Por Gustavo Matías Terzaga
Lo que hoy se invoca sobre Venezuela en nombre de la “restauración democrática” y la “libertad” para justificar el bombardeo a una nación soberana, replica, casi mecánicamente, una misma matriz de injerencia naturalizada. La intervención externa ya no se presenta como una violación del principio de soberanía, sino como una corrección necesaria, un acto pedagógico ejercido desde el centro sobre la periferia, un tutelaje moral que aporta tranquilidad y ubicación en el mundo. Bajo ese relato, bombardear, secuestrar dirigentes o tutelar procesos políticos deja de ser un atropello y pasa a leerse como un servicio civilizatorio.
La opinión pública internacional y medios locales. La operación no es sólo militar o diplomática, es previamente cultural y simbólica. Seguido a una fuerte demonización a cualquier lider o expresión popular, se construye la idea de que la democracia válida es la que cuenta con el aval de Washington, y que cualquier forma de autonomía política es, por definición, atraso, desviación, aislamiento o barbarie. Así, una buena parte de la sociedad argentina puede llegar a aceptar la subordinación como un mal necesario, convencida de que someterse al tutelaje externo es el precio para “volver al mundo”, salir del atraso populista o, en el caso del país bolivariano, de las garras de un narcodictador.
En ese sentido, la mirada de lo que sucede en Venezuela no es una excepción, sino la expresión más cruda de un patrón histórico: la asociación trastocada entre libertad y dependencia, entre sacrificio y renacimiento, entre modernidad y renuncia a la soberanía. Cuando esa lógica contraria al interés nacional y popular se impone, la claudicación deja de percibirse como tal y se convierte en virtud. Y ahí ya no fracasa sólo un gobierno, fracasa la política nacional como proyecto de autodeterminación. Es la antesala de de la entrega, la renuncia y la naturalización de la conciencia del esclavo en nombre de la integración al mundo.
El fracaso de la dirigencia política argentina consiste en haber naturalizado distintas capas de la dependencia; por cipayismo crónico, por prejuicio, genuflexión, falta de formación nacional, ceguera o cobardía, renunció a pensar la soberanía como un valor estratégico y aceptó la injerencia externa como condición de gobernabilidad, creyendo que a la Patria se la defiende con la pluma y la palabra o con un grissín. Y no hablamos de las elites o de gobiernos liberales puestos por el poder económico; nos referimos a gobiernos de reigambre popular.
La sociedad estaba lista para la Libertad. Y hay que decirlo, evidentemente Milei, producto de lo anteriormente mencionado, leyó con precisión dos planos a la vez: en lo social, captó el hartazgo, la despolitización y la disposición a aceptar dependencia a cambio de orden; en lo geopolítico, entendió la restauración del poder estadounidense en el hemisferio y apostó a un alineamiento pleno como estrategia funcional a ese escenario.

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