Por Antonio Montagna
En nuestro presente político, oscilante entre la parálisis del consenso y la violencia de la polarización, la política misma parece haber muerto. Huimos de la lucha por verla solo como una fuerza destructiva. Tememos la grandeza por considerarla una amenaza a la igualdad. Al hacerlo, hemos olvidado la lección fundamental que Friedrich Nietzsche extrajo del genio helénico: que un Estado saludable no solo tolera la lucha, sino que la necesita para sobrevivir.
La pregunta que el heleno se hacía no era cómo eliminar la lucha, sino: ”¿Qué pretende una vida de lucha y victoria?”.(1)
La Doble Cara de la Lucha
Nietzsche, siguiendo a Hesíodo, nos enseña que los griegos no veían una, sino dos diosas de la discordia, dos Eris. Una era la «mala», la hija de la Noche, la fuerza de la aniquilación y la «disputa maliciosa» que ningún mortal puede soportar. La otra era la «buena» Eris, la fuerza constructiva puesta por Zeus «en las raíces de la tierra».
Esta «buena» Eris es el espíritu de la rivalidad y la competencia. Es la fuerza que genera excelencia, el «impulso terrible y justificado» que «impulsa incluso al hombre torpe al trabajo». Los griegos entendieron que la envidia y la discordia eran inevitables. Su genio consistió en no reprimirlas —como hace la moral moderna—, sino en crear un mecanismo para canalizarlas.
“Una favorece la guerra perversa y la disputa ¡la diosa cruel!. Ningún mortal puede soportarla, sino que bajo el yugo de la necesidad se le rinde culto, sin embargo, a la gravosa Eris según el decreto de los inmortales. Ésta , como es la más vieja, engendró a la n egra noche; la otra, sin embargo, ha sido puesta por Zeus, que gobierna en las alturas, en las raíces de la tierra y entre los hombres, como una diosa mucho mejor.” (2)
Ese mecanismo fue el certamen (Agón).
El Agón como Tecnología Política
El Agón no era solo una competencia deportiva. Era el principio que impregnaba toda la vida griega, y fundamentalmente, su política.
- En la Política, los debates en la asamblea (Ekklesía) eran un agón de oratoria.
- En el Teatro, los grandes dramaturgos competían por un premio.
- En la Filosofía, los diálogos mismos eran una contienda intelectual.
El Agón era la tecnología cultural que permitía canalizar las energías destructivas de la Eris «mala» hacia la creatividad y la superación. Si no hay certamen, la lucha no desaparece; simplemente degenera en su forma más perniciosa: la búsqueda de la aniquilación del rival.
“…y por otro lado alababa como buena a una segunda Eris, que bajo la forma de celo, rencor y envidia incitaba a los hombres a la acción, pero no ya a una lucha de aniquilamiento, sino al acto del certamen.”(3)
La Paradoja del Ostracismo: El Límite de la Grandeza
Aquí yace la lección política más profunda para nuestro presente. El Agón griego ponía un límite a la ambición desmesurada. ¿Por qué? Porque para que haya certamen, debe haber rivales.
El sistema griego temía al «mejor» en el sentido del «único», del «sin rival», porque sin rivales, el agón muere, y así se pone en riesgo la salud del Estado griego.
La práctica del ostracismo es la prueba de esto. Como lo expresaron los Efesios al desterrar a Hermodoro: «Entre nosotros nadie debe ser el mejor; pero si lo es alguno, que lo sea en otro sitio y entre otros» .(4)
Esto no era la envidia mezquina del «topo ciego». Era un estimulante para el juego agonístico. Era la sabiduría política de un pueblo que entendía que el dominio exclusivo de uno solo conduce a la hybris (soberbia) , un acto que atrae la envidia destructiva de los dioses y que lleva al tirano a sucumbir, arrastrando a la ciudad entera consigo.
Conclusión: La Política como Lucha al Servicio de la Ciudad
La pedagogía griega era agonal: «Todo talento debe desarrollarse luchando». Pero esta lucha no era la del individualismo liberal; no era el egoísmo de los «ermitaños del dinero» que Nietzsche tanto despreciaba.
El fin de la educación agonal era el «bienestar de la colectividad». El desarrollo del individuo estaba puesto al servicio de Atenas. En una inversión total de nuestros valores modernos, «el egoísmo era un instrumento para la salud de la ciudad» , y «la fama solo se concebía como fama de la ciudad, no de la persona».
“Sin embargo, para los antiguos la meta de la educación agonal era el bienestar de la colectividad, de la sociedad estatal. Cada ateniense, por ejemplo, debía desarrollar agonísticamente su personalidad en la medida en que pudiese ser para Atenas de la máxima utilidad y la perjudicase lo menos posible.”(5)
Hoy, el hombre moderno, perdido en la «infinitud», ha olvidado cómo luchar noblemente. Al no haber con quién debatir o competir, «el egoísmo no tiene un límite» y la política degenera en una «lucha muy desigual que aniquila toda libertad y el bien común».
La lección de «El certamen de Homero» es una advertencia final: un Estado que reprime la «buena Eris» en nombre de una falsa paz, solo obtiene la «mala Eris» de la aniquilación. Una Política saludable se fomenta con la asamblea (Ekklesía) que invita al debate (Isegoría). Sin un Agón vigoroso, no hay excelencia. Y sin excelencia la política muere.
Referencias:
- Nietzsche, F. – Obras completas. Volumen I – Cinco prólogos para cinco libros no escritos. El certamen de Homero. España. Editorial Tecnos, 2016, p 565
- Nietzsche, El certamen de Homero, p 566
- Nietzsche, El certamen de Homero, p 566
- Nietzsche, El certamen de Homero, p 567
- Nietzsche, El certamen de Homero, p 568

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