CORAZÓN DE PADRE, MANOS DE TRABAJADOR

Por Federico Berardi*

Todos los jueves, en un galpón de la UOCRA, se juntan alrededor de cien obreros de la construcción desempleados. Tienen un talonario. Cada talonario tiene un número. Cada número es un posible trabajo.

Las empresas de construcción que necesitan trabajadores ofrecen entre uno y cinco puestos. El gremio encontró que la solución más justa es el azar. Así que los puestos se sortean. Uno a uno. Si te toca, hay trabajo por unas semanas. Si no te toca, el sindicato te ayuda con la comida.

Después del sorteo se come un guiso bien pulsudo, y se reparten viandas y bolsones para poner algo en la mesa familiar del fin de semana.

Cien personas. Entre uno y cinco empleos. La matemática es brutal. Como también lo es la solidaridad de los compañeros a cargo de la seccional de la Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina que reciben, organizan, cocinan, hablan y contienen. Son trabajadores que ordenan el caos de los ingenieros.

Lo que más me golpeó cuando vi la escena no fue lo que desnuda ni el reflejo de época que conlleva. Lo  que más me impactó fueron esas personas con papelitos en la mano, mirando el bolillero. Tipos que se levantan cuando todavía es de noche, tipos que trabajan a alturas de vértigo y que pueden calcular los grados exactos de una pendiente con sólo mirarla. Gente laburante, de verdad. Ahí, parada, esperando que la suerte los acompañe para poder trabajar.

Es una dignidad en suspenso.

Hoy 19 de marzo, la Iglesia celebra a San José. Esposo de María, padre de Jesús. Patrono de la Iglesia Universal y de los Trabajadores.

La poderosa Fe que inspira San Cayetano lleva a que muchas veces nos olvidemos de este último aspecto de San José. La confusión surge porque el que tiene su santuario en el porteño barrio de Liniers es el Santo del Pan: o sea de lo que el trabajo habilita. Pero el del trabajo propiamente dicho, es San José.

¿Y por qué? Sencillamente, porque San José fue el primer trabajador. Con sus manos sostuvo a una familia, y no cualquier familia. Trabajó toda su vida, enseñó a su hijo un oficio. Fue un hombre que se hizo cargo. 

En la pandemia, el Papa Francisco escribió una carta apostólica llamada Patris Corde. Con corazón de padre con motivo de los 150 años de la declaración de San José como patrono de la Iglesia Universal.

En esa carta describe siete dimensiones del padre que fue José. Y una de ellas es la del padre trabajador. El Papa Francisco dice esto que señalamos: el trabajo de José no fue solo el medio para ganarse el pan. Fue la manera concreta de amar a su familia. El trabajo como acto de amor, como forma de poner el cuerpo en la vida de los que uno quiere.

“El trabajo se convierte en ocasión de realización no solo para uno mismo, sino sobre todo para ese núcleo original de la sociedad que es la familia” dice nuestro Papa.

A eso, los cien tipos que vi el jueves pasado lo sabían bien. No necesitaban que nadie se los explicara.

La seccional de la UOCRA que visité encontró en el azar la respuesta a la exclusión. Pero cuando la suerte reemplaza a la justicia, estamos sonados.

Rescato el ingenio popular que con rapidez de reflejo expresaron los compañeros del sindicato, aplicando la valentía creativa, otro de los aspectos con el que describe el Papa Francisco a San José en Patris Corde. Francisco pone el ejemplo de los amigos del paralítico que lo bajan desde el techo entre la multitud para ponerlo delante de Jesús. Creatividad.

Sin embargo, esa solución temporaria no puede volverse la norma. Y eso está sucediendo. En todas partes. ¿Qué es si no el algoritmo de Uber? Levantar la persiana de un negocio todos los días también se transformó en una quiniela: ¿entrará alguien hoy o nada?

La Argentina del sorteo, como en la timba o como en el péndulo de la grieta, es divertida cuando a uno la suerte está de su lado. Pero esa sensación es pasajera. Va y vuelve. Demasiado riesgo cuando lo que se juega son los destinos de la Patria.

La Argentina que queremos no es esa. Es la del taller de José: donde el trabajo es cotidiano, donde el padre llega a la casa con algo concreto, donde el oficio se transmite, donde la familia tiene previsibilidad sobre su vida. Es la Argentina que abraza con orden y proyecto.

Si aceptamos que el trabajo es un favor que se sortea, y no un derecho que se construye con política industrial, con producción nacional, con industria de la construcción activa, entonces hemos perdido algo medular. Algo que en esa tradición de la Iglesia que fundó el hijo de José, el carpintero, se llama la dignidad del trabajo.

Las manos de esos cien tipos que esperaban en esa seccional  son exactamente lo que este país necesita para crecer. Trabajo sobra. ¿Quién lo ordena? “Si nos organizamos trabajamos todos”.

Hay que campear con una cuota de utopía y compromiso, sin ejercitar el manual militante de las nostalgias autocomplacientes. Quebrar la orfandad que se siente en el ambiente, vertebrar un proyecto con al menos un signo de paternidad: hacerse cargo. De la autocrítica responsable y honesta. De construir un programa posible. De enunciar una convocatoria política con raíces y con alas, una política que engendre futuro, que proponga ir por la huella de la esperanza.

Existe una canción de Jairo que se llama “Carpintería de José”. Es un tema sencillo, casi un susurro. Habla de José como padre. Lo mejor es que lo describe con 4 verbos que cualquier hombre común hace: cantar, pelear, rugir y llorar.

Lo corre por un momento de la dimensión del trabajo, del rezo de las manos que obran en silencio. Lo vuelve alguien que hace ruido.

Es una canción, podríamos decirle así, espiritual. Pero resulta inevitablemente política en la Argentina de hoy, donde el trabajo tiene algo de sagrado precisamente porque escasea. Cuando algo falta, se vuelve visible su valor. Y el valor del trabajo, en este país, está siendo puesto en crisis todos los días. Un hombre que sabe construir paredes y no puede construirlas, pierde el ingreso y pierde el lugar donde se reconoce. Pierde la forma de ser padre, de llegar a la casa con algo concreto para su familia.

José no hubiera podido ser el padre que fue si no hubiera tenido oficio, y si no hubiera tenido taller. Trabajaba y moldeaba su familia, la esperanza de un futuro digno que la iba organizando.  Es la forma que tiene cada persona, cada pueblo, de poner su impronta en el mundo, de decir “acá estuve, acá hice algo, acá serví”.

*Secretario General de la organización Encuentro Peronista. Ex Director Nacional de Primera Infancia (Ministerio de Desarrollo Social). Ex director del Programa Defensoría del Pueblo en Villas.

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