La Cámpora, el kirchnerismo y un balance de época (parte II)

Por Gustavo Matías Terzaga*

Luego de 54% de Cristina en 2011, pensar en voz alta dentro de las organizaciones kirchneristas sobre figuras, tradiciones y problemas estructurales de la Argentina profunda pasó a ser leído como una herejía. Hablar de Julio Argentino Roca, del movimiento obrero como columna vertebral, de la historia militar argentina, de la soberanía nacional y el rol estratégico de las Fuerzas Armadas, de las enseñanzas de Malvinas como causa central, del Día de la Raza y el legado hispánico, de la vigencia intacta de la Ley de Entidades Financieras, del Estado Empresario de Perón, de la explotación de los recursos naturales, de la religiosidad popular, de la cultura criolla y de las tradiciones del pueblo profundo —y, en casos extremos, hasta del propio Juan Domingo Perón (que era hombre y militar) y la doctrina justicialista— fue progresivamente interpretado por los referentes camporistas como un desafío a la “línea” bajada desde el núcleo dirigente y la conducción. Temas típicos de pianta votos, “de facho y conserva”. ¡Si hasta la Marcha peronista fue considerada vetusta!. El resultado fue un empobrecimiento doctrinario deliberado y un desconocimiento de nuestra historia que sacrificó densidad y continuidad histórica en nombre de la comunicación política, moderna, coyuntural y vanguardista.

Lo cierto es que La Cámpora bebió más de una mística contracultural que de una doctrina política surgida de nuestra propia racionalidad histórica como pueblo/nación. Ese imaginario político juvenil se formó menos en la tradición orgánica del peronismo o en el legado de nuestros pensadores nacionales, y más en una épica independiente y autorreferencial, próxima al universo simbólico de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. Una pertenencia cerrada que no consulta ni escucha, con códigos internos, identidad intensa, mística propia, desconfianza hacia afuera, papel picado adentro y una idea de “resistencia” más estética y emocional que estratégica. Cuando una organización juvenil nace para custodiar una herencia y termina viviendo de custodiarla, deja de ser herramienta de transformación para las nuevas generaciones militantes y se convierte en aparato de mera preservación del espacio, impedido, naturalmente, de la posibilidad de construir procesos sociales en los tiempos largos del pueblo.

El problema del sujeto político: “¿Trabajadores, únanse!”

El peronismo clásico edificó su fuerza sobre un dato duro de la realidad. El trabajador organizado no era una identidad cultural ni un segmento etario, ni una temporalidad, sino un sujeto estructural, situado en el corazón de la economía, con capacidad material de presión, con disciplina colectiva, con fuerza de base y con instituciones propias fuera del Estado y del gobierno. No era “pueblo” porque se lo nombrara; era pueblo trabajador porque estaba organizado y porque su lugar en la producción nacional le daba un peso específico y un determinado rol político, incluso en el Congreso, la diplomacia y el comercio exterior. Con Perón, el poder político se sostenía en la organización y en la mediación virtuosa como posibilidad entre los márgenes de los conflictos y los intereses, pero con un sujeto político claro que era la columna vertebral del movimiento nacional.

El kirchnerismo, en cambio, fue desplazando ese centro de gravedad. Su sujeto emblemático pasó a ser la juventud politizada, el estudiante universitario, no como actor complementario en términos de renovación generacional sino como núcleo irradiador de legitimidad, militancia y estética. Esto no significa que el kirchnerismo no haya tenido relación con el mundo del trabajo; la tuvo durante todo su ciclo con un Ministerio y un buen Ministro como Carlos Tomada, y por tramos con fuerza. Pero en términos de imaginario político, de eje vertebrador de toda la política, incluso de épica y de reproducción de cuadros, la figura privilegiada no fue el trabajador organizado sino el joven militante formado en una cultura política universitaria, comunicacional y también estatal.

Los pibes para la Liberación

En el caso de aquella intensidad manifiesta del Patio de Las Palmeras, el derrotero posterior confirma un rasgo estructural de aquella experiencia. Una vez concluido el período de militancia universitaria intensa —cuando la política funcionaba como identidad total y horizonte existencial— la prioridad de muchos de sus integrantes se desplazó hacia el ejercicio de la profesión liberal. La política, que había sido concebida como destino histórico, pasó a ocupar un lugar episódico, nostálgico o testimonial, mientras la inserción individual en el mercado profesional se convirtió en un pasaje natural prioritario. Ese tránsito no debe leerse como una traición personal, sino como síntoma de una concepción política que no logró articular militancia con organización social estable, ni construir un anclaje duradero en el mundo del trabajo y la producción.

Cuando la política se vive como etapa formativa y no como forma permanente de organización colectiva, su final lógico es la retirada hacia la trayectoria individual; y cuando eso ocurre a escala generacional, el resultado no es una generación militante lista para la “liberación nacional”, sino la disolución del sujeto político que se pretendía fundar. Volviendo al sujeto político, y dicho con mayor claridad; la condición estudiantil, aun cuando se prolongue, es transitoria y acotada en el tiempo; la condición de trabajador, en cambio, estructura casi toda una vida. Y allí, se lucha políticamente mientras se trabaja, no sólo cuando sobra el tiempo. Por eso, construir un proyecto político sobre el estudiante implica apoyarse en una etapa; hacerlo sobre el trabajador supone anclarse en una existencia social permanente, en la producción, en la experiencia cotidiana, en la familia y en la base material de la comunidad organizada.

DDHH y grieta

Desde su llegada al gobierno nacional, el kirchnerismo desplegó como bandera principal una política virtuosa en materia de derechos humanos al convertir una demanda histórica en política de Estado, impulsando la anulación de las leyes de impunidad, la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad y la recuperación de la memoria como compromiso institucional. Esa decisión fortaleció el Estado de derecho, restituyó dignidad a las víctimas e intentó consolidar un consenso democrático amplio en torno al terrorismo de Estado como crimen imprescriptible. Una política que nos dignificó como pueblo y que fue referencia a escala mundial. Pero esa política, con el correr del tiempo, también adquirió una arista compleja; tendió a cristalizarse como identidad excluyente, a funcionar como frontera moral interna y a desbordar su función jurídica para convertirse en criterio de alineamiento político ante la sociedad.

Cuando los derechos humanos dejan de ser un consenso democrático transversal y pasan a operar como lenguaje de facción política, corren el riesgo de perder su potencia universal al caer en las categorías menores y mezquinas de nuestra política doméstica actual, y de ser utilizados para clausurar debates estratégicos que exceden —y no niegan— aquella conquista histórica. Tengamos en cuenta que uno de los rasgos más característicos de la ofensiva liberal contemporánea es la utilización demagógica del lenguaje como herramienta de inversión política y moral. A medida que la política se inscribía cada vez más en la lógica binaria de la grieta, dividiendo las tribunas en “ustedes o nosotros”, el adversario encontró terreno fértil para responder con una demonización reactiva y simplificadora, como el número de desaparecidos, o “el curro de los DDHH”. Señalar esto no implica retroceder en esa agenda ni ceder frente al sector reaccionario que pretende resignificarla, “pacificar” o cambiarle el signo, sino advertir que cuando una política justa y potente se enmarca también en una dinámica espejada de confrontación permanente, puede terminar facilitando su propia desnaturalización.

La debilidad política del 24 de Marzo

Con el paso de los años, si bien la alegría y el clima festivo siempre es bienvenido en las calles como catalizador de las heridas populares abiertas, el 24 de marzo dejó de ser solo una jornada de recogimiento, denuncia política y pedagogía histórica para transformarse, en los últimos tramos, en una escenificación atravesada por agendas y estéticas ajenas a la experiencia histórica que se conmemora. Performances provocativas, cuerpos desnudos, consignas superpuestas y una especie de “kermesse militante” convirtieron la marcha en un evento identitario para diluirse en un significante amplio de “violencias” indistintas. Cuando todo entra en “la marcha” de manera abrupta y forzada, aprovechando la dinámica de los “nuevos tiempos», el núcleo político e histórico pierde densidad. Incluso la incorporación de categorías contemporáneas sin respaldo histórico específico (como la idea de desapariciones “trans” durante el genocidio), termina generando confusión, reacción y descreimiento, facilitando y reproduciendo la impugnación negacionista que se pretende combatir. La memoria no se fortalece cuando se expande sin criterio, sino cuando se cuida y profundiza su sentido, se preserva su lenguaje y se mantiene claro qué se recuerda, por qué y contra quién. En síntesis, una conmemoración tan cara a nuestros sentimientos, sin anclaje profundo en la historia y sin contenido nacional no alcanza, por sí sola, para proyectar futuro para nuevas generaciones.

En ese clima, muchos jóvenes antikirchneristas terminaron siendo el producto inverso —pero simétrico— de la misma lógica; formados más en la reacción contra un relato que en la comprensión histórica de fondo, abrazaron el negacionismo no como resultado de un conocimiento crítico del pasado, sino como gesto identitario frente a una memoria que percibieron saturada, ritualizada y políticamente instrumentalizada.

¿No da la impresión de que a Milei muchos de los temas le llegan prácticamente resueltos, listos para ser capitalizados? Como si buena parte del terreno hubiera sido despejado de antemano y solo quedara aprovecharlo. ¿Acaso no estamos sorprendidos del consenso y el apoyo que encuentra en gran parte de la sociedad, pese a herirlos en sus necesidades vitales?. Esa ventaja no nace de su fortaleza, sino de nuestras debilidades discursivas y políticas; del vacío que dejamos en la representación de muchos problemas reales y del lenguaje que abandonamos. Allí se explica, en buena medida, su capacidad para convertir malestares dispersos en apoyos concretos.

Un contenido ausente

Persiste un vacío en el modo en que este período es narrado y comprendido. Hay aspectos que no se nombran con la claridad ni con el énfasis que su incidencia histórica exige: la estructura económica, política y cultural de dependencia que la dictadura vino a consolidar y que, bajo nuevas formas, continúa condicionando la vida nacional incluso en democracia. Nos referimos a los apellidos civiles que la sociedad debería recordar con la misma nitidez con la que recuerda a Videla o a Galtieri, a casi cincuenta años del retorno democrático. Sucede que el sentido común de la democracia argentina fue colonizado y, por ello, nuestra dirigencia política no supo, no quiso o no pudo construir una verdadera democracia para el pueblo. La dictadura fue derrotada políticamente, el pueblo la sacó, pero sus bases económicas y culturales no solo sobrevivieron, sino que fueron asumidas como “normales” por la mayoría del arco político demoliberal. Y allí está, aún vigente e indiscutida, la Ley de Entidades financieras que es el mástil de todo el andamiaje de la dependencia económica para la Argentina.

El constante retorno de los civiles

Suele afirmarse que el gesto de Néstor Kirchner al bajar los cuadros tuvo un enorme valor pedagógico y simbólico para una generación. Y tal vez lo tuvo. Pero una formación política más completa, útil y situada hubiera exigido, además, correr el foco hacia las responsabilidades civiles que hicieron posible el terrorismo de Estado, con mayor vigor, para habilitar otra dimensión política sobre el tema y encontrar elementos que colaboren a la conformación de un diagnóstico histórico y político, lo más racional posible. Aunque algo de eso ocurrió con Magnetto de CLARÍN. En síntesis, la democracia recuperada en 1983 colocó con justicia a los ejecutores del terror en el centro del juicio histórico, y eso fue una gran conquista popular, pero dejó en penumbras a quienes diseñaron y se beneficiaron del proyecto económico que la dictadura vino a imponer. Al narrar aquel período como una anomalía exclusivamente militar, se desatendió la estructura de poder que hizo posible el terrorismo de Estado y que, en buena medida, siguió operando bajo formas democráticas. Esa lectura parcial ayuda a explicar por qué hoy reaparecen, con legitimidad electoral, intereses que ya habían condicionado el destino nacional a sangre y fuego, por caso los vencedores en Malvinas. El propio Javier Milei ha manifestado admiración pública por figuras como Margaret Thatcher, Ronald Reagan o Winston Churchill, íconos colonialistas del poder anglosajón.

Luego nos sorprendemos de que esos civiles promotores y beneficiarios de la dictadura lleguen a la presidencia por el voto popular, o de que otros, desde las sombras, la consideren un “puesto menor».

Si Evita viviera sería Montonera

A lo largo de todo el ciclo kirchnerista se consolidó una idealización superficial de los años setenta convertida en épica militante permanente. Esa lectura no solo deshistorizó en parte una experiencia trágica de un período complejo de nuestra historia política reciente, sino que profundizó un prejuicio antimilitarista heredero directo del dispositivo desmalvinizador de la posguerra. En esa confusión conceptual se instaló una idea tan eficaz como dañina; que la memoria y los derechos humanos eran incompatibles con la defensa nacional, y que reducir las Fuerzas Armadas y la política de defensa equivalía, casi automáticamente, a fortalecer la democracia. Así se consolidó una debilidad estratégica persistente, que atraviesa desde la dirigencia hasta el último militante; la creencia de un país sin hipótesis de conflicto, sin necesidad de formación de cuadros militares nacionales y sin articulación entre defensa, Estado, industria y comunidad, justo cuando el escenario internacional se volvió más inestable, competitivo, incierto y riesgoso. Lo más grave es que de esa pedagogía surgieron generaciones formadas en una premisa falaz; la idea de que la Argentina vive al margen de las tensiones geopolíticas y que la defensa es un residuo del pasado. Educados en esa cultura de la indefensión, terminan asociando democracia con desarme y derechos humanos con negación de la soberanía, reproduciendo sin advertirlo una matriz funcional a los mismos intereses que históricamente condicionaron al país.

Como dice una amigo que milita en HIJOS; “veo un auto con la silueta de Malvinas en la luneta y yo pienso que ahí va un facho de mierda”. Y si. Esa reacción expone el daño cultural de una grieta llevada al extremo, donde símbolos nacionales compartidos dejan de ser patrimonio común y pasan a funcionar como marcas de sospecha ideológica, empobreciendo la política, ocultando nuestro sentido histórico y fracturando el sentido de pertenencia colectiva.

¿No convendría preguntarse si, en la lectura más difundida del kirchnerismo sobre los años setenta, figuras como Isabel Perón y José Ignacio Rucci quedaron ubicadas en un lugar incómodo, lateral o directamente negativo dentro de la propia historia peronista? ¿No fue Isabel presentada casi exclusivamente como antesala del golpe, sin ponderar en su justa medida los méritos y el contexto de crisis institucional que atravesó su gobierno constitucional? ¿Y no quedó Rucci reducido a la imagen de un sindicalista conservador, perdiéndose de vista su papel como articulador clave entre Perón y el movimiento obrero en una Argentina muy distinta a la de 1955?

En esa simplificación, ¿no se recortó selectivamente el pasado en función de una narrativa épica que dejó de lado zonas decisivas para comprender la etapa en toda su complejidad? Por ejemplo, ¿no resulta llamativo que el asesinato de Rucci por parte de Montoneros rara vez haya sido abordado con la claridad histórica que un hecho de esa magnitud exige? Ese silencio —o tratamiento tangencial— ¿no evitó, acaso, enfrentar uno de los episodios que mejor expresan la fractura interna del movimiento y el choque entre la conducción de Perón y la lógica de la violencia política que, poco a poco, pavimentaría el camino hacia el horror posterior?. Solo una mirada integral y honesta sobre nuestra propia historia habilita una maduración política real hacia el futuro.

Una militancia colorida pero prejuiciosa

Lo cierto es que en una franja importante de la militancia kirchnerista se consolidó una pedagogía política que miró con desconfianza —cuando no con abierto rechazo— a componentes centrales de la tradición histórica argentina; el sindicalismo como columna vertebral, las Fuerzas Armadas como parte de la defensa nacional, la religiosidad popular y el lugar del Papa Francisco, la cultura criolla, el legado hispánico y el mestizaje, los símbolos patrios, Malvinas, e incluso figuras decisivas de la construcción estatal y la unidad nacional como Roca. Ese vaciamiento de referencias convivió con la adopción entusiasta de nuevas consignas identitarias —indigenismo, ecologismo, lenguaje inclusivo, masculinidades, aborto, deconstrucciones y agendas culturales globales— que, aun legítimas en su plano, terminaron ocupando el centro del discurso político. El contraste no fue menor; mientras se relativizan elementos que históricamente habían servido para organizar pertenencia nacional, se fortalecen banderas que estructuraban identidad interna, más aptas para la cohesión de grupo que para la construcción de mayorías populares amplias.

En ciertos sectores del progresismo se volvió visible un rechazo casi reflejo hacia todo lo que remita a la tradición militar, al sindicalismo y a la Iglesia, como si esos mundos fueran ajenos —o incluso opuestos— a cualquier proyecto emancipador. Casualmente dos de los mayores cuadros revolucionarios de nuestra historia reciente provienen de esas instituciones. ¿Qué fundamentos estratégicos sostienen la promoción de una separación tajante entre Iglesia y Estado en una sociedad donde la religiosidad popular tiene arraigo histórico y popular, en el momento en que el mundo tiene un Papa argentino? ¿Cómo se articula un discurso antimilitarista con una tradición política en la que su principal conductor proviene de las Fuerzas Armadas? ¿Qué efectos produce la deslegitimación sistemática de la CGT en una nación que cuenta con uno de los movimientos obreros más sólidos del mundo? ¿Y qué implicancias tiene analizar Malvinas únicamente desde la dimensión humanitaria, omitiendo su carácter estructural como causa de soberanía y disputa antiimperialista?

El dilema actual

El orden internacional que se configuró tras 1945 —con Estados nacionales robustos, industrialización como horizonte estratégico, centralidad del trabajo asalariado, sindicatos con gravitación política, fuerzas armadas con hipótesis de conflicto definidas y una política concebida como conducción de comunidades organizadas— fue el suelo histórico sobre el que se pensaron muchos de los proyectos nacionales del siglo XX en nuestra región— está cediendo ante otra arquitectura global, dominada por finanzas desancladas, plataformas tecnológicas, retroceso del mundo del trabajo tradicional, hiperconexiones, fragmentación social y Estados con menor capacidad de decisión. El peronismo nació como respuesta histórica a aquel mundo; organizó a los trabajadores, construyó soberanía económica y pensó la política como dirección estratégica de una nación industrial en ascenso. Cuando de ese suelo histórico ya no queda casi nada, no alcanza con repetir sus fórmulas; hay que comprender qué de ese legado es esencia permanente y qué era circunstancia de aquella época. El desafío no es abandonar al peronismo, sino traducir su núcleo a un escenario donde las condiciones materiales ya no existen del modo aquel, pero donde el drama histórico de nuestra dependencia permanece intacto.

La Argentina no está solo bajo ataque, está bajo ruinas. Y para reconstruirla hace falta algo más que lealtades afectivas, internismo y encapsulamiento ideológico. En lo político y programático, hace falta un proyecto colectivo lo más amplio, serio y contundente posible. Si el campo nacional no reconstruye su inteligencia estratégica, si no rehace su vínculo con los sectores populares, si no abandona su internismo cupular, si no recupera la calle política, si no ordena un programa y no arriba a una nueva síntesis que aprenda de sus límites, la derrota dejará de ser una contingencia para convertirse en nuestro destino. Y la historia, que nunca espera, volverá a pasar por encima de quienes prefirieron la identidad a la conducción del conjunto y la nostalgia a la reconstrucción nacional.

Lo cierto es que nuestros dirigentes han perdido la capacidad de formular respuestas nacionales a los problemas nacionales. En ese vacío se infiltró una guerra cultural importada, pensada para otras sociedades y otros conflictos históricos, que desplaza el centro de la discusión hacia disputas identitarias y morales incapaces de ordenar la vida colectiva. No sorprende que, ante tanto vacío político y cultural, la injerencia de Estados Unidos en la vida argentina no se limite al plano económico, sino que penetre también en el terreno simbólico. Una parte de la sociedad la asume con naturalidad, como si fuera el atajo hacia una supuesta “inclusión en el mundo”, eco de una vieja tradición que asocia lo moderno con la imitación de Occidente, y prueba del rotundo fracaso político de la dirigencia. Por suerte, frente a ello, otro sector reconoce en esa presencia un mecanismo de subordinación que limita la capacidad del país para decidir su propio rumbo. En el fondo, no se enfrentan solo modelos económicos, sino dos imaginarios culturales; el que normaliza la dependencia bajo la apariencia de cosmopolitismo aspiracional y el que entiende la soberanía como núcleo de la identidad nacional.

Mientras la política se enreda en esa escenografía ajena y con categorías políticas que no nos calzan adecuadamente porque no nos pertenecen, queda sin resolver la pregunta verdaderamente decisiva: quién gobierna, con qué autoridad efectiva, bajo qué reglas comunes y al servicio de qué intereses sociales, económicos y soberanos. Una fuerza capaz de superar el rumbo actual del país no se construirá elevando el tono del discurso ni refugiándose en una supuesta superioridad moral, porque el problema que dejó el terreno libre no es cultural sino político, organizativo y estructural, desde el año 1976 hasta nuestros días.

Lo que está ausente son los pilares de autoridad democrática efectiva. Decisiones que se cumplan, instituciones que ordenen las rutinas, las expectativas y un Estado que vuelva a ser reconocido como árbitro legítimo de la vida colectiva. Sin esa arquitectura, la política se reduce a una declaración moral y el conflicto deriva en un espectáculo verdaderamente decadente, con el pueblo como testigo expectante y, a la vez, ausente de su propia escena histórica. Recuperar ese piso —sin violencia, sin arbitrariedad y sin escenificación punitiva— es la condición previa para cualquier proyecto que aspire a gobernar y no sólo a oponerse como límite desde la ética ciudadana minoritaria.

Falsas banderas

Si algo deja al descubierto el recorrido que analizamos es que la crisis del campo nacional es también una crisis de lenguaje, de categorías políticas y de sentido histórico. Tal vez no sea un exceso afirmar que el olvido —o la lectura fragmentaria— de nuestra propia historia sea una de las claves más profundas para entender el drama argentino presente. No se trata de un problema académico ni de una discusión erudita. La incapacidad de producir un instrumento cultural propio, arraigado en la experiencia histórica argentina, compromete directamente la posibilidad misma de una política soberana. Sin una matriz cultural nacional, las concepciones políticas se vuelven algo así como una especie de préstamo, las ideologías se importan sin mediación y la lectura de la realidad social queda filtrada por esquemas ajenos a nuestros procesos concretos.

Cuando un movimiento político abandona esa base, queda expuesto a un riesgo mayor; movilizar al pueblo bajo banderas que no ha creado, con consignas formuladas desde otras realidades y al servicio de intereses que no son los suyos. Esa colonización no siempre opera por la fuerza; muchas veces actúa como terrorismo ideológico blando, imponiendo tabúes, prejuicios, amenazas y censuras; clausurando debates y desarmando la capacidad crítica de una comunidad para pensarse a sí misma, en nombre de “los nuevos tiempos, las nuevas agendas y la lealtad”. El resultado es una impotencia política profunda. Se actúa, se milita, se declama, pero ya no se comprende el terreno sobre el que se pisa. Nuestros dirigentes, del primero al último, salvo alguna excepción que no tuerce la regla, parecen no entender el país en el que viven, no conocen nuestra historia y no tienen formación nacional. ¿Qué se puede esperar de su militancia juvenil?

El problema, entonces, no es la falta de ideas ni la necesidad de “inventar” doctrinas nuevas, sino la pérdida del imperativo de autenticidad. La política nacional no requiere una originalidad forzada, sino apropiación consciente de las categorías existentes, adecuándose a nuestra historia, a nuestra estructura social, a nuestros conflictos reales y a nuestro destino existencial integrado a la Patria Grande. Sin ese trabajo previo —cultural, político e intelectual— cualquier proyecto termina hablando un idioma prestado, y un pueblo que no se reconoce en su propio lenguaje queda condenado a repetir consignas ajenas mientras otros deciden su destino.

*Miembro de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

La Cámpora: apuntes para un balance histórico del ciclo kirchnerista (parte I)

Por Gustavo Matías Terzaga*

La Cámpora no puede ser comprendida como la deriva individual de una generación, sino como la cristalización organizativa juvenil de una etapa determinada del poder político argentino. Nacida en el seno del kirchnerismo y formalizada en 2006 bajo el liderazgo de Máximo Kirchner, La Cámpora expresa una forma específica de concebir la militancia, el Estado y la acumulación de poder en un ciclo que combinó avances reales con límites estructurales profundos.

A los gobiernos kirchneristas los podemos considerar como nacionales, pero no de liberación nacional. Pero fueron, con todos sus límites y contradicciones, los mejores para el pueblo argentino desde la muerte del general Perón. Tal vez por esto mismo, la situación judicial de Cristina en la actualidad, aunque admita más lecturas, difícilmente pueda separarse del ciclo político virtuoso que encabezó, de las decisiones estratégicas que marcaron ese período y que constituye un marco insoslayable para comprender la dimensión histórica de su figura.

Precisamente por eso, su balance crítico desde nuestras filas es ineludible para entender por qué un ciclo que produjo avances reales no logró fijar de manera duradera las bases del poder popular y derivó, en el presente, en una lógica política internista, obturadora y dañina, más preocupada por preservar la centralidad y cerrar filas identitarias que por alentar, con responsabilidad histórica, la recomposición y organización de un proyecto nacional que esté a la altura del drama nacional al que asistimos.

El marco histórico

En 2003, cuando emerge el kirchnerismo, el escenario internacional estaba marcado por la poscrisis del neoliberalismo de los ’90, el desgaste del Consenso de Washington para América Latina y el impacto geopolítico de la guerra de Irak, que comenzaba a erosionar la legitimidad del orden unipolar estadounidense. En América Latina comenzaba un ciclo de gobiernos posneoliberales, el denominado “giro a la izquierda” —Brasil, Venezuela, luego Bolivia y Ecuador— que ampliaron márgenes de autonomía regional.

En el plano doméstico, una sociedad desorganizada en términos clásicos, un movimiento obrero debilitado por décadas de neoliberalismo y un sistema político atravesado por una profunda crisis de representación. Para 2006, Néstor Kirchner ya había logrado reconstruir la autoridad presidencial, ordenar el sistema político tras el colapso de 2001 y desplazar a los viejos mediadores del peronismo territorial (gobernadores, intendentes, aparato duhaldista). El kirchnerismo empezaba a dejar de ser un gobierno de emergencia para convertirse en un proyecto de poder con vocación de continuidad.

Cada una en su tiempo, las organizaciones juveniles

Durante el peronismo en ejercicio del poder (1945–1955), la concepción política fue clara y coherente; el sujeto estratégico eran los trabajadores organizados, y por eso la movilización se canalizó fundamentalmente a través del sindicalismo, no de organizaciones juveniles autónomas. En esa idea, la comunidad se pensaba ordenada por funciones —trabajo, Estado, Fuerzas Armadas, familia, Iglesia— y no por identidades etarias. De allí se desprende una definición central; la juventud no constituía un sujeto político permanente, sino una etapa biológica de formación previa a la representación, integrada orgánicamente al conjunto del movimiento. La militancia juvenil existía, pero se ejercía sin autonomía propia, subordinada a la conducción general, lógicamente. Recién después de 1955, con la proscripción y el peronismo fuera del poder, emergió una politización juvenil autónoma; La JP.               

Entonces, las diferencias de concepción política y de objetivos entre la Juventud Peronista y La Cámpora no son accidentales sino históricas y doctrinarias. La JP nace en la intemperie de la proscripción, se consolida en los sesenta y cobra centralidad, aunque por un breve lapso, con el retorno de Juan Domingo Perón (1972–73). Vale decir, se forma antes del poder y contra el poder, en la resistencia barrial, sindical y universitaria, articulada con el movimiento obrero; por eso su función durante años fue preparar la reconquista del poder popular con el retorno del General y aportar militancia a una estrategia de masas. La Cámpora, en cambio, nace ya en el poder, desde el Estado y bajo tutela presidencial; no se organiza para conquistar lo que falta, digamos, sino para custodiar, apuntalar y administrar lo que ya se tiene, ordenar lealtades y ocupar los espacios de gestión.

Hay similitudes visibles, pero existe una analogía aparentemente superficial entre aquella Juventud Peronista que agitaba el “Luche y vuelve”, por el regreso del General, y La Cámpora concentrada hoy en el “Cristina libre”, que tiene una legitimidad democrática indiscutible. Pero mientras la JP concebía el retorno de Perón como la llave para un proyecto nacional (18 años!), aquí la consigna corre el riesgo de convertirse en un horizonte autosuficiente. Podemos decir que cuando la política tiende a organizarse alrededor de una figura ausente o impedida y no en la elaboración de un programa, la consigna deja de ser instrumento de conducción y pasa a funcionar como sustituto del debate estratégico que el momento histórico exige. La diferencia es que, en aquel entonces, el programa político se encarnaba en la figura misma de Perón.

Categorías políticas distintas para el mismo drama histórico

Durante su exilio en Montevideo, y como una crítica a la colonización pedagógica y cultural en la Argentina, en Los profetas del odio (1957), Jauretche polemiza de manera directa contra la noción liberal del “ciudadano” en abstracto, señalando que ese lenguaje jurídico-moral oculta al pueblo real, históricamente situado, con intereses concretos y conflictos definidos. Para el pensamiento nacional, esa sustitución no es inocente, ya que desarma la conciencia popular y neutraliza la política como lucha por el poder nacional.

En la tradición nacional, entonces, “pueblo” no es una categoría decorativa ni un sujeto meramente jurídico, es más bien, una realidad social organizada. Perón lo formula con fuerza pedagógica en Conducción política (Escuela Superior Peronista 1951 – compiladas y publicadas en 1952) cuando advierte que la política no se construye “con pueblos en abstracto”, y que el problema del mando es, antes que nada, el de organizar la fuerza social real que se quiere conducir. Con el mismo nervio, Arturo Jauretche, al desarmar la “abstracción” liberal, vuelve sobre la trampa de las palabras limpias que esconden intereses concretos. En el Manual de zonceras argentinas (1968) denuncia el refugio en “los derechos del hombre en abstracto” para evitar el conflicto con el hombre real, situado, con necesidades y pertenencias, que es precisamente el que hace al pleito histórico de la nación. Por eso, cuando el planteo político reemplaza al pueblo organizado por el “ciudadano” como figura neutra, no cambia solo el vocabulario; cambia el tipo de poder y de conflicto que se imagina, porque se debilita el eje “organización–conducción–proyecto” y se abre paso una política más apta para la interpelación moral que para la estructuración del cuerpo social.

En el ciclo kirchnerista más tardío se advierte otra opción conceptual verificable en las categorías de lo político, particularmente en esta noción de pueblo. Desde esa tradición conceptual, la denominación “Unidad Ciudadana», por caso, no es un gesto inocente ni meramente táctico, sino la expresión acabada de un corrimiento político más profundo. Al elegir la categoría ciudadano en lugar de pueblo, el kirchnerismo cristaliza una mutación en su forma de interpelación de la realidad nacional. Ya no convoca prioritariamente a un sujeto histórico organizado en torno al trabajo, la producción y la comunidad organizada, sino a un agregado cívico-electoral de individuos portadores de derechos. Esa elección semántica revela —y a la vez consolida— una estrategia que privilegia la ampliación electoral, la apelación moral y la defensa institucional frente a la construcción orgánica del poder popular de base.

Consignas, derechos e izquierdas

Las consignas políticas, cuando nacen como síntesis de una experiencia histórica real, funcionan como estrellas en la noche. No iluminan todo el paisaje, pero orientan el rumbo y permiten distinguir el norte para salir del extravío. Son referencias que condensan una lectura del conflicto histórico y señalan un eje hacia dónde debe dirigirse la acción política.

Algunas consignas emblemáticas del kirchnerismo en las remeras de miles de militantes camporistas, como “la patria es el otro” o “el amor vence al odio”, colocaron el eje de la política en un plano ético-afectivo, donde el conflicto se presenta como una cuestión de sensibilidades y valores compartidos. Ese registro, humanamente potente, tiende sin embargo a aplanar el relieve del enfrentamiento histórico al no precisar con nitidez dónde están los intereses en pugna y quiénes encarnan las posiciones contrapuestas. Por el contrario, expresiones clásicas como “Patria sí, colonia no” o “Liberación o dependencia” ordenan la escena en términos estructurales y verticales; plantean un dilema histórico concreto que no se ha resuelto, identifican al enemigo del pueblo, señalan con claridad la naturaleza del conflicto y orientan la acción política hacia un objetivo definido; la liberación nacional. La diferencia es estratégica entre una política que interpela conciencias y otra que organiza fuerzas para una causa nacional.

En el kirchnerismo —como en buena parte de la política contemporánea— se volvió habitual ordenar el debate en términos de derecha e izquierda, categorías que, aunque útiles en ciertos contextos, resultan insuficientes para describir la tensión profunda entre dos modelos de país que no compiten en un mismo plano, sino que se excluyen mutuamente. Esa discusión, planteada en clave horizontal y de extremo a extremo, tiende a diluir el núcleo del conflicto histórico argentino. Como dijimos, el eje real es vertical: pueblo o antipueblo; nacional o antinacional; oligárquico o popular. Allí no se enfrentan sensibilidades ideológicas, sino dos proyectos existenciales para nuestro país, donde la consolidación hegemónica de uno supone necesariamente la destrucción estructural del otro.

En conjunto, estas opciones conceptuales en el kirchnerismo plantean que la política misma —y la construcción del pueblo— es un acto discursivo, un proceso de articulación de significados que da lugar a identidades colectivas en conflicto. Y no aparece por generación espontánea, sino como el resultado de la incorporación progresiva de matrices propias del progresismo global contemporáneo y del constitucionalismo de derechos, donde la política tiende a pensarse más como interpelación cívico-moral que como organización social/popular. En ese marco, la ampliación de derechos y el reconocimiento institucional —dimensiones valiosas pero parciales— pasaron a ocupar el centro de la práctica política durante la Década K, mientras quedaba en un segundo plano la tarea más ardua y decisiva, la única posible, la construcción material de poder popular, es decir, la estructuración estable de un sujeto colectivo capaz de sostener un proyecto nacional más allá del embate de los medios, la justicia, las operaciones y los ciclos electorales.

El kirchnerismo, poco a poco, fue adoptando una noción de pueblo como identidad construida, móvil y contingente, definida por el discurso y sostenida por antagonismos simbólicos. En esa perspectiva, el pueblo no se organiza, sino que se produce narrativamente.

El Kirchnerismo de Cristina

Tras la muerte de Néstor Kirchner en octubre de 2010, y ya bajo el liderazgo pleno de Cristina, comenzó a advertirse un desplazamiento en la orientación de discursos y prioridades públicas. Sin abandonar políticas de alcance social, la centralidad simbólica de la etapa empezó a gravitar cada vez más en agendas culturales, identitarias y de reconocimiento institucional que encontraron mayor eco en sectores medios urbanos y universitarios.

Pero cuando la política comenzó a expresarse en códigos cada vez más alejados de la experiencia material de las mayorías, poco a poco se produjo un desfase silencioso entre representación y realidad popular que generó un vacío que terminó siendo ocupado por quien supo nombrar, aunque de manera rudimentaria y oportunista, esas mismas angustias. A la vez, se consolidó un relato militante persistente que descansó, en gran medida, en la infantilización del pueblo y en la negación del error propio. Cada derrota electoral fue atribuida al electorado —“desagradecido”, “derechizado”, “confundido”— antes que a una conducción que había perdido sintonía con las mayorías y confundía carencia en el liderazgo con infalibilidad de Cristina. Esa ausencia de autocrítica terminó profundizando la desconexión con la realidad social.

Pero no hubo un súbito giro ideológico de la sociedad ni un acto de desagradecimiento con un gobierno nac & pop que “les dio todo”, la sociedad no “se derechiza”, sino que encontró en otro registro discursivo, aunque sea con un significante futuro vacío, una referencia más cercana a su experiencia concreta. Algo, o mucho de esto viene sucediendo en los últimos diez o quince años. Y cuando la política pierde el idioma de su pueblo, otros lo toman. Recuperarlo es una tarea ineludible. El punto crítico es que, cuando la hegemonía discursiva se convierte en el horizonte principal, el poder empieza a medirse por su capacidad de interpelar —de convocar afectos, indignaciones, fanatismos y adhesiones— más que por su aptitud para organizar al pueblo. De hecho, lo desorganiza.

La Cámpora y su concepción política

En ese recorrido, La Cámpora terminó convirtiéndose en la forma organizativa más coherente con esa deriva. Creció al interior del gobierno y el Estado, aprendiendo antes a ocupar lugares, administrar espacios y tejer lealtades que a organizar socialmente, más allá de su considerable base juvenil, sobre todo, o casi exclusivamente en PBA. Su tránsito de militancia a aparato no fue un desvío, sino la consecuencia lógica de una concepción de la política centrada en la custodia de posiciones estratégicas. De este modo, el Estado pasó a operar como ámbito privilegiado de acumulación política, como territorio de ocupación de espacios, como círculo y red de lealtades, ventanillas de influencia, líneas y programas, como fuente de recursos, como mérito de acceso, como certificación de autoridad y, lastimosamente, la política militante como carrera profesional personal y sustituta de la militancia para la construcción popular real.

Por su composición de clase mayoritariamente urbana y de sectores medios, y por una naturaleza política determinada primigeniamente en la cúspide de la pirámide política, La Cámpora arrastró desde su origen un límite estructural para cumplir el objetivo de organizar, movilizar y articular políticamente a los sectores populares. De allí, tal vez, la lógica inversa y recurrente de “bajar al territorio”. Una práctica que supone intervención episódica y pedagógica desde afuera, más que arraigo orgánico desde adentro. No es lo mismo vivir el territorio —trabajar, producir, habitar, sobrevivir y organizarse allí— que “descender” a él con consignas, programas, dispositivos y buena voluntad. Ese gesto revela el límite político de una militancia formada fuera del mundo sindical y la vida popular. Aunque, hay que decirlo, el despliegue de la militancia camporista de base en el territorio y en diversas circunstancias, ha sido comprometido y muchas veces conmovedor.

Pero la idea de “bajar al territorio” revela con nitidez un límite político, ideológico y cultural, porque supone que el barrio popular es un espacio vacío al que se le instalan agendas definidas desde afuera, más que una comunidad con problemas, complejidades, saberes, creencias y prioridades propias. Esa lógica —típicamente pequeño-burguesa— imagina que la militancia consiste, además de garrafas, jornadas solidarias, bolsones, pensiones y selfies con los dedos en “V”; en llevar mesas y talleres para promover consignas como el aborto, las infancias, el indigenismo, la separación Iglesia-Estado, el ecologismo o el lenguaje inclusivo, sin partir del universo material y complejo del territorio del pueblo llano: seguridad, adicciones, exclusión, escuela, inserción laboral, salud, maternidad, vínculo con el Estado, violencia institucional, familia, religiosidad y vínculos comunitarios. Más allá de la promoción de alguna facilidad y el intento de “empoderar” a alguna gorda con mando y carácter, el único dato concreto allí es que la identidad del militante pesa más que la experiencia vital del vecino. Así, el territorio no se organiza desde adentro; se coloniza simbólicamente por un rato, una vez a la semana. Y cuando la política se reduce a esa escena, pierde arraigo, reemplaza la integración y la construcción de poder popular por la satisfacción moral de haber “estado”.

Políticas de minorías

Bajo el liderazgo de Cristina se hizo más visible una orientación que ya venía insinuándose; las llamadas “políticas de minorías” comenzaron a ocupar un lugar central en el discurso y en la práctica de la militancia kirchnerista. El punto problemático no fue su incorporación como demandas legítimas dentro de un programa nacional, sino el momento en que pasaron a operar como núcleo identitario interno del proyecto político, desplazando otros ejes de organización y conducción. No hay aquí una crítica simplista a derechos o demandas legítimas; el problema es otro. Cuando la política se estructura alrededor de agendas parciales que se expresan y se imponen como marcadores de superioridad moral (esto ocurre cuando no nace desde las bases), el campo popular pierde la capacidad de hablarle al conjunto. Una política nacional amplia y determinada por prioridades organiza lo común; una política capturada por lógicas minoritarias tiende a fragmentar el sujeto, a invertir prioridades, a confundir al enemigo, a reemplazar la comunidad por uno o varios archipiélagos, y a convertir el clima de la disputa social concreto en disputa de identidades.

A lo que vamos, cuando una fuerza popular convierte las políticas de minorías en el eje ordenador de su práctica y de su relato, suele producirse una paradoja política; se gana intensidad discursiva en la cúspide pero se pierde capacidad de ampliación y contención de las bases. No porque las minorías no importan —importan y deben ser protegidas, aunque ni te voten— sino porque, al ubicarlas como centro de la identidad del proyecto, se desplaza el núcleo vertebrador que organiza a un movimiento nacional: trabajo, salario, producción, seguridad social, cultura popular, movimiento obrero, comercio exterior y soberanía nacional.

La política que ocupa el espectro de la comunicación y el sentido pasa a ser un repertorio de signos, banderías, slogans, pañuelos, consignas y sensibilidades que funcionan muy bien como marca de fijación de pertenencia interna, pero mal como herramienta para ordenar la sociedad de manera amplia, heterogénea y eficaz. El peronismo, o esta última versión progresista del peronismo, fue perdiendo plasticidad y comenzó a rigidizarse en marcos ideológicos cada vez más estrechos, desplazándose hacia posiciones identificadas como “de izquierda” en el plano discursivo, pero alejándose al mismo tiempo de su tradición pragmática de conducción y síntesis nacional y popular.

Ese foco genera, además, un mecanismo corrosivo dentro de las propias filas nacionales. Por eso, en no pocas ocasiones, el kirchnerismo terminó —aun sin proponérselo— facilitando el trabajo de sus adversarios, de nuestros enemigos. Multiplicó fracturas internas, erosionó puentes con aliados potenciales para servirlos en bandeja a la contra y, al estrechar su propio campo de pertenencia, dejó servida la tarea a quienes buscaban dividir al movimiento nacional desde afuera. Ese es el resultado paradójico de una política que, en vez de integrar agendas particulares a un proyecto nacional, termina subordinando el proyecto nacional a la administración de agendas particulares.

En un discurso durante la sesión del Senado en 2018, Cristina expresó: “A lo nacional y popular, vamos a tener que incorporarle la agenda feminista —nacional, popular, democrático y feminista”. La observación que aquí se formula no es una objeción al feminismo en sí, sino una señalamiento político. El problema no radica en la legitimidad de esa agenda, en sus importantes avances, ni en la fuerza intrínseca de ese reclamo histórico para las mujeres —nadie con sentido histórico puede oponerse a la igualdad de dignidad entre varones y mujeres, porque esto mismo hace al marco de la justicia social— sino contra un mecanismo político que se volvió frecuente; convertir una discusión estratégica entre compañeros en un juicio moral. Ese mecanismo es eficaz porque se apoya en un núcleo verdadero. Toda gran operación necesita un eje de verdad para sostenerse. El eje, aquí, es la aspiración legítima a la igualdad de género. Pero esa verdad, utilizada como escudo indiscriminado, termina cumpliendo otra función; blinda decisiones políticas concretas de cualquier crítica a la evaluación estratégica. En lugar de discutir si una consigna ordena o desordena, si organiza o fragmenta, si amplía o reduce el sujeto social; se discute quién “es” qué, quién “merece” hablar, quién está del lado correcto de la moral y, así, el lenguaje de emancipación se convierte en herramienta de disciplinamiento interno. No porque la causa sea ilegítima, al contrario, sino porque la verdad que la funda se usa como coartada para no discutir lo decisivo: cómo se construye poder popular real, con qué prioridades y con qué sujeto histórico, para que esa misma política pueda materializarse en el tiempo con más concreción que divisiones.

El tema está en el modo en que su incorporación se realizó, desplazando el eje de la organización popular hacia un terreno identitario clasemediero que, al no articularse con una estrategia nacional integral, terminó debilitando la centralidad del sujeto histórico que el peronismo había sabido construir.

En suma, en un país como el nuestro, cuando el campo nacional renuncia a su lenguaje histórico —productivo, social, cultural, genuino, profundo, patrio, simple, religioso, criollo y nacional— y se refugia en una jerga identitaria abstracta, por más legítimo que sea el planteo, no eleva al pueblo cuál pretensión vanguardista, lo deja políticamente a merced de quien se anima a nombrar sus malestares, aun para explotarlos en su contra.

*El autor es miembro de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

¿Maquiavelo ha muerto?

Por Antonio Montagna

Estaba dispuesto a continuar con mi bitácora de lectura sobre Nietzsche y de repente irrumpió Davos, así que lo aproveché. Estaba leyendo la Segunda Consideración Intempestiva[1] intentando hilvanar algunas cuestiones sobre la deconstrucción y ciertas reivindicaciones identitarias, y me vi obligado a hacer un paréntesis. Así que será para la próxima.

Es muy difícil el debate cuando enfrente hay un discurso críptico que no busca persuadir, como dice Manuel Barrientos: “si no se entiende, es mejor”.

Me voy a centrar en dos frases que pronunció Milei: “…el continente será el faro de luz que vuelva a encender a todo Occidente y que de ese modo saldará su deuda civilizatoria, en gratitud a las raíces de la filosofía griega, el derecho romano y los valores judeocristianos”. Y la otra, que llamativamente me extraña que aún no haya recibido algún comentario de los políticos (el que calla otorga, dice el dicho): “Maquiavelo ha muerto”

En Davos, un hombre creyó estar encendiendo un faro, pero lo que realmente activó fue una trampa mortal de siglo y medio de antigüedad. Cuando Javier Milei invocó las raíces de Grecia y Roma para “salvar” a Occidente, no sabía que estaba ejecutando, paso a paso, la sentencia que Nietzsche redactó en 1873. El mundo aplaudió o abucheó lo que creyeron que era un discurso político; casi nadie notó que Milei acababa de tropezar con el «gran peligro» de una victoria siniestra. Dice que viene a saldar una deuda civilizatoria. Pero, ¿qué sucede cuando el acreedor es un cadáver que exige ser devorado? Él lo llama renacimiento. La filosofía tiene un nombre mucho más oscuro para lo que está ocurriendo realmente.

La “deuda” como parálisis

Tres caminos para el pasado. Nietzsche trazó las rutas en su Segunda Consideración Intempestiva, pero el presidente prefirió hundirse en el barro de la historia anticuaria y el bronce de la monumental. Pura parálisis. Al encadenarse a una «deuda civilizatoria», rinde culto a lo viejo por el mero hecho de serlo, montando un simulacro de mármol para ocultar que la vida ya no habita en esos templos. El ayer se vuelve un ancla. Utiliza la gloria de Grecia y Roma como un disfraz heroico, una máscara de museo que intenta dar sentido a una voluntad que no tiene territorio propio.

Necrópolis de conceptos. Para Nietzsche, esta acumulación de saber muerto es el veneno que detiene la actividad. Milei intenta alimentar al hambriento con conceptos momificados. Frente a este festín de sombras, el presente no exige gratitud. Exige el filo de la historia crítica para llevar el pasado ante un tribunal, juzgar su herencia y romper los eslabones que asfixian la potencia de lo que está naciendo.

¿Un faro de luz?

Luz falsa. El faro de Milei colisiona contra el muro de granito del «Dios ha muerto», ese colapso de los valores absolutos que él intenta resucitar con respiración artificial. Nihilismo reactivo. Es el gesto desesperado de quien busca refugio en las sombras de un ídolo derribado hace siglos, intentando iluminar el abismo con una lámpara que ya no tiene aceite.

Reivindica una tríada de la decadencia. Reivindica a Sócrates, a Roma y a la cultura judeocristiana como si fueran cimientos sanos, ignorando que son la raíz misma de la domesticación del instinto. Con Sócrates murió la vida y nació la razón abstracta. Milei celebra el inicio del fin: el momento exacto en que el hombre occidental empezó a temer a su propia fuerza y buscó consuelo en la geometría de las ideas. El miedo manda.

Su voluntad no es la del soberano que crea sus propios valores. Es la voluntad reactiva del siervo que necesita el permiso del Mercado o la validación de la Fe y la Torá para no caer en el vacío. Necesita ídolos. Necesita un orden natural que lo proteja de la incertidumbre. Al final de la jornada, Milei no es un león; es un servidor de fantasmas.

Maquiavelo respira

«Maquiavelo ha muerto», sentenció. Miente. Lo que Milei intenta sepultar no es al filósofo florentino, sino a la política misma entendida como creación colectiva, como ese espacio de tensión donde los hombres negocian su destino. Al declarar la muerte de Maquiavelo, Milei busca clausurar el debate. Fin de la discusión. Si la política es solo la aplicación de una “verdad” técnica o divina, entonces el consenso sobra, el conflicto es un error y el “otro” es un obstáculo para la luz.

Es la trampa perfecta. Al retirar a Maquiavelo del escenario, Milei pretende que su propia Voluntad de Poder sea invisible. Milei no busca persuadir a un colectivo; busca imponer una naturaleza nueva sobre la vieja, una “segunda naturaleza” que se pretende verdad absoluta para no confesar que es, simplemente, su propio querer.

Táctica sacerdotal. Oculta su voluntad bajo el ropaje de la civilización y los «principios innegociables» para que no veamos al hombre que decide, sino a la “fuerza del cielo” que ejecuta. Bautiza su interés como «Bien» y la negociación política como «corrupción», ejecutando una guerra psicológica donde la singularidad del individuo se diluye en un proceso universal que él dice representar. Pero la política no muere; solo cambia de piel. Maquiavelo respira en el silencio de quien no rinde cuentas, en la astucia de quien usa la fe y la Torá como escudos para que su poder no sea juzgado por los hombres, sino por la Historia.

La máscara es el absoluto. El rostro es el poder. Al negar lo político como construcción común, Milei reclama para sí la soberanía del solitario que, en su ceguera artística, cree estar salvando al mundo mientras solo está satisfaciendo su propio e inconmensurable impulso de dominio.

La historia al servicio de la vida

Basta de servidumbre. Solo cuando el presente deje de pagar tributos a un pasado petrificado podremos reclamar la libertad de actuar sin pedir permiso a los muertos. El «faro» de Davos suena a hueco. Deconstruirlo es golpearlo con el martillo de Nietzsche para revelar el vacío que oculta. El renacimiento que nos prometen es, en realidad, una clausura solemne donde la potencia queda bajo el mármol de verdades que ya no respiran.

La verdadera respuesta soberana no es saldar deudas con cimientos inertes. Debemos recuperar la historia crítica para juzgar este legado y la historia monumental para encontrar modelos que inspiren una grandeza hija de nuestra propia fuerza. El presente no debe ser un siervo del ayer. Negarse a ser el guardián de un mausoleo es el único acto de soberanía para recuperar lo político como creación común. Maquiavelo no ha muerto, pero nuestra capacidad de ser los arquitectos de nuestro propio destino tampoco debería morir bajo su máscara. El futuro le pertenece a quienes se atrevan a crear sin pedirle permiso a los fantasmas de Occidente.

[1] Nietzsche, F. – Obras completas. Volumen I – De la utilidad y los inconvenientes de la historia para la vida. España. Editorial Tecnos, 2016

Una victoria perversa: Del triunfalismo militar al despotismo del algoritmo

Por Antonio Montagna

«Una gran victoria es un gran peligro». Con esta sentencia lapidaria, Friedrich Nietzsche abría en 1873 su primera Consideración Intempestiva[1]. El filósofo no celebraba el triunfo prusiano sobre Francia; por el contrario, denunciaba la perversa ilusión de creer que la victoria de los fusiles significaba una victoria de la cultura. Hoy, esa advertencia recobra una actualidad estremecedora. Lo vemos en el reciente tono fanfarrón y presuntuoso en torno a la invasión de Estados Unidos a Venezuela y la detención de Nicolás Maduro. La autosatisfacción exagerada como la de Donald Trump, quien no dudó en catalogar el hecho como un hito militar supremo alardeando de que «mi propia moralidad, mi propia mente. Es lo único que puede detenerme», es la reedición exacta de ese error que Nietzsche señaló hace un siglo y medio: confundir la potencia del acero con la grandeza del espíritu.

La ilusión de la superioridad técnica

Este alarde de fuerza militar no es un florecimiento cultural; es, en palabras de Nietzsche, una «ilusión sumamente nociva”. Es el triunfo de la logística sobre la vida. Cuando un Imperio festeja su capacidad de deponer y capturar mediante la eficiencia técnica de su maquinaria bélica, está oficiando el funeral de la verdadera cultura. Para Nietzsche, la cultura es la «unidad de estilo artístico en todas las manifestaciones de vida de un pueblo». El triunfalismo militar de hoy, al igual que el prusiano de ayer, carece de estilo; es puramente reactivo, mecánico y, sobre todo, arrogante. El festejo de los “bárbaros”.

Esta misma arrogancia es la que hoy visten los magnates tecnológicos de Silicon Valley. Figuras como Elon Musk son los nuevos «Preceptores de Alejandro» que celebran el dominio de la técnica (ya sea en el espacio, en el control de la opinión pública o en el apoyo a intervenciones militares) y el progreso humano. Quizá eso sea el “progreso”, la victoria del Filisteo Digital.

El Filisteo 2.0 y la dictadura del algoritmo

Nietzsche definió al «filisteo de la formación» (Bildungsphilister) como aquel que se cree cultivado por acumular datos, pero carece de profundidad. El filisteo actual es el habitante del scroll infinito, un «animal astuto» que consume fragmentos de quince segundos para anestesiarse contra la incertidumbre. Cree poseer la verdad porque el algoritmo se la entrega digerida, eliminando cualquier resistencia o impulso de búsqueda.

Lo vimos con claridad brutal en los últimos días. Mientras los titulares anunciaban la ‘Resolución Absoluta’, el algoritmo inundaba las redes con videos de supuestos festejos masivos en Caracas. No importaba que muchas de esas imágenes eran antiguas, descontextualizadas o directamente generadas por Inteligencia Artificial. El Filisteo Digital no busca la verdad del hecho histórico, busca la dopamina de la confirmación. Consume la fake news de la liberación con la misma voracidad con la que consume una serie, celebrando una ‘victoria’ que, en el terreno de la realidad, es mucho más sucia, incierta y silenciosa de lo que muestra su pantalla.

Si la metafísica clásica buscaba la verdad como adecuación (adaequatio), el algoritmo es su versión más tiránica. Es una «necrópolis de la intuición» donde no hay misterio, solo optimización. Esta algoritmización de la vida destruye lo auténtico de los pueblos para imponer una «culturalidad» global y vacía. Se puede controlar el flujo de información y dominar naciones enteras con satélites, y sin embargo, seguir siendo un bárbaro.

Del Proletariado al Precariado: El algoritmo como patrón

Esta dictadura técnica ha pasado de las pantallas al corazón del mundo del trabajo. El caso de Mercado Libre, despidiendo trabajadores con la excusa de la “transformación organizacional” bajo la premisa de ser reemplazados por Inteligencia Artificial, es la confirmación de que para el magnate-filisteo el ser humano es solo un «gasto de procesamiento».

“Los modelos de inteligencia artificial aprenden a hacer su trabajo gracias a los trabajadores que están siendo despedidos. Lo alarmante es que esos mismos compañeros son los que le enseñaron al algoritmo a realizar sus tareas”.[2]

Estamos operando un cambio ontológico: el paso del proletariado al precariado. El precariado es el hijo de la velocidad y del «ya y ahora». Es un trabajador fragmentado, sin estabilidad ni identidad, que vive bajo la amenaza constante de un código que decide su destino en un milisegundo. Si el proletario peleaba contra un patrón de carne y hueso, el precariado pelea contra un fantasma digital programado para la eficiencia desalmada. El oficio ha sido reemplazado por la tarea desechable; la dignidad, por la métrica.

Convenios y Soberanía

Frente a esta victoria obscena, la respuesta debe ser política, colectiva e «intempestiva». No se trata de un desprecio ludita por los avances tecnológicos, sino de exigir que estos estén al servicio del sujeto y no al revés. Es urgente que al sentarse en la mesa de una negociación, se acuerde proteger el tiempo humano frente a la dictadura de la inmediatez y recuperar la soberanía sobre el proceso de trabajo.

A nivel individual, nos queda la subversión de la lentitud. Ser «contrarios al tiempo», como pedía el joven Nietzsche. Si el sistema exige rapidez, nuestra libertad es la profundidad; si nos quiere predecibles, nuestra resistencia es la contradicción.

Conclusión: La técnica al servicio del soberano

La «moral» de la que alardean los conquistadores modernos es la moral de la máquina, no la del hombre soberano. Si permitimos que el éxito militar o la eficiencia algorítmica se conviertan en nuestra medida de verdad, habremos consumado la derrota más grave de la historia.

El desafío político es poner el progreso al servicio de subjetividades intuitivas. Que la tecnología sea el soporte de nuestra creatividad y la garantía de nuestro pan, no la herramienta de nuestro reemplazo. Contra la precarización de la vida y el imperio del dato, nos afirmamos con la organización colectiva y la vitalidad del pensamiento. Porque una vida con estilo, autonomía y dignidad es, hoy más que nunca, el único triunfo que merece ser nombrado.

[1] Nietzsche, F. – Obras completas. Volumen I – Consideraciones intempestivas I. España. Editorial Tecnos, 2016

[2] https://www.enfoquesindical.org/articulo/noticias/mercado-libre-despidio-informaticos-y-abre-la-polemica-por-la-ia-reemplazando

Una batalla tras otra

Por Marcos Domínguez*

“En la hora de los depredadores, los borgianos de todo el planeta ofrecen a los conquistadores los territorios que gobiernan como laboratorio, para que desplieguen en ellos su visión del futuro sin que se interpongan leyes o derechos de otros tiempos.”

Giuliano Da Empoli, La hora de los depredadores.

Decadencia occidental

Hay guerra y fuego en todo el mapa al mismo tiempo. Lo que vemos como hechos desperdigados —Irán, Ucrania, Franja de Gaza, Venezuela, nuestra propia Patagonia ardiendo— forma parte de un mismo temblor donde el viejo orden se cuartea, el nuevo no termina de aparecer y, mientras tanto, las potencias juegan la final del siglo XXI usando de tablero a los países periféricos.

Aquello que Gramsci llamaba “interregno” en nuestro terruño se siente doblemente. Nuestra élite, como buena parte de las occidentales, no tiene rumbo y fue colonizada por un nihilismo decadente. Y si, como decía Séneca, no hay viento favorable para quien no sabe adónde va, imaginemos lo que ocurre cuando el viento, como hoy, sopla en contra.

En el gobierno del golem argentino estas tendencias anómicas y decadentes se aceleran al calor de una derrota occidental de largo alcance. El experimento libertario aparece como el producto más acabado de esa decadencia: condensa, de forma extrema, todos los males previos. Es resultado de la crisis y la expresa del modo más legítimo y genuino posible. Lo sugeríamos hace un año, en “Wokismo libertario”, cuando sosteníamos que  el actual gobierno estaba precariamente cohesionado por ser una síntesis de incompatibilidades: un discurso que se proclama enemigo del progresismo pero replica su lógica –porque es su resultante pendular– de victimización, que promete dinamitar el Estado mientras construye una burocracia ideológica,  que denuncia la corrección política solo para imponer la suya, que pretende ser más judaizante que el Estado de Israel, más norteamericanista que EEUU. Todo, cuando nadie había pedido tanto.

Así, “el respeto irrestricto” a la propiedad privada convive con la promesa de un Occidente revitalizado a golpe de algoritmo y blockchain, cuando en realidad atraviesa una eutanasia prolongada. Una ola de decadencia que tiene, entre sus anillos de tradiciones parásitas y putrefacciones varias, la dicotomía maniquea del progresismo vs el anti progresismo, el errante multiculturalismo, la inmigración inevitable o indiscutible; estatismo vs anti estatismo hecho desde el Estado; la violencia intrínseca de EEUU cuyo sistema esta siendo lentamente devorado por la finaciarización extrema de su economía.

Clases medias víctimas y victimarias de la pandemia de inautenticidad mediada -y potenciada- por la digitalización de la vida social. El streaming convertido en deporte de acompañamiento terapéutico revela su excepcional maridaje con la desjerarquización de casi todo. La terminal y fantástica horizontalidad de la palabra como una gran tranquera abierta para que cualquiera, con o sin experiencia, con o sin saberes, con o sin virtud, pueda utilizarla como elemento afrodisíaco para escupir opiniones, monetizar editoriales, y performar análisis cansinos minuto a minuto.

En este marco, Milei, como señalamos desde su llegada al gobierno, condensa un “espíritu de época” que no está marcado por la voluntad de actuar positivamente sobre el curso de las cosas, sino por el resentimiento y la necesidad impulsiva de liberarse de ellas, cueste lo que cueste. Una revancha personal “contra el poder”, reducido al poder público estatal. La política aparece como fiesta colectivista decadente que hay que arruinar aunque no haya otra mejor que la reemplace. Para sopresa de nadie, fue una nueva versión de “la grieta”, barnizada de futurismo, donde la acumulación de rencores amenaza con alcanzar un volumen inusitado sin dirigencias ni diques que puedan contener una crisis que tiene más de implosión que de explosión.

Es en este contexto de decadencia occidental donde la geopolítica se vuelve selvática. Se borran líneas rojas que el “derecho internacional” prometía mantener. Vuelve a ser verosímil el uso de armas nucleares en un planeta donde proliferan los arsenales y escasean las inhibiciones. Si quienes concentran poder real no cruzan ese umbral, quizá después de la fiebre haya reacomodo; si lo cruzan, ni siquiera eso está asegurado en esta guerra mundial en cuotas.

La campaña del desierto

Hace años que se tantea el sur argentino con la paciencia de los viejos imperios. Tenemos incendios reiterados, proyectos inmobiliarios como plaga, inversores que se vuelven socios políticos de todos los oficialismos para sentarse en la cabecera de la mesa, campañas discretas para instalar la idea de que el sur es demasiado grande, caro o inhóspito. Hacer invivible un territorio para despoblarlo y succionar sus recursos estratégicos no tiene nada de original en este lapsus mundial que Da Empoli llama “la hora de los depredadores”.

La paradoja es que la propia existencia del Estado argentino dependió, en buena medida, de ocupar esa Patagonia. El ciclo Roca, con toda su carga simbólica, respondió a una lógica que en Europa nadie subestimaba: si un país no consolida su frontera, otro la consolida por él.

El fantasma balcanizante que se combatió a fines del siglo XIX vuelve hoy bajo formas más discretas: ya no son ejércitos regulares, malones, intereses chilenos o ingleses, sino combinaciones de operaciones inmobiliarias, fondos de inversión, ONG diseñadas en escritorios del Norte y proyectos “eco-friendly” que sueñan con un desierto prolijo, sin obstáculos soberanistas, listo para ser gestionado.

Puertas adentro, mientras el sur se prueba como zona de sacrificio, la Argentina llega a este escenario con los bolsillos agujereados. Arrastramos medio siglo de deuda externa, hija dilecta de la última dictadura y prolijamente “reperfilada” cada tanto. Cada renegociación agrega una dosis de morfina financiera. Mientras el gobierno destruye empresas, puestos de trabajo industrial y capacidad de generar divisas genuinas, una parte negadora del alma del medio pelo sigue soñando con que Vaca Muerta nos resolverá la vida sola, como si se pudiera vivir de rentas en un país que ni siquiera logró industrializar su propio gas. No se trata de ideologismo, pero la supervivencia nacional atada a la timba financiera y al remate de recursos naturales simplemente no es sostenible.

El orden “multilateral” del Occidente liberal nacido de la Segunda Guerra —ese entramado de FMI, Banco Mundial, OMC, Naciones Unidas y el “consenso antifascista” declamado— ya caducó. En aquel viejo orden existía una gramática mínima: las grandes potencias se contenían por miedo al abismo nuclear y las instituciones ofrecían una escenografía aceptable para las buenas intenciones. Hoy esa escenografía se vino abajo. El derecho internacional se volvió un viaje de egresados de burócratas y “pichones de”, un idioma elegante para nombrar lo que, en realidad, decide la fuerza. Las instituciones sobreviven en la medida en que continúan siendo útiles a Washington, Beijing o quien corresponda.

En ese mundo, los únicos países realmente a salvo son los que tienen armas nucleares o, en un segundo escalón, los que construyeron un complejo industrial-militar propio. El resto conserva bandera y asiento en la ONU, pero la soberanía pasa a ser condicional. Ya no alcanza con “tener razón” ni con “cumplir los tratados”. Como recuerda Abel Fernández, la cuestión se vuelve bastante más terrenal: hay que lograr que agredirte sea más caro que dejarte en paz. Y el shopping de armas importadas no resuelve nada si detrás no hay industria y conocimiento propios. La misma Venezuela aprendió a los golpes que las alianzas extra-hemisféricas ayudan, pero no sustituyen la capacidad de defensa propia.

Hasta mediados del siglo XX, la Argentina tuvo las principales industrias de uso dual de Sudamérica: aviones, barcos, radares, metalmecánica pesada. Eso que hoy llamaríamos un complejo industrial-militar. Una secuencia de gobiernos ineptos, cortoplacistas o directamente entreguistas, sumada a la derrota en Malvinas, fue desarmando pieza por pieza esa capacidad. Llegamos a la era de los drones —la guerra relativamente barata, donde un taller mediano puede fabricar artefactos capaces de complicar a cualquier fuerza invasora— sin decidir reconstruir nada en serio.

La vieja idea de Aldo Ferrer de que sin “densidad nacional” no hay defensa posible asoma con estridencia. Densidad nacional es un pueblo que percibe un destino común por encima de sus banderías, y un Estado que administre esa tensión, trace objetivos compartidos y amortigüe posiciones extremas en un proyecto de comunidad posible. Y un país sin densidad es una presa fácil para cualquier depredador global que mire el mapa y vea, donde debería haber una nación, apenas un conjunto de activos en liquidación.

Se trata de una depredación organizada por una oligarquía estadounidense que manda en una economía ficticia, en descomposición, anti productivista y permanece presa en una interminable y tóxica espiral de violencia. Es por eso que en este occidente en decadencia, las élites tecnológicas tipo Musk o Zuckerberg ya no se parecen al tecnócrata de Davos con discurso regulacionista. No sueñan con un mundo ordenado, sino con un mundo disponible. Susceptible de ser depredado en términos, fundamentalmente, energéticos.

“La ausencia de alternativas aclara la mente de forma extraordinaria”, decía Kissinger. Y esta depredación deliberada parece ser la unica alternativa de un occidente carente de toda imaginación para seguir participando de la carrera tecnológica con una China cada vez más adelantada.

Defensa Nacional

En este paisaje, la discusión sobre defensa nacional sale de la vitrina castrense y vuelve al centro. Perón lo explicaba, retomando a Colmar von der Goltz, con la tesis de la Nación en armas; un arco tensado al máximo, donde la punta de la flecha son las Fuerzas Armadas, pero el arco, la cuerda y la fuerza que la tensa es el pueblo entero, sus recursos, su trabajo, sus industrias, sus vías de comunicación. La defensa es, en esta visión, la capacidad real de un país para mantener vivo su territorio, su tejido productivo y su gente frente a un mundo que se está reordenando a los tiros.

Hemos dicho aquí que nuestro actual presidente no ve a la Argentina como un país, sino como “un lugar”. Bajo esa mirada, el territorio se ofrece como nodo experimental para la desregulación total. Si la Argentina es solo un lugar, su integridad territorial deja de ser un problema político y se vuelve un asunto inmobiliario.

Por eso, en la Patagonia, el gobierno montó un dispositivo que es algo más que un paquete de reformas. De un lado, levantó la ley de manejo del fuego y convirtió en política de Estado la idea de que se puede quemar sin límite y, cuando el humo se disipe, reinventar el territorio como negocio. Del otro, desarmó la ley de tierras y volvió a abrir la puerta para que capitales extranjeros compren las hectáreas que quieran, incluso en zonas de frontera. No se trata de un error técnico, sino de la profundización de la extranjerización de lo nuestro.

El gobernador radical de Chubut se apura a aclarar que “no hay que entrar en teorías conspiranoicas sobre especulación inmobiliaria” porque los parques nacionales serían “patrimonio de la humanidad”, como si esa categoría abstracta blindara algo cuando los incendios y las topadoras hacen su trabajo.

De este modo, la hipótesis de que despoblar, entregar la tierra y blindar las fronteras con presencia extranjera es una forma prolija de preparar el escenario para una balcanización futura queda relegada al rincón de las fantasías conspirativas, y nuestro país parece dispuesto a defenderse, llegado el caso, con la espada de cartón del derecho internacional. La realidad es que el bloque occidental en decadencia no se detiene ante constituciones ajenas ni propias. Necesita energía, agua, alimentos, litio, corredores hacia la Antártida. Y la Patagonia condensa todo eso.

Aquí conviene volver a mirar el tablero completo. El mapa del poder global cambió de manera estructural e irreversible: se cerró un largo ciclo de primacía de Occidente y se abrió una etapa de transición, conflicto y disputa. Como señala Gabriel Merino, el exagerado respaldo de Estados Unidos al gobierno de Milei no es un romance ideológico -no por lo menos del lado estadounidense- sino una jugada geopolítica que busca con todas sus fuerzas anclar el hemisferio occidental y bloquear la inserción argentina en un mundo que ya no gira solo alrededor de Washington y Bruselas. La incursión militar en Venezuela, que inauguró un corolario trumpista de la vieja Doctrina Monroe, mostró el nuevo estilo: un imperialismo más territorialista, de saqueo y acumulación por desposesión a la vista de todos. América Latina vuelve a ser espacio clave, no porque el Norte haya descubierto nuestro encanto, sino porque necesita un patio trasero disciplinado en el cual replegarse en medio del barullo multipolar.

Como todo imperio en declive, el Occidente anglosajón se vuelve más agresivo a medida que pierde hegemonía. Las líneas que separaban guerra y paz, derecho y fuerza, seguridad y saqueo, están borroneadas. Traducido al presente argentino: no hay defensa nacional posible si miramos la Patagonia como decorado, el Atlántico Sur como una  lámina escolar y la industria como capricho “estatista” o una «oportunidad estratégica» conducida por China. Pensar en argentino hoy es entender que nadie —ni Milei, ni sus opositores, ni ningún iluminado de ocasión— va a hacer este trabajo por nosotros. El gran desafío de estos años será construir ese «nosotros».

* Licenciado en Sociología de la UBA y docente

VIDA DE COUNTRY, RETÓRICA DE BARRICADA. APUNTES SOBRE LA CASTA MILITANTE DE LA “DÉCADA GANADA”

Por Bruno Carpinetti

Hay contradicciones que la política puede tolerar y otras que la corroen desde adentro. Entre estas últimas, pocas resultan tan devastadoras como la distancia sostenida entre lo que se dice y la forma en que se vive. No se trata de una cuestión moral en sentido estricto, sino de una experiencia sensible: el momento en que el cuerpo del dirigente deja de habitar el mismo mundo que el cuerpo de quienes dice representar.

En la Argentina reciente, esa fisura adquirió una densidad particular durante el ciclo conocido como la “Década Ganada”. Un proyecto que emergió como respuesta a la crisis de representación de 2001 terminó, con el paso del tiempo, por producir una nueva élite estatal, legitimada por un lenguaje nacional-popular, pero crecientemente encapsulada en formas de vida ajenas a la intemperie social que le dio origen.

El problema no fue —como suele simplificarse— la traición de ideales, sino algo más sutil y, por eso mismo, más persistente: la normalización de una disociación.

De la intemperie al despacho

Para una generación que se politizó en la resistencia al neoliberalismo de los años noventa, el estallido de diciembre de 2001 no fue solo un evento histórico: fue una experiencia formativa decisiva. Asambleas barriales, piquetes, horizontalidad, desconfianza radical hacia la política profesional. La militancia, entonces, no prometía carrera ni estabilidad; prometía desgaste, exposición y precariedad compartida.

Néstor Kirchner comprendió que esa energía no podía permanecer en estado salvaje y ofreció una traducción institucional de la rebeldía: el Estado como escenario de la transformación. Miles de militantes cruzaron el umbral de la protesta a la gestión, convencidos de que administrar el Estado era una forma superior de militancia.

Y durante un tiempo, lo fue.

El desplazamiento no se volvió problemático por el ingreso al Estado, sino por lo que ese ingreso fue produciendo en las subjetividades. La militancia dejó de ser una práctica de riesgo y pasó a funcionar, en muchos casos, como una trayectoria laboral. La épica sobrevivió en el discurso; el cuerpo, en cambio, encontró abrigo.

La lealtad como virtud política

Con la reconstrucción de la autoridad presidencial tras la crisis, se consolidó una forma específica de ejercicio del poder. La lealtad, entendida como obediencia irrestricta, se transformó en el principal capital político. No la coincidencia ideológica —que podía admitirse con matices— sino la adhesión acrítica al liderazgo y al relato.

En los organismos públicos, el técnico fue desplazado por el “cuadro político”. La capacidad de gestión cedió terreno frente a la obediencia. Señalar errores, proponer alternativas o simplemente dudar se volvió un gesto sospechoso. Quienes administraban el Estado dejaron de premiar el saber y comenzaron a recompensar la docilidad.

Esta lógica no solo deterioró la eficacia institucional; redefinió el sentido mismo de la militancia. El militante estatal ya no era quien tensionaba el poder desde adentro, sino quien lo reproducía sin fisuras. La crítica dejó de ser una forma de compromiso y pasó a ser una amenaza.

El Estado como ecosistema cerrado

A medida que esta dinámica se consolidaba, se produjo paulatinamente un proceso de endogamia política. Unidades básicas, centros culturales, medios de comunicación afines, organismos públicos se convirtieron en espacios donde la realidad circulaba filtrada, domesticada para no contradecir el relato.

La militancia traslocada a los despachos estatales, seguía “bajando al territorio”, pero ya no para escuchar, sino para explicar. La inflación, la inseguridad o el deterioro de los servicios no eran negados solo por estrategia; eran, en muchos casos, genuinamente ajenos a la experiencia cotidiana de una dirigencia protegida por sus propios privilegios.

Es en ese momento donde aparece y comienza a consolidarse lo que hoy llamamos, con notable precisión sociológica, la nueva “casta”: no solo una acumulación de cargos, sino una forma de vida. Una burbuja material y simbólica que permite sostener un discurso igualitario sin experimentar sus condiciones.

La batalla cultural como sustituto

Frente a las dificultades crecientes de la gestión material, la militancia estatalizada profundizó una estrategia que ya estaba presente: la llamada “batalla cultural”. Derechos humanos, revisionismo histórico, confrontación discursiva con medios de comunicación y poderes fácticos ocuparon el centro de la escena.

No se trata de negar la importancia de esas disputas, sino de observar su función. La batalla cultural operó como un desplazamiento: cuando la economía no respondía, el conflicto se mudaba al plano simbólico. La política se estetizaba.

Para la nueva élite militante, esta estrategia ofrecía una coartada moral perfecta. Era posible habitar barrios cerrados, consumir bienes importados y vacacionar en el exterior sin sentir contradicción alguna, siempre que el discurso permaneciera intacto. La revolución se volvía lingüística; el cuerpo, conservador.

El hartazgo y el péndulo

Toda disociación tiene un límite. Cuando la distancia entre el relato y la experiencia cotidiana se vuelve demasiado grande, el lenguaje pierde eficacia. La sociedad comenzó a percibir que la batalla cultural era un lujo de quienes tenían las necesidades básicas resueltas.

En ese vacío emergió la contraofensiva libertaria. El éxito de Milei no radica solo en sus propuestas económicas disruptivas, sino en haber señalado con crudeza esa incomodidad difusa: la sospecha de que el progresismo estatalizado se había convertido en el nuevo orden a conservar.

El concepto de “casta” funcionó porque nombró una experiencia compartida. No denunció solo corrupción, sino hipocresía. Al invertir la estética de la rebeldía, el libertarismo logró algo impensado años atrás: que la derecha apareciera como ruptura y la izquierda como sistema.

Epílogo provisorio

La tragedia de la militancia estatalizada de la “Década Ganada” no fue haber fracasado en transformar las estructuras económicas, sino en haber naturalizado una disociación que terminó vaciando de sentido su propio lenguaje y minando definitivamente su densidad ética. Cuando el igualitarismo se convierte en retórica y el privilegio en experiencia cotidiana, la consecuencia natural es el descrédito y la política pierde irremediablemente su potencia transformadora.

Salir de este ciclo exige algo más que “nuevas canciones”. Exige volver a alinear discurso, cuerpo y práctica. Restituir la incomodidad como valor político. Recordar, en definitiva, que ninguna épica sobrevive demasiado tiempo cuando se la pronuncia desde un despacho climatizado mientras la intemperie sigue afuera.

“Unitarismo y Federalismo” o las “Falsas Antinomias”

Por Omar Auton

Los intelectuales y dirigentes argentinos llevan décadas afirmando que para alcanzar la unidad nacional y llevar el país adelante hay que dejar atrás las discusiones del pasado o “Superar las falsas antinomias”, he aquí, creo, otro de los nudos gordianos a cortar, de las tareas pendientes del peronismo si quiere recuperar su identidad y ser LA alternativa política para construir un futuro mejor. Si una definición clara y tercerista en materia de política exterior debe nacer del análisis detenido, situado y permanente de este mundo vertiginoso y cambiante, la propuesta de un sistema educativo diferente, elaborado y pensado para nuestra realidad y necesidades, que ponga la calidad de la formación e instrucción así como su universalidad en términos de accesibilidad y capacidad de aportar a la integración social, el Federalismo debe ser dotado de sentido en términos de equidad y conjugar las necesidades generales y locales, respetar nuestra historia e identidades parciales, superando el carácter “defensivo” que asumió en nuestros territorios a partir de la balcanización de la América hispánica.

   Ahora bien, si la cuestión sigue generando acalorados debates, que van desde la descarada insistencia de la oligarquía conservadora gobernante en sacrificar la economía y el derecho al futuro de las provincias en el lecho de Procusto del ajuste financiero y la dependencia, hasta las pretensiones separatistas de energúmenos como el gobernador Cornejo, que anclado en la imperdonable cláusula de la Constitución de 1994 cediendo la propiedad de los recursos naturales a las provincias y dejando al alcance de la codicia transnacional el acceso a todos los recursos, exhibió su pretensión de “independizar Mendoza” de la Argentina,  tiene que ser porque lejos de ser una “falsa antinomia” sigue expresando una cuestión nacional irresuelta, que también se origina en la balcanización del siglo XIX y llega a los propios países emergentes, cuyo origen fallido contamina todas las discusiones.

   Escuchaba hace poco a algunos jóvenes, bienintencionados, malvineros, hablar que Argentina nace con las invasiones Inglesas, lo cual es un disparate, bueno sería que leyeran, al menos, el acta de nuestra independencia en 1816, en cuya “Declaración”, dice “ Nos, los representantes de las Provincias en Sud América…” y participan de ella José Mariano Serrano y Mariano Sánchez de Loria por la provincia de Charcas, Pedro Ignacio Rivera por Mizque o José Andrés Pacheco Melo por Chichas, que el mismísimo preámbulo de la de 1853, habla de la “Confederación Argentina”, que su idolatrada Juan Manuel de Rosas jamás reconoció la independencia de Bolivia, que Artigas jamás habló de la independencia del Uruguay, y el término de “Orientales”, deriva de que eran los pueblos que habitaban al este del río, pero como parte de la confederación, continuidad del antiguo Virreinato.

   Esta larga explicación deviene que el concepto de “Unitario” identifica a quiénes impusieron el dominio de la Aduana de Buenos Aires a todos los pueblos del interior, apropiándose durante décadas de la riqueza del trabajo de todas las provincias y por ende decidiendo el modelo de organización política (Constituciones de 1819 y 1826), tanto así que la silla del despacho presidencial aún hoy es denominada “Sillón de Rivadavia”, cuando el tal personaje jamás fue un presidente constitucional de los argentinos ya que fue elegido por los porteños, en base a una constitución porteña y con el rechazo de todo el resto de la Confederación.

   A partir de allí el concepto de “Federal” pasó a identificar a varias corrientes y expresar distintos sentidos en diferentes épocas.

   Un gran argentino, un auténtico patriota, y por ello negado y ocultado por la historia Argentina, Alfredo Terzaga, a quién recién ahora se está reconociendo como intelectual y la vasta obra realizada, incluso como profesor de Historia del Arte, nació en Río Cuarto en 1920, cuando, al decir de otro gran argentino Enrique Lacolla, era “una ciudad donde aún estaba fresca la memoria de la frontera”, en una semblanza escrita por Roberto Ferrero, otro patriota y pensador, en la revista “Política”, al cumplirse el centenario del nacimiento, define este tema de las “falsas antinomias” sosteniendo que Terzaga definía, tres sectores en disputa y no dos “ era una relación triangular, con vértices que jugaban alternativamente según lo permitieras la correlación de fuerzas o las circunstancias del momento: Buenos Aires, Litoral fluvial e Interior…Al puerto único correspondía un fuerte comercio local y extranjero y una gran provincia ganadera que producía para la exportación; en el Interior existía una industria artesanal y un comercio que miraba hacia las tierras de la vieja unidad americana; el Litoral por su parte combinaba ambos modos económicos, tenía industrias que quería proteger y poseía puertos que deseaba habilitar y utilizar sin restricciones pero cuya llave estaba en la boca del estuario, es decir Buenos Aires… el juego de estas tres unidades geo-históricas, sus alianzas y sus enfrentamientos es la clave que alumbra el período que va desde Mayo a la federalización de Buenos Aires en 1880”.

   Dejemos aclarado, siempre siguiendo a Terzaga, que el federalismo tuvo un momento “ofensivo” durante las guerras de la independencia, la pretensión de San Martín y Bolívar de sostener los límites del dominio hispánico como territorios de la Confederación Americana, implicaba reconocer las particularidades que unían y separaban estos pueblos, compartían una historia común desde los incas, anterior a la conquista, luego de ella el mestizaje que hace nacer al “criollo”, una lengua común, una religión común, hasta en los sincretismos con los viejos cultos prehispánicos, el derecho indiano como legislación y también diferencias, el federalismo respetaba la vieja división política de virreinatos y capitanías generales, donde las homogeneidades eran mayores que las diferencias y respetaba las identidades raciales emergentes del encuentro de pueblos originarios-esclavos-conquistadores.

   El fracaso del sueño de construir los “Estados Unidos de Sudamérica” ante la cariocinesis producida por la intromisión política y económica británica y el naciente influjo de Estados Unidos, más las oligarquías locales vinculadas a esos intereses, que obligaron a San Martín a regresar a Mendoza y embarcarse para Europa, protegido por Estanislao López, ante el intento porteño de juzgarlo por traición, al haberse negado a traer su ejército para combatir a Artigas en lugar de cruzar los Andes y libertar a Chile y Perú, traicionaron a Bolívar y lo combatieron hasta su muerte o derrotaron a O´Higgins en Chile. Terzaga dice que estos patriotas tenían una visión “Telescópica “del federalismo americano, pero los pueblos comienzan a retroceder, despojados del poder y se abroquelas en un federalismo “microscópico”, defensivo, encarnado en los Artigas (de todas maneras el más grande de éstos) Ferré, Ibarra, Facundo y explica magistralmente nuestro autor “Mas la relación que existe entre una etapa y la otra, es la misma que se da en la guerra o en la lucha por la personalidad cultural, la que se da cuando un pueblo pasa de las ofensiva a la defensiva” y resalto esa frase por la actualidad de la misma.

   En resumen cuando hablamos del “Federalismo Argentino” estamos hablando de una etapa “microscópica” y defensiva, que se agrava porque además contiene intereses muy diferentes según sus sectores “ Buenos Aires es el concepto que cubre la alianza entre la burguesía mercantil porteña, la oligarquía terrateniente de la provincia y los sectores populares de la ciudad y la campaña, a los que se sumaban el interior unos pocos comerciantes consignatarios de casas mayoristas porteñas y algunos intelectuales deslumbrados por las luces del liberalismo, “El Litoral” designa el vasto frente de gauchos libres, pequeños propietarios rurales, burguesía de las ciudades fluviales y su artesanado, milicias criollas y funcionarios locales dirigido a través de los caudillos, por los estancieros santafesinos y entrerrianos, estrangulados en el fondo de los ríos clausurados por Rivadavia, Rosas o Mitre; “El Interior, finalmente, era la designación de todo ese mundo de artesanos y de industrias domésticas arruinadas por el librecambio, de pastores y de agricultores criollos, de “pardos” y castas de las orillas urbanas y de terratenientes de estancias semiáridas y vacunos guampudos, orientado por clérigos, doctores sin clientela y comerciantes ligados al antiguo y perdido circuito mercantil del Alto Perú y Chile”

   Esta definición no niega ni oculta diferencias internas, Rosas representa un sector capitalista, el del ganado y el saladero, tiene apoyo popular de los peones y los zambos y morenos, y claras diferencias con la burguesía portuaria, los desprecia, pero como ellos y pese a la Ley de Aduanas, valiosa por cierto, y la patriótica defensa ante los bloqueos anglofranceses, retiene el manejo exclusivo de la Aduana en manos de Buenos Aires, de donde provenían el 90% de los fondos del presupuesto de la gobernación, eso explica, esto no lo dice Terzaga sino el firmante, que un conocido traidor y agente inglés como Manuel García haya sido ministro de Rivadavia y de Rosas y que connotados rosistas como Vélez Sarsfield, los Anchorena, Elizalde, el general Pacheco o Lorenzo Torres se pasaran al bando mitrista. Tampoco que los hombres del litoral hayan pendulado entre el enfrentamiento y la claudicación frente a Buenos Aires, eso explica la traición de Urquiza en Pavón y el silencio ante los reclamos del “Interior” para detener el genocidio de los generales uruguayos al servicio de Mitre (Sandes, Paunero) al criollaje que ya en los extremos de lo “defensivo” acompañaban a Peñaloza o Varela frente a la masacre de Paraguay o Paisandú.

   La no comprensión de esta historia, abreviada en exceso por cierto, hace que la intelectualidad de izquierda o progresista no comprenda el contenido del roquismo, como expresión de esa aristocracia provinciana supérstite, de la generación intelectual de Paraná, del primer esbozo de un Ejército Nacional, nacido de la Guerra del Paraguay, que derrota a Arredondo en Santa Rosa, lleva adelante la recuperación de los territorios patagónicos en manos araucanas y federaliza Buenos Aires y su aduana, liquidando un conflicto de 70 años, derrotando a Mitre y Tejedor. Esa federalización iba a exhibir la génesis de un futuro drama nacional, al momento de votar en el congreso por la cesión del territorio de la ciudad de buenos Aires, federalizándolo como Capital Federal, un diputado, hijo de un conocido mazorquero lo que lo llevó a cambiar su apellido paterno de Alén a Alem, Leandro N. Alem vota en contra y acompañará a Bartolomé Mitre en la revolución del 90, otro diputado, sobrino del anterior vota a favor de la federalización y se niega a participar en el 90, su nombre Hipólito Yrigoyen, despuntaban las dos grandes corrientes dentro de la naciente Unión Cívica Radical, la popular y nacional de Don Hipólito y la mitrista y oligárquica que encabezaría Alvear.

   El roquismo agotó su proyecto en pocos años, su líder y creador terminó abrazándose con Mitre, fue el canto del cisne del “Federalismo del Interior”, Julio A. Roca al final de su vida mandó a sus partidarios a acompañar a Yrigoyen, un hombre del autonomismo, Roque Sáenz Peña, promueve la ley que llevará a la presidencia a Yrigoyen, con el voto universal (No incluía a la mujer) por primera vez.

   De ahí en más, el federalismo se fue desdibujando, quedó resumido a partidos provinciales, generalmente conservadores o expresión de minorías oligárquicas locales, los gobiernos populares de Yrigoyen y Perón tuvieron que recurrir continuamente a intervenciones a las provincias, paradojalmente esas medidas tenían un carácter nacional, ya que a diferencia del siglo anterior, eran tomadas por gobiernos que pretendían consolidar un Estado Nacional, una organización del país que respondiera a las necesidades del país y del conjunto del pueblo y el “federalismo” era la expresión de los intereses de sectores económicos que pretendían sostener privilegios y ventajas de minorías, así sirvieron de base a la conformación de fuerzas políticas que acompañaron a las dictaduras luego de 1955 y de 1966, de ahí surgieron las estructuras que permitieron llevar a las elecciones diferentes intentos de continuismo.

   El peronismo osciló entre la cooptación y el enfrentamiento, un Bloquista de San Juan fue dos veces embajador en la URSS designado por Perón y candidato a gobernador en 1962, las elecciones anuladas por Frondizi ante las victorias del peronismo, luego acompañó a Ezequiel Martínez en 1973, candidato de Lanusse y con la dictadura instaurada en 1976, nuevamente embajador en la URSS, la familia Sapag en Neuquén o Silvestre Begnis en Santa Fe son ejemplo de esa relación.

   En los últimos años esas fuerzas provinciales fueron desapareciendo, la crisis y el intenso proceso de implosión del radicalismo fue haciendo aparecer fuerzas que se abroquelaron en sus provincias y/o municipios dedicadas a mantener una política clientelar de cargos legislativos, nacionales, provinciales o municipales, empleos y contratos a partir de esos cargos, han conformado frentes diversos, incluso dentro de las mismas provincias y su política es una estrategia de subsistencia, vendiendo los votos en los tratamientos legislativos a cambio de concesiones mayores o menores, a veces en sus distritos y a veces personales o familiares, han perdido toda ambición de sostener un proyecto nacional, porque abandonaron esa idea desde la muerte de Yrigoyen. El fracaso del gobierno de Alfonsín los llevó a abjurar en muchos casos hasta de las siglas partidarias.

   El peronismo, a partir de 1983, se convirtió en una confederación de caudillos provinciales y dentro de la provincias de jefes comunales, la hegemonía de la provincia de Buenos Aires con Duhalde y el rechazo por desconfianza o desprecio del kirchnerismo, especialmente luego de la muerte de Néstor Kirchner, fue asumiendo una endogamia absoluta del Área Metropolitana de Buenos Aires, su lenguaje, sus ejes discursivos y su visión quedaron impregnados casi en su totalidad de las problemática de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y del conurbano que la rodea.

   Esto provocó la aparición de modelos provinciales (como el “cordobesismo”) que en sus comienzos intentó transitar entre el antikirchnerismo de los sectores rurales, especialmente luego del conflicto surgido a partir de las retenciones a las exportaciones de soja en el año 2008 y el tradicional antiperonismo de las clases medias urbanas, por un lado y la política de zapa que desde la Casa Rosada se aplicó con los gobernadores que no eran incondicionales, que iba desde usar los fondos del Estado y sus organismos (especialmente el PAMI y el Anses) para armar o apoyar grupos disidentes u opositores, hasta abandonarlos a su suerte como ocurrió durante la rebelión policial de Córdoba de 2013 con negocios saqueados y dos muertos.

   Finalmente, este es otro tema que necesitamos aclarar y definir, es insostenible el monopolio ideológico e instrumental porteño-AMBA y al mismo tiempo no se puede tolerar que gobernadores que se dicen peronistas a cambio de los famosos Aportes Tesoro Nacional, apoyen con el voto de sus senadores y diputados la entrega del patrimonio nacional y de los derechos del pueblo argentino. Cierto es que la absoluta ausencias de una conducción del peronismo a nivel nacional que pueda ordenar y conducir una oposición creíble y que contenga las necesidades y demandas de todos es, especialmente, responsable de este “sálvese quien pueda”, no pueden criticar a Milei o a Macri por usar estas metodologías parta obtener las votaciones porque fue lo mismo que hicieron Menem, Néstor Kirchner, Cristina Kirchner y el dúo Fernández-Fernández, esta corruptela no es valiosa o no según quién la usa.

 El peronismo debe recuperar su carácter de Nacional por contener las aspiraciones de todo el país desde La Quiaca hasta la Antártida, Federal, por asumir las diferencias regionales, provinciales y hasta culturales de este territorio, Popular por aquello que el gobierno hace lo que el pueblo quiere y defiende un solo interés, el del pueblo y Latinoamericano en el sentido de asumirse como continuidad de las luchas para construir una Patria Grande y como la expresión más fuerte y superviviente de ellas en América del Sur.

   Si lo hace habrá un futuro y será peronista de lo contrario deberá asumir la responsabilidad de haber abandonado su historia, su doctrina, sus banderas y a nuestro pueblo

VENEZUELA, LA PSIQUIS ASPIRACIONAL DE LA CLASE MEDIA Y MILEI COMO PRODUCTO DEL ROTUNDO FRACASO DE NUESTRA DIRIGENCIA POLÍTICA

Por Gustavo Matías Terzaga

Lo que hoy se invoca sobre Venezuela en nombre de la “restauración democrática” y la “libertad” para justificar el bombardeo a una nación soberana, replica, casi mecánicamente, una misma matriz de injerencia naturalizada. La intervención externa ya no se presenta como una violación del principio de soberanía, sino como una corrección necesaria, un acto pedagógico ejercido desde el centro sobre la periferia, un tutelaje moral que aporta tranquilidad y ubicación en el mundo. Bajo ese relato, bombardear, secuestrar dirigentes o tutelar procesos políticos deja de ser un atropello y pasa a leerse como un servicio civilizatorio.

La opinión pública internacional y medios locales. La operación no es sólo militar o diplomática, es previamente cultural y simbólica. Seguido a una fuerte demonización a cualquier lider o expresión popular, se construye la idea de que la democracia válida es la que cuenta con el aval de Washington, y que cualquier forma de autonomía política es, por definición, atraso, desviación, aislamiento o barbarie. Así, una buena parte de la sociedad argentina puede llegar a aceptar la subordinación como un mal necesario, convencida de que someterse al tutelaje externo es el precio para “volver al mundo”, salir del atraso populista o, en el caso del país bolivariano, de las garras de un narcodictador.

En ese sentido, la mirada de lo que sucede en Venezuela no es una excepción, sino la expresión más cruda de un patrón histórico: la asociación trastocada entre libertad y dependencia, entre sacrificio y renacimiento, entre modernidad y renuncia a la soberanía. Cuando esa lógica contraria al interés nacional y popular se impone, la claudicación deja de percibirse como tal y se convierte en virtud. Y ahí ya no fracasa sólo un gobierno, fracasa la política nacional como proyecto de autodeterminación. Es la antesala de de la entrega, la renuncia y la naturalización de la conciencia del esclavo en nombre de la integración al mundo.

El fracaso de la dirigencia política argentina consiste en haber naturalizado distintas capas de la dependencia; por cipayismo crónico, por prejuicio, genuflexión, falta de formación nacional, ceguera o cobardía, renunció a pensar la soberanía como un valor estratégico y aceptó la injerencia externa como condición de gobernabilidad, creyendo que a la Patria se la defiende con la pluma y la palabra o con un grissín. Y no hablamos de las elites o de gobiernos liberales puestos por el poder económico; nos referimos a gobiernos de reigambre popular.

La sociedad estaba lista para la Libertad. Y hay que decirlo, evidentemente Milei, producto de lo anteriormente mencionado, leyó con precisión dos planos a la vez: en lo social, captó el hartazgo, la despolitización y la disposición a aceptar dependencia a cambio de orden; en lo geopolítico, entendió la restauración del poder estadounidense en el hemisferio y apostó a un alineamiento pleno como estrategia funcional a ese escenario.

Genealogía de Mauricio Macri. El mundo PRO, una experiencia fallida

Por Mario Casalla

BUENOS AIRES (especial para Punto Uno). Un dato objetivo y compartido es que, a la fecha, el partido de gobierno (La Libertad Avanza) ha fagocito al PRO subsu-miéndolo en su propia práctica política. Expresamente no utilizamos la palabra “fin” o “muerte” del PRO porque en la singular vida política argentina los fenóme-nos partidarios nunca mueren del todo, sino más bien se acumulan como capas de cebolla. Tanto es así que en la Justicia Electoral de nuestro país hay 47 parti-dos de orden nacional y más de 700 de orden distrital reconocidos, convirtiéndola en el país sudamericano con más partidos políticos, aunque muchos de ellos no pasan de ser un sello que se prestan o alquila cuando llegan las elecciones. De allí que los saltos y cambios de casaca suelen ser también cosa bastante común. Desde su nacimiento, en el turbulento contexto de 2001-2002, Propuesta Republi-cana (PRO), el partido fundado por Mauricio Macri, empresario y ex-presidente del Club Atlético Boca Juniors, resistió la tentación de diluirse en los partidos tradicio-nales y se convirtió en un espacio de renovación de la centroderecha argentina. En él convivían políticos de larga data con nuevos ingresantes a la actividad, rela-cionados con el mundo empresario y de las ONG y los “think tanks” liberales. El emprendedurismo y el voluntariado eran los valores partidarios dominantes, a lo que sumaban un discurso “postideológico”, una estética festiva y un liderazgo pro-pio de un “team leader” empresarial. El alma mater del PRO es Mauricio Macri, se crió entre esos dos y sin él ese Mundo PRO sería, en lo político, muy poco sus-tentable. Quienes lo tratan más en intimidad dicen que suele repetir esta frase pa-ra explicar su destino: “Creo que la mejor definición de mí mismo me la dio Grego-rio Chodos, que es como un padre para mí. El me dijo: Mauricio en la vida están los que eligen tener y los que eligen ser. Vos elegiste ser. Y yo siento eso. Que yo tenía todo ya. Así que elegí ser”. 

UN PADRE Y VARIOS TUTORES

De Franco -su padre biólogo- pueden decirse muchas cosas, menos que haya descuidado la educación de quien imaginaba como su heredero. Quiso que Mauri-cio fuera al exclusivo Colegio Cardenal Newman, así como él revalidó su título del Liceo Italiano, en el Colegio Nacional de Buenos Aires (a su manera también, ex-clusivo), dos años después de haber llegado de Italia como inmigrante. Y también bregó Franco porque Mauricio cursara la carrera de Ingeniería, la misma que él había iniciado sin concluir, porque rápidamente fundó su primera empresa, Urbana S.A. Años después cuando Mauricio le llevó su flamante título de Ingeniero (UCA) hizo lo mismo que Giorgio (el abuelo presidencial) había hecho con él: lo ingresó en el mundo laboral. Claro que su abuelo Giorgio fue mucho más duro con Franco, que éste con Mauricio. Según cuenta en su autobiografía (“Macri por Macri”, 1997), a los tres días de haber desembarcado, lo mando en colectivo a trabajar en la construcción del Barrio Ciudad Evita que recién comenzaba. Franco fue mucho más amable con Mauricio: terminado los estudios universitarios lo llevo a SOCMA como analista junior de una de las empresas del grupo (SIDECO Americana). Allí aprendió las dos cosas que le faltaban: la práctica empresarial concreta y el mun-do de la política. Ambos, claro, inextirpablemente unidos.

EL OTRO PADRE 

Por aquellos años había en SOCMA cuatro gerentes de mucha confianza, a quie-nes Franco Macri consultaba en materia de política y gobierno: Carlos Grosso, Jorge Haieck, Ricardo Zinn y el ya citado Gregorio Chodos. Todos venían o repre-sentaban distintas líneas y tradiciones políticas y todos estaban en SOCMA (y se irían del grupo) por diferentes motivos y maneras. Franco los respetaba y acercó a Mauricio a ellos para que fueran –en el día a día empresario- educando políti-camente al delfín. Grosso y Haieck eran peronistas y un puente con el “peronismo renovador”, que surgía como alternativa al gobierno de Alfonsín que ya empezaba a tener problemas; Ricardo Zinn fue su introductor en lo más duro del liberalismo económico y un puente de plata con los gobiernos militares, mientras que Grego-rio Chodos representaba allí al desarrollismo y era amigo personal tanto de la fa-milia Macri como del ex presidente Arturo Frondizi. Chodos invitaba frecuentemen-te a Frondizi a cenar con Mauricio y allí las charlas no eran tanto de ideología desarrollista, como de las implicancias de ejercer el poder real desde el máximo cargo del Poder Ejecutivo. Frondizi un conversador agradable y fascinante (doy fe), era además un especialista en saltear obstáculos, recibir golpes y salir a flote, además de una inteligencia evidente y una auténtica vocación de estadista (lo re-conocían propios y adversarios). Cuando el joven Mauricio pronunció el discurso de asunción presidencial, nótese que el único nombre propio que citó fue el de Arturo Frondizi. Además había pedido -para ir luego a la Casa Rosada- el mismo Cadillac negro descapotado que utilizaron Perón y Frondizi (y que él no utilizó “por razones de seguridad”) y no mucho tiempo antes, ya como líder del PRO, decla-raba: “Puedo armar el mejor equipo político de gobierno, desde Frondizi para acá”. Evidentemente su “ideal de presidente” es Arturo Frondizi y su Ministro de Interior es un Frigerio. Pero claro Mauricio no es Arturo, ni Rogelio (nieto) es su abuelo, pero ese “ideal de yo” (contra el que se medirá día a día, en su fuero íntimo) sí lo son. El ideal de Frondizi vino mixturado, tal cual ocurrió en los ‘60: el otro lado de Frondizi fue Alvaro Alsogaray, a quien el desarrollista hizo su ministro de Econo-mía (algo inexplicable desde el punto de vista ideológico). En aquellos años el abuelo de Rogelio, dejó el gobierno de su entrañable amigo Arturo; hoy, al revés, su nieto Rogelio integró el gobierno de Mauricio, así como ahora gobernador de Entre Ríos, dio el salto a LLA sin problema alguno. Es que en su eclecticismo pragmático, Franco también arrimó a Zinn al elenco de tutores de Mauricio y por eso el joven que cenaba cada tanto con Arturo Frondizi, recibía clases pagas de Economía del mismísimo Ingeniero Alvaro Alsogaray. Aquí Zinn fue completado en la gestión por su tío materno, Jorge Blanco Villegas, quien contrató al Ingeniero para tales menesteres a través del Instituto de Economía Social de Mercado. Al-varo no perdió la oportunidad y a las pocas clases le acercó una ficha: por un tiempo Mauricio Macri estuvo afiliado a la UCEDE. Claro que don Alvaro no sabía que fichaba a otro Presidente (de los varios que fichó) y Mauricio ni soñaba con hablar en el mismo recinto que habló Frondizi, ni bailar al son de Gilda en el balcón al que asomó Perón el 17 de octubre del ’45. No duraron mucho esas mieles y el gobierno de Macri terminó en medio de una crisis política y económica de primer nivel. Debió recurrir al FMI y obtuvo un préstamo acordado en 2018 que fue el más grande de la historia argentina, inicialmente de US$ 50.000 millones y luego ampliado, en un intento por estabilizar la crisis económica y la fuga de capitales, pero fracasó en sus objetivos, se renegoció y gran parte del dinero se usó para pagar deuda preexistente y financiar fuga, generando fuertes críticas y denuncias de irregularidades por parte de la oposición y auditorías, según diversos medios y la Auditoría General de la Nación. Esa deuda externa es la que todavía estamos pagando. El ministro de Economía fue el mismo que tiene Milei (Luis “Toto” Capu-to) y el presidente del Banco Central era Federico Sturzenegger, el mismo que Milei tiene como ministro de Desregulación y Transformación del Estado. No sin razón se sostiene que el plan de gobierno de Macri es estructuralmente el mismo que Milei ejecuta ahora a una incomparable velocidad. Tampoco se ve que esto termine bien. Usted verá, amigo lector.

Los Caminos de la vida

Omar Auton

“Salgan al sol, revienten/Salgan al 

Soool/Salgan al sol, idiotas” 

(“Salgan al sol” Billy Bond)

   Para gran parte del pensamiento “políticamente correcto” la realidad insiste en mostrarse esquiva con sus análisis, sus predicciones, sus conclusiones, y me refiero a los más sinceros, o sea a los que cuando sus manuales no aciertan para comprender la realidad prefieren aferrarse a sus manuales.

   Lejos estoy de plantear un ataque a algún intelectual o pensador, más allá de lo acertado o no, a mi criterio, de sus análisis o afirmaciones, lo que creo que tenemos que pensar si no es momento, de una vez por todas, de tratar de conocer, estudiar y pensar como conoce, estudia y piensa nuestro pueblo, no en términos únicos sino precisamente rescatando las diferencias, las experiencias, la riqueza profunda de una identidad que es pluricultural en términos de mestizaje, que se fue edificando con los aportes locales y de las corrientes migratorias y que fue construyendo a nivel individual, comunitario, local pero también a nivel nacional.

   Recientemente científicas del Conicet hallaron un gen, al que llamaron “gen argentino”, (para disgusto de los mediocres que siguen repitiendo que “Los argentinos descendemos de los barcos”), en estudios realizados en la zona centro del país, que luego fue derivando, a partir de otros de origen amazónico, altiplánico, cordillerano, otros biotipos y éstos se encontraron con el europeo, el africano, continuando un desarrollo del que somos consecuencias.

   Si compartimos el concepto de comunidad como más amplio, profundo y preciso que el utilitarismo de “sociedad”, si aceptamos que los grupos humanos tienen como argamasa no sólo los intereses de cada individuo, sino lazos comunes que provienen de una historia compartida que genera pertenencias, valores, formas de organización, sueños y hasta concepciones de trascendencia que definen a una comunidad, se trata de reconocer como esos factores han aparecido caracterizando momentos de nuestra historia, como fueron evolucionando, que cosas lo potenciaron y cuáles lo afectaron. Este ejercicio nos va a dar los marcos teóricos y de campo para insertar la actualidad en los procesos y a partir de allí elaborar la necesaria «Actualización doctrinaria” que la realidad nos reclama.

   El “salir al sol” del tema de Billy Bond y La Pesada del Rock, en los años 70 hacía referencia a eso, a romper las formas de la mediocridad, de la frialdad de los laboratorios y bibliotecas, que, además, presentaban el problema que no contenían los aportes intelectuales de pensadores e incluso teóricos locales y latinoamericano que cuestionaban al “establishment” del pensamiento colonial, se producía en esos años un movimiento de revisión de nuestra historia, pero también de nuestra cultura, que empezaba a ser entendida como “Casa del hombre” y no limitada a las expresiones artísticas o educativas que en general eran aplicaciones mecánicas de categorías que eran válidas en los centros metropolitanos, ya que habían nacido de su historia, sus valores y experiencias pero no a los territorios de ultramar. Ese fenómeno tiñó gran parte de nuestra propia visión durante siglos y nos impidió formar una clase dirigente (que no es lo mismo que una “clase dominante”).

   Tomemos un tema puntual, la Educación, allá por septiembre de 2022, un grupo de docentes reunidos en la ReNaCe, Red Nacional por la Calidad Educativa, presentaban un proyecto de DNU, en cuyos “Vistos” transcribían “Los alumnos plantean con desesperación: En la Educación falla todo, falla el alumno, el docente, la familia, el Estado. Falla aquel alumno que se mentaliza que no puede, falla el docente al hacerle creer que eso es cierto, falla aquella familia que no da el apoyo a sus hijos ni exige una mejor educación, fallan los adultos que no se hacen responsables de sus menores, falla la educación que nos miente, porque nos aprueba, porque nos da títulos en sistemas en los cuales los contenidos son escasos o nulos falla el Estado por permitir que todo esto pase, por premiar con becas a alumnos que no se esfuerzan y no a los que se esmeran o se destacan en la escuela. Somos una generación a la que nos hicieron creer que somos unos inútiles, que no podemos o que solamente podemos si los docentes nos dan un trabajo fácil. Estamos convencidos que no hay retorno, que somos jóvenes capaces, con sueños y metas, pero con pocas oportunidades. Los docentes sienten hastío al ver como se desprestigia su labor profesional y su autoridad pedagógica debido a que, por decretos o directivas ministeriales, se ven forzados a:

Aprobar alumnos que no han logrado los aprendizajes que se avalan con su título

Promocionar estudiantes con un sinnúmero de materias desaprobadas e incluso sin haber asistido a clases

Graduar a alumnos que no saben leer ni escribir

Recortar contenidos hasta niveles irrisorios

Eliminar o desactivar sanciones disciplinarias y reclaman:

Instar a toda la comunidad unirse en la lucha por reencauzar el rumbo de nuestra educación y

Convocar a todos los actores de la política para trazar una estrategia de corto, mediano y largo plazo que nos lleve a estar orgullosos de la calidad educativa argentina”.

   Para la misma época, Romina de Luca, Doctora en Historia, docente de la UBA y directora del grupo de investigación Historia de la Educación Argentina y autora de “Brutos y Baratos” un estudio sobre la educación argentina entre 1955 y 2001, afirmaba “Lejos de privatizarse, (En 2020 la gestión estatal era de un 73% y la privada de un 27%) el sistema educativo se estatiza, pero, esa estatización se acompaña de una mayor degradación” señalando así lo que para ella es la verdadera causa de la crisis: la constante pérdida de la calidad de la enseñanza, afirmando, sin pelos en la lengua que la verdadera causa de la crisis en la educación es “La degradación causada, entre otras cosas por la “circulación rápida” de los alumnos por el sistema, facilitando al extremo el pase de un grado a otro, y por el vaciamiento de contenidos.

   Afirma además que “La inclusión educativa kirchnerista fué fallida en el sentido de que los alumnos pueden transitar por el sistema sin adquirir conocimientos sólidos... el macrismo conservó todos los mecanismos inclusivos del kirchnerismo que fueron convirtiendo la escuela en una “caja vacía”…Se arraiga la idea que los estudiantes deben transitar en forma ascendente por la escuela como si estuvieran en una escalera mecánica, sin importar si los conocimientos acompañan ese proceso…Las medidas post pandemia acentuaron esa tendencia al extremo, pase automático de 2020 a 2021, suspensión de exámenes y notas numéricas, evaluación por áreas y un verdadero Viva la pepa de materias adeudadas de un año al otro”

Me he detenido en estas largas transcripciones porque coincido con ellas que el gravísimo problema de la educación argentina no es responsabilidad de “buenos” o “malos” docentes, profesionales mejores y peores los hay en todas las actividades y eso no provoca una crisis de las dimensiones de la educativa, sino que es el sistema mismo, sus currículas y metodologías, sus programas de estudios descentralizados hasta a nivel escuela para favorecer su “integración al contexto”, la falta de formación de los docentes y de la cantidad de éstos para afrontar una enseñanza casi personalizada ante la fragmentación social y familiar que lleva a que cada chico “sea un mundo diferente”, la inexistencia de gabinetes de apoyo psicológico y psiquiátrico, trabajadores sociales, etc, la desarticulación con sistemas como el de salud, el abandono de la organización por disciplinas para reemplazarlo por el “abordaje por problemas”, hoy solo importa que el chico “esté en la escuela” más allá de la adquisición de contenidos.

   Ni siquiera podemos acusar de esto a los organismos internacionales, la Unesco o el Banco Mundial, ya que la Argentina es tomada como modelo en la aplicación de estos nuevos sistemas ya que viene desde los años 60, mucho antes de su generalización global, mientras tanto en el año 2020 se sabía que uno de cada cuatro estudiantes primarios terminaban su ciclo primario con conocimientos básicos o por debajo del básico en lengua y matemáticas y en el nivel secundario, que se supone es obligatorio, de cada 10 que arrancan, cuatro se pierden en el camino, y de los seis que llegan al final solo egresan efectivamente 4 o 5 de los cuales un 36 % solo alcanza rendimientos básicos en lengua y un 72% en matemáticas.

   Como “mal de muchos, consuelo de tontos” seguramente muchos saldrán a teorizar sobre lo estratégico de “retener el chico en el sistema” aunque no aprenda nada o que “si lo hacés repetir se va de la escuela”, cuando no la más vergonzosa “Acá al menos comen”, desnaturalizando la crisis o lo que es mucho peor aún, naturalizando y siendo funcionales a la construcción de una sociedad de exclusión, donde las familias adineradas o que puedan hacerlo en base a sacrificios busquen para sus hijos las escuelas donde todavía puedan aprender y tener una formación y adquisición de conocimientos, no hablo de educación porque creo que eso es función de la familia, mientras el resto seguirá engrosando los niveles de desocupación, hoy del 30% en menores de 25 años, de informalidad o lisa y llanamente de exclusión.

   Cierto es que este drama no es solo nuestro, España vive algo parecido, por ello el subir reels que exhiben la estupidez e ignorancia de sus adolescentes, es un deporte nacional, Gregorio Luri, Licenciado en Pedagogía, Doctor en Filosofía y sobre todo maestro, ha escrito un libro que es un llamado de atención para todos, “La Escuela no es un Parque de Diversiones, Una defensa del conocimiento poderoso”, donde resume su tesis en una frase “Si la escuela está en crisis no es porque sea una institución anticuada, sino porque ha olvidado su noble función: la de reducir en el mínimo tiempo posible y al mayor número de alumnos, la distancia entre la ignorancia y el conocimiento”.

   Sin embargo, estoy convencido que nada de lo hasta aquí expuesto puede sorprender a nadie, al menos no a cualquier padre o madre preocupado por el futuro de sus hijos y atento a su devenir en la escuela, pregunte usted, lector, a cualquiera cuál cree que es el estado de la educación en la Argentina y el 90% dirá “un desastre, ya no sé qué hacer o a que escuela mandarlo”, en un lenguaje más común o más formado todos sentimos que nuestros hijos y nietos no están teniendo una educación satisfactoria o adecuada, ¿Por qué el tema no está en ningún debate político?, ¿Porqué si en todo el mundo hace una década que se habla del efecto pernicioso de las pantallas en los niños y adolescentes, hasta tal punto que el mismísimo Mark Zuckerberg afirmó que el no permitiría que un hijo suyo usara smartphones antes de los 16 años, que pediatras y psiquiatras vienen hablando sobre la demora en el desarrollo del cerebro frontal, cuando hoy se habla del aumento exponencial de los problemas de violencia, irritabilidad y agresividad en niños y adolescentes y la escasez de psiquiatras especializados en niños, no hay un solo debate serio, en universidades nacionales, con participación de dirigentes políticos, a ver si aprenden algo, sobre este tema?

   Hace pocos días una docente, en nuestro streaming “El Bar del Encuentro” nos decía que ellos tienen que trabajar con los chicos, hacer tareas administrativas, si llaman a los padres por posibles problemas dn los chicos y éstos, salvo que se enojen y agredan al docente, piden un turno en el hospital tienen de tres a cuatro meses de demora y hasta seis ante un brote de agresividad. Si se hacen reformas en el sistema jamás son consultados y los sindicatos del sector no salen del debate salarial o por el estatuto y las licencias, nunca han planteado un un debate profundo sobre el sistema educativo, mientras tanto los funcionarios “expertos” llevan décadas discutiendo entre “Escuela inclusiva vs Calidad escolar”, me hacen acordar en la década del 90 (no sé si aún continúa), los psiquiatras y psicólogos debatían en congresos y simposios sobre reclusión o tratamiento ambulatorio de las enfermedades mentales, otro concepto “cancelado” ya que hoy no hay “enfermedades” sino “trastornos” o “Conductas diferentes”, mientras la comunidad reclamaba que la cortaran con ponencias y “papers” y definieran si había que había que poner los recursos en incrementar la cantidad de camas en internación o abrir casas de medio camino para externar pacientes.

   La misma docente me decía que hoy cuando un chico habla diferente antes de pensar si presenta problemas fonoaudiológicos tienen que ver como hablan los padres, no es que el chico tenga un trastorno sino que se crió oyendo hablar a sus padres en un idioma que no es el castellano común, ni que hablar con los doblajes de películas, series y dibujos animados en “español neutro” o “español centroamericano”, (las apps dan estas opciones) con lo cual los chicos tampoco hablan igual que sus padres o sus docentes.

   En escuelas de CABA comienza a notarse la caída de la natalidad en las inscripciones para el primer grado, ante ese fenómeno ¿cuál es la respuesta del gobierno?, acaso aprovechar para redistribuir espacios y avanzar con la doble escolaridad, como establece la legislación, NO!!, es cerrar aulas o en el actual proyecto de los canallas de este gobierno dejar de lado la obligatoriedad de la educación para que “Cada padre instruya a sus hijos en lo que quiera y como quiera”, una cosa es “Educar” que tiene que ver con aprender a vivir en sociedad, internalizar hábitos de convivencia, valores como el respeto o la solidaridad, eso es responsabilidad de la familia, otra, muy diferente es impartir conocimientos o como dice Luri, en la frase citada “Reducir la distancia entre la ignorancia y el conocimiento”.

   Claro está que todo eso viene abonado por teorías y literatura que aportan a toda teoría en boga, pero a la angustia de los padres al ver que sus hijos pasan de grado y no aprenden nada o egresan sin saber leer o interpretar un texto, que se enteran ahora que el haber permitido que sus hijos usaran pantallas desde recién nacidos las provoca trastornos de maduración mental o de conducta ¿quién le da respuestas?, ¿Quién sale a hablar con los docentes para enterarse de lo que pasa en las aulas, con el pluriempleo, con modelos curriculares que han fracasado?

   Por todo eso lo de “salgan al sol”, una deriva poética de “salgan a la calle”, va dirigido a una dirigencia política a la que se le puede aplicar toda la letra de esa canción y muchos epítetos mas, hablen con los padres, con los docentes, con los inspectores y auxiliares docentes, dejen de ocultar hipócritamente los resultados de las pruebas escolares y exhibir logros de alumnos en certámenes internacionales como si eso fuera el resultado del modelo educativo argentino, claro que hay escuelas donde los alumnos reciben buena instrucción, que hay docentes que se desloman para que aprendan contenidos, que hay chicos cuyos padres pueden acompañar y trabajar con sus hijos en esos contenidos, pero no es la mayoría, al contrario, muchos padres tienen doble empleo para poder parar la olla, los docentes están superados, porque también necesitan el doble o triple empleo y además porque tienen que lidiar con las consecuencias de hogares en crisis o destruidos, la fragmentación y violencia creciente de una sociedad injusta, las adicciones (incluidas las ludopatías dentro del aula) y todos los demás problemas ya consignados.

   Hace 40, en 1985 años se instauró en la UBA el Ciclo Básico Común, el CBC, supuestamente para “equilibrar las asimetrías que existían en los conocimientos que tenían los egresados de las escuelas secundarias del AMBA, se suponía que debería ser una solución temporal, que se iba a trabajar en nivelar las asimetrías, hoy no sólo se mantiene el sistema sino que en otras universidades se elimina el examen de ingreso porque ya era imposible bajar mas aún el nivel de exigencia, pasaron 40 años desde que se detectó el problema y no sólo no se hizo nada para mejorarlo sino que empeoró.

   En un capítulo anterior hablé de la política internacional, de lo que ocurre en el mundo, un mundo que cambia vertiginosamente sin que nadie nos cuente o explique lo que está pasando, ni los medios de comunicación ni la dirigencia, aunque muchas consecuencias del reordenamiento del poder mundial ya están manifestándose a nuestro alrededor, mas aún con un gobierno de traidores, ignorantes y psicóticos que nos involucra en conflictos ajenos o claudica nuestra soberanía de formas que San Martín, Belgrano, Yrigoyen y hasta Roca deben estar retorciéndose en sus tumbas.

   Hoy vemos como nos hundimos en una crisis educativa que tiene responsables, una dirigencia que sabe que estamos condenando generaciones enteras a la ignorancia y la exclusión y no les importa o lucra con ello e intelectuales muy satisfechos con sus publicaciones y teorizaciones pero sin el coraje necesario para llamar a las cosas por su nombre y denunciar con un lenguaje claro e inteligible esta tragedia.

   Lejos estoy de agotar el rosario de calamidades que una dirigencia fracasada y obsoleta han dejado ingresar en nuestra patria y agobian a nuestro pueblo, hay mucho mas por decir y será dicho, ojalá pronto el pueblo argentino agote su paciencia  y “Haga tronar el escarmiento”.

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