un trabajo estratégico del poder dominante de turno para ocupar uno de los países clave, históricamente, de la periferia del imperialismo. 

Subido a un aparato que se le fue desarmando al andar, tuvo como principal combustible el odio, la desesperanza y la repulsión de la gente hacia un sistema que ha incumplido continuamente las promesas hechas. Quien crea que el odio viene de otro lado que no sea ese, déjeme adelantarle que está equivocado. No dejan de ser personas, como bien describió Ludmila Chalón con anterioridad, que por H o por B, no han sido contenidos en otros lugares.

Lo más probable es que esa falta de contención provenga de las fallas propias del sistema liberal que habitamos, o de los sectarismos propios de los espacios «de resistencia» que se han ido formando a lo largo del tiempo. En última instancia, con sus salvadas diferencias, al igual que una persona en situación de calle, son personas que no hemos logrado abrazar con las lógicas que habitamos hasta, al menos, el pasado 10 de diciembre de 2023.

¿Qué nos pasó? ¿Qué hicimos mal? Nosotros, nada. Al menos como individuos, o como fracciones de un colectivo mayor. No debemos asumir la culpa en términos personales.

Parte de la lógica del sistema que habitamos y que termina, en última instancia, entregando el poder a estos personajes nefastos con aspiraciones de cantaniño, tiene que ver con la individualización y la sectorización de la sociedad y sus discusiones, el narcisismo de masas fogoneado por izquierda y por derecha por discusiones varias, y la lógica mesiánica de los espacios políticos.

En todos los casos, por más que nos autoflagelemos, hemos respondido a un orden mayor que se nos ha impuesto a base de una búsqueda inexistente e imposible de construir con aquello, y con aquellos, que coincide en un 100% de nuestros principios, valores o creencias.

El resultado es una pérdida total de los ejes verticales ordenadores de la vida, e individuos perdidos en una nebulosa de ego que considera que su lucha es más importante, relevante y urgente que todas las luchas, dejando de lado una base de valores, cristianos si se quisiera, que lograban una mancomunión entre los parecidos (que no es lo mismo que los iguales). Todos hemos asistido a la mesa de alguien, al menos en el pasado reciente, que ha tratado de idiotas a quienes se meten a las fuerzas de seguridad buscando un sueldo realmente decente, como si fuera un crimen querer tener un mejor pasar.

Desde las manzaneras de los ’90, que ponían su casa como símbolo de solidaridad con el barrio, hasta los curas villeros, que dan su vida a una causa superior, podemos encontrar gente que tiene dos principales características destacables y necesarias para salir de la era de la boludez que habitamos: la solidaridad con los otros aunque sean diferentes a uno, y la ausencia de narcisismo o ego.

En contrapunto, hoy contamos con sus versiones 2.0 que tienen características completamente opuestas: los punteros políticos y las iglesias evangelistas. Ambos sujetos caracterizados por ver a quienes precisan de ayuda, solidaridad, abrazo, abrigo, como sujetos consumidores y aportantes, ya sea para nutrirse de su esfuerzo directo, o para sostenerlos en su realidad como moneda de intercambio para ascender socialmente. Ambos, a su vez, surgen de las lógicas propias del sistema de promesas incumplidas que habitamos y no ha sabido abrigar a quienes se han caído del mapa de la inserción social en cualquiera de sus aristas que se quieran ver.

Mientras escribo estas líneas, suena de fondo Agarrate Catalina, su Manifiesto de la media verdad para ser preciso, y se me hace incontenible un lagrimón al son de «quiero estar en la mitad del mundo que se juega el cuero por el otro medio mundo» y recordar a los inmensos compañeros, principalmente, que han quedado en el camino producto del agotamiento que la propia lógica de la partidocracia política ha ido agotando, así como a aquellos que se encuentran, inconscientemente en muchos casos, en lógicas que solo potencian la infelicidad, la depresión y la frustración, cuando te ponen enfrente objetivos que deberías alcanzar por tus propios medios sin decirte que hoy, muchos, son inalcanzables sin ayuda, y sin decirnos que la única verdad de este sistema es que busca más consumidores a base de separaciones absurdas.

Lo han logrado, eso es innegable. Hoy existen, en la sociedad, separaciones que para muchos hasta resultan impensables por lógica pura. Solo por poner un ejemplo, tanto como existen los peronistas proaborto, abolicionistas, proiglesia, existen los peronistas antiaborto, proprostitucion, antiiglesia. Y todos esos sectores tienen, aunque resulte impensable para algunos, la misma posibilidad y derecho de existir y ser representados.

La gran discusión de eso es que, esas separaciones, guste o no, terminan siendo funcionales a un sistema que las instala desde una lógica liberal con el mero fin de fragmentar la sociedad y lograr así caos, lo que resulta más controlable para ellos.

La respuesta no deja de ser la organización, la comunión, el orden como respuesta a los ingenieros del caos. Y eso se logra con introspección y la cuota de resignación justa que permita construir con otros aunque coincidan con nuestro sistema de valores en un 95 y no en un 100%, siempre y cuando la fracción de coincidencia contenga los verdaderos no negociables de la discusión.

Al fin y al cabo, el resto se acomoda cuando la carreta anda pues conducir es persuadir, y no hay mayor persuasión que discutir y trabajar los temas claves, lo realmente importante, y dejar las discusiones de panzallena para cuando no haya hambre entre nuestros compatriotas. 

La comida no deja de ser el combustible para que la gente se permita pensar otros temas, que terminan siendo secundarios cuando la preocupación real está enfocada en que haya algo en la mesa al final del día. Y, si no podemos empatizar con el orden de prioridades del común de la gente, realmente estamos perdidos como sociedad. Obedeciendo al gran Scalabrini Ortiz, cuando dijo que “las minúsculas discrepancias individuales son el aderezo de la concordancia general”.

Una vez más, caminar con las defensas ligeramente replegadas y buscar un símbolo de paz, es la tarea que nos debemos como argentinos. Una gran mancomunión que se ordene bajo el lineamiento principal de saldar las necesidades básicas primero, para que todos estemos en las mismas condiciones materiales, con el estómago lleno, y la posibilidad de dedicar carga mental y tiempo a repensarnos en otros términos, alejados del síndrome de la indefensión aprendida.

Armados de esta lógica, recuperando el colectivo real que se ha perdido, abandonando la obediencia debida sin sentido, la lógica mesiánica, y la orgánica que no admite crítica, podremos hacer frente a quienes operan fomentando el enfoque individual de la gente, para quienes somos meros consumidores, que buscan que nos dispersemos y nos enfoquemos en aquello que nos aleja y no en aquello que nos acerca.

Nos debemos, en última instancia, un gran abrazo de contención, pero en términos simbólicos. Como a uno lo ha abrazado la mesa larga el domingo en lo del abuelo, las noches de pelis en familia, o ese amigo que se presenta en el momento justo para sumarte a alguna actividad y te saca del ensimismamiento disfrazado de introspección en que hemos entrado y que precisamos urgentemente abandonar.

Haga patria, abrace al de al lado.

*Extraído de elaluvion.com

Blog de WordPress.com.

Subir ↑