Por Gustavo Terzaga*
El sindicalismo sigue de pie. A 56 años del Cordobazo, ese alzamiento obrero/estudiantil que desbordó los márgenes y cambió el rumbo de la historia política nacional, el clima de época actual se ensombrece y nos devuelve un espejo incómodo.
En medio del vendaval económico, social y político que sacude a la Argentina, algo resiste, se planta y se expresa con claridad: el movimiento sindical. Mientras el gobierno nacional aplica un modelo de ajuste brutal, traslada el costo de la crisis a los sectores más vulnerables y degrada lo público con la lógica del desguace, en Córdoba -provincia con ADN de lucha obrera- los gremios sostienen con su cuerpo la defensa de los intereses vitales del colectivo trabajador.
Empleados judiciales realizaron paros de 72 horas reclamando una equiparación salarial con la Justicia Federal que hace años les corresponde. El SUOEM tomó las calles de la ciudad y realizó un abrazo simbólico al Palacio Municipal 9 de julio, exigiendo condiciones salariales dignas. En paralelo, trabajadores y trabajadoras de la salud preparan marchas masivas para denunciar despidos y precarización. Los jubilados, cada miércoles, marchan al centro de la ciudad capital pidiendo aumentos acordes a una inflación devastadora. Los obreros de FAdeA se declararon en paro, reclamando condiciones laborales dignas en una empresa estratégica. Y en Río Cuarto, se multiplican las manifestaciones en defensa de las personas con discapacidad, cuyos prestadores cobran con cuatro meses de atraso. Todos los gremios de todos los rubros están en alerta, movilizando, luchando, porque el castigo es transversal y no esquiva a nadie.
Esta enumeración de conflictos no es una mera cronología de protestas, sino el mapa vivo de una resistencia fragmentada pero persistente. El sindicalismo, aún con contradicciones y muchas limitaciones, es hoy el principal sostén del drama económico, social y laboral que atraviesa al país. Es el único actor capaz de contener y pelear para ponerle freno al atropello neoliberal-libertario desde una lógica colectiva.
Lo más grave de esta crisis no es solo la destrucción de derechos y que no alcance el mango para morfar, sino el intento de vaciamiento cultural que la acompaña. Existe una percepción equivocada, falsa, deliberadamente instalada en la psiquis colectiva, que moldea el «clima de época» y condiciona la acción política del campo popular. Hoy, el sentido común dominante en amplios sectores sociales traduce el desastre económico en términos de “castigo merecido”. Se lo adjudica a “los planeros”, a los sindicatos “mafiosos y clientelares”, a los jubilados que “no aportaron”, a los estatales “ñoquis”, al «Estado elefantiásico» o al kirchnerismo, ya fuera del poder, pero presentado como el culpable eterno de todos los males.
Ese relato no sólo es simplista, es eficaz. Exonera a los verdaderos responsables del saqueo, corre el eje del señalamiento y, en el interín, naturaliza la transferencia de ingresos hacia los sectores concentrados y transforma los derechos populares en privilegios inadmisibles. No surge de la nada. Es el producto de una pedagogía social neoliberal inversa, sostenida durante años por grandes medios, editorialistas, comunicadores y escribas del poder económico. Esa pedagogía logró que los privilegios de las elites se perciban como derechos adquiridos, y los derechos de los de abajo como un gasto a eliminar.
Por eso, una de las principales tareas políticas del presente es disputar el sentido. Desmontar esa falsa moral de época con una contra-pedagogía clara, aguda, sin complacencias, nacional.
Todos los sectores están siendo víctimas del ajuste, aunque aún no lo reconozcan políticamente, si se quiere. La pedagogía política debe partir de lo concreto: del sueldo que no alcanza, del drama del hospital que no atiende, del trabajo que se pierde, del alquiler impagable, del tarifazo cotidiano. Solo desde ahí es posible desmontar la idea de que el problema son los de abajo y evitar la lógica de la grieta que enfrenta argentinos contra argentinos para quebrar el valor estratégico de la solidaridad. Y construir una verdad distinta, que la única salida será colectiva, de base, organizada, solidaria.
El Cordobazo no fue sólo una gesta obrera, fue el resultado de un momento histórico en el que el pueblo no encontró cauce institucional para expresar su descontento. Hoy no hay un estallido, pero sí hay malestar, indignidad, precariedad, rabia contenida, incertidumbre y mucha desorientación. La pregunta no es si habrá una nueva irrupción popular, sino quién conducirá esa energía. Porque si la política no lo hace, lo hará el caos. Y, a río revuelto, ya sabemos quién gana.
Y aquí emerge, como una sombra pesada sobre todo el drama nacional, la ausencia de una conducción nacional clara, lúcida, estable con la realidad, y decidida. La vieja rosca palaciega y de pasillos de institutos, que alguna vez articuló intereses para gobernar, hoy se volvió una rueda de hámster: gira y gira sobre sí misma, pero no va a ninguna parte.
El peronismo, Cristina como presidenta del PJ nacional, haría bien en advertir que su conducta actual no es neutral, sino que termina facilitando el avance del despojo nacional. No estamos ante una situación que reclame discursos ilustrados o debates académicos, sino ante la necesidad urgente de que el peronismo vuelva a encarnar con firmeza la representación concreta de la clase trabajadora, que históricamente constituyó su columna vertebral. Aunque de la mano de CFK, eso jamás va a ocurrir.
Mientras los de abajo se organizan para no caer, los dirigentes de arriba se entretienen en internas perjudiciales, en debates de cartel, condicionamientos y reparto de ruinas. El internismo se volvió un sustituto melancólico y dañino de la estrategia. La disputa de cargos reemplazó la batalla de ideas, la calle política y el puente con las grandes mayorías populares. Es la tragedia de una dirigencia que, en vez de estar a la altura del pueblo que sufre y aguanta, sigue buscando en el espejo el rostro perdido del poder.
Por eso, frente al silencio cómplice de muchos dirigentes, el sindicalismo aparece como una brújula. Aún golpeado, sigue en pie. Aún disperso y debilitado, sostiene lo que queda. Si alguna esperanza política queda en este momento oscuro, vendrá de su mano, porque allí donde se organiza el trabajo, se organiza también la dignidad. Y donde hay dignidad organizada, hay materia prima para construir futuro.
* Presidente de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Córdoba

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