CORAZÓN DE PADRE, MANOS DE TRABAJADOR

Por Federico Berardi*

Todos los jueves, en un galpón de la UOCRA, se juntan alrededor de cien obreros de la construcción desempleados. Tienen un talonario. Cada talonario tiene un número. Cada número es un posible trabajo.

Las empresas de construcción que necesitan trabajadores ofrecen entre uno y cinco puestos. El gremio encontró que la solución más justa es el azar. Así que los puestos se sortean. Uno a uno. Si te toca, hay trabajo por unas semanas. Si no te toca, el sindicato te ayuda con la comida.

Después del sorteo se come un guiso bien pulsudo, y se reparten viandas y bolsones para poner algo en la mesa familiar del fin de semana.

Cien personas. Entre uno y cinco empleos. La matemática es brutal. Como también lo es la solidaridad de los compañeros a cargo de la seccional de la Unión Obrera de la Construcción de la República Argentina que reciben, organizan, cocinan, hablan y contienen. Son trabajadores que ordenan el caos de los ingenieros.

Lo que más me golpeó cuando vi la escena no fue lo que desnuda ni el reflejo de época que conlleva. Lo  que más me impactó fueron esas personas con papelitos en la mano, mirando el bolillero. Tipos que se levantan cuando todavía es de noche, tipos que trabajan a alturas de vértigo y que pueden calcular los grados exactos de una pendiente con sólo mirarla. Gente laburante, de verdad. Ahí, parada, esperando que la suerte los acompañe para poder trabajar.

Es una dignidad en suspenso.

Hoy 19 de marzo, la Iglesia celebra a San José. Esposo de María, padre de Jesús. Patrono de la Iglesia Universal y de los Trabajadores.

La poderosa Fe que inspira San Cayetano lleva a que muchas veces nos olvidemos de este último aspecto de San José. La confusión surge porque el que tiene su santuario en el porteño barrio de Liniers es el Santo del Pan: o sea de lo que el trabajo habilita. Pero el del trabajo propiamente dicho, es San José.

¿Y por qué? Sencillamente, porque San José fue el primer trabajador. Con sus manos sostuvo a una familia, y no cualquier familia. Trabajó toda su vida, enseñó a su hijo un oficio. Fue un hombre que se hizo cargo. 

En la pandemia, el Papa Francisco escribió una carta apostólica llamada Patris Corde. Con corazón de padre con motivo de los 150 años de la declaración de San José como patrono de la Iglesia Universal.

En esa carta describe siete dimensiones del padre que fue José. Y una de ellas es la del padre trabajador. El Papa Francisco dice esto que señalamos: el trabajo de José no fue solo el medio para ganarse el pan. Fue la manera concreta de amar a su familia. El trabajo como acto de amor, como forma de poner el cuerpo en la vida de los que uno quiere.

“El trabajo se convierte en ocasión de realización no solo para uno mismo, sino sobre todo para ese núcleo original de la sociedad que es la familia” dice nuestro Papa.

A eso, los cien tipos que vi el jueves pasado lo sabían bien. No necesitaban que nadie se los explicara.

La seccional de la UOCRA que visité encontró en el azar la respuesta a la exclusión. Pero cuando la suerte reemplaza a la justicia, estamos sonados.

Rescato el ingenio popular que con rapidez de reflejo expresaron los compañeros del sindicato, aplicando la valentía creativa, otro de los aspectos con el que describe el Papa Francisco a San José en Patris Corde. Francisco pone el ejemplo de los amigos del paralítico que lo bajan desde el techo entre la multitud para ponerlo delante de Jesús. Creatividad.

Sin embargo, esa solución temporaria no puede volverse la norma. Y eso está sucediendo. En todas partes. ¿Qué es si no el algoritmo de Uber? Levantar la persiana de un negocio todos los días también se transformó en una quiniela: ¿entrará alguien hoy o nada?

La Argentina del sorteo, como en la timba o como en el péndulo de la grieta, es divertida cuando a uno la suerte está de su lado. Pero esa sensación es pasajera. Va y vuelve. Demasiado riesgo cuando lo que se juega son los destinos de la Patria.

La Argentina que queremos no es esa. Es la del taller de José: donde el trabajo es cotidiano, donde el padre llega a la casa con algo concreto, donde el oficio se transmite, donde la familia tiene previsibilidad sobre su vida. Es la Argentina que abraza con orden y proyecto.

Si aceptamos que el trabajo es un favor que se sortea, y no un derecho que se construye con política industrial, con producción nacional, con industria de la construcción activa, entonces hemos perdido algo medular. Algo que en esa tradición de la Iglesia que fundó el hijo de José, el carpintero, se llama la dignidad del trabajo.

Las manos de esos cien tipos que esperaban en esa seccional  son exactamente lo que este país necesita para crecer. Trabajo sobra. ¿Quién lo ordena? “Si nos organizamos trabajamos todos”.

Hay que campear con una cuota de utopía y compromiso, sin ejercitar el manual militante de las nostalgias autocomplacientes. Quebrar la orfandad que se siente en el ambiente, vertebrar un proyecto con al menos un signo de paternidad: hacerse cargo. De la autocrítica responsable y honesta. De construir un programa posible. De enunciar una convocatoria política con raíces y con alas, una política que engendre futuro, que proponga ir por la huella de la esperanza.

Existe una canción de Jairo que se llama “Carpintería de José”. Es un tema sencillo, casi un susurro. Habla de José como padre. Lo mejor es que lo describe con 4 verbos que cualquier hombre común hace: cantar, pelear, rugir y llorar.

Lo corre por un momento de la dimensión del trabajo, del rezo de las manos que obran en silencio. Lo vuelve alguien que hace ruido.

Es una canción, podríamos decirle así, espiritual. Pero resulta inevitablemente política en la Argentina de hoy, donde el trabajo tiene algo de sagrado precisamente porque escasea. Cuando algo falta, se vuelve visible su valor. Y el valor del trabajo, en este país, está siendo puesto en crisis todos los días. Un hombre que sabe construir paredes y no puede construirlas, pierde el ingreso y pierde el lugar donde se reconoce. Pierde la forma de ser padre, de llegar a la casa con algo concreto para su familia.

José no hubiera podido ser el padre que fue si no hubiera tenido oficio, y si no hubiera tenido taller. Trabajaba y moldeaba su familia, la esperanza de un futuro digno que la iba organizando.  Es la forma que tiene cada persona, cada pueblo, de poner su impronta en el mundo, de decir “acá estuve, acá hice algo, acá serví”.

*Secretario General de la organización Encuentro Peronista. Ex Director Nacional de Primera Infancia (Ministerio de Desarrollo Social). Ex director del Programa Defensoría del Pueblo en Villas.

ESOS BURGUESES ASAZ EGOÍSTAS III

 Por Omar Auton

   Si bien la mayor parte del empresariado de la UIA fue parte del golpe, cámaras empresarias como la de Comercio y la Construcción integraron junto a la Sociedad Rural Argentina y Confederaciones Rurales Argentinas, la Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias (APEGE) nave insignia del golpe que se inició con su Lockout o paro empresario del 16 de febrero de 1976, el más célebre acto de desestabilización de un gobierno democrático producido por las clases dominantes argentinas, la “entidad industrial” también fue intervenida y comenzó un proceso de reestructuración del poder interno concentrado en las grandes firmas transnacionales y desplazando a los sectores internos que habían integrado la Confederación de la Industria Nacional Argentina junto a los dirigentes de la CGE.

   El sector más nacional del empresariado tuvo allí su “Canto del Cisne”, nunca más se recuperó, pero Ramos expresa bien las causas de su fracaso (Revolución y Contrarrevolución en la Argentina”, T.5; Edic. Continente; Bs.As.; 2013) “El atraso semicolonial del país había dado nacimiento tardío a una burguesía frágil, que a diferencia de sus gemelas del occidente europeo, no había descripto la evolución histórica capaz de conducirla desde la manufactura a la gran industria y, desde allí, a definir el destino del poder, sino que era por el contrario, el poder mismo conquistado por las masas y una parte del ejército el que brindaba su apoyo a la burguesía otorgándole créditos, ventajas arancelarias y protección legal. De este modo la CGE quedaba fatalmente ligada al destino del gobierno nacional. La UIA y la Sociedad Rural, por el contrario, tenían su apoyo político en el exterior, en los gobiernos imperialistas, la prensa mundial y la banca imperialista”. Esto que era real en 1945-1955, se repite en 1973, solamente que el valor de unos pocos más decididos, lo pagaron con su destierro, la confiscación o directamente el robo de sus propiedades en las mazmorras de la dictadura.

    Para entender la diferencia con la UIA, podemos decir que ésta desde su fundación, expresó los intereses del capital imperial, desde su inveterado presidente Luis Colombo que no solo representaba los intereses de Leng Roberts y Cia. sino que hasta tenía sus oficinas en el mismo edificio donde estaba la embajada británica. En 1945, figuraba entre sus socios Joaquín de Anchorena, en representación del gremio de “Abogados Adheridos”, las firmas eran tan “argentinas” como “Compañía de Petróleo Shell, Sherwin Williams Argentina, Dreyfus y Cía, Squibb and Sons, Dunlop, Philips, Philco, Olivetti, Duperial, Bunge y Born, Compañía Italo Argentina de Electricidad y Coca Cola”.

   Desde aquella época siempre coincidió con los intereses de los ruralistas y de la banca extranjera. En el mundo financiero en principio, estaba separada la banca nacional a quién representaba la Asociación de Bancos Argentinos (ADEBA) fundada en 1972, que casualmente en los 90 se fusionó con la Asociación de Bancos de la República Argentina (ABRA) que representaba los bancos extranjeros, para resurgir luego de la crisis del 2001, que puso en cuestión la credibilidad del sistema bancario argentino.

   La UIA poco a poco fue integrada por los hijos o nietos de los representantes originales de aquellas firmas que eran argentinos o por argentinos formados en las escuelas de negocios de las universidades privadas, pero también de las nacionales, de ahí los Think Tank que hemos descripto en capítulos anteriores.

   Después de la crisis del 2001, surge AEA la Asociación Empresaria Argentina, que reúne hoy al grupo más poderoso de los sectores económicos dominantes: Paolo Rocca, Luis Pagani, Héctor Magnetto, Sebastián Bagó, Alfredo Coto, Carlos Miguens, Federico Braun, Luis Perez Companc, Alberto Grimoldi, Eduardo Elsztain, Miguel Arguelles, Martín Migoya y Marcos Galperín. Es que en realidad al estallar la burbuja del 1 a 1, quedó a la luz que se venía una pulseada fuerte para saber quién imponía las condiciones en la salida de la convertibilidad y este grupo, el más poderoso de la UIA, se preparaba para lo que se venía, ¿Como se iba a reestructurar el capitalismo argentino en el nuevo siglo?

   En un muy interesante libro (“El País que Quieren sus dueños”; Edit. Planeta; Buenos Aires; 2025) Alejandro Bercovich, traza una semblanza que quiero compartir “Entender el comportamiento de los dueños del país e identificar su cuota de responsabilidad en el estancamiento productivo, la desigualdad social y el deterioro de las condiciones de vida que hasta ahora arrojó como resultado nuestra joven democracia es una tarea tan indispensable como pendiente desde aquel intento pionero de José Luis de Imaz en “Los que Mandan” sesenta años atrás…fue el primero en identificar las taras y falencias de ese grupo de individuos de origen casi calcado, nacidos y criados en prácticamente los mismos ámbitos (familias, barrios, colegios, clubes) pero a pesar de ello incapaces, según él, para “conducir concertadamente a la comunidad, dirigirla en vistas a la obtención de determinados fines, al alcance de ciertos logros” o para “regirse por marcos normativos más o menos similares”

   “Los que mandan ahora son herederos de los que mandaban en aquel momento o simples capataces de las multinacionales a los que los dueños originales les cedieron sus sillas…y así la simétrica incapacidad de los hijos y nietos para pegar el salto de clase dominante a clase dirigente desembocó en la crisis existencial de la democracia que terminó incubando la convulsión ultraderechista que sacudió las urnas en 2023” todo esto es cierto, tan cierto como la camada del Colegio Cardenal Newman que se hizo cargo del Estado con Macri u hoy en día los “Belgranitos” egresados del Manuel Belgrano como Santiago Caputo, Ramiro Marra, Martín Menem, Javier Iguacel o Eugenio Casielles.

   También acierta Bercovich, cuando señala “La élite económica vio en el Estado una oportunidad para agrandar su tajada del excedente o inaugurar nuevos negocios. Incluso, sobre todo diría, a expensas de sus competidores o potenciales rivales. Así a los empujones, se definieron las concesiones, los peajes, las obras públicas, las exenciones impositivas, los subsidios sectoriales, la regulación o desregulación de mercados, según conviniera, las barreras comerciales para proteger a determinados sectores y hasta la definición de por dónde pasaría un tren o que ruta se arreglaría o cual no”. Macri fue el primer intento de desembarco directo de uno de ellos, “nacido y criado en esa élite” al frente de un grupo de gerentes, asesores y dueños de empresas (a los cuales Paolo Rocca les sumó a la UCR a través de Sanz) en la conducción del Estado y fue un fiasco mayúsculo, el tipo que “les pidió a los dueños de las mayores fortunas del país un 1% de sus patrimonios para la campaña, con la promesa que lo recuperarían con creces cuando todas las empresas se valorizaran apenas asumiera” terminó confrontando por negocios con sus rivales particulares o por las políticas implementadas.

   Es que más allá de los desaguisados que el gobierno de los Fernández dejara, acumulado al fracaso del macrismo, dejó el camino expedito para que apareciera el Golem, de cuya creación luego diremos algo, “el nosotros contra ellos fue necesario potenciarlo, aprovechando el desconcierto postpandémico y las redes sociales. El desafío era gigantesco, como hacer que un tipo como Galperín siguiera pareciendo un “benefactor” aunque exprimiera a los pequeños comerciantes con comisiones abusivas del 11,99% más IVA, que uno como Claudio Belocopitt siguiera posando de “héroe” aún después de subir las cuotas de su prepaga el doble que la inflación y de aclarar que “son un servicio de lujo” o que otro como José Luis Manzano pudiera volver a departir tranquilamente en público sobre el rumbo del país después de haber ejecutado los pases de magia que lo catapultaron del gabinete menemista privatizador al control de esas mismas empresas privatizadas “ y sin embargo lo lograron.

   Existe un anatema aún vigente sobre esta burguesía, desde hace décadas y es que la oligarquía sigue siendo la dueña del modelo cultural dominante y los sostiene, pero en el fondo los desprecia, el “Chatarrin” con que el Golem anatematiza a Rocca es el equivalente actual al “Cucharita” conque la “aristocracia de cuna” motejaba a Franco Macri cuando este intentaba acercarse a sus territorios. A diferencia de la burguesía norteamericana que despreciaba a los latifundistas sureños riéndose de su supuesto olor a bosta de caballo antes de arrasarlos en la Guerra de Secesión, estos “burgueses” admiran los valores de la oligarquía, quieren asistir a sus colegios y clubes y para ello lo primero que hacen cuando alcanzan fortuna es…comprar un campo para ser “productores agropecuarios”.

   Hace muchos años, Don Arturo Jauretche, recurriendo al mismo libro que Bercovich, nos decía” …la clase alta porteña era normalmente permeable a los nuevos. Pero con esta burguesía demasiado nueva y sin pulir fue reticente, como lo había sido con los vencedores del 80, hemos visto como había incorporado en la primera mitad del siglo XIX a los europeos pobres, pero de estilo distinguido, política que siguió practicando habitualmente. Pero ahora los nuevos aparecían masivamente y la clase alta ya tenía seguridad, dictaba cátedra en los salones, en las veladas del Colón, en las tardes de Palermo y en las ruedas de sus clubes, en la escala que empezaba en el Club del Progreso, subía por el Jockey Club y terminaba en el Círculo de Armas”.

   “Nada tenían en común esas gentes de la vara de medir por más pesos que hubieran acumulado…Además estos nuevos ostentaban apellidos imposibles-italianos y hasta españoles-…Los Barolo o Roveranos, entre tanto, con monumentales edificio; los Llorente, Ybarra, del comercio, los Lagomarsino, Merlini, Campomar, Llauró Colombo, Pini, Vasena, de la industria no encontraron fácil la entrada a la clase alta” y aquí viene la referencia al libro de José Luis de Imaz “Salvo algunas excepciones notables (Dodero, Fortabat, Masllorens, Pasman, Bracht, Braun, Menéndez y otros) y contados, el prestigio económico obtenido por los empresarios, no parece haber ido acompañado por su equivalente “reconocimiento” al más alto nivel social”.

   Sin embargo, esa primera burguesía no se afectó por esa falta de reconocimiento y a diferencia de sus herederos no intentó hacerse ganaderos o cabañeros, no intentó acceder a La Recoleta, poblando con sus mármoles a la genovesa, el cementerio de la Chacarita.

   Resulta capital para comprender el rol de la llamada “burguesía nacional”, esa no está en la UIA, en realidad nunca estuvo más que como furgón de cola, el recientemente creado Movimiento Industrial Nacional, simplemente disputa espacios dentro de la entidad para discutir “estrategias de marketing, va a ser un espacio de comunicación” explicaba a Perfil, el 17 de abril de 2025, Tomás Karagozian, el CEO de TN&Platex, la textil que acaba de cerrar sus plantas en Tucumán, y los pequeños y medianos empresarios víctimas de la implacable política de Milei para terminar con la manufactura local no tienen representación.

   Pero es necesario comprender la mentalidad, la visión de este sector, retomando a Ramos “En los países semicoloniales, según puede observarse, las fuerzas entre la burguesía nativa y el capital extranjero, están desproporcionadamente a favor de este último, que cuenta con el apoyo de la prensa, los partidos políticos, la oligarquía y hasta sectores de la pequeña burguesía privilegiada y enceguecida por la falsificación de la historia y la tradición cultural…Su dependencia de la provisión de maquinarias, materias primas y accesorios de las metrópolis imperialistas impone a la burguesía industrial argentina una extremada cautela política” y es así, mientras la oligarquía (ayer ganadera, hoy agrario-financiera, siempre rentista) cuenta con sus medios de comunicación, ayer la Prensa y la Nación, hoy el grupo Clarín, La Nación, Infobae, Ámbito Financiero, TN, La Nación +, etc., la universidad y sus cátedras de economía, sus políticos “dóciles”, algunas embajadas, etc. para afirmar, sin contradictores, el destino de primarización del país; los industriales argentinos nunca pudieron sostener un diario, una revista u hoy un programa de Youtube. Recientemente el paradigmático José Luis Manzano afirmaba que “el país iba a crecer y algunos sectores a volar”, nombrando la energía, la minería, la tecnología y los commodities, los mismos que explican el supuesto crecimiento del 4% del PBI (petróleo, servicios financieros, minería y agro) todos ellos caracterizados por no crear fuentes de trabajo, no generar actividades industriales vinculadas y no mejorar el nivel de vida de los argentinos de a pie.

    Ramos, en la obra mencionada afirma “Las inversiones imperialistas en la industria argentina eran muy importantes…nuestra burguesía industrial, que teóricamente debería ser el eje para un desarrollo impetuoso, vivió para siempre trabada por antagonismos debilitantes. Aquellas industrias que eran de capital nacional eran asimismo propiedad de extranjeros o de hijos de extranjeros (se refiere a la burguesía original, a la que me he referido, siguiendo a Jauretche, en un párrafo anterior), la influencia de la ideología imperialista era predominante en el último medio siglo, gravitaba en estos industriales y los impulsaba a adorar de rodillas la técnica imperialista, sus instituciones y sus mitos. Rechazaba así una verdadera comprensión de su papel en la Argentina, país al que por lo general juzgaban desdeñosamente”.

   Ahora bien, señalado que fué el momento de oro del intento de generar un país industrial, las dificultades de esa “burguesía nacional” o su cobardía para transformarse en “clase dirigente”, su sumisión cultural frente a la Oligarquía, su modo de vida y su forma de entender el destino del país, el fracaso de los dos intentos de generar espacios de representación propia, con las consecuencias que esta derrota produjo hasta hoy, su dificultad para desprenderse de una representación corporativa y crear otra propia, sin el apoyo del estado y el movimiento nacional ¿Porqué son el apoyo y sustento de Javier Milei hoy en día pese a los agravios y descalificaciones?

   Dejando aclarado que me refiero al sector que conduce la UIA, cuyas características hemos descripto largamente, recordemos que una semana después de la victoria del Golem en la segunda vuelta, Paolo Rocca dijo ante sus gerentes “En la Argentina tenemos grandes oportunidades en energía, acero y litio…ahora se dio un proceso que refleja el hartazgo de la sociedad con una degradación institucional…una hipertrofia del Estado…yo personalmente comparto la esperanza que este cambio está generando”, pocos días después en una conferencia pública para clientes de Techint, se abrazó a Guillermo Francos y pidió un aplauso para el flamante ministro del Interior, éste, a su vez, conoció al hoy presidente en la Corporación América de Eduardo Eurnekian quién tuvo a Javier Milei a sus órdenes durante 15 años y a quién en un brindis en el hotel Alvear ante 500 socios del Consejo Interamericano del Comercio y la Producción le auguró “Deseo honestamente Javier que tengas la oportunidad de demostrar a la sociedad argentina que el orden, la disciplina y la coherencia son el único camino que llevan al éxito de las naciones”.

   Rocca, hoy denostado y agraviado, colocó a un gerente de su petrolera (Tecpetrol) Horacio Marín, junto a media docena de sus hombres en YPF (puede darse el lujo de tolerar algún insulto o perder una licitación de sus caños). AEA el grupo que reúne a lo más granado del poder económico, publicó tres comunicados en los meses siguientes al ballotage, el primero fue una felicitación “con gran satisfacción” por el triunfo, el segundo, titulado “Una oportunidad histórica” y redactado, según Alejandro Bercovich en su libro ya citado, en su almuerzo asamblea-anual y firmado por Paolo Rocca, Luis Pagani, Héctor Magnetto, Sebastián Bagó, Alfredo Coto, Carlos Miguens, Federico Braun, Luis Perez Companc, Alberto Grimoldi, Eduardo Elsztain, Miguel Arguelles, Martin Migoya y Marcos Galperín y se valora “muy especialmente que el gobierno se disponga a tomar medidas que permitan el más pleno desarrollo del sector privado, sometido durante años a injerencias estatales indebidas, a controles de precios, a una elevadísima presión tributaria, a restricciones arbitrarias en materia de comercio exterior y a amenazas como la Ley de Abastecimiento”

   El tercer comunicado fue, obviamente, tras la aprobación de la Ley Ómnibus por el Congreso, que le daba al presidente prácticamente la suma del poder público.

   ¿Desconocían acaso las características “especiales” del Golem y por eso hoy los sorprende sus desplantes? de ninguna manera. El 16 de noviembre de 2023, en el mismo salón del hotel Alvear, Eurnekian “no cabía en sí”. Todas las miradas se repartían entre su viejo pupilo y él. Alguien le preguntó por sus propuestas de campaña más disparatadas y se permitió una broma fuerte “Tengo 3700 ñatos en mi empresa y uno salió fallado, ¿que querés que le haga?”.

   De todas maneras, vale la pena soportar algún desdén, algún epíteto desmedido mientras los 50 tipos más ricos del país, a fines de 2024 atesoraban entre todos, casi 78.000 millones de dólares, un 70% más que los 46.000 millones que reconocían a fines de 2019, y eso tan solo por la revalorización de acciones y bonos que produjo el acceso al gobierno de la Libertad Avanza, hoy mismo Rocca debería pasar 236 años gastando 100.000 dólares al día para agotar su fortuna y un trabajador no gastar un peso de su salario durante 35 años para tener esos 100.000 dólares “París bien vale una misa”.

   Ahora bien, ¿estoy diciendo que todos estos industriales, más allá de haberse globalizado se han incorporado de pleno a la vieja oligarquía, cuyos apellidos ilustran las estaciones del subterráneo línea D? de ninguna manera. Según cuenta Augusto Tartufoli en “El planeta de los dueños” hay un espacio geográfico llamado “El Bajo”, tal como se la denomina-entre nos y solo entre nos- esa franja sexy que va desde la Avenida Libertador, hacia las curvas plateadas del río. Allí donde los GPS de los autos importados pronuncian indicaciones en inglés, donde no existe el “gire a la derecha” sino el “turn right”, hay un clúster de restaurantes con epicentro en Acassusso, de nombres John Bull, The Embers, Kansas o Friday donde la fauna local no almuerza sino que acude para su “lunch”, bien, en ese lugar, se cuenta que ante la invitación a compartir mesa con Gloria García de Coto, esposa de Alfredo Coto, una familiar de Federico Braun pronunció dos palabras “Mejor no”,  que una integrante de una familia artífice de la Conquista del Desierto se vea obligada a hacer “small talk” con la mujer de un matarife es un hecho inadmisible.

   Asimismo cuando en el desarrollo del recientemente lanzado a las inversiones inmobiliarias Marcelo Mindlin, nada menos que en el Barrio Parque, a metros del Malba, intentó adquirir una unidad Federico Pieruzzini, importador de vehículos de alta gama y representante en Argentina de Land Rover y Jaguar, recibió la “bolilla negra” porque “Barrio Parque no es lugar para un vendedor de autos”, y después cuando uno menciona a la oligarquía, los “ólogos” nos responden “Eso ya no existe”.

   Mas allá de las notas de color, lo cierto es que si el peronismo se debe un debate acerca de cómo acompañar una repotenciación del movimiento sindical, también se lo debe acerca de cómo acompañar y promover la agremiación de los pequeños y medianos empresarios, ellos son trabajadores en el sentido que el peronismo da a esta palabra, como lo son los comerciantes y profesionales independientes, y su organización y defensa de sus intereses debe ser parte de un movimiento nacional “reloaded” (Entre tanta terminología en inglés en nuestro hablar cotidiano, permitanme este desliz).

ESOS BURGUESES ASAZ EGOÍSTAS II

Por Omar Auton

   Henos de nuevo aquí, tratando de descifrar las causas de la cobardía histórica de la burguesía argentina y las consecuencias pretéritas y actuales de su sumisión cultural  que la llevó y lleva a acompañar las políticas de la oligarquía aún cuando son víctimas de ellas, algo muy parecido al sector mayoritario de nuestras FF.AA que han sido instrumentadas una y otra vez contra los intereses del pueblo argentino (1930, 1955,1976) y luego sufrieron las consecuencias de esos crímenes y desatinos sin que la oligarquía, que siempre protegió a sus miembros partícipes, levantara la voz en su defensa u hoy han sido desarmadas, reducidas a su mínima expresión y siguen acompañando las políticas que conducen inevitablemente a su desaparición (¿para que quiere una colonia FF.AA?) o a su reducción como guardia pretoriana para reprimir los intentos populares.

   En 1958 comienza luego de los peores años de la “Fusiladora”, otro ensayo de encontrar un camino. Arturo Frondizi es elegido presidente y con él las ideas desarrollistas, convengamos que adolecían de un problema de base, el concepto de “Desarrollo” intenta explicar el sistema capitalista como un camino único en el cual hay países más avanzados o “desarrollados” y otros más atrasados o “subdesarrollados”, por ende se trata de encontrar la forma de apurar el avance y alcanzar a los más desarrollados considerando las inversiones extranjeras especialmente en siderurgia y petroquímica como algo valioso en este logro. En resumen las ideas de “Imperialismo”, “Países dominantes y países dominados”, la relación de necesidad de la existencia de colonias y semicolonias para que haya potencias coloniales “desarrolladas” no existen para ellos o las consideran viejas.

   El estudio de  esta visión reviste una gran importancia hoy, dado que una invasión de economistas que se autodefinen “desarrollistas” intenta convencer a un peronismo descerebrado, claudicante y falto de ideas que son la salida esperada, que tienen la receta para lograr, como prometió Frondizi en 1958 “Estabilidad y Desarrollo”, con la condición que abandonemos toda idea “dirigista” o “autonomista”.

   El propio Frondizi que cuando Perón manda al congreso el tratado con la California, se transforma en su principal enemigo y publica su libro “Política y Petróleo” defendiendo el monopolio de YPF, en cuanto asume la presidencia sin embargo hace todo lo contrario de lo que había dicho (quizás por esto Menem lo consideraba “un gran estadista”) anuncia la “Batalla por el petróleo” y firma los contratos petroleros con Panamerican, Tennesee y la Banca Loeb.

    Pero además se pone en marcha un plan de “Estabilización y Desarrollo” cuyas columnas principales eran:

1) Una profunda racionalización del Estado, congelando vacantes y salarios así como implementando retiros voluntarios y reducción de la obra pública.

2) Un acuerdo con el FMI para un Stand By por 75 millones de dólares, con el compromiso de seguir muchas de las políticas económicas del organismo.

3)Un acuerdo con el gobierno de EE.UU y un grupo de Bancos por un préstamo de 254 millones de dólares.

4)Una nueva ley de inversiones extranjeras, otorgando a los capitales extranjeros los mismos derechos que a los argentinos, eliminando cualquier restricción a la repatriación de capitales o dividendos a sus países de origen.

5)Unificación y liberación del tipo de cambio y flotación con intervención del Banco Central, esto significó una devaluación del 300% del dólar oficial y un 64% del paralelo.

   Me detengo en este detalle para que podamos ver como el mismo paquete de medidas se repite una y otra vez, fracasa una y otra vez, pero deja las mismas consecuencias.

 1) Un gigantesco traslado de riquezas al sector agropecuario a partir de la devaluación como principal exportador.

2) Una brutal caída de los ingresos de los trabajadores, que en dos años perdieron 8 puntos del PBI, cayendo su participación del 46 al 38%., esto conjuntamente con la política de achicamiento del Estado provocó durísimos conflictos y Frondizi no vaciló en aplicar el Plan Conintes o Plan de Conmoción interna, encarcelando trabajadores y delegados, militarizando servicios públicos en los casos de huelgas y recurriendo a violentas represiones de marchas y tomas de fábricas (como el caso del Frigorífico Lisandro de la Torre).

3) El comienzo de un largo ciclo de desnacionalización de la industria argentina. Las inversiones extranjeras en países de riesgo como Argentina vienen de tres maneras:

a) Para actividades financieras como el “Carry Trade”, o sea traer divisas, cambiarlas por pesos, comprar bonos o ponerlos en plazos fijos, capitalizar ganancias, recomprar dólares e irse.

b) Invertir en materias primas estratégicas, petróleo, minería, de rápido retorno de la inversión (eso fué el plan petrolero de Frondizi y hoy Vaca Muerta y el RIGI), escasa o nula generación de trabajo, beneficios impositivos y de repatriación de ganancias y dividendos, una vez agotadas las reservas se van (vaciamiento de YPF y del gas de Loma de la Lata por Repsol con el menemismo).

c) Adquirir empresas en funcionamiento bajo la presión de una competencia que por razones de escala es insostenible sin apoyo del Estado.

   Prácticamente los esbozos de industria automotriz y petroquímica de capital nacional desaparecieron, los ramales ferroviarios y las industrias asociadas sufrieron los embates del llamado “Plan Larkin” de eliminación de ramales, lo que además encarecía la producción en las provincias, la devaluación además hacía más caros los insumos importados requeridos por la industria.

   Asimismo la “lluvia de Inversiones” que se esperaba nunca se produjo, el promedio entre 1958 y 1961no superó los 160 millones de dólares, si la inversión interna bruta fija era en 1957 de 1595 millones de pesos y equivalía al 18,5 del PBI,  en 1962 era de 2207 millones de pesos y equivalía al 22,6% del PBI.

   Ramos, hace un acertado análisis de esta época, “Si la Revolución Libertadora implicó un retroceso aunque en modo alguno el retorno al punto de partida-o sea el 3 de junio de 1943- tampoco llegó la oligarquía a realizar su programa hasta el fin. De ahí que los “libertadores se encontraran tan frustrados como los peronistas. Ni la vieja Argentina ni la nueva lograron vencerse de modo completo…Frondizi realiza una política pendular entre ambos intereses y no logra satisfacer plenamente a ninguno de ellos, su actitud dual nacía de la situación misma, no de su maquiavelismo privado”

   Esto se mantuvo, con leves variantes hasta los años 70, en términos políticos en el terreno del pensamiento económico liberal, en los años 60 aparecen nuevas corrientes. El pensamiento católico tras la muerte de Bunge, se expresa en hombres como Moyano Llerena, sin embargo el cambio mas fundamental es que comienzan a ocupar un lugar cada vez más secundario las “preocupaciones sociales” en aras de un “profesionalismo más secular, así aparece una corriente vinculada a los economistas nucleados en el estudio de Carlos García Martínez y Rafael Olarra Giménez, siguiendo la obra “Argentina será Industrial, o no cumplirá su destino” (Marcelo Rougier y Juan Odisio; Imago Mundi Buenos Aires; 2017), García Martínez asumió como ayudante en el Departamento de Estudios Económicos de la UIA en 1958, dos años después, designado por Frondizi, como economista general adjunto de la “Misión Larkin” del Banco Mundial, ya mencionada, tras el golpe de 1962 vuelve a la UIA y termina como jefe del Departamento de Política Económica e Industrial. En 1963 cuando José Alfredo Martínez de Hoz asumió por primera vez la cartera económica, fué designado presidente del Banco Central.

   Su pensamiento siguiendo a los autores citados podemos resumirlo así ”postulaba que la Argentina era una potencia de quinto orden y que su decadencia había comenzado en el Centenario…las causantes del desvarío eran: el catolicismo económico-social, el keynesianismo, el desarrollismo, el autarquismo y el dirigismo. En relación a la política industrial la errónea estrategia adoptada había respondido en lo fundamental a tres principios: La expansión del mercado interno, la protección contra la competencia del exterior y la legislación de promoción sectorial”, en lo referente al aumento de la demanda señalaba “ el crecimiento del crédito bancario, el aumento masivo de salarios y el incremento del gasto público mediante la emisión monetaria” como las políticas a descartar.

   García Martínez fundó más tarde el Centro de Estudios de Política y Economía, que publicó la revista “Política y Economía”, en el CEPE participó Javier González Fraga por entonces empleado del estudio García Martínez-Olarra Giménez y Luis García Martínez (Director  del Instituto de Estudios Económicos de la Sociedad Rural Argentina) Roberto Favelevic y Armando Ribas, en las páginas de la revista escribían Mariano Grondona, José Alfredo Martínez de Hoz, Juan y Roberto Alemann, Alberto Benegas Lynch y también economistas de FIEL (Fundación de Investigaciones Latinoamericanas), cuyo staff actual incluye personalidades como Adelmo Gobbi (presidente de la Bolsa de Comercio), Cristiano Ratazzi en el Consejo Consultivo, Daniel Artana y Juan Luis Bour como economistas jefe y a Miguel Kiguel, Ricardo López Murphy, Manuel Solanet y Enrique Szewach.  Una vez más la consigna de cabecera del grupo fue “Una drástica reducción de la intervención del Estado y la fuerte liberalización de los mercados”, como pasos necesarios para ¡la rápida evolución de la industria!

   Seguramente muchos se preguntarán:

1) ¿Los industriales argentinos saben que desde la aparición misma del capitalismo en los países originarios (Francia, Inglaterra, Países Bajos) más tarde en Alemania, Italia , Japón y EE.UU, luego en los “emergentes” como Corea, Singapur, Indonesia, India o China, el proceso se llevó a cabo con fuerte intervención estatal y protecciones aduaneras?

2) ¿Los industriales argentinos no se dieron cuenta que cada vez que hubo “liberalización de los mercados”, o “aperturas económicas” el resultado fue la quiebra y el cierre de empresas nacionales o la extranjerización del sector por la compra directa de empresas (como en los 90)

3) ¿La Unión Industrial Argentina representa los intereses reales de la “burguesía argentina” especialmente en las medianas y pequeñas empresas, hoy podemos decir también en algunas grandes como FATE?

4) ¿Forman parte de la “burguesía nacional” los propietarios de conglomerados económicos cuyas empresas no sólo no tienen domicilio en Argentina si no que se han globalizado y sus propietarios ni siquiera viven aquí, incluyamos al inefable José Luis Manzano, ex “peronista renovador”, ex ministro de Carlos Menem y hoy millonario empresario de las comunicaciones y el petróleo?

   No voy a intentar responder esas preguntas, al que le interese puede ahondar en el tema, estudiar, aportar más información y sobre todo juntarse con otros compañeros a debatir y sacar conclusiones es uno de los grandes temas pendientes para el pensamiento nacional.

   Sin embargo hemos conocido un intento serio y profundo de construir una alternativa a esto y fue la Confederación General Económica (CGE), nacida el 15 de agosto de 1952, fundada por José Ber Gelbard, precisamente a la luz de las políticas del gobierno de Juan Domingo Perón y decidida a representar los intereses de pequeños y medianos empresarios nacionales, y que tenía por objetivo “La defensa de las pymes argentinas, la integración de la economía interna, promover la transferencia del conocimiento y la capacitación constante y la construcción de consensos políticos con la Confederación General del Trabajo (CGT) y el gobierno”, así como “ El desarrollo de la industria, el comercio y los servicios conformado por capitales nacionales, la regionalización de la economía, articular diferentes cadenas de valor en cada región agregando eslabones de conocimiento a través de universidades e institutos de tecnología, la promoción de nuevas tecnologías entre los empresarios nacionales pymes y su capacitación en conjunto con los trabajadores, la promoción de la industria pesada como factor de impulso a pymes proveedoras, promover la logística, fomentar el consumo de productos de fabricación nacional, impulsar las industrias estratégicas y fortalecer el crecimiento económico del país mediante un mercado interno pujante y las exportaciones competitivas con valor agregado” es en su homenaje que por Ley 27.108/14, se celebre el día 16 de agosto como Día del Empresario Nacional.

   Como vemos hubo una “burguesía nacional” capaz de elaborar un programa de desarrollo capitalista, por ello no resulta extraño que en 1955 haya sido ilegalizada e intervenida militarmente, cuando reaparece en 1958 había perdido representación, especialmente en el comercio cuya representación comenzó a ser hegemonizada por las grandes cadenas de supermercados.

   La CGE recuperó protagonismo en los años 70 y en 1972 presentó junto con la CGT un documento que diagnosticaba los problemas económicos del país y presentaba propuestas para solucionarlos, en marzo de 1973 presenta las “Sugerencias del Empresariado Nacional para un Programa de Gobierno” y finalmente el 30 de mayo la CGT, la CGE y El Gobierno firman el “Acta de Compromiso Nacional para la Reconstrucción, Liberación Nacional y la Justicia Social” que comprendía un paquete de 19 proyectos de ley, la primera de ellas el “Plan Trienal para la Reconstrucción y la Liberación Nacional”.

El documento sostenía que “las empresas extranjeras se habían beneficiado de los regímenes liberales utilizando el crédito interno y remitiendo descontroladamente utilidades al exterior…gozaban de elevada protección aduanera y usufructuaban de la importación indiscriminada de equipos, lo que se traducía en una absorción de las empresas nacionales y una mayor concentración”.

   Cabe señalar que, en ese momento, hasta la UIA a través de su presidente Elbio Coelho, manifestó su apoyo afirmando que había que impulsar “fuertes empresas privadas y eminentemente argentinas” (SIC).

   Respecto de las inversiones extranjeras “Las nuevas inversiones se evaluarían en función de criterios que considerasen el aumento de la ocupación, la mejora en la balanza de pagos, el desarrollo regional. El monto y destino de la radicación, las tasas máximas de utilidades que podrán girarse al extranjero y la regulación del endeudamiento externo de las empresas quedarán claramente explicitados en la nueva legislación…se considera prioritario el desarrollo de industrias productoras de maquinarias e insumos básicos, la realización acelerada de los grandes proyectos industriales ya iniciados en siderurgia, petroquímica, química pesada, aluminio, celulosa y papel…el plan declaraba la decisión de controlar el crecimiento “exagerado” en ramas no prioritarias y reconvertir industrias de bienes de consumo (alimentos, aparatos para el hogar, textiles, cuero, muebles e imprenta) y…proponía el aliento a las exportaciones industriales lo cual se llevaría a cabo mediante incentivos fiscales, facilidades crediticias y el desarrollo de una política de inserción internacional y apertura de mercados”

   Pero todo esto no quedó en meras declaraciones, la ley de inversiones extranjeras estipuló que “Debían radicarse en actividades y zonas geográficas determinadas por el ejecutivo y no generar el desplazamiento del mercado de empresas de capital nacional. Quedaron prohibidas a los extranjeros la adquisición de más de un 50% del capital de una empresa que operara en la Argentina y toda inversión en las áreas consideradas vitales para la seguridad nacional, que incluían energía, química, petróleo, servicios públicos bancos y seguros, agricultura y pesca, medios de comunicación social, publicidad y comercialización. La ley restringía al 12,5% las remesas de utilidades al exterior y sólo podrían efectivizarse a partir del quinto año de la radicación y penalizaba con impuestos extraordinarias el incumplimiento”.

   Estamos ante el último intento de las fuerzas nacionales de cambiar el rumbo de la historia y avanzar hacia un modelo de capitalismo autónomo (no autárquico), integrado al mundo pero desde su soberanía y sus propios intereses, que recuperaba parte de los viejos sectores que construyeron el movimiento nacional que catapultó la década extraordinaria de 1945-1955 (la única “década ganada” en realidad), los trabajadores organizados encuadrados en la CGT, los empresarios nacionales organizados en la CGE acompañaban y sostenían el liderazgo indiscutido de Perón, también algunos sectores medios que volvían de su “gorilismo” anterior,  pero ya no contaban con el apoyo de las FF.AA, despojadas a partir de 1955 de todo atisbo nacional y menos peronista.

   Tampoco la Argentina era la de 1955, había crecido la clase trabajadora no solo en número sino en su perfil técnico y profesional, sin embargo sí seguía siendo la misma la oligarquía, que agazapada trató de preservar fuerzas y alianzas, especialmente con los sectores transnacionales del empresariado, su poder de fuego a partir de los estancieros representados por la Sociedad Rural Argentina, que comenzaba a arrastrar tras de sí a sectores medianos, especialmente ante los proyectos como la Ley Agraria y el Impuesto a la Renta Potencial de la Tierra, el predominio cultural en la formación de profesionales y los programas de educación, incluso los partidos políticos se agazaparon almanaque en mano especulando con el tiempo de vida del Gran Argentino.

   Asimismo les apareció un aliado inesperado, los grupos terroristas que despreciando la voluntad popular siguieron cometiendo crímenes y atentados, a los dos días que Perón se consagrara presidente de los argentinos por tercera vez, con el 61,86% de los votos,  un grupo que se proclamaba peronista (aunque su jefe reconocía que no conocían a Perón y nunca habían leído ni “la Comunidad Organizada”), asesinaba al Secretario General de la CGT José Ignacio Rucci, una figura fundamental para el proyecto de Perón y una de las columnas que sostenían el Pacto Social y el Plan Trienal.

   Rucci pagó con su vida su lealtad a Perón y su compromiso con este intento de reconstrucción nacional, Gelbard fue perseguido por la dictadura militar que le quitó hasta la ciudadanía argentina, muriendo en 1977, la CGE fue disuelta y sus bienes confiscados y Martínez de Hoz se dedicó a arrasar hasta el recuerdo de este intento. Su labor fue continuada por Menem-Cavallo, Macri y ahora el Golem, pero esta es otra historia.

(Continuará)

Ramon Carrillo y la tradición sanitaria nacional

Por: Manuel Fonseca

La salud, como la libertad o el poder, cobra valor cuando no se tienen. No da votos, no ocupa la agenda. Está ahí. Cuando desaparece el que puede paga y el que no, padece. Hubo una persona que pensó al revés y lo volvió obra. Ramón Carrillo quiso y pudo. Las reliquias de su legado se nos presentan como cuentas pendientes. ¿Quién fue y cómo pensó la salud Argentina? ¿Qué pistas nos ofrece para interpretar nuestra realidad sanitaria?

Lo material: la revolución de la capacidad instalada
Ramón Carrillo nació en Santiago del Estero, el 7 de marzo de 1906. Viajó a Buenos Aires a estudiar Medicina y se graduó con medalla de honor. Fue becado y se especializó en Europa de donde volvió consagrado como uno de los más brillantes neurocirujanos de la época. Puso en marcha el servicio de Neurocirugía del Hospital Militar y en 1942 ganó el concurso de profesor adjunto en la carrera de Medicina de la UBA. Tenía 36 años.

Cercano a FORJA, simpatizante de los militares nacionalistas del GOU y trabajador del hospital militar, católico, referente universitario. La excelencia de su formación y sus círculos de relaciones lo acercaron a Perón. Cuando lo trasladan de la Isla Martín García, Carrillo asiste al coronel encarcelado en el Hospital Militar y es quién oficia de “cartero” en los episodios del 17 de octubre.

En 1946 se convirtió en el primer Ministro de Salud de la Historia argentina. El país no contaba con una política sanitaria nacional. Las entidades previas al Ministerio de Salud (Protomedicato realista; Dirección Nacional de Higiene; Dirección de Salud Pública) se limitaban al control de focos infecciosos del puerto y a otras tareas de menor relevancia. El pueblo pobre sufría y los datos hablaban: provincias enteras en las que no había un solo hospital; la mortalidad infantil llegaba a los 300 por mil en las regiones más abandonadas (hoy las zonas de tasa más elevada como Corrientes están en los 17 por mil); y para 1940 un tercio de los argentinos aspirantes al ejército eran rechazados por incapacidad física y problemas de salud.

Antes de asumir como Ministro confeccionó un Plan Análitico de Salud, un documento de cuatro mil fojas que detalla uno por uno los problemas sanitarios y sus posibles soluciones a nivel nacional. Implementó un método de gestión basado en la planificación centralizada y la ejecución descentralizada, según las características, peculiaridades y necesidades de cada región del país.

A esta etapa debemos la organización por “niveles de atención” del sistema público. Es decir, Centros de Atención Primaria de la Salud (se calculan en unos 3,000); ampliación de camas y construcción de hospitales generales (se duplicaron las camas, de 66,300 en 1946 a 134,000 en 1954); construcción de más de 40 Institutos Especializados (del Quemado; de Oncología, de Hemoterapia, etc). Además, creó disciplinas (como la arquitectura hospitalaria), sistematizó un método de gestión e inventó una perspectiva organizativa. Según el propio Ministro: “todo depende de una eximia organización de los consultorios externos, fundada en la asistencia en equipo dentro de los mismos y en forma seriada; de ese modo, un peso invertido (…) rinde 5 veces más que el invertido en camas”.

Carrillo creó EMESTA, la empresa nacional de medicamentos destinada a impulsar la producción pública, pero sobre todo a orientar y fomentar la producción privada en el marco de un plan nacional de desarrollo. Se desarrolló un completo calendario de vacunación para la época e impulsó campañas de erradicación de enfermedades infecciosas, como el Paludismo del Noroeste Argentino.

Escapa a los propósitos de este texto un detalle de esta obra monumental en la que trabajó muchas veces en conjunto con la Fundación Eva Perón. Los nombres de esos hospitales, todavía de pie y dando pelea más de ochenta años después, son la prueba de una epopeya que no tiene comparación a nivel continental y que es poco o mal reconocida a nivel local. Todo para preservar “lo único permanente de una Nación: su caudal humano, que es potencial biológico y el futuro de todas las Patrias”.

Lo simbólico: ciencia y trascendencia
Para Carrillo, hay dos factores que condicionan la salud de un pueblo. El primero las condiciones sociales y materiales, y el segundo la “ignorancia, que impide toda difusión de una cultura sanitaria”. La principal arma con la que pelea es la organización de los servicios médicos organizados en niveles y con médicos generales. Se presta atención médica, pero también se educa a través de capacitaciones, videos y materiales de propaganda sanitaria. Por eso, muchos hospitales tenían sala de cine, y por eso también el pueblo tiene derechos y obligaciones: “es el responsable de su propia salud. El trabajo de los médicos es estéril si no se cuenta con su colaboración”.

Carrillo gestiona en un contexto de posguerra, de creación de las Naciones Unidas y de la Organización Mundial de la Salud como entidad sanitaria transnacional. Los problemas de rehabilitación de los soldados tras la guerra, la demanda de atención y asistencia social en los países empobrecidos, y el temor al avance del comunismo y sus ideas de equidad dan como resultado políticas de “bienestar” social en muchos países capitalistas. Las mismas se llevan adelante con distintos modelos solidarios que Carrillo estudia.

Son momentos de estupendos avances científicos y tecnológicos (infectológicos, de producción de antibióticos y vacunas, de desarrollo de estudios de laboratorio e imágenes médicas). Por eso se volvió hegemónica una mirada positivista de la salud centrada en los procesos biológicos. La OMS intenta ampliar esta mirada con su famosa definición de salud del año 1949 “como un completo estado de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedades”.

Carrillo lleva mucho más lejos estos conceptos. La definición de la OMS es vacua si no se la llena de contenido político. Carrillo lo interpreta de esta forma: la base de nuestra doctrina sanitaria es la doctrina justicialista y, por eso, nuestra política sanitaria no será de atención sino de previsión social. Quiere decir: la atención biomédica es un derecho y todos los argentinos lo tienen por su condición; pero más importante que lo biológico es lo social: trabajo, vivienda y salarios son la mejor política sanitaria. Pero además de eso, quiere decir: más importante que curar, es prevenir. Este aforismo tan correcto como la mayoría de las veces intrascendente, se vuelve política pública y causa de Estado.

Nuestro Ministro sabe que los avances biomédicos son geniales, pero que, sin implementación política con criterios de equidad, no sirven. Es científico y humanista. Es higienista, pero no un policía médico. Es neurobiólogo, pero impulsa la medicina general y familiar. Si para Carrillo la misión más importante de la medicina es alargar la vida humana y evitar muertes prevenibles, la misión más importante de un funcionario público es ofrecer un sentido y propósito a esas vidas en el marco de un proyecto de revolución nacional. No es vivir por vivir. Con su obra dota las vidas que salva de un sentido de responsabilidad nacional. Es un patriota.

Que las personas vivan más y mejor, para que puedan trabajar más y mejor. Que las personas estén más sanas, para que estén más contentas, pero también para que produzcan más. Que lo humano ocupe el centro de la escena, no como humanos consumidores, sino como humanos que son parte de una comunidad -y de un Estado- que los ayuda, pero que les tiene que pedir responsabilidades a cambio.

Hasta acá podríamos decir que más allá de su genialidad personal, estas políticas no tienen nada de diferente a otras experiencias de “socialización de la atención médica”. Pero Carrillo profundiza: no se trata solo de prevenir siempre y de curar cuando se puede, sino del POR QUÉ de esa prevención. Queremos mantener al pueblo sano y prolongar la vida porque es bueno para la Patria, porque es más barato, porque mejora la productividad de los trabajadores, pero por sobre todas las cosas porque es lo justo y lo bello, lo correcto ante la mirada de Dios.

Esto se explica por su formación humanista cristiana. Así habla a pacientes y a médicos: “recordarles mi afecto a aquellos que sufren en hospitales, y recordarles el profundo sentido del cristianismo que nos manda aceptar el sufrimiento como una purificación”; e insiste en que “desea acogerse a las palabras del Gran Maestro como a un mandato, para decirnos, como él: yo estaba enfermo y me visitaste, lo que hagas por uno de estos, lo harás por mi”.

La tercera posición del peronismo es: ni yanquis ni marxistas. Por díscolos, por conveniencia, y por convicción. Para Perón, ambos lados de la contienda de la guerra fría son dos caras de la misma moneda. La explotación del hombre por el dinero, o por el Estado. Son, en definitiva, dos desviaciones materialistas que desmerecen la dimensión humana y trascendente de la humanidad. Insectifican al hombre. Carrillo lo aplica desde su profesión: “el triunfo de la medicina es ya no ser necesaria, de esa formase habrìa consumado el triunfo del espíritu sobre la materia, del bien sobre el mal”.

Carrillo desde lo sanitario y Juan Perón desde la conducción política buscan una salida hacia adelante, que no se queda solo en lo local. Para ellos, Argentina puede ser un faro civilizatorio. Carrillo asegura que “hemos asumido la tarea de preparar a nuestro pueblo, poniéndolo en condiciones de cumplir el destino que le impone su tradición, la fecundidad del suelo patrio y los progresos de nuestras instituciones políticas, unidos al hecho de constituir a la Argentina en una de las reservas de la humanidad. por su cultura y sus fecundas y generosas concepciones de la vida, lo mismo que su tradicional respeto de los hombres y los pueblos”.

Todas las citas mencionadas son extraídas de discursos del Ministro en salones de trabajadores, de congresos académicos y profesionales, e incluso en actos de anuncios políticos como la inauguración de viviendas en un barrio pobre cordobés.

Lo histórico: un héroe con el que rendir cuentas
Ningún Ministro Nacional de Salud estuvo nunca jamás a la altura de Carrillo. Con algunas muy buenas excepciones, la mayoría se dedicó a debilitar o sustraer de sentido la obra aquí mencionada. El gobierno actual es quizá la expresión más humillante: no planifica, no es serio científicamente. Crece la mortalidad infantil, vuelven enfermedades erradicadas como el Sarampión, crecen enfermedades de la decadencia, como la sífilis. Una revolución sanitaria en marcha atrás. ¿Qué habría que hacer?

Carrillo es fundador y al mismo tiempo “completador” del sanitarismo nacional. Es un científico que quiere tener todas las variables que pueda bajo control. Incluso si pudiera, capaz hubiera elegido tenerlas a todas. Pero sabe que no puede: la existencia humana contiene el hecho trágico de sus propios límites. Hay algo más que se nos escapa y nos trasciende. Carrillo como católico dice: es Dios. Cualquier otra persona puede encontrarlo desde otro lugar, siempre que quiera y crea.

La obra científica, artística, política, trascendente de Carrillo se da en el marco de una tradición (que podría definirse como el “arte de curar”, de alargar y mejorar la vida, es decir, una tradición por y para otros) y dentro de ella, inventa lo nuevo. Esto es: el método de planificación, la forma de ejecución, la organización por niveles, el impulso del sector privado con dirección pública, el cambio de lógica de la atención médica, etc. Piensa en salud, no en enfermedad. Lo deja plasmado en su obra política, en sus libros, y en el mensaje oral que dejó en sus equipos.

Carrillo rinde cuentas con “lo médico” hasta ese momento: está bárbaro saber de medicina, pero atendemos seres humanos. Nos exige un esfuerzo para mirar más allá de la enfermedad. Mientras ajusta cuentas con el pasado, nos advierte con su ética de las desviaciones médico-sanitarias con las que lidiamos hoy. Muere pobre, y cuestiona la mercantilización de la medicina y de los médicos. No se puede ser médico para hacer plata. Es una falla de origen. Es incorrecto porque el propósito de la salud es DAR.

Además, combate la desviación “politicista”. En su segundo gobierno, pierde una interna en el gabinete y queda en minoría contra los demás ministros (en particular, Apold de prensa, y Teisaire, vicepresidente). Después de la muerte de Eva, el ala de alcahuetes e inoperantes gana la disputa al gestor eficiente. Si bien esto vale para toda la función pública, estamos cansados de ver familiares y amigos de intendentes y gobernadores como funcionarios públicos con el único criterio de ser garantes de la lealtad mal entendedida. Sin formación técnica ni capacidades, los alcahuetes y arribistas nos hacen mucho mal.

De la misma forma y en un sentido inverso, Carrillo anticipa los problemas de la desviación cientificista de cuadros técnicos “despolitizados”. Carrillo era excelente por su formación técnica, pero era un excelente cuadro político. Antes de renunciar al cargo, le escribe una larga carta a Perón advirtiendo sobre los graves problemas de orientación en algunos aspectos de la política del gobierno, sobre la opacidad del entorno presidencial, etc. Son momentos en donde Carrillo frena su proyecto de ley de profilaxis (correcto desde lo técnico) por encontrar oposición en un aliado importante de la coalición, como era la Iglesia (es decir, incorrecto desde lo político).

Si es grave un político que no sabe, más grave puede ser un técnico que no sabe de política. En nuestro país, esa línea de burócratas es interpretada por los cuadros técnicos que post Yalta armaron la Organización Mundial de la Salud. Que hoy, ante el terraplanismo sanitario de Milei defendamos las nociones básicas de la ciencia que promueven estos organismos no significa que no podamos dilucidar que, en buena medida, se vienen dedicando a formar cuadros técnicos desprovistos de mirada política. Esa es, básicamente, la causa del fracaso de todas las profecías de SALUD PARA TODOS EN EL AÑO 2000.

La OMS formó seres humanos que piensan que los programas sanitarios se pueden copiar y pegar de forma enlatada en cualquier contexto. “Sanitaristas” argentinos que no hablan de Carrillo pero que cuando lo citan no hablan del justicialismo, ni de que Carrillo era creyente, ni de su simpatía por los militares nacionalistas, ni de su ética y honestidad inquebrantable. Docentes que lo pasteurizan en su potencia política y que a lo sumo usan una frase trillada de Carrillo para usar de primera diapositiva de un Power Point aburridísimo o de slogan en su remera partidaria, pero jamás leyeron un texto completo de él.

Última: Carrillo muere pobre y exiliado atendiendo brasileños que no pueden pagar por su salud en Belém do Pará. Mientras padece las privaciones y la pobreza en el exilio, la dictadura oligárquica del 55 ha incautado sus bienes en Argentina y lo acusa de “enriquecimiento ilícito”. Una actitud que pinta bien a los que gobiernan este país mientras detestan a sus habitantes: mandaron a prender fuego los pulmotores que Carrillo encomendó comprar para auxiliar a niños y niñas ante brotes de polio. Unos meses después, el último gran brote de poliomielitis produjo más de 6.500 casos, miles de muertes, muchas de ellas de niños argentinos que no contaron con esos pulmotores para su asistencia.

En este país hacer política para defender al pueblo de verdad tiene un precio. Lo pagás con un destierro, o con la cárcel, al menos con difamación y calumnias en contra tuya. No se puede defender al pueblo y que te quieran todos. No se puede servir a dos amos al mismo tiempo.

Ese fue el Dr. Ramón Carrillo y por eso está en el futuro.
Enlace: https://elaluvion.com/2026/03/07/ramon-carrillo-y-la-tradicion-sanitaria-nacional/

“Esos burgueses asaz egoístas…”

Por Omar Auton

Se me ocurrió empezar con un verso del himno anarquista “Hijo del Pueblo” porque basta con mencionar la palabra “Burguesía” para que se desaten la polémicas, si la hay o no en Argentina, su origen, historia y actualidad, ¿es lo mismo que la oligarquía?, ¿cuál es su rol en un país semicolonial?, etc., etc. 

   Para ponernos en tema recordemos que más allá de como rotulemos a los sectores dominantes, la Argentina es un país capitalista, está inmersa en un modo de producción que es universal y que constituye la organización de los medios de producción en cada país según las necesidades del modo global, por ende aunque caractericemos a un sector como “no burgués” porque no base la reproducción del capital en la inversión y captura de plusvalía, no significa que no seamos un país capitalista.

   Digo esto porque hemos caracterizado a la clase dominante argentina como oligarquía porque el sector agropecuario que desde la ley de enfiteusis estuvo en manos de un grupo de familias propietarias de las tierras más ricas del planeta (junto con Ucrania), basaron la acumulación de capital en la explotación extensiva de esas tierras, básicamente de la producción ganadera, más allá que más tarde, a través del sistema de arrendamientos apareciera la explotación agrícola, que además, permitía la rotación de tierras y su regeneración productiva. Es decir acumularon su riqueza a través de la apropiación de la “renta diferencial” debida a la feracidad de las tierras y no por reinversión, contratación de mano de obra, incorporación de tecnología, etc., más allá de la incorporación de nuevas razas vacunas para mejorar especies.

  Paralelamente a la conformación de este sector, en Buenos Aires, sede única del puerto por donde ingresaban todas las importaciones y partían todas las exportaciones, aparece una “burguesía comercial”, que nace del contrabando que burlaba el monopolio español, de ahí la verdadera historia de “los túneles de Buenos Aires”, contrabando que incluía la trata de esclavos. Este sector se apropia de la renta aduanera para su provecho, es decir toda la riqueza que se generaba en las Provincias Unidas o antes, el Virreinato del Río de la Plata, quedaba en manos de la denominada “La Pandilla del Barranco” y de ella salen muchos apellidos ilustres.

   Los ganaderos bonaerenses, que con el saladero tenían una actividad más “burguesa”, tuvieron un vínculo de conflicto de intereses, especialmente durante la época de Rosas, por la distribución de esa renta aduanera, pero luego de Caseros se consolida una alianza que tipifica a lo que llamamos Oligarquía, que al igual que hoy día mediante la apertura a las importaciones, especialmente británicas dejaron que se destruyeran las economías provinciales.

   Mientras en Inglaterra con Cromwell a la cabeza, en Francia con la monarquía absoluta,  e inclusive en Estados Unidos en la guerra de secesión, sus nacionalidades nacen y crecen a partir de la eliminación de las clases parasitarias, especialmente agrarias, por parte de burguesías poderosas y decididas que ponen en marcha la producción industrial, el mercantilismo y las primeras etapas del posteriormente llamado “Imperialismo”, a través de sus políticas coloniales. En cambio Argentina nace del fracaso de constituir en una sola nación a Iberoamérica, mientras EE.UU mediante la compra de territorios o su ocupación lisa y llana conformaba un Estado-nación continental y bioceánico, los antiguos dominios españoles se fragmentaban en un rosario de pequeños países monoproductores y semicoloniales, antes de Inglaterra, hoy de EE.UU.

   Argentina no tuvo nunca una burguesía nacional capaz de enfrentar a la oligarquía dominante, derrotarla y reordenar los sectores productivos de manera de conformar un país capitalista autónomo, con una clase dominante que defendiera su espacio “nacional”, esa tarea quedó para que fuera asumida por otra clase, inexistente en el período descripto y que irrumpiera el 17 de octubre de 1945, los trabajadores.

   Dicho esto y comprendiendo el origen bastardo de nuestra clase empresaria, culturalmente oligárquica, aún hoy para ser aceptada en los círculos áulicos hay que ser propietaria de al menos unas 1000 hectáreas, ideológicamente liberal, proclive a someterse al imperialismo de turno, sin conciencia nacional y muy rehacía a competir, podemos encontrar algunas señales para comprender su naturaleza.

   Tuvo su momento de gloria con el primer peronismo, más allá que la Cámara de Comercio y la Bolsa de Comercio se pronunciaran claramente en el “Manifiesto de la industria y el Comercio” en contra de la política laboral de Perón, comunicado al que luego adhiriera la UIA a través de su presidente Raúl Lamuraglia, escribano y empresario textil que luego financiara a la Unión Democrática y que tiene mucho que ver con las ideas que hoy presenta nuestro Golem presidente como “nuevas”, pero vayamos por partes.

La “Belle Epoque” industrial.

Si bien ya por 1930 había establecimientos manufactureros, el sector “industrial” y de servicios era el que estaba vinculado a nuestras exportaciones agropecuarias (frigoríficos, transporte y almacenaje, seguros, etc.) En ese año y hasta 1945 hacen su aparición los centros urbanos de más de 100.000 habitantes (Córdoba, Santa Fe, Rosario, Bahía Blanca) antes solo estaba Buenos Aires, respecto de los establecimientos industriales, hasta 1935 sobre 40.000, 33.800 tenían hasta 10 trabajadores.

   La interrupción del flujo de manufacturas importadas, primero a raíz de la crisis de 1930 y luego por el estallido de la segunda guerra mundial obliga a reemplazarlos por producción local, comienzan a aparecer capitales nacionales, tanto de propietarios agropecuarios como de sectores preexistentes que se amplían, provocando un crecimiento en todas las ramas industriales, 25% en alimentos y bebidas, 210% en textiles, 138% en maquinarias, vehículos y equipos, 4313% en maquinarias y equipos eléctricos, el capital extranjero que en 1930 representaba el 30% del total se había reducido en 1945 al 15%.

   Pero además crece el tamaño de los establecimientos, por ejemplo los de más de 100 trabajadores aumentan entre 1936 y 1946 un 83%, entre 500 y 1000 un 93% y los de más de 1000 trabajadores un 78%.

   Esto se potencia con la llegada del peronismo, sin embargo siempre esta “burguesía nacional” naciente, fue renuente a apoyarlo, incluso durante la gestión de Miguel Miranda, uno de ellos, a cargo de la cartera económica Pese a que aumentaba el mercado interno, las exportaciones, había crédito y consumo, además de políticas de planificación e inversión, y políticas de protección aduanera, la mayor fuerza de los sindicatos, su capacidad de conflicto y reclamo además de las políticas redistribucionistas del gobierno los llevaba a quejarse permanentemente de la presión impositiva, los aumentos salariales, la disciplina laboral, eran burgueses y querían aumentar la plusvalía pero ser protegidos por el Estado, no pagar impuestos y tener crédito barato, nada nuevo bajo el sol.

   El rol del Estado, haciéndose cargo de los trenes, la industria aeronáutica, la energía, la marina mercante, creando los colegios industriales y la universidad tecnológica para generar el personal calificado que necesitaba el nuevo perfil industrial, el uso de los ingresos por exportaciones para multiplicar el crédito, etc., no nace de un criterio “Estatizante” del peronismo, era la debilidad de la burguesía nacional para hacerse cargo de estas tareas, cosa que sí hicieron las burguesías de las potencias industriales. El Estado tenía que hacerse cargo de llevar adelante las tareas que arrancaran a Argentina de su carácter de semicolonia productora de los alimentos que necesitaba Gran Bretaña para abaratar la comida de sus trabajadores, sin tener que aumentar el salario, incrementando así la captura de la plusvalía, además de materias e insumos necesarias para sus industrias a menos costo.

   De ahí que asignarle al peronismo una filosofía “estatista” es una falacia, sin embargo no deja de ser llamativo una historia que vamos a relatar siguiendo a Juan Odisio (“La Argentina que quisieron sus dueños”, Alejandro Bercovich; Edit. Planeta; 2025). En 1909 nace Alberto Francisco Benegas Lynch, del matrimonio de éste con Sofía del Campo (nieta de Robustiano Patrón Costas) nace Alberto Tiburcio Benegas Lynch quién en 1942, gracias a un grupo de Estudios del que formaba parte, conoce el pensamiento austríaco, especialmente a Ludwig Von Mises y Friedrich Hayek, convirtiéndose en su vehemente difusor.

   Para esta finalidad consigue el financiamiento de Raúl Lamuraglia, próspero empresario textil, a quién presentamos antes como financiador de la campaña de la UD contra Perón y luego de todo intento golpista contra Perón, incluido el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955. Producido el golpe Lamuraglia es designado presidente del ¡Banco Industrial! y Benegas Lynch, que formaba parte de la Asociación Patriótica Argentina, presidida por el almirante Isaac Francisco Rojas es nombrado agregado comercial en la embajada argentina en Washington, donde conoce a los integrantes de la asociación libertaria Foundation for Economic Education. Decidido a difundir su “ideario” en Argentina crea en 1958 el Centro de Estudios sobre la Libertad” siendo el su directos y el presidente…¡Raúl Lamuraglia!.

   En 1968 un informe de la embajada de EE.UU reportaba las actividades del Foro para Empresas Libres, señalando que era financiado por “industriales y familias adineradas de Argentina, identificando a la GeneraL Electric como una de las principales aportantes”, un año antes se había conformado la “Acción Coordinadora de Instituciones Empresarias Libres” conformada por la UIA, la Cámara Argentina de Comercio, la Sociedad Rural Argentina y la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.

   El informe citado en el párrafo anterior describía que Benegas Lynch “ siempre aplicaba un “tornasol” a las ideas que se discutían e invariablemente les encontraba tonos “marxistas” sobre todo si trataban temas como: impuestos progresivos, educación pública, legislación social y negociaciones colectivas. El señor Benegas Lynch considera que estos son síntomas de la penetración marxista en la Argentina y esta religiosamente decidido a combatir su propagación”.

   Un dato de color, en ese informe a Benegas Lynch lo presenta como “Descendiente de una acaudalada familia mendocina dedicada a la industria vitivinícola”. Efectivamente el padre, a quién ya mencionamos fue gerente y director por décadas de la bodega familiar Trapiche, pero en 1971 la disolvió “aquejada por graves dificultades financieras” (seguramente debidas a la gestión marxista de los gobiernos de Onganía, Levingston y Lanusse) se vendieron los activos, se demolió la bodega y se lotearon los viñedos.

   Finalmente este Benegas Lynch (padre del actual diputado de la Libertad Avanza por la Pcia. de Buenos Aires), en 1977 a un año de la instauración de la dictadura de Videla-Martínez de Hoz, escribió para La Prensa “ La disyuntiva de nuestro tiempo parece estar planteada entre el capitalismo, liberalismo, sistema social de libertad o como se le quiera llamar al sistema, siempre que sea fiel a los genuinos principios de la libertad por un lado y por otro, enfrentándose a dichos principios, en el polo opuesto, todos los sistemas totalitarios, comunismo, fascismo, nazismo, peronismo, etc, los sistemas intermedios son ilusorios, siempre tienden a desplazarse hacia uno de los términos de la disyuntiva”

   Odisio concluye, y estoy de acuerdo que para los libertarios “Indudablemente el país del Centenario había sido potencia y ejemplo, pero la prosperidad se había minado con la sanción de la Ley Sáenz Peña en 1912 que estableció el voto universal secreto y obligatorio. Esto abrió la puerta para que líderes populistas tomaran el poder, desde Hipólito Yrigoyen en adelante y fueran menoscabando el espacio del libre comercio” tan es así que por ejemplo que cuestionaron y negaron el carácter liberal de gestiones como las de Álvaro Alsogaray y José Alfredo Martínez de Hoz, por “no resultar suficientemente liberales”.

   Esta larga historia debe ser conocida y estudiada para entender porque para Milei, Benegas Lynch es un prohombre y hasta hace publicidad a la ESEADE (Escuela Superior de Economía y administración de Empresas), fundada por Alberto Tiburcio Benegas Lynch (h) en afiches callejeros con la banda y bastón presidencial. Este Benegas Lynch (h) fue miembro de la sociedad Monte Pelerín fundada en 1947 por Hayek y Milton Friedman, si alguien quiere mas detalles en la aplicación de Amazon Prime Video hay un filme que nos cuenta su historia; Benegas Lynch (n) es el que pretende privatizar el océano y asumió en diciembre de 2023 como diputado.

  Algunas sugerencias:

1) Dejemos de hablar de “las novedosas ideas de los libertarios”, o de “la sorpresa que nos produce su agresividad, fanatismo o intolerancia” esto tiene casi un siglo de existencia, ni siquiera hay que estudiar mucho, ¡Busquen en wikipedia!

2) Dejemos de hablar de Milei como un “outsider” o de presentarlo como algo ajeno a la política, eso fué todo un show, sus ideas son añejas, sus sponsors, encabezados por Eurnekian, son los dueños del poder en Argentina y él un golem, diseñado para aprovechar el enojo y la decepción de los argentinos con la democracia formal fracasada.

3) Cuando alguien vincule a Milei y su gobierno con la Revolución Libertadora (Fusiladora) o con la dictadura de Videla-Martínez de Hoz, dejen de repetir “Eso ya pasó”, o “Eso es historia vieja, a quién le interesa”.

4)Terminen de hablar de “la nueva derecha” e insertar a Milei en las expresiones políticas surgidas en Occidente a raíz de la crisis de la globalización, ninguna de ellas (Trump, Orban, Meloni, Orban) aplica el plan ultraliberal y antinacional de Milei, ni siquiera Bolsonaro es comparable.

5) No nos sorprendamos con el rol de la Bolsa de Comercio o la Cámara de Comercio, ni siquiera de la UIA en esto, las primeras expresan la burguesía comercial porteña, madrina de los unitarios, los fusiladores de Dorrego, los que celebraron las invasiones inglesas de 1806 y 1807, etc etc. Y la UIA hace rato que expresa el poder económico más concentrado, ni siquiera sus popes tienen las empresas domiciliadas en Argentina (Clarín en Delaware, Techint en Luxemburgo, y son solo dos ejemplos), desde que Videla intervino y disolvió la CGE los pequeños empresarios argentinos carecen de representación, algo de culpa les cabe en ello.

Digo estas cosas porque los que afirman tales patrañas revelan su absoluta ignorancia acerca de lo que ocurre en el país, la pereza intelectual de dirigentes políticos y los “ólogos” (sociólogos, politólogos, etc) asombra e irrita, en realidad no sorprende, los primeros hace mas de cuarenta años que se han alejado de la vida, experiencias y necesidades de los argentinos, y los segundos escriben pensando más en las academias y think thanks progresistas, en ser aceptados por ellos que usan las categorías globales y por eso uno no encuentra un diagnóstico “situado” sobre nuestra patria, como canta Serrat en “Llanto al mar” “Por inconsciencia, por imprudencia, por ignorancia o por mala leche” son también responsables de la confusión e impotencia de la dirigencia actual.

(Continuará)

Las Camas Arden 2026

Por Christian Adrian Salazar

Año 1987, con mis 16 años amaba como hoy la música, y por supuesto el gusto musical de los 80 y 90 marco mi vida. Hoy mientras escuchaba al Grupo Australiano Midnight Oil, me interesé en adentrarme en que significado tenia la letra de su Hit “bed ar Burning” o como simplemente lo conocí en su época “Las camas arden”. Descubrí que la canción hablaba de devolver las tierras que les habían sido robadas a los indios Pintupi. Hoy con mis 54 años por un instante pude aplicar la letra de esta canción a mi querida Argentina.

Habitamos un país que esta insomne pero no por razones que sean correctas, pasamos mucho de nuestro tiempo discutiendo nombres, slogans, partidos. Nos indignamos a través de las redes, discutiendo si son culpables de nuestra desgracia aquellos que se fueron o los que llegaron después, que si es Peronismo o Anti peronismo, si debemos hablar de un estado fuerte y presente o la solución es un mercado libre de toda regulación estatal, pasamos horas en los portales digitales, consumimos horas y horas de programas de televisión, todo esto transcurre mientras nuestro país cruje y sufre en silencio.

La realidad es que mientras los argentinos, danzamos al son de la polarización partidaria, nuestras camas, las de todas nuestros hermanos y hermanas están ardiendo de desigualdad. La grieta política de la que todos hablan, no es ni mas ni menos una puesta en escena de un gran show que nos distrae. Genera un fuerte ruido que nos aturde y logra que no escuchemos lo que es importante: que la matriz productiva de nuestra riqueza es cada vez más injusta y cada vez está concentrada en unos pocos, en perjuicio de muchos.

Pero para no ser meramente un relato podríamos decir que en nuestro querido país podríamos producir alimento para 400 millones de personas, pero a hoy en la mesa de cada argentino comprar el pan y la leche es cada vez mas difícil, y quienes deciden ese precio son dos o tres empresas que nunca pierden, cualquiera sea el fenómeno económico que nos atraviese, ya se inflación o recesión y cuanta definición se haya creado para explicar los ciclos económicos, ellos nunca pierden.

Nos pasamos el día analizando el comportamiento del dólar, si se tienen la cantidad de esta moneda para afrontar los compromisos que vienen, pero se nos pasa por alto y seguramente la mayoría ignora que esos dólares son el fruto de nuestra riqueza , de la industria, se fugan con una rapidez que resulta imperceptible hacia paraísos fiscales, endeudando cada vez mas a nuestro país, y adivinen quien como siempre paga el festival: Los trabajadores.

Nos entretenemos con una discusión si se debe subsidiar las tarifas de energía, pero al mismo tiempo dejamos pasar que un grupo chico de empresas dolarizan las tarifas, hacen fortunas y de paso no invierten ,¡ espero terminar sin que se me corte la luz.

En esta y otras razones esta el incendio, ese que quema nuestras camas.

Acá no es la cosa de radicales Vs peronistas. De los Cámpora contra los libertarios, esa pelea es la que se ve, como la punta de un iceberg, pero como en toda mole de hielo bajo la superficie hay un gran pedazo de hielo, en nuestro caso la cuestión de fondo, y es la de quien se apropia del esfuerzo colectivo de los argentinos.

Nos dividimos en la discusión y todo parece que gira solo en la corrupción que se le puede achacar a cada sector, de los ineptos y faltos de liderazgos de pueden ser los partidos, pero no es común que la discusión ronde a los grandes grupos económicos, y como decía la canción “bailando mientras la tierra gira” ignoramos que ese grupo de los mas ricos se lleva una porción mas grande, por no decir nos birla obscenamente y cuan teoría del derrame, lo que cae no es riqueza, son migajas, y ahí se da la otra batalla la clases medias y las bajas se enfrentan por ellas, en síntesis la lucha de pobres contra pobres, de laburantes un poco mas beneficiados con los no tan agraciados, pero en síntesis todos son pobres.

Que es necesario que dejemos de mirar la bandera, el color, la facción, o sector político, y adentrémonos en el verdadero problema, bastaría con observar balances o resultados económicos de las empresas que históricamente dominaron nuestro país, por que como dice Midnight Oil “ ha llegado el momento de decir que lo justo es justo” y en la Argentina no se construye Justicia en las urnas, al ganar una elección, la verdadera justicia es lograr que quien gobierne priorice la distribución de la riqueza, esa que dia a dia generamos los argentinos y argentinas “de bien”.

Solo debemos entender que ya no importa quien gobierne la Argentina, quien duerma en la casa Rosada, sino logramos resolver estos problemas, las camas de los argentinos seguirán ardiendo.

El día que Braden perdió con Perón

El 24 de febrero de 1946, la fórmula Perón-Quijano obtuvo el 55% de los votos contra Tamborini-Mosca de la Unión Democrática. El «Braden o Perón» derrotó al slogan «Contra el naziperonismo»

Por Aldo Duzdevich*

Entre 1939 y 1945, el mundo se vio envuelto en la Segunda Guerra Mundial (SGM) . En Argentina, con un alto porcentaje de inmigración europea, la guerra se vivenciaba con intensidad. Las primeras planas de los diarios, estaban ocupadas por grandes fotografías y titulares de la guerra. Y también las simpatías estaban divididas entre aliadófilos y germanófilos.

En 1939 (plena década infame) gobernaba el conservador Marcelino Ortiz con inocultables lazos con el imperio inglés. Su gobierno decidió mantener la neutralidad en la guerra. Neutralidad que obraba en beneficio de Gran Bretaña, que seguía recibiendo por barcos de bandera argentina carnes granos y otras materias primas.

En 1943 el golpe militar del GOU termina con la década infame, y mantiene la neutralidad hasta enero de 1944. EEUU que entra en la guerra en 1942 luego del ataque japones a Pearl Harbor, presiona a toda Latinoamerica a ingresar del bando aliado. La negativa de Argentina, aunque beneficia a Inglaterra (los buques mercantes brasileños eran hundidos por los alemanes) , es tomada por EEUU como un apoyo a las potencias del Eje.

Euforia.

El 8 de mayo de 1945 se rinde Alemania y sus ejércitos cesan la lucha ese día a las 23 hs . Mientras tanto, Japón continua resistiendo los intensos bombardeos norteamericanos en sus grandes ciudades; se rendirá recién el 15 de agosto, luego de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Ese hábito tan argentino de sumarse a la euforia de los ganadores, hizo que muchos partidos políticos, entre ellos los radicales, socialistas y comunistas, reprodujeran la contienda europea en la política local y que muchos soñaran con ver, igual que en la liberación de París, jeeps y tanques americanos desfilando por la avenida de Mayo. Al naciente peronismo le colgaron rápido el rótulo de nazifascismo al que había que derrotar.

Los festejos del 13 y 14 de agosto, de la rendición de Japón, dieron motivo de grandes festejos. Los sectores de oposición al naciente peronismo, convocaron multitudinarias manifestaciones, donde se mezclaban las banderas argentinas con las de EEUU, y de las de Union Soviética, enarboladas por militantes del Partido Comunista. Las manifestaciones terminaron en incidentes violentos, con dos jóvenes muertos y varios heridos.

Las patronales contra Perón

Pero, para las clases acomodadas (parte de ellas de origen alemán) la real preocupación, no eran los nazis, sino las políticas sociales que Perón impulsaba desde la Secretaría de Trabajo y Previsión.

El 8 de octubre de 1944, cuando establece el Estatuto del Peón Rural, la Sociedad Rural indignada, expresa que: “El Estatuto sembrará el germen del desorden social, al inculcar en gente de limitada cultura, aspiraciones irrealizables, las que en muchos casos pretenden colocar al jornalero sobre el mismo patrón”. Incluso el Partido Comunista se sumó a las críticas, pues: “el Estatuto, bajo la apariencia de proteger al peón es, en suma, un estatuto contra los campesinos.”

A su vez, trescientas asociaciones patronales lanzan el Manifiesto de la Industria y el Comercio donde denuncian el ambiente de agitación social y “clima de descontento” que es “instigado desde las esferas oficiales”, generando “reclamos permanentes”. Señalan que dicho clima se ha instaurado desde la creación de la Secretaría de Trabajo, y sostienen que durante 25 años, desde la Semana Trágica de enero de 1919, el país ha vivido dentro de una casi perfecta tranquilidad social.

Perón les contesta. “Parecerían reclamar una nueva Semana Trágica, para asegurarse otros 25 años de tranquilidad. Este gobierno no lo hará. No asegurará ni 25 años, ni 25 días de tranquilidad a los capitalistas siguiendo el ejemplo doloroso de la semana de enero de 1919”.

Elecciones.

El 18 de mayo de 1945, el presidente Edelmiro Farrel anuncia los primeros pasos de normalización institucional para un próximo llamado a elecciones libres.

Perón comienza a organizar, desde cero, un movimiento político que pueda competir con éxito contra la alianza de los partidos tradicionales. Su base principal serán las organizaciones obreras que proceden de diferentes orígenes –comunistas, socialistas, anarquistas– que ahora encuentran en Perón, el hacedor de todos sus viejos reclamos laborales y sociales.

Se suman también sectores de la naciente burguesía industrial, que requieren la protección del Estado para seguir creciendo. Muchos radicales como los nucleados en Forja, socialistas e incluso conservadores. La Iglesia a través del Episcopado se manifiesta a favor de votar al peronismo. Y por supuesto amplios sectores del Ejército, identificados con las políticas nacionales.

Del otro lado y agitando como única propuesta “derrotar al naziperonismo”, se alinean radicales, conservadores, socialistas, comunistas, la Sociedad Rural, las grandes empresas, y la Embajada de Estados Unidos.

Spruille Braden.

El 19 de mayo, desembarca (como en Normandía) el nuevo embajador norteamericano, Spruille Braden, un hombre de negocios vinculado a la minera Braden Cooper Company en Chile, y la petrolera Standard Oil; una especie de Donald Trump del siglo pasado.

Aunque es, sin dudas, del embajador de EEUU mas famoso de la historia argentina, su gestión duro apenas cuatro meses, hasta días después del 17 de octubre.

Braden, quien ya había residido en Argentina de 1935 a 1939, como mediador norteamericano en la guerra entre Bolivia y Paraguay, llego acompañado de su esposa María Humeres Solar y su hija Laura Braden. El 29 de mayo fue agasajado con una cena por la Sociedad Americana del Río de la Plata . Lo acompañaban en la cabecera presidente de la institución Teodoro Post, su vice William Fraser y el secretario Steven Adams.

Según informa el diario La Prensa del día 30-05, Braden en su discurso afirmó : “Es nuestra resolución de no inmiscuirnos en los asuntos interiores o exteriores de las demás repúblicas americanas. Obedeciendo a ese espíritu (…) estoy seguro de que ningún norteamericano ni grupo de norteamericanos se inmiscuirán jamás en la política interior o exterior de la República Argentina.” Sin embargo, luego de las recomendaciones de no inmiscuirse en cuestiones internas, finalizo su discurso, haciendo un llamado al espionaje interno de los allí presentes: “Las actividades subversivas de los sistemas totalitarios, son tan características, que las odiosas palabras quinta columna y nazi han llegado a ser sinónimos. El detalle más insignificante puede tener importancia, y por lo tanto, me permito aconsejaros que agudicéis la vista y el oído, y que todo los sospechoso o extraordinario, informéis a la embajada, la cual, por el procedimiento adecuado le hará saber a las autoridades argentinas o a quienes corresponda.”

Perón que aspiraba a recomponer las deterioradas relaciones con los EEUU, estaba preocupado, por la campaña de la prensa norteamericana y local, que lo asociaban a las políticas del nazi-fascismo. En su rol de Vice-Presidente recibió a Braden, en su despacho.

Según cuenta Perón, el embajador fue a hablar sobre las liquidaciones de las propiedades del Eje, y de las concesiones a empresas aéreas norteamericanas. Y que si él accedía a estas peticiones, Estados Unidos no pondría obstáculos en su camino a la presidencia. Perón contó que lo miró fijo a los ojos, y le dijo que lo entendía, pero que había un solo inconveniente:“En mi país el que hace eso, se lo llama hijo de puta”. Sin mediar palabra, Braden abandonó la oficina y se olvidó el sombrero. El propio Perón se dio cuenta cuando vio a empleados de Casa Rosada, jugando al fútbol con él y se lo envió al día siguiente con un ordenanza.

Braden fue recibido con algarabía por el antiperonismo. Como si fuera un candidato electoral, salió a recorrer el país. En Santa Fe, el 21 de julio, lo recibieron en el Jockey Club y en la Universidad del Litoral con carteles que decían: “Democracia sí, nazis no”.

En el paraninfo de la universidad, colmado de publico, Braden hizo un largo discurso, donde básicamente explicó que la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) seguía vigente, pero ya no con el bick stick (gran garrote) sino con un formato renovado de “buena vecindad” : “EEUU afirma la solidaridad espiritual de las repúblicas americanas frente al desafío fascista, y compromete su resolución de proteger dicha solidaridad, no solo contra agresiones armadas, sino también contra la propaganda subversiva y otros tipos de intervención.”

Es interesante el concepto de protección “no solo contra agresiones armadas, sino también contra la propaganda subversiva y otros tipos de intervención” . Terminada la SGM, los nazis no iban a invadir ningún país americano, pero el peronismo encajaba como el peligro de “la propaganda subversiva y otros tipos de intervención.” . Y, lo de la defensa contra “agresiones armadas” no ya del fascismo, sino del comunismo, será la doctrina que van a emplear en los 60-70.

Cuando regresó de su viaje, una muchedumbre lo aguardaba en Retiro. Según el diario La Prensa, lo recibieron distinguidas personalidades como: Federico y Otto Bemberg, Adolfo Boy, José María Paz Anchorena, Celedonio Pereda, Guillermo Madero, Alberto Jiménez Zapiola, Pedro M Ledesma, entre otros. “Los aplausos prolongados y las expresiones de cordialidad se repitieron incesantemente oyéndose exclamaciones espontáneas tales como ¡Vivan los Estados Unidos! ¡Viva Braden! ¡Libertad! ¡Democracia! y ¡Elecciones!”… culmina su relato La Prensa.

Mas tarde hace declaraciones: “La campaña recientemente promovida en contra de mi país y mi persona, es de creer que ha sido instigada por elementos nazis extranjeros, totalmente ajenos al verdadero y noble sentir el pueblo Argentino”.

El 15 de septiembre en el Museo Social, redobla su apuesta en materia de declaraciones duras: “Me atrevo a decir, que no existe un país en el mundo, en el que los nazis se encuentren en una posición tan fuerte como la que tienen aquí en Argentina. Esta es, vuelvo a repetirlo, una seria amenaza a la seguridad de los países de América. Espero y confío que el pueblo argentino elimine pronto esa amenaza. (…) Estemos alertas para distinguir en todo momento entre el bien y el mal, y dispongámonos a extirpar el mal, donde quiera que se presente”

Su gran baño de multitud lo recibirá el 19 de septiembre en la marcha por la Constitución y la Libertad. Ese día, cerca de 200 mil porteños recorren las calles de Buenos Aires.

Según relata Félix Luna: (los estancieros) “Don Joaquín de Anchorena, y Antonio Santamarina contestaban los aplausos con elegantes galerazos; (los comunistas) Rodolfo Ghioldi, Pedro Chiaranti y Ernesto Giudice, con el puño izquierdo en alto; Alfredo Palacios, con vastos ademanes que no desacomodaban su chambergo”.

La vanguardia intelectual cantaba la Marsellesa en francés, en claro contraste con las marchas de obreros sudorosos donde se podía escuchar el: “¡Yo te daré Patria hermosa una cosa que empieza con P! ¡Perón!”.

Detrás de un gran cartel que reproducía la efigie de Sarmiento, marcharon los jóvenes de la Federación Universitaria Argentina, quienes, entre otras consignas cantaban: “Libros si, Botas no!” , en clara alusión al entonces Coronel Perón. La cual dará origen a la contra-consiga “Alpargatas si, libros no!” cantada por los obreros peronistas que veían a los universitarios claramente del lado de la oligarquía. En Plaza Francia, con el aplauso generalizado, Spruille Braden se sumó a la cabeza de la marcha.

Al día siguiente Braden dirá: “La Marcha de la Constitución y la Libertad, cuyo final presencié personalmente, fue una magnífica manifestación cívica que seguramente causará una gran impresión en mi pueblo.”

Con el impulso de la gran movilización de la clase media porteña, sectores de la Marina y Ejercito, dan un golpe de palacio, el 9 de Octubre, destituyendo a Perón de todos sus cargos y encarcelándolo en Martín García. Pero, el día 17 una gran movilización, esta vez de trabajadores del cordón industrial, restituye en su poder a Perón y lo proyecta como líder y candidato a presidente.

El 21 de octubre el Senado de EEUU, apura el tramite de nombrar a Braden como Encargado de los Asuntos Latinoamericanos, y da por finalizada su gestión como embajador. El senador republicano Robert Lafollette cuestiona el papel de Braden: “Creo que las informaciones de prensa y del mismo Braden sobre la Argentina han carecido mucho de información esencial. Digo esto sin ninguna simpatía por Perón. Fue una gran sorpresa, leer los despachos en el New York Time del 19 y 20 del corriente, que demostraban la influencia de Perón sobre los sindicatos obreros. Este fue el primer indicio que tuve, de que el gobierno de Perón contará con el apoyo de la clase trabajadora argentina.”

El libro Azul

El 12 de febrero, pocos días antes de los comicios, como gran golpe propagandístico, se publica en EEUU el llamado “libro Azul”, donde se exponen los supuestos vínculos del gobierno militar y de Perón con los nazis. Braden lo presenta en Nueva York ante un auditorio de 800 veteranos de guerra.

Allí dice: “Una forma en que el nacionalsocialismo elogia de los labios para afuera a la democracia, es su simulada preocupación por las masas trabajadoras, buscando su apoyo para ruina posterior de ellas, con pan y circo, y organizándolas en sindicatos fiscalizados por el gobierno, que son simples instrumentos de la esclavitud. (…) Estamos decididos a no permitir, que por complacencia nuestra, nazca un nuevo brote del fascismo en este hemisferio, permitirlo sería insensato y quizás suicida.”

El gobierno argentino responde rápidamente con el libro “Azul y Blanco”, elaborado por el entonces Canciller Juan Isaac Cooke (padre de John William Cooke) .

El libro “Azul” que en realidad se llamaba: “Consulta entre las repúblicas americanas sobre la situación argentina”, fue publicado en ingles y nunca traducido al español. Recién en 2021, los investigadores, Rodrigo Mas y Martin Prestía publicaron “Braden o Peron”. Un libro editado por el IFAP y UPCN con prologo de Raanan Rein, que contiene la traducción completa del “Blue Book” y su respuesta en “Azul y Blanco”.

Por supuesto, Perón eligió como adversario electoral al embajador Braden. Y la Unión Democrática lejos de despegarse, agitó el Libro Azul como discurso de campaña. El clima político de la época fue muy tenso, a decir de Félix Luna: “Nunca se odió tanto en el país como en aquel año; nunca los argentinos vivieron de una manera tan físicamente palpable el odio de los unos contra los otros”.

“Sepan quienes voten el 24 por la fórmula del contubernio oligárquico comunista, que con ese acto, entregan sencillamente su voto al señor Braden. La disyuntiva en esta hora trascendental es esta: o Braden o Perón. Por eso glosando la inmortal frase de Roque Peña digo: sepa el pueblo votar.” Juan Domingo Perón 12-02-1945

Las tapas de los diarios

El 24 de febrero de 1946, la formula Perón-Quijano obtuvo 1.527.231 votos (55%) contra 1.207.155 de Tamborini-Mosca de la coalición Unión Democrática. El escrutinio demoró muchos días, durante los cuales cada coalición intentó mostrar que iba ganando.

Y , como pasa actualmente con los medios afines y de oposición, el resultado electoral tuvo disimiles respuestas periodísticas. Mientras el mismo día 25 , La Época (diario pro-peronista) titulaba con exceso de optimismo : “Triunfo Perón en Entre Rios, Santa Fe y Buenos Aires: Calculase que vencerá en proporción de 4 a 1”.

Clarín tituló: “ Respalda el Ejercito la voluntad popular”, e ilustra con una gran foto del candidato de la Union Democrática, Jose P. Tamborini en momento de emitir su voto. Luego, si uno busca las tapas siguientes de Clarín hasta mediados de abril, solo hay títulos de las provincias donde inicialmente gana Tamborini, para luego ir diluyendo los títulos. Si es por Clarín, y nos quedamos sin saber quien gano la elección presidencial.

Años mas tarde Perón reconoció que si Braden no hubiera existido “debí haberlo inventado”, y Braden admitió años después que “el slogan Braden o Peron, fue una brillante maniobra electoral”.

(*) El columinista es autor de Salvados por Francisco y La Lealtad-Los montoneros que se quedaron con Peron.

https://www.lmneuquen.com/pais/el-dia-que-braden-perdio-peron-n998003

La Organización Vence al Tiempo

Por Julio Fernández Baraibar

Leer La Nación, con el método que nos recomendaba Arturo Jauretche, sigue siendo un ejercicio iluminador.

Hoy se discute en el Senado Nacional una nueva Ley Laboral que, con toda seguridad y dadas las alianzas ya establecidas, quitará derechos, cuya conquista ha llevado décadas de lucha, reducirá sus ingresos reales, aumentando la plusvalía relativa, y prolongará la jornada laboral, por consiguiente aumentará la plusvalía absoluta, tendiendo a que el salario, el precio de la venta de la fuerza de trabajo humano al capitalista, se reduzca hasta el límite de su reproducción simple, es decir a lo necesario para poder seguir vendiendo su trabajo.

Uno tiende a suponer que una ley de estas características solo podría recibir elogios del órgano periodístico de la clase dominante argentina, como ha sido y es el diario La Nación.

Sin embargo, en la edición de hoy una  nota firmada por Nicolás Balinotti -el escriba a sueldo dedicado al sindicalismo- formula un duro cuestionamiento al proyecto de ley:

“Entre los cambios más salientes del proyecto que se discute hoy en el Senado surgen algunas concesiones a los reclamos de la CGT: conservar intactos los recursos de las obras sociales sindicales, sostener las cuotas solidarias y mantener a los empleadores como agentes de retención del pago de afiliación sindical. Es decir, la caja no se toca. Tampoco se alteraría el modelo sindical, la viga maestra sobre la que los gremios peronistas construyeron su poder. Si avanza el proyecto, las limitaciones al derecho a huelga y a las asambleas en los lugares de trabajo empujarán a la CGT tener el monopolio de la negociación con el Gobierno y los empresarios, y perderán los gremios más combativos”.

Este párrafo reconoce y explicita que lo que establishment económico argentino buscaba con esta ley no era tan solo reducción salarial y extensión de la jornada laboral. Al parecer, ocupaba un lugar  central en el proyecto el desmantelamiento organizativo y económico del movimiento sindical argentino, una de las últimas conquistas logradas por el peronismo y que han logrado sobrevivir durante estos 80 años, pese a la intención explícita de los gobiernos liberales desde 1955 de lograr su desaparición. Es ese mismo movimiento sindical argentino que ha caracterizado al país, distinguiéndolo del resto del gremialismo de los países de la región. La CGT y los sindicatos obreros argentinos, su fortaleza organizativa y económica, sus obras sociales, sus escuela sindicales y su presencia permanente en la vida política del país constituyen el orgullo de los trabajadores sindicalizados del país.

Por eso es que ese sueño húmedo de destruir al movimiento obrero organizado ha sido, como digo, el objetivo estratégico del liberalismo antiperonista. Y como muy bien advierte el paniaguado Balinotti, ese perjuicio enorme que sufrirá el conjunto de los asalariados argentinos, a partir de este proyecto de ley, será transitorio y efímero si se mantiene la estructura gremial que permita la derogación de toda esta legislación antiobrera, ni bien se modifiquen las condiciones políticas y económicas que permitieron su sanción.
Y entonces, como decía Jauretche, la lectura de La Nación ilumina las negociaciones llevadas a cabo por la dirigencia sindical. En un momento de debilidad, cuando el enemigo de intereses nacionales y de clase se encuentra en mayoría, en un momento de la política internacional donde todos esos intereses están disputando hegemonía y el futuro es por demás incierto, lo central es mantener la estructura que permita futuras luchas, cuando “la tortilla se vuelva”.
Por otro parte, resulta casi enternecedora la preocupación del cagatintas de La Nación por “los gremios más combativos”.

Leer el diario de Mitre permite entender la maniobra del enemigo. Gracias don Arturo por esa enseñanza.

11 de febrero de 2026.

La Cámpora, el kirchnerismo y un balance de época (parte II)

Por Gustavo Matías Terzaga*

Luego de 54% de Cristina en 2011, pensar en voz alta dentro de las organizaciones kirchneristas sobre figuras, tradiciones y problemas estructurales de la Argentina profunda pasó a ser leído como una herejía. Hablar de Julio Argentino Roca, del movimiento obrero como columna vertebral, de la historia militar argentina, de la soberanía nacional y el rol estratégico de las Fuerzas Armadas, de las enseñanzas de Malvinas como causa central, del Día de la Raza y el legado hispánico, de la vigencia intacta de la Ley de Entidades Financieras, del Estado Empresario de Perón, de la explotación de los recursos naturales, de la religiosidad popular, de la cultura criolla y de las tradiciones del pueblo profundo —y, en casos extremos, hasta del propio Juan Domingo Perón (que era hombre y militar) y la doctrina justicialista— fue progresivamente interpretado por los referentes camporistas como un desafío a la “línea” bajada desde el núcleo dirigente y la conducción. Temas típicos de pianta votos, “de facho y conserva”. ¡Si hasta la Marcha peronista fue considerada vetusta!. El resultado fue un empobrecimiento doctrinario deliberado y un desconocimiento de nuestra historia que sacrificó densidad y continuidad histórica en nombre de la comunicación política, moderna, coyuntural y vanguardista.

Lo cierto es que La Cámpora bebió más de una mística contracultural que de una doctrina política surgida de nuestra propia racionalidad histórica como pueblo/nación. Ese imaginario político juvenil se formó menos en la tradición orgánica del peronismo o en el legado de nuestros pensadores nacionales, y más en una épica independiente y autorreferencial, próxima al universo simbólico de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. Una pertenencia cerrada que no consulta ni escucha, con códigos internos, identidad intensa, mística propia, desconfianza hacia afuera, papel picado adentro y una idea de “resistencia” más estética y emocional que estratégica. Cuando una organización juvenil nace para custodiar una herencia y termina viviendo de custodiarla, deja de ser herramienta de transformación para las nuevas generaciones militantes y se convierte en aparato de mera preservación del espacio, impedido, naturalmente, de la posibilidad de construir procesos sociales en los tiempos largos del pueblo.

El problema del sujeto político: “¿Trabajadores, únanse!”

El peronismo clásico edificó su fuerza sobre un dato duro de la realidad. El trabajador organizado no era una identidad cultural ni un segmento etario, ni una temporalidad, sino un sujeto estructural, situado en el corazón de la economía, con capacidad material de presión, con disciplina colectiva, con fuerza de base y con instituciones propias fuera del Estado y del gobierno. No era “pueblo” porque se lo nombrara; era pueblo trabajador porque estaba organizado y porque su lugar en la producción nacional le daba un peso específico y un determinado rol político, incluso en el Congreso, la diplomacia y el comercio exterior. Con Perón, el poder político se sostenía en la organización y en la mediación virtuosa como posibilidad entre los márgenes de los conflictos y los intereses, pero con un sujeto político claro que era la columna vertebral del movimiento nacional.

El kirchnerismo, en cambio, fue desplazando ese centro de gravedad. Su sujeto emblemático pasó a ser la juventud politizada, el estudiante universitario, no como actor complementario en términos de renovación generacional sino como núcleo irradiador de legitimidad, militancia y estética. Esto no significa que el kirchnerismo no haya tenido relación con el mundo del trabajo; la tuvo durante todo su ciclo con un Ministerio y un buen Ministro como Carlos Tomada, y por tramos con fuerza. Pero en términos de imaginario político, de eje vertebrador de toda la política, incluso de épica y de reproducción de cuadros, la figura privilegiada no fue el trabajador organizado sino el joven militante formado en una cultura política universitaria, comunicacional y también estatal.

Los pibes para la Liberación

En el caso de aquella intensidad manifiesta del Patio de Las Palmeras, el derrotero posterior confirma un rasgo estructural de aquella experiencia. Una vez concluido el período de militancia universitaria intensa —cuando la política funcionaba como identidad total y horizonte existencial— la prioridad de muchos de sus integrantes se desplazó hacia el ejercicio de la profesión liberal. La política, que había sido concebida como destino histórico, pasó a ocupar un lugar episódico, nostálgico o testimonial, mientras la inserción individual en el mercado profesional se convirtió en un pasaje natural prioritario. Ese tránsito no debe leerse como una traición personal, sino como síntoma de una concepción política que no logró articular militancia con organización social estable, ni construir un anclaje duradero en el mundo del trabajo y la producción.

Cuando la política se vive como etapa formativa y no como forma permanente de organización colectiva, su final lógico es la retirada hacia la trayectoria individual; y cuando eso ocurre a escala generacional, el resultado no es una generación militante lista para la “liberación nacional”, sino la disolución del sujeto político que se pretendía fundar. Volviendo al sujeto político, y dicho con mayor claridad; la condición estudiantil, aun cuando se prolongue, es transitoria y acotada en el tiempo; la condición de trabajador, en cambio, estructura casi toda una vida. Y allí, se lucha políticamente mientras se trabaja, no sólo cuando sobra el tiempo. Por eso, construir un proyecto político sobre el estudiante implica apoyarse en una etapa; hacerlo sobre el trabajador supone anclarse en una existencia social permanente, en la producción, en la experiencia cotidiana, en la familia y en la base material de la comunidad organizada.

DDHH y grieta

Desde su llegada al gobierno nacional, el kirchnerismo desplegó como bandera principal una política virtuosa en materia de derechos humanos al convertir una demanda histórica en política de Estado, impulsando la anulación de las leyes de impunidad, la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad y la recuperación de la memoria como compromiso institucional. Esa decisión fortaleció el Estado de derecho, restituyó dignidad a las víctimas e intentó consolidar un consenso democrático amplio en torno al terrorismo de Estado como crimen imprescriptible. Una política que nos dignificó como pueblo y que fue referencia a escala mundial. Pero esa política, con el correr del tiempo, también adquirió una arista compleja; tendió a cristalizarse como identidad excluyente, a funcionar como frontera moral interna y a desbordar su función jurídica para convertirse en criterio de alineamiento político ante la sociedad.

Cuando los derechos humanos dejan de ser un consenso democrático transversal y pasan a operar como lenguaje de facción política, corren el riesgo de perder su potencia universal al caer en las categorías menores y mezquinas de nuestra política doméstica actual, y de ser utilizados para clausurar debates estratégicos que exceden —y no niegan— aquella conquista histórica. Tengamos en cuenta que uno de los rasgos más característicos de la ofensiva liberal contemporánea es la utilización demagógica del lenguaje como herramienta de inversión política y moral. A medida que la política se inscribía cada vez más en la lógica binaria de la grieta, dividiendo las tribunas en “ustedes o nosotros”, el adversario encontró terreno fértil para responder con una demonización reactiva y simplificadora, como el número de desaparecidos, o “el curro de los DDHH”. Señalar esto no implica retroceder en esa agenda ni ceder frente al sector reaccionario que pretende resignificarla, “pacificar” o cambiarle el signo, sino advertir que cuando una política justa y potente se enmarca también en una dinámica espejada de confrontación permanente, puede terminar facilitando su propia desnaturalización.

La debilidad política del 24 de Marzo

Con el paso de los años, si bien la alegría y el clima festivo siempre es bienvenido en las calles como catalizador de las heridas populares abiertas, el 24 de marzo dejó de ser solo una jornada de recogimiento, denuncia política y pedagogía histórica para transformarse, en los últimos tramos, en una escenificación atravesada por agendas y estéticas ajenas a la experiencia histórica que se conmemora. Performances provocativas, cuerpos desnudos, consignas superpuestas y una especie de “kermesse militante” convirtieron la marcha en un evento identitario para diluirse en un significante amplio de “violencias” indistintas. Cuando todo entra en “la marcha” de manera abrupta y forzada, aprovechando la dinámica de los “nuevos tiempos», el núcleo político e histórico pierde densidad. Incluso la incorporación de categorías contemporáneas sin respaldo histórico específico (como la idea de desapariciones “trans” durante el genocidio), termina generando confusión, reacción y descreimiento, facilitando y reproduciendo la impugnación negacionista que se pretende combatir. La memoria no se fortalece cuando se expande sin criterio, sino cuando se cuida y profundiza su sentido, se preserva su lenguaje y se mantiene claro qué se recuerda, por qué y contra quién. En síntesis, una conmemoración tan cara a nuestros sentimientos, sin anclaje profundo en la historia y sin contenido nacional no alcanza, por sí sola, para proyectar futuro para nuevas generaciones.

En ese clima, muchos jóvenes antikirchneristas terminaron siendo el producto inverso —pero simétrico— de la misma lógica; formados más en la reacción contra un relato que en la comprensión histórica de fondo, abrazaron el negacionismo no como resultado de un conocimiento crítico del pasado, sino como gesto identitario frente a una memoria que percibieron saturada, ritualizada y políticamente instrumentalizada.

¿No da la impresión de que a Milei muchos de los temas le llegan prácticamente resueltos, listos para ser capitalizados? Como si buena parte del terreno hubiera sido despejado de antemano y solo quedara aprovecharlo. ¿Acaso no estamos sorprendidos del consenso y el apoyo que encuentra en gran parte de la sociedad, pese a herirlos en sus necesidades vitales?. Esa ventaja no nace de su fortaleza, sino de nuestras debilidades discursivas y políticas; del vacío que dejamos en la representación de muchos problemas reales y del lenguaje que abandonamos. Allí se explica, en buena medida, su capacidad para convertir malestares dispersos en apoyos concretos.

Un contenido ausente

Persiste un vacío en el modo en que este período es narrado y comprendido. Hay aspectos que no se nombran con la claridad ni con el énfasis que su incidencia histórica exige: la estructura económica, política y cultural de dependencia que la dictadura vino a consolidar y que, bajo nuevas formas, continúa condicionando la vida nacional incluso en democracia. Nos referimos a los apellidos civiles que la sociedad debería recordar con la misma nitidez con la que recuerda a Videla o a Galtieri, a casi cincuenta años del retorno democrático. Sucede que el sentido común de la democracia argentina fue colonizado y, por ello, nuestra dirigencia política no supo, no quiso o no pudo construir una verdadera democracia para el pueblo. La dictadura fue derrotada políticamente, el pueblo la sacó, pero sus bases económicas y culturales no solo sobrevivieron, sino que fueron asumidas como “normales” por la mayoría del arco político demoliberal. Y allí está, aún vigente e indiscutida, la Ley de Entidades financieras que es el mástil de todo el andamiaje de la dependencia económica para la Argentina.

El constante retorno de los civiles

Suele afirmarse que el gesto de Néstor Kirchner al bajar los cuadros tuvo un enorme valor pedagógico y simbólico para una generación. Y tal vez lo tuvo. Pero una formación política más completa, útil y situada hubiera exigido, además, correr el foco hacia las responsabilidades civiles que hicieron posible el terrorismo de Estado, con mayor vigor, para habilitar otra dimensión política sobre el tema y encontrar elementos que colaboren a la conformación de un diagnóstico histórico y político, lo más racional posible. Aunque algo de eso ocurrió con Magnetto de CLARÍN. En síntesis, la democracia recuperada en 1983 colocó con justicia a los ejecutores del terror en el centro del juicio histórico, y eso fue una gran conquista popular, pero dejó en penumbras a quienes diseñaron y se beneficiaron del proyecto económico que la dictadura vino a imponer. Al narrar aquel período como una anomalía exclusivamente militar, se desatendió la estructura de poder que hizo posible el terrorismo de Estado y que, en buena medida, siguió operando bajo formas democráticas. Esa lectura parcial ayuda a explicar por qué hoy reaparecen, con legitimidad electoral, intereses que ya habían condicionado el destino nacional a sangre y fuego, por caso los vencedores en Malvinas. El propio Javier Milei ha manifestado admiración pública por figuras como Margaret Thatcher, Ronald Reagan o Winston Churchill, íconos colonialistas del poder anglosajón.

Luego nos sorprendemos de que esos civiles promotores y beneficiarios de la dictadura lleguen a la presidencia por el voto popular, o de que otros, desde las sombras, la consideren un “puesto menor».

Si Evita viviera sería Montonera

A lo largo de todo el ciclo kirchnerista se consolidó una idealización superficial de los años setenta convertida en épica militante permanente. Esa lectura no solo deshistorizó en parte una experiencia trágica de un período complejo de nuestra historia política reciente, sino que profundizó un prejuicio antimilitarista heredero directo del dispositivo desmalvinizador de la posguerra. En esa confusión conceptual se instaló una idea tan eficaz como dañina; que la memoria y los derechos humanos eran incompatibles con la defensa nacional, y que reducir las Fuerzas Armadas y la política de defensa equivalía, casi automáticamente, a fortalecer la democracia. Así se consolidó una debilidad estratégica persistente, que atraviesa desde la dirigencia hasta el último militante; la creencia de un país sin hipótesis de conflicto, sin necesidad de formación de cuadros militares nacionales y sin articulación entre defensa, Estado, industria y comunidad, justo cuando el escenario internacional se volvió más inestable, competitivo, incierto y riesgoso. Lo más grave es que de esa pedagogía surgieron generaciones formadas en una premisa falaz; la idea de que la Argentina vive al margen de las tensiones geopolíticas y que la defensa es un residuo del pasado. Educados en esa cultura de la indefensión, terminan asociando democracia con desarme y derechos humanos con negación de la soberanía, reproduciendo sin advertirlo una matriz funcional a los mismos intereses que históricamente condicionaron al país.

Como dice una amigo que milita en HIJOS; “veo un auto con la silueta de Malvinas en la luneta y yo pienso que ahí va un facho de mierda”. Y si. Esa reacción expone el daño cultural de una grieta llevada al extremo, donde símbolos nacionales compartidos dejan de ser patrimonio común y pasan a funcionar como marcas de sospecha ideológica, empobreciendo la política, ocultando nuestro sentido histórico y fracturando el sentido de pertenencia colectiva.

¿No convendría preguntarse si, en la lectura más difundida del kirchnerismo sobre los años setenta, figuras como Isabel Perón y José Ignacio Rucci quedaron ubicadas en un lugar incómodo, lateral o directamente negativo dentro de la propia historia peronista? ¿No fue Isabel presentada casi exclusivamente como antesala del golpe, sin ponderar en su justa medida los méritos y el contexto de crisis institucional que atravesó su gobierno constitucional? ¿Y no quedó Rucci reducido a la imagen de un sindicalista conservador, perdiéndose de vista su papel como articulador clave entre Perón y el movimiento obrero en una Argentina muy distinta a la de 1955?

En esa simplificación, ¿no se recortó selectivamente el pasado en función de una narrativa épica que dejó de lado zonas decisivas para comprender la etapa en toda su complejidad? Por ejemplo, ¿no resulta llamativo que el asesinato de Rucci por parte de Montoneros rara vez haya sido abordado con la claridad histórica que un hecho de esa magnitud exige? Ese silencio —o tratamiento tangencial— ¿no evitó, acaso, enfrentar uno de los episodios que mejor expresan la fractura interna del movimiento y el choque entre la conducción de Perón y la lógica de la violencia política que, poco a poco, pavimentaría el camino hacia el horror posterior?. Solo una mirada integral y honesta sobre nuestra propia historia habilita una maduración política real hacia el futuro.

Una militancia colorida pero prejuiciosa

Lo cierto es que en una franja importante de la militancia kirchnerista se consolidó una pedagogía política que miró con desconfianza —cuando no con abierto rechazo— a componentes centrales de la tradición histórica argentina; el sindicalismo como columna vertebral, las Fuerzas Armadas como parte de la defensa nacional, la religiosidad popular y el lugar del Papa Francisco, la cultura criolla, el legado hispánico y el mestizaje, los símbolos patrios, Malvinas, e incluso figuras decisivas de la construcción estatal y la unidad nacional como Roca. Ese vaciamiento de referencias convivió con la adopción entusiasta de nuevas consignas identitarias —indigenismo, ecologismo, lenguaje inclusivo, masculinidades, aborto, deconstrucciones y agendas culturales globales— que, aun legítimas en su plano, terminaron ocupando el centro del discurso político. El contraste no fue menor; mientras se relativizan elementos que históricamente habían servido para organizar pertenencia nacional, se fortalecen banderas que estructuraban identidad interna, más aptas para la cohesión de grupo que para la construcción de mayorías populares amplias.

En ciertos sectores del progresismo se volvió visible un rechazo casi reflejo hacia todo lo que remita a la tradición militar, al sindicalismo y a la Iglesia, como si esos mundos fueran ajenos —o incluso opuestos— a cualquier proyecto emancipador. Casualmente dos de los mayores cuadros revolucionarios de nuestra historia reciente provienen de esas instituciones. ¿Qué fundamentos estratégicos sostienen la promoción de una separación tajante entre Iglesia y Estado en una sociedad donde la religiosidad popular tiene arraigo histórico y popular, en el momento en que el mundo tiene un Papa argentino? ¿Cómo se articula un discurso antimilitarista con una tradición política en la que su principal conductor proviene de las Fuerzas Armadas? ¿Qué efectos produce la deslegitimación sistemática de la CGT en una nación que cuenta con uno de los movimientos obreros más sólidos del mundo? ¿Y qué implicancias tiene analizar Malvinas únicamente desde la dimensión humanitaria, omitiendo su carácter estructural como causa de soberanía y disputa antiimperialista?

El dilema actual

El orden internacional que se configuró tras 1945 —con Estados nacionales robustos, industrialización como horizonte estratégico, centralidad del trabajo asalariado, sindicatos con gravitación política, fuerzas armadas con hipótesis de conflicto definidas y una política concebida como conducción de comunidades organizadas— fue el suelo histórico sobre el que se pensaron muchos de los proyectos nacionales del siglo XX en nuestra región— está cediendo ante otra arquitectura global, dominada por finanzas desancladas, plataformas tecnológicas, retroceso del mundo del trabajo tradicional, hiperconexiones, fragmentación social y Estados con menor capacidad de decisión. El peronismo nació como respuesta histórica a aquel mundo; organizó a los trabajadores, construyó soberanía económica y pensó la política como dirección estratégica de una nación industrial en ascenso. Cuando de ese suelo histórico ya no queda casi nada, no alcanza con repetir sus fórmulas; hay que comprender qué de ese legado es esencia permanente y qué era circunstancia de aquella época. El desafío no es abandonar al peronismo, sino traducir su núcleo a un escenario donde las condiciones materiales ya no existen del modo aquel, pero donde el drama histórico de nuestra dependencia permanece intacto.

La Argentina no está solo bajo ataque, está bajo ruinas. Y para reconstruirla hace falta algo más que lealtades afectivas, internismo y encapsulamiento ideológico. En lo político y programático, hace falta un proyecto colectivo lo más amplio, serio y contundente posible. Si el campo nacional no reconstruye su inteligencia estratégica, si no rehace su vínculo con los sectores populares, si no abandona su internismo cupular, si no recupera la calle política, si no ordena un programa y no arriba a una nueva síntesis que aprenda de sus límites, la derrota dejará de ser una contingencia para convertirse en nuestro destino. Y la historia, que nunca espera, volverá a pasar por encima de quienes prefirieron la identidad a la conducción del conjunto y la nostalgia a la reconstrucción nacional.

Lo cierto es que nuestros dirigentes han perdido la capacidad de formular respuestas nacionales a los problemas nacionales. En ese vacío se infiltró una guerra cultural importada, pensada para otras sociedades y otros conflictos históricos, que desplaza el centro de la discusión hacia disputas identitarias y morales incapaces de ordenar la vida colectiva. No sorprende que, ante tanto vacío político y cultural, la injerencia de Estados Unidos en la vida argentina no se limite al plano económico, sino que penetre también en el terreno simbólico. Una parte de la sociedad la asume con naturalidad, como si fuera el atajo hacia una supuesta “inclusión en el mundo”, eco de una vieja tradición que asocia lo moderno con la imitación de Occidente, y prueba del rotundo fracaso político de la dirigencia. Por suerte, frente a ello, otro sector reconoce en esa presencia un mecanismo de subordinación que limita la capacidad del país para decidir su propio rumbo. En el fondo, no se enfrentan solo modelos económicos, sino dos imaginarios culturales; el que normaliza la dependencia bajo la apariencia de cosmopolitismo aspiracional y el que entiende la soberanía como núcleo de la identidad nacional.

Mientras la política se enreda en esa escenografía ajena y con categorías políticas que no nos calzan adecuadamente porque no nos pertenecen, queda sin resolver la pregunta verdaderamente decisiva: quién gobierna, con qué autoridad efectiva, bajo qué reglas comunes y al servicio de qué intereses sociales, económicos y soberanos. Una fuerza capaz de superar el rumbo actual del país no se construirá elevando el tono del discurso ni refugiándose en una supuesta superioridad moral, porque el problema que dejó el terreno libre no es cultural sino político, organizativo y estructural, desde el año 1976 hasta nuestros días.

Lo que está ausente son los pilares de autoridad democrática efectiva. Decisiones que se cumplan, instituciones que ordenen las rutinas, las expectativas y un Estado que vuelva a ser reconocido como árbitro legítimo de la vida colectiva. Sin esa arquitectura, la política se reduce a una declaración moral y el conflicto deriva en un espectáculo verdaderamente decadente, con el pueblo como testigo expectante y, a la vez, ausente de su propia escena histórica. Recuperar ese piso —sin violencia, sin arbitrariedad y sin escenificación punitiva— es la condición previa para cualquier proyecto que aspire a gobernar y no sólo a oponerse como límite desde la ética ciudadana minoritaria.

Falsas banderas

Si algo deja al descubierto el recorrido que analizamos es que la crisis del campo nacional es también una crisis de lenguaje, de categorías políticas y de sentido histórico. Tal vez no sea un exceso afirmar que el olvido —o la lectura fragmentaria— de nuestra propia historia sea una de las claves más profundas para entender el drama argentino presente. No se trata de un problema académico ni de una discusión erudita. La incapacidad de producir un instrumento cultural propio, arraigado en la experiencia histórica argentina, compromete directamente la posibilidad misma de una política soberana. Sin una matriz cultural nacional, las concepciones políticas se vuelven algo así como una especie de préstamo, las ideologías se importan sin mediación y la lectura de la realidad social queda filtrada por esquemas ajenos a nuestros procesos concretos.

Cuando un movimiento político abandona esa base, queda expuesto a un riesgo mayor; movilizar al pueblo bajo banderas que no ha creado, con consignas formuladas desde otras realidades y al servicio de intereses que no son los suyos. Esa colonización no siempre opera por la fuerza; muchas veces actúa como terrorismo ideológico blando, imponiendo tabúes, prejuicios, amenazas y censuras; clausurando debates y desarmando la capacidad crítica de una comunidad para pensarse a sí misma, en nombre de “los nuevos tiempos, las nuevas agendas y la lealtad”. El resultado es una impotencia política profunda. Se actúa, se milita, se declama, pero ya no se comprende el terreno sobre el que se pisa. Nuestros dirigentes, del primero al último, salvo alguna excepción que no tuerce la regla, parecen no entender el país en el que viven, no conocen nuestra historia y no tienen formación nacional. ¿Qué se puede esperar de su militancia juvenil?

El problema, entonces, no es la falta de ideas ni la necesidad de “inventar” doctrinas nuevas, sino la pérdida del imperativo de autenticidad. La política nacional no requiere una originalidad forzada, sino apropiación consciente de las categorías existentes, adecuándose a nuestra historia, a nuestra estructura social, a nuestros conflictos reales y a nuestro destino existencial integrado a la Patria Grande. Sin ese trabajo previo —cultural, político e intelectual— cualquier proyecto termina hablando un idioma prestado, y un pueblo que no se reconoce en su propio lenguaje queda condenado a repetir consignas ajenas mientras otros deciden su destino.

*Miembro de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

La Cámpora: apuntes para un balance histórico del ciclo kirchnerista (parte I)

Por Gustavo Matías Terzaga*

La Cámpora no puede ser comprendida como la deriva individual de una generación, sino como la cristalización organizativa juvenil de una etapa determinada del poder político argentino. Nacida en el seno del kirchnerismo y formalizada en 2006 bajo el liderazgo de Máximo Kirchner, La Cámpora expresa una forma específica de concebir la militancia, el Estado y la acumulación de poder en un ciclo que combinó avances reales con límites estructurales profundos.

A los gobiernos kirchneristas los podemos considerar como nacionales, pero no de liberación nacional. Pero fueron, con todos sus límites y contradicciones, los mejores para el pueblo argentino desde la muerte del general Perón. Tal vez por esto mismo, la situación judicial de Cristina en la actualidad, aunque admita más lecturas, difícilmente pueda separarse del ciclo político virtuoso que encabezó, de las decisiones estratégicas que marcaron ese período y que constituye un marco insoslayable para comprender la dimensión histórica de su figura.

Precisamente por eso, su balance crítico desde nuestras filas es ineludible para entender por qué un ciclo que produjo avances reales no logró fijar de manera duradera las bases del poder popular y derivó, en el presente, en una lógica política internista, obturadora y dañina, más preocupada por preservar la centralidad y cerrar filas identitarias que por alentar, con responsabilidad histórica, la recomposición y organización de un proyecto nacional que esté a la altura del drama nacional al que asistimos.

El marco histórico

En 2003, cuando emerge el kirchnerismo, el escenario internacional estaba marcado por la poscrisis del neoliberalismo de los ’90, el desgaste del Consenso de Washington para América Latina y el impacto geopolítico de la guerra de Irak, que comenzaba a erosionar la legitimidad del orden unipolar estadounidense. En América Latina comenzaba un ciclo de gobiernos posneoliberales, el denominado “giro a la izquierda” —Brasil, Venezuela, luego Bolivia y Ecuador— que ampliaron márgenes de autonomía regional.

En el plano doméstico, una sociedad desorganizada en términos clásicos, un movimiento obrero debilitado por décadas de neoliberalismo y un sistema político atravesado por una profunda crisis de representación. Para 2006, Néstor Kirchner ya había logrado reconstruir la autoridad presidencial, ordenar el sistema político tras el colapso de 2001 y desplazar a los viejos mediadores del peronismo territorial (gobernadores, intendentes, aparato duhaldista). El kirchnerismo empezaba a dejar de ser un gobierno de emergencia para convertirse en un proyecto de poder con vocación de continuidad.

Cada una en su tiempo, las organizaciones juveniles

Durante el peronismo en ejercicio del poder (1945–1955), la concepción política fue clara y coherente; el sujeto estratégico eran los trabajadores organizados, y por eso la movilización se canalizó fundamentalmente a través del sindicalismo, no de organizaciones juveniles autónomas. En esa idea, la comunidad se pensaba ordenada por funciones —trabajo, Estado, Fuerzas Armadas, familia, Iglesia— y no por identidades etarias. De allí se desprende una definición central; la juventud no constituía un sujeto político permanente, sino una etapa biológica de formación previa a la representación, integrada orgánicamente al conjunto del movimiento. La militancia juvenil existía, pero se ejercía sin autonomía propia, subordinada a la conducción general, lógicamente. Recién después de 1955, con la proscripción y el peronismo fuera del poder, emergió una politización juvenil autónoma; La JP.               

Entonces, las diferencias de concepción política y de objetivos entre la Juventud Peronista y La Cámpora no son accidentales sino históricas y doctrinarias. La JP nace en la intemperie de la proscripción, se consolida en los sesenta y cobra centralidad, aunque por un breve lapso, con el retorno de Juan Domingo Perón (1972–73). Vale decir, se forma antes del poder y contra el poder, en la resistencia barrial, sindical y universitaria, articulada con el movimiento obrero; por eso su función durante años fue preparar la reconquista del poder popular con el retorno del General y aportar militancia a una estrategia de masas. La Cámpora, en cambio, nace ya en el poder, desde el Estado y bajo tutela presidencial; no se organiza para conquistar lo que falta, digamos, sino para custodiar, apuntalar y administrar lo que ya se tiene, ordenar lealtades y ocupar los espacios de gestión.

Hay similitudes visibles, pero existe una analogía aparentemente superficial entre aquella Juventud Peronista que agitaba el “Luche y vuelve”, por el regreso del General, y La Cámpora concentrada hoy en el “Cristina libre”, que tiene una legitimidad democrática indiscutible. Pero mientras la JP concebía el retorno de Perón como la llave para un proyecto nacional (18 años!), aquí la consigna corre el riesgo de convertirse en un horizonte autosuficiente. Podemos decir que cuando la política tiende a organizarse alrededor de una figura ausente o impedida y no en la elaboración de un programa, la consigna deja de ser instrumento de conducción y pasa a funcionar como sustituto del debate estratégico que el momento histórico exige. La diferencia es que, en aquel entonces, el programa político se encarnaba en la figura misma de Perón.

Categorías políticas distintas para el mismo drama histórico

Durante su exilio en Montevideo, y como una crítica a la colonización pedagógica y cultural en la Argentina, en Los profetas del odio (1957), Jauretche polemiza de manera directa contra la noción liberal del “ciudadano” en abstracto, señalando que ese lenguaje jurídico-moral oculta al pueblo real, históricamente situado, con intereses concretos y conflictos definidos. Para el pensamiento nacional, esa sustitución no es inocente, ya que desarma la conciencia popular y neutraliza la política como lucha por el poder nacional.

En la tradición nacional, entonces, “pueblo” no es una categoría decorativa ni un sujeto meramente jurídico, es más bien, una realidad social organizada. Perón lo formula con fuerza pedagógica en Conducción política (Escuela Superior Peronista 1951 – compiladas y publicadas en 1952) cuando advierte que la política no se construye “con pueblos en abstracto”, y que el problema del mando es, antes que nada, el de organizar la fuerza social real que se quiere conducir. Con el mismo nervio, Arturo Jauretche, al desarmar la “abstracción” liberal, vuelve sobre la trampa de las palabras limpias que esconden intereses concretos. En el Manual de zonceras argentinas (1968) denuncia el refugio en “los derechos del hombre en abstracto” para evitar el conflicto con el hombre real, situado, con necesidades y pertenencias, que es precisamente el que hace al pleito histórico de la nación. Por eso, cuando el planteo político reemplaza al pueblo organizado por el “ciudadano” como figura neutra, no cambia solo el vocabulario; cambia el tipo de poder y de conflicto que se imagina, porque se debilita el eje “organización–conducción–proyecto” y se abre paso una política más apta para la interpelación moral que para la estructuración del cuerpo social.

En el ciclo kirchnerista más tardío se advierte otra opción conceptual verificable en las categorías de lo político, particularmente en esta noción de pueblo. Desde esa tradición conceptual, la denominación “Unidad Ciudadana», por caso, no es un gesto inocente ni meramente táctico, sino la expresión acabada de un corrimiento político más profundo. Al elegir la categoría ciudadano en lugar de pueblo, el kirchnerismo cristaliza una mutación en su forma de interpelación de la realidad nacional. Ya no convoca prioritariamente a un sujeto histórico organizado en torno al trabajo, la producción y la comunidad organizada, sino a un agregado cívico-electoral de individuos portadores de derechos. Esa elección semántica revela —y a la vez consolida— una estrategia que privilegia la ampliación electoral, la apelación moral y la defensa institucional frente a la construcción orgánica del poder popular de base.

Consignas, derechos e izquierdas

Las consignas políticas, cuando nacen como síntesis de una experiencia histórica real, funcionan como estrellas en la noche. No iluminan todo el paisaje, pero orientan el rumbo y permiten distinguir el norte para salir del extravío. Son referencias que condensan una lectura del conflicto histórico y señalan un eje hacia dónde debe dirigirse la acción política.

Algunas consignas emblemáticas del kirchnerismo en las remeras de miles de militantes camporistas, como “la patria es el otro” o “el amor vence al odio”, colocaron el eje de la política en un plano ético-afectivo, donde el conflicto se presenta como una cuestión de sensibilidades y valores compartidos. Ese registro, humanamente potente, tiende sin embargo a aplanar el relieve del enfrentamiento histórico al no precisar con nitidez dónde están los intereses en pugna y quiénes encarnan las posiciones contrapuestas. Por el contrario, expresiones clásicas como “Patria sí, colonia no” o “Liberación o dependencia” ordenan la escena en términos estructurales y verticales; plantean un dilema histórico concreto que no se ha resuelto, identifican al enemigo del pueblo, señalan con claridad la naturaleza del conflicto y orientan la acción política hacia un objetivo definido; la liberación nacional. La diferencia es estratégica entre una política que interpela conciencias y otra que organiza fuerzas para una causa nacional.

En el kirchnerismo —como en buena parte de la política contemporánea— se volvió habitual ordenar el debate en términos de derecha e izquierda, categorías que, aunque útiles en ciertos contextos, resultan insuficientes para describir la tensión profunda entre dos modelos de país que no compiten en un mismo plano, sino que se excluyen mutuamente. Esa discusión, planteada en clave horizontal y de extremo a extremo, tiende a diluir el núcleo del conflicto histórico argentino. Como dijimos, el eje real es vertical: pueblo o antipueblo; nacional o antinacional; oligárquico o popular. Allí no se enfrentan sensibilidades ideológicas, sino dos proyectos existenciales para nuestro país, donde la consolidación hegemónica de uno supone necesariamente la destrucción estructural del otro.

En conjunto, estas opciones conceptuales en el kirchnerismo plantean que la política misma —y la construcción del pueblo— es un acto discursivo, un proceso de articulación de significados que da lugar a identidades colectivas en conflicto. Y no aparece por generación espontánea, sino como el resultado de la incorporación progresiva de matrices propias del progresismo global contemporáneo y del constitucionalismo de derechos, donde la política tiende a pensarse más como interpelación cívico-moral que como organización social/popular. En ese marco, la ampliación de derechos y el reconocimiento institucional —dimensiones valiosas pero parciales— pasaron a ocupar el centro de la práctica política durante la Década K, mientras quedaba en un segundo plano la tarea más ardua y decisiva, la única posible, la construcción material de poder popular, es decir, la estructuración estable de un sujeto colectivo capaz de sostener un proyecto nacional más allá del embate de los medios, la justicia, las operaciones y los ciclos electorales.

El kirchnerismo, poco a poco, fue adoptando una noción de pueblo como identidad construida, móvil y contingente, definida por el discurso y sostenida por antagonismos simbólicos. En esa perspectiva, el pueblo no se organiza, sino que se produce narrativamente.

El Kirchnerismo de Cristina

Tras la muerte de Néstor Kirchner en octubre de 2010, y ya bajo el liderazgo pleno de Cristina, comenzó a advertirse un desplazamiento en la orientación de discursos y prioridades públicas. Sin abandonar políticas de alcance social, la centralidad simbólica de la etapa empezó a gravitar cada vez más en agendas culturales, identitarias y de reconocimiento institucional que encontraron mayor eco en sectores medios urbanos y universitarios.

Pero cuando la política comenzó a expresarse en códigos cada vez más alejados de la experiencia material de las mayorías, poco a poco se produjo un desfase silencioso entre representación y realidad popular que generó un vacío que terminó siendo ocupado por quien supo nombrar, aunque de manera rudimentaria y oportunista, esas mismas angustias. A la vez, se consolidó un relato militante persistente que descansó, en gran medida, en la infantilización del pueblo y en la negación del error propio. Cada derrota electoral fue atribuida al electorado —“desagradecido”, “derechizado”, “confundido”— antes que a una conducción que había perdido sintonía con las mayorías y confundía carencia en el liderazgo con infalibilidad de Cristina. Esa ausencia de autocrítica terminó profundizando la desconexión con la realidad social.

Pero no hubo un súbito giro ideológico de la sociedad ni un acto de desagradecimiento con un gobierno nac & pop que “les dio todo”, la sociedad no “se derechiza”, sino que encontró en otro registro discursivo, aunque sea con un significante futuro vacío, una referencia más cercana a su experiencia concreta. Algo, o mucho de esto viene sucediendo en los últimos diez o quince años. Y cuando la política pierde el idioma de su pueblo, otros lo toman. Recuperarlo es una tarea ineludible. El punto crítico es que, cuando la hegemonía discursiva se convierte en el horizonte principal, el poder empieza a medirse por su capacidad de interpelar —de convocar afectos, indignaciones, fanatismos y adhesiones— más que por su aptitud para organizar al pueblo. De hecho, lo desorganiza.

La Cámpora y su concepción política

En ese recorrido, La Cámpora terminó convirtiéndose en la forma organizativa más coherente con esa deriva. Creció al interior del gobierno y el Estado, aprendiendo antes a ocupar lugares, administrar espacios y tejer lealtades que a organizar socialmente, más allá de su considerable base juvenil, sobre todo, o casi exclusivamente en PBA. Su tránsito de militancia a aparato no fue un desvío, sino la consecuencia lógica de una concepción de la política centrada en la custodia de posiciones estratégicas. De este modo, el Estado pasó a operar como ámbito privilegiado de acumulación política, como territorio de ocupación de espacios, como círculo y red de lealtades, ventanillas de influencia, líneas y programas, como fuente de recursos, como mérito de acceso, como certificación de autoridad y, lastimosamente, la política militante como carrera profesional personal y sustituta de la militancia para la construcción popular real.

Por su composición de clase mayoritariamente urbana y de sectores medios, y por una naturaleza política determinada primigeniamente en la cúspide de la pirámide política, La Cámpora arrastró desde su origen un límite estructural para cumplir el objetivo de organizar, movilizar y articular políticamente a los sectores populares. De allí, tal vez, la lógica inversa y recurrente de “bajar al territorio”. Una práctica que supone intervención episódica y pedagógica desde afuera, más que arraigo orgánico desde adentro. No es lo mismo vivir el territorio —trabajar, producir, habitar, sobrevivir y organizarse allí— que “descender” a él con consignas, programas, dispositivos y buena voluntad. Ese gesto revela el límite político de una militancia formada fuera del mundo sindical y la vida popular. Aunque, hay que decirlo, el despliegue de la militancia camporista de base en el territorio y en diversas circunstancias, ha sido comprometido y muchas veces conmovedor.

Pero la idea de “bajar al territorio” revela con nitidez un límite político, ideológico y cultural, porque supone que el barrio popular es un espacio vacío al que se le instalan agendas definidas desde afuera, más que una comunidad con problemas, complejidades, saberes, creencias y prioridades propias. Esa lógica —típicamente pequeño-burguesa— imagina que la militancia consiste, además de garrafas, jornadas solidarias, bolsones, pensiones y selfies con los dedos en “V”; en llevar mesas y talleres para promover consignas como el aborto, las infancias, el indigenismo, la separación Iglesia-Estado, el ecologismo o el lenguaje inclusivo, sin partir del universo material y complejo del territorio del pueblo llano: seguridad, adicciones, exclusión, escuela, inserción laboral, salud, maternidad, vínculo con el Estado, violencia institucional, familia, religiosidad y vínculos comunitarios. Más allá de la promoción de alguna facilidad y el intento de “empoderar” a alguna gorda con mando y carácter, el único dato concreto allí es que la identidad del militante pesa más que la experiencia vital del vecino. Así, el territorio no se organiza desde adentro; se coloniza simbólicamente por un rato, una vez a la semana. Y cuando la política se reduce a esa escena, pierde arraigo, reemplaza la integración y la construcción de poder popular por la satisfacción moral de haber “estado”.

Políticas de minorías

Bajo el liderazgo de Cristina se hizo más visible una orientación que ya venía insinuándose; las llamadas “políticas de minorías” comenzaron a ocupar un lugar central en el discurso y en la práctica de la militancia kirchnerista. El punto problemático no fue su incorporación como demandas legítimas dentro de un programa nacional, sino el momento en que pasaron a operar como núcleo identitario interno del proyecto político, desplazando otros ejes de organización y conducción. No hay aquí una crítica simplista a derechos o demandas legítimas; el problema es otro. Cuando la política se estructura alrededor de agendas parciales que se expresan y se imponen como marcadores de superioridad moral (esto ocurre cuando no nace desde las bases), el campo popular pierde la capacidad de hablarle al conjunto. Una política nacional amplia y determinada por prioridades organiza lo común; una política capturada por lógicas minoritarias tiende a fragmentar el sujeto, a invertir prioridades, a confundir al enemigo, a reemplazar la comunidad por uno o varios archipiélagos, y a convertir el clima de la disputa social concreto en disputa de identidades.

A lo que vamos, cuando una fuerza popular convierte las políticas de minorías en el eje ordenador de su práctica y de su relato, suele producirse una paradoja política; se gana intensidad discursiva en la cúspide pero se pierde capacidad de ampliación y contención de las bases. No porque las minorías no importan —importan y deben ser protegidas, aunque ni te voten— sino porque, al ubicarlas como centro de la identidad del proyecto, se desplaza el núcleo vertebrador que organiza a un movimiento nacional: trabajo, salario, producción, seguridad social, cultura popular, movimiento obrero, comercio exterior y soberanía nacional.

La política que ocupa el espectro de la comunicación y el sentido pasa a ser un repertorio de signos, banderías, slogans, pañuelos, consignas y sensibilidades que funcionan muy bien como marca de fijación de pertenencia interna, pero mal como herramienta para ordenar la sociedad de manera amplia, heterogénea y eficaz. El peronismo, o esta última versión progresista del peronismo, fue perdiendo plasticidad y comenzó a rigidizarse en marcos ideológicos cada vez más estrechos, desplazándose hacia posiciones identificadas como “de izquierda” en el plano discursivo, pero alejándose al mismo tiempo de su tradición pragmática de conducción y síntesis nacional y popular.

Ese foco genera, además, un mecanismo corrosivo dentro de las propias filas nacionales. Por eso, en no pocas ocasiones, el kirchnerismo terminó —aun sin proponérselo— facilitando el trabajo de sus adversarios, de nuestros enemigos. Multiplicó fracturas internas, erosionó puentes con aliados potenciales para servirlos en bandeja a la contra y, al estrechar su propio campo de pertenencia, dejó servida la tarea a quienes buscaban dividir al movimiento nacional desde afuera. Ese es el resultado paradójico de una política que, en vez de integrar agendas particulares a un proyecto nacional, termina subordinando el proyecto nacional a la administración de agendas particulares.

En un discurso durante la sesión del Senado en 2018, Cristina expresó: “A lo nacional y popular, vamos a tener que incorporarle la agenda feminista —nacional, popular, democrático y feminista”. La observación que aquí se formula no es una objeción al feminismo en sí, sino una señalamiento político. El problema no radica en la legitimidad de esa agenda, en sus importantes avances, ni en la fuerza intrínseca de ese reclamo histórico para las mujeres —nadie con sentido histórico puede oponerse a la igualdad de dignidad entre varones y mujeres, porque esto mismo hace al marco de la justicia social— sino contra un mecanismo político que se volvió frecuente; convertir una discusión estratégica entre compañeros en un juicio moral. Ese mecanismo es eficaz porque se apoya en un núcleo verdadero. Toda gran operación necesita un eje de verdad para sostenerse. El eje, aquí, es la aspiración legítima a la igualdad de género. Pero esa verdad, utilizada como escudo indiscriminado, termina cumpliendo otra función; blinda decisiones políticas concretas de cualquier crítica a la evaluación estratégica. En lugar de discutir si una consigna ordena o desordena, si organiza o fragmenta, si amplía o reduce el sujeto social; se discute quién “es” qué, quién “merece” hablar, quién está del lado correcto de la moral y, así, el lenguaje de emancipación se convierte en herramienta de disciplinamiento interno. No porque la causa sea ilegítima, al contrario, sino porque la verdad que la funda se usa como coartada para no discutir lo decisivo: cómo se construye poder popular real, con qué prioridades y con qué sujeto histórico, para que esa misma política pueda materializarse en el tiempo con más concreción que divisiones.

El tema está en el modo en que su incorporación se realizó, desplazando el eje de la organización popular hacia un terreno identitario clasemediero que, al no articularse con una estrategia nacional integral, terminó debilitando la centralidad del sujeto histórico que el peronismo había sabido construir.

En suma, en un país como el nuestro, cuando el campo nacional renuncia a su lenguaje histórico —productivo, social, cultural, genuino, profundo, patrio, simple, religioso, criollo y nacional— y se refugia en una jerga identitaria abstracta, por más legítimo que sea el planteo, no eleva al pueblo cuál pretensión vanguardista, lo deja políticamente a merced de quien se anima a nombrar sus malestares, aun para explotarlos en su contra.

*El autor es miembro de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

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