Consideraciones sobre la angustia, la rabia y la potencia

Por Antonio Montagna

En la Argentina actual, donde el Estado mínimo se ha convertido en la “tabla de salvación” de la “gente de bien” después de años de desilusión y fracaso, y las planillas de cálculo dictan sentencias de exclusión; en esta Argentina donde la justicia social se ha convertido en una aberración según el ideario gobernante, las cifras de despidos en el sector público (más de 60.000 bajas desde que asumió el gobierno) y la informalidad creciente no son meros datos macroeconómicos. Son grietas en la biografía de miles. Cuando la “motosierra” corta no solo un contrato, sino un modo de vida, la política tradicional enmudece. Comprender qué sucede cuando nos quedamos a la intemperie, y cómo es posible responder cuando el 50% de la economía es informal no es tarea fácil, a veces nos invade una angustia paralizante que debilita nuestras fuerzas vitales. Pero detenerse y bajar los brazos es renunciar al futuro, y a eso jamás hay que renunciar. La vida es lucha, y un alto en el camino solo se permite si es para tomar envión, sino es caer derrotado.

I -La ruptura del mundo: El diagnóstico de Heidegger

Pensemos en Marcelo (52 años), un profesional que ha trabajado veinte años en el Ministerio de Desarrollo Social. Su identidad estaba fusionada con su función: él era el Estado presente. Su tarea contribuía a mejorar la calidad de vida en barrios populares. Pero tras la llegada de la administración Milei, su área fue degradada y su contrato rescindido.

Marcelo no solo pierde un sueldo. Martin Heidegger, en su obra cumbre Ser y Tiempo (Sein und Zeit ), nos permite ver la profundidad de su herida.

El ser humano, o Dasein, vive inmerso en una “totalidad de útiles”.

“Nosotros llamaremos al ente que comparece en la ocupación el útil [Zeug]…Es necesario determinar el modo de ser de los útiles, y esto habrá de hacerse tomando como hilo conductor la previa delimitación de lo que hace del útil un útil, de su “pragmaticidad” [Zeughaftigkeit]…Un útil no “es”, en rigor, jamás. Al ser del útil le pertenece siempre y cada vez un todo de útiles [Zeugganzes], en el que el útil puede ser el útil que él es.”[1]

Heidegger nos explica que nuestra relación con el mundo es de “estar a la mano”. Es decir, cuando las cosas funcionan tan bien se vuelven invisibles y se convierten en parte de nosotros. “Estar a la mano” significa que el objeto no nos estorba. No está “ahí enfrente” como un obstáculo, sino que fluye con nosotros. Es útil, dócil y silencioso. Somos uno con la herramienta.

Vivimos la mayor parte de nuestra vida en este estado. Confiamos en el mundo. El suelo nos sostiene (y no lo miramos), la silla nos aguanta (y no la revisamos antes de sentarnos), el aire entra en los pulmones.

El mundo, cuando funciona, es transparente. Las cosas están “a la mano” porque están listas para ser usadas sin que tengamos que pensar en ellas.

“El modo de ser del útil en que éste se manifiesta desde él mismo, lo llamamos el estar a la mano [Zuhandenheit]. Sólo porque el útil tiene este “ser-en-si” y no se limita a encontrarse ahí delante, es disponible y “manejable”, en el más amplio sentido”.[2]

El expediente, el escritorio, la computadora, el teléfono que utilizaba para llamar al referente de un barrio y la credencial no eran objetos: eran la red de significados que sostenía la realidad de Marcelo. Al ser despedido, esa red se rompe. El edificio del ministerio deja de ser un “lugar de trabajo” y se vuelve una masa de hormigón hostil, presente ante los ojos pero cerrada a su existencia.

Peor aún, Marcelo sufre la crisis del “Uno” (Das Man), ese guion invisible que todos seguimos sin darnos cuenta para sentirnos seguros. Es esa voz anónima que dicta “lo que se hace”, “lo que se dice” y “lo que se piensa”: uno se viste así, uno saluda así, y fundamentalmente, “uno trabaja”. Mientras “formamos parte”, vivimos tranquilos y nos dejamos llevar por la corriente de la normalidad.

“Gozamos y nos divertimos como se goza; leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y se juzga; pero también nos apartamos del ‘montón’ como se debe hacer; encontramos ‘irritante’ lo que se debe encontrar irritante. El ‘uno’, que no es nadie determinado y que son todos (pero no como suma de ellos), prescribe el modo de ser de la cotidianidad”.[3]

Pero resulta que Marcelo ya no “forma parte” y el discurso social dominante ahora lo etiqueta como un “gasto” que se ahorra en el Estado para que se viva mejor. Ahora es la “casta” que se pagaba con los impuestos. El “Uno”, que antes validaba su labor, ahora lo señala y lo acusa. Esto precipita a Marcelo en la “Angustia”.

Pero esta Angustia no es Miedo, sensaciones que parecen iguales pero que son opuestas.

El Miedo siempre tiene cara y apellido. Marcelo tiene miedo de que llegue la factura de luz y no poder pagarla. Tiene miedo de que sus hijos le pidan zapatillas nuevas. El miedo es concreto: es como ver un perro rabioso enfrente; sabes que tenés que escapar.

Pero la Angustia es otra cosa. Es lo que siente Marcelo un lunes temprano tomando unos mates con la casa en silencio. No hay facturas sobre la mesa, no hay nadie gritando. Todo está tranquilo. Y sin embargo, siente que el suelo desaparece bajo sus pies.

La Angustia es esa sensación repentina de extrañeza total. Marcelo mira su cocina donde habitualmente desayuna y le parece un decorado de cine ajeno. Mira sus manos y no sabe bien para qué sirven ahora que no tiene que sacar su credencial ni escribir informes. No está angustiado por “algo” (como el dinero); está angustiado por la nada.

Es la sensación de vértigo absoluto de quien se da cuenta de que el guion de su vida se borró. El mundo sigue ahí, los árboles siguen ahí, pero han perdido el sentido. Ya nada le indica qué hacer. Esa niebla que hace que todo dé lo mismo, ese silencio ensordecedor que te grita “¿y ahora quién eres?”, eso es la Angustia.

“En la angustia uno se siente “desazonado”…La familiaridad cotidiana se derrumba. El Dasein queda aislado, pero aislado en cuanto estar-en-el-mundo. El estar-en cobra “modo” existencial del no-estar-en-casa [Un-zuhause]. Es lo que se quiere decir al hablar de “desazón” [Unheimlichkeit]”.[4]

Literalmente, Unheimlich significa terrible, pero etimológicamente quiere decir: “que no tiene hogar”. Lo terrible de la angustia de Marcelo es que está fuera de todo lugar, no tiene morada, no tiene donde estar. Para el despedido, el país mismo se vuelve un lugar extraño. La desocupación aquí es la experiencia radical de la nada: el Estado se retira, y el Dasein queda suspendido en el vacío.

II. La provocación nietzscheana: El fin de la domesticación

Sin embargo, si somos capaces de sostener la mirada en ese abismo sin pestañear, aparece una segunda lectura, menos lúgubre y mucho más provocadora. Justo allí, en esa inactividad que angustia a Marcelo, Friedrich Nietzsche vería una oportunidad feroz.

En su obra Aurora[5], Nietzsche lanza una sospecha incómoda contra los “apologistas del trabajo”. El filósofo define al trabajo incesante y rutinario como “la mejor policía”. Su función oculta, dice, es mantener a la gente con el “collar puesto”, consumiendo toda su energía nerviosa en la fatiga diaria para que no les quede fuerza ni tiempo para pensar, para soñar o para preocuparse por sí mismo.

Bajo esta luz, la angustia de Marcelo adquiere otro matiz. Ese “vértigo” que siente no es solo por la falta de dinero; es el síndrome de abstinencia de quien ha dejado de estar vigilado. El sistema de “policía social” que lo mantenía dócil y cansado —demasiado agotado para cuestionar su vida— ha desaparecido de golpe. Las cadenas invisibles de la fatiga se han roto. Lo que Marcelo experimenta como una caída es, en la brutal óptica nietzscheana, el despertar de una libertad peligrosa: la de un animal al que, repentinamente, le han abierto la jaula.

Es aquí donde los caminos se bifurcan y el desamparo puede ser un combustible. Pensemos en Sofía (30 años), ex contratada de una secretaría desguazada. Al recibir la noticia, no se hunde en la cama; siente que la sangre le hierve. En lugar de depresión, lo que la inunda es una rabia lúcida. Sin saberlo, Sofía está protagonizando en tiempo real lo que Nietzsche narró como “De las tres transformaciones” en la Primera Parte de Así habló Zaratustra[6].

Hasta ayer, Sofía era el Camello. Soportaba la carga: la incertidumbre de un contrato que demoraba en firmarse, la farsa de un SEP para garantizar su saber, la burocracia kafkiana y el pesado “Tú debes” institucional, arrodillada ante la promesa de una estabilidad que nunca llegó. Pero el despido brutal funciona como un reactivo químico. Es el momento de la metamorfosis en León. El León es el espíritu que conquista su libertad, el que se atreve a rugir un “Yo quiero” frente al gran dragón de los valores establecidos. Sofía ya no pide permiso; la expulsión del sistema la ha liberado de la obediencia debida.

Sin embargo, quedarse en la furia del León no basta (la pura queja política es estéril). El desafío final de Sofía es avanzar hacia el Niño: “inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí misma”. Su tarea no es añorar el puesto perdido, sino inventar un juego nuevo donde ella ponga las reglas. Su apuesta es a crear.

Esto exige una disposición anímica radical que Nietzsche llama Amor Fati (Amor del destino), concepto central de La Gaya Ciencia[7]. No se trata de la resignación pasiva del estoico (”soporto el ajuste porque no queda otra”), sino de una aceptación activa y voraz. Es mirar el caos de la economía y decir: “Así lo quise”. Es utilizar la energía del derrumbe no para reconstruir las ruinas, sino para esculpir una vida nueva bajo la consigna de: “¡vivir peligrosamente! ¡Construid vuestras ciudades sobre el Vesubio! ¡Enviad vuestros navíos hacia mares no explorados! ¡Vivid en guerra con vuestros pares y con vosotros mismos! ¡Sed bandidos y conquistadores mientras no podáis ser dominadores y poseedores, hombres del conocimiento!…”[8]

III. El límite de la individualidad

La metamorfosis existencial, esta “libertad peligrosa” del León que se libera del Camello, es la verdadera potencia que nace de la ruina. Pero el pensador siempre debe preguntar: ¿dónde ocurre este devenir? Este cambio de piel no sucede en la calma de un monasterio, sino en la intemperie económica, donde la única red de contención ha sido cortada.

Aquí radica un problema insalvable en la receta nietzscheana tradicional si se aplica ingenuamente. Sofía no vive en la montaña de Zaratustra, sino en un conurbano donde la política institucional agoniza y la precariedad es la norma. La libertad que descubre el despedido, cuando no está sostenida por una comunidad, es simplemente abandono estatal.

Pedirle a un desocupado que se “reinvente” individualmente en un mercado devastado es, a menudo, una crueldad neoliberal disfrazada de filosofía. El “Nihilismo Activo” individual es imposible si el tejido social está roto. La individualidad radical, en la Argentina de la crisis, no es el Übermensch (superhombre) nietzscheano; es solo una presa fácil en el desierto.

Es justo ante este muro de realidad donde la filosofía del “salto solitario” muestra su fractura. Para no caer en la hipocresía de exigir heroísmo a quien no tiene para comer, debemos realizar un repliegue táctico en estas líneas. Debemos volver a Heidegger, pero no al que nos dejó angustiados como aquél “que no tiene hogar”, sino a uno que a menudo olvidamos leer y que tiene la clave política para este momento.

IV. Conclusión: Politizar la intemperie

En el mismo Capítulo IV de Ser y Tiempo, específicamente en el §26[9], Heidegger desmantela la ilusión del “salvarse solo”. Nos dice que el Dasein no es un sujeto aislado que después decide juntarse con otros. Por el contrario, nuestra estructura fundamental es el Mitsein (coestar). Antes de decir “Yo”, ya estamos diciendo “Nosotros”. No existimos solos; existimos con otros, para otros o contra otros, pero nunca sin ellos.

Si la “política” de arriba (la institucional) ha muerto y el “mercado” (la salida individual) nos expulsa, lo único que queda en pie es este coestar originario. La verdadera reconversión en tiempos de intemperie no es técnica ni económica, es vincular. Cuando Sofía descubre que su rugido de león solitario se pierde en el ruido del conurbano, comprende que la única forma de que ese rugido se escuche es volviéndolo un grito colectivo.

En tiempos de derrumbe y fragmentación, la salida no es volverse un emprendedor de sí mismo (el León solitario), sino construir una comunidad de destino.

Pero antes de llegar al final, debemos detenernos en una palabra que suele causar confusión: el Cuidado (o la Cura, que en alemán Heidegger llama Sorge).[10]

Para el lector desprevenido, ‘Cuidado’ suena a enfermería, a una madre protegiendo a su hijo o a un médico atendiendo un paciente. En Heidegger, el concepto es mucho más áspero y radical.

Imaginemos una piedra en el camino. La piedra simplemente ‘está’. No le preocupa si va a llover, no tiene planes para mañana, no tiene miedo de romperse. La piedra carece de mundo. Ahora pensemos en Marcelo o Sofía. Ellos no pueden simplemente ‘estar’. Tienen que pagar el alquiler, tienen que decidir qué comer, tienen que anticipar el futuro.

El Cuidado es el nombre que Heidegger le da a esa inquietud estructural. Significa que la vida humana es una carga que hay que sostener todo el tiempo. Vivir es tener que ocuparse de la propia vida, porque la vida no se hace sola. Siempre estamos ‘pre-ocupados’, lanzados hacia adelante, tratando de asegurar nuestra existencia.

La nota del traductor del texto que estamos trabajando en estos párrafos dice así: “El cuidado debe ser entendido en este contexto en el sentido del conjunto de disposiciones que constituyen el existir humano: un cierto mirar hacia delante, un atenerse a la situación en que ya se está, un habérselas con los entes en medio de los cuales uno se encuentra. En efecto, cuando se hace algo con “cuidado” se está vuelto hacia lo que viene en el futuro inmediato, hacia lo que hay que hacer; pero, a la vez, se está arraigado en la concretísima situación en la que ya nos movemos en cada caso. Además, en estas dos disposiciones se está en contacto con las cosas en medio de las cuales nos encontramos.”[11]

El drama del desocupado es que esa maquinaria del Cuidado —ese motor interno que nos obliga a hacer cosas— sigue funcionando a toda velocidad, pero se le ha quitado el engranaje. Marcelo sigue teniendo la necesidad ontológica de ‘ocuparse’ (de proyectarse al futuro), pero el mercado le ha quitado la herramienta (el trabajo) para hacerlo. Su motor gira en el vacío, y eso es lo que quema.

Por eso, si ese motor del Cuidado no puede empujar el carro del empleo formal, debemos conectarlo urgentemente a otro vehículo —el colectivo— para que no reviente el motor.

Si el Cuidado ya no puede aplicarse al trabajo asalariado, debe desplazarse hacia el Mitsein (coestar): el cuidado mutuo en la red barrial, en la economía popular, en la cooperativa, en la olla común.

El nihilismo activo hoy es mirar la precariedad a la cara y decir: “Este desierto es nuestro. No vamos a perecer en él solos, vamos a organizarlo juntos”. La reconversión también es existencial: es entender que la seguridad del siglo XX ha muerto, y que la única forma de habitar el peligro sin ser devorados es transformando la angustia solitaria en potencia colectiva.

[1] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 90

[2] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 91

[3] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 146

[4] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 207

[5] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen III – Aurora. Libro III §173.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.580

[6] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen IV – Aurora. Así habló Zaratustra.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.83-84

[7] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen III – La gaya ciencia.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.829

[8] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen III – La gaya ciencia.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.832

[9] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 139

[10] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 209-214

[11] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 479

VIDA DE COUNTRY, RETÓRICA DE BARRICADA. APUNTES SOBRE LA CASTA MILITANTE DE LA “DÉCADA GANADA”

Por Bruno Carpinetti

Hay contradicciones que la política puede tolerar y otras que la corroen desde adentro. Entre estas últimas, pocas resultan tan devastadoras como la distancia sostenida entre lo que se dice y la forma en que se vive. No se trata de una cuestión moral en sentido estricto, sino de una experiencia sensible: el momento en que el cuerpo del dirigente deja de habitar el mismo mundo que el cuerpo de quienes dice representar.

En la Argentina reciente, esa fisura adquirió una densidad particular durante el ciclo conocido como la “Década Ganada”. Un proyecto que emergió como respuesta a la crisis de representación de 2001 terminó, con el paso del tiempo, por producir una nueva élite estatal, legitimada por un lenguaje nacional-popular, pero crecientemente encapsulada en formas de vida ajenas a la intemperie social que le dio origen.

El problema no fue —como suele simplificarse— la traición de ideales, sino algo más sutil y, por eso mismo, más persistente: la normalización de una disociación.

De la intemperie al despacho

Para una generación que se politizó en la resistencia al neoliberalismo de los años noventa, el estallido de diciembre de 2001 no fue solo un evento histórico: fue una experiencia formativa decisiva. Asambleas barriales, piquetes, horizontalidad, desconfianza radical hacia la política profesional. La militancia, entonces, no prometía carrera ni estabilidad; prometía desgaste, exposición y precariedad compartida.

Néstor Kirchner comprendió que esa energía no podía permanecer en estado salvaje y ofreció una traducción institucional de la rebeldía: el Estado como escenario de la transformación. Miles de militantes cruzaron el umbral de la protesta a la gestión, convencidos de que administrar el Estado era una forma superior de militancia.

Y durante un tiempo, lo fue.

El desplazamiento no se volvió problemático por el ingreso al Estado, sino por lo que ese ingreso fue produciendo en las subjetividades. La militancia dejó de ser una práctica de riesgo y pasó a funcionar, en muchos casos, como una trayectoria laboral. La épica sobrevivió en el discurso; el cuerpo, en cambio, encontró abrigo.

La lealtad como virtud política

Con la reconstrucción de la autoridad presidencial tras la crisis, se consolidó una forma específica de ejercicio del poder. La lealtad, entendida como obediencia irrestricta, se transformó en el principal capital político. No la coincidencia ideológica —que podía admitirse con matices— sino la adhesión acrítica al liderazgo y al relato.

En los organismos públicos, el técnico fue desplazado por el “cuadro político”. La capacidad de gestión cedió terreno frente a la obediencia. Señalar errores, proponer alternativas o simplemente dudar se volvió un gesto sospechoso. Quienes administraban el Estado dejaron de premiar el saber y comenzaron a recompensar la docilidad.

Esta lógica no solo deterioró la eficacia institucional; redefinió el sentido mismo de la militancia. El militante estatal ya no era quien tensionaba el poder desde adentro, sino quien lo reproducía sin fisuras. La crítica dejó de ser una forma de compromiso y pasó a ser una amenaza.

El Estado como ecosistema cerrado

A medida que esta dinámica se consolidaba, se produjo paulatinamente un proceso de endogamia política. Unidades básicas, centros culturales, medios de comunicación afines, organismos públicos se convirtieron en espacios donde la realidad circulaba filtrada, domesticada para no contradecir el relato.

La militancia traslocada a los despachos estatales, seguía “bajando al territorio”, pero ya no para escuchar, sino para explicar. La inflación, la inseguridad o el deterioro de los servicios no eran negados solo por estrategia; eran, en muchos casos, genuinamente ajenos a la experiencia cotidiana de una dirigencia protegida por sus propios privilegios.

Es en ese momento donde aparece y comienza a consolidarse lo que hoy llamamos, con notable precisión sociológica, la nueva “casta”: no solo una acumulación de cargos, sino una forma de vida. Una burbuja material y simbólica que permite sostener un discurso igualitario sin experimentar sus condiciones.

La batalla cultural como sustituto

Frente a las dificultades crecientes de la gestión material, la militancia estatalizada profundizó una estrategia que ya estaba presente: la llamada “batalla cultural”. Derechos humanos, revisionismo histórico, confrontación discursiva con medios de comunicación y poderes fácticos ocuparon el centro de la escena.

No se trata de negar la importancia de esas disputas, sino de observar su función. La batalla cultural operó como un desplazamiento: cuando la economía no respondía, el conflicto se mudaba al plano simbólico. La política se estetizaba.

Para la nueva élite militante, esta estrategia ofrecía una coartada moral perfecta. Era posible habitar barrios cerrados, consumir bienes importados y vacacionar en el exterior sin sentir contradicción alguna, siempre que el discurso permaneciera intacto. La revolución se volvía lingüística; el cuerpo, conservador.

El hartazgo y el péndulo

Toda disociación tiene un límite. Cuando la distancia entre el relato y la experiencia cotidiana se vuelve demasiado grande, el lenguaje pierde eficacia. La sociedad comenzó a percibir que la batalla cultural era un lujo de quienes tenían las necesidades básicas resueltas.

En ese vacío emergió la contraofensiva libertaria. El éxito de Milei no radica solo en sus propuestas económicas disruptivas, sino en haber señalado con crudeza esa incomodidad difusa: la sospecha de que el progresismo estatalizado se había convertido en el nuevo orden a conservar.

El concepto de “casta” funcionó porque nombró una experiencia compartida. No denunció solo corrupción, sino hipocresía. Al invertir la estética de la rebeldía, el libertarismo logró algo impensado años atrás: que la derecha apareciera como ruptura y la izquierda como sistema.

Epílogo provisorio

La tragedia de la militancia estatalizada de la “Década Ganada” no fue haber fracasado en transformar las estructuras económicas, sino en haber naturalizado una disociación que terminó vaciando de sentido su propio lenguaje y minando definitivamente su densidad ética. Cuando el igualitarismo se convierte en retórica y el privilegio en experiencia cotidiana, la consecuencia natural es el descrédito y la política pierde irremediablemente su potencia transformadora.

Salir de este ciclo exige algo más que “nuevas canciones”. Exige volver a alinear discurso, cuerpo y práctica. Restituir la incomodidad como valor político. Recordar, en definitiva, que ninguna épica sobrevive demasiado tiempo cuando se la pronuncia desde un despacho climatizado mientras la intemperie sigue afuera.

Petróleo, fuerza y decadencia: Venezuela en la transición del orden global

Por Gustavo Matías Terzaga*

El tiempo es superior al espacio. Los imperialismos siempre buscan ocupar espacios y la grandeza de los pueblos es iniciar procesos».

Papa Francisco.

Para Donald Trump, la cuenca del Caribe Sur no es un espacio marginal, sino el teatro desde el cual pretende reordenar el poder hemisférico. Su objetivo aparente es convertirla en una plataforma de presión directa sobre Venezuela, Colombia y luego México, afectando decididamente a Brasil como potencia regional y miembro de los BRICS y, por traslación geopolítica, a China y Rusia en la disputa por las posiciones; acumulando sanciones, control marítimo, gestos de intimidación y despliegue militar como instrumentos de coerción política. Nada de ello responde seriamente al combate del narcotráfico ni a la migración irregular: expresa, más bien, la pretensión de disciplinar a actores insumisos y de reconfigurar, por la fuerza, el equilibrio regional bajo los términos de Washington. En el centro de esa estrategia se ubica una ambición desesperada y exclusivamente material: asegurar el control de la mayor reserva de petróleo del mundo, pieza clave para sostener el poder energético, financiero y geopolítico en un contexto de transición del orden global.

Lo cierto es que el reciente bombardeo del 3 de enero ordenado por Trump sobre Caracas, que ha dejado casi una centena de muertos, y el secuestro del presidente Maduro y de su esposa, que constituye un acto de violencia extrema que quiebra abiertamente el orden jurídico internacional, vulnera principios básicos de soberanía estatal y sienta un precedente de excepción permanente, donde la fuerza sustituye al derecho como regla de convivencia entre naciones; no expresan dominio, sino impotencia estratégica. Cuando un poder recurre a la fuerza directa para resolver lo que ya no puede encauzar políticamente, exhibe sus límites antes que su fortaleza. Lejos de consolidar autoridad, este tipo de acciones revelan la crisis de una hegemonía que ya no logra organizar el orden regional sin apelar al shock. A diferencia de la primera administración Trump, la violencia actual sustituye a la política porque el imperio ha perdido margen, tiempo y legitimidad en los últimos años. Se encuentra en una verdadera y profunda crisis interna. En ese sentido, Caracas no es sólo un blanco, sino el escenario donde queda expuesta la fragilidad de un poder que necesita golpear la mesa para seguir siendo escuchado. En política, como en la vida de un hombre, la violencia suele ser el lenguaje de la inseguridad.

Cuando Estados Unidos afirma que el hemisferio americano “le pertenece”, no está proclamando fortaleza sino explicitando un límite. La hegemonía plena no necesita ser enunciada; se ejerce sin proclamaciones. Sólo cuando el dominio global se debilita aparece la necesidad de delimitar un espacio propio, de volver a marcar territorio a los tiros.

El momento unipolar y su desgaste

Hasta aquí, Estados Unidos no había necesitado proclamar ni escenificar tanto su dominio; a diferencia del tono vociferante de Donald Trump, su poder se ejercía sin alardes, porque estaba incorporado al funcionamiento mismo del orden internacional. Este orden internacional surgido en 1945, sostenido por instituciones financieras, alianzas militares, un sistema monetario global más monolítico y una poderosa hegemonía cultural, funcionaba como una estructura planetaria integrada bajo liderazgo estadounidense. El mundo, en términos políticos, económicos y simbólicos, ya estaba incorporado a esa arquitectura. Ese esquema se consolidó y se volvió casi incuestionable tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS.

La unipolaridad permitió a Washington ejercer su poder sin recurrir sistemáticamente a la coerción directa para reclamar un determinado territorio. La adhesión al llamado “orden internacional” se presentaba como natural, inevitable y hasta deseable, y por eso no había necesidad de proclamar dominio alguno; casi todo lo era. Sin embargo, cuando esa hegemonía comenzó a resquebrajarse, la coerción volvió a ocupar el centro de la escena, casi siempre ligada a un mismo núcleo material: el control del petróleo. En las últimas décadas, las guerras, invasiones y ocupaciones impulsadas por Estados Unidos tuvieron como escenarios centrales Irak, Afganistán, Libia, Siria y, previamente, Panamá y Yugoslavia, entre otros. En todos los casos, la intervención fue precedida por relatos legitimadores —armas de destrucción masiva, lucha contra el terrorismo, defensa de la democracia o los derechos humanos— que luego se revelaron falsos o deliberadamente manipulados, mientras los intereses energéticos, estratégicos y geopolíticos quedaban sistemáticamente fuera del discurso público.

Un relato de muy mala calidad

Hoy, esa lógica se repite con Venezuela. En nombre de la libertad, la restauración democrática o el combate contra un supuesto “narco-dictador”, se encubre una continuidad histórica donde la narrativa moral funciona como velo de una estrategia energética y geopolítica persistente. La narrativa que se presenta pretende convencernos de que un Estado asentado sobre la mayor reserva de petróleo del mundo necesita financiarse vendiendo droga. Que el problema no es el control de la energía, sino un presidente convertido, súbitamente, en capo narco. Una hipótesis tan forzada y subestimatoria que sólo funciona cuando se suspende toda lógica y se acepta el libreto de la opinión pública internacional sin hacer muchas preguntas al respecto. A esta altura, esa narrativa sólo puede ser eficaz allí donde se renuncia a pensar. Funciona no por lo que emerge de los hechos, sino por la repetición exponencial y el embrutecimiento deliberado, sobre un público atravesado por el cipayismo, la ignorancia y el aspiracionismo, dispuesto a aceptar como propio un relato que legitima su propia subordinación, siempre que venga envuelto en promesas de pertenencia al poder que lo domina.

Hidrocarburos y desdolarización

El dólar sigue siendo la principal moneda de reserva y de comercio internacional, pero su centralidad ya no es excluyente como en las décadas posteriores a 1945 o al fin de la Guerra Fría. La proliferación de acuerdos bilaterales en monedas locales, la diversificación de reservas por parte de potencias emergentes y el uso del sistema financiero como herramienta de sanción aceleraron la búsqueda de alternativas parciales. El resultado es un proceso de erosión gradual de su hegemonía, donde el dólar continúa siendo dominante, pero cada vez más alternativo y menos incuestionable.

Y aquí está el tema. Este proceso de erosión relativa del dólar está íntimamente ligado al petróleo y al sistema del petrodólar, que fue uno de los pilares centrales de la hegemonía estadounidense desde los años setenta. Durante décadas, la obligación de comerciar hidrocarburos en dólares garantizó una demanda global constante de la moneda y financió el poder financiero de Washington, a pura emisión. Hoy, ese esquema comienza a resquebrajarse seriamente. Varios países del BRICS impulsan ventas de energía en monedas locales, acuerdos bilaterales fuera del dólar y mecanismos de compensación alternativos. En ese marco, Venezuela —con las mayores reservas probadas del mundo— adquiere un valor estratégico decisivo; no sólo por el crudo en sí, sino porque su alineamiento puede acelerar o frenar la desdolarización del mercado energético, donde se juega una parte sustantiva del poder global estadounidense. Este es el interés político concreto, pero que se origina en un déficit, en una debilidad.

Por todo ello, la reactivación explícita de la vieja Doctrina Monroe —rebautizada con cinismo en clave contemporánea al estilo Trump— debe leerse al revés de como suele presentarse. No es una señal de expansión, sino de contracción estratégica. Al reclamar América como hemisferio propio, Estados Unidos reconoce implícitamente que ya no controla el resto del mundo. Asia-Pacífico, Eurasia, Medio Oriente, América del Sur y África dejaron de ser espacios de dominación indiscutida y pasaron a ser escenarios de disputa real con otras potencias.

Este giro tiene implicancias profundas. Se trata de una mutación en la narrativa central de la geopolítica contemporánea. El mundo unipolar —sostenido por la ilusión de un “fin de la historia”— se agotó. La emergencia de China como potencia comercial y militar estructural, la persistencia estratégica de Rusia, la articulación de bloques alternativos y la autonomía creciente de regiones enteras obligaron a Estados Unidos a reordenar prioridades, concentrar recursos y asegurar su retaguardia. Aunque ha llegado decididamente tarde.

Las teorías conspirativas

El poder político del chavismo tenderá más a reconfigurar que a disolverse, desplazándose desde una conducción personalista hacia una estructura más colegiada, defensiva y territorializada. ¿Quién puede saberlo hoy?. Pero las versiones sobre una supuesta “entrega” de Maduro, la pasividad de las FANB como sistema defensivo o la idea de que América del Sur ya estaría definitivamente bajo control estadounidense forman parte de una operación clásica de guerra psicológica. Desde las usinas de las agencias de inteligencia de la CIA, buscan desmoralizar, fragmentar y naturalizar el hecho consumado para matar su análisis y su internalización racional. Son hipótesis funcionales al relato del poder, no análisis serios de la realidad. Reducir lo ocurrido a debilidades internas oculta lo central; la decisión estratégica de apropiarse de recursos críticos. El secuestro de Maduro no responde a conspiraciones, traiciones palaciegas ni a claudicaciones internas imaginarias, sino a una causalidad concreta y material: el petróleo venezolano. Estados Unidos dispone, además, del poder tecnológico, la inteligencia y la capacidad operativa para ejecutar este tipo de extracciones con una precisión quirúrgica insuperable, lo que refuerza que no se trata de improvisación ni de caos, sino de una decisión estratégica cuidadosamente planificada que costó decenas de muertos, hermanos cubanos y venezolanos.

La experiencia con Corina Machado es ilustrativa. Celebrada mientras encajó en una coyuntura útil, rápidamente relegada cuando dejó de servir a los objetivos de Washington. Ese es el patrón histórico del poder estadounidense; promoción instrumental circunstancial y abandono. En esa misma lógica, Milei puede pasar de activo valorizado a figura prescindible, por la naturaleza transaccional de ese vínculo lacayo.

Cálculos distintos para la geopolítica de este siglo

Así las cosas, este movimiento que acaba de ejecutar Donald Trump marca un parteaguas histórico. No es el retorno del siglo XX, sino la confirmación de que el siglo XXI ya está en marcha. Un mundo más conflictivo para los países periféricos, más fragmentado, mucho más impredecible y menos ordenado por un solo centro de poder. En ese escenario, las declaraciones de pertenencia de nuestro hemisferio por parte del magnate corredor inmobiliario, Donald Trump, no anuncian la continuidad histórica de dominio eterno; más bien, anuncian el fin de una época de completa hegemonía. La pregunta que queda abierta no es si Estados Unidos seguirá siendo una potencia —lo seguirá siendo—, sino si podrá volver a ser el organizador exclusivo del sistema político internacional y del modelo económico para Occidente. Todo indica que no. Y cuando una potencia deja de organizar el mundo, empieza, inevitablemente, a defender su perímetro. Ese es el verdadero sentido del “nuestro hemisferio”.

Por cierto, la quietud relativa de China y Rusia no es pasividad ni aceptación vinculada a la repartija del mundo, sino cálculo geopolítico. Las potencias que piensan en términos estratégicos no responden a provocaciones con gestos espectaculares, sino con acumulación de ventajas en el tiempo. Comunicar alarma, condenar y observar es parte de una lógica que evita escalar en el terreno elegido por Estados Unidos y traslada el conflicto a planos donde el costo para Washington es mayor: la economía, la energía, las alianzas y la legitimidad internacional. Quienes esperaban una lluvia de misiles desde Oriente cayendo sobre Nueva York, destruyendo por completo la estatua de la Libertad e incendiando la Quinta Avenida, confundieron estrategia con reacción emocional. En la disputa por el orden mundial, la paciencia y el cálculo suelen ser más letal que el estruendo.

Nosotros

No hay lugar para la desesperación ni para el derrotismo, tampoco para las lecturas conspirativas que paralizan. Este momento exige lucidez política, capacidad de leer el proceso en curso con mesura, sin ingenuidad y sin inmovilidad. Ajustar posiciones, fortalecer la unidad regional y comprender que los pueblos no avanzan en línea recta, sino atravesando conflictos, es parte de la tarea histórica. Lo ocurrido en Venezuela no cierra una etapa; la acelera hasta que llegue un día su clausura. Y puede transformarse —si hay conducción, organización y voluntad política— en un punto de maduración para América del Sur. Esto tampoco lo podemos saber ni mucho menos asumirlo como dado, más bien, hay que trabajarlo. Pero la historia no se define por golpes espectaculares, sino por procesos largos, donde toda dominación que se vuelve explícita comienza, también, a mostrar su fragilidad. Por eso, lejos de debilitarnos, este hecho debe convocarnos a pensar mejor, unirnos más y confiar, sin resignación, en la capacidad de nuestros pueblos para construir su propio camino de emancipación. Tal vez —ojalá— sea el herido pueblo venezolano quien tome la palabra y, en medio de la tormenta, nos entregue más de una señal clara sobre el rumbo, la resistencia y el sentido profundo de lo que está en juego.

* El autor es abogado y pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

Sur o no Sur, es la cuestión

Por Alejandro Slokar*

El presente de nuestra latitud se dibuja desde un pergamino de potencias, despojo y represión. Dos grandes mareas —la revolución mercantil del siglo XVI y la industrial del XVIII— nos legaron el mapa jerárquico del mundo. Desde entonces, el colonialismo y su recomposición neocolonial operaron con el método más antiguo: expulsión, trabajo forzado, disciplinamiento de cuerpos y territorios. De esa matriz provino una expropiación eco-biopolítica que convirtió al Sur en zona de sacrificio: patio trasero, cantera, sumidero. Hoy esa gramática se actualiza con disfraz reluciente: un tardocolonialismo 4.0, transhumanista y algorítmico, que encubre la vieja coacción con nueva pulcritud técnica y reinstala, en versión “smart”, la tríada depredación, degradación y violencia.

Ante semejante evidencia, el léxico convencional de los Derechos Humanos —abstracto, universalista, casi de laboratorio— hace tiempo acusa su fatiga: promete más de lo que cumple y enuncia sin transformar. Si la realidad es concreta, la teoría que pretenda interpelarla debe abandonar la torre de cristal y descender al terreno. Ello reclama un gesto epistémico subversivo: reponer la mirada desde el margen situado, desde las propias heridas. No es el Norte el hacedor autorizado de las definiciones; su todavía centralidad geopolítica no legitima el monopolio semántico. Peor, si los criterios de medición quedan capturados por élites tecno-financieras. Las devastaciones estructurales —guerras asimétricas, expoliación económica, miseria programada— se volverán sombras que el sistema nunca pasa a registrar.

De contrario, la política de los vulnerados exige un cosmopolitismo de abajo: no el universalismo vacío del mármol, sino el que emerge de la multitud que resiste. Llamemos a las cosas por su nombre: mercado sin límites, fetichismo tecnocrático, colonialismo reciclado, patriarcado persistente. El idioma tradicional y desecado de los Derechos Humanos —monocultural, individualista— tiende a imaginar una “naturaleza humana” separada del mundo que la sostiene. Ese espejismo lava las manos del sistema que lo produce. La reconstrucción demanda un plural de mundos: la diversidad epistémica como principio de realidad. La memoria de las indignidades no es nostalgia: es prueba de cargo. Sin ella, la teoría se vuelve retórica vacía.

Y cambiar el ángulo importa tanto como cambiar el contenido. Si invertimos la cámara, la historia de los Derechos Humanos no empieza en las iluminaciones norcéntricas, sino en las sombras que las rodean: masacres fundacionales, economías del látigo, soberanías hipotecadas. El crimen de los poderosos no es una anomalía sino una constante que elabora sus propios dispositivos de invisibilización. Allí se prueba que la barbarie no acompaña a la civilización como accidente: la constituye. Y la consustancial herramienta del poder punitivo, como siempre nos enseñó Zaffaroni, conserva la tentación estructural del exterminio. Racismo, clasismo y sexismo no son manchas sobre una tela blanca, sino los hilos con que se tejió la trama. Y, sin embargo, el Norte persiste en leer al mundo como espejo que le devuelve su rostro, de modo que todo lo demás aparece siempre como borrador o un derivado.

Desde este confín no sólo es posible sino urgente ensayar la dislocación necesaria: producir una contraimagen de los Derechos Humanos con materiales de nuestra experiencia, de modo de impedir el “epistemicidio”. Hay que volver contables las lesiones: mortalidad infantil, expectativa de vida, aire y agua respirables, alimento suficiente, acceso real a salud y recreación, empleo digno. No son consignas, son pericias de verificación para un derecho que pretenda eficacia.

La tarea es doble: recuperar la vocación emancipatoria del lenguaje de derechos y, a la vez, reconocer las micro-tácticas de supervivencia que ya operan, invisibles al ojo unipolar. Cinco siglos de colonización —y un tecnoceno que convierte al planeta en probeta psiquiátrica— obligan a actualizar el mapa fundacional y a dibujar uno propio, con brújula situada. La nueva narrativa jurídica que rescate lo humano y lo viviente no es un lujo de cátedra: es un programa de emergencia. Si queremos que el derecho sea algo más que mera geometría del poder, habrá que devolverle espesor histórico y vocación de inmediato remedio. Sólo entonces dejará de ser promesa y la palabra “humano” volverá a tener entidad.

*Juez y profesor titular UBA/UNLP

“Unitarismo y Federalismo” o las “Falsas Antinomias”

Por Omar Auton

Los intelectuales y dirigentes argentinos llevan décadas afirmando que para alcanzar la unidad nacional y llevar el país adelante hay que dejar atrás las discusiones del pasado o “Superar las falsas antinomias”, he aquí, creo, otro de los nudos gordianos a cortar, de las tareas pendientes del peronismo si quiere recuperar su identidad y ser LA alternativa política para construir un futuro mejor. Si una definición clara y tercerista en materia de política exterior debe nacer del análisis detenido, situado y permanente de este mundo vertiginoso y cambiante, la propuesta de un sistema educativo diferente, elaborado y pensado para nuestra realidad y necesidades, que ponga la calidad de la formación e instrucción así como su universalidad en términos de accesibilidad y capacidad de aportar a la integración social, el Federalismo debe ser dotado de sentido en términos de equidad y conjugar las necesidades generales y locales, respetar nuestra historia e identidades parciales, superando el carácter “defensivo” que asumió en nuestros territorios a partir de la balcanización de la América hispánica.

   Ahora bien, si la cuestión sigue generando acalorados debates, que van desde la descarada insistencia de la oligarquía conservadora gobernante en sacrificar la economía y el derecho al futuro de las provincias en el lecho de Procusto del ajuste financiero y la dependencia, hasta las pretensiones separatistas de energúmenos como el gobernador Cornejo, que anclado en la imperdonable cláusula de la Constitución de 1994 cediendo la propiedad de los recursos naturales a las provincias y dejando al alcance de la codicia transnacional el acceso a todos los recursos, exhibió su pretensión de “independizar Mendoza” de la Argentina,  tiene que ser porque lejos de ser una “falsa antinomia” sigue expresando una cuestión nacional irresuelta, que también se origina en la balcanización del siglo XIX y llega a los propios países emergentes, cuyo origen fallido contamina todas las discusiones.

   Escuchaba hace poco a algunos jóvenes, bienintencionados, malvineros, hablar que Argentina nace con las invasiones Inglesas, lo cual es un disparate, bueno sería que leyeran, al menos, el acta de nuestra independencia en 1816, en cuya “Declaración”, dice “ Nos, los representantes de las Provincias en Sud América…” y participan de ella José Mariano Serrano y Mariano Sánchez de Loria por la provincia de Charcas, Pedro Ignacio Rivera por Mizque o José Andrés Pacheco Melo por Chichas, que el mismísimo preámbulo de la de 1853, habla de la “Confederación Argentina”, que su idolatrada Juan Manuel de Rosas jamás reconoció la independencia de Bolivia, que Artigas jamás habló de la independencia del Uruguay, y el término de “Orientales”, deriva de que eran los pueblos que habitaban al este del río, pero como parte de la confederación, continuidad del antiguo Virreinato.

   Esta larga explicación deviene que el concepto de “Unitario” identifica a quiénes impusieron el dominio de la Aduana de Buenos Aires a todos los pueblos del interior, apropiándose durante décadas de la riqueza del trabajo de todas las provincias y por ende decidiendo el modelo de organización política (Constituciones de 1819 y 1826), tanto así que la silla del despacho presidencial aún hoy es denominada “Sillón de Rivadavia”, cuando el tal personaje jamás fue un presidente constitucional de los argentinos ya que fue elegido por los porteños, en base a una constitución porteña y con el rechazo de todo el resto de la Confederación.

   A partir de allí el concepto de “Federal” pasó a identificar a varias corrientes y expresar distintos sentidos en diferentes épocas.

   Un gran argentino, un auténtico patriota, y por ello negado y ocultado por la historia Argentina, Alfredo Terzaga, a quién recién ahora se está reconociendo como intelectual y la vasta obra realizada, incluso como profesor de Historia del Arte, nació en Río Cuarto en 1920, cuando, al decir de otro gran argentino Enrique Lacolla, era “una ciudad donde aún estaba fresca la memoria de la frontera”, en una semblanza escrita por Roberto Ferrero, otro patriota y pensador, en la revista “Política”, al cumplirse el centenario del nacimiento, define este tema de las “falsas antinomias” sosteniendo que Terzaga definía, tres sectores en disputa y no dos “ era una relación triangular, con vértices que jugaban alternativamente según lo permitieras la correlación de fuerzas o las circunstancias del momento: Buenos Aires, Litoral fluvial e Interior…Al puerto único correspondía un fuerte comercio local y extranjero y una gran provincia ganadera que producía para la exportación; en el Interior existía una industria artesanal y un comercio que miraba hacia las tierras de la vieja unidad americana; el Litoral por su parte combinaba ambos modos económicos, tenía industrias que quería proteger y poseía puertos que deseaba habilitar y utilizar sin restricciones pero cuya llave estaba en la boca del estuario, es decir Buenos Aires… el juego de estas tres unidades geo-históricas, sus alianzas y sus enfrentamientos es la clave que alumbra el período que va desde Mayo a la federalización de Buenos Aires en 1880”.

   Dejemos aclarado, siempre siguiendo a Terzaga, que el federalismo tuvo un momento “ofensivo” durante las guerras de la independencia, la pretensión de San Martín y Bolívar de sostener los límites del dominio hispánico como territorios de la Confederación Americana, implicaba reconocer las particularidades que unían y separaban estos pueblos, compartían una historia común desde los incas, anterior a la conquista, luego de ella el mestizaje que hace nacer al “criollo”, una lengua común, una religión común, hasta en los sincretismos con los viejos cultos prehispánicos, el derecho indiano como legislación y también diferencias, el federalismo respetaba la vieja división política de virreinatos y capitanías generales, donde las homogeneidades eran mayores que las diferencias y respetaba las identidades raciales emergentes del encuentro de pueblos originarios-esclavos-conquistadores.

   El fracaso del sueño de construir los “Estados Unidos de Sudamérica” ante la cariocinesis producida por la intromisión política y económica británica y el naciente influjo de Estados Unidos, más las oligarquías locales vinculadas a esos intereses, que obligaron a San Martín a regresar a Mendoza y embarcarse para Europa, protegido por Estanislao López, ante el intento porteño de juzgarlo por traición, al haberse negado a traer su ejército para combatir a Artigas en lugar de cruzar los Andes y libertar a Chile y Perú, traicionaron a Bolívar y lo combatieron hasta su muerte o derrotaron a O´Higgins en Chile. Terzaga dice que estos patriotas tenían una visión “Telescópica “del federalismo americano, pero los pueblos comienzan a retroceder, despojados del poder y se abroquelas en un federalismo “microscópico”, defensivo, encarnado en los Artigas (de todas maneras el más grande de éstos) Ferré, Ibarra, Facundo y explica magistralmente nuestro autor “Mas la relación que existe entre una etapa y la otra, es la misma que se da en la guerra o en la lucha por la personalidad cultural, la que se da cuando un pueblo pasa de las ofensiva a la defensiva” y resalto esa frase por la actualidad de la misma.

   En resumen cuando hablamos del “Federalismo Argentino” estamos hablando de una etapa “microscópica” y defensiva, que se agrava porque además contiene intereses muy diferentes según sus sectores “ Buenos Aires es el concepto que cubre la alianza entre la burguesía mercantil porteña, la oligarquía terrateniente de la provincia y los sectores populares de la ciudad y la campaña, a los que se sumaban el interior unos pocos comerciantes consignatarios de casas mayoristas porteñas y algunos intelectuales deslumbrados por las luces del liberalismo, “El Litoral” designa el vasto frente de gauchos libres, pequeños propietarios rurales, burguesía de las ciudades fluviales y su artesanado, milicias criollas y funcionarios locales dirigido a través de los caudillos, por los estancieros santafesinos y entrerrianos, estrangulados en el fondo de los ríos clausurados por Rivadavia, Rosas o Mitre; “El Interior, finalmente, era la designación de todo ese mundo de artesanos y de industrias domésticas arruinadas por el librecambio, de pastores y de agricultores criollos, de “pardos” y castas de las orillas urbanas y de terratenientes de estancias semiáridas y vacunos guampudos, orientado por clérigos, doctores sin clientela y comerciantes ligados al antiguo y perdido circuito mercantil del Alto Perú y Chile”

   Esta definición no niega ni oculta diferencias internas, Rosas representa un sector capitalista, el del ganado y el saladero, tiene apoyo popular de los peones y los zambos y morenos, y claras diferencias con la burguesía portuaria, los desprecia, pero como ellos y pese a la Ley de Aduanas, valiosa por cierto, y la patriótica defensa ante los bloqueos anglofranceses, retiene el manejo exclusivo de la Aduana en manos de Buenos Aires, de donde provenían el 90% de los fondos del presupuesto de la gobernación, eso explica, esto no lo dice Terzaga sino el firmante, que un conocido traidor y agente inglés como Manuel García haya sido ministro de Rivadavia y de Rosas y que connotados rosistas como Vélez Sarsfield, los Anchorena, Elizalde, el general Pacheco o Lorenzo Torres se pasaran al bando mitrista. Tampoco que los hombres del litoral hayan pendulado entre el enfrentamiento y la claudicación frente a Buenos Aires, eso explica la traición de Urquiza en Pavón y el silencio ante los reclamos del “Interior” para detener el genocidio de los generales uruguayos al servicio de Mitre (Sandes, Paunero) al criollaje que ya en los extremos de lo “defensivo” acompañaban a Peñaloza o Varela frente a la masacre de Paraguay o Paisandú.

   La no comprensión de esta historia, abreviada en exceso por cierto, hace que la intelectualidad de izquierda o progresista no comprenda el contenido del roquismo, como expresión de esa aristocracia provinciana supérstite, de la generación intelectual de Paraná, del primer esbozo de un Ejército Nacional, nacido de la Guerra del Paraguay, que derrota a Arredondo en Santa Rosa, lleva adelante la recuperación de los territorios patagónicos en manos araucanas y federaliza Buenos Aires y su aduana, liquidando un conflicto de 70 años, derrotando a Mitre y Tejedor. Esa federalización iba a exhibir la génesis de un futuro drama nacional, al momento de votar en el congreso por la cesión del territorio de la ciudad de buenos Aires, federalizándolo como Capital Federal, un diputado, hijo de un conocido mazorquero lo que lo llevó a cambiar su apellido paterno de Alén a Alem, Leandro N. Alem vota en contra y acompañará a Bartolomé Mitre en la revolución del 90, otro diputado, sobrino del anterior vota a favor de la federalización y se niega a participar en el 90, su nombre Hipólito Yrigoyen, despuntaban las dos grandes corrientes dentro de la naciente Unión Cívica Radical, la popular y nacional de Don Hipólito y la mitrista y oligárquica que encabezaría Alvear.

   El roquismo agotó su proyecto en pocos años, su líder y creador terminó abrazándose con Mitre, fue el canto del cisne del “Federalismo del Interior”, Julio A. Roca al final de su vida mandó a sus partidarios a acompañar a Yrigoyen, un hombre del autonomismo, Roque Sáenz Peña, promueve la ley que llevará a la presidencia a Yrigoyen, con el voto universal (No incluía a la mujer) por primera vez.

   De ahí en más, el federalismo se fue desdibujando, quedó resumido a partidos provinciales, generalmente conservadores o expresión de minorías oligárquicas locales, los gobiernos populares de Yrigoyen y Perón tuvieron que recurrir continuamente a intervenciones a las provincias, paradojalmente esas medidas tenían un carácter nacional, ya que a diferencia del siglo anterior, eran tomadas por gobiernos que pretendían consolidar un Estado Nacional, una organización del país que respondiera a las necesidades del país y del conjunto del pueblo y el “federalismo” era la expresión de los intereses de sectores económicos que pretendían sostener privilegios y ventajas de minorías, así sirvieron de base a la conformación de fuerzas políticas que acompañaron a las dictaduras luego de 1955 y de 1966, de ahí surgieron las estructuras que permitieron llevar a las elecciones diferentes intentos de continuismo.

   El peronismo osciló entre la cooptación y el enfrentamiento, un Bloquista de San Juan fue dos veces embajador en la URSS designado por Perón y candidato a gobernador en 1962, las elecciones anuladas por Frondizi ante las victorias del peronismo, luego acompañó a Ezequiel Martínez en 1973, candidato de Lanusse y con la dictadura instaurada en 1976, nuevamente embajador en la URSS, la familia Sapag en Neuquén o Silvestre Begnis en Santa Fe son ejemplo de esa relación.

   En los últimos años esas fuerzas provinciales fueron desapareciendo, la crisis y el intenso proceso de implosión del radicalismo fue haciendo aparecer fuerzas que se abroquelaron en sus provincias y/o municipios dedicadas a mantener una política clientelar de cargos legislativos, nacionales, provinciales o municipales, empleos y contratos a partir de esos cargos, han conformado frentes diversos, incluso dentro de las mismas provincias y su política es una estrategia de subsistencia, vendiendo los votos en los tratamientos legislativos a cambio de concesiones mayores o menores, a veces en sus distritos y a veces personales o familiares, han perdido toda ambición de sostener un proyecto nacional, porque abandonaron esa idea desde la muerte de Yrigoyen. El fracaso del gobierno de Alfonsín los llevó a abjurar en muchos casos hasta de las siglas partidarias.

   El peronismo, a partir de 1983, se convirtió en una confederación de caudillos provinciales y dentro de la provincias de jefes comunales, la hegemonía de la provincia de Buenos Aires con Duhalde y el rechazo por desconfianza o desprecio del kirchnerismo, especialmente luego de la muerte de Néstor Kirchner, fue asumiendo una endogamia absoluta del Área Metropolitana de Buenos Aires, su lenguaje, sus ejes discursivos y su visión quedaron impregnados casi en su totalidad de las problemática de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y del conurbano que la rodea.

   Esto provocó la aparición de modelos provinciales (como el “cordobesismo”) que en sus comienzos intentó transitar entre el antikirchnerismo de los sectores rurales, especialmente luego del conflicto surgido a partir de las retenciones a las exportaciones de soja en el año 2008 y el tradicional antiperonismo de las clases medias urbanas, por un lado y la política de zapa que desde la Casa Rosada se aplicó con los gobernadores que no eran incondicionales, que iba desde usar los fondos del Estado y sus organismos (especialmente el PAMI y el Anses) para armar o apoyar grupos disidentes u opositores, hasta abandonarlos a su suerte como ocurrió durante la rebelión policial de Córdoba de 2013 con negocios saqueados y dos muertos.

   Finalmente, este es otro tema que necesitamos aclarar y definir, es insostenible el monopolio ideológico e instrumental porteño-AMBA y al mismo tiempo no se puede tolerar que gobernadores que se dicen peronistas a cambio de los famosos Aportes Tesoro Nacional, apoyen con el voto de sus senadores y diputados la entrega del patrimonio nacional y de los derechos del pueblo argentino. Cierto es que la absoluta ausencias de una conducción del peronismo a nivel nacional que pueda ordenar y conducir una oposición creíble y que contenga las necesidades y demandas de todos es, especialmente, responsable de este “sálvese quien pueda”, no pueden criticar a Milei o a Macri por usar estas metodologías parta obtener las votaciones porque fue lo mismo que hicieron Menem, Néstor Kirchner, Cristina Kirchner y el dúo Fernández-Fernández, esta corruptela no es valiosa o no según quién la usa.

 El peronismo debe recuperar su carácter de Nacional por contener las aspiraciones de todo el país desde La Quiaca hasta la Antártida, Federal, por asumir las diferencias regionales, provinciales y hasta culturales de este territorio, Popular por aquello que el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés, el del pueblo y Latinoamericano en el sentido de asumirse como continuidad de las luchas para construir una Patria Grande y como la expresión más fuerte y superviviente de ellas en América del Sur.

   Si lo hace habrá un futuro y será peronista de lo contrario deberá asumir la responsabilidad de haber abandonado su historia, su doctrina, sus banderas y a nuestro pueblo

VENEZUELA, LA PSIQUIS ASPIRACIONAL DE LA CLASE MEDIA Y MILEI COMO PRODUCTO DEL ROTUNDO FRACASO DE NUESTRA DIRIGENCIA POLÍTICA

Por Gustavo Matías Terzaga

Lo que hoy se invoca sobre Venezuela en nombre de la “restauración democrática” y la “libertad” para justificar el bombardeo a una nación soberana, replica, casi mecánicamente, una misma matriz de injerencia naturalizada. La intervención externa ya no se presenta como una violación del principio de soberanía, sino como una corrección necesaria, un acto pedagógico ejercido desde el centro sobre la periferia, un tutelaje moral que aporta tranquilidad y ubicación en el mundo. Bajo ese relato, bombardear, secuestrar dirigentes o tutelar procesos políticos deja de ser un atropello y pasa a leerse como un servicio civilizatorio.

La opinión pública internacional y medios locales. La operación no es sólo militar o diplomática, es previamente cultural y simbólica. Seguido a una fuerte demonización a cualquier lider o expresión popular, se construye la idea de que la democracia válida es la que cuenta con el aval de Washington, y que cualquier forma de autonomía política es, por definición, atraso, desviación, aislamiento o barbarie. Así, una buena parte de la sociedad argentina puede llegar a aceptar la subordinación como un mal necesario, convencida de que someterse al tutelaje externo es el precio para “volver al mundo”, salir del atraso populista o, en el caso del país bolivariano, de las garras de un narcodictador.

En ese sentido, la mirada de lo que sucede en Venezuela no es una excepción, sino la expresión más cruda de un patrón histórico: la asociación trastocada entre libertad y dependencia, entre sacrificio y renacimiento, entre modernidad y renuncia a la soberanía. Cuando esa lógica contraria al interés nacional y popular se impone, la claudicación deja de percibirse como tal y se convierte en virtud. Y ahí ya no fracasa sólo un gobierno, fracasa la política nacional como proyecto de autodeterminación. Es la antesala de de la entrega, la renuncia y la naturalización de la conciencia del esclavo en nombre de la integración al mundo.

El fracaso de la dirigencia política argentina consiste en haber naturalizado distintas capas de la dependencia; por cipayismo crónico, por prejuicio, genuflexión, falta de formación nacional, ceguera o cobardía, renunció a pensar la soberanía como un valor estratégico y aceptó la injerencia externa como condición de gobernabilidad, creyendo que a la Patria se la defiende con la pluma y la palabra o con un grissín. Y no hablamos de las elites o de gobiernos liberales puestos por el poder económico; nos referimos a gobiernos de reigambre popular.

La sociedad estaba lista para la Libertad. Y hay que decirlo, evidentemente Milei, producto de lo anteriormente mencionado, leyó con precisión dos planos a la vez: en lo social, captó el hartazgo, la despolitización y la disposición a aceptar dependencia a cambio de orden; en lo geopolítico, entendió la restauración del poder estadounidense en el hemisferio y apostó a un alineamiento pleno como estrategia funcional a ese escenario.

RESPETAR LA CONSTITUCIÓN

Por el Colegio Púbico de la Abogacía de la Capital Federal

El mundo del trabajo actual requiere marcos normativos que brinden certidumbre y previsibilidad, así como la adecuación a los profundos cambios tecnológicos de sociedad en que vivimos. El propósito del gobierno expresado en la nota de elevación del proyecto de reforma laboral, es el de modernizar la legislación del trabajo, mejorar la competitividad y fortalecer la seguridad jurídica entre trabajadores/as y empleadores/as.

Empero, resulta necesario advertir que cualquier proceso de actualización normativa en materia laboral debe encuadrarse estrictamente dentro de los límites del bloque de constitucionalidad federal y de los compromisos internacionales asumidos por la República Argentina en materia de derechos de los/as trabajadores/as.

Resulta inconstitucional equiparar la capacidad de negociación de trabajadores/as y empleadores/as, desconociendo la desigualdad estructural de la relación laboral y la función tuitiva del Derecho del Trabajo. Así, la sustitución de la negociación colectiva por acuerdos de voluntad individual o el intento de asimilar el contrato de trabajo a un contrato de derecho privado común, importa un desconocimiento de la protección constitucional vigente.

Es preciso que la reforma propuesta no vacíe de contenido el rol compensador del Derecho del Trabajo, ni debilite sus principios. Una reforma de carácter regresivo que soslaye estas asimetrías, desmerezca el rol de la negociación colectiva y prescinda del diálogo social tripartito, lejos de promover el empleo decente, fomentará la judicialización y aumentará la inseguridad jurídica, desalentando el anclaje de inversiones y perjudicando a la actividad productiva.

Cabe señalar asimismo que es deber institucional de los tribunales inferiores seguir lo resuelto por la Corte Suprema de Justicia de la Nación, pero ello no puede imponerse por vía legal en materia laboral, pues afecta la independencia judicial. En otro orden de ideas, es deber de este Colegio señalar que no puede menoscabarse la tarea de los/as abogados/as mediante la imposición de riesgos derivados de su actuación profesional o bien reduciendo injustificadamente sus honorarios.  

Existe un reclamo ciudadano por una reforma laboral que elimine trabas para el desarrollo productivo y que actualice una legislación pretérita frente a los requerimientos de la sociedad actual; pero el Colegio Público de la Abogacía entiende que los/as señores/as legisladores/as deben ejercer su responsabilidad con apego estricto a los principios constitucionales, entendiendo que solo el respeto a la dignidad del trabajo humano permitirá construir una reforma moderna y sostenible.

Enlace: https://www.cpacf.org.ar/noticia/6632/respetar-la-constitucion

¿Quién puso la primera bomba? La violencia política en Argentina

El 15 de abril de 1953, militantes universitarios radicales, pusieron dos bombas en una concentración de Plaza de Mayo con un saldo de 6 muertos y 100 heridos.

Por Aldo Duzdevich*

¿Quién puso la primera bomba? La violencia política en Argentina

Hace más de un año cuando inicie esta serie de notas en LMNeuquén, intentaba indagar sobre la violencia política en Argentina que tuvo su pico en la década del 70. Por fijar una fecha arbitraria comencé por la Revolución del Parque en 1890. Allí nacieron los “boinas blancas” un distintivo de la Unión Cívica, que usaron para diferenciar los bandos en el combate.

La naciente Unión Cívica regó con su sangre el camino de llegar al voto secreto y universal de la Ley Sáenz Peña. Luego escribí sobre las tres de las peores represiones a obreros, que registra nuestra historia: la “Semana Trágica”, la “Represión en la Patagonia” y la “Forestal, todas durante el gobierno de Don Hipólito Yrigoyen.

En mi nota de la semana pasada rescaté positivamente la conducta de Alfonsín y el radicalismo ante la rebelión militar de Semana Santa de 1987. Justamente Roque Carranza uno de los autores del atentado de 1953, fue ministro de Alfonsín, hasta su fallecimiento en 1986.

Alguno se preguntará cuál es mi opinión final de los radicales. Pues mi opinión es que: se equivocan quienes piensan que la historia transcurre en blanco y negro. La realidad dice que la historia transcurre en una infinita gama de grises. La lógica binaria aplicada a la historia y la política, además de poco inteligente, paraliza e impide avanzar hacia objetivos superiores.

Blanco o negro, buenos o malos, son simplificaciones válidas en las películas de cowboys o cuentos infantiles; pero no sirven para entender la complejidad de los procesos político-sociales. Por eso, estudiar la historia, amplía nuestro conocimiento y comprensión, y nos ayuda a discernir el presente con mayor amplitud, para poder proyectar el futuro.

Después de haber sido partícipe y pregonero de la violencia política de los 70, estoy convencido que, al nunca más de los golpes militares, hay que agregarle el nunca más del atajo rápido de la violencia política, que lleva por ejemplo, al reciente intento de matar a una vicepresidenta.

Los Comandos Civiles

Dice la historiadora Mónica Inés Bartolucci : “Hacia finales del gobierno de Juan Domingo Perón, miembros de diferentes partidos políticos (…) junto a estudiantes universitarios mostraron un decidido grado de violencia contra lo que sentían como un proceso de “peronización compulsiva”. Esa confrontación implicó que un conjunto de hombres jóvenes, con buen grado de violencia en los discursos (…) se juntaran en organizaciones clandestinas , para enfrentar lo que consideraron un “régimen” y hablar en nombre del “amor a la patria” o, del “odio a Perón”.

La Licenciada María Sofía Vasallo dice: “En agosto de 1951, civiles que conspiran contra Perón, encabezados por Juan Ovidio Zavala (dirigente radical de procedencia universitaria) colocan “caños” de gelinita sobre las vías y provocan destrozos. Zavala conduce un grupo llamado “Quinto Regimiento”. Su “comisión técnica”, integrada por estudiantes de Ingeniería y de Química, fabrica bombas en un laboratorio céntrico. Zavala edita periódicos clandestinos e interfiere las ondas radiales. Ya había cometido varios atentados contra el peronismo: una granada (que no estalló) para descarrilar un tren de campaña que movilizaba a Perón en las elecciones de 1946; una bomba de humo, guardada en una petaca, en una función de gala en el Teatro Colón para importunar la presencia de Perón y Evita; una bomba contra el consulado español y una herida de bala contra un policía.”

El 28 de septiembre de 1951 se produce el intento de golpe encabezado por el general de brigada Benjamín Menéndez, con importante apoyo de sectores civiles.

A comienzos de 1952, el Servicio de Informaciones de la Aeronáutica logra desbaratar un plan para tomar la Casa Rosada y matar a Perón y a su esposa, comandado por el Coronel José Francisco Suárez.

Recordemos que en noviembre de 1951, en las elecciones presidenciales para el período 1952-1958 Perón obtiene 4.745.157 votos contra 2.706.688 de los candidatos de la Unión Cívica Radical, los conservadores, comunistas y socialistas juntos. Perón consigue dos millones más que todas las fuerzas políticas opositoras juntas. Es decir que más allá de las críticas que se le pudiera hacer, un gobierno que gana con el 63,5 % de los votos, no puede ser considerado no-democrático.

El clima social, inflación y especulación

Dice Vasallo : “Entre 1946 y 1948 los salarios reales aumentaron casi el 40%, alcanzando niveles inéditos. La capacidad de compra de los argentinos se incrementó considerablemente. Mejores salarios para la mayoría, trajo como consecuencia que, muchas veces, no se consigan los productos que han comenzado a poder pagar. Hay desabastecimiento y largas colas en los comercios. El costo de vida sube en forma sostenida entre 1945 y 1951, con una creciente inflación anual. El gobierno argentino enfrenta estos problemas aumentando el control de la actividad económica. El Congreso sancionó dos leyes: en agosto de 1946 (12.830) y abril de 1947 (12.983) . La primera le confiere al Poder Ejecutivo la autoridad suficiente para fijar precios máximos, restringir las exportaciones y racionar los permisos de importación. La segunda ley permite a los funcionarios congelar los precios, embargar mercadería y encarcelar a sospechosos de especuladores por un plazo de hasta 90 días.(…) Los castigos incluyen cientos de pesos en multas, clausuras de negocios por períodos de 5 a 10 días y condenas de 15 a 30 días de prisión.”

Como vemos, 70 años después, se repiten los mismos problemas y similares intentos de solución. Solo que en 1953, las medidas eran bastantes más duras que hoy. El diario Crónica del 15 de abril de 1953 titula en tapa: “Son 667 los comerciantes que están detenidos en Villa Devoto”. En el texto dice “hoy fueron clausurados 35 comercios, cuyos propietarios han sido remitidos a la cárcel.” Y agrega que “fueron decomisados cinco mil cajones de manzanas sustraídas de la venta por los mayoristas Vicente Grasso, Angel Viventi y Antonio Anti, quienes fueron detenidos.”

El desabastecimiento se siente principalmente en la carne, pues los ganaderos obtienen mejor precio en la exportación, que en el mercado interno. Por la misma razón falta trigo, lo que lleva a popularizar el pan negro ( el que hoy comemos para hacer dieta), también se establecen cupos de nafta, y se racionaliza la electricidad con cortes selectivos. La inflación llega al 27% anual, un número muy alto en aquellos tiempos.

En ese marco, la CGT convoca a una gran movilización en Plaza de Mayo, para apoyar al gobierno en su lucha contra el agio y la especulación.

Tres bombas contra la multitud inadvertida

Según investigó Daniel Brion: “El local, de la firma Redondo Hnos., ubicado en la avenida Jujuy 47/51, era el centro de actividades del grupo. Allí solían fabricar bombas, redactar panfletos antiperonistas y organizar reuniones políticas clandestinas.

El miércoles 14 de abril, en ese lugar, el ingeniero Roque Carranza armó tres bombas de diferente poder destructivo. La más pequeña tenía 30 cartuchos de gelinita y fue destinada al Hotel Mayo, ubicado en la esquina de Defensa e Hipólito Yrigoyen y que se encontraba en refacciones. Otra algo más potente, armada con 50 cartuchos de gelinita, fue colocada en el octavo piso del Nuevo Banco Italiano, en Rivadavia 409 (actual Banco Francés). Ésta finalmente no estalló, por defectos en el mecanismo de relojería. La última y más poderosa, que contaba con 100 cartuchos, fue colocada en la estación Plaza de Mayo de la línea “A” de subterráneos.”

Muchos de quienes a veces concurrimos a este tipo de manifestaciones masivas, donde la gente se amontona codo con codo, alguna vez pensamos, “que pasaría si un loco pone una bomba aquí”. Ese jueves 15 de abril de 1953, unos locos pusieron dos bombas, que explotaron justo cuando Perón hablaba desde los balcones de la Casa Rosada.

El acto era una tradicional fiesta peronista, con sus cánticos y carteles desplegados. Primero habló el Secretario General de la CGT Eduardo Vuletich. Luego tomó la palabra Perón. Llevaba 14 minutos de discurso cuando estalló la primera bomba en el Hotel Mayo. Una de las cortinas metálicas fue arrancada de cuajo y muchas ventanas y vidrieras quedaron destruidas. Desde el balcón se escuchó y vio la explosión, el tumulto de gente asustada y herida. Durante unos minutos se pudo ver al General Perón impartir indicaciones a algunos funcionarios que estaban junto a él, mientras levantaba sus brazos con la intención de infundir calma en el público. La multitud compacta de la plaza no se movió pero los cánticos mutaron hacia la bronca y el enojo.

Perón retomó el discurso: “Compañeros: estos, los mismos que hacen circular los rumores todos los días, parece que hoy se han sentido más rumorosos, queriéndonos colocar una bomba…”. En ese instante se escuchó otro estallido, mucho más potente que el anterior: era la bomba colocada en la estación Plaza de Mayo, de cuyas bocas de acceso comenzó a emanar humo.

Por suerte la que pudo ser más letal, la del Banco Italiano, por la altura y la voladura de mampostería que podía desparramar sobre la gente parada en Avenida Rivadavia, no estalló, y recién fue encontrada un mes después, por la información de los autores del hecho.

El saldo fue de seis muertos y cerca de cien heridos, 19 de ellos mutilados. Por suerte (como se hace en los actos actualmente) la estación Plaza de Mayo del Subte A, estaba cerrada al publicó por el acto. Esto evitó que la cantidad de muertos fuese muy superior. Los fallecidos fueron: Santa Festigiata D’Amico (italiana de 84 años), Mario Pérez (empleado de Transportes de Buenos Aires), León David Roumeaux (dirigente del gremio de los madereros), Osvaldo Mouché, Salvador Manes y José Ignacio Couta.

Las imágenes de los muertos y heridos, generó una ola de bronca e impotencia en la multitud, que por momentos contagió al orador quien se dejó ganar por el enojo y tuvo palabras muy fuertes, que al final rectificó. Luego Perón siguió con su discurso y se extendió largamente sobre la inflación y el desabastecimiento, propuso establecer el control de precios y convocó a los trabajadores a cuidar los precios y controlar las medidas especulativas. También se refirió a la corrupción de los funcionarios, sosteniendo que sería inflexible y que irían a la cárcel.

Cerca del final de su discurso volvió a referirse al atentado diciendo: “Señores: aunque parezca ingenuo que yo haga el último llamado a los opositores, para que en vez de poner bombas se pongan a trabajar en favor de la República, a pesar de las bombas, a pesar de los rumores, si algún día demuestran que sirven para algo, si algún día demuestran que pueden trabajar en algo útil para la República, les vamos a perdonar todas las hechas.”

En el cierre del discurso, el Presidente pidió a los trabajadores que «regresen a sus casas» y sostuvo: “Compañeros: como en la horas más críticas de nuestra lucha en 1945, pediré a todos los compañeros que, como entonces, estén activos y vigilantes; pediré a todos que vayan al trabajo confiados y decididos. Todos los problemas que puedan presentarse, se resuelven produciendo. A esos bandidos los vamos a derrotar produciendo, y a los canallas de afuera los vamos a vencer produciendo. Por eso, hoy como siempre la consigna de los trabajadores argentinos ha de ser: producir, producir, producir.”

Los incendios por la noche

Al finalizar el acto los grupos más indignados y exaltados por la tropelía de sangre cometida por los comandos antiperonistas, fueron a desquitar su bronca contra algunos sitios emblemáticos símbolos del antiperonismo. La sede del Jockey Club fue prendida fuego, igual suerte corrieron la sede del Partido Socialista, en Rivadavia 2150; la Casa Radical, en Tucumán 1660; y la sede del Partido Demócrata Nacional, en Rodríguez Peña 525. Para la prensa y los historiadores antiperonistas, por supuesto lo trágico y grave fueron los incendios y no el demencial acto de terrorismo contra una multitud indefensa.

Los autores del atentado terrorista

El hecho de detonar bombas en medio de una multitud, claramente califica como acto de terrorismo indiscriminado. Dos años después, vino el bombardeo a Plaza de Mayo con 309 muertos y 800 heridos. Fue el odio antiperonista que inspiró y ejecutó estos dos atentados únicos en la historia argentina. Lo indiscriminado implica que está dirigido contra cualquier persona, viejo, joven, niño, que se encuentre cerca.

Un mes después cuando intentaban fugar al Uruguay fueron detenidos: Arturo Mathov, Roque Carranza, Carlos González Dogliotti, juzgados como autores materiales. Otros acusados de participar fueron: Jorge Firmat, Federico Gotlling, Miguel Ángel de la Serna, Rafael Douek ,los hermanos Alberto y Ernesto Lanusse, y el capitán Eduardo Thölke, quien les proveyó los explosivos.. Mathov y Carranza en los años siguientes fueron destacados dirigentes radicales. Paradójicamente el gobierno radical homenajeó al Ingeniero Roque Carranza, autor del peor atentado terrorista en el subte, poniendo su nombre, a una estación de subte.

¿Quién puso la primera bomba?

Es un título tramposo. En realidad, no debería ser tema en disputa, quién disparó primero, cuantos agravios hubo antes del primer disparo o de la primer bomba. Como sostuve al inicio, la historia no es blanco y negro, buenos y malos; sino que se desarrolla en una infinita gama de grises. Pero además, es necesario estudiarla para conocerla e intentar comprenderla para no repetirla. Perón decía hay que estudiar la historia para aprender del error ajeno, porque el error propio llega tarde y cuesta caro.

A mi criterio, lo importante no es quien puso la primer bomba. Lo realmente importante, sería cómo construimos un pacto civilizado dentro del cual poder dirimir nuestras diferencias, sin bombas, ni pistolas disparando a la cabeza de otros argentinos o argentinas.

P/D Esta es la nota número 100 que escribo en los domingos de LMNeuquén. Quiero agradecer a su Director Juan Carlos Schroeder y su Editor General: Ángel Casagrande, por el espacio que me dan y la libertad de escribir sobre lo que quiero; y además por retribuir mi trabajo intelectual, cosa difícil de obtener en estos tiempos.

*Autor de Salvados por Francisco y La Lealtad-Los montoneros que se quedaron con Perón.

https://www.lmneuquen.com/neuquen/quien-puso-la-primera-bomba-la-violencia-politica-argentina-n1012464

Genealogía de Mauricio Macri. El mundo PRO, una experiencia fallida

Por Mario Casalla

BUENOS AIRES (especial para Punto Uno). Un dato objetivo y compartido es que, a la fecha, el partido de gobierno (La Libertad Avanza) ha fagocito al PRO subsu-miéndolo en su propia práctica política. Expresamente no utilizamos la palabra “fin” o “muerte” del PRO porque en la singular vida política argentina los fenóme-nos partidarios nunca mueren del todo, sino más bien se acumulan como capas de cebolla. Tanto es así que en la Justicia Electoral de nuestro país hay 47 parti-dos de orden nacional y más de 700 de orden distrital reconocidos, convirtiéndola en el país sudamericano con más partidos políticos, aunque muchos de ellos no pasan de ser un sello que se prestan o alquila cuando llegan las elecciones. De allí que los saltos y cambios de casaca suelen ser también cosa bastante común. Desde su nacimiento, en el turbulento contexto de 2001-2002, Propuesta Republi-cana (PRO), el partido fundado por Mauricio Macri, empresario y ex-presidente del Club Atlético Boca Juniors, resistió la tentación de diluirse en los partidos tradicio-nales y se convirtió en un espacio de renovación de la centroderecha argentina. En él convivían políticos de larga data con nuevos ingresantes a la actividad, rela-cionados con el mundo empresario y de las ONG y los “think tanks” liberales. El emprendedurismo y el voluntariado eran los valores partidarios dominantes, a lo que sumaban un discurso “postideológico”, una estética festiva y un liderazgo pro-pio de un “team leader” empresarial. El alma mater del PRO es Mauricio Macri, se crió entre esos dos y sin él ese Mundo PRO sería, en lo político, muy poco sus-tentable. Quienes lo tratan más en intimidad dicen que suele repetir esta frase pa-ra explicar su destino: “Creo que la mejor definición de mí mismo me la dio Grego-rio Chodos, que es como un padre para mí. El me dijo: Mauricio en la vida están los que eligen tener y los que eligen ser. Vos elegiste ser. Y yo siento eso. Que yo tenía todo ya. Así que elegí ser”. 

UN PADRE Y VARIOS TUTORES

De Franco -su padre biólogo- pueden decirse muchas cosas, menos que haya descuidado la educación de quien imaginaba como su heredero. Quiso que Mauri-cio fuera al exclusivo Colegio Cardenal Newman, así como él revalidó su título del Liceo Italiano, en el Colegio Nacional de Buenos Aires (a su manera también, ex-clusivo), dos años después de haber llegado de Italia como inmigrante. Y también bregó Franco porque Mauricio cursara la carrera de Ingeniería, la misma que él había iniciado sin concluir, porque rápidamente fundó su primera empresa, Urbana S.A. Años después cuando Mauricio le llevó su flamante título de Ingeniero (UCA) hizo lo mismo que Giorgio (el abuelo presidencial) había hecho con él: lo ingresó en el mundo laboral. Claro que su abuelo Giorgio fue mucho más duro con Franco, que éste con Mauricio. Según cuenta en su autobiografía (“Macri por Macri”, 1997), a los tres días de haber desembarcado, lo mando en colectivo a trabajar en la construcción del Barrio Ciudad Evita que recién comenzaba. Franco fue mucho más amable con Mauricio: terminado los estudios universitarios lo llevo a SOCMA como analista junior de una de las empresas del grupo (SIDECO Americana). Allí aprendió las dos cosas que le faltaban: la práctica empresarial concreta y el mun-do de la política. Ambos, claro, inextirpablemente unidos.

EL OTRO PADRE 

Por aquellos años había en SOCMA cuatro gerentes de mucha confianza, a quie-nes Franco Macri consultaba en materia de política y gobierno: Carlos Grosso, Jorge Haieck, Ricardo Zinn y el ya citado Gregorio Chodos. Todos venían o repre-sentaban distintas líneas y tradiciones políticas y todos estaban en SOCMA (y se irían del grupo) por diferentes motivos y maneras. Franco los respetaba y acercó a Mauricio a ellos para que fueran –en el día a día empresario- educando políti-camente al delfín. Grosso y Haieck eran peronistas y un puente con el “peronismo renovador”, que surgía como alternativa al gobierno de Alfonsín que ya empezaba a tener problemas; Ricardo Zinn fue su introductor en lo más duro del liberalismo económico y un puente de plata con los gobiernos militares, mientras que Grego-rio Chodos representaba allí al desarrollismo y era amigo personal tanto de la fa-milia Macri como del ex presidente Arturo Frondizi. Chodos invitaba frecuentemen-te a Frondizi a cenar con Mauricio y allí las charlas no eran tanto de ideología desarrollista, como de las implicancias de ejercer el poder real desde el máximo cargo del Poder Ejecutivo. Frondizi un conversador agradable y fascinante (doy fe), era además un especialista en saltear obstáculos, recibir golpes y salir a flote, además de una inteligencia evidente y una auténtica vocación de estadista (lo re-conocían propios y adversarios). Cuando el joven Mauricio pronunció el discurso de asunción presidencial, nótese que el único nombre propio que citó fue el de Arturo Frondizi. Además había pedido -para ir luego a la Casa Rosada- el mismo Cadillac negro descapotado que utilizaron Perón y Frondizi (y que él no utilizó “por razones de seguridad”) y no mucho tiempo antes, ya como líder del PRO, decla-raba: “Puedo armar el mejor equipo político de gobierno, desde Frondizi para acá”. Evidentemente su “ideal de presidente” es Arturo Frondizi y su Ministro de Interior es un Frigerio. Pero claro Mauricio no es Arturo, ni Rogelio (nieto) es su abuelo, pero ese “ideal de yo” (contra el que se medirá día a día, en su fuero íntimo) sí lo son. El ideal de Frondizi vino mixturado, tal cual ocurrió en los ‘60: el otro lado de Frondizi fue Alvaro Alsogaray, a quien el desarrollista hizo su ministro de Econo-mía (algo inexplicable desde el punto de vista ideológico). En aquellos años el abuelo de Rogelio, dejó el gobierno de su entrañable amigo Arturo; hoy, al revés, su nieto Rogelio integró el gobierno de Mauricio, así como ahora gobernador de Entre Ríos, dio el salto a LLA sin problema alguno. Es que en su eclecticismo pragmático, Franco también arrimó a Zinn al elenco de tutores de Mauricio y por eso el joven que cenaba cada tanto con Arturo Frondizi, recibía clases pagas de Economía del mismísimo Ingeniero Alvaro Alsogaray. Aquí Zinn fue completado en la gestión por su tío materno, Jorge Blanco Villegas, quien contrató al Ingeniero para tales menesteres a través del Instituto de Economía Social de Mercado. Al-varo no perdió la oportunidad y a las pocas clases le acercó una ficha: por un tiempo Mauricio Macri estuvo afiliado a la UCEDE. Claro que don Alvaro no sabía que fichaba a otro Presidente (de los varios que fichó) y Mauricio ni soñaba con hablar en el mismo recinto que habló Frondizi, ni bailar al son de Gilda en el balcón al que asomó Perón el 17 de octubre del ’45. No duraron mucho esas mieles y el gobierno de Macri terminó en medio de una crisis política y económica de primer nivel. Debió recurrir al FMI y obtuvo un préstamo acordado en 2018 que fue el más grande de la historia argentina, inicialmente de US$ 50.000 millones y luego ampliado, en un intento por estabilizar la crisis económica y la fuga de capitales, pero fracasó en sus objetivos, se renegoció y gran parte del dinero se usó para pagar deuda preexistente y financiar fuga, generando fuertes críticas y denuncias de irregularidades por parte de la oposición y auditorías, según diversos medios y la Auditoría General de la Nación. Esa deuda externa es la que todavía estamos pagando. El ministro de Economía fue el mismo que tiene Milei (Luis “Toto” Capu-to) y el presidente del Banco Central era Federico Sturzenegger, el mismo que Milei tiene como ministro de Desregulación y Transformación del Estado. No sin razón se sostiene que el plan de gobierno de Macri es estructuralmente el mismo que Milei ejecuta ahora a una incomparable velocidad. Tampoco se ve que esto termine bien. Usted verá, amigo lector.

Los Caminos de la vida

Omar Auton

“Salgan al sol, revienten/Salgan al 

Soool/Salgan al sol, idiotas” 

(“Salgan al sol” Billy Bond)

   Para gran parte del pensamiento “políticamente correcto” la realidad insiste en mostrarse esquiva con sus análisis, sus predicciones, sus conclusiones, y me refiero a los más sinceros, o sea a los que cuando sus manuales no aciertan para comprender la realidad prefieren aferrarse a sus manuales.

   Lejos estoy de plantear un ataque a algún intelectual o pensador, más allá de lo acertado o no, a mi criterio, de sus análisis o afirmaciones, lo que creo que tenemos que pensar si no es momento, de una vez por todas, de tratar de conocer, estudiar y pensar como conoce, estudia y piensa nuestro pueblo, no en términos únicos sino precisamente rescatando las diferencias, las experiencias, la riqueza profunda de una identidad que es pluricultural en términos de mestizaje, que se fue edificando con los aportes locales y de las corrientes migratorias y que fue construyendo a nivel individual, comunitario, local pero también a nivel nacional.

   Recientemente científicas del Conicet hallaron un gen, al que llamaron “gen argentino”, (para disgusto de los mediocres que siguen repitiendo que “Los argentinos descendemos de los barcos”), en estudios realizados en la zona centro del país, que luego fue derivando, a partir de otros de origen amazónico, altiplánico, cordillerano, otros biotipos y éstos se encontraron con el europeo, el africano, continuando un desarrollo del que somos consecuencias.

   Si compartimos el concepto de comunidad como más amplio, profundo y preciso que el utilitarismo de “sociedad”, si aceptamos que los grupos humanos tienen como argamasa no sólo los intereses de cada individuo, sino lazos comunes que provienen de una historia compartida que genera pertenencias, valores, formas de organización, sueños y hasta concepciones de trascendencia que definen a una comunidad, se trata de reconocer como esos factores han aparecido caracterizando momentos de nuestra historia, como fueron evolucionando, que cosas lo potenciaron y cuáles lo afectaron. Este ejercicio nos va a dar los marcos teóricos y de campo para insertar la actualidad en los procesos y a partir de allí elaborar la necesaria «Actualización doctrinaria” que la realidad nos reclama.

   El “salir al sol” del tema de Billy Bond y La Pesada del Rock, en los años 70 hacía referencia a eso, a romper las formas de la mediocridad, de la frialdad de los laboratorios y bibliotecas, que, además, presentaban el problema que no contenían los aportes intelectuales de pensadores e incluso teóricos locales y latinoamericano que cuestionaban al “establishment” del pensamiento colonial, se producía en esos años un movimiento de revisión de nuestra historia, pero también de nuestra cultura, que empezaba a ser entendida como “Casa del hombre” y no limitada a las expresiones artísticas o educativas que en general eran aplicaciones mecánicas de categorías que eran válidas en los centros metropolitanos, ya que habían nacido de su historia, sus valores y experiencias pero no a los territorios de ultramar. Ese fenómeno tiñó gran parte de nuestra propia visión durante siglos y nos impidió formar una clase dirigente (que no es lo mismo que una “clase dominante”).

   Tomemos un tema puntual, la Educación, allá por septiembre de 2022, un grupo de docentes reunidos en la ReNaCe, Red Nacional por la Calidad Educativa, presentaban un proyecto de DNU, en cuyos “Vistos” transcribían “Los alumnos plantean con desesperación: En la Educación falla todo, falla el alumno, el docente, la familia, el Estado. Falla aquel alumno que se mentaliza que no puede, falla el docente al hacerle creer que eso es cierto, falla aquella familia que no da el apoyo a sus hijos ni exige una mejor educación, fallan los adultos que no se hacen responsables de sus menores, falla la educación que nos miente, porque nos aprueba, porque nos da títulos en sistemas en los cuales los contenidos son escasos o nulos falla el Estado por permitir que todo esto pase, por premiar con becas a alumnos que no se esfuerzan y no a los que se esmeran o se destacan en la escuela. Somos una generación a la que nos hicieron creer que somos unos inútiles, que no podemos o que solamente podemos si los docentes nos dan un trabajo fácil. Estamos convencidos que no hay retorno, que somos jóvenes capaces, con sueños y metas, pero con pocas oportunidades. Los docentes sienten hastío al ver como se desprestigia su labor profesional y su autoridad pedagógica debido a que, por decretos o directivas ministeriales, se ven forzados a:

Aprobar alumnos que no han logrado los aprendizajes que se avalan con su título

Promocionar estudiantes con un sinnúmero de materias desaprobadas e incluso sin haber asistido a clases

Graduar a alumnos que no saben leer ni escribir

Recortar contenidos hasta niveles irrisorios

Eliminar o desactivar sanciones disciplinarias y reclaman:

Instar a toda la comunidad unirse en la lucha por reencauzar el rumbo de nuestra educación y

Convocar a todos los actores de la política para trazar una estrategia de corto, mediano y largo plazo que nos lleve a estar orgullosos de la calidad educativa argentina”.

   Para la misma época, Romina de Luca, Doctora en Historia, docente de la UBA y directora del grupo de investigación Historia de la Educación Argentina y autora de “Brutos y Baratos” un estudio sobre la educación argentina entre 1955 y 2001, afirmaba “Lejos de privatizarse, (En 2020 la gestión estatal era de un 73% y la privada de un 27%) el sistema educativo se estatiza, pero, esa estatización se acompaña de una mayor degradación” señalando así lo que para ella es la verdadera causa de la crisis: la constante pérdida de la calidad de la enseñanza, afirmando, sin pelos en la lengua que la verdadera causa de la crisis en la educación es “La degradación causada, entre otras cosas por la “circulación rápida” de los alumnos por el sistema, facilitando al extremo el pase de un grado a otro, y por el vaciamiento de contenidos.

   Afirma además que “La inclusión educativa kirchnerista fué fallida en el sentido de que los alumnos pueden transitar por el sistema sin adquirir conocimientos sólidos... el macrismo conservó todos los mecanismos inclusivos del kirchnerismo que fueron convirtiendo la escuela en una “caja vacía”…Se arraiga la idea que los estudiantes deben transitar en forma ascendente por la escuela como si estuvieran en una escalera mecánica, sin importar si los conocimientos acompañan ese proceso…Las medidas post pandemia acentuaron esa tendencia al extremo, pase automático de 2020 a 2021, suspensión de exámenes y notas numéricas, evaluación por áreas y un verdadero Viva la pepa de materias adeudadas de un año al otro”

Me he detenido en estas largas transcripciones porque coincido con ellas que el gravísimo problema de la educación argentina no es responsabilidad de “buenos” o “malos” docentes, profesionales mejores y peores los hay en todas las actividades y eso no provoca una crisis de las dimensiones de la educativa, sino que es el sistema mismo, sus currículas y metodologías, sus programas de estudios descentralizados hasta a nivel escuela para favorecer su “integración al contexto”, la falta de formación de los docentes y de la cantidad de éstos para afrontar una enseñanza casi personalizada ante la fragmentación social y familiar que lleva a que cada chico “sea un mundo diferente”, la inexistencia de gabinetes de apoyo psicológico y psiquiátrico, trabajadores sociales, etc, la desarticulación con sistemas como el de salud, el abandono de la organización por disciplinas para reemplazarlo por el “abordaje por problemas”, hoy solo importa que el chico “esté en la escuela” más allá de la adquisición de contenidos.

   Ni siquiera podemos acusar de esto a los organismos internacionales, la Unesco o el Banco Mundial, ya que la Argentina es tomada como modelo en la aplicación de estos nuevos sistemas ya que viene desde los años 60, mucho antes de su generalización global, mientras tanto en el año 2020 se sabía que uno de cada cuatro estudiantes primarios terminaban su ciclo primario con conocimientos básicos o por debajo del básico en lengua y matemáticas y en el nivel secundario, que se supone es obligatorio, de cada 10 que arrancan, cuatro se pierden en el camino, y de los seis que llegan al final solo egresan efectivamente 4 o 5 de los cuales un 36 % solo alcanza rendimientos básicos en lengua y un 72% en matemáticas.

   Como “mal de muchos, consuelo de tontos” seguramente muchos saldrán a teorizar sobre lo estratégico de “retener el chico en el sistema” aunque no aprenda nada o que “si lo hacés repetir se va de la escuela”, cuando no la más vergonzosa “Acá al menos comen”, desnaturalizando la crisis o lo que es mucho peor aún, naturalizando y siendo funcionales a la construcción de una sociedad de exclusión, donde las familias adineradas o que puedan hacerlo en base a sacrificios busquen para sus hijos las escuelas donde todavía puedan aprender y tener una formación y adquisición de conocimientos, no hablo de educación porque creo que eso es función de la familia, mientras el resto seguirá engrosando los niveles de desocupación, hoy del 30% en menores de 25 años, de informalidad o lisa y llanamente de exclusión.

   Cierto es que este drama no es solo nuestro, España vive algo parecido, por ello el subir reels que exhiben la estupidez e ignorancia de sus adolescentes, es un deporte nacional, Gregorio Luri, Licenciado en Pedagogía, Doctor en Filosofía y sobre todo maestro, ha escrito un libro que es un llamado de atención para todos, “La Escuela no es un Parque de Diversiones, Una defensa del conocimiento poderoso”, donde resume su tesis en una frase “Si la escuela está en crisis no es porque sea una institución anticuada, sino porque ha olvidado su noble función: la de reducir en el mínimo tiempo posible y al mayor número de alumnos, la distancia entre la ignorancia y el conocimiento”.

   Sin embargo, estoy convencido que nada de lo hasta aquí expuesto puede sorprender a nadie, al menos no a cualquier padre o madre preocupado por el futuro de sus hijos y atento a su devenir en la escuela, pregunte usted, lector, a cualquiera cuál cree que es el estado de la educación en la Argentina y el 90% dirá “un desastre, ya no sé qué hacer o a que escuela mandarlo”, en un lenguaje más común o más formado todos sentimos que nuestros hijos y nietos no están teniendo una educación satisfactoria o adecuada, ¿Por qué el tema no está en ningún debate político?, ¿Porqué si en todo el mundo hace una década que se habla del efecto pernicioso de las pantallas en los niños y adolescentes, hasta tal punto que el mismísimo Mark Zuckerberg afirmó que el no permitiría que un hijo suyo usara smartphones antes de los 16 años, que pediatras y psiquiatras vienen hablando sobre la demora en el desarrollo del cerebro frontal, cuando hoy se habla del aumento exponencial de los problemas de violencia, irritabilidad y agresividad en niños y adolescentes y la escasez de psiquiatras especializados en niños, no hay un solo debate serio, en universidades nacionales, con participación de dirigentes políticos, a ver si aprenden algo, sobre este tema?

   Hace pocos días una docente, en nuestro streaming “El Bar del Encuentro” nos decía que ellos tienen que trabajar con los chicos, hacer tareas administrativas, si llaman a los padres por posibles problemas dn los chicos y éstos, salvo que se enojen y agredan al docente, piden un turno en el hospital tienen de tres a cuatro meses de demora y hasta seis ante un brote de agresividad. Si se hacen reformas en el sistema jamás son consultados y los sindicatos del sector no salen del debate salarial o por el estatuto y las licencias, nunca han planteado un un debate profundo sobre el sistema educativo, mientras tanto los funcionarios “expertos” llevan décadas discutiendo entre “Escuela inclusiva vs Calidad escolar”, me hacen acordar en la década del 90 (no sé si aún continúa), los psiquiatras y psicólogos debatían en congresos y simposios sobre reclusión o tratamiento ambulatorio de las enfermedades mentales, otro concepto “cancelado” ya que hoy no hay “enfermedades” sino “trastornos” o “Conductas diferentes”, mientras la comunidad reclamaba que la cortaran con ponencias y “papers” y definieran si había que había que poner los recursos en incrementar la cantidad de camas en internación o abrir casas de medio camino para externar pacientes.

   La misma docente me decía que hoy cuando un chico habla diferente antes de pensar si presenta problemas fonoaudiológicos tienen que ver como hablan los padres, no es que el chico tenga un trastorno sino que se crió oyendo hablar a sus padres en un idioma que no es el castellano común, ni que hablar con los doblajes de películas, series y dibujos animados en “español neutro” o “español centroamericano”, (las apps dan estas opciones) con lo cual los chicos tampoco hablan igual que sus padres o sus docentes.

   En escuelas de CABA comienza a notarse la caída de la natalidad en las inscripciones para el primer grado, ante ese fenómeno ¿cuál es la respuesta del gobierno?, acaso aprovechar para redistribuir espacios y avanzar con la doble escolaridad, como establece la legislación, NO!!, es cerrar aulas o en el actual proyecto de los canallas de este gobierno dejar de lado la obligatoriedad de la educación para que “Cada padre instruya a sus hijos en lo que quiera y como quiera”, una cosa es “Educar” que tiene que ver con aprender a vivir en sociedad, internalizar hábitos de convivencia, valores como el respeto o la solidaridad, eso es responsabilidad de la familia, otra, muy diferente es impartir conocimientos o como dice Luri, en la frase citada “Reducir la distancia entre la ignorancia y el conocimiento”.

   Claro está que todo eso viene abonado por teorías y literatura que aportan a toda teoría en boga, pero a la angustia de los padres al ver que sus hijos pasan de grado y no aprenden nada o egresan sin saber leer o interpretar un texto, que se enteran ahora que el haber permitido que sus hijos usaran pantallas desde recién nacidos las provoca trastornos de maduración mental o de conducta ¿quién le da respuestas?, ¿Quién sale a hablar con los docentes para enterarse de lo que pasa en las aulas, con el pluriempleo, con modelos curriculares que han fracasado?

   Por todo eso lo de “salgan al sol”, una deriva poética de “salgan a la calle”, va dirigido a una dirigencia política a la que se le puede aplicar toda la letra de esa canción y muchos epítetos mas, hablen con los padres, con los docentes, con los inspectores y auxiliares docentes, dejen de ocultar hipócritamente los resultados de las pruebas escolares y exhibir logros de alumnos en certámenes internacionales como si eso fuera el resultado del modelo educativo argentino, claro que hay escuelas donde los alumnos reciben buena instrucción, que hay docentes que se desloman para que aprendan contenidos, que hay chicos cuyos padres pueden acompañar y trabajar con sus hijos en esos contenidos, pero no es la mayoría, al contrario, muchos padres tienen doble empleo para poder parar la olla, los docentes están superados, porque también necesitan el doble o triple empleo y además porque tienen que lidiar con las consecuencias de hogares en crisis o destruidos, la fragmentación y violencia creciente de una sociedad injusta, las adicciones (incluidas las ludopatías dentro del aula) y todos los demás problemas ya consignados.

   Hace 40, en 1985 años se instauró en la UBA el Ciclo Básico Común, el CBC, supuestamente para “equilibrar las asimetrías que existían en los conocimientos que tenían los egresados de las escuelas secundarias del AMBA, se suponía que debería ser una solución temporal, que se iba a trabajar en nivelar las asimetrías, hoy no sólo se mantiene el sistema sino que en otras universidades se elimina el examen de ingreso porque ya era imposible bajar mas aún el nivel de exigencia, pasaron 40 años desde que se detectó el problema y no sólo no se hizo nada para mejorarlo sino que empeoró.

   En un capítulo anterior hablé de la política internacional, de lo que ocurre en el mundo, un mundo que cambia vertiginosamente sin que nadie nos cuente o explique lo que está pasando, ni los medios de comunicación ni la dirigencia, aunque muchas consecuencias del reordenamiento del poder mundial ya están manifestándose a nuestro alrededor, mas aún con un gobierno de traidores, ignorantes y psicóticos que nos involucra en conflictos ajenos o claudica nuestra soberanía de formas que San Martín, Belgrano, Yrigoyen y hasta Roca deben estar retorciéndose en sus tumbas.

   Hoy vemos como nos hundimos en una crisis educativa que tiene responsables, una dirigencia que sabe que estamos condenando generaciones enteras a la ignorancia y la exclusión y no les importa o lucra con ello e intelectuales muy satisfechos con sus publicaciones y teorizaciones pero sin el coraje necesario para llamar a las cosas por su nombre y denunciar con un lenguaje claro e inteligible esta tragedia.

   Lejos estoy de agotar el rosario de calamidades que una dirigencia fracasada y obsoleta han dejado ingresar en nuestra patria y agobian a nuestro pueblo, hay mucho mas por decir y será dicho, ojalá pronto el pueblo argentino agote su paciencia  y “Haga tronar el escarmiento”.

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