Que nos dejará en limpio el coronavirus.

Por Secretaría de Profesionales UPCN

            En estos días hemos leído bastante acerca de cómo será la salida de la pandemia, tanto desde el punto de vista económico, como desde el político y social. Algunos enfoques alientan esperanzas sobre la posibilidad de que la humanidad reflexione y abandone este patrón de consumismo desenfrenado que destruye el planeta. Anhela que se ponga fin a ese modelo político económico de capitalismo financiero y liberalismo a ultranza, que concentra la riqueza cada vez en menos manos lanzando a millones de seres humanos ya ni siquiera a la esclavitud, sino lisa y llanamente al “descarte”, a la marginalidad, sin intención alguna de rescate a futuro. 

No parece posible que nada de esto pueda ocurrir, al menos no como resultado necesario de una “reflexión universal” motivada por la pandemia. Sin embargo, creemos que las crisis de este tipo de dimensiones hacen al generoso más generoso y al canalla más canalla, al solidario más solidario y al egoísta más egoísta. Por ende, el capitalismo egoísta, canalla y transnacional busca una salida con más exenciones impositivas, subsidios estatales (constituyendo un verdadero sacrificio fiscal), facilidades para remitir ganancias a sus casas matrices (en el caso de las firmas extranjeras) o bien fugarlas a guaridas fiscales. En el plano laboral pretenden, rebajas salariales, derribar derechos laborales, sindicatos debilitados, y un ejército de reserva de marginalidad y desocupación mayor que el actual; que a su vez, contribuya a sus “conquistas” anteriores. Por estas pretensiones es que debemos prestar atención a las emergentes medidas de excepción. Muchas grandes empresas, multinacionales incluidas, han rebajado sueldos, despedido o cesanteado trabajadores. Seguramente, frente a tales atropellos sostendrán que la reincorporaciones deberán esperar a que la actividad económica se recupere, para lo cual, probablemente transcurran un año o dos. ¿Alguien podría imaginar que después de ese plazo se van a pagar los salarios anteriores en términos constantes, o bien, en el caso de que se incorporen a sus trabajos, esas personas acepten la rebaja salarial?

Respecto a los usos de la tecnología, la presente crisis generó la necesidad de implementar en forma urgente y no planificada el trabajo remoto o teletrabajo. La pandemia interrumpió el mantra de lo que las TIC(D)s venían a cambiar casi bíblicamente: las relaciones de producción. La necesidad de recurrir a su abrupta  implementación en algunos sectores dejó en evidencia que su aplicación neta hace al modo de producción (no a las relaciones) y que el resto es política económica, por no decir márgenes de ganancias versus exclusión social arbitraria. Se debería observar también qué sucederá, en un hipotético escenario post pandemia, con esa legión de nuevos  “teletrabajadores” ¿Acaso volverán a sus puestos de trabajo? ¿Continuarán realizando trabajo remoto? ¿Cuál será su correlato en las relaciones laborales? 

            De este modo, surge el interrogante acerca de qué deberíamos plantear desde el campo popular y muy especialmente desde el sindicalismo estatal, que vaya en sentido contrario al descripto. Eso constituye un debate que nos debemos y merecemos. Las/os trabajadoras y trabajadores públicas, como los 300 espartanos en el Paso de las Termopilas, le ponemos el cuerpo frente al avance del invasor (en este caso el virus y su mensaje de muerte). Somos las/os trabajadoras/es públicas/os: médicas/os, técnicas/os, enfermeras/os, científicas/os, trabajadoras/es sociales, de seguridad, de controles fronterizos y aeropuertos, quienes nos volcamos al territorio donde habitan las personas en situación de pobreza para acercar organización, contención y alimentos. Por ende, nos hemos ganado el derecho a hablar y tenemos mucho para decir.

El rol del Estado. 

            Si algo ha quedado demostrado hasta el ridículo ha sido la charlatanería de los ultraliberales, ya sea los imbéciles a sueldo que reclaman no votar, no vacunar o que el Estado ni siquiera haga asfalto porque todo hay que dejarlo en manos del sector privado – incluyendo a quienes no tienen ni un pelo de imbéciles y no cejan en atacar todo lo público porque lucran con ello-. En una sociedad tan injusta, donde la brecha de ingresos es tan grande como en la nuestra, la ausencia o debilitamiento del Estado evidenciado en los últimos cuatro años les permite a algunos pocos y concentrados sectores maximizar ganancias, eludir impuestos y sacar su propia riqueza del alcance del fisco. 

            Cuando se eliminaron el Ministerio de Salud y el de Trabajo, no fue una mera “reforma administrativa”, sino que se trató de un claro gesto político. Como dijera Perón en los años 40 “había un ministerio para atender la salud de las vacas, pero no uno para atender la salud de las personas”. Quien fuera hasta diciembre del año pasado Secretario de Salud hoy sostiene que, en lugar de cobrar un impuesto a las grandes fortunas, hay que rebajar un 30% los salarios de los empleados públicos. Si, de los mismos que mencionáramos más arriba.

            El Estado es el gran articulador de la comunidad, el que decide con un Ministerio de Salud o no, qué asuntos considera centrales (también, cabe rememorar, se eliminó el de Educación en su momento), qué tipo de sistema impositivo impone para distribuir la riqueza creada. Orienta también si se ha de proteger la industria y el trabajo local o deja que se destruyan en favor de los intereses empresarios de corporaciones foráneas. Por eso esta pandemia ha aniquilado la discusión: ¿alguien imagina lo que podría haber sido la suerte de las y los argentinos sin Ministerio de Salud, con Macri y su “mejor equipo de los últimos 50 años” en el gobierno?

Las y los trabajadoras/es públicos.

            Otra de las falacias repetidas hasta el hartazgo en relación con las personas que trabajamos en el sector público es que “son un gasto innecesario”, “los inútiles que no sirven para el trabajo en el sector privado” o que “con nuestros impuestos mantienen a vagos y militantes”. Sin embargo, cuando las papas se quemaron, los mismos repetidores de estas barbaridades “exigían” ser repatriados por la aerolínea de bandera, que se establezcan controles en los aeropuertos, exigían test masivos de control, rapidez en las políticas y que no se deslizara un solo error. Con ello, quedó demostrado que el destino de la salud de los habitantes de nuestra patria está en manos del sector público y de obras sociales solidarias administradas por los sindicatos. El sector privado carecía de infraestructura para atender la demanda de sus propios asociados, hasta se comprobó que una de las prepagas más grandes y prestigiosas no tiene un solo establecimiento propio de salud y que es una entidad financiera que contrata estudios o internaciones en establecimientos de otros prestadores.

            Empero, la decodificación del genoma del coronavirus se hizo en el Malbrán y en el Posadas se usaba tecnología 3D para fabricar mascarillas. Aquellos trabajadores estigmatizados con prejuicios discriminatorios que les etiquetaban como “inútiles”, “fracasados” en el mercado de trabajo o “viven de la plata de nuestros impuestos”, demuestran un altísimo nivel de propensión al trabajo, profesionalidad, vocación y compromiso insoslayable. 

Son quienes controlan la fiebre, recorren los barrios y vacunan a las personas adultas mayores contra la gripe, incluso recogen admiración de los países “desarrollados”. De hecho, muchos de las personas que se encontraban en el exterior y estaban en aquellos lugares que consideran “primer mundo”, “países serios”, “sociedades ordenadas” o “poseedores de tecnología de punta”; sin embargo, cuando todo comenzó a desmadrarse no quisieron ser atendidos en esos lugares del primer mundo. Pidieron volver acá, estar en un país donde desde el 10 de diciembre el Estado volvió a estar por sobre la deidad del mercado. 

             Las y los trabajadoras/es públicos hemos demostrado de manera contundente e indiscutible que tenemos capacidad de sobra para cuidar del bienestar del pueblo. Nos hemos formado (y seguimos haciéndolo) adquiriendo las herramientas teóricas y prácticas necesarias para salvar vidas, producir avances científicos y tecnológicos al servicio de nuestra comunidad, sin envidiar a nadie, sea del país del mundo que sea, sea de la empresa de elite que sea. Nuestra formación, que mayoritariamente proviene de las casas de estudio públicas, de excelencia y renombre internacional, provoca admiración en cada recóndito lugar de la aldea global. También hemos demostrado compromiso y coraje para estar al lado de nuestro pueblo y porque somos parte de él. Mientras algunos acaparaban papel higiénico o trasladaban a su empleada doméstica en el baúl de su auto para que los atienda en su casa del country; las y los trabajadoras/es del Estado estábamos (y estamos) poniéndonos al frente de las demandas que el momento requiere, sin mezquindades ni especulaciones de ninguna índole.

Por todos estos motivos es que insistimos en que es imprescindible mantener y profundizar la política de profesionalización y capacitación de las y los trabajadores estatales. Esto ha sido posible porque esta Organización Sindical de las/os trabajadoras/es públicos ha luchado con total convicción y muchas veces en soledad para garantizar idoneidad a través del ingreso por concursos, la profesionalización a través del progreso en nuestra carrera administrativa, cuya idea rectora es la capacitación como requisito para mejorar continuamente la formación y el salario. Se logró crear el Fondo Permanente de Capacitación y Recalificación Laboral, aportando el 50% de sus recursos para brindar capacitación superior y becas, en muchas coyunturas ante la incomprensión y falta de compromiso de las diferentes autoridades administradoras de los gobiernos de turno.

            El futuro nos depara tremendos desafíos, con pandemias o sin ellas. Sólo un Estado presente, inteligente, activo, comprometido y en permanente evolución podrá estar a la altura de los mismos, no lo hará el sector privado, de eso estamos seguros y la realidad así lo demuestra. El sector privado podrá desarrollarse, producir bienes y servicios, así como generar puestos de trabajo; pero lo hará al amparo de políticas públicas concretas y soberanas, desarrolladas por trabajadoras y trabajadores estatales profesionalizados, capaces y comprometidos.

El rol de las organizaciones libres del pueblo.

Nadie ha reparado en la disciplina y tranquilidad con que hasta ahora se ha desarrollado la cuarentena. Más allá de la obstinación de los medios en mostrar los casos de indisciplina o desconocimiento deliberado de las normas, más del 90% de la población ha cumplido con las directivas del gobierno. Esto ha sido posible por el acompañamiento de los sindicatos que han pedido a sus trabajadores que respetaran el aislamiento y acompañado a aquellos que debían asumir sus tareas en medio del riesgo de la pandemia, manteniéndoles informados y luchado contra los intentos de abusos de los empresarios. Las organizaciones sociales y militantes políticos que han estado presentes de una manera conmovedora en los barrios, asistiendo a vecinas y vecinos, especialmente a los más castigados por la crisis económica. Debemos resaltar que más de 90.000 compatriotas están trabajando como voluntarias/os, arriesgando todo por el prójimo.  Por ejemplo, en el Gran Buenos Aires la gente se organiza por cuadras para realizar las compras o ir a limpiar las casas de las personas  adultas mayores que viven solas. Las iglesias y las universidades del conurbano, como la Universidad de Quilmes o de Florencio Varela por citar dos casos, cuentan con equipos de voluntarios para desarrollar tareas comunitarias en la crisis.

Esto deja a las claras que las soluciones no son el resultado del espontaneísmo individual sino que provienen de una vieja cultura del pueblo argentino, que en los momentos de crisis se encuadra en sus organizaciones (y si no las tiene las crea) pero sabe, como si estuviera grabado en su ADN que en soledad no se supera ningún peligro.

Recuperar el control de los servicios públicos

Hace tiempo que venimos planteando la necesidad de debatir el rol de los servicios públicos y el éxito o fracaso de las privatizaciones de los años noventa. La presente crisis también ha hecho estallar esta cuestión y replantea viejos interrogantes: ¿Alguien puede seguir pensando en la salud como un negocio y en manos de los empresarios del sector? ¿Alguien puede imaginar que el sistema de control en las rutas, aeropuertos, pasos de frontera podría haber sido manejado por empresas privadas? ¿Qué habría pasado si las empresas de gas y electricidad hubieran podido cortar la luz a aquellos hogares que no pagaran sus facturas? Y todo esto además en un país con un 40% de economía informal, sector que justamente ha sido la primera víctima del parate en la economía.

Asimismo, como se mencionó anteriormente, la pandemia generó que muchísimos empleos tradicionales mutaran a trabajo remoto, que las compras que se realizaban en comercios pasaran a ser on line, y, en general, un exceso de uso de datos móviles por causa del aislamiento. La batalla entre los Estados y las poderosas empresas de internet está explotando en otro nivel. A su vez, es un punto de discusión acerca de la soberanía, la inclusión social y la organización de los pueblos.  Como venimos propugnando desde este espacio, toda esta situación evidencia la importancia de que se declare servicio público a la transmisión de datos.  

Queremos aclarar que no estamos alentando a una estatización total, sin embargo es imperioso que el Estado tenga un férreo control de los sectores estratégicos del país. Si existen entes de control y regulación no puede permitirse que sean cooptados (como lo fueron) por ex-gerentes de las empresas prestatarias, ni que los aumentos de tarifas se definan en audiencias pseudo-públicas amañadas, y mucho menos que esos mismos cuadros tarifarios no se ajusten a la realidad económica y social del país y de su desarrollo.

Autonomía política para decidir las acciones de gobierno

Cada país intentó enfrentar la catástrofe “a su manera”, la globalización geográfica estalló en mil pedazos y asistimos al espectáculo de cierres de frontera en una Europa que se parece más a la vieja Europa que a la soberbia y esplendorosa Unión Europea, EE.UU prohíbe exportar tecnología y aparatología sanitaria, mientras China y Cuba envían médicos, enfermeras y reactivos a las viejas metrópolis, más allá que los corifeos locales hablan aún de “espías” ignorando que el Muro de Berlín cayó hace 30 años.

Sin duda llego el momento de repensar en políticas de desarrollo y políticas sanitarias propias, debemos comenzar a construir nuestra propia filosofía, sobre la base de todo aquello que venimos haciendo y hacemos.

Así las cosas, es un momento para recordar a Ramón Carrillo, primer Ministro de Salud de la Nación, quien durante el gobierno de Perón encaró un plan de cientos de hospitales, centros de salud, hogares para niños y ancianos, como por ejemplo el Policlínico Posadas de Ramos Mejía; Policlínico de San Martín, Lanús, Avellaneda, Ezeiza, etc, en el primer plan quinquenal. Fue también el que encaró la lucha contra el paludismo con un paradigma diferente, no apuntando al enfermo individualmente, sino a la comunidad.

Ese gran ministro llevó adelante su trabajo con una visión estratégica, política y social, se apartó de la visión tecnocrática, diseñando un sanitarismo acorde con nuestra tradición e idiosincrasia.

“El derecho a la salud es uno de los más olvidados, y sin embargo el más trascendente porque se vincula con la dignidad de la persona humana, con la vida colectiva, con la economía nacional e internacional. No es aventurado afirmar que la salud de los pueblos es una condición fundamental para lograr su seguridad social y su paz” dijo el Dr. Ramón Carrillo.

También, en ese periodo histórico surgieron las obras sociales, como sistema de asistencia solidaria por las organizaciones sindicales, un modelo que alcanzo a cubrir la salud de hasta el 85 % de la población.

Estos ejemplos nos sirven para volver al comienzo, única forma de salir de un laberinto y repensar una concepción de política sanitaria, que implica reconstruir un modelo nacional de salud solidaria, que incorpore la producción pública de medicamentos, impulsando a los laboratorios estatales y alentando a la creación de muchos otros.

Reforzando lo expuesto y como resultado de un modelo opuesto, podemos observar como la crisis sanitaria mundial deja al descubierto sistemas económicos y jurídicos, que algunos pensadores amantes de lo extranjero pregonan en demasía.

Mirando al norte podemos dejar constancia de las paradojas a las que se enfrenta EEUU, donde  según las cifras del 2019, es considerada la mayor economía del mundo, con un PBI nominal de 21.44 billones de dólares; es decir, una cuarta parte de la economía mundial.

Sin embargo y a pesar de existir desde siempre grietas en su  verdadero estado del sistema social, en EEUU, la misma se amplió con a crisis del COVID-19. El sistema económico estadounidense ha demostrado no poder materializar su poder en soluciones concretas para sus ciudadanos. EE.UU muestra lo que puede significar la inexistencia de un sistema de salud universal, Obama luchó infructuosamente contra el lobby de la salud privada y los pocos avances que consiguió fueron detonados por Trump, el país donde anualmente millones de norteamericanos viajan a México y Centroamérica para atenderse por no poder afrontar los costos de salud en su país, y que además una vez estallada la pandemia focalizó el interés de los empresarios en negarse a parar la economía, hoy el país del mundo libre entierra cientos de víctimas de su modelo de libertad en fosas comunes nada más y nada menos que en Nueva York, la Roma posmoderna.

A su vez Italia y España nos muestran la cara del horror, el resultado de haber recortado año tras año los presupuestos de salud y de investigación; sistemas de salud privados carísimos e ineficientes llevaron a un genocidio social en la población de los adultos mayores y que conste que, en el caso de Italia, no tuvo su epicentro en el sur más pobre sino en el norte opulento y soberbio. (1)

El gobierno argentino supo elegir su propio camino, atento a los informes y estudios de los organismos internacionales y a lo que acontece en los lugares donde el coronavirus se manifestó inicialmente. Esto fue posible porque se cuenta con hombres y mujeres de primer nivel profesional, científicos de un ministerio recuperado. No en vano el país fue elegido por la OMS para ensayar tratamientos y vacunas, mal que les pese a muchos. Pero centralmente esto fue posible porque es un gobierno peronista, sin alharacas chauvinistas ni colonialismos mentales de vasallos, hemos aprendido de nuestros mayores a “mirar bien lo que pasa en el mundo, pero con los pies enterrados en el suelo de la patria”.

Si alguien quiere discutirlo lo invitamos a hacerse una pregunta: ¿qué creen que habría pasado si hubiéramos seguido los consejos de Macri y sus adláteres que nos invitaban a seguir trabajando en el modelo inglés para no detener la economía?

Avanzar en un Convenio Colectivo único para los trabajadores de la salud.

Si bien esto puede parecer muy puntual o específico, creemos que ha quedado demostrado que el equipo de salud es uno solo y no puede ser dividido según el nivel de educación formal alcanzado. La existencia de un convenio colectivo de trabajo limitado a los profesionales universitarios es una rémora del pasado cuando la salud estaba “medicalizada” y los demás eran colaboradores o apoyo del médico. Hoy, cuando los técnicos de laboratorio del Malbrán o el Posadas luchan a brazo partido junto a los profesionales para avanzar en la lucha contra el virus: ¿quién puede seguir sosteniendo esta falsa dicotomía?

 Hace años, cuando se discutió el tema nos enfrentamos a la negativa cerrada de las asociaciones médicas, algunas muy “revolucionarias” y de izquierda, también encontramos el silencio del otro gremio de estatales. Fue la ministra Graciela Ocaña quien prefirió congraciarse con esos sectores. El resultado es que hoy las y los técnicas/os y enfermeras/os con título profesional de tres años están en el Sinep, un convenio cuya naturaleza fue pensada para la administración central del Estado argentino. Esto provoca que prácticamente no haya planes de capacitación permanente adecuados y no puedan desarrollar una carrera ya que los concursos, con cuentagotas en general, son inexistentes para ellos. 

Al respecto, la UPCN y la UBA, a través de la Facultad de Medicina, viene trabajando fuertemente en la titulación de enfermeras/os como Licenciadas/os universitarias/os. Este año, más de un centenar culminan sus estudios y esto debe ser una política pública, destinada a perfeccionar permanentemente el perfil de las trabajadoras/es de salud, y el instrumento para ello es la negociación colectiva. Ello deja en evidencia que solamente hace falta la decisión política.

Participación de las y los trabajadoras/es en el diseño y evaluación de las políticas públicas.

Si, como sostenemos, ha quedado demostrado en forma categórica que la idea de un Estado subsidiario y la anatematización del trabajador público constituyen dos falacias monumentales al servicio de las minorías; un Estado activo, inteligente y moderno no puede privarse de la experiencia, capacidad y compromiso de sus trabajadores que se han ganado con creces el derecho a ser escuchados.

Atención, no negamos la aptitud y vocación de los cuadros políticos. Sostenemos que el modelo de comunidad donde vivimos (y viviremos) lo decide el conjunto de los habitantes con su voto, al menos en este sistema de democracia representativa. Pero, decidido ese rumbo las políticas y proyectos de laboratorios deben hacer pie en la realidad cotidiana y ahí el rol protagónico del trabajador público es la única garantía del éxito o fracaso de una gestión. Es un viejo comentario en el Estado aquella situación, harto repetida, acerca de que las/os nuevas/os funcionarias/os arriban llevándose todo por delante, afirmando que todo lo que se hizo antes está mal, se rodean de asesores provenientes de ONG’s o círculos de poder según el partido. Al respecto, suelen despreciar la colaboración del personal de carrera para evitar que yerren. Pasan unos meses, empiezan a hacerse visibles los errores e incongruencia de las acciones desarrolladas y entonces nos llaman y nos preguntan: ¿cómo arreglamos esto?. Desafortunadamente, esta leyenda es una realidad empírica con la que chocamos permanentemente. Las y los trabajadoras/es públicos no somos “el enemigo” ni “la máquina de impedir” solo hay que estar dispuesto a escuchar y seguramente se ganará en calidad de las políticas públicas.

Las y los trabajadoras/es estatales como en otras crisis ponemos el hombro, ideas y compromiso en el ideal de servir a la sociedad. De esto salimos con solidaridad pensando en el bien común. Estar organizados no solo nos permite generar respuestas rápidas para llevar adelante este presente, sino también ver a futuro e identificar los errores en las políticas llevadas a cabo por un capitalismo salvaje que muchos ahora se dan cuenta en el impacto que tienen en un pueblo sin un Estado que les proteja.

Esta pandemia mundial pasará y nos interpelará a todos a ser mejores, a exigir un rol activo a todos los sectores en la reconstrucción del país, de un pacto social que se venía proponiendo y ahora más que nunca es vital. La profesionalización y la participación es necesaria, en proyectos de carácter social, en la industrialización, la educación, la salud, etc., no queremos y no debemos ser meros espectadores, necesitamos un Estado que le brinde a las y los trabajadores el lugar que nos supimos ganar. 

La actual crisis global nos deja al descubierto y hace emerger a la desigualdad como la raíz fundamental del problema. Citando al Papa Francisco, en su rezo extraordinario por la pandemia, señala que “La tempestad desenmascara nuestra vulnerabilidad y deja al descubierto esas falsas y superfluas seguridades con las que habíamos construido nuestras agendas, nuestros proyectos, rutinas y prioridades. Nos muestra cómo habíamos dejado dormido y abandonado lo que alimenta, sostiene y da fuerza a nuestra vida y a nuestra comunidad. La tempestad pone al descubierto todos los intentos de encajonar y olvidar lo que nutrió el alma de nuestros pueblos; todas esas tentativas de anestesiar con aparentes rutinas “salvadoras”, incapaces de apelar a nuestras raíces y evocar la memoria de nuestros ancianos, privándonos así de la inmunidad necesaria para hacerle frente a la adversidad”. 

Algunas ideas a modo de conclusión

No sabemos lo que va a suceder. Esta crisis sanitaria nos enfrenta con una situación para la  cual los manuales para la acción se revelan como incompletos o por lo menos, con un grado importante de incertidumbre.

No sabemos qué pasará, pero sí sabemos qué es lo que venía pasando, qué es lo que nos pasó y cómo llegamos a una situación donde la trampa puede ser pensar que esta pandemia es una causa y no un efecto de un proceso de descomposición sistémica que nuestros pueblos vienen soportando desde hace mucho tiempo, y donde la vida, esa vida que hoy se pierde en forma de estadísticas conmocionantes, ha dejado de ser el problema central, para ser reemplazado por el lucro, la especulación y las ganancias desmedidas para pocas manos.

Una crisis sistémica que venimos percibiendo a partir de numerosas señales ecológicas, geopolíticas, culturales y fundamentalmente filosóficas que permean a toda una humanidad como damnificada mucho antes de la misteriosa aparición del covid- 19.

Pensar a la pandemia como un episodio desconectado de la historia y que afecta en términos universales a los diferentes pueblos, como un parteaguas que provocará cambios sustanciales y uniformes en toda la humanidad, es una tentación cinematográfica que hace de la acción de un virus un agente ahistórico que nos libraría de la responsabilidad de obrar conforme a las necesidades diferenciadas de cada conformación cultural en particular, como manera de contribuir al sostenimiento de la Casa Común.

Prueba de ello, y para nuestro modesto orgullo en medio de tanta desgracia, son los estados nacionales y las comunidades que los integran, los que están dando respuestas diferenciadas frente a la crisis. Nuestro país, apostando a sus mejores tradiciones, está intentando demostrar que las organizaciones de la comunidad, y la acción estatal a partir de un reconocimiento de la conducción política como herramienta fundamental para el desarrollo armónico de ambas esferas, es la mejor forma de enfrentar no sólo el drama del covid-19, sino también las consecuencias de una descomposición socio económico cultural, que antecede a la crisis sanitaria y que viene enfrentando a las comunidades entre sí, y que viene tomando a los estados como blanco fijo.

Si coincidimos que es necesario reconstruir un Estado fuerte, moderno, inteligente, no debemos olvidar que ese Estado no puede ser “ascético” debe circular por sus venas una doctrina nacional, popular y transformadora, la tenemos y está planteada en “El Modelo Argentino” de Juan Domingo Perón. Los modelos europeos tanto el socialdemócrata como el liberal han implosionado, se han mostrado impotentes, caducos, sin ideas para afrontar la crisis. Ese modelo exige empleadas/os profesionalizados pero con un claro compromiso con su pueblo, no son tiempos para “profesionales puros” sin arraigo o sin comprensión o aceptación de que quien manda es el pueblo.

Eso solo será posible en el marco de una comunidad organizada, si para afrontar la pandemia el pueblo es apto en su organización y sus organizaciones, ese es el camino para la reconstrucción nacional. Frente al poder de los lobbies empresariales o del poder económico – mediático hay que responder con un pueblo organizado y encuadrado que haga sentir su decisión de seguir un rumbo diferente. Quizás hay que empezar a discutir el tránsito de una democracia liberal y delegativa en una Democracia Social, donde el gobierno decide centralizadamente y se ejecuta descentralizadamente y el pueblo participa en la decisión y la ejecución de las políticas.

Hay que defender y apoyar el conocimiento y desarrollo científico nacional, Argentina ya supo generar desarrollo propio en las ciencias, aplicadas a la producción y el crecimiento económico como por ejemplo con Savio, Mosconi y el Brigadier San Martín; o con la gestión del inolvidable Ramon Carrillo en materia de salud. Hay que ordenar y poner a trabajar intensamente a todos estos sectores, o producimos conocimiento o lo compramos enlatado.

Cuando nos encontrábamos redactando este documento, pudimos conocer el comunicado del Consejo Directivo de la Confederación General del Trabajo del día 15 de Abril, con el que más allá de compartir su contenido en general, queremos hacer propias sus propuestas, que expresan el pensamiento de millones de argentinos. El movimiento obrero debe volver a ser la columna vertebral de este proyecto, unido, organizado y solidario debe poner en marcha las inmensas potencialidades de nuestro pueblo, de nuestros trabajadores, mujeres y hombres al servicio de la patria, como siempre lo hizo.

Como sindicato de las y los trabajadoras/es públicos hay que incrementar nuestro esfuerzo para afiliar a todos, ir a buscarlos uno por uno, explicarles la imperiosa necesidad de su participación, levantar muy altas las banderas de la negociación colectiva, la igualdad de oportunidades, la capacitación permanente, la eliminación de toda forma de violencia o abuso y la profesionalización de las y los trabajadoras/es del Estado, en todos sus niveles.

Seguramente quien lea esto no encontrará nada nuevo, dirá “repiten lo que dijeron siempre” y es así, esta pandemia que conmociona al mundo nos ha venido a ratificar que el rumbo lo conocemos, que cuando lo hemos transitado nuestro pueblo vivió días felices, por lo cual, sólo nos restará saber estar a la altura de las circunstancias

(1) Para entender un poco más la problemática, de acuerdo a datos expuestos en el peródico The Guardian, en EEUU hay 2.9 camas de hospital por cada 1.000 personas, menos que otros países como Turkmenistán (7.4), Mongolia (7.0), Argentina (5.0) y Libia (3.7).

Y si hablamos de médicos, en esta “potencia mundial” hay 2.6 médicos por cada 1.000 habitantes, “lo que los coloca detrás de Trinidad y Tobago (2.7), y Rusia (4.0)”.

Siguiendo esta línea de pensamiento, la America’s Health Rankings demostró en su informe del 2018 cómo la tasa de mortalidad infantil de Estados Unidos es de 5.9 muertes por cada 1.000 nacidos vivos. De hecho, en un ranking de 36 países, Estados Unidos ocupa el puesto 33, encontrándose solamente en peor estado, Chile con 7.0, Turquia 10.0 y Mexico 12.0, siempre cada 1.000 habitantes

Las cifras de muertes de adultos, no son muy diferentes, y se agravan aún más por las brechas de desigualdad económica basadas en raza.

Según cifras de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE), la desigualdad económica en Estados Unidos es una de las más altas del mundo alcanzando su punto máximo durante el 2019, a pesar de que la tasa de desempleado se mantenía en un mínimo histórico.

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