Ramon Carrillo y la tradición sanitaria nacional

Por: Manuel Fonseca

La salud, como la libertad o el poder, cobra valor cuando no se tienen. No da votos, no ocupa la agenda. Está ahí. Cuando desaparece el que puede paga y el que no, padece. Hubo una persona que pensó al revés y lo volvió obra. Ramón Carrillo quiso y pudo. Las reliquias de su legado se nos presentan como cuentas pendientes. ¿Quién fue y cómo pensó la salud Argentina? ¿Qué pistas nos ofrece para interpretar nuestra realidad sanitaria?

Lo material: la revolución de la capacidad instalada
Ramón Carrillo nació en Santiago del Estero, el 7 de marzo de 1906. Viajó a Buenos Aires a estudiar Medicina y se graduó con medalla de honor. Fue becado y se especializó en Europa de donde volvió consagrado como uno de los más brillantes neurocirujanos de la época. Puso en marcha el servicio de Neurocirugía del Hospital Militar y en 1942 ganó el concurso de profesor adjunto en la carrera de Medicina de la UBA. Tenía 36 años.

Cercano a FORJA, simpatizante de los militares nacionalistas del GOU y trabajador del hospital militar, católico, referente universitario. La excelencia de su formación y sus círculos de relaciones lo acercaron a Perón. Cuando lo trasladan de la Isla Martín García, Carrillo asiste al coronel encarcelado en el Hospital Militar y es quién oficia de “cartero” en los episodios del 17 de octubre.

En 1946 se convirtió en el primer Ministro de Salud de la Historia argentina. El país no contaba con una política sanitaria nacional. Las entidades previas al Ministerio de Salud (Protomedicato realista; Dirección Nacional de Higiene; Dirección de Salud Pública) se limitaban al control de focos infecciosos del puerto y a otras tareas de menor relevancia. El pueblo pobre sufría y los datos hablaban: provincias enteras en las que no había un solo hospital; la mortalidad infantil llegaba a los 300 por mil en las regiones más abandonadas (hoy las zonas de tasa más elevada como Corrientes están en los 17 por mil); y para 1940 un tercio de los argentinos aspirantes al ejército eran rechazados por incapacidad física y problemas de salud.

Antes de asumir como Ministro confeccionó un Plan Análitico de Salud, un documento de cuatro mil fojas que detalla uno por uno los problemas sanitarios y sus posibles soluciones a nivel nacional. Implementó un método de gestión basado en la planificación centralizada y la ejecución descentralizada, según las características, peculiaridades y necesidades de cada región del país.

A esta etapa debemos la organización por “niveles de atención” del sistema público. Es decir, Centros de Atención Primaria de la Salud (se calculan en unos 3,000); ampliación de camas y construcción de hospitales generales (se duplicaron las camas, de 66,300 en 1946 a 134,000 en 1954); construcción de más de 40 Institutos Especializados (del Quemado; de Oncología, de Hemoterapia, etc). Además, creó disciplinas (como la arquitectura hospitalaria), sistematizó un método de gestión e inventó una perspectiva organizativa. Según el propio Ministro: “todo depende de una eximia organización de los consultorios externos, fundada en la asistencia en equipo dentro de los mismos y en forma seriada; de ese modo, un peso invertido (…) rinde 5 veces más que el invertido en camas”.

Carrillo creó EMESTA, la empresa nacional de medicamentos destinada a impulsar la producción pública, pero sobre todo a orientar y fomentar la producción privada en el marco de un plan nacional de desarrollo. Se desarrolló un completo calendario de vacunación para la época e impulsó campañas de erradicación de enfermedades infecciosas, como el Paludismo del Noroeste Argentino.

Escapa a los propósitos de este texto un detalle de esta obra monumental en la que trabajó muchas veces en conjunto con la Fundación Eva Perón. Los nombres de esos hospitales, todavía de pie y dando pelea más de ochenta años después, son la prueba de una epopeya que no tiene comparación a nivel continental y que es poco o mal reconocida a nivel local. Todo para preservar “lo único permanente de una Nación: su caudal humano, que es potencial biológico y el futuro de todas las Patrias”.

Lo simbólico: ciencia y trascendencia
Para Carrillo, hay dos factores que condicionan la salud de un pueblo. El primero las condiciones sociales y materiales, y el segundo la “ignorancia, que impide toda difusión de una cultura sanitaria”. La principal arma con la que pelea es la organización de los servicios médicos organizados en niveles y con médicos generales. Se presta atención médica, pero también se educa a través de capacitaciones, videos y materiales de propaganda sanitaria. Por eso, muchos hospitales tenían sala de cine, y por eso también el pueblo tiene derechos y obligaciones: “es el responsable de su propia salud. El trabajo de los médicos es estéril si no se cuenta con su colaboración”.

Carrillo gestiona en un contexto de posguerra, de creación de las Naciones Unidas y de la Organización Mundial de la Salud como entidad sanitaria transnacional. Los problemas de rehabilitación de los soldados tras la guerra, la demanda de atención y asistencia social en los países empobrecidos, y el temor al avance del comunismo y sus ideas de equidad dan como resultado políticas de “bienestar” social en muchos países capitalistas. Las mismas se llevan adelante con distintos modelos solidarios que Carrillo estudia.

Son momentos de estupendos avances científicos y tecnológicos (infectológicos, de producción de antibióticos y vacunas, de desarrollo de estudios de laboratorio e imágenes médicas). Por eso se volvió hegemónica una mirada positivista de la salud centrada en los procesos biológicos. La OMS intenta ampliar esta mirada con su famosa definición de salud del año 1949 “como un completo estado de bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de enfermedades”.

Carrillo lleva mucho más lejos estos conceptos. La definición de la OMS es vacua si no se la llena de contenido político. Carrillo lo interpreta de esta forma: la base de nuestra doctrina sanitaria es la doctrina justicialista y, por eso, nuestra política sanitaria no será de atención sino de previsión social. Quiere decir: la atención biomédica es un derecho y todos los argentinos lo tienen por su condición; pero más importante que lo biológico es lo social: trabajo, vivienda y salarios son la mejor política sanitaria. Pero además de eso, quiere decir: más importante que curar, es prevenir. Este aforismo tan correcto como la mayoría de las veces intrascendente, se vuelve política pública y causa de Estado.

Nuestro Ministro sabe que los avances biomédicos son geniales, pero que, sin implementación política con criterios de equidad, no sirven. Es científico y humanista. Es higienista, pero no un policía médico. Es neurobiólogo, pero impulsa la medicina general y familiar. Si para Carrillo la misión más importante de la medicina es alargar la vida humana y evitar muertes prevenibles, la misión más importante de un funcionario público es ofrecer un sentido y propósito a esas vidas en el marco de un proyecto de revolución nacional. No es vivir por vivir. Con su obra dota las vidas que salva de un sentido de responsabilidad nacional. Es un patriota.

Que las personas vivan más y mejor, para que puedan trabajar más y mejor. Que las personas estén más sanas, para que estén más contentas, pero también para que produzcan más. Que lo humano ocupe el centro de la escena, no como humanos consumidores, sino como humanos que son parte de una comunidad -y de un Estado- que los ayuda, pero que les tiene que pedir responsabilidades a cambio.

Hasta acá podríamos decir que más allá de su genialidad personal, estas políticas no tienen nada de diferente a otras experiencias de “socialización de la atención médica”. Pero Carrillo profundiza: no se trata solo de prevenir siempre y de curar cuando se puede, sino del POR QUÉ de esa prevención. Queremos mantener al pueblo sano y prolongar la vida porque es bueno para la Patria, porque es más barato, porque mejora la productividad de los trabajadores, pero por sobre todas las cosas porque es lo justo y lo bello, lo correcto ante la mirada de Dios.

Esto se explica por su formación humanista cristiana. Así habla a pacientes y a médicos: “recordarles mi afecto a aquellos que sufren en hospitales, y recordarles el profundo sentido del cristianismo que nos manda aceptar el sufrimiento como una purificación”; e insiste en que “desea acogerse a las palabras del Gran Maestro como a un mandato, para decirnos, como él: yo estaba enfermo y me visitaste, lo que hagas por uno de estos, lo harás por mi”.

La tercera posición del peronismo es: ni yanquis ni marxistas. Por díscolos, por conveniencia, y por convicción. Para Perón, ambos lados de la contienda de la guerra fría son dos caras de la misma moneda. La explotación del hombre por el dinero, o por el Estado. Son, en definitiva, dos desviaciones materialistas que desmerecen la dimensión humana y trascendente de la humanidad. Insectifican al hombre. Carrillo lo aplica desde su profesión: “el triunfo de la medicina es ya no ser necesaria, de esa formase habrìa consumado el triunfo del espíritu sobre la materia, del bien sobre el mal”.

Carrillo desde lo sanitario y Juan Perón desde la conducción política buscan una salida hacia adelante, que no se queda solo en lo local. Para ellos, Argentina puede ser un faro civilizatorio. Carrillo asegura que “hemos asumido la tarea de preparar a nuestro pueblo, poniéndolo en condiciones de cumplir el destino que le impone su tradición, la fecundidad del suelo patrio y los progresos de nuestras instituciones políticas, unidos al hecho de constituir a la Argentina en una de las reservas de la humanidad. por su cultura y sus fecundas y generosas concepciones de la vida, lo mismo que su tradicional respeto de los hombres y los pueblos”.

Todas las citas mencionadas son extraídas de discursos del Ministro en salones de trabajadores, de congresos académicos y profesionales, e incluso en actos de anuncios políticos como la inauguración de viviendas en un barrio pobre cordobés.

Lo histórico: un héroe con el que rendir cuentas
Ningún Ministro Nacional de Salud estuvo nunca jamás a la altura de Carrillo. Con algunas muy buenas excepciones, la mayoría se dedicó a debilitar o sustraer de sentido la obra aquí mencionada. El gobierno actual es quizá la expresión más humillante: no planifica, no es serio científicamente. Crece la mortalidad infantil, vuelven enfermedades erradicadas como el Sarampión, crecen enfermedades de la decadencia, como la sífilis. Una revolución sanitaria en marcha atrás. ¿Qué habría que hacer?

Carrillo es fundador y al mismo tiempo “completador” del sanitarismo nacional. Es un científico que quiere tener todas las variables que pueda bajo control. Incluso si pudiera, capaz hubiera elegido tenerlas a todas. Pero sabe que no puede: la existencia humana contiene el hecho trágico de sus propios límites. Hay algo más que se nos escapa y nos trasciende. Carrillo como católico dice: es Dios. Cualquier otra persona puede encontrarlo desde otro lugar, siempre que quiera y crea.

La obra científica, artística, política, trascendente de Carrillo se da en el marco de una tradición (que podría definirse como el “arte de curar”, de alargar y mejorar la vida, es decir, una tradición por y para otros) y dentro de ella, inventa lo nuevo. Esto es: el método de planificación, la forma de ejecución, la organización por niveles, el impulso del sector privado con dirección pública, el cambio de lógica de la atención médica, etc. Piensa en salud, no en enfermedad. Lo deja plasmado en su obra política, en sus libros, y en el mensaje oral que dejó en sus equipos.

Carrillo rinde cuentas con “lo médico” hasta ese momento: está bárbaro saber de medicina, pero atendemos seres humanos. Nos exige un esfuerzo para mirar más allá de la enfermedad. Mientras ajusta cuentas con el pasado, nos advierte con su ética de las desviaciones médico-sanitarias con las que lidiamos hoy. Muere pobre, y cuestiona la mercantilización de la medicina y de los médicos. No se puede ser médico para hacer plata. Es una falla de origen. Es incorrecto porque el propósito de la salud es DAR.

Además, combate la desviación “politicista”. En su segundo gobierno, pierde una interna en el gabinete y queda en minoría contra los demás ministros (en particular, Apold de prensa, y Teisaire, vicepresidente). Después de la muerte de Eva, el ala de alcahuetes e inoperantes gana la disputa al gestor eficiente. Si bien esto vale para toda la función pública, estamos cansados de ver familiares y amigos de intendentes y gobernadores como funcionarios públicos con el único criterio de ser garantes de la lealtad mal entendedida. Sin formación técnica ni capacidades, los alcahuetes y arribistas nos hacen mucho mal.

De la misma forma y en un sentido inverso, Carrillo anticipa los problemas de la desviación cientificista de cuadros técnicos “despolitizados”. Carrillo era excelente por su formación técnica, pero era un excelente cuadro político. Antes de renunciar al cargo, le escribe una larga carta a Perón advirtiendo sobre los graves problemas de orientación en algunos aspectos de la política del gobierno, sobre la opacidad del entorno presidencial, etc. Son momentos en donde Carrillo frena su proyecto de ley de profilaxis (correcto desde lo técnico) por encontrar oposición en un aliado importante de la coalición, como era la Iglesia (es decir, incorrecto desde lo político).

Si es grave un político que no sabe, más grave puede ser un técnico que no sabe de política. En nuestro país, esa línea de burócratas es interpretada por los cuadros técnicos que post Yalta armaron la Organización Mundial de la Salud. Que hoy, ante el terraplanismo sanitario de Milei defendamos las nociones básicas de la ciencia que promueven estos organismos no significa que no podamos dilucidar que, en buena medida, se vienen dedicando a formar cuadros técnicos desprovistos de mirada política. Esa es, básicamente, la causa del fracaso de todas las profecías de SALUD PARA TODOS EN EL AÑO 2000.

La OMS formó seres humanos que piensan que los programas sanitarios se pueden copiar y pegar de forma enlatada en cualquier contexto. “Sanitaristas” argentinos que no hablan de Carrillo pero que cuando lo citan no hablan del justicialismo, ni de que Carrillo era creyente, ni de su simpatía por los militares nacionalistas, ni de su ética y honestidad inquebrantable. Docentes que lo pasteurizan en su potencia política y que a lo sumo usan una frase trillada de Carrillo para usar de primera diapositiva de un Power Point aburridísimo o de slogan en su remera partidaria, pero jamás leyeron un texto completo de él.

Última: Carrillo muere pobre y exiliado atendiendo brasileños que no pueden pagar por su salud en Belém do Pará. Mientras padece las privaciones y la pobreza en el exilio, la dictadura oligárquica del 55 ha incautado sus bienes en Argentina y lo acusa de “enriquecimiento ilícito”. Una actitud que pinta bien a los que gobiernan este país mientras detestan a sus habitantes: mandaron a prender fuego los pulmotores que Carrillo encomendó comprar para auxiliar a niños y niñas ante brotes de polio. Unos meses después, el último gran brote de poliomielitis produjo más de 6.500 casos, miles de muertes, muchas de ellas de niños argentinos que no contaron con esos pulmotores para su asistencia.

En este país hacer política para defender al pueblo de verdad tiene un precio. Lo pagás con un destierro, o con la cárcel, al menos con difamación y calumnias en contra tuya. No se puede defender al pueblo y que te quieran todos. No se puede servir a dos amos al mismo tiempo.

Ese fue el Dr. Ramón Carrillo y por eso está en el futuro.
Enlace: https://elaluvion.com/2026/03/07/ramon-carrillo-y-la-tradicion-sanitaria-nacional/

¿Por qué empezó esta guerra, señor presidente?

Por El Comité Editorial

El Comité Editorial está conformado por un grupo de periodistas de opinión cuyos puntos de vista se basan en su experiencia, investigación, debates y unos valores muy arraigados. Es independiente de la sala de redacción.

En su campaña presidencial de 2024, Donald Trump prometió a los votantes que pondría fin a las guerras, no que las empezaría. El año pasado, en cambio, ordenó ataques militares en siete países. Su apetito de intervención militar crece a medida que lo alimenta.

Ahora, ha ordenado un nuevo ataque contra la República Islámica de Irán, en cooperación con Israel, y Trump afirmó que sería un ataque mucho más extenso que el bombardeo selectivo a instalaciones nucleares en junio. Sin embargo, inició esta guerra sin explicar al pueblo estadounidense y al mundo por qué lo hacía. Tampoco ha involucrado al Congreso, al que la Constitución otorga la facultad exclusiva de declarar una guerra. En su lugar, publicó un video a las 2:30 a. m., hora del este, del sábado, poco después de que comenzaran los bombardeos, en el que decía que Irán presentaba “amenazas inminentes” y pedía el derrocamiento de su gobierno. Su razonamiento es dudoso, y presentar sus argumentos por video en la madrugada es inaceptable.

Entre sus justificaciones está la eliminación del programa nuclear iraní, que es un objetivo loable. Pero Trump declaró que dicho programa había sido “eliminado” por el ataque en junio, una afirmación desmentida tanto por la inteligencia estadounidense como por este nuevo asalto. Esta contradicción resalta su escaso respeto por su deber de decir la verdad cuando envía a las fuerzas armadas estadounidenses a un combate. También demuestra la poca fe que los ciudadanos estadounidenses deberían tener en sus garantías sobre los objetivos y resultados de su lista de aventuras militares cada vez más larga.

El enfoque de Trump en Irán es imprudente. Sus objetivos están mal definidos. No ha reunido el apoyo internacional y nacional necesarios para maximizar las posibilidades de éxito. Ha hecho caso omiso del derecho nacional e internacional en materia de guerra.

El régimen iraní, para ser claros, no merece ninguna consideración. Desde su revolución hace 47 años, ha generado miseria en su propio pueblo, en sus vecinos y en todo el mundo. Este año ha matado a miles de manifestantes. Encarcela y ejecuta a disidentes políticos. Oprime a las mujeres, a las personas del colectivo LGBTQ y a las minorías religiosas. Sus dirigentes han empobrecido a sus ciudadanos mientras se enriquecen con corrupción. Han proclamado “Muerte a Estados Unidos” desde que llegaron al poder y han asesinado a cientos de miembros del ejército estadounidense en la región, además de financiar el terrorismo que ha derivado en la muerte de civiles en Medio Oriente y en lugares tan alejados de la región como Argentina.

El gobierno de Irán representa una amenaza distinta porque combina esta ideología asesina con ambiciones nucleares. A lo largo de los años, Irán ha desafiado reiteradamente a los inspectores internacionales. Desde el ataque en junio, el gobierno ha dado muestras de reanudar su búsqueda de tecnología de armamento nuclear. Los presidentes estadounidenses de ambos partidos se han comprometido, legítimamente, a impedir que Teherán consiga una bomba.

Reconocemos que el cumplimiento de este compromiso podría justificar una acción militar en algún momento. Por un lado, las implicaciones de permitir que Irán siga el camino de Corea del Norte —y adquiera armas nucleares tras años de sacar provecho a la paciencia internacional— son demasiado grandes. Por otro, los costos de enfrentarse a Irán por su programa nuclear parecen menos imponentes que antes.

Irán, como explicó recientemente David Sanger, periodista del Times, “atraviesa un periodo excepcional de debilidad militar, económica y política”. Desde los atentados del 7 de octubre de 2023, Israel ha reducido las amenazas de Hamás y Hizbulá (dos de los grupos representantes terroristas de Irán), ha atacado directamente a Irán y, con la ayuda de sus aliados, ha repelido en gran medida su respuesta. El nuevo reconocimiento de las limitaciones de Irán contribuyó a dar a los rebeldes de Siria la confianza necesaria para marchar sobre Damasco y derrocar al atroz régimen de Al Asad, aliado de Irán desde hace mucho tiempo. El gobierno de Irán no hizo prácticamente nada para intervenir. Esta historia reciente demuestra que la acción militar, con todas sus terribles consecuencias, puede tener repercusiones positivas.

Un presidente estadounidense responsable podría presentar un argumento plausible para emprender nuevas acciones contra Irán. El eje de este argumento tendría que ser una explicación clara de la estrategia, así como la justificación para atacar ahora, aunque Irán no parezca estar cerca de tener un arma nuclear. Esta estrategia implicaría la promesa de buscar la aprobación del Congreso y de colaborar con los aliados internacionales.

Trump ni siquiera está intentando este enfoque. Está diciendo al pueblo estadounidense y al mundo que espera su confianza ciega. No se ha ganado esa confianza.

En lugar de ello, trata a sus aliados con desdén. Miente constantemente, incluso sobre los resultados del ataque de junio contra Irán. No ha cumplido sus propias promesas de resolver otras crisis en Ucrania, Gaza y Venezuela. Ha despedido a altos mandos militares por no mostrar lealtad a sus caprichos políticos. Cuando sus designados cometen errores escandalosos —como cuando el secretario de Defensa, Pete Hegseth, compartió detalles específicos de un ataque militar contra los hutíes, un grupo respaldado por Irán, en un chat grupal no seguro—, Trump los protege de la rendición de cuentas. Su gobierno parece haber violado el derecho internacional al, entre otras cosas, camuflar un avión militar como avión civil y disparar a dos marineros indefensos que sobrevivieron a un ataque inicial.

Un enfoque responsable implicaría también una conversación detallada con el pueblo estadounidense sobre los riesgos. Irán sigue siendo un país fuertemente militarizado. Es posible que sus misiles de medio alcance no hayan causado mucho daño a Israel el año pasado, pero mantiene muchos misiles de corto alcance que podrían superar cualquier sistema de defensa y golpear en Arabia Saudita, Catar y otros países cercanos. Trump sí lo reconoció en su video de la madrugada, al decir: “Es posible que se pierdan las vidas de valientes héroes estadounidenses y que tengamos bajas”.

Debería haber tenido el valor de decirlo en su discurso del Estado de la Unión del martes, entre otros escenarios. Cuando un presidente pide a los soldados y diplomáticos estadounidenses que arriesguen sus vidas, no debe ser evasivo al respecto.

Al reconocer la irresponsabilidad de Trump, algunos miembros del Congreso han tomado medidas para limitarlo en lo relativo a Irán. En la Cámara de Representantes, los congresistas Ro Khanna, demócrata por California, y Thomas Massie, republicano por Kentucky, han propuesto una resolución destinada a impedir que Trump inicie una guerra sin la aprobación del Congreso. La resolución deja claro que el Congreso no ha autorizado un ataque contra Irán y exige la retirada de los soldados estadounidenses en un plazo de 60 días. El senador Tim Kaine, demócrata por Virginia, y el senador Rand Paul, republicano por Kentucky, están patrocinando una medida similar en el Senado. El inicio de las hostilidades no debe disuadir a los legisladores de aprobar estos proyectos de ley. Una afirmación de autoridad decisiva por parte del Congreso es la mejor manera de limitar al presidente.

El hecho de que Trump no haya articulado una estrategia para este ataque ha generado sorprendentes niveles de incertidumbre al respecto. Ha pedido un cambio de régimen y no ha explicado por qué el mundo debería esperar que esta campaña termine mejor que los intentos de cambio de régimen del siglo XXI en Irak y Afganistán. Esas guerras derrocaron gobiernos, pero, comprensiblemente, desencantaron a la opinión pública estadounidense sobre las operaciones militares de duración indefinida y de interés nacional incierto, y desilusionaron a los soldados que sirvieron lealmente en ellas.

Ahora que ha comenzado la operación militar, deseamos ante todo la seguridad de los soldados estadounidenses encargados de llevarla a cabo y el bienestar de los muchos iraníes inocentes que llevan demasiado tiempo sufriendo bajo su brutal gobierno. Lamentamos que Trump no trate la guerra como el grave asunto que es.

“Esos burgueses asaz egoístas…”

Por Omar Auton

Se me ocurrió empezar con un verso del himno anarquista “Hijo del Pueblo” porque basta con mencionar la palabra “Burguesía” para que se desaten la polémicas, si la hay o no en Argentina, su origen, historia y actualidad, ¿es lo mismo que la oligarquía?, ¿cuál es su rol en un país semicolonial?, etc., etc. 

   Para ponernos en tema recordemos que más allá de como rotulemos a los sectores dominantes, la Argentina es un país capitalista, está inmersa en un modo de producción que es universal y que constituye la organización de los medios de producción en cada país según las necesidades del modo global, por ende aunque caractericemos a un sector como “no burgués” porque no base la reproducción del capital en la inversión y captura de plusvalía, no significa que no seamos un país capitalista.

   Digo esto porque hemos caracterizado a la clase dominante argentina como oligarquía porque el sector agropecuario que desde la ley de enfiteusis estuvo en manos de un grupo de familias propietarias de las tierras más ricas del planeta (junto con Ucrania), basaron la acumulación de capital en la explotación extensiva de esas tierras, básicamente de la producción ganadera, más allá que más tarde, a través del sistema de arrendamientos apareciera la explotación agrícola, que además, permitía la rotación de tierras y su regeneración productiva. Es decir acumularon su riqueza a través de la apropiación de la “renta diferencial” debida a la feracidad de las tierras y no por reinversión, contratación de mano de obra, incorporación de tecnología, etc., más allá de la incorporación de nuevas razas vacunas para mejorar especies.

  Paralelamente a la conformación de este sector, en Buenos Aires, sede única del puerto por donde ingresaban todas las importaciones y partían todas las exportaciones, aparece una “burguesía comercial”, que nace del contrabando que burlaba el monopolio español, de ahí la verdadera historia de “los túneles de Buenos Aires”, contrabando que incluía la trata de esclavos. Este sector se apropia de la renta aduanera para su provecho, es decir toda la riqueza que se generaba en las Provincias Unidas o antes, el Virreinato del Río de la Plata, quedaba en manos de la denominada “La Pandilla del Barranco” y de ella salen muchos apellidos ilustres.

   Los ganaderos bonaerenses, que con el saladero tenían una actividad más “burguesa”, tuvieron un vínculo de conflicto de intereses, especialmente durante la época de Rosas, por la distribución de esa renta aduanera, pero luego de Caseros se consolida una alianza que tipifica a lo que llamamos Oligarquía, que al igual que hoy día mediante la apertura a las importaciones, especialmente británicas dejaron que se destruyeran las economías provinciales.

   Mientras en Inglaterra con Cromwell a la cabeza, en Francia con la monarquía absoluta,  e inclusive en Estados Unidos en la guerra de secesión, sus nacionalidades nacen y crecen a partir de la eliminación de las clases parasitarias, especialmente agrarias, por parte de burguesías poderosas y decididas que ponen en marcha la producción industrial, el mercantilismo y las primeras etapas del posteriormente llamado “Imperialismo”, a través de sus políticas coloniales. En cambio Argentina nace del fracaso de constituir en una sola nación a Iberoamérica, mientras EE.UU mediante la compra de territorios o su ocupación lisa y llana conformaba un Estado-nación continental y bioceánico, los antiguos dominios españoles se fragmentaban en un rosario de pequeños países monoproductores y semicoloniales, antes de Inglaterra, hoy de EE.UU.

   Argentina no tuvo nunca una burguesía nacional capaz de enfrentar a la oligarquía dominante, derrotarla y reordenar los sectores productivos de manera de conformar un país capitalista autónomo, con una clase dominante que defendiera su espacio “nacional”, esa tarea quedó para que fuera asumida por otra clase, inexistente en el período descripto y que irrumpiera el 17 de octubre de 1945, los trabajadores.

   Dicho esto y comprendiendo el origen bastardo de nuestra clase empresaria, culturalmente oligárquica, aún hoy para ser aceptada en los círculos áulicos hay que ser propietaria de al menos unas 1000 hectáreas, ideológicamente liberal, proclive a someterse al imperialismo de turno, sin conciencia nacional y muy rehacía a competir, podemos encontrar algunas señales para comprender su naturaleza.

   Tuvo su momento de gloria con el primer peronismo, más allá que la Cámara de Comercio y la Bolsa de Comercio se pronunciaran claramente en el “Manifiesto de la industria y el Comercio” en contra de la política laboral de Perón, comunicado al que luego adhiriera la UIA a través de su presidente Raúl Lamuraglia, escribano y empresario textil que luego financiara a la Unión Democrática y que tiene mucho que ver con las ideas que hoy presenta nuestro Golem presidente como “nuevas”, pero vayamos por partes.

La “Belle Epoque” industrial.

Si bien ya por 1930 había establecimientos manufactureros, el sector “industrial” y de servicios era el que estaba vinculado a nuestras exportaciones agropecuarias (frigoríficos, transporte y almacenaje, seguros, etc.) En ese año y hasta 1945 hacen su aparición los centros urbanos de más de 100.000 habitantes (Córdoba, Santa Fe, Rosario, Bahía Blanca) antes solo estaba Buenos Aires, respecto de los establecimientos industriales, hasta 1935 sobre 40.000, 33.800 tenían hasta 10 trabajadores.

   La interrupción del flujo de manufacturas importadas, primero a raíz de la crisis de 1930 y luego por el estallido de la segunda guerra mundial obliga a reemplazarlos por producción local, comienzan a aparecer capitales nacionales, tanto de propietarios agropecuarios como de sectores preexistentes que se amplían, provocando un crecimiento en todas las ramas industriales, 25% en alimentos y bebidas, 210% en textiles, 138% en maquinarias, vehículos y equipos, 4313% en maquinarias y equipos eléctricos, el capital extranjero que en 1930 representaba el 30% del total se había reducido en 1945 al 15%.

   Pero además crece el tamaño de los establecimientos, por ejemplo los de más de 100 trabajadores aumentan entre 1936 y 1946 un 83%, entre 500 y 1000 un 93% y los de más de 1000 trabajadores un 78%.

   Esto se potencia con la llegada del peronismo, sin embargo siempre esta “burguesía nacional” naciente, fue renuente a apoyarlo, incluso durante la gestión de Miguel Miranda, uno de ellos, a cargo de la cartera económica Pese a que aumentaba el mercado interno, las exportaciones, había crédito y consumo, además de políticas de planificación e inversión, y políticas de protección aduanera, la mayor fuerza de los sindicatos, su capacidad de conflicto y reclamo además de las políticas redistribucionistas del gobierno los llevaba a quejarse permanentemente de la presión impositiva, los aumentos salariales, la disciplina laboral, eran burgueses y querían aumentar la plusvalía pero ser protegidos por el Estado, no pagar impuestos y tener crédito barato, nada nuevo bajo el sol.

   El rol del Estado, haciéndose cargo de los trenes, la industria aeronáutica, la energía, la marina mercante, creando los colegios industriales y la universidad tecnológica para generar el personal calificado que necesitaba el nuevo perfil industrial, el uso de los ingresos por exportaciones para multiplicar el crédito, etc., no nace de un criterio “Estatizante” del peronismo, era la debilidad de la burguesía nacional para hacerse cargo de estas tareas, cosa que sí hicieron las burguesías de las potencias industriales. El Estado tenía que hacerse cargo de llevar adelante las tareas que arrancaran a Argentina de su carácter de semicolonia productora de los alimentos que necesitaba Gran Bretaña para abaratar la comida de sus trabajadores, sin tener que aumentar el salario, incrementando así la captura de la plusvalía, además de materias e insumos necesarias para sus industrias a menos costo.

   De ahí que asignarle al peronismo una filosofía “estatista” es una falacia, sin embargo no deja de ser llamativo una historia que vamos a relatar siguiendo a Juan Odisio (“La Argentina que quisieron sus dueños”, Alejandro Bercovich; Edit. Planeta; 2025). En 1909 nace Alberto Francisco Benegas Lynch, del matrimonio de éste con Sofía del Campo (nieta de Robustiano Patrón Costas) nace Alberto Tiburcio Benegas Lynch quién en 1942, gracias a un grupo de Estudios del que formaba parte, conoce el pensamiento austríaco, especialmente a Ludwig Von Mises y Friedrich Hayek, convirtiéndose en su vehemente difusor.

   Para esta finalidad consigue el financiamiento de Raúl Lamuraglia, próspero empresario textil, a quién presentamos antes como financiador de la campaña de la UD contra Perón y luego de todo intento golpista contra Perón, incluido el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955. Producido el golpe Lamuraglia es designado presidente del ¡Banco Industrial! y Benegas Lynch, que formaba parte de la Asociación Patriótica Argentina, presidida por el almirante Isaac Francisco Rojas es nombrado agregado comercial en la embajada argentina en Washington, donde conoce a los integrantes de la asociación libertaria Foundation for Economic Education. Decidido a difundir su “ideario” en Argentina crea en 1958 el Centro de Estudios sobre la Libertad” siendo el su directos y el presidente…¡Raúl Lamuraglia!.

   En 1968 un informe de la embajada de EE.UU reportaba las actividades del Foro para Empresas Libres, señalando que era financiado por “industriales y familias adineradas de Argentina, identificando a la GeneraL Electric como una de las principales aportantes”, un año antes se había conformado la “Acción Coordinadora de Instituciones Empresarias Libres” conformada por la UIA, la Cámara Argentina de Comercio, la Sociedad Rural Argentina y la Bolsa de Comercio de Buenos Aires.

   El informe citado en el párrafo anterior describía que Benegas Lynch “ siempre aplicaba un “tornasol” a las ideas que se discutían e invariablemente les encontraba tonos “marxistas” sobre todo si trataban temas como: impuestos progresivos, educación pública, legislación social y negociaciones colectivas. El señor Benegas Lynch considera que estos son síntomas de la penetración marxista en la Argentina y esta religiosamente decidido a combatir su propagación”.

   Un dato de color, en ese informe a Benegas Lynch lo presenta como “Descendiente de una acaudalada familia mendocina dedicada a la industria vitivinícola”. Efectivamente el padre, a quién ya mencionamos fue gerente y director por décadas de la bodega familiar Trapiche, pero en 1971 la disolvió “aquejada por graves dificultades financieras” (seguramente debidas a la gestión marxista de los gobiernos de Onganía, Levingston y Lanusse) se vendieron los activos, se demolió la bodega y se lotearon los viñedos.

   Finalmente este Benegas Lynch (padre del actual diputado de la Libertad Avanza por la Pcia. de Buenos Aires), en 1977 a un año de la instauración de la dictadura de Videla-Martínez de Hoz, escribió para La Prensa “ La disyuntiva de nuestro tiempo parece estar planteada entre el capitalismo, liberalismo, sistema social de libertad o como se le quiera llamar al sistema, siempre que sea fiel a los genuinos principios de la libertad por un lado y por otro, enfrentándose a dichos principios, en el polo opuesto, todos los sistemas totalitarios, comunismo, fascismo, nazismo, peronismo, etc, los sistemas intermedios son ilusorios, siempre tienden a desplazarse hacia uno de los términos de la disyuntiva”

   Odisio concluye, y estoy de acuerdo que para los libertarios “Indudablemente el país del Centenario había sido potencia y ejemplo, pero la prosperidad se había minado con la sanción de la Ley Sáenz Peña en 1912 que estableció el voto universal secreto y obligatorio. Esto abrió la puerta para que líderes populistas tomaran el poder, desde Hipólito Yrigoyen en adelante y fueran menoscabando el espacio del libre comercio” tan es así que por ejemplo que cuestionaron y negaron el carácter liberal de gestiones como las de Álvaro Alsogaray y José Alfredo Martínez de Hoz, por “no resultar suficientemente liberales”.

   Esta larga historia debe ser conocida y estudiada para entender porque para Milei, Benegas Lynch es un prohombre y hasta hace publicidad a la ESEADE (Escuela Superior de Economía y administración de Empresas), fundada por Alberto Tiburcio Benegas Lynch (h) en afiches callejeros con la banda y bastón presidencial. Este Benegas Lynch (h) fue miembro de la sociedad Monte Pelerín fundada en 1947 por Hayek y Milton Friedman, si alguien quiere mas detalles en la aplicación de Amazon Prime Video hay un filme que nos cuenta su historia; Benegas Lynch (n) es el que pretende privatizar el océano y asumió en diciembre de 2023 como diputado.

  Algunas sugerencias:

1) Dejemos de hablar de “las novedosas ideas de los libertarios”, o de “la sorpresa que nos produce su agresividad, fanatismo o intolerancia” esto tiene casi un siglo de existencia, ni siquiera hay que estudiar mucho, ¡Busquen en wikipedia!

2) Dejemos de hablar de Milei como un “outsider” o de presentarlo como algo ajeno a la política, eso fué todo un show, sus ideas son añejas, sus sponsors, encabezados por Eurnekian, son los dueños del poder en Argentina y él un golem, diseñado para aprovechar el enojo y la decepción de los argentinos con la democracia formal fracasada.

3) Cuando alguien vincule a Milei y su gobierno con la Revolución Libertadora (Fusiladora) o con la dictadura de Videla-Martínez de Hoz, dejen de repetir “Eso ya pasó”, o “Eso es historia vieja, a quién le interesa”.

4)Terminen de hablar de “la nueva derecha” e insertar a Milei en las expresiones políticas surgidas en Occidente a raíz de la crisis de la globalización, ninguna de ellas (Trump, Orban, Meloni, Orban) aplica el plan ultraliberal y antinacional de Milei, ni siquiera Bolsonaro es comparable.

5) No nos sorprendamos con el rol de la Bolsa de Comercio o la Cámara de Comercio, ni siquiera de la UIA en esto, las primeras expresan la burguesía comercial porteña, madrina de los unitarios, los fusiladores de Dorrego, los que celebraron las invasiones inglesas de 1806 y 1807, etc etc. Y la UIA hace rato que expresa el poder económico más concentrado, ni siquiera sus popes tienen las empresas domiciliadas en Argentina (Clarín en Delaware, Techint en Luxemburgo, y son solo dos ejemplos), desde que Videla intervino y disolvió la CGE los pequeños empresarios argentinos carecen de representación, algo de culpa les cabe en ello.

Digo estas cosas porque los que afirman tales patrañas revelan su absoluta ignorancia acerca de lo que ocurre en el país, la pereza intelectual de dirigentes políticos y los “ólogos” (sociólogos, politólogos, etc) asombra e irrita, en realidad no sorprende, los primeros hace mas de cuarenta años que se han alejado de la vida, experiencias y necesidades de los argentinos, y los segundos escriben pensando más en las academias y think thanks progresistas, en ser aceptados por ellos que usan las categorías globales y por eso uno no encuentra un diagnóstico “situado” sobre nuestra patria, como canta Serrat en “Llanto al mar” “Por inconsciencia, por imprudencia, por ignorancia o por mala leche” son también responsables de la confusión e impotencia de la dirigencia actual.

(Continuará)

La locura suicida de una guerra con Irán

Por Chris Hedges

El equipo negociador a lo Laurel y Hardy compuesto por Steve Witkoff y Jared Kushner, sumado a la espantosa ignorancia de Trump sobre los asuntos internacionales y su megalomanía, parecen dispuestos a empujar a los Estados Unidos a otra debacle en Oriente Medio, una debacle que el Congreso no ha aprobado y que el público no desea.

¿EE. UU. e Irán están en guerra? - The New York Times
Manifestantes contra ataques estadounidenses contra Irán, frente a la Casa Blanca

Las exigencias impuestas a Irán por la Casa Blanca de Trump no son más aceptables para el régimen de Teherán que las impuestas a Hamás en Gaza en el marco del falso plan de paz de Trump

La exigencia de Trump de que Irán cierre su programa nuclear y renuncie a su capacidad misilística a cambio de no imponer nuevas sanciones es tan descabellada como pedir a Hamás que deponga las armas en Gaza. Pero como hace tiempo que prescindimos de diplomáticos con conocimientos lingüísticos, políticos y culturales, capaces de ponerse en el lugar de sus adversarios, nuestra nueva camarilla de bufones nos está llevando a otra guerra en Oriente Medio. Estados Unidos e Israel creen tontamente que pueden bombardear para decapitar al Gobierno iraní e instalar un régimen clientelista. No se dan cuenta de que este sistema de creencias ajeno a la realidad fracasó ya en Afganistán, Iraq y Libia.

La promesa de no imponer nuevas sanciones no incentivará a Irán a negociar un acuerdo. Irán ya está paralizado por las onerosas sanciones que han destrozado su economía. Esto no servirá para romper el estrangulamiento económico. Irán no renunciará a su programa nuclear, que tiene potencial para ser utilizado con fines bélicos, ni a su programa de misiles balísticos, que Israel ha dicho que atacará en una embestida aérea. El reputado arsenal nuclear de Israel, compuesto por unas 300 ojivas, es un poderoso incentivo para que Irán mantenga la capacidad de construir su propio arsenal nuclear. Irán, al igual que Hamás, nunca se quedará indefenso ante aquellos que buscan su aniquilación.

Un ataque aéreo contra Irán no será como el asalto de 12 días del pasado mes de junio contra las instalaciones nucleares y las instalaciones estatales y de seguridad de Irán. Entonces, Irán calibró su respuesta con ataques simbólicos contra la base aérea de Al Udeid en Qatar, con la esperanza de que no diera lugar a un conflicto más amplio y prolongado. Si se lanza un ataque aéreo, Irán no tendrá nada que perder. Entenderá que apaciguar a sus adversarios es imposible.

Estados Unidos ataca 3 sitios nucleares en Irán | CNN

Irán no es Iraq. Irán no es Afganistán. Irán no es el Líbano. Irán no es Libia. Irán no es Siria. Irán no es Yemen. Irán es el decimoséptimo país más grande del mundo, con una superficie equivalente a la de Europa Occidental. Tiene una población de casi 90 millones de habitantes, diez veces mayor que la de Israel, y sus recursos militares, así como sus alianzas con China y Rusia, lo convierten en un adversario formidable.

A pesar de la relativa debilidad militar de Irán, frente a las fuerzas combinadas de Estados Unidos e Israel, puede infligir mucho daño. Lo hará lo más rápidamente posible. Probablemente morirán cientos de soldados estadounidenses. Irán cerrará sin duda el estrecho de Ormuz, el punto de estrangulamiento petrolero más importante del mundo, por el que pasa el 20% del suministro mundial de petróleo. Esto duplicará o triplicará el precio del petróleo y devastará la economía mundial. Atacará las instalaciones petroleras, así como los barcos y las bases militares estadounidenses en la región.

Las crecientes pérdidas y el enorme aumento de los precios del petróleo proporcionarán el combustible necesario para que Trump y su vil homólogo en Israel desencadenen una guerra regional prolongada.

Este es el precio de estar gobernados por imbéciles. Que Dios nos ayude.

*Chris Hedges es un escritor y periodista independiente que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

Fuente: https://estrategia.la/2026/02/28/29664/

Las Camas Arden 2026

Por Christian Adrian Salazar

Año 1987, con mis 16 años amaba como hoy la música, y por supuesto el gusto musical de los 80 y 90 marco mi vida. Hoy mientras escuchaba al Grupo Australiano Midnight Oil, me interesé en adentrarme en que significado tenia la letra de su Hit “bed ar Burning” o como simplemente lo conocí en su época “Las camas arden”. Descubrí que la canción hablaba de devolver las tierras que les habían sido robadas a los indios Pintupi. Hoy con mis 54 años por un instante pude aplicar la letra de esta canción a mi querida Argentina.

Habitamos un país que esta insomne pero no por razones que sean correctas, pasamos mucho de nuestro tiempo discutiendo nombres, slogans, partidos. Nos indignamos a través de las redes, discutiendo si son culpables de nuestra desgracia aquellos que se fueron o los que llegaron después, que si es Peronismo o Anti peronismo, si debemos hablar de un estado fuerte y presente o la solución es un mercado libre de toda regulación estatal, pasamos horas en los portales digitales, consumimos horas y horas de programas de televisión, todo esto transcurre mientras nuestro país cruje y sufre en silencio.

La realidad es que mientras los argentinos, danzamos al son de la polarización partidaria, nuestras camas, las de todas nuestros hermanos y hermanas están ardiendo de desigualdad. La grieta política de la que todos hablan, no es ni mas ni menos una puesta en escena de un gran show que nos distrae. Genera un fuerte ruido que nos aturde y logra que no escuchemos lo que es importante: que la matriz productiva de nuestra riqueza es cada vez más injusta y cada vez está concentrada en unos pocos, en perjuicio de muchos.

Pero para no ser meramente un relato podríamos decir que en nuestro querido país podríamos producir alimento para 400 millones de personas, pero a hoy en la mesa de cada argentino comprar el pan y la leche es cada vez mas difícil, y quienes deciden ese precio son dos o tres empresas que nunca pierden, cualquiera sea el fenómeno económico que nos atraviese, ya se inflación o recesión y cuanta definición se haya creado para explicar los ciclos económicos, ellos nunca pierden.

Nos pasamos el día analizando el comportamiento del dólar, si se tienen la cantidad de esta moneda para afrontar los compromisos que vienen, pero se nos pasa por alto y seguramente la mayoría ignora que esos dólares son el fruto de nuestra riqueza , de la industria, se fugan con una rapidez que resulta imperceptible hacia paraísos fiscales, endeudando cada vez mas a nuestro país, y adivinen quien como siempre paga el festival: Los trabajadores.

Nos entretenemos con una discusión si se debe subsidiar las tarifas de energía, pero al mismo tiempo dejamos pasar que un grupo chico de empresas dolarizan las tarifas, hacen fortunas y de paso no invierten ,¡ espero terminar sin que se me corte la luz.

En esta y otras razones esta el incendio, ese que quema nuestras camas.

Acá no es la cosa de radicales Vs peronistas. De los Cámpora contra los libertarios, esa pelea es la que se ve, como la punta de un iceberg, pero como en toda mole de hielo bajo la superficie hay un gran pedazo de hielo, en nuestro caso la cuestión de fondo, y es la de quien se apropia del esfuerzo colectivo de los argentinos.

Nos dividimos en la discusión y todo parece que gira solo en la corrupción que se le puede achacar a cada sector, de los ineptos y faltos de liderazgos de pueden ser los partidos, pero no es común que la discusión ronde a los grandes grupos económicos, y como decía la canción “bailando mientras la tierra gira” ignoramos que ese grupo de los mas ricos se lleva una porción mas grande, por no decir nos birla obscenamente y cuan teoría del derrame, lo que cae no es riqueza, son migajas, y ahí se da la otra batalla la clases medias y las bajas se enfrentan por ellas, en síntesis la lucha de pobres contra pobres, de laburantes un poco mas beneficiados con los no tan agraciados, pero en síntesis todos son pobres.

Que es necesario que dejemos de mirar la bandera, el color, la facción, o sector político, y adentrémonos en el verdadero problema, bastaría con observar balances o resultados económicos de las empresas que históricamente dominaron nuestro país, por que como dice Midnight Oil “ ha llegado el momento de decir que lo justo es justo” y en la Argentina no se construye Justicia en las urnas, al ganar una elección, la verdadera justicia es lograr que quien gobierne priorice la distribución de la riqueza, esa que dia a dia generamos los argentinos y argentinas “de bien”.

Solo debemos entender que ya no importa quien gobierne la Argentina, quien duerma en la casa Rosada, sino logramos resolver estos problemas, las camas de los argentinos seguirán ardiendo.

MEJOR HABLAR DE CIERTAS COSAS

 Omar Auton

“Los Sindicatos sólo quieren preservar sus Cajas”

   Cada vez que un gobierno oligárquico alcanza el poder en la Argentina, se lanza a “Modernizar las Relaciones laborales”, “Liberar las fuerzas del mercado” etc, en todos esos intentos el objetivo central es destruir las estructuras sindicales, el primero que sinceró ese sueño húmedo fue el Almirante Rial, en 1955, cuando les explicó a los dirigentes sindicales que “Esta revolución se hizo para que el hijo del barrendero también sea barrendero”, claro, hasta 1976 era impensable que las “ideas” del liberalismo o neoliberalismo pudieran llegar al gobierno por el voto del pueblo, por ende recurrían a las FF.AA para que, golpe destituyente por medio, les entregara la política económica, así fue con José María Guido (1962-1963) que designó a Federico Pinedo, Álvaro Alsogaray y José Alfredo Martínez de Hoz, Onganía con Adalbert Krieger Vasena y Videla con José Alfredo Martínez de Hoz, más allá que algunos gobiernos democráticos hayan incurrido en esos “deslices”, así Frondizi con Alsogaray ( 1959-1961) y Roberto Aleman (1961-1962) y María Estela Martínez de Perón con Celestino Rodrigo y muy especialmente Ricardo Mansueto Zinn.

   Lo cierto es que estos economistas mostraron gran habilidad por ir ocupando espacios en los gobiernos democráticos y llegaron a determinar su rumbo con Menem, De la Rúa, Macri y hoy con nuestro presidente Golem.

   Pero volviendo al tema de “Las Cajas” cada vez que se inicia una ofensiva contra el movimiento sindical y los derechos laborales, los empresarios hablan de “Bajar el costo laboral”, los políticos de adaptarnos a “Los cambios profundos que se dan en todo el mundo respecto de la organización del Trabajo”, los sindicatos se lanzan a enfrentar esas políticas y los medios de comunicación desde la “derecha” (Clarín, La Nación, TN, América TV, La Nación +, etc) atacan al movimiento sindical acusándolo de no representar a nadie, ser dirigentes millonarios, que no entienden los cambios en el mundo y solo defienden sus privilegios y “Sus cajas” y desde la “izquierda”, afirmando que no representan a nadie, son burócratas, traidores y…solo defienden sus privilegios y “Sus Cajas”.

   Esas mentadas “CAJAS” son los aportes sindicales y sus obras sociales, vayamos por parte:

1)El aporte sindical, es la contribución que hacen los trabajadores afiliados a una organización sindical, de un porcentaje de su salario para que cumplan la función para la que han sido creados, impulsar y defender condiciones dignas de trabajo (salario, jornada laboral, descansos vacaciones, ascensos, estabilidad laboral) y en los modelos más modernos como herramienta para participar en el diseño mismo de los sistemas de trabajo, o sea para que respondan a sus intereses y necesidades, lo mismo hace quién se afilia a un club, una biblioteca, una mutual o una asociación ornitológica

   Asumimos que al tratarse de un porcentaje del salario, esa “Caja” es más poderosa cuando más altos son los salarios y su valor decae cuando decae el poder adquisitivo, por ejemplo teniendo en cuenta que el aporte normal es de un 2 o 3% del salario, un trabajador que gane 1.000.000 de pesos aporta entre 20.000 y 30.000$ por mes, un gremio importante de nivel nacional con, digamos 150.000 afiliados, recaudaría entre 3000 y 4000 millones de pesos por mes, con eso abonaría sus sedes sindicales, los salarios de sus trabajadores, los subsidios por nacimiento, matrimonio, fallecimiento, jubilación, planes de vacaciones o directamente hoteles sindicales, kits escolares para los hijos de todos los afiliado/as, fiestas y regalos en el día del niño, colonias infantiles, campings, programas de capacitación y formación laboral, y en muchos casos subsidios para la adquisición de medicamentos, en las 24 provincias de la Argentina, y en las principales ciudades de ellas, no parece que sea una caja muy atractiva o un medio de “enriquecimiento de los dirigentes”. Además, desde hace tiempo se ven obligados a subsidiar a las Obras Sociales para que no vayan a la quiebra.

   No olvidemos que antes del genocidio perpetrado a partir del 24 de marzo de 1976 cuando hablamos de un “Gremio Grande” como eran al Smata o la UOM hablábamos de 250 mil y hasta 500 mil afiliados, que hasta esa fecha infausta, los trabajadores, a partir de sus salarios participaban en un 50% de las ganancias. En los últimos 25 años los sindicatos han visto reducirse la cantidad de afiliados y lo que es peor la cantidad de trabajadores registrados, y digo peor porque no se puede afiliar a lo que no existe.

   Desde 1976 podemos hablar de cuatro momentos de caída de la actividad industrial, de primarización de la economía, de aparición de la informalidad laboral, uno comienza en 1976 y continúa hasta la crisis del 2001, hay un rebote fuerte a partir del 2002 con las reformas de Remes Lenicov y la altísima cotización de los commodities que continúa y fortalece Néstor Kirchner, sin embargo estamos hablando básicamente de actividades que eran preexistentes, que habían cerrado sus puertas, especialmente durante el menemismo y reabrían y/o ampliaban sus plantas ante la caída de las importaciones y la recuperación del mercado interno, esto decae en intensidad a partir del 2008 y se detiene a partir de 2011.

    Entre 2016 y 2025 hay poco que festejar, el macrismo fué un desastre, a Alberto Fernández le tocó el parate de la pandemia y una sequía brutal en 2023 sumado a sus propios horrores políticos y el sabotaje del sector “Cristinista” a partir del 2022, luego con el Golem la noche se hizo más cerrada aún.

   Todo esto debilitó el poder de representación sindical, caída de la creación de empleo, caída del poder adquisitivo del salario (en la mayor parte de estos años la pelea fué por empatar o perder por poco frente a la inflación), crecimiento de la economía informal, que comprende tanto al trabajo dependiente “en negro”, total o parcialmente, como al trabajador “por cuenta propia”, incorporación de tecnologías que reducen la necesidad de trabajadores.

   En esta situación los derechos colectivos, negociación colectiva por actividad, exclusividad del sindicato con personería para la negociación, obligación para el empleador de retener la cuota sindical y depositarla al gremio, exclusividad en la representación de los derechos colectivos (Huelga), son la estructura que sostiene el modelo sindical.

   No casualmente Bolsonaro para destruir la resistencia de las centrales sindicales eliminó la obligación patronal de retención y depósito de la cuota sindical, eso obliga a que cada trabajador tenga que ir todos los meses a pagar la misma al sindicato con lo que se anarquizaría el saber quién pagó o no ese mes porque se olvidó o no pudo y dejó de hacerlo, o a través del débito automático de una tarjeta o un banco lo que implica un costo mayor, por el servicio que no es gratuito.

   Lo mismo ocurre con la negociación colectiva por empresa, la ultraactividad de los convenios colectivos de trabajo al menos en sus cláusulas normativas o el mantenimiento de la cláusula más favorable al trabajador en el caso de conflictos entre normas heterónomas y normas convencionales.

   Defender esta estructura de ninguna manera es defender “Una Caja”, que lo digan los empresarios y sus pasquines es comprensible pero que lo digan los sectores autodenominados “progresistas”, sus medios y periodistas, que hasta una senadora por Mendoza, autodefinida peronista, en su discurso y en aras de afirmar que el gobierno se había arrodillado ante las corporaciones diga “Se arrodilló ante la CGT”, me recuerda aquella frase que “La estupidez cuando sobrepasa un punto deja de ser estupidez y se transforma en traición”

2)Las Obras Sociales.

   El sistema de obras sociales sindicales constituye uno de los orgullos y mejores conquistas del movimiento obrero argentino, tanto así que es reconocido mundialmente, hasta un pensador argentino proveniente del socialismo como Julio Godio lo dice “La negociación colectiva y la obra social son el certificado de mayoría de edad de un sindicato, expresan el poder de los trabajadores organizados para discutir mano a mano con su empleador todas las condiciones de empleo en un caso y en el otro la fortaleza de su organización para asegurar el cuidado de la salud del trabajador a si mismo y a todo su grupo familiar”, luego de 1955 y ante la contrarrevolución de la fusiladora y sus gobiernos títeres que abandonaros las políticas públicas (otra constante de los gobiernos neoliberales), los sindicatos comenzaron a autogenerar mutuales que comenzaron a dar prestaciones de salud, luego se construyeron policlínicos.

  Todo ello nace de una vieja práctica comunitaria, a la llegada de los contingentes inmigratorios, ante la falta de un sistema de salud, también se organizaron en mutuales y cooperativas, así nacen los Hospitales Italiano, Español, Británico, el Centro Gallego, y tantos otros.

   Tengamos en cuenta que, en los años 60, las alternativas eran los hospitales públicos o los “de comunidad” antes citados, o bien ir a un consultorio privado y pagar la atención, los empleadores se limitaban a pagar la remuneración y el trabajador tenía que “arreglarse”, por eso los sindicatos comienzan a armar un sistema nuevo, propio, diferente, que por una parte asegurara al trabajador y su familia una atención médica que el hospital público ya no garantizaba (los recortes presupuestarios en salud y educación ya eran normales en esos años).

   Finalmente en febrero de 1970 se sanciona la ley 18.610 de Obras Sociales Sindicales, que las reconoce y reglamenta, creando al INOS (Instituto Nacional de Obras Sociales) como órgano estatal regulador y estableciendo su financiación a través del aporte de los trabajadores Y DE LOS EMPLEADORES.

   Durante décadas este sistema aseguró la atención médica a los trabajadores de cada actividad y a su familia y combinada con el sindicato incluyó la recreación considerada como parte de la salud.

    El sistema se mantiene con el aporte de un porcentaje de los salarios, un 3% por cada trabajador mas un 1,5% por cada integrante del grupo familiar, y un 6% por parte del empleador.

   En el caso de una familia tipo, con un ingreso de 1.000.000$ mensuales, aportaría 75.000 pesos el trabajador y 60.000 el empleador, con esos 135.000 $ mensuales se tiene que garantizar la cobertura integral esto es primer nivel, alta complejidad, estudios de diagnóstico, trasplantes, la cobertura por discapacidad etc. En todo el país y en las ciudades más importantes de cada provincia.

   Si tenemos en cuenta que desde 2012 las obras sociales debieron incorporar a los monotributistas, mediante el monotributo social, que reciben un Plan Médico Obligatorio (PMO), con un aporte de 8000$ mensuales no parece que la recaudación constituya una caja muy tentadora.

   Si a esto agregamos que los insumos médicos y la aparatología están dolarizadas, ya que son importados en su inmensa mayoría y que además se cubre gran parte del costo de los medicamentos, cualquier persona sensata se preguntaría ¿cómo subsisten? Y la respuesta es que DESDEHACE AÑOS LOS SINDICATOS SUBSIDIAN A LAS OBRAS SOCIALES.

   En resumen ¿Alguien con dos dedos de frente puede creer que en la Argentina de los últimos años, con 165.000$ por mes una organización puede sostener un sistema como el sindical de obras sociales, que cubre a unos 18 millones de argentinos, trabajador y su grupo familiar y a unos 4.500.000 afiliados a los gremios, con las prestaciones citadas para ambos grupos y además transformar a sus dirigentes en “burócratas millonarios”?

   La Revolución Libertadora (1955) intervino a la CGT y a los sindicatos, proscribió, encarceló y asesinó a sus dirigentes.

   El golpe genocida de 1976, eliminó por ley la CGT, intervino todos los gremios y obras sociales, encarceló, proscribió y asesinó a sus dirigentes.

   Alfonsín, su primer acto de gobierno, fué una ley de “Reordenamiento sindical” que pretendía terminar con el modelo sindical argentino.

   Menem desreguló el sistema de Obras Sociales obligándolas a competir entre ellas, cuando su naturaleza es solidaria y no competitiva, pretendió incluir a las prepagas en el sistema, flexibilizó las normas laborales y convencionales, inventó los planes de “Regularización laboral” y terminó con el 21% de desocupación.

   De la Rúa sancionó una reforma laboral mediante el soborno, se la llamó “La Ley Banelco” por los cajeros.

    En el año 1974 el gobierno de Isabel Perón sancionó la Ley 20.744 de Contratos de Trabajo, objeto del odio del poder económico, las clases dominantes y todo el sistema de poder, el autor del anteproyecto Dr. Norberto Centeno, jurista y abogado laboralista pagó con su vida tal atrevimiento en la tristemente célebre “Noche de las Corbatas” y su cuerpo torturado apareció el 11 de julio de 1977.

   Previamente la dictadura genocida, en abril de 1976 había sancionado la ley 21.297 que mutilaba severamente la Ley de Contratos de Trabajo, llamativamente ese texto ordenado por Decreto 390/76 es el que siguió vigente hasta estos días tras casi 42 años de democracia.

   Hoy Milei continúa matando a Centeno y sus compañeros, pero expresa el revanchismo de los sectores dominantes y sus estudios jurídicos, quieren “que el hijo del barrendero también siga siendo barrendero”, es la revancha de Robustiano Patrón Costas que odiaba al peronismo “Porque en esa época los obreros lo miraban a los ojos, ya no le pedían, ahora le exigían”.

   La oligarquía siempre tuvo un plan de dominio de la Argentina de recuperar su carácter de colonia o lotearla, lo intenta desde 1810, saboteó todos los intentos de construir una patria diferente, para ello contó con sus abogados, economistas, periodistas y hoy con el monopolio absoluto del sistema comunicacional.

   Pero también tiene muy claro que la última barrera a su proyecto es el movimiento obrero argentino, por eso lleva 70 años tratando de destruirlo, se sirve de todo,

1)Descalificar a los sindicatos y sus dirigentes, hablar de “Las Cajas Sindicales”, de los privilegios de dirigentes y delegados, de la rigidez de las leyes laborales.

2)Elaborar proyectos de ley para debilitar o destruir a los sindicatos a través de sus estudios y sostenidos por los gobiernos de Alfonsín, Menem, De la Rúa, Macri y Milei.

3) Remitir sus ganancias al exterior, desinvertir, trasladar los domicilios de sus empresas a paraísos fiscales, evadir impuestos, generar un ejército de reserva con los desempleados, los trabajadores “en negro” que debilite la afiliación sindical y los reclamos salariales.

4) Desentenderse del desarrollo industrial de la Argentina, abandonar a las pequeñas y medianas empresas nacionales a su ruina, en los últimos tiempos inclusive a empresas importantes como ahora FATE.

5) Prolongando los conflictos y alentando y exhibiendo en los medios a los “sectores combativos”.

   Pensaba terminar diciendo que todo esto es lógico, es una etapa mas del clásico conflicto entre empresarios y trabajadores por la apropiación de la ganancia, agravado en Argentina por otro actor el imperialismo inglés hasta 1930 y el norteamericano desde entonces, que ahora quieren reperfilar al país como nuevo productor de materias primas, ayer agropecuarias, hoy mineras, energéticas y también intelectuales. Pero no he dicho una palabra del ala izquierda del poder económico y ese imperialismo, me refiero al llamado “sindicalismo combativo” o “de izquierda”, sus partidos políticos, sus medios de comunicación y sus intelectuales, incluso los que permanecen en el peronismo (Al fin hay que buscar un sol que caliente).

    Es que en realidad el comprender que son cipayos, que han sido funcionales a la oligarquía contra Yrigoyen, contra Perón y contra todo intento, aunque sea tibio, de retomar ese rumbo, que todo sindicato que hayan logrado conducir lo han terminado destruyendo, fracturándolo, que al negar la contradicción “Patria o Colonia” son funcionales a la colonia, que sus organizaciones políticas “obreras” nunca vieron un trabajador ya que su fuerza es de sectores medios, estudiantes universitarios crónicos y que cuando tuvieron una organización fuerte, dentro de las organizaciones sociales, bastó que les quitaron el manejo de los planes sociales y los investigaran para que desaparecieran de las calles luego de perturbar a transeúntes y automovilistas durante años en la cuadra de Av 9 de Julio e/ Belgrano y Moreno, creo que es suficiente para tener en claro porqué su motor principal es el odio al peronismo y en particular al sindicalismo, responsable con sus “prebendas” que los trabajadores no les presten un segundo de atención y no comprendan su discurso de “Vanguardia Revolucionaria”.

P.d: Golem: “Ser antropomórfico animado, creado artificialmente a partir de materia inanimada para cumplir órdenes, a menudo peligroso, cobra vida mediante fórmulas mágicas. Proviene del hebreo “golem” o “gelem” que significa “embrionario”o “Incompleto”.

El día que Braden perdió con Perón

El 24 de febrero de 1946, la fórmula Perón-Quijano obtuvo el 55% de los votos contra Tamborini-Mosca de la Unión Democrática. El «Braden o Perón» derrotó al slogan «Contra el naziperonismo»

Por Aldo Duzdevich*

Entre 1939 y 1945, el mundo se vio envuelto en la Segunda Guerra Mundial (SGM) . En Argentina, con un alto porcentaje de inmigración europea, la guerra se vivenciaba con intensidad. Las primeras planas de los diarios, estaban ocupadas por grandes fotografías y titulares de la guerra. Y también las simpatías estaban divididas entre aliadófilos y germanófilos.

En 1939 (plena década infame) gobernaba el conservador Marcelino Ortiz con inocultables lazos con el imperio inglés. Su gobierno decidió mantener la neutralidad en la guerra. Neutralidad que obraba en beneficio de Gran Bretaña, que seguía recibiendo por barcos de bandera argentina carnes granos y otras materias primas.

En 1943 el golpe militar del GOU termina con la década infame, y mantiene la neutralidad hasta enero de 1944. EEUU que entra en la guerra en 1942 luego del ataque japones a Pearl Harbor, presiona a toda Latinoamerica a ingresar del bando aliado. La negativa de Argentina, aunque beneficia a Inglaterra (los buques mercantes brasileños eran hundidos por los alemanes) , es tomada por EEUU como un apoyo a las potencias del Eje.

Euforia.

El 8 de mayo de 1945 se rinde Alemania y sus ejércitos cesan la lucha ese día a las 23 hs . Mientras tanto, Japón continua resistiendo los intensos bombardeos norteamericanos en sus grandes ciudades; se rendirá recién el 15 de agosto, luego de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki.

Ese hábito tan argentino de sumarse a la euforia de los ganadores, hizo que muchos partidos políticos, entre ellos los radicales, socialistas y comunistas, reprodujeran la contienda europea en la política local y que muchos soñaran con ver, igual que en la liberación de París, jeeps y tanques americanos desfilando por la avenida de Mayo. Al naciente peronismo le colgaron rápido el rótulo de nazifascismo al que había que derrotar.

Los festejos del 13 y 14 de agosto, de la rendición de Japón, dieron motivo de grandes festejos. Los sectores de oposición al naciente peronismo, convocaron multitudinarias manifestaciones, donde se mezclaban las banderas argentinas con las de EEUU, y de las de Union Soviética, enarboladas por militantes del Partido Comunista. Las manifestaciones terminaron en incidentes violentos, con dos jóvenes muertos y varios heridos.

Las patronales contra Perón

Pero, para las clases acomodadas (parte de ellas de origen alemán) la real preocupación, no eran los nazis, sino las políticas sociales que Perón impulsaba desde la Secretaría de Trabajo y Previsión.

El 8 de octubre de 1944, cuando establece el Estatuto del Peón Rural, la Sociedad Rural indignada, expresa que: “El Estatuto sembrará el germen del desorden social, al inculcar en gente de limitada cultura, aspiraciones irrealizables, las que en muchos casos pretenden colocar al jornalero sobre el mismo patrón”. Incluso el Partido Comunista se sumó a las críticas, pues: “el Estatuto, bajo la apariencia de proteger al peón es, en suma, un estatuto contra los campesinos.”

A su vez, trescientas asociaciones patronales lanzan el Manifiesto de la Industria y el Comercio donde denuncian el ambiente de agitación social y “clima de descontento” que es “instigado desde las esferas oficiales”, generando “reclamos permanentes”. Señalan que dicho clima se ha instaurado desde la creación de la Secretaría de Trabajo, y sostienen que durante 25 años, desde la Semana Trágica de enero de 1919, el país ha vivido dentro de una casi perfecta tranquilidad social.

Perón les contesta. “Parecerían reclamar una nueva Semana Trágica, para asegurarse otros 25 años de tranquilidad. Este gobierno no lo hará. No asegurará ni 25 años, ni 25 días de tranquilidad a los capitalistas siguiendo el ejemplo doloroso de la semana de enero de 1919”.

Elecciones.

El 18 de mayo de 1945, el presidente Edelmiro Farrel anuncia los primeros pasos de normalización institucional para un próximo llamado a elecciones libres.

Perón comienza a organizar, desde cero, un movimiento político que pueda competir con éxito contra la alianza de los partidos tradicionales. Su base principal serán las organizaciones obreras que proceden de diferentes orígenes –comunistas, socialistas, anarquistas– que ahora encuentran en Perón, el hacedor de todos sus viejos reclamos laborales y sociales.

Se suman también sectores de la naciente burguesía industrial, que requieren la protección del Estado para seguir creciendo. Muchos radicales como los nucleados en Forja, socialistas e incluso conservadores. La Iglesia a través del Episcopado se manifiesta a favor de votar al peronismo. Y por supuesto amplios sectores del Ejército, identificados con las políticas nacionales.

Del otro lado y agitando como única propuesta “derrotar al naziperonismo”, se alinean radicales, conservadores, socialistas, comunistas, la Sociedad Rural, las grandes empresas, y la Embajada de Estados Unidos.

Spruille Braden.

El 19 de mayo, desembarca (como en Normandía) el nuevo embajador norteamericano, Spruille Braden, un hombre de negocios vinculado a la minera Braden Cooper Company en Chile, y la petrolera Standard Oil; una especie de Donald Trump del siglo pasado.

Aunque es, sin dudas, del embajador de EEUU mas famoso de la historia argentina, su gestión duro apenas cuatro meses, hasta días después del 17 de octubre.

Braden, quien ya había residido en Argentina de 1935 a 1939, como mediador norteamericano en la guerra entre Bolivia y Paraguay, llego acompañado de su esposa María Humeres Solar y su hija Laura Braden. El 29 de mayo fue agasajado con una cena por la Sociedad Americana del Río de la Plata . Lo acompañaban en la cabecera presidente de la institución Teodoro Post, su vice William Fraser y el secretario Steven Adams.

Según informa el diario La Prensa del día 30-05, Braden en su discurso afirmó : “Es nuestra resolución de no inmiscuirnos en los asuntos interiores o exteriores de las demás repúblicas americanas. Obedeciendo a ese espíritu (…) estoy seguro de que ningún norteamericano ni grupo de norteamericanos se inmiscuirán jamás en la política interior o exterior de la República Argentina.” Sin embargo, luego de las recomendaciones de no inmiscuirse en cuestiones internas, finalizo su discurso, haciendo un llamado al espionaje interno de los allí presentes: “Las actividades subversivas de los sistemas totalitarios, son tan características, que las odiosas palabras quinta columna y nazi han llegado a ser sinónimos. El detalle más insignificante puede tener importancia, y por lo tanto, me permito aconsejaros que agudicéis la vista y el oído, y que todo los sospechoso o extraordinario, informéis a la embajada, la cual, por el procedimiento adecuado le hará saber a las autoridades argentinas o a quienes corresponda.”

Perón que aspiraba a recomponer las deterioradas relaciones con los EEUU, estaba preocupado, por la campaña de la prensa norteamericana y local, que lo asociaban a las políticas del nazi-fascismo. En su rol de Vice-Presidente recibió a Braden, en su despacho.

Según cuenta Perón, el embajador fue a hablar sobre las liquidaciones de las propiedades del Eje, y de las concesiones a empresas aéreas norteamericanas. Y que si él accedía a estas peticiones, Estados Unidos no pondría obstáculos en su camino a la presidencia. Perón contó que lo miró fijo a los ojos, y le dijo que lo entendía, pero que había un solo inconveniente:“En mi país el que hace eso, se lo llama hijo de puta”. Sin mediar palabra, Braden abandonó la oficina y se olvidó el sombrero. El propio Perón se dio cuenta cuando vio a empleados de Casa Rosada, jugando al fútbol con él y se lo envió al día siguiente con un ordenanza.

Braden fue recibido con algarabía por el antiperonismo. Como si fuera un candidato electoral, salió a recorrer el país. En Santa Fe, el 21 de julio, lo recibieron en el Jockey Club y en la Universidad del Litoral con carteles que decían: “Democracia sí, nazis no”.

En el paraninfo de la universidad, colmado de publico, Braden hizo un largo discurso, donde básicamente explicó que la Doctrina Monroe (“América para los americanos”) seguía vigente, pero ya no con el bick stick (gran garrote) sino con un formato renovado de “buena vecindad” : “EEUU afirma la solidaridad espiritual de las repúblicas americanas frente al desafío fascista, y compromete su resolución de proteger dicha solidaridad, no solo contra agresiones armadas, sino también contra la propaganda subversiva y otros tipos de intervención.”

Es interesante el concepto de protección “no solo contra agresiones armadas, sino también contra la propaganda subversiva y otros tipos de intervención” . Terminada la SGM, los nazis no iban a invadir ningún país americano, pero el peronismo encajaba como el peligro de “la propaganda subversiva y otros tipos de intervención.” . Y, lo de la defensa contra “agresiones armadas” no ya del fascismo, sino del comunismo, será la doctrina que van a emplear en los 60-70.

Cuando regresó de su viaje, una muchedumbre lo aguardaba en Retiro. Según el diario La Prensa, lo recibieron distinguidas personalidades como: Federico y Otto Bemberg, Adolfo Boy, José María Paz Anchorena, Celedonio Pereda, Guillermo Madero, Alberto Jiménez Zapiola, Pedro M Ledesma, entre otros. “Los aplausos prolongados y las expresiones de cordialidad se repitieron incesantemente oyéndose exclamaciones espontáneas tales como ¡Vivan los Estados Unidos! ¡Viva Braden! ¡Libertad! ¡Democracia! y ¡Elecciones!”… culmina su relato La Prensa.

Mas tarde hace declaraciones: “La campaña recientemente promovida en contra de mi país y mi persona, es de creer que ha sido instigada por elementos nazis extranjeros, totalmente ajenos al verdadero y noble sentir el pueblo Argentino”.

El 15 de septiembre en el Museo Social, redobla su apuesta en materia de declaraciones duras: “Me atrevo a decir, que no existe un país en el mundo, en el que los nazis se encuentren en una posición tan fuerte como la que tienen aquí en Argentina. Esta es, vuelvo a repetirlo, una seria amenaza a la seguridad de los países de América. Espero y confío que el pueblo argentino elimine pronto esa amenaza. (…) Estemos alertas para distinguir en todo momento entre el bien y el mal, y dispongámonos a extirpar el mal, donde quiera que se presente”

Su gran baño de multitud lo recibirá el 19 de septiembre en la marcha por la Constitución y la Libertad. Ese día, cerca de 200 mil porteños recorren las calles de Buenos Aires.

Según relata Félix Luna: (los estancieros) “Don Joaquín de Anchorena, y Antonio Santamarina contestaban los aplausos con elegantes galerazos; (los comunistas) Rodolfo Ghioldi, Pedro Chiaranti y Ernesto Giudice, con el puño izquierdo en alto; Alfredo Palacios, con vastos ademanes que no desacomodaban su chambergo”.

La vanguardia intelectual cantaba la Marsellesa en francés, en claro contraste con las marchas de obreros sudorosos donde se podía escuchar el: “¡Yo te daré Patria hermosa una cosa que empieza con P! ¡Perón!”.

Detrás de un gran cartel que reproducía la efigie de Sarmiento, marcharon los jóvenes de la Federación Universitaria Argentina, quienes, entre otras consignas cantaban: “Libros si, Botas no!” , en clara alusión al entonces Coronel Perón. La cual dará origen a la contra-consiga “Alpargatas si, libros no!” cantada por los obreros peronistas que veían a los universitarios claramente del lado de la oligarquía. En Plaza Francia, con el aplauso generalizado, Spruille Braden se sumó a la cabeza de la marcha.

Al día siguiente Braden dirá: “La Marcha de la Constitución y la Libertad, cuyo final presencié personalmente, fue una magnífica manifestación cívica que seguramente causará una gran impresión en mi pueblo.”

Con el impulso de la gran movilización de la clase media porteña, sectores de la Marina y Ejercito, dan un golpe de palacio, el 9 de Octubre, destituyendo a Perón de todos sus cargos y encarcelándolo en Martín García. Pero, el día 17 una gran movilización, esta vez de trabajadores del cordón industrial, restituye en su poder a Perón y lo proyecta como líder y candidato a presidente.

El 21 de octubre el Senado de EEUU, apura el tramite de nombrar a Braden como Encargado de los Asuntos Latinoamericanos, y da por finalizada su gestión como embajador. El senador republicano Robert Lafollette cuestiona el papel de Braden: “Creo que las informaciones de prensa y del mismo Braden sobre la Argentina han carecido mucho de información esencial. Digo esto sin ninguna simpatía por Perón. Fue una gran sorpresa, leer los despachos en el New York Time del 19 y 20 del corriente, que demostraban la influencia de Perón sobre los sindicatos obreros. Este fue el primer indicio que tuve, de que el gobierno de Perón contará con el apoyo de la clase trabajadora argentina.”

El libro Azul

El 12 de febrero, pocos días antes de los comicios, como gran golpe propagandístico, se publica en EEUU el llamado “libro Azul”, donde se exponen los supuestos vínculos del gobierno militar y de Perón con los nazis. Braden lo presenta en Nueva York ante un auditorio de 800 veteranos de guerra.

Allí dice: “Una forma en que el nacionalsocialismo elogia de los labios para afuera a la democracia, es su simulada preocupación por las masas trabajadoras, buscando su apoyo para ruina posterior de ellas, con pan y circo, y organizándolas en sindicatos fiscalizados por el gobierno, que son simples instrumentos de la esclavitud. (…) Estamos decididos a no permitir, que por complacencia nuestra, nazca un nuevo brote del fascismo en este hemisferio, permitirlo sería insensato y quizás suicida.”

El gobierno argentino responde rápidamente con el libro “Azul y Blanco”, elaborado por el entonces Canciller Juan Isaac Cooke (padre de John William Cooke) .

El libro “Azul” que en realidad se llamaba: “Consulta entre las repúblicas americanas sobre la situación argentina”, fue publicado en ingles y nunca traducido al español. Recién en 2021, los investigadores, Rodrigo Mas y Martin Prestía publicaron “Braden o Peron”. Un libro editado por el IFAP y UPCN con prologo de Raanan Rein, que contiene la traducción completa del “Blue Book” y su respuesta en “Azul y Blanco”.

Por supuesto, Perón eligió como adversario electoral al embajador Braden. Y la Unión Democrática lejos de despegarse, agitó el Libro Azul como discurso de campaña. El clima político de la época fue muy tenso, a decir de Félix Luna: “Nunca se odió tanto en el país como en aquel año; nunca los argentinos vivieron de una manera tan físicamente palpable el odio de los unos contra los otros”.

“Sepan quienes voten el 24 por la fórmula del contubernio oligárquico comunista, que con ese acto, entregan sencillamente su voto al señor Braden. La disyuntiva en esta hora trascendental es esta: o Braden o Perón. Por eso glosando la inmortal frase de Roque Peña digo: sepa el pueblo votar.” Juan Domingo Perón 12-02-1945

Las tapas de los diarios

El 24 de febrero de 1946, la formula Perón-Quijano obtuvo 1.527.231 votos (55%) contra 1.207.155 de Tamborini-Mosca de la coalición Unión Democrática. El escrutinio demoró muchos días, durante los cuales cada coalición intentó mostrar que iba ganando.

Y , como pasa actualmente con los medios afines y de oposición, el resultado electoral tuvo disimiles respuestas periodísticas. Mientras el mismo día 25 , La Época (diario pro-peronista) titulaba con exceso de optimismo : “Triunfo Perón en Entre Rios, Santa Fe y Buenos Aires: Calculase que vencerá en proporción de 4 a 1”.

Clarín tituló: “ Respalda el Ejercito la voluntad popular”, e ilustra con una gran foto del candidato de la Union Democrática, Jose P. Tamborini en momento de emitir su voto. Luego, si uno busca las tapas siguientes de Clarín hasta mediados de abril, solo hay títulos de las provincias donde inicialmente gana Tamborini, para luego ir diluyendo los títulos. Si es por Clarín, y nos quedamos sin saber quien gano la elección presidencial.

Años mas tarde Perón reconoció que si Braden no hubiera existido “debí haberlo inventado”, y Braden admitió años después que “el slogan Braden o Peron, fue una brillante maniobra electoral”.

(*) El columinista es autor de Salvados por Francisco y La Lealtad-Los montoneros que se quedaron con Peron.

https://www.lmneuquen.com/pais/el-dia-que-braden-perdio-peron-n998003

El movimiento obrero: el último dique frente al proyecto liberal

Por Gustavo Matías Terzaga

Uno de los rasgos distintivos de la ofensiva liberal de nuestro tiempo es su capacidad para manipular el lenguaje hasta convertirlo en un instrumento de inversión moral. Bajo consignas como la llamada “industria del juicio”, se intenta instalar la idea de que el empleador es la víctima de un orden jurídico adverso y que el trabajador es el responsable parasitario, ocultando que el vínculo laboral es esencialmente desigual y que el Derecho del Trabajo surgió para limitar ese poder y proteger al trabajador.

El examen del proyecto denominado “Modernización Laboral” no puede agotarse en la fría enumeración de sus institutos ni en la apariencia técnica con la que pretende presentarse ante la opinión pública. Estamos, en rigor, frente a un desplazamiento estructural del estatuto constitucional del trabajo consagrado en el art. 14 bis, es decir, ante un intento de reordenar la relación entre capital y trabajo en favor del primero, alterando uno de los pilares sobre los que se edificó el constitucionalismo social argentino. La acumulación de modificaciones proyectadas —en materia de jornada, horas extraordinarias, régimen indemnizatorio, fondos de cese laboral, vacaciones, salario, período de prueba y negociación colectiva— revela un patrón normativo coherente que no apunta a mejorar la organización productiva, sino a reducir la intensidad protectora del sistema y a trasladar de manera sistemática el riesgo económico desde el empleador hacia el trabajador.

Por eso, cuando una reforma laboral debilita de manera sistemática la protección del trabajo, no está modernizando el derecho ni la estructura jurídica laboral, está alterando las bases constitucionales del orden social. Y esa alteración no puede comprenderse sólo como un episodio legislativo, sino como parte de un proceso histórico más amplio de reconfiguración del poder económico y político en la Argentina. Desde esa perspectiva —y no desde la ingenuidad tecnocrática— debe leerse el debate actual, porque lo que está en discusión no es simplemente un régimen laboral, sino el lugar mismo del trabajo en la comunidad nacional.

La herencia pos Malvinas

Hay derrotas que no se miden únicamente en términos territoriales o militares, sino en el desplazamiento silencioso de un país entero de su propio eje histórico. La derrota en Malvinas fue una de ellas. No sólo significó el cierre de un capítulo militar, sino la apertura de un ciclo político y económico que reorganizó la Argentina sobre nuevas bases; debilitando su autonomía estratégica y habilitando la consolidación de un programa de apertura irrestricta, desindustrialización y subordinación financiera que se convertiría, con los años, en el verdadero consenso del nuevo orden democrático.

No se trató de un simple cambio de rumbo, sino de una mutación profunda del Estado y de la estructura social. La transición democrática no desmontó ese programa de genocidio económico a cuenta gotas; lo administró, lo legitimó y en muchos aspectos lo profundizó mediante reformas estructurales, privatizaciones y reconfiguraciones institucionales que erosionaron sistemáticamente las bases materiales del trabajo organizado y del Estado social. La democracia recuperada convivió así con una economía cada vez menos nacional, una soberanía cada vez más langidecida y con una sociedad progresivamente más fragmentada.

La retracción industrial que atraviesa la Argentina no puede interpretarse como un accidente histórico ni como el simple efecto de ciclos económicos adversos en el marco de la naturalización de la alternancia política, sino como la consecuencia lógica de un patrón de acumulación consolidado a lo largo de décadas que ha subordinado la producción y el trabajo a la primacía de la renta exportadora y la valorización financiera. Lejos de tratarse de una fatalidad o de una supuesta incapacidad estructural, este proceso responde a una decisión política persistente del bloque de poder que administra el excedente generado por las commodities en función de sus propios intereses, configurando un modelo económico cuya única coherencia estratégica —lamentablemente— ha sido la consolidación de un proyecto claramente antinacional.

La estrategia de desarticular al sujeto histórico

El neoliberalismo no es únicamente un modelo económico; es, sobre todo, una estrategia de poder. Su objetivo central ha sido debilitar al sujeto colectivo del trabajo no sólo en la fábrica, sino en la cultura, en la educación, en el sentido común y en la identidad social. La actual ofensiva contra los derechos laborales es también un ataque final al sindicalismo argentino —disfrazada bajo el lenguaje amable de la “modernización”— no es un fenómeno novedoso, sino la culminación normativa y jurídica de una transformación iniciada hace décadas en el plano cultural, económico y organizacional.

Dicho sin rodeos, la reforma laboral en debate no busca mejorar la productividad ni corregir desajustes frente al avance de los tiempos; apunta a quebrar definitivamente al sujeto histórico que, con todas sus contradicciones, fue el principal límite al poder económico en la Argentina. Por eso, la defensa del movimiento obrero organizado no es una consigna nostálgica ni una reivindicación corporativa, es una condición indispensable para cualquier proyecto nacional sustentable con vocación de soberanía y justicia social.

La continuidad histórica de la CGT

En ese escenario, la CGT —aún fragmentada, aun desgastada— sigue encarnando una continuidad histórica que no pudieron destruir ni el globalismo, ni la dictadura genocida, ni Alfonsín, ni el neoliberalismo de los noventa, ni las restauraciones conservadoras posteriores. Ha sido blanco sistemático no sólo del poder económico y de las expresiones partidarias del establishment, sino también de sectores que se autodefinen como populares y que nunca comprendieron que sin organización obrera no existe democracia efectiva para el pueblo.

Un progresismo de matriz cultural, todavía influyente en ciertos espacios, adopta acríticamente el relato de la “burocracia sindical” como explicación totalizante. Esa narrativa funciona como un dispositivo de deslegitimación del único actor colectivo con capacidad real de disputar poder y establecer límites al capital. El problema no consiste en exigirle a la CGT que vuelva a ser lo que fue, sino en reconstruir el sujeto histórico que le dio origen y potencia.

Porque lo que atravesamos no es una crisis más, es la fase final de un modelo de dominación y de demolición nacional que desde el golpe de 1976 avanza sobre los restos de un país que supo tener un movimiento nacional, industrial y soberano; el de Perón y Evita. Aquella irrupción violenta buscó amputar la memoria popular, desarticular la conciencia nacional, eliminar la representación sindical y disolver los vínculos de solidaridad en nuestra sociedad.

La clase trabajadora fue convertida en variable de ajuste mediante represión directa, desaparición de dirigentes y disciplinamiento social, mientras una ofensiva cultural persistente reducía al sindicalismo a una caricatura tóxica. El menemismo, como fase política de profundización del programa de Martínez de Hoz, consolidó la extranjerización y la desindustrialización, pero también licuó desde el propio peronismo al sujeto social que le había dado origen.

Las limitaciones del ciclo K

En los años posteriores a 2003 se intentó recomponer una política nacional, aunque sin alcanzar una verdadera estructura popular organizada. Cristina Fernández de Kirchner se convirtió en figura central de un modelo que, pese a conquistas significativas y disputas con poderes concentrados, operó crecientemente con lógica palaciega. La rosca desplazó a la representación y el verticalismo reemplazó la construcción colectiva.

El movimiento obrero fue utilizado como base electoral, pero relegado como actor político autónomo, y el vínculo comenzó a resquebrajarse definitivamente en 2011, tras la muerte de Néstor Kirchner. Desde entonces, el sindicalismo pasó a ser visto con sospecha —cuando no directamente como un estorbo— en el esquema de poder, en contraste con la tradición histórica en la que Perón sostenía un vínculo cotidiano y orgánico con la central obrera. Esa desconfianza hacia todo poder popular autónomo, que bajo una conducción estratégica puede fortalecer a un gobierno y a un proyecto nacional, terminó erosionando la posibilidad de reconstruir una verdadera columna vertebral durante el kirchnerismo. Lejos de consolidarse, esa base fue progresivamente vaciada, debilitando la capacidad estructural de un proyecto que necesitaba, más que nunca, apoyarse en su sujeto histórico.

El cambio en la estructura del trabajo

Sin embargo, no todo el retroceso sindical se explica por decisiones políticas. El mundo del trabajo se transformó profundamente. La precarización, la tercerización, la automatización y la expansión de nuevas formas laborales desancladas del empleo formal erosionaron la densidad organizativa clásica. Trabajadores de plataformas, monotributistas crónicos y sectores informales crecieron por fuera de los canales tradicionales de representación, reduciendo la base material del sindicalismo.

A esta situación se suma un dato decisivo. Las acciones del sindicalismo carecen de capitalización política real, en gran medida como resultado de una dirigencia política cupular absorbida por la lógica de la rosca y la disputa de centralidades relativas, más preocupada por la administración del poder que por la construcción de una base social organizada. En ese marco, con menos trabajadores formales, menor poder de fuego y un Estado debilitado, se le exige a la CGT una capacidad de acción que sólo podría existir con un movimiento obrero plenamente articulado y respaldado por una conducción estratégica que hoy no aparece o no logra consolidarse. Y sin embargo, aun en su estado de fragmentación y desgaste, la central obrera ha hecho más que buena parte de la oposición política. Ha puesto el cuerpo en los momentos decisivos mientras otros optaban por la especulación, evidenciando que, incluso debilitado, el movimiento obrero sigue siendo el único actor colectivo con capacidad real de expresar resistencia social organizada. En este contexto, si el peronismo aspira a constituirse en una alternativa política hacia 2027, debería comenzar a ofrecer señales concretas de la tantas veces invocada unidad, convocando a los principales actores políticos y sociales en torno a un programa común que no sólo reconozca, sino que acompañe, sostenga y fortalezca la lucha de los trabajadores como eje ordenador de cualquier proyecto nacional con vocación de futuro.

La batalla por venir

Macri, Milei y toda futura restauración conservadora no hacen más que inscribirse en una misma línea histórica; la continuidad del programa inaugurado por Martínez de Hoz y profundizado por el menemismo, cuyo objetivo estratégico ha sido desmontar el principal dique de contención frente al avance antinacional, encarnado en el modelo sindical argentino.

La reconstrucción no vendrá desde los despachos ni desde los laboratorios de opinión, sino desde las organizaciones reales, desde los delegados de base, desde las cooperativas, los barrios y las instituciones comunitarias. Desde ese subsuelo donde todavía late lo nacional. La disputa que se abre no es sólo por salarios, derechos o convenios; es una batalla por la historia, por la dignidad y por el sentido mismo de la nación y su comunidad. Si existe un futuro posible, será con el movimiento obrero como sujeto político central, porque no hay nación sin clase trabajadora organizada, ni peronismo ni movimiento nacional sin su columna vertebral en pie.

* Abogado. Pte. de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE, de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

La Organización Vence al Tiempo

Por Julio Fernández Baraibar

Leer La Nación, con el método que nos recomendaba Arturo Jauretche, sigue siendo un ejercicio iluminador.

Hoy se discute en el Senado Nacional una nueva Ley Laboral que, con toda seguridad y dadas las alianzas ya establecidas, quitará derechos, cuya conquista ha llevado décadas de lucha, reducirá sus ingresos reales, aumentando la plusvalía relativa, y prolongará la jornada laboral, por consiguiente aumentará la plusvalía absoluta, tendiendo a que el salario, el precio de la venta de la fuerza de trabajo humano al capitalista, se reduzca hasta el límite de su reproducción simple, es decir a lo necesario para poder seguir vendiendo su trabajo.

Uno tiende a suponer que una ley de estas características solo podría recibir elogios del órgano periodístico de la clase dominante argentina, como ha sido y es el diario La Nación.

Sin embargo, en la edición de hoy una  nota firmada por Nicolás Balinotti -el escriba a sueldo dedicado al sindicalismo- formula un duro cuestionamiento al proyecto de ley:

“Entre los cambios más salientes del proyecto que se discute hoy en el Senado surgen algunas concesiones a los reclamos de la CGT: conservar intactos los recursos de las obras sociales sindicales, sostener las cuotas solidarias y mantener a los empleadores como agentes de retención del pago de afiliación sindical. Es decir, la caja no se toca. Tampoco se alteraría el modelo sindical, la viga maestra sobre la que los gremios peronistas construyeron su poder. Si avanza el proyecto, las limitaciones al derecho a huelga y a las asambleas en los lugares de trabajo empujarán a la CGT tener el monopolio de la negociación con el Gobierno y los empresarios, y perderán los gremios más combativos”.

Este párrafo reconoce y explicita que lo que establishment económico argentino buscaba con esta ley no era tan solo reducción salarial y extensión de la jornada laboral. Al parecer, ocupaba un lugar  central en el proyecto el desmantelamiento organizativo y económico del movimiento sindical argentino, una de las últimas conquistas logradas por el peronismo y que han logrado sobrevivir durante estos 80 años, pese a la intención explícita de los gobiernos liberales desde 1955 de lograr su desaparición. Es ese mismo movimiento sindical argentino que ha caracterizado al país, distinguiéndolo del resto del gremialismo de los países de la región. La CGT y los sindicatos obreros argentinos, su fortaleza organizativa y económica, sus obras sociales, sus escuela sindicales y su presencia permanente en la vida política del país constituyen el orgullo de los trabajadores sindicalizados del país.

Por eso es que ese sueño húmedo de destruir al movimiento obrero organizado ha sido, como digo, el objetivo estratégico del liberalismo antiperonista. Y como muy bien advierte el paniaguado Balinotti, ese perjuicio enorme que sufrirá el conjunto de los asalariados argentinos, a partir de este proyecto de ley, será transitorio y efímero si se mantiene la estructura gremial que permita la derogación de toda esta legislación antiobrera, ni bien se modifiquen las condiciones políticas y económicas que permitieron su sanción.
Y entonces, como decía Jauretche, la lectura de La Nación ilumina las negociaciones llevadas a cabo por la dirigencia sindical. En un momento de debilidad, cuando el enemigo de intereses nacionales y de clase se encuentra en mayoría, en un momento de la política internacional donde todos esos intereses están disputando hegemonía y el futuro es por demás incierto, lo central es mantener la estructura que permita futuras luchas, cuando “la tortilla se vuelva”.
Por otro parte, resulta casi enternecedora la preocupación del cagatintas de La Nación por “los gremios más combativos”.

Leer el diario de Mitre permite entender la maniobra del enemigo. Gracias don Arturo por esa enseñanza.

11 de febrero de 2026.

La Cámpora, el kirchnerismo y un balance de época (parte II)

Por Gustavo Matías Terzaga*

Luego de 54% de Cristina en 2011, pensar en voz alta dentro de las organizaciones kirchneristas sobre figuras, tradiciones y problemas estructurales de la Argentina profunda pasó a ser leído como una herejía. Hablar de Julio Argentino Roca, del movimiento obrero como columna vertebral, de la historia militar argentina, de la soberanía nacional y el rol estratégico de las Fuerzas Armadas, de las enseñanzas de Malvinas como causa central, del Día de la Raza y el legado hispánico, de la vigencia intacta de la Ley de Entidades Financieras, del Estado Empresario de Perón, de la explotación de los recursos naturales, de la religiosidad popular, de la cultura criolla y de las tradiciones del pueblo profundo —y, en casos extremos, hasta del propio Juan Domingo Perón (que era hombre y militar) y la doctrina justicialista— fue progresivamente interpretado por los referentes camporistas como un desafío a la “línea” bajada desde el núcleo dirigente y la conducción. Temas típicos de pianta votos, “de facho y conserva”. ¡Si hasta la Marcha peronista fue considerada vetusta!. El resultado fue un empobrecimiento doctrinario deliberado y un desconocimiento de nuestra historia que sacrificó densidad y continuidad histórica en nombre de la comunicación política, moderna, coyuntural y vanguardista.

Lo cierto es que La Cámpora bebió más de una mística contracultural que de una doctrina política surgida de nuestra propia racionalidad histórica como pueblo/nación. Ese imaginario político juvenil se formó menos en la tradición orgánica del peronismo o en el legado de nuestros pensadores nacionales, y más en una épica independiente y autorreferencial, próxima al universo simbólico de Patricio Rey y Sus Redonditos de Ricota. Una pertenencia cerrada que no consulta ni escucha, con códigos internos, identidad intensa, mística propia, desconfianza hacia afuera, papel picado adentro y una idea de “resistencia” más estética y emocional que estratégica. Cuando una organización juvenil nace para custodiar una herencia y termina viviendo de custodiarla, deja de ser herramienta de transformación para las nuevas generaciones militantes y se convierte en aparato de mera preservación del espacio, impedido, naturalmente, de la posibilidad de construir procesos sociales en los tiempos largos del pueblo.

El problema del sujeto político: “¿Trabajadores, únanse!”

El peronismo clásico edificó su fuerza sobre un dato duro de la realidad. El trabajador organizado no era una identidad cultural ni un segmento etario, ni una temporalidad, sino un sujeto estructural, situado en el corazón de la economía, con capacidad material de presión, con disciplina colectiva, con fuerza de base y con instituciones propias fuera del Estado y del gobierno. No era “pueblo” porque se lo nombrara; era pueblo trabajador porque estaba organizado y porque su lugar en la producción nacional le daba un peso específico y un determinado rol político, incluso en el Congreso, la diplomacia y el comercio exterior. Con Perón, el poder político se sostenía en la organización y en la mediación virtuosa como posibilidad entre los márgenes de los conflictos y los intereses, pero con un sujeto político claro que era la columna vertebral del movimiento nacional.

El kirchnerismo, en cambio, fue desplazando ese centro de gravedad. Su sujeto emblemático pasó a ser la juventud politizada, el estudiante universitario, no como actor complementario en términos de renovación generacional sino como núcleo irradiador de legitimidad, militancia y estética. Esto no significa que el kirchnerismo no haya tenido relación con el mundo del trabajo; la tuvo durante todo su ciclo con un Ministerio y un buen Ministro como Carlos Tomada, y por tramos con fuerza. Pero en términos de imaginario político, de eje vertebrador de toda la política, incluso de épica y de reproducción de cuadros, la figura privilegiada no fue el trabajador organizado sino el joven militante formado en una cultura política universitaria, comunicacional y también estatal.

Los pibes para la Liberación

En el caso de aquella intensidad manifiesta del Patio de Las Palmeras, el derrotero posterior confirma un rasgo estructural de aquella experiencia. Una vez concluido el período de militancia universitaria intensa —cuando la política funcionaba como identidad total y horizonte existencial— la prioridad de muchos de sus integrantes se desplazó hacia el ejercicio de la profesión liberal. La política, que había sido concebida como destino histórico, pasó a ocupar un lugar episódico, nostálgico o testimonial, mientras la inserción individual en el mercado profesional se convirtió en un pasaje natural prioritario. Ese tránsito no debe leerse como una traición personal, sino como síntoma de una concepción política que no logró articular militancia con organización social estable, ni construir un anclaje duradero en el mundo del trabajo y la producción.

Cuando la política se vive como etapa formativa y no como forma permanente de organización colectiva, su final lógico es la retirada hacia la trayectoria individual; y cuando eso ocurre a escala generacional, el resultado no es una generación militante lista para la “liberación nacional”, sino la disolución del sujeto político que se pretendía fundar. Volviendo al sujeto político, y dicho con mayor claridad; la condición estudiantil, aun cuando se prolongue, es transitoria y acotada en el tiempo; la condición de trabajador, en cambio, estructura casi toda una vida. Y allí, se lucha políticamente mientras se trabaja, no sólo cuando sobra el tiempo. Por eso, construir un proyecto político sobre el estudiante implica apoyarse en una etapa; hacerlo sobre el trabajador supone anclarse en una existencia social permanente, en la producción, en la experiencia cotidiana, en la familia y en la base material de la comunidad organizada.

DDHH y grieta

Desde su llegada al gobierno nacional, el kirchnerismo desplegó como bandera principal una política virtuosa en materia de derechos humanos al convertir una demanda histórica en política de Estado, impulsando la anulación de las leyes de impunidad, la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad y la recuperación de la memoria como compromiso institucional. Esa decisión fortaleció el Estado de derecho, restituyó dignidad a las víctimas e intentó consolidar un consenso democrático amplio en torno al terrorismo de Estado como crimen imprescriptible. Una política que nos dignificó como pueblo y que fue referencia a escala mundial. Pero esa política, con el correr del tiempo, también adquirió una arista compleja; tendió a cristalizarse como identidad excluyente, a funcionar como frontera moral interna y a desbordar su función jurídica para convertirse en criterio de alineamiento político ante la sociedad.

Cuando los derechos humanos dejan de ser un consenso democrático transversal y pasan a operar como lenguaje de facción política, corren el riesgo de perder su potencia universal al caer en las categorías menores y mezquinas de nuestra política doméstica actual, y de ser utilizados para clausurar debates estratégicos que exceden —y no niegan— aquella conquista histórica. Tengamos en cuenta que uno de los rasgos más característicos de la ofensiva liberal contemporánea es la utilización demagógica del lenguaje como herramienta de inversión política y moral. A medida que la política se inscribía cada vez más en la lógica binaria de la grieta, dividiendo las tribunas en “ustedes o nosotros”, el adversario encontró terreno fértil para responder con una demonización reactiva y simplificadora, como el número de desaparecidos, o “el curro de los DDHH”. Señalar esto no implica retroceder en esa agenda ni ceder frente al sector reaccionario que pretende resignificarla, “pacificar” o cambiarle el signo, sino advertir que cuando una política justa y potente se enmarca también en una dinámica espejada de confrontación permanente, puede terminar facilitando su propia desnaturalización.

La debilidad política del 24 de Marzo

Con el paso de los años, si bien la alegría y el clima festivo siempre es bienvenido en las calles como catalizador de las heridas populares abiertas, el 24 de marzo dejó de ser solo una jornada de recogimiento, denuncia política y pedagogía histórica para transformarse, en los últimos tramos, en una escenificación atravesada por agendas y estéticas ajenas a la experiencia histórica que se conmemora. Performances provocativas, cuerpos desnudos, consignas superpuestas y una especie de “kermesse militante” convirtieron la marcha en un evento identitario para diluirse en un significante amplio de “violencias” indistintas. Cuando todo entra en “la marcha” de manera abrupta y forzada, aprovechando la dinámica de los “nuevos tiempos», el núcleo político e histórico pierde densidad. Incluso la incorporación de categorías contemporáneas sin respaldo histórico específico (como la idea de desapariciones “trans” durante el genocidio), termina generando confusión, reacción y descreimiento, facilitando y reproduciendo la impugnación negacionista que se pretende combatir. La memoria no se fortalece cuando se expande sin criterio, sino cuando se cuida y profundiza su sentido, se preserva su lenguaje y se mantiene claro qué se recuerda, por qué y contra quién. En síntesis, una conmemoración tan cara a nuestros sentimientos, sin anclaje profundo en la historia y sin contenido nacional no alcanza, por sí sola, para proyectar futuro para nuevas generaciones.

En ese clima, muchos jóvenes antikirchneristas terminaron siendo el producto inverso —pero simétrico— de la misma lógica; formados más en la reacción contra un relato que en la comprensión histórica de fondo, abrazaron el negacionismo no como resultado de un conocimiento crítico del pasado, sino como gesto identitario frente a una memoria que percibieron saturada, ritualizada y políticamente instrumentalizada.

¿No da la impresión de que a Milei muchos de los temas le llegan prácticamente resueltos, listos para ser capitalizados? Como si buena parte del terreno hubiera sido despejado de antemano y solo quedara aprovecharlo. ¿Acaso no estamos sorprendidos del consenso y el apoyo que encuentra en gran parte de la sociedad, pese a herirlos en sus necesidades vitales?. Esa ventaja no nace de su fortaleza, sino de nuestras debilidades discursivas y políticas; del vacío que dejamos en la representación de muchos problemas reales y del lenguaje que abandonamos. Allí se explica, en buena medida, su capacidad para convertir malestares dispersos en apoyos concretos.

Un contenido ausente

Persiste un vacío en el modo en que este período es narrado y comprendido. Hay aspectos que no se nombran con la claridad ni con el énfasis que su incidencia histórica exige: la estructura económica, política y cultural de dependencia que la dictadura vino a consolidar y que, bajo nuevas formas, continúa condicionando la vida nacional incluso en democracia. Nos referimos a los apellidos civiles que la sociedad debería recordar con la misma nitidez con la que recuerda a Videla o a Galtieri, a casi cincuenta años del retorno democrático. Sucede que el sentido común de la democracia argentina fue colonizado y, por ello, nuestra dirigencia política no supo, no quiso o no pudo construir una verdadera democracia para el pueblo. La dictadura fue derrotada políticamente, el pueblo la sacó, pero sus bases económicas y culturales no solo sobrevivieron, sino que fueron asumidas como “normales” por la mayoría del arco político demoliberal. Y allí está, aún vigente e indiscutida, la Ley de Entidades financieras que es el mástil de todo el andamiaje de la dependencia económica para la Argentina.

El constante retorno de los civiles

Suele afirmarse que el gesto de Néstor Kirchner al bajar los cuadros tuvo un enorme valor pedagógico y simbólico para una generación. Y tal vez lo tuvo. Pero una formación política más completa, útil y situada hubiera exigido, además, correr el foco hacia las responsabilidades civiles que hicieron posible el terrorismo de Estado, con mayor vigor, para habilitar otra dimensión política sobre el tema y encontrar elementos que colaboren a la conformación de un diagnóstico histórico y político, lo más racional posible. Aunque algo de eso ocurrió con Magnetto de CLARÍN. En síntesis, la democracia recuperada en 1983 colocó con justicia a los ejecutores del terror en el centro del juicio histórico, y eso fue una gran conquista popular, pero dejó en penumbras a quienes diseñaron y se beneficiaron del proyecto económico que la dictadura vino a imponer. Al narrar aquel período como una anomalía exclusivamente militar, se desatendió la estructura de poder que hizo posible el terrorismo de Estado y que, en buena medida, siguió operando bajo formas democráticas. Esa lectura parcial ayuda a explicar por qué hoy reaparecen, con legitimidad electoral, intereses que ya habían condicionado el destino nacional a sangre y fuego, por caso los vencedores en Malvinas. El propio Javier Milei ha manifestado admiración pública por figuras como Margaret Thatcher, Ronald Reagan o Winston Churchill, íconos colonialistas del poder anglosajón.

Luego nos sorprendemos de que esos civiles promotores y beneficiarios de la dictadura lleguen a la presidencia por el voto popular, o de que otros, desde las sombras, la consideren un “puesto menor».

Si Evita viviera sería Montonera

A lo largo de todo el ciclo kirchnerista se consolidó una idealización superficial de los años setenta convertida en épica militante permanente. Esa lectura no solo deshistorizó en parte una experiencia trágica de un período complejo de nuestra historia política reciente, sino que profundizó un prejuicio antimilitarista heredero directo del dispositivo desmalvinizador de la posguerra. En esa confusión conceptual se instaló una idea tan eficaz como dañina; que la memoria y los derechos humanos eran incompatibles con la defensa nacional, y que reducir las Fuerzas Armadas y la política de defensa equivalía, casi automáticamente, a fortalecer la democracia. Así se consolidó una debilidad estratégica persistente, que atraviesa desde la dirigencia hasta el último militante; la creencia de un país sin hipótesis de conflicto, sin necesidad de formación de cuadros militares nacionales y sin articulación entre defensa, Estado, industria y comunidad, justo cuando el escenario internacional se volvió más inestable, competitivo, incierto y riesgoso. Lo más grave es que de esa pedagogía surgieron generaciones formadas en una premisa falaz; la idea de que la Argentina vive al margen de las tensiones geopolíticas y que la defensa es un residuo del pasado. Educados en esa cultura de la indefensión, terminan asociando democracia con desarme y derechos humanos con negación de la soberanía, reproduciendo sin advertirlo una matriz funcional a los mismos intereses que históricamente condicionaron al país.

Como dice una amigo que milita en HIJOS; “veo un auto con la silueta de Malvinas en la luneta y yo pienso que ahí va un facho de mierda”. Y si. Esa reacción expone el daño cultural de una grieta llevada al extremo, donde símbolos nacionales compartidos dejan de ser patrimonio común y pasan a funcionar como marcas de sospecha ideológica, empobreciendo la política, ocultando nuestro sentido histórico y fracturando el sentido de pertenencia colectiva.

¿No convendría preguntarse si, en la lectura más difundida del kirchnerismo sobre los años setenta, figuras como Isabel Perón y José Ignacio Rucci quedaron ubicadas en un lugar incómodo, lateral o directamente negativo dentro de la propia historia peronista? ¿No fue Isabel presentada casi exclusivamente como antesala del golpe, sin ponderar en su justa medida los méritos y el contexto de crisis institucional que atravesó su gobierno constitucional? ¿Y no quedó Rucci reducido a la imagen de un sindicalista conservador, perdiéndose de vista su papel como articulador clave entre Perón y el movimiento obrero en una Argentina muy distinta a la de 1955?

En esa simplificación, ¿no se recortó selectivamente el pasado en función de una narrativa épica que dejó de lado zonas decisivas para comprender la etapa en toda su complejidad? Por ejemplo, ¿no resulta llamativo que el asesinato de Rucci por parte de Montoneros rara vez haya sido abordado con la claridad histórica que un hecho de esa magnitud exige? Ese silencio —o tratamiento tangencial— ¿no evitó, acaso, enfrentar uno de los episodios que mejor expresan la fractura interna del movimiento y el choque entre la conducción de Perón y la lógica de la violencia política que, poco a poco, pavimentaría el camino hacia el horror posterior?. Solo una mirada integral y honesta sobre nuestra propia historia habilita una maduración política real hacia el futuro.

Una militancia colorida pero prejuiciosa

Lo cierto es que en una franja importante de la militancia kirchnerista se consolidó una pedagogía política que miró con desconfianza —cuando no con abierto rechazo— a componentes centrales de la tradición histórica argentina; el sindicalismo como columna vertebral, las Fuerzas Armadas como parte de la defensa nacional, la religiosidad popular y el lugar del Papa Francisco, la cultura criolla, el legado hispánico y el mestizaje, los símbolos patrios, Malvinas, e incluso figuras decisivas de la construcción estatal y la unidad nacional como Roca. Ese vaciamiento de referencias convivió con la adopción entusiasta de nuevas consignas identitarias —indigenismo, ecologismo, lenguaje inclusivo, masculinidades, aborto, deconstrucciones y agendas culturales globales— que, aun legítimas en su plano, terminaron ocupando el centro del discurso político. El contraste no fue menor; mientras se relativizan elementos que históricamente habían servido para organizar pertenencia nacional, se fortalecen banderas que estructuraban identidad interna, más aptas para la cohesión de grupo que para la construcción de mayorías populares amplias.

En ciertos sectores del progresismo se volvió visible un rechazo casi reflejo hacia todo lo que remita a la tradición militar, al sindicalismo y a la Iglesia, como si esos mundos fueran ajenos —o incluso opuestos— a cualquier proyecto emancipador. Casualmente dos de los mayores cuadros revolucionarios de nuestra historia reciente provienen de esas instituciones. ¿Qué fundamentos estratégicos sostienen la promoción de una separación tajante entre Iglesia y Estado en una sociedad donde la religiosidad popular tiene arraigo histórico y popular, en el momento en que el mundo tiene un Papa argentino? ¿Cómo se articula un discurso antimilitarista con una tradición política en la que su principal conductor proviene de las Fuerzas Armadas? ¿Qué efectos produce la deslegitimación sistemática de la CGT en una nación que cuenta con uno de los movimientos obreros más sólidos del mundo? ¿Y qué implicancias tiene analizar Malvinas únicamente desde la dimensión humanitaria, omitiendo su carácter estructural como causa de soberanía y disputa antiimperialista?

El dilema actual

El orden internacional que se configuró tras 1945 —con Estados nacionales robustos, industrialización como horizonte estratégico, centralidad del trabajo asalariado, sindicatos con gravitación política, fuerzas armadas con hipótesis de conflicto definidas y una política concebida como conducción de comunidades organizadas— fue el suelo histórico sobre el que se pensaron muchos de los proyectos nacionales del siglo XX en nuestra región— está cediendo ante otra arquitectura global, dominada por finanzas desancladas, plataformas tecnológicas, retroceso del mundo del trabajo tradicional, hiperconexiones, fragmentación social y Estados con menor capacidad de decisión. El peronismo nació como respuesta histórica a aquel mundo; organizó a los trabajadores, construyó soberanía económica y pensó la política como dirección estratégica de una nación industrial en ascenso. Cuando de ese suelo histórico ya no queda casi nada, no alcanza con repetir sus fórmulas; hay que comprender qué de ese legado es esencia permanente y qué era circunstancia de aquella época. El desafío no es abandonar al peronismo, sino traducir su núcleo a un escenario donde las condiciones materiales ya no existen del modo aquel, pero donde el drama histórico de nuestra dependencia permanece intacto.

La Argentina no está solo bajo ataque, está bajo ruinas. Y para reconstruirla hace falta algo más que lealtades afectivas, internismo y encapsulamiento ideológico. En lo político y programático, hace falta un proyecto colectivo lo más amplio, serio y contundente posible. Si el campo nacional no reconstruye su inteligencia estratégica, si no rehace su vínculo con los sectores populares, si no abandona su internismo cupular, si no recupera la calle política, si no ordena un programa y no arriba a una nueva síntesis que aprenda de sus límites, la derrota dejará de ser una contingencia para convertirse en nuestro destino. Y la historia, que nunca espera, volverá a pasar por encima de quienes prefirieron la identidad a la conducción del conjunto y la nostalgia a la reconstrucción nacional.

Lo cierto es que nuestros dirigentes han perdido la capacidad de formular respuestas nacionales a los problemas nacionales. En ese vacío se infiltró una guerra cultural importada, pensada para otras sociedades y otros conflictos históricos, que desplaza el centro de la discusión hacia disputas identitarias y morales incapaces de ordenar la vida colectiva. No sorprende que, ante tanto vacío político y cultural, la injerencia de Estados Unidos en la vida argentina no se limite al plano económico, sino que penetre también en el terreno simbólico. Una parte de la sociedad la asume con naturalidad, como si fuera el atajo hacia una supuesta “inclusión en el mundo”, eco de una vieja tradición que asocia lo moderno con la imitación de Occidente, y prueba del rotundo fracaso político de la dirigencia. Por suerte, frente a ello, otro sector reconoce en esa presencia un mecanismo de subordinación que limita la capacidad del país para decidir su propio rumbo. En el fondo, no se enfrentan solo modelos económicos, sino dos imaginarios culturales; el que normaliza la dependencia bajo la apariencia de cosmopolitismo aspiracional y el que entiende la soberanía como núcleo de la identidad nacional.

Mientras la política se enreda en esa escenografía ajena y con categorías políticas que no nos calzan adecuadamente porque no nos pertenecen, queda sin resolver la pregunta verdaderamente decisiva: quién gobierna, con qué autoridad efectiva, bajo qué reglas comunes y al servicio de qué intereses sociales, económicos y soberanos. Una fuerza capaz de superar el rumbo actual del país no se construirá elevando el tono del discurso ni refugiándose en una supuesta superioridad moral, porque el problema que dejó el terreno libre no es cultural sino político, organizativo y estructural, desde el año 1976 hasta nuestros días.

Lo que está ausente son los pilares de autoridad democrática efectiva. Decisiones que se cumplan, instituciones que ordenen las rutinas, las expectativas y un Estado que vuelva a ser reconocido como árbitro legítimo de la vida colectiva. Sin esa arquitectura, la política se reduce a una declaración moral y el conflicto deriva en un espectáculo verdaderamente decadente, con el pueblo como testigo expectante y, a la vez, ausente de su propia escena histórica. Recuperar ese piso —sin violencia, sin arbitrariedad y sin escenificación punitiva— es la condición previa para cualquier proyecto que aspire a gobernar y no sólo a oponerse como límite desde la ética ciudadana minoritaria.

Falsas banderas

Si algo deja al descubierto el recorrido que analizamos es que la crisis del campo nacional es también una crisis de lenguaje, de categorías políticas y de sentido histórico. Tal vez no sea un exceso afirmar que el olvido —o la lectura fragmentaria— de nuestra propia historia sea una de las claves más profundas para entender el drama argentino presente. No se trata de un problema académico ni de una discusión erudita. La incapacidad de producir un instrumento cultural propio, arraigado en la experiencia histórica argentina, compromete directamente la posibilidad misma de una política soberana. Sin una matriz cultural nacional, las concepciones políticas se vuelven algo así como una especie de préstamo, las ideologías se importan sin mediación y la lectura de la realidad social queda filtrada por esquemas ajenos a nuestros procesos concretos.

Cuando un movimiento político abandona esa base, queda expuesto a un riesgo mayor; movilizar al pueblo bajo banderas que no ha creado, con consignas formuladas desde otras realidades y al servicio de intereses que no son los suyos. Esa colonización no siempre opera por la fuerza; muchas veces actúa como terrorismo ideológico blando, imponiendo tabúes, prejuicios, amenazas y censuras; clausurando debates y desarmando la capacidad crítica de una comunidad para pensarse a sí misma, en nombre de “los nuevos tiempos, las nuevas agendas y la lealtad”. El resultado es una impotencia política profunda. Se actúa, se milita, se declama, pero ya no se comprende el terreno sobre el que se pisa. Nuestros dirigentes, del primero al último, salvo alguna excepción que no tuerce la regla, parecen no entender el país en el que viven, no conocen nuestra historia y no tienen formación nacional. ¿Qué se puede esperar de su militancia juvenil?

El problema, entonces, no es la falta de ideas ni la necesidad de “inventar” doctrinas nuevas, sino la pérdida del imperativo de autenticidad. La política nacional no requiere una originalidad forzada, sino apropiación consciente de las categorías existentes, adecuándose a nuestra historia, a nuestra estructura social, a nuestros conflictos reales y a nuestro destino existencial integrado a la Patria Grande. Sin ese trabajo previo —cultural, político e intelectual— cualquier proyecto termina hablando un idioma prestado, y un pueblo que no se reconoce en su propio lenguaje queda condenado a repetir consignas ajenas mientras otros deciden su destino.

*Miembro de la Comisión de Desarrollo Cultural e Histórico ARTURO JAURETCHE de la Ciudad de Río Cuarto, Cba.

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