El ciclo del kirchnerismo y la necesidad de una nueva síntesis popular

Por Gustavo Matías Terzaga*

Cuando el río suena, agua trae. Y lo que hoy suena con fuerza en la política nacional no es solo el retumbar de una interna entre facciones peronistas; es la lenta pero definitiva sedimentación de un proceso histórico que comenzó con bríos transformadores en 2003, se consolidó en la confrontación, y hoy languidece bajo el peso de sus propias limitaciones.

El kirchnerismo fue una expresión vital y popular que, tras la catástrofe del 2001, devolvió al Estado su capacidad de arbitrar, de proteger y de intervenir. Significó para millones de argentinos el retorno de la política como herramienta de justicia social, la incorporación de los jóvenes a la militancia política, la ampliación de derechos, la vinculación con los pueblos hermanos y la recuperación de la autoestima nacional. Fue, en términos populares, el intento más logrado de reconstruir un proyecto de país con inclusión, soberanía y justicia social después de Perón. Pero toda épica que no se renueva, se agota. Lo que estamos presenciando, en este abril convulso de 2025 y en medio de un oscuro panorama que atraviesa nuestra vida nacional, no es una mera transición interna en el peronismo, sino una inflexión de época que hay que saber transitar, conservando lo que inspire y descartando lo que ya no aplica.

Entonces, el desdoblamiento electoral decidido por Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires no puede leerse sólo como un movimiento táctico en la coyuntura. Es, en verdad, la señal de una ruptura estratégica que sobreviene por su propia maduración. Hijo dilecto del kirchnerismo, el actual gobernador de PBA comienza a separarse del útero político que lo gestó. Pero no por rebeldía adolescente, sino por madurez política, y esto mismo lo vuelve un proceso de renovación interesante por su posibilidad de proyección nacional hacia el 2027.

Lo que está sucediendo

La interna política en la provincia de Buenos Aires, como síntesis concentrada de las tensiones nacionales dentro del peronismo, gira en torno a un punto nodal, que es la resistencia de ciertos sectores del kirchnerismo -específicamente los ligados a La Cámpora y al núcleo duro Cristinista y de su hijo Máximo como operador- a aceptar que Axel Kicillof- o cualquier otra figura por fuera de la familia Kirchner- tiene la legitimidad política y el derecho histórico de ser interlocutor principal frente al proyecto liberal libertario de Milei. Esta es la cuestión. Y este conflicto expresa, o de él se desprende, en el fondo, dos concepciones antagónicas sobre la conducción y la verticalidad en el peronismo:

Por un lado, la visión que puede atribuirse a Kicillof y sus aliados que, probablemente, entiende la verticalidad como un instrumento táctico, flexible, al servicio de una estrategia política concreta y sujeta a validación popular y al pragmatismo territorial para congeniar con los “gordos” del conurbano. Esta visión recupera cierta lógica del peronismo clásico, donde el conductor debe tener legitimidad de masas y capacidad de conducción política, no necesariamente una unción dinástica para avanzar. Verticalidad flexible, ascendiente y descendiente. Es la lógica en la que el liderazgo se construye desde abajo hacia arriba (ascendente) y se consolida con conducción desde arriba hacia abajo (descendiente), pero basada en la representación real, el anclaje territorial y la validación popular. Es táctica, dinámica y estratégica.

Del otro lado, la visión “esencialista”, ligada a la lógica del linaje, que reduce el derecho a conducir el movimiento a la herencia simbólica de los Kirchner. Esta mirada absolutiza la verticalidad hasta transformarla en un dogma rígido, casi sin variables, por fuera del resultado electoral o del respaldo social efectivo. Así, se confunde la lealtad al proyecto nacional con la subordinación a una persona o núcleo restringido de poder, Cristina, Máximo y el apellido. Por eso, sus seguidores fieles, ven traidores en todos lados e infantilizan al pueblo cuando se pierde una elección, trasladando la responsabilidad política desde el interior hacia afuera. Y en esa obstinación por preservar la jefatura “natural” con la lógica de la infalibilidad del líder, aún cuando las urnas ya no convalida esa centralidad, se abre paso el estancamiento, el error estratégico, el daño y, en última instancia, la derrota. Y es lo que está sucediendo. Verticalidad rígida, sólo descendente. Es la lógica del dedazo, de las listas impuestas, de la conducción cerrada que no escucha ni habilita debate, que “baja línea” sin anclaje ni oído en las bases. Se trata de un esquema estático, que reemplaza la conducción por el control y la mística por la obediencia. En este modelo, el poder no se construye todos los días, se administra lo que quedó desde una cúpula y se agita la autorreferencia para preservar el relato. Es objetivamente derrotista, como lo demuestra su seguidilla de fracasos electorales. La condición sine qua non para integrar este esquema, es seguir a Cristina hasta pasarla, y escucharla para desoirla. Y lo que verdaderamente importa es su figura, no la Patria ni el pueblo, como si la propia Cristina fuera el programa, pero no lo tiene. En esta lógica, nada se cede.

Desde esta perspectiva, que seguramente acepte más variables, lo que se juega en la interna bonaerense no es sólo un reparto de cargos ni un conflicto de estilos, sino la posibilidad de redefinir la arquitectura de poder del peronismo en el siglo XXI. Básicamente, si seguirá una política atada a una lógica de obediencia cerrada, con un liderazgo que no se somete al escrutinio democrático interno, o si, con ese piso alto, romper ese techo bajo para transformarse en un movimiento mucho más amplio, con capacidad de síntesis y vocación de mayoría real. Para esto último, algo hay que ceder.

Hay que ser claros, negar ese debate es condenar al peronismo a la repetición cíclica de sus peores errores. La idea, entonces, por eso ofrecemos nuestro parecer, es salvarnos de la imposibilidad de arribar a algún diagnóstico mínimamente racional. Estimamos que cualquier otro argumento que discurre alrededor de este asunto que pretenda esconder este conflicto de concepciones, no es más que chamuyo para la tribuna. Llega un punto donde, a los rosqueros y obturadores, les conviene ocultar la verdad y exponer a cielo abierto las miserias palaciegas.

En este sentido, la distancia con La Cámpora no es anecdótica, significa un intento de librarse del cepo de una organización que, al convertirse en custodio del legado original, terminó muchas veces siendo su carcelero. En el camino, Axel busca recuperar el contacto con el sindicalismo, los intendentes del Conurbano bonaerense y -más difícil aún- con una sociedad desencantada, descreída de todas las formas de representación. Pero lo mejor que podemos decir de Kicillof es que, además de un cuadro técnico y académico, es un laburante de la política y no un principiante con suerte; su gente se lo reconoce electoralmente, en una provincia que es un país dentro de otro; y no es poco, sino suficiente para no pedir permiso, medir su acrobacia y saltar. Ojo, Kicillof no es Daniel Scioli ni Alberto Fernández, tampoco es Bossio ni Randazzo.

Esto que analizamos no invalida los logros históricos del ciclo kirchnerista, pero sí obliga -con responsabilidad militante y honestidad intelectual- a revisar críticamente sus límites. Porque sin esa revisión profunda, sin un diagnóstico, no habrá nueva síntesis, ni política saludable posible. Y convengamos, no hay nada bueno con lo que está pasando.

Unos ejemplos valen más que miles de palabras

El desmanejo y la ruptura con la Confederación General del Trabajo (CGT) en 2011, el mantenimiento del impuesto a las ganancias que afectó a la clase trabajadora, y el boicot a la candidatura de Daniel Scioli en 2015, son hitos que evidencian una desconexión con el arte de conducir. La decisión de Cristina Fernández de Kirchner de designar a dedo a Alberto Fernández como candidato a presidente en 2019, anunciada por redes sociales, sin debate interno ni construcción colectiva, fue una jugada audaz y riesgosa. El objetivo era ampliar la base electoral para vencer a Mauricio Macri, y en ese sentido fue efectiva en el corto plazo, y la supimos valorar, como al gobierno sostener. Pero el verdadero problema no fue solo la dedocracia, sino el posterior sabotaje interno a su propio elegido. Una experiencia que merece un análisis crítico y profundo que escapa a estas líneas, pero que, en términos políticos, fue de una irresponsabilidad de magnitud histórica. El tiempo hablará, si hoy lo podemos escribir.

Las consecuencias de no retomar desde las fuentes

En nombre de una pureza progresista más estética que real, el kirchnerismo fue alejándose de la cultura criolla, de las raíces obreras y populares, más parisina que del interior, y entregando poco a poco al aparato liberal la posibilidad del monopolio del sentido común. Pero el verdadero crimen político del kirchnerismo fue cortar los lazos con Perón, en vez de abrevar en su legado para fortalecerse. Una joven Cristina que votó al FIP del “colorado” Ramos en 1973, con su “vote a Perón por izquierda”, y no al FREJULI siendo peronista, nos da algún indicio para explicar el fenómeno. No se trató solo de una distancia simbólica o generacional con el General, sino de una ruptura estratégica, con las bases del movimiento: la centralidad del trabajo, la alianza con la clase obrera organizada, las FFAA y la construcción de poder desde la comunidad organizada. Pero también con el legado español, el idioma y la religiosidad popular.

Lo real -por doloroso que resulte reconocerlo- es que la pretendida matriz de país construida durante la década “ganada” del kirchnerismo fue desmantelada en apenas seis meses. Bastó medio año de un gobierno de signo contrario para mostrar que lo edificado no tenía cimientos sólidos ni anclaje profundo en la estructura del Estado ni en la conciencia social, aunque siempre algo queda, por supuesto. Y esto debe ser un aprendizaje para lo que viene. Lo que parecía un proyecto que se jactaba de “irreversible” terminó siendo, en gran parte, un relato sostenido en un liderazgo carismático, pero sin verdadera institucionalización ni transformación cultural duradera. Esa fragilidad estructural es una de las grandes deudas del ciclo político que se va cerrando, y la sensación que nos invade es la de pérdida de la oportunidad. En síntesis, los kirchneristas fueron gobiernos nacionales, pero no de liberación nacional. Nunca hubo programa.

Lo viejo que no muere, lo nuevo no nace

El 2027 será, entonces, un parteaguas para el destino del país, donde la taba de este pleito, ya habrá caído de un lado o del otro. Con un Donald Trump reposicionado en el tablero mundial, con un escenario de guerra comercial y proteccionismo brutal que acelera el proceso de descomposición norteamericano y los peligros que eso atrae en una zona periférica del globo, la Argentina necesita comprender su ubicación geopolítica con urgencia. Los BRICS, Brasil, la Patria Grande no son fantasías, son la condición de posibilidad para una inserción soberana en el nuevo orden geopolítico multipolar. Un gobierno peronista con inteligencia, músculo y vocación histórica deberá reubicar al país en esa matriz para fabricar la chance política de, además de ganar, reelegir.

Hoy, es el turno de quienes, como Axel, comprenden que el legado no es un altar, sino una herramienta política para el trabajo diario. Axel es, en efecto, el mariscal que Cristina decía que hacía falta, cuando se despedía pero no soltaba. Esperamos -con prudencia, pero también con firmeza- que Cristina y La Cámpora no elijan el camino del daño extendido. Que no conviertan la pérdida de centralidad en sabotaje. Porque si algo necesita el campo popular en este momento es madurez política, generosidad histórica y sentido de responsabilidad con un país que no resiste más fracturas inútiles ni batallas intestinas dentro del bando nacional. El tiempo de los liderazgos mesiánicos terminó. Ahora se trata de reconstruir con lo que hay, no de dinamitar lo que viene. Ah, y no se olviden: volver a Perón.

* Presidente de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Córdoba

¿Cómo pudimos llegar a esto? Parte 4

 Omar Auton

Sigamos con el Estado

   En el capítulo anterior traté de precisar como concibe el peronismo el rol del Estado, fuerte, eficaz y eficiente, pero de ninguna manera subrogando la actividad empresarial privada y mucho menos avanzando sobre el derecho de propiedad, más allá de encuadrar este último dentro del concepto del bienestar general y por ende dándole una función social.

   En su afán por tomar distancia de los excesos y corrupción del liberalismo privatizador de los 90, algunos compañeros se pasaron a la vereda de enfrente y bajo la consigna de “Estado Presente” cayeron en un doble error, que fue fatal, agobiaron a la sociedad con slogans y consignas, amenazaron con estatizaciones, decidieron que todos los problemas de la comunidad requerían un organismo estatal que los analizara y debatiera, pero aburrieron a la población con sus peroratas y, lo que es peor, no resolvieron ninguno de los problemas, más bien agravaron muchos.

   Pero este aspecto nos deposita en un segundo debate y es el de la organización y funcionamiento del Estado en sí mismo, o sea nos lleva a mirar con detenimiento el Estado hacia adentro, el rol y características de sus empleados, su número, salarios e incidencia en el gasto público.

   Hasta los años 90 había primado el concepto “patrimonialista”, es decir la idea que el ingreso, la carrera, los salarios y hasta sus derechos, eran decisión unilateral del gobierno de turno, incluso nació una teoría en derecho administrativo que decía que, teniendo en cuenta la centralidad de las políticas públicas, los trabajadores estatales no eran “trabajadores”, sus derechos e intereses debían ceder ante la necesidad de atender las demandas de la sociedad.

   Si bien el art. 14 bis de la Constitución Nacional consagra la estabilidad del empleado público, buscando precisamente salvaguardarlo de los vaivenes políticos y evitar que la Administración Pública fuera el “botín de guerra” del partido político gobernante, como la adquisición de esa estabilidad requería la “acreditación de idoneidad”, se recurrió a nombrar sin concurso, confiando que el paso del año de servicios sanearía esta falta con la adquisición de la estabilidad, o a contratar bajo diversas formas fraudulentas.

   Por si esto fuera poco, el poder judicial no sólo “legitimó” los golpes de Estado y sus actos administrativos, sino que en esta materia hasta dio juridicidad a los latrocinios cometidos bajo la doctrina jurídica antes mencionada. De ahí las llamadas “leyes de prescindibilidad” sancionadas luego de cada golpe militar y hasta en algunos de origen constitucional. El criterio era que si bien habían superado el año de servicios, requisito para adquirir el derecho, como a su ingreso no habían acreditado idoneidad mediante un concurso, había una falla ab initio que invalidaba el acceso a la estabilidad. La última fue en 1990.

   Durante los gobiernos de Carlos Menem y al calor de los llamados Consensos de Washington, las presiones del Banco Mundial y la crisis administrativa se puso en marcha la Reforma del Estado y la Emergencia Administrativa que permitieron implementar el plan de privatizaciones, que fue su rostro más conocido, pero también una profunda reforma administrativa que culminó con el Sistema Nacional de la Profesión Administrativa (SiNaPa), un modelo de carrera que establecía la obligatoriedad del ingreso a planta permanente mediante procesos de selección, el progreso en la carrera vertical a través de concursos y las evaluaciones de desempeño y estándares de capacitación en la horizontal.

   Asimismo, se estableció que los cargos de conducción no políticos (Direcciones Nacionales, Generales y Simples) debían ser cubiertos por concursos abiertos.

   Más allá de los cuestionamientos que pudieran hacerse a las privatizaciones y despidos en las empresas del Estado, en lo que hace a la administración central esto fue un gran avance y un cambio radical en el empleo público, esto hay que dejarlo claro. En la política no todo es blanco o negro, no suscribo ni defiendo las políticas de los 90, pero en este terreno podemos afirmar que fue uno de los pocos intentos en darle un sistema y una racionalidad a la Administración Pública Nacional.

   Luego del desmoronamiento de la convertibilidad y la crisis del 2001comenzó el desarme de este esquema, si De la Rúa recibe su gobierno con un Estado pequeño pero ordenado, donde solo había unos 3000 contratados, todos profesionales y con funciones acotadas, cuando Duhalde asume la presidencia ya había 18.000 contratos de locación de servicios y de obra, o sea contrataciones fraudulentas en violación de las normas de empleo público, asimismo nunca más se concursaron los cargos de conducción, a medida que terminaban su mandato los que habían concursado se los fue reemplazando por partidarios de los distintos gobiernos.

   Duhalde “blanqueó “la anomalía de los contratos y los traspasó al régimen de empleo público pero amplió esta modalidad a todo tipo de trabajadores, profesionales o no.

   Durante la presidencia de Néstor Kirchner hubo un nuevo intento de reordenamiento, se firmó un nuevo convenio colectivo de trabajo y se trató de comenzar a llamar a concurso, pero desde 2011 en adelante no sólo se aumentaron irrazonablemente los cargos de conducción, creando direcciones sin sentido y muchas veces con funciones repetidas, sino que a la barbaridad de designar funcionarios sin concurso “por excepción” se agregó que también se los exceptuó de tener la formación profesional requerida para acceder a los mismo. Esto con los gobiernos de Cristina Kirchner, Mauricio Macri, Alberto Fernández y hoy con Javier Milei.

   Se ha cercenado a los trabajadores del Estado la posibilidad de ingresar y acceder a la estabilidad constitucional mediante procesos de selección; los contratos laborales fraudulentos en muchos casos ya tienen más de 20 años de duración, asumen responsabilidades de conducir áreas del Estado gente sin capacidad, ni experiencia ni educación formal para ello, y los profesionales del Estado ni siquiera tienen chance de competir en un concurso abierto con ellos. El actual gobierno que constituye la suma del desprecio por las normas y la crueldad ontológica, además de la incompetencia e ignorancia de cómo funciona una organización, sólo pretende destruir el Estado para sumirnos en la ley de la selva dónde una minoría poderosa, millonaria y apátrida, pueda “llenarse los bolsillos” sin control alguno, según lo manifestó el propio Javier Milei en el acto del Día de la Industria de 2024.

   Recientemente, en el colmo de la soberbia y el desprecio ante los trabajadores, el ministro de Desregulación y Transformación del Estado, Federico Sturzenegger obligó a los miles de contratados a rendir un “examen de idoneidad”, llamativamente el examen no era sobre las funciones que realizaban y su formación para ello, sino por ejemplo “Sobre el Código Electoral”, en donde un investigador científico, una enfermera, un técnico de laboratorio debía responder un múltiple choice sobre, por ejemplo, como se oficializaban las boletas electorales. Estaban seguros que los trabajadores iban a tratar de eludirlo, se presentaron a inscribirse masivamente, tanto que colapsaron las plataformas de inscripción

   Apostaron entonces a que no aprobaran, para justificar luego los despidos, sin embargo el 96% aprobó en el primer intento (hay tres), por ello si bien en los primeros días el tema estaba en todos los medios, enseguida desapareció de los portales ante el fracaso contundente de la estrategia gubernamental.

   Fracasado el intento, lanzó a un grupo de improvisados a imponer unas supuestas «dotaciones ideales” ¿como es eso?, muy sencillo:

Pregunta: “¿Cuánta gente trabaja aquí?

Respuesta: 100 personas

Orden: “Eche 50”

   Esto es textual, sin explicación o fundamentación alguna, es la destrucción por la destrucción misma, el odio de clase vestido del poder gubernamental.

   Cierto es que esto puede ser posible ante la pasividad y hasta el festejo de un sector de la población que ha sido permeable a las políticas denigratorias del Estado y sus empleados, de los Alsogaray, Krieger Vasena, Martínez de Hoz, Sourrouille, Cavallo, Macri, Sturzenegger (funcionario al igual que Cavallo de varios gobiernos fracasados), a lo largo de décadas.

   Cierto es también que ha sido enorme la contribución a esa ideología y/o resentimiento anti estado y anti empleados públicos por la pésima calidad del funcionamiento de muchas áreas del Estado y la mala atención a los ciudadanos y la falta de respuestas a sus reclamos. Esto debido:

1) A la utilización del Estado como fuente de financiamiento de militantes y agrupaciones políticas que crecieron en base a los recursos del PAMI y la ANSES, por ejemplo.

2)La frustración de miles de empleados públicos que veían cortadas sus carreras ante la llegada de estos “funcionarios”, muchos de ellos en su primer empleo, que ganaban altísimos sueldos frente a salarios que muchas veces no llegaban a la mitad. Además estos jóvenes, y no tanto, exhibieron una soberbia y ejercieron un maltrato que llevó a miles de trabajadores a votar a Milei deseosos que echaran a esta “casta”, hoy comprueban que muchos siguen en sus cargos y los que son perseguidos y despedidos son los trabajadores.

3) La utilización del Estado para generar espacios opositores a gobernadores díscolos, por ejemplo ¿un gobernador no se alineaba incondicionalmente? Se usaban áreas del Estado en esa provincia para nombrar militantes de agrupaciones afines y comenzar, con el erario público, a operar sobre intendentes o líderes locales y armar listas opositoras al gobierno, inclusive a sabiendas que se provocaba la victoria de partidos adversarios, su teoría ha sido “Nosotros o el diluvio”.

4)La impotencia para llevar adelante políticas positivas en temas como la educación, la salud o la seguridad dado que las “internas del partido o frente gobernante se trasladaron a los gobiernos”, neutralizándose entre ellos.

5) La ignorancia absoluta de las potencialidades de las políticas públicas cuando son virtuosas, o sea eficaces y eficientes y la mediocridad de los funcionarios de gobierno, esto fue emblemático entre 2015-2019 y en la actualidad.

   Si hablamos de los poderes Legislativos y Judicial, es poco lo que hay que agregar cuando hay senadores que presentan proyectos de ley y luego los votan en contra, otros huyen a países limítrofes con dineros de dudosa procedencia luego de votar leyes que habían dicho que no votarían, diputados que marchan con los universitarios por el presupuesto y luego votan en favor del veto a su aumento, igual que con los aumentos a jubilados o que votaron el acuerdo con el FMI a cambio que el Estado Nacional ceda un predio en su provincia para “construir viviendas”.

   Del Poder Judicial que se puede opinar, una Corte Suprema de Justicia que funcionaba con solo 3 integrantes, un cortesano, que cuando fue al Senado a defender su postulación juró que “jamás asumiría si era designado por decreto” y no sólo asumió pese a ello sino que ¡los otros tres le tomaron juramento! Llevamos tres años donde ambos poderes se hacen los distraídos frene al DNU 70/23 que es el que permite muchas de las barbaridades del gobierno, cada uno sostiene que la responsabilidad de declarar su inconstitucionalidad es del otro y ninguno hace nada.

   Es necesario ir a una reforma constitucional donde además de corregir los desaguisados de la reforma del 94, que hizo suyos reformas de la dictadura de Lanusse como el ballotage, incorporemos formas de control como la iniciativa popular, el referéndum, el plebiscito, pero sin imponer reglas que hagan inviable llevar adelante esos institutos y quizás el Juicio de Residencia, para los que no saben de que hablo voy a transcribir la definición de la IA, “El Juicio de residencia era un procedimiento judicial que se llevaba a cabo en el derecho castellano e indiano. Se realizaba al finalizar el mandato de un funcionario público para analizar su desempeño y escuchar las acusaciones en su contra” sería darle carnadura a lo que repiten todos en sus actos de asunción “Si así no lo hiciera, que Dios y la Patria me lo demanden” en este caso nos haríamos cargo de lo que a la Patria le corresponde…

¿Cómo pudimos llegar a esta situación? Parte 3

 Por Omar Auton

Y ahora ¿Cómo salimos de esto?

   Llevo un tiempo escribiendo sobre las causas que nos llevaron a este averno, porque me indigna escuchar a dirigentes y seudo intelectuales, culpar al pueblo por “equivocarse en el voto”, olvidando que, aún en el caso que así hubiera sido, para que eso ocurriera es necesario que la dirigencia política que se reivindica “nacional y popular”, o como yo “peronista”, haya errado bastante o haya estado muy ausente de las demandas populares, y sus intelectuales demasiado atosigados de papers y debates de laboratorio, sin atención a los profundos cambios que se iban dando en nuestra patria.

   Hoy andamos a los tumbos entre los que se niegan a cualquier autocrítica, los que buscan culpables por todos lados sin mirarse al espejo, los que proponen una especie de “revival” a un pasado esplendoroso, que todo indica que tuvo sus aciertos pero no todo fue tan “década ganada” y los que andan como Diógenes, en medio de la noche, con una linterna buscando el “nuevo liderazgo” que nos resuelva los problemas.

   Creo profundamente que son tiempos refundacionales, o mejor dicho de recrear o reconstruir nuestra doctrina, adaptando a los tiempos lo que haya que adaptar pero haciendo pie firme en nuestras esencias: la Soberanía política, la Independencia Económica y la Justicia Social son banderas innegociables, hoy quizás debe agregarse la Unidad Sudamericana, La idea de Comunidad Organizada es un faro y El Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, una bitácora irreemplazable, con esto alcanza para empezar.

   Quizás lo que haya que releer y rediscutir es otro libro, entre los llamados “predicadores” para luego salir a predicar y es “Conducción Política”, especialmente cuando nos recuerda que la conducción es “un arte de mera realización” y que la calidad de la misma se mide por los resultados, “Las empresas se juzgan por sus éxitos, por sus resultados. Podríamos decir nosotros que maravillosa conducción, pero si fracasó ¿de qué sirve?… La suprema elocuencia de la conducción está en que si es buena resulta y si no lo es, no resulta. Todas las demás consideraciones son macanas”. (1) La primera pregunta es ¿Fueron buenos los resultados alcanzados con la conducción que hoy preside el Partido Justicialista?, y no debemos confundirnos mezclando gobierno y conducción, eso Perón lo explica de forma magnífica, puede haber gestión de gobierno con medidas correctas y aciertos tácticos, pero si no existe visión estratégica el conductor no cumple su rol o fracasa.

Es hora de comenzar a “actualizar” el libro de bitácora, es tarea de cada uno de nosotros el ir viendo cómo, a partir de los cambios operados en la realidad argentina en las últimas cuatro décadas, así como los errores y horrores “no forzados”, llevados a cabo en nuestras distintas gestiones de gobierno, podemos proponer ideas, caminos y acciones, pero me refiero a realizaciones, retomando el concepto aristotélico que el centro de la política son las acciones no las ideas, retomado por Perón en su célebre apotegma de “mejor que decir es hacer” e inclusive por el Papa Francisco en uno de sus cuatro claves “La realidad es superior a la idea”.

El Estado que supimos ¿Construir?

   Desde los primeros maestros de la filosofía nadie en su sano juicio ha negado el sentido gregario de los animales, dentro de ellos los homínidos, existe en la intuición, la definamos como la definamos, el sentido de “comunidad” es decir que la supervivencia primero y luego la propia continuidad de la especie está asociada al “vivir y andar juntos”, la familia, el clan y la horda desde nuestros primeros antepasados, han sido formas de llevar adelante esta vocación, para que surgiera el individualismo, especialmente el individualismo egoísta y salvaje de hoy en día, fue necesario que surgieran las formas de apropiación privada del producto del trabajo social y con ellas la consagración como hecho natural , que haya ricos y pobres, incluidos y excluidos, incluso países dominantes y países dominados, entonces el poder y la riqueza de algunos “necesitó” y necesita destruir la idea de comunidad.

   Dicho esto, para terminar con la falacia del individualismo como valor “original” de la especie humana, digamos también que el Estado Nación, es una evolución de la forma de organización de los seres humanos, quizás, hasta hoy, la más desarrollada en términos de ser una herramienta que asegure la convivencia de una comunidad determinada, en un territorio puntual, y dotado de normas que expresan los valores, principios y garantías de ese mismo colectivo humano, tanto así que de una u otra forma se universalizó, incluso superando visiones ideológicas antitéticas entre sí.

   En los países centrales el Estado surgió como resultado de las revoluciones burguesas (Cromwell, Bismarck, Cavour, Revolución Francesa), con ellas la Nación y el Estado fue su expresión jurídica y social. En nuestros países, en cambio no hubo revoluciones burguesas, la auténtica nación que era América Latina o como mínimo los antiguos virreinatos, se balcanizaron en países débiles gobernados por oligarquías y los Estados no eran más que organizaciones dedicadas a proteger los intereses de estas oligarquías.

   Argentina es un ejemplo de lo expuesto, recién con Roca logra unificar aduana, tener una sola moneda, un ejército nacional, un sistema educativo común y el ejercicio de una soberanía sobre sus territorios. Sin embargo a ese ejército, el primero de carácter “nacional” le faltó la burguesía que, como en Europa, provocara un desarrollo de las fuerzas productivas internas que le diera sostén y poder real.

   Es por ello que tareas como la explotación de los recursos naturales, la siderurgia y la industria pesada, la marina mercante, el desarrollo aeronáutico debió ser acometido por el Estado en la verdadera “década ganada” la de 1945-1955.

   Sin embargo, el peronismo nunca fue estatista, siempre concibió al Estado como Promotor, pero jamás se propuso reemplazar la actividad privada, la empresa, todo lo contrario. Un ejemplo fue el complejo aeronáutico de Córdoba, Fadea convocó a todos los empresarios locales y los instó a hacerse cargo de la fabricación de las distintas partes de los aviones proyectados, de esa iniciativa surge el complejo industrial cordobés que generó además la clase trabajadora mas formada y capacitada, lo que llevó a las automotrices que ingresan al país en las décadas del 50 y el 60 a radicarse en la provincia mediterránea y sigue siendo visto como una de las grandes columnas que sostiene la economía cordobesa.

   Ya en el segundo plan quinquenal, se disminuía notablemente el gasto público y se dejaba a la iniciativa privada gran parte de la actividad económica. La nota diferencial dentro de América Latina de la Argentina, es la existencia de una importante sector industrial, con grandes, medianas y pequeñas empresas, una numerosa, organizada y formada clase trabajadora y una clase media resultado del desarrollo de los servicios (bancos, seguros, comercio, exportación e importación, docencia) que surge como consecuencia de lo primero. Eso es lo que intentaron destruir entre 1976 y 1983 Videla-Martínez de Hoz, entre 1990-2001 Menem-De la Rua-Cavallo , entre 2015-2019 Macri y desde 2023, Milei, cada intento ha sido más profundo, más ideologizado, más violento y hasta autoritario.

   El Estado tuvo un rol estratégico en Impulsar, promover, acompañar y defender, ese desarrollo industrial, pero durante el peronismo jamás buscó reemplazar el rol privado, por algo puso a cargo de la economía a empresarios como Miranda o Gelbard, paradojalmente quiénes “estatizaron” empresas, muchas de ellas casi quebradas, fueron los gobiernos militares como el de Lanusse y Videla (Martínez de Hoz estatizó la Italo mientras declamaba que “Achicar el Estado es agrandar la Nación”).

   Perón lo sintetiza claramente “Cuando los capitalistas comprueben que ganan más con nuestro sistema, no tengan la menor duda que lo adoptarán y serán sus defensores. Y habremos resuelto sus problemas y habremos resuelto el problema que más nos interesa, que es el que afecta a los pueblos”.

   Pero esto responde a un concepto doctrinario más profundo, para Perón el poder real reside en el pueblo, la palabra pueblo tiene un claro sentido filosófico, es la superación de la masa y del individualismo a través de la comunidad organizada, los hombres que naturalmente tienden a reunirse, concientizados que nadie tiene futuro en soledad, crean sus organizaciones, en esas organizaciones libres del pueblo reside el poder, ahí se resuelven los problemas inmediatos, luego se va ascendiendo en la complejidad hacia las decisiones que debe tomar un estado organizado y en última instancia será el gobierno centralizado, una pirámide donde el fin último es poner el capital al servicio de la economía y esta al servicio del pueblo (verdades 16 y 19).

   Esta larga explicación busca mostrar una concepción antitética con toda deriva estatista, la pobreza no la resuelve el Estado (lo hemos comprobado), la exclusión, la desocupación, se enfrentan desde el crecimiento, la producción y el trabajo, con un claro rol del Estado en el sentido que sea con Justicia Social y adecuada redistribución del producto, en este marco y solamente en este marco, el aumento del consumo (No el consumismo) dinamiza y contribuye a sostener el crecimiento y la producción y todo eso solo se consigue en la armonía entre el capital y el trabajo que se asegura con una clase trabajadora organizada y un sindicalismo poderoso, ¿es tan difícil de entender?

   La dictadura genocida iniciada en 1976 se propuso destruir ese modelo de país, consciente que si había comenzado a gestarse con la II guerra mundial, es con el peronismo que alcanza su mayor desarrollo, tanto así que se sostuvo durante los 18 años de proscripción, en una relación de ida y vuelta, se consolidó con el peronismo y, al mismo tiempo, el peronismo se afirma, se consolida en ese país industrial, lo expresa y se alimenta de él simultáneamente.

   La oligarquía, consciente que con la proscripción y la violencias no alcanzaba para eliminar al peronismo, fue más lejos, la apertura de la economía y el dólar barato, más la aparición de un sector financiero que, fruto de la asociación de la vieja oligarquía agropecuaria, sectores del capitalismo transnacional y la extranjerización de la banca, comenzó a ocupar el centro de la escena, como consecuencia empezaron los cierres de cientos de pequeñas y medianas empresas, el abandono del país de otras (Fiat, Peugeot, Citroen), la eliminación de toda legislación protectoria, especialmente con las leyes de inversiones extranjeras y de reforma financiera, la campaña de estigmatización contra el Estado, que nunca había sido tan feroz, (en esos años nace lo de “Achicar el Estado es agrandar la Nación”), se complementó con la persecución, tortura y desaparición de miles de delegados de base y dirigentes sindicales, lo que generó un corte profundo a la aparición de una nueva generación de delegados que aún padece el movimiento obrero.

   Alfonsín no pudo o no quiso revertir este proceso, el brutal endeudamiento externo y el hecho que las empresas del estado estaban hipotecadas, en algunos casos varias veces, como garantía de ese endeudamiento, o habían sido obligadas a endeudarse en el mercado internacional, hizo que la falta de recursos deteriorara severamente la calidad de los servicios públicos, la administración central así como el empleo público provincial y municipal comenzó a ser el paliativo a la creciente desocupación. Incluso aparecieron los primeros proyectos de privatizaciones de empresas públicas (Aerolíneas y ENTEL).

   En los 90, Menem, que asumió sin un plan económico claro y decidido y con un frente heterogéneo, luego de padecer una nueva híper y corridas bancarias, abrazó los planes del Banco Mundial, profundizando la destrucción de aquél Estado Promotor del que hablábamos, apoyándose en la parálisis de las empresas, la pésima calidad de muchos de ellos (trenes, teléfonos, luz) implementó el modelo diseñado por Domingo Cavallo de privatizaciones y liquidó el Estado empresario en aras del equilibrio fiscal.

   Cuando estas políticas estallaron por los aires en el 2001 (“El año que vivimos en peligro”) con su secuela de muertos, heridos y un presidente huyendo en helicóptero, la pericia de Remes Lenicov para desarmar la bomba y un aparato industrial que estaba parado pero no extinguido, bastaron para poner en marcha una recuperación de la economía, que sumada a el aumento del precio de los commodities, especialmente la soja, y un dólar caro, se mantuvo hasta el 2011 aproximadamente, aunque con dificultades desde 2007.

   Es que el sector industrial nacido al calor de un Estado que como dijimos promovió y protegió, pero que estaba en manos privadas, estimulado por la demanda interna y la desaparición de la competencia, muchas veces de dumping, extranjera, se recuperó rápidamente, creció la ocupación y el trabajo registrado, con ello la afiliación sindical y el consumo popular.

   Sin embargo esta recuperación tenía un talón de Aquiles, podía recuperar la producción y el trabajo que habían caído durante los gobiernos de Alfonsín y Menem, pero era necesario pensar y llevar adelante un programa económico de crecimiento para desarrollar nuevas actividades, incorporar las nuevas generaciones al empleo y modernizar tecnológicamente, además de abastecer la demanda de nuevas tecnologías. Pero esto no ocurrió, desde 2011 Argentina no crece, subsiste la dependencia de las exportaciones primarias para tener divisas y se consolidó un sector de excluidos, que sumó a dos y ahora tres generaciones de argentinos que nunca supieron lo que es un empleo en blanco, registrado y formarse en la cultura del trabajo.

   No estoy diciendo que los gobiernos de Duhalde, Néstor y Cristina Kirchner fueron los que provocaron la aparición de ese drama, estoy diciendo que no pudieron o supieron dar un salto adelante en el modelo económico argentino que generara la aparición de nuevas empresas, nuevas actividades, nuevos desarrollos en todos los rubros, acompañados de las políticas públicas en materia de educación y capacitación laboral. Si hoy se afirma que una gran parte de los argentinos que están desocupados o con empleos precarios no se pueden incorporar en el mundo del trabajo registrado porque carecen de formación, que la industria moderna contiene avances en materia de tecnología y organización del trabajo que están lejísimo del modelo conocido hasta los años 90, me pregunto ¿Cuáles fueron las políticas estatales en este cuarto de siglo para superar eso? ¿Cuáles fueron las reformas educativas, en los planes de formación secundaria especialmente?.

   Hoy el Estado es cuestionado por tirios y troyanos, por los poderosos porque anhelan una sociedad donde puedan hacer lo que quieran, explotar a sus trabajadores, que cuantos menos derechos y fuerza sindical tengan mejor, pero también por los más pobres y excluidos que durante 25 años solo escucharon discursos y promesas sin que se abriera nunca la ventana de oportunidades que se les prometía, con una dirigencia y funcionarios que repartían bolsas y planes para las elecciones y luego jamás volvía a los barrios más pobres, que se exhibió y se exhibe en grandes mansiones o barrios privados donde el metro cuadrado se cotiza en dólares, restaurantes caros y manejando autos importados, mientras ellos son las víctimas de todos los desastres naturales, (temporales, incendios, inundaciones) enfermedades evitables, sin acceso a la salud o educación medianamente de calidad y ni hablar de la vivienda, ellos en la palabra “ESTADO” visualizan a la dirigencia política que la abandonó, a los “ñoquis” que no solo cobran un sueldo sin trabajar sino que se ufanaban de su situación, y olvidaron a los miles de trabajadores que incluso durante la pandemia estuvieron al pie del cañón a lo largo y a lo ancho del país, pero esa es otra historia…

Roca y Bayer: la nación real y la utopía progresista

Por Gustavo Matías Terzaga*

En los últimos años, o décadas, la figura del general Julio Argentino Roca ha sido objeto de un sistemático proceso de demonización por parte de ciertos sectores que, amparados en una visión moralizante del pasado —más próxima al catecismo de sacristía progresista que al análisis político riguroso—, han pretendido reducir su protagonismo histórico a una caricatura del autoritarismo oligárquico.

 Bajo el pretexto de cuestionar la consolidación de un modelo económico agroexportador y dependiente —crítica legítima si se realiza con seriedad a un liberal nacional y no desde el púlpito de una sociología de manual—, se ha erigido a Roca como chivo expiatorio del orden liberal del siglo XIX. Se lo presenta como el factótum de una Argentina organizada en beneficio exclusivo de la oligarquía terrateniente, el arquitecto de un país arrodillado ante intereses extranjeros y el ejecutor frío de una política de exterminio étnico. Y todo ello se hace con una ligereza que bordea la irresponsabilidad intelectual: se lo juzga con parámetros contemporáneos, desatendiendo por completo el contexto geopolítico, ideológico y estratégico del tiempo que le tocó gobernar.

Pero lo más grave no es la ignorancia, es la intención. Esta tendencia no es solo un error; en muchos casos, es una tergiversación consciente. Una operación política que pretende, mediante esa condena solemne, romper los lazos históricos entre el pueblo argentino y su propio proceso de construcción nacional. Porque al condenar a Roca con los ojos del presente, lo que se oculta —deliberadamente— es el hecho concreto de que fue él, y no otro, quien ejecutó el acto fundacional del Estado moderno argentino. Fue Roca quien llevó el poder del Estado allí donde antes imperaba el vacío, la anarquía o la proyección del enclave británico. Fue Roca quien clausuró, por la vía de los hechos, el proceso de fragmentación heredado de la disolución del Virreinato.

Despojar a Roca de su dimensión histórica es, en última instancia, degollar la inteligencia nacional, es regalarle el juicio de nuestra historia a una progresía que, entre el lloriqueo multiculturalista y el infantilismo revolucionario, prefiere una Argentina abstracta, moralmente pura, pero política y territorialmente inviable. La de Roca, con sus luces y sombras, fue la estrategia de la unidad nacional, lo demás es literatura del resentimiento y el prejuicio.

Osvaldo Bayer: entre el anarquismo romántico y la negación del Estado Nación.

En el altar laico -no religioso ni espiritual, sino de devoción casi secular- de cierta progresía argentina, Osvaldo Bayer ocupa un sitio privilegiado. Autoproclamado defensor de los pueblos originarios, romántico de la anarquía y profeta del antiestatismo, su figura se ha transformado en emblema de una izquierda sin proyecto de poder, enemiga histórica del Estado nacional.

Pero el anarquismo que Bayer profesa no es una mera filosofía ultra libertaria: es una impugnación total al Estado como forma de organización histórica. En nombre de una libertad absoluta -que sólo existe en los libros o en las catacumbas de la impotencia política-, rechazó todo intento de centralización institucional, incluso cuando éste brotó del sufragio popular o del impulso emancipador de las masas, un buen 17 de octubre de 1945. De allí su desprecio por el peronismo. Y de allí también su obsesiva condena a Julio Argentino Roca, a quien convirtió en símbolo de todos los males del Estado: militarismo, oligarquía, centralismo, racismo, represión.

La campaña del Desierto fue, para Bayer, un acto de genocidio sin matices. Ignoró deliberadamente que la Argentina de fines del siglo XIX era un territorio fracturado, vulnerable, acechado por potencias extranjeras, y atravesado por conflictos internos. Negó la dimensión estratégica de una guerra necesaria para consolidar la unidad nacional. Y lo hizo desde un pedestal moral que, aunque emotivo, renunciaba a comprender la política como conflicto entre fuerzas reales. Su historiografía, más que una crítica, fue una cruzada ideológica, y su anarquismo romántico útil al desarme cultural que dinamiza el progresismo y celebra el liberalismo.

Lo paradójico es que en su rechazo a toda forma de Estado, Bayer terminó alimentando una narrativa útil a la fragmentación nacional. La exaltación de comunidades sin Nación, de autonomías sin centro, de resistencias sin proyecto, terminó por configurar una historia en la que la Argentina concreta -con sus contradicciones, su mestizaje y su drama- era reemplazada por una insoportable utopía imposible.

Bayer fue, en definitiva, el historiador de una Argentina que no fue, ni podía ser. Su prédica puede conmover a los espíritus sensibles y bienpensantes, pero no construye soberanía ni produce destino, todo lo contrario. Por eso atacó con similar saña a Roca y a Perón, porque ambos -con sus diferencias, y cada uno en su siglo- compartieron una convicción fundante que él jamás obtuvo. Ambos creyeron en un Estado nacional fuerte, vertebrador de la patria grande, constructor de integración frente al caos de las guerras intestinas. Básicamente, todo lo que su anarquismo doctrinario le impedía tolerar.

Roca como etapa fundante del proyecto nacional.

Comprender al roquismo no es exculpar, es entender que fue el punto de partida de la Nación, ya que su gobierno representó la clausura definitiva de la fragmentación heredada de las guerras civiles y el inicio de una organización estatal capaz de proyectar soberanía hacia el interior y hacia el mundo, en una muy importante política del espacio. El roquismo fue la bisagra entre la anarquía de los bloques provinciales y la Argentina moderna y unificada. Sin ese Estado fuerte -centralizado, organizado y armado—-no habría existido ni yrigoyenismo, ni peronismo, ni posibilidad histórica de desarrollo autónomo. Porque el movimiento nacional no brota del éter, sino que se despliega sobre estructuras previas y experiencias evidentemente más conservadoras. Y a esa estructura la creó Roca y la fortaleció Perón.

¿De dónde creen que salió Perón, sino del Ejército nacional que fundó Roca?

Quienes repudian a Roca mientras se proclaman peronistas no entienden que el tuétano del peronismo -el Ejército en estrecha alianza con el pueblo y los trabajadores como estructura nacional y popular- fue posible porque antes hubo un proyecto de unificación territorial, institucional y militar. Sin Roca no hay Ejército nacional, sin Ejército no hay Perón, y sin Perón, la Argentina no hubiera transitado la experiencia de la justicia social, ni de la soberanía política, ni de la independencia económica, que es el norte y la pretensión de nuestra lucha política actual.

 Negar esa etapa es amputar el proceso histórico de sus fundamentos, es querer cosechar sin sembrar. Por eso, comprender a Roca es condición para reconstruir un proyecto de Nación. Sin Estado no hay pueblo, sin Roca, no habría historia argentina, solo provincias sueltas, lenguas extranjeras y un mapa regalado al Imperio.

La incomprensión progresista: entre la moralina y la claudicación.

Tal vez la impotencia política del progresismo argentino sea su desconexión con la historia real y su afán por juzgar el pasado con los valores del presente que termina arrasando con toda posibilidad de comprensión, a la vez que creen ser la medida de todas las cosas para juzgarlas. Se refugian en un purismo sin pueblo, en un sentimentalismo sin estrategia. Y así, condenan a Roca como símbolo de todo lo indeseable, sin asumir que fue precisamente ese Estado -nacido del conflicto y no del consenso académico- el que hizo posible la Argentina.

Osvaldo Bayer, convertido en tótem de ese progresismo culposo, fue el abanderado de una cruzada contra el Estado nacional, y desde su anarquismo romántico, puso a Roca en el banquillo y dictó sentencia moral. Pero en el mundo, ¿Quién hizo historia sin cometer actos cuestionables? Si ese es el criterio, detengan la rotativa de la historia, caen San Martín, Bolívar… ¡y hasta Jesucristo!. Pero la historia no se rige por la ética de los deseos, sino por la dialéctica de las fuerzas. Y en esa historia concreta, real, contradictoria, Roca fue un constructor.

Osvaldo Bayer nunca tuvo reparos en ensañarse con Julio Argentino Roca, pero jamás dirigió una línea de condena seria contra Bartolomé Mitre, verdadero arquitecto de la subordinación argentina al Imperio británico. A Mitre -el mismo que entregó el país, falseó la historia y arrastró a la Nación a guerras al servicio de intereses extranjeros vía balcanización-, Bayer lo dejó intacto, subido a sus estatuas y blindado por el bronce liberal.

Sin embargo, a Roca lo crucificó por consolidar militarmente el territorio, resistir la disgregación, y sí, combatir a los pueblos originarios en un contexto histórico brutal, donde no existía aún el romanticismo etnográfico de la academia moderna.

¿O acaso hubo algún gobierno del siglo XIX —unitario, federal o liberal— que no librara guerras contra los pueblos originarios? ¿Hubo alguno que no se apoyara en la fuerza para ordenar el caos territorial heredado del derrumbe virreinal? La diferencia no está en el método, sino en el proyecto. Mitre actuó al servicio de la fragmentación continental; Roca, en función de un Estado nacional. Esa es la verdad que Bayer prefirió callar.

El error ideológico de Bayer no habilita la brutalidad de Milei al arrasar con su monumento. La historia se discute con pensamiento, no con demolición. Y fue justamente el intento de arrasar con todo lo que nos abrió esta oportunidad de debatir y afirmar que Roca fue mucho, muchísimo más que lo que dicen los manuales escolares redactados desde cátedras liberales de izquierda o de derecha. Fue más que un general, más que un presidente, fue el actor político fundador de la Argentina moderna. No comprenderlo es seguir extraviados en el laberinto binario de la historia trastocada. Negar a Roca es elegir la impotencia como destino.

*Gustavo Matías Terzaga es Presidente de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

El rol del Estado y las políticas públicas ante la embestida anarcocapitalista

Por Amalia Villarroel*

“………Soy el topo que destruye al Estado desde dentro….…Es como estar infiltrado en las filas enemigas: la reforma del estado la tiene que hacer alguien que odie el Estado….” [1][i]

Nuestra Argentina  vive el impacto de una nueva  revolución neoconservadora, esta versión renovada del neoliberalismo que lleva al extremo una política que marca el final de la cooperación, la solidaridad ,la tolerancia ante las diferencias y la justicia social como  valores constitutivos de una comunidad.

Esta nueva etapa  se manifiesta de una manera extrema, en Argentina y en el mundo: la xenofobia, el desconocimiento de las diferencias, el desprecio a los derechos adquiridos por los colectivos más desprotegidos, la destrucción de los derechos laborales y el debilitamiento de los actores sociales y de toda forma de organización solidaria, la entrega  irrestricta de nuestro patrimonio y nuestras riquezas naturales, el avasallamiento de los poderes constitutivos de la vida democrática. Estas características convierten a esta gestión en una manifestación más cercana a una dictadura, a una suerte de neofascismo que utiliza el formidable poder del Estado para autodestruirlo.

Según esta ideología, el Estado Nación debe retirarse de la administración de los bienes públicos y desconocer el deber de garantizar la provisión de bienes esenciales para la vida; el mercado, vía privatizaciones y desregulaciones se haría cargo de todo bajo la forma de mercancía: la salud, la educación, la provisión del agua potable, la energía y toda forma de vida en el planeta. En pocas palabras, supremacía del Mercado como actor fundamental de todos los procesos productivos, apertura irrestricta a los flujos financieros y comerciales internacionales, subsidiaridad del Estado como equilibrador de las desigualdades sociales e impulsor del desarrollo económico, configuran un modelo repetido en la historia política de la Argentina, siempre con iguales resultados: ante lo inevitable de la protesta social, conformar un aparato de represión dispuesto a actuar sobre jubilados, docentes, trabajadores : cuando se extingue el Estado de derecho se manifiesta el Estado gendarme y punitivo. Y de ello, lamentablemente, ya tenemos abundantes comprobaciones.

Las políticas aplicadas que le “concedieron” al Estado un rol subsidiario del mercado, barrieron con la institucionalidad previa, con un retroceso sin precedentes en materia de organización pública.

El actual gobierno y la oposición dialoguista apoyan que el pretendido superávit fiscal se obtenga  de salarios y jubilaciones de hambre, de la entrega del patrimonio nacional, a costa de la salud y la educación de los que habitan y trabajan en Argentina, produciendo la verdadera riqueza y comprometiendo el presente y el futuro de varias generaciones

El proyecto de Milei 

Este proyecto tiene el centro en la especulación financiera, en la entrega irrestricta  de la extracción del petróleo, gas y minería. De destrucción de la industria nacional, y consiguiente desempleo. De genocidio de jubilados, de salarios de miseria, de niños y adultos que comen una vez al día.

Esta estafa  está también detrás de su política de destrucción de la ciencia y la técnica, de la entrega del desarrollo aeroespacial, de la destrucción del desarrollo atómico nacional, de las universidades, de la entrega energética, de las fábricas militares, de la política de exterminio de los jubilados, de los salarios de hambre, de la destrucción de la industria nacional y las quiebras de las PYMES, camino a la desocupación masiva, de la destrucción de los proyectos cooperativos y mutuales, de la destrucción de la ayuda social, de la destrucción del sistema sanitario, etc. 

Se quiere borrar todo atisbo de soberanía e independencia económica y justicia social. Al Plan Milei le sobran veinte millones de habitantes y parecen decididos a lograrlo

Resultó que la casta eran los pobres y los jubilados, los universitarios, los docentes, los obreros, el personal sanitario, el del Estado (con contratos precarios de tres meses y retraso salarial cada vez mayor), las “capas medias”, y sigue la lista…

La salud llega al deterioro de no proveer medicamentos a quienes los necesitan y seguramente muchos se estarán muriendo por esa carencia. Se suspenden operaciones de urgencia. Los salarios del personal sanitario llegan a sus niveles más bajos. Se cierran centros como el Hospital Nacional de Salud Mental «Lic. Laura Bonaparte» (CENARESO). Mientras, el Hospital Nacional de Pediatría Garrahan (como otros) se ve obligado a reutilizar material descartable por falta de presupuesto.

En Ciencia y Técnica se destruye el trabajo de años. Se  pretende desguazar la aerolínea de bandera y rematar ARSAT, pilar del desarrollo satelital argentino que además de producción misilística, puede permitir la comunicación satelital del interior extenso ,que da 2.500 millones de dólares de ganancia anual para, dicen, regalárselo a Elon Musk por un tercio de ese monto.

Se entrega el litio y las tierras raras.  El RIGI les da a los monopolios mineros, petroleros y cerealeros todo, sin dejar nada. La bicicleta financiera reina.

Es notable que este gobierno, que quiere auditar a las universidades, no quiera que la Auditoría General de la Nación audite lo que hace en las empresas del Estado, amparado por el ilegal Decreto de Necesidad y Urgencia N°70/24  y el RIGI, su principal herramienta de entrega.

Las empresas apuntadas son Arsat, Empresa Argentina de Navegación Aérea, Canal 7, Administración General de Puertos, la Casa de la Moneda, Educar, Aerolíneas Argentinas y Fabricaciones Militares. Son aquéllas que el gobierno busca privatizar y, a partir de ahora, pasarán a tener auditorías privadas con contrato directo.

Están en la mira o ya han iniciado su desguace, un sistema de Ciencia y Técnica que ha producido desarrollos como los de energía atómica, satelital, de vacunas, tecnología agrícola, sanitaria, industrial, etc.

El  gobierno paraliza el CAREM (reactor atómico pequeño, 100% argentino), que es de uso dual: podríamos producir en nuestros astilleros un submarino atómico usando ese reactor. Pero, además, podría ser generador de energía eléctrica o de agua calefaccionada para ciudades del interior y sus aledaños. Clave para poblar nuestra Patagonia y facilitar su ocupación nacional y su defensa territorial.

Y ahora mismo se incluye al Banco Nación, entidad superavitaria y herramienta de desarrollo Pyme, entre las empresas privatizables

Otra falacia: no es real que exista un “costo argentino” debido a los salarios de los trabajadores de la educación y la investigación y desarrollos científico técnicos: las universidades nacionales están trabajando con el mismo presupuesto del año 2022, pese a la inflación acumulada en los siguientes años.

Los sueldos de los investigadores son menores que en otros países de América Latina. Entre los docentes un ayudante de primera, diplomado, con dedicación exclusiva (no puede tener otro empleo) es pobre según las distintas escalas del INDEC. Sin embargo esta universidad es la que genera el 80% de las investigaciones científicas.

Hay cuestiones que aglutinan a vastos sectores de la población: la educación en general y la universidad en particular, públicas y gratuitas, las jubilaciones, el acceso a una alimentación adecuada, el problema de la vivienda y la tierra para el que la trabaja, la atención sanitaria de calidad y su accesibilidad económica, geográfica y cultural, el trabajo de calidad según el concepto de la Organización Internacional del Trabajo, el transporte y los servicios y su accesibilidad y costo, etc.

No se puede desarrollar una política de ciencia, investigación y tecnología sin un proyecto de país independiente de desarrollo integral y sin considerar el control nacional de las palancas claves como la energía, la industria pesada y su equilibrio con la liviana, que produce los elementos que sostienen a lo principal de las fuerzas productivas de un país, que es el ser humano que maneja máquinas y aparatos de distinta complejidad. Y no se puede desarrollar un país independiente sin una cultura y un arte propios.

Para llevar a cabo este programa de entrega, se utiliza al mismo aparato del Estado y la Administración, a través de un Ministerio llamado de Reforma y Modernización, a cargo de un Federico Sturzenegger, de triste memoria por su pasaje en gobiernos neoliberales, quien con una precisión asombrosa ha venido interviniendo y desarticulando áreas sustantivas del Estado: no se trata sólo de disminuir la plantilla de trabajadores, aduciendo su condición de pretendidos “ñoquis” , con la secuela de pérdida de saberes adquiridos con el estudio y la experiencia. Esto ha generado no sólo desempleo y desprotección, sino también condiciones de trabajo asfixiantes.

La intervención del Ejecutivo también atenta contra todos los principios del derecho laboral y las relaciones laborales, a través de los topes a la negociación salarial y la parálisis de los mecanismos paritarios que garantizan la igualdad de oportunidades, la salud y ambiente laboral, y el cumplimiento de las normas pactadas en los Convenios Colectivos de Trabajo del Sector Público.

Se desconoce el rol sindical en el Sector Público en todo lo atinente a las negociaciones colectivas, imponiendo un unilateralismo cuasi dictatorial en todas las decisiones atinentes a la vida laboral en organismos y agencias del Estado.

El denominado superávit fiscal logrado por la administración de Milei se ha alcanzado al costo de la persecución a los empleados públicos, el cierre de organismos importantes, paralización total de la inversión pública en infraestructura, abandonando proyectos críticos que, inclusive, estaban en un 75% de ejecución e incumpliendo con compromisos de ejecución pactados con organismos financiadores como el BID y el BM.Las consecuencias de esta política se están viviendo en zonas de emergencia,donde es imposible llegar por la destrucción de las rutas

Algunas áreas implicadas

La creación de la Agencia de Transformación del Empleo Público bajo la órbita del Ministerio de Economía, además de decidir sobre el destino de estas áreas sienta las bases de los mecanismos de desmantelamiento y privatización de las mismas:

La destrucción de áreas sensibles del Ministerio de Salud, como las direcciones de Control de Enfermedades Inmunoprevenibles, Vacunación y Respuesta al VIH, ITS, Hepatitis Virales y Tuberculosis, no solo están dejando a cientos de compañeras y compañeros, muchos de ellos profesionales de larga trayectoria  en la calle, sino también exponiendo a la población a gravísimas consecuencias.

Las responsabilidades de la  Subsecretaría de Ambiente, luego de ejecutar sólo un 22 % de su presupuesto, lo que implica la anulación de todas las actividades de intervención en el manejo del fuego y catástrofes ambientales, desmantelando a la vez todos los mecanismos de alerta temprana y prevención, se han derivado al Ministerio de Defensa, incrementando el ya desmesurado presupuesto asignado, sin transferir la expertez de quienes desarrollaban tareas en ese campo.

La catástrofe de Bahía Blanca es un buen ejemplo de las consecuencias de esta política

La Agencia Nacional de Discapacidad (Andis) ,cuya actual conducción eliminó de las prestaciones a más de 200.000 personas de manera arbitraria.

Se eliminaron programas de vivienda, tales como Fonavi, Procrear, Lotes con Servicios y Casa Propia, varios de ellos con aportes de organismos multilaterales acordados y no ejecutados.

La Secretaría de Derechos Humanos ha desmantelado todas las políticas de Memoria, Verdad y Justicia, a partir de los despidos de los abogados y abogadas que prestaban servicios en el área. A los que aún permanecen se les redujo el salario en un 60%.

Podríamos seguir enumerando áreas sustantivas de política pública que han sido aniquiladas  bajo el imperio de reducir el déficit fiscal: han sido víctimas de estas decisiones los sectores más vulnerables de la población pero también lo son los colectivos que se ven privados de acceso a la educación pública en todos sus niveles.

 La pérdida de calidad en las prestaciones de salud y las políticas de educación es una carga a futuro para la sociedad: se destruyen proyectos y áreas que será muy difícil recuperar, pero la pretendida “libertad “ es sólo una manifestación del “darwinismo social de mercado” la supervivencia de los “más aptos”

Las reales causas de esta política residen en, tal como se realizara en la década de los ´90s, la obtención de divisas a través de la venta de estos activos para sostener la política financiera de este gobierno, habilitando negocios para los fondos de inversión y el gran capital internacional, mandantes y principales beneficiados por la misma. Y como broche de oro: la estafa cripto como acción de gobierno.

Necesitamos, desde cada uno de nuestros lugares, defender el Estado como impulsor del crecimiento económico y equilibrador de las desigualdades sociales, y resguardar a sus trabajadores, capital humano logrado en muchos años de formación y acciones concretas, para formar  parte de un modelo de Estado virtuoso que necesitaremos para la reconstrucción de nuestra Argentina

[1] Entrevista concedida por Javier Milei al sitio de noticias estadounidense The Free Press…

 *Docente grado y posgrado UBA,USAL,UNLZ,UNPAZ,UMSA

Malvinas, dictadura, DDHH y la gran estafa de la democracia liberal

Por Gustavo Matías Terzaga*

Nuestro país enfrenta una de las crisis más profundas de toda su historia. Pero resulta que no es una crisis coyuntural más, cíclica, sino el resultado de un proceso de desintegración nacional que se profundiza casi sin pausas desde el 24 de marzo de 1976 cuando el país fue sometido a una reconfiguración económica, política y cultural orientada a su sometimiento definitivo al capital financiero internacional. Lo que hoy presenciamos no es una crisis más, es la fase final de un modelo que lleva casi 50 años destruyendo la Argentina.

Pero la crisis no es solo económica o política, es primero cultural. Y, en efecto, el objetivo del trastoque deliberado de nuestro sentido histórico es el ocultamiento del crimen oligárquico. Desde la historia oficial de Mitre hasta la prédica colonial y cipaya de baja estofa de nuestros tiempos, el relato ha sido siempre el mismo: el país nació dependiente y está condenado a seguir siéndolo. Nos cuentan la historia de una Nación imposible, siempre al borde del colapso, como si fuera su naturaleza misma la que la empuja al fracaso. Al respecto, no falta nunca un argentino medio de fuerte vocación aspiracional sentado a la punta de la mesa, decir que “el problema de la Argentina somos los argentinos, que esto afuera no pasa”.

Malvinas

Malvinas fue el último gran acto de soberanía de la Argentina moderna, pero en su análisis, se omite el hecho de que el avance de una causa no está determinado exclusivamente por quienes la conducen, sino por el impulso y la esencia misma de su realidad histórica. Esta incomprensión es la que funda el prejuicio antimilitarista que pretende hacernos sentir seguros, completamente indefensos. Sin embargo, la Guerra de Malvinas fue, en su naturaleza política, la antítesis de todo lo que la dictadura había sostenido, promovido y ejecutado en términos antinacionales. El pueblo y los trabajadores organizados lo entendieron perfectamente en un momento de profunda autoconciencia popular en aquellas plazas de marzo y abril de 1982, en repudio contra la dictadura y luego apoyando la reconquista de nuestro territorio, respectivamente. Pero esta aparente contradicción es precisamente el tipo de paradoja ante la cual las élites intelectuales progresistas suelen quedar desconcertadas, incapaces de reconciliar su marco teórico enciclopedista con la complejidad del suceso histórico. Por eso afirman que el pueblo se equivocó. ¡La pucha!

Lo cierto es que en el minusvalidante relato impuesto, Malvinas es reducida a un episodio irracional de la dictadura, deshistorizada y desvinculada de su verdadero contexto y, producto de ello, emerge la imposibilidad de la valoración correcta respecto de los intereses geopolíticos concretos de las potencias occidentales que justifican su presencia en nuestro Atlántico Sur, y la identificación de sus antecedentes en la línea histórica para completar el cuadro, como las invasiones inglesas de 1806 y 1807 o la ocupación ilegítima británica de 1833. Vale decir, en su real dimensión, Malvinas es un eslabón más en la continuidad histórica de la lucha por la independencia y, en términos subjetivos, un hecho irreductible en nuestra identidad nacional que proporciona al pueblo con todo su vigor, la autoestima necesaria para la forja de la convicción suficiente para autodeterminarse. Pero esto no se ha comprendido de manera clara e integral y, evidentemente, la falta de brújula que permite situarnos en tiempo y forma, disminuyó el potencial político que necesita ser antecedido por un diagnóstico racional.

El 2 de abril de 1982, por primera vez en décadas, el país dejó de mendigar y tomó la historia en sus propias manos. Y esa cruzada contra la OTAN, no resultó gratis.

Terminada la guerra, el imperialismo no castigó a la dictadura, castigó a la Nación. La derrota de Malvinas inauguró para la Argentina un estado democrático formal como dispositivo sutil y eficaz de sujeción colonial en su despliegue multidimensional: en lo historiográfico, en lo político, en lo económico, jurídico y normativo, en lo geográfico y en lo cultural. La división, el mareo y la desorientación ideológica del conjunto, es su resultado.

Pregunta: ¿Dónde se encuentra el centro geográfico de la Argentina?. Una inmensa mayoría encuestada dirá: “cerca del Cucú, en Villa Carlos Paz”.

La estafa del Estado democrático

Nuestra política no puede reducirse a disputas institucionales vacías ni a la simple conservación de un andamiaje democrático desprovisto de contenido real. Una democracia puramente formal basada en el sostenimiento de estructuras que no representan la voluntad popular, es apenas una fachada de legitimidad que sirve para perpetuar el poder de quienes controlan el sistema desde las sombras. La verdadera democracia no se agota en la rosca del parlamento, en una justicia domesticada o en la “libertad de prensa”, sino que reside en el ejercicio efectivo del poder por parte del pueblo. La democracia real es el ejercicio del poder por las mayorías populares, no un simple ritual electoral que legitima el saqueo del país con la naturalización de la alternancia. En síntesis, 50% de pobreza institucionalizada en el país desde el retorno de la democracia hasta hoy. Y la verdad es que el peronismo encuentra su razón vital en el Estado soberano, con industria pesada, astilleros y flota mercante propia, fabricaciones militares, orientación del crédito para el desarrollo nacional, FFAA en alianza con el pueblo, sindicatos, obra pública, etc. Todo lo que se viene destruyendo sistemáticamente con el tiempo. ¡ Ahh, pero que instituciones tenemos!

La dictadura y sus enseñanzas

Nos enseñaron que la dictadura fue obra de los milicos, pero ¿quién la financió? ¿Quién redactó sus leyes económicas, que siguen vigentes hasta hoy? ¿Quiénes se quedaron con el país mientras el pueblo era perseguido, torturado y desaparecido?. No fueron los Videla ni los Massera los que saquearon la Argentina- inteligencia militar son términos contradictorios cuando la formación castrense es cipaya y antinacional- sino los mismos apellidos de los civiles que incluso nos gobiernan, disfrazados de republicanos. Decimos con esto que la dictadura de 1976 no fue un golpe del “partido militar”, sino la ofensiva definitiva de la histórica oligarquía para aniquilar el Estado peronista, desarticular la organización obrera, diezmar a una generación a fuerza de terror e imponer un nuevo modelo de acumulación basado en la valorización financiera y la extranjerización de la economía. Recuperar en el tiempo lo que Perón en parte les arrebató; una vil reacción al 17 de octubre de 1945, que nos desliza en el tiempo hacia el bombardeo de 1955 como antecedente para entender lo que nos pasó.

Con el retorno de la democracia, muchos de los responsables militares del genocidio fueron juzgados, pero los verdaderos artífices del plan de devastación –integrantes de los directorios de las grandes corporaciones nacionales y extranjeras como TECHINT, ACINDAR, CLARÍN, BUNGE & BORN, INGENIO LEDESMA y MERCEDES BENZ– quedaron impunes, o peor aún, ocuparon la presidencia de la Nación o la consideraron un “puesto menor”.

Con la caída de la dictadura, Alfonsín, lejos de reconstituir una estructura militar nacional ante la posibilidad que emergió de la experiencia misma de la guerra- y si, Radical- prefirió apoyarse en el viejo ejército liberal del 55, asegurando la continuidad del modelo de subordinación y permitiendo que los verdaderos beneficiarios del golpe del 76 siguieran dominando la escena. Geopolíticamente, la desmalvinización fue una estrategia deliberada con un propósito económico y político claro: integrar a la Argentina en la arquitectura del nuevo orden global del capitalismo financiero encabezada por el presidente norteamericano Ronald Reagan y la Primer Ministra del Reino Unido, Margaret Thatcher, que surgió tras la caída de la URSS. Su mensaje es inequívoco: la resistencia está prohibida, la subordinación es el único camino y cualquier intento de autodeterminación y desafío al orden global será castigado.

Fue recién con Néstor Kirchner que se empezó a desmontar el andamiaje simbólico de la dictadura, bajando los cuadros de los genocidas y promoviendo juicios e imputaciones que revelaron la complicidad civil en el terrorismo de Estado, por caso, la pugna con CLARÍN, Magnetto y el tema de Papel Prensa. Sin embargo, el kirchnerismo careció de un programa integral, de visión y de voluntad política que se propusiera arrancar de raíz el poder de los grupos económicos que fueron el núcleo organizador del golpe.

Sin prejuicios ni limitaciones. La construcción de un verdadero proyecto nacional en esta Argentina exige dos premisas fundamentales como pilares de su sustentación: la recuperación de unas Fuerzas Armadas con doctrina nacional y el enfrentamiento directo contra la oligarquía; asumir que no somos “distintos” o “rivales políticos” en términos republicanos, sino que estamos en guerra con ellos, ya que no podemos convivir ni se los puede domesticar. Al no avanzar en esta dirección, y más allá de un puñado de importantes medidas nacionales que disputaron terreno a los agentes de la usura local e internacional (Fondos Buitres, AFJP, YPF, Aerolíneas Argentinas, trenes, etc), los Kirchner dejaron intacta la estructura de poder, por caso, la Ley de Entidades Financieras de Martínez de Hoz, que era civil.

En términos históricos, el gran obstáculo para la construcción de un Estado Nación soberano en la Argentina, nace de la fibra de la miserabilidad humana de los sin patria, que ha sido, desde siempre, el desprecio de las clases dominantes hacia el pueblo. Esa élite portuaria nunca quiso gobernar al conjunto ni a toda la extensión del país, sino administrar la dependencia con la lógica rentista del siglo XIX. Más acá en el tiempo, sus hijos y sus nietos, de Alsogaray a Milei, pasando por Martínez de Hoz, Cavallo, Macri y Caputo, se suceden figuras que expresan la misma matriz antinacional: la negativa a construir un proyecto propio y el empeño en someter al país a intereses ajenos. Milei, en este recorrido, no es una anomalía sino su consecuencia lógica extrema, un personaje grotesco que representa el fracaso histórico de una clase dirigente incapaz de estar a la altura de la potencia de una Nación que desprecian pero que pretenden dominar. La obscena impunidad que los envuelve los ha vuelto elementales. Y si no los detenemos, no es joda, nos hará bullying el Mago sin dientes.

Lo cierto es que los vencedores de Malvinas y los responsables del golpe del 76 están nuevamente en el poder, tal vez nunca se fueron, encarnados en figuras como Javier Milei, que rinde culto a los íconos más nefastos del colonialismo británico, como Margaret Thatcher.

La tragedia de la Argentina es que aquellos que entregaron la Nación y nos impusieron la dictadura económica, no sólo no fueron derrotados, sino que siguen gobernando y dominando los resortes de poder. Esto no está del todo esclarecido en las pancartas del 24 de marzo.

Hoy, el mismo modelo que se impuso con las botas en 1976 se presenta con la estética del mercado, el individualismo y la libertad. Y, aunque muchos en nuestras filas ahora les digan Fascistas, en realidad son los liberales con la conducta cruel, antinacional y mezquina de siempre. Este gobierno no es más que el regreso de la oligarquía en su versión más burda y agresiva. Ya no necesitan intermediarios, ya no precisan generales que hagan el trabajo sucio ni tanques en las calles, ¿para qué?, si es más efectivo y barato dividir como posibilidad al alcance de la mano, ante la evidencia del bajísimo nivel de anticuerpos del peronismo. Ahora han logrado que el pueblo vote por su propia miseria, que los trabajadores defiendan a sus explotadores y que los argentinos aplaudan la venta de su propio país. Y esto mismo nos ofrece la dimensión justa del avance de la colonización pedagógica de la posguerra y del repliegue identitario del peronismo en el marco de este Estado democrático.

La Argentina está llegando a su última encrucijada: o se organiza para recuperar su destino, o se convierte en un territorio vacío, sin Nación, sin pueblo y sin futuro, en apenas un lugar.

Estamos en la era de la muerte de las categorías políticas. Desde el retorno de la democracia, el dilema ha sido planteado falsamente entre “democracia o dictadura”, cuando en realidad, la verdadera disyuntiva es entre soberanía o dependencia. El falso dilema y la incomprensión nos ha llevado a consignas vacías como “El amor vence al odio”, o “La Patria es el otro”, desorientando el planteo de la lucha para las nuevas generaciones de militantes trazado en un plano horizontal entre derechas e izquierdas; mientras que en la consigna “Patria sí, colonia no”, por caso, se encierra todo el drama histórico nacional, que sigue inconmovible, verticalizando la pugna entre lo nacional y lo antinacional, pueblo, anti pueblo, como es y debe ser.

En cuanto a la dirigencia política, el problema no es solo lo que pasó, sino lo que sigue pasando. Porque lo que está roto y fragmentado no es solo el espacio político, sino la propia conciencia de lo ocurrido. No hay un diagnóstico unificado sobre por qué se perdió, ni sobre lo que se hizo mal en todo este tiempo, ni sobre lo que se debe hacer para recuperar el rumbo, nadie se asume como parte del problema pero todos quieren ser parte de la solución. Sin conducción, la oposición no será más que una fuerza testimonial, atrapada en la nostalgia de lo que pudo ser y en la impotencia de lo que no supo construir. Y en política, la nostalgia no suma, la impotencia no convoca y la indefinición solo allana el camino a quienes sí tienen un proyecto claro, aunque sea para destruirlo todo.

No permitamos enterrar a Perón como los radicales enterraron a Yrigoyen. No permitamos que Menem sea definitivamente nuestro Alvear. A diferencia del radicalismo, el peronismo aún conserva —dada la potencia y la vigencia del legado del General de la Patria, Juan Domingo Perón— la capacidad de representar al pueblo, pero atraviesa una crisis de identidad profunda. Mientras el oficialismo impone un discurso claro, aunque violento y regresivo, la oposición peronista sigue dispersa, sin conducción ni narrativa que convoque. No se trata solo de reorganizar estructuras, sino de recuperar una idea-fuerza que le devuelva sentido y dirección. El peronismo puede resignarse a ser un administrador dócil del orden vigente o reconstruirse como una fuerza soberana con un programa nacional de liberación nacional, volviendo a Perón. La buena noticia es que ese trabajo depende de nosotros.

El tiempo de la indefinición se acabó.

*Gustavo Matías Terzaga es Presidente de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

El juego del Clavileño. Exégesis de esta famosa aventura de don Quijote y Sancho Panza y relato de otros sucesos menos graciosos pero dignos de ser sabidos y pensados.

Por Vicente Palermo*

Muchos lectores recordarán la aventura del Clavileño (capítulos XL y XLI de la segunda parte del Quijote). Pero aun siendo célebre, es notable que haya pasado un poco desapercibida la situación muy compleja que en ella el autor, por cierto Miguel de Cervantes Saavedra, ha creado, sin haberla explicitado. Cuando digo desapercibida, aclaro, estoy seguro de que a lo largo de los siglos cientos de miles de lectores, quizás millones, la han comprendido, pero al parecer no forma parte, tal complejidad, del conocimiento común, expresamente compartido, sobre la obra. ¿Nadie puso en blanco y negro esa complejidad?

En este, como en muchos otros pasajes del Quijote, Cervantes se incorpora al contingente de los autores esotéricos, en el sentido de Leo Strauss, puesto que el texto discurre en dos niveles, el de lo dicho y el de lo que se da a entender a través de lo que se dice, o sea que también se dice porque el texto lo transmite implícitamente y para quien lo pueda captar.

Esta aventura en sí es sencilla. Un duque y su señora duquesa (a quienes Cervantes jamás menciona por su nombre ni ducado), muy ricos, poderosos y al parecer bastante liberales, toman a Quijote y Sancho bajo su amparo y magnífica hospitalidad y les dispensan el tratamiento señorial del que un caballero andante y su escudero son merecedores. La gracia del episodio, si recuerda el lector, es que los duques le siguen la corriente al Quijote, hacen como si tomaran en serio, sin cortapisas, lo que dice y hace. Aparentan creerle absolutamente como a un auténtico caballero andante autor de las más variadas hazañas tanto posibles como imposibles, con enemigos naturales y sobrenaturales, víctimas, él y su amada Dulcinea, de crueles maleficios y encantamientos. En otras palabras, los duques se meten de cabeza en el mundo de don Quijote, sin dejar de saber que lo están haciendo. No hay ningún propósito de escarnio en esto (aunque en un punto estos nobles, como veremos, sucumben a alguna tentación), es una burla que por supuesto Quijote no percibe como tal, y sumamente gratificante para él (no tanto por el excelente pasar de esos días sino por la consideración que le estiman los duques). Aquí se presenta ya una cierta disonancia, porque en conversaciones entre Sancho y la duquesa – que lo adopta casi se diría con especial predilección, fascinada con su refranería y sus ocurrencias simplonas (“no pudo la duquesa… dejar de admirarse en oír las razones y refranes de Sancho”) – el escudero, cuyo afecto por Quijote y su lealtad para con él están fuera de toda sospecha, deja entrever sus dudas por el equilibrio mental de su señor. Pese a que duque y duquesa cultivan el extravío de don Quijote (tienen “por cosa cierta y más que averiguada” todo su desvarío), Sancho trasluce, frente al entusiasmo ducal, un acatado escepticismo. Pero este escepticismo, que la duquesa no puede dejar de percibir, en la práctica es doblegado por ella. Al menos es lo que la duquesa estima una vez alcanzado el grado de cooperación suficiente de Sancho para que se pueda continuar la farsesca pero plácida relación establecida entre los cuatro. Para continuar con ella, un escepticismo sistemático y activo de Sancho habría sido importuno. Sancho muestra sus dudas de siempre, la duquesa le expresa firmemente su certeza sobre las aventuras y desventuras de don Quijote, el propio Sancho reconoce que son auténticas, y, en su necedad (veremos), se deja convencer (ya veremos), y se muestra prestativo («quiero creer… lo que mi amo cuenta…”). El juego se prefigura, pero aún no ha comenzado. Se suceden breves aventuras, más y más estrafalarias, nacidas de la fértil imaginación de los duques, que no alteran sustancialmente la índole lúdica esbozada ni su continuidad diaria. Aunque una de ellas estuvo al borde de quebrar el equilibrio y vale la pena que nos detengamos sobre la misma un instante. Aparece (teatral y logísticamente pergeñado por los duques, por supuesto) el célebre Merlín encabezando un imponente cortejo. El mago explica que para desencantar a Dulcinea es indispensable que Sancho se dé por su propia voluntad un número sideral de azotes (3300). El rechazo de Sancho es de inicio tajante, aunque tras muchas y elocuentes negativas termina consintiendo – bien que fijando sus propias condiciones, que tornan la azotaina prácticamente simbólica (entre otras, no asume plazo alguno). Sin embargo el episodio es muy sugestivo, porque Sancho no pone en duda ni por un instante la veracidad de los hechos (la presencia de Merlín y su séquito). Podría haberse inclinado hacia el lado de su escepticismo, para negarse al sacrificio necesario para desencantar a Dulcinea (¿azotes, por una farsa?), pero no lo hace, no. Asume la veracidad de todo,  la cordura del Quijote, el encantamiento de Dulcinea, la presencia de Merlin y hasta la de Dulcinea encantada. En última instancia, lo que hace que Sancho deponga su actitud no es sino la presión del duque (o te comprometes o te dejaré sin el gobierno de la ínsula que te he prometido, palabra más palabra menos, le dice a Sancho con todo respeto).


Patear el tablero está para el escudero fuera de lo que se puede concebir. Sancho, el muy necio (según don Quijote, que a nadie quiere más en el mundo después de Dulcinea) acepta y negocia. Y dado que los que exigen la auto flagelación de Sancho, consienten también que esta se convierta en mero trámite, lo único que cuenta al cabo es la humillación de Sancho, tenido por todos por un buen tonto y, para la duquesa, un bufón.

En este estado de cosas llegamos al episodio, más complejo, del Clavileño. En pocas palabras, un numeroso grupo de dueñas (amas de casa con control de criados) se ha presentado a rogar al caballero don Quijote, único capaz de romper el maléfico encantamiento que afecta a todas ellas: el crecimiento indetenible de hirsutas barbas viriles. Para ello, Quijote deberá viajar esa misma noche, por el aire, recorriendo 3227 leguas (sic), para liberar a una tal princesa Magalona, exigencia de un tal encantador Malambruno. Pero debe hacerlo indefectiblemente acompañado por su escudero. Para tal proeza, los valientes, que aceptan, tras el desconcierto inicial y no sin reticencias (diferentes en intensidad las de Quijote y las de Sancho), deberán montar en Clavileño, un mágico caballo volador de madera. Sancho, que como a los azotes, primero se ha negado, acaba sometido a la misma presión moral (sin él su amo no  romperá el encanto de la princesa) y a un descarado cohecho por parte del duque (si quieres tu ínsula…). Con los ojos tapados por indicación de las dueñas, Quijote y Sancho se montan en Clavileño, que ultraveloz, de paso «llano y reposado», en pocos minutos hará el camino. Cumplirá Quijote entonces su confuso cometido (con su sola presencia), Malambruno disolverá el encantamiento y nuestros héroes regresarán (habrán recorrido más de 30.000 kilómetros). Ya en tierra, Clavileño estalla y ellos terminan en el suelo, algo maltrechos y bastante chamuscados. El lector más distraído sabe que Quijote y Sancho no se movieron del lugar y que los duques se valieron de diversos artefactos y un batallón de calificados sirvientes para producir ruido, olores, humo, calor, movimiento, explosiones, necesarios para convencer a caballero y escudero de que la aventura ha sido real.

Y aquí llegamos al nudo del relato. Porque, con la mayor naturalidad, muy segura de sí misma, mientras don Quijote paladea su nuevo triunfo conversando con el duque, la duquesa pregunta a Sancho que cómo le ha ido en ese largo viaje. Lo hace esperando, cae de su peso, una respuesta risible y refranera, fiel a la necedad levemente ocurrente de Sancho. Pero no ocurre nada de eso.

Sin vacilaciones – ya sabe el lector que Sancho no demora nunca jamás en dar sus respuestas – relata el escudero que había pedido licencia a su amo para descubrir sus ojos, sin obtenerla. Pero, así y todo había apartado el pañuelo cuanto pudo y, mirando «hacia la tierra, parecióme que toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella poco mayores que avellanas; porque se vea cuan alto debíamos de ir entonces».

Evidentemente no era ésta la respuesta esperada por la duquesa, que se desconcierta («Sancho amigo, mirad lo que decís»). Sancho o miente o es aún más delirante que el Quijote. Y como lo último debe ser descartado, miente. Descaradamente. Descaradamente no porque mienta a sabiendas (no se miente de otro modo) sino porque sabe que la duquesa, que ha sido insobornable testigo de la inmovilidad de Clavileño, sabe que está mintiendo. Y por su parte sabe, la duquesa, que Sancho sabe que ella sabe que él es consciente de su tácita complicidad (tan es así que la duquesa se escapa por la tangente de la incongruencia de imagen, casi cómica: pero Sancho, “¿cómo te confundes, al ver hombres mayores que avellanas andando todos sobre un grano de mostaza?”). Esta perfecta oposición de espejos con imágenes infinitas se ha producido inaugurando un juego cuyas reglas elementales, aunque los participantes no sean conscientes de ellas, no pueden romper y cumplen perfectamente. Claro que es cierto que Sancho ha observado a hurtadillas… y no puede decir la verdad, pero quiere transmitir la información de que la sabe y encuentra el modo de transmitirla: a través de la mentira.

No puede decir la verdad porque si lo hiciera derribaría el dorado y cómodo castillo de naipes en que los duques, siguiéndole el hilo de la chifladura a don Quijote, los han colocado a ambos. Y claro que la duquesa sabe que Sancho miente descaradamente, precisamente ese ha sido su propósito, transmitir una verdad tácita a través de una mentira explícita, pero no puede tampoco ella decir la verdad porque eso acabaría con el exquisito divertimento de ambos duques a costillas de sus huéspedes, comenzando por el hecho de tener que admitir una conducta no demasiado honrosa, la burla constante que toma a un loco y un tonto, sus huéspedes, por víctimas. Por no hablar del menoscabo que acarrea haber sido pescada in fraganti por quien se supone es un necio.

Sancho se burla, pues. La burladora ha salido burlada. Se ha establecido entre ellos un hilo del que es imposible hablar, que consiste en que ambos son jugadores de un juego imprevisto (y del que no sabemos si son conscientes, pero lo juegan bien). Es así porque Sancho no ha dejado pasar la oportunidad: Ya ves, no soy tan tonto como parezco – es esa la verdad transmitida a través de la mentira. Y Sé que no eres tonto, pero puedo y quiero seguir tratándote como tal – esa es la verdad transmitida del mismo modo, por la duquesa.

En la aventura del Clavileño se crea una situación bastante compleja: todos saben, y todos saben que todos saben. Es un juego de engaño en el que nadie es engañado pero una regla inquebrantable es que no se puede hacer explícito este conocimiento. Si algún jugador dijera la verdad se pasaría a otro juego. Sucede en las mejores familias, dirá el lector. Probablemente, pero la diferencia es que se ha entrado en el juego, mediante palabras manifiestamente mentirosas, para revelar la verdad. Sancho miente a la duquesa perfectamente al corriente de que ella lo advierte en el mismo instante y de que, como es inteligente, no podrá acusarlo de estar mintiendo. O sea Sancho miente (vi la tierra desde las alturas, etc.) y transmite la verdad sin decirla (sé que nos engañas, crees que nos engañas, no me engañas) todo uno con su mentira. Esto no sucede en las mejores familias, salvo excepcionalmente. Y aunque sucediera, el núcleo de la cuestión, esto es, que se pueden transmitir verdades a través de mentiras en ciertas circunstancias, y que en esos casos se crea un juego en el que todos saben que todos saben, y a nadie le conviene romper con la regla de no hacer explícita la verdad por todos sabida, ese núcleo no se alteraría.

Ese es el núcleo de la cuestión. Pero el núcleo del núcleo de la cuestión es que este juego puede establecerse si a ningún jugador le conviene hacer explícita la verdad. Digamos que esto supone algunas cosas, como que alguno de los actores potenciales (es decir, que tiene algo para él valioso en el juego) lo es precisamente por ser vulnerable debido a haber mentido/estar mintiendo y por subestimar la capacidad de otro de los actores potenciales para meterlo en aprietos. El subestimado puede ser el primero que haga saber la verdad mintiendo, y de ese modo cree  el juego. Sabe que gracias a crear el juego puede ganar (reputación, capacidad de acción, etc.).

Creo que puede ser interesante pensar la política – ¿la política contemporánea o la política a secas? – en términos del juego del Clavileño y su ruptura. Esto no equivale en absoluto a que este juego sea el único de la política. Ese reduccionismo despojaría de todo valor a cualquier esfuerzo analítico volcado a desentrañar lo que el diálogo entre la duquesa y Sancho a todas luces encierra para el autor del romance y para cualquier lector atento. La política da lugar a otros juegos, que no intentaré discutir aquí.

Comenzando porque en algún momento, el juego del Clavileño puede ser roto; mejor dicho puede pasarse a otro. El primero es un complejo juego de hipocresías, establecido a través de distintos niveles de fingimiento. En la mano del Clavileño cervantino: finjo no saber (Sancho abre el juego: finge no saber que no hubo vuelo alguno); finjo creer en tu mentira (la duquesa finge creer que Sancho no sabe, y huye por la tangente de las avellanas); finjo no advertir que sabes que yo sé que no hubo vuelo alguno (Sancho finge creer que la duquesa ha sido engañada por su relato); finjo asumir que eres tonto (la duquesa finge creer que Sancho ha sido engañado en toda la línea); finjo no saber que sabes que yo sé que sabes que me hago el tonto (Sancho finge no darse cuenta que la duquesa no ha sido engañada ni con su relato ni con su supuesta necedad).

El juego cervantino del Clavileño no se cierra – la aventura abierta en los capítulos XL y XLI no tiene la ruptura del juego por desenlace – y será eterno por los siglos de los siglos. Obviamente no podría haber sido de otro modo. Así, no podemos contar con el genio de Cervantes para pensar los juegos que podrían abrirse tras su ruptura. Pero, la eternidad de las letras cervantinas nos evoca la política, en una de sus dimensiones, aun cuando esté lejos de ser la única o la más relevante. Se trata más que nada de las interacciones personales (individuales o colectivas) que dan forma a la trama en constante movimiento (no siempre estéril) del poder, la coerción, el consentimiento, la cooperación, el conflicto. En esta dimensión de la política, el juego del Clavileño es mucho más viejo que el Quijote, connatural como es de la política.

Es un modo eficiente, aunque costoso, de cooperar, porque lo que no se puede decir no se dice y a través de las hipocresías se transmite información confiable y necesaria. Establece un equilibrio en el que los participantes obtienen beneficios de distinta índole. Ciertas variables contextuales (independientes del juego) pueden cambiar y esto puede impedir a los participantes seguir jugando. En el caso cervantino que nos inspira hay un personaje que viene de perlas para ilustrar esta posibilidad: un “grave eclesiástico” (Cervantes no le hace el honor de nombrarlo) que indignado por el comportamiento extraviado de Quijote y Sancho y la frivolidad cortesana de los duques, decide retirarse (“me escusaré de reprehender lo que no puedo remediar”). De haber decidido permanecer y dar batalla los costos que habría impuesto a los jugadores superarían los beneficios.

En suma, el juego del Clavileño establece un equilibrio, pero este no es estable. Tarde o temprano se rompe, porque la extracción de los beneficios que proporciona a los participantes erosiona las propias bases del juego. Su sucesor no es ya, como diría Groucho Marx, el negocio de la mentira, sino el negocio de la verdad. El juego del Clavileño se rompe por deserción de uno y luego varios de los jugadores, que resuelven que no están ya ganando (lo que sea, bienestar, poder, dinero, rectitud moral, reputación, etc.), o que están perdiendo, con ese juego, y que pueden ganar saliendo de él, sobre todo si se anticipan a otros. La hipocresía es sustituida entonces por el cinismo.

El cinismo es algo difícil de definir – tanto es así que es improbable que si el lector recurriera a nuestra gloriosa RAE quedara satisfecho con lo que encontrara. No importa, siempre y cuando se me acepte un esfuerzo ad hoc para emplear aquí el término. Distinguiré así, en primer lugar, el cinismo de los antiguos del cinismo de los modernos. El primero es el de los filósofos cínicos (post socráticos, siglo IV a. C., parresiastas),  que no estaban ni ahí con las convenciones y le decían a la ciudad verdades (pongamos) incómodas, cosas que precisamente por ser verdaderas o porque así eran consideradas, eran muy mortificantes y la ciudad no quería escuchar. No sé si complica o aclara el argumento, pero podría agregar que estos filósofos hinchapelotas no eran precisamente populistas, no eran demagogos, no se caracterizaban por saber ganarse el aprecio de la ciudad (con un poco de cinismo insistiré, volviendo a Groucho, que su negocio era el de la verdad, no el de la mentira). Entre tanto, al cinismo de los modernos me autorizo a clasificarlo en dos corrientes. La primera es: sé cuales son mis valores, y trato de vivir y hacer en arreglo a los mismos, pero también sé que no debo tomármelos absolutamente al pie de la letra en todo tiempo y lugar, porque en ese caso vivir y hacer sería imposible. Este es, quizás, un cinismo pragmático: si los valores se abrazan de un modo absoluto, se destruyen. Y la segunda es: sí, sé cuáles deberían ser mis valores, están bien, pero el mundo no es para ellos, definitivamente no se puede ni vivir ni hacer en arreglo a los mismos. Los valores pasan a ser escrúpulos, lastres que arrojar por la borda, o recordarlos delante de una copa de ginebra.

Sin duda, la política más convencional, normal, en las democracias representativas de Occidente, no está dominada por el negocio cínico de la verdad, sino por el negocio hipócrita de la mentira, una de cuyas variantes es el juego del Clavileño. Esto puede quedar más claro con algunos ejemplos: uno es el imperio del corto plazo. Todos saben que todos saben, todos se benefician en el corto plazo postergando la atención de los problemas que tenemos en común, continuamente, para un incierto largo plazo. Lo que significa, cosa que también es poco dicha pero por nadie ignorada, que estamos obteniendo los beneficios del juego y pasándole los costos a las próximas generaciones. En casi todos los estados nacionales, estas verdades muy pocos la dicen, y aunque a veces estos pocos sean bien considerados según sus reputaciones, y hasta premiados, nadie se toma en serio qué dicen; en la práctica nadie los escucha. De hecho, las organizaciones internacionales, que son una de las pocas cajas de resonancia más o menos amplias de temas tales como el medio ambiente, los derechos humanos, y otros, han sido crecientemente desprestigiadas y ellas mismas no han podido evitar quedar sometidas al juego de los intereses inmediatistas más feroz de gobiernos y estados (después de todo, ese es su diseño) y han perdido reputación.

Pero, ¿qué pasaría si una de las partes con voz que no pueda dejar de ser escuchada, comenzara a hablar? En ese caso el juego del Clavileño se rompería. Pero por lo general el juego se rompe para el lado malo. Del negocio de la mentira se pasa al negocio de la verdad, que tal vez sea peor. Una mezcla de cinismo de los antiguos y moderno negacionismo cínico.

Trato de dar alguna precisión a mi argumentos. Empiezo seleccionando algunos problemas:

* no vivimos en un capitalismo de mercado en tensión con lo público casi en ningún lado, sino en un capitalismo cuyo principal producto es la desigualdad social y de poder y en el que la hiper especulación ha sustituido a la innovación tecnológica (por muy poderosa que esta sea) en la vanguardia. Para este proceso social hay un peligro muy grande de irreversibilidad. Su emblema probablemente sea la escisión de la (condición de) humanidad, con el surgimiento de seres post humanos. El coupling entre inteligencia artificial y super riqueza ya está bastante avanzado y produciendo efectos. Y no faltan intelectuales y publicistas que normalizan todo esto. Cuando sea demasiado tarde, será demasiado tarde.

* no vivimos en un mundo humano reconciliado con la naturaleza y el medio ambiente. Desde luego, eso fue, es y será siempre demasiado pedir. No me escandalizo porque algunas especies desaparezcan, porque el Mediterráneo esté sucio, ni siquiera por la reducción de la Amazonia (alarmante pero aún a tiempo de ser detenida). Pero el “todavía usamos carbón” ha sido ya reemplazado por el “hemos vuelto a usar carbón” y esta sí es una regresión terrorífica. Más que políticas ambientales tenemos una sola política de ruptura ambiental, la del empleo a full de fuentes energéticas que marchan derecho viejo al calentamiento global. Y a colapsar la ecuación entre performance económica y equilibrio ambiental (la desigualdad social en sí, por definición, es hiper consumista; podía no serlo en el siglo XIX, pero no en el XXI, y desde hace tiempo). Aquí tampoco faltan los normalizadores cuyo argumento es, básicamente: ya pasamos el punto en que todavía tenía sentido pensar en el costo y el sacrificio colectivo necesario para evitar los dos grados centígrados. La palabra de orden debe ser, ahora “adaptación”. ¿No será una luz verde para que sigan ganando, para el mundo de los negocios, de los trabajadores, de los estados? ¿No? Ah, bueno, mejor.

* el gasto armamentista ha sido un ejemplo del juego hipócrita pero no es fácil de abordar en pocas líneas. Unas novedades son, sin embargo, el regreso cínico de la retórica armamentista (todos necesitamos más armas y eso está muy bien) y, sobre todo, la banalización de las armas nucleares, que rápidamente están alcanzando un lugar legitimado para las guerras convencionales, como armas nucleares tácticas. Claro, todo el mundo conoce, ha visto fotografías, del reloj del Armagedón. Pero nadie lo mira.

* somos un mundo presentista, venimos siéndolo desde hace mucho tiempo, y eso está en la condición humana y en los incentivos que la vida ofrece a la vida. Carpe diem. Pero la intensidad del presentismo a mi juicio debería ser moderada mucho, a compás de cambios que han madurado o están madurando al galope, como el envejecimiento poblacional, la gran transformación tecnológica, etc. Uno de los pilares de la vieja sabiduría conservadora (no reaccionaria) es que las generaciones en vida no tienen el derecho de apagar para las generaciones futuras el legado que han recibido. Y tienen el deber más general de contribuir a crear las condiciones por las que las nuevas generaciones (aquellas que conocemos y las que los que estamos vivos hoy no conoceremos) puedan vivir una vida siquiera algo mejor que la nuestra en el meridiano entre el pasado y el futuro. Y otro es que hay que propiciar procesos de cambio lentos y graduales, selectivos, de ensayo y error, asignando por principio y hasta que se demuestre lo contrario un valor positivo a lo que ha sido y todavía es. El facilismo presentista nos empuja irresponsablemente a lo contrario.

* vivimos, desde hace años ya, un claro y potente reflujo de las oleadas de democratización representativa desde la última conocida de ellas, inaugurada por la caída del muro de Berlín. Era esto tan patente hace algunos años, que costaba entender el silencio generalizado al respecto. En la actualidad, el patrón de deterioro del régimen democrático dominante, en el que los avances autocráticos crecen desde adentro y progresan encarnados  en presidentes que se creen y/o son super poderosos, ese patrón, digo, es demasiado evidente y proyecta sus temibles sombras de tornarse perdurable más allá de la vida limitada de estos protagonistas. Y se hace aún más llamativo debido a que sociedades/culturas políticas tan disímiles como Estados Unidos, y Rusia, Hungría y Argentina, Turquía y la India, por ejemplo, tienen al frente líderes de rasgos autocráticos comunes muy marcados.

Las élites políticas de casi todos los países occidentales han estado durante décadas bien dispuestas al juego del Clavileño, adquirieron para ello cierta maestría y quizás, como en Italia pentapartidaria, se convencieron – equivocadamente – de que este podía ser el único y definitivo juego en la ciudad (otro ejemplo podría proporcionarlo Brasil, en donde por más de un siglo – desde la Abolición, Ley Áurea de 1888 – se naturalizó y se administró políticamente un racismo de imposible verbalización pero no por eso menos real o menos reconocido por todos). Simplificando mucho las cosas, dieron, esas élites, respuestas  mentirosas a una contraparte – los electorados – que entendía demasiado bien aquello que, sobre cada uno de los cinco temas que acabo de mencionar, y por supuesto sobre otros, prefería no escuchar. De esta manera, tanto las élites políticas como la opinión pública obtenían beneficios inmediatos y disponían la incubación de una acumulación de costos a futuro. A futuro incierto, es decir, con desentendimiento sobre qué generaciones habrían de pagar la cuenta. Pero creo que es innegable que, en términos generales, todos tenían un conocimiento de la verdad: que esos procesos no estaban yendo bien, que postergar hacerse cargo de ellos era muy cómodo, pero que tarde o temprano, si no se hacía nada, nos iban a golpear la puerta, o se la golpearían a nuestros nietos. Pero las élites políticas y la opinión pública no estaban solas. Estaban también presentes los cínicos de corte antiguo: irritaban con sus verdades que nadie quería escuchar, y hacían un poco el ridículo (un muy respetable ejemplo: Al Gore). Confieso haber estado lejos de la política convencional pero también de los cínicos antiguos. Siempre fui un aspirante a cumplidor de mi deber cívico de defender la política y la democracia.

Pero las cosas empeoraron. Quizás antes de lo previsto. Esto creó oportunidades tangibles a otros cínicos, los peores.

El cinismo moderno ha aparecido en su variante negacionista, no pragmática. El negacionismo cínico hace plataforma en pseudo verdades – como  poner el acento en la crisis de representación para desfigurar completamente la política, los políticos, los partidos políticos y sobre todo las instituciones. O apoyarse en un probable ciclo natural de calentamiento planetario para impugnar irracionalmente toda necesidad de respuesta frente al peligro se colapso ambiental. Presenta esas seudo verdades como verdades de a puño, y con el mayor énfasis, y puede hacerlo porque porta en sí tan pocos valores como mucha voluntad de poder.

Y su argumento es simple y poderoso porque constituye una sola respuesta para todos los problemas por diferentes que sean: absolutamente más mercado y nada de estado, y “con ustedes” (se trate de los otros políticos, se trate de aquellos que quiero que me voten) ningún orden es posible como no sea el que yo establezco de arriba abajo (dolarización, liquidación del BC, dominio personal de las instituciones, etc.). Paradójicamente, cuando más se necesita de lo público (una de cuyas dimensiones, sólo una, es estatal) y de lo político, más las sociedades execran de lo público y lo político y creen poder depositar su confianza en unas instituciones imposibles, un mercado, una moneda, sin estado y sin política, y unos presidentes constituidos en dueños de la Presidencia. Así, libertad de mercado es entendida no en un sentido clásico o neoclásico sino en uno que pervierte ambas palabras, porque “el mercado no tiene fallas” salvo cuando se mete con él el estado, y la extraordinaria concentración de riqueza de las últimas décadas no merece objeción alguna, como tampoco lo merece la colusión rampante entre gobernantes de estilo autocrático y las cúspides de esa concentración económica. Lo peor es que estas tonterías se están encarnando en los políticos, que peroran sobre ellas, luego de sentirse reconfortados con esparcir sus verdades sobre la corrupción, la ineficiencia estatal, la decadencia del proteccionismo, la rapacidad de los propios políticos, etc. El cinismo negacionista no se pregunta por la crisis de la política y de la representación, simplemente califica al Congreso de “nido de ratas” (y literalmente intenta detonarlo, como en Washinton y en Brasília), y no discute con un opositor sus argumentos, simplemente lo descalifica con un me en frega. Dudo mucho que estos protagonistas se sientan dueños de un verdad de índole religiosa; de lo que se sienten dueños es de la capacidad de convicción y la voluntad de poder para imponer los dogmas que sean necesarios – no han vuelto las religiones políticas, sino algo quizás peor. El negacionismo cínico no tiene ningún empacho por exhibir una sorprendente roña interior, precisamente porque cree, y no sin cierta razón, que una parte de la opinión pública aprecia ese comportamiento cínico. Como han sido los casos del criptogate en Estados Unidos y Argentina, o de arrasar  valores elementales (con la coartada de la incorrección política), con infames ataques a los homosexuales, los inmigrantes, etc. Este tipo de cinismo niega la política, niega las instituciones, niega el cambio climático, niega toda necesidad de argumentar posiciones, tolerar al otro, construir un espacio público. En suma, el cinismo negacionista es expresivo. Y cree que el cultivo y la afirmación de su base popular radica precisamente en serlo. Puede afirmar, sin vergüenza, que el suyo “es el mejor gobierno de la historia”. Y muchos están quizás dispuestos a admitirlo, en base a la expresividad de sus líderes, porque en esa expresividad son ellos mismos los expresados. El mejor gobierno es así el que insulta y desprecia a sus por ahora más fieles votantes y moviliza su indignación con quienes les han mentido durante tanto tiempo mientras ellos se dejaban mentir.

En Argentina, en los 90, no podíamos muchos sino asombrarnos al descubrir la destreza de hacer política con la anti política. Pero ahora, y por ahora, las cosas cosas han cambiado. La necedad de la anti política se ha entronizado y no es imposible que acabe destruyendo la política. No tengo mucho que agregar que el lector no intuya o no sepa: la destrucción de la política le abre paso a la fuerza desnuda (aunque, lamentablemente, no del todo desprovista de consentimiento), cuyo reinado puede tener lugar bajo distintas formas, desde la amenaza verbal reiterada hasta la autocracia en modo régimen.

No tengo una solución para eso. Sólo una disposición a luchar contra eso. Quizás Sancho pueda recuperar su astucia sin necesidad de montar el Clavileño, aunque precise emplear de cuando en cuando el lenguaje esotérico.

*Sociólogo y ensayista, fundador del Club Político Argentino.

¿Cómo pudimos llegar a esta situación? 2da Parte

Por Omar Auton

Daños Colaterales

   En el artículo anterior he tratado de resumir los desatinos, defraudaciones a la confianza popular, hipocresía, falta de coraje y de auténtica identidad ideológica, además de soberbia y sectarismo, que los gobiernos democráticos han exhibido en estos 40 años y explican el hartazgo de las grandes mayorías populares con los partidos políticos, sus dirigentes y hasta la política en sí misma, lo más grave, ya que todo lo demás es más sencillo de revertir.

   Sin embargo, todo ello ha tenido gravísimas consecuencias en la comunidad nacional, un profundo deterioro en los niveles de calidad de vida, en la educación, la salud, la seguridad, el derecho a acceder a la vivienda, en la confianza que tenían nuestros padres en que sus hijos iban a vivir mejor que ellos y sus nietos mejor que sus padres, la idea del ascenso social, de la llamada “movilidad social ascendente”. Hoy casi nadie cree que estudiar y trabajar pueden asegurar una mejora en los niveles de vida propia y de nuestra descendencia, eso es terrible porque entran en descomposición valores, identidades, pertenencias, sentido comunitario etc, no es casual que el poder económico-mediático hayan ido consolidando en los jóvenes y no tan jóvenes un individualismo, un egoísmo social, un sentido de “primero yo y los demás que se jodan” que ahora todos lamentan.

   En 1982 se reconocía un porcentaje de pobreza del 22% en el Gran Buenos Aires, vamos a tomarlo, más allá de la poca confianza que nos merecen los índices de la dictadura genocida, ya que no había nadie que se atreviera a dar a conocer índices propio, con ese porcentaje se reinicia la vida democrática y el primer presidente (Alfonsín) finaliza su mandato con el 38%, el segundo presidente (Menem) logra, al principio de la convertibilidad reducirla al 22%, pero finaliza su segundo gobierno con el 44% (según el Cedlas de la Universidad nacional de La Plata) o el 30% (según el Ceped de la UBA).

   En este siglo, luego de la crisis del 2001 que la llevó al 66%, vemos que se reduce el índice y festejamos que Cristina Fernández de Kirchner asumía con “sólo” el 37%, aquí ya empezamos a tener además de los estudios de las universidades nacionales, los datos del INDEC, en 2011 la presidenta es reelecta y ahí se habla de un 28%, sin embargo, el organismo oficial, fuertemente cuestionado por sus estudios de inflación y de pobreza, deja de publicar datos entre 2013 y 2016.

   En 2016 Macri asume con un índice (según la UNLP) del 30%, llevándolo en 2019 al 35,5% (según el Indec). Finalmente, según las universidades, el Indec y la UCA (A través de su Observatorio Social) 37,3 % a un 40,6% según las fuentes, pandemia de por medio en 2021, 40,7% en 2023 y 52,9% en el primer trimestre de 2024 (60% en chicos) con casi un 17% de indigencia.

   Más allá de culpas recíprocas, cuestionamiento a los índices cuando suben y su celebración cuando bajan, la hipocresía de negar estos análisis cuando son gobierno y cuando son oposición difundirlos fervorosamente, de tal manera que quiénes eran manipuladores, falseadores de datos, o militantes del desánimo, se trastocan, cuando me conviene, en fieles, certeros y honestos reveladores del drama nacional, lo cierto es que la democracia recuperada ha agravado  severamente los peores índices de la dictadura en este terreno.

   Si hablamos de hábitat en la ciudad más rica del país, la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el gobierno reconocía 14 asentamientos o villas miseria en 2011 y hoy se habla de 50, en provincia de Buenos Aires había 385 en 2001 y en 2017, la gobernadora María Eugenia Vidal reconocía 1134, con unas 6467 para todo el país, y hablamos de las reconocidas.

   Según el último censo los datos anteriores se confirman si tomamos en cuenta que:

Un 56% de los argentinos carece de desagües, vereda o pavimento.

Un 54% carece de servicio de gas domiciliario.

Un 38% carece de cloacas.

Entre un 15 y un 30% según la zona, carece de agua de red.

En 2018 un 33% carece de acceso al sistema de salud.

   Si usted quiere tomar conciencia de lo que esto significa SAQUE ESOS PORCENTAJES EN 47 MILLONES DE HABITANTES,  en el tema de salud, por ejemplo eso quiere decir que 15 millones de argentinos no tenía en ese año obra social, ni prepaga, ni hospital público que lo atienda como Dios manda, si tomamos en cuenta la cantidad de argentinos que han perdido su prepaga (por no poder pagarla), su obra social (por despido o cierre de la empresa, considerando que se han perdido más de 200.000 puestos de trabajo en 2024) son números escalofriantes.

   Pero estamos mucho peor de lo que usted piensa, preguntados vecinos de distintos barrios si consideran seguro el ámbito en que juegan y se mueven sus hijos un 77% dijo que no, un 54%  que hay presencia de drogas en el mismo y el 48% vive en zonas con alta contaminación ambiental (Estos datos surgen del Observatorio Social de la UCA),  son reconocidos por el 73,4% de los habitantes del Gran Buenos Aires, un 76,3% del Gran Tucumán, mientras que varían alrededor de un 15% para CABA y Ciudad de Mendoza.

   Este desastre social se agrava si incluimos que un 20% de los argentinos vive en condiciones de hacinamiento, si leyó bien más de 9 millones.

   Argentina afronta además un serio déficit en la creación de empleo, si en lo que va de este gobierno y en el cuatrienio 2016-2019 se destruyeron empleos, es necesario reconocer que desde 2011 la economía no crece, la incidencia de las manufacturas industriales en el PBI cae o permanece estancada, y cuando aumenta el PBI es por la incidencia de actividades extractivas (pesca, minería o productos agropecuarios) que no son generadores de empleo registrado (el campo es históricamente el gran generador de trabajo no registrado).

   Por si esto fuera poco, en los últimos 9 años ha caído fuertemente el poder adquisitivo del salario, ya sea por efectos de la inflación o por el disciplinamiento de la caída en la oferta de empleo, sin embargo una gran parte de los economistas y analistas, pero también de la dirigencia política cuando hablan de “pobreza” se refieren a los trabajadores informales o desocupados, ignorando o fingiendo ignorar que una parte importante de los trabajadores argentinos registrados se encuentran por debajo de la línea de la pobreza.

   Ante este drama de proporciones aterradoras el peronismo gobernante parecería que modificó la frase “Donde hay necesidad, existe un derecho”, por “Donde hay una necesidad, creamos un programa u organismo”, pareciendo creer que los problemas hay que debatirlos, aunque no se resuelvan, más aún si eso sirve para dar empleo a militantes de las agrupaciones de turno, pero eso merece un artículo aparte

Los derechos de segunda generación.-

   Durante los gobiernos de Cristina Kirchner y de Alberto Fernández se instaló fuertemente el impulso a los así llamados derechos, que expresaban básicamente las agendas feministas y de las diversidades sexuales. Quiero aclarar, antes de ser “cancelado”, que quién esto escribe militaba en 1983 en el FIP y levantaba para las elecciones la idea de la municipalización de las tareas domésticas y la sindicalización de las amas de casa así como su derecho a la jubilación, en base a considerar que el trabajo de la mujer en el hogar es una actividad socialmente necesaria, (tanto así que cuando una mujer sale a trabajar y esas tareas las hace el llamado “servicio doméstico” se paga por ello), pero que se ocultaba ese carácter.

    Asimismo siempre apoyé la despenalización del aborto, ya que esa mujer que debe vivir la tragedia de tener que hacerlo además podía ir a la cárcel, reclamando que el estado debía amparar y proteger de todas las formas posibles el que la mujer pudiera llevar adelante su embarazo, tener y criar a sus hijos.

   Se afrontaba un verdadero problema político, social y económico, las mujeres pobres eran las que al no poder sostener a sus hijos iban al aborto en las peores condiciones psicológicas, médicas y de riesgo, mientras que los sectores medios y altos conseguían pagar a quiénes lo hacían y más allá del dolor de la situación no ponían en riesgo sus vidas.

   A fines de la década pasada comenzó a llegar a nuestro país la agenda feminista impulsada desde los países centrales y sostenida por algunas fundaciones, caracterizada por una virulencia y agresividad que uno podía justificar en los años de victimización por el machismo de la sociedad patriarcal, sin embargo se la desvinculaba de la agenda de los demás derechos.

   Respecto de los colectivos LGBTQ o como se los llama “las diversidades”, si hablamos de derechos de “segunda” generación, reconocemos que hay otros de primera, serían el derecho a un techo, a trabajo digno, al descanso, a las vacaciones, a una educación de calidad para los hijos, a poder pensar en un futuro, a una vejez sin sobresaltos o angustia, a servicios públicos de calidad para todos, vivan donde vivan, a la seguridad frente al delito, todo eso no es utopía, es lo que el pueblo argentino logró con el peronismo entre 1943 y 1955, y aún con dificultades hasta 1976. Nada de eso está asegurado hoy al 80% de nuestro pueblo, ya lo hemos descripto, nos preguntamos ¿Es posible convocar a luchar por los derechos de segunda generación cuando se han perdido los de primera, para el grueso del pueblo argentino?, ¿No será que solamente el avance popular en el camino de la recuperación de los derechos básicos es dónde se van a dirimir, conjuntamente y al mismo tiempo, los derechos de ciertos grupos particulares de nuestra sociedad? En democracia se debe atender prioritariamente las necesidades y reclamos de las grandes mayorías sin perder de vista, por supuesto, a los colectivos particulares.

   Pero además se instaló entre nosotros un nivel de violencia y de agresión, mediante las llamadas “cancelaciones” que llegó hasta la locura de eliminar los viejos programas de Olmedo “por cosificar a la mujer” y el humor “machista”, claro esto es un chiste ante similares pretensiones en otros lugares del mundo como sacar del Museo del Prado obras que se consideraban “machistas” o el Otelo de Shakespeare por “promover la violencia de género”, hasta una facultad de la UBA estableció como oficial el llamado “lenguaje inclusivo”.

   ¿Era necesario en las marchas feministas defecar en la puerta de la Catedral metropolitana, o exhibir imágenes como esta?

Aprendí hace años aquello de “Conducir no es mandar, conducir es persuadir”, es decir nada más y nada menos que desarrollar el arte de la política, dialogar, debatir, argumentar y escuchar estar dispuesto a hacer concesiones en aras de la concordia y eso es la Democracia, en un país donde en una encuesta de un área del Conicet de septiembre de 2021 revelaba que el 62,9% de los argentinos se reconocían como cristianos, solo el 27,3 aprobaba el aborto por la simple decisión de la mujer mientras el 51,8 lo hacía solamente en ciertos casos, en los barrios populares el apoyo era minoritario lo mismo que en grueso de las provincias, ¿bastaba el apoyo movilizado e intenso de sectores de clase media en algunas grandes ciudades para llevar adelante un proyecto, sin admitir cambios, a riesgo de provocar una fractura más?

   Si bien era cierto que numéricamente los opositores aparecían minoritarios, lo cierto es que las grandes mayorías permanecían en silencio, pero cuando además sectores de las agrupaciones promotoras de la ley lanzaron una convocatoria a la “apostasía” en un país donde la encuesta citada mostraba que un 44% de la población aprobaba que hubiera una materia donde se estudiaran las religiones, se promoviera la “separación del Estado y la iglesia” algo que en Argentina hiciera Julio Argentino Roca hace más de un siglo y finalizara con cuestionar que los médicos se negaran a practicar abortos por cuestiones de conciencia, estableciendo que había conciencias buenas y conciencias malas, olvidando el juramento de Hipócrates que realizan. ¿Podía ignorarse que se generaba resentimientos? Todo esto en medio de insultos, agravios, descalificaciones etc. Ahora se deja trascender la posibilidad de derogar la ley y la sociedad, en general no se conmueve, cuánto daño innecesario, ¿no?.

   He elegido deliberadamente el tema del aborto porque creo que de todos los “derechos de segunda generación” es el que razonablemente resulta mas indiscutible, nadie en su sano juicio puede aprobar su penalización, negar que se pueda hacer en hospitales, que los médicos que están dispuestos a practicarlo lo hagan en las máximas condiciones de seguridad, que las mujeres tengan el apoyo psicológico imprescindible, pero siempre y cuando el Estado asegure la misma protección y amparo a las que quieran llevar el embarazo adelante, demagógicamente se aprobó junto con la ley IVE la llamada de los 1000 días para acompañar a la futura madre con empleo, atención médica y alimentaria, capacitación para su empleabilidad posterior, es letra muerta, no se hizo nada, típico de un gobierno (que se autodenominaba peronista) que se dedicó solo a quedar bien con Dios y con el diablo, a decir que sí a todo el mundo.

    Nadie advirtió que comenzaba a instalarse una reacción peligrosamente violenta, muchos jóvenes no se atrevían a buscar un acercamiento con las chicas por miedo a ser rechazado, agraviado o hasta denunciado o golpeado, si alguno cree que exagero que hable con los pibes de las escuelas secundarias, cualquier gesto podía ser tachado de “violencia machista”, en la Universidad de Quilmes fueron a dar charlas sobre igualdad de género, se incorporó el tema del fenómeno “trans”, el lenguaje y la actitud fue tan autoritaria que se formaron corrillos de empleados furiosos con lo acontecido, ¿alguien analizó cuanto influyó todo esto en el voto a Milei de los jóvenes de menos de 30 años?, Perez Reverte en una nota reciente decía que el crecimiento de cierta ultraderecha en España y el retroceso de los partidos de izquierda comenzó cuando estos últimos abandonaron las necesidades y reclamos de la clase trabajadoras para abrazar el relato Woke.

   Pero no satisfechos con esto, se alimentó, además, el “indigenismo”, la idea de los estados plurinacionales, sí, la idea de dividir aún más una Sudamérica balcanizada, hombres y mujeres de clase media, porteños, que de las provincias solo conocían los lugares turísticos comenzaron a usar la whipala o a poner a sus hijos nombres araucanos, reclamar la destrucción de todos los monumentos de Roca por “genocida de los pueblos originarios” ignorando que por ejemplo la llamada “Nación Mapuche” tiene su sede en Brístol, Gran Bretaña, los demiurgos de la división de América.

  Llamativamente no se formó ningún grupo que reclamara, por caso, que ninguna calle llevara el nombre de Bartolomé Mitre, que ninguna plaza tuviera su estatua, él sí fue el responsable de dos verdaderos genocidios, el del pueblo paraguayo en la vergonzosa guerra de la Triple Alianza, el de los gauchos de las montoneras provinciales con fuerzas comandadas por oficiales uruguayos y que para que se pudiera federalizar Buenos Aires obligó a que murieran más de 3000 hombres en la batalla librada frente al Ejército Nacional.

  Alguien debería explicarles que en la denominada “Campaña al Desierto” prácticamente no hubo batallas, que dos regimientos estaban integrados por indios tehuelches y otros que habían sido desplazados y masacrados durante años por los araucanos y que habían muerto más indios en la campaña de Rosas o en la guerra de los fortines de Alsina que en la Campaña al desierto.

  Lo más lamentable fue que el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner a través de sus funcionarios en lugar de encarrilar todas estas cuestiones y resolverlas con información adecuada, diálogo y escucha, la búsqueda de puntos medios razonables, que es al fin de cuentas el alma de la democracia, se dedicaron a tomar partido públicamente.

 Seguramente miles de trabajadores informales, pequeños comerciantes y empresarios, arrasados por la pandemia, sin trabajo o fundidos por la crisis sanitaria cuando el presidente lanzó una cadena nacional en julio de 2021, supuso que era para anunciar medidas, aunque sean paliativos, NO… era para entregar 3 DNI donde cuando dice “sexo”, había una X en lugar de los tradicionales “hombre” o Mujer”, un “DNI no binario”, como reconocimiento a las nuevas identidades, mejor me callo, chamigo, mejor me callo, cantaba Teresa Parodi.

(Continuará)

¿Cómo pudimos llegar a esta situación?

Por Omar Auton  


¿Cuántas veces hemos escuchado esta pregunta en los últimos meses?, siempre acompañada de decepción, incredulidad y buscando alguna voz que permita comprender el drama que vive la Argentina.

 Hay razones, más allá de disponer de un apoyo inédito de los medios de comunicación, que se dividen entre los que lisa y llanamente ocultan todas las barbaridades políticas y económicas del gobierno y las consecuencias sociales y económicas de las mismas y los medios más “progresistas” cuestionan sus excesos verbales, insultos y amenazas a artistas y/o periodistas, pero suelen culminar sus columnas con “Aunque hay que reconocer que la inflación baja”, “Hay que reconocer que mantiene un amplio apoyo de la gente”, etc. Como es habitual cuestionan los “abusos” pero no los “usos “del Gobierno.

 Cuenta además con un apoyo firme del llamado “Círculo rojo” empresario que sueña con que al fin se cumpla su sueño dorado de liquidar la legislación laboral, se flexibilice al máximo la contratación y expulsión de trabajadores, les reduzcan al mínimo los impuestos, puedan sacar libremente del país sus utilidades y maximizar ganancias, tengamos en cuenta que la mayor parte de estos empresarios no tienen sus domicilios aquí sino en paraísos fiscales. La vieja “clase industrial” que tenía sus empresas en Argentina, vivía en Argentina con su familia, y sus domicilios legales también estaban aquí, ha quedado reducida a su mínima expresión.

 Un sector de la economía informal que viven en barrios cerrados, que por lo general figuran en los catastros como “terrenos baldíos”, no pagan ningún servicio ni impuesto inmobiliario, mueven ganancias en moneda extranjera fuera del circuito legal, viajan por el mundo, también apoyan decididamente a un gobierno que dice que son “héroes” y que les va a “sacar el pie del Estado de encima”, en esos sectores, contando familiares, asistentes, abogados, contadores y sus familias, testaferros, etc. tenemos unos 4 o 5 millones de compatriotas, un 10% de la población.

 También cuenta con el respaldo de los organismos internacionales, el FMI que hizo todo lo que estaba a su alcance para destruir al candidato de UxP, especialmente a partir de su victoria en la primera vuelta de las elecciones generales y ha tolerado todos los desajustes que en cabeza de otro gobierno habrían escandalizado a la “comunidad internacional”:

1) Se miente con los índices inflacionarios, ya que no se toma en cuenta el brutal salto de fines del 2023, cuando los empresarios pusieron los precios en sintonía con la devaluación que iba a venir, si ganaba Massa, durante octubre y noviembre y luego en diciembre volvieron a aumentar ante la brutal devaluación implementada por el gobierno de Milei. Pero además se han dejado de lado las modificaciones en el sistema de cálculo acordado con el FMI en 2017 y se usa la canasta de 2004, en ese momento la incidencia de los aumentos de los servicios públicos como agua, luz, gas, transporte, los alquileres o la salud y educación , no influían ya que estaban congelados, hoy en día están liberados pero al tener la misma ponderación de hace veinte años no reflejan la real carestía de la vida, pensemos que en CABA y el AMBA cuando se incorporan esos rubros en su justa incidencia nos da una inflación para enero-diciembre de 2024 de 239,91% (CES yAC.org.ar) contra 118% calculada por el INDEC para toda la Argentina, ¿miente el INDEC?, no, simplemente se aplican ponderaciones inadecuadas o desactualizadas.

2) Se tolera el mantenimiento del cepo pese a las promesas reiteradas acerca de su eliminación

3) Se tolera un nivel de emisión monetaria para el 2024 superior al 2023.

4) Caída en las reservas brutas a 28.361 millones de dólares, cuando las deudas con importadores, bonos y utilidades empresarias cuadruplica esa suma, déficit de cuenta corriente del Banco Central y, según un informe del JPMorgan, haber destinado 21.000 millones de las reservas a intervenir en el mercado financiero para mantener anclado el dólar.

5) Pese a todos los reclamos por los efectos del ajuste en salarios, jubilaciones, caída de la actividad económica y aumento de la pobreza, no reclamar ningún cambio en la política del gobierno.

¿Qué pasa con la oposición?

 Hay que ser muy ingenuos para ignorar que en la primera vuelta de las elecciones generales del 2023, cuando muchos gobernadores ponían en juego sus cargos, los legisladores provinciales e intendencias y muchos intendentes que hacían lo propio con sus puestos y sus legislaturas, UxP obtuvo un 37% ( un 44% más que en las PASO) de los votos, quedando a tres puntos de ganar en primera vuelta y luego aquellos se desentendieron del resultado del “ballotage” y Milei ganó por escándalo en provincias donde había perdido pocas semanas antes, cuando apenas había sacado un 7% más que en las PASO.

  No faltó un sector del peronismo que apostó por militar los candidatos de su agrupación en intendencias y concejalías o cargos provinciales y “brillaron por su ausencia” en la elección de noviembre, claro no habían podido imponer sus candidatos y entonces “cuanto peor mejor, total los que iban a pagar las consecuencias de su extravío no eran ellos, precisamente, ni tampoco los “alquimistas electorales” que convencidos que Milei podría restarle votos a Bullrich, le pusieron candidatos en concejalías, fiscales para ”cuidarle los votos” e incluso dinero para la campaña.

 Suma ahora el de fuerzas políticas externas como los gobiernos de la llamada “nueva derecha” europea, los clásicos referentes de las oligarquías latinoamericanas (Bolsonaro, Kast, Lacalle, Uribe y la oposición venezolana).

  No voy a detenerme en detallar los esfuerzos que desarrollaron todos los funcionarios del Gobierno de Alberto Fernández, TODOS, para hacer el peor gobierno de la democracia junto a De La Rúa y Macri, porque algunos pícaros pretenden ahora decir “no fue nuestro gobierno” cuando manejaron las cajas más importantes del Estado como PAMI, ANSES, Energía, Aerolíneas, ministerios y secretarias y no renunciaron, pese a las “profundas diferencias”, que no solo estuvieron en sus cargos hasta el último día sino que muchos se hicieron los distraídos “mientras no les pidieran las renuncias” y otros continúan aún en el Estado. Los artículos detallando todo esto están en las redes y a ellos me remito.

  También podemos hablar del profundo hartazgo ante más de una década de estancamiento, que comenzó en 2011 pero que en el período 2016-2024 suma características demoledoras, aumento de la pobreza y precarización laboral, defraudación de expectativas y promesas electorales, todo ello cuando el peronismo o kirchnerismo gobernó o fue principal oposición entre 2011 y 2025, además del comportamiento en las elecciones últimas ya descripto, ¿puede pensarse que la población iba a confiar en esa dirigencia política?

 Todo ello explica que el 23% de la población no haya ido a votar en las elecciones, cuya asistencia fue la más baja desde el 2007 y que un 35 a 37% mantenga su apoyo al gobierno actual cuando pregunta, si el gobierno cae, ¿vuelven los que gobernaron antes?

 Pero si todo ello fuera insuficiente, UxP dispone de las bancadas mayoritarias en diputados y el senado, más allá de los números que obtiene el gobierno sumando los votos de la bancada de Cambiemos, explicado esto por el gorilismo reaccionario de la mayor parte del PRO y el radicalismo, y la venalidad, corrupción y desvergüenza de ambas en conjunto. que exhiben un nivel de pudrición similar al que mostraron sus antepasados en la Década Infame.

 Sin embargo, salvo contadas y honrosas excepciones, los representantes de la oposición mantienen un perfil tan bajo, un silencio tan estruendoso, ante los latrocinios del gobierno y sus aliados, que la gente repite “son todos iguales”, no se trata, simplemente, de votar o hablar en el recinto, deberían vivir haciendo conferencias de prensa denunciando la verdadera inflación, el vaciamiento de las reservas, el monstruoso endeudamiento (Un 25% en un solo año de aumento, más de 90 mil millones de dólares y un 100% en pesos), como el ajuste se hizo sobre salarios, jubilaciones y obra pública, la vergonzosa política exterior, especialmente en la cuestión Malvinas y el alineamiento absoluto con EE.UU e Israel que nos aísla de nuestros principales socios comerciales, saliendo a sindicatos, universidades, locales barriales, municipios a explicar todo esto, en lugar de decir “La gente se informa por las plataformas”, que otro remedio le queda!

 Durante el primer semestre de 2024 la CGT y los movimientos sociales realizaron marchas y presentaciones judiciales contra el DNU 70/23 y la llamada Ley Bases, se sumaron a las marchas por el 8 de marzo “Día Internacional de la mujer trabajadora” y el 24 de marzo por Memoria, Verdad y Justicia, a los reclamos del sector universitario y el último 1 de febrero a la marcha de los organismos de derechos humanos y los colectivos agredidos salvajemente por Milei en su discurso de Davos. ¿Dónde estuvo la dirigencia política “opositora”?

 Es que el sector que ocupó mayoritariamente los cargos electivos entre 2004 y 2025 se niega rotundamente a hacer una autocrítica, a abrir un debate, a asumir su responsabilidad en las estrategias electorales, la elección de candidatos, la negativa a las internas y las consecuentes derrotas (6 de las últimas 8 elecciones), a abandonar su soberbia y sectarismo y convocar a todos los sectores y fundamentalmente a reconocer de cara al pueblo su fracaso en reinstalar la soberanía política, la independencia económica y la justicia social en los 15 años que gobernó, si hasta para elegir autoridades partidarias se recurrió a un cuestionamiento formal de los avales de una lista opositora para eludir el voto de los afiliados.

 A su vez los sectores que se fueron desgranando ante lo expuesto anteriormente, se muestran incapaces de superar su resignación, y se muestran más proclives a ser furgón de cola o socios minoritarios de las experiencias políticas neoconservadoras que gobernaron los demás años de este siglo que a tratar de construir una alternativa superadora que nos saque del pantano.

(Continuará)

Construir una auténtica democracia

Por Omar Auton

Hace siglos Aristóteles nos legó un esquema de seis formas de gobierno o en realidad de tres y sus deformaciones, las tres formas positivas eran la Monarquía, la Aristocracia y la Politeia y sus desviaciones eran la Tiranía, la Oligarquía y la Democracia, cabe agregar que la Politeia que significa el espacio de lo público, donde converge el Estado y los ciudadanos, constituía una sociedad participativa, por oposición al gobierno de un sólo individuo o de un grupo de ellos que eran las otras dos formas “buenas”, por eso cuando avanza en sus deformaciones incluye la Oligarquía que es cuando el poder se encuentra en manos de un grupo minoritario y la Democracia, en la medida que la entendía como una inclusión tan amplia que podía conducir a la anarquía.

   Dos aspectos quiero señalar: en primer lugar que hoy en día cuando uno usa el concepto de “Oligarquía” suele ser tildado, por ignorantes o superficiales, como “anticuado”. En realidad es muy antigua la definición pero es absolutamente actual si nos estamos refiriendo a que gobierna una minoría ya sea por su fortuna, pertenencia de clase o grupo de familias, característica muy difundida aún dentro de naciones que tienen una organización política republicana en lo formal.

   El segundo aspecto es que mas allá del debate acerca de si la verdadera Democracia es lo que el filósofo definía como “Politeia” y que hay que considerar que esta última estaba limitada a los “ciudadanos”, concepto que excluía a las mujeres, extranjeros o esclavos, por lo que trasladado a la actualidad, Democracia sería el espacio público, de participación del ciudadano en el gobierno y el concepto de ciudadanía es amplio y no restringido.

   Ahora bien, si la Democracia es la forma de gobierno donde el poder reside en el conjunto de los habitantes de un país surge otra pregunta, ¿Quién ejerce ese poder?, si coincidimos que la ciudadanía expresa ese poder “eligiendo” a quienes la representan, deberíamos aceptar que ese mandato es restringido, o sea es para hacer “ciertas cosas” y hacerlas de “determinada manera” o sea que el gobernante no podría hacer lo que se le antoja ni violar el mandato recibido haciendo algo diferente. Es natural y comprensible la delegación del ejercicio del poder en un grupo de hombres y mujeres en sociedades de masas, multitudinarias, donde resulta impracticable la participación directa en el ágora, o espacio público de las ciudades-estado griegas, pero ¿cuáles son los límites y como ejercen los ciudadanos su capacidad de controlar e incluso de revocar ese mandato otorgado?

   Toda esta introducción pretende llegar a otra pregunta, ¿vivimos realmente en democracia? o, dicho de otra manera, ¿la Democracia como forma de gobierno está agotada o en crisis?

   Si aceptamos que vivimos tiempos donde la separación entre el conjunto del pueblo y sus supuestos representantes se agranda día a día, que el contrato electoral entre los ciudadanos y la dirigencia es violado, olvidado y desvalorizado permanentemente surgen dos preguntas: ¿los pueblos no saben elegir? y ¿es necesario recuperar el control e inclusive la posibilidad de revocar el mandato otorgado?

   En general, las oligarquías y los sectores disciplinados a los valores culturales y hasta las modas que estas elites imponen, por el prestigio del poder económico, social y/o mediático, sostienen que es necesario “volver al voto calificado” o sea privar del voto a las clases bajas, que no tengan cierto nivel educativo o una renta anual determinada (recordar que la sacrosanta Constitución de 1853, establecía limitaciones de este tipo para los cargos electivos) o incluso eliminar la obligatoriedad del sufragio. Por caso en la principal (por ahora) potencia mundial y que se arroga ser la abanderada de la democracia, los EE.UU, los representantes, gobernadores y presidentes suelen ser elegidos en comicios donde vota menos de la mitad de la población, ¿puede hablarse de Democracia representativa donde los gobernantes son elegidos por el 25% de la población? (Gana el que obtiene el 51% de los votos del 50% de la población que vota).

   La idea del “voto calificado” se cae a pedazos en cuanto uno se pregunta, ¿quién es el que “califica” quién puede votar?, las respuestas que se obtienen en todos los casos buscan depositar ese poder en quienes comparten la pertenencia a determinado sector de la sociedad, sea que los reúna la riqueza, el poder, la estirpe o el nivel educativo.

   Quizás el problema pasa por como respondamos a la segunda opción. En general, siguiendo a Aristóteles y a la inmensa mayoría de los antropólogos, arqueólogos, etnólogos, etc. la especie humana es “social” ha vivido comunitariamente desde el comienzo de sus días y se ha ido dando, con el paso de los siglos, distintas formas de organización a fin de mantener y mejorar esa vida en común, más allá de lo que diga la escuela austríaca (Hayek), la de Chicago (Fridman) Murray Rothbard y sus epígonos posteriores, los serios o los incalificables como quienes nosotros conocemos y padecemos.

   Por lo tanto Hobbes, Locke, Rousseau y todos los enciclopedistas, analizaron cuales deberían ser las formas de organización de la comunidad y los métodos a aplicar para procesar los conflictos entre los individuos evitando que se rompiera esa vocación de pertenencia, y aunque parezca increíble, seguimos discutiendo lo mismo.

  Los “anarcocapitalistas y los neoliberales extremos proponen lisa y llanamente la eliminación

del Estado o su reducción a la mínima expresión, sin embargo, en la medida que reconocen las asimetrías de poder y de riqueza, lo que, en realidad, proponen es un modelo oligárquico, en términos de Aristóteles, un gobierno de minorías y con el resto de la población sometido a la voluntad de este grupo, clase, familia o como se llame.

   El marxismo también intentó algo parecido, en la medida que proponía la destrucción de la sociedad capitalista, sin embargo no del Estado, del que se proponían apoderar para que la vanguardia reunida en el partido revolucionario, eliminara la propiedad burguesa y pusiera en marcha la “democracia proletaria”, esto, además de convertirse en tiranías, con miles de presos, asesinados, deportados o exiliados, significó la aparición de una nueva clase social, la de la burocracia partidaria enquistada en todo el Estado, rica, con todas las comodidades y el pueblo siguió igual que antes. En Rusia, la nueva “burguesía” surge de los exfuncionarios del partido Comunista, que manejaban las empresas y áreas estatales y que con la caída de la URSS, pasaron de “funcionarios comunistas” a empresarios prósperos.

   Pero, entonces, ¿Es posible construir una democracia, participativa y moderna que supere las alternativas expuestas?

   Me adelanto a decir que sí, que no sólo es posible sino que resulta vital lograrlo si no queremos terminar como en las películas de zombies con una minoría encerrada en sus fortalezas y las mayorías vagando, desarrapadas y hambrientas por todo el territorio.

   Y estoy hablando precisamente de nuestra patria, porque tenemos los antecedentes y experiencias que nos muestren el camino hacia ello. El Peronismo, desde sus orígenes, marcó claramente la existencia de una filosofía humanista, de un capital axiológico nacido en el cristianismo, retomó el pensamiento greco latino como identidad y convocó a recorrer un camino diferente, llamado “tercerismo” para asumir su diferencia con los modelos antes descriptos. Ese camino pone al Hombre (como especie, varón y mujer) como centro, el individuo es el eje, pero no el individuo en términos hobbesianos, sino el individuo en comunidad, porque rechaza la imagen del Hombre como “lobo del Hombre”, y retoma la imagen del ser solidario y consciente que no tiene destino posible sino en el conjunto de sus congéneres.

   El concepto “comunitario” deriva incluso de las formas de organización de los pueblos precolombinos como Mayas e Incas, de los pueblos agrarios europeos, que traen esa concepción cuando migran y llegan a nuestras tierras tanto en la “pampa gringa” como en los centros urbanos, de ellos devienen las mutuales alemanas, españolas (a veces por su procedencia, gallegos, asturianos, etc.) italianas, inglesas, galesas y hasta africanas, ya que teníamos sociedades de Cabo Verde o Mozambique, muchas de las que evolucionaron a hospitales (Israelita, Alemán, Italiano, Británico).

Cuando comienzan las migraciones internas, los provincianos se instalaban, generalmente, en zonas donde ya vivían otros comprovincianos y estos los ayudaban con el terreno, a levantar la casa y hasta a conseguir trabajo en el acelerado proceso industrial iniciado partir de fines de los años 30.

   Para el peronismo el Estado debería constituirse como la organización por excelencia destinada a la realización plena de la vida individual y colectiva, garantizando el acceso de sus miembros al bien común. El Iusfilósofo inspirador de la reforma constitucional de 1949, Arturo Sampay nos dice “ El hombre tiene-es el cristianismo quién trajo la buena nueva- un fin último que cumplir, y no adscribe su vida al Estado, donde como zoon polítikon logra únicamente su bien temporal, si no es conservando la libertad para llenar las exigencias esenciales de esa finalidad, que el Estado resguarda y hace efectiva, promoviendo el bien común en el orden justo.”(1).

   Fracasado el marxismo y ante la exacerbación de un individualismo feroz, consumista y basado en el más absoluto egoísmo, que también va a fracasar, dejando como secuela iguales consecuencias de miseria, pobreza, tiranía, exclusión y muertes, es imprescindible recuperar nuestro camino hacia la construcción de una democracia, comunitaria, basada en nuestra cultura y experiencia histórica, muy parecidas a toda Latinoamérica, en la justicia social y en la armonía social.

   La constitución de 1949 avanzaba en ese sentido, la restauración oligárquica de 1955, obturó el camino y pretendió volver al pasado, igual que Milei y su corte de los milagros esotérica y fanática hoy, ignorando que eso es imposible, lo propio ocurrió a partir del 24 de marzo de 1976, cada vez con mayor dosis de violencia y represión, lo cual resulta lógico en la medida que se pretende acostar a la historia en el lecho de Procusto de la factoría dependiente.

   Los interregnos de Menem y De la Rúa, buscaron lo mismo, las FF.AA habían desaparecido como guardia pretoriana de la oligarquía, llegaba la hora de intentarlo mediante las “formas” de la democracia, sin alterar el statu quo dependiente y eso culminó en diciembre del 2001, con muertos, heridos y una crisis que siguió arrojando argentinos a la exclusión y la miseria.

   Los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, no produjeron ningún avance en esto, la sanción de la ley de creación de las PASO fue otro ladrillo en la pared del deterioro del sistema político.

   El camino es, indudablemente, reconstruir un pensamiento auténticamente nacional y situado, que recupere la doctrina peronista y actualice el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional que nos legara Juan Domingo Perón en 1974. Él nos habló de ir hacia una Democracia Social, “Social, por su naturaleza, por su desenvolvimiento y por sus objetivos; libre de preconcepciones dogmáticas y de extremismos. Social, en fin, en un sentido intrínsecamente cristiano”.

   Pero además avanza en lo que llama “datos para la programación institucional” y propone:

-Se concibe al país como un verdadero sistema. En el mismo, el campo institucional estructura el marco y establece las reglas del juego fundamentales de tal sistema en términos jurídicos.

-Se pide al sistema eficiencia social mínima. Para ello la planificación es un instrumento y el gobierno con planificación un método de gobierno.

-El sistema debe funcionar con participación de todos los entes representativos de la comunidad.

-La participación dentro de nuestra democracia social deberá funcionar de una manera real y efectiva. El ciudadano se expresa como tal a través de los partidos políticos, pero también se expresa a través de su condición de trabajador, intelectual, empresario, militar, sacerdote, etc. Como tal tiene que organizarse para participar en otro tipo de recinto, como puede ser el Consejo para el Proyecto Nacional.

-La Democracia Social que deseamos no se funda esencialmente en la figura de caudillos, sino en un estado de representatividad permanente de las masas populares.

   He transcripto esta mínima parte del testamento político de Perón, para que sea simple comprender que el fracaso de la democracia recuperada “en lo formal” en 1983 radica, precisamente en la “cancelación” del proyecto peronista y no como se sostiene, por parte de sus enemigos, de su realización.

   No nos extraña que la oligarquía hoy expresada en el poder financiero, los gerentes locales de las transnacionales, el empresariado globalizado expresado en AEA, su prensa canalla, su aparato cultural y sus partidos políticos, quieran borrar este proyecto nacional. Pero el éxito que han tenido solo es explicable por la complicidad de una dirigencia peronista que en su discurso y acción, mayoritariamente, sólo buscó acomodarse a esta Argentina para pocos y hoy vemos a muchos como prósperos empresarios petroleros o de la energía, asesores de los gobiernos de Macri y Milei, llegando al paroxismo de la aparición de la familia entera de Menem ocupando cargos con Milei o un ex vicepresidente, gobernador de la provincia de Buenos Aires, embajador en Brasil y auto candidateado a presidente en las recientes internas de UxP, asumiendo como funcionario de Milei y ofreciéndose, por ejemplo a pulverizar los clubes de barrio a través de la conversión en sociedades anónimas, no son traiciones individuales, más allá de lo que pensemos de esas figuras, no son más que las ratas que han huido de un barco encallado y a punto de hundirse definitivamente por una dirigencia que lo condujo estos 40 años.

   Ahora bien, en una comunidad organizada, aún con un proyecto de país compartido, siempre van a existir diferentes opiniones e intereses, por ello son necesarios los partidos políticos, fuerzas organizadas en base a programas de acción que expresen las opiniones y propuestas de una parte (por eso “partido”) de la comunidad. Como los tiempos cambian encontraremos partidos que representan expresiones históricas de esa asociación humana y otros que expresan nuevos desafíos o propuestas, debe haber un cuerpo legal que regule su accionar asegurando su democracia interna, su funcionamiento orgánico.

   Nada de esto ocurre hoy, las elecciones internas son amañadas o no existen, los locales partidarios permanecen cerrados durante la mayor parte del año, no hay formación de cuadros.

No existen las plataformas de gobierno, nadie sabe de dónde salen los fondos para campañas y acciones o actividades habituales y mucho menos, salvo por trascendidos, donde viven y de que viven sus dirigentes. Hoy día, en primer lugar por la “mediocracia” (la política definida a través de los grandes medios de prensa) o la “infocracia” (la política definida a través de las apps y redes) el pueblo no delibera ni gobierna, es más ni siquiera es escuchado o siente que algún dirigente le habla.

   Los deportistas, “influencers”, empresarios, hoy olcupan las candidaturas dado que por su presencia en multimedios o redes suele ser “conocido”, no es necesario “instalarlo” en la consideración pública. Aquí se expresa la podredumbre de la democracia partidocrática, los auténticos líderes o conductores no necesitan ser “Instalados” a través de los medios, nacen, provienen del pueblo profundo, lo conocen y lo representan, seguramente hoy existen, pero el sistema se encarga que su voz no llegue a los medios masivos.

   La Democracia Representativa ha cedido su lugar a la Democracia Delegativa, los candidatos son votados y una vez electos pueden hacer todo lo contrario de lo prometido en campaña, cambiar de partido, abandonar sus propuestas de gobierno en aras de un “pragmatismo” desvergonzado, los partidos son una maquinaria de generar empleos, de concejal a intendente, de ahí a diputado o senador provincial, de ahí a diputado o senador nacional, si la suerte acompaña se puede llegar a ministro, secretario, subsecretario o director (nacional, provincial o municipal), alrededor pululan, asesores, empleados, etc.

   En el 2015, la elección parecía polarizarse entre el Frente para la Victoria y el PRO, la UCR advirtió que eso lo dejaba afuera de todas las posibilidades mencionadas y corrió a ofrecerse a Macri como aliados, aunque para ello tuvieran que traicionar el mandato de su último líder, Raúl Alfonsín; sin por ello ocultar sus retratos o dejar de mencionarlo en sus discursos. Hoy muchos “peronistas” lideran partidos provinciales, vecinales o bloques federales por las mismas razones. Es tal la decadencia que como la ley exige que para armar una alianza o frente electoral deben formar parte partidos con personería, algunos “vivillos” han inscripto a su nombre partidos que ya no existen en la realidad, pero que “legalmente” aún conservan la personería y la venden al mejor postor en cada elección. Incluso como son los que pueden cobrar los fondos estatales para las campañas electorales o imprimir boletas, ha habido dirigentes ingenuos que fueron “mejicaneados” por sus “socios”.

   Si queremos reencontrar el camino de una democracia de verdad, que nos permita recuperar la esperanza y la confianza en un futuro mejor es necesario reconstruir la representación política y si bien esa es una tarea nuestra, de los militantes y activistas de cada fuerza política, me atrevo a señalar decisiones políticas conducentes a eso, a riesgo de generar la ira y la cancelación de gran parte de mis conocidos y quizás de algún amigo.

   Los puntos que quiero proponer para el debate son:

 

1) Dar de baja todos los padrones (inflados y “truchos” en gran parte) y disponer una necesidad de reafiliación fiscalizada por la justicia electoral, estableciendo porcentajes actualizados para tener personería política distrital, provincial y nacional.

2) Dar de baja las personerías de todas aquellas fuerzas políticas que en las dos últimas PASO no hayan superado los mínimos exigidos para presentarse en elecciones generales, tanto los frentes y alianzas como los partidos que los conformaron.

3)Derogar la ley de PASO

4) Una nueva ley de partidos políticos que establezca:

a) Obligatoriedad de elecciones internas, por voto directo, secreto y obligatorio de sus afiliados para cargos partidarios y electivos a nivel nacional, provincial y municipal, elección por sistema D’hont.

b) Incompatibilidad de cargos partidarios y cargos ejecutivos de gobierno.

c) Obligatoriedad de presentación de plataformas de gobierno en cada elección.

d) Revocación de los cargos en caso de incumplimiento de los compromisos electorales.

e) Prohibición de recibir fondos de entidades privadas nacionales e internacionales. En los casos de aportes a campañas electorales deben ser a través de cuentas bancarias en bancos oficiales y con identificación de los aportantes, esto queda prohibido para elecciones internas.

 

   Para el Partido Justicialista, como peronista y afiliado considero que debe volverse a la integración por ramas, Política, Mujer, Sindical, Profesionales y Técnicos, con una integración mínima de un 30% de menores de 35 años en cada una de ellas.

 

 

(1)” Una Constitución para la patria libre, justa y soberana” Arturo Sampay, pág. 91 y sigs.

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