Por Ramón Prades
La guerra en Medio Oriente cruzó el punto de no retorno. Esa es una de las pocas certezas. No importará si en los próximos días, semanas o meses hay un alto al fuego. Incluso si los actores en conflicto cumplen parcialmente sus objetivos y se agotan, esta guerra habrá alterado las expectativas y los incentivos futuros de forma permanente, siendo solo una pausa hasta el próximo combate. Es por esto que hoy hay un escenario de guerra definitiva y los actores simplemente ya no tienen estímulos para frenar. Así, la ilusión de que la región pueda volver al statu quo previo al conflicto se desvaneció para las próximas décadas, y con ella la doctrina estratégica diseñada por EE. UU. e Israel que le daba sustento.
Netanyahu sintetizó en un mensaje a la nación el verdadero alcance de esta transformación doctrinaria y el objetivo de esta operación cuando dijo que “tras el desastre del 7 de octubre, decidí liderar un cambio polar, acciones que cambien de forma dramática el equilibrio de fuerzas entre nosotros y nuestros enemigos”. De esta forma, redefinir el tablero de Medio Oriente “requerirá audacia y tomar riesgos calculados”. Sin embargo, este giro monumental no se sustentó puramente en una evaluación objetiva sobre la seguridad existencial del Estado de Israel, sino en la más cruda necesidad de supervivencia política del propio primer ministro. Tras el colapso de inteligencia del 7 de octubre del 2023, arrastrar a la región a una reconfiguración total era su única vía de escape para evitar su propio final político. “El que se atreve gana”, resumió en ese mismo mensaje del 7 de marzo de 2026, definiendo quizás no solo la táctica militar de su país, sino su propia historia de vida. Aprovechar el momentum del 7 de octubre para ir por la cabeza del pulpo, disminuidos ya sus tentáculos en Gaza, Líbano, Siria o Yemen, pero también buscando resolver un viejo debate estratégico sobre cómo tratar con Irán.
Históricamente, la “Escuela de la Contención” —cuyos máximos exponentes han sido verdaderos tótems del aparato de seguridad israelí como los exjefes del Mossad Meir Dagan, Tamir Pardo y Efraim Halevy, el exjefe del Shin Bet Yuval Diskin, y exjefes del Estado Mayor de las FDI como Gabi Ashkenazi— abogaba por lidiar con el “diablo conocido”. Esta postura no era un ejercicio de moderación, sino una férrea convicción estratégica que quedó demostrada en la feroz interna entre 2010 y 2012, cuando esta misma cúpula se plantó institucionalmente para frenar la orden directa de Netanyahu de lanzar un ataque masivo y preventivo contra Irán como el actual. La gran pregunta rectora que guiaba a este grupo de inteligencia era simple pero paralizante: “¿Y el día después qué?”. En sintonía con los arquitectos tradicionales de la política exterior en Washington, para este sector era preferible enfrentar la amenaza centralizada de los ayatolás (un Estado disuadible, con infraestructura y fronteras claras) que destruir al Estado y desatar una “sirianización” de Irán, abriendo un agujero negro de caos terrorista con el agravante de tener material nuclear disperso en el terreno. Sin embargo, el ataque de Hamás del 7 de octubre resolvió de manera brutal esta histórica disputa interna. La propia doctrina de la contención fue la gran víctima estratégica de aquella jornada, decantando la balanza de poder hacia el enfoque opuesto y sentando las bases inexorables del resultado que vemos hoy.
La presencia de Trump en Washington le entregó a Netanyahu la cobertura política absoluta y el cheque en blanco que necesitaba para dejar de gestionar la amenaza y pasar, finalmente, a la demolición.
Pero el desastre del 7 de octubre no fue el único catalizador para desatar esta ofensiva final. La decisión de Israel de avanzar ahora responde a la convergencia de una pesadilla táctica insostenible y una ventana de oportunidad geopolítica irrepetible; el salto tecnológico del arsenal misilístico iraní y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca. Durante la última década, los planificadores militares observaron cómo Irán mutaba su doctrina, sustituyendo su obsoleta fuerza aérea por un potente programa de misiles de combustible sólido y guiado de precisión, pasando de disparar armas al azar a poseer vectores capaces de salir de sus ciudades subterráneas con sembradíos de misiles como espárragos bajo tierra y desvanecerse bajo la montaña en menos de diez minutos. Al exportar masivamente este conocimiento a sus aliados (Hezbolá, los Hutíes y milicias iraquíes, etc.), Teherán logró asfixiar a sus adversarios con un anillo de fuego táctico, como bien explicaba la evolución de los reportes sobre las capacidades militares de Irán. Contener este nivel de precisión y masividad ya era operativamente imposible, y la presencia de Trump en Washington le entregó a Netanyahu la cobertura política absoluta y el cheque en blanco que necesitaba para dejar de gestionar la amenaza y pasar, finalmente, a la demolición.
Al cruzar el actual punto de no retorno, esa prudencia fue definitivamente sepultada por la “Escuela de la Fragmentación“. Impulsada por halcones de Washington y fundamentada teóricamente por académicos de inteligencia israelí como Mordechai Kedar, esta visión sostiene que la única solución permanente es la implosión controlada. El marco teórico de Kedar plantea que gran parte de la arquitectura estatal de Medio Oriente es artificial. Países como Siria, Irak o Libia han demostrado no ser naciones cohesionadas, sino apenas un aglomerado de tribus en conflicto constante condenadas a convertirse en Estados fallidos. Aplicar esta matriz analítica sobre Teherán expone su máxima vulnerabilidad. Su argumento se basa en la demografía pura. Irán no es un bloque persa monolítico, sino un imperio multiétnico donde los persas apenas superan el 50% de la población. El resto del territorio es un polvorín de minorías históricamente oprimidas: azeríes en el noroeste, árabes ahwazíes sentados sobre los mayores yacimientos de petróleo en Juzestán al suroeste, baluches en la frontera con Pakistán y kurdos en el oeste.
Hoy, la meta suprema de Tel Aviv ya no se limita a un cambio de gobierno, o a que el gobierno cambie su relación con Israel, sino a desarticular al Estado mismo. La apuesta es exacerbar las fisuras étnicas para forzar una balcanización definitiva del territorio persa. Bajo esta lógica, la focalización de los bombardeos sobre cuarteles de la Guardia Revolucionaria, comisarías y nudos de seguridad interna obedece a un cálculo: quebrar el espinazo del aparato represivo para que, tal como arengó Netanyahu infinidad de veces, “los iraníes aprovechen esta oportunidad única e irrepetible” de sublevarse. Los engranajes de este plan ya estaban girando antes de las primeras bombas. El pacto sellado el pasado 22 de febrero, donde los principales grupos y milicias kurdo-iraníes definieron una estrategia armada conjunta contra Teherán, es el hito fundacional de esta nueva fase y representa la hoja de ruta para empujar a Irán hacia el abismo de un Estado fallido, devorado por guerras sectarias e incapaz de inyectar un solo dólar más al Eje de la Resistencia. Astillar al imperio hasta convertirlo en un rompecabezas de vecinos frágiles y consumidos por luchas civiles intestinas no es un daño colateral, es la garantía definitiva. Un escenario que neutraliza de raíz, y para siempre, la amenaza de su programa nuclear, sus misiles y sus enjambres de drones, pero abre las puertas a territorio desconocido, haciendo que el mayor peligro del plan sea, precisamente, que tenga éxito.
Si el objetivo de Israel —una respuesta definitiva dictada por un reloj estratégico implacable que el propio ministro de Defensa, Yoav Gallant, resumió recientemente en su manifiesto “Ahora o nunca: cómo terminar el trabajo en Irán”— ya está claro, la pregunta obligada es: ¿qué busca realmente Estados Unidos más allá de escoltar a su aliado histórico? ¿Por qué Washington decidió ir a la guerra? ¿Cuál es su verdadero, esquivo, y poco declarado objetivo?
El pacto sellado el pasado 22 de febrero, donde los principales grupos y milicias kurdo-iraníes definieron una estrategia armada conjunta contra Teherán, es el hito fundacional de esta nueva fase y representa la hoja de ruta para empujar a Irán hacia el abismo de un Estado fallido.
La respuesta exige revisar la herida abierta del pacto nuclear (JCPOA). Antony Blinken explicó recientemente el error fatal que supuso la ruptura de ese acuerdo, definiendo la decisión de Donald Trump como una jugada “terrible” que reemplazó un tratado de contención por la nada absoluta. El contrafáctico de Blinken es letal: de haberse mantenido el JCPOA hasta su expiración, Washington podría haber exigido su extensión. Si Teherán se negaba, la opción militar siempre habría estado sobre la mesa, pero con una ventaja táctica abrumadora: años de inteligencia recolectada gracias a las inspecciones in situ. Al dinamitar el acuerdo, el Pentágono se quedó a oscuras. Es en esta ceguera donde la coreografía geopolítica calca la invasión a Irak en 2003: el aparato militar occidental marchó hacia la demolición de un país sin pruebas irrefutables de que Teherán poseyera un arsenal nuclear operativo pero usando esa misma falta de información autoinfligida como excusa. A su vez, a diferencia de Tel Aviv, para Washington el programa de misiles balísticos y la red de milicias proxy iraníes jamás representaron una amenaza existencial. ¿Entonces? Estados Unidos no cruzó el océano para cazar misiles de alcance medio ni para perseguir el fantasma de una bomba atómica nuevamente, y menos para destruir una armada y una aviación irrelevantes. Esas armas fueron —y serán presentadas como victorias y salida del conflicto si este se empantana— solo el obstáculo táctico a remover para alcanzar su verdadero y único objetivo: el control geográfico absoluto. Estados Unidos fue a la guerra pura y exclusivamente por el Estrecho de Ormuz. Por eso, a Washington le resulta anecdótico el rostro del próximo gobierno en Teherán. No importa si se reemplaza a un ayatolá Jamenei de 86 años por otro Jamenei de 56, si encuentran a una figura pragmática al estilo de Delcy Rodríguez dispuesta a firmar, o si, como ironizó el propio Donald Trump, lo nombran a él mismo Líder Supremo. Para la Casa Blanca, la ideología de quien se siente sobre las ruinas del Estado persa es irrelevante. Como ya advertimos en enero de este año en Panamá Revista al analizar “la geopolítica de los estrechos y el regreso al mundo de McKinley”, Estados Unidos abandonó definitivamente la fantasía de que un mundo que se le parezca es un mundo más seguro.
Sin embargo, al observar los movimientos del Pentágono, surge una contradicción ineludible: si este era el objetivo ¿por qué el despliegue estadounidense de las últimas semanas huele a improvisación reactiva? La respuesta radica en el error de cálculo sobre los tiempos de la balcanización. Washington y Tel Aviv pecaron de un peligroso optimismo táctico: apostaron a que las primeras semanas de bombardeos de saturación sobre la infraestructura de mando quebrarían la moral del gobierno y desatarían una fractura interna casi automática, pero la CIA no funciona tan bien como en las películas. Creyeron que el colapso sería rápido, barato y autoejecutable por las minorías locales. Esta es parte de la lectura de la nueva doctrina imperante en la toma de decisiones ya explicada. Pero el Estado profundo iraní demostró una resiliencia estructural mayor a la presupuestada por esta escuela, aunque advertida por otros. Al fallar esta implosión a control remoto, Estados Unidos se ve ahora arrastrado a una guerra de la que quizás hoy preferiría correrse, pero de la que ya no tiene escapatoria. Retirarse ahora significaría dejar a Irán mucho mejor posicionado de lo que estaba antes de la escalada: controlando y cobrando peaje en el Estrecho de Ormuz, y consolidando a un Estado que, bajo esta presión existencial, inevitablemente mutará de un sistema teocrático a uno de corte netamente pretoriano, entregándole el control total y definitivo del país al Pasdaran (la Guardia Revolucionaria), con enormes incentivos para avanzar en su desarrollo nuclear y militar. La actual readecuación de sus medios militares no es entonces una falta de estrategia, sino su adaptación, que consiste pasar a una fase terrestre obligada, teniendo que enviar sus propias tropas porque el botín ya no se va a asegurar solo. Después de Crimea Putin se pensó que el resto de Ucrania sería solo un bocado, quizás después de Caracas, su amigo Trump haya sentido lo mismo en Teherán. Recalculando.
Para Estados Unidos, alterar drásticamente la distribución de sus medios militares no responde a una simple solidaridad de alianza. Al traslado de urgencia de sus grupos de asalto anfibio —incluyendo al USS Tripoli y al Grupo Boxer— y a los miles de paracaidistas de la Fuerza de Respuesta Inmediata de la 82.ª División Aerotransportada, se acaba de sumar en las últimas horas la confirmación de que el Pentágono evalúa desplegar hasta 10.000 tropas terrestres adicionales con blindados hacia el Golfo Pérsico. Semejante escalada de infantería expone la cruda realidad táctica: a EE. UU. no le sirve únicamente capturar un enclave petrolero vital como la isla de Jarg; necesita imperiosamente tomar y resguardar la franja costera continental. Es aquí donde el plan choca con la geografía. Si someter a Irak —un país tres veces más pequeño, de llanuras abiertas y con unas fuerzas armadas infinitamente menos preparadas— demandó el despliegue de casi 200.000 hombres, dominar la inexpugnable costa montañosa iraní es una pesadilla de otra magnitud. Sin embargo, en el diseño de ese nuevo rompecabezas en el que quedaría convertido un Irán balcanizado, esa costa es exactamente la pieza que Estados Unidos busca guardarse en el bolsillo. Al destruir la infraestructura de denegación de área de Teherán en el litoral, Washington asume el control indiscutido del corredor por donde fluye el 20% del crudo mundial, allanando el camino para crear, en el futuro, una coalición de países aliados del Golfo que administre el estrecho bajo su tutela. Un nuevo Panamá. Este es un mensaje directo a Beijing. Al monopolizar Ormuz, Estados Unidos le demuestra a una China altamente dependiente de la importación energética que posee una correa directamente atada a su cuello económico, capaz de cerrarle el grifo a voluntad.
Sin embargo, al trasladar estas unidades expedicionarias para sostener la guerra en Medio Oriente, Washington evidencia una peligrosa sobreextensión estratégica. Asume un riesgo colosal: aceptar el debilitamiento de la postura disuasoria del INDOPACOM, lo que genera en Asia una ventana táctica que abre de par en par la puerta para que China lance su asalto definitivo sobre Taiwán. Es esta convergencia de fines (la balcanización israelí y el control de Ormuz estadounidense) la que nos devuelve a la gran consecuencia global en el Pacífico: ¿Es esta aparente vulnerabilidad por sobreextensión en Asia un costo ineludible de la ambición en Medio Oriente, o estamos frente a una magistral operación de control reflexivo diseñada para inducir a Beijing al suicidio, empujando a China a iniciar una guerra en Taiwán que la empantane en un desgaste brutal, calcando el fatídico error de cálculo de la “victoria en tres días” que Vladimir Putin imaginó para Ucrania? Ni idea.
Al monopolizar Ormuz, Estados Unidos le demuestra a una China altamente dependiente de la importación energética que posee una correa directamente atada a su cuello económico, capaz de cerrarle el grifo a voluntad.
A través de los ojos del mando chino, la ventana es innegable. La teoría del Peaking Power sugiere que China es hoy más peligrosa que nunca porque percibe que el tiempo corre en su contra ante un colapso demográfico irreversible. Si a esto se le suma el actual “valle de la muerte” logístico del Pentágono —escasez de munición y astilleros colapsados—, la matemática en Beijing parece cerrar. Un informe publicado recientemente por un reconocido portal británico expuso la crudeza de esta sangría: el ritmo vertiginoso al que la Armada de Estados Unidos está quemando sus costosos misiles interceptores en Medio Oriente ha pulverizado por completo su capacidad industrial de reposición. Con la infantería expedicionaria y el escudo antimisiles estadounidense absorbidos por el Golfo Pérsico, el costo de cruzar el Estrecho de Taiwán ha bajado drásticamente. Y acá aparece la gran pregunta sin respuesta, la incertidumbre absoluta que rodea a una guerra por Taiwán que ya se asume tan estructuralmente inevitable como el propio choque entre Israel e Irán: ¿está viendo Xi Jinping la vulnerabilidad real de un imperio sobreextendido, o el espejismo calculado de una trampa letal?
Lo que Estados Unidos dejó atrás en las costas de Japón es la vanguardia de su mayor mutación doctrinal en un siglo: el Force Design 2030. La defensa de la primera cadena de islas quedó a cargo del 12º Regimiento Litoral de Marines (MLR). Operando como un bisturí asimétrico e infiltrados en islotes minúsculos, actúan como sensores adelantados conectados a una matriz de conciencia situacional gestionada por algoritmos de IA militar (Palantir, Anduril). Unidades muy pequeñas que encienden radares por fracciones de segundo, lanzan misiles antibuque NMESIS y se desvanecen. Esta fuerza demuestra la regla de oro de la tiranía de los cuellos de botella: en mares estrechos, el poder naval tradicional, basado en plataformas multimillonarias, es inherentemente vulnerable frente a redes distribuidas de sensores y armas baratas de negación de área, mucho para aprender en Argentina.
Aquí emerge la hipótesis del control reflexivo. Si Washington aplica esta doctrina —inducir al adversario a tomar voluntariamente la decisión deseada—, la narrativa pública sobre su “sobreextensión”, el agotamiento de sus interceptores, y el traslado de flotas a Medio Oriente es una carnada perfecta. La trampa busca empujar a Beijing a aprovechar la aparente distracción precipitándose a la guerra. Al morder el anzuelo, China enviaría a la costosísima Armada del EPL directo hacia el embudo geográfico del Estrecho de Taiwán. Allí, la misma lógica asimétrica que permite ahogar el comercio en el Golfo Pérsico los estaría esperando: enjambres de drones, minas inteligentes y misiles del MLR listos para convertir el canal en un corredor de la muerte y a los buques en ataúdes flotantes.
El objetivo final de esta inducción estratégica, al dejar la ventana abierta en Taiwán, no sería únicamente la destrucción física de la flota china, sino el colapso de su modelo nacional. Si China muerde el anzuelo, le otorga a Occidente la justificación moral y legal inmediata para ejecutar un bloqueo financiero total. De nuevo aparece Ucrania en el horizonte. La desconexión del sistema SWIFT, el embargo de reservas y el colapso de sus exportaciones lograrían en semanas lo que una guerra convencional tardaría años: la neutralización de China como competidor hegemónico.
En conclusión, el asedio en Ormuz es mucho más que una operación para gestionar una guerra irreversible o desarmar a la teocracia iraní. Es la demolición controlada de un país para rediseñar un continente entero y, al mismo tiempo, la pieza central de una partida psicológica a escala planetaria. Si Xi Jinping interpreta este reposicionamiento de fuerzas como el disparo de largada para su reunificación por la fuerza, la historia podría recordar este momento no como el gran triunfo del revisionismo asiático, sino como el instante preciso en el que una superpotencia saltó voluntariamente por la ventana equivocada, desatando la trampa perfecta; o exactamente lo contrario, y ser el paso al frente del cambio de guardia en el mundo. Paradójicamente, Ormuz puede ser la mejor defensa sobre Taiwán o su caída.

Deja un comentario