Fuentes Seguras. Occidente, cada vez más complicado

Inteligencia iraní. Las preguntas esenciales. Un antes, y un después. Contra casi todos. Europa, Europa. EEUU: Revuelo interior y elecciones. El abismo. Irán, fuerte

Por Gabriel Fernández *

INTELIGENCIA Y CHANTAJES. Entre agosto y septiembre del año pasado, las autoridades iraníes completaron un informe reservado sobre los proyectos militares y nucleares de Israel, su colaboración con países occidentales y el espionaje a organizaciones internacionales. El titular del área de Inteligencia, Esmaeil Jatib, declaró que el conjunto de datos fue recopilado por sus agentes operativos en distintos puntos de Asia occidental; entre otras cosas evidencian «la política de ambigüedad nuclear del régimen” [israelí].

«Se ha descubierto información completa que incluye nombres, detalles, direcciones y relaciones laborales de 189 expertos nucleares y militares del régimen y proyectos relacionados de cada uno” precisó el funcionario. Aquellas revelaciones incluyeron grabaciones realizadas dentro de la instalación nuclear israelí de Dimona, en el sur del país hebreo. Asimismo, la información obtenida incluye detalles precisos de sitios militares sensibles con aplicaciones de doble uso, algunos de los cuales fueron atacados por misiles iraníes durante la ‘guerra de 12 días’ del pasado mes de junio, tras ser entregadas sus coordenadas a las unidades pertinentes.

El jefe de la Inteligencia persa precisó, además, que su país obtuvo documentos que rastrean la influencia que funcionarios israelíes y senadores estadounidenses tienen sobre el Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA) para obtener información relacionada con el programa nuclear de Irán. Entre los documentos publicados figuran imágenes que, presuntamente, demuestran que Israel incluso espía -y en relación, chantajea- al director del OIEA, Rafael Grossi.

El alto referente de los servicios iraníes subrayó que los documentos fueron obtenidos y transferidos a través de «capas complejas de protección del régimen», gracias al trabajo del Ministerio con funcionarios nucleares, instituciones militares y ciudadanos israelíes, que colaboraron, según el ministro, motivados tanto por intereses materiales como por el «intenso odio hacia el primer ministro corrupto y criminal», en clara referencia a Benjamín Netanyahu.

LOS GRANDES INTERROGANTES. Los Estados Unidos iniciaron con Israel el ataque contra Irán el 7 de marzo del año en curso, en plena negociación sobre el enriquecimiento de uranio y el desarrollo del plan nuclear de la nación medio oriental. Esos encuentros habían resultado satisfactorios, según ambas partes. «En los intercambios admitimos posponer el enriquecimiento de uranio y ratificamos que no tenemos armas nucleares ni pensamos usar la energía nuclear con destino bélico. Igual Estados Unidos e Israel atacaron”, apuntó el gobierno islámico.

Los interrogantes que este periodista evalúa imprescindible formular son ¿Por qué se desató la guerra? ¿Quién está ganando? Y ¿Contra quién es la guerra? Resultaría irresponsable aventurar respuestas, pero el solo planteamiento de esas preguntas permite enfocar con más claridad lo que viene sucediendo. Veamos los trazos iniciales de la fase reciente del litigio: tras el primer intenso bombardeo norteamericano israelí, el cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán informó el lanzamiento de una réplica muy potente con misiles y drones sobre Israel y bases estadounidenses en la región.

Las imágenes que se observaron en Tel Aviv resultaron estremecedoras. Enseguida, 27 bases norteamericanas más el gran complejo industrial de defensa de ese distrito, redondearon un anticipo de la potencialidad iraní. El presidente Donald Trump dijo, «Quieren hablar y yo he aceptado hablar, así que hablaré con ellos”. La frase surgió como una reacción muy acelerada dada la cercanía del puntapié inicial del ataque. Enseguida el Estado de Irán respondió que no tenía intención de hablar. Entonces el presidente norteño, que quedó en falsa escuadra, redobló la apuesta y afirmó «Vamos con todo. No vamos a permitir que Irán haga tal o cual cosa”.

El lector ya puede comprender que ahí emerge, en cierto modo, una clave del asunto. Los datos de especialistas militares acerca de los pertrechos y las municiones empezaron a llegar en modo de análisis periodístico. Fíjese, pues aunque en la prédica general los medios occidentales afirman que los Estados Unidos e Israel están domesticando a Irán, lo cierto es que las existencias de interceptores de misiles norteamericanos y de la potencia ocupante podrían agotarse en cuestión de semanas si Irán logra mantener el ritmo de los ataques.

Pero ¿quién lo informa? Bueno, no se trata de IRNA. Ya es difícil acceder la Agencia estatal Iraní. Antes, inclusive durante el bombardeo, se pudo ingresar de manera plena. Ahora ya no. No, no lo plantearon los iraníes, lo informó Bloomberg, uno de los centros del capitalismo financiero en el orden comunicacional, junto a otros medios como los que analizamos habitualmente en este espacio. Según Bloomberg, la capacidad de los Estados Unidos, Israel y los Estados árabes del Golfo para sostener la defensa frente a la represalia persa, depende del volumen de interceptores disponible. El medio sostuvo que esas reservas ya estaban “peligrosamente bajas después de los intensos combates con la República Islámica el año pasado”.

Sucede que la Guerra de los 12 días dejó un sabor extraño para Occidente. En realidad, el arco de acero que protegía a Israel fue quebrado por la resistencia iraní, que tampoco había iniciado en aquel momento las hostilidades. El 7 de marzo de 2025, Trump envió una carta dirigida al ayatollah Ali Jamenei señalando que los iraníes “son gente maravillosa”.

Antes, tras años de negociaciones bajo un formato 5+1 (Rusia, China, el Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos) durante el gobierno del presidente Barack Obama, se alcanzó un Acuerdo sobre el Programa Nuclear Iraní, suscrito el 14 de julio de 2015, endosado por el Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas (Resolución 2231 del 20 de julio de 2015) y el Congreso estadounidense, que establecía regulaciones al Programa persa sujeto a supervisión y monitoreo internacional, a cambio del levantamiento de sanciones y desbloqueo de recursos congelados.

La concreción de dicho acuerdo marco permitió cierto oxígeno a la economía iraní, que pudo recuperar recursos y activos congelados en el exterior, relanzar y modernizar su industria petroquímica gracias a inversiones de países como China, así como invertir en el sector aeronáutico severamente afectado por las sanciones luego de la Revolución que encabezara el iman Ruhollah Jomeini en 1979. Los Estados Unidos, bajo el primer mandato de Trump, se retiraron unilateralmente del acuerdo en mayo de 2018, y volvieron a imponer sanciones económicas a Irán, aliviadas posteriormente durante el gobierno de Joseph Biden, y ahora reinstauradas con el gobierno de Trump en su segundo mandato.

Pese al retiro de los Estados Unidos del referido acuerdo en 2018, las autoridades de Teherán aseveraron que su país cumplió con las obligaciones según lo establecido por la Organización Internacional de Energía Atómica. Los Estados Unidos, por su parte, manifestaron sus dudas al señalar que Irán continuó desarrollando su industria nuclear y que estaría cerca de conseguir una bomba atómica, así como el desarrollo de la industria de misiles balísticos. Estas acusaciones fueron respaldadas por el gobierno de Tel Aviv, que ve a Teherán como una amenaza permanente.

Es decir, la coalición norteamericano israelí ha quebrado toda legalidad internacional. En línea, lo ha concretado sin que se conozcan los motivos: ¿amenaza nuclear? ¿democracia? ¿derechos humanos? ¿seguridad interior? ¿seguridad de aliados? Toda la diplomacia del planeta sonríe irónicamente -si cabe el gesto en medio del drama- cuando algún funcionario de la dupla criminal esboza cualquiera de esas “razones”. Nadie cree en los argumentos del Norte; ni quienes rechazan su accionar ni aquellos que, tímidamente, se animan a respaldarlo.

LA NUEVA ERA. Con los sucesos recientes, la confrontación internacional parece estar llegando a un punto de no retorno. Este narrador considera que, si los pueblos no destruyen o al menos no limitan el poder del gran capital financiero, con las tecnologías elaboradas en los meses recientes, sus elites decidirán -y actuarán en consecuencia- que el ser humano es un gasto innecesario. Solo quedarán fuera de la ecuación las dirigencias globales, sus fuerzas de seguridad, sus empleados imprescindibles. En concreto, hasta hace un par de años a ese bloque le sobraban 1000 millones de personas. Ahora si se observan las perspectivas productivas, la cifra se aproxima a 7.000. Solo la Asociación de Estados Multipolares puede frenar este proceso.

Es necesario, además de saber qué es lo que está pasando en concreto en el variado frente de batalla, comprender los intereses profundos que llevan a una contienda de esta naturaleza. E insertar algunos planteos más para apuntalar una interpretación certera. Irán no va a capitular. Pero, ¿por qué? Se trata de orgullo, de una filosofía honda y pensada, pero de algo más. Está claro que los Estados Unidos no son confiables, lo cual deriva en que toda aproximación pueda constituirse en un dramático error. En sintonía, que los alrededores permiten diseñar políticas confluyentes -Hezbollah, los agrupamientos armados al interior de Irak, los huttíes- y sobre todo que la República Popular China y la Federación de Rusia necesitan un Irán estable y lo último que anhelan es un gran estado anglosajón con epicentro en Israel dominando la región.

En cuanto al petróleo, aunque resulta pertinente señalar el acierto norteamericano previo -la utilización del fracking- el mismo no logra evitar el descalabro global que produce el cierre del Estrecho de Ormuz. El intento original norteamericano de controlar Yemen, fracasó. Así, esa vía esencial puede ser usufructuada, geopolíticamente, por Irán. Se deduce, razonablemente, que Europa aborda el corto plazo con dificultades irresolubles. Le cortaron el acceso al gas ruso -con aquiescencia de sus “estadistas” a través del quiebre del Nord Stream y le ordenaron “No comerciar con Rusia de ningún modo». Esto llevó a triangulaciones, a ciertas movidas irregulares, pero la complicación de los costos es ostensible.

Todo esto afecta al usuario común directo, pero también a las industrias que ya están golpeadas porque las medidas desplegadas desde el 2022 en adelante a raíz de los sucesos en Ucrania han damnificado los niveles productivos y el ejemplo más claro es Alemania. Entonces ¿contra quién es la guerra? Ya podemos aventurar: contra Irán, contra los países BRICS +, sin dejar de indicar contra la unidad de los pueblos a través de inversiones y comercio, específicamente contra China y, de soslayo, contra las naciones europeas que ya han intentado un acercamiento con la Federación. En tal sentido, no debería olvidarse el inveterado terror histórico del Reino Unido ante la mínima posibilidad de una coalición ruso alemana. Un tema para analizar largo y tendido, ¿no?

Entonces, vale pensar qué sucederá con la vaporosa Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). El Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, admitió que los europeos “han sido tomados por sorpresa”. “Ahora, a nivel mundial, responden a los caprichos cotidianos de un presidente estadounidense que está causando una enorme disrupción”, El vocero de la entidad, Julien Barnes-Dacey, añadió: “Están entre la espada y la pared… Por un lado, quieren aferrarse a algún sentido del derecho internacional, o al orden basado en normas, y por otro, intentan desesperadamente ganarse el favor de Trump”. “Mientras Israel y Estados Unidos prosiguen la guerra que iniciaron, los europeos intentan involucrarse sin involucrarse y comprometerse sin comprometerse”, indicó el funcionario en un diálogo periodístico inusualmente sincero con la CNN.

RIESGOS. Ahora bien, si sigue el ataque, además de las señaladas dificultades occidentales, Irán también puede entrar en situación de emergencia. Sin embargo, hay allí un trabajo fuerte en el orden industrial que incluye el Programa Nuclear, para poner en marcha las fábricas. Bajo tierra hay una labor de ingeniería muy sólida que puede llegar a ser trascendente a la hora de afrontar una agresión extensa y compleja. Como se sabe, Israel y los Estados Unidos apuestan a una batalla corta y contundente, pero hay que tener espalda para eso. Algo hay en favor de los agresores: Irán no tiene armas nucleares e Israel tiene armas nucleares. Ahí existe una diferencia a registrar.

Vale precisar que Irán fue atacado por una potencia que, ante la Organización Internacional de Energía Atómica, se negó a mostrar sus arsenales. Por tanto, para buena parte de la comunidad mundial el problema no es Irán; como bien lo señaló China hace pocas horas y como lo plantean varios multipolares, la legalidad le asiste. No hay nada, ni el Congreso norteamericano, ni hablar la ONU, no hay ninguna instancia, ningún factor, ningún elemento que coadyuve a la presunta legalidad del ataque formulado en contra de la nación persa. Pero mientras la irresponsabilidad del gran capital financiero puede llevar a usar armas nucleares en contra de Irán, es muy probable que en la misma dimensión del liderazgo de Ali Jamenei, Irán se cuide porque cuida el futuro, como lo cuida China, como lo cuida Rusia.

Esa falta de contemplaciones hacia el destino del ser humano se percibe en el proceder, y en el decir, del centro occidental. Tantos medios liberales se alegraron del asesinato de Ali Jamenei. Bueno, la conducción que ese guía espiritual llevó adelante como continuador del imán Jomeini, ha dejado una huella muy interesante. Por un lado, una articulación con los sectores políticos internos, la garantía de realización de elecciones, debate, diferenciación respetuosa entre sectores para poder abordar el diálogo y al mismo tiempo firmeza conceptual, pero relacionada con el cuidado. Como ejemplo, Nagorno Karabaj, Turquía, Azerbaiyán, Armenia, el asesinato de Qasem Soleimaní, en la misma dirección el crimen de Hassan Nasrallah. En todas estas provocaciones -y otras- se plantó Jamenei, pero se plantó con una sutileza, con una disección de objetivos muy fina, para evitar que el conflicto se derrame por Asia occidental, porque esa región a futuro puede ser integralmente multipolar.

En este tramo donde las puertas del tiempo se van abriendo, pero no se abren con la rapidez necesaria – todos inciden, todos tienen poder y todos tienen armas-, la situación se complica a la hora de avanzar. Cuando se observa el mapa es posible comprender la trascendencia de mantener acotados los bombardeos y también las acciones defensivas. La defensa de Irán puede ser muy intensa, pero guarda la medida. Se muerde los nudillos antes de ir sobre una zona en la que damnifique futuros aliados. De hecho, fue sobre las bases norteamericanas en los países árabes, evitando involucrar a la población civil. En sentido contrario, tras agitar los derechos de las mujeres, los Estados Unidos e Israel asesinaron 168 pibas en una escuela. Muy edificante. Muy democrático.

Horas atrás, la Asamblea de Expertos de Irán designó a Mojtaba Jamenei como nuevo líder supremo del país, en sustitución de su padre. En un vibrante comunicado, la asamblea declaró que “después de estudios cuidadosos y extensos… en la sesión extraordinaria de hoy, el ayatolá Seyyed Mojtaba Hosseini Jamenei (que Alá lo proteja) es designado y presentado como el tercer líder del sagrado sistema de la República Islámica de Irán, basado en el voto decisivo de los respetados representantes de la Asamblea de Expertos”. Minutos después de su nombramiento, la Guardia Revolucionaria juró lealtad al líder supremo. “El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica está listo para la obediencia total y el autosacrificio en el cumplimiento de los mandatos divinos del Guardián Jurídico de la época, Su Eminencia el Ayatolá Seyyed Mojtaba Jamenei”, informaron los Guardianes.

EL REVUELO INTERIOR. Trump tendrá que ocuparse de algunos asuntos internos y explicar por qué se está gastando lo que no invirtió en producción, en el sostenimiento de bases militares gigantescas en distintos puntos del mundo. Se acercan las elecciones legislativas y sube el desempleo. No hay nuevas industrias ni fábricas repatriadas. Todo envuelto en un alarde recio que insertó al país en conflictos que había prometido eliminar.

Pese a todo, cabe insistir, sería irresponsable afirmar: gana tal, gana cual. La situación está muy enredada y las guerras hay que pelearlas hasta el último minuto. Y un poco más, como se recuerda. Nadie puede afirmar estamos en esta dirección o en la otra. Aunque si se puede afirmar que existe una campaña apreciable de los medios occidentales para demostrar dos cosas. Primero que las naciones del Centro Occidental tienen razón y que van a proclamar los derechos, la democracia o la libertad para el país musulmán. Luego, que el poder norteamericano sigue en condiciones de disciplinar, por lo tanto, hay que disciplinarse de antemano en modo argentino para estar en línea con el desarrollo de los acontecimientos.

Ninguna de las dos cosas es cierta. Esto no quiere decir que el anverso resulte una verdad atronadora. No significa la inexistencia de dificultades para aquellos que asumen la defensa del espacio multipolar. Sin embargo, es preciso saber que la propaganda no informa, las consignas no sirven y solo el análisis y el razonamiento pueden permitirnos acceder a un escenario tan complejo.

TRUMP ACABA DE PERDER LAS ELECCIONES. Este periodista tuvo la posibilidad de leer un material extraordinario, realizado desde el Tábano Economista por el licenciado Alejandro Marcó del Pont. Se trata de “¿Cómo Israel convirtió la promesa de América First en una guerra eterna para Trump?” Tiene un desarrollo corrosivo que nos ayuda a pensar. Por eso se resolvió a entrevistarlo en Radio Gráfica. Aquí se incluye el texto en cuestión y la conversación. Los ejes de la misma no tienen desperdicio.

Cómo Israel convirtió la promesa de ‘America First’ en una guerra eterna para Trump

Por: Lic. Alejandro Marcó del Pont

La influencia extranjera es uno de los enemigos más perniciosos del gobierno republicano (George Washington)

El 28 de febrero de 2026, las explosiones que sacudieron Teherán no solo alcanzaron los enclaves subterráneos del programa nuclear iraní; su onda expansiva viajó miles de kilómetros hasta fragmentar el cemento político sobre el que Donald Trump había construido su segunda presidencia. En una operación de una audacia y un riesgo extremos, la Fuerza Aérea de Estados Unidos, en supuesta coordinación con Israel, lanzó el ataque más contundente contra Irán desde la crisis de los rehenes de 1979.

El objetivo declarado por la Casa Blanca era quirúrgico y clásico: eliminar de una vez por todas la amenaza de las instalaciones nucleares y el arsenal de misiles balísticos de la República Islámica. Pero la magnitud de lo que se vivió en la madrugada —con informes que hablaban no solo de bombas sobre centrifugadoras, sino de un misil que alcanzó el búnker donde se refugiaba el líder supremo, Alí Jamenei— delataba una ambición mucho mayor: la decapitación del régimen y su colapso definitivo.

Sin embargo, la pregunta que flota sobre los escombros de Teherán y sobre los mercados de Nueva York no es tanto si Irán puede reconstruirse, sino si Estados Unidos y su presidente podrán sobrevivir a las consecuencias de su propio éxito militar. La paradoja posee una belleza trágica propia de un drama griego. Donald Trump, el presidente que llegó al poder prometiendo enterrar las «guerras eternas» y poner «América Primero», acaba de abrir la puerta a un conflicto de desgaste en Oriente Próximo que amenaza con devorar su legado, su base electoral y la estabilidad de la economía global. Y todo apunta a que no lo hizo solo, que fue conducido hacia allí, con la precisión de un relojero suizo, por el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu.

Para entender la magnitud del abismo al que se asoma Trump, hay que abandonar por un momento los mapas de los generales y poner la mirada en las gasolineras de Ohio y Pennsylvania. El corazón del movimiento MAGA late al ritmo del precio del crudo. Su núcleo electoral, la clase trabajadora blanca y la clase media manufactureras, fueron las grandes víctimas de la inflación post-pandemia. Cada dólar que sube el barril es un voto que se aleja de las urnas republicanas. Los analistas de Goldman Sachs y Barclays llevaban semanas advirtiéndolo en sus informes: un conflicto abierto con Irán dispararía el petróleo. El Brent y el WTI, superarían con facilidad la barrera de los 100 dólares, llevando la inflación de vuelta a territorios prohibidos, cerca del 5%. Las hipotecas se encarecerían, el crédito para el pequeño negocio del Medio Oeste se congelaría y el sueño de «America First» se desvanecería en un espejismo de estanflación.

La lógica elemental dictaba que Trump no podía permitirse ese escenario. Su instinto de supervivencia política, que siempre ha sido su principal brújula, debería haberle llevado a contemporizar, a amenazar, quizá a un bombardeo simbólico sobre instalaciones militares abandonadas. Pero no a esto. No a un ataque que, según fuentes de inteligencia, citadas por Reuters y The Straits Times días antes de la operación, fue desaconsejado explícitamente por la CIA. La agencia advertía que un «golpe decapitador» contra Jamenei no provocaría el colapso del régimen, sino su relevo por figuras aún más radicales de la Guardia Revolucionaria (IRGC), dispuestas a una guerra de desgaste infinita. Si la inteligencia americana lo sabía, si los modelos económicos lo predecían, ¿qué nube tóxica nubló el juicio del presidente?

La respuesta, incómoda pero cada vez más aceptada en los círculos analíticos de Washington, tiene dos caras. Una, la más volcánica y pública, es la del propio Netanyahu, un superviviente nato que lleva décadas viendo en Irán una amenaza existencial que debe ser eliminada antes de que sea demasiado tarde. Su lógica era la del «ahora o nunca». Con un presidente americano impredecible y deseoso de demostrar fuerza, y con un análisis equivocado de los ayatolás más débiles por las protestas internas, la ventana de oportunidad se abría de par en par. La otra cara, la más turbia y que circula en los pasillos del poder bajo el sigilo del off the record, tiene nombre y apellido: el lobby israelí y los expedientes Epstein.

Se sabe, y no es un secreto para los servicios de inteligencia, que Jeffrey Epstein no trabajaba solo; su red de influencia y chantaje era una telaraña que conectaba con intereses israelíes, con el Mossad. La teoría que gana adeptos es que el material comprometedor que el Departamento de Justicia estadounidense guarda en sus cajas fuertes sobre figuras clave del establishment no es propiedad exclusiva del gobierno federal. El Mossad, se argumenta, tiene una copia. Y en el momento crucial, cuando la maquinaria bélica dudaba entre la prudencia y la audacia, esa información pudo haber actuado como un sutil, pero eficaz, elemento de coerción. No hace falta un vídeo de Trump en una situación comprometida para doblegar su voluntad; basta con tener la capacidad de filtrar información sobre un colaborador cercano, un familiar o un donante clave para que la geometría de las decisiones empiece a torcerse.

Más allá de la leyenda negra de los videos y las fotos, la influencia del lobby israelí en Washington es una realidad tan tangible como el mármol del Capitolio. Académicos de la talla de John Mearsheimer y Stephen Walt lo documentaron hace años en «The Israel Lobby and U.S. Foreign Policy». No es una conspiración, es un hecho político: el Comité Estadounidense–Israelí de Asuntos Públicos (AIPAC) y sus satélites financian campañas, moldean discursos y condicionan votaciones en el Congreso con una eficacia aplastante. Ningún político que aspire a mantenerse en el poder quiere enfrentarse a una maquinaria de desprestigio multimillonaria financiada por el lobby. Esa coerción, la financiera y la política, es tan efectiva como cualquier chantaje. Así, cuando el Pentágono y el Departamento de Estado debatían la respuesta a Irán, las opciones que priorizaban la «ventaja militar cualitativa» de Israel pesaban más en la balanza que aquellas que defendían la estabilidad económica doméstica.

Lo que ocurrió sobre el terreno en la madrugada del 28 de febrero revela hasta qué punto las prioridades estaban desalineadas. Si EE.UU. buscaba una operación quirúrgica para degradar la capacidad militar iraní y proteger sus bases en la región, los resultados hablan de otra cosa. Los satélites mostraban impactos en instalaciones navales y lanzaderas de misiles, sí. Pero también llegaban imágenes dantescas desde Minab, donde una escuela elemental cercana a una base militar fue alcanzada, matando a 150 niñas, ataques al Hospitales de Teherán, atestados de víctimas civiles. El sello de un ataque diseñado no para ser corto y ejemplarizante, sino para ser total y, sobre todo, irreversible. Eso no era una advertencia; era una declaración de guerra existencial. Era la firma de Israel, el socio que necesita que el conflicto se convierta en una ciénaga para que Irán no pueda levantar cabeza.

Y en esa ciénaga es donde Trump corre el riesgo de quedar atrapado. Lo que él concibió probablemente como un «show of force» espectacular al estilo Trump —una explosión de grandeza que forzara a Irán a una negociación de rendición— ha sido interpretado por el mundo y por los mercados como la entrada en una trampa de costes infinitos. Irán no colapsó. Su liderazgo ha sido sustituido por líneas duras de la Guardia Revolucionaria que prometen venganza. El Estrecho de Ormuz, por donde pasa el 25% del petróleo mundial, tiembla ante la posibilidad de un bloqueo total. Y mientras los petroleros empiezan a desviar sus rutas, el rendimiento del bono americano a 10 años se dispara: los inversores exigen más rentabilidad por el riesgo de una inflación que ya no ven transitoria, sino enquistada por la geopolítica.

La lógica de Netanyahu, fría y calculadora, ha funcionado a la perfección. Ha conseguido que el ejército más poderoso de la Tierra participe en la eliminación de su mayor enemigo estratégico sin tener que sacrificar la totalidad de sus reservas. Ha logrado que EE.UU. queme su crédito político y económico en un conflicto que, para Israel, es de vida o muerte. Para Trump, en cambio, el balance es un desastre absoluto. No solo ha roto su promesa fundacional de terminar con las guerras eternas, sino que lo ha hecho en un momento de máxima vulnerabilidad económica para su electorado. La fractura en su base leal, la profundamente antiglobalista que lo subió al poder, puede ser ya imborrable. Le ven como un presidente que fue engañado o chantajeado, o sencillamente traicionó sus principios por presiones externas.

La teoría de la «captura estratégica» que se estudia en las academias militares cobra aquí vida propia. Cuando un aliado menor logra que la potencia mayor ejecute acciones que sirven exclusivamente a sus intereses regionales, incluso a costa del bienestar interno de la potencia, la relación deja de ser una alianza para convertirse en una tutela invertida. Y eso es lo que ha sucedido. Netanyahu ha mirado a Trump a los ojos y le ha convencido de que asesinar a Jamenei era un regalo. Pero ese regalo venía trasmitido con la inflación, la subida de tipos y la certeza de una derrota en las elecciones de medio mandato.

Mientras el humo se disipa sobre Teherán y las primeras represalias iraníes golpean bases americanas en siete países, una pregunta sobrevuela el Despacho Oval: ¿quién gobierna realmente la política de defensa de Estados Unidos? La respuesta, por incómoda que resulte en un país que se precia de su soberanía, parece apuntar hacia Jerusalén. Donald Trump, el negociador que prometía no dejarse engañar, ha caído en la trampa más antigua del tablero de Oriente Próximo: creer que se puede usar la fuerza sin pagar un precio político. Su legado, el de «America First», yace ahora enterrado bajo las ruinas de un bombardeo que no traerá la paz, sino una guerra eterna diseñada en los despachos de Tel Aviv. Y la historia, una vez más, le recordará no como el presidente que acabó con las guerras, sino como aquel al que su aliado más astuto utilizó para empezar la más peligrosa de todas”.

NOTICIAS DE MAÑANA. Los Estados Unidos están denunciando a través de sus medios afines, que China se predispone a respaldar con elementos de seguridad y pertrechos a Irán. También, que Rusia ya está suministrando información para facilitar ataques iraníes en Medio Oriente. En realidad, la información que poseen estas Fuentes es más voluminosa al respecto. Pero estas líneas no son acerca de esos apoyos, sino de la extrañeza que genera su divulgación. Pensemos más allá de las intenciones de demonización.

Si lo que se pretende es evidenciar que China y Rusia son maledicentes y riesgosos … lo que queda en evidencia es que norteamericanos e israelíes están enfrentando demasiados adversarios. De por sí la lucha específica contra Irán les resulta muy difícil; si el adversario se extiende a otras dos potencias -las más importantes que hasta ahora no aparecían públicamente involucradas-, la derrota está asegurada.

¿Para qué le sirve a los Estados Unidos una difusión de esa naturaleza? Lo que podía esperarse era una mascarada destinada a mostrar que los multipolares se dividen y rechazan bancar a Irán. Si los mismos damnificados apuntan lo contrario, los persas emergen muy fortalecidos. Todavía seguimos en sintonía con el interrogante Quién Gana. Tras algunos diálogos con expertos, se pudo detectar -y transmitir en este espacio- que otras preguntas se instalan en el rubro Contra Quién es la Guerra.

Al entender de esta saga, una sólida labor de inteligencia en el área comunicacional, debía asentarse en mostrar el presunto aislamiento iraní en detrimento de una coalición occidental «democrática». No sucede tal cosa.

Preste atención, lector, a la CNN: “Los ataques iniciales de Estados Unidos e Israel —que mataron al líder supremo de Irán, el ayatollah Alí Jamenei, desataron un caos regional. Los gobiernos europeos y de Medio Oriente se enfrentaron a una guerra repentina que no les correspondía y que la mayoría no deseaba. Las autoridades se apresuraron a rescatar a los ciudadanos atrapados en una zona de combate cada vez más amplia. El alza de los precios de la energía azotó azotó las frágiles economías y la agitación política interna se apoderó de la política. En el Golfo, los aliados de Estados Unidos se enfrentaron a bombardeos de drones y misiles que destrozó la opulenta calma de las relucientes ciudades de cristal que surgían del desierto y paralizó la encrucijada de la aviación mundial”.

Y añade, editorialmente, “Es difícil entender por qué los aliados europeos y del Golfo no lo vieron venir. Esta guerra es el epítome de una nueva doctrina de “Estados Unidos primero”, que consiste en desatar el poderío estadounidense para imponer una visión novedosa de sus intereses. Al igual que el derrocamiento del líder venezolano Nicolás Maduro por parte de Estados Unidos, refleja la declaración del teniente de Trump, Stephen Miller, el año pasado, de que las “leyes de hierro del mundo” significan que las naciones fuertes pueden gobernar por la fuerza. Es la personificación del temperamento volcánico de Trump, su aceptación de grandes riesgos, su alergia a la estrategia y su fervor por el poder sin límites. El presidente más impredecible de la era moderna ha convertido a la principal superpotencia mundial en su influencia más inquietante”.

Cuesta admitir que las agencias de Inteligencia relacionadas con la Defensa más costosas del planeta puedan cometer tantos desaciertos. De allí que este narrador no modifica los interrogantes bosquejados al comienzo.

Vale seguir proponiendo una mirada larga que evite la utilización de conceptos tales como locos o tontos. Los agresores, con su dañina trayectoria, se han ganado el derecho a ser considerados, al menos, astutos en materia bélica.

Aunque quizás, ya no.

Irán está más fuerte de lo que preveían sus agresores.

Lo que estamos viviendo puede ser un antes, y un después.

* Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Panorama Federal

¿Por qué empezó esta guerra, señor presidente?

Por El Comité Editorial

El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de opinión cuyos puntos de vista se basan en su experiencia, investigación, debates y unos valores muy arraigados. Es independiente de la sala de redacción.

En su campaña presidencial de 2024, Donald Trump prometió a los votantes que pondría fin a las guerras, no que las empezaría. El año pasado, en cambio, ordenó ataques militares en siete países. Su apetito de intervención militar crece a medida que lo alimenta.

Ahora, ha ordenado un nuevo ataque contra la República Islámica de Irán, en cooperación con Israel, y Trump afirmó que sería un ataque mucho más extenso que el bombardeo selectivo a instalaciones nucleares en junio. Sin embargo, inició esta guerra sin explicar al pueblo estadounidense y al mundo por qué lo hacía. Tampoco ha involucrado al Congreso, al que la Constitución otorga la facultad exclusiva de declarar una guerra. En su lugar, publicó un video a las 2:30 a. m., hora del este, del sábado, poco después de que comenzaran los bombardeos, en el que decía que Irán presentaba “amenazas inminentes” y pedía el derrocamiento de su gobierno. Su razonamiento es dudoso, y presentar sus argumentos por video en la madrugada es inaceptable.

Entre sus justificaciones está la eliminación del programa nuclear iraní, que es un objetivo loable. Pero Trump declaró que dicho programa había sido “eliminado” por el ataque en junio, una afirmación desmentida tanto por la inteligencia estadounidense como por este nuevo asalto. Esta contradicción resalta su escaso respeto por su deber de decir la verdad cuando envía a las fuerzas armadas estadounidenses a un combate. También demuestra la poca fe que los ciudadanos estadounidenses deberían tener en sus garantías sobre los objetivos y resultados de su lista de aventuras militares cada vez más larga.

El enfoque de Trump en Irán es imprudente. Sus objetivos están mal definidos. No ha reunido el apoyo internacional y nacional necesarios para maximizar las posibilidades de éxito. Ha hecho caso omiso del derecho nacional e internacional en materia de guerra.

El régimen iraní, para ser claros, no merece ninguna consideración. Desde su revolución hace 47 años, ha generado miseria en su propio pueblo, en sus vecinos y en todo el mundo. Este año ha matado a miles de manifestantes. Encarcela y ejecuta a disidentes políticos. Oprime a las mujeres, a las personas del colectivo LGBTQ y a las minorías religiosas. Sus dirigentes han empobrecido a sus ciudadanos mientras se enriquecen con corrupción. Han proclamado “Muerte a Estados Unidos” desde que llegaron al poder y han asesinado a cientos de miembros del ejército estadounidense en la región, además de financiar el terrorismo que ha derivado en la muerte de civiles en Medio Oriente y en lugares tan alejados de la región como Argentina.

El gobierno de Irán representa una amenaza distinta porque combina esta ideología asesina con ambiciones nucleares. A lo largo de los años, Irán ha desafiado reiteradamente a los inspectores internacionales. Desde el ataque en junio, el gobierno ha dado muestras de reanudar su búsqueda de tecnología de armamento nuclear. Los presidentes estadounidenses de ambos partidos se han comprometido, legítimamente, a impedir que Teherán consiga una bomba.

Reconocemos que el cumplimiento de este compromiso podría justificar una acción militar en algún momento. Por un lado, las implicaciones de permitir que Irán siga el camino de Corea del Norte —y adquiera armas nucleares tras años de sacar provecho a la paciencia internacional— son demasiado grandes. Por otro, los costos de enfrentarse a Irán por su programa nuclear parecen menos imponentes que antes.

Irán, como explicó recientemente David Sanger, periodista del Times, “atraviesa un periodo excepcional de debilidad militar, económica y política”. Desde los atentados del 7 de octubre de 2023, Israel ha reducido las amenazas de Hamás y Hizbulá (dos de los grupos representantes terroristas de Irán), ha atacado directamente a Irán y, con la ayuda de sus aliados, ha repelido en gran medida su respuesta. El nuevo reconocimiento de las limitaciones de Irán contribuyó a dar a los rebeldes de Siria la confianza necesaria para marchar sobre Damasco y derrocar al atroz régimen de Al Asad, aliado de Irán desde hace mucho tiempo. El gobierno de Irán no hizo prácticamente nada para intervenir. Esta historia reciente demuestra que la acción militar, con todas sus terribles consecuencias, puede tener repercusiones positivas.

Un presidente estadounidense responsable podría presentar un argumento plausible para emprender nuevas acciones contra Irán. El eje de este argumento tendría que ser una explicación clara de la estrategia, así como la justificación para atacar ahora, aunque Irán no parezca estar cerca de tener un arma nuclear. Esta estrategia implicaría la promesa de buscar la aprobación del Congreso y de colaborar con los aliados internacionales.

Trump ni siquiera está intentando este enfoque. Está diciendo al pueblo estadounidense y al mundo que espera su confianza ciega. No se ha ganado esa confianza.

En lugar de ello, trata a sus aliados con desdén. Miente constantemente, incluso sobre los resultados del ataque de junio contra Irán. No ha cumplido sus propias promesas de resolver otras crisis en Ucrania, Gaza y Venezuela. Ha despedido a altos mandos militares por no mostrar lealtad a sus caprichos políticos. Cuando sus designados cometen errores escandalosos —como cuando el secretario de Defensa, Pete Hegseth, compartió detalles específicos de un ataque militar contra los hutíes, un grupo respaldado por Irán, en un chat grupal no seguro—, Trump los protege de la rendición de cuentas. Su gobierno parece haber violado el derecho internacional al, entre otras cosas, camuflar un avión militar como avión civil y disparar a dos marineros indefensos que sobrevivieron a un ataque inicial.

Un enfoque responsable implicaría también una conversación detallada con el pueblo estadounidense sobre los riesgos. Irán sigue siendo un país fuertemente militarizado. Es posible que sus misiles de medio alcance no hayan causado mucho daño a Israel el año pasado, pero mantiene muchos misiles de corto alcance que podrían superar cualquier sistema de defensa y golpear en Arabia Saudita, Catar y otros países cercanos. Trump sí lo reconoció en su video de la madrugada, al decir: “Es posible que se pierdan las vidas de valientes héroes estadounidenses y que tengamos bajas”.

Debería haber tenido el valor de decirlo en su discurso del Estado de la Unión del martes, entre otros escenarios. Cuando un presidente pide a los soldados y diplomáticos estadounidenses que arriesguen sus vidas, no debe ser evasivo al respecto.

Al reconocer la irresponsabilidad de Trump, algunos miembros del Congreso han tomado medidas para limitarlo en lo relativo a Irán. En la Cámara de Representantes, los congresistas Ro Khanna, demócrata por California, y Thomas Massie, republicano por Kentucky, han propuesto una resolución destinada a impedir que Trump inicie una guerra sin la aprobación del Congreso. La resolución deja claro que el Congreso no ha autorizado un ataque contra Irán y exige la retirada de los soldados estadounidenses en un plazo de 60 días. El senador Tim Kaine, demócrata por Virginia, y el senador Rand Paul, republicano por Kentucky, están patrocinando una medida similar en el Senado. El inicio de las hostilidades no debe disuadir a los legisladores de aprobar estos proyectos de ley. Una afirmación de autoridad decisiva por parte del Congreso es la mejor manera de limitar al presidente.

El hecho de que Trump no haya articulado una estrategia para este ataque ha generado sorprendentes niveles de incertidumbre al respecto. Ha pedido un cambio de régimen y no ha explicado por qué el mundo debería esperar que esta campaña termine mejor que los intentos de cambio de régimen del siglo XXI en Irak y Afganistán. Esas guerras derrocaron gobiernos, pero, comprensiblemente, desencantaron a la opinión pública estadounidense sobre las operaciones militares de duración indefinida y de interés nacional incierto, y desilusionaron a los soldados que sirvieron lealmente en ellas.

Ahora que ha comenzado la operación militar, deseamos ante todo la seguridad de los soldados estadounidenses encargados de llevarla a cabo y el bienestar de los muchos iraníes inocentes que llevan demasiado tiempo sufriendo bajo su brutal gobierno. Lamentamos que Trump no trate la guerra como el grave asunto que es.

La locura suicida de una guerra con Irán

Por Chris Hedges

El equipo negociador a lo Laurel y Hardy compuesto por Steve Witkoff y Jared Kushner, sumado a la espantosa ignorancia de Trump sobre los asuntos internacionales y su megalomanía, parecen dispuestos a empujar a los Estados Unidos a otra debacle en Oriente Medio, una debacle que el Congreso no ha aprobado y que el público no desea.

¿EE. UU. e Irán están en guerra? - The New York Times
Manifestantes contra ataques estadounidenses contra Irán, frente a la Casa Blanca

Las exigencias impuestas a Irán por la Casa Blanca de Trump no son más aceptables para el régimen de Teherán que las impuestas a Hamás en Gaza en el marco del falso plan de paz de Trump

La exigencia de Trump de que Irán cierre su programa nuclear y renuncie a su capacidad misilística a cambio de no imponer nuevas sanciones es tan descabellada como pedir a Hamás que deponga las armas en Gaza. Pero como hace tiempo que prescindimos de diplomáticos con conocimientos lingüísticos, políticos y culturales, capaces de ponerse en el lugar de sus adversarios, nuestra nueva camarilla de bufones nos está llevando a otra guerra en Oriente Medio. Estados Unidos e Israel creen tontamente que pueden bombardear para decapitar al Gobierno iraní e instalar un régimen clientelista. No se dan cuenta de que este sistema de creencias ajeno a la realidad fracasó ya en Afganistán, Iraq y Libia.

La promesa de no imponer nuevas sanciones no incentivará a Irán a negociar un acuerdo. Irán ya está paralizado por las onerosas sanciones que han destrozado su economía. Esto no servirá para romper el estrangulamiento económico. Irán no renunciará a su programa nuclear, que tiene potencial para ser utilizado con fines bélicos, ni a su programa de misiles balísticos, que Israel ha dicho que atacará en una embestida aérea. El reputado arsenal nuclear de Israel, compuesto por unas 300 ojivas, es un poderoso incentivo para que Irán mantenga la capacidad de construir su propio arsenal nuclear. Irán, al igual que Hamás, nunca se quedará indefenso ante aquellos que buscan su aniquilación.

Un ataque aéreo contra Irán no será como el asalto de 12 días del pasado mes de junio contra las instalaciones nucleares y las instalaciones estatales y de seguridad de Irán. Entonces, Irán calibró su respuesta con ataques simbólicos contra la base aérea de Al Udeid en Qatar, con la esperanza de que no diera lugar a un conflicto más amplio y prolongado. Si se lanza un ataque aéreo, Irán no tendrá nada que perder. Entenderá que apaciguar a sus adversarios es imposible.

Estados Unidos ataca 3 sitios nucleares en Irán | CNN

Irán no es Iraq. Irán no es Afganistán. Irán no es el Líbano. Irán no es Libia. Irán no es Siria. Irán no es Yemen. Irán es el decimoséptimo país más grande del mundo, con una superficie equivalente a la de Europa Occidental. Tiene una población de casi 90 millones de habitantes, diez veces mayor que la de Israel, y sus recursos militares, así como sus alianzas con China y Rusia, lo convierten en un adversario formidable.

A pesar de la relativa debilidad militar de Irán, frente a las fuerzas combinadas de Estados Unidos e Israel, puede infligir mucho daño. Lo hará lo más rápidamente posible. Probablemente morirán cientos de soldados estadounidenses. Irán cerrará sin duda el estrecho de Ormuz, el punto de estrangulamiento petrolero más importante del mundo, por el que pasa el 20% del suministro mundial de petróleo. Esto duplicará o triplicará el precio del petróleo y devastará la economía mundial. Atacará las instalaciones petroleras, así como los barcos y las bases militares estadounidenses en la región.

Las crecientes pérdidas y el enorme aumento de los precios del petróleo proporcionarán el combustible necesario para que Trump y su vil homólogo en Israel desencadenen una guerra regional prolongada.

Este es el precio de estar gobernados por imbéciles. Que Dios nos ayude.

*Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

Fuente: https://estrategia.la/2026/02/28/29664/

Terminó la película que empezó en 1945

Por Julio Fernández Baraibar*.

Mi generación, la generación que nació inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, es decir a partir de 1944/45, nunca vivió una situación internacional como la que hoy se está desplegando ante nuestros ojos.

La Guerra Fría

Es cierto que el período conocido como Guerra Fría, entre las potencias occidentales capitalistas, encabezadas por el nuevo país hegemónico, los EE.UU., atravesó momentos de tensión, de exasperación y de riesgos de enfrentamiento nuclear. Pero, tanto los acuerdos de Yalta y Postdam, como el surgimiento del Movimiento de Países No Alineados, hicieron que esos enfrentamientos se canalizaran en guerras periféricas, que se entremezclaban con las luchas de liberación nacional de las antiguas colonias asiáticas y africanas y en la propia Latinoamérica.  Veamos:

En Asia; la Guerra de Corea (1950-1953), la Guerra de Vietnam (1955-1975), la Guerra Soviético-afgana (1979-1989).

En África; la Crisis del Congo (1960-1965) y la consecuente dictadura de Mobutu (1965-1997); la guerra colonial portuguesa (1961-1974); la guerra civil en Angola; la Guerra del Ogadén, Etiopía (1977-1978); el conflicto del Sáhara Occidental (1975-presente).

La Revolución Cubana (1953-1959) y Crisis de los Misiles (1962); Golpe de Estado en Guatemala (1954) y el estado de guerra civil virtual a consecuencia del mismo (1960-1996); la invasión de República Dominicana (1965); el golpe de estado contra Salvador Allende (1973), en Chile, y la consecuente dictadura; el golpe de estado en la Argentina (1976); la Revolución Sandinista (1979) y la guerra de los Contras; la guerra civil en El Salvador entre el gobierno de derecha, apoyado financiera y militarmente por EE.UU. y la guerrilla del FMLN, apoyada por Cuba y Nicaragua sandinista (1980-1992); la invasión de Granada (1983), todo ello en América Latina.

Las guerras entre Egipto e Israel (1967 y 1973); la guerra Irán-Irak (1980-1988), en Asia Occidental.

En el bloque de países del Pacto de Varsovia se produjeron, en ese mismo período, tres situaciones críticas, que no tuvieron carácter bélico, pero que eran consecuencia de la Guerra Fría: el alzamiento de Hungría, en 1956, el de Checoslovaquia, la llamada Primavera de Praga, en 1968 y la crisis protagonizada por el sindicato Solidaridad en Polonia, en 1980-1982)

Todos estos conflictos, más muchos otros de menor importancia, caracterizaron el largo período de la Guerra Fría, entre 1945 y 1989.

La disolución de la URSS

La caída de la Unión Soviética, en 1989, dio inicio a otro momento de la posguerra, caracterizado por la unipolaridad. Solo una potencia había quedado en pie, EE.UU. y sus socios europeos de la OTAN. El otro polo de poder (la URSS) sufrió una crisis que abatió al régimen instaurado en octubre de 1917, con la consecuente disolución del Pacto de Varsovia y la paulatina desaparición de los gobiernos comunistas en Europa Oriental.

Se inicia ahí un breve momento -veinte años en la historia humana es un parpadeo- en el que el enfrentamiento de los dos grandes polos, que caracterizó a la Guerra Fría, dio lugar a la existencia de un solo poder mundial, los EE.UU. y la OTAN, unificados básicamente sobre la hegemonía del capital financiero en el capitalismo occidental. Ello significó, para los países del oeste de Europa, un paulatino deterioro del “welfare state”, del estado de bienestar que había caracterizado el período de la Guerra Fría. Ya no era necesario convencer a las clases trabajadoras europeas que, en países como Italia, Francia o España, votaban a sus partidos comunistas o alternativas socialdemócratas, que el capitalismo ofrecía mejores condiciones de vida que el comunismo realmente existente.

Pero, más determinante que eso, se inicia un lento proceso de caída de la producción industrial, de relativa desindustrialización y de dependencia del gas y el petróleo rusos. La unidad europea, que Adenauer y De Gaulle pensaban como un poder que equilibrase el desmesurado poder de los EE.UU., se fue convirtiendo, sobre todo a partir de la incorporación de Gran Bretaña en 1973, en un ámbito hegemonizado por el capital financiero y dependiente política y militarmente de Washington. Bruselas se transformó en la capital burocrática de un capitalismo financierizado, correa de transmisión de la política internacional norteamericana.

Este momento tuvo también sus guerras, pero todas ellas periféricas. En general, todas las situaciones bélicas que se dieron en lo que fuera el espacio soviético tenían como causa fundamental, justamente, la disolución del antiguo bloque y el intento de la potencia unipolar de ampliar su influencia y dominio en esas regiones.

Tales fueron, por ejemplo, la Guerra de Nagorno-Karabaj (1988-1994), entre Armenia y Azerbaiyán; la guerra de Transnistria (1992) que condujo a la secesión de facto de la región de Transnistria, apoyada por Rusia; la guerra de Abjasia (1992-1993) y la guerra de Osetia del Sur (1991-1992),en Georgia que llevaron a la secesión de facto, con apoyo ruso, de ambas regiones y que culminó en la Guerra Ruso-Georgiana de 2008; la primera guerra  de Chechenia (1994-1996) y la segunda guerra de Chechenia (1999-2009), en las que Rusia enfrentó los intentos separatistas de Chechenia, sostenidos desde la OTAN.

Un momento central de la etapa fueron las guerras en los Balcanes (derivadas de la desintegración de Yugoslavia): la guerra de Croacia (1991-1995) y la guerra de Bosnia (1992-1995). Esta última significó la primera intervención militar de la OTAN en su historia. Posteriormente, la OTAN intervendría, sin mandato de las ONU, en la Guerra de Kosovo (1998-1999), con la consecuente independencia de facto de Kosovo.

Pero posiblemente hayan sido la llamada Guerra del Golfo(1990-1991) y la guerra de Irak (2003-2011) los dos momentos bélicos más característicos de la breve unipolaridad. Con argumentos absolutamente mentirosos, EE.UU., en ejercicio de su, en ese momento, indiscutido poder mundial derrocó a Saddam Hussein, invadió Afganistán, participó en la destrucción de Siria y, junto con el Reino Unido y Francia, ocupó militarmente Libia y asesinó a su presidente Muamar el Gadafy. La secretaria de Estado, la demócrata Hillary Clinton, festejó risueñamente el asesinato, en una entrevista televisiva. Parafraseando a Julio César, sostuvo: “We came, we saw, he died” (“Vinimos, vencimos, él murió”).

El interregno unipolar

Entre los años 1990 y 2010, para poner una fecha un tanto arbitraria, el mundo fue conducido por una sola potencia.

Durante todos esos años, entre 1945 y hoy, el mundo se ha regido con instituciones universales, creadas por el acuerdo de las potencias vencedoras. La Organización de las Naciones Unidas (ONU), 1945; Conferencia Monetaria y Financiera de las Naciones Unidas de Bretton Woods, en 1944 –y sus instituciones: Fondo Monetario Internacional, en 1945; Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento, luego Banco Mundial, en el mismo año; Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT), en 1947–;Consejo de Europa, en 1949 y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), en 1949.

Todas estas instituciones, empezando por la ONU, estuvieron condicionadas por los intereses norteamericanos y, en menor medida, europeo occidentales. Obviamente, en el período de la unipolaridad yanqui eso se hizo explícito y el organismo no impidió ninguna de las tropelías norteamericanas y de la OTAN sobre el mundo semicolonial o periférico.

Desde la reunión en Bretton Woods el dólar norteamericano se convirtió en el medio de pago en el comercio internacional, reemplazando a la libra esterlina. La decisión del presidente norteamericano Richard Nixon, en 1971, de romper con el patrón oro como respaldo de valor del dólar, dio inicio a una etapa de inestabilidad cambiaria y financiera, pero la Reserva Federal yanqui pudo imprimir dólares sin límite físico y financiar así sus déficits fiscales. Los acuerdos con Arabia Saudita, en 1974, aseguraron que el comercio del petróleo se hiciera en dólares, creando un ciclo de demanda artificial que reforzó su hegemonía.

Los veinte años de unipolaridad generaron un proceso de globalización del capitalismo occidental, caracterizado por una hegemonía sobre el mismo del capital financiero. Ello significó, básicamente, un saqueo sobre los países de América Latina, Asia y África en condiciones de absoluta impunidad

El lento surgimiento de la Multipolaridad

La antigua URSS, convertida en Federación Rusa, se lamía las heridas y lentamente intentaba ponerse nuevamente de pie. En Asia, la China nacida en 1945, a partir del triunfo del Partido Comunista, dirigido por Mao Tse Tung, había ido construyendo las condiciones económicas para un gigantesco despliegue de sus fuerzas productivas.

A partir del segundo quinquenio del nuevo siglo, el escenario comenzó a cambiar. Como escribí en aquellos años:

“El ascenso a la presidencia del ex agente de los servicios de inteligencia soviéticos, Vladimir Putin, y las políticas por él generadas han dado un vuelco de 180 grados a la situación. Se ha restablecido una autoridad gubernamental. Se han comenzado a reconstruir las estructuras estatales capaces de resistir y enfrentar el saqueo a que la nueva burguesía auspiciada por el imperialismo –llamada oligarquía o mafia por los rusos- ha infligido al enorme país continental, se han logrado tasas de crecimiento económico y, nuevamente Rusia se eleva a la categoría de poder estratégico”[1].

Pese al enorme deterioro sufrido durante el trágico decenio 1990-2000, la Federación Rusa logró preservar, en gran parte, la tecnología militar desarrollada durante la carrera armamentística de la Guerra Fría y mantuvo la disciplina del viejo Ejército Rojo, donde posiblemente estén más vivos los recuerdos de la Segunda Guerra Mundial, de la defensa de Stalingrado y del asedio imperialista. Esto último pudo verse en las pantallas de todo el mundo con la celebración de los 80 años de la caída de Berlín y el triunfo del ejército soviético sobre la Alemania Nazi. Por otra parte, el ataque defensivo de Rusia a Ucrania, agotadas todas las instancias diplomáticas para contener la expansión de la OTAN y su amenaza constante sobre Moscú, puso en evidencia que la Federación Rusa había vuelto a ser, política, económica y militarmente, el mismo país que derrotara a Napoleón y a la Wehrmacht de Hitler.

Mientras tanto, en China, la política iniciada por Deng Tsiao Ping a mediados de los ’70, y que ha sido continuada hasta la actualidad, consistía en poner a la vieja China semicolonial y agraria –donde ya no existían las clases terratenientes, ni las burguesías “compradoras” costeras–   en las condiciones productivas de un país capitalista industrial, capaz de generar las condiciones económicas para el ejercicio del socialismo y el control obrero sobre un país rico, pujante y en el que la clase trabajadora urbana, los técnicos, científicos y gerentes reemplazaron a los millones de campesinos pobres y analfabetos de 1949. En cincuenta años, China había logrado transformarse en principal potencia económica, en uno de los centros de desarrollo tecnológico más importante del mundo y en un interlocutor comercial de todos los países.

En el mismo período o quizás menos, a partir de 1989, EE.UU. había experimentado un proceso de desindustrialización y pérdida de pujanza económica, como producto, justamente, de la globalización conducida por el capital financiero, iniciada con la caída de la URSS. La deslocalización de sus grandes fábricas, la pérdida de perspectivas laborales en los estados mediterráneos, un horizonte signado como repositor de Wall Mart, fue convirtiendo a los EE.UU. en un gigante con pies de barro, con una poderosísima oligarquía financiera, cuyos intereses se centraban en Wall Street, Londres y Frankfurt, en la sede del Banco Central Europeo. Esto es lo que explica las dos presidencias de Donald Trump.

Mientras tanto, desde el año 2006 comienza un proceso de acercamiento y diversos acuerdos comerciales internacionales entre Brasil, Rusia, India y China, al que el economista Jim O’Neill, empleado de Goldman Sachs, había llamado con anterioridad “BRIC”, a los que consideraba motores del crecimiento global. Durante estos últimos veinte años, los BRICS, así llamados después de la incorporación de Sudáfrica, se han convertido en el eje de un nuevo reagrupamiento internacional basado, ya no en la bipolaridad o unipolaridad de las etapas anteriores, sino en lo que ha pasado a llamarse multipolaridad. Es decir, un mundo en el que existen múltiples polos de poder, con alianzas flexibles y dinámicas, basadas en el realismo político, donde conviven distintos estados nacionales y, principalmente, diversas civilizaciones.

En este nuevo escenario multipolar los estados nacionales siguen siendo los actores centrales, pero su actuación se construye desde un sustrato civilizacional. La política internacional es interpretada cada vez menos como una competencia entre ideologías universales – tal como caracterizó a la Guerra Fría – y es asumida como una negociación (no sin conflicto) entre proyectos civilizacionales con visiones distintas del orden, la sociedad y el poder. Por esta razón, todas aquellas instituciones, creadas por y para la civilización occidental en su momento de apogeo, hoy ven desafiada su autoridad universal por el surgimiento de otros polos civilizacionales con sus propias visiones de la soberanía y el desarrollo.

En Davos ha muerto el orden de posguerra

Lo que acaba de ocurrir en la reunión anual de Davos ha sido nada menos que la cristalización de las tendencias puestas en movimiento a partir del fin de la Guerra Fría. La globalización del capitalismo financierizado produjo una reacción en su contra en la principal potencia del mundo capitalista y conductora, hasta este momento, de Occidente: en EE.UU. Donald Trump hizo explícita no solo su decisión de abandonar a su suerte a Europa occidental, a Francia, Italia, Alemania, Dinamarca, los países bálticos, Noruega, Suecia y Finlandia, sino que le informa de su aspiración a quedarse con los recursos naturales de una vieja colonia europea. Como ha dicho con precisión Ezequiel Adamovsky:

“Lo que sí aparece como una novedad es la disposición de Trump de hincar el diente sobre los recursos y el territorio de sus aliados europeos. Los líderes del viejo continente contemplan azorados cómo su principal socio anuncia que se quedará con Groenlandia por las buenas o por las malas. Han quedado mudos, sin saber qué decir. Irónicamente, la integridad territorial de los miembros de la OTAN se ve comprometida por primera vez en la historia de la alianza. Y no es por alguna avanzada de esos horribles rusos contra los cuales se estableció, sino por la del principal socio estratégico, el que se suponía que los iba a defender de cualquier amenaza”[2].

Ello significa, más allá del alarde de fuerza y la retórica de jugador “bluffero” de Trump, que el bloque hegemónico capitalista que condujo los destinos del mundo occidental e influyó, por las buenas o por las malas, en el resto del planeta, se ha roto, posiblemente, para siempre o por un largo período. El gobierno de los EE.UU. ha decidido enfrentarse a la globalización que impulsó después de 1989 y retornar a un nacionalismo económico imperialista de viejo estilo, más parecido al de los tiempos de Theodoro Roosevelt que a los de Barack Obama, el presidente negro, nacido en Hawaii, hijo de un kenyano y una antropóloga. Y ante los ojos azorados de las autoridades europeas y el resentimiento de Kaja Kallas, actual canciller de la Unión Europea, Trump se reúne con Putin y declara oficialmente que su política exterior prescinde de Europa y, sobre todo, de los países de Europa Occidental.

El discurso del primer ministro de Canadá –recuérdese que Canadá no tiene presidente, su jefe de estado es el monarca británico– Mark Carney, que despertó tanto interés en el progresismo liberal, se parece notablemente a las confesiones de un arrepentido que no quiere quedar pegado a los delitos del jefe que acaba de traicionarlos:

“Sabíamos que la historia del orden internacional basado en normas era parcialmente falsa. Que los más fuertes se eximirían cuando les conviniera. Que las reglas comerciales se aplicaban de manera asimétrica. Y que el derecho internacional se aplicaba con rigor variable según la identidad del acusado o de la víctima”.

Lo sabía, pero nunca lo denunció. Es más, cuando el hoy arrepentido Mark Carney era presidente del Banco de Londres, no vaciló en quedarse con el oro venezolano, sin importarle la asimetría o el derecho internacional.

Estamos, como decía al principio de esto que se ha hecho muy largo, en la única situación de quiebre del escenario mundial que ha visto mi generación ya bastante veterana. El mundo se encuentra como en la década del 40 del siglo pasado buscando un nuevo punto de equilibrio. Por primera vez se produce una ruptura significativa, desde la guerra de Secesión, entre los intereses británicos y los de EE.UU. Trump, apelando a su única superioridad, la militar, tiene un frente interno muy lábil. Sabe que las próximas elecciones no le serán favorables. Da la impresión que con la brutalidad de la policía migratoria estuviese buscando su propio incendio del Reichstag que le permita suspenderlas con el argumento de una situación insurreccional.

El agotamiento político de Europa, la mediocridad de sus dirigentes principales, su propio proceso de desindustrialización le impide encontrar una respuesta superadora al desafío planteado por Trump y la emergencia de la multipolaridad.

América Latina, por otra parte, cuenta con dos pilares fundamentales: la presidenta Claudia Sheinbaum, de México, y el presidente Lula, de Brasil. Venezuela ha logrado, con gran astucia política, generar su propio “acuerdo de Brest-Litovsk”, una dura tregua con la presión insostenible de EE.UU. y fortalecer, en el interín, su situación política interna, a la espera del dinamismo de la situación general. En Colombia, por primera vez en décadas, hay un gobierno que responde a intereses populares profundos y está alejado de la rosca narco y paramilitar que caracterizó a gobiernos anteriores.

Y Argentina, lamentablemente, presenta, por primera vez en ochenta años, un alto grado de irrepresentatividad nacional y popular. El peronismo, nacido justamente en el mundo de la posguerra, da la impresión de no tener claras respuestas a la nueva realidad que ha puesto punto final a los últimos ochenta años de historia. Pero esto habrá que desmenuzarlo día a día.

Julio Fernández Baraibar* Periodista, escritor, guionista y documentalista

Petróleo, fuerza y decadencia: Venezuela en la transición del orden global

Por Gustavo Matías Terzaga*

El tiempo es superior al espacio. Los imperialismos siempre buscan ocupar espacios y la grandeza de los pueblos es iniciar procesos».

Papa Francisco.

Para Donald Trump, la cuenca del Caribe Sur no es un espacio marginal, sino el teatro desde el cual pretende reordenar el poder hemisférico. Su objetivo aparente es convertirla en una plataforma de presión directa sobre Venezuela, Colombia y luego México, afectando decididamente a Brasil como potencia regional y miembro de los BRICS y, por traslación geopolítica, a China y Rusia en la disputa por las posiciones; acumulando sanciones, control marítimo, gestos de intimidación y despliegue militar como instrumentos de coerción política. Nada de ello responde seriamente al combate del narcotráfico ni a la migración irregular: expresa, más bien, la pretensión de disciplinar a actores insumisos y de reconfigurar, por la fuerza, el equilibrio regional bajo los términos de Washington. En el centro de esa estrategia se ubica una ambición desesperada y exclusivamente material: asegurar el control de la mayor reserva de petróleo del mundo, pieza clave para sostener el poder energético, financiero y geopolítico en un contexto de transición del orden global.

Lo cierto es que el reciente bombardeo del 3 de enero ordenado por Trump sobre Caracas, que ha dejado casi una centena de muertos, y el secuestro del presidente Maduro y de su esposa, que constituye un acto de violencia extrema que quiebra abiertamente el orden jurídico internacional, vulnera principios básicos de soberanía estatal y sienta un precedente de excepción permanente, donde la fuerza sustituye al derecho como regla de convivencia entre naciones; no expresan dominio, sino impotencia estratégica. Cuando un poder recurre a la fuerza directa para resolver lo que ya no puede encauzar políticamente, exhibe sus límites antes que su fortaleza. Lejos de consolidar autoridad, este tipo de acciones revelan la crisis de una hegemonía que ya no logra organizar el orden regional sin apelar al shock. A diferencia de la primera administración Trump, la violencia actual sustituye a la política porque el imperio ha perdido margen, tiempo y legitimidad en los últimos años. Se encuentra en una verdadera y profunda crisis interna. En ese sentido, Caracas no es sólo un blanco, sino el escenario donde queda expuesta la fragilidad de un poder que necesita golpear la mesa para seguir siendo escuchado. En política, como en la vida de un hombre, la violencia suele ser el lenguaje de la inseguridad.

Cuando Estados Unidos afirma que el hemisferio americano “le pertenece”, no está proclamando fortaleza sino explicitando un límite. La hegemonía plena no necesita ser enunciada; se ejerce sin proclamaciones. Sólo cuando el dominio global se debilita aparece la necesidad de delimitar un espacio propio, de volver a marcar territorio a los tiros.

El momento unipolar y su desgaste

Hasta aquí, Estados Unidos no había necesitado proclamar ni escenificar tanto su dominio; a diferencia del tono vociferante de Donald Trump, su poder se ejercía sin alardes, porque estaba incorporado al funcionamiento mismo del orden internacional. Este orden internacional surgido en 1945, sostenido por instituciones financieras, alianzas militares, un sistema monetario global más monolítico y una poderosa hegemonía cultural, funcionaba como una estructura planetaria integrada bajo liderazgo estadounidense. El mundo, en términos políticos, económicos y simbólicos, ya estaba incorporado a esa arquitectura. Ese esquema se consolidó y se volvió casi incuestionable tras la caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS.

La unipolaridad permitió a Washington ejercer su poder sin recurrir sistemáticamente a la coerción directa para reclamar un determinado territorio. La adhesión al llamado “orden internacional” se presentaba como natural, inevitable y hasta deseable, y por eso no había necesidad de proclamar dominio alguno; casi todo lo era. Sin embargo, cuando esa hegemonía comenzó a resquebrajarse, la coerción volvió a ocupar el centro de la escena, casi siempre ligada a un mismo núcleo material: el control del petróleo. En las últimas décadas, las guerras, invasiones y ocupaciones impulsadas por Estados Unidos tuvieron como escenarios centrales Irak, Afganistán, Libia, Siria y, previamente, Panamá y Yugoslavia, entre otros. En todos los casos, la intervención fue precedida por relatos legitimadores —armas de destrucción masiva, lucha contra el terrorismo, defensa de la democracia o los derechos humanos— que luego se revelaron falsos o deliberadamente manipulados, mientras los intereses energéticos, estratégicos y geopolíticos quedaban sistemáticamente fuera del discurso público.

Un relato de muy mala calidad

Hoy, esa lógica se repite con Venezuela. En nombre de la libertad, la restauración democrática o el combate contra un supuesto “narco-dictador”, se encubre una continuidad histórica donde la narrativa moral funciona como velo de una estrategia energética y geopolítica persistente. La narrativa que se presenta pretende convencernos de que un Estado asentado sobre la mayor reserva de petróleo del mundo necesita financiarse vendiendo droga. Que el problema no es el control de la energía, sino un presidente convertido, súbitamente, en capo narco. Una hipótesis tan forzada y subestimatoria que sólo funciona cuando se suspende toda lógica y se acepta el libreto de la opinión pública internacional sin hacer muchas preguntas al respecto. A esta altura, esa narrativa sólo puede ser eficaz allí donde se renuncia a pensar. Funciona no por lo que emerge de los hechos, sino por la repetición exponencial y el embrutecimiento deliberado, sobre un público atravesado por el cipayismo, la ignorancia y el aspiracionismo, dispuesto a aceptar como propio un relato que legitima su propia subordinación, siempre que venga envuelto en promesas de pertenencia al poder que lo domina.

Hidrocarburos y desdolarización

El dólar sigue siendo la principal moneda de reserva y de comercio internacional, pero su centralidad ya no es excluyente como en las décadas posteriores a 1945 o al fin de la Guerra Fría. La proliferación de acuerdos bilaterales en monedas locales, la diversificación de reservas por parte de potencias emergentes y el uso del sistema financiero como herramienta de sanción aceleraron la búsqueda de alternativas parciales. El resultado es un proceso de erosión gradual de su hegemonía, donde el dólar continúa siendo dominante, pero cada vez más alternativo y menos incuestionable.

Y aquí está el tema. Este proceso de erosión relativa del dólar está íntimamente ligado al petróleo y al sistema del petrodólar, que fue uno de los pilares centrales de la hegemonía estadounidense desde los años setenta. Durante décadas, la obligación de comerciar hidrocarburos en dólares garantizó una demanda global constante de la moneda y financió el poder financiero de Washington, a pura emisión. Hoy, ese esquema comienza a resquebrajarse seriamente. Varios países del BRICS impulsan ventas de energía en monedas locales, acuerdos bilaterales fuera del dólar y mecanismos de compensación alternativos. En ese marco, Venezuela —con las mayores reservas probadas del mundo— adquiere un valor estratégico decisivo; no sólo por el crudo en sí, sino porque su alineamiento puede acelerar o frenar la desdolarización del mercado energético, donde se juega una parte sustantiva del poder global estadounidense. Este es el interés político concreto, pero que se origina en un déficit, en una debilidad.

Por todo ello, la reactivación explícita de la vieja Doctrina Monroe —rebautizada con cinismo en clave contemporánea al estilo Trump— debe leerse al revés de como suele presentarse. No es una señal de expansión, sino de contracción estratégica. Al reclamar América como hemisferio propio, Estados Unidos reconoce implícitamente que ya no controla el resto del mundo. Asia-Pacífico, Eurasia, Medio Oriente, América del Sur y África dejaron de ser espacios de dominación indiscutida y pasaron a ser escenarios de disputa real con otras potencias.

Este giro tiene implicancias profundas. Se trata de una mutación en la narrativa central de la geopolítica contemporánea. El mundo unipolar —sostenido por la ilusión de un “fin de la historia”— se agotó. La emergencia de China como potencia comercial y militar estructural, la persistencia estratégica de Rusia, la articulación de bloques alternativos y la autonomía creciente de regiones enteras obligaron a Estados Unidos a reordenar prioridades, concentrar recursos y asegurar su retaguardia. Aunque ha llegado decididamente tarde.

Las teorías conspirativas

El poder político del chavismo tenderá más a reconfigurar que a disolverse, desplazándose desde una conducción personalista hacia una estructura más colegiada, defensiva y territorializada. ¿Quién puede saberlo hoy?. Pero las versiones sobre una supuesta “entrega” de Maduro, la pasividad de las FANB como sistema defensivo o la idea de que América del Sur ya estaría definitivamente bajo control estadounidense forman parte de una operación clásica de guerra psicológica. Desde las usinas de las agencias de inteligencia de la CIA, buscan desmoralizar, fragmentar y naturalizar el hecho consumado para matar su análisis y su internalización racional. Son hipótesis funcionales al relato del poder, no análisis serios de la realidad. Reducir lo ocurrido a debilidades internas oculta lo central; la decisión estratégica de apropiarse de recursos críticos. El secuestro de Maduro no responde a conspiraciones, traiciones palaciegas ni a claudicaciones internas imaginarias, sino a una causalidad concreta y material: el petróleo venezolano. Estados Unidos dispone, además, del poder tecnológico, la inteligencia y la capacidad operativa para ejecutar este tipo de extracciones con una precisión quirúrgica insuperable, lo que refuerza que no se trata de improvisación ni de caos, sino de una decisión estratégica cuidadosamente planificada que costó decenas de muertos, hermanos cubanos y venezolanos.

La experiencia con Corina Machado es ilustrativa. Celebrada mientras encajó en una coyuntura útil, rápidamente relegada cuando dejó de servir a los objetivos de Washington. Ese es el patrón histórico del poder estadounidense; promoción instrumental circunstancial y abandono. En esa misma lógica, Milei puede pasar de activo valorizado a figura prescindible, por la naturaleza transaccional de ese vínculo lacayo.

Cálculos distintos para la geopolítica de este siglo

Así las cosas, este movimiento que acaba de ejecutar Donald Trump marca un parteaguas histórico. No es el retorno del siglo XX, sino la confirmación de que el siglo XXI ya está en marcha. Un mundo más conflictivo para los países periféricos, más fragmentado, mucho más impredecible y menos ordenado por un solo centro de poder. En ese escenario, las declaraciones de pertenencia de nuestro hemisferio por parte del magnate corredor inmobiliario, Donald Trump, no anuncian la continuidad histórica de dominio eterno; más bien, anuncian el fin de una época de completa hegemonía. La pregunta que queda abierta no es si Estados Unidos seguirá siendo una potencia —lo seguirá siendo—, sino si podrá volver a ser el organizador exclusivo del sistema político internacional y del modelo económico para Occidente. Todo indica que no. Y cuando una potencia deja de organizar el mundo, empieza, inevitablemente, a defender su perímetro. Ese es el verdadero sentido del “nuestro hemisferio”.

Por cierto, la quietud relativa de China y Rusia no es pasividad ni aceptación vinculada a la repartija del mundo, sino cálculo geopolítico. Las potencias que piensan en términos estratégicos no responden a provocaciones con gestos espectaculares, sino con acumulación de ventajas en el tiempo. Comunicar alarma, condenar y observar es parte de una lógica que evita escalar en el terreno elegido por Estados Unidos y traslada el conflicto a planos donde el costo para Washington es mayor: la economía, la energía, las alianzas y la legitimidad internacional. Quienes esperaban una lluvia de misiles desde Oriente cayendo sobre Nueva York, destruyendo por completo la estatua de la Libertad e incendiando la Quinta Avenida, confundieron estrategia con reacción emocional. En la disputa por el orden mundial, la paciencia y el cálculo suelen ser más letal que el estruendo.

Nosotros

No hay lugar para la desesperación ni para el derrotismo, tampoco para las lecturas conspirativas que paralizan. Este momento exige lucidez política, capacidad de leer el proceso en curso con mesura, sin ingenuidad y sin inmovilidad. Ajustar posiciones, fortalecer la unidad regional y comprender que los pueblos no avanzan en línea recta, sino atravesando conflictos, es parte de la tarea histórica. Lo ocurrido en Venezuela no cierra una etapa; la acelera hasta que llegue un día su clausura. Y puede transformarse —si hay conducción, organización y voluntad política— en un punto de maduración para América del Sur. Esto tampoco lo podemos saber ni mucho menos asumirlo como dado, más bien, hay que trabajarlo. Pero la historia no se define por golpes espectaculares, sino por procesos largos, donde toda dominación que se vuelve explícita comienza, también, a mostrar su fragilidad. Por eso, lejos de debilitarnos, este hecho debe convocarnos a pensar mejor, unirnos más y confiar, sin resignación, en la capacidad de nuestros pueblos para construir su propio camino de emancipación. Tal vez —ojalá— sea el herido pueblo venezolano quien tome la palabra y, en medio de la tormenta, nos entregue más de una señal clara sobre el rumbo, la resistencia y el sentido profundo de lo que está en juego.

* El autor es abogado y pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

Declaración del Comité Nacional BRICS contra la amenaza de una invasión yanqui en Venezuela y la complicidad del gobierno de Javier Milei   

Ante la amenaza de una intervención militar de los EE.UU. en Venezuela y de la posición asumida  por el gobierno argentino, el Comité Nacional BRICS comprometido en que América del Sur siga  siendo una tierra de paz, expresa: 

El CoNaB mantiene, entre sus principios liminares, los mismos que defienden los países BRICS: 

• Soberanía irrestricta de los estados nacionales. 

• No injerencia en los asuntos internos de los estados nacionales. 

• Resolución pacífica delos conflictos entre los Estados. 

• Coexistencia pacífica entre naciones con diferentes sistemas de gobierno. • Solidaridad con los estados nacionales agredidos por intervenciones extranjeras. 

• Integración voluntaria y decidida de los programas de desarrollo económico y social que  propongan los estados nacionales. 

Esta posición del CoNaB es la que nos mueve a expresar nuestro repudio a cualquier intento de  agresión contra la República Bolivariana de Venezuela. 

Entendemos por intento de agresión, además de los ataques militares directos a la soberanía  venezolana, todas las expresiones de violencia y las amenazas mafiosas expresadas en ominosas  presencias bélicas cerca de las fronteras marítimas, aéreas y terrestres de Venezuela, y las que se  registran cotidianamente en el Caribe. 

El CoNaB anhela que hayan pasado para siempre las tenebrosas épocas en las que los procesos de  desarrollo soberano y popular que se producían en nuestros países latinoamericanos eran  descabezados violentamente por la intromisión imperialista. Hoy, nuestros pueblos han edificado  una conciencia solidaria y real que permite la acción conjunta contra esas agresiones. 

El CoNaB, que sostiene la integración de la Argentina al nuevo mundo multipolar, manifiesta su  total solidaridad con el pueblo venezolano en su lucha por mantener su dignidad soberana y  convoca a todas las fuerzas nacionales y populares de nuestra Patria a demostrar su respaldo a la  Patria de Simón Bolívar. 

El actual gobierno de la República Argentina exigió hoy una “acción inmediata” de la Corte Penal 

Internacional en Venezuela y además pidió el arresto de Nicolás Maduro. El presidente venezolano  lidera la lucha de un país sometido a la permanente agresión estadounidense por el solo crimen de  defender su soberanía sobre su patrimonio nacional: las mayores reservas de hidrocarburos del  planeta. 

Con esta inconsulta y hostil actitud, la Argentina de la Doctrina Drago rompe con toda su línea  histórica de respeto a la autodeterminación de los pueblos y la resolución pacífica de las cuestiones  internacionales. De escalarse la aventura a la que el gobierno del presidente Javier Milei, con esta  Doctrina Quiroz, está invitando, Venezuela puede ser víctima de una invasión cuyas consecuencias  afectarán a toda América Latina. 

Por esta razón, el CoNaB repudia la posición asumida por el gobierno nacional y convoca a una  expresa declaración de solidaridad por parte de los partidos políticos y de las organizaciones  sociales argentinas que tienen la unidad latinoamericana entre sus banderas fundantes, así como de  la CELAC, y la definición de una posición conjunta latinoamericana y caribeña ante el Consejo de  Seguridad de la ONU. 

10 de Diciembre de 2025.- 

Por el Comité Nacional BRICS: 

Alberto Blasco, Aldo Amura, Alejandro Tarruella, Alfredo Eric Calcagno, Amílcar Salas Oroño,  Carlos Blasco, Cecilia Conti, Diana Tussie, Eduardo Auzmendi, Eduardo Crespo, Eduardo Vior,  Eduardo Zuaín, Fabián Brown, Florencia Barba, Francisco Cafiero, Gabo Barceló, Gabriel  Fernández, Gabriel Merino, Gabriel Norberto Barceló, Genaro Grasso, Guillermo Caviasca, gustavo Girado, Gustavo Ng, Hernando Kleimans, Hernán Rossi, Horacio Lenz, Hugo Asch, Hugo Barcia,  Jorge Elbaum, Jorge Solmi, Jorge Zacagninni, Juan Francisco Soto, Juan José Martínez, Julio  Fernández Baraibar, Julio Gastaldi, Liliana López Foresi, Lisandro Sabanés, Lía Rodríguez de la  Vega, Lourdes Suazo, Marcelo Brignone, Mariano Mirotti, Mariano Quiroga, Mario Burkun,  Miriam Lewin, Néstor Gorojovsky, Nestor Restivo, Nicolás Juárez Campos, Oscar Rotundo,  Roberto de Luisse, Rubén Zárate, Sabino Vaca Narvaja, Salvador Scarpino, Sebastián Schulz,  Sergio Rossi, Silvia de Kleimans, Telma Luzzani, Víctor Mastrángelo, Víctor Portnoy, Walter  Goobar.

Multipolarismo, narcotráfico y el control en la región sur: ¿y el peronismo qué?

Por Gustavo Matías Terzaga*

Lo sucedido en Brasil el 28 de octubre trasciende el límite de un brutal hecho policial. La masacre en Río De Janeiro de más de un centenar de integrantes del Comando Vermelho, ejecutada por la Policía Militar bajo las órdenes del gobernador bolsonarista Castro y al margen del gobierno federal, constituye un movimiento político efectista de alcance regional que, probablemente, tendrá algún próximo capítulo. Aquello no fue un exceso ni un error operativo, sino un golpe quirúrgico al corazón del poder civil. En un solo acto violento, excesivo aún para la escala de conflictividad social de Brasil, se buscó provocar el debilitamiento del control del Estado federal sobre los gobiernos subnacionales, la erosión de la autoridad y legitimidad del presidente Lula frente al orden público, y la instalación de un escenario de crisis de gobernabilidad funcional a intereses geopolíticos externos.

La doctrina del combate al narcotráfico

La intervención de Estados Unidos en América Latina no es un fenómeno coyuntural, sino una constante estructural de su política hemisférica. Desde la posguerra, cada intento de autonomía regional fue respondido con la misma lógica de desestabilización. Por caso en Brasil, Getulio Vargas fue empujado al suicidio en 1954 tras el cerco de las élites asociadas a Washington, que no toleraban su política nacional e industrialista. En Argentina, un año después, la conjunción de intereses angloamericanos, sectores liberales de la Armada, la oligarquía agroexportadora y la jerarquía eclesiástica derrocó a Perón, inaugurando un ciclo de dependencia y parcelación nacional que aún persiste. Hoy, con fuerzas armadas reconfiguradas en torno a las “nuevas amenazas” —terrorismo y narcotráfico—, esa estrategia se ha actualizado bajo la doctrina del “combate al narcotráfico”, convertida en el nuevo paraguas moral para la opinión pública internacional que justifica la intervención extranjera en la política de Defensa, la militarización de la seguridad interior y la subordinación de las fuerzas armadas locales a la agenda norteamericana.

Lo que importa es la política internacional. Estados Unidos no es una potencia en decadencia, su economía, su aparato militar y su capacidad de imponer reglas globales siguen siendo formidables, pero sí está en retroceso relativo frente a un mundo que ya no le responde en forma exclusiva. Entrado el primer cuarto del siglo XXI, el mundo asiste a una disputa estructural por la hegemonía global. El declive relativo de Estados Unidos y el ascenso sostenido de China, el protagonismo renovado de Rusia y el ascenso de polos regionales como India, Turquía o incluso Brasil en el plano latinoamericano, generan un escenario donde Washington debe competir donde antes mandaba. América Latina es uno de esos espacios; ya no alcanza con el viejo reflejo del “patio trasero”, porque la región diversificó mercados y fuentes de financiamiento durante el período del globalismo. Este esquema expresa una reconfiguración del orden internacional heredado de la posguerra fría. Esta transición, que atraviesa los planos económico, tecnológico y militar, redefine las alianzas y obliga a los países del sur a tomar posición, a desarrollar una estrategia en su política exterior, generalmente orientadas a favor de sus intereses nacionales.

Lo que acontece. El despliegue de buena parte de la flota naval de EEUU en el Caribe Sur, con portaaviones y un submarino frente a las costas de Venezuela, no responde a una amenaza criminal real del país bolivariano sino a una estrategia de presión geopolítica. Bajo el pretexto de “restaurar la democracia” y “garantizar la seguridad”, Washington construye el relato moral que justifica su avanzada militar con el sólo objetivo de derrocar al régimen del “narcodictador” Nicolás Maduro para quedarse con las reservas de su petróleo, la más grande del mundo.

En México, Donald Trump ofreció “cooperación militar” a la presidenta Claudia Sheinbaum para combatir al narcotráfico en su país, y su respuesta —“ningún soldado norteamericano pisará suelo mexicano”— fue una afirmación de soberanía ejemplar que recordó a Washington que no todas las naciones están dispuestas a subordinarse. En Colombia, Gustavo Petro enfrenta la ofensiva de un poder mediático y militar que busca reinstalar la restauración conservadora. En todos los casos, la bandera del narcotráfico es el instrumento discursivo de una estrategia mayor: la contención del avance chino, la apropiación de recursos y la disolución de cualquier eje regional autónomo que una a México, Brasil, Argentina y Venezuela. Como vemos, detrás del ropaje moral de la “guerra contra el narcotráfico”, Estados Unidos libra una guerra geopolítica por el control del hemisferio.

Nuestro país. La dependencia económica argentina es la piedra angular que convierte cualquier financiamiento externo en un arma de control político, diplomático, financiero e institucional. En el tablero hemisférico actual, Javier Milei representa la restauración plena del tutelaje norteamericano sobre la Argentina. Washington y el Fondo Monetario Internacional operan de manera coordinada. El primero define la estrategia geopolítica; el segundo ejecuta el disciplinamiento económico y político interno para la Argentina. La ruptura con los BRICS, la alineación automática con la Casa Blanca e Israel y la adopción del discurso antichino fueron las primeras e inequívocas señales del presidente argentino Javier Milei para garantizar el retorno del país al rol histórico que le asigna el poder del imperialismo finaciero de Occidente: exportador primario, deudor perpetuo y territorio de ensayo de las recetas neoliberales.

Narcos en las listas

Con el debilitamiento de controles institucionales (judiciales, financieros, parlamentarios) y la subordinación política obscena al poder norteamericano, el gobierno Libertario crea un clima donde las acciones delictivas quedan bajo sombras de impunidad y a merced de los carpetazos tácticos. En conjunto, estos elementos permiten ver al régimen de Milei no solo como un gobierno autoritario, tutelado y antipopular, sino como un paso más hacia la consolidación de un Estado capturado por lógicas criminales y redes de poder que se entrelazan con la política formal. José Luis Espert representó, desde su actividad parlamentaria y proselitista, el rostro político de un modelo que combina mano dura sin política social con desregulación económica y vaciamiento del Estado. La agenda libertaria no combate el crimen organizado, lo habilita y lo consume a sabiendas, ya que, al desmantelar las capacidades estatales y criminalizar la pobreza, deja el territorio librado a las redes ilícitas del narco que se expanden allí donde el Estado se retira. Entonces, la combinación de presión externa y dominio interno del crimen organizado terminará por licuar la soberanía, destruir por completo nuestro tejido social y la comunidad nacional.

La fase terminal de la subordinación

La derrota de Malvinas no fue solo un episodio militar, sino el punto de inflexión que marcó el ingreso formal de la Argentina en una democracia tutelada. A partir de 1983 con Alfonsín, el país aceptó un pacto implícito: pluralismo político y libertades formales, pero sin soberanía económica, sin FFAA, sin política de defensa nacional ni control sobre sus recursos y empresas estratégicas. Se mantuvo intacta la arquitectura económica impuesta por Martínez de Hoz —desindustrialización, endeudamiento y primarización productiva—, convertida en dogma por las élites liberales que gobernaron desde entonces, en nombre de la “integración al mundo”. La década del noventa, con el menemismo, consolidó la entrega del patrimonio público a través de las privatizaciones que transformaron al Estado en un mero garante del negocio transnacional. El macrismo retomó esa lógica con mayor voracidad por los negocios, reinstalando el endeudamiento con el FMI y la dependencia del capital especulativo. Hoy, el gobierno de Javier Milei no inaugura una nueva etapa, sino que consuma la secuencia, llevando al extremo la desindustrialización, el cientificidio, la desculturización con el quiebre del valor estratégico de la educación, la extranjerización de la economía, la destrucción por dentro del Estado social y la renuncia abierta a toda idea de soberanía nacional.

Civilización o Barbarie. En la dinámica de una democracia formal dentro de un país periférico y dependiente como la Argentina, la injerencia externa ha dejado de percibirse como una anomalía. Ya no se presenta como un hecho excepcional, sino como un componente estructural del propio sistema político. En ese marco, la intromisión de los Estados Unidos no se limita al plano económico; penetra también en los ámbitos cultural y simbólico, moldeando imaginarios, jerarquías y aspiraciones colectivas. Una parte significativa de la sociedad acepta esa subordinación con naturalidad —y ello revela, en el fondo, el rotundo fracaso con que se ha ejercido la política nacional—, como si someterse al tutelaje extranjero fuese el requisito indispensable para “volver al mundo”. Es el eco persistente de una larga tradición de colonialismo cultural que asocia lo moderno y lo eficiente con la imitación de Occidente. Desde esa mirada, renunciar a la soberanía no se percibe como claudicación, sino como signo “para ponerse al día” con la civilización.

El peronismo

El drama estructural de la Argentina contemporánea es la imposibilidad de reconstruir soberanía sin la arquitectura política, económica y moral que Perón había diseñado. El Estado soberano peronista fue una forma de organización del poder que subordinaba la economía al interés nacional, articulando producción, crédito, industria pesada, defensa, justicia social y soberanía política. El proyecto de Estado soberano que concibió Juan Domingo Perón, entre otras cosas, fue posible porque articuló una alianza sólida entre el pueblo y las Fuerzas Armadas. Una unidad política y estratégica que le dio sustento material y espiritual a la independencia económica y política que impulsó el General. Aquella simbiosis —el obrero y el soldado como expresión de la Nación en armas y en trabajo— fue el núcleo del poder nacional que puso a raya al colonialismo económico. Pero esa alianza fue rota a sangre y fuego en 1955, violentamente combatida y trastocada desde el 24 de marzo de 1976 como venganza al 17 de octubre de 1945, y definitivamente clausurada con la derrota de Malvinas en 1982, donde se selló la subordinación de las Fuerzas Armadas al comando externo y el país perdió su instrumento de soberanía y disolvió la posibilidad de un Estado soberano con poder real para el pueblo. Desde entonces, la Argentina vive bajo una democracia formalista y dependiente, flotando entre la injerencia externa y la fragmentación interna, administrada por élites civiles que aceptaron el mandato externo de gobernar sin tocar la estructura del poder económico.

Para el caso de los gobiernos de raigambre popular, como el Kirchnerismo, gobernar sin derogar la Ley de Entidades Financieras o la Ley de Inversiones Extranjeras es como pretender conducir una locomotora sobre vías puestas por el enemigo. Esas normas, impuestas por la dictadura en 1977, siguen siendo el armazón jurídico del saqueo que garantiza la supremacía del capital financiero sobre la economía real y que subordina al Estado a la lógica del endeudamiento, la fuga y la evasión. Mientras no se desmonte ese corazón normativo y jurídico del orden financiero heredado del terrorismo de Estado, toda política nacional será apenas una administración parcial de la dependencia. A la dictadura militar la sacó el pueblo, en cambio, la administración civil de la dictadura económica permanece intacta.

El dato es elocuente: hasta 1955 la Argentina sostenía con dignidad a la totalidad de su población; hoy, casi la mitad del país vive en condiciones de pobreza y exclusión. Pero ese peronismo, el de las grandes políticas de Estado, ya no existe en su forma original. Es más, ya casi ningún peronista habla del Estado Empresario de Perón.

El kirchnerismo

El período 2003-2013 constituyó, en perspectiva histórica, el esfuerzo más coherente de reconstrucción nacional desde la destrucción del Estado industrial peronista, un intento de rearticular soberanía política, recuperación productiva y distribución, aunque carente de un verdadero programa de liberación nacional que consolidara estructuralmente esa experiencia. Por eso, la matriz de “la década ganada”, fue destruida en apenas seis meses durante el gobierno de Mauricio Macri.

Cristina Fernández de Kirchner, con sus aciertos y errores, fue la figura política más gravitante del siglo XXI junto al flaco Kirchner. Su persecución judicial —condenas sin pruebas, causas fabricadas y proscripción política— expresa la reacción de los poderes fácticos ante ese proyecto de país autónomo. La presión judicial sobre Cristina no es un hecho aislado, sino parte de una estrategia de control político promovida por el bloque oligárquico interno en sintonía con el dispositivo de injerencia externa que busca condicionar los liderazgos autónomos en la región. Pero la proscripción no solo es una operación judicial y política del poder económico real, sino un mecanismo de detención histórica del campo nacional-popular. Al excluirla, no se busca únicamente apartar a una dirigente de peso, sino congelar al peronismo en un tiempo clausurado, el de 2015, impidiendo procesar sus contradicciones y renovar su estrategia. La consecuencia es un campo nacional y popular replegado sobre sí mismo, sin síntesis ni proyección, atrapado entre la nostalgia, la defensa, el internismo y el cerco moral externo. En lugar de avanzar hacia una nueva etapa de conducción y debate, buena parte del peronismo quedó atrapado en la mera reivindicación de su figura.

De hecho, para continuar con la estrategia de inmovilidad, era previsible que la ofensiva judicial continúe con nuevas causas —como la de los cuadernos— destinadas a mantener a Cristina y a todo el campo nacional en una situación de parálisis política. Ese mecanismo de hostigamiento no busca justicia, evidentemente, sino disciplinamiento; mantener al peronismo atrapado en su defensa judicial, impedirle proyectar una estrategia de poder y neutralizar cualquier intento de reconstrucción nacional que desafíe la tutela externa.

El peronismo partido

La interna bonaerense condensa las tensiones más profundas del peronismo nacional. En ese territorio se define el sentido de la conducción política del movimiento para lo sucesivo. El cristinismo, con La Cámpora como guardia pretoriana y Máximo Kirchner como su heredero simbólico, se resiste a aceptar que un liderazgo fuera de su linaje —como el de Axel Kicillof— pueda asumir la representación histórica frente al proyecto liberal-libertario de Milei. Lo que parece una pugna facciosa es, en realidad, una disputa estructural entre dos concepciones de conducción: una, basada en la síntesis política, la articulación territorial, la validación electoral y la legitimidad popular; otra, en la perpetuación del apellido y la conservación del aparato y el relato.

En medio de la presión judicial que vuelve a cercarla públicamente, Cristina percibe en el ascenso político de Axel Kicillof un punto de inflexión que la deja expuesta ante una fractura estratégica inevitable. Su crecimiento no solo amenaza con quitarle centralidad y liderazgo dentro del peronismo, sino que encarna el surgimiento de una conducción nueva, dotada de legitimidad propia y proyección nacional hacia 2027, por fuera del dedo y del apellido. Para La Cámpora, el fenómeno representa un riesgo aún mayor; la posible pérdida de control sobre el aparato político en el AMBA, los espacios de poder y las cajas que garantizan su supervivencia interna. Esa conjunción de factores explica, en buena medida, la ofensiva discursiva y política de algunos de sus dirigentes, incluso de Cristina, contra el gobernador bonaerense. Pero, inevitablemente, el tiempo terminará imponiéndose sobre el espacio. Ningún aparato, relato ni liderazgo puede resistir indefinidamente la fuerza de los procesos históricos. El tiempo —ese que construye conciencia y establece la secuencia política— acabará desplazando a quienes se aferran al control inmediato. Y cuando lo haga, no habrá más lugar para custodios y frenadores, sino para quienes sean capaces de interpretar el porvenir.

Liderar no es conducir

La centralización de las decisiones electorales en torno al “dedo” de Cristina desarticuló la estrategia territorial del peronismo en términos federales, anuló la competencia interna dentro del PJ, complicó la unidad del campo nacional y redujo la selección de candidatos a un ejercicio vertical que debilitó la construcción política y condujo a derrotas previsibles. Por caso, Cristina nunca ofreció una explicación política ante el pueblo sobre el relativo fracaso del gobierno de Alberto Fernández, del cual fue su principal arquitecta y demoledora. Ese silencio irresponsable erosiona su autoridad moral y bloquea la posibilidad de elaborar una autocrítica colectiva que permita al peronismo proyectar una alternativa superadora frente a la mirada del pueblo.

El panorama. La estrategia actual de confrontación interna que impulsa Cristina Fernández de Kirchner dentro del peronismo adquiere una gravedad política mayor. Cristina, por su reconocida lucidez, debería comprender que su disputa con Axel Kicillof ya no pertenece al orden partidario, sino al terreno de la soberanía nacional y la incidencia regional. Reconocer su aporte histórico no significa renunciar a la crítica, sino ejercerla con la responsabilidad de quien entiende que ningún legado justifica el estancamiento de un movimiento llamado a conducir nuevamente el destino nacional.

En un contexto en que el gobierno de Milei consolida la dependencia económica bajo el tutelaje del FMI y en que los Estados Unidos busca disciplinar a la región frente al avance de China y los BRICS para no ceder ningún espacio de privilegio, debilitar al único dirigente con capacidad de gestión, legitimidad electoral y proyección real hacia 2027 equivale a desarmar la única herramienta política capaz de reconstruir un proyecto nacional. Vale decir, la fractura del peronismo es hoy funcional a la continuidad de la dependencia y al avance de las corporaciones financieras y mafiosas sobre el país.

Cristina, aún con prisión domiciliaria, debiera ser hoy una interlocutora regional de primer nivel, capaz de recomponer los lazos políticos entre los gobiernos y movimientos populares de América Latina. Su experiencia, su legitimidad internacional y su comprensión de la arquitectura del poder global la colocan —objetivamente— en una posición única para articular un espacio de diálogo con Lula en Brasil, Petro en Colombia, Sheinbaum en México y otros referentes del campo nacional latinoamericano. Lamentablemente, su intervención se limita hoy al terreno de las redes sociales, a su lógica defensa judicial, a la preservación de la centralidad perdida mediante declaraciones esporádicas, diagnósticos tardíos y advertencias que ya no ordenan, sino que fragmentan.

Si Cristina actuara con la grandeza y la conciencia histórica que su trayectoria y el drama nacional demandan, reconocería en Axel Kicillof la posibilidad de continuidad del proyecto nacional. Pero su falta de humildad y su condicionada situación, la lleva a ver en él una amenaza personal, y en esa ceguera política termina debilitando al peronismo que alguna vez condujo. Lamentablemente, la historia política latinoamericana es pródiga en ejemplos de líderes que confundieron su biografía con la causa del pueblo y terminaron devorando su propio legado.

Es triste, y no es exagerado decirlo, pero la actitud política de Cristina Fernández de Kirchner parece estar cumpliendo —consciente o inconscientemente— un rol funcional a la estrategia geopolítica de Estados Unidos. Al debilitar la unidad del peronismo y erosionar la proyección nacional de Axel Kicillof, la ex presidenta no solo obstaculiza la posibilidad de un proyecto autónomo argentino, sino que también concesiona terreno estratégico al potencial eje Buenos Aires-Brasilia-Ciudad de México en un virtual retorno del peronismo al gobierno en 2027, indispensable para reequilibrar el poder regional frente a la influencia norteamericana. En un contexto de disputa multipolar, la fractura del campo nacional argentino opera como una victoria indirecta de la hegemonía estadounidense, que necesita un peronismo dividido y sin conducción para sostener el experimento liberal y evitar que la Argentina vuelva a integrarse al bloque BRICS.

Si Cristina persiste en la lógica de la tutela interna y al daño extendido por pérdida de centralidad, quedará confinada al panteón de las figuras que fueron grandes, pero que no estuvieron a la altura de su tiempo. Ojalá Kicillof, o cualquier otro cuadro a la altura, asuma la responsabilidad histórica que Cristina elude; la de conducir la reconstrucción del campo nacional sobre nuevas bases. Pero el tiempo apremia; el peronismo no dispone de otra década para resolver sus contradicciones internas. Si no emerge pronto una conducción con visión estratégica, el futuro seguirá siendo escrito por los enemigos de la Argentina.

* Gustavo Matías Terzaga es abogado y presidente de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

Fuentes Seguras. Mil noticias y una tendencia

La gira de Donald Trump por Asia. El re encuentro parcial de China y los Estados Unidos. Los vientos, las olas y los desafíos. Narcos, Brasil, Venezuela. Los datos inmediatos y el gran sendero

Los vientos, las olas y los desafíos.

Por Gabriel Fernández *

Quienes se esfuerzan en conocer y comprender el decurso planetario deberían forzar una ralentización del ritmo generado por las redes. Ese salto continuo en busca de la novedad provoca dificultades respiratorias si se pretende aprehender los movimientos, necesariamente pausados, de los grandes grupos humanos. El recorrido veloz por las noticias es razonable para las ediciones que se ocupan del mundo del espectáculo, sus romances y desencuentros, o de las pasiones deportivas, con resultados minuto a minuto. No deja de ser conmovedor visualizar el esfuerzo de tantos medios por asimilar la política internacional a semejante métrica.

Atisbemos ahora lo ocurrido la semana pasada.

GRITOS EN LA OSCURIDAD. La debilidad del gobierno norteamericano puede considerarse equivalente a los gritos y los anuncios rimbombantes lanzados por el presidente Donald Trump luego de cada irrupción internacional. El panorama es lo bastante evidente como para que la República Popular China se corra de la escena, tras haber conseguido una baja en los aranceles, y permita a su adversario realizar los anuncios sobre la distensión. Sin embargo, si se observa y balancea la gira asiática en su conjunto, será posible valorar algunos logros de interés que el hombre de la corbata escarlata quedó en condiciones de hacer flamear.

Sucede que Trump va por el mundo con el anhelo de conseguir inversiones productivas para su nación y con el de George Soros (encarnado en Scott Bessent) de priorizar los intereses financieros y los beneficios de las compañías armamentísticas. Como era de prever tras situaciones anteriores, ni bien concluyó su recorrido por Asia, el rubicundo anunció la reanudación de pruebas nucleares tres décadas después, levantando una polvareda que pretende ocultar su menguada capacidad de resolución económica.

El presidente de los Estados Unidos habló con los periodistas en el avión presidencial Air Force One y declaró: “El tema de Ucrania se planteó de forma muy contundente. Hablamos de ello durante mucho tiempo y ambos vamos a trabajar juntos para ver si podemos conseguir algo. Xi nos va a ayudar y vamos a trabajar juntos”. En hilván, informó que bajará del 20 al 10% los aranceles que le había impuesto a China por el tráfico de fentanilo, afirmó que se solucionó “todo lo relacionado con las tierras raras” y dijo que Pekín se comprometió a comprar “inmediatamente cantidades enormes de soja y otros productos agrícolas” a su país.

Por su parte, el jefe de Estado chino se instaló en el terreno poético. Apuntó que “no siempre estamos de acuerdo, y es normal que las dos principales economías del mundo tengan fricciones de vez en cuando”; confió que le dijo a Trump“ante los vientos, las olas y los desafíos, usted y yo debemos mantener el rumbo correcto y garantizar la navegación estable del gigantesco barco de las relaciones entre China y Estados Unidos”. El jefe oriental celebró que los “equipos económicos y comerciales alcanzaran un consenso básico para abordar nuestras principales preocupaciones y lograron avances alentadores”.

Bueno ¿qué sucedió? China hizo valer su preeminencia en materia de tierras raras así como su fortaleza en el ámbito comercial global y logró de ese modo las anheladas concesiones norteamericanas. Entre ellas destacan la apuntada reducción de aranceles, la suspensión de las tarifas portuarias sobre los barcos chinos y el aplazamiento de los controles de exportación estadounidenses. En un alarde de comprensión, The New York Times narró que “el líder chino permitió que Trump proclamara el resultado de las negociaciones como una victoria de los agricultores y las empresas estadounidenses cuando en verdad la potencia asiática situó la relación en el ámbito que le resultó más conveniente”.

Repasemos todo lo acaecido, porque la aceleración mediática tiende a desestimar, a cada paso, las referencias esenciales.

DEAMBULANDO POR ASIA. El tránsito de Trump involucró a Malasia, Japón y Corea del Sur. Participó en cumbres regionales y buscó revitalizar las alianzas comerciales y militares con históricos socios regionales desconfiados del camino adoptado por Washington y con serias inclinaciones hacia su potente vecino. En Kuala Lumpur, Malasia, se concretó la esperada cumbre de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). Vale apuntar que allí se integró Timor Oriental como el undécimo miembro pleno del bloque. Es que la coalición se encuentra en alza, pues contiene numerosos elementos decisivos relacionados con la pulseada entre China y el Norte. De hecho, buena parte de la pujanza económica internacional se ha volcado sobre el Indo-Pacífico.

Como referencia de ese volumen, en esta ocasión, participaron el presidente de Brasil, Lula da Silva, el primer ministro chinoLi Qiang, y el propio Donald Trump; brasileños y estadounidenses se vincularon en busca de un atemperamiento de la pugna tarifaria (y política). Este periodista piensa que resulta posible que los sucesos delictivos que explotaron en Río de Janeiro configuren una objeción del Estado Profundo al intento de aproximación. Cual raft sencillo, vale puntuar que los “narcos” no son un puñado de vagos con camisas coloridas, armas sobre la mesa de un tugurio y parches en los ojos. Son gerentes de grandes laboratorios gobernados por corporaciones financieras.

Sigamos. La Asociación mencionada contiene realidades variadas que, sin embargo, confluyen en la necesidad de establecer relaciones equilibradas de comercio e inversión. Resulta pertinente mencionar el litigio fronterizo de Camboya y Tailandia –quizás con premura Trump se esforzó por anunciar que lo había resuelto-, las pugnas interiores en Myanmar (Birmania), las movilizaciones intensas en Indonesia, y las perennes disputas por la propiedad del Mar de China Meridional, que seguramente el lector conoce a través de estas páginas.

En ese marco, sus miembros han logrado una denominada equidistancia estratégica con respecto a los Estados Unidos y China, lo cual –si se consideran los antecedentes- es evaluado por los analistas como un viraje en beneficio de la parte oriental del conflicto. Desde ambas costas es viable suponer que los acuerdos norteamericanos sobre armamentos, bases y geopolítica serán difíciles de sostener si continúa avanzando la presencia económica de Pekín. Por ahora, la ASEAN contiene su unidad al rechazar la adopción de una postura definida en la disputa estratégica.

La alianza en materia de Defensa con los Estados Unidos de algunos países de la región, como Filipinas, Tailandia y Singapur, va en paralelo con el predominio de China en materia de relaciones económicas. Es por ello que en ASEAN prima la postura de mantener una posición autónoma que se resume en el rechazo a tomar partido en esa pulseada de mediano alcance, más allá de las posiciones particulares que pueda adoptar cada país, donde se perciben matices.

En la presente gira, Trump se autoproclamó autor de la paz entre Camboya y Tailandia (ambos países se están preguntando en base a qué factores lanzó su aserto). Asimismo, firmó con Malasia un acuerdo sobre minerales críticos, similar al que había conseguido días atrás con Australia. El objetivo de la Casa Blanca posee como vector la diversificación de las fuentes de esos recursos estratégicos y la gradual reducción de la dependencia de su nación con respecto a China. Cabe anticipar que podrá morigerar la misma, pero ya no eliminarla.

Pocas horas después que Trump abandonara Malasia rumbo a JapónPekin recordó al mundo la dimensión de su potencial al anunciar la ampliación del acuerdo comercial entre China y ASEAN para eliminar las barreras comerciales de productos ecológicos y digitales. Por ahora, más allá de las tensiones geopolíticas, la Asociación evidencia que es posible obtener beneficios comerciales y militares en simultáneo de ambas partes en colisión. Por ahora. La mayoría de los países se sienten cómodos teniendo a China como principal socio comercial, sin modificar la posición estadounidense en materia de Defensa.

Luego, Trump fue a Japón. La primera ministra Takaichi Sanae, extendió la alfombra roja y recibió con sonrisas al estentóreo. Ambos firmaron un vasto acuerdo comercial destinado a promover una “nueva era dorada” en las relaciones bilaterales. Los Estados Unidos reducirán de 25% a 15% los aranceles a las importaciones ponjas, mientras que el Sol Naciente ratificó la creación de un fondo de USD 550 mil millones para nuevas inversiones en el país del Norte. Vale recordar que China y Japón son líderes como tenedores de bonos de la deuda norteamericana. También firmaron un acuerdo de cooperación para garantizar el suministro de minerales esenciales y tierras raras.

Según fuentes diplomáticas China está amoscada con Takaichi. Le generan preocupación sus posturas militaristas y pro occidentales. Durante un evento con Trump a bordo de un portaviones estadounidense, la premier prometió reforzar el gasto en Defensa japonés hasta el 2% de su PBI y estrechar los vínculos militares con la potencia norteña. La reciente llegada de Takaichi al gobierno contribuye al progresivo rearme de Japón, y perjudica importantes apuestas del Dragón para obtener un acercamiento.

Observe la interpretación planteada por el analista Guadi Calvo sobre la actualidad trumpiana. Vale.

UN VECINO VEHEMENTE. Como se indicó al comienzo de este texto, Trump y Xi Jinping finalmente se encontraron cara a cara y acordaron una tregua comercial de un año, en Corea del Sur. La cumbre fue considerada un éxito por ambas partes y provocó cierto alivio a los mercados internacionales. Los Estados Unidos se comprometieron a reducir los aranceles sobre las exportaciones chinas del 57% al 47%, mientras que China acordó suspender durante un año sus controles a la exportación de metales de tierras raras, al igual que reanudará las compras de soja, sorgo y otros productos agrícolas estadounidenses. Nadie dijo nada sobre Tik Tok; por debajo, se hicieron circular versiones que ameritan chequeos para arribar a certezas.

Previo a la cita con el mandatario chino, Trump fue recibido por el presidente surcoreano Lee Jae-myung, otro flamante jefe de Estado proclive a reconstituir el vínculo con los Estados Unidos, lo cual implicaría una renovada distancia con su vehemente vecino, Corea del Norte. En ese sentido, Trump sugirió la posibilidad de volver a encontrarse con Kim Jong-un, y los interlocutores cambiaron de tema. Mientras tanto, justo cuando Trump visitaba la zona, el jefe comunista Kim concretó un nuevo ensayo misilístico.

Aunque el pacto resultó poco difundido, es de realce indicar que Trump firmó un acuerdo comercial con Corea del Sur que mantiene el arancel general estadounidense sobre los productos de ese país en el 15%, pero reduce los aranceles sobre los automóviles surcoreanos del 25% al ​​15%. Fue un logro de interés para las necesidades de la República de Corea. Por otra parte, los Estados Unidos brindarán a ese país el lugar de nación favorecida para sus productos farmacéuticos y de madera, mientras que las piezas de aviones, los medicamentos genéricos y los recursos naturales estarán exentos de aranceles. En cuanto a los semiconductores, los aranceles estadounidenses tendrán como referencia estricta los aplicados a Taiwán, el principal competidor de Corea del Sur en el sector.

A cambio, Seúl invertirá USD 350 mil millones en la economía estadounidense, destinados a la cooperación en la industria de la construcción naval. El presidente surcoreano habló de un plan para “hacer a la industria naval estadounidense grande de nuevo”, ante un Trump que lo aplaudía satisfecho. Ambos países anunciaron que se enlazarán en la regulación y el desarrollo de tecnologías como la Inteligencia Artificial, la biotecnología y la computación cuántica. Nunca olvide a los semiconductores, lector: tampoco, que China está superando a los Estados Unidos en IA.

Falta algo; Trump aprobó los planes de Corea del Sur para construir un submarino de propulsión nuclear en Filadelfia, elogiando a Seúl como un “socio importante” en los esfuerzos por reactivar la industria naval estadounidense. Este anuncio se registró pocas horas antes de la sorpresiva decisión de Trump de reanudar las pruebas con armas nucleares. Se supone que los destinatarios de ese “mensaje” fueron Rusia y Corea del Norte. Pero China reaccionó con suma preocupación, reclamando a la potencia americana que respete sus compromisos. A decir verdad, desde esta secuencia se prefiere indicar que se trató de gritos en la madrugada, modestamente orientados a brindar titulares a los medios. No más que eso.

AMÉRICA PARA LOS NARCOS. Es pertinente repasar el diálogo sostenido con el especialista Hernando Kleimans en nuestra emisora. Configura un estudio importante, pues evalúa el panorama internacional en su conjunto, considera la tensa situación latinoamericana y explica por qué se pretende devaluar el cónclave de Xi con Trump y cuál es el comportamiento de la Federación de Rusia en la presente instancia. Quien escribe preguntó al analista: Si los Estados Unidos persisten en la agresión sobre Venezuela ¿puede desatarse una conflagración con la nación que orienta Vladimir Putin? Vale pensar su respuesta.

Pero qué asunto más intrigante. La portavoz del Ministerio de Relaciones Exteriores de Rusia, María Zajárova enfatizó ayer que Caracas cuenta con el apoyo de Moscú frente a las agresiones contra Venezuela que los Estados Unidos llevan a cabo con el pretexto de luchar contra el narcotráfico. La perspicaz rubia aseveró que Rusia condena firmemente el uso excesivo de la fuerza militar en misiones contra los delincuentes. Esas acciones violan tanto la legislación estadounidense como el derecho internacional, recordó. Dichas acciones son reconocidas por representantes de varios países y organizaciones internacionales, entre ellos el secretario general de la ONU, António Guterres, y el alto comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Volker Turk, sostuvo Zajárova.

Reafirmamos nuestro sólido apoyo a los líderes venezolanos en la defensa de la soberanía nacionalAbogamos por la preservación de América Latina y el Caribe como zona de paz“, comunicó. En esa línea, señaló la importancia de “adoptar medidas para reducir la tensión y facilitar la búsqueda de soluciones a los problemas existentes de manera constructiva y respetando las normas jurídicas internacionales”. Enseguida, la vocera expresó que las relaciones bilaterales entre Moscú y Caracas “se desarrollan de forma ascendente en el espíritu de la colaboración estratégica, no están sujetas a fluctuaciones del entorno externo y abarcan áreas de interés mutuo“. Y subrayó que “las cuestiones relativas al fortalecimiento de la capacidad de defensa y a la garantía de la seguridad son competencia de los ministerios correspondientes de nuestros países”.

Vale precisar que las aseveraciones rusas están asentadas en firmes referencias; tienen fundamento. Existen informes de la Organización de las Naciones Unidas que descartan que en Venezuela se produzcan o se trafiquen sustancias ilegales con destino al país del Norte. Un completo reporte de la ONU precisa que 87 % de los narcóticos que tienen como destino la nación que regentea -como puede- Trump siguen la ruta del Pacífico, especialmente desde Colombia y Ecuador, mientras que 8 % lo hace a través de la Guajira colombiana. En el ‘Informe Europeo sobre las Drogas 2025: Tendencias y Avances’ se exponen conclusiones similares. Es más: ni siquiera la célebre DEA menciona a la patria bolivariana como zona de cultivo, procesamiento o distribución.

Es valioso adentrarse en el tema Seguridad de América latina, mediante la mirada de un conocedor con información precisa: el sociólogo y geopolítico Miguel Angel Barrios. A ver:

En su obra ya mítica, Sun Tzu realizó varias observaciones destinadas al empleo de estandartes y banderas a la hora de plantear una batalla. Explicó que esas telas coloridas, de gran porte, tienen como objetivo informar a las tropas sobre los lugares a ocupar y los senderos a recorrer, pero también engañar al rival acerca de las posiciones y los volúmenes de la fuerza propia.

Está todo en tensión, las situaciones son extremadamente dinámicas y algunos de sus factores se pueden modificar. Sin embargo, cuando se toma un poco de distancia, puede percibirse que la tendencia se mantiene. Entonces, sin perder de vista los explosivos datos de corto alcance, resulta pertinente sostener la mirada de trazo medio. Allí está la verdad.

Mientras los lineamientos fuertes se sostienen, es preciso admitir que la gira asiática no resultó infausta para Trump. Como se puede registrar, obtuvo algunas victorias de interés en un tramo muy difícil para su gestión. Esos beneficios no alcanzan para obturar la preeminencia china, pero hablan del complejo entramado del presente.

Es probable que algunos párrafos de este artículo merezcan un repaso.

Compartamos el mate y subrayemos, lector.

  * Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios / Sindical Federal

Dos reuniones: Virginia y Copenhague

Algunas declaraciones y documentos desconocidos que vale la pena conocer en una semana explosiva.

El Pentágono analiza la nueva situación. La Unión Europea prepara su guerra. Informes reservados que revelan acciones por venir. Graves cruces internos en Occidente.

 Por Gabriel Fernández *

El abrumador aluvión de informaciones internacionales sin eje ni aparente vínculo, viene complicando una observación certera del panorama. Es de interés trazar algunas líneas con epicentros adecuados para apaciguar las estridencias y determinar algunos factores que, sin agotar la lista de causales, permitan orientar la mirada. Muy en general, resulta necesario subrayar sucesos de vigor acaecidos y en desarrollo sobre el Reino Unido, los Estados Unidos y la Unión Europea.

La semana anterior se concretó la visita del presidente norteamericano Donald Trump al tándem gobierno y corona británicos. Las conversaciones del rubicundo con el rey Carlos III y el primer ministro Keir Starmer resultaron lo bastante intensas como para modificar asertos previos y delinear un horizonte preocupante para los emergentes multipolares; mientras estos insisten en establecer razones y ligar asertos con comportamientos, la gestión del Norte modifica continuamente sus premisas.

Tras la promisoria reunión en Anchorage, Alaska, el cónclave de Windsor, regenteado por las corporaciones asentadas parcialmente en la City londinense, redireccionó el planteo norteamericano en aspectos relevantes. Por un lado, Trump apuntó que Kiev podría abrazar los territorios recuperados por la Federación de Rusia en la contienda fronteriza; también, que los países que adquieren combustible fósil ruso tendrán que abandonar ese comercio; y como colofón, reposicionó a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) como protagonista global.

Este narrador estima que, al observar el conjunto de las “nuevas” consideraciones trumpianas, puede inferirse que el mandatario fue puesto en caja -al menos circunstancialmente- por el poder financiero. Ya no vapuleó al presidente de Kiev, Volodimir Zelenszky, ni se burló de Starmer indagando qué haría sin el respaldo estadounidense. Esos y otros gestos potentes, con orientación pacifista, habían sido presentados ante la opinión pública mundial desde el Salón Oval. Entre Washington y Windsor, pudo percibirse un cambio apreciable.

VIRGINIA. En el medio, mucho ruido, temas colaterales presentados por los medios concentrados como portadas relevantes, y escasa información de base acerca de la profunda caída de los Productos en las naciones centrales de Occidente. Puede comprobarse, desde ya, que los incendios callejeros en Francia, el creciente malestar en Alemania y las dificultades productivas en el Reino Unido (entre otras consecuencias de la transferencia de recursos hacia las compañías especulativas y armamentísticas, y la modificación de la estructura comercial petrolera y gasífera), no tuvieron difusión relevante.

Por estas horas empiezan a desplegarse dos reuniones importantes que evidencian la polémica interna atlantista acerca de forzar el horizonte en sentido flamígero. En Virginia, se congrega la conducción uniformada de la Defensa norteamericana; en Copenhage, también agitando banderas bélicas, se agrupa la Unión Europea. Ambos encuentros cuentan, usted lo sabe lector, con el auspicio general de las megaempresas que regentean los estados desterritorializados de Occidente y exigen guerra y finanzas para poder subsistir. Veamos.

El secretario de Guerra de los Estados Unidos, Pete Hegseth, convocó con urgencia a los altos mandos militares en una base del Cuerpo de Marines en Virginia. A la cita están llamados cientos de generales y almirantes apostados en todo el mundo. Los medios estadounidenses la calificaron como una convocatoria “sumamente inusual”. Las fuentes especializadas en Defensa respondieron con azoramiento las consulta: “¿Estamos sacando a todos los generales y oficiales de primera clase del Pacífico ahora mismo?”, indagó retóricamente una de las más avezadas. “Todo esto es extraño”.

Según los especialistas en la realidad militar norteamericana esta decisión está vinculada a cambios dispuestos por la Administración de Trump en el Pentágono y coincide con una nueva estrategia de defensa nacional. Cabe recordar que a comienzos del mes que concluye, el estentóreo suscribió una orden ejecutiva que otorgó al Departamento de Defensa el título de Departamento de Guerra. “Creo que es un nombre mucho más apropiado, especialmente a la luz de la situación actual en el mundo”, afirmó al anunciar la medida.

“Este cambio de nombre no se trata solo de cambiar el nombre, se trata de restaurar. Restaurar el ‘Ethos’ Guerrero, restaurar la victoria y la claridad como instinto, restaurar la intencionalidad en el uso de la fuerza”, explicó Hegseth ese mismo día. Uno de los politólogos consultados por esta secuencia apuntó que “los Estados Unidos estarían considerando reorientar sus estrategias y cambiar sus prioridades”. Sin embargo, el sentido de la reorientación no se presenta tan claro.

El medio especializado Político señaló que, en el borrador del documento, en manos del secretario de Defensa, se propone “poner las misiones domésticas y regionales por encima de contrarrestar a adversarios como Pekín y Moscú”. Indicó que este paso representaría un alejamiento importante de trocha recorrida por las anteriores administraciones estadounidenses, incluido el primer mandato de Trump, cuando también él calificaba a China como el principal rival de su país.

Para absorber la dimensión de la niebla impuesta sobre los acontecimientos, otra fuente experta familiarizada con el documento, aseveró que este giro “no parece estar en absoluto alineado con las posturas agresivas del presidente Trump hacia China”.

Politico señaló que la elaboración del documento fue dirigida por el subsecretario de Defensa, Elbridge Colby, conocido por sus opiniones “aislacionistas”. Precisó que, “a pesar de su trayectoria como halcón con respecto a China, Colby se alinea con el vicepresidente, J.D. Vance, en el deseo de desvincular a Estados Unidos de compromisos extranjeros”. Anteriormente, Colby había desempeñado un papel clave en la breve suspensión de la ayuda militar estadounidense a Ucrania, así como en la revisión del acuerdo de submarinos con el Reino Unido y Australia en el marco de AUKUS.

De ser así, el Como te digo una cosa te digo la otra, pasará a configurarse como táctica oficial del gobierno norteamericano.

COPENHAGUE. En tanto, los jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea se reunirán en Dinamarca el próximo 1 de Octubre para debatir cómo reforzar la defensa común de Europa y el apoyo a Ucrania. Según analistas del Viejo Continente, lo harán “en medio de la alarma generalizada provocada por las incursiones de drones y aviones rusos en el espacio aéreo de varios Estados miembros y aliados de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) en lo que parece ser una nueva fase de provocaciones por parte del gobierno ruso”.

El dislate está a la vista, pero los convocantes se encuentran muy convencidos de sus diagnósticos. En un paper difundido pocas horas atrás, uno de los estrategas -por asi llamarlo- de la UE, puntualizó que “El presidente ruso ha decidido escalar su panoplia de ataques híbridos mediante invasiones del espacio aéreo, interferencias de los sistemas de navegación de aeronaves civiles que transportan líderes políticos europeos, sabotajes de nuestros aeropuertos, sobrevuelos de naves y bases militares, con vistas a testar nuestra reacción en términos militares y políticos”. ¿Para qué? “En primer lugar, evalúa nuestras capacidades de respuesta militar (tiempos de reacción, recursos movilizados, procedimientos de toma de decisiones, cadenas de mando y control) y, en segundo lugar, pone a prueba nuestra determinación política colectiva, unidad de acción y coherencia interna. Es de temer que continúe e incluso incremente su campaña de provocaciones en el futuro”.

El análisis destinado a entornar las conversaciones en Copenhague evidencia cruces internos bien fuertes y su lectura da cuenta de varios contrastes con la postura norteamericana. Fíjese: “Contra drones rusos fabricados de gomaespuma y madera portadores de una carga explosiva y un algoritmo, de un coste de unos 1.000 euros la unidad, los europeos debemos activar carísimos misiles ´Patriots´ o despegar sofisticados cazas de combate F-35. Esta desproporción abismal de costes es insostenible. A día de hoy no disponemos de sistemas terrestres de artillería multinivel (largo, medio y corto alcance) capaces de derribar baratos y básicos drones enemigos. Esta incuria de planificación estratégica y operativa aliada tras tres años y medio de la guerra en Ucrania es inexplicable”.

La algarada, que parte de la premisa de calificar la situación como una ofensiva rusa contra Europa, continúa: “Nos situamos pues en una incómoda posición defensiva, reactiva a la ofensiva híbrida de Moscú. Y es que una de las características inherentes de toda amenaza o ataque híbrido es que el agresor cuenta con la inestimable ventaja de la iniciativa, decidiendo a su arbitrio el ritmo y alcance de la escalada o desescalada de la confrontación, mientras que el agredido opera a oscuras, ignorando la naturaleza, intensidad y propósito último del ataque o serie de ataques”.

Preste atención: “Eso obliga a la víctima a calibrar y ponderar cuidadosamente la respuesta, pues si no reacciona con la contundencia precisa anima al agresor a una escalada, pero si sobre reacciona provoca una escalada no deseada del conflicto. Y hasta dotarnos de las capacidades antidrones necesarias, bien haríamos en aprender de nuestros amigos ucranianos que han desarrollado una eficaz industria nacional de drones, cuya utilización no requiere permisos de terceros, con un alcance y precisión crecientes, capaces de abatir entre un 80-90% de los drones rusos y de alcanzar objetivos legítimos (refinerías, oleoductos, depósitos de armas y combustible, infraestructuras militares críticas) en territorio ruso”.

Entonces, al punto: “Por ende, la ayuda más eficaz, así como la mejor garantía de seguridad que podemos ofrecer a Ucrania, es reforzar sus capacidades militares y convertir sus Fuerzas Armadas, que ya son las mejor preparadas para la guerra de toda Europa, en suficientemente potentes para repeler la criminal agresión rusa y disuadir futuros ataques. Para ello, hemos de integrar con celeridad sus capacidades militares en la Europa de la defensa, nuestros estados mayores, estructuras de mando y control, con especificaciones homologadas y estandarizadas de equipos y sistemas, la participación en programas conjuntos de armamento y tecnológicos duales, así como en cursos de formación y adiestramiento”.

Señala el documento que “Todo ello requerirá unas disponibilidades financieras suficientes, previsibles y constantes. La Comisión ha aprobado en marzo pasado un ambicioso programa de movilización de unos 800.000 millones de euros hasta 2028, año de comienzo de las próximas perspectivas financieras plurianuales, en las que se prevé un fondo de defensa europeo dotado con unos 135.000 millones. Es muy alentador que los 150.000 millones de euros del programa SAFE para adquisiciones conjuntas militares, en forma de préstamos en condiciones muy ventajosas (con intereses muy bajos y un periodo de carencia de 10 años), haya sido ya atribuido en su totalidad a los 19 Estados miembros que lo han solicitado”. De las secuelas de semejante aspiradora de recursos, ni una palabra.

Por si quedan dudas: “La Comisión ha propuesto utilizar 140.000 millones de euros de los fondos soberanos rusos confiscados y retenidos en bancos europeos para financiar el esfuerzo bélico de Ucrania y la posterior reconstrucción del país. Una decisión, sin duda, controvertida para muchos por su indudable impacto negativo en la credibilidad del sistema financiero europeo basado en su seguridad jurídica, fiabilidad y previsibilidad. Pero en esta coyuntura bélica tan excepcional es una medida justificada. Putin ha de resarcir a Ucrania por su injustificable guerra de agresión”. Después se preguntan porqué los BRICS + fortalecen su banco.

Algo de franqueza contribuye a fundamentar el incomprobable examen. El vaciamiento de los Estados no está siendo suficiente para afrontar la firme determinación multipolar. A ver. “El esfuerzo de financiación pública ha de verse acompañado por la movilización de recursos privados. Hasta ahora, la inversión de la banca privada en seguridad y defensa estaba considerada de alto riesgo por los dilatados plazos temporales de los posibles retornos y la necesidad de aprovisionar fuertemente los créditos, por lo que las agencias de calificación internacionales penalizaban a las entidades financieras que lo hacían. Además del coste de prestigio en que se incurría por la mala imagen de la inversión en defensa. La decisión del Banco Europeo de Inversiones (BEI) de triplicar en 2025 su financiación de proyectos de defensa hasta los 3.000 millones es muy encomiable, no tanto por el modesto importe de los préstamos cuanto por el efecto arrastre que puede provocar en las entidades privadas europeas, una vez roto el hielo”.

Y un garrotazo para aquél gallinero: “No podemos ni debemos renunciar, pese a la resistencia opuesta por algunos Estados miembros, a discutir la conveniencia y oportunidad de emitir deuda mutualizada en forma de bonos europeos de defensa. Sería erróneo descartar a priori recursos y palancas de financiación disponibles, proporcionales al desafío existencial a nuestra seguridad compartida”.

Finalmente, junto a las amonestaciones, las instrucciones: “Pero, más allá de la urgente necesidad de dotarnos de recursos y medios militares adecuados y de movilizar disponibilidades financieras suficientes, hemos de articular una respuesta política firme, unitaria y sin fisuras a las provocaciones de Putin. El autócrata ha de interiorizar nuestra resolución a defendernos y derrotar su aventurerismo bélico. En todo momento y lugar. Hasta forzarlo a cambiar sus erróneos cálculos estratégicos y llevarlo a la mesa de negociación de una paz justa y duradera para Ucrania. Este es el mensaje que acordarán sin duda nuestros líderes políticos en las dos reuniones (informal y formal) del Consejo Europeo de octubre”.

DEGENERADOS INSIGNIFICANTES. Como cierre, vale considerar la réplica lanzada con altavoz por el vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia y ex presidente del país, Dmitri Medvédev, Esta mañana indicó que los líderes europeos no serán capaces de desatar una guerra contra Rusia pese a su retórica belicista. En su canal de Telegram, Medvédev argumentó que los países europeos “son vulnerables y están desunidos”, solo “pueden perseguir sus propios intereses intentando sobrevivir en el caos económico actual” y, por tanto, “simplemente no pueden permitirse una guerra con Rusia”.

Fue más lejos, y se sabe que encarna intereses profundos del Kremlin. Dijo que otra razón por la que Europa no puede iniciar una guerra contra Moscú son sus líderes. “Los líderes europeos son unos degenerados insignificantes, incapaces de asumir la responsabilidad de ningún asunto serio. Carecen de pensamiento estratégico, y mucho menos de la pasión necesaria para tomar decisiones militares acertadas”. Añadió que la ciudadanía europea, en su mayoría, es “inerte y decadente” y no está dispuesta a “luchar por ningún ideal común, ni siquiera por su propia tierra”.

Este es un tramo apasionante de la historia, lector. Harto riesgoso, como se observa.

En tanto, Trump sigue generando inquietudes a diestra y siniestra.

 *Area Periodística Radio Gráfica / Director La Señal Medios 

Fuentes Seguras. El banquete en el castillo de Windsor

La visita de Donald Trump al Reino Unido. El gran banquete y sus protagonistas. Las charlas con Carlos III y Keir Starmer. La City londinense y sus empresas.  

Por Gabriel Fernández *

Mientras los BRICS + hacen esfuerzos intensos -y exitosos- por limar los desacuerdos históricos y se posicionan conjuntamente ante varios desafíos internacionales, el centro occidental fuerza el tranco para agrupar naciones que, además de padecer una dramática caída económica, no logran acordar el perfil bélico que ha dinamizado su accionar en el pasado inmediato. Un ejemplo bien singular se observó en la semana que concluye, durante la visita estelar del presidente Donald Trump al Reino Unido.

El día miércoles, el rey Carlos III informó al mandatario norteamericano acerca del malestar del bloque financiero coordinado desde la City londinense y la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) ante el impulso -irregular, por cierto- del gobierno republicano para apaciguar tensiones guerreras y re dirigir sus recursos hacia la economía interior. La profundización y, eventualmente, la invención de conflictos armados, han pasado a configurar el estandarte trascendente del atlantismo.

“En dos guerras mundiales, luchamos juntos para derrotar a las fuerzas de la tiranía”, dijo Carlos al presidente Trump en un banquete de estado bajo la bóveda del Salón St. George del Castillo de Windsor. “Hoy, mientras la tiranía amenaza una vez más a Europa, nosotros y nuestros aliados nos unimos en apoyo a Ucrania para disuadir la agresión y asegurar la paz”. En sintonía, dos altos funcionarios del área de Relaciones Exteriores británica plantearon, aparte y en detalle, la situación a delegados equivalentes de la formación visitante.

Según los analistas de la CNN con acceso a uno de los protagonistas directos, “fue un recordatorio notable, aunque amable, a su invitado de que la participación estadounidense en el esfuerzo occidental para disuadir la guerra de Rusia sigue siendo un imperativo necesario y urgente, incluso cuando Trump parece dudar en aplicar nuevas sanciones a Moscú y parece, nuevamente, molesto con el líder de Ucrania por no aceptar un acuerdo”.

Al decir del informante, el Reino Unido efectuó una recepción ostentosa al rubicundo para que se perciba la importancia que le asigna a la continuidad de acuerdos militares, aunque también económicos, en la relación entre ambas naciones. “La cuestión de Ucrania se destaca como un área que pondrá a prueba la capacidad del legendario poder blando del Reino Unido para convencer a Trump de que aumente su presión sobre el presidente Vladimir Putin” explicó. El lector ya comprende que el alineamiento geopolítico está en juego.

Los estudiosos que conocen a fondo la interioridad de la Unión Europea (UE) saben que más allá de la distancia que impuso el Brexit, los países de ese nucleamiento se encuentran expectantes en la vivificación de la guía histórica que implica la corona sobre los comportamientos de las colonias americanas. Al respecto, otro periodista que sigue el desarrollo de estos vínculos, resaltó ante quien redacta que “la esperanza de algunos funcionarios europeos es que esta ofensiva pueda inculcar en Trump una nueva apreciación de la larga historia del papel de los Estados Unidos en la seguridad europea y una nueva perspectiva de acciones contra Rusia”. 

TANTA PROPAGANDA. Como se sabe, en los meses recientes se desplegaron campañas mediáticas abrumadoras sobre una presunta ofensiva de la Federación contra el Viejo Continente. Casi nadie por allí escuchó las severas desmentidas de Putin y el consecuente planteo de la República Popular China sobre la necesidad de resolver los litigios en paz, a través del diálogo. El combinado compuesto por la UE, la OTAN y el Reino Unido parece necesitar casi desesperadamente que las Fuerzas Armadas rusas generen algún tipo de agresión que pueda justificar una réplica potente. Por lo pronto, pretenden forzar la continuidad del contraste en la frontera euroasiática y anular toda búsqueda de distensión.

El tema estuvo presente en la conversación del jueves entre Trump y el primer ministro Keir Starmer. Según la información surgida en la isla, el laborista intentó persuadir al rubicundo para que adopte una postura más dura hacia Moscú. Ese armado consiguió un éxito suave, pues el viernes Trump señaló que la posibilidad de un acuerdo pacífico se había alejado. Vale leer lo acaecido de este modo: el poder real, profundo, atenuó la declamación pacifista que caracterizó al estadounidense hasta poco tiempo atrás.

En Chequers, la residencia de campo del primer ministro en Buckinghamshire, ambos dirigentes recorrieron el archivo de Winston Churchill; la puesta en escena fue interpretada como otro recordatorio del papel que los Estados Unidos desempeñaron durante la Segunda Guerra. No fue una visita de estudios destinada a mejorar la formación historiográfica del estentóreo. Sin embargo, nadie se anima a indicar qué sucederá de aquí en más, pues la volatilidad de las opiniones de Trump viene sorprendiendo a diestra y siniestra. El como te digo una cosa te digo la otra, se ha instituido cual forma expresiva cotidiana.

Al decir de la CNN los comentarios de Carlos III “fueron redactados con la colaboración del gobierno británico. Y el rey —quien, según fuentes, está al tanto de las negociaciones del alto el fuego— ha mostrado previamente su disposición a apoyar la causa ucraniana. En marzo, Carlos recibió al presidente Volodymyr Zelensky en Sandringham, su residencia privada, tres días después del explosivo altercado entre el líder de Ucrania y Trump en el Despacho Oval”.

Antes de emprender el viaje, Trump había apuntado que Zelensky “tendrá que ponerse en marcha y llegar a un acuerdo. Tendrá que llegar a un acuerdo. Zelensky tendrá que llegar a un acuerdo”, Está claro que, entre la Casa Blanca y Windsor, cambió su parecer. Vale recordar que el mandatario norteño subrayó que “Europa tiene que dejar de comprar petróleo a Rusia. ¿De acuerdo? Ya saben, ellos hablan. Pero tienen que dejar de comprar petróleo a Rusia”, añadió.

Todo esto se desliza, lector, ante los ojos de quienes quieren ver mientras Europa padece los resultados del atentado norteamericano – noruego contra el Nord Stream, mientras sus economías canalizan ingentes recursos hacia la Defensa para contentar a las grandes corporaciones financiero armamentísticas, mientras se deteriora el vínculo con los mercados asiáticos y mientras recibe menos recursos naturales de la díscola Africa. El resultado, todavía incipiente, de semejante retracción es el comportamiento rebelde de grandes masas en Francia, con esquirlas sobre Alemania, Grecia e Italia. Y en el mismísimo Reino Unido.

Volvamos a la (pre) suntuosa presión británica.

Los periodistas Shawn McCreesh y Maggie Haberman presentaron un detallado y atractivo repaso analítico sobre los invitados al gran banquete. Este narrador estima grato asomarse a la crónica.

EL PODER REAL. “En lo que respecta a los banquetes de mendigos, este fue bastante rico.

Allí estaban sentados, codo con codo, algunas de las personas más ricas, influyentes y con mejores contactos del mundo, todos juntos ante una larga mesa dentro de un castillo de casi mil años de antigüedad. El invitado de honor estaba en el centro de la mesa, vestido de etiqueta rigurosa, y lucía más feliz que nunca. Estaba siendo tratado como un rey por un rey de verdad.

La cena de Estado que el rey Carlos III ofreció para el presidente Donald Trump el miércoles por la noche en el Castillo de Windsor pareció una nueva cúspide para Trump: un escaparate reluciente de los poderosos superándose a sí mismos para ganarse (o conservar) el favor de un presidente cuyo segundo mandato se ha caracterizado por las demostraciones de poder bruto. Esas demostraciones han adoptado cada vez más la forma de represalias contra enemigos percibidos en casa y alianzas destrozadas en el extranjero.

“El vínculo entre nuestras dos naciones es realmente extraordinario”, dijo Carlos. “Al renovar nuestro vínculo esta noche, lo hacemos con una confianza inquebrantable en nuestra amistad y en nuestro compromiso compartido con la independencia y la libertad”.

El presidente parecía sumamente complacido por todo aquello; no pareció molestarse lo más mínimo cuando el rey aprovechó su discurso para aludir delicadamente a cuestiones medioambientales y a la necesidad de apoyar a Ucrania.

Trump se levantó y galanteó: “Es un privilegio singular ser el primer presidente estadounidense recibido aquí” (otros presidentes estadounidenses han sido recibidos en Windsor —incluido Trump en su primer mandato—, aunque no en una cena de Estado. Normalmente, estas cenas se celebran en el Palacio de Buckingham, en Londres, pero ese viejo palacio está en obras de reforma).

El objetivo del Reino Unido está claro: la realeza trabajaba junto con el gobierno británico, prodigando atenciones y honores al presidente el miércoles para que sea más flexible en las negociaciones con el aliado más antiguo de Estados Unidos en su reunión diplomática del jueves con el primer ministro.

¿Pero qué pasa con el resto de la mesa? Había 160 personas sentadas en esa sala de banquetes. Y 1452 cubiertos sonando y raspando en manos de magnates de los medios de comunicación, financieros, políticos y magnates de la tecnología. Entre los poderosos había algunos miembros del gabinete de Trump y los asesores de más alto rango de la Casa Blanca.

La lista de invitados de la cena del miércoles debería guardarse en el castillo y estudiarse dentro de otros mil años como un documento fascinante sobre la historia de Occidente. No se trataba de una mesa de cantantes de pop, estrellas de cine, famosos o figuras de la moda, cuya compañía Trump a menudo ha buscado. No se trataba del poder de la celebridad. Se trataba del poder real.

El primer ministro británico, Keir Starmer, estaba sentado junto al financiero neoyorquino y director ejecutivo de Blackstone, Stephen Schwarzman. El asiento del director ejecutivo del Bank of America, Brian Moynihan, estaba en ese lado de la mesa. También el del niño rey de la inteligencia artificial de Silicon Valley, Sam Altman, a quien pusieron al lado de Kemi Badenoch, la líder del Partido Conservador británico. Demis Hassabis estaba allí (dirige DeepMind, el hermético laboratorio londinense de IA propiedad de Google), y también Satya Nadella, el mandamás de Microsoft, y Marc Benioff, el cofundador de Salesforce. Tim Cook, el director de Apple, también estaba allí.

La presencia de Cook en particular parecía notable. Hace solo unas semanas apareció en el Despacho Oval, con las cámaras rodando, para entregar a un radiante Trump un trozo de cristal de Corning hecho a mano en un soporte de oro de 24 quilates. Era un trofeo destinado a mostrar la inversión de su empresa en Estados Unidos, pero también a ayudar a arreglar su relación con Trump, a quien molestó que el ejecutivo de Apple decidiera no unirse a sus colegas titanes de la tecnología en Medio Oriente el pasado mes de mayo con motivo de la visita del presidente a la región. Trump se percató de la ausencia de Cook y se mofó públicamente de él durante dos paradas del viaje.

Así pues, allí estaba Cook el miércoles, sentado junto a Tiffany Trump en la sala del banquete. Aparte de la primera dama, Melania Trump, que estaba sentada entre la reina Camila y el príncipe Guillermo, Tiffany y su marido eran los únicos parientes de Trump que asistieron.

Pero hubo un invitado a la cena del miércoles cuya presencia pareció especialmente reveladora. Al otro lado de la mesa, frente a Cook y unos cuantos asientos a la derecha, estaba sentado el magnate de los medios de comunicación Rupert Murdoch. Él y Trump tienen una larga y complicada relación intermitente. Sin duda, la situación está en crisis en estos momentos: hace unos meses, The Wall Street Journal —la joya de la corona del imperio periodístico de Murdoch— publicó una historia sobre la antigua amistad de Trump con el difunto delincuente sexual Jeffrey Epstein, lo que llevó al presidente a negar la historia y demandar al periódico y a su propietario. La demanda de Trump se convirtió en algo especialmente personal; exigió, con éxito, que Murdoch, de 94 años, proporcionara información actualizada sobre su estado de salud, después de que el presidente presionara para que fuera depuesto en cuestión de días.

La posición de Murdoch en la sala del banquete estaba lo suficientemente alejada en la mesa como para quedar fuera del campo de visión del presidente y, sin embargo, allí estaba, escuchando un discurso sobre la grandeza de Trump. (Curiosamente, el barón de la prensa estaba sentado al lado de Morgan McSweeney, el jefe de gabinete y mano derecha del primer ministro, quien actualmente es muy criticado en los medios de comunicación, especialmente en las páginas de —lo has adivinado— los periódicos de Murdoch).

Incluso en esta noche de máximo beneplácito, el apetito de Trump por represalias no se sació. Cuando terminó la cena, publicó alegremente en las redes sociales que la cadena ABC había retirado indefinidamente del aire el programa de Jimmy Kimmel, comediante y crítico de Trump. También publicó que designaría al movimiento “Antifa” de “GRAN ORGANIZACIÓN TERRORISTA”. Todo esto lo hizo mientras se preparaba para pasar la noche dentro del castillo.

El Castillo de Windsor es descrito a menudo como el castillo habitado más antiguo y grande del mundo, pues ha estado en uso casi continuo desde que Guillermo I lo construyó después de la conquista normanda de 1066. Tiene un foso, gruesos muros de piedra y un laberinto de habitaciones. El inmenso salón de banquetes contiene los escudos de los Caballeros de la Jarretera, que datan de 1348. Las armaduras pulidas miran hacia la mesa desde plintos tallados en los muros.

Fuera de las puertas de ese castillo, Trump debe volver a un mundo que no necesariamente lo ve —o, al menos, no necesariamente lo tratará— de la misma manera que lo hicieron los poderosos hombres y mujeres reunidos en el Castillo de Windsor. La semana pasada, cuando el presidente salió de la Casa Blanca para cenar fuera en Washington por primera vez desde su regreso, dentro de un restaurante le gritó un grupo de manifestantes que, mientras apoyaban a Gaza, lo comparaban con Adolf Hitler. Fueron sacados del lugar.

Sin embargo, en el Reino Unido, la noche anterior a la cena de Estado, manifestantes proyectaron en los muros del castillo imágenes de Trump socializando con Epstein, un recordatorio del furor político que le espera en su país.

Al fin y al cabo, las fortalezas están diseñadas para mantener al mundo fuera. Y ningún banquete dura para siempre”. 

LOS PARAÍSOS. Ya que se llegó a esta instancia, es de valor emplearla cual trampolín para llegar más lejos. Pocos meses atrás, en estas páginas se presentó una investigación destinada a conocer las compañías que caracterizan a la City de Londres y, como extensión, a las que transmutaron espacios internos norteamericanos y pasaron del acero al óxido. El material completo, textos previos y derivas posteriores, se encuentra en la nueva edición de Fuentes Seguras. La era de los BRICS +, de reciente publicación. Evoquemos sintéticamente, los ejes.

La City londinense ha sido equiparada al Vaticano y a Wall Street pues, aunque no es un Estado propiamente dicho, contiene una excentricidad administrativa que presta poca atención a las instrucciones del gobierno central, del Parlamento y, bastante grave, de la Justicia británica. En realidad, los analistas más perspicaces señalan que el proceso es inverso y esta milla (2,6 kilómetros cuadrados) auto centrada influye sobre esas y otras instituciones. Hasta cuenta con su policía y con una suerte de intendente (Lord Major) que recorre el mundo proclamando las virtudes del libre comercio.

En realidad, se trata del paraíso fiscal más grande del planeta.

La City está ubicada en el centro de Londres. Allí viven unas 10 mil personas y cada día entran a trabajar 350.000, más del 80% empleadas en el sector financiero. Hace tiempo superó a la región parasitaria de Nueva York. Cada tanto, aparecen manifestantes ante la Catedral de St Paul; denuncian la avaricia de los financistas. Como tantos luchadores en el mundo hacen saber que el poder político, de hecho, lo tienen las grandes empresas.

Sin embargo, son escasos los empresarios realmente importantes que habitan allí. Sus mansiones están ubicadas en parajes inaccesibles y controlados por una seguridad a medida. Las instrucciones llegan a las gerencias mediante los elementos que ofrecen las nuevas tecnologías. Algunos concurren a Davos, otros a los cónclaves del Club Bilderberg -se ha puesto de moda decir que esos dos centros del capitalismo rentístico carecen de poder e importancia, lo cual no es cierto-, pero siempre que pueden evitan el contacto directo, envían sus decisiones a la distancia e interactúan tecnológicamente.

Este párrafo merece ser tomado en cuenta pues son varias las confusiones propias de la idealización que merecen despejarse. Una de ellas es que toda persona que tiene grandes casas y autos de alta gama es parte del poder centralizado. Nada de eso. Luego, que siempre hay alguien más detrás de las grandes corporaciones, donde radica el misterio del orden planetario. Tampoco. Detrás de las megaempresas financieras, están las megaempresas financieras. No hay marcianos, como hemos apuntado oportunamente.

Sin demasiados arabescos, la BBC señala que “Es un centro de negocios más que un sitio donde vive la gente”. En su momento, mediante un diseño institucional adelantado a su tiempo, la City jugó un importante papel histórico destinado a limitar y orientar a la monarquía. Sus particularidades son “inmemoriales”, aunque hay quien asegura que datan de Guillermo el Conquistador, normando que se hizo con el trono de Inglaterra en 1066. Desde entonces, la City ha disfrutado de una serie de privilegios que se acrecentaron periódicamente.

Como indica el historiador y militante Maurice Glasman, “están fuera del alcance de la ley”; “La City actúa como un Estado dentro del Estado”. Al lector le interesará descubrir que Glasman ha creado el Blue Labour, una vertiente interna del Partido Laborista (PL) que cuestiona el progresismo y se proclama industrialista. Como si eso fuera poco, este referente fue el único dirigente de ese espacio político que asistió a la reciente investidura de Donald Trump. Lo invitó especialmente el ahora vicepresidente, JD Vance, con quien ha trabado amistad.

Según Tom Nairn, filósofo y periodista escocés, la apuesta por convertir la City en un centro financiero llegó con la caída definitiva del Imperio británico. Audaz, apuntó que “Cada vez menos competitiva en el marco de la nueva economía mundial, la élite gobernante buscó compensar su pérdida del control del mercado mundial del dinero construyendo un centro financiero en el corazón de Londres”. “Una parte de la capital de Inglaterra fue en efecto convertida en un paraíso fiscal del capitalismo internacional, con una considerable independencia del menguante capitalismo nacional”. Nairn, promotor de una nueva izquierda y de la independencia escocesa, fue hostigado hasta su muerte, apenas dos años atrás.

LOS PROTAGONISTAS. Ahora bien, ¿Cuáles son las empresas que operan con epicentro en la City? La pregunta no es antojadiza, pues de su respuesta surge el conocimiento parcial de los titiriteros de aquellos políticos europeos que actualmente debaten allí.

La City alberga firmas como Barclays PLC, HSBC Holdings plc y Lloyds Banking Group plc. Otras empresas importantes son Barclays Bank PLC (Barclays), British Petroleum PLC (BP), AIG Europe Ltd., Deutsche Bank AG London Branch y Lloyd’s of London. Hay bastante más y vamos a recorrer sus nombres y sus contenidos.

Al igual que en otras ediciones de esta secuencia, este redactor intenta identificar a quienes denomina habitualmente grandes corporaciones.

Aldermore Group plc. Aldermore Group plc es un banco con sede en el Reino Unido que ofrece servicios de banca personal y empresarial. La empresa se fundó en 2007, tras ser adquirida por Resolution Trust Corporation (RTC) a NS&I Life Assurance Society plc. Opera desde Londres, Birmingham, Leeds, Glasgow, Liverpool y Manchester. En 2017 contaba con unos activos totales de 19.000 millones de libras esterlinas y más de 13 millones de clientes.

Anglo American plc. Anglo American plc es una empresa minera y metalúrgica que opera en Sudáfrica, Estados Unidos, Brasil, Chile, Australia entre otros países. Es una de las mayores compañías mineras del mundo. Tiene su sede en la City de Londres y oficinas en todo el mundo. 

Ashtead Group plc. Es una multinacional británica de servicios inmobiliarios con sede en Londres, Inglaterra. Ashtead está especializada en servicios de gestión e inversión inmobiliaria para particulares, empresas e instituciones, incluidos propietarios y ocupantes de inmuebles, bancos, compañías de seguros y fondos de pensiones. La empresa ofrece una gama de servicios tales como gestión de activos, soluciones de externalización (como gestión de instalaciones), gestión de proyectos (incluida la promoción inmobiliaria), servicios de arrendamiento.

Ashmore Group plc. Se trata de una gestora de inversiones. La empresa fue fundada en 1968 y tiene su sede en Londres. Ashmore Group plc opera como filial de Ashmore Investment Management Ltd., que actúa como sociedad matriz de sus filiales. La empresa presta servicios de gestión de inversiones a inversores institucionales y particulares con grandes patrimonios a través de cuentas separadas, fondos de inversión y otros vehículos de inversión colectiva en una serie de clases de activos como bonos, acciones, materias primas y divisas.

Associated British Foods plc. Associated British Foods plc es una multinacional británica de transformación y distribución de alimentos. Opera en el Reino Unido, Europa, África y Norteamérica y emplea a más de 60.000 personas en todo el mundo. A 28 de diciembre de 2017 tenía una capitalización bursátil de 13.000 millones de libras. La corporación se creó en 1929 cuando George Weston Limited (fabricante de Primula) se fusionó con United Biscuits Limited (fabricante de Jaffa Cakes) para formar Associated Biscuits Limited. En 1958, la empresa cambió su nombre por el de Associated British Foods al fusionarse con G M Balfour & Co Ltd (productores de Bird’s Custard Powder), Ryvita Ltd y Twinnings & Co Ltd (productores de Twinings Tea). En 1970, adquirió el fabricante estadounidense de confitería ITT Sheraton a International Telephone & Telegraph Corporation por 27 millones de dólares (12 millones de libras).

AstraZeneca plc. AstraZeneca plc es una multinacional farmacéutica y biofarmacéutica británico-sueca con sede en Londres, Reino Unido. Es la tercera empresa farmacéutica del mundo por ingresos (después de Johnson & Johnson y Pfizer) y la mayor empresa biotecnológica por capitalización bursátil. Cotiza principalmente en la Bolsa de Londres y forma parte del índice FTSE 100. En 2015, operaba en más de 90 países y su sede central se encontraba en Hounslow, al oeste de Londres. AstraZeneca ha desarrollado más de 300 nuevos medicamentos desde el año 2000 en diversas áreas, como el tratamiento del cáncer (inmuno-oncología), enfermedades cardiovasculares (inhibidores de PCSK9) y neurociencia/psiquiatría (trastorno bipolar).

BAe Systems plc. BAe Systems plc es una multinacional británica de defensa, seguridad y aeroespacial. Opera en los ámbitos aéreo, terrestre y marítimo, así como en el espacial. En 2015 era el cuarto mayor contratista de defensa del mundo por ingresos de defensa y estaba entre las 30 mayores empresas británicas por ingresos. Como las demás, también tiene su sede en Londres, donde se encuentra su oficina ejecutiva principal; otras oficinas importantes incluyen Farnborough (Reino Unido), Washington D.C., Arlington County Virginia EE.UU., Ottawa Canadá y Melbourne Australia.

Barclays plc. Barclays plc es una multinacional británica de servicios bancarios y financieros con sede en Londres. Es un banco universal que opera en banca minorista, mayorista y de inversión, así como en gestión de patrimonios, préstamos hipotecarios y tarjetas de crédito. Cuenta con más de 7.500 sucursales en 60 países y territorios de África, Asia, Europa, Norteamérica y Sudamérica. Barclays emplea aproximadamente a 130.000 personas, aunque esta cifra varía debido a sus numerosas adquisiciones a lo largo de los años; cotiza tanto en la Bolsa de Nueva York (BARC) como en la de Londres (BCS). Barclays tiene dos estatus principales: cotiza en bolsa para los inversores de EE.UU. con el símbolo BCS desde 1971; cotiza en bolsa privada para los inversores de fuera de EE.UU. con el símbolo BARC desde 1998.

BG Group plc. BG Group plc es una multinacional británica del petróleo y el gas con sede en Londres. Opera en más de 70 países y se dedica principalmente a la producción de gas natural y gas natural licuado (GNL) en todo el mundo. Opera en cuatro segmentos: GNL, transporte y almacenamiento de gas, exploración y producción de petróleo y condensados; energías renovables; productos químicos; servicios petrolíferos; operaciones en terminales de GLP; actividades comerciales de crudo y productos, LGN y condensados (incluidos productos petroquímicos), así como otras actividades de apoyo a sus negocios upstream. La empresa fue fundada por Sir Marc Rich el 15 de diciembre de 1976, cuando fusionó sus dos empresas con la tercera filial británica de Shell – Shell Gas Limited – para crear BG Group plc. Más tarde, en 2007, vendió la mayoría de las acciones a Royal Dutch Shell por 5.000 millones de libras, pero conservó una participación del 11%, que aún posee. Sus actividades incluyen la exploración y producción, el refinado y la comercialización, la generación de energía y el comercio.

BHP Billiton Ltd. (Australia). BHP Billiton es una multinacional anglo-australiana de la minería, los metales y el petróleo con sede en Melbourne, Australia, y en Londres. Se constituyó el 30 de noviembre de 2001 mediante la fusión de BHP y Billiton plc. Es la mayor empresa minera del mundo por ingresos en 2013 y el mayor productor mundial de mineral de hierro y carbón. Las principales áreas de negocio de BHP Billiton son el petróleo (exploración y producción de petróleo), el cobre, el mineral de manganeso, el mineral de níquel y la producción de carbón; la producción de mineral de hierro; la fundición de aluminio y algunos negocios relacionados, como los servicios petrolíferos para plataformas de perforación en tierra y plataformas marinas, que son operados por Saipem SpA bajo contrato con BHP Billiton Oil & Gas (BOG).

Estas son algunas de las corporaciones que han crecido en base a la renta y los beneficios especiales de los Estados, a los cuales penetraron y forzaron a trasladar recursos originados en otras zonas de sus sociedades. Por eso, el primer ministro británico Keir Starmer es el anfitrión de la dirigencia política europea que se encuentra atada al control de la OTAN. El Reino Unido, por así llamar a estos conglomerados, observa que su principal ariete, los Estados Unidos, está siguiendo un sendero inadecuado.

De allí el acelerado respaldo ofrecido desde la UE al presidente ucraniano Volodímir Zelensky, después de su fortísima discusión con Trump y Vance. Los referentes políticos del Viejo Continente, cuyo poder electoral va cayendo progresivamente, no ligan con el interés geoeconómico profundo de sus pueblos y regiones, sino con las necesidades de las empresas concentradas. Esa es la clave de los tiempos que transcurren y allí radica el talón de Aquiles de las fuerzas que declaman democracia y libertad mientras operan en detrimento de la humanidad y en contra del empleo adecuado de sus más recientes avances científico técnicos. (*)

LA EVOLUCIÓN. Es difícil entrever las posibilidades con que Trump cuenta para realizar un juego propio. De entrada, nomás, resulta pertinente indicar que ese juego no es personal. Depende en buena medida de las empresas que necesitan un horizonte productivo para persistir sin diluirse en un mundo económico especulativo, del vigor interno de los estados y de su porosidad para absorber los intereses sociales; de su capacidad para utilizar las nuevas tecnologías y disponer de armas potentes cuya fabricación no ponga en problemas el equilibrio económico de la nación, de su sagacidad para afrontar la acción de las agencias de inteligencia.

El sendero hacia la Multipolaridad persiste y se relanza, como demuestra el acuerdo para construir Power of Siberia 2 desde Rusia, a través de Mongolia, hacia el noreste de China. Gazprom se afinca profundamente en la región. Como describió The Cradle: “El poder de Siberia 2 implica forjar un nuevo eje energético para eludir la hegemonía occidental”.

Sin embargo, carece de lógica estimar que el decurso está resuelto. Existe un día a día que resulta costoso: tal vez el caso más dramático, aunque no el único, sea el arrasamiento del pueblo palestino. De hecho, continúa y, más allá de algunos pronunciamientos enfáticos, nadie (rpt nadie) está quedando bien parado.

¿Qué derivación tendrá este genocidio? Es difícil saberlo, pero algunos elementos permiten inferir que será más densa que un alto el fuego. Por lo pronto, haciéndose eco de una idea que empezó a circular un año atrás, Egipto ha propuesto forjar un “bloque militar árabe”. Es preciso considerar el concepto: más allá de las dudas generadas por el gobierno emisor de la propuesta -a decir verdad, no hay protagonistas absolutamente confiables- cabe valuar la proyección de la unidad.

Desde hace tiempo, la Liga Arabe y, con más potencia, la Organización de Países Exportadores de Petróleo ampliada (OPEP +) muestran una tendencia a la coordinación y al acercamiento a los BRICS +. Está claro que la propuesta puede evaluarse tardía si se analiza la gravedad de los acontecimientos. Aunque también, que la conjunción de los tres espacios puede canalizar un vigor de enorme magnitud.

Cuando escucharon la iniciativa planteada por el presidente Abdelfatah Said Husein Jalil el Sisi, las agencias británicas retomaron operatorias en busca de su desplazamiento. Nunca confiaron en este general, pese a formarlo en el Joint Services Command and Staff College del Reino Unido. En su andar porta un aura que algunos identifican con historias muy intensas registradas décadas atrás.

Como se verá, los ingleses siempre andan por ahí. Volveremos sobre la cuestión más adelante, lector. Ahora, unos mates y a repasar aquello que valga la pena subrayar, y comentar. 

• Fuentes Seguras. La era de los BRICS +. Por Gabriel Fernández. Ediciones Itarg. Buenos Aires. Agosto 2025

** Imágenes y cobertura en Windsor The New York Times, CNN, AFP, BBC, Daily Mail.

Blog de WordPress.com.

Subir ↑