Encadenados y endeudados

Por Ricardo Auer*

El problema de fondo sigue siendo nuestro. No tener una política o un proyecto propio, que disponga de la suficiente fortaleza política interna como para discutir, desde el punto de vista de los intereses nacionales, la bienvenida de inversiones de todos los países, pero con criterios propios que tengan como rumbo un desarrollo nacional justo y equitativo. Se trata, en resumen, de no ser anti otros, sino de ser uno mismo.

Cuando alguien se endeuda y no logra salir de la cadena de la usura financiera, sólo queda entregar el alma al diablo, o vender sus activos y volverse más pobre. Esto lo conocen bien quienes quedaron alguna vez en el desgraciado circuito de las tarjetas de crédito impagas o aquellos adictos que han quedado encerrados en el flagelo de la drogadicción. Lo saben varios países que han sufrido ese proceso y lo conoce a la perfección la Argentina, que desde 1978 ha entrado a un ciclo vicioso de endeudamiento para fines improductivos (pagos de gastos corrientes), contrario al ciclo virtuoso de endeudarse para producir bienes, aumentar el valor agregado interno, o mejorar su balanza comercial.

Para analizar y entender lo que ocurre en temas políticos, internos o geopolíticos, lo más importante es hacerse las preguntas correctas, antes de buscar explicaciones rápidas. No solo importan las causas que llevan a los acuerdos. También quiénes son los beneficiarios y los perjudicados, porque generalmente los acuerdos son cuestiones de intereses personales o sectoriales.

Hoy el presidente Milei se ha reunido con el presidente Trump, que viene de lograr un arreglo de paz en Medio Oriente en el que pocos creían hasta hace pocas semanas atrás. La relación entre un presidente que va a pedir un salvataje y otro que, por conveniencia, se lo otorga, es siempre muy desigual.

Trump está consciente que EEUU ha perdido la hegemonía que tenía desde la caída de la URSS y que la competencia central entre superpotencias es con China, pero en un mundo multinodal donde coexisten otros nodos de poder intermedios (India, Turquía, Brasil, Irán, Israel, Arabia Saudita, etc), que también juegan en el gran tablero global. También es un mundo totalmente interconectado porque todo se conoce instantáneamente, a nivel gubernamental y a nivel popular: lo que ocurre en un país influye en los otros.

La política exterior y la de interior son canales totalmente intercomunicados. Lo prueba la inmediata reacción negativa de los farmers norteamericanos frente a una medida de colaboración del gobierno de Trump hacia Argentina; el secretario Scott Bessent se vio en la obligación, frente a sus votantes, de “corregir” a las autoridades argentinas.

Frente a una Argentina debilitada por su historia, pero más aún hoy por la destrucción de su potencialidad material (desindustrialización, desfinanciación de la educación y la ciencia y tecnología nacional), utilizando un bagaje argumental doctrinario extremista y contrario a los intereses nacionales, bajo el pretexto de una alineación automática con EEUU e Israel, el presidente Milei se encadenó al ancla de la nave norteamericana. Reconoció así, implícitamente, que no tiene ninguna idea de un proyecto nacional argentino. Su meta es ser un enclave internacional, económicamente primario y extractivista, con una distribución social semejante a la de Perú: 85 por ciento de pobres y 15 por ciento de ricos.

Lo que esperaban Milei y su frondosa comitiva era un apoyo incondicional de Trump, pero tuvo una respuesta ambigua y muy frustrante: “todo depende de los resultados electorales”. El apoyo a Argentina es sólo una expresión de la nueva política norteamericana hacia los países al sur del río Bravo. Si toman una posición correcta, es decir, si votan a partidos políticos favorables a los EEUU, serán ayudados generosamente. Este mensaje está dirigido a aquellas naciones que pronto tendrán elecciones como Chile, Brasil y Colombia. Por otro lado, fijó claramente los límites que considera negativos para los EEUU, como lo serían favorecer la instalación de intereses chinos en los temas estratégicos: puertos, bases científicas duales, energía atómica, redes de internet, I.A., data centers, sistemas de armas… Nada se dijo de cuestiones comerciales tradicionales o sobre productos industriales. Tampoco se expuso sobre la política económica argentina, que queda en manos nacionales y que es la que produce la destrucción de nuestra base industrial, la aún resiliente.

Como era previsible, la Argentina, como país periférico para EEUU o para China, termina siendo el campo de una batalla global cada vez más acentuada entre EEUU y China. 

Sin embargo, es interesante analizar que a EEUU no le preocupa que la política de Milei siga favoreciendo a la base industrial exportadora china, a costa de destruir la industria, las pymes y al empleo nacional.

Sí le pide a Milei, entre otras cosas que aún no conocemos, que no permita administraciones chinas de puertos argentinos, dado el avance chino en los puertos de Balboa y Colón en Panamá, Lázaro Cárdenas y Manzanillo en México, Kingston en Jamaica, otros en Bahamas; y últimamente haber financiado el enorme puerto de Chancay en Perú, con el consiguiente intento de unificación ferroviaria con el puerto de Santos en Brasil.

Trump desearía que Milei obtenga vía elecciones y por medio de negociaciones con otros espacios políticos, la suficiente sustentabilidad política, que le permita seguir gobernando. Sería tener un gobierno amigo que demore el avance, sin romper, de los chinos. Un modelo de enclave a dos puntas. Un gran logro de una corriente cipaya antinacional. Pero tal vez los EEUU no estén muy convencidos que la política económica de Milei siga en pie, ya que su aplicación provoca dolor en la sociedad argentina y eso influye bastante en el voto. Más aún cuando los cuadros políticos (y él mismo) del mileismo son muy pobres en cuanto al oficio mismo de la política. Y ni hablar de su cultura política que es paupérrima. Todo eso los hace muy dependientes de las posibilidades del manejo emocional en las redes, donde también están trastabillando por el desánimo que se produce entre sus adeptos por las incoherencias de las sospechas de peculado o corrupción de sus funcionarios: $Libra, Spagnuolo, fentanilo, Fred Machado, Espert. A su vez, ese conjunto de factores influye en el posicionamiento político, no solo de sus adherentes directos, sino de una gran parte de los indecisos o decepcionados que lo votaron en el ballotage.

El problema de fondo sigue siendo nuestro. No tener una política o un proyecto propio, que disponga de la suficiente fortaleza política interna como para discutir, desde el punto de vista de los intereses nacionales, la bienvenida de inversiones de todos los países, pero con criterios propios que tengan como rumbo un desarrollo nacional justo y equitativo. Se trata, en resumen, de no ser anti otros, sino de ser uno mismo.

Carlos Pagni recordaba en su último editorial que el economista alemán Rudi Dornbusch escribió en 2001 que la Argentina tenía una sola salida: “la intervención de un gobierno extranjero, porque los argentinos solos no se pueden gobernar”. Tanta influencia extranjera, de un lado o del otro, nos ha llevado a la actual decadencia. Sería el momento adecuado de no dejarnos arrastrar por aquellas polarizaciones y comenzar a comportarnos como adultos racionales.

*Consultor de riesgo geopolítico.

Stargate Argentina: cuando la inteligencia artificial toca la puerta del sur

Por Luis Papagni*

El anuncio del proyecto Stargate Argentina, una carta de intención firmada entre OpenAI y la firma local Sur Energy para construir un megacentro de datos en la Patagonia, fue recibido con euforia. Las cifras son impactantes: hasta US$25.000 millones de inversión, 500 MW de capacidad energética y la promesa de convertir al país en un “líder regional en inteligencia artificial”.

Sin embargo, conviene decirlo sin eufemismos: por ahora, esto no es más que una carta de intención y un hecho comunicacional político. Falta ver si se traduce en inversión real, infraestructura tangible y resultados sostenibles. Porque entre el anuncio y la ejecución hay un largo trecho, y en ese camino se juegan tres dimensiones críticas: el desarrollo humano local, la soberanía digital y la soberanía energética.

Un anuncio en busca de realidad

La Argentina no entra al “mapa de la IA” por decreto ni por comunicado de prensa. Lo que se anunció no es un contrato firmado, ni un desembolso, ni una obra iniciada. Es, de momento, un gesto político con resonancia global y una apuesta de posicionamiento del gobierno. El riesgo está en confundir el marketing tecnológico con la política de Estado.

La historia económica argentina, de los ferrocarriles al litio, enseña que los anuncios grandilocuentes suelen venir acompañados de un mismo patrón, entregar recursos naturales o condiciones fiscales sin asegurar transferencia de capacidades, ni control nacional sobre la infraestructura estratégica. La IA, en este sentido, puede ser la nueva frontera del desarrollo, o el nuevo extractivismo digital.

La nueva Potosí de la inteligencia artificial

El proyecto Stargate promete transformar a la Patagonia en un nodo global de cómputo verde. Pero si no se establecen condiciones claras, la Argentina corre el riesgo de convertirse en la nueva Potosí de la inteligencia artificial, una tierra rica en recursos estratégicos (energía, agua, territorio, talento) puesta al servicio del procesamiento de datos que enriquecerá a otros.

Como en el siglo XVI, cuando la plata de Potosí financió los imperios europeos y dejó a la región en la pobreza, hoy podríamos repetir el ciclo en clave digital. La diferencia es que esta vez la extracción no se mide en toneladas, sino en horas, kilovatios y gigabytes. El nuevo oro son los datos, y la nueva minería es la del conocimiento.

Si el acuerdo no asegura participación nacional en la propiedad y en la gestión del megacentro, la Argentina se limitará a proveer energía barata, clima frío, agua dulce y, con suerte, talento humano formado en sus universidades públicas, para refrigerar servidores que procesarán información global sin dejar beneficios locales. Seríamos, otra vez, el patio trasero del progreso ajeno: una minería a cielo abierto de información, energía y conocimiento, mientras la inteligencia, los algoritmos y las rentas del saber se concentran en el norte global.

La pregunta es incómoda, pero necesaria: ¿queremos ser una plataforma extractiva de datos, o una nación productora de inteligencia? El desafío no es solo atraer inversiones, sino transformarlas en soberanía, innovación y trabajo. Porque sin regulación, capacidad técnica y visión de largo plazo, el riesgo es claro: que Stargate Argentina termine siendo solo un portal por donde se fuga nuestro futuro digital.

El espejo del ILIA 2025: Argentina detrás

El reciente Índice Latinoamericano de Inteligencia Artificial (ILIA 2025) confirma una tendencia preocupante: Argentina retrocede en el desarrollo de políticas y capacidades en inteligencia artificial. De acuerdo con el informe de octubre de 2025, Argentina retrocedió de 55.77 a 52.98 puntos (-2.79), ubicándose por detrás de Chile, Brasil, Uruguay, Colombia y Costa Rica, países que consolidan el liderazgo regional gracias a políticas estables de inversión en talento, infraestructura y gobernanza digital.

Chile sigue ocupando el primer lugar, aunque bajó de 73.07 a 70.56 puntos; Brasil, segundo, retrocedió de 69.3 a 67.39; y Uruguay, tercero, pasó de 64.98 a 62.32. En contraste, países como Costa Rica (+10.20), El Salvador (+6.14), Ecuador (+6.09) y Colombia (+3.20) registraron importantes mejoras en sus puntajes.

El balance es claro: 12 de los 19 países evaluados mejoraron su desempeño, mientras Argentina forma parte del grupo que retrocede. Esto significa que, mientras la región acelera la inversión en talento, regulación y ecosistemas de innovación, nuestro país se aleja de la frontera digital.

Más allá de los números, el ILIA 2025 evidencia un patrón político: los países que avanzan en inteligencia artificial son aquellos que combinan políticas de Estado estables, inversión sostenida en capital humano y marcos regulatorios de gobernanza digital. Argentina, en cambio, continúa atrapada en ciclos de entusiasmo y desinversión, donde los anuncios reemplazan a la planificación.

En términos estratégicos, si el país se limita a ofrecer energía, suelo y beneficios fiscales a grandes corporaciones sin acompañar con políticas de talento, innovación y soberanía de datos, consolidará su papel periférico en la economía del conocimiento.

Inversión sí, pero con condiciones soberanas

La llegada de OpenAI podría ser positiva si se garantiza soberanía sobre los recursos, los datos y la infraestructura. Para ello, el Congreso y el Ejecutivo deberían asegurar al menos tres condiciones básicas:

1. Propiedad y control nacional parcial de la infraestructura. Una cuota pública de cómputo o una participación accionaria del Estado en el proyecto, que garantice acceso estratégico y capacidad de auditoría.

2. Desarrollo humano y formación técnica local. Programas obligatorios de capacitación y becas en IA, ciencia de datos y ciberseguridad, destinados a universidades y tecnólogos argentinos.

3. Fomento de startups y proyectos de innovación locales. Que parte del poder de cómputo del centro se destine a emprendedores, pymes y universidades nacionales para generar valor agregado.

Sin esas cláusulas, el “megaproyecto” será apenas una subcontratación de suelo y energía al servicio de la inteligencia ajena.

Gobernanza, energía y poder en la era algorítmica

El verdadero debate no es solo técnico, sino político. En el corazón de la inteligencia artificial se juega la disputa por la gobernanza del conocimiento, la soberanía energética y la autonomía cultural.

Argentina cuenta con iniciativas incipientes que pueden marcar un rumbo. Entre ellas, el debate aún pendiente sobre Transparencia Algorítmica y No Discriminación, que busca garantizar que los sistemas de IA utilizados en el país sean auditables, explicables y no discriminatorios. Estos principios deben trascender el ámbito público y aplicarse también a los actores privados que operen en el territorio nacional. No puede haber soberanía digital sin trazabilidad algorítmica, ni desarrollo sostenible sin protección efectiva de los datos personales, la privacidad y el control jurisdiccional argentino sobre su procesamiento.

En este contexto, un centro de datos de 500 MW no es solo infraestructura: es poder computacional, energético y simbólico. Su consumo debe articularse con una planificación energética soberana y transparente, evitando que los recursos naturales argentinos (agua, energía y suelo) queden subordinados a intereses externos o a contratos de beneficio unilateral.

A ello se suma un aspecto esencial: la economía de la lengua. Si los modelos de IA entrenados en nuestro territorio no incorporan el español y sus variantes locales, estaremos cediendo también soberanía lingüística. Los algoritmos que no entienden nuestro idioma ni nuestras expresiones culturales terminarán moldeando una inteligencia ajena, desarraigada.

Invertir en inteligencia, por tanto, también significa proteger el idioma y la diversidad cultural, la forma en que los argentinos nombramos el mundo y construimos conocimiento. La gobernanza de la IA debe concebirse como un ecosistema integral donde energía, datos, transparencia y lenguaje conforman un mismo eje de poder. Y ese poder, si no se regula con visión soberana, puede transformar a la Argentina en proveedora de energía y datos, pero no de inteligencia.

El rol del Congreso y la inteligencia con soberanía

Hoy, lo que tenemos es una carta de intención, un gesto político y un titular de alto impacto. Nada más, todavía. Pero si esa promesa se materializa, debemos observar con cuidado cómo se distribuyen los beneficios, quién controla la infraestructura y qué futuro construye para los argentinos.

El Congreso Nacional tiene la responsabilidad de estudiar en profundidad este tipo de acuerdos y garantizar que las inversiones tecnológicas sirvan al pueblo argentino, no solo a los intereses corporativos globales. Debe velar por la protección de los datos personales, la defensa del trabajo local, la ciberseguridad, la soberanía energética y la autonomía digital del país.

Y sobre todo, debe evitar populismos vacíos, tanto los que prometen un futuro tecnológico sin inclusión, como los que rechazan la innovación por reflejo ideológico. La inteligencia artificial no necesita dogmas: necesita visión, regulación y coraje político.

La IA puede ser la locomotora del siglo XXI, pero solo si nos subimos con conducción propia, con soberanía digital, energética y lingüística. De lo contrario, seremos apenas la estación intermedia donde otros cargan energía, datos y futuro.

*Ingeniero en Sistemas de Información (UTN). Docente y consultor en transformación pública digital. Miembro del Consejo Asesor del Laboratorio de Innovación y Tecnología Aplicada al Trabajo (LITAT) | AGC

Un vital sobreviviente de 80 años

Por Julio Fernández Baraibar*

El final de la Segunda Guerra Mundial, en 1945, dejó a las antiguas potencias coloniales (Reino Unido, Francia, Países Bajos, etc.) económicamente devastadas y militarmente exhaustas. Esa situación abrió cauce histórico a la aparición de movimientos de liberación nacional en todo el mundo colonial y semicolonial. La Guerra Fría, por otra parte, y las tensiones internacionales que generó facilitaron y alimentaron la lucha por la autodeterminación nacional.  

En Asia, la entrada en Beijing del Ejército Popular, conducido por Mao Tse Dong y el Partido Comunista Chino, puso a la República Popular China en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, junto a los triunfadores de la Segunda Guerra. India, conducida por el Partido del Congreso, conquista su independencia nacional, en 1947. El Viet Minh, liderado por Ho Chi Minh, declaró la independencia de Vietnam en 1945 tras la rendición japonesa y se inicia la guerra de liberación contra el dominio francés que culmina en la batalla de Dien Bien Phu, entre el 13 de marzo y el 7 de mayo de 1954. La victoria aplastante del Việt Minh, al mando del General Võ Nguyên Giáp, forzó a Francia a negociar y puso fin a la guerra.  Los líderes nacionalistas Sukarno y Hatta declararon la independencia de Indonesia en 1945, lo que llevó a una guerra revolucionaria contra los Países Bajos, que intentaron restablecer su control. Indonesia obtuvo el reconocimiento internacional de su independencia en 1949.

En Asia Occidental, Siria y Líbano consiguieron su completa independencia de Francia en 1945-1946. 

En el norte de África, Egipto, tras la humillante derrota en la guerra árabe-israelí de 1948, se fortalecieron los movimientos anti-monárquicos y anti-británicos, que culminarán con la Revolución Egipcia de 1952 liderada por Gamal Abdel Nasser y los Oficiales Libres.

En el caso de la colonia francesa de Argelia, aunque la independencia se obtuvo recién en 1962, el sentimiento nacionalista se cristalizó tras la represión de las protestas independentistas en Sétif y Guelma en 1945, que marcaron el inicio del camino hacia la Guerra de Independencia de Argelia, que se desarrolló entre 1954 y 1962.

En el África subsahariana los movimientos fueron más lentos y recién en la década del 60 obtuvieron la independencia, pero el período de posguerra fue fundamental para su organización. En Ghana, el movimiento liderado por Kwame Nkrumah se intensificó con campañas de “autogobierno ahora” y así se convertiría en el primer país subsahariano en obtener la independencia en 1957. En Kenia surge el movimiento anticolonial Mau Mau, que llevó a una violenta rebelión contra el dominio británico en la década de 1950. Mientras que en el África dominada por el colonialismo francés se creó el Rassemblement Démocratique Africain (RDA) en 1946, un partido que luchaba por los derechos de los africanos dentro del sistema francés, sentando las bases para futuras demandas de independencia. Curiosamente, este prudente movimiento inicial, que solo buscaba que sus países fueran considerados parte de la Francia de ultramar, luego de 80 años de brutal expoliación colonial, están desarrollando ante nuestros ojos el más apasionante proceso de liberación nacional, como hemos visto en Burkina Fasso. 

El Congo tuvo que esperar hasta la década del 60 para liberarse del brutal y salvaje colonialismo de la suave Bélgica. Y la perfidia de la infame testa coronada de Balduino llevó a cabo una retirada tan acelerada que no hubo una transición real de poder. Dado que los belgas habían evitado formar una élite política y administrativa, el Congo se independizó con solo unos 30 graduados universitarios en todo el país y sin oficiales africanos en el ejército. Todo ello sumió al país en un caos y balcanización de los cuales aún no ha logrado recuperarse.

En 1948 se produce lo que se ha llamado El Cisma Yugoslavo. Josip Broz, el Mariscal Tito se enfrentó abiertamente a Stalin y fue expulsado del Kominform. La causa fue la insistencia de Tito en que Yugoslavia tenía derecho a seguir su “propio camino hacia el socialismo”, sin someterse a los dictados de Moscú. Fue, quizás, el ejemplo más puro y exitoso de un movimiento nacional periférico que logró una autonomía genuina durante la Guerra Fría.

En América Latina, el final de la segunda guerra también tuvo su impacto. En Venezuela aparece Acción Democrática, un partido de las clases medias que pugnan por el aprovechamiento de la generosa renta petrolera para industrializar el país. En la Argentina, en un día como hoy de hace 80 años, el pueblo argentino arranca a Juan Domingo Perón de la prisión y da inicio a un proceso de nacionalización de la renta agraria, de industrialización y de distribución democrática de los excedentes, rompiendo con el predominio inglés y oligárquico en la economía y la política. Unos años después, Getulio Vargas, de nuevo en la presidencia del Brasil, profundiza su programa nacionalista e industrializador, con apoyo popular. En Bolivia, el MNR, a partir de 1952, nacionaliza las minas de estaño y lleva a cabo una radical reforma agraria.

Este largo proemio histórico viene a cuento por algo que es único y exclusivo del peronismo. Si de esta enumeración, sacamos aquellos procesos en los que una revolución radical y una guerra civil crearon un nuevo estado, los dos únicos movimientos que, en el mundo, han logrado sobrevivir a las convulsiones de la segunda mitad del siglo XX y la cuarta parte del siglo XXI son el Partido del Congreso de la India y el peronismo de la República Argentina.

El gran Kwame Nkrummah, el noble Gammal Abdel Nasser, que nacionalizó el Canal de Suez de manos de Inglaterra y unos inversores franceses, Sukarno, el triunfador sobre los holandeses, el mariscal Tito, cuyo retrato vi en los hogares de todos los yugoslavos migrantes en Suecia, Rómulo Gallegos y Rómulo Betancourt, los dos presidentes adecos, Víctor Paz Estenssoro, el expropiador de las minas de los “barones del estaño”, Patiño, Hochschild y Aramayo, y hasta Getulio Vargas, el suicida heroico, son nombres que a lo largo de esos 80 años se han ido empalideciendo hasta caer casi en el olvido. Algunos de ellos fueron derrotados, otros sucumbieron a las trampas del enemigo antinacional, otros, como el Mariscal Tito, fueron arrastrados en el feroz torbellino de una guerra civil provocada por el imperialismo.

Pero el nombre de Juan Domingo Perón sigue indeleble en el corazón del pueblo argentino. Su voz, sus dichos, sus cavilaciones entre políticas y filosóficas, sus escritos y sus discursos siguen vivos en la tradición política argentina. Es el único jefe popular surgido después de la guerra cuyo movimiento sigue preocupando al imperialismo yanqui y es el único cuyo apellido surge como alternativa incontrastable y poderosa a la injerencia norteamericana en la política argentina. 

Ayer tuve una reunión con un dirigente gremial, el secretario general del Sindicato de Obreros Navales, Juan Speroni. Es un hombre de característica extracción obrera. Su escuela ha sido la lucha sindical y política. Y de su boca escuché un extraordinario discurso nacional, una inteligentísima visión del mundo contemporáneo y de la política internacional, en donde las citas, las referencias y las menciones a Perón eran de una precisión quirúrgica. 

He tenido la suerte de recorrer bastante mundo y conocer mucha gente de toda condición. Solo en Cuba se puede oír “como decía Fidel” o en Venezuela “como decía Chávez”.  Pero ambos son contemporáneos. Cuando un trabajador argentino o una dirigente social del Chaco dice “como decía Perón” se está refiriendo a un hombre al que no conoció personalmente, que nació a fines del siglo XIX, y que desde hace 51 años no está entre nosotros. En realidad, lo que hace es expresar la vitalidad, la energía y la enorme potencialidad transformadora que, afortunadamente, aún tiene el movimiento creado por aquel coronel y por los trabajadores que lo sacaron de la prisión oligárquica hace hoy, exactamente, 80 años.

Buenos Aires, 17 de octubre de 2025

*escritor, guionista, documentalista y político

La injerencia externa y el histórico pleito entre liberación y dependencia

Por Gustavo Matías Terzaga

La historia política argentina vuelve a desplegarse bajo nuevos ropajes, pero siempre sobre un mismo eje: la dependencia como condición estructural. Cambian los nombres propios, los discursos y las herramientas de presión, pero la lógica permanece inalterada. La injerencia extranjera que disciplina la política nacional, los “gestos” de las potencias que se convierten en aval o castigo, y una dirigencia política local que, en su gran mayoría, termina aceptando la tutela externa como si fuera un destino inevitable. Desde la subordinación a Gran Bretaña en la primera mitad del siglo XX hasta la actual tutela norteamericana al gobierno de Javier Milei, se repite una constante: los resortes estratégicos de la economía y la política son puestos al servicio de intereses ajenos a la Nación.

De “Braden o Perón”, al Lamelas de Milei

En 1946, Spruille Braden simbolizaba la injerencia descarada de los Estados Unidos en nuestras elecciones, alentando a la Unión Democrática contra el movimiento naciente del General Perón. Aquella Unión Democrática fue mucho más que una coalición electoral, ya que encarnó la convergencia de la vieja oligarquía agroexportadora, los partidos del liberalismo tradicional, radicales alvearistas, socialistas, demócratas progresistas, comunistas y la izquierda alineada con la política exterior norteamericana. Esa confluencia reveló con crudeza el verdadero clivaje de la política argentina, que no era un pleito de siglas partidarias en el marco de la alternancia política, sino la pugna entre Nación y dependencia.

Perón comprendió que la ofensiva de Braden no era un ataque personal, sino la cristalización del poder extranjero sobre la política argentina. Supo convertir esa agresión en bandera política y reducir la elección de 1946 a una disyuntiva tajante: soberanía o dependencia. “Braden o Perón” no fue un simple slogan, sino la manera de mostrar al pueblo que las oligarquías locales no actuaban por sí mismas, sino como apéndices de la Embajada norteamericana, aportando claridad a la conciencia nacional y, por supuesto, triunfo electoral. Ocho décadas después, el nombre es Lamelas: médico cubano, amigo personal de Trump, sin trayectoria diplomática, designado embajador en Argentina para actuar abiertamente como vocero de las corporaciones extranjeras. Su vínculo con Milei nació en una cena en Mar-a-Lago y desde entonces mantienen contacto directo, en sintonía con la agenda republicana para la región. A ello se suma Scott Bessent, Secretario General del Tesoro, operador de Wall Street y hombre de confianza de Trump, convertido en interlocutor clave entre la Casa Blanca y el gobierno argentino.

Es la geopolítica, idiota!

En una América Latina marcada por gobiernos diversos y agendas contrapuestas, la Casa Blanca identifica en Javier Milei a su socio más confiable. Mientras mantiene fricciones con Lula en Brasil, Petro en Colombia y Sheinbaum en México, Trump encuentra en el presidente argentino una sintonía automática que lo convierte en su principal aliado regional. Su objetivo es claro; evitar que Buenos Aires, Brasilia y Ciudad de México se alineen fuera de su órbita y puedan articular una alternativa soberana al diseño de Washington. De allí que la estrategia norteamericana combine el condicionamiento de aliados como la Argentina, la sanción a todo acercamiento autónomo a otra potencia y la presión permanente para frenar políticas independientes en la región, especialmente ante la posibilidad de un regreso del peronismo en 2027.

En Argentina, la disputa es particular, China compra masivamente soja e invierte en sectores clave, mientras EE.UU. no compite con commodities sino con crédito, respaldo diplomático y condicionamientos políticos para mantener a Buenos Aires en su órbita estratégica. En ese sentido, la decisión de Milei de retirar a la Argentina de los BRICS constituyó la señal más clara de alineamiento automático con Estados Unidos y, al mismo tiempo, uno de los mayores despropósitos de la política nacional reciente, ya que supuso renunciar a un espacio de crédito y proyección estratégica en un mundo multipolar para quedar atado, sin mediaciones, a una potencia que solo ofrece deuda y condicionamientos que erosionan nuestra soberanía y nuestra vida política interna. Dos años después, los resultados de esa elección están a la vista: la Argentina reducida a la súplica por dólares, sin crédito propio ni margen para definir su propio rumbo.

La injerencia en nuestra historia política reciente

La injerencia de Estados Unidos en los procesos políticos de América Latina ha sido constante y parte estructural de su política hemisférica. Desde la segunda mitad del siglo XX, su hegemonía se sostuvo a través de golpes de Estado, financiamiento político, cooptación de dirigentes, bloqueos, inteligencia, corridas financieras y penetración cultural para asegurar un orden subordinado y frenar proyectos nacionales autónomos.

Como antecedentes históricos, el ciclo del imperialismo estadounidense en América Latina, tras la Segunda Guerra Mundial, se expresó con claridad en la sistemática caída de gobiernos que intentaron llevar adelante proyectos nacionales de mayor autonomía. En Brasil, Getulio Vargas fue empujado al suicidio en 1954, tras el asedio de las élites locales articuladas con Washington, que no toleraban su política de protección industrialista y defensa de los recursos estratégicos. En Argentina, apenas un año después, el gobierno constitucional de Juan Domingo Perón fue derrocado por la conjunción de la oligarquía agroexportadora, sectores eclesiásticos y militares liberales, respaldados por los intereses angloamericanos, marcando el inicio de un ciclo de un loteo geoestratégico y una dependencia estructural para nuestro país que se prolonga hasta nuestros días. El mismo patrón se repitió en Guatemala, con el golpe de 1954 contra Jacobo Árbenz, impulsado por la CIA y la United Fruit Company; en Bolivia, con la erosión del proceso nacionalista (MNR) abierto en 1952 y su posterior neutralización en los sesenta; y en Chile, con el derrocamiento sangriento de Salvador Allende en 1973.

Roca, Perón, Milei y el Estado nacional

La caída del gobierno peronista en 1955 significó mucho más que la interrupción de un mandato constitucional elegido democráticamente por el pueblo argentino. Aquel suceso resultó en el quiebre de un ciclo institucional y de modernización estatal que había comenzado con el roquismo en 1880, y que, con sus contradicciones, avanzó progresivamente con el yrigoyenismo y alcanzó su máxima expresión en el decenio ´45/´55 con los niveles históricos más altos en todas las aristas de nuestra soberanía.

La construcción del Estado argentino no fue un accidente de la historia, sino una decisión política de largo aliento. Con Roca y la Generación del ’80 se sentaron los cimientos de la modernización estatal, invirtiendo como nunca antes en infraestructura: educación pública obligatoria con la Ley 1420, organización del Ejército Nacional, integración territorial, creación del Registro Civil, expansión ferroviaria uniendo Buenos Aires con el interior con más de 5.000 km de vías; construcción del Puerto de Buenos Aires y el Puerto Belgrano con la instalación de La Armada más grande de Sudamérica por aquel tiempo; creación del Telégrafo y el Correo; el Palacio de Tribunales; el Congreso Nacional; la Secretaría de Comunicaciones; pavimentación, alumbrado, sistemas de agua corriente, cloacas, decenas de hospitales y un marco institucional que, con todos sus límites, buscaba dar cohesión a una Nación con un Estado moderno en formación para proyectarla al futuro.

Javier Milei, en su discurso de asunción en diciembre de 2023, citó de manera textual la siguiente frase de Julio Argentino Roca:

«Nada grande, nada estable y duradero se conquista en el mundo, cuando se trata de la libertad de los hombres y del engrandecimiento de los pueblos, sino es a costa de supremos esfuerzos y dolorosos sacrificios».

La demagogia es una deformación interesada de una verdad inicial, y toda mentira para que gire debe hacerlo sobre un eje de verdad. La parte por el todo, veamos.

La diferencia es que Roca hablaba de sacrificios para forjar un Estado fuerte, capaz de unificar a la Nación y afirmarla frente al desorden, la fragmentación y la amenaza externa. Milei, en cambio, pervierte esa memoria histórica y usa el nombre de Roca para encubrir un ajuste salvaje que condena al pueblo al hambre y entrega el país al capital extranjero. Donde el roquismo organizó, Milei desmantela; donde se buscó modernizar y afirmar la soberanía, Milei dinamita al Estado y liquida la Patria como si fuera un saldo de feria a cambio de caja chica. Vale decir, si el roquismo fue el inicio de la Argentina moderna, Milei es su epitafio y su contracara más burda.

El bombardeo del ’55. Mucho más que un “Guernica argentino”

El bombardeo del 16 de junio de 1955 fue una de las masacres más atroces de nuestra historia. Aviones de la Marina atacaron a su propio pueblo en Plaza de Mayo, dejando más de 300 civiles muertos y centenares de heridos. No fue solo un intento de asesinar a Perón, fue el inicio de un proyecto político de proscripción, fusilamientos, persecución y demolición nacional. A siete décadas, sigue siendo una herida abierta sin justicia, con memoria fragmentada y con un pueblo al que aún se le oculta la magnitud de semejante tragedia. Aquello fue un punto de quiebre que marcó el comienzo de la violencia estatal planificada que derivó, como caldo de cultivo, en el 24 de marzo de 1976 y el posterior desmantelamiento de la Argentina soberana, marcando una reconfiguración profunda de la vida política, cultural y militar argentina. Y la herencia de aquel quiebre antipopular no es sólo doctrinaria; nótese que en la administración actual sobreviven continuidades genealógicas con las fuerzas que perpetraron el golpe del ’55. No es un dato menor que Guillermo Francos, actual jefe de Gabinete de Milei, sea hijo del vicealmirante Raúl J. Francos, partícipe activo de aquella autodenominada “Revolución Libertadora”.

O los Benegas Lynch, a los que Javier Milei los considera sus “próceres” -abuelo, padre e hijo- fueron los grandes divulgadores del liberalismo de la escuela austríaca en el país. El mayor, Alberto Benegas Lynch (padre), apoyó activamente la dictadura que derrocó y proscribió a Perón en 1955, recibiendo un cargo en la embajada argentina en Estados Unidos. Años más tarde, volvería a alinearse con el régimen de Videla en 1976, junto a Martínez de Hoz y Alsogaray, consolidando la alianza entre liberalismo económico y autoritarismo político. De allí proviene, en buena medida, la matriz ideológica que Milei reivindica hoy: un liberalismo elitista, antinacional y ajeno a toda raíz popular.

El terrorismo de mercado: nuevas formas de la vieja injerencia

La sujeción económica no es un accidente coyuntural; es la piedra angular sobre la que se construye la injerencia política. El ministerio de José Alfredo Martínez de Hoz en los ´70 fue un hito en ese proceso. Su equipo actuaba como pluma obediente de los dictados externos, y el verdadero timón lo llevaba Adolfo Diz desde el Banco Central. Formado en la Universidad de Chicago, Diz no representaba sólo a la tecnocracia local, sino a la escuela monetarista que exportaba a toda América Latina sus recetas de ajuste, apertura y desregulación. Como vemos, la economía argentina de la dictadura no respondía únicamente a los intereses de la elite agrofinanciera y los grupos empresarios locales, sino a una matriz ideológica y técnica diseñada en los centros de poder financiero internacional. Desde entonces, la ecuación económica argentina quedó completamente invertida. El crédito productivo fue reemplazado por la especulación financiera, la planificación nacional cedió su lugar a la usura y la deuda externa se transformó en patrón de gobierno. Se institucionalizó la fuga de capitales y la evasión fiscal como pilares del modelo, legitimadas hoy por un presidente que las celebra como virtudes del “mercado libre”. La consecuencia es visible y brutal; un país desindustrializado, con su tejido social roto y más de la mitad de su población arrojada a la pobreza estructural.

Ese andamiaje nunca fue desmontado durante la democracia. Por caso, la Ley de Entidades Financieras de 1977 y la Ley de Inversiones Extranjeras siguen vigentes y constituyen la columna vertebral de un sistema diseñado para servir al capital especulativo antes que a la producción nacional. La herencia económica de José Alfredo Martínez de Hoz (que era abogado, no militar) no es un vestigio lejano sino el legado intacto del terrorismo de Estado. La dictadura militar se fue, el pueblo la sacó, pero la dictadura económica está vigente, y el genocidio por goteo continúa funcionando como la victoria silenciosa del plan oligárquico y financiero del terrorismo de Estado.

En democracia, patio trasero, FFAA y relaciones carnales

Durante el Alfonsinismo en los ´80 y luego con el menemismo en los ´90 se profundizó la ola neoliberal con privatizaciones, desregulación y la política de “relaciones carnales” con Estados Unidos, justificando la entrega de empresas estratégicas en nombre de la modernización. Ese alineamiento automático derivó en escándalos como la venta ilegal de armas a Ecuador y Croacia y la voladura de la Fábrica Militar de Río Tercero para encubrir pruebas, como medida exacta de aquella corrupción, además del envío de tropas a la Guerra del Golfo y un inédito seguidismo de la agenda norteamericana. En los últimos gobiernos liberales, la misma lógica reaparece con Macri y Milei, con Fuerzas Armadas reconfiguradas en torno a las “nuevas amenazas”, subordinadas más a la geopolítica externa que a la defensa nacional. Esa redefinición de funciones constituye un claro correlato geoestratégico en el campo militar de la subordinación económica al capital financiero global. Por caso, por estos días, somos testigos de una cesión inédita de soberanía bajo el paraguas de un decreto presidencial. A través de su ministro de Defensa, Luis Petri, Milei negocia con Donald Trump una alianza militar que fortalezca la cooperación entre Washington y Buenos Aires. Detrás del discurso de “seguridad hemisférica”, el objetivo real es obtener financiamiento urgente para cubrir los próximos vencimientos de deuda, subordinando la soberanía argentina a los tiempos y exigencias del Tesoro norteamericano. Lo real y cierto es que la economía, la justicia, la defensa y la política electoral argentina hoy, es decidida en la Embajada Británica y Norteamericana.¿Qué puede salir mal?

Civilización o Barbarie

El intervencionismo externo dejó de aparecer como una anomalía y ya no opera como un hecho excepcional, sino como un componente que integra el propio sistema político. Aunque no debiera, el guiño extranjero forma parte del contenido real del voto. En este sentido, la intromisión abierta de Estados Unidos en la política argentina no se expresa únicamente en los planos económicos, sino también en el terreno cultural y simbólico. Una parte de nuestra sociedad la acepta con naturalidad (y esto confirma lo mal que hemos ejercido nuestra política en todas sus dimensiones), como si se tratara de la llave de acceso a una supuesta “inclusión en el mundo”. Es el eco de una larga tradición de colonialismo cultural que identifica lo moderno, lo eficiente y lo deseable con la imitación de los modelos de Occidente, en detrimento de los propios. En esa mirada, aceptar la tutela extranjera en el plano político, económico y militar, no es claudicar, sino “ponerse al día” con la civilización.

Pero existe también un pueblo que no traga el anzuelo y rechaza de plano la injerencia extranjera. Sabe que no se trata de ayuda ni de amistad, sino de un engranaje de dominación que pretende despojar a la Argentina de su derecho a decidir y someterla a la condición de colonia. Esta visión hunde sus raíces en una cultura nacional que, desde el Martín Fierro hasta las resistencias obreras y estudiantiles, se ha pensado a sí misma como pueblo en lucha contra las imposiciones externas. Así, lo que está en disputa no es sólo un modelo económico, sino también dos imaginarios culturales: uno que naturaliza la dependencia bajo la forma de cosmopolitismo, y otro que reivindica la soberanía como rasgo constitutivo de la identidad nacional.

En el gobierno de Javier Milei se cristaliza, quizá como nunca antes, la versión más degradada de la vieja disyuntiva sarmientina. Una pretendida “civilización” que no propone otra cosa que “barbarie” para el país, y que no es más que servilismo presentado en una caricatura marginal que se arrodilla en Washington y confunde apertura al mundo con una dependencia verdaderamente humillante para todos nosotros. No hay en ese camino proyecto de Nación.

Hacia el narcoestado

Con el debilitamiento de controles institucionales (judiciales, financieros, parlamentarios) y la subordinación política obscena al poder externo, el gobierno crea un clima donde las acciones delictivas quedan bajo sombras de impunidad y a merced de los carpetazos tácticos. En conjunto, estos elementos permiten ver al régimen de Milei no solo como un gobierno autoritario y tutelado, sino como un paso más hacia la consolidación de un Estado capturado por lógicas criminales y redes de poder que se entrelazan con la política formal. José Luis Espert representa, desde su actividad parlamentaria, el rostro político de un modelo que combina mano dura sin política social con desregulación económica y vaciamiento del Estado. Su agenda libertaria no combate el crimen organizado, lo habilita y lo consume a sabiendas, ya que, al desmantelar las capacidades estatales y criminalizar la pobreza, deja el territorio librado a las redes ilícitas que se expanden allí donde el Estado se retira. Si esta fase no se detiene a tiempo, la Argentina podría quedar atrapada en una forma nueva de dominación interna, donde ya no se trata solo de dependencia externa, sino de coexistencia entre el Estado formal y las estructuras clandestinas del narco.

La combinación de presión externa y dominio interno del crimen organizado terminará por licuar la soberanía y destruir por completo la comunidad nacional. Si se condiciona la política desde afuera mientras se corroe la institucionalidad desde adentro, se condenará al pueblo a una doble dependencia -imperial y mafiosa- que ahoga cualquier proyecto nacional.

Así las cosas. En este cuadro de situación, Milei no representa ninguna novedad, sino la culminación de un proceso histórico que arrastra setenta años de dependencia. Lo que estamos transitando es la expresión final de una Argentina que, desde el golpe de 1955, fue despojada de su proyecto de soberanía para quedar sometida a los vaivenes del capital financiero y a la tutela extranjera. Lo que hoy aparece como “gobierno libertario” no es más que la fase terminal de esa secuencia. Un país sin Estado, sin industria, sin defensa y sin rumbo propio. La encrucijada es clara, o se reconstruye un proyecto nacional capaz de romper esa continuidad de subordinación, o el destino argentino quedará condenado a la disolución de su comunidad política en la periferia del mundo.

A la luz de los hechos, la guerra civil que no se desarrolló como reacción al bombardeo en el 55, continúa hasta nuestros días por otros medios, pero con víctimas de un solo bando.

* El autor presidente de la Comisión de Desarrollo cultural e Histórico “Arturo Jauretche” de la Ciudad de Río Cuarto, Córdoba

Publicado en: https://www.agenciapacourondo.com.ar/opinion/la-injerencia-externa-y-el-historico-pleito-entre-liberacion-y-dependencia

¿Halcones, gorriones o gusanos?

Por Omar Auton

“La verdadera política, es la política

Internacional” Juan Perón

A nuestra clase dirigente le hace falta un largo y profundo, baño de realidad, tanto nos hemos olvidado de Perón, que hasta la frase que encabeza este artículo ha quedado en el olvido, su significado no pasa por copiar mecánicamente los análisis de autores extranjeros sobre la realidad política europea, rusa, china o de EE.UU y aplicarlos o copiarlos a nuestra realidad, hay que estudiar en serio los movimientos y cambios o tendencias, sus orígenes y expresiones políticas e ideológicas y ver como repercuten o influyen en la visión que tienen de Argentina, paralelamente hay que tener muy en claro cuáles son nuestros intereses y obrar en consecuencia.

   Sin embargo, oficialismo y oposición hacen todo lo contrario, Milei arrastrándose hasta la abyección para ser protegido por Donald Trump, abriendo nuestras fronteras al desembarco y establecimiento de bases militares yanquis y alineando al país de una manera demencial y vergonzosa a las políticas de EE. UU e Israel, acompañando la orfandad de éstos en cada votación de la ONU e incorporando al país a conflictos ajenos o respaldar un estado genocida como el israelí.

    La oposición, con escasas excepciones explicando tanto cipayismo vendepatria en supuestas pertenencias a “nuevas derechas” o “fascismos redivivos” en Europa, en cuya bolsa cabe también Donald Trump, mezclando a Le Pen, Orban, Meloni con Putin y Xi Jinping, el gobierno de Irán o Corea del Norte, nuevos ejemplos de gobiernos autoritarios.

Porqué EE. UU o China pueden disputarse Argentina. 

   Voy a seguir a un pensador y escritor argentino de valía como Gabriel Merino que en su libro “China en el (Des)orden Mundial” nos explica “Argentina representa la tercera economía en América Latina y la segunda en América del Sur, después de Brasil, y se destaca como un importante productor mundial de alimentos. Además, posee un gran potencial en la obtención de minerales (que ya está en pleno despliegue y algunos de los cuales son centrales para la transición energética como el litio) y también en la elaboración de hidrocarburos (posee la tercera reserva más grande del planeta). A la vez es el principal productor sudamericano de software, tiene un buen nivel de formación en su fuerza de trabajo (capital humano) y posee importantes capacidades científico-tecnológicas para ser un país semi-periférico de tamaño medio. En materia geopolítica es de destacar su proyección antártica y su carácter bicontinental, su gran litoral marítimo de 4500 km. sobre el atlántico sur y por supuesto, su lugar clave en la Cuenca del Plata, espacio nuclear de América del Sur desde el cual construir una confederación continental y un centro económico emergente…Su ingreso a los BRICS junto a Brasil podría haber fortalecido la sinuosa y disputada construcción de un bloque regional, que colisiona con los intereses hemisféricos de Estados Unidos”.

   Si a esto le agregamos que por su tamaño Argentina es el séptimo país más extenso del mundo y el cuarto de América, sus reservas de agua dulce, su potencial de desarrollo en materia nuclear, escasa población y paso natural del Atlántico al Pacífico, por el Estrecho de Magallanes, es fácil de comprender que EE.UU, cualquiera fuera su gobierno, cobijaría los desatinos de un mediocre y fracasado como persona y profesional, junto a su Corte de los Milagros, dispuesto a entregar todo eso a cambio de la impresión de un tweet y una foto babeándose de emoción.

   Pero además de permitirle el control del Atlántico Sur sin conflictos, hoy se ve obligado a sostener los costos de una base militar y nuclear en nuestras Islas Malvinas y a nuestro reclamo de soberanía, Milei se dispone a destruir el Mercosur, aislar a Brasil, abandonar a su suerte a toda América del Sur y he aquí la última joya, detener el avance comercial, financiero y político de China en el “Patio Trasero” del imperio americano en decadencia.

   EE. UU, aliado a Gran Bretaña, dejaron a Europa abandonada a su suerte, la obligan a nuevos recortes presupuestarios para sostener el 19% del gasto militar al 2024, con un compromiso de incremento al 5% DEL PIB europeo para 2035, además de derivar ese gasto a comprar material bélico de EE. UU, con el fin de mantener en funcionamiento el aparato militar-industrial, denunciado por Eisenhower en los años 60.

   Por si esto fuera poco ha pedido se incrementen las importaciones de alimentos y granos, así como de petróleo y gas licuado desde EE. UU, mucho más caro que el gas ruso, cuyo costo permitió el sostenimiento de la industria alemana y francesa hasta su corte a raíz de la guerra de Ucrania. He aquí las causas del resurgimiento de movimientos nacionalistas, anti Bruselas y Unión Europea, que rechazan además la democracia liberal, laica y global, que les fue impuesta hasta ahora, se trata de un nacionalismo defensivo, muchas veces xenófobo, pero ese rechazo no se basa como con el nazismo en cuestiones de superioridad racial sino por disputa de la escasa oferta de trabajo, conflictos culturales o miedo al terrorismo.

   El bloque anglosajón se encuentra jaqueado también en África, con la incorporación de Egipto y Etiopía como miembros plenos a los BRICS y Nigeria y Uganda como países socios, sumado a la aparición de la Conferencia de Estados del Sahel (Mali, Níger y Burkina Faso) países que han expulsado las bases y tropas de la OTAN de su territorio.

    Lo mismo o peor ocurre en Asia, la incorporación de potencias petroleras como Irán, Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos como miembros plenos a los BRICS  y de viejas repúblicas de la ex URSS como Kazajistán y Uzbekistán, sumados a los ex Tigres Asiáticos como Malasia e Indonesia más el fortalecimiento de la Organización de Cooperación de Shanghái donde conviven China, Rusia, India y Pakistán, junto a Kirguistán, Tayikistán, Kazajistán y Uzbekistán, refrendado recientemente, revela claramente que la OTAN es el último baluarte del poder global anglosajón, solamente su poderío militar mantiene a EE.UU y el hecho de ser un centro financiero, a Gran Bretaña, como actores de un planeta que ha abandonado los unipolarismos o bipolarismos y marcha a un pluralismo para el cual occidente ya ha dejado de ser la locomotora industrial.

   Trump es la expresión defensiva del imperio en decadencia, pero está decidido a mantener sojuzgado, a cualquier costo a su “Hinterland”, de ahí el regreso del viejo apotegma “América para los (norte)americanos”.

   El instrumento se llama Javier Gerardo Milei, el traidor a la patria más grande desde Bernardino Rivadavia

   Ahora bien, para salir de esta situación lo peor que podríamos hacer es correr a buscar auxilio en China, esta potencia si bien por sus características aparece como más potable a una asociación similar a la que mantuviera Argentina con Gran Bretaña hasta 1930, nos condenaría a una profundización del modelo primario de producción, especialización en commodities y pondría en severas dificultades la posibilidad de un desarrollo industrial propio ante el volumen de las exportaciones manufactureras chinas.

   Ya a fines de la década pasada China consumía el 59% del cemento mundial, 47% de la carne de cerdo, 27% de la soja, 23% del maíz, 14% del petróleo, 50% del cobre y esos números han aumentado. En este siglo el comercio con América latina aumentó 35 veces, pasando de 14.000 millones de dólares en el año 2000 a 500.000 millones en 2022, mientras que la IED entre 2005 y 2019 fue de 130.000 millones de dólares, casi 10.000 millones de dólares anuales.

   Con el lanzamiento de la Iniciativa de la Franja y de la Ruta, a la que ya se han sumado 22 países latinoamericanos, entre ellos Argentina, por ahora, desde 2009 China se ha convertido en el primer o segundo socio comercial, inversor y acreedor extranjero de la región. En el caso Argentino el tan mentado Swap por 20.000 millones de dólares, viene siendo fuertemente cuestionado por EE.UU, que reclama que se lo deje sin efecto, casualmente la misma asistencia que parecería se encamina a contraer Milei en los recientes acuerdos con el tesoro norteamericano, tendría como requisito dejar sin efecto la ayuda China.

   Ahora bien todo esto se desarrolla en medio de la escalada confrontativa que Trump ha desatado contra Beijing en el marco de la disputa global, que lleva varios años y tuvo picos en el anterior gobierno republicano y se mantuvo con Biden, en medio del (Des) orden global que tan acertadamente define Merino y que, muy sucintamente, describiéramos anteriormente.

   Es llamativo que cierto sector “desarrollista” del peronismo sueñe con una alianza con China a cambio de exportar cobre, petróleo, litio, carne de cerdo, y soja, esto permitiría acceder a las divisas por importaciones que significaría equilibrar las cuentas y superar el cuello de botella de la escasez de reservas y guarden silencio respecto del efecto de la situación de la industria local en ese nuevo “modelo de complementación”, como ya sabemos con Inglaterra duró varias décadas, pero su caída nos dejó a la deriva y hace casi un siglo que algunos sectores siguen buscando un nuevo socio para volver a ese pasado como si el mundo permaneciera inmóvil.

   Un dato llamativo es que en aquella asociación Argentina era aún el “país de las vacas”, hoy el principal vendedor de carne vacuna a China es Brasil, sí el mismo país que hasta hace 25 años sólo tenía carne de mala calidad para consumo interno (miles de argentinos que desde los años 90 invadieron las playas brasileñas, aprendieron a comer pescado por que la carne era dura y carísima) y el segundo EE.UU, algún día habremos de preguntarnos porqué dejamos de ser un país productor de alimentos para dedicarnos a los porotos de soja y los biocombustibles y en qué momento nuestra ganadería se dedicó  al feedlot, lo que redujo la cantidad de carne producida y por ende a que los consumidores locales tengan que pagarla carísima para que queden saldos exportables (hoy es más barato comer un asado en París que en Buenos Aires).

    En realidad esto viene desde hace muchos años, desde que la cantidad de cabezas de ganado no siguió el crecimiento de la población, porque la vieja oligarquía y los actuales grupos financieros prefirieron y prefieren vender menos y muy caro a ganar vendiendo en gran cantidad para el mercado interno y exportar al mismo tiempo ganando un poco menos por kilo e incluso sacrificar terneros y vientres para dejar más tierras para la soja

   En resumen, nuestra agroganadería ya no alcanza para asociaciones “virtuosas” con la nueva potencia, en el cobre y el litio competimos con Chile y Bolivia, por otra parte se trata de exportaciones sin elaboración o sea sin valor agregado, la minería tiene un tiempo de explotación, luego las empresas se van y sólo quedan los agujeros y las napas contaminadas. No estoy en contra de la minería ni mucho menos, sólo que debe ser parte de un proyecto integral de desarrollo que, por ejemplo, privilegie la generación de puestos de trabajo en la transformación del mineral y exportar manufacturas (pilas, baterías, conductores) y no materia prima.

   El modelo de Milei de RIGI, aprobado lacayunamente por el Congreso Nacional dentro de la Ley Bases, es un espanto jurídico además de un canto a la dependencia ya que permite a la empresa que se acoja a él que traiga la maquinaria, aunque sea usada, emplee mano de obra extranjera, ya está ocurriendo ya que las empresas prefieren emplea mineros chilenos y bolivianos, con mucha experiencia en la actividad y menor costo laboral a tomar argentinos, no contrate servicios de empresas locales sino internacionales, no paguen ganancias y puedan remesar utilidades sin control.

   En este marco sólo queda el petróleo y gas de Vaca Muerta como haber, al menos para reducir el gasto en importaciones de energía que han sido uno de los grandes problemas para el déficit fiscal en los últimos años, si la Argentina crece y la industria se reactiva hace falta energía si la que producimos no alcanza hay que importarla, eso genera un gran agujero fiscal, las divisas se evaporan, comienzan las corridas del dólar y una crisis tras otra. 

   Resumiendo, los vendepatria locales solamente atinan a vender más y más recursos, que son del pueblo argentino, simplemente para sostener un sistema de timba financiera, los “grupos inversores” o hacen ganancias con el carry trade o bien invierten en negocios de corto plazo, con ganancias aseguradas, las grandes potencias buscan hacerse de recursos que necesitan como el agua para la gran disputa por la supremacía en los desarrollos de alta tecnología en la industria manufacturera, bélica y de las comunicaciones y el gobierno se enrola en un “occidentalismo de cotillón” ya descripto.

   Algunos sectores del peronismo (los gorriones) imaginan un modelo exportador de similares características pero que asegure el ingreso de divisas para sostener el equilibrio fiscal sin necesidad de los ajustes salvajes como el que estamos viviendo, pero sin un modelo industrial con justicia social.

   Merino describe muy bien las alternativas que se abren ante  nosotros:

   “ 1) Avanzar en una mayor periferialización regional, atados y subordinados en términos políticos y estratégicos al polo de poder angloestadounidense en declive en un mundo en crisis, atrapados en el estancamiento y la financiarización. (Los gusanos).

   “2) Ir hacia una especie de neodependencia económica con China y otros emergentes, establecida de hecho por las obvias asimetrías económicas y el sostenimiento del proyecto neoliberal, primario, exportador y extractivista, combinada con una subordinación estratégica al establishment occidental (con sus distintas fracciones en pugna” (los gorriones).

   “3) Aprovechar el escenario mundial y la multipolaridad relativa, así como el ascenso de China y las oportunidades que esto ofrece (incluso porque no presenta un patrón imperialista de desarrollo y necesita del ascenso del sur global,) para construir un proyecto nacional-regional de desarrollo y resolver las tareas de la segunda dependencia” (los halcones).

   Cualquier peronista honesto y que no haya sido ganado por la resignación noventista sabe perfectamente cuál es el camino a elegir, con todos los inconvenientes y peligros que encierra, las otras alternativas presenta peligros aún mayores, (entre otras cosas porque son inviables), por eso estoy convencido que nos hallamos frente a dos desafíos: 1) Ganar las próximas elecciones, aunque sea por un punto, para ordenar la indignación popular ante el latrocinio político, social y económico del actual gobierno, aunque ello nos obligue a votar algunos candidatos que no merezcan crédito alguno, es lo que hay y hay que ganar y 2) Poner en movilización todas las estructuras del peronismo, sindicales, sociales, profesionales, de la mujer y juventud, ordenar y profundizar un debate que ya se está dando en forma fragmentada y dispersa, para construir una alternativa superadora, de futuro, capaz de recuperar la confianza y la esperanza de los argentinos.

TIEMPO DE CORONELES: LA ENCRUCIJADA DE UN MOVIMIENTO

Por Nicolás Mujico y Ramón Prades García

¿En qué momento nos desviamos del camino? ¿Cuándo, creyendo que tomábamos un atajo hacia el futuro, retrocedimos a lugares que pensábamos superados? Quizás, y con justa razón, algunos sostengan que nunca llegamos a pisar el verdadero sendero: el de la liberación nacional, el del desarrollo, el del “buen vivir”, o como cada quien quiera llamarlo.

La pregunta persiste, resonando en la memoria reciente. ¿Fue en aquel acto del Luna Park el 14 de septiembre de 2010, cuando la juventud le habló a Néstor para exigir más conquistas futuras, pero culminó en la consagración de La Cámpora como fuerza dominante agradeciendo solo el presente? ¿O acaso nos desorientamos días más tarde, el 15 de octubre, cuando Hugo Moyano, en un acto multitudinario, exigió reivindicaciones que el gobierno consideró desmedidas, lesionando la relación entre el movimiento obrero y el kirchnerismo?

En una época donde la línea bajaba desde la TV, y se transmitía junto con los recursos a través de las orgas saltando por encima de lo institucionalmente conocido hasta ese momento. Donde el gobierno estaba por encima de las corporaciones, pero las Orgas, por encima de los municipios y gobernadores o por lo menos perforando esas estructuras, y donde el gobierno alambrando con sus vanguardias a todas las organizaciones existentes preparaba “el modelo árabe” sin intermediarios, ni organizaciones libres del pueblo. ¿Fue ahí que desviamos?

El dolor por la muerte de Néstor Kirchner y la euforia por el Bicentenario quizás nos impidieron reflexionar sobre el rumbo que tomaba el gobierno. La idea de la “sintonía fina”, impulsada tras la victoria electoral que transformó a Cristina Kirchner en Cristina Fernández, intentó acomodar los desajustes económicos sin perder el apoyo popular, dando inicio a lo que la oposición denominó “el relato”. La creación de Unidos y Organizados diluyó las agrupaciones del peronismo silvestre bajo la hegemonía de las organizaciones más influyentes. Sus comisarios filosóficos clausuraron el debate de ideas. La estrategia se resumió en “Vamos por todo”, y el precio de ese “todo” fue, precisamente, todo. Por eso hoy estamos aquí.

Dentro del peronismo, entendido en un sentido amplio, se distinguen tres posturas: los que creen que el último gobierno peronista nunca estuvo en el camino correcto; los que sostienen que aún estamos en el sendero correcto; y los que creemos que es imprescindible encontrar uno nuevo.

Volver a la Fuente

Hace diez años, en un acto insólito e irrepetible, medio millón de personas despidieron a la expresidenta en la Plaza de Mayo, sellando un liderazgo que, lógicamente, tendría sobrevida. Ante el escenario que se abría, la única alternativa fue la idea del volver, pero no con la “frente marchita”, sino “mejores”. La hipótesis, entonces, era que no había sido Cristina sino Scioli el derrotado y que solo era necesario corregir algunos detalles. Sin embargo, la derrota en 2017 y la victoria de 2019 demostraron que no bastaba con corregir ni con volver. Así caímos en un ciclo de loop eterno con brillantina, una encerrona que nos impidió, como pueblo, asumir la responsabilidad de construir lo colectivo.

Hoy se perdonan las derrotas si se recita el catecismo y se atacan las victorias de quienes no comulgan. Los intentos de renovación fueron cocinados, uno a uno, o en grupo, dando lugar a lo que podríamos llamar el increíble negocio de la derrota. El fracaso y la indecencia de Macri, primero, y de Milei, ahora, mantienen oculta la urgente necesidad de comprender que no se puede volver a remontar el barrilete en esta tempestad.

Una Trinidad como propuesta

Gran parte de la historia del peronismo está escrita entre un periplo que va desde la creación del Consejo Nacional de Posguerra en 1944 hasta el Consejo para el Modelo Nacional de 1974. Treinta años exactos que muestran un camino que empezó y terminó con una visión similar, y del que podemos extraer algunas conclusiones fundamentales para el presente.

Para recuperar la senda, debemos retomar la trinidad fundacional de aquel momento histórico: la idea, la difusión y la planificación. Esto implica un primer paso: la Idea; requiere conformar un grupo de compañeros y compañeras de toda la Argentina dispuestos a pensar en términos nacionales. Con una visión federal, pero siempre con perspectiva nacional. No existe Nación sin ideas que nos unan, que recuperen la audacia y la lucidez de la visión que dio origen al peronismo. La Difusión se convierte en el segundo pilar, donde es crucial recuperar la generosidad del compañerismo. Hoy existen experiencias que promueven estas visiones, pero actúan de forma aislada; es necesario comprender que gobernar es ordenar una idea, darle forma y sostenerla en el tiempo, tal como lo hizo Perón con la cátedra de Defensa Nacional para proyectar un nuevo concepto de país a la sociedad. Finalmente, la Planificación nos obliga a trazar un horizonte claro. En nuestro país, todo el arco político se convenció de que no es posible vivir bien. Es imperativo revertir esa creencia. Para eso, debemos responder una pregunta simple pero fundamental: ¿A qué debería jugar la Argentina del futuro? Actualmente, no solo no jugamos a nada, sino que somos la pelota en el juego de otros. Responder esta pregunta nos permitirá empujar la frontera de lo posible, y quizás convocar a un Consejo de Capacidades Nacionales para planificar la obra que el país necesita, tanto como el justicialismo para recuperar su destino.

La certeza, es que solo un gran país puede soportar una realidad tan tremenda. El intento de destruir el Estado, tuvo efectos devastadores en la nación. La reconstrucción, tiene necesariamente que mostrar un horizonte como destino. Dice el dicho, que el camino es mejor que la posada. En la historia y en la política, no hay que ser el que más sabe para ser el más lucido. Es Tiempo de Coroneles.

*Artículo extraído de la Revista Panamá

No caer en la nueva trampa gatopardista del poder silencioso

Por Mario Gambacorta*

1 El poder real quiere cambiar la forma sin que cambie el problema

 1.1. Escenarios, actores y políticas

Luego de las elecciones del 7 de septiembre de 2025 el Gobierno de Milei se encuentra en una situación distinta a la que tuvo, y con la que se benefició, desde su asunción. Fundamentalmente, por la complacencia, respecto de su accionar de fondo y de forma, por parte de quienes ejercen el poder real (un poder silencioso) en Argentina.

Ahora, ve erosionada y debilitada su lógica de funcionamiento, la cual como expresamos precedentemente, venía siendo sostenida por “los ya no tan propios”; a saber:

a) Grandes grupos económicos de incidencia en Argentina, como principales factores del poder real.

b) Un núcleo duro del 30% de una sociedad profundamente en crisis que, optó por la temeridad evidenciada por Milei, sin mayores valoraciones en cuanto a las consecuencias que esto tendría en la vida económica social y política de nuestro país;

c) Los demás votantes —fundamentalmente del pro y radicales— que acompañaron a los anteriores en la segunda vuelta por reacción a gobiernos anteriores y por suponer que ese proyecto los contemplaría e integraría sin dañarlos.

d) Una alianza parlamentaria que, como supuesta oposición, en la práctica, actuó como colaboracionista facilitando las profundas y dramáticas transformaciones en perjuicio de las mayorías, cuyas consecuencias hoy estamos y seguiremos padeciendo.

e) Medios de comunicación afines y/o que no formulaban observaciones de fondo y menos críticas respecto de las medidas, sus formas, o los fines con que se llevaba a cabo el proceso y que, pese a todo, se siguen llevando adelante por el Gobierno de Milei.

Por su parte, las políticas de desmantelamiento y debilitamiento de los deberes y responsabilidades que el Estado nacional tiene en cabeza (en función de la normativa vigente han ido teniendo cierto impacto en la pérdida de credibilidad y respaldo al actual gobierno nacional.

A lo anterior, se agrega la pérdida de poder adquisitivo, el escenario cada vez más recesivo y la desarticulación estructural del funcionamiento del país. Asimismo, las denuncias de corrupción que afectan al funcionamiento y financiamiento de la agencia nacional de discapacidad han impactado directamente en el núcleo formal de toma de decisiones de este gobierno.

La ausencia de una respuesta gubernamental clara y contundente, respecto de las denuncias de fraude a la administración pública, así como la solicitud del accionar judicial para imponer censura previa y evitar la difusión de audios que podrían involucrar a la hermana del presidente y a otras importantes figuras que accionan en este gobierno, convergieron en una crisis que, también entendemos, se vio reflejada en el resultado electoral del 7 de septiembre próximo pasado.

En las referidas elecciones, el peronismo concurrió unido; atenuando y encausando divisiones internas.

En todo este contexto, la estrategia del gobernador Kiciloff se convalidó, amén del relevante accionar de los intendentes, lo cual no es no es un factor que se pueda pasar por alto.

1.2. ¿Cuáles son las respuestas desde el poder real frente a estos escenarios?

Empezamos a escuchar o leer en distintos medios, explicaciones y esbozos de respuestas, así como difusas y simplificadoras propuestas frente a esta situación. Ante esto, queremos remarcar y dejar en claro que no debemos permitir que nos engañen, pero tampoco debemos engañarnos nosotros mismos adoptando las lecturas básicas, lineales y sesgadas que se nos presentan y, seguramente, se nos seguirán presentando.

Todo podría redundar en un equívoco diagnóstico de lo que está ocurriendo y, consecuentemente, en la adopción de decisiones estratégicas equivocadas. Peor aún, en una inacción a la espera que los acontecimientos se desarrollen por sí solos. Esto, en un sentido que, supuestamente, permitiría avanzar hacia el encauzamiento de estas problemáticas de forma casi espontánea.

Adelantamos que no creemos en ninguna teoría de la espontaneidad, y menos en la actual coyuntura argentina —y global—. Concretamente, nos referimos y queremos visibilizar las estrategias de confusión y dilución de cuestiones de fondo y sus consecuencias, en cuanto a las políticas públicas llevadas adelante por este gobierno.

Las políticas de Milei no son sino parte de la instrumentalización de un modelo de país formulado para un proyecto político de subordinación, dependencia y colonialidad para la Argentina. Son impulsadas, por la acción de grupos económicos concentrados locales y, fundamentalmente, transnacionales. También por la incidencia de países que vienen tratando de imponer en nuestra región una lógica de subordinación en función de sus excluyentes intereses geopolíticos.

Nos proponemos visibilizar las maniobras y premisas, articuladas o no, que se generan desde el poder real para distraer el debate de fondo que, consideramos, debería ocuparnos en este momento. Nos referimos, concretamente, a la imprescindible dilucidación del modelo de desarrollo más adecuado para contribuir a la consolidación de un proyecto de país; más aún, a un proyecto de Nación.

Todo, en vista de sortear la subordinación y dependencia a poderes ajenos que buscan afectar la posibilidad de decisiones soberanas, cada vez que queremos hacer valer los intereses que fortalezcan a nuestra Nación y beneficien la calidad de vida de su pueblo.

1.3. No nos dejemos engañar ni nos engañemos

Desde el Grupo OND, sostenemos la imperiosa necesidad de llevar adelante un modelo de desarrollo industrial que redunde en trabajo de calidad; es decir un modelo de industrialización con justicia social para un proyecto de Nación.

Aclaramos esto puesto que, apreciamos construcciones discursivas que, pretenden demostrar —y engañar— en cuanto a que el problema actual estaría solo en las “formas” con las que el gobierno de Milei lleva adelante sus políticas y no en las políticas en sí mismas, con sus nefastas consecuencias laborales, económicas y sociales.

En efecto, debemos hacer visible y comprensible que los factores de poder que se vienen beneficiando con el accionar del actual gobierno, y con el de anteriores gobiernos, en desmedro de la calidad de vida de quienes habitamos Argentina, ahora se esmeran en generar, apenas, algunos cambios de forma, no de fondo. Pretenden, en términos gatopardistas, que parezca que es factible un cambio profundo —o al menos algo—, para que no cambie nada de las desastrosas estrategias estructurales que los enriquecen cada vez más en desmedro de nuestro pueblo.

Este estilo gatopartidista se evidencia al presente. Lo hace tanto en los rumores como en las manifestaciones tendientes a “cuestionar y modificar” el accionar de este gobierno. Así las cosas, no se deja de:

a) reivindicar la brutalidad de su ajuste fiscal;

b) consentir la dependencia que genera el endeudamiento con el FMI; que ha continuado Milei, a partir de lo iniciado por el Gobierno de Macri;

c) justificar la mayoría de las políticas de ajuste (fundamentalmente verificadas en la sanción de la denominada Ley Bases y el Rigi);

d) orientarse a tolerar, admitir, avalar y promover medidas iguales a las de este mismo gobierno que afectan al pueblo, los intereses y el patrimonio nacional.

Desde una lógica de continuidad edulcorada para con los ajustes llevados a cabo por este régimen conservador-liberal-libertario, pareciera que, algunos integrantes o representantes del poder real han descubierto los malos modos de Milei “hace 15 minutos”; o, más precisamente, cuando comenzaron a conocerse los resultados electorales de la provincia de Buenos Aires.

No alcanzamos a advertir esto en su magnitud… basten de hecho las declaraciones de empresarios sobre el riesgo país…

En línea con lo expuesto, se viene planteando una etérea y diluida necesidad de cambio de rumbo, casi apenas, débilmente expresada; en cuanto a las expresividades del gobierno.

Respecto de todo esto, estamos convencidos que lo único que se pretende es cambiar la máscara de un modelo de país que, cada vez, nos lleva a un mayor deterioro de nuestras condiciones de vida y de trabajo y a una terminal pérdida de decisiones independientes e identidad autónoma como Nación.

Las críticas al modelo de Milei —y de muchos otros ocultos tras la actual y deteriorada máscara— busca diluir el necesario y verdadero debate por un proyecto de Nación; lo expurga con él, en él y junto a sus cómplices. Todo, en función de intereses que difícilmente sean visibles para el común de quienes habitan en Argentina.

2 La corrupción como flagelo y la corrupción como excusa reaccionaria-regresiva

 2.1. Una necesaria lucha contra la corrupción, también contra las falacias que habilita

En línea con lo expresado en el punto precedente, la invocación de la corrupción puede ser —y es también— estrategia de poder (constructiva y destructiva).

Estamos convencidos que, en el caso del actual gobierno, la corrupción vuelve a ser funcional a sectores del poder real para una necesidad de ajustes y transformaciones en función de sus intereses. Contribuye una vez más, a desatender un debate pendiente, relevante y de fondo; a desvincular y desafectar a las reales estructuras de poder de responsabilidad respecto de lo que ocurre, desdibujando su efectiva incidencia subyacente.

Así, paradójicamente, hoy la corrupción golpea a quienes suelen valerse de ella para estigmatizar y debilitar a otros tipos de gobiernos, cuando éstos intentan llevar adelante transformaciones contra el status quo imperante, afectando al denominado establishment o a un ahora denominado círculo rojo.

Frente a esto, no podemos sino evidenciar que, se está haciendo lo mismo que referíamos antes, pero en este caso, contra un gobierno “propio” que está dejando de dar los resultados esperados a las difusamente denominadas “fuerzas del mercado”.

Estas últimas, en realidad representan una convergencia de intereses privados en sintonía con intereses políticos extranjerizantes. Y para peor, en un especialmente complejo escenario de crisis internacional que, por ahora, prioritariamente, es de guerra comercial.

2.2. ¿Qué hacer frente a “las” corrupciones?

Por todo ello, queremos reiterar que, la corrupción —y la lucha contra ella— debe ser analizada también en los diversos niveles de su funcionalidad instrumental.

A menudo, favorece proyectos y estrategias, más allá de buscar o querer poner fin a los abusos por parte de ciertos actores o protagonistas. Concretamente, lo sintetizamos en la pregunta en torno a: ¿quiénes la esgrimen y para qué?

Sostenemos que la corrupción como flagelo debe ser, inexorablemente, limitada a sus mínimas expresiones. Sin embargo, con esto apenas nos referimos a ella en un primer, o genérico nivel.

Sin desmedro de lo anterior, colegimos que el argumento que invoca permanentemente “la corrupción del otro”, paradójicamente es otra forma de corrupción. En especial, del tejido social, a partir de la sospecha y la estigmatización permanente-. Este sería, a nuestro entender, un segundo nivel de corrupción que, entendemos, es tan grave —o quizás más— que el anterior.

Así, la corrupción puede ser sistemáticamente utilizada como excusa y trampa reaccionaria-regresiva ante cualquier intento de transformación. Y por ello, debe ser visualizada, tanto en el origen de su instrumentalización, como en sus instrumentalizadores.

Debe superarse entonces, el temor a no ser políticamente correctos por formular estas argumentaciones. Es menester evidenciar, los verdaderos objetivos del poder real, las tácticas o estrategias de los sectores concentrados y excluyentes en materia social. Puesto que, sin fundamento, pero con adecuados mecanismos de propaganda, logran afectar y limitar potenciales transformaciones en beneficio de las mayorías, solo para maximizar el suyo propio.

Este mecanismo es, en la práctica, similar a esa genérica y corrosiva, invocación del populismo. Con esta última, también se trataría de una mera estigmatización reaccionaria ante cualquier intento de favorecimiento a sectores populares.

3 El caso ANDIS como réplica que deja en evidencia a quienes impulsan la corrupción como táctica estigmatizadora

El escenario generado por el caso ANDIS, no puede quedarse ni en un caso más de corrupción ni, solamente, como evidencia de la supuesta y generalizada decadencia de la clase política argentina.

Más allá de este caso, si hablamos de decadencia de la clase política, primero hay que definir a quiénes alcanzaría el concepto de clase política. Luego, recordar quienes interactúan con ella, como actores y/o factores de poder.

Por su parte, no podemos olvidar a quienes eligen a esa clase política; cómo se comporta la sociedad, en términos generales, respecto de incumplimientos o actos de corrupción.

Es frecuente que, al hablar de corrupción se ponga foco en los agentes estatales, pero se deje de lado a los actores del sector privado, más específicamente, al empresariado.

Concretamente, nos referimos a empresarios que participarían en la corrupción otorgando y facilitando el pago de coimas, en función de la obtención y maximización de sus ganancias. Ganancias que parecerían desconocerse intencionalmente al momento de señalar a todos quienes se encontrarían involucrados en este tipo de actividades.

De esta forma, poniendo un foco —sesgado— en críticas a políticos partidarios, organizaciones sindicales y trabajadores del sector público, se logran diversos objetivos a la vez:

a) En lo instrumental, se los presenta como los únicos responsables de esta problemática y demás falencias.

b) En lo discursivo y conceptual, como partícipes sistémicos y excluyentes de una corrupción que, paradójicamente, “debe” ser superada mediante la intervención de actores privados —¿externos? —.

c) Se parte de, y se consolida entonces, un preconcepto en cuanto a que estos últimos no van a cometer actos de corrupción, abusos, o buscar la maximización de sus ganancias. Por el contrario, es verificable en notorios casos de corrupción empresarial, y en diversos países, que lo han hecho casi a cualquier precio.

En materia de resultados, se proyecta una sociedad que, en la práctica, no tendría posibilidades de cambios. Más aún, estos estarían circunscriptos a lo privado (limitando y deslegitimando a actores sociales transformadores).

Con todo este actuar, se favorecen los procederes reaccionarios-regresivos, el inmovilismo, y el accionar y consolidación de quienes detentan poder real; especialmente, por encima de las configuraciones institucionales vigentes.

4 La estigmatización mediante la corrupción “funciona”, se acredite o no. Entonces la pregunta a formular es ¿a quién sirve?

Es necesario recordar si esta corrupción ha comenzado en el presente, o en realidad es un proceso que, más allá de las diferencias de niveles que se puedan detectar, tiene una continuidad en el tiempo, y más allá de las administraciones.

También sería pertinente la relevancia e incidencia en las distintas gestiones, dilucidando el signo de sus políticas públicas, sus efectos y su vinculación con otras acciones gubernamentales; por ejemplo, el recorte de derechos a los discapacitados.

En línea con lo anterior, deviene dramático —o patético— que, ahora, son quienes pontifican sobre la lucha contra la corrupción de la que denominan “la casta política”, señalando solo a sus oponentes como corruptos, los que quedarían involucrados en situaciones más aberrantes que las que suelen atribuir (siendo verdad o no), a la otredad política.

En tal contexto, queremos destacar que, muchos dirigentes de partidos políticos que han hecho de la corrupción una bandera y que señalan a la corrupción solamente en su adversario político, podrían estar involucrados en casos de corrupción, a lo que se agregaría, en el caso ANDIS, la afectación de colectivos de particular vulnerabilidad.

En este último caso, habría llamativas continuidades históricas de integrantes de distintas gestiones y con distintas responsabilidades; más allá del remanido señalamiento de la corrupción, habitual y casi exclusivamente, en la gestión de gobiernos de origen popular (se corrobore luego o no, la ocurrencia en estos de hechos de corrupción).

Esto nos hace recordar, al decir de Norberto Bobbio, que el fascismo —y otras formas de autoritarismo, agregamos nosotros— se valen de la corrupción cuando no tienen otros argumentos prevalentes para desarticular políticas que no son de su agrado y llevar adelante las que sí quieren implementar; en general, en beneficio de minorías.

Más aún, y paradójicamente, ahora también se lo aplican a un gobierno “propio” (debilitado, en lo que al presente nos ocupa), para sostener políticas regresivas, precarizadoras y deslaboralizadoras, en el marco que impulsan para un modelo de país dependiente y colonizado.

Asimismo, los gobiernos en los que se puede verificar la hegemonía del capital concentrado —tal el caso del de Milei—, no suelen ser objeto de críticas, tanto por una condescendencia antipopular y fantasías meritocráticas, como por un efectivo poder en términos de influencia, sea en medios de comunicación, judiciales (lawfare), u otros mecanismos de coacción.

Sin desmedro de lo anterior, ahora vemos que no ocurriría mientras no fuera necesario para el poder real, y hasta tanto cumplan los designios y objetivos previstos por este.

5 Concluyendo: si esto no es nuevo ¿qué podemos empezar a hacer?

Por todo lo expuesto, consideramos que, el denominado Movimiento Nacional debe lleva adelante políticas y acciones de visibilización para superar la trampa que lo tiene como presa, cada vez que se propone llevar adelante transformaciones y reconfiguraciones institucionales en beneficio de sectores desprotegidos vulnerablizados por las estrategias de poder y mayorías populares.

Y no nos referimos solo a pobres e indigentes, sino a todos aquellos que, llegado el momento, pueden perder todo (también el caso de los sectores medios) por las políticas implementadas por gobiernos como el actual.

Ser, o creerse clase media, no habilita para avalar o acompañar desastres como los que está llevando adelante el gobierno de Milei. Debería internalizarse que la corrupción ha servido para que, fundamentalmente ella, acompañe transformaciones regresivas y reaccionarias como la que nos flagelan al presente.

Los sectores medios no deberían perder el sentido de pertenencia a un movimiento nacional y popular; más aún, no olvidar que son parte de un pueblo y de una comunidad. Tampoco los dirigentes de este movimiento, priorizarla, cuando actúa así, por sobre y contra los sectores trabajadores y vulnerados.

El camino al que aspiramos desde el Grupo OND, es la integración entre los diversos sectores, particularmente bajos y medios afectados por estas políticas, para frenar el expolio, articulando un modelo de industrialización con justicia social para consolidar un proyecto de Nación que nos integre.

De no ser así, probablemente, una condescendencia generalizada nos seguirá devorando, más o menos rápido, como pueblo y como Nación.

*Abogado, docente universitario, miembro del Grupo Ofensiva Nacional Democrática.

SIN EL PERONISMO NO SE PUEDE CON EL PERONISMO SOLO NO ALCANZA (Para la Reconstrucción Nacional)

Por Horacio Paccazochi

No estamos hablando solamente de las próximas elecciones de Octubre, sino
fundamentalmente de la convicción de que el País, de una vez por todas, necesita
encontrar un consenso para definir pautas básicas para poder existir y progresar.
No va mas la politiquería de comité, las luchas ideológicas que en el fondo han
coincidido en estancarnos. No va mas un sistema financiero pergeñado en la ultima
dictadura que legaliza la transferencia de dineros argentinos al exterior, y que nos obliga
a estar eternamente endeudados. No va mas el estado de indefensión nacional que nos
condena a aceptar como la prepotencia británica, que ocupa nuestro territorio, hace y
deshace a su antojo en nuestras Malvinas y en el Mar Austral. No podemos permitir
nunca mas politicas que atenten contra la integridad de nuestro Estado Nacional que
debe ser nuestra mejor defensa y el promotor de nuestro progreso.
No estamos hablando de frentes electorales con el proposito de solo ganar una eleccion,
hablamos de consensos a los cuales necesariamente deben llegar partidos politicos, el
empresariado nacional en todos sus niveles, los trabajadores y sus organizaciones
sindicales, los productores agrarios, intelectuales, nuestros hombres de armas, y la
Iglesia.
Hemos vivido pendientes del ultimo partido nacional sobreviviente: el Peronismo, que
luego de la muerte del Gral. Peron y de la accion de sectores antinacionalesen el poder,
comenzo a perder su rumbo y hoy es una minoria, importante, pero minoria al fin en la
politica argentina. Algo similar le sucedio al otro gran partido nacional : el Radicalismo
Yrigoyenista. La tragedia politica argentina se devoro total o parcialmente todas las
estructura partidarias, hasta llegar a elegir a alguien como Milei que se granjeo el apoyo
de la poblacion despotricando en contra de la politica, (la «casta»), y el Estado.
Ante el evidente fracaso de sus politicas que han desguazado el Estado y atentan contra
derechos basicos de la poblacion es hora de parar la caida, de poner freno al
desconcierto.
Las organizaciones del pueblo, las estructuras intermedias de la sociedad que convocan
diariamente a marchas y concentraciones en defensa de la salud, la educacion, los
jubilados, los discapacitados, y trabajadores organizados deben exigir de la politica
deponer las actitudes sectoriales y llegar a consensos en puntos básicos, en ideas fuerza
que permitan lograr un programa de Reconstrucción Nacional. Ningún sector tendrá
asegurados sus derechos si el País, en su conjunto, no sale del estancamiento y la
parálisis en que se encuentra.


NUESTRA DEMOCRACIA BOBA

Nuestra democracia es puramente formal y cada vez mas tiende a garantizar el relevo y
la permanencia de los profesionales mentados. En esto nos diferenciamos no solo de la
potencias del mundo, que han llegado a donde están por una dirigencia con sentido
nacional, sino de otros países de la región, como Brasil, al no tener como ellos una elite
criolla en dialogo y en defensa de intereses comunes, con sentido nacional.
Nuestros políticos asumen como dueños del gobierno de turno pero no como servidores
de un Estado que debiera ser de todos, el centro permanente de las decisiones y
orientaciones de la comunidad.
Los argentinos debemos dejar de ceer que el secuestro partidocratico de la volutad
popular es una democracia. La democracia es una forma de gobierno para hacer política
no un fin en si misma. Puede haber política grande sin democracia ortodoxa, como lo
demostró la Generación del 80′ con Roca, (que Milei nombra pero hace todo lo
contrario), que uso el Estado para construir la Republica y consolidar el territorio
nacional. Y puede haber democracia con una ominosa política de traición y entrega
nacional como hemos padecido y estamos padeciendo.
Los argentinos debemos repensar nuestra democracia sino queremos perecer en una
lenta agonía. A nada nos conduce el sistema actual, solo a repetir errores del pasado.
Debemos imponer desde el seno de nuestras comunidades formas mas participativas que
permitan reflejar en las leyes y actos de gobierno las necesidades reales de la población
y de la Patria.


EL NECESARIO CONSENSO NACIONAL
Ante la parálisis económica y social, y el estado de indefensión del País, a que nos ha
llevado el gobierno nacional, es imprescindible la convocatoria a un Consejo de
Emergencia Nacional propiciado por las fuerzas politicas, el Congreso, las provincias, y
las fuerzas del trabajo y la produccion que exiga del gobierno un cambio de rumbo que
termine con la destrucion del Estado y el aislamiento del Pais.
Para ello es necesario terminar con las frases de barricada para la tribuna. Cualquier
gobierno que asuma sin consenso estara condenado y condenara a la sociedad a mas
penurias. Si la politica, sus dirigentes, intendentes, gobernadores, y legisladores no
estan a la altura de la crisis terminal en que se encuentra el Pais seran responsables del
caos politico, economico y social que puede sobrevenir.


«La Patria, amigos, es un acto perpetuo.
Como perpetuo es el mundo.
Nadie es la Patria, pero todos la somos»
BORGES.

Inconsciente Colectivo

Por Gustavo Ramírez

«Vamos, che, ¿por qué dejar

Que tus sueños se desperdicien?»

Iorio

El potencial político de Milei fue, en su momento, explotar el capital simbólico del descontento. Aferrado a los raptos emocionales, capitalizó la atención mediática y captó el malestar social contra el aparato político desgastado. La sociología liberal lo expuso como un fenómeno rupturista, sin captar el fondo del entramado sobre el cual emergía una figura tan precaria como la del libertario. Una vez en el ejercicio del mandato, su apego al dogma materialista agotó la narrativa proselitista y lo dejó desnudo ante un mundo social por el cual siente aversión. Ahora solo le queda la realidad y, ante ella, es uno más.

Milei nunca fue más de lo que es. Representó la volatilidad de un descontento que encontró amparo en la novedad de su ira. Resultó producto del desamparo de un sistema cansado que eligió fingir demencia antes que rendirse. El libertario es un carente, la expresión de una sociedad insectificada y desorientada, sin conducción política y proclive a asimilar el universalismo histórico como absoluto categórico, solo como consuelo ante la desazón de la crisis recurrente.

El peso de la teoría lo abruma. Impotente, proyecta su resentimiento sobre las clases populares, al mismo tiempo que vendió sus postulados a los dueños de su campaña. Pero no hay que engañarse: Milei no es un ser sobrenatural. Es un pusilánime subido al lomo de la impostura reaccionaria, que ama el dinero tanto como a sí mismo. Detrás de su piel seca no hay nada. Ni siquiera un hombre.

El gobierno libertario nació débil, condicionado por un puñado de votos prestados. Lejos de la realidad, construyó un nicho de preconceptos pretendidamente intelectuales que solo remiten a significantes vacíos. Su retórica solo fue útil para resaltar el desparpajo que impera en las redes sociales, donde la opinión personal navega en un mar de pensamientos podridos. La descomposición social parió un Milei. Eso es todo y puede resultar demasiado. Su base de sustento replicó el latiguillo insufrible de «no hay otra cosa», en un momento histórico ideal para propagar la abulia de los falsos profetas.

El proyecto civilizatorio que lo sustenta está en crisis, por eso Milei se quedó sin síntesis. La incapacidad propia de comprender el proceso histórico, geopolítico y nacional lo conduce a una sala de primeros auxilios, donde lo inevitable es el colapso de la artificialidad de su pensamiento. Aclaremos algo: Milei no tiene convicciones, solo cuentas bancarias. Sobre narrarlo fue también parte del show.

Lo distintivo del proceso actual radica en la potencia efectiva que se despliega en las bases inorgánicas y en las Organizaciones Libres del Pueblo. Milei nunca entendió al país que tenía que gobernar. Creyó que un protocolo de caos iba a cercenar la movilización de las fuerzas sociales; subestimó (una vez más) la capacidad de reacción del Movimiento Obrero y se autoconvenció de que el peronismo estaba realmente derrotado.

Más allá de los laberintos internos, el sustento de la organización popular ordenó el mapa político en función de la articulación entre la causa y la resistencia. En la razón sindical, la experiencia histórica cobra valor como conciencia de clase y nacional. Esto es lo que los agentes demoliberales, infiltrados en las filas del campo nacional y popular, no lograron entender nunca del peronismo: no vive en la superestructura, ni es un fenómeno transitorio ni coyuntural. La organización tiene carácter permanente y le permite sustentar la disciplina necesaria para enfrentar el presente con reivindicaciones y con contenido, a partir de la distinción de la causa.

Lo notable de la elección en la provincia de Buenos Aires no radica en el mero triunfo electoral, sino en que denota algo sustentable en materia de la relación entre tiempo y espacio: Milei es el pasado presente y el peronismo, el futuro posible. Esa razón, sustentada en la causa de liberación nacional, que no desatiende las necesidades urgentes de la coyuntura, distingue el fondo del entramado y predica más allá de la vigencia de lo digital.

Una vez más: el modelo de la oligarquía es el caos, por eso Milei resultó un idiota útil. En el caos, el contenido es el drama y este persevera en el nihilismo; por ende, es ascético y agnóstico. De ahí que las Fuerzas del Cielo representan el desorden del dogma del mercado: el desequilibrio entre el capital y el trabajo. Pura materialidad sin orden. Donde hay pura materialidad no hay fe, y donde no hay fe no hay vida. El modelo liberal-anarco-libertario es inmaterial e inhumano. No obstante, no prescinde de la conquista cognitiva; la necesita para sobrevivir. ¡Viva la libertad, carajo! no es un grito de guerra: es la expresión inorgánica del libre mercado.

En contraposición, el peronismo es profundamente humanista. Es realidad efectiva y es fe. Su expresión no es un mero postulado de categorías inertes. Su concepción es orgánica con la comunidad y, desde ella, reafirma su actualización doctrinaria. Al mismo tiempo, la materialidad del Estado no es un fin en sí mismo, sino un medio para alcanzar un fin superior: la felicidad del pueblo.

Lo material, por otro lado, cumple una función social en relación con la realización integral de la persona. Así, el gobierno, a través de la producción y el trabajo, creará las condiciones materiales para que el individuo acceda al bienestar social y mejore su condición de vida. Pero nada de esto lo puede hacer en términos aislados, inorgánicos. Integrado a su comunidad, podrá realizarse como persona desarrollando su capacidad espiritual y humana.

El peronismo es orden. Perón afirmó: «No se conduce lo inorgánico ni lo anárquico. Se conduce solo lo orgánico y lo adoctrinado, lo que tiene una obediencia y una disciplina inteligente y una iniciativa que permite actuar a cada hombre en su propia conducción». Leído esto, la conclusión es que Milei nunca va a poder conducir a la Argentina.

¿Alcanza el triunfo electoral en la provincia de Buenos Aires? No, claro. Es solo una fase más del proceso que se inició con la primera movilización de la Confederación General del Trabajo, apenas Milei asumió el gobierno. Sí, aunque muchos consideren que la Central está devaluada, la génesis de este triunfo de medio término se encuentra en la lucha impulsada por el Movimiento Obrero Organizado y las organizaciones populares «combatiendo al capital».

Tampoco se puede dejar de lado a los cuadros de bases que no retroceden un ápice y sustentan la razón de ser del peronismo en los territorios. Tampoco un triunfo electoral en octubre representa el final del camino: queda mucho por recorrer y la guerra que el liberalismo le declaró al pueblo argentino está lejos de concluir.

Está claro que algo cambió después del 7 de septiembre. Ni siquiera Milei es el mismo. Sus gritos no atraen ni asustan. Dejó de ser una novedad. Ahora es un cuerpo en descomposición.

Axel, Cristina y la disputa por la conducción del movimiento nacional

Por Gustavo Terzaga*

En el andamiaje de la democracia liberal, nada desnuda con tanta crudeza como el veredicto del resultado electoral. Relatos, encuestas, operaciones y demagogia se evaporan en la noche del domingo de votación. Por fortuna, el voto popular tiene esa cualidad implacable; obliga a confrontar a cada fuerza con su verdadera medida, pone en evidencia las fortalezas menos visibles y revela las debilidades que se pretendían disimular. Allí, en ese choque entre lo real y lo imaginado, se definen los rumbos de la política nacional.

La disputa bonaerense y la proyección nacional

La interna bonaerense viene condensando, como en un laboratorio, las tensiones nacionales del peronismo. Allí se juega un dilema central: la resistencia del núcleo duro del cristinismo -con La Cámpora como guardia pretoriana y Máximo como albacea político- a reconocer que Axel Kicillof, o cualquier otro dirigente fuera del linaje, pueda ejercer la legitimidad histórica de enfrentar al proyecto liberal-libertario de Milei. Esa es la médula del conflicto.

Y lo que en apariencia es una querella facciosa encierra, en verdad, una disputa mayor; dos concepciones disímiles sobre la conducción y la verticalidad del movimiento. De un lado, quienes entienden la conducción como síntesis política, articulación territorial y validación popular; del otro, quienes hoy la reducen a la perpetuidad de un apellido y la sujeción de los espacios.

Lo cierto es que el contundente triunfo del peronismo en PBA alteró los equilibrios internos del frente nacional. Para Cristina, significó quedar en evidencia frente a la maniobra del famoso desdoblamiento- al cual se opuso y señaló como un verdadero error – y la profundización de la fractura estratégica que supone la aparición de una conducción nueva, dotada de legitimidad propia y con proyección nacional hacia el 2027, por fuera del dedo y del apellido. Para La Cámpora, en tanto, implicó el riesgo de perder espacios de poder y control sobre el aparato. Esa combinación explica, en gran medida, la reacción de algunos de sus dirigentes y voceros, ante el resultado puesto. Algunos lo hicieron con la finura de un bisturí, otros con la torpeza de un hachazo, pero todos muy evidentes. Y la paradoja fue contundente; mientras el gobierno libertario reconocía, aturdido, el golpe político recibido, en el interior del peronismo bonaerense se desataba una catarata discursiva contra el propio vencedor para bajarle el precio a la victoria. Insólito, pero recurrente.

No nos cansamos de decirlo desde hace años; el kirchnerismo fue, en términos populares, el intento más logrado de reconstruir un proyecto de país con inclusión, soberanía y justicia social después de Perón, y Cristina Fernández de Kirchner, la figura más relevante de la política argentina en el siglo XXI, capaz de articular durante casi dos décadas, no sin errores, el frente interno nacional. Su talla histórica es indiscutible, inamovible, porque supo encarnar el retorno de la política como herramienta de transformación hasta poner a la Argentina con buenos niveles de soberanía nacional. Por esto mismo, Cristina ha sido objeto de la ofensiva judicial más agresiva de la democracia: causas armadas, condenas sin sustento probatorio y una proscripción de hecho que buscó exhibirla como trofeo de los poderes fácticos, para el regocijo de los espacios políticos antiperonistas.

Ese hostigamiento, que la puso nuevamente en la centralidad política, y que pudo haber servido como plataforma para reorganizar al movimiento con potencia popular, derivó en cambio en una estrategia defensiva autorreferencial y sin horizonte de masas: “Cristina libre” y “Nada sin Cristina”.

Tras el relativo “fracaso” del gobierno kirchnerista de Alberto Fernández y el frustrado intento de Massa, Cristina no logró definir un rumbo y leyó la emergencia de Axel Kicillof no como una continuidad natural de su ciclo, sino como una amenaza directa a su centralidad. Desde entonces se replegó sobre un núcleo reducido de incondicionales, más cohesionados por la lealtad personal que por un proyecto colectivo, y colocó como prioridad política el desgaste del gobernador bonaerense. Esa decisión, guiada más por la desconfianza que por una lectura estratégica de la coyuntura, terminó subordinando el interés del peronismo a una pulseada personal. En los hechos, lejos de frenar a Axel Kicillof, esa actitud no hizo más que reforzar su posición: lo colocó como el dirigente capaz de encarnar, frente a la mezquindad interna, la legitimidad de un liderazgo con proyección nacional. Si bien todo esto sucede en un momento en que la política nacional exige, más que nunca, fortalecer la unidad como condición indispensable para disputar poder real y evitar que las fracturas internas se transformen en la ventaja de nuestros adversarios; este proceso que se desarrolla es, en rigor, natural e inevitable, ya que todo ciclo político arrastra tensiones en su cierre y abre paso, con sus propias contradicciones, a nuevas formas de conducción.

Por eso, los efectos políticos del triunfo del peronismo bonaerense en el frente interno no es un resultado más, es un parteaguas, es la demostración de que la etapa histórica abierta en 2003 está dando paso a otra.

Aunque algunos intentan minimizar lo ocurrido, conviene recordar que en la provincia de Buenos Aires vota el cuarenta por ciento del padrón nacional. Ese triunfo, por tanto, no fue sólo un hecho provincial; fue una irrupción política de escala nacional. Tan grande fue el sacudón, que las placas tectónicas de la política empezaron a moverse al día siguiente. En Comodoro Py se desempolvó la causa Libra, los gobernadores que hasta el viernes aplaudían al gobierno se borraron de la foto con Milei, y la Casa Rosada abrió de apuro una especie de mueblería improvisada para sentar a la mesa a los mismos comensales de siempre. Eso es nacionalizar una elección. No solamente por los argumentos de campaña que Axel supo situar en los méritos concretos de su gestión, sino por la magnitud política de un resultado que trastoca a la Nación entera, tanto en su frente interno como en el externo. Aplausos.

La fragilidad expuesta del experimento libertario

La contundencia de los 14 puntos de diferencia en el resultado de la elección bonaerense dejó al descubierto la fragilidad del gobierno nacional y derrumbó un falso mito que durante casi dos años sostuvo su relato: el del ajuste brutal aceptado dócilmente por las propias víctimas y celebrado por los mercados. Esa ficción se desplomó junto con el programa económico libertario, que en lugar de orden, sacrificio y crecimiento produjo un fracaso total pulverizando salarios y jubilaciones, contrayendo el consumo, desmantelando la obra pública y multiplicando la pobreza, mientras el gobierno va quedando reducido a una administración errática que sobrevive improvisando a puro golpe efectista. A esta demolición del tejido social se suma una política deshumanizada que vació al Garrahan de insumos, castigó a los jubilados, a familias con discapacidad, y empujó al cierre a miles de pymes, generando no sólo dolor extendido en nuestra sociedad sino también el desconcierto de un capital que, tras aplaudir el dogma del ajuste, hoy observa con alarma a un gobierno incapaz de garantizar estabilidad. Y por si fuera poco, el factor corrosivo de la corrupción, que desmorona su discurso moral contra la ‘casta’ y exhibe al oficialismo como una versión más del régimen que decía combatir.

En ese marco, Milei, apenas asumida la derrota, eligió repetir en cadena nacional- que es la transmisión obligatoria y simultánea de un mensaje oficial por todos los canales de radio y televisión del país hacia el mundo -la misma frase que Macri pronunciara en 2018: “Lo peor ya pasó”, que entonces anticipó el estallido financiero de su gestión e imposibilitó su reelección.

El supuesto superávit fiscal que Javier Milei hasta aquí exhibía (sin mostrar la deuda, claro) como trofeo ya se deshizo en el aire. Hoy la Argentina de Milei y Karina se enfrenta a dos salidas que son, en verdad, dos formas de la misma ruina: una devaluación “ordenada” que volvería a licuar salarios, jubilaciones y ahorros, o una devaluación descontrolada con default que multiplicaría la pobreza y el desamparo. En el mes de octubre se sabrá. En ambos casos, el ajuste se mide en sufrimiento popular. Millones de argentinos condenados a pagar con hambre y angustia los caprichos de un experimento económico sin alma. Por eso, este gobierno debe terminar. Se lo derrota en las urnas en octubre; con movilización popular y presión institucional dentro del marco legal, hasta reconstruir la legitimidad democrática y recuperar el rumbo del país. La prioridad es la vida y el bienestar del pueblo; todo régimen político/institucional que ignore eso debe ser desplazado.

El establishment se reinventa en clave agroexportadora

Aunque en las intermedias nacionales de octubre sólo se renueven bancas, lo que se juega desborda largamente lo parlamentario para proyectarse hacia el 2027. La operación en marcha pretende convertir esas elecciones en un plebiscito sobre la continuidad del gobierno, con perfume anticipado de sucesión política. Y allí radica la clave; el aparato del dominio y la dependencia nunca se conforma con erosionar a un Ejecutivo cuando ya no le resulta; su poder real consiste en demoler con una mano y ofrecer el relevo con la otra. La política detesta el vacío, y el establishment se encarga de ocupar ese espacio cóncavo en la escena. Y allí aparece, con traje de seriedad institucional y discurso de “oposición responsable”, la recién nacida criatura llamada “Frente Provincias Unidas».

Provincias Unidas aparece como el emergente prolijo de un proyecto viejo con ropaje de moderación y civilidad. Su base de sustentación se asienta en los sectores agroexportadores de Córdoba y el Litoral, su horizonte económico es el extractivismo primario y su concepción política responde a un federalismo oligárquico que nunca trasciende la frontera de los intereses del poder económico real. En esa lógica, toda iniciativa industrializadora se percibe como amenaza y toda política distributiva como un despojo de la renta del capital. No es una hipótesis, la trayectoria de los personajes que componen el armado y sus votos en el Congreso los delatan. Todos los integrantes de este frente respaldaron la Ley Bases y sus facultades delegadas, bloquearon la derogación del DNU que arrasó derechos, aprobaron el paquete fiscal que alivió a los más ricos reinstalando el impuesto a las ganancias sobre los trabajadores, y guardaron silencio ante el acuerdo con el FMI que dilapidó miles de millones de dólares. Le dieron la navaja al mono. Ese respaldo, que se presentó como “responsabilidad institucional”, en los hechos significó garantizar el ajuste, la entrega y el disciplinamiento social que hoy sufre el pueblo argentino. Su discurso se reviste de moderación y gobernabilidad, pero su matriz es inequívocamente antinacional; la de administrar el país de la dependencia y resignar cualquier proyecto de desarrollo autónomo.

El programa de Provincias Unidas no es más que la continuidad de una matriz histórica, la misma que aplicaron Martínez de Hoz, Menem, Macri y ahora Milei, orientada a transferir recursos desde el trabajo hacia los sectores concentrados. La diferencia radica en el estilo y en un lenguaje de “gestión moderna” y buenos modales. Bajo esa apariencia se esconde el mismo proyecto regresivo, envuelto ahora en la promesa de “superar la grieta” para legitimar un consenso conservador. Maximiliano Pullaro en Santa Fe, que hace apenas semanas calificó a Néstor Kirchner como el peor presidente, y Juan Schiaretti en Córdoba, empleado de Franco Macri, vocero político de la Fundación Mediterránea y heredero de un menemismo en estado de latencia, representan con claridad ese frente que se ofrece como moderado pero cuyo horizonte real es un país primarizado, dependiente y sin ambición de desarrollo soberano o integrado a la región. Por esto mismo Córdoba ha sido decisiva para los intereses de los recientes gobiernos neoliberales. No hay novedad en este armado, son los mismos que respaldaron a Macri en 2015, los mismos que facilitaron las leyes de Milei en el Congreso, los mismos que ahora ensayan disfrazarse de alternativa. Provincias Unidas no es el porvenir es, más bien, el plan de emergencia del establishment para que nada cambie.

El escenario político cordobés

La figura de Natalia De la Sota emerge hoy como una novedad significativa. Electa como Diputada en las listas de Schiaretti, tomó distancia inmediata de quienes acompañaron en ese bloque la Ley Bases y otras iniciativas centrales del mileísmo, marcando una ruptura con la lógica de complicidad que caracterizó al cordobesismo en el Congreso, con Alejandra Vigo, esposa del ex gobernador a la cabeza. Su posición, clara y sin eufemismos, denunció el carácter antisocial y anti productivo del programa económico del gobierno nacional y expuso las contradicciones de Schiaretti y Llaryora, socios del ajuste en Buenos Aires y opositores de ocasión en Córdoba. La candidatura de Natalia no sólo interpela a ese doble discurso, sino que expresa una ruptura necesaria frente a la tradición de acuerdos con proyectos neoliberales desde “el peronismo” cordobés. El voto a Natalia De la Sota en octubre encierra, en simultáneo, tres mensajes claros. Primero, frenar a Milei y a su programa de ajuste brutal y entrega del país, imponiendo un límite en el Congreso que abra paso a su reversión. Segundo, desnudar la doble cara de Schiaretti, socio de Milei y Macri en Buenos Aires y opositor de utilería en Córdoba. Y tercero, abrir la posibilidad de encauzar al peronismo provincial hacia lo que nunca debió abandonar, ser la fuerza mayoritaria del campo nacional en esta jurisdicción, capaz de convocar a las mayorías y poner la potencia de Córdoba en un proyecto nacional. Habrá que ver, en todo caso, cómo se mueve Natalia en el escenario poslibertario y si puede sostener esa coherencia en la etapa que se abre.

La hora de la conducción

Las elecciones en Buenos Aires no sólo mostraron la fragilidad del mileísmo; también marcaron la interna peronista y revelaron el movimiento del establishment, que ya ensaya un recambio bajo la etiqueta de Provincias Unidas. En este contexto, Axel Kicillof se proyecta como el emergente más visible y dotado de una etapa de renovación, aunque el desafío es mucho más amplio que un liderazgo individual o la incidencia de una provincia. Con un electorado mayoritariamente defraudado, el peronismo y las corrientes nacionales tienen la obligación de pasar de la mera resistencia a la construcción de un proyecto político serio, capaz de articular fuerzas, ordenar expectativas y disputar con claridad la conducción del país para salir de esta pendiente hacia la disolución nacional. Lo que se juega en el horizonte cercano no es simplemente un calendario electoral, sino la capacidad de organizar el descontento social en todo el territorio nacional y transformarlo en mayoría política frente a un gobierno debilitado y a un establishment que, con modales de moderación, busca garantizar la continuidad de un modelo de dependencia.

Cuando la noche es más oscura, también empieza a insinuarse el amanecer. No es todo, pero es lo que hay. Los momentos de mayor crisis, cuando todo parece clausurado, suelen ser el punto de partida de una etapa distinta. La tarea no es esperar pasivamente la claridad, sino preparar desde ahora las condiciones para que ese día encuentre al pueblo organizado, con conducción clara y un proyecto capaz de transformar la incertidumbre en el futuro. La buena noticia es que de nosotros depende.

*Presidente de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico “Arturo Jauretche” de la Ciudad de Río Cuarto, Córdoba.

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