Por Antonio Montagna
Man-Su
“Aunque ese tipo desapareciera, no podría ocupar su lugar, la competencia por ese puesto va a ser feroz… ¿cuántos otros candidatos habrá?”.
Estas palabras pertenecen a Man-Su, un hombre que después de 25 años es despedido de su lugar de trabajo y reflejan una síntesis del mundo laboral contemporáneo. La escena donde se pronuncian estas palabras es de la película “La única opción” y la imagen muestra a Man-Su en una terraza, en el momento que levanta una maceta enorme por sobre su cabeza a punto de ser lanzada al vacío para descargar sobre la integridad de alguien que es un supuesto competidor en el puesto de trabajo al cual él aspira. El director de la película (Park Chan-wook), que juega un poco con lo ridículo y lo trágico de la situación, lo muestra al protagonista como levantando una gran pesa que no puede sostener. Parece un atleta absurdo. Un Buster Keaton coreano y moderno.
La única testigo de la situación, una señora que se supone es la dueña de la casa donde el protagonista entró sin pedir permiso, lo mira desde atrás y le pregunta “¿levantamiento de pesas?” La película está llena de símbolos, este puede ser uno de ellos, un peso que no se soporta y lo oprime, pero con el cual no sabe qué hacer. ¿la culpa? No. Mientras unas gotas de agua de la maceta, al parecer recién regada, le caen sobre la cabeza, reflexiona: “¿Cuántos otros candidatos habrá?” y es la pregunta lo que lo detiene, no la culpa. La pregunta que le hace ver que con eliminar a uno no tiene sentido. Man-Su no tiene culpa, pero tiene deudas (¿acaso no son lo mismo?), el dinero se le acaba y tiene que elaborar un plan para que nadie le robe el nuevo puesto de trabajo que tanto ambiciona. Entonces hace un simple cálculo, una estimación. “…cuatro, cinco…diez”, ¿cuántos serán los competidores? Números (no seres humanos) que lo amenazan en este nuevo orden del capital.
Hay que eliminarlos a todos. Man-Su tiene que encontrar otro trabajo para mantener a su familia y seguir sosteniendo su estilo de vida. Y como el cuerpo habla, la ansiedad, el estrés y la presión le pasan factura. Un dolor de muelas (otro símbolo) se dispara cuando es despedido y lo altera cada vez más. Dolor que logra arrancarse (se saca la muela) cuando elimina al último contrincante, sintiendo un alivio físico que es un alivio mental.
¿Qué pasaría si siguen apareciendo competidores? ¿Cuántos dolores debería arrancarse? ¿Se ha convertido su vida en una rueda sin fin que lo consume a sí mismo?
“Se lo están comiendo vivo”, dice Man-Su después de ver que el árbol de uno de sus competidores está siendo devorado por insectos. En realidad es algo más profundo, ya que habla de él mismo y de cómo el mundo está avanzando y cambiando, y se lo está “comiendo” porque él no está encontrando la manera de avanzar también.
Mas allá de todo spoileo, el desenlace de “La única opción” transcurre entre la ironía y una profunda devastación. Se lo ve a Man-Su entrando a la fábrica con una tablet en su mano, emocionado y haciendo un gesto de suprema alegría, agitando a la par sus brazos hacia atrás y a hacia delante con los puños cerrados y con la mirada al cielo, gritando como si hubiese conseguido meter un gol que le vale un campeonato. Tras asesinar a sus principales rivales Man-Su finalmente obtiene el puesto de trabajo que tanto anhelaba. Un final feliz, pero la película lo presenta de forma inquietante: su nuevo cargo consiste en supervisar instalaciones altamente automatizadas, donde prácticamente no hay trabajadores humanos.
“Se lo están comiendo vivo”, había dicho, y así, irónicamente, ha sacrificado su humanidad para regresar al mundo laboral y descubrir que el sistema productivo con el que tanto pretendía reencontrarse ya no necesita personas. De algún modo, su sacrificio fue en vano. Además, con resentimientos y secretos que inundaron las relaciones familiares que dejaron marcas que no desaparecerán.
No era ni es mi intención hacer un comentario de una película, no me considero un crítico de cine ni mucho menos, tampoco soy muy cinéfilo más allá de disfrutar de buenas películas cuando rara vez se encuentran. Simplemente quiero expresar una serie de interrogantes que me asaltaron cuando la disfruté.
Interrogantes que me hicieron, de alguna manera, viajar en el tiempo. Cuando estaba terminando de verla, no pude evitar recordar otra película. Seguro la he visto en el viejo y querido cine Arte. Ese cine del subsuelo en el que nos juntábamos con amigos para hacer de ese encuentro una especie de rito cultural. Me refiero al rito del encuentro, vernos. A la celebración de estar ahí y poder discutir, hablar, criticar, disfrutar y luego compartir una pizza, un vino o un buen café hasta agotar todas las conclusiones posibles sin llegar a ningún puerto, porque no se trataba de llegar a ningún lado, sino de estar, nada más que eso, estar juntos.
Lulú Massa
Esa otra película a la que refiero es “La clase obrera va al paraíso”. Tengo que agudizar bastante la memoria e incluso recurrir a la ayuda para recordar los nombres del personaje central. Sí me acuerdo perfectamente del actor, el gran Gian María Volonté. El personaje se llamaba Lulú Massa. ¿No la vieron? La dejo acá abajo.
Me pregunto dónde quedó el paraíso. Si bien es cierto que tampoco Lulú lo alcanza, ¿acaso si lo hace Man-Su?. Esa euforia, ese desahogo final de Man-Su ¿es el paraíso de Lulú?.
Lulú da la vida por el destajo, y para eso se mimetiza con la máquina, es una máquina. Tiene la fábrica interiorizada. Un poco lo dice al comienzo:
“Todo está aquí (se toca la cabeza), en el cerebro. En el cerebro, está la dirección central. Decide, hace proyectos, hace programas y da marcha a la producción. (…) Los brazos, la lengua, la boca todo se pone en movimiento. Logra alimentos que son la materia prima, (…) el individuo trabaja para comer (…) la comida baja hasta aquí (se toca la panza) donde hay una máquina que la tritura y la deja lista para salir, igual que una fábrica (…) El individuo es igual que una fábrica de mierda (…)”.
Es una máquina que desprecia esa “voz de conciencias esclarecidas” que son los estudiantes que quieren insuflarle la idea de que su trabajo es trabajo alienado. Pero para él, la eficiencia máxima es la liberación y el paraíso, hasta que un accidente le arranca un dedo y se rompe el engranaje revelándole su condición de mercancía descartable.
Lulú y Man-Su expresan la reconfiguración de una subjetividad. En las dos historias hay un muro. Un muro que divide el adentro y el afuera de la fábrica. En una historia, la de Man-Su, se mata para entrar; en la otra, la de Lulú, se muere por salir. Pero el muro es el mismo. El muro de la fábrica no cambia. Lo que ha cambiado “brutalmente” es el sujeto que produce, que trabaja.
Marx, Deleuze, Byung-Chul Han, Laval, Dardot
Hay un texto de Karl Marx que creo interesante para poner en perspectiva estas películas y tratar de entender que pasa en estas subjetividades. El texto es Fragmento sobre las máquinas, está en los conocidos Grundrisse.[1]
Marx anticipa aquí, y estructura en términos teóricos, la mutación hacia lo que hoy conocemos como sociedades de control y del rendimiento, al explicar cómo el capital objetiva el conocimiento humano en la tecnología para dominar la vida productiva.
Pensemos en las figuras de Lulú y Man-Su. El trabajo subsumido por la máquina y un autómata. El instrumento de trabajo deja de ser una herramienta manejada por la destreza del obrero (Lulú). Veamos sino esa escena inicial donde Lulú hace como un precalentamiento antes de poner en funcionamiento su herramienta. Quiere ser el mejor, el más eficiente, producir más. El instrumento deja de ser una herramienta para pasar a ser un sistema automático de maquinaria (Man-Su). La máquina le roba el alma al obrero y funciona con leyes mecánicas dejando al obrero como un mero accesorio vivo subsumido al movimiento del mecanismo. La máquina se apropia de la actividad del obrero.
De alguna manera lo que hace Marx es anticipar el infierno, no el paraíso. Y lo anticipa cuando comienza a mostrar a la objetivación del trabajo (las máquinas y la ciencia) como un poder ajeno que gobierna al trabajo vivo. Esta metamorfosis material que no tira abajo ningún muro, es la base de lo que Gilles Deleuze llama el paso a las “sociedades de control”.
“Reformar la escuela, reformar la industria, reformar el hospital, el ejército, la cárcel; pero todos saben que, a un plazo más o menos largo, esas instituciones están acabadas. Solamente se pretende gestionar su agonía y mantener a la gente ocupada mientras se instalan esas nuevas fuerzas que ya están llamando a nuestras puertas. Se trata de las sociedades de control, que están sustituyendo a las disciplinarias. “Control” es el nuevo nombre propuesto por Burroughs para designar el nuevo monstruo que Foucault reconoció como nuestro futuro inmediato.”[2]
Todo el desarrollo de “La única opción” no hace más que mostrarnos que esas nuevas fuerzas llamaron a la puerta hace ya un tiempo; y que en un giro perverso han empujado al sujeto a convertirse, al ritmo del “tú puedes”, en una máquina del rendimiento.
Pero me quedo un poco en Marx y en lo que él denomina General Intellect (Intelecto general). La maquinaria absorbe la acumulación de saber y de la destreza, de las fuerzas productivas generales del cerebro social. El conocimiento social general, es decir, la ciencia y la tecnología se transforman en una fuerza productiva que moldea la vida social derivando esto en que el trabajador deja de ser un agente principal y se convierte en un supervisor.
Pensemos en la figura de Man-Su, en el final de la película, pero elevado a la enésima potencia. Hasta qué punto la tecnología se ha transformado en una fuerza tan potente que lo configuró hasta llevarlo a eliminar a sus posibles competidores. Quiero decir, este Intelecto general que ya preanunciaba Marx, ha convertido a la vida social en una sumatoria de individualidades que luchan encarnizadamente por la conservación.
Esta cristalización de la ciencia, la información y la tecnología en capital fijo, pasan a ser en el neoliberalismo exigencias, que el individuo debe desarrollar en forma permanente mediante el aprendizaje continuo, evaluación o coaching. Esto está muy bien desarrollado en un libro que describe toda esta transformación, el libro se titula La nueva razón del mundo: ensayo sobre la sociedad neoliberal[3]. El General Intellect ha sido interiorizado y el sujeto es concebido como un “capital humano” que debe autovalorizarse.
Observemos sino todo el proceso de “aprendizaje” forzado a que es sometido Man-Su después de su despido. Esas sesiones de coaching casi absurdas de autoconocimiento y de exigencias psíquicas para sobrevivir y triunfar. Y como decía más arriba, es llevado a una lógica del rendimiento, según describe Byung-Chul Han en La sociedad del cansancio[4], que opera como violencia sobre la psique con un costo trágico.
El cambio de paradigma de la sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento es empujado por el afán de maximizar la producción. Así como la fábrica de Lulú es un claro ejemplo de la sociedad disciplinaria habitada por sujetos de la obediencia basada en la negatividad de la prohibición, el mandato y la ley, y donde la narrativa imperante era dominada por el “deber” y el “no-poder” (veamos cómo se configuran todas la relaciones de Lulú; con los estudiantes, con el capataz, con el sindicato, con la familia), a partir de cierto nivel de productividad la lógica de la negación alcanza un límite y tiene consecuencias paralizantes que impide el crecimiento productivo ulterior.
Para superar esto y aumentar la eficacia, ya no sirve el destajo; y un dedo más o menos no deja de ser más que una anécdota. Ahora la eficacia no se logra con la coordinación ni con el ritmo acompasado de un ejército de obreros obedientes. Si se quiere eficacia hay que desregular la negatividad y reemplazarla por una lógica positiva de “poder hacer”, donde los proyectos, la iniciativa personal y la motivación ocupan el lugar de la viejas prohibiciones. Ya no hay fábricas como prisiones, ya no hay panópticos. El panóptico es uno mismo, y sostiene al muro. Quizá el muro sea uno mismo. La explotación se convierte en autoexplotación y es voluntaria.
Pero esta transición no representa una ruptura total, sino una continuidad orientada al incremento de productividad: el nuevo “poder” no anula el “deber” interiorizado, ya que el sujeto de rendimiento pasó previamente por la fase disciplinaria. Lo que cambia drásticamente es la estructura de coerción. Al liberarse de un dominio externo, la libertad y la obligación terminan coincidiendo. El sujeto se entrega a la “libre obligación de maximizar el rendimiento”.
¿Cómo caracterizar la subjetividad de Man-Su? Todos sus actos, empezando por la planificación para eliminar a sus oponentes, están orientados por la maximización de su rendimiento. Esta forma de explotación es mucho más sutil, destructiva y eficiente que la explotación por parte de otros porque viene disfrazada con un sentimiento de libertad. El individuo se convierte al mismo tiempo en amo y esclavo, víctima y verdugo, explotador y explotado.
Las consecuencias patológicas de este paso son demoledoras: mientras que la negatividad de la sociedad disciplinaria generaba locos y criminales, la hiperactividad y el exceso de positividad de la sociedad de rendimiento producen “depresivos y fracasados”. Exceso de positividad que se manifiesta como una sobreabundancia de estímulos, informaciones, superproducción y supercomunicación que ha reemplazado los antiguos límites de la negatividad y la prohibición. Al desaparecer las fronteras inmunológicas que defendían al individuo frente a lo extraño o lo “otro”, el sujeto se enfrenta a una masificación asfixiante de “lo idéntico”, impulsada por el mandato absoluto del “poder hacer” sin restricciones.
El mejor ejemplo de estos límites de la negatividad y la prohibición lo encontramos en Lulú y su trabajo a destajo. Lo vemos en su agotamiento del cuerpo biológico frente a las normas externas, ya que la lógica de prohibición y mandato es la que rige la productividad. El capataz, el cronómetro y el reglamento como control externo (deber) intentan acelerar aún más los ritmos de trabajo para ganar más, pero chocan con el “no puedo más” de un cansancio físico (no-poder) que la disciplina intenta quebrar hasta que Lulú pierde un dedo. En definitiva esto no es más que el desencadenante de un serie de negatividades: “no dejes de pedalear” (el No del patrón) engendra el “no trabajamos más” (el No del obrero)
Lulú termina desvariando contando un sueño que justamente habla de un muro, un muro que hay que empujar y derribar, pero que del otro lado solo encuentra una densa niebla en vez del paraíso. Y detrás de ese muro se encuentra con Militina, un viejo compañero que se volvió loco. Una clara referencia a que la única salida del encierro es la locura o la muerte.
¿Y Man-Su?. Un personaje que representa la ansiedad y el fracaso personal ante la sociedad. El no sueña con ningún muro porque el muro es él mismo. Se tiene que traspasar a él mismo. Su único sueño es “entrar” y tiene que lidiar con el miedo constante de que otros ocupen su lugar y por eso los va eliminado uno por uno.
Man-Su no tiene esa serie de negatividades, no tiene un “No” que lo detenga. Él sustituye el “debes” por el “puedes”, él mismo se empuja más allá de sus límites, incluso urdiendo la eliminación de la competencia para “poder” trabajar. Acá no hay un capataz que dice “no dejes de pedalear”, él es su capataz. Acá no hay un “no trabajamos más”. Él afirma, no niega.
Ese “No” que operaba como límite en Lulú (la prohibición, el capataz, la huelga), estalla en mil pedazos en Man-Su. Se convierte en un cúmulo de estímulos que lo conducen a una actividad frenética que saturan su organismo llenándolo de angustia y a su vez de afán de éxito. La Tablet que sostiene al final de la película es todo un símbolo, esa pantalla es el vehículo de la supercomunicación que contiene toda la información de las instalaciones automatizadas que ahora debe supervisar solo. Man-Su ingresa a su nuevo puesto de trabajo como único operario a una fábrica sin obreros, pero con su mente más ocupada y estimulada que nunca supervisando el vacío que él ayudó a crear.
Antes de ir cerrando las ideas que dispararon estas dos películas, expuestas quizá en forma un poco desordenadas, quiero volver un poco a Marx. Si uno ve las imágenes del inicio de “la clase obrera…”,observa a cientos de obreros ingresando a una fábrica. Mientras que al final de “La única opción”, lo que se ve es a Man-Su solo supervisando máquinas. Un concepto central en Fragmento sobre las máquinas para entender la transformación del trabajo, y yo agrego, para entender también el cambio operado en la subjetividad en este capitalismo neoliberal y financiero, es el de disposable time (tiempo disponible). Este término hace referencia al tiempo que queda libre una vez que se ha cubierto el tiempo de trabajo necesario para la producción de bienes. Como puede verse muy claramente en “La única opción”, las máquinas son las que permiten ahora la producción casi sin esfuerzo y tiempo humano. La producción depende más del desarrollo de la ciencia y la tecnología (lo que antes decíamos, General Intellect), y esto hace que se reduzca casi al mínimo el tiempo necesario para la producción. Ya no hay cientos de obreros entregando su tiempo para producir. El adelanto tecnológico crea tiempo disponible. Opera acá una paradoja que Marx observa: por un lado el capital busca crear tiempo disponible mediante la eficiencia de las máquinas y por otro lado el sistema convierte ese tiempo libre en plusvalía.
Siguiendo con la lectura de Byung-Chul Han, ese tiempo disponible creado y capturado, no es otra cosa que el producto de la maximización del funcionamiento que deriva en mero rendimiento produciendo la reducción de la vitalidad humana. Una especie de “agotamiento moderno” que separa, un cansancio a solas que termina destruyendo la comunidad. Man-Su se queda solo, y sus competidores también estaban solos y abrumados.
Es en esta encrucijada donde más urge encontrar el paraíso. Ese anhelo que ni Lulú ni Man-Su se animaron o no pudieron ni siquiera imaginar. Quizá esas mutaciones en la subjetividad que operaron al compás del capital, ameriten escapar por arriba y abandonar los juegos dialecticos para arriesgarse a un juego de la afirmación. Una afirmación que no es la positividad que funcionó como excusa de la negación de una negación para justificar el rendimiento. No, quizá haya que pensar sujetos que estén a la altura de una hospitalidad incondicional a la espera de la llegada del otro.
Sujetos que hagan del cansancio algo vital, aunque suene paradójico; una especie de facultad inspiradora que a diferencia del agotamiento moderno sea un cansancio elocuente capaz de reconciliar, abriendo espacios nuevos que permitan a los sujetos volver a conectar y confiar en el mundo. Sujetos del “no-hacer” que permitan el acceso a una atención especial, lenta y duradera contrapuesta a la hiperactividad del rendimiento y la eficiencia. Una subjetividad que devuelva el asombro por el mundo y cree comunidad, unida por una colectividad singular de paz compartida.

Esta paradoja que se produce al enfrentar a dos personajes como Lulú y Man-Su pone de manifiesto que el avance de la técnica, es decir, ese General Intellect del que hablaba Marx, terminó produciendo un sistema de esclavitud por la captura del tiempo disponible. Man-Su y su Tablet en soledad esquivando máquinas que van y vienen por la fábrica, demuestran que hasta su propia humanidad solitaria es un estorbo.
Frente a este paisaje devastador, uno se pregunta si todavía es posible el paraíso. Creo que un indicio lo dije más arriba. Espacios de espera, de asombro, de afirmación de una alteridad radical. Pensemos en una sociedad del tiempo libre producto del adelanto científico, tiempo libre no capturado, sino un tiempo que se convierta en territorio organizado para la creación y la elevación. Un territorio que es comunidad estructurada en torno a un espíritu solidario que convierta al ocio estéril en proyecto de superación dejando a un lado la violencia individualista de la competencia absoluta. Un territorio que será espacio de una Comunidad Organizada cuyo objetivo no es la mera productividad sino la dignificación del sujeto para que se adueñe de su destino y de su tiempo.
Lulú veía una densa niebla detrás del muro y ese muro terminó internalizado en Man-Su. El trabajador ha entregado su tiempo libre en beneficio del aumento de la productividad a costa de disolver lazos comunitarios.
Perón
Algo de esto advertía Juan Domingo Perón en un texto imprescindible, si queremos apostar a recuperar lo que el neoliberalismo trata de disolver. El Modelo argentino para el proyecto nacional[5], escrito en 1974, hace referencia al “ocio mal empleado” y al espejismo de la tecnología. Allí Perón contrasta la realidad de los países de baja tecnología que “sufren los efectos del hambre, el analfabetismo y las enfermedades”, con las clases y países que basan su exceso de consumo sobre ellos, afirmando que estos últimos tampoco gozan de una auténtica cultura ni de una vida sana, sino que “se debaten en medio de la ansiedad, el tedio y los vicios que produce el ocio mal empleado”. En esa misma página advierte que el ser humano, “cegado por el espejismo de la tecnología”, ha olvidado las verdades esenciales de su existencia.
Un poco antes, en una sección que titula “Las enseñanzas del proceso histórico mundial”, señala que el pragmatismo ha sido el motor del progreso económico, pero que una de sus consecuencias ha sido la de “reducir la vida interior del hombre, persuadiéndolo de pasar de un idealismo riguroso a un materialismo utilitario”, y que para no ubicar a la sociedad en un simple modelo adaptativo de tecnología externa, “se requiere la máxima incentivación del esfuerzo creativo”.
Y agrega que, para que la tecnología cumpla su rol liberador y no genere una sociedad vacía, debe estar subordinada a un modelo de país. El Estado debe establecer marcos flexibles donde el empresariado pueda desarrollar su capacidad creativa. Esto requiere abandonar las políticas liberales de dependencia tecnológica y asumir el avance científico-tecnológico como una tarea planificada e interdisciplinaria. De esta manera, el progreso material y el desarrollo tecnológico se convierten en el soporte de una Comunidad Organizada que eleva espiritualmente a sus ciudadanos en lugar de pulverizarlos en el utilitarismo.
Al final, el paraíso estaba al alcance de la mano. Había que organizarse, no solo para recuperar el tiempo, sino también para vencerlo.

[1] Marx, K.– Elementos fundamentales para la crítica de la economía política (Grundrisse) 1857-1858, vol, 2, México. Siglo XXI, 1972, pp. 216-230.
[2] Deleuze, G.- Conversaciones – Post-Scriptum sobre las sociedades de control. Valencia, España. Pre-textos- 2014pp 278-279
[3] Laval, C y Dardot, P.- La nueva razón del mundo. Ensayo sobre la sociedad neoliberal. Barcelona, España. Gedisa. 2013
[4] Byung-Chul Han.- La sociedad del cansancio. Barcelona, España. Herder. 2026
[5] Perón, J D.- Modelo argentino para el proyecto nacional. Biblioteca del Congreso de la Nación – Argentina.

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