BUENOS AIRES (Especial para Punto Uno). Desde su asunción como presidente Javier Milei viajó doce veces a los EEUU (en contraposición, sólo estuvo en 11 provincias argentinas y con estadías mucho más breves). Agréguese a esto la injerencia directa que EEUU país tiene sobre nuestra economía, el interés sobre nuestros recursos naturales y la solicitud de construir una base militar en nuestra provincia de Tierra del Fuego, Malvinas e islas del Atlántico Sur, como justificativos más que válidos de la pregunta que da título a esta nota. Hablamos de aportarle a usted, amigo lector, algunos elementos básicos para comprender cómo piensa un norteamericano medio y cuáles son las ideas y valores básicos que siempre pondrá en juego (sea demócrata o republicano, varón o mujer, nativo o por adopción). Por cierto, hablamos del norteamericano promedio y no de todos, selección imprescindible cuando de establecer una “matriz de pensamiento” se trata. Y esa matriz es importante en cuanto nos permitirá comprender mejor a quién tenemos delante, qué podemos esperar de él e incluso hasta cómo negociar mejor. Por cierto que hablar inglés, no es lo único que cuenta. Sepamos de entrada que la cultura y la política anglosajona son bien diferente de la hispanoamericana y que los valores básicos que la animan son otros. Por cierto que un diálogo entre ambas es posible y de hecho ocurre pero no se confunda, no somos ni estamos en el mundo de la misma manera y nuestras ideas y valores son diferentes a las de un estadounidense. Y no haré aquí de exprofeso juicios de valor, sino el intento de describir cómo piensan. Me concentraré para ello sólo en tres puntos claves: la noción de Libertad, la certeza de tener un Destino Manifiesto y una particular idea de la Riqueza.
SINGULAR IDEA DE LA LIBERTAD. Igual que nosotros, los norteamericanos comenzaron por ser colonias de una metrópoli (Inglaterra en su caso) e igual que nosotros bregaron por liberarse del yugo metropolitano. Pero las causas y aspiraciones de su reclamo fueron muy diferentes del nuestro. En su imaginario cultural más profundo está la idea del Peregrino que deja su tierra natal, en busca de una libertad religiosa que en Inglaterra le era negada: en el buque Mayflower viajaban esos peregrinos de una Nueva Jerusalén. No venían en principio a propagar la fe sino a practicarla, tal y como creían que debía ser practicada. Otro tanto ocurría con la disensión política, en ese caso se ponía mar de por medio y las aguas heladas permitían iniciar una nueva vida. El viaje era una promesa de libertad personal, para actuar y comerciar como no le era posible en la metrópoli: no había en la América sajona, nada estable ni parecido al Tribunal de la Santa Inquisición de la América ibérica. Aquí esos peregrinos encontraron un nuevo hogar que se dispusieron a arreglar y a acomodar a su gusto. Venían para quedarse y con el afán de superar algún día a la propia Londres en grandeza y beneficios comerciales. De allí que el proceso de su Independencia (no hablaron nunca de Revolución) se origine exclusivamente en motivos económicos (la creciente e injusta carga impositiva) y no en la separación abrupta de su rey. Vinieron a América para seguir siendo ingleses y para poder ejercer el comercio en libertad. Más aún en su Declaración de Independencia se trata a los ingleses como “hermanos” y la fundamentan en que no son oídos por el Parlamento metropolitano. Esa idea de Libertad prima en todos sus textos patrios por sobre la de Justicia. La Justicia se dará por añadidura, si se tiene Libertad y la posibilidad de ejercerla en plenitud. Para un norteamericano tipo la expresión “justicia social”, será siempre motivo de sospecha o tiranía. Tanto en lo comercial como en lo político lo que prima es el Individuo y su libre competencia en el mercado, sin mayores injerencias de un Estado único y fuerte. De aquí que cada colonia se hizo un estado libre y el principal problema a resolver fue la “unión” de lo diverso y no la unidad de un poder central. La solución se refleja en su nombre propio: “Estados Unidos de Norteamérica”, al cabo de una cruenta guerra civil. Y lo lograron, con esa autoridad y como buenos hijos ya crecidos, han reemplazado a su Madre Patria (Inglaterra) en el gobierno de los mares, así como codearon fácilmente a España y Portugal de la América del Sur. El otro gentilicio con que se reconocen (americanos, sin más) es también resultado de una apropiación lingüística: los demás serán hispanos o latinos y a ellos les ofrecerá su gentil protección (panamericanismo), o el Big stick (Gran Garrote) en caso de no aceptar esa “protección”.
LA TESIS DEL “DESTINO MANIFIESTO” Es así que desde la proclamación de su Independencia, los Estados Unidos se sintieron siempre custodios y guardianes de la libertad. Por cierto que con razón o muchas veces sin ella ya que, una vez pasada la euforia y la pureza inicial de la Independencia, no vaciló en atropellar otras libertades cuando el “interés nacional americano” estuviese, según su criterio, en peligro. América latina aprenderá dura y rápidamente esta lección desde 1847, año en que invadieron México y ocuparon el norte de ese país (Texas, Nueva México, California, etc) anexándolo al suyo. Previamente, en 1823, el presidente James Monroe había proclamado la Doctrina que lleva su nombre, lanzando aquello de “América para los americanos”, es decir para los norteamericanos; doctrina en la que se apoyará su Secretario de Estado (John Quincy Adams) para dar a conocer otro clásico de la política continental norteamericana: la tesis del “Destino Manifiesto” de los Estados Unidos, invocada también como justificativo de su expansión territorial. Así, libertad e interés nacional, quedarán férreamente igualados en el imaginario político norteamericano desde su misma creación, considerando a la vecina América Latina como lugar natural de cumplimiento de ese “destino manifiesto” y de su cruzada en pro de la libertad y la democracia. Desde aquel ya lejano 1847, las invasiones territoriales norteamericanas al sur del río Bravo se sucederán casi ininterrumpidamente durante los siglos XIX y XX siempre con el objetivo de “proteger la vida y bienes de ciudadanos norteamericanos”, o de rescatar a los locales de alguna supuesta tiranía.
LA RIQUEZA, VALOR CENTRAL El tercer valor fundamental del ideario norteamericano, es la noción de Riqueza. Esta acompaña y corola la idea de Libertad y de Destino Manifiesto y les da su costado más “espiritual”. El filósofo John Locke es el padre del liberalismo moderno y en él se inspiró la Declaración de Independencia y el primer texto constitucional de los flamantes Estados Unidos. Locke era un decidido opositor al poder omnímodo del rey o del estado, por el contrario su obligación principal es resguardar al individuo, darle seguridad y garantizar el carácter inviolable de la propiedad. En la tradición sajona libertad, propiedad y justicia son valores y conceptos que marchan siempre juntos. Y por cierto esos tres valores laicos, se potenciarán notoriamente al conjugarse con la ética protestante, en la cual la posesión de riqueza y propiedades es un síntoma de la “elección divina”. Max Weber vio y explicó con claridad esa singular amalgama político-religiosa en su clásica obra “La ética protestante y el espíritu el capitalismo” (1904). Allí, para ilustrar esa vinculación, cita dos trabajos de Benjamín Franklin -uno de aquellos Padres Fundadores- sus “Advertencias necesarias a los que quieren ser ricos” y sus ”Consejos a un joven comerciante”. En ellos Franklin reflexiona sobre los principios necesarios para el desarrollo del capitalismo y -buscando extraer de allí una suerte de filosofía de vida- le dice a su joven oyente: “Piensa que el tiempo es dinero. El que puede ganar diariamente diez chelines con su trabajo y dedica a pasar la mitad del día, o a holgazanear en su cuarto, aun cuando sólo dedique seis peniques para sus diversiones, no ha de contar esto solo, sino que en realidad ha gastado, o más bien derrochado, cinco chelines más”. Queda acuñada para siempre una divisa fundamental del capitalismo: “Time es money”. Y tan religiosa es esta divisa, que el dólar norteamericano lleva grabado a fuego “In God we trust” (En Dios creemos). La riqueza es sagrada y de los ricos será sin dudas el reino de los cielos. Imagínese Usted amigo lector, qué puede pensar un norteamericano medio sobre algo como una “opción preferencial por los pobres”, o sobre la primacía del bien común por sobre el interés individual, o sobre el reparto equitativo de los bienes. Cosa de locos o de comunistas, sin dudarlo. Estos valores, aún más potenciados, pasan hoy a la cabeza Donald Trump y de allí rebotan directamente a la cabeza de Javier Milei.
Texto para el II Congreso del Pensamiento Nacional Latinoamericano que se realiza en la Universidad Nacional de la Plata y en la Universidad Tecnológica Nacional de la Plata el 29, 30 y 31 de mayo de 2025.
Por Aurelio Argañaraz
El trabajo parte de un caso de “economía circular”, registrado el 31 de julio de 2021, en Agrovoz[1]. Allí, el periodista Favio Ré entrevista a un miembro de una empresa agropecuaria localizada en Serrano, al sudeste de Córdoba y nos anoticia sobre los trabajos de esta firma, cuya excepcionalidad merece una atención particular. Se trata del establecimiento de la familia Longo. En 5000 hectáreas, propias y arrendadas, los Longo siembran principalmente soja y maíz, sin el fin de venderlos, como es usual. Los granos alimentan un feedlot apto para engordar 5000 vacunos y una granja porcina de 1200 madres, que planean ampliar. De modo que, además de usar su cosecha para alimento, deben comprar la producción de otros campos, para agregarles valor. Y esa compra debía incrementarse, según sus planes, tras duplicar las madres de la granja, un momento en el cual tendrían que nutrir a 30.000 cerdos, en permanente rotación. La sustentabilidad del emprendimiento, nos informa Ré, incluye la utilización de los efluentes del feedlot para fertilizar el suelo, dato que contraría nuestra práctica de depender de la compra de fertilizantes, que son producidos por empresas extranjeras y se cotizan en dólares. A eso se añade la incorporación de un biodigestor que produce biogás con los desechos porcinos. Dicho combustible tiene como destino movilizar una turbina que genera energía eléctrica, mientras al final los residuos van también a la fertilización. Por último, el objetivo final es producir biodiesel, a ser consumido por la maquinaria agrícola y una flota de ocho camiones con los que transportan diariamente granos, alimentos y animales. No por capricho el ciclo completo lleva el nombre de economía circular, ya que se busca suprimir lo que serían habitualmente considerados “restos”, devolviendo al suelo con el producto expulsado por la digestión animal las nutrientes que pierde en el proceso de explotación.
Para completar el cuadro antes reseñado, es necesario decir que, mientras explotar una dimensión semejante en la mera producción de granos sólo requiere el concurso de tres o cuatro maquinistas algunos días al año, el establecimiento de los Longo contrata alrededor de 100 trabajadores estables y que, en la entrevista con Ré, Juan Manuel Longo nos cuenta lo siguiente: “Andamos con la lengua afuera, por que hacemos todos los procesos nosotros. Y para las inversiones, deberíamos tener un banco propio. Pero bueno, reinvertimos, no sacamos el dinero afuera del país (el subrayado es de nuestra autoría)”.
El ejemplo expuesto, aunque no lo explicite el periódico AgroVoz, nos da una noción de lo que podría lograr el mentado “campo”, en el país. Un avance posible, subrayamos, ya que exige un manejo hoy inexistente en virtualmente todas las empresas agrarias, como veremos enseguida. Pero que, si se generalizara lo que llamaremos en honor a la firma “el modelo Longo”, permitiría triplicar el valor de la producción y obviamente las exportaciones, resolviendo definitivamente un problema crónico de la economía argentina, la restricción externa, esa que nos condena al estancamiento general. Esa parálisis del crecimiento nacional es lamentada unánimemente, pero se ignora por lo general cuáles sus raíces en la historia y la sociología del mundo rural, aunque se trata de un impedimento que nos cierra el camino, desde hace décadas, al anhelo de ingresar al envidiable club del mundo avanzado, en volumen de producción y renta per cápita. Ese es el enigma que intentaremos descifrar.
La Argentina logró valiosos avances en manejo del ciclo de siembra y cosecha en las últimas décadas, es verdad. La mejora en semillas y las nuevas tecnologías mejoraron notoriamente el rendimiento por hectárea en el litoral fértil y permitieron además ampliar el área explotable a regiones ajenas al núcleo pampeano. El incremento de la producción, enorme, se mide en millones de toneladas de granos. Es un nuevo piso histórico del PBI rural, tan significativo para el presente y el futuro del país, que toda observación crítica al “modelo”, para ser atendible, debería eludir cualquier tentación de insinuar el regreso al paradigma anterior, que podría representar la pérdida de más de la mitad de la producción actual y un insoportable déficit del comercio exterior, ruinoso para el país. Pero tan certera como esa conclusión, es que el avance de las últimas décadas en volúmenes de cosecha y en los ingresos del sector no logró alterar la ética rentística que domina al agro, desde los años del modelo agroexportador clásico, cuando la Argentina del Centenario se envanecía de ser “el granero del mundo”. La continuidad del atraso se manifiesta en la excepcionalidad de los productores que encaran la economía circular, un modo óptimo de añadir valor. Sus escasísimos adeptos, pese a la promesa de un incremento fenomenal de las ganancias que garantiza esa opción, no tiene por tanto base en las tasas de utilidad respectiva de cada una de las elecciones posibles, sino que se explica por razones sociales. Esta aserción, para evitar el riesgo de que pudiera juzgarse como expresión de un apriorismo ideológico vacío, exige el apoyo de una argumentación consistente, que intentamos a continuación.
En primer término, diremos que no existe una resistencia genérica a la innovación tecnológica, como suele ocurrir en las sociedades primitivas aferradas a la tradición y renuentes a lo nuevo. Si así fuese, si la conducta usual de rechazar la opción de agregar valor al grano naciera de una suerte de barbarie cultural, no se hubiesen admitido la siembra directa, los fertilizantes y fitosanitarios, que casi todos los productores incorporaron rápidamente. Adoptar esos avances, ese es el secreto, a nuestro juicio, no exigía alterar un modo de vidacuasi rentístico –admitido por el carácter ocasional del esfuerzo que impone un ciclo que concluye al vender el grano al acopiador– para asumir el propio del empresario industrial, que trabaja todos los días. El “modelo Longo” –su vocero lo expresa– supone abandonar los hábitos parasitarios, ese gasto de energías más limitado y sencillo, como es usual en nuestros “hombres de campo”, distantes del modelo de la burguesía industrial que impulsó el nacimiento del capitalismo moderno. En consecuencia, como ya pasó en el modelo clásico agroexportador, la incorporación del avance tecnológico global, con aportes locales como la siembra directa, apunta sólo a incrementar la renta, rechazando emplear el trabajo humano como fuente de riqueza, según el modelo burgués usual. Aquí, contrariamente a lo que ocurre en los países avanzados, con una elevada productividad rural, se apuesta sólo a que “produzca” la tierra y se rechaza asumir “el trajín empresario”, rechazado como un modo de “complicarse la vida”, contra la chance de disfrutar de un ingreso fácil. De allí la abulia ante otros logros científico-tecnológicos, que “el modelo Longo” suma a su hacer, como la producción industrial de diversas carnes, combustibles, electricidad y fertilizantes, según hemos visto, donde además de incrementar la cuantía y diversidad del producto, se busca y se logra reducir costos.
Ahora bien, como revelaba ya el análisis del modelo agrario tradicional del país, con eje en el núcleo del litoral pampeano, el parasitismo rural fue responsable del atraso global del país, por el derroche resultante de consumir la renta agraria, que era excepcional por la mayor fertilidad relativa del suelo pampeano. Sin reinvertirla y obtener, con un mayor empleo de fuerza de trabajo, la productividad que exhibían otros países, como Australia, Canadá y Nueva Zelandia, era imposible emular a dichos países, que con ese manejo triplicaban la cantidad de vacas por hectárea y desarrollaban toda la cadena de producción, sin ceder al capital extranjero (los frigoríficos, ingleses y norteamericanos) lo mejor del negocio, industrializar la carne, para consumo local y para exportarla a Europa, como era nuestro caso. En la Argentina, el terrateniente ausente era la norma, pero aún el arrendatario, una víctima del primero, compartía con su opresor el modelo del “granero”, con la afición al librecambio y el status semicolonial que resultaba de la subordinación al imperialismo británico. Este modo de producción, con la ética correspondiente, que cabe caracterizar como capitalista, perono burguesa, por su rechazo a impulsar la productividad del trabajo, admitía sólo la modernización necesaria para adecuarse al mercado inglés, instrumentando sólo la fertilidad natural del área pampeana. Persiste, actualmente, como conducta habitual en nuestros productores, sea cual sea la escala de su negocio.
Nuestra producción de soja y maíz, los principales granos, se exportan sin elaborar o con el mínimo procesamiento que implica transformados en harina o aceites, lejos de la consigna de una empresa afín al “modelo Longo”, llamado Las Chilcas[2], de que “al grano hay que sacarlo caminando en cuatro patas”, afirmación que omite explicitar que el establecimiento emprende además una producción de biogás, biodiesel, fertilizantes y electricidad, vendiendo energía a la capital del Departamento de Río Seco.
El modelo contrario, que los entendidos llaman “economía lineal”, por oposición a la circular, es por mucho el prevaleciente y contrasta con lo que hacen otros países, en particular el club de los países avanzados, como España o Dinamarca. Los españoles nutren con producción vegetal a 34 millones de porcinos; Dinamarca, con un territorio menor a la de nuestra provincia de Jujuy, cuenta con un plantel de 13 millones de cerdos, para una población humana 6 millones. La Argentina, en tanto, pese al crecimiento de las últimas décadas, apenas roza esta última cifra. No es extraño, en dicho marco, que Dinamarca sea un gran exportador en ese rubro y que, siendo un país donde el productor agrario es un empresario, como su par urbano, tenga un PBI per cápita de 66.420 euros, mientras nuestro país sólo alcanza la quinta parte, 12.829 de dicha moneda[3]. Y no cabe, para eludir la crítica, recordar que Argentina dio preferencia a las carnes vacunas, ya que en este renglón padecemos un estancamiento virtual del plantel, desde los lejanos años en que un vocero del sector se ufanaba de censar “cuatro vacas por cada argentino”.
¿Cuál es la razón de semejante falencia, en un país cuya clase dominante tradicional se asentaba en la explotación agrícola-ganadera? La respuesta, mal que le pese al sector, es el destino que dan los ruralistas a la renta agraria, que, por el contrario de lo que apunta el vocero de los Longo, eluden la opción de su reinversión productiva y, en el mejor de los casos, destinan las ganancias a comprar inmuebles en centros urbanos o vehículos improductivos y, si tienen un mayor grado de sofisticación social, a la fuga de divisas, los negocios especulativos y el consumo suntuario.
Esa es, desdichadamente, la realidad dominante en el agro argentino. Anticipábamos lo excepcional del “modelo Longo”: información oficiosa de técnicos del INTA, señala que en el país, dentro de un total de 300.000 productores agrarios, que explotan una superficie cercana a las 33 millones de hectáreas con soja, maíz, sorgo y trigo, hay apenas 6 emprendimientos de economía circular. Una de ellas, la antes nombrada Las Chilcas –importa consignarlo, como prueba de que es posible este tipo de emprendimientos fuera del núcleo de máxima fertilidad–, está situada en una zona marginal a la pampa húmeda, próxima a Villa María de Río Seco, en el norte cordobés; población de la cual se provee de residuos y, como señalamos, vende energía eléctrica. Las Chilcas, que también lleva a cabo el ciclo completo enumerado anteriormente, explota allí 11.000 hectáreas. Un dato sugerente, como en la empresa de Serrano, que importa registrar en los exámenes sociológicos de la economía agraria: la propiedad extensa, en estos ejemplos, no está acompañada por la tendencia al usufructo improductivo de renta, una conducta que en ciertos casos siguen algunos pequeños terratenientes, que arriendan su propiedad, sin explotarla. No es este un dato menor y reclama un examen que nos explique el origen del viraje político de la Federación Agraria, en las últimas décadas.
El rol no fiscal de las retenciones a la exportación de granos
Si el “modelo Longo” fuese lo habitual, la rebaja o eliminación de las retenciones a la exportación (de granos) dejaría de ser una demanda rural[4]. Para agregar valor a los granos, las retenciones son, por el contrario, un estímulo, al favorecer la competitividad del industrial agrario radicado en el país, respecto al extranjero. Por esta razón, cabe decir que, con las normas mercantilistas aplicadas para impulsar el desarrollo inglés, el país prohibiría la exportación de commodities, para alentar la tarea de llegar a ser un “supermercado” global, no un “granero”. Sin llegar tan lejos, es necesario al menos situar cuál es nuestra conveniencia, apoyando a los actores que multiplican el valor de la producción agrícola.
Dinamarca es importador de granos, que salen del país transformados en carne, productos lácteos, o procesados ya para el consumo humano. Francia, por su parte, es el sexto exportador de productos agrarios del mundo, tras EEUU, Países Bajos, Alemania, Brasil y China. China, el principal destino de nuestra soja, alimenta cerdos con el grano argentino, por nuestra renuncia a producirlos aquí, pese al empeño puesto por el gigante asiático de crear en la Argentina gigantescas granjas porcinas, que transformarían soja y maíz en carnes y expandirían el modelo de economía circular. Los franceses, en cambio, contabilizan ventas que en sus tres cuartas partes son productos agrarios ya procesados. Consecuentemente, su industria agrícola es el mayor demandante de mano de obra industrial, con una suma de 400 mil empleados y la mayor producción mundial de vinos, un producto agrícola que añade valor al cultivo de uvas. Hemos citado a España, como productor de cerdos. Pero cabe añadir que en gran medida los españoles valorizan más la carne como jamón, algo que implica multiplicar el valor original del cerdo. Pero algo similar hace Vietnam, país emergente que usa los granos que le vende Argentina para alimentar sus ganados y aves de corral. Entretanto, nosotros, bajo el poder de la elite interesada en sostener la dependencia semicolonial, apenas procuramos ampliar la venta de productos primarios, con minería y extracción de petróleo y gas, sin alterar el modelo impuesto bajo el dominio inglés en el siglo XIX –el peronismo clásico intentó cambiarlo, pero no fue capaz de consumar el propósito– de la Argentina exportadora de carnes, granos y lana sucia[5].
Empresarios y rentistas en el agro argentino
Necesitamos empresarios, no rentistas. La primera tarea del Estado argentino debiera ser estimular, contra viento y marea, el modelo industrial agrícola-ganadero que da lugar a esta reflexión. Toda la experiencia histórica indica, contra ese objetivo, que modificar una conducta social ya transformada en hábito, aunque se muestre como aliciente un firme incremento de la obtención de ganancias, es algo que exige una lucha durísima, para no fracasar. Obviamente, es imposible siquiera planteárselo con un Estado débil; dotado de poder, con firme apoyo de las mayorías, debe además ser conducido con claridad y firmeza, durante un ciclo de acción prolongada. La magnitud del problema se advierte al recordar que el núcleo oligárquico de la provincia de Buenos Aires, la clase dominante tradicional del país, ha impuesto su ideología y aun su modelo de clase parasitaria a todo el sector, explotando, como fundamento natural, la fertilidad excepcional del suelo pampeano, que durante décadas dotó de competitividad a la explotación agraria, con escasa inversión en mejoras y sin exigirle apostar a la productividad del trabajo, dada la posesión del humus pampeano. La burguesía agraria, hasta la llegada del peronismo representada ante todo por los arrendatarios, de origen inmigratorio, cuyo trabajo esforzado no arrojó como fruto el desplazamiento del eje hacia otro modelo, los viejos y nuevos dueños de las tierras explotables (que se han extendido, con los avances tecnológicos de las últimas décadas) no exhibe diferencias con la ética rentística de los antiguos enfiteutas, aunque en lugar de Europa prefiera a Miami como meca turística y exhibición de status. Con el ausentismo que distinguió al clásico terrateniente pampeano, aun en el caso de los que no optaron por arrendar el campo y disfrutar de la molicie en un centro urbano, nuestro “productor”, por regla general, no vive en el campo.
En ese marco, la acción estatal es imprescindible para lograr la expansión del “modelo Longo”, que incremente la producción y el empleo en el agro. No hay un solo camino, para lograrlo. Cabe pensar, por ejemplo, en iniciativas semejantes al proyecto chino de crear 20 mega-granjas porcinas, que fue desechado por una mezcla de indolencia gubernamental y de ineptitud para enfrentar los prejuicios esgrimidos por grupos ambientalistas, curiosamente confluentes con la resistencia más sorda de los sectores asociados a la exportación de commodities, que resisten la opción de industrializar lo rural. Esa opción estaría disponible, si se superan aquellas insólitas objeciones, que lo frenaron, contra las opiniones favorables de los técnicos del INTA. Si ese género de proyectos estuviese protagonizado, como es el caso de los 6 establecimientos que fueron aludidos, por empresarios argentinos, cabe pensar en los estímulos diversos que se han usado para alentar desarrollos prioritarios para el país. Finalmente –aunque debamos enfrentar la histeria libreempresista– nada impediría que el Estado nacional obre como empresario, con esa perspectiva. El centro operativo de una empresa que elige la “economía circular” –el grano puede comprarse, tal como lo hace una empresa avícola– requiere sólo una extensión mínima de tierras fiscales, a las que pueden añadirse otras, adquiridas cerca de las urbes, con la seguridad de recuperar rápidamente la inversión. Y el Estado cuenta, de antemano, con la enorme experiencia técnica y administrativa del personal del INTA, a quienes se entregaría la gestión de estas nuevas empresas públicas.
Finalmente, cabe añadir que el mantenimiento de las retenciones a las exportaciones de granos es, por todo lo antedicho, una prioridad económica, antes que un mero recurso tributario. El proyecto de hacer del país –demagógicamente enunciado por el gobierno de Mauricio Macri, sin establecer una sola medida que lo apuntalara el gobierno de Mauricio Macri– “el supermercado del mundo” empieza por desalentar toda exportación de “lana sucia” y darnos la oportunidad de vender textiles, como sugería en su época Carlos Pellegrini, un exponente de la Generación del 80, tan exaltada como mal entendida, hoy.
[3] Estadísticas publicadas para 2024 por Expansión/Datosmacro.com (Consultado 25 de abril de 2025). PIB – Producto Interior Bruto. https://datosmacro.expansion.com/pib/
[4] No es el tema del presente trabajo examinar las correlaciones entre los datos estructurales y las posiciones de los ruralista en temas puntuales y en la política nacional. Pero, cabe decir que debería estudiarse el caso de Córdoba, una provincia que se distingue por su primarización acusada, también caracterizado por su fervoroso rechazo a la vigencia de las retenciones y a toda iniciativa que apunte la necesidad de industrializar la ruralidad. Ver: La Voz del Interior (06.06.2021). Granos: agregado de valor, el vaso medio vacío del agro en Córdoba.
[5] Durante la crisis de los productores ovinos, en la década del 70 del siglo XIX, cuando los ganaderos apoyaban circunstancialmente el planteo proteccionista, Carlos Pellegrini denunció el absurdo de exportar lana sucia a Gran Bretaña, sin procesamiento alguno, para comprarles a los ingleses la producción fabril elaborada con esa materia prima. Con las obvias variantes, exportar otros productos del suelo, sin agregar valor, no altera aquel modelo de bajísima productividad general. Giberti, Horacio, Historia Económica de la ganadería argentina, Solar/Hachette, 3ra Edición.
Por supuesto que toda situación tiene múltiples causas. Pero en mi opinión, en el resultado de ayer ganó, básicamente, el miedo al día posterior a las elecciones. El chantaje financiero de Trump, Bessent y JP Morgan funcionó. Una mayoría del electorado temió un desastre con el dólar a 2000 pesos y un descontrol en la remarcación de precios.
Después, creo, vienen otras causas: la debilidad de nuestra campaña, nuestros enfrentamientos intestinos sin resolver, la ausencia de una clara respuesta programática a la Argentina real 2025, entre otras. Las conversaciones de los días miércoles, jueves, viernes y sábado, entre quienes seguimos la política desde el peronismo, eran alrededor del desbarajuste macro y microeconómico que se produciría de ganar Fuerza Patria y perder el gobierno. Y no teníamos una respuesta a lo que podríamos hacer.
El electorado, mayoritariamente, entendió lo mismo y votó para evitar ese desbarajuste, que produciría una vorágine de precios.
Haber desdoblado la elección fue un éxito, además de una necesaria respuesta política al intento de dejar al gobernador de la provincia sin apoyo legislativo. Ello permitió la consolidación de Kicillof en la provincia y dejó expuesta la endeblez de la conducción nacional del PJ.
El gobierno ganó a gatas las elecciones. Pero sigue con el mismo problema: su plan económico es un fracaso, si es siquiera un plan. Nosotros tenemos que presentar claramente un programa superador que no está en el pasado. Desarmar la hegemonía del capital financiero -impuesta sin modificaciones en el país desde los tiempos de Martínez de Hoz y hoy fortalecido por una de las bandas del capital financiero yanqui- debe ser uno de los principales objetivos políticos, se lo presente como se lo presente.
Delimitarnos claramente de la inflación a la cual, con razón o sin ella, hemos quedado pegados. Plantear un nuevo programa que amplíe y diversifique nuestras exportaciones, explicar la necesidad de la incorporación a los BRICS, convencer de que podemos poner nuevamente en movimiento el aparato productivo sin inflación, por lo menos con la misma inflación que la que tenemos.
Cuando digo a la Argentina real 2025 me refiero a las importantes transformaciones que ha sufrido la clase trabajadora -que debe volver a liderar una política de alianzas con los sectores medios urbanos y rurales-, con la aparición de la informalidad, del trabajo en apps, lo que ha modificado al movimiento obrero que conoció históricamente el peronismo. Todo el sistema laboral e impositivo debe ser objeto de una reforma, no a favor del capital como pretende Milei, sino a favor del pueblo, de los trabajadores. Pero eso necesita ser planteado y discutido.
Igualmente, tenemos que discutir cómo hacemos con el permanente chantaje de los sectores exportadores que nos genera una sed de dólares que obligan a maniobras como el cepo y esas cosas. Tenemos que dejar claro, como te dije, que a nosotros tampoco nos gusta la inflación, que nos comprometemos a luchar contra ella y garantizar, no obstante, un mayor desarrollo productivo e industrial.
E imperioso formular nuevas políticas industriales que pongan en movimiento el capital invertido e inmovilizado por las políticas neoliberales financieras, pero que además se despliegue sobre el conjunto del país, con un carácter federal. Tenemos que dar respuesta a la puesta en marcha de nuestros codiciados recursos naturales, poniendo el énfasis en las posibilidades de su industrialización, evitando caer nuevamente en la mera exportación de materias primas. Para ello es nuestro deber, en el futuro más inmediato, restituir la vigencia de un fuerte y sólido estado productivista en condiciones de asociarse con el capital privado en la industrialización de nuestros recursos, así como estado nacional y popular de inversión social, dirigida a solventar el ejercicio de la justicia social, es decir en educación, sanidad, vivienda, previsión social, etc. como línea conductora de los presupuestos nacionales.
Esas son algunas de las cosas que tendremos que discutir de aquí al 27, si queremos ser una alternativa creíble para la mayoría. Es ofreciendo un futuro posible y al alcance de las manos como el movimiento nacional, en alianza con todas las fuerzas dispuestas a asumir este ideario, podrá superar este momento de repliegue popular y de nostalgia por el pasado.
Antes que acusar, cada uno debe revisar su práctica y evaluar si hizo lo suficiente para evitar este resultado electoral. La autocrítica es el punto de partida para la crítica. Como nos enseñó Francisco, todos tenemos una cuota de responsabilidad. Así que, ¡cuidado con los francotiradores que, desde posición a cubierto, tiran a matar! Frente a esa cultura de la agresión gratuita y el internismo irresponsable, hay que levantar la voz compañera, escuchar la palabra constructiva de quienes procuran caminos de solución.
Hay que tener en claro que no enfrentamos sólo a La Libertad Avanza, al PRO y a los grupos económicos concentrados de la Argentina, sino al poder angloestadounidense. Estamos en una batalla contra actores e intereses que exceden por mucho a los actores locales. Nunca en la historia nacional se había visto tal grado de injerencias: desde el apoyo del FMI y el Tesoro norteamericano para sostener el esquema cambiario y financiero del gobierno, hasta las sucesivas muestras de respaldo político de Trump y el impresionante desembarco del JP Morgan a pocos días de las elecciones.
En estos días aparecerán valiosos diagnósticos sobre las causas del apoyo al oficialismo a pesar del deterioro económico y los escándalos de corrupción. Aquí quiero plantear sólo un principio interpretativo: pensar desde dentro del pueblo y con amor al pueblo. Con eso invito a rechazar los análisis que “ven la cosa de afuera”, habitualmente en tono condenatorio y desde una posición de superioridad moral e intelectual. Incluso, llega a escucharse quien dice que “le da asco el país” o que se siente ajeno en su tierra. Nada bueno puede construirse desde esa mirada.
La aplicación de ese principio tiene como primera consecuencia no ver sólo la negatividad (falta de conciencia nacional, alienación, gorilismo, despolitización, descomposición social, individualización), sino sobre todo la positividad detrás del voto libertario. Para eso hay que sacarse las anteojeras ideológicas, los prejuicios endogámicos y ejercitar la escucha. ¿Qué elementos de verdad hay en ese voto? ¿Qué valores positivos moviliza? En particular, en sectores de jóvenes y trabajadores, que históricamente fueron parte de las bases del movimiento nacional.
En ese sentido, quiero destacar tres. Primero, “encontrar un sentido al sacrificio”. Cuando uno ve el mensaje gubernamental, ese fue el mensaje. Y a estas alturas tenemos que reconocer que esta gente no improvisa en comunicación. Evidentemente, fue una línea estudiada, con anclaje en la realidad social. El valor positivo es la abnegación detrás de una causa mayor; lo que, además, enlaza fuertemente con dos tradiciones presentes en el pueblo argentino: la visión judeocristiana y la cultura del esfuerzo.
Segundo, el miedo a la debacle del día después. Paradójicamente, ver al gobierno tan debilitado, terminó siendo un factor que asustó a una parte de la población, sobre todo, pobre, que temió una crisis económica si el gobierno perdía. Acá el valor positivo es la estabilidad y el orden, aunque precarios, deseables ante la posibilidad de un descalabro generalizado.
Tercero, el proyecto de país, el discurso de esperanza, los deseos de cambio y los sueños de una Argentina grande. Todavía anidan en una parte importante de quienes lo apoyaron hace dos años la fe en que el camino es el correcto, que hay que dar tiempo al presidente. Y tener presente que la figura de Milei surge como figura mesiánica en el contexto de una degradación institucional, económica y social prolongada y de un hartazgo social con la política que no pudo revertir esos procesos.
¿Implican estos elementos de positividad que nuestros compatriotas apoyan la narcopolítica, la criptoestafa o las coimas de la ANDIS? Por supuesto que no. Supone únicamente que en la ecuación que esos votantes hicieron pesan más aún aquellos aspectos positivos que las manchas que el gobierno va sumando.
Esa pus de la corrupción, los negociados y el deterioro económico y social terminarán más temprano por infestar el humor social y se abrirán condiciones para la alternancia política. Por lo que la tarea principal en el tiempo que se abre es la construcción de la alternativa.
¿Esto implica que la resistencia pierde valor? Por el contrario. Es ella la que genera las relaciones de fuerzas favorables al surgimiento de un proyecto político nacional popular. En tres aspectos: uno, al obstaculizar las iniciativas del oficialismo que atenten contra la soberanía nacional y la calidad de vida; dos, al mostrar de cara a la sociedad la existencia de valores, prácticas y discursos opuestos a los libertarios y anclados en la solidaridad y la dignidad; tres, al construirse como factor de poder capaz mediante la movilización y la lucha de incidir en la agenda pública.
¿Por qué entonces la construcción del proyecto político es la tarea principal? Porque parte esencial del triunfo libertario se debe a la incapacidad propia de ofrecer un proyecto deseable. Y de mantenerse ese cuadro nada indica que en la sucesión presidencial en dos años, sino antes, sea mejor. En otras palabras, la deslegitimación del gobierno no se traslada automáticamente en votos a la principal oposición. Una parte de la sociedad queda, directamente, desencantada. Otra prefiere seguir apostando al oficialismo pese a todo, ya que nos identifica con un mal mayor. El triunfo del gobierno es político, antes que económico.
La construcción de un proyecto alternativo implica ser capaces de presentar un proyecto de país con propuestas atractivas para los distintos sectores sociales que concebimos como parte del frente nacional. No alcanza con dar cuenta de las cualidades de un candidato (por ej., “honesto y capaz”), con resignificaciones abstractas a valores (“libertad es llegar a fin de mes”) o con criticar lo malo del gobierno. Precisamos de ideas claras, con un lenguaje potente y novedoso, y transmitidas con convicción, sencillez y admiración y cariño por el pueblo argentino. La credibilidad se construye, además, desmarcandose fuertemente de todo aquello con que lograron identificarnos (estatismo burocrático, clientelismo, corrupción, vagancia, atraso). Para eso hay que ser concisos y mostrar con hechos y propuestas que queremos un Estado eficiente, que la ayuda social no debe ser instrumento clientelar, que no toleramos la corrupción y que somos el verdadero proyecto del trabajo, la producción y la innovación.
La inflación crónica, la caída del poder adquisitivo, la pobreza creciente y la falta de empleo formal generaron un clima de frustración transversal. Para amplios sectores —sobre todo jóvenes y trabajadores informales—, el discurso liberal de Milei (“achicar el Estado”, “terminar con el gasto político”, “dolarizar”) apareció como una ruptura radical con un modelo que perciben agotado. ¿Qué propone el proyecto nacional en frente a esos problemas estructurales? En vez de negar los síntomas del descontento, tenemos que ser capaces de transmitir en lemas breves y precisos cuál es nuestra política económica frente a esas cuestiones centrales.
Hay que renovar liderazgos, discursos y lógicas. La inercia política, la repetición de fórmulas viejas y, sobre todo, la pretensión de combatir la “antipolítica” con roscas de palacio, peleas en redes sociales, internismo a cielo abierto, son lamentables. Si no entusiasman ni a los propios compañeros y compañeras, ¿cómo pretenden reconectar con la juventud y las clases trabajadoras precarizadas? El envejecimiento del peronismo es consecuencia del faccionalismo, la politiquería y el monólogo solipsista.
La propuesta no puede ser nostálgica ni meramente reactiva: debe ser una nueva síntesis que vuelva a enamorar a la sociedad argentina. La única persona que reúne objetivamente las condiciones para encabezar el proyecto nacional en esta etapa es Axel Kicillof; quien además, como se vio en territorio bonaerense, tiene características que lo hacen una figura capaz de trascender la polarización ideológica de nuestra sociedad. Su nombre está asociado a valores positivos como: gestión eficiente, capacidad técnica y de trabajo, carácter constructivo, transparencia y austeridad. Como puntos a trabajar en su perfil: por un lado, poner corazón a las palabras, la sangre en las ideas; eso habilita una conexión emocional que un discurso meramente racional no logra. Por otro lado, ser, hablar y parecer conductor político, no sólo como gestor, funcionario o gobernante; en la tradición argentina y, en especial en momentos de incertidumbre, se buscan figuras fuertes.
¿Y Cristina? Está presa y, como muestran distintos sondeos, la mayoría de la Argentina piensa que está bien. Por supuesto, está detenida —y antes intentaron asesinarla— por sus aciertos, no por sus errores. Lo que implica que su situación es injusta y es un ataque contra el conjunto del movimiento. Por lo tanto, es correcto reclamar por su libertad. Y es una deuda de gratitud que debemos a quién, junto a Néstor, lideró los avances más importantes desde Perón. Pero, dadas las circunstancias, es indudable que no puede ejercer la conducción del movimiento en esa condición. ¿O alguien piensa que podemos reconectar con la sociedad detrás del nombre de quien gran parte de la Argentina —incluyendo sectores del propio peronismo— ve cómo condenada por justa causa? Las comparaciones con Perón en el exilio son, por lo menos, apresuradas: el arraigo de las mayorías sociales a su figura no decayó en ningún momento. Ciertamente, ella es parte esencial de las grandes discusiones y decisiones que requiere el peronismo. Pero hay que partir de la realidad tal como ésta se plantea, no de los deseos o posiciones subjetivas de cada quien.
En síntesis, para ser alternativa en dos años, el peronismo bajo la conducción de Axel tiene que i) volver a plantear las políticas en términos de estrategia y relaciones de fuerzas, enfocando en nuestros puntos débiles (juventud, provincias, precarizados), ii) formar cuadros con sentido patriótico, sensibilidad social y capacidad técnica, iii) trabajar por la unidad del movimiento nacional y tender puentes hacia distintos sectores sociales, económicos, políticos y religiosos, iv) articular con las organizaciones populares y de trabajadores en un esquema que implique su compromiso y protagonismo; v) construir un programa de gobierno con propuestas claras y viables, vi) encarnar un proyecto nacional que encarne valores deseables en el imaginario social.
Cuando esta columna esté en sus manos amigo lector, faltarán exactamente cinco días para que tengan lugar las elecciones parlamentarias de legisladores nacionales. La polarización principal está dada, almomento, entre las listas de “Fuerza Patria” y “La Libertad Avanza” con las diversas colaterales que las circundan. En medio de una crisis económica inocultable, el actual oficialismo optó para resolverla recurrir al gobierno de los EEUU, embretando así al país en una posición que afecta gravemente nuestra soberanía nacional. El sincretismo Trump/Milei dio por resultado la injerencia directa de los norteamericanos en el gobierno de nuestro país, lo cual sorprendió a propios y extraños. Por esto me parece oportuno recurrir un poco a nuestra propia historia. Permítaseme recordar una fecha –también de octubre- en que el gobierno de facto surgido de la Revolución Cívico-Militar de septiembre de 1955, creó una curiosa _“Junta Consultiva Nacional_ ”.
Más precisamente fue el 28 de octubre de 1955 cuando, por decreto del gobierno de facto autodenominado “Revolución Libertadora”, se crea la Junta Consultiva Nacional como organismo asesor del entonces presidente, general Eduardo Lonardi. Fue puesta bajo la conducción del vicepresidente, almirante Isaac Francisco Rojas e inició sus sesiones el 10 de noviembre. Duró hasta el 1° de mayo de 1958, en que Arturo Frondizi asume la presidencia de la Nación. Estaba integrada por todos los partidos políticos, menos el peronismo y el comunismo.
*ADIOS A LOS TIBIOS*
El acto del inicio de sesiones de la flamante Junta Consultiva fue impresionan-te. Un salón del Congreso Nacional abarrotado por más de trescientos invita-dos especiales, el célebre óleo de la Asamblea General Constituyente de 1853 presidiendo la ceremonia y la pequeña pero célebre figura del almirante Isaac Francisco Rojas quien, en uniforme de gala, monitoreaba para que todo saliese con la perfección y limpieza de una cubierta de buque recién baldeada. Es que era el héroe de las jornadas” heroicas” de septiembre, el que se había jugado a fondo contra el llamado Tirano Depuesto. Rojas como jefe de la flota de mar amenazó con bombardear los depósitos de gas y de petróleo costeros a la altura de Mar del Plata si hacía falta para que Perón renunciase; al que no le tembló la mano para mandar la Aviación Naval a bombardear la plaza de Mayo y matarlo si fuera posible. En fin el campeón visible del antiperonismo, ya enfrentado al “tibio” General Lonardi y a un Ejército en el que el peronismo seguía teniendo leales. Por suerte para él, el día anterior (9 de septiembre de 1955) el apriete al presidente había dado resultado y el general Arturo Osorio Arana –otro duro de ley- asumía el Ministerio de Ejército en reemplazo de Justo León Bengoa. Así el ala “gorila” del Ejército empezaba a triunfar sobre los denominados “nacionalistas” y el propio general Lonardi sería relevado del poder tres días más tarde para instalar allí a otro duro: el general Pedro E. Aramburu, al que tampoco le temblaría la mano para fusilar militares y civiles peronistas en el alzamiento del 9 de junio de 1956. Veintisiete fusilados por derecha en el patio de la Penitenciaria Nacional y en la Unidad Regional Lanús (entre ellos sus camaradas de armas Valle y Cogorno) y otro montón de civiles por izquierda en los basurales de José L. Suárez. Fusilamientos que esa Junta Consultiva Nacional convalidaría también sin chistar. Es que se había acabado la _“leche de la clemencia”_ y llegaba la hora de darles su merecido. El “espíritu de Mayo” que ya había triunfado sobre Rosas, volvía ahora para imponerse sobre Perón. Por eso la repetición por parte del general Lonardi de la consigna “Ni vencedores ni vencidos”, aquella con la que Urquiza entró a Buenos Aires les sonó tan mal como en su momento lo fue para Mitre o Sarmiento. ¡Habría vencedores, vencidos y escarmiento, a no dudarlo!
*EL COMPONENTE CIVIL*
Para eso estaban allí reunidos todos los partidos políticos que no habían colaborado con la Tiranía y bien pronto se enteraría el resto del pueblo que escuchaba la sesión por radio. Con la solemnidad del caso, fueron entrando al Congreso Nacional una a una las delegaciones de los seis partidos políticos que integrarían la flamante Junta Consultiva Nacional. Vale la pena recordar sus nombres. Por la Unión Cívica Radical pasaron a la mesa central, Oscar Alende, Juan Gauna, Oscar López Serrot y Miguel Ángel Zavala Ortiz (este último copiloto en uno de los aviones que bombardeó la Plaza de Mayo y posteriormente canciller en el gobierno del Dr Arturo Illia). Por el Partido Socialista se sentaron Alicia Moreau de Justo, Ramón Muñiz, Nicolás Repetto y Américo Ghioldi (a quién Perón desde su exilio llamaría bautizaría “Norteamérico” Ghioldi, el mismo que más tarde fuera embajador de la dictadura militar del ‘76). El Partido Demócrata Nacional (el viejo e histórico partido conservador) integró su delegación con José Aguirre Cámara, Rodolfo Coromina Segura, Adolfo Mugica y Reinaldo Pastor. Al flamante Partido Demócrata Cristiano se le asignaron dos representantes: Rodolfo Martínez y Manuel Ordóñez (reconociendo así su activa participación en los “comandos civiles” y la excomunión de Perón por parte de la Iglesia Católica). El Partido Demócrata Progresista también tuvo cuatro representantes: Juan José Díaz Arana, Luciano Molinas, Julio Argentino Noble y Horacio Thedy. Y la pequeña Unión Federal (nacionalista) sumó otro par: Enrique Arrioti y Horacio Storni. Realmente era un prejuicio inexplicable haber dejado afuera al Partido Comunista: su prédica antiperonista había sido tan valiente como la que más, por eso dicen que el enojo de don Vittorio Codovilla fue notorio. Además, habían caminado juntos en la coqueta plaza San Martín (durante la Marcha por la Libertad y la Democracia) y en 1945 habían aportado al acto del Luna Park (donde se proclamó la fórmula Tamborini-Mosca que competiría con la de Perón-Quijano) el retrato de Stalin, que acompaño desde el palco al de Roosevelt y Churchill. La exclusión del peronismo era acaso la única justificable, porque contra ellos era la cosa y sin medias tintas.
*AL PERONISMO, NI JUSTICIA*
La edición del diario socialista “La Epoca” del mismo día en que asumió la Junta Consultiva, lo decía bien clarito: “Vamos a hacer la Revolución Libertadora desde el gobierno, con el gobierno, sin el gobierno o contra el gobierno” (Luis Pandra). Y ya se sabe que quería decir para toda esa buena gente “hacer la revolución libertadora”: derrocar a Lonardi y sus tibios (tres días después); al mes siguiente, intervenir la CGT, derogar la legislación obrera y disolver el Partido Peronista; aprobar la derogación de la Constitución Nacional de 1949 por un simple decreto del Poder Ejecutivo (27 de abril de 1956); aprobar los fusilamientos de peronistas sin juicio previo, en la asonada del 9 de junio de 1956; intervenir las universidades nacionales y expulsar en masa a los profesores “adictos al régimen depuesto” (con el aplauso juvenil y democrático de la FUA y la FUBA, conducida por los mismos partidos que integraban la Junta Consultiva Nacional y repitiendo así el gesto que ya habían tenido en 1930, con la caída de Hipólito Yrigoyen). En fin, que los muchachos “consultivos” no se privaron de casi nada. ¿O acaso, no se había acabado la leche de la clemencia?
*LOS CONSULTIVOS SALTEÑOS.*
En Salta el gobierno nacional designa Interventor Federal al coronel Julio R. Lobo y éste confía la Secretaría General de la Gobernación a Holver Martínez Borelli y la Intendencia de la Capital a Carlos Saravia Cornejo. Seguidamente y siguiendo el ejemplo del gobierno nacional, el Cnl Lobo designa su propia Juan Consultiva, En representación del Radicalismo salteño asumen como Consultivos: Miguel Ramos, José María Saravia, Danilo Bonari y Bernardino Biella. El Partido Demócrata estará representado por Martín Orozco, Ernesto Teodoro Becker, Raúl Fiore Moulés y Ricardo Figueroa Linares; la Democracia Cristiana aportará a Agustín Pérez Alsina y Ramón Jorge. Sin embargo, el pueblo llano no se amilanaría fácilmente: en las elecciones de convencionales constituyentes para reformar otra vez la Constitución Nacional (28 de julio de 1957), el voto en blanco superó a todos los partidos políticos. Cuando se terminaron de contar, aparecieron 2.115.861 razones para seguir inquietos. Es que a pesar de haber instalado la asignatura “Educación Democrática” en las escuelas y ya depuesto el Tirano, las cabecitas negras se resistían a pensar en eso blanco. Porque como años más tarde escribiera don Leopoldo Marechal: “a veces las deposiciones no pasan del significado médico-fisiológico que tiene esa palabra”.
Perón es sobre todo un fantasma para el peronismo. Un asedio de la memoria de los que hacen política. Es un fantasma para su propio nombre. Lo invoco para invocarme a mí mismo. Invocar, traer a la boca a Perón, al fantasma, al que administraba el movimiento que no tenía nombre al principio, como todo, porque las cosas nacen sin nombre, pero después viven de ese nombre.
Los nombres propios son un tema que el propio Perón pudo zanjar en vida. No había nombre para el movimiento cuando nació… trabajador, heterogéneo, socialista y sindicalista, un Frente Nacional… Justicialismo… Que sea Peronismo.
Cicatrizó las diferencias con un nombre, su nombre y es por eso, que es el nombre que se invoca, porque ya no está, para cicatrizar, para demarcar, para construir un firewall de qué es y qué no es un peronista.
<< “Perón es nada”, nos han dicho desde las interpretaciones de estos años. “Es populismo que articula demandas”, según la lectura de Laclau. El peronismo es un vacío, un significante, una cadena significante. Tanto creímos esa lectura que comenzamos a vivir un peronismo de giro lingüístico, casi posmoderno >>
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Juan Domingo Perón, nombre y pragmática. Es que, a diferencia de muchos políticos hoy, puede articular una convicción, unas ideas y una pragmática. Esto en las palabras de Perón sería lo siguiente: “Una doctrina sin teoría resulta incompleta; pero una doctrina y una teoría sin las formas para realizarlas, resultan inútiles”.
Vivimos tiempos de impotencia, se sabe, como tantos otros. Con políticos que son muy buenos en las prácticas de la política, pero cuyo proyecto es un borrador de un borrador de un borrador. O con ideas tan generales que resultan meros deseos al aire. Perón permite asomarnos a la cadena lógica de la política, pero también a la resolución de problemas. Dice Perón: “De manera que uno no ha cumplido el ciclo real e integral hasta que no haya conformado e inculcado una doctrina, hasta que no haya enseñado una teoría y hasta que no haya establecido las formas de cumplir una y otra”.
Los políticos se han olvidado de Perón porque se han olvidado de conducir y se han concentrado en el mandar. Conducir un movimiento es confundido con pegar cuatro gritos y tener una férrea convicción de qué hacer. No es tan fácil. El conductor es más un persuasor, un seductor, que con lo que tiene saca lo mejor de cada uno.
Porque la acción la corporiza un convencido por aquel conductor. Perón mismo pasó del orden de la guerra a la persuasión de la política. Como dice Horacio González: “la persuasión es una orden, pero una orden silenciada”. De allí que el peronismo y Perón perduró, porque reflexionó sobre “la orden”.
<< Invocar, traer a la boca a Perón, al fantasma, al que administraba el movimiento que no tenía nombre al principio, como todo, porque las cosas nacen sin nombre, pero después viven de ese nombre >>
Porque las órdenes tienen efectos sociales. Implican en el peronismo, un movimiento, una cadena, en fin, implica, como el mismo peronismo, un drama profundo. Perón y el peronismo implican un drama porque se vincula a una disputa, sin la disputa, sin la lucha social el peronismo no se explica. Es también, una pregunta dramática, sí, porque la respuesta es aceite entre agua, se dibuja, no puede dejarte indiferente, se nota, como el aceite te contamina las manos.
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“Perón es nada”, nos han dicho desde las interpretaciones de estos años. “Es populismo que articula demandas”, según la lectura de Ernesto Laclau. El peronismo es un vacío, es un significante, una cadena significante. Tanto creímos esa lectura que comenzamos a vivir un peronismo de giro lingüístico, casi posmoderno. Un peronismo de papel, un tigre herbívoro encerrado en el anillo conocido como Área Metropolitana de Buenos Aires.
Tanto se invocó al peronismo que fue una forma de darle certificado de olvido. El de estos años ha sido un olvido de la doctrina y por tanto del lenguaje peronista. Como decía Althusser: no se comienza por creer, sino por persignarse. Con el peronismo pasa lo mismo. Si olvidamos sus formas, y su forma es un lenguaje de la acción, también olvidaremos su contenido.
“El lenguaje es la casa del Ser”, decía Heidegger. Dejar de lado el lenguaje peronista también un poco es dejar que sus ideas pierdan sentido. Si perdés el lenguaje, en un momento no le hablás a nadie. O peor: nadie te entiende.
Invocar a Perón es invocar la crisis del peronismo del presente. Como decía Derrida a propósito de los espectros: “La conjuración es angustia desde el momento en que reclama la muerte para inventar lo vivo y hacer que viva lo nuevo, para hacer que venga a la presencia lo que todavía no ha estado ahí…”.
<< Los políticos se han olvidado de Perón porque se han olvidado de conducir y se han concentrado en el mandar >>
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El problema de ser gobierno por muchos años es que te volvés perezoso. El poder da cierta sabiduría, una experiencia, pero le quita agilidad. Siendo un poco aristotélicos, le quita potencia. Volver a Perón en este momento es recuperar un poco de la fuerza que entrega el ser emergente. Volver a las palabras viejas del peronismo, esas palabras llenas de materialidad le pueden dar al peronismo la fuerza de la que carece hoy día. El peronismo no tiene que ser tribu, tiene que ser movimiento vivo.
La deconstrucción de estos años fue una de la identidad peronista. El movimiento se salió de su propio centro hasta convertirse en un pastiche posmoderno sin trabajadores. Perdió la materia, lo duro, la producción, la relación fundamental de los hombres que es el trabajo por el consumo. El peronismo dominante de estos años nos entregó al imperio de lo efímero. Tal vez por eso un gobierno como el libertario parece borrar con el codo lo que el kirchnerismo escribió con la mano.
Más allá de los nombres, hay cierta necesidad de recuperar un peronismo que no sea progresista. Pero no porque el progresismo esté mal, si algo en política puede estarlo, o puede estarlo del todo, sino porque en estos años el core del peronismo se deshizo y se llenó de valores importantes, sí, pero no que hacían al peronismo. El peronismo siempre sumó, pero desde sí mismo, no desde otros.
Volver a Perón, a su nombre, es volver a delimitar el campo, a aclarar las ideas, a poner los puntos sobre las íes. Porque ya fue tarde, tardísimo, ya se perdió, se vino la noche. Ahora, es tiempo de la emergencia, de sumar y seguir para adelante, como lo que brota y no puede detenerse.
Dentro del engranaje de la democracia liberal, ninguna instancia revela con tanta nitidez las verdades de una época como una elección. Durante meses pueden sostenerse discursos, encuestas o relatos demagógicos, pero cuando llega la noche del domingo electoral, sólo queda el veredicto de las urnas. El voto confirma o despoja a cada fuerza de su retórica y la enfrenta a su verdadera dimensión.
Milei perdió el invicto. El amplio triunfo del peronismo bonaerense el pasado 7 de septiembre de la mano de su gobernador Axel Kicillof, no sólo trastocó el tablero político a escala nacional, sino que dejó al desnudo la fragilidad estructural del gobierno nacional y derrumbó el mito cuidadosamente construido de un ajuste ejemplar, aceptado a conciencia por las propias víctimas. Falso. Esa ilusión, sostenida por la prédica de la austeridad redentora para salvar al país de las garras del peronismo y llevarlo a potencia mundial en 30 o 40 años, se desmoronó junto con la experiencia política libertaria, que en vez de orden y crecimiento produjo pura desolación: salarios pulverizados, jubilaciones reducidas a la miseria, consumo detenido, miles de pymes cerrando, obra pública paralizada, desguace del Estado social, entrega de recursos y empresas estratégicas, pobreza y desempleo en expansión. A la crisis social se agrega una política deshumanizada que privó de insumos al Garrahan, castigó con palos y gases a jubilados y privó de recursos a las familias con discapacidad. La corrosión moral completó el cuadro. Los escándalos de corrupción demolieron el discurso de la “anticasta”, revelando al mileísmo como una reedición grotesca del viejo régimen que pretendía destruir. Desde entonces, al gobierno sólo le quedó la opción de tercerizar su economía, su política, su agenda y su campaña a Washington. Prueba de que está agotado.
La deriva de la política liberal se comprende mejor desde la geopolítica
El anuncio del Tesoro norteamericano es un auxilio financiero pero también un gesto político de administración de expectativas como señal de “confianza” para ayudar al gobierno de Milei en el tramo previo a las elecciones, pero supeditado a un resultado positivo. Vale decir, Milei depende de EEUU y su ayuda depende del Peronismo. En otras palabras, o gana o muere. El anuncio de Donald Trump, al condicionar abiertamente el auxilio financiero de Estados Unidos a un triunfo electoral del oficialismo argentino, desató una reacción inmediata y nerviosa en los mercados. La declaración, que desnuda el carácter político —y no económico— del supuesto “rescate”, dejó en evidencia hasta qué punto la estabilidad del gobierno de Milei depende más de la voluntad de Washington que de la solidez de su propio programa.
Estados Unidos y su poder económico, militar y financiero sigue siendo inmenso, pero atraviesa un retroceso relativo frente a un orden internacional que ya no le obedece en exclusiva. Brasil, Rusia, India, Turquía y sobre todo China, disputan espacios que antes eran monopolio de Washington, y América Latina es uno de esos tableros donde la Casa Blanca intenta recomponer su influencia directa. Aunque la verbalización diplomática tenga ese descaro, la vieja idea del “patio trasero” ya no alcanza, los países de la región en la etapa globalista diversificaron socios, mercados y fuentes de crédito.
Javier Milei encarna esa función con celo humillante y servil. La decisión de Milei de retirar a la Argentina de los BRICS fue su primer gesto de alineamiento total con Estados Unidos e Israel, a la vez que un movimiento geopolíticamente imperdonable, que aisló al país del bloque emergente más dinámico del mundo. Su gobierno, prueba del desvarío estratégico en materia de política exterior, combina subordinación política a Washington y dependencia económica con China que invierte en áreas estratégicas de la Argentina, un doble vínculo que Estados Unidos busca romper imponiendo condiciones severas a cambio del salvataje: instalación de una base militar en Ushuaia, cesión de sectores estratégicos como el nuclear, prioridad a corporaciones estadounidenses en licitaciones y recursos naturales, y un régimen de patentes hecho a su medida. En esa operación, Milei no actúa como socio, sino como ejecutor local de un diseño externo, sostenido artificialmente por el financiamiento y la presión diplomática de una potencia que ya no domina sin resistencias, pero aún conserva la capacidad de dictar condiciones. El objetivo es doble, consolidar un enclave seguro de influencia norteamericana en la región y, al mismo tiempo, impedir el retorno del peronismo en 2027, bloqueando la posibilidad de que la Argentina vuelva a ensayar un proyecto de desarrollo autónomo y de integración soberana con América Latina.
El reciclaje del poder económico en clave agroexportadora
En la superficie, la de octubre es una elección parlamentaria de medio término; en la profundidad, se dirime algo mucho más decisivo. No se trata sólo de renovar bancas, sino de comenzar a delinear el mapa del poder hacia el 2027. La maniobra del establishment contempla la posibilidad de que esa cita electoral se convierta en un plebiscito encubierto sobre la continuidad del gobierno, una suerte de ensayo general de sucesión anticipada.
Desde 1955, la obsesión constante de la Argentina oligárquica ha sido borrar al peronismo de la historia nacional. Lo intentó con bombas, proscripciones, censura, carpetazos, tortura, desaparición y fusilamientos, sin lograrlo. Con el tiempo esa usina comprendió que no hacía falta aniquilarlo, sino domesticarlo, integrarlo al engranaje dócil de la democracia semicolonial, vaciarlo de contenido transformador y convertirlo en una pieza funcional del sistema demoliberal. Así, una parte del peronismo, desde Menem hasta nuestros días, dejó de ser un peligro para el establishment y pasó a ser una garantía de su continuidad. En ese sentido, Juan Schiaretti encarna con precisión quirúrgica esa operación histórica de esterilización del peronismo. No es su negador, sino su domesticador interno. Representa la versión “civilizada” del movimiento nacional, despojada por completo de su filo transformador y adaptada al molde de una república semicolonial que exige previsibilidad para los mercados antes que justicia social para su gente.
Revestido de compostura institucional y apelaciones a la “moderación”, de esa operación surge el llamado “Frente Provincias Unidas», presentado como una alternativa de renovación “razonable” al cráter que va dejando el experimento libertario. Su base social es la misma de siempre, los grandes intereses de los polos agroexportadores del Litoral y de Córdoba, articulados en torno a una visión extractivista de la economía y un federalismo de conveniencia armónica que nunca trasciende el perímetro de los intereses del puerto. En esa lógica, aunque se llenen la boca con “la producción”, toda política industrial aparece como herejía y toda distribución de la riqueza como afrenta. Esto no es una conjetura ni una adivinación, la conducta legislativa de sus referentes, como antecedente inmediato, los delata. Todos ellos votaron la Ley Bases, las facultades delegadas, el paquete fiscal regresivo, el restablecimiento del impuesto a las ganancias sobre los asalariados y guardaron silencio cómplice ante el acuerdo con el FMI. Especulando con la herida, le dieron la navaja al mono.
Su programa es la continuidad del que aplicaron Martínez de Hoz, Menem, Macri y ahora Milei. Una sostenida transferencia de riqueza desde el esfuerzo del trabajo hacia los núcleos más concentrados del capital financiero, la burguesía parasitaria y el complejo agroexportador. Bajo el ropaje de la moderación, se disimula un mismo esquema regresivo, el que invoca la necesidad de “superar la grieta” para imponer un consenso conservador. Nada hay de novedoso en ese elenco. Representan un regionalismo demagógico de buenos modales que preserva intactas las causas del estancamiento nacional.
El escenario político cordobés
En las elecciones legislativas nacionales del 26 de octubre, Córdoba renovará nueve bancas en la Cámara de Diputados de la Nación, parte del recambio de 127 escaños que integran el cuerpo de 257. Si bien no se eligen senadores, el comicio adquiere una dimensión política significativa; definirá el equilibrio de fuerzas en el Congreso y pondrá a prueba el liderazgo de las principales corrientes provinciales, con efectos directos y disímiles sobre la gobernabilidad y el rumbo político del país. En disputa estarán tres bancas de la UCR, tres de Encuentro Federal, dos del PRO y una de Unión por la Patria, lo que convierte a esta elección en un capítulo atractivo del mapa político nacional y del futuro inmediato de la política cordobesa.
Natalia De la Sota, al frente del nuevo espacio Defendamos Córdoba, busca renovar su mandato como diputada nacional, cargo que ejerce desde el año 2021. Con trayectoria en el Concejo Deliberante y la Legislatura provincial, enfrenta su tercera elección consecutiva en un contexto redefinido, donde su figura irrumpe por fuera de los dos polos que dominaron la escena peronista en las últimas décadas: el cordobesismo, agotándose en su pragmatismo funcional a los gobiernos liberales y opositor a los nacionales, y el kirchnerismo local, estancado en su verticalismo sectario y su desconexión con la realidad provincial.
De la Sota se ubica así como una tercera vía dentro del peronismo cordobés, disputando votos a ambos espacios, canalizando los márgenes de desencanto con la vieja estructura schiarettista y, a la vez, atrayendo a sectores progresistas decepcionados con la repetición infructuosa del espacio kirchnerista.
Más allá de adhesiones, expectativas o legítimas reservas, su candidatura introduce una novedad política porque rompe con dos deformaciones que empobrecieron al campo nacional en Córdoba. El kirchnerismo terminó convertido en una estructura cerrada sobre sí misma; allí, la devoción a Cristina reemplazó la práctica política. Su relato militante, más allá del “Nada sin Cristina”, se construyó sobre la infantilización del pueblo y la negación del error propio: cada derrota fue culpa del electorado —“globoludos”, “desagradecidos”, “derechizados”, “genios del voto”, “libertos”—, nunca de una conducción que perdió contacto con las mayorías y confunde liderazgo con infalibilidad. Esa falta de autocrítica y su desconexión con la realidad social provincial explican buena parte de su declive. Por otro lado, el cordobesismo donde, a grandes rasgos, su signo de identidad es ser representante político de los intereses de la Fundación Mediterránea, socio complaciente de Macri y Milei en Buenos Aires y opositor de utilería en su provincia.
En ese doble resquebrajamiento, la apuesta de De la Sota combina dos gestos; frenar en el Congreso la maquinaria del ajuste y la entrega de Milei, y abrir en Córdoba el debate que el peronismo evitó por años: cómo recuperar su vocación de mayoría y volver a hablarle al pueblo con la lengua de sus causas históricas. Se verá.
Números e hipótesis
Más allá de los sondeos —que muestran un tablero competitivo entre Schiaretti y el libertario Roca, con De la Sota en un tercer puesto—, si el resultado de octubre arroja una diferencia estrecha entre Schiaretti y Natalia (menos de diez puntos), el impacto puede que exceda la distribución de bancas. Un resultado relativamente parejo desbarataría la narrativa de hegemonía que el cordobesismo necesita para proyectarse como punta de garante de gobernabilidad ante los mercados, el establishment, los gobernadores aliados y Washington.
Schiaretti quedaría debilitado para presentarse como referente “moderado” a nivel nacional, y con ello también se resentiría la proyección presidencial de Llaryora hacia 2027, que depende del mito de una Córdoba inequívoca, ordenada y previsible.
Por el contrario, Natalia, aun sin imponerse, emergería como expresión de un peronismo alternativo sin aparato pero con gente, capaz de disputar representación real. La sangría en las bases del cordobesismo sería inevitable; una elección pareja achicaría la estatura política de Schiaretti en el ocaso de su carrera y abriría un nuevo mapa provincial.
En Córdoba, más allá de lo que el aparato tiene para dar, militar a Schiaretti es una tarea decididamente aburrida. En contraste, Natalia se apartó de inmediato de quienes acompañaron la Ley Bases y las principales iniciativas regresivas del mileísmo. Fue una de las pocas dirigentes que denunció, sin ambigüedades, el carácter antisocial, antinacional y antiproductivo del programa económico del gobierno. Hoy, a su lado, se agrupan trabajadores, docentes, universitarios, investigadores, personal de la salud y del ámbito de la discapacidad, conformando un espacio amplio que expresa el descontento social con lucidez y dignidad. Natalia acertó en su lectura política y en su construcción territorial, sumando a su lista dirigentes gremiales y sociales que encarnan la resistencia concreta al ajuste de Milei.
Un último dato del recorrido de su campaña. La presencia de Natalia De la Sota en la sede de la UOM Río Cuarto, respaldada por todo el secretariado y con la secretaria general de ATSA como tercera candidata en su lista, trasciende el gesto simbólico; es una definición política. El gremialismo pesado de Córdoba, Río Cuarto y Villa María decidió tomar posición, alineándose abiertamente contra Schiaretti y La Libertad Avanza. Allí donde el cordobesismo pretendía sostener su hegemonía con un doble discurso como única opción, el movimiento obrero organizado marca territorio y advierte que, en medio de la devastación social, no habrá espacio para el ajuste inhumano ni para quienes lo avalaron desde Buenos Aires.
Epílogo
La figura de Natalia De la Sota irrumpe en un escenario de agotamiento político múltiple; el de un cordobesismo que, desde los tiempos de Macri hasta Milei, fue sostén dócil de cada retroceso nacional; el de un kirchnerismo replegado sobre su propio ombligo, incapaz de mirar más allá de su círculo; y el de un gobierno nacional que se desmorona bajo el peso de un experimento sin alma. En medio de este cuadro general, su aparición adquiere el valor de un síntoma; el intento, aún incipiente, de reconstruir sentido político en una provincia que parece haberlo extraviado.
Integrar nuevamente al peronismo cordobés al proyecto nacional es una cuestión de construcción y destino político. Esa integración, además, permitiría cerrar una herida estratégica, la de evitar que el “peronismo” cordobesista siga funcionando como bisagra electoral del liberalismo. Cada vez que Córdoba se desentiende del proyecto nacional, esos diez puntos decisivos que restan terminan definiendo elecciones en favor de gobiernos antinacionales. Como vemos, integrar al peronismo cordobés al movimiento nacional no es sólo una cuestión de unidad, sino de supervivencia histórica. Significa devolverle a Córdoba su lugar en la arquitectura del movimiento, romper con el aislamiento funcional y reconectar con la causa histórica que dio origen al justicialismo. Sin esa integración real —no formal ni declamativa—, nuestra Provincia seguirá siendo una república sin Nación. Se verá; pero hoy, por todo lo mencionado, bien vale darle oxígeno a esa posibilidad.
Pero ese desafío excede a una dirigente; es, más bien, la tarea de una generación que deberá volver a pensar la Nación desde su pueblo, sin tutelas ni dogmas, con la certeza de que no hay destino provincial posible en un país fragmentado. Porque, en última instancia, defender Córdoba sólo tiene sentido si se inscribe en la empresa mayor de reconstruir la Argentina.
*Por Gustavo Matías Terzaga. Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.
Individuos perdidos en una nebulosa de ego que considera que su lucha es más importante, relevante y urgente que todas las luchas.
10 de diciembre 2023. Alberto Fernández le entrega la banda y el bastón presidenciales a Javier Milei, Cristina le habla al oído. Una imagen que quedará grabada en la memoria de todos.
Para algunos, una especie de estampita en forma de esperanza, cristalizada en una idea que han sabido tener, o tienen, de un destino de país con el que sueñan.
Para otros, la simbolización de la penuria, que deja conocer el destino triste hacia el que se conduce la Patria. Algo así como saber que el titanic va en línea recta hacia un iceberg.
Para algunos otros, nosotros, la representación gráfica de hacia dónde han conducido al país los arquitectos de una lógica política que dejó de hablarle a su principal parte interesada: el pueblo.
Lejos de ser un hecho aislado, la llegada de Javier Milei al poder no fue más que la continuación de un trabajo estratégico del poder dominante de turno para ocupar uno de los países clave, históricamente, de la periferia del imperialismo.
Subido a un aparato que se le fue desarmando al andar, tuvo como principal combustible el odio, la desesperanza y la repulsión de la gente hacia un sistema que ha incumplido continuamente las promesas hechas. Quien crea que el odio viene de otro lado que no sea ese, déjeme adelantarle que está equivocado. No dejan de ser personas, como bien describió Ludmila Chalón con anterioridad, que por H o por B, no han sido contenidos en otros lugares.
Lo más probable es que esa falta de contención provenga de las fallas propias del sistema liberal que habitamos, o de los sectarismos propios de los espacios «de resistencia» que se han ido formando a lo largo del tiempo. En última instancia, con sus salvadas diferencias, al igual que una persona en situación de calle, son personas que no hemos logrado abrazar con las lógicas que habitamos hasta, al menos, el pasado 10 de diciembre de 2023.
¿Qué nos pasó? ¿Qué hicimos mal? Nosotros, nada. Al menos como individuos, o como fracciones de un colectivo mayor. No debemos asumir la culpa en términos personales.
Parte de la lógica del sistema que habitamos y que termina, en última instancia, entregando el poder a estos personajes nefastos con aspiraciones de cantaniño, tiene que ver con la individualización y la sectorización de la sociedad y sus discusiones, el narcisismo de masas fogoneado por izquierda y por derecha por discusiones varias, y la lógica mesiánica de los espacios políticos.
En todos los casos, por más que nos autoflagelemos, hemos respondido a un orden mayor que se nos ha impuesto a base de una búsqueda inexistente e imposible de construir con aquello, y con aquellos, que coincide en un 100% de nuestros principios, valores o creencias.
El resultado es una pérdida total de los ejes verticales ordenadores de la vida, e individuos perdidos en una nebulosa de ego que considera que su lucha es más importante, relevante y urgente que todas las luchas, dejando de lado una base de valores, cristianos si se quisiera, que lograban una mancomunión entre los parecidos (que no es lo mismo que los iguales). Todos hemos asistido a la mesa de alguien, al menos en el pasado reciente, que ha tratado de idiotas a quienes se meten a las fuerzas de seguridad buscando un sueldo realmente decente, como si fuera un crimen querer tener un mejor pasar.
Desde las manzaneras de los ’90, que ponían su casa como símbolo de solidaridad con el barrio, hasta los curas villeros, que dan su vida a una causa superior, podemos encontrar gente que tiene dos principales características destacables y necesarias para salir de la era de la boludez que habitamos: la solidaridad con los otros aunque sean diferentes a uno, y la ausencia de narcisismo o ego.
En contrapunto, hoy contamos con sus versiones 2.0 que tienen características completamente opuestas: los punteros políticos y las iglesias evangelistas. Ambos sujetos caracterizados por ver a quienes precisan de ayuda, solidaridad, abrazo, abrigo, como sujetos consumidores y aportantes, ya sea para nutrirse de su esfuerzo directo, o para sostenerlos en su realidad como moneda de intercambio para ascender socialmente. Ambos, a su vez, surgen de las lógicas propias del sistema de promesas incumplidas que habitamos y no ha sabido abrigar a quienes se han caído del mapa de la inserción social en cualquiera de sus aristas que se quieran ver.
Mientras escribo estas líneas, suena de fondo Agarrate Catalina, su Manifiesto de la media verdad para ser preciso, y se me hace incontenible un lagrimón al son de «quiero estar en la mitad del mundo que se juega el cuero por el otro medio mundo» y recordar a los inmensos compañeros, principalmente, que han quedado en el camino producto del agotamiento que la propia lógica de la partidocracia política ha ido agotando, así como a aquellos que se encuentran, inconscientemente en muchos casos, en lógicas que solo potencian la infelicidad, la depresión y la frustración, cuando te ponen enfrente objetivos que deberías alcanzar por tus propios medios sin decirte que hoy, muchos, son inalcanzables sin ayuda, y sin decirnos que la única verdad de este sistema es que busca más consumidores a base de separaciones absurdas.
Lo han logrado, eso es innegable. Hoy existen, en la sociedad, separaciones que para muchos hasta resultan impensables por lógica pura. Solo por poner un ejemplo, tanto como existen los peronistas proaborto, abolicionistas, proiglesia, existen los peronistas antiaborto, proprostitucion, antiiglesia. Y todos esos sectores tienen, aunque resulte impensable para algunos, la misma posibilidad y derecho de existir y ser representados.
La gran discusión de eso es que, esas separaciones, guste o no, terminan siendo funcionales a un sistema que las instala desde una lógica liberal con el mero fin de fragmentar la sociedad y lograr así caos, lo que resulta más controlable para ellos.
La respuesta no deja de ser la organización, la comunión, el orden como respuesta a los ingenieros del caos. Y eso se logra con introspección y la cuota de resignación justa que permita construir con otros aunque coincidan con nuestro sistema de valores en un 95 y no en un 100%, siempre y cuando la fracción de coincidencia contenga los verdaderos no negociables de la discusión.
Al fin y al cabo, el resto se acomoda cuando la carreta anda pues conducir es persuadir, y no hay mayor persuasión que discutir y trabajar los temas claves, lo realmente importante, y dejar las discusiones de panzallena para cuando no haya hambre entre nuestros compatriotas.
La comida no deja de ser el combustible para que la gente se permita pensar otros temas, que terminan siendo secundarios cuando la preocupación real está enfocada en que haya algo en la mesa al final del día. Y, si no podemos empatizar con el orden de prioridades del común de la gente, realmente estamos perdidos como sociedad. Obedeciendo al gran Scalabrini Ortiz, cuando dijo que “las minúsculas discrepancias individuales son el aderezo de la concordancia general”.
Una vez más, caminar con las defensas ligeramente replegadas y buscar un símbolo de paz, es la tarea que nos debemos como argentinos. Una gran mancomunión que se ordene bajo el lineamiento principal de saldar las necesidades básicas primero, para que todos estemos en las mismas condiciones materiales, con el estómago lleno, y la posibilidad de dedicar carga mental y tiempo a repensarnos en otros términos, alejados del síndrome de la indefensión aprendida.
Armados de esta lógica, recuperando el colectivo real que se ha perdido, abandonando la obediencia debida sin sentido, la lógica mesiánica, y la orgánica que no admite crítica, podremos hacer frente a quienes operan fomentando el enfoque individual de la gente, para quienes somos meros consumidores, que buscan que nos dispersemos y nos enfoquemos en aquello que nos aleja y no en aquello que nos acerca.
Nos debemos, en última instancia, un gran abrazo de contención, pero en términos simbólicos. Como a uno lo ha abrazado la mesa larga el domingo en lo del abuelo, las noches de pelis en familia, o ese amigo que se presenta en el momento justo para sumarte a alguna actividad y te saca del ensimismamiento disfrazado de introspección en que hemos entrado y que precisamos urgentemente abandonar.
El problema de fondo sigue siendo nuestro. No tener una política o un proyecto propio, que disponga de la suficiente fortaleza política interna como para discutir, desde el punto de vista de los intereses nacionales, la bienvenida de inversiones de todos los países, pero con criterios propios que tengan como rumbo un desarrollo nacional justo y equitativo. Se trata, en resumen, de no ser anti otros, sino de ser uno mismo.
Cuando alguien se endeuda y no logra salir de la cadena de la usura financiera, sólo queda entregar el alma al diablo, o vender sus activos y volverse más pobre. Esto lo conocen bien quienes quedaron alguna vez en el desgraciado circuito de las tarjetas de crédito impagas o aquellos adictos que han quedado encerrados en el flagelo de la drogadicción. Lo saben varios países que han sufrido ese proceso y lo conoce a la perfección la Argentina, que desde 1978 ha entrado a un ciclo vicioso de endeudamiento para fines improductivos (pagos de gastos corrientes), contrario al ciclo virtuoso de endeudarse para producir bienes, aumentar el valor agregado interno, o mejorar su balanza comercial.
Para analizar y entender lo que ocurre en temas políticos, internos o geopolíticos, lo más importante es hacerse las preguntas correctas, antes de buscar explicaciones rápidas. No solo importan las causas que llevan a los acuerdos. También quiénes son los beneficiarios y los perjudicados, porque generalmente los acuerdos son cuestiones de intereses personales o sectoriales.
Hoy el presidente Milei se ha reunido con el presidente Trump, que viene de lograr un arreglo de paz en Medio Oriente en el que pocos creían hasta hace pocas semanas atrás. La relación entre un presidente que va a pedir un salvataje y otro que, por conveniencia, se lo otorga, es siempre muy desigual.
Trump está consciente que EEUU ha perdido la hegemonía que tenía desde la caída de la URSS y que la competencia central entre superpotencias es con China, pero en un mundo multinodal donde coexisten otros nodos de poder intermedios (India, Turquía, Brasil, Irán, Israel, Arabia Saudita, etc), que también juegan en el gran tablero global. También es un mundo totalmente interconectado porque todo se conoce instantáneamente, a nivel gubernamental y a nivel popular: lo que ocurre en un país influye en los otros.
La política exterior y la de interior son canales totalmente intercomunicados. Lo prueba la inmediata reacción negativa de los farmers norteamericanos frente a una medida de colaboración del gobierno de Trump hacia Argentina; el secretario Scott Bessent se vio en la obligación, frente a sus votantes, de “corregir” a las autoridades argentinas.
Frente a una Argentina debilitada por su historia, pero más aún hoy por la destrucción de su potencialidad material (desindustrialización, desfinanciación de la educación y la ciencia y tecnología nacional), utilizando un bagaje argumental doctrinario extremista y contrario a los intereses nacionales, bajo el pretexto de una alineación automática con EEUU e Israel, el presidente Milei se encadenó al ancla de la nave norteamericana. Reconoció así, implícitamente, que no tiene ninguna idea de un proyecto nacional argentino. Su meta es ser un enclave internacional, económicamente primario y extractivista, con una distribución social semejante a la de Perú: 85 por ciento de pobres y 15 por ciento de ricos.
Lo que esperaban Milei y su frondosa comitiva era un apoyo incondicional de Trump, pero tuvo una respuesta ambigua y muy frustrante: “todo depende de los resultados electorales”. El apoyo a Argentina es sólo una expresión de la nueva política norteamericana hacia los países al sur del río Bravo. Si toman una posición correcta, es decir, si votan a partidos políticos favorables a los EEUU, serán ayudados generosamente. Este mensaje está dirigido a aquellas naciones que pronto tendrán elecciones como Chile, Brasil y Colombia. Por otro lado, fijó claramente los límites que considera negativos para los EEUU, como lo serían favorecer la instalación de intereses chinos en los temas estratégicos: puertos, bases científicas duales, energía atómica, redes de internet, I.A., data centers, sistemas de armas… Nada se dijo de cuestiones comerciales tradicionales o sobre productos industriales. Tampoco se expuso sobre la política económica argentina, que queda en manos nacionales y que es la que produce la destrucción de nuestra base industrial, la aún resiliente.
Como era previsible, la Argentina, como país periférico para EEUU o para China, termina siendo el campo de una batalla global cada vez más acentuada entre EEUU y China.
Sin embargo, es interesante analizar que a EEUU no le preocupa que la política de Milei siga favoreciendo a la base industrial exportadora china, a costa de destruir la industria, las pymes y al empleo nacional.
Sí le pide a Milei, entre otras cosas que aún no conocemos, que no permita administraciones chinas de puertos argentinos, dado el avance chino en los puertos de Balboa y Colón en Panamá, Lázaro Cárdenas y Manzanillo en México, Kingston en Jamaica, otros en Bahamas; y últimamente haber financiado el enorme puerto de Chancay en Perú, con el consiguiente intento de unificación ferroviaria con el puerto de Santos en Brasil.
Trump desearía que Milei obtenga vía elecciones y por medio de negociaciones con otros espacios políticos, la suficiente sustentabilidad política, que le permita seguir gobernando. Sería tener un gobierno amigo que demore el avance, sin romper, de los chinos. Un modelo de enclave a dos puntas. Un gran logro de una corriente cipaya antinacional. Pero tal vez los EEUU no estén muy convencidos que la política económica de Milei siga en pie, ya que su aplicación provoca dolor en la sociedad argentina y eso influye bastante en el voto. Más aún cuando los cuadros políticos (y él mismo) del mileismo son muy pobres en cuanto al oficio mismo de la política. Y ni hablar de su cultura política que es paupérrima. Todo eso los hace muy dependientes de las posibilidades del manejo emocional en las redes, donde también están trastabillando por el desánimo que se produce entre sus adeptos por las incoherencias de las sospechas de peculado o corrupción de sus funcionarios: $Libra, Spagnuolo, fentanilo, Fred Machado, Espert. A su vez, ese conjunto de factores influye en el posicionamiento político, no solo de sus adherentes directos, sino de una gran parte de los indecisos o decepcionados que lo votaron en el ballotage.
El problema de fondo sigue siendo nuestro. No tener una política o un proyecto propio, que disponga de la suficiente fortaleza política interna como para discutir, desde el punto de vista de los intereses nacionales, la bienvenida de inversiones de todos los países, pero con criterios propios que tengan como rumbo un desarrollo nacional justo y equitativo. Se trata, en resumen, de no ser anti otros, sino de ser uno mismo.
Carlos Pagni recordaba en su último editorial que el economista alemán Rudi Dornbusch escribió en 2001 que la Argentina tenía una sola salida: “la intervención de un gobierno extranjero, porque los argentinos solos no se pueden gobernar”. Tanta influencia extranjera, de un lado o del otro, nos ha llevado a la actual decadencia. Sería el momento adecuado de no dejarnos arrastrar por aquellas polarizaciones y comenzar a comportarnos como adultos racionales.
El anuncio del proyecto Stargate Argentina, una carta de intención firmada entre OpenAI y la firma local Sur Energy para construir un megacentro de datos en la Patagonia, fue recibido con euforia. Las cifras son impactantes: hasta US$25.000 millones de inversión, 500 MW de capacidad energética y la promesa de convertir al país en un “líder regional en inteligencia artificial”.
Sin embargo, conviene decirlo sin eufemismos: por ahora, esto no es más que una carta de intención y un hecho comunicacional político. Falta ver si se traduce en inversión real, infraestructura tangible y resultados sostenibles. Porque entre el anuncio y la ejecución hay un largo trecho, y en ese camino se juegan tres dimensiones críticas: el desarrollo humano local, la soberanía digital y la soberanía energética.
Un anuncio en busca de realidad
La Argentina no entra al “mapa de la IA” por decreto ni por comunicado de prensa. Lo que se anunció no es un contrato firmado, ni un desembolso, ni una obra iniciada. Es, de momento, un gesto político con resonancia global y una apuesta de posicionamiento del gobierno. El riesgo está en confundir el marketing tecnológico con la política de Estado.
La historia económica argentina, de los ferrocarriles al litio, enseña que los anuncios grandilocuentes suelen venir acompañados de un mismo patrón, entregar recursos naturales o condiciones fiscales sin asegurar transferencia de capacidades, ni control nacional sobre la infraestructura estratégica. La IA, en este sentido, puede ser la nueva frontera del desarrollo, o el nuevo extractivismo digital.
La nueva Potosí de la inteligencia artificial
El proyecto Stargate promete transformar a la Patagonia en un nodo global de cómputo verde. Pero si no se establecen condiciones claras, la Argentina corre el riesgo de convertirse en la nueva Potosí de la inteligencia artificial, una tierra rica en recursos estratégicos (energía, agua, territorio, talento) puesta al servicio del procesamiento de datos que enriquecerá a otros.
Como en el siglo XVI, cuando la plata de Potosí financió los imperios europeos y dejó a la región en la pobreza, hoy podríamos repetir el ciclo en clave digital. La diferencia es que esta vez la extracción no se mide en toneladas, sino en horas, kilovatios y gigabytes. El nuevo oro son los datos, y la nueva minería es la del conocimiento.
Si el acuerdo no asegura participación nacional en la propiedad y en la gestión del megacentro, la Argentina se limitará a proveer energía barata, clima frío, agua dulce y, con suerte, talento humano formado en sus universidades públicas, para refrigerar servidores que procesarán información global sin dejar beneficios locales. Seríamos, otra vez, el patio trasero del progreso ajeno: una minería a cielo abierto de información, energía y conocimiento, mientras la inteligencia, los algoritmos y las rentas del saber se concentran en el norte global.
La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿queremos ser una plataforma extractiva de datos, o una nación productora de inteligencia? El desafío no es solo atraer inversiones, sino transformarlas en soberanía, innovación y trabajo. Porque sin regulación, capacidad técnica y visión de largo plazo, el riesgo es claro: que Stargate Argentina termine siendo solo un portal por donde se fuga nuestro futuro digital.
El espejo del ILIA 2025: Argentina detrás
El reciente Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA 2025) confirma una tendencia preocupante: Argentina retrocede en el desarrollo de políticas y capacidades en inteligencia artificial. De acuerdo con el informe de octubre de 2025, Argentina retrocedió de 55.77 a 52.98 puntos (-2.79), ubicándose por detrás de Chile, Brasil, Uruguay, Colombia y Costa Rica, países que consolidan el liderazgo regional gracias a políticas estables de inversión en talento, infraestructura y gobernanza digital.
Chile sigue ocupando el primer lugar, aunque bajó de 73.07 a 70.56 puntos; Brasil, segundo, retrocedió de 69.3 a 67.39; y Uruguay, tercero, pasó de 64.98 a 62.32. En contraste, países como Costa Rica (+10.20), El Salvador (+6.14), Ecuador (+6.09) y Colombia (+3.20) registraron importantes mejoras en sus puntajes.
El balance es claro: 12 de los 19 países evaluados mejoraron su desempeño, mientras Argentina forma parte del grupo que retrocede. Esto significa que, mientras la región acelera la inversión en talento, regulación y ecosistemas de innovación, nuestro país se aleja de la frontera digital.
Más allá de los números, el ILIA 2025 evidencia un patrón político: los países que avanzan en inteligencia artificial son aquellos que combinan políticas de Estado estables, inversión sostenida en capital humano y marcos regulatorios de gobernanza digital. Argentina, en cambio, continúa atrapada en ciclos de entusiasmo y desinversión, donde los anuncios reemplazan a la planificación.
En términos estratégicos, si el país se limita a ofrecer energía, suelo y beneficios fiscales a grandes corporaciones sin acompañar con políticas de talento, innovación y soberanía de datos, consolidará su papel periférico en la economía del conocimiento.
Inversión sí, pero con condiciones soberanas
La llegada de OpenAI podría ser positiva si se garantiza soberanía sobre los recursos, los datos y la infraestructura. Para ello, el Congreso y el Ejecutivo deberían asegurar al menos tres condiciones básicas:
1. Propiedad y control nacional parcial de la infraestructura. Una cuota pública de cómputo o una participación accionaria del Estado en el proyecto, que garantice acceso estratégico y capacidad de auditoría.
2. Desarrollo humano y formación técnica local. Programas obligatorios de capacitación y becas en IA, ciencia de datos y ciberseguridad, destinados a universidades y tecnólogos argentinos.
3. Fomento de startups y proyectos de innovación locales. Que parte del poder de cómputo del centro se destine a emprendedores, pymes y universidades nacionales para generar valor agregado.
Sin esas cláusulas, el “megaproyecto” será apenas una subcontratación de suelo y energía al servicio de la inteligencia ajena.
Gobernanza, energía y poder en la era algorítmica
El verdadero debate no es solo técnico, sino político. En el corazón de la inteligencia artificial se juega la disputa por la gobernanza del conocimiento, la soberanía energética y la autonomía cultural.
Argentina cuenta con iniciativas incipientes que pueden marcar un rumbo. Entre ellas, el debate aún pendiente sobre Transparencia Algorítmica y No Discriminación, que busca garantizar que los sistemas de IA utilizados en el país sean auditables, explicables y no discriminatorios. Estos principios deben trascender el ámbito público y aplicarse también a los actores privados que operen en el territorio nacional. No puede haber soberanía digital sin trazabilidad algorítmica, ni desarrollo sostenible sin protección efectiva de los datos personales, la privacidad y el control jurisdiccional argentino sobre su procesamiento.
En este contexto, un centro de datos de 500 MW no es solo infraestructura: es poder computacional, energético y simbólico. Su consumo debe articularse con una planificación energética soberana y transparente, evitando que los recursos naturales argentinos (agua, energía y suelo) queden subordinados a intereses externos o a contratos de beneficio unilateral.
A ello se suma un aspecto esencial: la economía de la lengua. Si los modelos de IA entrenados en nuestro territorio no incorporan el español y sus variantes locales, estaremos cediendo también soberanía lingüística. Los algoritmos que no entienden nuestro idioma ni nuestras expresiones culturales terminarán moldeando una inteligencia ajena, desarraigada.
Invertir en inteligencia, por tanto, también significa proteger el idioma y la diversidad cultural, la forma en que los argentinos nombramos el mundo y construimos conocimiento. La gobernanza de la IA debe concebirse como un ecosistema integral donde energía, datos, transparencia y lenguaje conforman un mismo eje de poder. Y ese poder, si no se regula con visión soberana, puede transformar a la Argentina en proveedora de energía y datos, pero no de inteligencia.
El rol del Congreso y la inteligencia con soberanía
Hoy, lo que tenemos es una carta de intención, un gesto político y un titular de alto impacto. Nada más, todavía. Pero si esa promesa se materializa, debemos observar con cuidado cómo se distribuyen los beneficios, quién controla la infraestructura y qué futuro construye para los argentinos.
El Congreso Nacional tiene la responsabilidad de estudiar en profundidad este tipo de acuerdos y garantizar que las inversiones tecnológicas sirvan al pueblo argentino, no solo a los intereses corporativos globales. Debe velar por la protección de los datos personales, la defensa del trabajo local, la ciberseguridad, la soberanía energética y la autonomía digital del país.
Y sobre todo, debe evitar populismos vacíos, tanto los que prometen un futuro tecnológico sin inclusión, como los que rechazan la innovación por reflejo ideológico. La inteligencia artificial no necesita dogmas: necesita visión, regulación y coraje político.
La IA puede ser la locomotora del siglo XXI, pero solo si nos subimos con conducción propia, con soberanía digital, energética y lingüística. De lo contrario, seremos apenas la estación intermedia donde otros cargan energía, datos y futuro.
*Ingeniero en Sistemas de Información (UTN). Docente y consultor en transformación pública digital. Miembro del Consejo Asesor del Laboratorio de Innovación y Tecnología Aplicada al Trabajo (LITAT) | AGC