Por Antonio Montagna
Estaba dispuesto a continuar con mi bitácora de lectura sobre Nietzsche y de repente irrumpió Davos, así que lo aproveché. Estaba leyendo la Segunda Consideración Intempestiva[1] intentando hilvanar algunas cuestiones sobre la deconstrucción y ciertas reivindicaciones identitarias, y me vi obligado a hacer un paréntesis. Así que será para la próxima.
Es muy difícil el debate cuando enfrente hay un discurso críptico que no busca persuadir, como dice Manuel Barrientos: “si no se entiende, es mejor”.
Me voy a centrar en dos frases que pronunció Milei: “…el continente será el faro de luz que vuelva a encender a todo Occidente y que de ese modo saldará su deuda civilizatoria, en gratitud a las raíces de la filosofía griega, el derecho romano y los valores judeocristianos”. Y la otra, que llamativamente me extraña que aún no haya recibido algún comentario de los políticos (el que calla otorga, dice el dicho): “Maquiavelo ha muerto”
En Davos, un hombre creyó estar encendiendo un faro, pero lo que realmente activó fue una trampa mortal de siglo y medio de antigüedad. Cuando Javier Milei invocó las raíces de Grecia y Roma para “salvar” a Occidente, no sabía que estaba ejecutando, paso a paso, la sentencia que Nietzsche redactó en 1873. El mundo aplaudió o abucheó lo que creyeron que era un discurso político; casi nadie notó que Milei acababa de tropezar con el «gran peligro» de una victoria siniestra. Dice que viene a saldar una deuda civilizatoria. Pero, ¿qué sucede cuando el acreedor es un cadáver que exige ser devorado? Él lo llama renacimiento. La filosofía tiene un nombre mucho más oscuro para lo que está ocurriendo realmente.
La “deuda” como parálisis
Tres caminos para el pasado. Nietzsche trazó las rutas en su Segunda Consideración Intempestiva, pero el presidente prefirió hundirse en el barro de la historia anticuaria y el bronce de la monumental. Pura parálisis. Al encadenarse a una «deuda civilizatoria», rinde culto a lo viejo por el mero hecho de serlo, montando un simulacro de mármol para ocultar que la vida ya no habita en esos templos. El ayer se vuelve un ancla. Utiliza la gloria de Grecia y Roma como un disfraz heroico, una máscara de museo que intenta dar sentido a una voluntad que no tiene territorio propio.
Necrópolis de conceptos. Para Nietzsche, esta acumulación de saber muerto es el veneno que detiene la actividad. Milei intenta alimentar al hambriento con conceptos momificados. Frente a este festín de sombras, el presente no exige gratitud. Exige el filo de la historia crítica para llevar el pasado ante un tribunal, juzgar su herencia y romper los eslabones que asfixian la potencia de lo que está naciendo.
¿Un faro de luz?
Luz falsa. El faro de Milei colisiona contra el muro de granito del «Dios ha muerto», ese colapso de los valores absolutos que él intenta resucitar con respiración artificial. Nihilismo reactivo. Es el gesto desesperado de quien busca refugio en las sombras de un ídolo derribado hace siglos, intentando iluminar el abismo con una lámpara que ya no tiene aceite.
Reivindica una tríada de la decadencia. Reivindica a Sócrates, a Roma y a la cultura judeocristiana como si fueran cimientos sanos, ignorando que son la raíz misma de la domesticación del instinto. Con Sócrates murió la vida y nació la razón abstracta. Milei celebra el inicio del fin: el momento exacto en que el hombre occidental empezó a temer a su propia fuerza y buscó consuelo en la geometría de las ideas. El miedo manda.
Su voluntad no es la del soberano que crea sus propios valores. Es la voluntad reactiva del siervo que necesita el permiso del Mercado o la validación de la Fe y la Torá para no caer en el vacío. Necesita ídolos. Necesita un orden natural que lo proteja de la incertidumbre. Al final de la jornada, Milei no es un león; es un servidor de fantasmas.
Maquiavelo respira
«Maquiavelo ha muerto», sentenció. Miente. Lo que Milei intenta sepultar no es al filósofo florentino, sino a la política misma entendida como creación colectiva, como ese espacio de tensión donde los hombres negocian su destino. Al declarar la muerte de Maquiavelo, Milei busca clausurar el debate. Fin de la discusión. Si la política es solo la aplicación de una “verdad” técnica o divina, entonces el consenso sobra, el conflicto es un error y el “otro” es un obstáculo para la luz.
Es la trampa perfecta. Al retirar a Maquiavelo del escenario, Milei pretende que su propia Voluntad de Poder sea invisible. Milei no busca persuadir a un colectivo; busca imponer una naturaleza nueva sobre la vieja, una “segunda naturaleza” que se pretende verdad absoluta para no confesar que es, simplemente, su propio querer.
Táctica sacerdotal. Oculta su voluntad bajo el ropaje de la civilización y los «principios innegociables» para que no veamos al hombre que decide, sino a la “fuerza del cielo” que ejecuta. Bautiza su interés como «Bien» y la negociación política como «corrupción», ejecutando una guerra psicológica donde la singularidad del individuo se diluye en un proceso universal que él dice representar. Pero la política no muere; solo cambia de piel. Maquiavelo respira en el silencio de quien no rinde cuentas, en la astucia de quien usa la fe y la Torá como escudos para que su poder no sea juzgado por los hombres, sino por la Historia.
La máscara es el absoluto. El rostro es el poder. Al negar lo político como construcción común, Milei reclama para sí la soberanía del solitario que, en su ceguera artística, cree estar salvando al mundo mientras solo está satisfaciendo su propio e inconmensurable impulso de dominio.
La historia al servicio de la vida
Basta de servidumbre. Solo cuando el presente deje de pagar tributos a un pasado petrificado podremos reclamar la libertad de actuar sin pedir permiso a los muertos. El «faro» de Davos suena a hueco. Deconstruirlo es golpearlo con el martillo de Nietzsche para revelar el vacío que oculta. El renacimiento que nos prometen es, en realidad, una clausura solemne donde la potencia queda bajo el mármol de verdades que ya no respiran.
La verdadera respuesta soberana no es saldar deudas con cimientos inertes. Debemos recuperar la historia crítica para juzgar este legado y la historia monumental para encontrar modelos que inspiren una grandeza hija de nuestra propia fuerza. El presente no debe ser un siervo del ayer. Negarse a ser el guardián de un mausoleo es el único acto de soberanía para recuperar lo político como creación común. Maquiavelo no ha muerto, pero nuestra capacidad de ser los arquitectos de nuestro propio destino tampoco debería morir bajo su máscara. El futuro le pertenece a quienes se atrevan a crear sin pedirle permiso a los fantasmas de Occidente.
[1] Nietzsche, F. – Obras completas. Volumen I – De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida. España. Editorial Tecnos, 2016

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