Una batalla tras otra

Por Marcos Domínguez*

“En la hora de los depredadores, los borgianos de todo el planeta ofrecen a los conquistadores los territorios que gobiernan como laboratorio, para que desplieguen en ellos su visión del futuro sin que se interpongan leyes o derechos de otros tiempos.”

Giuliano Da Empoli, La hora de los depredadores.

Decadencia occidental

Hay guerra y fuego en todo el mapa al mismo tiempo. Lo que vemos como hechos desperdigados —Irán, Ucrania, Franja de Gaza, Venezuela, nuestra propia Patagonia ardiendo— forma parte de un mismo temblor donde el viejo orden se cuartea, el nuevo no termina de aparecer y, mientras tanto, las potencias juegan la final del siglo XXI usando de tablero a los países periféricos.

Aquello que Gramsci llamaba “interregno” en nuestro terruño se siente doblemente. Nuestra élite, como buena parte de las occidentales, no tiene rumbo y fue colonizada por un nihilismo decadente. Y si, como decía Séneca, no hay viento favorable para quien no sabe adónde va, imaginemos lo que ocurre cuando el viento, como hoy, sopla en contra.

En el gobierno del golem argentino estas tendencias anómicas y decadentes se aceleran al calor de una derrota occidental de largo alcance. El experimento libertario aparece como el producto más acabado de esa decadencia: condensa, de forma extrema, todos los males previos. Es resultado de la crisis y la expresa del modo más legítimo y genuino posible. Lo sugeríamos hace un año, en “Wokismo libertario”, cuando sosteníamos que  el actual gobierno estaba precariamente cohesionado por ser una síntesis de incompatibilidades: un discurso que se proclama enemigo del progresismo pero replica su lógica –porque es su resultante pendular– de victimización, que promete dinamitar el Estado mientras construye una burocracia ideológica,  que denuncia la corrección política solo para imponer la suya, que pretende ser más judaizante que el Estado de Israel, más norteamericanista que EEUU. Todo, cuando nadie había pedido tanto.

Así, “el respeto irrestricto” a la propiedad privada convive con la promesa de un Occidente revitalizado a golpe de algoritmo y blockchain, cuando en realidad atraviesa una eutanasia prolongada. Una ola de decadencia que tiene, entre sus anillos de tradiciones parásitas y putrefacciones varias, la dicotomía maniquea del progresismo vs el anti progresismo, el errante multiculturalismo, la inmigración inevitable o indiscutible; estatismo vs anti estatismo hecho desde el Estado; la violencia intrínseca de EEUU cuyo sistema esta siendo lentamente devorado por la finaciarización extrema de su economía.

Clases medias víctimas y victimarias de la pandemia de inautenticidad mediada -y potenciada- por la digitalización de la vida social. El streaming convertido en deporte de acompañamiento terapéutico revela su excepcional maridaje con la desjerarquización de casi todo. La terminal y fantástica horizontalidad de la palabra como una gran tranquera abierta para que cualquiera, con o sin experiencia, con o sin saberes, con o sin virtud, pueda utilizarla como elemento afrodisíaco para escupir opiniones, monetizar editoriales, y performar análisis cansinos minuto a minuto.

En este marco, Milei, como señalamos desde su llegada al gobierno, condensa un “espíritu de época” que no está marcado por la voluntad de actuar positivamente sobre el curso de las cosas, sino por el resentimiento y la necesidad impulsiva de liberarse de ellas, cueste lo que cueste. Una revancha personal “contra el poder”, reducido al poder público estatal. La política aparece como fiesta colectivista decadente que hay que arruinar aunque no haya otra mejor que la reemplace. Para sopresa de nadie, fue una nueva versión de “la grieta”, barnizada de futurismo, donde la acumulación de rencores amenaza con alcanzar un volumen inusitado sin dirigencias ni diques que puedan contener una crisis que tiene más de implosión que de explosión.

Es en este contexto de decadencia occidental donde la geopolítica se vuelve selvática. Se borran líneas rojas que el “derecho internacional” prometía mantener. Vuelve a ser verosímil el uso de armas nucleares en un planeta donde proliferan los arsenales y escasean las inhibiciones. Si quienes concentran poder real no cruzan ese umbral, quizá después de la fiebre haya reacomodo; si lo cruzan, ni siquiera eso está asegurado en esta guerra mundial en cuotas.

La campaña del desierto

Hace años que se tantea el sur argentino con la paciencia de los viejos imperios. Tenemos incendios reiterados, proyectos inmobiliarios como plaga, inversores que se vuelven socios políticos de todos los oficialismos para sentarse en la cabecera de la mesa, campañas discretas para instalar la idea de que el sur es demasiado grande, caro o inhóspito. Hacer invivible un territorio para despoblarlo y succionar sus recursos estratégicos no tiene nada de original en este lapsus mundial que Da Empoli llama “la hora de los depredadores”.

La paradoja es que la propia existencia del Estado argentino dependió, en buena medida, de ocupar esa Patagonia. El ciclo Roca, con toda su carga simbólica, respondió a una lógica que en Europa nadie subestimaba: si un país no consolida su frontera, otro la consolida por él.

El fantasma balcanizante que se combatió a fines del siglo XIX vuelve hoy bajo formas más discretas: ya no son ejércitos regulares, malones, intereses chilenos o ingleses, sino combinaciones de operaciones inmobiliarias, fondos de inversión, ONG diseñadas en escritorios del Norte y proyectos “eco-friendly” que sueñan con un desierto prolijo, sin obstáculos soberanistas, listo para ser gestionado.

Puertas adentro, mientras el sur se prueba como zona de sacrificio, la Argentina llega a este escenario con los bolsillos agujereados. Arrastramos medio siglo de deuda externa, hija dilecta de la última dictadura y prolijamente “reperfilada” cada tanto. Cada renegociación agrega una dosis de morfina financiera. Mientras el gobierno destruye empresas, puestos de trabajo industrial y capacidad de generar divisas genuinas, una parte negadora del alma del medio pelo sigue soñando con que Vaca Muerta nos resolverá la vida sola, como si se pudiera vivir de rentas en un país que ni siquiera logró industrializar su propio gas. No se trata de ideologismo, pero la supervivencia nacional atada a la timba financiera y al remate de recursos naturales simplemente no es sostenible.

El orden “multilateral” del Occidente liberal nacido de la Segunda Guerra —ese entramado de FMI, Banco Mundial, OMC, Naciones Unidas y el “consenso antifascista” declamado— ya caducó. En aquel viejo orden existía una gramática mínima: las grandes potencias se contenían por miedo al abismo nuclear y las instituciones ofrecían una escenografía aceptable para las buenas intenciones. Hoy esa escenografía se vino abajo. El derecho internacional se volvió un viaje de egresados de burócratas y “pichones de”, un idioma elegante para nombrar lo que, en realidad, decide la fuerza. Las instituciones sobreviven en la medida en que continúan siendo útiles a Washington, Beijing o quien corresponda.

En ese mundo, los únicos países realmente a salvo son los que tienen armas nucleares o, en un segundo escalón, los que construyeron un complejo industrial-militar propio. El resto conserva bandera y asiento en la ONU, pero la soberanía pasa a ser condicional. Ya no alcanza con “tener razón” ni con “cumplir los tratados”. Como recuerda Abel Fernández, la cuestión se vuelve bastante más terrenal: hay que lograr que agredirte sea más caro que dejarte en paz. Y el shopping de armas importadas no resuelve nada si detrás no hay industria y conocimiento propios. La misma Venezuela aprendió a los golpes que las alianzas extra-hemisféricas ayudan, pero no sustituyen la capacidad de defensa propia.

Hasta mediados del siglo XX, la Argentina tuvo las principales industrias de uso dual de Sudamérica: aviones, barcos, radares, metalmecánica pesada. Eso que hoy llamaríamos un complejo industrial-militar. Una secuencia de gobiernos ineptos, cortoplacistas o directamente entreguistas, sumada a la derrota en Malvinas, fue desarmando pieza por pieza esa capacidad. Llegamos a la era de los drones —la guerra relativamente barata, donde un taller mediano puede fabricar artefactos capaces de complicar a cualquier fuerza invasora— sin decidir reconstruir nada en serio.

La vieja idea de Aldo Ferrer de que sin “densidad nacional” no hay defensa posible asoma con estridencia. Densidad nacional es un pueblo que percibe un destino común por encima de sus banderías, y un Estado que administre esa tensión, trace objetivos compartidos y amortigüe posiciones extremas en un proyecto de comunidad posible. Y un país sin densidad es una presa fácil para cualquier depredador global que mire el mapa y vea, donde debería haber una nación, apenas un conjunto de activos en liquidación.

Se trata de una depredación organizada por una oligarquía estadounidense que manda en una economía ficticia, en descomposición, anti productivista y permanece presa en una interminable y tóxica espiral de violencia. Es por eso que en este occidente en decadencia, las élites tecnológicas tipo Musk o Zuckerberg ya no se parecen al tecnócrata de Davos con discurso regulacionista. No sueñan con un mundo ordenado, sino con un mundo disponible. Susceptible de ser depredado en términos, fundamentalmente, energéticos.

“La ausencia de alternativas aclara la mente de forma extraordinaria”, decía Kissinger. Y esta depredación deliberada parece ser la unica alternativa de un occidente carente de toda imaginación para seguir participando de la carrera tecnológica con una China cada vez más adelantada.

Defensa Nacional

En este paisaje, la discusión sobre defensa nacional sale de la vitrina castrense y vuelve al centro. Perón lo explicaba, retomando a Colmar von der Goltz, con la tesis de la Nación en armas; un arco tensado al máximo, donde la punta de la flecha son las Fuerzas Armadas, pero el arco, la cuerda y la fuerza que la tensa es el pueblo entero, sus recursos, su trabajo, sus industrias, sus vías de comunicación. La defensa es, en esta visión, la capacidad real de un país para mantener vivo su territorio, su tejido productivo y su gente frente a un mundo que se está reordenando a los tiros.

Hemos dicho aquí que nuestro actual presidente no ve a la Argentina como un país, sino como “un lugar”. Bajo esa mirada, el territorio se ofrece como nodo experimental para la desregulación total. Si la Argentina es solo un lugar, su integridad territorial deja de ser un problema político y se vuelve un asunto inmobiliario.

Por eso, en la Patagonia, el gobierno montó un dispositivo que es algo más que un paquete de reformas. De un lado, levantó la ley de manejo del fuego y convirtió en política de Estado la idea de que se puede quemar sin límite y, cuando el humo se disipe, reinventar el territorio como negocio. Del otro, desarmó la ley de tierras y volvió a abrir la puerta para que capitales extranjeros compren las hectáreas que quieran, incluso en zonas de frontera. No se trata de un error técnico, sino de la profundización de la extranjerización de lo nuestro.

El gobernador radical de Chubut se apura a aclarar que “no hay que entrar en teorías conspiranoicas sobre especulación inmobiliaria” porque los parques nacionales serían “patrimonio de la humanidad”, como si esa categoría abstracta blindara algo cuando los incendios y las topadoras hacen su trabajo.

De este modo, la hipótesis de que despoblar, entregar la tierra y blindar las fronteras con presencia extranjera es una forma prolija de preparar el escenario para una balcanización futura queda relegada al rincón de las fantasías conspirativas, y nuestro país parece dispuesto a defenderse, llegado el caso, con la espada de cartón del derecho internacional. La realidad es que el bloque occidental en decadencia no se detiene ante constituciones ajenas ni propias. Necesita energía, agua, alimentos, litio, corredores hacia la Antártida. Y la Patagonia condensa todo eso.

Aquí conviene volver a mirar el tablero completo. El mapa del poder global cambió de manera estructural e irreversible: se cerró un largo ciclo de primacía de Occidente y se abrió una etapa de transición, conflicto y disputa. Como señala Gabriel Merino, el exagerado respaldo de Estados Unidos al gobierno de Milei no es un romance ideológico -no por lo menos del lado estadounidense- sino una jugada geopolítica que busca con todas sus fuerzas anclar el hemisferio occidental y bloquear la inserción argentina en un mundo que ya no gira solo alrededor de Washington y Bruselas. La incursión militar en Venezuela, que inauguró un corolario trumpista de la vieja Doctrina Monroe, mostró el nuevo estilo: un imperialismo más territorialista, de saqueo y acumulación por desposesión a la vista de todos. América Latina vuelve a ser espacio clave, no porque el Norte haya descubierto nuestro encanto, sino porque necesita un patio trasero disciplinado en el cual replegarse en medio del barullo multipolar.

Como todo imperio en declive, el Occidente anglosajón se vuelve más agresivo a medida que pierde hegemonía. Las líneas que separaban guerra y paz, derecho y fuerza, seguridad y saqueo, están borroneadas. Traducido al presente argentino: no hay defensa nacional posible si miramos la Patagonia como decorado, el Atlántico Sur como una  lámina escolar y la industria como capricho “estatista” o una «oportunidad estratégica» conducida por China. Pensar en argentino hoy es entender que nadie —ni Milei, ni sus opositores, ni ningún iluminado de ocasión— va a hacer este trabajo por nosotros. El gran desafío de estos años será construir ese «nosotros».

* Licenciado en Sociología de la UBA y docente

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