Por Antonio Montagna
En la Argentina actual, donde el Estado mínimo se ha convertido en la “tabla de salvación” de la “gente de bien” después de años de desilusión y fracaso, y las planillas de cálculo dictan sentencias de exclusión; en esta Argentina donde la justicia social se ha convertido en una aberración según el ideario gobernante, las cifras de despidos en el sector público (más de 60.000 bajas desde que asumió el gobierno) y la informalidad creciente no son meros datos macroeconómicos. Son grietas en la biografía de miles. Cuando la “motosierra” corta no solo un contrato, sino un modo de vida, la política tradicional enmudece. Comprender qué sucede cuando nos quedamos a la intemperie, y cómo es posible responder cuando el 50% de la economía es informal no es tarea fácil, a veces nos invade una angustia paralizante que debilita nuestras fuerzas vitales. Pero detenerse y bajar los brazos es renunciar al futuro, y a eso jamás hay que renunciar. La vida es lucha, y un alto en el camino solo se permite si es para tomar envión, sino es caer derrotado.
I -La ruptura del mundo: El diagnóstico de Heidegger
Pensemos en Marcelo (52 años), un profesional que ha trabajado veinte años en el Ministerio de Desarrollo Social. Su identidad estaba fusionada con su función: él era el Estado presente. Su tarea contribuía a mejorar la calidad de vida en barrios populares. Pero tras la llegada de la administración Milei, su área fue degradada y su contrato rescindido.
Marcelo no solo pierde un sueldo. Martin Heidegger, en su obra cumbre Ser y Tiempo (Sein und Zeit ), nos permite ver la profundidad de su herida.
El ser humano, o Dasein, vive inmerso en una “totalidad de útiles”.
“Nosotros llamaremos al ente que comparece en la ocupación el útil [Zeug]…Es necesario determinar el modo de ser de los útiles, y esto habrá de hacerse tomando como hilo conductor la previa delimitación de lo que hace del útil un útil, de su “pragmaticidad” [Zeughaftigkeit]…Un útil no “es”, en rigor, jamás. Al ser del útil le pertenece siempre y cada vez un todo de útiles [Zeugganzes], en el que el útil puede ser el útil que él es.”[1]
Heidegger nos explica que nuestra relación con el mundo es de “estar a la mano”. Es decir, cuando las cosas funcionan tan bien se vuelven invisibles y se convierten en parte de nosotros. “Estar a la mano” significa que el objeto no nos estorba. No está “ahí enfrente” como un obstáculo, sino que fluye con nosotros. Es útil, dócil y silencioso. Somos uno con la herramienta.
Vivimos la mayor parte de nuestra vida en este estado. Confiamos en el mundo. El suelo nos sostiene (y no lo miramos), la silla nos aguanta (y no la revisamos antes de sentarnos), el aire entra en los pulmones.
El mundo, cuando funciona, es transparente. Las cosas están “a la mano” porque están listas para ser usadas sin que tengamos que pensar en ellas.
“El modo de ser del útil en que éste se manifiesta desde él mismo, lo llamamos el estar a la mano [Zuhandenheit]. Sólo porque el útil tiene este “ser-en-si” y no se limita a encontrarse ahí delante, es disponible y “manejable”, en el más amplio sentido”.[2]
El expediente, el escritorio, la computadora, el teléfono que utilizaba para llamar al referente de un barrio y la credencial no eran objetos: eran la red de significados que sostenía la realidad de Marcelo. Al ser despedido, esa red se rompe. El edificio del ministerio deja de ser un “lugar de trabajo” y se vuelve una masa de hormigón hostil, presente ante los ojos pero cerrada a su existencia.
Peor aún, Marcelo sufre la crisis del “Uno” (Das Man), ese guion invisible que todos seguimos sin darnos cuenta para sentirnos seguros. Es esa voz anónima que dicta “lo que se hace”, “lo que se dice” y “lo que se piensa”: uno se viste así, uno saluda así, y fundamentalmente, “uno trabaja”. Mientras “formamos parte”, vivimos tranquilos y nos dejamos llevar por la corriente de la normalidad.
“Gozamos y nos divertimos como se goza; leemos, vemos y juzgamos sobre literatura y arte como se ve y se juzga; pero también nos apartamos del ‘montón’ como se debe hacer; encontramos ‘irritante’ lo que se debe encontrar irritante. El ‘uno’, que no es nadie determinado y que son todos (pero no como suma de ellos), prescribe el modo de ser de la cotidianidad”.[3]
Pero resulta que Marcelo ya no “forma parte” y el discurso social dominante ahora lo etiqueta como un “gasto” que se ahorra en el Estado para que se viva mejor. Ahora es la “casta” que se pagaba con los impuestos. El “Uno”, que antes validaba su labor, ahora lo señala y lo acusa. Esto precipita a Marcelo en la “Angustia”.
Pero esta Angustia no es Miedo, sensaciones que parecen iguales pero que son opuestas.
El Miedo siempre tiene cara y apellido. Marcelo tiene miedo de que llegue la factura de luz y no poder pagarla. Tiene miedo de que sus hijos le pidan zapatillas nuevas. El miedo es concreto: es como ver un perro rabioso enfrente; sabes que tenés que escapar.
Pero la Angustia es otra cosa. Es lo que siente Marcelo un lunes temprano tomando unos mates con la casa en silencio. No hay facturas sobre la mesa, no hay nadie gritando. Todo está tranquilo. Y sin embargo, siente que el suelo desaparece bajo sus pies.
La Angustia es esa sensación repentina de extrañeza total. Marcelo mira su cocina donde habitualmente desayuna y le parece un decorado de cine ajeno. Mira sus manos y no sabe bien para qué sirven ahora que no tiene que sacar su credencial ni escribir informes. No está angustiado por “algo” (como el dinero); está angustiado por la nada.
Es la sensación de vértigo absoluto de quien se da cuenta de que el guion de su vida se borró. El mundo sigue ahí, los árboles siguen ahí, pero han perdido el sentido. Ya nada le indica qué hacer. Esa niebla que hace que todo dé lo mismo, ese silencio ensordecedor que te grita “¿y ahora quién eres?”, eso es la Angustia.
“En la angustia uno se siente “desazonado”…La familiaridad cotidiana se derrumba. El Dasein queda aislado, pero aislado en cuanto estar-en-el-mundo. El estar-en cobra “modo” existencial del no-estar-en-casa [Un-zuhause]. Es lo que se quiere decir al hablar de “desazón” [Unheimlichkeit]”.[4]
Literalmente, Unheimlich significa terrible, pero etimológicamente quiere decir: “que no tiene hogar”. Lo terrible de la angustia de Marcelo es que está fuera de todo lugar, no tiene morada, no tiene donde estar. Para el despedido, el país mismo se vuelve un lugar extraño. La desocupación aquí es la experiencia radical de la nada: el Estado se retira, y el Dasein queda suspendido en el vacío.
II. La provocación nietzscheana: El fin de la domesticación
Sin embargo, si somos capaces de sostener la mirada en ese abismo sin pestañear, aparece una segunda lectura, menos lúgubre y mucho más provocadora. Justo allí, en esa inactividad que angustia a Marcelo, Friedrich Nietzsche vería una oportunidad feroz.
En su obra Aurora[5], Nietzsche lanza una sospecha incómoda contra los “apologistas del trabajo”. El filósofo define al trabajo incesante y rutinario como “la mejor policía”. Su función oculta, dice, es mantener a la gente con el “collar puesto”, consumiendo toda su energía nerviosa en la fatiga diaria para que no les quede fuerza ni tiempo para pensar, para soñar o para preocuparse por sí mismo.
Bajo esta luz, la angustia de Marcelo adquiere otro matiz. Ese “vértigo” que siente no es solo por la falta de dinero; es el síndrome de abstinencia de quien ha dejado de estar vigilado. El sistema de “policía social” que lo mantenía dócil y cansado —demasiado agotado para cuestionar su vida— ha desaparecido de golpe. Las cadenas invisibles de la fatiga se han roto. Lo que Marcelo experimenta como una caída es, en la brutal óptica nietzscheana, el despertar de una libertad peligrosa: la de un animal al que, repentinamente, le han abierto la jaula.
Es aquí donde los caminos se bifurcan y el desamparo puede ser un combustible. Pensemos en Sofía (30 años), ex contratada de una secretaría desguazada. Al recibir la noticia, no se hunde en la cama; siente que la sangre le hierve. En lugar de depresión, lo que la inunda es una rabia lúcida. Sin saberlo, Sofía está protagonizando en tiempo real lo que Nietzsche narró como “De las tres transformaciones” en la Primera Parte de Así habló Zaratustra[6].
Hasta ayer, Sofía era el Camello. Soportaba la carga: la incertidumbre de un contrato que demoraba en firmarse, la farsa de un SEP para garantizar su saber, la burocracia kafkiana y el pesado “Tú debes” institucional, arrodillada ante la promesa de una estabilidad que nunca llegó. Pero el despido brutal funciona como un reactivo químico. Es el momento de la metamorfosis en León. El León es el espíritu que conquista su libertad, el que se atreve a rugir un “Yo quiero” frente al gran dragón de los valores establecidos. Sofía ya no pide permiso; la expulsión del sistema la ha liberado de la obediencia debida.
Sin embargo, quedarse en la furia del León no basta (la pura queja política es estéril). El desafío final de Sofía es avanzar hacia el Niño: “inocencia y olvido, un nuevo comienzo, un juego, una rueda que gira por sí misma”. Su tarea no es añorar el puesto perdido, sino inventar un juego nuevo donde ella ponga las reglas. Su apuesta es a crear.
Esto exige una disposición anímica radical que Nietzsche llama Amor Fati (Amor del destino), concepto central de La Gaya Ciencia[7]. No se trata de la resignación pasiva del estoico (”soporto el ajuste porque no queda otra”), sino de una aceptación activa y voraz. Es mirar el caos de la economía y decir: “Así lo quise”. Es utilizar la energía del derrumbe no para reconstruir las ruinas, sino para esculpir una vida nueva bajo la consigna de: “¡vivir peligrosamente! ¡Construid vuestras ciudades sobre el Vesubio! ¡Enviad vuestros navíos hacia mares no explorados! ¡Vivid en guerra con vuestros pares y con vosotros mismos! ¡Sed bandidos y conquistadores mientras no podáis ser dominadores y poseedores, hombres del conocimiento!…”[8]
III. El límite de la individualidad
La metamorfosis existencial, esta “libertad peligrosa” del León que se libera del Camello, es la verdadera potencia que nace de la ruina. Pero el pensador siempre debe preguntar: ¿dónde ocurre este devenir? Este cambio de piel no sucede en la calma de un monasterio, sino en la intemperie económica, donde la única red de contención ha sido cortada.
Aquí radica un problema insalvable en la receta nietzscheana tradicional si se aplica ingenuamente. Sofía no vive en la montaña de Zaratustra, sino en un conurbano donde la política institucional agoniza y la precariedad es la norma. La libertad que descubre el despedido, cuando no está sostenida por una comunidad, es simplemente abandono estatal.
Pedirle a un desocupado que se “reinvente” individualmente en un mercado devastado es, a menudo, una crueldad neoliberal disfrazada de filosofía. El “Nihilismo Activo” individual es imposible si el tejido social está roto. La individualidad radical, en la Argentina de la crisis, no es el Übermensch (superhombre) nietzscheano; es solo una presa fácil en el desierto.
Es justo ante este muro de realidad donde la filosofía del “salto solitario” muestra su fractura. Para no caer en la hipocresía de exigir heroísmo a quien no tiene para comer, debemos realizar un repliegue táctico en estas líneas. Debemos volver a Heidegger, pero no al que nos dejó angustiados como aquél “que no tiene hogar”, sino a uno que a menudo olvidamos leer y que tiene la clave política para este momento.
IV. Conclusión: Politizar la intemperie
En el mismo Capítulo IV de Ser y Tiempo, específicamente en el §26[9], Heidegger desmantela la ilusión del “salvarse solo”. Nos dice que el Dasein no es un sujeto aislado que después decide juntarse con otros. Por el contrario, nuestra estructura fundamental es el Mitsein (coestar). Antes de decir “Yo”, ya estamos diciendo “Nosotros”. No existimos solos; existimos con otros, para otros o contra otros, pero nunca sin ellos.
Si la “política” de arriba (la institucional) ha muerto y el “mercado” (la salida individual) nos expulsa, lo único que queda en pie es este coestar originario. La verdadera reconversión en tiempos de intemperie no es técnica ni económica, es vincular. Cuando Sofía descubre que su rugido de león solitario se pierde en el ruido del conurbano, comprende que la única forma de que ese rugido se escuche es volviéndolo un grito colectivo.
En tiempos de derrumbe y fragmentación, la salida no es volverse un emprendedor de sí mismo (el León solitario), sino construir una comunidad de destino.
Pero antes de llegar al final, debemos detenernos en una palabra que suele causar confusión: el Cuidado (o la Cura, que en alemán Heidegger llama Sorge).[10]
Para el lector desprevenido, ‘Cuidado’ suena a enfermería, a una madre protegiendo a su hijo o a un médico atendiendo un paciente. En Heidegger, el concepto es mucho más áspero y radical.
Imaginemos una piedra en el camino. La piedra simplemente ‘está’. No le preocupa si va a llover, no tiene planes para mañana, no tiene miedo de romperse. La piedra carece de mundo. Ahora pensemos en Marcelo o Sofía. Ellos no pueden simplemente ‘estar’. Tienen que pagar el alquiler, tienen que decidir qué comer, tienen que anticipar el futuro.
El Cuidado es el nombre que Heidegger le da a esa inquietud estructural. Significa que la vida humana es una carga que hay que sostener todo el tiempo. Vivir es tener que ocuparse de la propia vida, porque la vida no se hace sola. Siempre estamos ‘pre-ocupados’, lanzados hacia adelante, tratando de asegurar nuestra existencia.
La nota del traductor del texto que estamos trabajando en estos párrafos dice así: “El cuidado debe ser entendido en este contexto en el sentido del conjunto de disposiciones que constituyen el existir humano: un cierto mirar hacia delante, un atenerse a la situación en que ya se está, un habérselas con los entes en medio de los cuales uno se encuentra. En efecto, cuando se hace algo con “cuidado” se está vuelto hacia lo que viene en el futuro inmediato, hacia lo que hay que hacer; pero, a la vez, se está arraigado en la concretísima situación en la que ya nos movemos en cada caso. Además, en estas dos disposiciones se está en contacto con las cosas en medio de las cuales nos encontramos.”[11]
El drama del desocupado es que esa maquinaria del Cuidado —ese motor interno que nos obliga a hacer cosas— sigue funcionando a toda velocidad, pero se le ha quitado el engranaje. Marcelo sigue teniendo la necesidad ontológica de ‘ocuparse’ (de proyectarse al futuro), pero el mercado le ha quitado la herramienta (el trabajo) para hacerlo. Su motor gira en el vacío, y eso es lo que quema.
Por eso, si ese motor del Cuidado no puede empujar el carro del empleo formal, debemos conectarlo urgentemente a otro vehículo —el colectivo— para que no reviente el motor.
Si el Cuidado ya no puede aplicarse al trabajo asalariado, debe desplazarse hacia el Mitsein (coestar): el cuidado mutuo en la red barrial, en la economía popular, en la cooperativa, en la olla común.
El nihilismo activo hoy es mirar la precariedad a la cara y decir: “Este desierto es nuestro. No vamos a perecer en él solos, vamos a organizarlo juntos”. La reconversión también es existencial: es entender que la seguridad del siglo XX ha muerto, y que la única forma de habitar el peligro sin ser devorados es transformando la angustia solitaria en potencia colectiva.
[1] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 90
[2] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 91
[3] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 146
[4] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 207
[5] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen III – Aurora. Libro III §173.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.580
[6] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen IV – Aurora. Así habló Zaratustra.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.83-84
[7] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen III – La gaya ciencia.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.829
[8] Nietzsche, F.- Obras completas. Volumen III – La gaya ciencia.- España. Editorial Tecnos, 2016, p.832
[9] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 139
[10] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 209-214
[11] Heidegger, M.- Ser y Tiempo. Madrid. Editorial Trotta, 2018, p 479

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